Ir al contenido principal

Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El trabajador medio ha perdido 615 euros de poder adquisitivo por la inflación

El IJM publica un informe sobre el impacto de la subida generalizada de los precios, que acumulan un aumento del 17% bajo mandato de Pedro Sánchez.

La pérdida de poder adquisitivo derivada de la crisis de la inflación que viene sufriendo España desde 2021 ha hecho que el salario medio pierda 615 euros de poder de compra. Un hogar en el que dos personas perciben el salario medio habría visto reducidos sus ingresos reales en 1.230 euros.


Así se desprende de un estudio elaborado por el Instituto Juan de Mariana en el que se concluye que la subida anual del IPC ha sido casi tres veces más intensa bajo gobierno de Pedro Sánchez (2,8%) que en los años de mandato de Mariano Rajoy (1%). De igual modo, el IPC acumulado llega al 17,3% en el periodo de gestión del PSOE, frente al 7,2% de los años del PP.


El estudio del IJM encuentra que la caída de los salarios de los españoles ha sido dos veces más intensa en España (-3,6%) que en la OCDE (-1,9%). Esta circunstancia ha hecho que la brecha de renta que nos separa de Europa vaya a más, hasta el punto de que el diferencial observado al comparar el PIB per cápita de España con el de la UE-27 haya subido del 8,7% al 14,4% bajo mandato de Sánchez.


El español medio gastó 1.696 euros más en 2023 que en 2018 por la subida de los precios, pero los bienes y servicios que adquirió con dicho desembolso habrían tenido un coste 579 euros menor de haber sido comprados en 2018. Esto significa que, en la práctica, igualar el consumo de 2018 en 2023 requiere gastar 2.275 euros más.


En campos como la alimentación, el 93% del incremento de los dispendios familiares se explica por la subida de precios y no por la compra de más productos. De hecho, si en 2023 queremos comprar en el supermercado lo mismo que en 2018 nos suponía 100 euros de gasto, deberemos asumir un desembolso de 135 euros, a raíz de la inflación que afecta especialmente a este tipo de consumos.

El IJM advierte que, si nuestro país hubiese mantenido el ritmo de convergencia con Europa apreciado hasta 2018 y no hubiese sufrido el retroceso de los últimos años, la renta media sería hoy 3.441 euros mayor de lo que es ahora. He ahí el coste de oportunidad derivado del decepcionante rumbo que sigue la política económica de nuestro país.


Además del impacto directo sobre la renta de las familias, la inflación también erosiona la riqueza de los hogares españoles. El trabajo del IJM encuentra que el volumen de depósitos se ha reducido en 28.500 millones, en gran medida por la necesidad de echar mano a los ahorros para sufragar unos costes cada vez más altos. Además, el valor real del dinero que sigue acumulado en depósitos bancarios se ha erosionado por un monto equivalente a 32.000 millones.


Por otro lado, la decisión del gobierno de no deflactar los impuestos para descontar el efecto de la inflación está golpeando duramente a los contribuyentes, cuyo sobreesfuerzo fiscal en 2022 y 2023 ronda los 25.000 millones, es decir, 1.315 euros más por hogar.


La política fiscal y monetaria de los años de Sánchez ha sido opuesta a la del tiempo de Rajoy. Mientras que el gobierno del PP aprobó una Ley de Desindexación, desligó las pensiones del IPC y redujo el déficit y el gasto público, el PSOE ha vuelto a anclar los precios y las prestaciones de la Seguridad Social a la inflación, al tiempo que ha elevado el déficit y el gasto de las Administraciones. En cuanto al Banco Central Europeo, su estrategia ha sido más expansiva bajo mandato de Christine Lagarde que durante la gestión de Mario Draghi. La confluencia de estos diferenciales de política fiscal y monetaria tiene mucho que ver con el contraste tan acusado que arroja el desempeño del IPC bajo los últimos gobiernos de PP y PSOE.

Descargar el informe.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXI): la banca y el Estado (II)

En el artículo anterior expusimos la idea de que los bancos comerciales en nuestro entorno económico no forman parte a día de hoy de lo que entendemos como mercados. Vimos cómo a pesar de ser formalmente de titularidad privada, buena parte de su actividad reside en financiar a los estados y servir de correa de transmisión de sus políticas económicas, y de servir como parapeto antes las críticas sociales que pudiesen despertar estas. También recordamos que la actividad bancaria tradicional podría ser, en otras circunstancias, una actividad comercial como cualquier otra. Y por consiguiente, con unos rendimientos y lucros obtenidos por su actividad, análogos a los de cualquier otra empresa comercial. En este artículo se quiere exponer cuáles son las razones que me llevan a justificar esta postura y para ello buscaré exponer cuáles son los privilegios otorgados por los gobernantes a este tipo de organizaciones, privilegios de los que carecen total o parcialmente el resto de empresas privadas.

El privilegio de emitir la moneda de curso legal

El primero, y para mí el más importante, es que la banca comercial actual cuenta con el privilegio legal de crear moneda legal a la par con la moneda establecida como tal por los gobernantes. Es bien sabido por los que siguen estas páginas que a través de los mecanismos de reserva fraccionaria, los bancos pueden crear más o menos moneda fiduciaria, reflejada en apuntes electrónicos en sus balances.

Esta moneda cuenta con el privilegio del curso forzoso; esto es, sirve para redimir todas las deudas públicas y privadas. O sea, opera exactamente igual que un billete de banco o cualquier otra forma de dinero y cumple sus mismas funciones. Es más, a efectos legales, cotiza a la par que el dinero físico emitido por los bancos centrales, que constituyen junto con los depósitos de los bancos en el banco central la denominada base monetaria. Los apuntes electrónicos fundados en esta base no son, pues, exactamente lo mismo que esta, por lo que podrían perfectamente cotizar con descuento o con aprecio en los mercados, al percibir el usuario esta diferencia.

Extraña banca privada

Por ejemplo, en tiempos de crisis bancarias, la ciudadanía puede preferir el dinero en papel ante el riesgo de que sus ahorros en forma de apuntes puedan quedar inmovilizados en medio de una crisis de este tipo e incluso perderlos total o parcialmente. Si cotizasen según el mercado nos serviría además de indicador de la solvencia o insolvencia de un determinado banco. Pero no es así. Legalmente, cotizan a la par por privilegio legal, como si un libro de papel estuviese obligado a costar por ley, lo mismo que uno electrónico.

De esta forma, los bancos, incluido claro está el central, pueden inflar sus balances sin que tengan que asumir costes de falta de confianza que pudieran devenir de tal diferente valoración. Este privilegio, que como acabamos de apuntar no está disponible para otros sectores de la economía, es necesario para que los gobiernos puedan financiarse indirectamente a través del sistema bancario, y servir de correa de transmisión de sus políticas monetarias, expansivas o restrictivas del crédito. Extraña banca privada es esta que cuenta con la capacidad de emitir dinero de curso forzoso con el respaldo del poder político y que ve limitada esta capacidad a las regulaciones que el propio gobierno les indica. Muy privado y de libre mercado no parece ser este sector.

Depósitos garantizados

Otro privilegio legal con el que cuenta la banca “privada” es el denominado como garantía de depósitos. Para evitar las corridas bancarias, esto es, cuando los depositantes deciden masivamente retirar sus depósitos electrónicos y redimirlos a dinero de papel, los estados garantizan, directa o indirectamente y en exclusiva, a través de los denominados fondos de garantía de depósitos, los depósitos a la vista o a plazo supuestamente custodiados por la banca comercial.

La cantidad garantizada variaría según el país, desde la totalidad del depósito hasta una suma concreta, más allá de la cual el fondo no se hace responsable, y en algún caso puede incluso no existir tal garantía. En España a día de hoy están garantizados los depósitos hasta la suma de cien mil euros. Esta garantía constituye otro claro privilegio si lo comparamos con lo que acontece con otros sectores de la economía.

Paso previo a los rescates

Por ejemplo, antes de la crisis de 2007 era común comprar viviendas sobre plano; esto es, anticipando el valor total o parcial de la compra antes de ser construida la vivienda. De esta forma el constructor se financiaba y el comprador la obtenía algo más barata. En el discurrir de la crisis aconteció que muchos constructores quebraron y no pudieron entregar las viviendas. El dinero entregado quedó embargado en el proceso concursal y de cobrar algo los perjudicados sólo cobrarían lo que les correspondiese en el proceso judicial. Esto es, sus adelantos no estaban garantizados por fondos estatales, como no lo están todos los desembolsos para cualquier otro tipo de inversión o tráfico mercantil.

Esta garantía excepcional a los depósitos bancarios se establece supuestamente para reforzar la confianza en el conjunto del sistema bancario y buscar evitar de esta forma las retiradas masivas de depósitos, objetivo que, como estamos constatando, no cumple del todo su objetivo. De hecho, para lo que sirve es para poder justificar los rescates bancarios con fondos estatales de ser necesario, pues los fondos de garantía españoles en la actualidad a duras penas podrían cubrir el rescate de uno o dos bancos de tamaño mediano.

La crisis financiera

Ya en la última crisis tuvimos que comprobar que tal fondo se gastó con el rescate de dos cajas y luego para casos como el de Bankia hubo que recurrir a fondos de rescate europeos, aunque no se denominasen así. Aparte de ser un privilegio gracioso concedido por los estados al sector bancario, la garantía de depósitos también subsidia a los bancos menos solventes o a los más arriesgados en sus inversiones a costa de los que pretendiesen llevar a cabo una gestión más conservadora. De esta forma se traslada al usuario de la banca la idea de que da igual depositar el dinero en uno u otro banco, pues el estado cubrirá en caso de problemas.

Esto, como es de suponer, genera riesgo moral y tuvo en su momento la consecuencia de que todos se involucrasen en mayor o menor medida en operaciones de alto riesgo al no temer la retirada de fondos por parte de los clientes al no percibir estos mayor problema en depositar en uno u otro banco y no dudar en aceptar sin miedo las mejores remuneraciones que los bancos arriesgados ofrecían para poder financiar sus actividades de riesgo.

Esta medida debilita también el control que los usuarios pudiesen ejercer sobre el desempeño de sus bancos o sobre su cartera de inversiones, debilitando, por tanto, los incentivos a mejorar la cultura financiera de la población, manteniéndola apartada del seguimiento de la información relevante sobre el discurrir del sistema bancario. Justo lo que a los gobiernos actuales les gusta. No hay nada como una población mal informada para poder seguir operando el sistema bancario a gusto del gobernante.

