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Etiqueta: Deuda pública

Deuda y política: atrapados en 2010

El titular económico más destacado el pasado 29 de diciembre fue que el IBEX cerraba su mejor año desde 2009. Todos los que tenemos presente qué pasó con la economía española en los primeros años de la década pasada tuvimos un pequeño escalofrío. Y es que 2010 fue el año en el que nos despertamos de un bonito sueño. Ese en que nuestro país tenía superávits, su sector bancario era el más sólido de Europa y aspirábamos a salir de la crisis internacional con una bonita uve, que nos llevase a codearnos con las potencias del G7.

Todo empezó en 2007 con las hipotecas subprime en EEUU. Mientras se desarrollaba la tragedia al otro lado del atlántico, aquí reelegimos a Zapatero a principios de 2008, cuyo ministro de economía, Pedro Solbes, actuaba como supuesta garantía de respeto al equilibrio presupuestario. Pero la fiesta acababa de empezar. En septiembre de ese año quiebra Lehman Brothers y se desata el pánico en todo el mundo.

A principios de 2009 Zapatero decide ignorar a su vicepresidente económico ya que, con una deuda pública por debajo del 40%, pensó que se podía permitir una especie de barra libre fiscal. Esto llevó al Estado a un déficit público del 11,28%. Para hacerse una idea de la barbaridad que cometió nuestro expresidente, en 2020, con medio país paralizado, el déficit no superó esta cifra. Se quedó en el 10,12%.

Desconfianza hacia el Teroro Español

El año 2010 empezó con este dato, unas cajas de ahorros que ya daban señales claras de que no eran dignas del mejor sistema financiero de occidente, y una crisis griega que iba a poner en cuestión que la adopción del euro fuera un camino sin retorno. El señor Mercado decidió que el Estado español ya no era digno de tanta confianza.

El Reino de España había pasado de tener superávits y una economía en crecimiento, a un déficit monstruoso que no impedía que se destruyera empleo como si hubiéramos enchufado una picadora de carne a nuestro mercado laboral. Y a eso se le sumó unas cajas de ahorros y un Banco de España que transmitieron que la digestión de la burbuja inmobiliaria estaba aún sin hacer.

Nuestro país se convirtió en un problema mundial. Parecíamos destinados a ser el Lehman Brothers estatal. El país que al caer se iba a llevar por delante al resto de economías del mundo. Y en mayo sucedió el “ataque a Pearl Harbor”, que es la expresión que Zapatero usó para explicar cómo los líderes de las principales economías del mundo le hacen salir de su burbuja, y asumir que iba a tener que hacer reformas y recortes de gasto. O lo que era lo mismo; que su carrera política había llegado a su fin.

Los protagonistas

Desde ese día y hasta finales de 2012 España siguió siendo un problema para el mundo, Europa y el Euro. Es verdad que compartimos protagonismo con otros países, pero nunca dejamos de tener el foco encima. Nuestra economía sufrió mucho, con caídas del 3% del PIB como la del 2012, y una tasa de desempleo que era simplemente surrealista. La crisis acabó con todos los países con problemas rescatados por la Troika, menos España e Italia, que cumplieron con el expediente para salvar los muebles y doblar el brazo al Bundesbank con el famoso whatever it takes de Draghi.

Sobre este período tormentoso de nuestra historia se ha escrito mucho. Seguramente lo más interesante a estas alturas sea quedarse con los relatos de sus protagonistas. Rodrigo Rato, Pedro Solbes, Rodríguez Zapatero, Luis de Guindos y Mariano Rajoy no quisieron privarnos de su versión de los hechos por medio de su propio libro sobre la crisis de deuda.

Los políticos no son la mejor fuente de información si queremos atenernos a los hechos, pero sí nos dan una idea clara de qué ideas imperaron en el transcurso de una época. Y en una crisis, el catálogo de ideas disponibles en las mentes de los líderes políticos son las que van a marcar el rumbo a tomar.

Pedro Solbes

Empecemos por Pedro Solbes. En su libro Recuerdos publicado en 2013 deja meridianamente claro que toda la responsabilidad sobre la falta de reformas y descontrol del déficit fue de su jefe:

Al presidente le llegaban distintas opiniones sobre la situación y con frecuencia las visiones alternativas a la del ministro de Economía y Hacienda pesaban más en las decisiones de Zapatero. Tenía claras discrepancias con el presidente pero la fundamental era sobre el posteriormente tan repetido debate entre austeridad y crecimiento. En mi visión el equilibrio entre ambos conceptos es fundamental. La austeridad excesiva impide el crecimiento, pero no es posible crecer sin financiación, por ello no perder el control de las finanzas públicas era esencial.

Con la caída de actividad, utilizar el margen existente para aplicar los estabilizadores automáticos (empleo y evolución de ingresos, fundamentalmente) daba ya un claro impulso a la economía por lo que era contrario a medidas discrecionales, sobre todo si no tenían una fecha de caducidad e iban acompañadas de un programa claro y creíble de reformas y de vuelta a la estabilidad. En otro caso existía el riesgo de perder la confianza de los inversores, tema especialmente sensible para un país como el nuestro con una gran dependencia de la financiación exterior.

