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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Los orígenes de la crisis

Después del 11 de Septiembre, la Reserva Federal de EEUU comenzó a inflar la oferta crediticia para tratar de impedir una crisis económica. Los bajos tipos de interés, que llegaron a situarse en el 1% durante 2003, favorecieron que los bancos comerciales y otros agentes financieros tuvieran tanto numerario como para prestar incluso a individuos de escasa reputación y solvencia (subprime).

El proceso por el que se prestaba este dinero violaba los principios tradicionales de la gestión bancaria. Los bancos invertían en activos a largo plazo (créditos hipotecarios) los fondos que recibían en forma de deuda a corto (depósitos a la vista), con la esperanza de atender estas obligaciones a corto plazo reendeudándose en los mercados monetarios interbancarios.

La consecuencia fue una expansión brutal del crédito que, al filtrarse al mercado inmobiliario, generó un boom que se realimentaba: el crédito elevaba la demanda y los precios de la vivienda, estos precios más elevados permitían unas hipotecas más altas y una perspectiva de rentabilidad mayor, lo que a su vez se traducía en una mayor afluencia de crédito a este sector y, de nuevo, en precios más elevados. Durante esta orgía crediticia no se respetaron ni los procedimientos ni los protocolos de concesión de crédito: había tanta liquidez que se estaba dispuesto a comprar casi cualquier activo, por muy especulativo que fuera.

Sin embargo, con las subidas de tipos a partir de 2004 para tratar de detener la inflación y las nuevas burbujas de precios en la bolsa y la vivienda, numerosos prestatarios empezaron a experimentar dificultades para afrontar el repago de sus préstamos. A principios de 2007 esta situación se volvió crítica y comenzaron a encadenarse una serie de impagos masivos (defaults) en los préstamos subprime.

Estos defaults hundieron el valor de todos los créditos hipotecarios correspondientes, que se encontraban en el activo de los bancos o bien en el de otros instrumentos financieros estructurados (por ejemplo, las populares "obligaciones colateralizadas por deuda"). Dado que los bancos tenían que atender sus deudas a corto (entre ellas los depósitos, pero también la renovación del papel comercial) y que una parte sustancial de sus ingresos (pago de las cuotas hipotecarias) había desaparecido, se generó una crisis de liquidez. Además, tampoco podían liquidar sus activos subprime para captar fondos, ya que, como hemos visto, su valor se había hundido.

Fue en estos momentos cuando el Libor, el Euribor y en general todos los tipos de interés de los mercados monetarios se dispararon: los bancos afectados por la subprime necesitaban liquidez adicional (incremento de la demanda de fondos), y el resto no estaba dispuesto a proporcionársela, ante el temor de que no fueran capaces de devolverla (restricción de la oferta de fondos).

Se abría de este modo el temor a un pánico bancario, es decir, a que los depositantes acudieran en masa a retirar su dinero de los bancos y éstos no pudieran devolvérselo. En buena medida fue lo que sucedió con el británico Northern Rock, pese a toda la ayuda pública que recibió.

Los Bancos Centrales, en este punto, creyeron conveniente proceder con inyecciones masivas de liquidez para contener los tipos, y en buena medida lo han conseguido. Sin embargo, se trata de una medida abocada al fracaso: desde que comenzaron con esta masiva monetización de la deuda de mala calidad, el precio de casi todas las materias primas se ha elevado alrededor de un 20%.

El motivo es evidente. En la medida en que el dólar y el euro siguen perdiendo valor, los inversores huyen hacia valores "seguros". La vivienda ya no puede actuar como refugio, y la bolsa está demasiado sometida a una coyuntura incierta. El único recurso son las materias primas, como el oro, el petróleo, la plata o, en menor medida, los cereales.

Esta elevación de los precios de las materias primas, que ya se está percibiendo incluso en la economía doméstica (véanse las frenéticas subidas del IPC de los últimos meses), da lugar a nuevos riesgos. Por un lado, la renta disponible de las familias disminuye, con lo que su capacidad de repago de las hipotecas (incluso de las que no son subprime) también cae. Por otro, los costes de las empresas con productos más prescindibles aumentan sin que aquéllas puedan repercutirlo en los precios; es decir, que sus márgenes de beneficios se estrechan.

Muchas de estas empresas habían acometido importantes inversiones durante los últimos tiempos (una de las más populares fue la recompra apalancada de acciones) con cargo al endeudamiento, tanto bancario como vía emisión de bonos. El default en este mercado situaría a los bancos y a otros inversores en una situación aún más grave que la del pasado mes de agosto.

Pero ni la Fed ni el BCE pueden dar marcha atrás en sus inyecciones de liquidez sin que los tipos en el mercado monetario vuelvan a dispararse: los bancos siguen desconfiando unos de otros, ya que todos coinciden en que las pérdidas por las subprime aún no están plenamente reconocidas ni provisionadas.

A menos que todos los implicados estén dispuestos a asumir como propias las pérdidas de sus excesos y los Bancos Centrales detengan su política inflacionista de expansión del crédito, el dinero fiduciario e inconvertible va camino del repudio total. El dólar no podrá resistir un envilecimiento mayor: los países del Golfo Pérsico y China ya se están planteando disminuir sus reservas de dólares, ante su rampante pérdida de poder adquisitivo. Si ello sucediera, la inflación y los tipos de interés en EEUU se dispararían.

España no está exenta de todos estos peligros. En la medida en que los precios de las materias primas y los tipos de interés repunten, podemos comenzar a ver incrementos preocupantes en la morosidad de las hipotecas y de las empresas (en un año, los impagos de empresas se han incrementado un 11,4%, y Euler Hermes espera un incremento del 50% para 2008), lo que reproduciría la crisis vivida en julio y agosto en EEUU, con la diferencia de que en nuestro país no tenemos los activos diferenciados entre primes y subprimes.

Los problemas inherentes al dinero fiduciario de curso forzoso no tienen remedio. Si queremos evitar crisis como la que se avecina, la única solución pasa por un giro de 180 grados en el sistema monetario internacional: en lugar de estar basado en las emisiones monopolísticas de los Bancos Centrales, ha de dar cabida a la competencia entre divisas privadas, emitidas por los bancos comerciales.