La reserva fraccionaria

El tercer gran privilegio es el de la reserva fraccionaria. Como bien apuntó el profesor Huerta de Soto en su libro sobre dinero y crédito bancario, es también un privilegio que sólo se le otorga a los bancos con licencia o ficha del regulador. Es ilegal en cualquier otro sector económico, como el comercio de granos o de aceite por ejemplo, o en cualquier otra forma de depósito; un guardamuebles, por poner otro ejemplo.

El debate sobre la reserva fraccionaria es bien conocido por los lectores de estas páginas y es fuente aun de debate entre austríacos sobre su conveniencia o no. Nuestro interés aquí no radica en sus aspectos técnicos o morales, sino en su carácter de privilegio otorgado por los estados a los bancos bajo su jurisdicción. Su principal función actual, aparte de servir para financiar los gastos del estado con papel emitido por los bancos que para eso sirvieron en origen y aún siguen sirviendo, es servir como herramienta de política monetaria.

Manipulación del coeficiente de caja

Esto es, la manipulación del coeficiente de caja bajándolo cuando se quiere incrementar la cantidad de dinero en circulación y subiéndolo cuando lo que se pretende es restringirla, ha sido desde hace decenios una de las principales herramientas de los reguladores en su intento de controlar y manipular la actividad económica. Este coeficiente no es algo natural o que salga del libre flujo del mercado, sino que deriva del propio privilegio de coeficiente fraccionario, y la prueba está en que cada país cuenta con su propia política de encaje.

Curioso, cuando menos, que las reglas técnicas de manejo de un banco dependan tanto de quienes gobiernan, y, por tanto, de las políticas que establecen, como de dónde gobiernen. Con lo que cada estado contará con normas de funcionamiento distintas. No parecen formas de funcionamiento muy técnicas u orientadas a la mejor disposición de los depósitos, si no orientas al control estatal de la economía a través de sus agentes, los bancos comerciales.

Estos son usados para estos menesteres ya cambio obtienen protección y beneficios de plegarse a esta función. Peor para ser justos habría que decir que no podrían optar por otro sistema. Hay que matizar también que el papel del coeficiente de caja como herramienta ha perdido cierta importancia como herramienta.

5 razones por las que los jóvenes deberían invertir en oro en tiempos de incertidumbre

Joshua Glawson. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

En 1946, cuando se fundó la Fundación para la Educación Económica, la onza de oro se cotizaba a unos 38,25 dólares. Esta semana, ¡cotizaba por encima de los 2.000 dólares!

Me imagino cuánto dinero se podría haber ganado con inversiones anteriores en oro. Ojalá hubiera invertido el dinero extra de Navidad o de mi cumpleaños en el metal precioso en el año 2000, cuando el oro costaba unos 280 dólares la onza.

Aunque no hay garantías en ninguna inversión, está claro que entramos en un periodo de gran incertidumbre económica. En noticias económicas recientes, varios bancos y grandes instituciones financieras se han declarado en quiebra, lo que nos lleva a lo que probablemente sea un periodo de recesión. El dólar estadounidense está perdiendo un valor significativo causado en parte por la inflación monetaria, el gasto excesivo y el desvanecimiento de la confianza del mercado. Algunos economistas especulan que los EE.UU. considerarán una criptodivisa centralmente controlada y emitida por el gobierno como un medio para promover la Teoría Monetaria Moderna.

El oro resiste el paso del tiempo

A lo largo de la historia, a medida que las monedas fiduciarias han ido desapareciendo, el oro ha resistido la prueba del tiempo una y otra vez, y hay razones para ello.

“Materias primas como el oro y la plata tienen un mercado mundial que trasciende fronteras nacionales, políticas, religiones y razas”, escribe Robert T. Kiyosaki, autor de Padre Rico, Padre Pobre. “A una persona puede no gustarle la religión de otra, pero aceptará su oro”.

Comprar oro o incluso conservarlo no siempre fue una opción para los estadounidenses. Como ha señalado el presidente emérito de la FEE, Lawrence W. Reed, “…el 5 de abril de 1933, FDR dijo a los estadounidenses -en forma de Orden Ejecutiva 6102- que tenían menos de un mes para entregar sus monedas de oro, lingotes y certificados de oro o enfrentarse a hasta diez años de prisión o una multa de 10.000 dólares, o ambas cosas”.

Contra el monopolio de la moneda

Esto esencialmente hizo ilegal la propiedad privada de oro desde 1933 hasta el 31 de diciembre de 1974, cuando la orden ejecutiva fue rescindida. Estas leyes afectaron negativamente a la economía estadounidense, a los mercados y al dólar, y en muchos aspectos siguen afectando a Estados Unidos y al mundo en la actualidad. Como sugirió el economista F.A. Hayek, el gobierno estadounidense estaba monopolizando la moneda, a la vez que la degradaba, ampliaba los programas sociales y los financiaba mediante esquemas de inflación monetaria fiduciaria.

Aunque no hay forma de deshacer el pasado, podemos sacar provecho del futuro, y el oro puede ser una excelente manera de hacerlo. He aquí cinco razones para considerar la posibilidad de invertir en oro si está empezando una cartera o buscando diversificar.

1) El oro mantiene su valor a lo largo del tiempo

Aunque a corto plazo la volatilidad del oro es preocupante en comparación con el dólar estadounidense, la inversión a largo plazo en oro físico ha mantenido su valor a lo largo de la historia. Si nos fijamos en 1946, el valor de una onza de oro rondaba los 38,25 dólares. Hoy en día, en 2023, el valor de una onza de oro está superando constantemente los 1900 dólares para situarse en el rango de los 2000 dólares. Incluso hace 10 años, una onza de oro rondaba los 1.400 dólares.

Considerar el oro para la inversión a largo plazo es una gran manera de protegerse contra la inflación y el desmoronamiento de los dólares fiduciarios en lugar de almacenar su dinero duramente ganado en una cuenta de ahorros donde prácticamente no gana intereses, incluso cuando la inflación erosiona su poder adquisitivo.

2) El oro es fácil de negociar

El valor del oro es casi universal: se aprecia en todo el mundo y ha mantenido su valor a lo largo del tiempo. Este atractivo internacional y transcultural del oro hace que sea relativamente fácil de comprar y vender en todo el mundo, a diferencia de muchas otras inversiones. Cuando existen políticas gubernamentales que controlan las cuentas bancarias, supervisan el comercio de acciones, restringen el envío o la recepción de fondos digitales, limitan las líneas de crédito, cierran las tarjetas de crédito, devalúan las divisas y regulan las criptotransacciones, tener oro físico sigue siendo normalmente una opción viable para el comercio. Esto se ve muy a menudo en períodos de inflación, deflación y guerra.

Si usted está interesado en comprar oro, pero no tiene un extra de $ 2.000 a caer en una onza de oro, hay algunas otras maneras de invertir sin tener que comprar una onza física completa.

He aquí algunas formas de empezar:

Monedas de oro
Acciones mineras de oro
Fondos cotizados (ETF) y fondos de inversión
Futuros de oro

3) El oro tiene poco mantenimiento

A diferencia de muchas otras inversiones, el oro tiene una propensión histórica y lógica a aumentar de valor con el tiempo por sí solo. Puede que las acciones ofrezcan una tasa de rentabilidad media superior, pero con el oro no tiene que estar pendiente de un ordenador día tras día para decidir cuándo comprar y vender. No tiene que investigar las finanzas de las empresas ni escuchar los informes de beneficios con tanta intensidad.

Por supuesto, lo mejor suele ser comprar barato y vender más caro de lo que se pagó en un principio. Sin embargo, también es probable que, sea cual sea el precio que pague hoy por el oro, dentro de 10, 15 o 20 años valga mucho más, lo que lo convierte en una inversión de bajo mantenimiento.

Otro gran aspecto práctico del oro son sus características naturales de bajo mantenimiento de durabilidad, imperecedero, mientras que también tiene una amplia gama de usos industriales.

4) El oro es un camino hacia la riqueza generacional

Cuando se poseen piezas físicas de oro -ya sea en forma de monedas o lingotes u otra forma física-, éstas pueden transferirse entre personas sin que necesariamente intervenga el gobierno. Cuando el oro se compra o se vende, puede haber ocasiones en las que se aplique un impuesto. Sin embargo, cuando el oro se entrega como regalo físico o como herencia, simplemente para conservarlo en lugar de venderlo para obtener beneficios, es probable que pueda conservarlo sin pagar impuestos hasta una determinada cantidad.

Tener oro puede ayudar a transferir la riqueza entre generaciones. Algunas culturas funden y moldean el oro en estilos básicos de joyería ponible, monedas, adornos o cubiertos, para ayudar aún más en este proceso de transferencia.

5) El oro inspira la competencia

El economista Henry Hazlitt coincidió con F.A. Hayek en que la existencia de monedas competitivas ayuda a combatir la inflación, al tiempo que ofrece a las personas libres más opciones entre las que elegir. La competencia y las opciones no se dan a las personas que no son libres de la monopolización estatal de la moneda. Si más gente invierte en oro, es probable que inspire una competencia progresivamente mayor para el dólar estadounidense y otras monedas mundiales. La competencia monetaria presiona a los gobiernos para que mantengan de forma fiable su valor frente a la inflación monetaria y las tasas de inflación de los precios.

Como Haziltt explicó:

No rechacemos el patrón oro porque los gobiernos lo adoptaran en su día. Después de todo, fue el producto final de siglos de experiencia. Fue la supervivencia del más fuerte frente a la temprana competencia de bueyes, ovejas, pieles, wampum, tabaco, hierro, cobre, bronce y, finalmente, plata. Fue el resultado de la competencia en el mercado, como estoy seguro de que volvería a ser. Sólo después de su victoria en el uso privado, los gobiernos se apoderaron de ella, la explotaron para sus propios fines, la diluyeron, la pervirtieron y finalmente la destruyeron.

Dolarizar argentina es posible y deseable

Los datos del IPC de este primer trimestre 2023 muestran que Argentina ya ha superado la inflación del 100 % para los últimos doce meses. Resumiendo la historia reciente, la convertibilidad de 1991 a 2001 le ha dado a la Argentina los 10 últimos años de estabilidad monetaria.

