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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

¡Un hurra por los especuladores!

He de admitir que me produce cierto orgullo tener el mismo nombre que el que llevó el primer especulador del que tenemos noticias escritas. José, el más inteligente de los hijos de Israel, vendido como esclavo por la envidia de sus hermanos a los que luego magnánimamente perdonaría, labró su fortuna en Egipto especulando, interpretando los sueños de vacas gordas y vacas flacas del Faraón. José sugirió acumular trigo en los periodos de abundancia en previsión de las carestías que luego habrían de venir. Fue así como Egipto se libró de la hambruna: comprando barato para acumular en tiempos de abundancia y desacumulando para la venta al consumo en los periodos de altos precios sinónimos de escasez.

Cuatro mil años más tarde, un necio (literalmente: el que ignora lo que debería saber) criminal llamado V.I. Lenin fundaba la Cheka (iniciales del Comisariado extraordinario para la represión de la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje). Al poco, cuando la previsible hambruna azotó Rusia, el irresponsable tirano se justificaba así: “En la esfera del avituallamiento (…) es preciso confesar que no hemos sabido repartir igualmente nuestros recursos a pesar de ser superiores al año pasado. No supimos prever los peligros de la crisis que nos esperaba en la primavera y nos dejamos llevar a aumentar la ración a los obreros hambrientos. En esto también, es preciso decirlo, carecíamos de base para nuestros cálculos. En todos los países capitalistas, a pesar de la anarquía y el caos inherentes al capitalismo, la base del plan económico es una experiencia de decenas de años, experiencia que puede servir para todos los países capitalistas, puesto que tienen el mismo régimen económico. Esta comparación puede llevar a una ley verdaderamente científica, a un cierto método, a una cierta regularidad. No teníamos nada semejante para nuestros cálculos y es muy natural que cuando tuvimos la posibilidad de dar un poco más a la población hambrienta, no hayamos sabido guardar la justa medida”. cita del Informe sobre la situación interior y exterior de la URSS presentado al X Congreso del Partido Comunista Ruso en marzo de 1.921 reproducido en Fernando de los Ríos: “Mi viaje a la Rusia Sovietista”, ed. Fundación Pablo Iglesias.

Lenin seguía sin enterarse de que cálculo económico capitalista no tiene nada que ver con la “costumbre”. Se explica sencillamente a través del mecanismo de los precios y la especulación. De este modo las cosechas abundantes hacen caer el precio. El precio reducido permite un aumento en el consumo, pero también atrae a los especuladores que constituyen sus reservas. La demanda de los especuladores no sólo tiene el efecto de constituir reservas para épocas más difíciles. Su demanda sirve de soporte y freno a la caída de precios, evitando con ello la bancarrota y el abandono de muchos productores que de este modo podrán seguir abasteciendo los mercados futuros. Cuando la abundancia se torna escasez y el precio aumenta, reaparecen en el mercado los excedentes retirados que ahora son vendidos a un precio superior. Los mercados se estabilizan. Los precios ya no se disparan ante cualquier eventualidad. Es la fábula de la cigarra y la hormiga que tan nervioso parece poner a más de uno.

Seguro que algunos especuladores se equivocarán comprando caro para luego tener que vender barato, reforzando con ello la inestabilidad. Lo bueno es que el mercado será implacable con ellos castigándolos más que a nadie y en primer lugar. Habrán de soportar en sus carnes y en sus patrimonios la totalidad de la pérdida de su especulación. La especulación es un arte: el arte de la previsión, tal y como nos advierte la propia etimología latina de la palabra. Que la especulación haya sido históricamente denostada (junto a la libertad individual o el espíritu comercial) al mismo tiempo por marxistas, anarco-comunistas nazis, falangistas y fascistas sólo la convierte en una actividad todavía más noble.

No soy tan ingenuo como para ignorar que la especulación en ocasiones puede tener efectos desestabilizadores. Pero ya sea en los casos de mercados de divisas, atesoramiento de moneda o materias primas o burbujas en inmuebles o valores, la especulación descontrolada resulta siempre ser síntoma antes que verdadera causa de las enfermedades del sistema económico. Si hurgamos un poco, detrás siempre encontraremos lo mismo: finanzas públicas deterioradas por gastos públicos y déficit desorbitados, inflación galopante, persecución de la propiedad y de los mecanismos más idóneos para preservar el patrimonio o apalancamiento excesivo a corto plazo para financiar las operaciones.

