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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

España sufre el inicio de la gran resaca económica

Los excesos se pagan. La gran borrachera de crecimiento económico que ha vivido España a lo largo de la última década culminó a principios del pasado año. Desde entonces, la economía nacional empieza a percibir los efectos que, sin remedio, acaban provocando las burbujas. La explosión del actual boom inmobiliario amenaza con originar una resaca de dimensiones mayores que la vivida en la primera mitad de los años 90.

A lo largo de los últimos años, el PIB nacional ha registrado aumentos superiores al 3% cuando el resto de la UE apenas rozaba el 1,5%. En principio, se trata de un dato positivo, siempre y cuando no profundicemos en el análisis de las fuentes reales que han abastecido durante este periodo a la riqueza nacional: una política monetaria laxa y arbitraria por parte del Banco Central Europeo (BCE), basada en tipos de interés en mínimos históricos, que, como consecuencia, ha facilitado el surgimiento de un nuevo pelotazo inmobiliario en el que el ladrillo se ha llegado a cotizar a precio de oro.

Pero el tiempo de diversión ha llegado a su fin. La teoría austriaca de los ciclos y la expansión del crédito constituyen leyes económicas inviolables que, tarde o temprano, terminan mostrando la cruda y triste realidad del intervencionismo monetario sobre el que se sustenta la estructura económica internacional. Durante la última década, casi la mitad del crecimiento económico español responde al auge del ladrillo. El peso de la construcción en el cómputo total del PIB ha llegado a representar cotas próximas al 20%, al igual que en el ámbito laboral del país.

El precio de la vivienda ha alcanzado incrementos interanuales de dos dígitos, superiores al 15% en algunos ejercicios. La revalorización artificial de los pisos, próxima al 40% de su valor real, según advertía hasta hace poco el propio Banco de España, ha provocado una tentación irresistible para el ciudadano medio que, atraído por la facilidad de crédito y el irrisorio precio del dinero, se ha lanzado sin miramientos a la adquisición de inmuebles, con el consiguiente sobreendeudamiento hipotecario.

El sector inmobiliario no ha sido menos. Bajo la errónea creencia de que la juerga no tendría fin, numerosas empresas dedicadas a la promoción y construcción residencial acometieron operaciones de alto riesgo sin evaluar sus previsibles consecuencias, auspiciadas por el paraguas del crédito fácil.

Hoy, el valor de sus activos (suelo y viviendas) se deprecia por momentos. Dicha estrategia ya se está traduciendo en quiebras e inviabilidad de su modelo de negocio a corto y medio plazo. Así pues, la resaca ha comenzado, y sus efectos se extenderán a toda la economía nacional. El desempleo aumenta, la afiliación a la Seguridad Social desciende a mínimos no registrados desde hace años, el ritmo de morosidad crece, al igual que la inflación, la confianza de los consumidores y empresarios está por los suelos, y el PIB ha iniciado su particular caída libre.

Llegados a este punto, tan sólo advertir que la crisis de la vivienda (y, por ende, subprime) que vive Estados Unidos constituye un reflejo anticipado de lo que podría avecinarse aquí en un futuro inmediato. Si bien es necesario recordar que el peso del sector inmobiliario en el conjunto de la economía estadounidense es casi tres veces inferior al que representa en España.

Ante este panorama, el Gobierno no ha tardado en anunciar medidas para rescatar al que, hasta ahora, se había erigido en el principal motor económico del país. Sin embargo, siento anunciar a los futuros responsables de los ministerios afectados (Vivienda, Economía, Trabajo y Fomento) que en nada lograrán atenuar tales efectos. En todo caso, y como viene siendo habitual, tan sólo contribuirán a empeorar, en gran medida, la ya de por sí delicada situación. Y es que, España, hoy por hoy, carece de la competitividad necesaria para sustituir con éxito el combustible gruístico.

Se abre un periodo de incertidumbre financiera, nerviosismo bursátil y, aún más grave, dificultades para un gran número de familias, ya que se verán ahogadas por la carga de sus respectivas deudas. Un nuevo periodo económico en el que será más imprescindible que nunca redoblar los esfuerzos por tratar de explicar correctamente las causas reales que han originado esta situación, así como las medidas correctas a aplicar para poder atisbar cuanto antes la luz al final del túnel.