Las propuestas de dolarización

El kirchnerismo (2003-2015) cambió las reglas, y con ello volvió la inflación. Federico Sturzenegger, bajo el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), fracasó en el último intento de configurar un programa de estabilización. Y bajo el gobierno de Alberto Fernández (2019-2023) se han sucedido diversos ministros de economía que jamás tuvieron en carpeta la idea de estabilizar los precios, y si lo hicieron, fue a través de un fallido intento de controlar algunos precios. La situación actual, sin embargo, no es una excepción por una sucesión de malas gestiones de la moneda. Desde la creación del Banco Central de la República Argentina en 1935, esta situación de inestabilidad ha sido la norma.

Las propuestas de dolarización se habían multiplicado hacia fines de la década de 1990 como consecuencia del posible abandono de la convertibilidad. De hecho, Carlos Menem llegó a proponerla primero en 1999 ante la devaluación de Brasil, y luego como su plan de gobierno en 2003, cuando abandonó el ballotage que lo hubiera enfrentado a Néstor Kirchner. Entre aquellas propuestas quizás la que más ruido hizo fue la de Steve Hanke, un economista extranjero que contribuyó a que otros países tomaran ese camino, como fue el caso de Ecuador y El Salvador. En ese mismo momento, el propio Domingo Cavallo, padre de la convertibilidad, había rechazado la propuesta, lo mismo que la mayoría de los economistas locales, con escasas excepciones.

Propuesta de 2014

En la coyuntura de los últimos años las propuestas vuelven a emerger, aunque ahora con una representación más local. Por un lado, junto a Nicolás Cachanosky presentamos una propuesta de reforma del sistema financiero en 2014, pero el gobierno de Mauricio Macri la ignoró. Emilio Ocampo, también con Nicolás Cachanosky, presentaron una propuesta más completa en un libro de reciente publicación titulado “Dolarzación. Una solución para la Argentina”. Junto a Jorge Avila y Osvaldo Schenone, también publicamos otro libro con un carácter un poco más institucional titulado “Populismo, restricciones constitucionales y dolarización oficial para Argentina”. Y se puede mencionar también la propuesta de Alfredo Romano en otro libro titulado “Dolarizar”. Los tres libros contienen diferencias en el margen, pero resuelven muchos de los mitos que hoy circulan entre los críticos.

Comencemos por definir las dos posibilidades de dolarización. La primera implica mantener el peso, y plantear un sistema bimonetario, donde la circulación del dólar no tenga restricciones. Implica por supuesto eliminar el cepo cambiario, pero además suprimir el curso forzoso. Los argentinos podrían realizar contratos en la moneda que deseen, sea el peso o el dólar, pero también se abre una competencia entre muchas otras monedas.

Ley de Gresham

Como decía Friedrich Hayek en un libro titulado “La desnacionalización del dinero”, bajo este esquema operaría la Ley de Gresham, en la cual la moneda buena desplazará a la moneda mala. Presuponemos que los argentinos utilizarán los pesos para realizar sus pagos de impuestos y gastos, pero dejarán el dólar para otras funciones como reserva de valor. Si además el Banco Central propone una regla en la que no seguirá expandiendo la cantidad de pesos en circulación, entonces el esquema podría ir permitiendo que Argentina reduzca la tasa de inflación mes a mes, sin generar temor en gran parte de la población.

El obstáculo que algunos economistas observamos en esta propuesta es que un futuro populismo no tiene más que romper esa regla para volver a abusar de la posibilidad de monetizar los desequilibrios presupuestarios, lo que nos devolvería a la inflación en un futuro cercano, reduciendo previsibilidad a quienes quieran invertir en el país.

Segunda propuesta

La segunda propuesta es un poco más audaz, pues implica eliminar el peso. Para ello se le pedirá a los argentinos algo que ya hicieron en 1991 cuando se estableció la convertibilidad. En aquella oportunidad los argentinos se presentaron a la caja de un banco y cambiaron sus australes por dólares a una tasa de cambio de 10.000 australes por 1 peso. La ley de convertibilidad a su vez fijaba una paridad de 1 peso = 1 dólar. No sólo ello. El Banco Central además estaba imposibilitado de imprimir nuevos pesos, si no se sumaba nuevos dólares en reserva.

En estos tiempos de la era digital la conversión sería bastante más sencilla, pues bastaría un click en home banking para gran parte de la población para convertir sus tenencias en pesos por dólares a la tasa de conversión pre-fijada.

La pregunta que surge aquí es posiblemente la que más preocupa a la población, y a muchos economistas. ¿Cuál sería la tasa de conversión elegida en un país que no tiene dólares? Para quien escribe es curioso que haya economistas profesionales que sostengan que no hay dólares en Argentina. La respuesta, sin embargo, abre varias opciones, pues la tasa de conversión dependerá de numerosos factores políticos que varían de acuerdo a quienes construyen sus propuestas. Veamos algunos de estos.

¿Dolarizar sin reservas?

Quizás la primera cuestión es manifestar el volumen de pesos que hoy circula en la economía, o el que potencialmente circulará el 10 de diciembre de 2023 cuando emerja eventualmente en las urnas el próximo Presidente con ánimo dolarizador. Estos pesos implican el circulante que utilizamos los argentinos para transacciones, pero también todos aquellos pesos que los argentinos o algunos instituciones argentinas han depositado a plazo fijo en los bancos, los que a su vez, depositaron este dinero en el Banco Central animados por una atractiva tasa de interés. La preocupación es tal que puede ocurrir que para el momento de intentar dolarizar los pasivos del Banco Central multipliquen por cuatro el circulante para transacciones. ¿Cómo es posible que alguien pretenda dolarizar esta cantidad de pesos sin dólares en reserva?

La respuesta técnica a esta pregunta tiene muchas opciones también, pero la más pertinente hoy es la que han ensayado Emilio Ocampo y Nicolás Cachanosky en el libro mencionado. Para analizar este esquema debe observarse el Balance del Banco Central, donde estos pasivos se ven respaldados por una serie de activos cuya cotización en el mercado es muy baja, pero que eventualmente bajo un gobierno que genere mejores expectativas, podría intentarse canjearlos por nuevos activos a una tasa de interés menor. La idea es interesante en lo político porque implicaría una menor devaluación de la que muchos analistas proponen, al mismo tiempo que se evita que los depositantes pierdan sus activos, o se les deprecien.

El papel de la política fiscal

Aquí emerge entonces un elemento clave. El gobierno dolarizador no puede plantear simplemente un esquema de dolarización a secas. Esa medida fracasaría de inmediato. La medida debe plantearse en el marco de un esquema integral que incluya entre otras medidas un presupuesto base cero, el equilibrio o mejor aun un superávit fiscal, la baja de impuestos, la desregulación de varias áreas claves de la economía incluyendo la legislación laboral, la apertura económica, una reforma previsional y la privatización de una serie de empresas públicas hoy deficitarias. En este esquema Argentina abriría un espacio de optimismo entre inversores que tendrían interés en apostar por un país que hoy está lejos de aprovechar su potencial.

Si este cambio de reglas ocurre, entonces dolarizar es posible y deseable. Es posible porque Argentina podrá acceder a una cantidad de dólares que permitan sustituir el circulante en pesos. De ahí en adelante los argentinos harán sus contratos en dólares, los trabajadores cobrarán dólares, los impuestos se pagarán en dólares, e incluso el gasto público será en dólares. El Banco Central estará cerrado y el peso dejará de circular como de hecho lo hizo el Austral.

Argentina, un gigante dormido

En mi paso por Ecuador en 2020, invitado para participar de los 20 años de dolarización, tuve la oportunidad de conversar con varios expertos en la materia entre quienes destaca Gabriela Calderón. Esta economista me comentaba -en función de su experiencia ecuatoriana- que luego de dolarizar, los dólares que los residentes argentinos tienen hoy debajo del colchón, en cajas fuertes, cajas de seguridad, o incluso en otros países como Uruguay o Suiza, podrán emerger en Argentina para comprar los activos cuyo valor hoy están deprimidos. Argentina es un gigante dormido, y su potencial es abismalmente mayor que el que se observa hoy.

Algunos críticos afirman que si Argentina avanzará en todos estos frentes, entonces no necesita introducirse en este esquema de dolarización. El problema es que el programa de estabilización que se requiere como contrapartida tomaría bastante más tiempo del que puede disponer el próximo gobierno para estabilizar la moneda. Ya hemos visto la experiencia de Sturzenegger, quien técnicamente comprendía la causa monetaria de la inflación. La dolarización tiene muchas ventajas, una de las cuales es precisamente la estabilidad inmediata del nivel de precios. Sin este objetivo cumplido, es muy difícil poder avanzar en los otros frentes.

Dolarización contra populismo

Decíamos además que la dolarización es deseable. Lo es porque eleva el costo de des-dolarización. No fue tan difícil romper con la convertibilidad, aun cuando los argentinos votaron a Fernando De la Rúa en 1999 para que hiciera lo posible por sostenerla. Aquí se utiliza el ejemplo del ex Presidente Correa en Ecuador, quien deseaba recuperar el Sucre y con ello las políticas inflacionarias y devaluatorias, pero el ecuatoriano lo rechazó. Es posible que ante un gobierno populista futuro el argentino manifiesta una preferencia por el dólar, que ya no se le derretirá en las manos.

Es deseable, además, porque al eliminar la inflación y el riesgo de devaluación, la Argentina tendrá tasas de interés de un dígito, lo que implica recuperar el crédito y con ello el crecimiento económico. Este plan integral de gobierno implicaría un cambio radical en las reglas de juego, lo que permitirá tener una década de expansión económica que no se ha visto en los últimos tiempos.

No es necesario un banco central

Existen otros argumentos falaces que arrojan los críticos y confunden a la opinión pública, como el caso de Melconián quien afirma que 180 países tienen Banco Central. Podría argumentarse que España, Italia, Francia, Portugal, Irlanda hoy no disponen de un Banco Central que le permita monetizar sus desequilibrios presupuestarios. España abandonó la peseta, y eso le permitió terminar con la inflación y las devaluaciones, lo que le permitió experimentar un crecimiento inédito en su economía en las dos décadas siguientes. No ignoro, por supuesto, la importancia del aspecto comercial de la Unión Europea, pero es por ello que Argentina tiene que acompañar la reforma con la apertura económica y la integración comercial con otros bloques económicos extra-Mercosur.

Otros críticos observan que Argentina perderá soberanía y pasará a depender de Estados Unidos. Personalmente no veo a España perdiendo soberanía por más que haya renunciado a la peseta.

