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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

La letra de cambio

El dinero cumple dos funciones esenciales: conservar el valor y servir como medio de cambio. Estas dos funciones provocan que sobre el dinero recaigan dos tipos de demandas distintas, lo que a su vez da lugar a dos instrumentos diferentes para canalizarlas: la letra de cambio y el bono.

La ciencia económica ha prestado bastante atención al estudio de los mercados de capitales, a los procesos de inversión, capitalización y surgimiento del tipo de interés. Sin embargo, salvo honrosos reductos, el análisis riguroso de las letras de cambio, la compensación y el tipo de descuento ha sido completamente desatendido.

La letra de cambio es un instrumento que permite la circulación de las mercancías compensando las distintas deudas y créditos que aparecen en un mercado. Su funcionamiento es sencillo: un individuo A vende sus mercancías a otro individuo B y recibe como contrapartida una letra que contenga un compromiso de pago futuro por parte de éste. El individuo que redacta la letra se conoce como librador, el deudor como librado (y si ha ratificado con su firma el compromiso que aparece en la letra como librado-aceptante) y el acreedor como tomador. Su origen parece estar en la fusión entre dos documentos: por un lado una factura que emitía el vendedor y que suscribía el comprador reflejando su compromiso a pagar y por otro una orden de pago que libraban los comerciantes a favor de sus colaboradores y contra sus banqueros para que estos proporcionaran a aquellos la moneda que necesitaban para adquirir mercancías en una plaza extranjera (de modo que evitaban transportar el oro a largas distancias).

Hasta aquí el funcionamiento podría parecer similar al de un crédito al consumo, sin embargo existe ya una primera diferencia esencial: el individuo B no adquiere las mercancías para su propio uso, sino para venderlas en un breve plazo a los consumidores. En otras palabras, cada letra que se libra no está respaldada por bienes tan ilíquidos como podría ser el patrimonio de B, sino por unas mercancías altamente demandadas por parte de los consumidores; esto es, por mercancías que con rapidez y certeza se convertirán en el bien más dinerable (por ejemplo en oro). Por lo que cabe concluir que las letras de cambio se encuentran entre los instrumentos más líquidos de una comunidad, casi a la par del bien reconocido oficialmente como dinero.

Si las letras no fueran de calidad, esto es, si se libraran contra bienes escasamente demandados o muy alejados de su maduración en bienes de consumo, si se utilizaran con la finalidad de obtener crédito (letras financieras) o si el librado no fuera una persona de reputada solvencia, asistiríamos a un arbitraje ilícito de los tipos de interés del que ya hablamos.

Por consiguiente, si se cumplen estos requisitos y las letras no se empeoran, gozarán de una liquidez elevada, que les permitirá "circular", es decir, pasar de unas manos a otras como medio para saldar las deudas que vayan surgiendo. Este proceso se conoce como "endoso" de la letra de cambio y permite tanto autofinanciar los últimos eslabones de un proceso productivo (circulación vertical) como regular la oferta de los bienes de consumo (circulación horizontal).

La autofinanciación de un proceso productivo constituye la finalidad original de la letra de cambio. La cadena de productores y distribuidores acepta las letras como pago por sus créditos y minimiza el movimiento de oro. Imaginemos el agricultor de trigo que vende a plazo de 30 días su mercancía al molinero (por 100 um) y éste a su vez enajena a plazo de 30 días la harina al panadero (por 120 um) que venderá el pan a los consumidores (por 140 um). El molinero librará una letra contra el panadero por importe de 120 um que vencerá al cabo de un mes (el plazo de 30 días que trata de aproximar el tiempo que el panadero necesita para hornear toda la harina, vender el pan y cobrar).

El valor presente de la letra vendrá determinado por el tipo de descuento; supongamos que puede descontar la letra en los mercados monetarios por 110 um. En este caso tiene dos opciones: o descontar la letra y pagar al agricultor al cabo de un mes con el oro obtenido o endosarle la letra al agricultor por 110 um. En este último caso, el agricultor pagará la diferencia entre la letra (110 um) y el valor presente de su deuda (por ejemplo 90 um), esto es, 20 um al molinero. Dicho de otro modo, mientras que el trigo madura en pan a lo largo del proceso productivo, la letra de cambio va madurando en oro.

Gracias a la letra, los movimientos de oro se han reducido. Sin la letra, todo el proceso productivo habría requerido de 360 um (100+120+140); con la letra 280 (140+120+20). El endoso de la letra ha permitido compensar el valor presente del crédito del molinero (110 um) con el valor presente de su deuda (90 um).Cuanto mayor sea el número de fases del proceso productivo, mayor será el ahorro del movimiento de oro que, a su vez, podrá dedicarse a la inversión en bienes de capital en lugar de a financiar la circulación de mercancías.