Muchos, sobre todo los responsables políticos, no dudarán en culpar al mercado y, por tanto, a los ciudadanos y empresarios, de la resaca que, en realidad, ha generado la intervención pública a través de sus deplorables mecanismos: política monetaria de los bancos centrales, gestión pública del suelo, viviendas de protección oficial, alta presión fiscal, rigidez laboral, barreras administrativas para la creación de empresas, regulación medioambiental y elevado gasto público.

Por el contrario, serán pocos los que, sin embargo, acierten en proponer las soluciones adecuadas: patrón oro, total liberalización del suelo, reducción de impuestos, flexibilidad laboral, libertad de empresa y de horarios comerciales, inversión privada en investigación y desarrollo, privatización de la educación, la sanidad y el sistema de pensiones, contención y estabilidad presupuestaria… En definitiva, más libertad económica.

Ni falta de liquidez, ni síndrome de Polonio

Desde agosto del pasado año hemos asistido a innumerables inyecciones de liquidez, bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal, medidas intervencionistas de todos los gobiernos y, en definitiva, a la adopción de cualquier tipo de medida que pudiera parecer que ayudaba a que el sistema no se colapsara. Hace unos días incluso se llegó a hablar de que Reserva Federal entraría a comprar futuros del S&P 500 de forma directa para que la bolsa dejara de bajar.

Han sido siete meses y los bancos centrales no han conseguido nada. Es más, lo han empeorado todo: durante este tiempo el índice Itraxx Crossover, que mide la aversión al riesgo de los grandes inversores, ha alcanzado máximos históricos cada mes. Estos últimos días ha superado los 600 puntos, cuando en una situación de normalidad estaría alrededor de los 250. Los ánimos en el mercado se han hundido según la encuesta de la prestigiosa firma Investors Intelligence y el diferencial entre inversores alcistas y bajistas está en negativo; si por debajo del 15% ya se considera pesimista, puede hacerse una idea de la confianza que dan los inversores a los bancos centrales.

Las materias primas están en un rally alcista imparable y los indicadores de riesgo de inflación, aunque ningún burócrata quiera admitirlo, están descontrolados. Desde comienzos de año, la bolsa lleva una bajada porcentual de dos dígitos, la volatilidad de los mercados es de infarto, pequeñas entidades financieras europeas van a quebrar en breve y el sector inmobiliario promete un severo recorte. A pesar de todo, ya verá cómo un numeroso pelotón de periodistas y economistas dirán, cuando las bolsas repunten, que ha sido gracias a los rescates de los bancos centrales. Los mercados volverán a sus cauces habituales, seguro, pero no por las acciones de los burócratas. Ya nos tocará analizarlo cuando ocurra.

En todo este tiempo, lo único que hemos oído es que estamos ante una crisis de liquidez y que aquí no pasa nada porque los burócratas están solucionando el problema. Fíjese en el absurdo de tal afirmación. Decir que la situación actual sólo es un problema de liquidez significa que cada uno de los proyectos realizados es rentable por sí mismo, ya que su éxito no depende de su rentabilidad, sino de la cantidad de dinero que haya. No es necesario haber dedicado media vida a las finanzas para darse cuenta de que empresas con índices de morosidad cercanos al 20%, como las subprime, no son rentables. No es cuestión de falta de dinero, es que están montadas sobre un absurdo.

Si el problema fuera sólo de liquidez, significaría que el riesgo no es un factor a considerar en un proyecto. Sería como asegurar que cualquier inversión, por surrealista o ruinosa que fuera, sólo depende de la capacidad de los bancos centrales para crear dinero e inyectarlo al mercado. Si este fuese el camino al bienestar y a la riqueza de todos, sólo sería necesario que los bancos centrales dejasen los tipos de interés al cero por ciento (algo que casi experimentó Japón durante años sin que desde entonces haya levantado cabeza) y a la vez, imprimiesen papelitos de dinero de forma exponencial mes tras mes. Lo cual, dicho sea de paso, ya ha ocurrido varias veces en la historia trayendo exclusivamente debacles económicas y sociales, como la que experimentó la República de Weimar.

