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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

¿Y si el Banco de España no existiese?

Lucía va por la mañana a su instituto, donde tiene un examen de Economía. Pero para su sorpresa el precio del viaje en autobús se ha quintuplicado por el descontrol de la inflación, los billetes los emite el sospechoso banco Avalancha, no existen cajeros automáticos y no hay examen porque sus profesores se manifiestan para pedir más sueldo. En el mundo ficticio de Lucía, imaginado por siete alumnos de 2º de Bachillerato del instituto de Secundaria Torrellano, de Elche (Alicante), desaparece el Banco de España y el monstruo hiperinflación campa a sus anchas. Los estudiantes imaginan un caos económico: los billetes no están emitidos por el BCE, nadie acepta las tarjetas de crédito ni se pueden hacer transferencias y los bancos no responden a sus obligaciones. Lucía se acuerda del corralito y empieza a entender por sus propias experiencias las funciones del banco central.

Se trata de un cuento con el cual han ganado el concurso “El Banco de España y la estabilidad de la economía” convocado para dar a conocer la institución. Según Miguel Ángel Fernández Ordóñez, su gobernador en el mundo real, “Afortunadamente, la protagonista se despierta de la pesadilla”. Seguramente se refiere a que él conservará su muy lucrativo e influyente puesto de trabajo desde el cual ejercer de semidiós controlador del sistema financiero del país. Está encantado de ver cómo calan las ideas de los bancos centrales sobre el socialismo estatista en lo monetario y lo prioritario que es controlar la inflación: ellos la causan, pero con total desvergüenza aseguran que luchan contra ella (contra la deflación también, que ambas son malísimas, sólo vale la estabilidad de los precios y papá estado ha de estar vigilante por el bien común).

La supina ignorancia sobre asuntos económicos, monetarios y financieros que estos críos demuestran con su relato es normal para su edad y el proceso de adoctrinamiento y aborregamiento conocido como educación pública. Pero algo de vergüenza podría darle a su profesor de Economía, José Ángel Molina, orgulloso de su necedad (la suya propia y la de sus pupilos): “Les dije que pensaran en qué pasaría si no existiese el Banco de España”. Dada la patética situación de la ciencia económica tampoco sorprende que los maestros sean meros transmisores irreflexivos de las falacias oficiales. Muchos presuntos economistas (entiéndase licenciados en ciencias económicas) tienen una ignorancia tal vez peor, porque en su sofisticación creen que saben.

Una burocracia coactiva que pretenda sobrevivir parasitando a los ciudadanos productivos necesita emitir propaganda sobre lo esenciales que son sus servicios y cómo éstos no pueden ser proporcionados en un mercado libre. Hay que saber mentir creyéndoselo, que así se engaña mejor. Sería interesante ver la reacción del (¿imparcial?) jurado del concurso ante un ensayo que mencionara la escuela Austriaca de Economía, el liberalismo, la emergencia espontánea de instituciones evolutivas como el dinero, el derecho y el lenguaje, la banca libre y competitiva con emisión privada de moneda, la posibilidad de organismos privados de certificación, los daños del intervencionismo estatal, y los ciclos económicos causados por la expansión monetaria y crediticia orquestada por los bancos centrales.

Dado que niños y adolescentes viven muchos años encerrados en entornos artificiales aislados del mundo real, es explicable que estos chicos ignoren que bancos centrales los hay en prácticamente todos los países (también en el del corralito, qué curioso) y en todas partes hay inflación y a menudo huelgas y manifestaciones para pedir aumentos de salario. Y que cuando no había bancos centrales había dinero emitido por bancos privados con bastante prestigio, y la economía y las finanzas funcionaban, y ya existían las transferencias y los bancos solían responder a sus obligaciones ante sus clientes o ante la justicia (salvo cuando los gobernantes les hacían algún favorcillo inconfesable como montar un banco central para que los bancos fraudulentos pudieran seguir trampeando sin que los bancos honestos los pusieran en evidencia).

Estos adolescentes demostraron no ser del todo intelectualmente irrecuperables: pidieron ver el oro del banco; no les dejaron ni acercarse a las cámaras acorazadas donde se supone que se guarda el poco que queda. Total, es una bárbara reliquia.

La coartada de la inflación de costes

John Maynard Keynes había sostenido que el desempleo en la economía era consecuencia de una demanda insuficiente. Su receta mágica para salir de las recesiones económicas pasaba por incrementar el “gasto autónomo” (el gasto discrecional en la economía). A falta de inversión o consumo privados “suficientes”, la solución venía a coincidir en esencia con más gasto público.