Pero además la letra también permite regular la oferta de los bienes de consumo manteniendo la rentabilidad de los distribuidores. Cuando la demanda se reduzca, la rentabilidad de ciertos productos (los menos demandados) caerá por debajo del descuento que puede lograrse a través de las letras de cambio, por lo que los distribuidores dejarán de encargarlos, reduciendo su oferta, para invertir sus saldos de caja en las letras de cambio. Del mismo modo, cuando la demanda se incremente, la rentabilidad de algunos de los productos no ofertados superará la de las letras de cambio, con lo que los distribuidores las venderán para invertir sus saldos de tesorería en encargar esos productos a los mayoristas. De este modo, los distribuidores compensan la menor rentabilidad estacional de su negocio con la mayor rentabilidad de anticipar el dinero a otros distribuidores mediante las letras de cambio.

A pesar de sus indudables ventajas, la letra de cambio ha sido denostada por la mayoría de economistas de todas las tendencias y épocas, desde David Ricardo, Henry Thorton o Lloyd Mints hasta Milton Friedman, Ludwig von Mises y numerosos austriacos actuales que defienden una reserva en oro del 100% para los depósitos bancarios (como Rothbard o Huerta de Soto). En su opinión el descuento de las letras reduciendo la cantidad de reservas ha de provocar necesariamente inflación.

El principal error que cometen todos los detractores de las letras de cambio es confundir las dos funciones del dinero: creen que las letras son instrumentos de crédito (como los bonos) cuando en realidad son instrumentos de compensación como hemos visto. No hay crédito implicado, porque las letras se emiten sobre bienes ya existentes y se utilizan para compensar deudas con créditos. Todo esto supone que los bancos pueden mantener en su cartera de activos una porción de letras de cambio; no es necesario que todo el dinero depositado se encuentre en forma de saldos de caja (reserva 100%), pero esto lo analizaremos en un próximo artículo.

Reliquias intelectuales

Pese a todo Hernández Arroyo mantiene su optimismo y su fe, envidiable, en tales instituciones. Y considera que el patrón oro es una ucronía, un término extraño para la institución monetaria que sí tuvo lugar en la historia y que funcionó razonablemente bien. Mejor, mucho mejor, que lo que haya funcionado jamás un banco central. Milton Friedman, que era liberal pero no era dogmático, escribió en su monumental historia monetaria de los Estados Unidos que "el funcionamiento ciego, no diseñado y casi automático del patrón oro resultó dar lugar a una regularidad y predictibilidad mucho mayor –quizás porque su disciplina fue personal e inescapable–, que lo que hayan conseguido el control deliberado y consciente de los acuerdos institucionales concebidos para lograr la estabilidad monetaria".

Baste como indicación de que efectivamente fue así la experiencia de Inglaterra. Si asignamos el número 100 a su nivel de precios en 1661 veremos no los superó más que en la última década del XVIII. Y que quitando la inflación de la guerra napoleónica el nivel de precios se mantuvo más o menos estable de nuevo hasta otra guerra, la de 1914. ¿Hay algún banco central que pueda presumir de una estabilidad como esta? Sólo de 1950 a 1975 el dólar perdió el 57 por ciento de su poder adquisitivo, como el franco suizo. El Deutshce Mark el 53 por ciento y la peseta el 82. El XX ha sido el siglo de la inflación, como lo ha sido del totalitarismo y de las guerras.

Porque, efectivamente, otra de las virtudes que le veo al oro es que funcionó como moneda universal y facilitó aquella globalización a la que jamás se le dio tal nombre, la que integró las economías europeas con América más Japón e India. Y coincidió con una era de paz en Europa como el continente, viejo y ajado de guerras sin fin, no había conocido. Quizás no sea mera casualidad. Pero Luis Hernández Arroyo recupera las categorías mentales de otro gran economista, Carlos Marx, al decir que el patrón oro fue instrumento del imperialismo de las potencias capitalistas y de las clases altas hasta que las bajas lograron acabar con él allá por los años 20. Aquí yo creo que se equivoca. Los debates para elaborar el informe Macmillan, que como el libro de Friedman son muy interesantes, parecen no reflejar ese estado de cosas. Cuando se sugirió a los sindicatos ingleses que se podía acabar con el patrón oro su respuesta fue de una inocencia encantadora, perdida para siempre: "Pero ¿es eso posible?". Difícilmente pudo ser una exigencia de la clase baja.

Hablar de la tesis de Einchengreen, seguidor de Keynes, acaso nos llevaría demasiado lejos para un humilde artículo. Pero es justo recordar que él sitúa el origen del problema en la Gran Guerra, cuando las naciones europeas abandonan el patrón oro. Y que el sistema monetario imperante cuando tuvo lugar la depresión no era el patrón oro, sino una curiosa combinación de dinero fiat y oro con banca central que se conoce como patrón intercambio-oro. Un sistema que, como decía Palyi, era lo suficientemente flexible como para dejarse manipular y lo suficientemente rígido como para no permitir la expansión crediticia por más tiempo. No fue el patrón oro como había funcionado hasta 1914 lo que fracasó.