¿Quién nos está robando poder adquisitivo?

Alrededor de ocho millones de empleados, que no cuentan con cláusulas de revisión de sueldos, han perdido una buena parte de su poder adquisitivo en 2005. Pero también lo han perdido muchos de los que tienen cláusulas y muchos españoles que no son empleados. Autónomos, jubilados, gente que vive de rentas fijas han sido expoliados una vez más. Está claro que el común de los españoles somos víctimas de este proceso pero, ¿cuál es la causa?

En un momento en el que la mayoría de la población española ha decidido reducir el ahorro y aumentar el consumo, la clase política (nacional y europea) ha mantenido artificialmente bajos los tipos de interés permitiendo una expansión astronómica del crédito. La bajada artificial de los tipos de interés hace que parezca como si la gente estuviese liberando recursos, es decir, aumentando el ahorro, para que sean transformados en bienes futuros por parte de los empresarios. Así, las empresas han interpretado que era el momento de invertir recursos para momentos futuros mientras que los consumidores están consumiendo más que nunca. Y lo que consumen no es otra cosa que esos recursos con los que las empresas creen contar. Esa descoordinación intertemporal, esa lucha por los recursos escasos motivada por el aumento artificial del crédito hace que los precios aumenten al paso que el dinero pierde poder adquisitivo.

Se trata de un cóctel molotov económico cuyos ingredientes principales son, como digo, una elevada expansión crediticia en un momento de baja tasa de ahorro. En efecto, el ahorro privado ha caído en nuestro país en más de 5 puntos porcentuales del PIB desde 1995 situándose por debajo del 20 por ciento del producto interior bruto. En cambio, el crédito al sector privado, que en la Unión Europea ha crecido en torno al 9 por ciento, creció en España algo más del 20 por ciento durante el último año. Si además tenemos en cuenta que esta expansión del crédito está estrechamente vinculada en nuestro país al sector inmobiliario (compuesto por el crédito a hogares para la adquisición de una vivienda, el crédito a constructores y el crédito a promotores inmobiliarios que, sumados, representan el 65,8 por ciento del crédito de las cajas de ahorro y el 52,2 por ciento del de los bancos), un sector en el que los bienes que se adquieren suelen servir de garantía y en el que más de uno pensamos que los precios están sobrevalorados, el cóctel no puede tener más ingredientes que garanticen un desenlace lleno de suspense en el que la víctima somos los ciudadanos.

La baja tasa de ahorro privado en España tan sólo debería de traducirse, en condiciones de libertad económica, en un lento crecimiento económico. Sin embargo, debido a la expansión crediticia inducida nos encontramos ante una abultada pérdida de poder adquisitivo del dinero que se traduce en ese IPC del 3,7 con un punto y medio de diferencia con el conjunto de la Unión Europea. Sin embargo, lo peor está por venir. Y llegará el día que se verifique que debido a este intervencionismo monetario absurdo los recursos están siendo asignados a proyectos empresariales de largo plazo que no son deseados por la mayoría de los españoles que, por el contrario, han decidido consumirlos. Los que injustamente salimos perdiendo, que somos casi todos, deberíamos pedir responsabilidades. Y no precisamente al pollo ni al aceite de oliva.

Cajas, bancos y Ley

La excusa de Caruana para presionar es que si los bancos no pueden participar en las cajas, éstas tampoco pueden tener capital de los bancos. Si Caruana realmente piensa así, está concentrando sus esfuerzos equivocadamente. Lo que ha de hacer no es obligar a las empresas a hacer lo que a él, como planificador central, le salga más a cuenta, sino presionar a los políticos para que privaticen las cajas de ahorros.

Las cajas de ahorros, de facto, se comportan igual que los bancos. Las obras sociales de las cajas podían tener sentido cuando nacieron al no existir un estado del bienestar todopoderoso (aunque fíjense que no nacieron de la visión de un planificador central, sino de la libre iniciativa individual como organizaciones católicas). Tampoco tiene sentido que un agente del mercado (las cajas) que es igual que su competencia (los bancos) haya de tener un trato de favor por razones políticas. Lo apuntado no implica que las cajas tengan que abandonar su “labor social” si no quieren (que, por cierto, cada vez es menor), más bien todos los miembros del mercado han de poder competir en igualdad de condiciones sin privilegios de ley.