De este modo regresaríamos, muy probablemente y de manera espontánea, a un patrón oro internacional, que pondría coto a las expansiones crediticias insostenibles y a las malas inversiones generalizadas. Pero para ello la profesión económica debe reconocer su responsabilidad intelectual por haber dado apoyo a casi un siglo de doctrinas nefastas y anticientíficas, ya sea por pura ignorancia o por pura alianza con el establishment político, y regresar a principios monetarios liberales. En caso contrario, los políticos, al estilo de los monarcas absolutistas, seguirán reteniendo el poder de envilecer la moneda con el respaldo de teorías económicas caducas.

Crisis económica e intelectual

Muchos parecen creen que nuestro sistema monetario está manejado por Dios. No hay margen para el error y mucho menos para la calamidad. Del 29 para acá la ciencia económica, y en especial la monetaria, ha avanzado tanto que las autoridades monetarias no permitirán que una tragedia de aquel calibre se repita. Y sin duda alguna pueden lograrlo: una vez terminada con "la dictadura del oro", puede implementarse sin restricción alguna las políticas financieras racionales que Occidente necesita.

Desde el Observatorio de Coyuntura Económica ya habíamos analizado algunas de las consecuencias que la ruptura de Bretton-Woods tuvo para las divisas nacionales, en concreto, haber perdido su valor en más de 20 veces frente al oro. Con todo, este intenso envilecimiento de la moneda es sólo una parte de los problemas que el dinero fiduciario de curso forzoso está causando.

El otro, tanto o más nocivo, es el alargamiento temporal de los procesos de expansión crediticia, con la necesaria consecuencia de un agravamiento de las subsiguiente crisis. Precisamente a analizar este otro punto hemos dedicado nuestro nuevo estudio en forma de boletín trimestral, donde examinamos de manera bastante detallada la génesis, el desarrollo y las repercusiones de la famosa crisis subprime.

Se trata a todas luces de una crisis económica y monetaria pero también de una crisis intelectual de primer orden. La expansión crediticia de los bancos centrales no sólo afluyó a financiar a deudores de escasa solvencia (subprime) sino también a economistas subprime que han hipotecado nuestro futuro, al contar con una formación del todo inadecuada para enfrentarse a la crisis. Son hijos intelectuales de un keynesianismo perfeccionado por las enseñanzas monetaristas cuyas teorías están abocadas, al igual que las hipotecas subprime, a la quiebra total.

La marginación profesional y académica de la Escuela Austriaca y de los teóricos de la liquidez no sólo ha pervertido la ciencia económica hasta transformarla en una parodia de lo que debería ser, sino que ha eliminado cualquier herramienta analítica que permitiera prevenir y comprender los acontecimientos actuales. ¿Qué clase de expertos tenían contratados las agencias de calificación para que se vieran sorprendidos por la fuerte correlación entre los defaults hipotecarios? ¿Qué tipo de directores de financiación tenían las empresas que les aconsejaron incrementar su exposición a los tipos de interés a corto plazo? ¿Qué profesores tienen las universidades como para que casi nadie esperara la crisis y para que muchos se nieguen aun a reconocerla?

Se me dirá que estos economistas han sido colocados en sus puestos por el mercado y que, si el mercado es eficiente, esos economistas serán mejores que los austriacos. Pero no, el mercado no tiene por qué ser eficiente ni tiene por qué tener razón, sobre todo cuando media la intervención del Estado. El mercado no es más que la suma de las decisiones de los individuos y los individuos se equivocan; en ocasiones se equivocan mucho y en masa, a eso llamamos ciclo económico.

Estamos avanzando hacia la crisis más dura que hayamos vivido en los últimos 30 años, entre otros motivos por la inanidad de unos modelos teóricos voluntariamente irreales que, como tales, son del todo inútiles. La profesión económica debe realizar una catarsis intelectual y desechar casi un siglo de doctrinas a cada cual más aberrante.

Es hora de sustituir a Keynes, Friedman, Lucas o Minsky por Hayek, Palyi, Mises o Fekete. En caso contrario, los demagogos y oportunistas aprovecharán la incapacidad de los economistas mainstream para incrementar el poder político: en el 29, la expansión sin límites del mercado bursátil pronosticada por Fisher provocó tanto el fin del laissez faire keynesiano como el New Deal de Roosevelt. Casi 80 años después seguimos pagando las consecuencias de una profesión económica desconcertada y sin recursos ante la crisis.

Los riesgos de que vuelva a suceder son motivo suficiente para sacar este y muchos otros boletines donde hagamos un seguimiento exhaustivo de la crisis. Es importante divulgar las causas reales y proponer alternativas útiles, mientras el resto de economistas sigan desacreditando su tarea al hacer buena la frase de que "explican mañana por qué se equivocaron hoy".

Latrocinio inflacionista

La pérdida de poder adquisitivo del euro y, por extensión, de los salarios reales en Europa ya no es una sensación sino una desagradable certitud. En España no vivíamos un incremento tan fuerte desde 1988. En tan solo un mes se ha incrementado en nueve décimas (de un 2,7% a un 3,6%) la tasa de inflación interanual.

Hace ya 398 años, Juan de Mariana explicaba con claridad que la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos debida a la inflación es responsabilidad de quienes monopolizan la política monetaria. Con el envilecimiento de la moneda, decía el jesuita, “las mercadurías se encarecerán todas en breve en la misma proporción que la moneda se baja”. “No decimos aquí sueños sino lo que ha pasado en estos reinos todas las veces que se ha acudido a este” recurso.

Lo mismo ocurre cuatro siglos más tarde. En lo que va de año, el precio de la cebolla ha subido un 22%, el del pollo un 18,31%, y el de los huevos, un 10,38%. Pero, además, en agosto tiene lugar un punto de inflexión en el que se disparan los precios de la mayoría de las materias primas. Entre agosto y finales de octubre el precio del trigo ha subido aproximadamente un 7,2%, el del algodón un 11%, el de la plata, un 20,4%, y el del petróleo, un 31,7%. El aumento espectacular de numerosos precios desde el mes de agosto no es una casualidad. Ése fue el mesen el que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo inyectaron enormes cantidades de liquidez en los mercados para tratar de retrasar el estallido del alud de malos créditos que ellos mismos han provocado con su prolongada política de expansión crediticia sin respaldo en el ahorro, popularmente conocida como políticas de dinero barato.