Pero vayámonos al otro extremo. ¿Hemos de hacer como Polonio, personaje del Hamlet de Shakespeare que le dice a Laertes: "no pidas prestado ni prestes"? Evidentemente que no, el crédito tiene todo el sentido económico del mundo y es sano hasta cierto punto. La emisión de dinero (y crédito) ha de estar ligado a algún activo real, o al menos permitir que la moneda tenga competencia en un mismo entorno geográfico para equilibrar los excesos de los burócratas, esto es, que no haya una moneda de curso legal obligatorio. Pedir que los banqueros centrales sean responsables de lo que hacen, o pretender que acaparen la información del mercado con el seguimiento de cuatro estadísticas, se parece mucho a creer en la magia.

No estamos ante una crisis de liquidez. Debido a las políticas monetarias expansivas, muchos proyectos emprendidos son insostenibles y han de dejar el mercado para dedicarse a otras cosas. Estamos ante una crisis de confianza que en última instancia, no es más que una crisis de solvencia provocada por el dinero barato.

La Gran Depresión: lecciones de la historia

El estudio de la Gran Depresión es uno de esos casos que resaltan la importancia del conocimiento de la historia para evitar, o al menos alertar sobre errores futuros. Pero tal y como nos enseñó Ludwig von Mises, el estudio de la historia debe ir acompañado de la teoría, en este caso, económica.

Desgraciadamente, y a pesar de varios monográficos sobre el tema (de Rothbard, Robbins), todavía hoy se considera a la Gran Depresión americana como un "fracaso del mercado" o una consecuencia inevitable del capitalismo de corte laissez-faire. Todavía sigue constituyendo una excusa histórica para aumentar la intervención económica y aumentar el poder del Estado, siendo una de las bases del actual Estado del Bienestar.

Muy al contrario de la "versión oficial", pensadores austriacos (para ver un resumen de las principales explicaciones de la depresión, aquí) han ofrecido una interpretación muy diferente de lo ocurrido, desplazando el presunto "fracaso del mercado" al fracaso de la intervención económica en varias de sus formas. Uno de ellos, el recientemente fallecido Hans Sennholz, dividió la crisis en cuatro fases que reproduzco a continuación, añadiendo los errores cometidos entre paréntesis en cada una de ellas:

  1. Ciclo Económico, 1921-1929 (manipulación monetaria y malas deudas): la recién creada Reserva Federal (Fed) expandió la oferta monetaria brutalmente durante la década de los años 20, creándose malas deudas que no eran sostenibles en el tiempo. Así se originó un auge económico, sustentado en las arenas movedizas de la política monetaria expansiva, lo cual generó la conocida burbuja de los activos financieros que pinchó en 1929. Fue en ese año cuando se paralizó la expansión crediticia y las consecuencias de las medidas suicidas de la Fed salieron a la luz, a pesar de que los austriacos Mises y Hayek ya alertaron de los peligros que se avecinaban. En octubre de 1929 tuvo lugar el célebre crash bursátil, alentado, según algunas fuentes, por fuertes rumores acerca de la aplicación de una ley fuertemente proteccionista, la Ley Arancelaria Smoot-Hawley, aprobada finalmente en 1930.
  2. Desintegración económica, 1929-1933 (proteccionismo exacerbado, subidas de impuestos, etc.): en estos cuatro años, las políticas del republicano (supuestamente partidario del laissez-faire, según se dice) Herbert Hoover no hicieron más que agravar la crisis, disparándose el desempleo del 8% de la población activa en 1930 al 15% en 1931. Las medidas que aplicó consistieron básicamente en acabar con el libre comercio internacional a través de leyes arancelarias (como la ya comentada) y restricciones varias e incrementar la presión fiscal del 16% al 29% del producto privado neto, según estimaciones de Rothbard.
  3. New Deal de Roosevelt, 1933-1937 (planificación económica, aumento gasto público y más impuestos): el plan salvador de la aguda crisis de la economía americana llegó con Roosevelt, que empeoró las cosas todavía más merced a sus ansias planificadoras: controles de precios, salarios mínimos, altas regulaciones sobre horas y condiciones de trabajo, reducción de la oferta agrícola (destruyéndose cosechas y ganado para mantener los precios de los agricultores), aumento de varios impuestos y expansión notable del gasto público, en forma de grandes obras públicas. El desempleo alcanzó su máximo en el 25%, pero afortunadamente dos de las medidas estrella del New Deal, a saber, la Ley de Recuperación Nacional, NRA (en la industria) y la Ley de Asistencia a la Agricultura, AAA, fueron consideradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo, entre 1935 y 1936, por lo que la tasa de desempleo descendió hasta el 14% en 1936.
  4. Ley Wagner, 1937-1941 (no aprender de los errores): esta nueva ley supuso un nuevo revés para la recuperación económica, imponiendo nuevos controles e impuestos, mayores salarios mínimos y reforzando el poder de los sindicatos, quienes no dudaron en usarlo mediante amenazas, boicots, y huelgas. Así, el desempleo volvió a repuntar, hasta el 20% en 1940.