Frente a ese enfoque, Zapatero prefería la alternativa que defendía que una expansión fiscal adicional era imprescindible y que había mayor margen del que yo proponía; sólo con más gasto se recuperaría el crecimiento y se reequilibrarían las cuentas públicas. En otros puntos también existían aproximaciones distintas: baste citar el papel de los sindicatos, la reforma laboral, los límites de la política de infraestructuras o el coste de las renovables y su financiación.

Mercado laboral

En su enfrentamiento con el presidente llegó a redactar una estrategia de recuperación a principios de 2009 que incluían estas medidas:

En el ámbito laboral, se generalizaban las cláusulas de descuelgue para los convenios de ámbito superior al empresarial por un plazo de dos años. Para impulsar la contratación, se proponía introducir un nuevo contrato indefinido de fomento del empleo para todas las nuevas contrataciones que contemplara una indemnización creciente en función de la antigüedad del trabajador y cuya rescisión recayera únicamente sobre la empresa, sin intervención judicial o administrativa.

Como alternativa se proponía la reintroducción del contrato temporal de fomento del empleo, con una duración mínima de 6 meses y máxima de 5 años y una indemnización por despido de 12 días por año trabajado.

En lo relativo a los salarios, se proponía la congelación del sueldo de los funcionarios durante dos años y la recomendación al sector privado de moverse entre la congelación y una subida máxima del 1 por ciento. También había medidas fiscales. Por un lado, proponíamos una rebaja transitoria del IRPF, sólo por un año, para las rentas más bajas y los autónomos, acompañada de una subida del tipo marginal máximo del 42 al 44 por ciento y de un incremento del tipo reducido del Impuesto sobre Sociedades que se aplicaba a las SICAV. También proponíamos eliminar la deducción de 400 euros y la deducción por nacimiento de hijos para los contribuyentes con menores rentas y subir los impuestos especiales.

Aquélla socialdemocracia

Zapatero rechazó su estrategia y ello llevó a su relevo en el ministerio:

«Pedro, este documento es inaceptable. Lo que propones lleva implícitas dos huelgas generales». Le señalé que si no se llevaban adelante esas propuestas no evitaríamos la huelga general y se produciría en condiciones económicas y sociales mucho más difíciles. La respuesta, no por esperada, me impactó menos.

Podemos ver que Solbes, que había formado parte de los gobiernos del PSOE hasta entonces, tenía una posición sobre las reformas y recortes a realizar más ambiciosa que la del PP por esas fechas.

La visión socialdemócrata que muestra en su libro de memorias, más centroeuropea que peninsular, seguramente le sitúan como el último ministro de Economía que quiso realizar reformas de calado en España. No por imposición de terceros países, sino por convicción propia. Otra cosa es lo que pudo hacer en realidad, que fue muy poco. Pero desde luego su visión de muchos temas iban en la buena dirección. 

Financiación territorial

Por poner un ejemplo, su posición sobre la financiación territorial española podría ser suscrita por cualquier liberal:

Como alguien que procede de la transición prefiero el pacto a la confrontación. Pienso que lo acordado en la Constitución continúa siendo válido. Pero a pesar de los múltiples esfuerzos, de unos y otros, no hemos conseguido un modelo estable de financiación territorial. Pienso que un gasto descentralizado y una participación en los ingresos estatales no va a resolver el problema. Cada Administración debe tener más capacidad de ingreso para hacer frente a sus necesidades de gasto y responder de la misma ante sus electores.

El siguiente protagonista es José Luis Rodríguez Zapatero. El principal responsable de lo sucedido en 2010, y por ello, el que más prisa se dio en publicar un libro exclusivamente para justificarse: El dilema: 600 días de vértigo, 2013.

La política por encima de todo

Zapatero muestra en este libro que su visión política está por encima de la propia realidad.

No está de más retener que el último día de 2009 la prima de riesgo de España estaba en 59 puntos básicos de diferencial con el bono alemán, es decir, estábamos en una cómoda posición que explica la relativa tranquilidad con la que asumí la situación del proceso de consolidación fiscal y de reducción del déficit, dado que los mercados y las agencias de calificación nos consideraban plenamente solventes.

En enero de 2009 Standard & Poor’s ya nos había retirado la triple A. En marzo se tuvo que intervenir la Caja Castilla la-Mancha, en diciembre se tuvo que reestructurar el sector financiero para pasar de cuarenta cajas a quince. Y para entonces ya se sabía que el déficit iba a superar los dos dígitos y el paro iba a situarse en cuatro millones de personas. Una situación muy cómoda, sí.

Riesgo Zapatero

A la postre, para él la prima de riesgo no se basa en la realidad del país que gobernaba, eran otros actores los que se movían entre las sombras:

En el fondo, no deja de ser paradójico que aquellos que elevan la presión sobre nuestra prima de riesgo, con posiciones de venta y desafección, son los que luego determinan la evaluación sobre los efectos de sus propias decisiones, para otorgar mayor o menor grado de solvencia al país. Y lo peor es que, en este mundo abierto y de plena libertad de movimiento de capitales, no cabe recurrir a una segunda opinión o a un tribunal independiente, ni siquiera a un arbitraje.