Ya entrados en harinas de costales de este siglo, puede que sea fácil achacar a los tipos de interés demasiado bajos de antaño los problemas monetarios de hogaño. Es tan fácil, de hecho, que la idea ha sido expresada por muchos economistas puede que desde Cantillón. Quizá se pueda achacar a la manía de estos de explicar fenómenos complejos en los términos más sencillos posibles. Quizá puede que hasta sea cierto, como así parece en las crisis monetarias que conocemos desde 1819.

No es que sea falso, todo lo contrario, que como dice Hernández Arroyo "en el pasado los tipos estuvieron bajos, sí, pero luego subieron hasta los niveles actuales, que no son nada desdeñables". El problema aquí es que no se pueden compensar los primeros con los segundos. Porque cuando la Fed los fijó en el uno por ciento, el sistema crediticio reaccionó facilitando los préstamos baratos, como no podía ser menos. Y las empresas, con las nuevas facilidades, adaptaron sus planes al crédito barato. Como quiera que el capital no es como la plastilina, sino que es heterogéneo y complementario, y que una vez puesto en marcha para un proyecto no es perfectamente moldeable, una subida de tipos no puede compensar, sin más, las pasadas decisiones de empresas y bancos. Hay proyectos malos que se iniciaron sólo porque se favorecieron artificialmente por un crédito excesivo. Bien que los bancos centrales no son los únicos responsables, pero como reconoce el propio Hernández Arroyo su responsabilidad es enorme.

Es cierto, no seré yo quien lo niegue, que para llevar ciertas teorías a la práctica es necesario acudir a que "el Estado tiene el monopolio del legítimo uso de la fuerza" e incluso hacer de esa pretensión un argumento "incontestable". Y también lo es, cómo negarlo, que el patrón oro jamás necesitó de tales amenazas. Quizá, visto el legado de descomposición de la moneda, paro y estancamiento que ha acompañado a excesos por parte de los bancos centrales en los que el oro es técnicamente incapaz de incurrir, con la excusa de haber estrenado un nuevo siglo, sea este el momento de revisar ciertas teorías. Aunque parecieran dogmáticas y anticuadas allá por los años cuarenta.

Malas perspectivas para España

En Estados Unidos, la inversión en vivienda representaba aproximadamente el 6% del PIB y no están digiriendo muy bien su crisis. En España, aunque es difícil calcular el valor real, supera el 15% (hay estudios que apuntan el 20%). Aún no sabiendo nada de economía, es muy difícil imaginar que el declive de un sector con tanto peso en nuestra economía nos vaya a dejar igual que antes.

Desde 1997 el precio de la vivienda ha crecido más de un 140%, y a propósito, no entra en el cálculo del IPC. Una de las razones que han hecho posible esta espectacular subida ha sido la entrada de inmigrantes, el dinero barato o bajos tipos de interés y una revolución hipotecaria que sólo se ha producido en España, donde los bancos han apurado mucho sus márgenes. España es el país donde los diferenciales han sido los más bajos de toda la UE, junto a Irlanda. Si comparamos en promedios los diferenciales de una hipoteca española con una belga, por ejemplo, el porcentaje que los separa es del 20% a favor de la hipoteca belga. Además, España fue uno de los primeros países en alargar los préstamos hipotecarios a 30 y 35 años.

Todo esto a pesar que tenemos los gastos por compra de vivienda más altos de la UE, de los que más de tres cuartas partes son impuestos, como no podía ser de otra forma. Sobre una hipoteca de 135.000 euros y según la Federación Hipotecaria Europea, unos 11.000 euros se los lleva la administración. Así fomenta el Gobierno el acceso a la vivienda. Mucho discurso social, muchas promesas y luego nos mete la mano en la cartera como un vulgar charlatán.

La posible crisis a la que se enfrenta España, y la vivienda sólo es una parte de la amenaza, no se soluciona bajando tipos o impuestos en determinados sectores, como muchos apuntan. Bajar los tipos significa aplazar el problema y convertirlo en otro mucho mayor. Toda economía expansiva que vive de inflaciones crediticias (tipos bajos y abundante liquidez) necesita, por fuerza, contraerse debido a la distorsión entre rentas reales y precios. Los bancos centrales no son la solución, sino el problema. Bajar determinados impuestos, como el de la vivienda, para después subirlos en otra parte es un parche inútil que no arregla nada y distorsiona el funcionamiento sano del mercado.

La gran dificultad no es la vivienda, ni la baja productividad española, ni la continua merma de competitividad exterior o un mercado laboral anclado en teorías jurásicas. Las economías dirigidas por tecnócratas y redentores sociales con altos sueldos no funcionan y cíclicamente llevan a las mismas crisis. Sólo el mercado en plena libertad puede encontrar, sin dirigismo estatal, su propio camino. Le pondré un ejemplo que ocurrió este mismo miércoles. Lehman Brothers tenía su propia unidad de hipotecas subprime llamada BNC Mortgage LLC. Ante la crisis, la ha cerrado y ha despedido a su plantilla de 1.200 personas. La empresa ha dicho que "las condiciones del mercado han requerido substanciales reducciones… de recursos y capacidad en el nicho de las subprime". Lehman ha puesto fin a su crisis y ahora se dedicará a otra cosa que dé dinero y la gente realmente necesite. ¿Se preocupa por los 1.200 despedidos? En un mercado dinámico y relativamente libre estas personas volverán a estar colocadas en un periquete y en otro sector necesario y productivo. En España, debido a la burocratización y politización del mercado laboral y la economía, una crisis así sería insalvable y el desempleo generado sería crónico, creando pérdidas constantes a toda la sociedad.