Precisamente a esas cantidades de numerario inyectadas y a esa mala calidad del crédito es a lo que aludía el escolástico de Talavera cuando afirmaba que “no hay duda, sino que en esta moneda concurren las dos causas que hacen subir las mercadurías, la una ser, como será, mucha sin número y sin cuenta, que hace abaratar cualquier cosa que sea, y, por el contrario, encarecer lo que por ella se trueca; la segunda, ser moneda tan baja y tan mala que todos la querrán echar de su casa, y los que tienen las mercadurías no las querrán dar sino por mayores cuantías”.

Políticos intervencionistas

En efecto, esto último también está pasando ahora. La gente no quiere quedarse con el dinero ni por asomo y trata de depositarlo lo antes posible en materias primas o en bolsa (la vivienda ya no está para bromas).

En este punto advertía Mariana que “el Rey querrá remediar el daño poniéndole con poner tasa a todo, y será enconar la llaga”. Bueno, hoy en día los precios tasados no están de moda ni entre los políticos intervencionistas. Pero el Gobierno hace lo que puede. Por un lado, la vicepresidenta anima a los ciudadanos a “acudir a los Servicios de Defensa de la Competencia para denunciar cualquier situación que ellos consideren abusiva”, mientras que el presidente de la Comisión Nacional de Competencia advierte de que investiga a las empresas de alimentación por si estuvieran alentando subidas de precio.

Se nos venda como se nos venda, la pérdida de poder adquisitivo que padecemos es, como decía el autor del Siglo de Oro, un “infame latrocinio” orquestado por los modernos monarcas y sus allegados, que son quienes habrán sacado tajada cuando el país se haya empobrecido.

Se cae el tinglado y el Gobierno lo celebra

Pocos ahora siguen negando la crisis que se avecina y es que los meses inmediatos pintan mal. En este último mes de octubre, productos como la leche han subido más de un 8%, el café se está pagando en el mercado Liffe de Londres a 2.488 dólares la tonelada, su precio más alto desde 1997, la industria de las conservas ya ha dicho que subirá sus productos un 20% para evitar el colapso empresarial y otros productos cotidianos como el pan han subido en lo que va de año un 17%. Dice ZP que la última subida de la inflación no es culpa del Gobierno. En parte es cierto, pero todo el mundo pensaba que la función de un dirigente político cuando ocupa tan alto cargo es mantener un buen nivel de vida para sus ciudadanos y no limitarse a arreglar los destrozos que el propio Gobierno hace cada día. Algo que, a propósito, tampoco está haciendo. A la vista está que la única función real del Estado es hacernos la vida imposible y encima con nuestro dinero.

Pero no todo es tan malo como parece. Los políticos ya han encontrado una solución para hacer frente a la crisis y posible pérdida de poder adquisitivo: se van a subir el sueldo hasta 6.000 euros más. Ajenos a que los precios suben para todos, los políticos también han decidido duplicar el precio del agua hasta 2010. Culparán a la UE de tal medida, pero lo cierto es que hacía años que los burócratas españoles tenían el plan de la Unión en la mesa y no han hecho absolutamente nada hasta ahora para adaptarlo progresivamente al mercado. Además, el 1 de enero entra en vigor la nueva ley de calidad del aire que incorpora un impuesto ecológico para los coches que, contrariamente a lo establecido al principio, no penaliza los vehículos de gran cilindrada, sino a todos aquellos que violen unos supuestos criterios medioambientales. Otra excusa para recaudar más. Esto, junto con que el mercado del automóvil no está para tirar cohetes, ha disparado todas las alertas de este sector y el año que viene se prevén fuertes despidos en la industria automovilística, así como cierres de pequeños proveedores industriales. Para colmo, un reciente informe de BBVA nos dice que para el 2008 llegaremos a perder 80.000 puestos de trabajo en el sector de la construcción.

Todo y así, nos podemos dar por aliviados porque, según el presidente del Gobierno, la Bolsa sube gracias a su labor. No habría sido ZP muy buen analista bursátil. El Ibex 35 no refleja la evolución de la economía española, sino de 35 empresas. Es más, en el último rally alcista sólo unos pocos valores, sobre todo Telefónica y Santander, han sido los que realmente han tirado del selectivo. Ambas han representado estos días hasta una tercera del volumen total de negocio. Es más, ha habido días donde sólo la fuerte revalorización de Telefónica ha representado hasta el 80% de la subida del Ibex. No es ZP quien ha hecho subir la bolsa en este segundo semestre, sino Telefónica; si nos empeñamos en personalizar, el responsable ha sido Cesar Alierta, el presidente de la compañía.

Decía Francesc Cambó que hay dos maneras seguras de llegar al desastre: una, pedir lo imposible y otra, retrasar lo inevitable. Zapatero está haciendo ambas, prometer lo imposible para comprar votos y retrasar con palabras algo que ya tenemos encima. Los datos no mienten por más que ZP lo haga "con una sonrisa".

De inflación, hormigas y cigarras

El tiempo es un medio escaso que economizamos en el transcurso de nuestras acciones. Así, cuando nos planteamos un determinado objetivo, preferimos alcanzar éste antes que después, ya que no disponemos de todo el tiempo del mundo. Estancarnos con un proyecto determinado nos impediría proponernos nuevas metas.

Desde un punto de vista psicológico, el tiempo se revela subjetivamente más escaso conforme las personas maduran. El discurrir del tiempo lo sentimos (valoramos) de manera distinta con el paso de los años: es sin duda más apremiante cuando llegamos a edades más avanzadas. Un niño casi nunca se agobia por cumplir años; de hecho, está deseoso de ser "mayor".

Bien es sabido que sociedades y culturas reaccionan de manera distinta ante la problemática del tiempo. Ya sea por motivos religiosos, por una ética de trabajo transmitida de generación en generación, etc., lo cierto es que existen muchas comunidades (asiáticos, judíos, puritanos…) que prefieren posponer gratificaciones en el corto plazo para obtener mayores recompensas en el futuro. En la terminología empleada por el economista Böhm Bawerk, esta gente estaría manifestando una baja preferencia temporal. Por el contrario, quien actúa para satisfacer necesidades presentes sin tener un horizonte temporal amplio, estaría revelando una alta preferencia temporal.

Hay que tener en cuenta, ya estemos analizando desde una perspectiva psicológica o económica (praxeológica), que al ser humano le cuesta mucho esfuerzo renunciar a satisfacciones presentes a cambio de recompensas futuras. Sólo lo hará si el premio ulterior es tal que mejore con creces aquello a lo que ha tenido que renunciar en todo ese proceso.