Las agencias de calificación fueron las malas de la película para la izquierda. Fue la demagogia con la que se intentó tapar la irresponsabilidad de los Estados. Son esas ideas ponzoñosas que confunden a la población hasta el punto de no entender cosas tan básicas como que no puede pedir a alguien que te preste dinero si no le das garantías de que se lo vas a devolver. Y ese clima social, para colmo, sorprende después a los que lo han propiciado:

Viví una gran paradoja. A partir de aquel mayo de 2010, a medida que notaba mayor apoyo de los líderes europeos y generaba más confianza en los grandes inversores internacionales, perdía popularidad entre mis compatriotas. Y, como es fácil de entender, no era una paradoja fácil de sobrellevar.

Zapatero y Merkel

Pero por no pararme en las muchas contradicciones de Zapatero, me voy a quedar con su posición ante la propuesta de Merkel de que en el rescate a Grecia tenían que haber participación privada (quitas):

Respaldé la posición de Trichet. Como presidente del Gobierno de España, no tenía ninguna duda de que así defendía el interés de mi país. Porque, como los hechos demostraron más adelante, sobre todo en el mes de agosto, el efecto en los mercados de deuda de la otra opción podría ser muy negativo, en particular para España y otras naciones europeas.

Pero en el caso de haber tenido que pronunciarme sólo en función de mis ideas, es probable que hubiese secundado la posición de Merkel. Como queda reflejado en las páginas de este libro, no era la primera vez que la crisis me situaba ante dilemas que comprometían el equilibrio entre convicciones y responsabilidad. Y que yo, en soledad, tenía que decantar en una u otra dirección a medida que irrumpían al socaire de la propia crisis.

Te pido prestado, pero no puedes desconfiar

El sector privado tiene que asumir que si presta a un Estado que no es solvente puede no recuperar su capital. Eso es lo moralmente aceptable. Pero todo el libro está repleto de reflexiones e ideas que dicen exactamente lo contrario. Que un Estado no debería estar tan expuesto al escrutinio de sus prestamistas privados. De hecho, acaba el libro con esa reflexión:

¿por qué no abrir un debate sobre posibles reglas de cooperación y arbitraje en el ámbito de los mercados financieros? ¿O es que tenemos que resignarnos a no poder evitar o paliar los riesgos que generan los gigantescos vaivenes que van de la exuberancia a la aversión al riesgo, esos movimientos que tan graves impactos económicos y sociales son capaces de generar?

Es moral que el capital privado corra riesgos, pero no nos podemos resignar a sufrir los efectos que ese riesgo provoca en los tipos de interés del Estado. El típico pensamiento bipolar de los socialistas que tienen que conformarse con ser socialdemócratas.

Luis de Guindos

Pasemos ahora a Luis de Guindos. Actual vicepresidente del BCE, y ministro de economía en los gobiernos de Mariano Rajoy. Contó su experiencia en la crisis en el libro España amenazada en el año 2016.

Al igual que Solbes, De Guindos es técnico comercial y economista del Estado, pero, a diferencia de Solbes, en su libro no se puede leer una sola idea reformista o en defensa del equilibrio fiscal. Todo el libro gira sobre dos temas:

  • Su trabajo técnico y el de su equipo fue clave en parchear los problemas que se fue encontrando durante la crisis, y conseguir con ello no tener que pedir el temido rescate.
  • Recibió una herencia envenenada, principalmente por culpa del Gobernador del Banco de España (MAFO) y por la mala gestión en Bankia de su antiguo jefe: Rodrigo Rato.

De su relato casi no se puede extraer ninguna idea de provecho. Se enteró que sería ministro días antes de jurar el cargo, aunque hacía meses que era sabido que el PP gobernaría en una situación económica catastrófica, pero lo aceptó con naturalidad de fontanero. Según él, salvó a España amenazando a nuestros socios europeos con pedir un rescate de medio billón de euros cuando le exigieron condicionalidad a cambio del rescate bancario. O, dicho de otra forma: estuvo a punto de hacer quebrar a España y media Europa con tal de no hacer reformas de calado en nuestra economía.

Y, en definitiva, se dedicó a ir de un sitio para otro cumpliendo la directriz que le había dado su jefe: no podemos ser rescatados. ¿Qué aportó políticamente? ¿Qué ideas sembró durante sus años en el ministerio? Ateniendo a su testimonio no podemos encontrar nada. Quizá sea el cargo público que mejor define a los gobiernos de Mariano Rajoy.

Mariano Rajoy

Precisamente vamos ahora con su versión. Rajoy relata su paso por la presidencia del gobierno en Una España mejor publicado en 2019. Al igual que de Guindos y Zapatero, el libro refleja la obsesión que tuvieron con que España no fuera rescatada. Leyéndolos, tener el BOE a tu disposición no te permite dar argumentos al capital privado para confiar en tu solvencia. Todo se reduce a convencer a otros países, que sí usan su BOE para ser solventes, de que te ayuden por medio del Banco Central común.

Lo que estaba pasando ya no tenía que ver con los fundamentos de la economía española, que estaba haciendo todas las reformas necesarias para enderezar su rumbo. En realidad, a pesar de nuestras reformas, que todo el mundo alababa y consideraba necesarias, los mercados habían empezado a apostar a corto plazo por la ruptura del euro, y en esa hipótesis Grecia sería la primera pieza en caer, pero España e Italia no iban a aguantar mucho más tiempo. Ese era el pronóstico que se estaba descontando y nada de lo que pudiéramos decir entonces ni de lo que pudiéramos hacer parecían calmar aquella oleada de pánico.