El paradigma keynesiano entró en crisis durante los años 70 cuando la economía estaba padeciendo simultáneamente inflación, estancamiento económico y desempleo. Si los apóstoles del inflacionismo y el despilfarro público querían sobrevivir había que inventar algo y pronto. ¿Cómo podía explicarse que los precios comenzasen a subir y además de forma significativa, antes de alcanzarse el pleno empleo? Fue en este contexto en el que apareció la idea de la “inflación de costes” como presunta explicación de tal paradoja: la culpa de todo la tenían los costes. No era la demanda la que hacía subir los precios, sino el creciente coste de los factores de producción. Esa carestía de los factores constreñía la producción. Suya era la culpa de la caída en la renta y la subida de los precios de los bienes y servicios finales.

La “inflación de costes” ha sido seguramente la penúltima trinchera en la que la teoría keynesiana ha tratado de refugiarse aprovechándose de una pobre comprensión sobre el proceso de formación de los costes y de los precios entre el gran público y no pocos economistas.

Armen Alchian describía con un bonito ejemplo cómo incluso la más evidente de las subidas de precios originadas por aumentos de la demanda de los consumidores aparecía como inflación de costes ante el observador casual. Supongamos que el Estado incrementa sus gastos y que recurre para su financiación al banco emisor forzándole a la emisión de nueva moneda para cubrir tales gastos –si los gastos se financiasen con una mayor recaudación fiscal estaría quitando poder adquisitivo a unos para dárselo a otros y no tendría necesidad de nueva moneda envilecida–. La nueva moneda incrementa los ingresos de los receptores del gasto público, que a su vez incrementan sus expendios pasando por ejemplo a comer carne o pescado cinco veces por semana en lugar de tres.

Las carnicerías y las pescaderías –que de momento no tienen motivo para subir los precios– ven reducirse sus existencias más aprisa de lo que venía siendo habitual y de lo que tenían previsto. Para reabastecerse se dirigen a los mercados mayoristas, produciéndose en éstos el mismo fenómeno de rápida minoración de stocks. Así que los mayoristas dan orden a sus agentes de que se reabastezcan en las lonjas y en los mataderos. Llegados a este punto es donde la presión de la nueva demanda se manifiesta con toda su intensidad. A los antiguos precios no hay pescado ni carne para todos los reabastecimientos. En tal caso y como hay disparidad entre la oferta y 1a demanda, el precio sube hasta que la oferta y la demanda coincidan, de tal modo que ningún oferente o demandante dispuesto a aceptarlo abandona insatisfecho el mercado. Cuando a la semana siguiente las amas de casa protestan por la subida en el precio de la carne, el carnicero comentará todo convencido que han sido los costes incrementados a los que se enfrenta los que le obligan a cargar precios más caros.

Una de las grandes aportaciones que realizó la Escuela Austriaca a la Ciencia Económica fue la del concepto de coste de oportunidad. El coste de llevar a cabo una acción es la utilidad que dejamos de obtener por tener que renunciar a otra acción alternativa. En términos monetarios, el coste de un factor es igual al valor que tiene que pagarse por un factor para incorporarlo a una línea de producción y superar las pujas de otros que tratan de atraerlo a producciones alternativas. La demanda final de los consumidores es la que determina qué línea productiva se lleva el gato al agua y, por ende, el nivel al que se acaba fijando el coste de los factores. Si, por ejemplo, los fabricantes chinos aumentan sus volúmenes de producción para satisfacer la creciente demanda de sus productos, presionarán al alza sobre el coste de los factores intermedios (acero, cemento…) y las materias primas (petróleo, cobre…) para poder disponer de los mismos en mayores cantidades. De nuevo aquí, una insuficiente comprensión de la cadena causal pone el énfasis de la inflación en los costes en vez de en la demanda. La cadena de causas en realidad va de los precios esperados a los costes ofrecidos y no, como sostenían los antiguos economistas clásicos, de los costes satisfechos a los precios solicitados. Si bastase con comprar factores de producción y luego ponerles un margen y revenderlos cualquiera podría dedicarse al comercio, pues cualquier línea o negocio produciría beneficios sin mayores calentamientos de cabeza.

Existe un tercer escenario en el que la idea de inflación de costes –distinta de la inflación de demanda– aparenta mayor plausibilidad que las dos anteriores. Se trataría del caso en el que los propietarios de los factores retienen parte de la producción, sacando menos cantidad al mercado y, de esta forma, elevando su precio. Aunque tal caso parece ser una excepción del supuesto de que es la demanda final la que es la responsable última de las subidas de precios, un examen más cuidadoso nos hace comprender que esto no es así. En realidad, los “especuladores” que retienen producción están actuando como agentes de la demanda futura que se prevé más fuerte que la actual. Es el previsible mayor precio del futuro el que retira la producción del presente. En casos de depreciación sistemática del signo monetario, no es de extrañar, por tanto, que se produzca un significativo incremento de los inventarios al existir pocas dudas de que las pujas en términos monetarios nominales de mañana serán significativamente superiores a los de hoy.