En cualquier caso, esta costosa renuncia tiende a redundar en un gran empuje civilizador no sólo desde un punto de vista social o moral, sino económico: mayor ahorro, mayor capital en la economía y alargamiento de estructuras productivas sin las que no habrían surgido, entre otros, avances científicos y técnicos en los campos de la medicina, el transporte o la mejora de las condiciones laborales.

Que una sociedad entera manifieste una preferencia temporal alta tiene consecuencias desastrosas para la supervivencia y desarrollo de dicho grupo humano. Para verlo con claridad basta llevarlo al extremo. Si nadie planifica hacia el futuro (disculpen el pleonasmo), si no se ahorra y se consume toda la riqueza presente, indefectiblemente nos encontraremos ante un paisaje maltusiano: la presión de la población sobre los recursos sería tan fuerte que los pocos bienes que encontráramos útiles los "agotaríamos" sin remisión. En un panorama gris como el expuesto, los individuos (casi depredadores) rivalizarían, por ejemplo, por la madera de los árboles como fuente de calor; y no invertirían (lo que es equivalente a posponer una gratificación) en reforestar o en descubrir y poner en producción medios alternativos con los que procurarse dicho fin (carbón, petróleo…).

Un interesante estudio sociológico consistiría en indagar qué elementos hacen que los grupos humanos presenten pautas de comportamiento favorables a horizontes temporales más o menos largos. Pero sin necesidad de salirnos de la economía, podemos identificar un factor clave en la manifestación de comportamientos con elevada preferencia temporal, con los perniciosos efectos que ha conllevado en aquello que no se ve: la temida inflación.

A priori, puede parecernos que la perseverancia, la espera y la futura recompensa nada tienen que ver con la inflación. A menudo se habla en economía de "incentivos" y, más concretamente, de incentivos institucionales. El saqueo, el fraude o el engaño, en definitiva, la falta de mecanismos de defensa de los derechos de propiedad, sabemos que no fomentarán procesos de ahorro e inversión como los descritos arriba. En tales casos, ¿cuál será el premio que compense la espera en las gratificaciones? Ninguno.

Con los procesos inflacionarios pasa algo semejante. Sin entrar en los evidentes episodios de hiperinflación, nos centraremos en aquellos que se derivan del abaratamiento de las condiciones de crédito por debajo de los niveles de ahorro de la sociedad.

El ejemplo de España nos ayudará a comprender mejor cómo esta expansión crediticia altera la preferencia temporal de los individuos por una doble vía. Cuando se producen fenómenos inflacionistas marcados, el dinero pierde capacidad de compra con mucha velocidad. Los precios de los inmuebles, por ejemplo, han subido con crecimientos anuales de más de dos dígitos. Sin duda, quien haya optado por ahorrar frente a comprar, quien haya optado por la prudencia –considerando que no tenía aseguradas aún sus rentas salariales futuras–, a la postre ha sido "un primo". En procesos inflacionistas, el dinero quema entre los dedos. Pierden los ahorradores y ganan los que se hallan fuertemente endeudados. Fomenta el gasto frente a la prudencia y el ahorro.

La segunda vía tiene su origen en el llamado efecto riqueza. Es más, el motivo por el que los gobiernos ponen en marcha políticas de crédito barato es precisamente el de crear este efecto riqueza (especialmente, en el sector industrial), pese a que, por la teoría del ciclo, sepamos que conduce a una distorsión en la estructura productiva del país, a expansión y crisis. Pero ¿por qué nos sentimos más ricos y en qué medida afecta esto a nuestras decisiones prudentes de previsión y ahorro?

Respondiendo a la primera pregunta, confluyen simultáneamente varios factores: los bajos tipos de interés no sólo son aprovechados por la industria, sino por los consumidores: relajando las condiciones de concesión de crédito y con tipos bajos, tenemos mayor capacidad de compra y tomamos decisiones de inversión creyendo que siempre se mantendrán los tipos a esos niveles reducidos.

Por otro lado, la expansión crediticia llega en primer lugar a una o varias industrias (en España al sector de la construcción) distorsionando los precios relativos. Es decir, se produce una escalada de precios en un determinado activo (inmuebles, financieros), lo cual hace que, de la noche a la mañana, los poseedores de dichos bienes y los que los adquieren al iniciarse la vorágine inflacionista, ven incrementada su riqueza de forma notable. Por las mismas, el hecho de que una industria esté cosechando beneficios espectaculares (que parece nunca van a acabar) hace crecer la pelota: cada vez más crédito y mayor inversión se dirigen hacia dicho sector revalorizándose aún más los activos.

Esto sin duda nos proporciona la tercera respuesta de por qué nos sentimos más ricos. No sólo al individuo de a pie le quema el dinero entre los dedos, no sólo ha visto revalorizar sus activos si los poseía ya o se ha endeudado al principio, sino que además en estas épocas alcistas, donde hay sectores industriales muy fructíferos, tienden a reducirse el paro y a incrementarse las retribuciones salariales. De nuevo, nos sentimos más ricos.

Deliberadamente, he empleado en varias ocasiones la frase "sentirnos más ricos". Y con ello respondemos a la segunda parte de nuestra pregunta: en qué medida el efecto riqueza afecta a nuestras decisiones de consumo. Si bien están muy influidas por el elemento cultural (valores familiares, religión…), este "dinero fácil" nos hace introducirnos en un terreno resbaladizo, entre psicológico y económico. Dar un "pelotazo" de un día para otro y convertirnos en "nuevos ricos" puede distorsionar nuestra idea de cómo se crea riqueza (no olvidemos que a un boom crediticio de estas características le sigue un crash). Viene a ser como si nos tocara el premio gordo: ¿ha sido suerte? ¿Ha sido por ser el más listo del barrio? ¿De dónde procede esa riqueza repentina (similar a la de aquellos futbolistas o boxeadores que se ven sobrepasados por fama, poder y dinero)? Esta sensación de que la riqueza no proviene de perseverar o de haber ideado y puesto en marcha un plan exitoso con el que satisfacer necesidades de otros, puede empujarnos claramente a no valorar la dificultad que se deriva de una creación de riqueza "más sana", esto es, no inflacionista.