Un caladero de votos

Que el gobierno no estaba haciendo todas las reformas necesarias era algo evidente. Entre otras cosas el propio Rajoy lo confiesa en el libro en muchas ocasiones:

Hemos defendido las pensiones por encima de todo porque son uno de los elementos que mejor definen a la sociedad que queremos; una sociedad solidaria en la que unos cuidamos de otros; una sociedad en la que nadie debe tener miedo, en la que los más débiles o quienes ya no pueden valerse por sí mismos cuentan con protección del conjunto.

Curiosamente el mejor elemento que define a nuestra sociedad es aquel que más votos da a nuestros políticos. Y fue la verdadera razón por la que pedir un rescate era lo único que querían evitar a toda costa. Con el rescate se acababa el sistema de pensiones español tal como lo conocemos, y con él la posibilidad de gobernar del partido que lo pidiera.

Huelga

Además de la defensa de las pensiones, Rajoy confiesa otros vicios del PP que casi nos cuestan la quiebra:

En cualquier caso, nosotros decidimos deliberadamente no hacer una batalla política de aquella jornada. No hubo ataques a las centrales sindicales ni la menor tentación de menospreciar su movilización. Nunca nos planteamos abrir una pugna ante la opinión pública sobre las cifras de participación o la incidencia de los paros.

Carecía de todo sentido tener al país enfangado varios días en una polémica estéril sobre la incidencia de la huelga, prolongar un debate que no interesaba a nadie e irritar gratuitamente a los convocantes y a quienes simpatizaban con ellos. Entendía las razones de los sindicatos y sabía que algunos elementos de la reforma podían recortar su capacidad de interlocución exclusiva, pero no era mi Gobierno el que les estaba quitando poder, sino la propia realidad económica y su extrema complejidad.

“¿Qué hacemos con esta gente?”

A mí me tocaba legislar pensando en el interés general y ello suponía pensar en los trabajadores que tenían empleo, pero también en quienes lo habían perdido y los que todavía corrían el serio riesgo de perderlo. Sabía asimismo que cuanto más abrupta fuera nuestra ruptura, más trabajo nos iba a costar reconstruir los puentes de diálogo, tan necesarios para transitar por aquella difícil coyuntura.

el diálogo social quedaba muy tocado tras aquella huelga general. A la mañana siguiente llamé a la Ministra de Empleo, una mujer admirable que nunca perdió ni la sonrisa ni el ánimo: —Fátima, ¿y ahora qué hacemos con esta gente? —Lo único que podemos hacer, Presidente: invitarlos a desayunar.

Los sindicatos mayoritarios fueron los responsables, junto al gobierno de Zapatero, de una destrucción de empleo sin precedentes. Lo lógico es que el gobierno no solo quisiera entrar en una batalla política con ellos, sino que debería haber aprovechado su situación de debilidad para reformar su papel en la sociedad española. En su lugar, los invitaban a desayunar. No hay mucho más que decir.

Regiones

Rajoy no sólo tiene una visión irreal de los sindicatos, también la tiene de las Comunidades Autónomas:

Concibo España como un país unido y solidario de ciudadanos libres e iguales y, por este motivo, no puedo aceptar que algunos de ellos vean menoscabados sus niveles de vida por los errores de sus dirigentes. Por más que nos puedan irritar ciertos comportamientos políticos, quienes creemos en una España unida no podemos renunciar a actuar en consecuencia.

Esa descripción está muy bien si abogamos por un Estado jacobino (tan de moda en estos días). Pero es totalmente incomprensible en alguien que defiende el régimen de autonomías español. ¿Qué sentido tiene que haya elecciones y gobiernos autonómicos si las políticas de estos no pueden llevar aún menoscabo de los servicios que prestan? ¿Para qué vota la gente entonces?

Pero quizá, la tomadura de pelo más descarada del libro es la defensa que hace Rajoy sobre por qué no quería pedir el rescate, ya que las reformas y los recortes las debía tomar su gobierno y no la Troika:

Pero para pedir sacrificios en momentos de dificultad o para liderar a una sociedad frente a ese tipo de desafíos es preciso un sólido mandato democrático; al menos eso es lo que yo siempre he creído.

No soy yo, es la realidad

Tanto Zapatero, como De Guindos, como Rajoy han escrito cientos de páginas donde no ocultan que todo lo que hicieron desde 2010 a 2012 no fue por sus convicciones sino por necesidad. Si la prima de riesgo no hubiera ascendido a niveles insostenibles no habrían recortado ni reformado nada. Si el Banco Central Europeo hubiera intervenido en nuestra deuda desde el principio sin exigir condicionalidad tampoco se habrían movido.

¿Dónde está el mandato democrático? Con rescate y sin rescate la realidad habría impuesto al Reino de España la política a seguir, ya que sus dirigentes no mostraron ideas que fueran compatibles con la sostenibilidad de las cuentas públicas. Por lo tanto, la única diferencia es que, forzando la mano al BCE a cambio de reformas muy limitadas, se consiguió evitar un rescate que habría supuesto unas reformas más profundas. Esa fue la herencia de Mariano Rajoy. Y es la que refleja en informe de esta casa publicado recientemente.