Por lo pronto, Argentina tiene la dolarización en la mesa de debate. Empresarios, banqueros y políticos lo están considerando como una opción real, y pienso que es una reforma posible y deseable que pueden contribuir a ordenar una herencia que es muy costosa para el pueblo argentino.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXX): la banca y el estado (I)

Las turbulencias en el mundo de la banca, tanto norteamericana como europea, han demostrado una vez más los privilegios de los que disfrutan estas peculiares empresas privadas, si es que realmente merecen este nombre y no el, a mi entender, más correcto nombre de concesiones públicas o el de empresas públicas de gestión privada.

¿Por qué rescatar a los bancos?

Una vez detectados problemas de solvencia o de liquidez o de descalce de plazos de estas peculiares entidades, los gobiernos corrieron a su rescate para garantizar la solvencia de sus respectivos sistemas financieros. Da igual la forma que se haya escogido para salvarlos, sean estos programas de liquidez LTRO, de compra “voluntaria” por uno o por un pool de bancos, o fusiones con otros más solventes o nacionalización pura y dura en los casos más extremos. Lo cierto es que los estados o sus apéndices, los bancos centrales, se han apresurado a garantizar su solvencia y la continuidad de sus contratos sin grandes pérdidas para sus depositantes o para los que han adquirido alguno de sus múltiples tipos de bonos.

La gran pregunta que nos podemos hacer es porque corren a salvar a este tipo de empresas, que en teoría deberían ser como las demás, mientras abandonan a su suerte a empresas de otros sectores, a veces de dimensiones muy considerables y muchas de ellas de dañadas previamente por decisiones políticas (estoy pensando en la industria electro intensiva). Se las usa cuando conviene y luego se las abandona o se les hace abandonar por regulaciones de todo tipo.

Dar tiempo a los inversores amigos

En primer lugar, en caso de haya problemas, los responsables económicos de los distintos ejecutivos y sus delegados en los bancos centrales realizan todo tipo de declaraciones en favor de la solvencia de las entidades afectadas, mintiendo deliberadamente en muchas ocasiones, pues muchas de ellas quiebran a los pocos días y es impensable que no tuviesen información al respecto en el momento de hacer las declaraciones, con la intención de mantener la confianza de depositantes e inversores.

Si esto es para intentar mantener la confianza en el sistema o para dar tiempo a deshacer inversiones a actores bien conectados, es muy difícil de saber. Puede ser por una u otra razón o por ambas a la vez. Es una vez constatada la mala situación del banco cuando comienzan las políticas efectivas de rescate. Esta mala situación causada casi siempre por falta de solvencia, aunque sé que existe debate al respecto, pues es difícil tener problemas de solvencia si nuestros activos descalzados en el tiempo siguen conservando su valor a juicio de los inversores.

Liquidez y solvencia

Podemos no tener dinero líquido, pero si contamos con activos solventes no creo que hubiese problema en contar con financiación con su respaldo, aún fuera del sistema bancario. La falta de liquidez viene dada casi siempre por la pérdida de valor de los activos. Ocurrió con la crisis de la vivienda y puede ocurrir ahora con la de deuda pública, que en sí misma no carece de solvencia, pero sólo si esperamos al vencimiento que en ocasiones puede tardar decenios en llegar, ambas severamente afectadas en su precio y que servían de colateral a muchos créditos lo que redundó en problemas de los bancos para atender sus obligaciones.

Una vez desatado el movimiento de corrida bancaria, primero mostrando los síntomas en las bolsas y luego de forma masiva en los depositantes, los gobernantes económicos comienzan a aplicar medidas, principalmente para que no se extienda el pánico a otros bancos, menos insolventes que los quebrados pero dado el actual sistema de reserva fraccionaria también dependientes de la confianza de depositantes e inversores, y como sabemos bien, todos los bancos en este sistema son potencialmente inestables.

Fusiones ¿voluntarias?

Estas medidas dependen de la habilidad y discreción de los reguladores, así como de su evaluación de la situación económica del momento. Históricamente, se encargaba a uno o varios bancos que comprasen al banco deteriorado para restaurar la confianza. En el caso hispano de cajas de ahorros, al ser entes de economía social no cotizados, lo que se ha recomendado es que se fusionen con otra más solvente, y así se hizo en la crisis de 2007. Habría que investigar sería si el banco o la caja sanos llevan a cabo la adquisición o la fusión voluntariamente o lo hacen más o menos “orientados” por los gobernantes, bien sea con mandatos, bien sea con algún otro tipo de incentivo, sea fiscal o regulatorio.

Históricamente, las quiebras de pequeñas o medianas entidades se han resuelto de este modo. Los gobernantes, de este modo, presumían de no haber desembolsado un sólo euro en la operación. También se recurría a esta medida en tiempos de estabilidad del sistema financiero. Ha afectado sólo a una o pocas entidades mal gestionadas.

Parte del aparato económico del Estado

Cuando la crisis financiera se generaliza y afecta a varias entidades incluidas las llamadas sistémicas por su gran tamaño, las medidas cambian sustancialmente y se recurre a artillería pesada como los programas de liquidez del estilo del europeo LTRO o a la compra por el banco central de activos deteriorados de los bancos, sea deuda pública o corporativa o incluso a veces papel comercial de difícil cobro. Si todo fallase, se recurriría a la nacionalización de la entidad bancaria o a la creación de un banco malo; esto es, la adquisición por parte del estado de activos bancarios dañados a precio superior al que establece el mercado para intentar sanear sus cuentas.

Esto se conoce bien, aunque conviene recordarlo de vez en cuando por si algún lector joven no tiene memoria de lo que ocurrió en los años posteriores a 2008. La cuestión es porque se muestra tanta diligencia y se exhibe tan rica variedad de medidas de intervención con este sector y no con otros, esto es que tienen de particular los bancos con respecto a cualquier otro sector del mercado. Creo que la respuesta no puede ser otra que la de que los bancos actuales no son un sector mercantil común, sino que forman parte del aparato económico de los estados modernos, esto es: son mercado, de la misma forma que lo son por ejemplo los ferrocarriles hispanos, o sea un agente más del poder político.

Rudolf Hilferding

El debate sobre el papel de la banca en el aparato de poder es una constante desde comienzos del siglo XX cuando Rudolf Hilferding escribe su célebre El capital financiero, considerado por muchos como una de las obras cumbre del pensamiento marxista; libro en el que se establece una suerte de mitología de la banca que desde entonces ha permeado no sólo a los marxistas sino a muchas otras ideologías y se ha constituido en uno de los muchos tópicos presentes en el imaginario popular con los que los seguidores de Marx han “enriquecido” la cultura económica de nuestras poblaciones.

Además de los consabidos lugares comunes sobre clases sociales o explotación, nuestro autor considera a la banca como a un sector económico distinto de los demás y caracterizado por un desmesurado poder, no sólo sobre el resto de los sectores económicos, sino incluso sobre los propios estados. Estos serían una suerte de títeres en sus manos y no serían, parafraseando a Marx, más que un comité ejecutivo de la gran banca. El muy extendido mito de la Banca Morgan decidiendo la entrada de los Estados Unidos en la primera guerra mundial es uno de ellos, mito que con otras formas sigue a repetirse cuando hay una guerra o intervención bélica a gran escala.

Rothbard y Hoppe

Quizás quien mejor lo ha elaborado desde posiciones próximas al marxismo es Charles Wright Mills en su magistral libro La élite del poder, que suscribiría si no fuese porque a mi entender el orden de la ecuación cambia. Esto es el estado quien domina a las finanzas, porque son parte sustancial de él, y no al revés, algo difícil de ver, pues ambos sectores están tan imbricados entre sí como esos bizcochos en los que el chocolate está tan entreverado con el resto de la masa que no se pueden distinguir claramente.

Los austrolibertarios no han sido del todo ajenos a esta idea de ella banca y autores como Murray Rothbard o Hans Hermann Hoppe han dedicado sendos ensayos a esta problemática. Eso sí, no se cuentan entre los trabajos más referenciados de sus respectivas obras, quizás por su carácter que además de antiestatista es ferozmente antiimperialista.

Ambos hacen referencia a la relación simbiótica entre banca y estado en el sentido de que mutuamente se refuerzan y ambos están interesados en la pervivencia de esta relación.

La banca, cómplice del Estado

La banca financia indirectamente a los estados y es cómplice en sus políticas inflacionarias y a cambio el estado la privilegia a través de la garantía de depósitos (es la forma usada para justificar los rescates), la reserva fraccionaria (considerado delito en cualquier otro bien) o el curso forzoso (el dinero creado a través de apuntes bancarios es a efectos legales equivalentes al creado por los bancos centrales y sirve para redimir cualquier deuda, pública o privada).

En principio, para una relación del estado como monopolista de la fuerza y un ente privilegiado, pero externo a su estructura. La cuestión es, pues, dilucidar si podemos englobar a la actual banca (repito lo de actual, porque la banca en sí misma es un negocio honrado como otro cualquiera) dentro del propio estado y no fuera de él.

Dentro de la teoría del Estado

Entiendo que a día de hoy sí podemos asimilar a la banca comercial como un agente estatal. Formalmente, su propiedad es privada y sus acciones se pueden comprar y vender sus acciones en los mercados bursátiles. Pero su comportamiento y sus privilegios no son los de un ente privado cualquiera y, por tanto, debe analizarse dentro de la teoría del estado y no dentro del ámbito de la teoría monetaria o bancaria.

Creo que a los actuales responsables políticos les importa bien poco si es más conveniente la doctrina de las letras reales o la del coeficiente del cien por cien. Dispondrán de la banca a su conveniencia para financiar sus gastos, estimular la economía en periodos electorales o dar imagen de omnipotencia en caso de pandemias o catástrofes y las consecuencias en forma de inflación o depresiones las achacarán a Putin o a la ruptura de la cadena de suministros. Pero en el próximo artículo me detendré a analizar porque entiendo que es así.

Del patrón oro al patrón dólar

¿Cuál es el problema de nuestro sistema financiero? Básicamente, que se trata de un sistema híbrido. El dinero nació como un instrumento que facilitaba el comercio y la producción ya en tiempos prehistóricos. Sin embargo, con el crecimiento del estado, el dinero pronto se convirtió en un instrumento de control y monopolización por parte de los estados. Por eso, nuestro dinero y nuestro sistema financiero han llegado a ser elementos cruciales para el poder político.