Se nos avecinan negros nubarrones. Mintiendo y manipulando datos no se va arreglar nada. Ahora más que nunca nuestra economía necesita libertad de movimientos para ser más dinámica y moderna y poder adaptarse a las necesidades del momento. Los políticos son el mayor aliado de las crisis. El libre mercado es el remedio a ambos males.

Crisis de liquidez

Las empresas cuentan con el alma de la economía: proyectos productivos que, cuando se lleven a cabo, satisfarán los deseos más apremiantes de los consumidores y en cuya producción se utilizarán recursos robados a otros proyectos que no son tan urgentes. La diferencia entre los ingresos que vienen de cumplir esos deseos y los costes por haber puesto a su servicio ciertos factores productivos es el beneficio.

Pero para llevarlos a término necesitan capital. El ahorro se canaliza por los bancos hacia las empresas, que pujan por llevárselo e incorporarlo a sus proyectos. El precio que surge de ese mercado del capital es el tipo de interés. Solo que, ¡ay!, ese precio está manipulado por los mecanismos más complejos y sutiles que quepa imaginar por una institución relativamente reciente llamada banco central. También contribuye el sistema bancario que presta como si fuera capital lo que no lo es: depósitos y activos líquidos, cuya maduración no se corresponde con un proyecto a largo plazo.

El resultado es un interés más bajo que el que hubiera fijado el mercado. La señal indica que hay mucho capital ahorrado para invertir, pero no es más que un señuelo. En realidad no hay tanto ahorro para todos los proyectos puestos en marcha. En verdad, hay hipotecas que jamás se tendrían que haber concedido. Lo cierto es que prestar a largo plazo activos líquidos es un fraude de proporciones estelares.

Llega la crisis de liquidez, cuando todas las alarmas saltan y la realidad nos estalla en la cara. Para no afrontarla, BCE y Fed vuelven a abrir la espita. Pero llegará un punto en que tengan que elegir entre una inflación desbocada o permitir que se liquiden los malos proyectos. Entonces llegará la gran crisis.

El papel monetario (y civilizador) del oro

Richard Salsman en su libro Gold and Liberty señala que el papel monetario “oficial” del oro depende del sistema político imperante en cada tiempo y lugar. Cuando el papel moneda inconvertible no es avalado por leyes de curso forzoso y los poderes del Estado son limitados, el oro es reconocido oficialmente como dinero. Cuando el Estado goza de amplios poderes para manipular el signo monetario y el oro es hostigado más o menos abiertamente, el metal amarillo pasa a convertirse en refugio frente a la depreciación monetaria y eventualmente medio de cambio en economía sumergida. Sea como fuere, las propiedades monetarias del oro no desaparecen por mucha desmonetización de iure que los estados aspiren a establecer.

Decía Percy Greaves que “el oro será desmonetizado cuando las mareas obedezcan las órdenes de retirarse que les daba el rey Canuto”. En la actualidad, como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, la inmensa mayoría de la demanda de oro tiene como finalidad su atesoramiento, no su consumo. Eso es lo que le hace distinto de la práctica totalidad resto de bienes. El oro tiene una idoneidad objetiva para satisfacer las necesidades de acumular riqueza, intercambiar sin sufrir quebranto y calcular el beneficio o pérdida de las actividades con ánimo de lucro. Esta idoneidad objetiva que el mercado descubrió en el oro está en relación con las cualidades que posee: ser atractivo y precioso, escaso por persona, tener una altísima proporción stock/flujo anual, ser divisible, fungible, cómodo y barato de transportar y además no perecedero.

No se trata de que el oro tenga un valor intrínseco. Tampoco de que en torno a él exista una suerte de fetichismo místico o las reminiscencias de una bárbara reliquia. Se trata de que es objetivamente mejor dinero que el papel moneda inconvertible –que no es ni atractivo, ni precioso, ni tiene garantizada una alta proporción entre el stock existente y el flujo anual que se crea cada año y además es notablemente deficiente a la hora de conservar valor a través del tiempo. Su supuesto bajo coste de fabricación (y las ventajas de economía en el empleo de recursos) no tiene en cuenta los enormes costes para la economía que acompañan a su empleo en términos de coberturas por tipos de cambio y tipos de interés, la reducción ahorro, las burocracias de los bancos centrales, la proliferación de dinero caliente y su efecto desestabilizador, etc.