Dejar las cajas de ahorros tal cual están ahora es defender abiertamente los intereses partidistas de los políticos en detrimento de la gente, mientras que si las privatizamos estaremos defendiendo que éstas dependan del grado de satisfacción que el consumidor financiero deposita en ellas, y además, les permitiremos conseguir una financiación y gestión más transparente a través de accionistas privados, como usted, cotizando en la bolsa de valores. En pocas palabras: democratizaremos el mercado crediticio español mediante la privatización directa y total.

Una vez alcanzada la igualdad entre cajas y bancos, tendríamos que ver las diferencias entre estas entidades y el resto de empresas que operan en el mercado. Al igual que no tiene sentido que un abogado se tenga que regir por leyes diferentes a las de un médico, un arquitecto o un fontanero, tampoco tiene sentido la existencia de leyes ni reguladores específicos para el sector crediticio. Si una empresa comete un mal intencionadamente, ya sea con un préstamo, en un litigio, administrando un medicamento o colocando una tubería en mal estado se está cometiendo una sola cosa: fraude. Y aunque éste pueda tener diferente magnitud no tiene porque ser regido por una ley u otra dependiendo de quién la realice. Un fraude ya sea industrial o financiero ha de tener un sólo castigo: indemnizar a la víctima. No necesitamos leyes que regulen toda la actividad humana, sino que castiguen los crímenes contra la propiedad privada y la vida (fraude, extorsión…). ¿Cree que tiene lógica que el Banco de España opine sobre cómo se ha de llamar un depósito a plazo fijo, o si la rentabilidad que ofrece es “adecuada”? La ley ha de servirnos a todos por igual para proporcionarnos seguridad, no para establecer comportamientos determinados ni para mantener monopolios.

En conclusión, si creamos planificadores centrales discrecionales, leyes para unos sí y otros no… sólo mutilaremos el mercado haciendo que las empresas financieras se muevan como rebaños sin voluntad por senderos prefijados impidiendo la innovación y el orden espontáneo. Cajas y bancos son lo mismo, y los dos son empresas que han de regirse por las mismas leyes que cualquier otra empresa. El único factor motor del progreso es la libertad. Planificadores centrales y leyes liberticidas sólo servirán para ampliar los intereses de unos a expensas de los derechos de los demás.

¿Somos menos ricos cada vez?

El capitalismo nos ha dado más diversidad y más oportunidades. Gracias al capitalismo se pueden producir coches en serie y son accesibles a nuestros bolsillos, disfrutamos de nuevos utensilios prácticos como el ordenador, el reproductor de DVD, ropa a bajo precio importada de otros países, alimentos extranjeros más baratos, podemos viajar a lugares cada vez más remotos por menor precio… La libertad de mercado impulsa la creatividad, la astucia y las oportunidades donde todos ganamos gracias a nuestro trabajo.

¿Y cómo es que no llegamos a final de mes y que nuestro dinero es más papel que no moneda? Proteccionismo, política fiscal, monetaria, leyes laborales, monopolios estatales… En otras palabras: estado del bienestar. Durante años la clase gobernante, no sólo el estado sino también bancos centrales, órganos supranacionales…, se han dedicado a expropiar mediante el uso de la fuerza el dinero de los particulares y empresas, y además, también han contribuido al envilecimiento del dinero con políticas monetarias continuamente expansivas en beneficio de la clase política y el gobierno.

No nos centremos en el robo de los impuestos como forma de empobrecer a la gente, sino en algo más sutil, la política monetaria, o arma para restar continuo poder adquisitivo a nuestro dinero.

Los dinosaurios monetarios de hoy día creen que la economía necesita constantemente estímulos artificiales para crear dinamismo económico. Estos estímulos antes se conseguían manteniendo un bajo nivel de tipos de interés e imprimiendo dinero (ahora se usan técnicas más sofisticadas inyectando dinero en los mercados financieros). Esta combinación nos da un peligroso resultado: inflación. La creación de dinero de la nada nos “agua” el capital y recursos disponibles haciendo que los precios suban artificialmente. La inflación no es el Índice de Precios al Consumo (IPC), éste es una fórmula extraída de una cesta aleatoria (no tiene porque coincidir con la suya) de productos y servicios, y calculados mediante números índices (que también son aleatorios ya que existen muchas formas de calcularlos).