El control sobre el sistema monetario del estado se incrementó con el establecimiento de los bancos nacionales que tenían el monopolio para emitir dinero efectivo y la tarea de controlar los bancos comerciales, cuyo papel fundamental es la emisión de créditos. Este modelo de banco central fue desarrollado primeramente en Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX, y pronto el resto de los países adoptó el mismo sistema, puesto que querían repetir el milagro inglés que había hecho del país una gran potencia y el “taller del mundo”.

El sistema monetario desarrollado en Inglaterra tenía dos funciones cruciales:

  1. Asegurar el funcionamiento y, posiblemente, el crecimiento de la economía y riqueza del país.
  2. Asegurar el funcionamiento y, posiblemente, el crecimiento del poder del estado y el de las elites políticas.

El sistema monetario del siglo XIX estaba basado en el patrón oro. La creación del dinero efectivo de los bancos centrales y, asimismo, el volumen de créditos de los bancos comerciales, fueron limitados por el aumento del oro acumulado en los bancos centrales. Según Walter Bagehot (1871), el papel del Banco de Inglaterra era mantener el equilibrio en la economía y, en caso de crisis, intervenir para evitar el colapso monetario, dando una inyección de dinero a los bancos con problemas de liquidez.

El patrón oro limitó la acumulación de créditos malos en la economía y el crecimiento del estado financiado por créditos. En este periodo, los estados redistribuían el 10-15% del PIB anual, lo que hacía que su papel fuera muy limitado en la esfera de la economía.

El patrón oro creó un ambiente bastante favorable para el crecimiento económico y mantuvo la balanza comercial equilibrada entre los diferentes estados. Este equilibrio comercial y la estabilidad monetaria contribuían a que los países continentales europeos pudieran emular el capitalismo inglés y alcanzaran el desarrollo mediante la industrialización y el comercio.

En este largo periodo, gracias a la conexión entre las divisas y el oro, el dinero mantuvo su valor adquisitivo y la tasa de interés oscilaba entre el 2 y el 8% incentivando la acumulación del capital y beneficiando a quienes manejaban sus recursos con prudencia.

Sin embargo, el patrón oro no era un sistema perfecto. Estaba regularmente sujeto a ciclos de expansión y contracción de créditos, y depresión económica (Mises 1912). No obstante, el patrón oro siempre ha podido sobrevivir a las crisis económicas recurrentes y ha podido asegurar un crecimiento económico sorprendente en comparación con épocas anteriores, cuando el estancamiento era la norma de la vida económica. El patrón oro se colapsó con el estallido de la I Guerra Mundial. Los estados, para financiar el esfuerzo bélico, abandonaron el patrón oro y empezaron a imprimir dinero produciendo un endeudamiento sin control.

Después de la Guerra, ya no era posible volver al patrón oro. Los estados habían acumulado demasiada deuda. Durante la Guerra, los gobiernos empezaron a intervenir en la vida económica y comenzó una expansión del estado de bienestar que necesitaba un sistema de financiación más flexible que el tradicional patrón oro.

Así, se originó un nuevo ciclo económico con una expansión de créditos que provocó el colapso de 1929. La crisis se alargó por las políticas proteccionistas de los estados y por las competitivas devaluaciones entre divisas de diferentes países. Esta larga y aguda crisis económica ayudó a Hitler a ganar el poder político en Alemania. Para sostener esta política proteccionista, necesitaba obtener “lebensraum” (territorios para vivir) para Alemania, lo que desembocó en el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

En 1944, Estados Unidos, como nuevo líder mundial, intentaba diseñar en Bretton Woods, un nuevo sistema financiero que asegurara la estabilidad entre las divisas de diferentes naciones y facilitara la expansión monetaria de los estados. El dólar americano asumió el papel que antes tenía el oro. El dólar fue aceptado como la divisa para el comercio internacional y reserva crucial de todas las demás divisas. Estados Unidos, que en ese momento tenía más del 80% del oro del mundo en su Tesoro, adquirió el compromiso con los bancos centrales de cambiar dólares por oro en un precio fijo. Paralelamente, Estados Unidos abogaba por bajar las aduanas para resucitar el comercio y lanzar una nueva globalización.

El nuevo patrón dólar y el retorno a un comercio mundial más libre produjo resultados casi milagrosos. El rápido desarrollo de la riqueza erradicó prácticamente la pobreza en los países occidentales y creó una amplia clase media (prácticamente, las dos terceras partes de la sociedad). Este proceso fue ayudado y completado por la extensión del estado de bienestar y sus prestaciones. Había nacido el moderno estado de bienestar.  De esta manera, el 45-55% del PIB era redistribuido por el estado en los años setenta. Esto supone un considerable incremento en comparación con la era del patrón oro.

Este es el ambiente en el que se ha desarrollado el actual mapa político ya analizado en el anterior artículo. La derecha y la izquierda moderadas han acercado posturas ya que ambas prefieren incrementar el papel del estado de bienestar y abogan por dar un papel cada vez mayor al estado como administrador y regulador. Esta expansión del estado, facilitada por la creación del crédito, ha hecho posible que derecha e izquierda moderada empleen las mismas estrategias políticas, evitar conflictos políticos con apoyos financieros.

Sin embargo, hay un fatal fallo en el corazón del patrón dólar. Jacques Rueff, un discípulo de la Escuela Austriaca, fue uno de los primeros pensadores que descubrieron el problema. El uso del dólar como dinero internacional distorsiona la economía mundial y otorga una ventaja al Estados Unidos, ya que todos los países del mundo se ven en la necesidad de acumular reservas de dólar. Así, el producto más importante de exportación de los Estados Unidos es el dólar que otros países pueden adquirir exportando bienes reales. Como consecuencia, se produce una constante demanda de dólares para satisfacer la hambruna de reservas.

Rueff, que fue asesor económico del Presidente De Gaulle en los años sesenta, temía que este sistema provocara una hiperinflación. Pensaba que había que forzar el retorno al patrón oro, que era un dinero internacional neutral y que no estaba bajo el control de ningún estado. Convenció a De Gaulle, y Francia pidió a Estado Unidos el cambio de sus fondos en dólares por oro, tal y como había quedado establecido en Bretton Woods, en 1944. Sin embargo, Estados Unidos se negó y suspendió definitivamente este acuerdo.

Después de la inflación y la crisis de los setenta, comenzó en los años ochenta, una nueva época de expansión del crédito junto a un proceso de deflación en el que participaron los siguientes factores:

1) La integración de China en el comercio mundial.

2) La expansión de la segunda ola de la globalización provocada por la bajada de los aranceles.

3) La subida de la tasa de interés del FED que rompió la tendencia inflacionista.

4) Las reformas pro-mercados en el mundo, desde Estados Unidos hasta China, iniciadas por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Deng Xiaoping.

Esta expansión del crédito ha lanzado una nueva revolución industrial con nuevos productos que han cambiado nuestra vida: ordenadores, internet, y el teléfono inteligente.

Aunque, la redistribución del PBI ya no ha crecido más, los estados han podido mantener un elevado nivel de redistribución e intervencionismo en la vida económica.

En conjunto, el patrón dólar estadounidense ha procurado ciertas ventajas:

  1. La expansión del crédito casi sin límites ha hecho posible nuevas revoluciones industriales y ha mantenido un crecimiento de la iniciativa emprendedora que ha dado un nuevo dinamismo a la economía en todo el mundo y ha reconfigurado el modo de vida.
  2. La expansión del crédito también ha hecho posible el nuevo rumbo de la globalización basado en la creación de cadenas de suministro de compañías multinacionales y en la exportación de los puestos de trabajo a países con bajos salarios. Este nuevo tipo de globalización ha industrializado estos países, y ha beneficiado a Europa y Estados Unidos con el desarrollo de una economía de servicios y de conocimiento.
  3. Los estados y sus bancos centrales han aprendido a evitar grandes crisis. Desde la década de los setenta, los periodos de crecimiento son cada vez más largos y las crisis no tan agudas a pesar de creciente endeudamiento.
  4. Finalmente, la expansión del crédito ha hecho posible mantener, o incluso desarrollar y refinar el estado del bienestar que, de hecho, ha llegado a ser una institución clave para asegurar la paz social y la moderación política.

Y, ¿este es el final feliz? ¿Por fin el mundo ha encontrado un sistema financiero casi ideal? Desafortunadamente, no. El problema original del patrón dólar sigue estando enfermo por la razón que ya había identificado Jacques Rueff en los años sesenta: si la divisa de un país se alza como el dinero internacional del mundo, la economía mundial sufrirá una distorsión y una explotación que amenazará el orden político mundial.

En la próxima entrega vamos a analizar las consecuencias de esta distorsión y explotación.

Banca y transformación de plazos: un error ontológico antológico

Con la concesión del premio Nobel a Diamond & Dybvig muchos economistas, algunos de ellos liberales, repiten el grave error sistemático de afirmar que un banco es o debe ser (ontología) un intermediario financiero que realice transformación de plazos: endeudarse a corto plazo y prestar a largo plazo. Esta sería su casi única o principal forma de obtener beneficios, el arbitraje entre tipos de interés a corto plazo, normalmente más bajos, y tipos de interés a largo plazo, normalmente más altos. Un banco debería tener fondo de maniobra negativo, debería proporcionar liquidez pero ser él mismo ilíquido.

¿Son los bancos intermediarios financieros? Sí: por un lado toman prestado (su pasivo), y por el otro lado prestan (su activo), o compran participaciones empresariales. Que un banco pueda ampliar su balance y crear sustitutos monetarios (depósitos y billetes, dinero bancario interno) al conceder préstamos no significa que los bancos no sean intermediarios financieros: si un banco solo hace eso, sin recibir financiación monetaria, eventualmente se quedará sin reservas de liquidez por retiradas de fondos de sus clientes o por compensación interbancaria. Los bancos no son solamente intermediarios financieros: también son gestores de pagos y cobros mediante sus sustitutos monetarios, y pueden proporcionar otros servicios a sus clientes y cobrarles por ellos.

¿Transforman plazos los bancos? Actualmente sí. No solo los bancos comerciales, sino también los bancos de inversión y otros intermediarios financieros. Pero el sector bancario y financiero no es libre sino que está fuertemente regulado, intervenido, protegido, privilegiado, y esto es lo que fomenta el descalce de plazos.