Resumiendo: en general y salvo casos muy excepcionales de desabastecimientos causados por guerras, plagas o catástrofes naturales (difícilmente el caso en los años 70 y para todo el mundo), la subida generalizada y constante de precios es consecuencia del incremento del circulante envilecido, la anticipación de incrementos futuros y la parcial monetización de materias primas, inmuebles y otros bienes reales como depósitos de valor alternativos más adecuados. Algo que, por otra parte, todos los críticos del inflacionismo y las teorías keynesianas habían pronosticado con cierta antelación; augurios que los predicadores del envilecimiento monetario se esforzaron por silenciar.

El gran develador

El dinero-oro es uno de esos mecanismos con que cuenta la sociedad para defenderse. Y ha sido siempre objeto de manipulación por parte de príncipes, tiranos y gobiernos. Finalmente, gracias a la labor coordinada de los bancos centrales se ha logrado desvincular en gran medida la moneda del oro. Pero nunca del todo.

De hecho el oro es el gran develador; es el niño del cuento que señala al Rey y dice que está en bolas. Cuando el envilecimiento de la moneda es notorio, cuando la gente ya no se deja engañar, el oro reaparece. Y cuando se levanta es siempre para anunciar una crisis. En 1980 rozó los 860 dólares, unos 2.000 de los de hoy. Lleva más de un año rondando los 700, pero las ventas de oro de los bancos centrales impiden, sólo temporalmente, que se rompa esa barrera. El oro vuelve a hacer de chivato y los bancos centrales lo acallan. Pero sólo compran tiempo, a cambio de vaciar sus reservas.

¿Será esta la razón por la que el Banco de España ha lanzado al mercado nada menos que el 26 por ciento de sus reservas en tres meses? Los bancos europeos tienen un acuerdo desde 1999 por el que, en conjunto, pueden vender hasta una cierta cantidad de oro. ¿Está el Banco de España cumpliendo su parte? Lo único que tenemos son las palabras del ministro de Economía, Pedro Solbes, diciendo que "el oro no es ya rentable". ¿Ni aunque pase de 700 a 2.000 dólares, como en 1980?

Pero ya hay quien escucha al oro y se está protegiendo para lo que pueda venir. Por el momento tenemos a la Reserva Federal moderando sus ventas y al Banco Central de Rusia comprando toda la producción nacional de oro, y es el quinto productor mundial. Hay reyes que están volviendo a vestirse.

Atesoramiento, consumo, inversión e interés

Un sector de economistas atribuye al atesoramiento del dinero buena parte de las causas de la pobreza. El dinero sale de la circulación, ni se consume ni se invierte, por lo que paraliza la movilización de los recursos reales. Si se lograra sacar al dinero de los baúles tanto el consumo como la inversión se incrementarían y con ellos el número de capitales que permitirían reducir los intereses.

Probablemente, el más radical expositor de estas ideas haya sido el economista alemán Silvio Gesell –al que Keynes calificaría años más tarde "el profeta indebidamente olvidado"– con su libro El Orden Económico Natural. En él defendía el proyecto de instaurar una "libremoneda" consistente en crear un dinero que no conservara su valor a lo largo del tiempo, sino que se degradara como el resto de bienes.

Gesell se quejaba de que los empresarios tenían que producir y acumular bienes que iban deteriorándose, mientras que el dinero podía ser atesorado sin que su valor disminuyera. En su opinión, esto otorgaba a los tenedores del dinero un enorme poder sobre los empresarios, ya que podían abstenerse de consumir para así forzarles a liquidar el inventario mediante reducciones de precios.

Para evitarlo, Gesell propuso que la libremoneda fuera perdiendo periódicamente su valor al devengar un tipo de interés negativo. De este modo, el dinero ya no podría atesorarse, sino que tendría que circular continuamente para aprovechar su valor remanente. Los empresarios venderían siempre todas sus mercancías con lo que los ciclos económicos desaparecerían y la acumulación de capital sería tan superlativa que superaría a su demanda, desapareciendo el tipo de interés.

Por muy bonito que pueda parecer, el proyecto de Gesell atenta contra la función esencial misma del dinero que, como ya vimos, consiste en saldar las posiciones acreedoras netas de todo proceso de intercambio mediante una reserva de valor que permita su rápida conversión futura en otros bienes.

Al eliminar el dinero como reserva de valor, el individuo debe aceptar cualquier otro bien en contraprestación por sus saldos acreedores (mayor oferta de bienes en el mercado que demanda actual), pero como esos otros bienes no existen (ya que en otro caso habría saldado sus posiciones acreedoras sin recurrir al dinero), la solución pasará por no intercambiar el exceso de oferta que motivó el saldo acreedor. Y en la medida en que esos bienes se hubieran producido con el único propósito de venderlos en el mercado, la consecuencia será paralizar su proceso productivo; lo que incluye la fabricación de todos los bienes de capital con los que se operaba.