El último protagonista debería haber sido el primero. Rodrigo Rato publicó el año pasado Hasta aquí hemos llegado. El problema del libro es que prácticamente no entra en detalles de su etapa en el ministerio de Economía y en el FMI, y se centra, como es lógico, en su etapa en Caja Madrid y posterior calvario judicial.

La historia personal de Rato me recuerda a una lección de Warren Buffett donde explicó que unos tipos con los mejores coeficientes intelectuales y gran experiencia hicieron una gran estupidez: but to make the money they didn’t have and didn’t need, they risked what they did have and did need.

¿Qué ideas?

Pero lo que nos interesa es saber qué ideas desliza en su libro sobre las medidas económicas que se tomaron o se pudieron tomar en esa época. Y lo cierto es que no hay nada. Lo que debería ser desconcertante en el ministro de Economía de la época más reformista de la democracia.

Sí hay aspectos interesantes sobre los límites a los funcionarios y su responsabilidad ante sus excesos o la presunción de inocencia. Muy razonable viniendo de alguien que ha pasado por la trituradora judicial española.

Con razón los fiscales anticorrupción presumen de que, «en caso de absolución, nosotros ya hemos ganado cinco a uno: detención, filtraciones, fianzas, embargos y banquillo». Aun así, la Fiscalía Anticorrupción pierde más del 50 % de las causas convirtiéndose en el mayor litigante temerario de España, pero a los fiscales nunca les condenan, ni siquiera en costas, cuando sus denuncias resultan infundadas o incluso con aspectos ilegales, que de todo hay. Ya lo dicen ellos, que siempre ganan.

Colocar peones en Cajas de Ahorros

Quizá la lección más importante del libro de Rato es para aquellos que mantienen una visión romántica de la política. Cuenta que él llegó a Caja Madrid gracias a que Mariano Rajoy y Zapatero pactaron su nombramiento para pasar por encima del candidato que Esperanza Aguirre había pactado con el Partido Socialista de Madrid. Esas eran las cajas de ahorros españolas, que por suerte ya no existen, y esos son sus partidos políticos, que por desgracia siguen existiendo tal cual.

Hemos entrado en 2024 y podría tirarme a la piscina pronosticando que este año volveremos a tener una crisis de deuda como la del 2010. Existen algunos indicios que podrían apuntar a ello: el fin de la compra del BCE de nuestra deuda, la vuelta al pacto de estabilidad y crecimiento, tipos de interés en niveles muy altos con una deuda récord, el motor europeo alemán en dificultades, un presidente del gobierno que, como Zapatero, antepone sus golpes de efecto políticos a los criterios económicos más elementales, o un nuevo ministro de Economía subordinado a la política.

Nada sustancial ha cambiado

Lo cierto es que nadie sabe lo que pasará este año. Lo que sí sabemos es qué ideas fueron las que primaron en 2010, y que esas ideas no han cambiado nada desde entonces. Somos un país que lleva tanto tiempo trampeando las reglas que nos imponen desde fuera, que ya no tiene más política que la huida hacia delante, sorprendidos de que la temida Europa no nos termine de parar los pies.

Hoy en día existe una nostalgia algo artificial sobre una España industrial que se abría camino en el mundo en la segunda mitad del siglo XX. Más nos valdría recordar que para aspirar a eso hace falta financiación exterior, y que esta no va a llegar mientras seamos un país cuya deuda pública esté intervenida. Tiene que calar en la opinión pública una premisa que no hace tanto tiempo defendía hasta un ministro de Economía del PSOE: no se debe gastar más de lo que se ingresa. Y hay que reformar todo lo que haga falta para llegar a ese fin.

Es el “no hay plata” de Javier Milei en una situación mucho menos dramática. Pero si algo aprendimos en 2010, y hemos repasado intensivamente desde el año 2020, es que las cosas se pueden poner muy mal, muy rápido. No nos podemos permitir llegar a otra crisis con unos políticos sin ideas o con ideas nocivas. No podemos seguir atrapados en mayo de 2010.

Ver también

La peor crisis desde los años 70′. (Manuel Llamas).

La gran trampa de los bancos centrales. (Ignacio Moncada).

Por qué la inversión de la curva suele anticipar una recesión. (Juan Ramón Rallo).

En Argentina no basta con el equilibrio fiscal

Desde que el gasto público de la Nación y las Provincias se incrementó 20 puntos del PIB (desde el 25% al 45%), entre 2003 y 2015, los medios de financiamiento tan tenido que llegar a un límite peligroso. 

Los nuevos impuestos, y la consecuente presión tributaria récord en la región, ahogan a las empresas y les impiden tener retornos aceptables para invertir y generar producción y empleo. La deuda interna y externa se amplifica llevándonos a nuevos defaults, nuevas reestructuraciones de deuda o re-perfilamientos, lo que deja a las empresas sin crédito para apalancarse y crecer. La monetización del consecuente desequilibrio fiscal nos llevó a nuevos procesos inflacionarios y a una acumulación de pasivos en el Banco Central (Lebac primero y Leliq hoy) que ponen a la Argentina contra la pared, con nuevos riesgos hiperinflacionarios. Podríamos agregar otros desequilibrios indirectos (como el cepo cambiario) que, al dificultar o impedir la importación de insumos, traban el desarrollo de las empresas y anulan las posibilidades de crecimiento del país.