Finalmente, Estados Unidos entró en guerra en plena crisis, convirtiéndose en una economía dirigida hasta su final, tras el cual el país pudo salir definitivamente de la tan prolongada depresión (véanse los artículos de Robert Higgs criticando la idea de que fue la guerra la que salvó al país norteamericano: 1, 2).

En la actualidad vivimos en una coyuntura muy delicada, que podría guardar algún paralelismo con los acontecimientos arriba descritos. En efecto, la existencia de unos tipos de interés artificialmente bajos años atrás produjo la creación de nuevo crédito que afluyó a inversiones (especialmente al mercado inmobiliario y de valores) que no se hubieran realizado de no haberse actuado de forma irresponsable desde las autoridades monetarias. Es decir, estas nuevas inversiones eran insostenibles en el tiempo, ya que el proceso de expansión monetaria debe acabar tarde o temprano. Y cuanto más se retrase el final, peor será la subsiguiente crisis, periodo inevitable, en el cual aquellas malas inversiones realizadas se muestran no rentables, y deben liquidarse. Este proceso de ajuste, que repito, es inevitable, debería facilitarse, y no tratar de retrasarlo con mayores intervenciones en el funcionamiento del libre mercado.

Se podrían extraer varias lecciones de la Gran Depresión. En primer lugar, Mises y Hayek demostraron contar con una teoría económica con un poder predictivo mucho mayor que el de otros economistas más prestigiosos que ellos, como Keynes o Fisher. Esto fue debido en parte porque estos últimos centraban su atención de análisis en el índice de precios, es decir, un agregado macroeconómico, mientras que los primeros examinaban las variaciones de los precios relativos de los distintos bienes (siguiendo la taxonomía mengeriana de bienes más alejados o cercanos al consumo). De hecho, durante la década de los 20 el índice general de precios apenas se modificó, con lo que para Keynes y Fisher todo estaba en orden, tanto que este último predijo unas semanas antes del crash bursátil que la bolsa seguiría subiendo. Por tanto, esto nos podría dar la idea de la insuficiencia teórica de las enseñanzas surgidas a partir de estos economistas, y de la gran capacidad predictiva de la economía austriaca, que podría revelar la mayor corrección del aparato teórico desarrollado por los austriacos.

Por último, en nuestra situación actual es muy necesario recordar por qué se produjo la Gran Depresión, pero sobre todo, dado que la crisis parece inevitable, por qué se alargó durante tantos años. Se debería aprender de los errores cometidos a partir del crash bursátil para evitar que se empeore la situación todavía más. No es ésta una época propicia para experimentos planificadores ni medidas demagógicas como las que llevaron a cabo Hoover y Roosevelt. Sin embargo, me temo que mucho tendrían que cambiar las cosas para que se aplique la sensatez y prudencia en las políticas económicas. Pero, por favor, ¡aprendan de una vez de sus errores!

Cuando la irresponsabilidad sale a cuenta

Por esta razón las personas han de ser responsables de sus actos. Si bebemos mucho alcohol, sabemos que al día siguiente tendremos resaca. Si conducimos imprudentemente, corremos el riesgo de tener un accidente. Si engañamos a un amigo, corremos el riesgo de perder su amistad. Algo tan básico y que hasta un niño sabe sin necesidad de que nadie se lo explique, parece que no lo entiendan esos burócratas que están por encima del bien y del mal.