Regresamos a una economía primitiva de trueque donde la colaboración humana se produce no de manera anticipada, sino como consecuencia de un acuerdo entre las partes donde se estipulen unos términos de intercambio que lo salden por completo. Toda especulación queda eliminada, pues el empresario no trata de prever qué desearán los consumidores, sino que espera a que le pidan producto y una cantidad concreta limitada por los bienes que necesite y estén en disposición de éstos.

Al restringir la especulación, los empresarios sólo podrán poseer rudimentarios bienes de capital muy poco específicos y que sean intercambiables entre los muy diversos pedidos que en cada momento pueden recibir.

Por último, dado que prácticamente toda la producción estará continuamente siendo consumida (ya que se ha producido según lo que se necesitaba en cada momento), el ahorro también desaparecerá. Sin ahorro no habrá préstamos y las pocas transacciones intertemporales que podrán realizarse consistirán en que un individuo produzca por encargo bienes en exceso de los que necesita ahora a cambio del compromiso de su restitución futura por la contraparte.

El exceso de la restitución futura con respecto a la entrega presente sería el tipo de interés del préstamo y su mínimo vendría determinado por la preferencia temporal. Pero dada la carestía de capitales ahorrados, muy pocos individuos tendrían acceso al crédito y sólo a tipos de interés prohibitivos.

Sin dinero que permita atesorar el valor, por consiguiente, la división del trabajo, el intercambio y la inversión se esfuman. A diferencia de lo que creía Gesell, la posibilidad de atesorar el dinero no disminuye ni el consumo ni la inversión y tampoco eleva los tipos de interés.

Sin dinero, el consumo se reduce con la menor producción derivada de unos intercambios limitados a la satisfacción de las necesidades inmediatas. La inversión se limita a bienes de capital muy básicos capaces de atender una demanda polivalente. Y la ausencia de capitales ahorrados (que se correspondían con el exceso de producción global que se venía saldando con el dinero y que ha sido eliminado) sólo lograr elevar los tipos de interés de los pocos préstamos que se terminaran concediendo en especie.

El dinero como depósito de valor, como refugio frente a los malos empresarios, es un requisito de la división del trabajo y del capitalismo. No es de extrañar que tantos socialistas como Gesell estén empeñados en cargárselo.

Los sindicatos tienen razón

Si uno se acerca al texto del teletipo o del propio boletín de mayo del BCE, la cosa queda clara: subir los sueldos lleva a una mayor inflación. Y la mayor inflación merma el poder adquisitivo. Es decir, que vuelve la vieja falacia de la "inflación de costes".

La idea es intuitiva. Los mayores costes van "empujando", sumándose en cascada hasta llegar a los precios finales. Como todos los productos necesitan trabajo y éste es más caro, el nivel general de los precios es mayor. Q.E.D.

Sólo que no es así. Unas ramas de la producción necesitan una participación mayor del trabajo que otras, por lo que el aumento de los salarios hará que el gasto total en estas industrias y productos sea mayor. Si la cantidad de dinero en el bolsillo de los europeos es el mismo, el gasto adicional que tengan que hacer aquí tendrán que mermarlo en otros productos, de modo que sus precios caerán. Lo que se produce, pues, no es un aumento generalizado de los precios, lo que llamamos inflación, sino un cambio relativo de los precios: suben los de los productos intensivos en trabajo en comparación con los que no lo son.

Si la cantidad de dinero es la misma, claro. Pero resulta que no es así. Según los últimos datos, la cantidad de dinero en la zona euro crece, y lo hace a un ritmo que supera el 10 por ciento anual. Con el dinero corriendo a mayor velocidad que el número de bienes sí nos encontramos con una inflación al alza. La inflación es un fenómeno monetario y el responsable último es el Banco Central Europeo. Ese que en su último boletín apunta, para sacudirse cualquier responsabilidad a "los agentes sociales", a quienes pide que no suban los salarios para que no aumente la inflación.

Los sindicatos siempre han dicho que la culpa de la inflación no estaba en los salarios. Por esta vez, tienen razón. Tienen toda la razón.

El sucesor de Warren Buffett

El capital es escaso y a todos conviene que se destine a los proyectos empresariales más productivos del abigarrado crisol que forman. A ello ha dedicado su vida el "oráculo de Omaha".

Hace casi un año hizo la mayor aportación filantrópica de la historia. Ha dedicado 44.000 millones de dólares, o el 85 por ciento de su fortuna, a la Fundación Gates. En julio de 2006 comenzó con una primera aportación de 602.500 acciones de su compañía, Berkshire Hathaway, que aumentará año a año a un ritmo del 5 por ciento. De este modo, si el valor de las acciones crece más rápido que ese porcentaje, la aportación será cada vez mayor año a año.

Ahora busca sucesor. En una carta a la compañía ha dejado claro que quiere que sea una persona joven, que tenga la confianza en sí misma como para ir en ocasiones contra la opinión del mercado y con estabilidad emocional.