¿Deben transformar plazos los bancos para obtener beneficios? No. Pueden obtener beneficios sin necesidad de transformar plazos gracias al margen entre tipos de interés pagados y tipos de interés cobrados por servicios de intermediación, agregación o desagregación de fondos, análisis de solvencia y asunción de riesgos, de modo semejante a como un intermediario comercial puede obtener un margen (comprar más barato y vender más caro) sin necesidad de alterar la calidad del producto distribuido.

-Intermediación: el banco es un agente económico intermedio entre prestamistas y prestatarios (que sin el banco tendrían que buscarse unos a otros), conoce ambos lados de los mercados financieros.

-Agregación o desagregación: el banco puede juntar los fondos de muchos prestamistas para un único prestatario, o separar los fondos de un único prestamista en múltiples prestatarios.

-Análisis de solvencia: el banco investiga y evalúa la solvencia de los prestatarios (crédito como confianza).

-Asunción de riesgos: el banco asume posibles pérdidas en sus préstamos (impagos de prestatarios) sin transferirlas a sus prestamistas, y puede hacerlo porque dispone de fondos propios (capital como amortiguador de pérdidas).

Los bancos, y el sector financiero en general, pueden existir y obtener beneficios sin necesidad de descalzar plazos (o riesgos).

Además un banco o cualquier otro intermediario financiero no puede obtener beneficios de manera sostenible en un mercado libre mediante el descalce de plazos o riesgos: al realizarlo el banco se vuelve más frágil e inestable, y las entidades más frágiles tienden a romperse o fracasar. La iliquidez se transforma en insolvencia, impagos, quiebras (obligaciones de pago inmediatas exigidas mayores que los derechos de cobro inmediatos, retirada de financiación, ventas masivas forzadas de activos con descuento).

Convencidos de que el sector financiero debe transformar plazos, la mayoría de los economistas se limitan a idear posibles mecanismos para evitar crisis financieras que dañen a la economía: seguros de depósitos para evitar corridas bancarias (que ni son seguros ni cubren en realidad los riesgos, porque las corridas bancarias o las crisis financieras ni son aleatorias ni son anomalías producto del pánico infundado, y los fondos de garantía son sistemáticamente insuficientes), regulación y supervisión bancaria y requisitos de capital (mal pensados y con fuertes injerencias políticas), financiación privilegiada (banco central como prestamista de última instancia). Estos economistas no suelen considerar la posibilidad de libertad monetaria, bancaria y financiera, con derechos de propiedad, contratos libres, beneficios y pérdidas, crecimiento o quiebra.

Variantes del error:

-“Los agentes económicos desean ser acreedores a corto plazo y con seguridad de cobro, y ser deudores a largo plazo y con pago inseguro, y los bancos simplemente satisfacen estos deseos como buenos intermediarios.” Esto es como afirmar que los agentes económicos desean pagar poco (o menos) por lo que compran y cobrar mucho (o más) por lo que venden, y los comerciantes simplemente satisfacen estos deseos como intermediarios: en este caso los comerciantes podrían alterar precios y márgenes según los deseos de sus contrapartes deteriorando la calidad de los bienes o servicios o su percepción sin que nadie se diera cuenta, pero los bienes o servicios acabarían fallando o rompiéndose más o antes de lo previsto. Si uno quiere ser acreedor a corto plazo y con gran seguridad debe aceptar cobrar un interés menor, y si uno quiere ser deudor a largo plazo y con inseguridad del pago debe aceptar pagar un interés mayor, igual que si uno quiere cobrar más debe ofrecer más calidad, y si uno quiere pagar menos debe aceptar menor calidad.

-“La transformación de plazos es beneficiosa no solo para los bancos sino para toda la economía en su conjunto, ya que se incrementa la financiación de proyectos empresariales, y por eso los bancos merecen alguna protección especial para poder realizarla (financiación privilegiada sistemática, garantías de depósitos, prestamistas de última instancia).” En realidad la financiación esté descoordinada, es insostenible y provoca ciclos económicos de auge y caída. Los bancos son frágiles y terminan quebrando o teniendo que ser rescatados con fondos públicos (financiación privilegiada excepcional, inyecciones de capital). Como los bancos están altamente relacionados unos con otros y con todos los agentes económicos, cuando colapsan dañan gravemente la economía (riesgo sistémico, pérdida de intermediarios financieros y de su conocimiento del negocio, restricciones crediticias): para evitar estos daños tienden a ser rescatados, creando riesgo moral y reiniciando de nuevo el proceso. El gobierno parece salvar al mundo de un problema que ellos mismos contribuyen a crear con el apoyo intelectual de casi todos los economistas.

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (III): ss. IV-V d.C.

A inicios del siglo IV, el Imperio romano se había convertido en una realidad económica completamente diferente a lo que había sido a principios del siglo I. El eje principal de su sistema monetario durante los dos primeros siglos, el denarius argenteus, había virtualmente desaparecido desde mediados del siglo III, siendo sustituido a su vez por el argenteus antoninianus o el argenteus aurelianianus, numerales de mayor valor teórico, pero de cada vez menor valor real. Los excesos públicos en el presupuesto civil y militar, los incesantes sobornos y regalos, las reiteradas subidas de impuestos, el incremento de la burocracia estatal y las continuas requisiciones de bienes y metales preciosos habían extenuado la economía romana hasta niveles insospechados. Como broche de oro para esta desastrosa realidad, la inflación había pasado del 0,7% anual de los siglos I y II al 35% anual a finales del siglo III y comienzos del IV, empobreciendo a marchas forzadas a todas las capas sociales del Imperio. Diocleciano quiso poner fin a este descontrol mediante la promulgación del célebre Edictum De Pretiis Rerum Venalium de finales del año 301, en el que se prohibía subir los precios por encima de un determinado nivel bajo pena de muerte a casi 1300 productos y servicios esenciales. En el preámbulo del edicto se culpaba de la inflación a los agentes económicos, tachándoles de especuladores y de ladrones, y se los comparaba con los bárbaros que amenazaban el Imperio. La mayoría de productores e intermediadores, por tanto, optaron o bien por dejar de comercializar los bienes producidos, o bien por venderlos en el mercado negro o, incluso, por utilizar el trueque para las transacciones comerciales. Este debilitamiento de la oferta hizo crecer aún más los precios reales, en una espiral alcista que deterioró aún más el complejo sistema económico romano. Tan sólo 4 años después, en el 305, el propio Diocleciano abdicó en Nicomedia y se retiró a su palacio en Split, abrumado por su fracaso político y económico.

Un año después de la abdicación de Diocleciano, un joven Constantino, hijo del tetrarca Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Eburacum, la actual York. Unos seis años después, en el 312, se hizo con el control de Occidente y, después, en el 324, también con el de Oriente, reunificando el Imperio nuevamente bajo su mandato. Considerado como el nuevo Augusto, Constantino llevó a cabo, al igual que el primer emperador, una ambiciosa y profunda reforma del sistema monetario. En el año 310 creó un nuevo solidus, rebajando su peso a 4,5 g. y con un título del 96-99% de oro puro. Esta moneda se convirtió en el nuevo eje de todo el sistema monetario bajoimperial, sustituyendo a los devaluados numerales de plata del pasado. El solidus constantiniano se convirtió en la unidad oficial para precios y cuentas y se establecieron nuevos impuestos exclusivamente en esta moneda. Así, gracias a la confiscación de importantes reservas de oro atesoradas en los templos paganos, que pasaron a estar desprotegidos por el Estado romano, se pudo soportar el valor real de esta nueva moneda, emitida en grandes cantidades, hasta el punto de que sirvió de valor refugio en el Imperio bizantino hasta el siglo XI. Junto al solidus, Constantino también creó, en el año 324, otros dos numerales de oro: el semis, de 2,25 g. y un título del 96-99%, y otra moneda de 1,7 g. y 96-99% de oro puro. El sistema se completaba con tres monedas nuevas más supuestamente de “plata”, el miliarensis pesado (5,45 g.), ligero (4,5 g.) y la siliqua o argenteus (3,4 g.), y con otras dos monedas más de bronce bañadas en plata, el nummus (3,4 g.) y el centenionalis (entre 2,7 y 1,7 g.). No obstante, estos numerales de “plata” y bronce se acuñaron en enormes cantidades y se devaluaron continuamente a lo largo de los años, perjudicando a sus usuarios más habituales, las clases sociales medias y bajas, mientras que las monedas de oro, utilizadas por el Estado romano y las clases sociales más altas, mantuvieron en todo momento su título y su peso originales. De esta manera, Constantino estableció el monometalismo áureo por primera vez en la Historia de Roma.

La muerte de Constantino en el 337 y el posterior reparto del Imperio entre sus hijos Constantino II, Constante y Constancio II no cambió radicalmente el sistema monetario, pero sí hizo que se volviesen a alterar los numerales de “plata” y bronce: a partir del 348 surgió una nueva moneda de 5 g. de bronce y 2,5% de plata, llamada pecunia maiorina por el Código Teodosiano, además de otras dos de 4 y 2,5 g. de bronce y 1 y 0,1% de plata, respectivamente. En el año 355 surgió una nueva moneda de 9 g. de bronce y 2% de plata, llamada por los especialistas AE 1, mientras que la siliqua fue rebajada de peso hasta los 2 g. de “plata”. La última gran reforma monetaria del Imperio fue establecida por Valentiniano I y Valente alrededor del año 368. El oro se afianzó como el eje estable del sistema monetario bajoimperial: tanto el solidus como el semis alcanzaron un título del 99% de oro puro, incorporando, tras la muerte de los dos emperadores, al tremis, de 1,5 g. de oro, una moneda que adquirió gran popularidad y difusión en las décadas posteriores. Esta estabilización de los numerales de oro, de un firme control en el peso y gramaje de los mismos, de diversas reformas contra la corrupción en la burocracia junto a un constante programa de aumento de los impuestos y de retirada del exceso de pasivo aun circulante por el Imperio ayudó notablemente a que la inflación se ralentizase anualmente. Sin embargo, este control de los numerales de oro no se aplicó al resto del sistema en “plata” y bronce. La siliqua, por ejemplo, se rebajó cada vez más, hasta los 1,14 g. de “plata”, y se convirtió en una moneda cada vez más rara de ver, mientras que el recién creado AE 1 perdió prácticamente todo su contenido de metal precioso, abandonándose para siempre la costumbre de bañar en plata las monedas de bronce. Este sistema monetario se mantuvo, sin grandes cambios, hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el 476 y hasta las reformas de Anastasio en Oriente en el 498. El monometalismo áureo de Constantino, en cambio, sobrevivió hasta las últimas décadas del siglo VIII, cuando Carlomagno lo sustituyó por un monometalismo argénteo.