El economista sueco A. Okun expresó esta misma idea de otra forma: en el régimen de inconvertibilidad la conservación del valor de los ahorros depende de la especulación acertada y la sofisticación financiera. Cuando existe papel moneda no hay ancla estable de ningún tipo. Incluso el valor del oro se vuelve volátil a corto plazo según fluctúa la confianza en el papel moneda. El valor de los ahorros de la gente pasa a estar a merced de la actitud de los banqueros centrales, de los programas políticos, de la calidad de los activos y de las reservas sistema bancario, de la deuda pública flotante, de la estabilidad del estado y de sus cuentas, de la incertidumbre geopolítica. No es extraño que todo ello lleve a acrecentar la preferencia temporal eliminando uno de los principales factores de civilización como es la atención del largo plazo, a socavar las clases medias y a infantilizar a la gente que se vuelve hacia el Estado como supuesto salvador.

A atarse los machos

Y en esas estamos. Banco Central Europeo y Reserva Federal han "provisto de liquidez para facilitar el funcionamiento ordenado de los mercados financieros", como se ha justificado esta última, en ese lenguaje entre técnico y arcano que sugiere, pero que no dice nada. Ahora se dice que la Fed bajará los tipos y que el BCE y el Banco de Japón retrasarán su decisión de subirlos. ¿Qué ocurre? Los ciudadanos tenemos la sensación de que nos están guiando unos perros lazarillos. Y sus palabras, reconfortantes y vacías, nos llenan de inquietud. La palabra crisis comienza a musitarse en los mentideros y cuando la leamos en los periódicos con grandes tipografías ya será tarde. Sí. Se acabó la fiesta y volvemos a casa con la sensación de que, cuando nos despertemos, nos va a subyugar una terrible resaca. Menos mal que están el BCE y sus amigos ofreciéndonos una dosis más. Todavía podemos aguantar un poco. Seguimos en pie.

Ahora, con el mareo de la última dosis y el vértigo de la caída, miramos atrás para saber cómo hemos llegado a esta situación. Para que se haga una idea imagínese que un buen vecino, que merece su total confianza, se le acerca y le pide prestada una pequeña cantidad. "Por supuesto, cuenta con ello", le dices. Y preguntas: "¿para qué lo necesitas?". "Tengo que comprar una casa", te responde. No es que se haya visto temporalmente corto de fondos o que tenga una pequeña necesidad inmediata que no pueda atender. Se va a embarcar en uno de sus proyectos económicos más importantes de su vida y en lugar de haber ahorrado lo suficiente o pedir ese capital a otros ahorradores, pagando su precio correspondiente (préstamo a largo plazo y con incertidumbre), tira de pequeños préstamos a corto, más baratos, que va renovando una y otra vez.

¿No hay algo extraño en ese comportamiento? Sí. Es un fraude con todas sus letras. Un crimen económico mayúsculo que sólo ante el ignorante pasa por mera técnica financiera. Es el fraude que el sistema bancario ha adoptado como corazón de su negocio. Endeudarse a corto, captando nuestros depósitos, y prestarlo a largo plazo, para otorgarnos hipotecas. Nosotros entregamos liquidez y ellos prestan capital. Un juego malabar ante nuestras propias narices. Un engaño del que participamos igualmente.

Pero en la economía cada pecado crea su propia penitencia. Y llega un momento en el que las consecuencias del fraude se vuelven contra todos. Se han iniciado demasiados proyectos a largo plazo para los que, sencillamente, no hay ahorro suficiente. Hay que reconocer, cuanto antes mejor, el estado de cosas. Es necesario liquidar los malos proyectos, reconocer que muchos de los activos que tenemos no valen ni la mitad, sanear la economía y seguir adelante.

Pero a base de convertir liquidez en activos ilíquidos, los bancos se encuentran en situaciones comprometidas y piden ayuda a los bancos centrales, una de las instituciones más viles de nuestro tiempo. Cada nueva ayuda retrasa la penitencia, pero agrava el pecado y la pena. Privadamente lo único que nos queda por hacer es atarnos los machos, ahorrar para un futuro incierto y esperar que los ríos de tinta, sangre y lágrimas no nos arrastren.

A la CNMV le gustan los monopolios

Eso sin mencionar su manual dirigido, a lo que parece, niños de preescolar, "qué debe saber de los ‘chiringuitos financieros’". En el libro coloreado, el regulador caracteriza a las pequeñas empresas como bichos o magos, e incluso presenta a un comercial como el diablo.

Quienes no están familiarizados con el mundo financiero tienden a creer que organismos como la CNMV nos protegen de los estafadores. Es un tremendo error. La CMNV actúa como cualquier otro organismo del Estado, se presenta como el salvador de un grupo y, antes que nos demos cuenta, lo domina todo. Su forma de actuar es similar al que podría tener una mafia local en un pueblo o barrio, esto es, extorsionando a los comerciantes vendiéndoles seguridad. Si el comerciante no contrata la seguridad de la mafia, ésta se vengará. Con la CNMV ocurre lo mismo: o estás con ellos obedeciéndoles y pagándoles o estás contra ellos. Así: "la Ley 24/1988, de 28 de julio, del Mercado de Valores […] establece […] que los recursos económicos de la CNMV estarán integrados, entre otros, por las tasas que perciba por la realización de sus actividades o la prestación de sus servicios". Sí, prestación de servicios pero por la fuerza, como el mafioso de barrio.