La inflación realmente es la pérdida de poder adquisitivo; si los dinosaurios monetarios se empeñan en “imprimir” dinero y mantener bajos los tipos de interés nuestro dinero valdrá cada vez menos. Las acciones, bonos y viviendas no han subido porque sí o por arte de magia, sino porque hay un “exceso” de dinero en el mercado. Ese dinero no va a desaparecer, sino que se trasladará a otros escenarios de la economía provocando crisis de mayor o menor intensidad y aumentos en los precios de otros bienes y/o servicios; en otras palabras, nuestros sueldos reales (los que se salen de restarles esta inflación) bajarán, y de hecho, cada vez bajan más, por eso nos hemos de endeudar más.

El crecimiento con “inflación crediticia” (dinero salido de la nada) no es un crecimiento real, sino una ficción que nos resta poder adquisitivo y provoca crisis económicas y ciclos. ¿Somos más pobres cada vez? Sí, pero no por la dinámica capitalista, sino por las manipulaciones de los burócratas sobre el dinero y por su continua intromisión en asuntos que no sabe controlar ni le incumben. El dinero, como todo lo perteneciente al campo económico, ha de estar fuera de las manos de los burócratas y apoyarse en activos reales y privados.

¿Quién es Ben Bernanke?

El sistema financiero mundial está pendiente de lo que haga la Reserva Federal y ésta depende de la combinación de ideas y humor de una persona. Si errar es humano, confiar tanto poder e influencia a un solo ser humano es peor que un error; es una locura.

Pero no es necesaria. El hombre tropezó con una institución que se impuso sobre otras posibles por sus propias virtudes: el patrón oro. El Patrón oro fija el valor de los billetes por una cantidad fija de metal, que se puede rescatar sin más que presentarlos ante el banco. Los bancos, en consecuencia, tenían un freno natural a la emisión de billetes, porque si ésta supera las reservas de oro, si los clientes reclaman el metal pueden quebrar el banco y acabar con su negocio, lo que supone un freno a la inflación. Es un sistema automático, fuera del doloso control por los políticos. Y el oro se convirtió en un dinero universal, que unió a los ciudadanos del mundo libre en un mercado único que rompía todas las barreras. Si observamos las economías más libres bajo el apogeo del patrón oro (1875/1914), veremos sociedades prósperas, con altos niveles de crecimiento y precios en constante descenso.

El oro no solo abrió el mercado global e hizo por primera vez que el mundo fuera uno. También contribuyó de forma clara a la paz. Los gobiernos no podían recurrir a la inflación para financiar sus guerras, tan queridas y buscadas desde el Estado, por la dura disciplina del patrón oro. Tenían que recurrir a los impuestos, y la sociedad se suele resistir a que la roben, especialmente si es para iniciar una guerra. Por eso la Europa finisecular fue tan pacífica, y por eso cuando Europa se despertó en pleno siglo XX, el de los totalitarismos, renunció al patrón oro para poder pagar la Guerra del 14. El siglo XX terminó el 9 de noviembre de 1989 y desde esa misma década de los 80 las economías volvían a abrirse, acercando como nunca todos los rincones de la Tierra en lo que llamamos globalización. Es ya el momento de volver al oro.

Pero mientras no lo hagamos no tendremos más remedio que preguntarnos quién es este tal Bernanke. Se puede considerar un nombramiento continuista, en la medida en que ello es posible. Pero hay algo en su pensamiento que puede resultar peligroso. No cree que haya una conexión necesaria entre una política monetaria laxa y la creación de burbujas especulativas sostenidas sobre crédito sin respaldo real. Su criterio para una política monetaria se fija más en la observar que los precios de consumo no suban demasiado. Esto podría causar problemas. Una economía cada vez más abierta al mundo y con un mejor sistema fiscal sería enormemente productiva. En estas condiciones, los precios de los bienes normalmente tendrían que descender, pero si Bernanke no se fija tanto en el ritmo de la creación de crédito sin respaldo como en que los precios no varíen demasiado, su política acomodaticia puede resultar demasiado laxa con tal de evitar que caigan los precios. Y el resultado nunca puede ser bueno.

Por desgracia no contamos con el Patrón oro, que nos habría evitado tener que hacer cábalas sobre las ideas del tal Bernanke.