Los gobernantes, cuando abordan la cosa económica, se comportan de forma completamente contraria a la que dicta el sentido común. Esta semana hemos visto dos ejemplos. Uno ha tenido lugar en Estados Unidos, donde la Reserva Federal ha vuelto a inundar el mercado de dinero para salvar al malogrado sistema bancario, lo que está sumiendo al dólar en las más profundas simas y provocará un nivel de inflación que el país difícilmente va a poder asumir. El otro caso lo tenemos bien cerca; el nuevo Gobierno ha creído conveniente salvar del desastre al sector inmobiliario con gasto público, es decir, con nuestro dinero.

Cuando una empresa empieza a acumular deudas o costes en lugar de beneficios significa que ha realizado una gestión irresponsable o que ya no tiene el favor del que hasta entonces había sido su público. Expresado de otra forma, por las causas que sea, lo ha hecho mal. Cuando alguien hace algo mal es de sentido común que tome esta responsabilidad e intente solucionarla como mejor pueda. Lo que no tiene justificación alguna es que con falsas excusas sobre el bien común llame a la puerta de papá Estado, de aquel que tiene el monopolio de la fuerza, y le exija que le solucione el problema. Cuando algo así ocurre, a quien hace una mala gestión empresarial se le da patente de corso para ser un irresponsable, ya que traspasa sus costes a la sociedad, convirtiéndose en beneficiario neto de su buena gestión inicial sin asumir ningún coste por su poca visión empresarial posterior.

Esta situación se da una y otra vez en el sector financiero desde el siglo XX debido al excesivo proteccionismo de los bancos centrales. Como se suele decir, la banca es experta en individualizar los beneficios y socializar las pérdidas. En realidad no es culpa de la banca, sino de los banqueros centrales, que son quienes han impuesto este sistema. Ahora, este capitalismo de Estado se está extendiendo a al sector de la construcción. Posiblemente será muy popular que el Gobierno empiece a hacer centenares de miles de viviendas de protección oficial, pero esta medida no ayudará a la economía porque el mercado necesita reajustarse; además, restará recursos a otros proyectos productivos que la demanda necesita, lo que creará déficits en otros servicios, y será financiada por medio de la fuerza con el dinero de millones de familias que ya tienen una vivienda y las pasan canutas a fin de mes.

Nuestros burócratas han lanzado el mensaje, en plena crisis del sector inmobiliario, que el mejor negocio ahora es crear una empresa de construcción para que así estos empresarios con patente de corso puedan repartirse el botín que los burócratas nos han sacado y seguirán sacándonos. Si los precios están muy altos, ¿no es lógico que bajen y que estos empresarios se dediquen a cosas que la sociedad demanda de forma más urgente en términos de precio?

Aún hay gente que achaca todo esto al "capitalismo salvaje", cuando los principales causantes de esta economía de la irresponsabilidad (lo que podemos llamar moral hazard) son el Gobierno y las políticas expansionistas de los bancos centrales. Como ha dicho recientemente el conocido inversor Jim Rogers, esto no es capitalismo, sino socialismo para ricos.

El affaire Liechtenstein y la defensa de la libertad

La Unión Europea anda revuelta. Frau Merkel ha dado la señal de alarma y todos los gobiernos se apresuran a armarse contra la plaga que apolilla su poder: el fraude fiscal. ¿Quién ha sido el culpable de esta alarma colectiva? Otro Estado: el principado de Liechtenstein.

El origen se remonta a la noticia aparecida en algunos medios que explicaba que el Gobierno alemán ha pagado a un estafador profesional a cambio de información bancaria robada a un Estado vecino: Liechtenstein. Al parecer Frau Merkel no entiende la indignación del principado de ese país. Tanto el príncipe Hans-Adam II, como el heredero, su hijo Alois, se han apresurado a salir en defensa de la libertad de sus 35.000 ciudadanos. Para ambos, robar información es ilegal. Para nuestra legislación también, como dejaba claro la semana pasada Expansión: "La Ley Orgánica del Poder Judicial dice claramente que ‘no surtirán efectos las pruebas obtenidas de forma ilícita, vulnerando derechos y libertades fundamentales’."