Hemos dicho al principio que posponer gratificaciones requiere un esfuerzo al que se accede por una recompensa futura mayor. Para qué posponer nada si el maná cae del cielo hoy, ya mismo, y sin esfuerzo. Los incentivos se ven rotos por muchos frentes, como se ha visto. Aunque nos hemos centrado en los económicos, estos efectos también son sociales, como estamos experimentando ya en España.

La fobia contra el oro

El informe también pone de manifiesto la pésima labor que han venido realizando los Bancos Centrales a la hora de evitar la continua depreciación de las monedas que gestionan en régimen de monopolio. Desde 1973, la peseta y, luego, el euro han perdido su valor más de 23 veces con respecto al oro; se trata de una increíble depreciación del 95%, que en cualquier otro sector económico significaría la quiebra más absoluta.

Aun así, muchos economistas teóricos, adormecidos por los cantos de sirena de los dos enfants terribles del siglo XX: John Maynard Keynes y Milton Friedman, y por los estudios monetarios financiados en buena medida por los Bancos Centrales, se resisten a reconocer la superioridad del oro sobre el dinero fiduciario de curso forzoso. Para ello recurren a una serie de argumentos, a cuál más ingenuo.

El oro no es un dinero científico

El primer argumento contra el oro es que se trata de un dinero que surgió casi por accidente y, por tanto, no es el mejor posible. Una vez la profesión económica ha desarrollado modelos teóricos más avanzados, podemos encaminarnos hacia formas monetarias más científicas y eficientes.

Sin duda, se trata de una crítica que refleja un sesgo típicamente ingenieril y socialista. Hayek ya nos advirtió de que muchas veces las instituciones que surgen de manera espontánea recogen una enorme cantidad de información dispersa que ninguna mente individual es capaz de procesar y comprender. En otras palabras: puede haber partes de una institución que no comprendamos o que estemos comprendiendo mal, y, partiendo de esa información errónea, podemos adoptar reformas inconvenientes.

Con el oro sucede algo similar. La teoría monetaria que se ha venido desarrollando durante el siglo XX se ha basado en modelos absurdos y equivocados. Los escritos pioneros de Carl Menger sobre la liquidez se han abandonado por simplezas como la ecuación cuantitativa del dinero.

El oro no es un dinero como otro cualquiera: es el mejor que hasta la fecha han descubierto los agentes económicos, dado que tiene una serie de propiedades cuasi únicas: es fácil de transportar, almacenar y conservar; es divisible, dúctil, maleable, y no se corroe; es relativamente escaso; es homogéneo; es difícil de falsificar (incluso, o especialmente, por los gobernantes); es imperecedero; es un metal precioso internacionalmente reconocido…

Muchos creen que el patrón oro es tan arbitrario como un patrón cobre o un patrón café. Quienes tal cosa sostienen muestran una completa ignorancia monetaria. Aparte de las cualidades arriba mencionadas, el oro tiene una relación stock/flujo muy elevada: alrededor de 80. Esto significa que el stock actual es 80 veces superior a su producción anual, por lo que se necesitan 80 años para doblar la cantidad existente de oro. En el caso de los bienes agrícolas, esta relación está alrededor de 1; esto es, cada año se reproduce todo el stock del año anterior.

Adoptar un patrón monetario con una baja relación stock/flujo implicaría variaciones anuales muy grandes del valor del dinero, en función de si se produce más o menos. Esta inestabilidad impediría ahorrar en esa moneda, ya que la riqueza individual dependería de factores coyunturales. En cambio, la producción anual de oro no supera el 2% de su stock acumulado. Su valor no varía ante incrementos tan pequeños.

El oro ya ha sido desmonetizado

Otro argumento bastante utilizado por los orofóbicos es que, si bien el oro era dinero hace cien años, hoy ha dejado de serlo. De nuevo, en este caso muestran una gran estrechez de miras sobre los fenómenos monetarios.

El dinero cumple dos funciones esenciales: es un medio de cambio y un depósito de valor. Es cierto que el oro ha dejado de emplearse en buena medida como medio de cambio; sin embargo, en buena medida también ocurría esto durante el siglo XIX, ya que muchas transacciones se realizaban en billetes respaldados por oro pero no en oro propiamente.

Ahora bien, ¿ha dejado el oro de actuar como depósito de valor? En parte sí, pero a un coste muy elevado. Quienes atesoran el valor en moneda nacional sufren continuas pérdidas de poder adquisitivo, como acredita el informe del Instituto Juan de Mariana. Otros, más avisados, han atesorado el valor en otros instrumentos, como los títulos de renta variable, los inmuebles o las mercancías (cobre, hierro, petróleo, etcétera). Mientras los ahorros se canalicen a la bolsa y los empresarios los utilicen diligentemente para lograr grandes rentabilidades, no existen tantos problemas (salvo que la mayor volatilidad del mercado excluye a los legos de participar en él); ahora bien, cuando los ahorros se canalizan al mercado de mercancías o de inmuebles, les añaden una prima a sus precios y encarecen los costes empresariales o de la vivienda en propiedad, como ya ocurriera durante los años 70 y está ocurriendo hoy mismo.

De todas formas, pese a lo que muchos creen, el oro sí sigue utilizándose como reserva de valor. Entre 1956 y 2007 la producción de oro no ha tenido precedentes: unos 90.000 millones de dólares, más de lo que se había producido durante milenios hasta 1950. ¿Dónde han ido a parar esa ingente cantidad? ¿Acaso a la joyería? No, ha sido adquirida y atesorada por millones de inversores que buscan cubrirse de la pérdida de valor de las divisas nacionales. Es una situación paralela a la de los últimos días de Roma: en medio de la inflación, el oro y la plata desaparecieron… y anticiparon el colapso del Imperio.

El oro agrava las crisis económicas

Hemos dejado para el final uno de los argumentos más utilizados contra el oro. Básicamente sostiene que, dado que la cantidad de este metal es inelástica, las crisis económicas no pueden se contrarrestadas con una política monetaria expansiva. El ejemplo más gráfico fue la Gran Depresión de los años 30.

No hay espacio aquí para exponer todos los errores que contiene este argumento. Básicamente, hay que tener en cuenta que las políticas monetarias expansivas no son la solución, sino la causa de las crisis económicas. El que los Gobiernos se encuentren maniatados quita posibilidades de que esas crisis se produzcan, o de que, si llegan a producirse, cobren una mayor gravedad.