Es cierto, claro, que si en 2021 aprovecháramos el viento de cola y recuperáramos la actividad económica y la recaudación, podríamos reducir el déficit fiscal, variable que llegó en 2020 a 8,5 % del PBI. Pero aun alcanzando el equilibrio fiscal, algo que se ve lejano, Argentina estará impedida de enfrentar los nuevos compromisos de deuda que la reestructuración de Guzmán generó para 2023 en adelante. Se requiere un superávit fiscal primario récord para pagar esos vencimientos, y aun así será insuficiente.

Argentina debe avanzar en la corrección de un problema estructural mayor, que es el tamaño del gasto público, que el kirchnerismo dejó y el macrismo apenas pudo reducir en unos pocos puntos. Se requiere una reforma integral del estado que devuelva el gasto público a aquel 25% del PBI, pues este nivel es lo máximo que nuestra tan golpeada estructura económica podría financiar sin los desequilibrios ya conocidos y sus costos sociales consecuentes.

Sólo entonces podrá evaluarse y concretarse una reforma tributaria que reduzca a la mitad la mochila de impuestos que hoy hunde a las empresas, poniéndola en línea con nuestros vecinos latinoamericanos; sólo entonces podrá la Argentina resolver el problema de la deuda y recuperar líneas de crédito; sólo entonces dejará de monetizar desequilibrios monetarios y recuperaremos la estabilidad monetaria. En ese marco podrán plantearse caminos de apertura económica y será posible volver a atraer capitales, tanto de argentinos como de foráneos, que puedan darle al país el crecimiento ausente.

Quizás la licuación de gasto público que observamos en 2018, 2019 y sobre todo 2020 contribuya a corregir ese problema estructural. Pero se requiere un cambio de mentalidad en el gobierno para recuperar un crecimiento genuino que está ausente desde hace décadas.

El emprendedor es en la economía del siglo XXI, y lo ha sido siempre, el motor del crecimiento. El emprendedor argentino, y cualquiera que se atreva a la odisea de invertir en la Argentina, sabe que enfrentará los impuestos más altos de la región, que no tendrá acceso al crédito local, que convivirá con una de las tasas de inflación más altas del mundo, además de las restricciones que implica el cepo cambiario, la amenaza de un nuevo salto inflacionario y la consecuente inestabilidad cambiaria. Podríamos agregar un problema previsional mayúsculo, una legislación laboral sumamente negativa para los intereses del emprendedor y un aislamiento internacional propio de países bolivarianos.

En resumen, Argentina requiere un cambio urgente que devuelva sensatez a la economía. En concreto, se requieran reformas fiscal, previsional, tributaria y laboral, reformas de mercado en serio que sólo pueden ser parte de un plan económico integral hoy ausente.

Entretanto, sí, la Argentina podrá mostrar una tasa de crecimiento positiva algún año, como parte de la recuperación parcial de una anterior destrucción de capital, pero esto no implica crecer.

Lamentablemente, sólo cabe ser pesimista al analizar los desequilibrios macroeconómicos existentes y la ausencia de un plan económico para enfrentarlos. No alcanza el equilibrio fiscal, ni tampoco un acuerdo con el FMI o alguna reforma previsional o tributaria menor. Se requiere un cambio estructural e integral para que la Argentina pueda recuperar el crecimiento real.

Los costes de la cancelación de la deuda

El pasado viernes 5 de febrero, un centenar de economistas encabezados por Thomas Piketty publicaron un manifiesto en el que se posicionaban a favor de una condonación de la deuda pública de los Estados europeos en manos del BCE, que supone cerca del 25% de la deuda pública de la Eurozona. En España este manifiesto ha sido especialmente llamativo al hallarse redactado en coautoría con Cristina Narbona, economista y presidenta del PSOE; y Nacho Álvarez, Secretario de Economía de Podemos y secretario de Estado de Derechos Sociales. En el manifiesto se solicita que el BCE condone la deuda de los Estados y a cambio les haga firmar un contrato para ejecutar inversiones públicas en áreas como la economía verde por el valor de dicha deuda. En el caso de España, dicha anulación de deuda rondaría los 300.000 millones de euros, y tendría unos gravísimos efectos colaterales. El BCE salió presto el mismo día de emisión del manifiesto a descartar la opción de cancelación de la deuda, con Luis de Guindos tachándola de ilegal y Lagarde calificándolo como un debate poco útil. Lo más grave no es la propuesta en sí, sino el hecho de que el manifiesto tratara de esconder los enormes costes que supondría para los estados miembros y el Eurosistema la cancelación de la deuda pública en manos del BCE.

En primer lugar, la condonación de deuda dañaría la política monetaria del BCE. El BCE y la efectividad de su política monetaria dependen en gran parte de la credibilidad de la institución y su capacidad para garantizar la estabilidad económica de la Eurozona. Una cancelación de deuda por parte del BCE sería una clara financiación del déficit público de los estados, y aparte de atentar contra los Estatutos del BCE, infligiría un enorme daño a la credibilidad internacional de la institución. Si en su momento se peleó por la independencia de los bancos centrales fue precisamente para asegurar que estos no fueran meros instrumentos al servicio de los Tesoros y los Gobiernos, y por lo tanto tuvieran capacidad para establecer objetivos independientes y a largo plazo.