Evidentemente, el encarecimiento de costes que crea la CNMV sólo se lo pueden permitir los grandes. Por tanto, sacrifica a los pequeños empresarios financieros para mantener el mercado limpio no de estafadores, que los sigue habiendo, sino de opciones para el inversor y el ahorrador. Como no, ahí está el único interés de la CNMV: mantener y reforzar los monopolios financieros. No es más que capitalismo de estado, o de "amigotes", el que gobierna hoy día en el mundo financiero.

Y es que el gigantismo en el mundo financiero nos parece inamovible, pero no siempre fue así. Muchos bancos actuales, europeos y americanos, fueron creados por personas corrientes como comerciantes o empresarios hace más cien años. En esa época no había tantas regulaciones ni el Estado estaba tan obsesionado como ahora por sacar dinero de donde fuese. Por ejemplo, el Banco de Santander se fundó en 1857 y contaba inicialmente con 13 personas en plantilla. En aquel momento los comerciantes de Castilla tenían que embarcar en Santander sus cereales rumbo a las Américas a cambio de diversos productos que sólo tenía ese continente. Esta fue la razón que impulsó la unión de comerciantes de la zona y creó lo que ahora es un gran banco. Ahora sería imposible hacer algo así. Es más, la CNMV lo habría considerado un chiringuito financiero con ramificaciones internacionales y estaría en su buscador de delincuentes. La regulación masiva sólo ha servido para crear cárteles financieros que impiden la competencia y se reparten el mercado entre ellos.

Las pequeñas empresas siempre han de demostrar que son mejores que las grandes, da igual que vendan hortalizas, zapatos o productos financieros. Estas pequeñas empresas no se juegan tener menores beneficios como las grandes, sino su existencia. En el mundo financiero, competir contra los grandes se puede conseguir con comisiones más reducidas, algo que hacen imposible los requisitos de la CNMV, u ofreciendo productos de mayor rentabilidad/riesgo. Si la comisión se empeña en cerrar todas las pymes financieras, ¿dónde está la competencia real y la libre opción? El monopolio en el sector está asegurado. Y encima, ¿sabría nombrarme algún logro de la CNMV en sus 20 años? Todo lo que envuelve a la comisión son escándalos, corrupción e ineficiencia.

Mercado monetario y mercado de capitales

La cualidad fundamental del dinero es la liquidez, esto es, su utilidad decrece muy lentamente cuando se incrementa su cantidad, lo cual permite acumularlo y enajenarlo en grandes cantidades con rapidez, certidumbre y a la par.

La liquidez se manifiesta de dos formas: en el espacio y en el tiempo. La primera permite saldar con rapidez, certidumbre y a la par las deudas ya contraídas, mientras que la segunda nos proporciona con certeza desde hoy liquidez especial en el futuro. En la terminología económica corriente solemos referirnos a estas dos manifestaciones de la liquidez como las funciones del dinero: medio de intercambio y depósito de valor.

En ocasiones las dos funciones del dinero coinciden en un mismo bien, por ejemplo con el oro. En otras, sin embargo, se han utilizado bienes distintos para cada una de esas funciones: en la antigüedad se utilizaba el ganado (pecus, de ahí pecuniario) como medio de pago y la sal (de ahí salario) como depósito de valor (el ganado perecía y no permitía liquidar deudas futuras con rapidez, certidumbre y a la par).

Estas dos funciones del dinero dan lugar a su vez a las dos causas por las que suele demandarse el dinero: para liquidar las deudas ya contraídas o para disfrutar de una situación que permita liquidar las deudas que puedan ir fijándose en el futuro. Y a su vez estas dos demandas permiten organizar dos tipos de mercados, conocidos generalmente como "mercado monetario" y "mercado de capitales".

En el primero los individuos tratan de proveerse con fondos para liquidar sus saldos deudores netos. Ya vimos que en la economía moderna la amplia mayoría de transacciones se realizan mediante trueque y el dinero sólo se utiliza para compensar las posiciones acreedoras netas. Puede ocurrir que el deudor neto no disponga en ese momento de los fondos dinerarios suficientes para pagar a su acreedor, pero sí de otros bienes casi tan líquidos como el dinero (por ejemplo, bienes de consumo muy urgentemente demandados que los consumidores estén dispuestos a intercambiar por su dinero ya que satisfacen directamente sus necesidades). En este caso, o bien pagará a su acreedor con una deuda respaldada por estos bienes (letra de cambio o pagaré) o emitirá una letra o pagaré contra sí mismo y lo descontará en el mercado monetario.

El descuento es la operación típica del mercado monetario: dado que esos bienes muy demandados están en la fase final de liquidación (y no se utilizan, por ejemplo, para acumular stocks) los mercados monetarios permiten anticipar los frutos de su venta futura a cambio de un precio (descuento). En otras palabras, son mecanismos que permiten compensar los saldos acreedores netos ante carestías momentáneas de dinero.