Es absurdo pretender que un proceso generalizado de mala inversión empresarial puede solucionarse imprimiendo más papelitos. En esos momentos el único remedio válido es incrementar el volumen de ahorros para permitir una liquidación más rápida de las malas inversiones. El oro promueve este mayor ahorro al incrementar los tipos de interés; el dinero fiduciario, con sus inyecciones de papel y sus reducciones de tipos, reduce los incentivos al ahorro y favorece un nuevo endeudamiento y ciclos de malas inversiones que, además, repercuten en inflación. Dicho de otro modo: el oro cura rápidamente las crisis sin destruir la moneda. El dinero fiduciario las alarga y las agrava envileciendo el dinero, como ya demostró la crisis de los 70, que tantos se empeñan en ignorar.

Pero es que, además, es falso que durante los años 30 existiera el patrón oro. Cualquier libro de texto habla de patrón de cambios oro (o patrón divisa oro). Las diferencias son mucho más grandes de lo que el nombre permite deducir. Bajo el patrón divisa oro, los Bancos Centrales continentales podían imprimir billetes que no estuvieran respaldados por oro, sino por libras esterlinas o dólares. En otras palabras: cuando el Banco de Inglaterra inflaba la oferta monetaria, los Bancos Centrales de Francia y Alemania podían inflarla a su vez. Y los préstamos concedidos por EEUU a los países centroeuropeos podían reinvertirlos éstos en los mercados yanquis y emitir moneda nacional respaldada por los activos adquiridos.

Además, el Banco de Inglaterra limitó la convertibilidad de las libras en oro al establecer un "patrón lingote oro". Sólo quien dispusiera de unos 2.000 dólares de la época podía retirar oro, lo que facilitaba enormemente la colocación de nuevos billetes pequeños entre las masas.

Todo esto dio lugar a una seria falta de liquidez de los sistemas bancarios europeos, que terminaron por colapsar. No fue el patrón oro el causante, sino la expansión crediticia permitida por el abandono de facto del patrón oro.

Conclusión

El patrón oro es la única alternativa de estabilidad que tenemos a nuestro alcance. Los mitos anti oro han venido gestándose durante todo un siglo a manos de los intervencionistas monetarios. Hemos mencionado tres, pero hay muchos más: los que hablan de desajustes sistémicos de la balanza comercial, de tendencia a la deflación, den escasez estructural de oro, de incidencias negativas sobre los salarios… En cualquier caso, resulta curioso lo que nos ofrecen como alternativa los intervencionistas monetarios: una moneda que pierde continuamente su valor, que desestabiliza los tipos de interés y el precio de toda clase de activos y commodities y que incrementa el poder del Gobierno. Todo un éxito.

El oro y la peseta

Tomando la relación por el lado del dólar se podría decir que en realidad lo que cae es el billete verde, pero lo cierto es que el oro está ganando posiciones contra todas las monedas importantes, y el euro no es la última de ellas.

Recientemente el Instituto Juan de Mariana ha sacado un informe que se plantea qué hubiese pasado si se hubiera ligado la peseta al metal amarillo, tomándolo como base de nuestra moneda a finales de 1972. El momento es relevante porque fue en febrero de 1973 cuando definitivamente se vino abajo lo que quedaba de Bretton Woods y las monedas del mundo quedaron desligadas del oro.

Los precios, concluye el informe tras echar las cuentas correspondientes, serían 23,5 veces más bajos. Nos cuesta imaginarlo ahora, pero la hipoteca media, de 150.000 euros, costaría apenas 6.400. Sólo eso nos da una idea de hasta qué punto hemos tenido que convivir con la inflación.

Los salarios monetarios, claro está, no habrían crecido tan rápido como lo han hecho. Pero ¿Y los salarios reales? ¿Seríamos ahora más ricos por el simple hecho de que hubiésemos vuelto al patrón oro en nuestro país?

El informe dice que así es, y tiene razones para ello. Dado que los riesgos monetarios serían mínimos, nuestras empresas se endeudarían a tipos más bajos, con lo que hubiesen crecido a mayor ritmo la inversión y la creación de riqueza.

También dice que "la depreciación del resto de divisas mundiales habría permitido a España importar cantidades crecientes de bienes del extranjero mejorando con ello su relación real de intercambio al modo de Suiza o la República Federal de Alemania". Y por último el Estado se vería forzado a mantener sus cuentas equilibradas, pues con el oro no se puede disminuir el valor real de la deuda por medio de la inflación.

No reconocemos el sonido de las monedas de oro; se nos antoja lejano. Pero está volviendo con mucha fuerza y debiéramos, al menos, volver a reflexionar sobre él y tomarlo como aliado contra la inflación.

La hipoteca más cara de España

En el discurso, el asesor Zapatero olvida que no es la banca comercial la que establece los tipos de interés, sino el Banco Central Europeo (BCE). Zapatero también olvida que la banca no tiene como función salvar los excesos de un mercado burocratizado hasta la médula ni ayudar a cumplir el programa electoral del partido del Gobierno. Zapatero olvida que la misión de cualquier empresa, la banca incluida, es obtener los máximos beneficios para recompensar a sus accionistas y consumidores. Son éstos los únicos miembros de la sociedad a los que debe satisfacer sin condiciones si pretende permanecer viva y evitar que cualquier otra entidad se la coma.

La banca no tiene la clave ni el poder de abaratar la vivienda en España por más baratas que sean sus hipotecas. Tampoco los políticos. El encarecimiento del precio de la vivienda se ha debido a la obsesión del BCE en aumentar continuamente la oferta monetaria y el dinero barato, así como la consolidación de un mercado inmobiliario burocratizado donde una sola persona tiene el poder de recalificar cualquier terreno a su antojo hasta convertir el sector en sinónimo de corrupción.

El presidente tendría que dejarse de consejos populistas y carentes de sentido para reaccionar ante datos como los que aportó el profesor Barea. Las familias tienen una deuda superior al 130% y las empresas pasan del 160%. Como la banca se dedique a ofrecer más dinero barato, no sólo entrará en pérdidas sino que pondrá en jaque toda la sociedad ante una contracción de la demanda aún más dura. Por alguna extraña razón, ZP cree que cualquiera puede endeudarse hasta el infinito sin que nunca ocurra nada. Nadie sensato puede defender este tipo de política suicida. Ese fue el planteamiento de Lord Keynes hace más de setenta años y sus consecuencias aún las estamos sufriendo.