Por otro lado, y aunque de momento se descarte un auge de la inflación en el corto plazo, una cancelación de la deuda pública ataría de manos al BCE frente a un retorno de la inflación en el medio o largo plazo, reduciendo enormemente el arsenal disponible para combatir dicho incremento de los precios. ¿Cómo? Muy sencillo. Para retirar liquidez del mercado el BCE procedería a vender los activos que actualmente tiene en posesión, retirando divisa de circulación y por lo tanto extrayendo liquidez del sistema. Sin embargo, si el BCE hubiera cancelado previamente dichos activos se quedaría sin munición disponible para frenar la presión inflacionaria, en el supuesto de que esta tuviera lugar.  Esto a su vez tendría efecto directo sobre la productividad de la economía europea y su crecimiento, por los dañinos efectos de la inflación.

En tercer lugar, la cancelación de la deuda, al contrario de lo que afirman los firmantes del manifiesto, no supondría un aumento de recursos financieros para los Estados. Una cancelación directa de deuda supondría una enorme pérdida contable para el BCE y el conjunto del Eurosistema. Esto ocurriría a raíz de que dicha condonación de deuda dejaría al BCE operando con patrimonio neto negativo, lo que exigiría un restablecimiento patrimonial, del cual serían responsables los propios accionistas del BCE, es decir, los Estados miembros a través de sus bancos centrales nacionales. El propio artículo 28 del Protocolo del Tratado de Funcionamiento de la UE pone en duda la posibilidad de que el BCE pudiera funcionar con patrimonio neto negativo, por lo que el restablecimiento patrimonial sería prácticamente imperativo, aunque podría hacerse de manera lenta y gradual. Una de las posibles vías para dicha cobertura podría ser paralizar el reparto de beneficios de la actividad del BCE, lo cual afectaría negativamente a los propios Estados, que son los receptores de dichos dividendos.

Pero ¿cuál sería el coste de dicha operación para España? Aunque es difícil saberlo con exactitud, si tenemos en cuenta que el Banco de España tiene un patrimonio neto cercano a los 50.000 millones, el agujero que se podría generar en su balance; al tener que acudir al rescate del BCE, sería de unos 250.000 millones de euros, según fuentes del Banco de España consultadas por Carlos Segovia (El Mundo).

Por otra parte, y siendo fieles a la verdad, los firmantes del manifiesto por la cancelación de deuda proponen una alternativa en caso de que dicha deuda no fuese cancelable jurídica o políticamente. Su propuesta se basa en reestructurar dicha deuda para convertirla en deuda perpetua a tipo cero, lo cuál de nuevo supondría graves pérdidas contables para el BCE a raíz del diferencial de valor entre ambos instrumentos de deuda. Además, en toda esta ecuación no debemos olvidarnos del Tribunal Constitucional de Alemania, que, si ya se enfrentó al BCE por los programas de PSPP y PEPP, ahora tendría finalmente la baza definitiva para poder alegar que el BCE se hallaría financiando de manera prácticamente directa el déficit de los Estados miembros. Esto hace absolutamente inviable políticamente la propuesta, con los frugales oponiéndose fuertemente, y probablemente los países del sur también, ya que dar este paso solamente daría mayor munición a los halcones monetarios y a los euroescépticos para atacar al BCE y cuestionar su funcionamiento.

Asimismo, hay que tener en cuenta que dicha propuesta podría actuar en detrimento de la financiación futura de los Estados de la Eurozona, ya que la petición de cancelación o reestructuración de la deuda debe surgir de los deudores y no de los acreedores, y además debe hallarse justificada por dificultades para hacer frente a los pagos, lo cual restaría credibilidad a los solicitantes y probablemente acarrearía reacciones negativas en los mercados, disparando las primas de riesgo -que hasta ahora se han mantenido muy controladas- y haciendo actuar a las agencias de rating. No se podría ni siquiera descartar efectos notables sobre los CDS. Todo ello se resumiría en un aumento de la vulnerabilidad de la deuda pública como activo a raíz de una gran pérdida de confianza de los inversores internacionales, que acarrearía un incremento del coste de financiación en el futuro cercano.

En mi opinión, se debe ser muy cauteloso a la hora de realizar manifiestos tan extravagantes como el que pudimos leer el otro día, y más aún si uno de los firmantes es secretario de Estado de uno de los países que más requiere de la ayuda del BCE y de la confianza de los inversores actualmente, y otra es presidenta del partido que actualmente gobierna dicho país. La política monetaria no es un juego, y una cancelación de la deuda pública por parte del BCE no es la panacea.

La dependencia económica de la deuda

Decía el economista Manuel Hidalgo en un didáctico artículo del domingo, en el que explicaba con pelos y señales los datos del PIB, que la cosa pinta regular para este 2021. Nevadas, bolas de fuego y terremotos aparte, coincido en el diagnóstico del profesor Hidalgo, cuando señala un notable agotamiento en las dos palancas que han aguantado el tirón en el tercer trimestre del 2020, y que apenas se sostenían ya en el cuarto: el consumo de las familias y el gasto público.