Pero ello no basta. Debe tener vista para identificar esos reveses del mercado que pueden dar al traste con lo conseguido en una larga carrera de éxitos, así como un buen entendimiento de la naturaleza humana y del funcionamiento de las instituciones; mirar al futuro con ojos de historiador, como decía Mises. Si usted se siente identificado, acaso tenga la oportunidad de gestionar nada menos que 120.000 millones de dólares.

Claro, que debe compartir también su filosofía de inversión. Para él "es mucho mejor comprar una empresa maravillosa a un precio aceptable que una empresa aceptable a un precio maravilloso". O, sobre todo, invertir pensando en el largo plazo.

Esto es, a Buffett le entendemos como parte de la filosofía de la escuela del crecimiento, y no es casual que tuviera a Phillip Fisher como mentor. Pero también sigue la escuela del valor a que asociamos con Benjamin Graham (El inversor inteligente).

¿Tendrá Warren Buffett la misma visión para elegir sucesor que para invertir?

Dinero, trueque y ecuación cuantitativa

Bajo condiciones normales y a largo plazo sólo una fracción despreciable de los intercambios actuales  se realiza mediante trueque.
Irving Fisher, The Purchasing Value of Money

En cualquier manual de economía se nos explica que el dinero aparece como un modo de superar las limitaciones del trueque. Una vez los individuos disfrutan de un "medio de intercambio generalmente aceptado" el trueque es relegado a una posición marginal en la economía. Pero la idea de que el dinero representa la superación definitiva del trueque parece intuitivamente cierta, pero no lo es. El dinero, lejos de desplazar al trueque, le confiere una utilidad mucho mayor y permite su uso generalizado.

El principal inconveniente del trueque no es exactamente que sólo puedan perfeccionarse aquellos intercambios donde ambas partes tengan demandas y ofertas de bienes que se complementen, sino las enormes dificultades que existen para liquidar o compensar esos intercambios en ausencia de precios de mercado y de un bien líquido.

En principio, todas las demandas y ofertas de bienes podrían compensarse unas con otras. La gran mayoría de la profesión económica sostiene, aún hoy, que el dinero es sólo un velo pero que, en última instancia, los bienes se intercambian por otros bienes. En realidad el dinero es mucho más que un simple facilitador del intercambio. Aunque la demanda y la oferta sean iguales, normalmente existe un desfase temporal entre ambas. Un individuo puede ofrecer bienes hoy para demandar otros mañana, de modo que su exceso de oferta no se le pueda compensar hoy con ningún bien.

El dinero, sin embargo, le convierte a uno en propietario de unos bienes que son enormemente demandados –incluso en grandes cantidades– y que, por tanto, pueden ser convertidos de manera rápida y cierta en otros bienes cuando su propietario lo requiera. En otras palabras, los individuos que quieran demandar en otro momento pueden liquidar hoy sus saldos mediante el dinero. Además, esa generalizada demanda da lugar a un enorme volumen de transacciones contra ese bien dinerario, lo que permite encontrar precios de mercado muy actualizados para casi cualquier bien expresados en esa unidad monetaria.

La razón por la que un trueque masivo sin dinero es inviable reside en la dificultad para compensar los millones de intercambios sin una unidad de cuenta común (que permita agregar y saldar deudas y créditos) y, sobre todo, en la imposición para los acreedores que no quisieran consumir hoy de aceptar, como liquidación parcial de sus saldos acreedores, bienes que carecen de una enorme demanda, esto es, que no pueden intercambiarse por otros bienes de manera rápida y cierta.

En cambio, la existencia de medios líquidos permite superar este inconveniente. Los distintos intercambios pueden saldarse en una unidad de cálculo común y además los acreedores cuyos créditos (oferta) no se compensen por entero con sus deudas (demanda) pueden recibir dinero, que sí podrán intercambiar en el futuro de manera rápida y cierta.

Benjamín Anderson en su magistral libro The Value of Money ofrece algunos ejemplos de cuán extendido está el uso del trueque en la sociedad moderna. Sin ir más lejos, cuando nos rebajan el precio de un bien por entregar otro (por ejemplo, uno de la misma especie pero más viejo) asistimos a un trueque parcial: el trueque entre el bien viejo y el bien nuevo se compensa con la entrega de una cantidad extra de dinero (el precio rebajado). Las fusiones y adquisiciones entre empresas también se efectúan normalmente mediante trueque. Si yo lanzo una OPA sobre otra compañía y ofrezco pagar (total o parcialmente) mediante mis acciones, lo que tenemos es un trueque entre la propiedad de unos recursos y la propiedad de otros.

Pero, sobre todo, el trueque es una práctica muy habitual en el caso de las cámaras de compensación. Su funcionamiento es muy simple: si yo he comprado bienes por importe de 50.000 euros y he vendido otros bienes por importe de 40.000, tengo una deuda con la cámara de 10.000, cantidad que ella distribuirá entre los correspondientes acreedores. La diferencia entre los créditos y las deudas se salda en dinero, pero el resto de las operaciones (cuyo valor en euros es de 40.000) son, en el fondo, puro trueque.