Liquidez y teoría cuantitativa del dinero

Cuando una teoría económica se asienta sobre premisas falsas, las nefastas consecuencias que provocan no se circunscriben solamente al ámbito académico, sino que son padecidas por toda la población. La teoría cuantitativa del dinero es un ejemplo de ello auque no deje de ser un aspecto particular de las ansias de control matemático y, por ende, intervencionista de la economía.

En cuanto al aspecto puramente teórico, negar el concepto de liquidez tiene consecuencias desastrosas. Por un lado se cae en el error de creer que manejando la cantidad de dinero es suficiente para administrarle un valor. Y por otro, al no tenerse en consideración dicha categoría se olvida el hecho de que no sólo el dinero es líquido, los demás bienes también. Si bien, al igual que como con el valor, la liquidez no consiste en cantidades o medidas, sino en grados o clasificación.

La premisa de la teoría cuantitativa del dinero, al estilo de los modelos neoclásicos del equilibrio, consiste entre otras cosas en considerar que existe el dinero por un lado, y el resto de bienes por el otro, claramente diferenciados, uno con liquidez absoluta, y los demás sin ningún tipo de liquidez. Esto constituye un error que implica no poder desarrollar una teoría del dinero (monetaria) y del crédito (de los ciclos) cercanas a la realidad.

Así, con dicha teoría, una parte importantísima y clave en el patrón oro que existió hasta la Gran Guerra, las letras de cambio o real bills, nunca serían vistas con la más mínima relevancia bajo este paradigma teórico ya que para ello es necesario recurrir a la liquidez.

Este instrumento monetario surgió para facilitar el comercio entre las ciudades-estado italianas así como el incipiente comercio ultramarino de aquella época, y perduraron hasta el final de la Gran Guerra, momento en el que el estado asaltó y torpedeó toda libertad de evolución en este ámbito implantando en su lugar un viciado sucedáneo llamado patrón cambios-oro.

Las real bills se usaban para facilitar el comercio de bienes absolutamente imprescindibles como la comida, la ropa o el combustible. Su uso, mediante el endoso, hacía posible que las monedas de oro no tuvieran que pasar por las manos de todos los participantes del proceso de producción de este tipo de bienes, solamente del minorista al primer fabricante. Y esto era así precisamente porque los bienes que respaldaban a este tipo de letras eran de tan urgente necesidad y tan clara colocación, que era seguro que una vez llevados al mercado serían rápidamente vendidos. Era el propio cliente en realidad quien con sus monedas de oro respaldaba de facto estas letras reales. De ahí que las letras que eran aceptadas (cumpliendo una serie de requisitos) y que circulaban, hicieran la misma función que el propio oro (dentro de unos límites), porque tener una real bill significaba la posibilidad en extremo cierta de poseer oro una vez venciera su plazo (que entonces no debía superar los tres meses). Es decir, eran el segundo bien en liquidez en el mercado.

Con esta institución que sólo habría podido nacer en un ámbito de comercio libre se aliviaba la siempre imperiosa necesidad de oro, beneficiándose de ello el comercio y la población. No en vano, gracias a este tipo de letras el grado de comercio internacional antes de que las extinguieran no ha podido ser comparable al del insano crédito estatal (dinero actual) hasta fechas recientes y casi un siglo después de un tremendo avance en la comunicaciones.

Por ello se entiende que el patrón monetario libre, con el oro y las letras de cambio, haya sido ignorado e incluso despreciado por todos aquellos que sólo confían en enfoques prestados de la Mecánica que excluyen a todas luces la conducta y la acción humana como la Teoría Cuantitativa del dinero.

La cantidad no es lo importante

Los teóricos cuantitativistas sostienen sin ruborizarse que el valor del dinero depende únicamente de su cantidad y de una mística velocidad de circulación. La calidad de ese dinero es indiferente; poco importa si en una misma sociedad circulan cinco mil monedas de oro o cinco billetes de papel inconvertible. Su valor será idéntico.