Lo previsible es que el consumo de las familias no mejore y cuando se vayan levantando los ERTEs menos aún. Tampoco hay esperanzas de que la actividad económica mejore de manera sostenible con el retroceso de la inversión. Un retroceso que, efectivamente, se podía adelantar debido a la naturaleza de la inversión. La incertidumbre, la estabilidad son factores que alejan a los inversores, que toman decisiones a largo plazo.

Los problemas con el ritmo de vacunación, el contrato con AstraZeneca, la tercera ola y la sensación de confusión por falta de una dirección común están agravando la recuperación de la inversión. La pandemia es mundial, pero la reacción ante sus consecuencias es particular de cada país y en el nuestro, falla bastante.

Las acciones del Gobierno tampoco parecen muy acertadas. En una contracción económica subir los impuestos no parece lo mejor. Y el mantra “sólo a los ricos” ya no cuela.

¿Vamos a seguir tirando de gasto público para sostener la maltrecha economía? Es lo más probable. Nos endeudaremos más. Y es en este punto en el que me gustaría hacer una reflexión.

Uno de los países enganchados en un proceso de crecimiento de la deuda pública en espiral es Argentina. Como es sabido, además del tango, Maradona y el mate, Argentina es famosa por sus psicólogos. Es un país donde visitar al terapeuta es una rutina. No hay miraditas, está socialmente normalizado.

Como no podía ser menos, hay psicólogos que han estudiado la adicción al endeudamiento. En concreto, el psicoanalista Eduardo Grispon publicó, en el año 2006, un artículo en la revista académica Actualidad Psicológica, titulado Adicción a endeudarse económicamente. Un tipo de solución adictiva cuando impera la necesidad de pagar y perder.

El autor explica cómo, en este tipo de adicción, el deudor se configura como el agente que decide finalmente cuánto paga y cuándo. El paciente aparece en la consulta eufórico y seguro porque sabe que, cuando la deuda es suficientemente grande, el coste para el banco de declarar un crédito incobrable y dotar esa provisión es demasiado grande.

Así que, le merece más la pena volver a darle crédito y refinanciar la deuda, haciéndole un importante descuento en el capital y en los intereses. Esta euforia empuja al adicto a pedir nuevos préstamos. Es muy interesante descubrir el círculo vicioso en el que estas personas entran, al que arrastran toda la familia y, cómo, en algunos casos, delinquen, creando una herida en sus allegados y una pérdida en el patrimonio familiar, a veces dramático.

La solución no es sencilla y requiere una acción conjunta de contables, abogados, terapeutas y familiares.

Cuenta el doctor Grispon que lo que llamó su atención acerca del comportamiento del deudor adicto fue una noticia de marzo de 2006, cuando Argentina atravesaba una situación de endeudamiento colosal.

“La idea que por estas horas analiza el presidente es no tocar las reservas para pagarle al FMI y destinar esos fondos para nuevas inversiones en obras públicas, infraestructura y en programas de crecimiento económico”. Es decir, frente a un monto de deuda descomunal, se prefiere no pagar, invertir con la idea aparente de solucionar, agrandando de manera sistemática el agujero de la deuda.

Estas reflexiones encajan como anillo al dedo en la situación de las, cada vez más numerosas ’empresas zombies’, aquellas que apenas pueden cubrir con su margen normal el servicio de la deuda. Como afirmaba el profesor Emilio Ontiveros en El País, las vulnerabilidades son las que ya conocemos, lo malo es la acumulación, que hace que ante cualquier chispazo salte todo por los aires.

La zombificación, una especie de reflejo de lo que le sucede a los adictos a la deuda, que resta capacidad de reacción a las empresas, no es un fenómeno exclusivo de estas instituciones. También los países repiten este ciclo perverso, como Argentina.

Por desgracia para los españoles, da la sensación de que la incertidumbre persistente, el previsible empeoramiento con que hemos empezado el año y el agotamiento del empuje del consumo familiar va a ser anestesiado, que no solucionado, con un mayor endeudamiento. Será así en la convicción de que no pasa nada, porque nuestra incapacidad para devolverla es un problema mayor para el acreedor que para los deudores.

Hay un aspecto importante que diferencia la adicción a la deuda de una persona, o una empresa, de la adicción política a la deuda. El paciente del doctor Grispon se endeudaba para pagar la luz, los impuestos, para llenar la nevera.

Las empresas se están endeudando para sobrevivir. Los gobiernos se endeudan para seguir gastando, no siempre en vacunas o en dotar a los sanitarios de medios adecuados para que puedan desempeñar sus funciones en las mejores condiciones posibles. Parte de esa deuda, que van a heredar las futuras generaciones, se destina a gastos superfluos destinados a financiar medios de comunicación afines, subidas de los sueldos o multiplicación de cargos para pagar los favores electorales, por mencionar algunos.

Esta situación es posible porque no hay rendición de cuentas. Ningún político ha pagado nada, ni siquiera en forma de repudio social, por gastar mucho y mal el dinero de los españoles. Y sin rendición de cuentas no hay Estado de derecho. Dicho lo cual, ¿en qué tipo de democracia estamos viviendo?