En el mercado de capitales, en cambio, se busca una provisión estable de fondos que permita ir saldando los distintos compromisos presentes y futuros que se vayan adquiriendo con los factores productivos. El objetivo es poder financiar operaciones que se encuentran en una fase muy alejada de su liquidación final. Por ejemplo, construir una nave industrial donde se producirán los ladrillos con los que se edificarán las viviendas que los consumidores adquirirán. El demandante de dinero en este mercado carece de bienes líquidos con los que pagar a sus acreedores (proveedores de factores productivos): no acude al mercado de capitales para anticipar ningún importe dinerario, sino para lograr generar una riqueza adicional en el futuro.

El préstamo o la adquisición son las operaciones típicas de este mercado: el demandante del dinero vende bonos (compromisos de devolución del dinero prestado más un interés) o acciones (cuotas de propiedad sobre la actividad desarrollada con el dinero que da derecho a una parte proporcional de los beneficios futuros).

El tipo de descuento que se aplica en los mercados monetarios se determina por la propensión a consumir de los individuos, esto es, la proporción de mi dinero que pretendo destinar al consumo. Cuanto más ávida por consumir sea una sociedad, los bienes de consumo se volverán tanto más líquidos (se convertirán en dinero con mayor rapidez, certidumbre y a la par) y por tanto el descuento para anticipar el importe dinerario futuro será menor.

El tipo de interés de los mercados de capitales se determina por la propensión a ahorrar, esto es, la proporción de mi dinero que pretendo destinar al ahorro. Cuanto más propensa a ahorrar sea una sociedad, más fondos disponibles habrá para quienes quieran utilizarlos en actividades productivas que maduran en el futuro y por tanto el interés será menor.

La preferencia temporal a consumir no es la complementaria de la preferencia temporal a ahorrar. El dinero puede quedar fuera de los circuitos de crédito mediante el atesoramiento. La moneda y los billetes o los depósitos a la vista en principio ni están dedicados al consumo ni al ahorro: son saldos de caja disponibles para aprovechar cualquier oportunidad de consumo o inversión. De ahí que el consumo pueda incrementarse (y el tipo de descuento disminuir) sin que disminuya el ahorro (y aumente el tipo de interés) y viceversa.

El descuento supone la pérdida de disponibilidad momentánea de una cantidad del bien más líquido a cambio de adquirir la disponibilidad de otros bienes ya existentes un poco menos líquidos. El préstamo o la adquisición implican la pérdida de disponibilidad temporal o permanente del bien más líquido a cambio de bienes futuros que aun no existen. Por ello (mayor plazo e incertidumbre) el tipo de descuento suele ser inferior al tipo de interés.

Sobre esta circunstancia se desarrolla el pecado monetario por excelencia: el arbitraje entre el tipo de descuento y el tipo de interés. O lo que es lo mismo, buscar una provisión estable de fondos durante un largo período de tiempo a través de letras de cambio y pagarés, beneficiándose del menor tipo de descuento.

La operación es un fraude absoluto que ya quien descuenta la letra o el pagaré no adquiere la disponibilidad financiera sobre ningún conjunto de bienes líquidos ya existentes. Se pretende financiar una actividad que vence muy a largo plazo con la continua renovación (roll-over) de deudas a corto. Sería como si los antiguos hubieran pretendido financiar la instalación de un circo romano a partir de un muy numeroso ganado de toros.

Los bancos suelen incurrir frecuentemente en estas operaciones: recurren a los depósitos a la vista (deuda a corto plazo) para financiar préstamos a largo (hipotecas). Se endeudan a corto para prestar a largo.

Las consecuencias de esta mezcla entre los dos han sido bastante estudiadas por la Escuela Austriaca: multiplicación de la deuda de mala calidad, progresiva iliquidez del sistema productivo y el resultante ciclo económico catártico.

Regresión en Zimbabwe

Luego le llegarían más sorpresas, menos para quien conoce antecedentes como la Alemania de los años 30. Ha pervertido la moneda, y la inflación, del 3.700%, hace que los precios sean lo único que suba en esa economía. Para detenerlos ha impuesto una rebaja por decreto y obliga a los comerciantes a vender a pérdidas. Como se resistían, ha lanzado a sus cachorros, que New Reds hay en todos lados, a ir de comercio en comercio convenciendo a los tenderos con el argumento más antiguo del mundo de que cumplan los deseos de Mugabe.

Tras de ellos, una turba de personas vacían las tiendas, comprando a precios falsos. Los mostradores vuelven a relucir como el primer día, antes de que llegaran los primeros productos. Los más ricos, incluso en sociedades tan pobres como Zimbabwe, se las arreglan, pero la gente de a pie se encuentra con que las tiendas dejan de tener lo que más necesitan. Los productos básicos sólo se pueden ver por televisión, y eso el que tenga corriente eléctrica.