Para estos economistas, el dinero surge como una especie de acuerdo social consciente, generalmente sancionado por el gobierno. No es necesario, por tanto, que el dinero tenga algún valor anterior, basta con que la gente sepa que todo el mundo lo aceptará. Sin embargo, este argumento tiene un grave error. ¿Por qué alguien va a aceptar como contrapartida de unas mercancías valiosas un bien que no vale nada? Desde luego los cuantitativistas responderán que el valor del dinero procede de la certeza de que si yo lo acepto otro lo aceptará más tarde, pero, ¿cómo puedo tener esa certeza? ¿Quién finalmente va a estar dispuesto a quedarse con un bien desprovisto totalmente de valor? Al final, los cuantitativistas caen en un círculo vicioso: el dinero circulará porque circulará (o, en el peor de los casos, porque el Estado pondrá “todos los medios a su alcance” para que circule por la fuerza).

En realidad, todo dinero para que empiece a circular debe tener un valor como mercancía. En este sentido, el papel moneda no es más que una promesa de pago, en cuanto a tal no tiene ningún valor, lo mantiene mientras continúe ligado a la auténtica mercancía.

Si los empresarios consideran que existe una perfecta convertibilidad entre el papel y su respaldo dinerario, entonces el papel será aceptado como si se entregara la mercancía, sin ningún tipo de descuento. Pero una vez se pierda la confianza en esa convertibilidad, el mercado aplicará un descuento y los precios subirán: el dinero pierde calidad en tanto se desvincula de la mercancía realmente líquida.

Esto nos permite adelantar una consecuencia importante. A diferencia de las afirmaciones cuantitativistas, no todo aumento en la cantidad de dinero supone inflación. Recordemos que el dinero es un bien económico más y que, por tanto, su incremento nos enriquece. Una sociedad que disponga de más oro es una sociedad más rica; de la misma manera que lo es una sociedad con más televisores o más frigoríficos.

Ahora bien, esto no significa que una sociedad con más promesas de pago no respaldadas (con más dinero fiduciario) sea una sociedad más rica. Como ya hemos dicho, si los empresarios intuyen que la vinculación entre el billete y la mercancía que lo respalda se ha debilitado (es decir, que cada billete representa una cantidad menor de mercancías) le aplicarán un descuento. Es decir, cuando el Banco Central incrementa la cantidad de dinero fiduciario aumenta el número de promesas impagadas, de fraudes circulantes.

Pero, en todo caso, quede claro que la cantidad de dinero (de auténtico dinero) no es importante en tanto su calidad no se vea afectada; es más, en ocasiones será necesario incrementar la cantidad de medios en circulación (por ejemplo a través de las letras de cambio) para mantener la calidad del dinero.

Así pues, a diferencia de lo que afirman los cuantitativistas, los precios serán más elevados allí donde haya una pequeña cantidad de dinero no respaldada que donde haya un gran cantidad pero respaldada. Y es que, desgraciadamente, algunos todavía no han insertado el análisis subjetivista de la economía en la teoría monetaria.

¿Cuánto estás dispuesto a dar a cambio de algo que no vale nada? Nada; por muchos monarcas que tenga impresos.

La indefensión del consumidor

En un comentario anterior se explicaba someramente las características y la evolución de una de las instituciones más importantes de nuestra sociedad: el dinero. A lo largo de los tiempos, habían ido emergiendo de entre otras mercancías aquellas que eran capaces de mantener el valor en el espacio y el tiempo. Poco después de que los avances tecnológicos lo hicieran posible, el oro acaparó toda la atención de los individuos y ya no sólo se empleó como medio espacial, sino también para conservar el valor entre diferentes periodos de tiempo. De este modo, el oro, como patrón, comenzó su seguro periplo.

Pero algunos no lo vieron así. Lo que era un exitoso instrumento fruto de una larga evolución e inventiva por parte de nuestros antecesores, se vio como un impedimento para llevar a cabo un tipo de trabajo muy abundante en nuestra actualidad, el de los intervencionistas e ingenieros sociales.

Así, muchos políticos e ideólogos contrarios a la libertad tildaron al metal dorado de tirano, de monarca absolutista, de bárbara reliquia y otras muchas lindezas que por falta de espacio no vamos a reproducir. Pero todas ellas omitían la verdadera naturaleza voluntaria y subjetiva de este bien, caricaturizándolo como una tenaza externa que impedía la plena realización y crecimiento que la sociedad podía conseguir. Como dijo Paul A. Volcker, ex responsable de la maquinaria estatal norteamericana en materia monetaria, el dinero fue tolerado mientras actuó como monarca constitucional pero, en cuanto se convirtió en un rey absolutista, fue destronado.