Las cámaras de compensación son un instrumento fundamental en las sociedades modernas. Existen para multitud de productos, como depósitos a la vista, valores de renta fija, de renta variable, contratos de futuro, etc., y manejan enormes cantidades de recursos. CHIPS, la cámara de compensación para las operaciones en dólares, realiza operaciones diarias por valor de 1,6 billones de dólares con tan sólo un movimiento efectivo de tres mil millones; en otras palabras, en esta cámara se efectúa diariamente un trueque por importe de 1,597 billones de dólares. Consideraciones similares podrían realizarse con respecto a otras cámaras de compensación como Euroclear, Fedwire o LCH.

Queda claro pues que la afirmación de Fisher con la que abríamos el artículo no puede ser más errónea. El trueque juega un papel cada vez más relevante en el comercio actual porque la función del dinero no es estar presente en todos los intercambios, sino sólo saldar las posiciones acreedoras netas de los individuos. No es de extrañar, sin embargo, que Fisher tratara de relegar al trueque a una posición marginal, ya que su ecuación cuantitativa del dinero parte de la hipótesis de que todos los intercambios tienen su contraparte monetaria.

Si un incremento de la producción puede intercambiarse sin recurrir al dinero, los precios no tendrían por qué descender como predice la ecuación cuantitativa. Del mismo modo, un incremento de la masa monetaria que indujera una reducción de las transacciones vía trueque no tendría por qué provocar un aumento general de los precios. Me temo, por consiguiente, que si la ecuación cuantitativa se basa en una hipótesis tan irreal como la inexistencia del trueque, no resulta válida para explicar los procesos inflacionarios. Y en especial los procesos inflacionarios actuales… pese a lo que Fisher pudiera pensar.

Pero, ¿necesitamos una CNMV?

Su objetivo no declarado consistía en "cartelizar las fuentes de nuevo capital, y dirigir las nuevas ofertas de ahorro a empresas lo suficientemente grandes" y "congelar a las más pequeñas" (Rothbard, 2002). Pero su justificación era muy otra: proteger al inversor medio.

Antes, los propios mecanismos del mercado se encargaban de hacerlo. Tuvo que llegar la Administración Roosevelt, resuelta entusiasta del control, para dar vida a la SEC. Pero los objetivos declarados y reales de los organismos públicos jamás se cruzan, y es el caso de la SEC como lo es de la CNMV. Cualquier lector de este periódico sabe de los saltos en la cotización de las empresas días antes de ser opadas. El inversor no está entre sus preocupaciones, o al menos no sirve para defenderle. Y hace el mercado más opaco, en lugar de contribuir a su funcionamiento. La Bolsa de Madrid no necesitó una CNMV desde su nacimiento, a comienzos del XIX. Tampoco lo necesita ahora.

Los organismos públicos son como seres vivos. Luchan por sobrevivir y adquieren tantas funciones como les sea conveniente para aumentar su poder. Si interviniese cada vez menos pondría en peligro su misma existencia, por lo que está incentivada a sobreactuar. Especialmente si por hacerlo se lleva, como en 2006, 24 millones de euros, a medias con Economía.

Y no tiene que mostrar su probidad compitiendo en el duro mercado. Recuerden el caso Enron. Una gran empresa privada se encargaba de auditarla: Arthur Andersen. ¿Qué ocurrió con ella cuando se descubrió que no cumplía con su papel? Desapareció. La SEC, que en teoría iba a evitar casos como el de Enron, no sólo no se disolvió, sino que pidió más poderes. Vayamos ahora al vergonzoso asalto a Endesa. ¿Qué habría sido de la CNMV si, como Arthur Andersen, viviera de su propio prestigio? Habría desaparecido. Acaso esta sea la oportunidad de que lo haga.

Hazañas de la CNMV, excluyendo las que ustedes saben

El pasado viernes la CNMV presentaba su memoria. En ella informa que durante el año 2006 el regulador impuso 30 sanciones, un 46% menos que en el año 2005, pero la cuantía de las multas aumentó un 45%. Menos trabajo, más dinero. Una de las multadas fue la peligrosa empleada de una empresa financiera por filtrar información "privilegiada" a un familiar. Más de 30.000 euros tuvo que pagar.

Si se compara la sanción con las que se imponen en el mundo no financiero se puede ver lo absurdo que es el sentido de la justicia de la CNMV y de la Justicia de este país en general. Por ejemplo, un ladrón en Barcelona fue detenido esta semana por robar aparatos GPS de los coches. El delito parece más grave que filtrar "información" a un familiar, ¿no? De hecho, esto sí que es un crimen. Pero es que además el caco ha sido detenido nada más y nada menos que en doce ocasiones en los últimos cuatro meses. Está claro que este hombre vive del robo. Aún así, el juez lo dejó en libertad el mismo día en que fue detenido.