Los comercios cierran o dejan de pedir, por no vender a pérdida. Le siguen sus proveedores. Hitler solucionó este problema militarizando las fábricas. Mugabe les amenaza, si no producen, con la confiscación, que la técnica la tiene ya muy depurada.

La sociedad se organiza al margen de lo que sólo un positivista seguiría llamando legalidad. Y lo hace en el mercado negro. Milagrosamente, el pan, la carne, el aceite que han abandonado los comercios reaparecen, a un precio varias veces el oficial, en el mercado informal.

Incluso hay una regresión en la división del trabajo y la economía es cada vez más sencilla. Vuelve la tracción animal, ante la falta de combustible. Las familias se convierten en improvisados agricultores. Hay historias condenadas a repetirse.

El “crimen de 1873”

En los Estados Unidos, desde su constitución como nación independiente, reinó el contradictorio sistema bimetálico. Alexander Hamilton fijó la denominación del dólar en 24,75 gramos de oro puro, y a la vez en 371,25 gramos de plata pura. De este modo, el dueño de los billetes de podría reclamar libremente la cantidad correspondiente de uno u otro metal, en una relación entre ambas cantidades de uno a quince.

De forma independiente al cambio oficial entre oro y plata, se fijaba en el mercado un mercado entre ambos metales, que se compraban y vendían libremente. Cuando el precio real coincidía con el cambio no surgía mayor problema, pero cuando difería se ponía en marcha la ley de Gresham, según la cual la moneda mala (sobrevaluada artificialmente por el cambio oficial) substituía a la buena (depreciada).

Así, por ejemplo, el precio plata dólar alcanzó en 1805 la relación 15,75:1, de modo que la relación artificialmente fijada en 15:1 depreciaba el oro frente a la plata. Así, la plata acudió al país, mientras que el oro se retiró del mercado y buscó lugares donde fuera más apreciado, y en parte hizo el camino opuesto de la plata, cruzando la frontera hacia fuera. La plata se impuso como patrón monetario. Su reino no duró más que unos años y ambos metales fueron ocupando respectivamente el papel de patrón en función del ratio entre su precio en el mercado y la relación entre los contenidos oficiales de oro y plata del dólar.

Así fue hasta 1873. Poco antes Prusia había ganado la guerra que libró contra Francia. Tenía grandes cantidades de oro, y le interesaba imponer el metal amarillo como patrón único, como de hecho se fue imponiendo en toda Europa. En Estados Unidos, al ver que la plata se iba desmonetizando en el Viejo Continente, y que perdía valor (una parte importante de su demanda era monetaria) decidieron seguir el mismo camino, prohibiendo el derecho privado de acuñación en ese metal. La medida pasó desapercibida en el momento, ya que se había vuelto a imponer el oro como patrón. No fue hasta después cuando se llamó a aquella violación de los derechos privados "El crimen de 1973".

Se creó todo un movimiento en defensa de la plata cuando ya era muy tarde. Pero ¿fue realmente un crimen el de 1873? Echemos en primer lugar un vistazo a la larga historia de las relaciones entre estos dos metales preciosos como dinero. Convivieron desde los orígenes de la civilización humana, con una relación entre ellos con una estabilidad sencillamente inconcebible en cualquier otra relación económica: 10:1 De modo imperceptible para la experiencia diaria, pero aprehensible a la mirada del historiador, la plata se fue depreciando hasta fijarse en 14:1 en la era moderna, y rondar el 15:1 a partir del XVII. Acaso esta estabilidad notable hiciera posible creer en un bimetalismo con una relación fija entre ambas monedas. En realidad, podrían convivir ambas, con denominaciones distintas y sin la necesidad de que el Estado impusiera un precio artificial entre ambas. Convivirían, manteniendo su secular estabilidad, y probablemente jugaran funciones complementarias, sin necesidad de que una se impusiera sobre otra.

Pero la convivencia en el mercado de dos monedas, con todas las ventajas que podría prestar a la sociedad, resultaría un estorbo para los eternos deseos inflacionistas del Estado. Esta es, a juicio de Antal Fekete, la verdadera razón del "crimen de 1873". Comentando sus ideas, Ferdinand Lips dice en su libro Gold Wars:

Una manipulación a gran escala del crédito era posible sólo si el Gobierno y el sistema bancario asumían el control sobre una de las monedas-metal. El primer paso en esta dirección fue la decisión de desechar el bimetalismo e introducir el monometalismo. Dado que la plata estaba mucho más distribuida entre la población, el control sobre la plata como medio de manipulación crediticia apareció, así, menos prometedora. En consecuencia, el oro se convirtió en el único metal monetario.

Rothbard, en Man, Economy and State decía:

Es imposible predecir si el Mercado habría continuado indefinidamente utilizando oro y plata o si uno se hubiera impuesto gradualmente sobre el otro como medio general de intercambio. Pues, a finales del siglo XIX, la mayoría de los países occidentales condujeron un golpe de Estado contra la plata, para establecer un patrón monometálico por medio de la coacción.

La lucha de los gobiernos contra nuestro dinero había dejado su primer cadáver en la cuneta.