Sin embargo, la realidad fue un tanto diferente. Una andadura con paso firme y seguro no iba a interrumpirse por unos pocos hombres. La pretendida desmonetización del oro que los gobiernos fueron intentando desde principios de siglo XX se estrelló contra la evidencia. Las diferentes fórmulas que los gobernantes idearon cuyo para desligar cada vez más del oro las monedas estatales (cuya dinerabilidad dependía, precisamente, de la mercancía de la que querían alejarse), tuvieron éxito, perpetrando así una de las mayores perturbaciones al sistema monetario occidental junto a la fijación por su parte del tipo de interés.

A partir de entonces, el papel estatal –el dólar, ahora el euro, el yen, en su día el marco, etc.– ha ido perdiendo valor año tras año de manera escandalosa, llegando incluso a suponer en la actualidad tan solo un 10% del valor que representaba ocho décadas atrás. La soberanía del consumidor, basada en la no depreciación –o la menor deprecación comparada con las demás mercancías–, es decir, un spread o utilidad marginal que decrece más lentamente que en las demás mercancías, fue sustituida por la indefensión del consumidor, que ahora, con el dinero gubernamental, está obligado a consumir cuanto antes mejor, pues el bien que usa y que le respaldaba en sus decisiones de consumir o de posponer el consumo cuanto quiera, ejerciendo su libre disposición, se ve amenazado por la crónica inflación o pérdida de liquidez de la moneda.

 

Una vez más, por tanto, el gobierno, partiendo de una institución nacida en el mercado, imprescindible para las relaciones sociales libres y pacíficas de los ciudadanos, impuso su propia criatura que, como las demás, lleva como sello distintivo la pérdida de valor.

Dinero comodín

El dinero es, primero y sobretodo, un medio de comunicación que transmite la información que llamamos “precio”. El control gubernamental de la oferta monetaria es censura; una violación de la Primera Enmienda. La inflación es una mentira.

L. Neil Smith

Si acabar con la pobreza fuese cuestión de dinero, bastaría con imprimir papel para poder disponer de todos los bienes y servicios que a cada cual se le antojasen.

Todos los países, o mejor dicho, todos los gobiernos, por muy pobres que sean, disponen de un ente emisor de dinero. Está perfectamente aceptado internacionalmente que cada gobierno emita su propia divisa y que fije el valor de ésta con respecto a otra.

Si usted fuese el caudillo del país más pobre del mundo, llamémosle Pobrestán, nada le impediría emitir tantos Dólares Pobrestaníes como habitantes tuviese el país para después fijar el cambio en 1 Dólar Pobrestaní por 1.000 Dólares Americanos.

De hecho, podría hacer lo mismo el gobernante de un país rico para después donar ese dineral a los países pobres y adiós pobreza en el mundo, ¿no?

¿Cómo diablos no se le ha ocurrido a nadie? Tal vez sí que se le ha ocurrido a alguien y la cosa no resultó.

Lo que se necesita para erradicar la pobreza es poder adquisitivo. Pero éste no es equivalente al dinero. Los alemanes aprendieron a las malas a diferenciar estos dos conceptos cuando la hiperinflación destrozó su economía a principios de la década de 1920. Su banco central había emitido dinero a mansalva así que se llegó a la ridícula situación de que el conjunto de los alemanes tenía en sus manos más dinero que bienes y servicios se podían comprar en el país. Tan pronto como la gente se dio cuenta del timo, su confianza en el marco se desplomó de manera que para vender cualquier cosa el vendedor pedía muchísimos marcos (ya que uno sólo valía poco).

Es lo mismo que le sucedería a un cine con aforo para cien espectadores que vendiese quinientas entradas para una misma sesión. Tan pronto como la gente cayese en la cuenta de que el papelito ya no vale lo que está escrito en él, quien quisiera cambiarlo por otra cosa comprobaría la pérdida de su valor.

Hubo una época en que se usaba como dinero alguna mercancía que tenía valor por sí misma, como el oro o las vacas. Pero hoy en día, usamos dinero fiduciario; dinero cuyo valor depende de la fe que en él tengamos.