¿No parece claro que en todo esto hay un poco de desequilibrio y falta de objetividad? Robar a alguien es un delito; tener información, no. Es un caso típico de la justicia de hoy día. Es incapaz de castigar el crimen –atentado contra la vida, propiedad o libertad– pero es especialmente duro con aquellos que ni comenten acciones criminales, ni viven de ellas. La cuestión es sacar dinero al que no se queja, al ciudadano honrado.

Sigamos. Viene el martes y sale otra noticia. La CNMV archiva definitivamente el caso Vetusta. Esta empresa era una gestora que fue suspendida por el regulador. ¿Las causas? Nadie las sabe. Se hablaba de blanqueo de dinero, estafa, falsedad de documentos. Bien, la suspensión obligó a la gestora a desvincularse de un gran acuerdo que tenía con Banesto por cuestiones de imagen. El resultado fue que tuvo que cerrar y despedir a toda su plantilla, compuesta por 50 empleados. Pasados cinco meses, la CNMV se ha pronunciado. No habrá multa para Vetusta, esto es, era inocente, pero el regulador ha provocado su cierre.

Comparémoslo con el mundo que todos conocemos. Un día vienen unos policías a su casa, se la precintan y le detienen. No le informan de nada. Al cabo de casi cinco meses alguien decreta que no es culpable de delito alguno, pero usted en este tiempo no ha podido pagar la hipoteca porque no ha trabajado y el banco se ha quedado su casa. Nadie se responsabiliza de tal error ni le dan explicaciones. Estado policial, fascismo, totalitarismo, represión… llámalo como quiera, pero así ha actuado la CNMV con Vetusta. El resultado ha sido el cierre de una empresa honrada, 50 empleados despedidos y los clientes de la gestora "con el culo al aire", pero aquí no ha pasado nada.

La semana avanza y a la CNMV le cae otra acusación grave. Ahora una empresa privada denuncia al policía financiero por prevaricación (delito de los funcionarios públicos por faltar a las obligaciones y deberes de su cargo). Entre los acusados están Manuel Conthe y el vicepresidente Carlos Arenillas (el de la cena de los 1.400 euros). Todo empezó cuando una pequeña SICAV, una Sociedad de Inversión de Capital Variable, interpuso una denuncia contra una gran entidad financiera ante la CNMV. Pasado un tiempo, el regulador decidió archivar el caso sin más. Ni siquiera se había puesto en contacto con la empresa demandada. Ahora que la SICAV ha denunciada a la CNMV, dice ésta que "siguió el procedimiento habitual, estándar y reglado". Menudo defensor de los indefensos.

Comparemos otra vez el caso con aquellos que nos son más familiares. Usted denuncia a una gran empresa porque cree que ha cometido irregularidades contra usted. Al cabo de un tiempo, la Policía o la Justicia le dicen que se vaya a paseo y que ni siquiera se han molestado en contactar con la empresa denunciada. Para colmo, le dicen que es el procedimiento habitual. Siéntase afortunado de que la administración no le multe por hacerle perder el tiempo.

La única misión de la CNMV, como demuestran sus acciones, es mantener la seguridad, pero no la del pequeño inversor, sino la de las grandes empresas y la del Estado, además de sacarle dinero a todo aquel que se le ponga a tiro. De hecho, la CNMV obtuvo el año pasado un botín (ellos le llaman beneficio cuando en realidad todo ha sido producto de la confiscación) superior a los 24 millones de euros que se repartió a partes iguales con el Estado. La CNMV contribuye día a día a mantener el mercado más opaco, ensuciar nuestra reputación ante los inversores extranjeros y cerrar las pequeñas y honestas empresas financieras con trámites, exigencias, continuos aumentos de costes y falsas acusaciones. El objetivo es mantener los actuales monopolios financieros y, por supuesto, servir como arma del Gobierno de turno para facilitarle el trabajo sucio de una forma legal. El caso Endesa lo deja claro.

Si esto ha ocurrido en menos de una semana sin contar el escándalo Conthe, Arenillas y Endesa, ¿se hace una idea de cuantos tomos se podrían escribir de la nefasta, partidista y dañina gestión de la CNMV en estos 20 años?

Las claves de la inflación

El premio Nobel de Economía Milton Friedman definía la inflación como un proceso generalizado y persistente de subida de precios. Friedman añadía que tal fenómeno debía tener necesariamente su origen en un incremento continuado de la cantidad de dinero. Ludwig von Mises, a mi entender el más grande economista del siglo XX, ofrecía la explicación subyacente al aserto de Friedman. Los precios han de subir en la proporción en que el aumento de la cantidad de dinero sobrepasa el incremento de los saldos en dinero que los sujetos desean mantener. Obviamente todo dinero disponible que exceda dicho importe será utilizado para comprar algo y consecuentemente presionará al alza los precios, pues, como en el caso de una subasta, sólo ofreciendo mayores precios será posible eliminar de la puja por unos mismos bienes a los otros aspirantes.