La evasión de impuestos en Alemania es importante, como lo es en los demás países involucrados (Francia, Suiza, España, Nueva Zelanda, Italia, Canadá, Reino Unido, Australia y Estados Unidos). La transmisión de la información ha sido inmediata, hay que ponerse manos a la obra y denigrar a quien se atreve a desafiar la injerencia del Gobierno alemán en las instituciones que están fuera de su alcance. No sorprende esa actitud airada de un Gobierno que puede acceder a los datos bancarios de sus ciudadanos (sin autorización previa de un juez) y además, puede hacerlo sin que el incauto súbdito sepa en qué momento le van a fisgar las cuentas. Tampoco sorprende que la gente se lleve sus dineros fuera de Alemania si tenemos en cuenta que, de acuerdo con el informe de la Fundación Heritage, el impuesto sobre la renta tiene un tipo máximo de 45% (más un 5,5% en concepto de "carga solidaria extra" que lo eleva al 47,5%) y que el tipo impositivo efectivo en el impuesto de sociedades puede rondar el 39%. Hay que añadir el IVA que oscila entre el 13 y el 20%. Mientras la recaudación supone un 34,7% del Producto Interior Bruto, el gasto del Gobierno representa un 46,9% del PIB. ¿Cómo no van a querer los ahorradores sacar el dinero ganado honradamente fuera de sus fronteras?

Sin embargo, tanto Frau Merkel como el resto de los dirigentes de los países afectados, han puesto el grito en el cielo reclamando que la Unión Europea tome medidas, cambie sus normas… ¡que haga algo! Y es que la propia Merkel no puede evitar el coladero de gente que decide llevarse sus ahorros antes de que se lo quite el Gobierno.

Como declaró el príncipe heredero, Alois de Liechtenstein, el pasado 19 de febrero en rueda de prensa, la Unión Europea ya tiene sus mecanismos de colaboración para luchar contra el fraude, y su principado ha firmado y cumple esos acuerdos. No solamente eso, es que Liechtenstein dispone de una policía específica para prevenir los delitos financieros desde antes que la propia Alemania. Pero, además, el príncipe heredero plantea cuestiones espinosas que Alemania no ha contestado. Como, por ejemplo, si un Estado "amigo" puede violar las leyes de otro Estado "amigo" (e incluso sus propias leyes) para conseguir datos y si un Estado puede acusar a sus ciudadanos antes de que un juez haya dictado sentencia. Pero, además, deja claro que Alemania no puede saltarse el derecho internacional por más líder europeo que quiera ser. Sobre todo cuando ese liderazgo cuestiona the rule of law de otro Estado.

Este término, mal traducido al castellano, como explica Pedro Schwartz en su libro En busca de Montesquieu, no significa estado de derecho sino soberanía de la ley. La diferencia está en que no basta con que un mandato adopte forma de ley para que impere en un Estado, esa ley ha de cumplir unos requisitos (ser universal, etc.). Las necesidades fiscales de un Gobierno sobredimensionado, por más que estén recogidas en una ley, no pueden imponerse, y menos a otro Estado tan soberano como el primero y con sus propias leyes. Y mucho más, tal y como apunta el príncipe Alois, cuando se trata de uno de los Estados más pequeños de Europa (apenas 160 km2) y las maneras de los mandatarios alemanes son de grandullón de patio del colegio.

Por supuesto que los opositores coetáneos se han unido a las voces de quienes tratan de ensombrecer la imagen de la familia real de Liechtenstein con el único argumento de la falta de vehemencia habitual de Alois, lo que demostraría sin lugar a dudas que ha sido el padre quien le ha instado a excederse y que todo ello pone de manifiesto la dependencia paterna. Estas críticas tan cogidas por los pelos y carentes de sustancia no hacen sino darle más relevancia al papel de las declaraciones en defensa de la libertad del príncipe heredero.

Por otro lado, las declaraciones de los súbditos anónimos contradicen este aluvión de críticas y presentan a una población encantada de tener un cabeza de Estado que defienda su independencia frente a las grandes potencias vecinas y, sobre todo, su libertad.

La banca y los políticos

La idea es que las empresas a las que pagamos para poder entrar en internet tengan la obligación de vigilarnos y nos desconecten de la red si somos malos y nos bajamos material protegido por derechos de autor, perdiéndonos en ese mismo instante como clientes, claro. A esto lo consideró El Mundo en un editorial como "una solución razonable para eliminar el canon", ni más ni menos.