¿Quiere ZP ayudar a la gente con acciones de verdad y no quedarse en las palabras? Elimine el salario mínimo que sólo desemplea a los jóvenes, inmigrantes y personas laboralmente poco cualificadas. Elimine la burocracia para la creación de empresas. Deje de subvencionar sectores que nadie necesita como el de la agricultura nacional y que además limitan recursos y creatividad empresarial en otras ramas productivas, o que incluso mantienen posiciones contradictorias como la del tabaco, que por una parte lo prohíben y por la otra el Gobierno se dedica a subvencionar sus plantaciones. Reduzca el gasto estatal drásticamente y luego elimine impuestos. Deje de comprar los DVD de Al Gore para las escuelas por encima del precio de mercado y cárguese a su séquito de 682 asesores. Déjese de engaños.

La hipoteca más cara de los españoles no es la que tenemos con los bancos, sino aquella a la que no podemos renunciar por ley, la que nos ata a la extorsión del Gobierno.

El oro y la soberanía del individuo

El informe que acaba de publicar el Instituto Juan de Mariana, El patrón oro y la inflación en España (1972-2007), revela que desde finales de 1972 los precios se han multiplicado por más de 23 veces con respecto al oro, o dicho de otro modo, nuestra moneda, ya sea primero la peseta y luego el euro, ha perdido más de 23 veces su valor en 35 años.

Esta brutal depreciación de la moneda de curso legal, gestionada en régimen de monopolio por el correspondiente Banco Central, demuestra la absoluta ineficiencia de las autoridades estatales para mantener un dinero de calidad cuando éste no se encuentra ligado a ninguna mercancía que el mercado haya monetizado previamente.

Carl Menger ya explicó que el dinero es un proceso de selección empresarial en el mercado por la mercancía más líquida, esto es, aquella cuya utilidad marginal decrece más lentamente como se pone de manifiesto en su estrecho bid/ask spread. El oro fue elegido a lo largo del tiempo, y gracias a sus óptimas propiedades (su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación, su enorme divisibilidad, ductibilidad, maleabilidad, no corrosividad, su escasez relativa, su homogeneidad, la dificultad de ser falsificado, su cualidad de metal precioso internacionalmente reconocido y ser imperecedero), como el bien más adecuado para servir como medio de intercambio y depósito de valor.

Si bien durante el siglo XIX y principios del XX, los gobiernos de todo el mundo rindieron pleitesía al oro, comprometiéndose a garantizar la plena convertibilidad de sus billetes con el metal áureo, a partir de la Primera Guerra Mundial trataron afanosamente de desmonetizar el oro para así tener pleno control sobre el dinero que manejaban sus ciudadanos. La utopía gubernamental siempre fue poder crear tanto dinero como quisieran sin que los individuos apreciaran envilecimiento alguno de la moneda y empezaran a demandar precios más altos, atesorar el valor en otras mercancías y a liquidar sus activos financieros para trasladarlos a otros países en lo que se ha venido a llamar "dinero caliente".

Si los ciudadanos aceptaban pasivamente el dinero que les imponía por curso forzoso el Estado, fuera cual fuera su calidad, la recaudación tributaria bien podría haberse sustituido por el incesante funcionamiento de las imprentas. El Gobierno gastaría tanto como quisiera sin dar nada a cambio y los individuos cargarían con las consecuencias en forma de carestía y privación.

El abandono de Bretton-Woods por parte de Nixon no sólo supuso la mayor suspensión de pagos de la historia, sino también la destrucción de los últimos lazos entre el oro y el sistema monetario internacional. Muchos economistas predijeron que si el dólar dejaba de ser convertible en oro, los precios del oro se hundirían ya que perdería su demanda monetaria. La realidad ha sido que desde entonces el dólar ha perdido ya más de 21 veces su valor con respecto al oro. Y es que el billete verde no es más que un pasivo del Banco Central en suspensión de pagos y, como todas las deudas que cotizan en mercados secundarios, cuando el emisor suspende pagos pasan a cotizar con un brutal descuento (en el caso del dólar ya supone más del 90% de su valor nominal).

Este continuo envilecimiento de las monedas cuyo único punto de llegada parece ser su repudio total y definitivo no es un proceso sin consecuencias. El dólar, el euro y todo el dinero fiduciario en general es un pésimo dinero, lo que significa que cumplen mal con las funciones que se espera que debieran cumplir.

El patrón oro las cumple a la perfección, ya que sus dos grandes ventajas son la estabilidad de precios y de los tipos de interés, lo que se traduce en que el poseedor de oro puede hacer gala de una doble y fundamental soberanía: la soberanía del consumidor y la soberanía del ahorrador.

Como consumidor puede elegir entre consumir y no consumir sin que por ello tenga que perder el valor. Si acude al mercado y no encuentra nada que le agrade, simplemente restringe su consumo sin que la inflación devore sus expectativas de gasto. Es el empresario quien tiene que captar el oro para recuperar su inversión inicial; o bien proporciona lo que el consumidor desea y cuando lo desea, o tendrá que vender al descuento.

Como ahorrador dispone de un mercado de renta fija donde depositar su dinero sin que la inflación consuma el nominal y, sobre todo, puede decidir entre invertir o no en los mercados de capitales. Si la rentabilidad que le promete la inversión es demasiado reducida, atesorará el oro, con lo que las empresas y los bancos tendrán que ofrecerle remuneraciones más elevadas para captar su capital.

El dinero fiduciario despoja al individuo de esta doble soberanía. El consumidor que no gasta hoy se ve forzado a invertir, a comprar productos que no desea o a soportar una pérdida en el valor de su dinero. No son las mercancías las que persiguen al dinero, sino el dinero a las mercancías.

El ahorrador tampoco puede negarse a invertir sus fondos en cualquier proyecto que proporcione una cierta rentabilidad –por pequeña que sea– que le permita compensar en todo o en parte la inflación. Los tipos de interés, gracias a la expansión crediticia del Banco Central, se mantienen lo suficientemente bajos como para emprender proyectos que sólo resultan momentáneamente rentables con cargo al señoriaje que sufre el tenedor de dinero.