Este dinero fiduciario no es un comodín que pueda hacer las veces de cualquier bien que deseemos. El dinero fiduciario no es más que un título que representa bienes producidos pero no consumidos y servicios disponibles, es decir, representa riqueza consumible. Esto facilita los intercambios ya que llevar cincuenta euros en el billetero es más cómodo que llevar a cuestas su equivalente en sal o agua, por poner un ejemplo. Pero el hecho de que aumente la oferta de dinero no implica en absoluto que aumente la riqueza consumible. Es más, al reducirse el ratio entre la riqueza total y el dinero circulante, el valor de la divisa cae. Y eso sí que tiene un efecto sobre la riqueza disponible ya que con una divisa cuyo valor mengua, los precios de las mercancías suben sin que se haya alterado su oferta. Con lo cual se llega exactamente al resultado opuesto al que se deseaba, a saber: la mayor oferta de dinero acaba por disminuir el poder adquisitivo de sus tenedores. La razón es tan simple como que cada billete y moneda representa ahora menos riqueza que antes.

Es como pretender imitar el milagro de Jesús en las bodas de Canaan aguando el vino para así tener mayor cantidad. Y, en efecto, así se tendrá más vino pero de peor calidad. Y si uno se va de la mano con el agua el efecto total puede ser mucho peor.

La miopía del Banco Central Europeo

El Banco Central Europeo, una de las criaturas emblema de la UE, ha decidido mantener el tipo de interés en el 2%.

La existencia de este banco nos mantiene en un nivel de intervención estatal equiparable al de los países de la U.R.S.S. El tipo de interés, uno de los precios más importantes de la economía, que determina la estructura y extensión de las múltiples etapas productivas de una economía que cada vez es más compleja y productiva, está en manos de sabios que con rudimentarias herramientas y sin la información importante gobiernan el timón del progreso. De ahí que no sea de extrañar la sucesión de ciclos económicos provocados por la planificación central de este banco estatal.

Se dice que un banco central es el prestamista de última instancia. En momentos de crisis proporciona la liquidez necesaria para evitar quiebras bancarias. Pero, aparte de que con tales medidas lo único que se consigue es postergar el saneamiento y el reajuste privado y, en todo caso, agravar la crisis, un órgano de planificación central financiera adolece de una contradicción irreducible. Y es que, la principal herramienta con la que cuenta un Banco Central para ejercer su poder sobre los bancos privados es la amenaza de no proporcionar la liquidez que necesiten. Pero al mismo tiempo, precisamente es deber del banco emisor no negarse a ser el prestamista de última instancia en los momentos de crisis. Tal contradicción hace inevitable el surgimiento de expansiones y contracciones bancarias con nefastas repercusiones en la economía general. De ahí que, ante tal situación, los bancos centrales recurran, además, a la legislación administrativa, a más regulación y a presiones poco visibles para intentar controlar a la banca privada.

Asimismo, los funcionarios de este órgano planificador son completamente ignorantes. Pero no por sus conocimientos técnicos, sino por el tipo de información que manejan. Así, siguiendo el teorema de la imposibilidad del socialismo, este buró bruselita esta negado a disponer de la información útil necesaria para la coordinación económica en el ámbito financiero. Porque se trata de un conocimiento subjetivo, sólo perteneciente a los individuos que interactúan en este campo, que constantemente va cambiando, disperso entre todos los actores del mercado e imposible de trasladar en forma de informes y trabajos ya que se trata de información  no articulable. Sin embargo, el banco central cree que con el desarrollo de innumerables estadísticas y datos puede aliviar su natural miopía, sin darse cuenta de que la información que intenta recopilar de manera objetiva pertenece exclusivamente a cada uno de los individuos que actúan libremente. Sin advertir que dicha miopía es irresoluble por tratarse del tipo de información de la que se trata, el banco intenta controlar las magnitudes monetarias sin poder evitar sus propios efectos distorsionadores.

El resultado final es que el banco central nunca conocerá la preferencia temporal por el presente de los individuos, base del tipo de interés de la economía, y por tanto, no sólo  fracasará en ese intento coordinador desde arriba, sino que provocará distorsiones y recurrentes crisis económicas.

Se trata, pues, de otra parcela ocupada por el poder del estado que recientemente se ha independizado del gobierno. Aunque legislativa e incluso constitucionalmente pueda aparecer jurídicamente de este modo, es dudoso que constantemente resista las influencias de los políticos. Aun así, todavía arrastraría consigo la ineptitud práctica de cualquier órgano de planificación económica que pretenda coordinar a su voluntad la vida de los ciudadanos.