El pequeño detalle que no parece que tuviera en consideración el editorialista en cuestión fue que para poder detectar a quienes se descargan contenidos protegidos, los proveedores de acceso a internet tendrían que filtrar y examinar todo el tráfico de sus clientes. Es el tipo de cosas que le gustan a los dictadores de paraísos de las libertades como Irán y China. Seguro que a Pedro J. le parecería una animalada que Correos abriera y examinara el contenido de todos los sobres y paquetes que pasan por sus manos. Pues su periódico defiende que se haga lo mismo con lo que circula por las redes, que no por ser digital es menos íntimo y privado.

Pero aun dejando a un lado la ética y los derechos individuales, que es lo que suelen hacer tantos centristas de pro, seguiría quedando sobre la mesa el pequeño detalle de que es imposible para un proveedor de internet cumplir con ese cometido. Las dos principales redes P2P, BitTorrent y eMule, permiten cifrar la información que se intercambia. Es como si en esos sobres que abren con tan poca consideración sólo encontraran cartas escritas en suahili, y sin intérprete a mano ni nada.

Es más, precisamente porque muchos proveedores intentan reducir el uso de las redes P2P porque consumen una parte importante del ancho de banda disponible, los programadores han buscado modos de esconder incluso que se estén usando, procurando hacerlas pasar por otra cosa, iniciando un juego de gato y ratón con los proveedores que ha hecho a estas aplicaciones mucho más complicadas y capaces de disimular su naturaleza.

Si gobiernos como el británico cumplen con sus amenazas de castigar a los proveedores de internet que no cumplan el papel de policías, el resultado será que éstos ofrecerán la cabeza de los usuarios más torpes y novatos, que no sepan mucho de informática ni de P2P e ignoren qué es eso de cifrar las comunicaciones. Serán los cabezas de turco que permitan a los ISP seguir funcionando sin sanciones. Ahora, la privacidad de nuestras comunicaciones se habrá ido al garete en el entretanto. Y no habrá hecho falta ninguna ley antiterrorista polémica debatida en ningún parlamento. Bastará con las quejas de las SGAE europeas. ¡Qué barato vendemos nuestras libertades!

¿Y si la OPEP se pasa al euro?

En el año 2000 Sadam Hussein anunció que iba a empezar a vender el petróleo iraquí en euros. Por aquel entonces la moneda europea era una divisa recién nacida y ni siquiera se encontraba en circulación. Fue, en definitiva, una de las machadas con las que Sadam acostumbraba a obsequiar a su devota audiencia internacional pisándole de paso los juanetes al archienemigo americano. La ocurrencia de Sadam no fue a mayores y, tras la invasión de Irak en 2003, el petróleo iraquí volvió tranquilamente a cotizar en dólares en el mercado internacional.

Lo que Sadam no sabía es que, menos de una década después, su odiado dólar iba a sufrir una depreciación espectacular. La irresponsable expansión crediticia, la creación de deuda a mansalva y otras imprudencias por parte de las autoridades monetarias de los Estados Unidos han llevado al otrora codiciado billete verde a una situación límite, tan límite que la OPEP ha considerado públicamente abandonarlo como divisa de reserva. Y es que, aunque los americanos no terminen de creérselo, su one dollar note va camino de valer menos que el papel en el que está impreso.

Ante semejante panorama, dictadores del tercer mundo como Chávez y Ahmadineyad celebran alborozados las desgracias monetarias de Norteamérica. Cegados por ese peligroso cóctel de envidia y odio que lleva al que lo padece a alegrarse de que al denostado vecino de arriba se le caiga la casa pedazos aun a riesgo de que los cascotes se le vengan a uno encima, creen en su simpleza que todo el monte es orégano y que, si Atenas llora, Esparta reirá.

Lo cierto es que si la OPEP cumple su promesa de pasarse al euro sobrevendría una colosal crisis económica que, como es lógico, tendría un alcance mundial. Los dólares que hasta ese momento habían servido como activo de reserva en todo el planeta volverían a los Estados Unidos como alma que lleva el diablo. Esto, en primer término, ocasionaría un repunte inflacionario que arruinaría la proverbial competitividad estadounidense empobreciendo de golpe a toda la nación. Eso sería lo primero. Después el sistema financiero colapsaría sin remedio dando la puntilla a la primera economía del mundo.

Los odiadores de Estados Unidos, que a este lado del Atlántico se cuentan por cientos de millares, pensarán que esto es, en realidad, una gran noticia, que un correctivo semejante bajaría los humos a los arrogantes norteamericanos que se creen los amos del mundo y que Europa, cien años después de la Gran Guerra, recobraría su papel de potencia rectora de la economía mundial.