Sólo quienes abandonan este perverso esquema fraudulento son capaces de beneficiarse del sistema. Los especuladores afines al poder político anticipan las variaciones del tipo de interés y se lucran con la disminución o el incremento del precio de los bonos y de las mercancías, desestabilizando aun más los precios y los tipos de interés y propiciando el ciclo económico.

Otros inversores más honrados y no relacionados con el Estado han logrado cubrir sus posiciones modificando la composición de su cartera de activos. Los saldos de caja y los valores de renta fija han perdido valor frente a una constelación de activos que van desde el propio oro, otras commodities transitoriamente monetizadas, la propiedad inmobiliaria, y, sobre todo, la renta variable de calidad.

Las acciones con valor y con respectivas de crecimiento son hoy una de las pocas alternativas exitosas al envilecimiento monetario. Pero aun así, por muy grande que sea su calidad, no pueden constituir un patrón monetario universal. Simplemente no hay suficientes y su distinta y variable liquidez las hace inapropiadas para el intercambio.

El oro sigue siendo, pese a todos sus detractores, la única alternativa para restaurar la soberanía del consumidor y del ahorrador en el mercado. El dinero fiduciario es sólo una garantía de depreciación permanente, de violación continuada de los derechos de propiedad de quienes crean la riqueza en una sociedad.

MiFID o la inútil obsesión por el control

El 1 de noviembre entra en vigor MiFID (Markets in Financial Instruments Directive), una directiva europea cuyo supuesto objetivo es proteger al inversor de las entidades que comercializan productos financieros. La norma considera que este tipo de empresas engañan sistemáticamente a sus clientes colocándoles productos que no encajan en sus perfiles y, a la vez, también que la gran mayoría de personas que los contratan son unos irresponsables e ingenuos inversores que ofrecen su dinero a cualquiera que se les presente. Esta vez les ha dado por el mercado financiero, pero mañana les podría tocar al sector automovilístico, al alimenticio, al de ropa interior o al del calzado. La cuestión para los dictadores de la producción europeos siempre es la misma: la gente es idiota y la libertad individual y de elección es el principal enemigo a batir.

Los burócratas de Bruselas son los que establecen ahora qué tipos de clientes existen y cómo se han de clasificar los productos de inversión/ahorro mediante un test de idoneidad que las entidades financieras estarán obligadas a realizar a sus clientes. Según el test, y en un principio, la entidad financiera no podrá contratar el producto que el cliente le reclame, sino el que más se adapte a su personalidad. La ley, que aún no se ha aprobado, establece que si el cliente insiste en la contratación de un producto que no se adapta a su perfil inversor, tendrá que firmar un documento renunciando a las consecuencias de lo que pueda pasar con su dinero. ¿Se imagina que esto se extienda al sector del automóvil, posibilidad que antes apuntábamos, y el comercial, tras hacerle un test de idoneidad, se negase a venderle el coche que usted quiere por considerarlo demasiado deportivo para usted?

La directriz considera los derivados financieros (opciones, futuros, warrants, etc.), IIC de Inversión libre (Hedge Funds), bonos estructurados y todo tipo de fondos de inversión como productos "peligrosos" para el inversor; por lo tanto, el candidato a serlo ha de ser sometido a un interrogatorio. Todo y así, productos como planes de pensiones, depósitos y seguros están exentos del MiFID. No necesitan test de idoneidad. La razón para que estos productos se puedan contratar sin test ni molestia alguna parece evidente: son simples. El problema es que no lo son.

Un depósito, un plan de pensiones o un seguro pueden llegar a ser mucho más complejo que un fondo de inversión o un bono estructurado. De hecho, un plan de pensiones no deja de ser un fondo de inversión y un depósito estructurado, que legalmente es un depósito, suele ser más complejo que un fondo. Los Unit Linked legalmente son seguros y por lo tanto no se consideran productos MiFID, pero la realidad es que su funcionamiento y complejidad es el de un fondo de inversión. Todos estos productos, pues, pese a ser igual de complicados que los considerados MIFiD, no tienen control. Si este hueco legal, por no decir auténtico agujero negro, queda así, la directriz europea no es más que papel mojado. Las entidades financieras harán lo mismo que antes pero bajo el nombre de Unit Linked o depósitos estructurados, y aunque el legislador los acabe incorporando como productos MiFID, ¿creen que las entidades financieras no inventarán nuevos productos que esquiven la directriz?

Las empresas que se dedican a la comercialización de este tipo de productos ya conocen a sus clientes, así como sus preferencias. Los conocen tanto como el cliente quiere que los conozcan, porque toda empresa sabe que si se pasa haciéndoles preguntas, se irán. La ley traspasa esa barrera de voluntariedad obligando a indagar más sobre la vida de los ciudadanos.

¿Cree que la ley protegerá al desvalido inversor del maligno sector financiero? Si el comercial o asesor de una entidad le dice a un cliente que es demasiado estúpido para contratar un fondo de inversión (tal y como dice MiFID que ha de hacer) y, pese a ello, logra que el cliente no se vaya indignado, ¿cree que éste se leerá el documento de aceptación de responsabilidades? El comercial simplemente le dirá que firme todos los documentos a la vez y muy posiblemente el nuevo inversor se vaya de la entidad sin ser consciente de lo que ha firmado.

Eso no significa que los contratos hayan de ser revocados por el Estado o la ley, sino que hay cosas que no se pueden imponer por las bravas. A igual que ocurre con los préstamos hipotecarios (donde se han de firmar mil papeles), las entidades financieras se blindarán contra las posibles reclamaciones que un cliente les haga en el futuro. El problema de este control es que va a crear más problemas que soluciones, ya que en muchas ocasiones el inversor se verá con las manos atadas.

Esto sólo es una pequeña muestra de las muchas incongruencias de la nueva directiva. MiFID no es más que otra imposición nacida de los dictadores de la producción de Bruselas con la intención de controlarlo todo. Con ello han contribuido a que un dinero precioso proveniente de las entidades privadas y de parte de los impuestos que usted paga se desvíe al cumplimiento de la extorsión estatal. Además, han dejado a pequeñas entidades financieras con el agua al cuello y han consolidado aún más los monopolios de este sector. ¿Y cuáles van a ser los resultados para el "desvalido" inversor? Ninguno, exceptuando que las entidades financieras van a tener ahora más información personal de usted, de forma legal, y tendrá que desperdiciar más tiempo y dinero en contratar aquello que quiere.