Desafortunadamente, ni Friedman ni Von Mises dieron entrada en su definición de inflación a un aspecto, el de la calidad de la moneda que es objeto de la inflación, que ayuda todavía más a comprender este pernicioso fenómeno. En una ilustración enormemente gráfica, Faustino Ballvé escribía que el fenómeno de la inflación era similar al de aguar el vino. No sólo se incrementaba la cantidad disponible, sino que la calidad resultante era notablemente inferior. O, como dijo Jacques Rueff, el padre de la reforma monetaria francesa de finales de los años 50, inflar la moneda es conceder a sus beneficiarios la potestad de demandar sin ofrecer, de sacar bienes y servicios de la economía sin que haya habido una aportación previa de riqueza por igual valor. Es por ello que la definición más precisa de inflación sería probablemente la de “deterioro en la calidad de dinero mediante la incorporación al circulante monetario de numerario sin las cualidades dinerarias necesarias”.

El proceso de inflación en épocas pasadas, principalmente, se llevaba a cabo mediante una rebaja en el contenido de metal precioso de la moneda. Con la generalización del uso del billete o de los depósitos bancarios, el proceso inflacionario pasó a materializarse a través de la concesión de créditos sin respaldo de ahorro previo. En general los bancos envilecen el dinero produciendo inflación cada vez que lanzan a la circulación billetes o depósitos de nueva creación a cambio de activos no líquidos, de los cuales la deuda pública es el más conspicuo aunque no el único representante –añádanse hipotecas, letras de peloteo, préstamos para financiar inversiones a largo plazo, préstamos al consumo, etc.–.

Una vez aclarado el fenómeno, es fácil deducir algunas conclusiones sobre la cuestión. En primer lugar, podemos desterrar la falacia que trata de vincular inflación con crecimiento económico. La inflación es un fenómeno independiente del crecimiento. Por un lado, dos de las fases de crecimiento económico más espectacular de los últimos 150 años, el milagro económico alemán de la posguerra y el surgimiento de los EE.UU. como potencia industrial en las últimas décadas del siglo XIX, se produjeron con entornos de moneda sana (creación del DeutscheMark, vuelta al patrón oro tras la Guerra de Secesión). Por otro lado, la inflación ha estado presente en variados episodios de estancamiento o contracción: los EE.UU y Europa en los años 70, por no hablar de los numerosos periodos hiperinflacionarios de Latinoamérica o África.

Bien es verdad que existe un caso en que la inflación puede tener un efecto temporalmente estimulante. Es cuando ésta se canaliza a través del crédito para financiar industrias y los precios al consumo logran mantener cierta estabilidad. Sin embargo, tal efecto no sólo termina tan pronto cesa la inflación, sino que es embrionario del conocido ciclo recurrente de expansiones y recesiones que asolan a las economías que tratan de sustituir la formación de capital a través del ahorro real con procesos inflacionarios de dinero abundante y barato. Más aún, cuando la inflación es esperada, los agentes económicos ajustan sus previsiones. Así, se generalizan procedimientos como la indexación de salarios y contratos o una creciente prima de riesgo incorporada al tipo de interés. Todo ello, al incrementar los costes empresariales, diluye cualquier efecto estimulante del crecimiento que la inflación pudiera haber pretendido.

Los efectos son incalculablemente más perniciosos si para combatirla se adoptan controles de precios y cambios. Si no se permite a los precios transmitir información sobre la escasez relativa existente en cada rama de la economía, se desajusta la producción y se hace imposible calcular. No sólo tales controles son ineficaces, sino que tienden a agravar la situación debido a los desabastecimientos que provocan y a la cantidad de horas que se pierden haciendo cola para obtener las raciones que se establecen. Los controles, por un lado, corrompen a funcionarios que trafican con cartillas de racionamiento, asignación de cuotas, permisos de importación, divisas, etc., y, por otro, ponen en funcionamiento un mercado negro que necesariamente tiene que cargar los mayores precios y las menores calidades asociadas a los costes de la ilegalidad. Los controles de precios y cambios, en resumen, restringen gravemente las libertades, además de servir de coartada para demorar el cese del envilecimiento monetario, pues los gobernantes pretenden hacer creer a la población que se está haciendo algo. Aparecen los grandilocuentes discursos contra los especuladores, los acaparadores, el mercado…

Se atribuye a Lenin haber comentado que “el mejor modo de destruir el sistema capitalista era envilecer la moneda. Mediante un proceso continuo de inflación, los gobiernos son capaces de confiscar, en secreto y sin que la gente se dé cuenta, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos. Mediante este método no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente, en un proceso que empobrece a muchos y enriquece a algunos; afectando así no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la justa distribución de la riqueza”. Conseguir, de paso, echar la culpa al mercado y proponer como salvación la nacionalización de todos los precios, los cambios y la economía en general es algo que sólo una población tan envilecida como la moneda puede llegar a ser capaz de admitir.