Durante los siglos IV y V la economía romana acabó por deteriorarse del todo, llevándose por delante a la sociedad y, en consecuencia, también a las ambiciones de los políticos del momento, convirtiendo al Imperio romano en un proyecto fallido y caduco. El continuo exceso del gasto público entre los siglos I y III obligó a los dirigentes romanos a devaluar la moneda de manera casi continua. Esta devaluación crónica, junto con el descenso de la población y de la actividad económica a lo largo del siglo III, disparó la inflación en todo el Imperio, un fenómeno que los romanos no sabían bien cómo manejar. La merma de poder adquisitivo efectivo de las clases medias y bajas intentó ser moderada por sus dirigentes mediante lesivos controles de precios, como el Edictum De Pretiis Rerum Venalium del 301, que acabaron de retirar la poca oferta de productos que quedaba en el mercado blanco, encareciéndolos en el mercado negro. Resulta verdaderamente chocante constatar como muchos políticos y partidos populistas de todo signo ideológico siguen proponiendo estos mismos “remedios” incluso hoy en día. Al mismo tiempo, los emperadores romanos crearon un rígido sistema de impuestos basados en pagos en especie para garantizar anualmente las entradas del Estado. Estas requisas públicas restringieron la libre oferta de productos en el mercado común y empobrecieron, así, a artesanos y comerciantes por todo el Imperio. Para garantizar estos impuestos, los gobernantes romanos impidieron que los campesinos y profesionales abandonaran sus domicilios y actividades originalmente registrados, creando, así, castas hereditarias de trabajadores e impidiendo que los factores productivos y los capitales transitaran hacia los sectores más necesitados de mano de obra e inversión en capitales.

Para poner fin a la galopante inflación, Constantino estableció un monometalismo áureo mediante el control del peso, las dimensiones y el título de los diferentes numerales de oro. El férreo control de la producción de monedas de oro frenó la escalada de los precios y alivió las tensiones en las cuentas del Estado, del mismo modo que hoy en día algunos países deciden combatir la inflación de sus divisas mediante la dolarización de sus economías, como es el caso reciente de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, el resto de numerales de plata y bronce, los más utilizados por las clases medias y bajas, quedaron a merced de una continua y desgastante inflación, provocando la pobreza y la descapitalización continua de las clases más humildes. En consecuencia, se acuñaron numerosas monedas locales, diferentes en cada sitio y todas ellas de baja calidad, a la vez que se veían favorecidos cada vez más los intercambios en especie o el trueque. Todo ello desincentivó el comercio de larga distancia y las producciones industriales de escala, convirtiendo cada vez más las diferentes áreas del Imperio en economías locales de subsistencia. Los habitantes de las ciudades, abrumados por las excesivas cargas fiscales y la falta de trabajo, se fueron trasladando cada vez más al campo, donde la economía se organizaba en lujosas villas rústicas, que se fueron convirtiendo paulatinamente en castillos. En conjunto, los efectos agregados del exceso de gasto público y de la inflación en la economía romana de los siglos I-III provocaron, en última instancia, un debilitamiento estructural sin precedentes de la capacidad económica de la sociedad de los siglos IV y V, que se vio reflejado en la incompetencia de sus gobernantes y élites para mantener el Imperio unido frente a las amenazas externas, que, citando al propio Ludwig von Mises, “no eran en modo alguno superiores a aquellas otras fácilmente vencidas por las legiones imperiales poco antes. Roma era la que había cambiado; su estructura económica y social pertenecía ya al Medioevo”.

Bitcoin es una mercancía

El significado más popular y extendido de mercancía es un bien puesto a la venta para su posterior utilización o consumo. Sin embargo, la RAE define mercancía como “cosa mueble que se hace objeto de trato o venta”, siendo “cosa mueble” algo tangible o intangible que se puede mover. En la misma línea, el diccionario Merrian Webster define commodity como “something useful or valued”. Como explicaré en este artículo, la definición más precisa de mercancía es aquello que poseemos con el único propósito de venderlo. Después, es posible que el siguiente comprador tenga la intención de venderlo o consumirlo. Si el comprador lo revende, sigue siendo una mercancía. Si lo consume, deja de ser una mercancía y pasa a ser un bien de consumo.

Es decir, el carácter de mercancía no es intrínseco al propio bien, sino una relación que tenemos con ese bien. En concreto, esa relación consiste en que el bien solo tiene valor de venta para mí, no tiene valor de uso, no lo quiero consumir.

Los servicios son un tipo de mercancía no tangible, que normalmente solo son mercancía para el proveedor del servicio y directamente son un bien de consumo para el comprador. Por ejemplo, el asesoramiento jurídico o un servicio de corte de pelo. La mayoría de nosotros producimos bienes y servicios que no queremos autoconsumir, y probablemente además no podríamos, aunque quisiéramos. Un abogado podrá autoconsumir sus servicios en muy pocas ocasiones. O un gran productor de trigo solo puede consumir una fracción ínfima de su producción, o incluso nada si es celiaco.

Las sociedades pobres de pura subsistencia apenas comercian y en ellas circulan muy pocas mercancías. Sus individuos no producen mucho más allá de lo que autoconsumen. La proliferación de mercancías es fruto del desarrollo del comercio, la especialización y la división del trabajo. No es concebible el comercio sin el concepto de mercancía, ni tampoco el concepto de mercancía sin el comercio.

Hay algunas mercancías que por sus características permanecen circulando en el mercado y no se consumen, pasando indefinidamente de mano en mano. Son el máximo exponente del concepto de mercancía y podríamos llamarlas mercancías “puras”. ¿Y por qué no se consumen? Porque casi siempre tienen más valor como instrumento para hacer intercambios que valor de uso, y, por tanto, las atesoramos con el único propósito de venderlas más adelante.  La existencia de mercancías “puras” es la prueba de que la esencia del concepto de mercancía nada tiene que ver con que el bien se consuma o no.

¿Y qué características tienen estas mercancías puras para que las demandemos solo para venderlas?. Suelen destacar en todas o muchas de las siguientes características: Duraderas, fáciles de transportar, fáciles de verificar, divisibles, fungibles, difíciles de falsificar, baratas de almacenar, su oferta es limitada de manera que muy poca cantidad puede tener mucho valor, etc.

Este tipo de mercancías son las que sirven para facilitar el comercio, son el lubricante o catalizador de los intercambios comerciales. Según el tipo de intercambio y las circunstancias se utilizan unas mercancías u otras. Y las que son más fácilmente intercambiables suelen llegar a ser dinero. Históricamente las primeras solían tener además valor de consumo (ganado, sal, trigo) y según se ha ido sofisticando el comercio se iban seleccionando mercancías más especializadas en el puro intercambio (metales preciosos, billetes convertibles, moneda fiat).

Pero no todas las mercancías puras son dinero en el sentido de medio de intercambio generalmente aceptado. Por ejemplo, el oro en monedas o lingotes hace ya décadas que no es dinero según esta definición, pero sigue siendo medio de intercambio si lo adquiero hoy, no con la idea de consumirlo, sino con el único propósito de intercambiarlo por otra cosa dentro de varios años. A esto lo llamamos depósito de valor, pero es importante darse cuenta que un depósito de valor no es más que un caso particular de medio de intercambio donde simplemente transcurre más tiempo entre la adquisición y la venta.

Quisiera dejar claro que cuando digo “medio de intercambio” me estoy refiriendo a medio de intercambio indirecto, en oposición al intercambio directo o trueque. Por ejemplo, en lugar de intercambiar trigo por naranjas, intercambio trigo por sal, y meses después intercambio la sal por naranjas. La sal de este ejemplo es un medio de intercambio tanto en el espacio (trigo por naranjas), como en el tiempo pues adquiero sal en agosto y la vendo en enero. Y la sal no es dinero mientras no sea medio de intercambio generalmente aceptado, pero que no sea generalmente aceptado no implica que yo no lo haya utilizado como medio de intercambio indirecto.

Es preciso tener en cuenta que el mero hecho de intercambiar trigo por naranjas implica una ganancia para mí, me ha hecho más rico. Valoro más las naranjas que tendré en invierno que el trigo que me sobra totalmente hoy en verano (y viceversa para el productor de naranjas).

Bitcoin es una mercancía pura y además digital. Muchos califican a Bitcoin como bien especulativo, pues solo sirve para comprar y vender. Y esto último es correcto, pero es que esto es así para absolutamente todas las mercancías mientras son mercancías. Y atención, una mercancía que además pueda tener aparentemente valor de consumo no garantiza en absoluto su valor. ¿Cuántas veces los productores tienen que desechar sus mercancías porque no las demanda nadie? ¿Cuántas veces se inventa un producto de consumo nuevo que, siendo sin ninguna duda mercancía para su inventor, no pasa de ser un prototipo? ¿Cuántos habrían calificado a Satoshi de inventor chiflado cuando  en 2009 nadie, salvo él y algún cypherpunk loco más, atesoraba Bitcoin? El concepto de mercancía implica sí o sí especular con el futuro y asumir riesgos. Toda mercancía es especulativa por definición.

Lo que muchos no comprenden es que el valor de una mercancía pura deriva de los intercambios que puede facilitar. Es decir, su valor presente es el del valor neto que aporten los intercambios que se estima la mercancía intermediará en el futuro. Igual que la Bolsa de Madrid también deriva su valor de los intercambios que intermediará en el futuro. Y más difícil aún de ver es cuando la mercancía se utiliza no tanto para los intercambios en el espacio sino sobre todo para los intercambios en el tiempo con el menor riesgo y coste posible (menor riesgo de impago, inflación de la oferta, deterioro físico, gastos de almacenamiento y mantenimiento, etc). Y es que además, estos intercambios en el tiempo son los más difíciles de llevar a cabo por la gran incertidumbre que conllevan, por tanto, un bien que facilite dichos intercambios puede llegar a ser muy valioso. La incertidumbre es mayor porque, a diferencia del dinero, su intercambio es menos frecuente y más lejano en el tiempo. ¿Bitcoin podría ser idóneo para el intercambio intertemporal?. Es posible. Yo creo que por sus propiedades es un excelente candidato.

El problema es que tanto si esa candidatura se materializa con éxito como si Bitcoin es un bluf absoluto, en los dos casos veremos exactamente lo mismo en el precio: Volatilidad. ¿O es que si algo va a ser muy valioso en el futuro no tiene todo el sentido que sea hoy objeto de la especulación más salvaje?  El mercado no suele vender duros a cuatro pesetas. Así que, al que se le ocurra apostar por Bitcoin como mercancía pura (no necesariamente como dinero), le tocará apechugar con el coste y la angustia de su volatilidad, por mucho que al final acabe acertando.

Los que a pesar de lo explicado en este artículo sigan pensando que una mercancía pura es algo inútil, no entiendo como pueden afirmar que Bitcon es una burbuja a partir de un precio determinado. No tiene sentido. Si algo es inútil, será una burbuja a cualquier precio. Tendría más sentido que afirmaran, en mi opinión, que Bitcoin es siempre una burbuja, más o menos “caliente” según el momento, pero siempre una burbuja.

Ahora bien, independientemente de si Bitcoin encaja o no en el concepto de mercancía pura, concluir que una mercancía pura es inútil y que no aporta ningún valor añadido, creo que solo es posible si no se comprende bien el valor del comercio y sobre todo la enorme dificultad que supone transmitir o conservar valor en el tiempo.

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (II): s. III d.C.

Desde la reordenación de Augusto entre los años 23 y 18 a.C., el Estado romano fue manipulando, durante los dos primeros siglos del Imperio, el valor intrínseco del denarius argenteus, eje principal del sistema monetario imperial, desde los 3,892 g. teóricos y 97-98% de plata, hasta los 3,22 g. y 56,5% de ley en el 196 d.C. El aumento del gasto militar, de las ayudas sociales, de los pagos a grupos concretos de presión, de las nuevas obras públicas e infraestructuras o de diversos tipos de excesos, entre otros, tensaron enormemente la capacidad de endeudamiento del Estado romano. En estos dos primeros siglos, la inflación fue moderada, del 0,7% ca. de media anual, pero el exceso de gasto público amenazaba, seriamente, con descontrolar los precios globales y la estabilidad del sistema económico imperial.

Caracalla, el “nuevo Alejandro”, continuó y expandió la política bélica de su padre, Septimio Severo: incrementó la paga militar a 2400 sestercios anuales, para poder emprender nuevas campañas contras los Alamanes y los Partos, a quienes sobornó para lograr la paz, y, para poder costearlo todo, aumentó otra vez los impuestos y llevó a cabo una nueva política monetaria expansiva. Entre los años 214 y 215 devaluó las 3 monedas principales: el áureo pasó de 7,2 a 6,6 g. de oro, el denario del 56,5% al 51,5% de plata y el sestercio de 25,5 a 24,8 g. de latón. Pero su principal invención fue la creación del argenteus antoninianus o antoniniano, con un peso de 1,5 denarios o 5,11 g. y un título entre el 46 y el 51% de plata, pero con el valor nominal de 2 denarios, que se convirtió en la moneda de referencia durante el siglo III. Por aquel entonces, la inflación aun se situaba por debajo del 1% anual y los precios generales eran 2,67 veces los de época augustea. Su sucesor, el prefecto del pretorio Opilio Macrino, intentó nuevamente elevar el título del denario al 58% de plata y abandonar el proyecto del antoniniano, pero, tras su efímero reinado, otra vez Heliogábalo volvió a los excesos en el gasto público. A partir del año 219, el excéntrico emperador-sacerdote rebajó el peso del áureo a 6,35 g. de oro, el título del denario a 46,5% de plata y el peso del sestercio a 22,5 g. de latón, además de reanudar la acuñación de antoninianos con un título de 43% de plata. El as de cobre de Augusto comenzó a desaparecer.

Con la caída en desgracia de la dinastía severa en el año 235 comenzó un período de profunda inestabilidad política y de crisis económica en todo el Imperio romano: hasta 26 emperadores reinaron en los siguientes 50 años, un emperador cada 2 años de media. Gordiano III, apoyado por los pretorianos, rebajó ulteriormente de peso el áureo en el año 238 hasta los 4,85 g., el antoniniano hasta los 4,35 g. y el sestercio hasta los 20,5 g., con el fin de costear su desastrosa campaña contra Sapor I de Persia. Pero el Imperio tocaría fondo a mediados de siglo con Galieno, quien, en sus 15 años de reinado, tuvo que hacer frente a más de 10 invasiones bárbaras distintas y a otros 15 usurpadores del trono imperial por todo el orbe. La devaluación de la moneda se disparó hasta niveles nunca vistos antes: rebajó el peso del áureo hasta los 3,4 g. y del sestercio hasta los 16,9 g. El grueso de la devaluación, sin embargo, fue a parar a los numerales de plata: el antoniniano pasó de los 3,5 g. y 36% de plata del año 253 a los 2,4 g. y 2,4% de plata del año 268, mientras que el denario hizo lo propio pasando del 41% al 6% de plata.

Denarios, sestercios y dupondios desaparecieron virtualmente de la circulación y, en consecuencia, la población romana volvió al trueque y a la economía de subsistencia. Si bien los precios generales eran sólo 3 veces los de época augustea, esto cambiaría drásticamente a partir del reinado de Aureliano. El representante del Sol Invicto en la Tierra derrotó a los imperios de Galia y Palmira y fue, por ello, nombrado restitutor orbis. Sin embargo, en el año 271, Aureliano intervino en la Moneta Caesaris, la sede central de la ceca romana de época imperial, para frenar una revuelta masiva de sus trabajadores, que demandaban el restablecimiento de la confianza de las monedas emitidas por el Estado romano. Por ello, en el 274, puso en marcha su particular reforma monetaria: el áureo recuperó los 6,6 g. de época de Caracalla y se creó el argenteus aurelianianus o radiado grande, de 3,89 g. y 4-5% de plata, en sustitución del depreciado antoniniano. No obstante, el Estado romano requisó numerosos bienes, como trigo, carne, vino, aceite, textiles o cuero, necesarios para alimentar y vestir a las tropas, a la vez que seguía empeorando el estado de la industria y el comercio. Estos fenómenos agravaron aún más la creciente inflación: cada vez menos bienes estaban disponibles en el mercado y cada vez la masa de moneda depreciada era mayor y circulaba en mayor proporción.

A finales de siglo, Diocleciano quiso poner freno a la desintegración de la economía romana con políticas públicas “keynesianas” que no solucionaron nada. Así, el ejército se amplió notablemente, añadiendo 35 nuevas legiones a las 42 o 43 que existían en el año 284; se llevaron a cabo multitud de obras públicas, como fábricas, cecas, fortalezas, carreteras y puentes, además de unas lujosas termas en Roma y de su propio palacio en Split; y, por último, se llevó a cabo un importante programa de ampliación de la burocracia provincial, tan desmesurado que hasta Lactancio reconoció que el número de trabajadores públicos había comenzado a superar al de contribuyentes privados. Al mismo tiempo, puso en marcha un renovado sistema monetario, más complejo y articulado que el de sus predecesores: el áureo, transformado en solidus a partir del año 301, pasó de 4,86 g. antes del 286 a 5,45 g. después, con un renovado título de 99,26% de oro; se creó el argenteus en el año 294 para sustituir al aurelianiano, con un peso de 3,38-3,40 g. y un título sorprendentemente alto del 92-98% de plata; y, por último, se crearon 3 nuevas monedas de cobre y bronce, el follis, laureatus maior o nummus, de 10,52 g. de cobre, plomo, estaño y 3-4% de plata, el radiatus, de 3 g. de bronce y 0,1% de plata, y el laureatus minor, de 1,27 g. de bronce. Para garantizar la aplicación práctica de este nuevo sistema monetario, Diocleciano llevó a cabo confiscaciones sistemáticas de plata, imposiciones de guerra, nuevas tasas, expropiaciones de metal a precio tasado y recargos por terrenos y propiedades mediante la aplicación de censos y de presupuestos anuales. En consecuencia, la economía romana se desequilibró de manera irreparable: por la Ley de Gresham, poco después del año 293 el argenteus fue rápidamente tesaurizado y desapareció de la circulación. Asimismo, la inflación se convirtió en hiperinflación: si en el año 284 la inflación general anual era del 5%, en el año 294 los precios generales eran 14 veces los de época augustea y la inflación había subido al 10%; para el año 301, en cambio, los precios generales subieron a 70 veces y la inflación se disparó al 35%.

A finales del siglo III, las expansivas políticas monetarias que los emperadores romanos habían estado usando continuamente para mantenerse en el poder, con el fin de adquirir apoyos políticos, militares y sociales, habían extenuado el sistema económico romano en todo el Imperio. Al efecto Cantillon, que favorecía a amigos y colegas del emperador, generales y senadores afines a su figura, se sumaba ahora la ley de Gresham, que cronificaba en el mercado la presencia de las acuñaciones de escaso valor intrínseco. Las cada vez más frecuentes confiscaciones, imposiciones, tasas y expropiaciones de oro y plata disminuyeron la confianza de los romanos, que empezaron a esconder sus propiedades bajo tierra: conservamos 1724 y 1985 tesorillos de los siglos I y II, respectivamente, cifra que se dobla en el siglo III, con 3937 tesorillos. El desenfrenado aumento de la masa monetaria total, junto con el generalizado descenso de la población y de la mano de obra debido a guerras, pestilencias y otros fenómenos, generaron una hiperinflación anual del 35% a finales del siglo III y comienzos del IV: la economía romana ya no estaba en condiciones de absorber todo el dinero de nueva creación y los precios de todos los bienes se vieron profundamente alterados.

El rechazo de la moneda de baja calidad provocó el aumento del trueque, que redujo las posibilidades del comercio de larga distancia y de las economías de escala, condenando a los distintos habitantes del Imperio a una producción local y de subsistencia. Los grandes productores industriales y agrícolas especializados menguaron, así como los diferentes gremios de artesanos y comerciantes en las diferentes ciudades del Mediterráneo, lo que obligó a los emperadores a crear empresas públicas para abastecer a sus ejércitos, volviendo el sistema más ineficiente y costoso. La crisis económica provocada con todo ello agravó la recaudación de impuestos estatales: los emperadores se vieron forzados, cada vez más, a pagar al ejército y a recaudar tributos en gran parte en especie, mediante indictiones extraordinariae, que se convirtieron en la forma más importante de ingresos durante la segunda mitad del siglo III. El resultado final fue pobreza generalizada y destrucción de gran parte del tejido económico romano.

Ver: Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (I): Siglos I y II.