Naturalmente nada de esto sucedería. A lo más la ya moderadísima inflación europea se moderaría aun más por la salida masiva de euros que irían a engrosar las reservas de otros países. Todo lo demás, en una economía plenamente globalizada como la actual, sería una pesadilla. Ni Europa ni ningún otro país del mundo saldría indemne de la quiebra del dólar y, con él, de casi todo el sistema financiero, bolsas incluidas. Por no hablar de la dinámica en la que entraría la economía europea dada su nueva condición de emisora del activo mundial de reserva. Al día siguiente de producirse el traspaso, el BCE empezaría a crear deuda del mismo modo en que el Fed lo ha hecho desde la ruptura de Bretón Woods convirtiendo al viejo continente en un adicto incorregible a la financiación externa. Vamos, un drama.

El remedio que dice buscar la OPEP para garantizar el valor de sus reservas podría ser peor que la enfermedad que aflige a la maltratada divisa americana. Es perfectamente comprensible que no quieran seguir vendiendo su preciado petróleo en una moneda que vale cada día menos, y que menos va a valer si Bernanke continúa mucho más tiempo al frente de la Reserva Federal. Lo que sería absurdo es que cambiasen una divisa sin respaldo por otra divisa sin respaldo pudiendo fijar los precios en el respaldo mismo, es decir, en el oro. Ellos sabrán. Cuentan que, hace casi cuarenta años, los árabes hicieron intención de tomar el oro amarillo como referente para los precios del oro negro. Entonces recularon porque los políticos norteamericanos prometieron mantener el dólar estable. A la vista está que no ha sido así. A ver si a la segunda va la vencida.

¿Es tan mala la inflación?

Hace algunas semanas, tuve ocasión de compartir una agradable velada con unos amigos. Como cabía corresponder con este tipo de reuniones, ésta se dilató hasta altas horas de la madrugada y acabamos hablando de todo lo humano y lo divino. En un momento dado, la conversación se enfocó hacia temas económicos y uno de los participantes preguntó el motivo por el que se consideraba tan mala la inflación. Según su punto de vista, si su retribución subía en la misma medida que el índice de precios al consumo (IPC), no veía problema alguno, ya que según él, todo permanecía igual.

En aquel momento me quedé un tanto estupefacto, ya que creía que los efectos perjudiciales de la inflación resultaban tan evidentes que para nadie pasaban por alto. Sin embargo, la pregunta formulada revelaba que me equivocaba, y que no todo el mundo compartía mi percepción.

Ante la anterior situación cabría preguntarse es si existe razón para preocuparse si nuestro salario se incrementa en la misma medida que el IPC. La primera apreciación que cabría hacer es que la inflación y el IPC no son la misma cosa, aunque habitualmente determinados periodistas y políticos empleen dichas palabras como sinónimos. Mientras que el primer concepto hace referencia a la pérdida de valor del dinero (envilecimiento de la moneda) que se va haciendo patente con el paso del tiempo, el segundo es un índice calculado por el Instituto Nacional de Estadística, que mide las variaciones de precio de una serie de productos que, según este organismo, representarían la cesta de la compra media en España. Por supuesto, resulta bastante complicado que dicha cesta coincida con las compras que cualquier individuo particular pueda realizar. Máxime si tenemos en cuenta que los criterios empleados por dicho organismo dejan de lado bienes tan importantes como la compra de vivienda en propiedad, y que puede representar en algunas familiar la mitad de los pagos que realizan al año.

La segunda apreciación que cabe realizar es que la inflación no se va a manifestar únicamente en un incremento en los pagos que realizamos para la adquisición de bienes o servicios. También se ve perjudicado el ahorro del individuo. Si éste se materializa en dinero líquido o depósitos bancarios el ahorrador verá cómo el valor de lo ahorrado se verá mermado por la inflación. Por el contrario, si se plasma en otros productos, tales como bienes inmuebles o metales preciosos, el ahorrador tendrá cierta cobertura frente a este fenómeno.

Por tanto podemos ver como uno de los efectos perjudiciales de la inflación es que recae esencialmente en quien tiene sus ahorros en productos líquidos. Puesto que la proporción de ahorro en moneda o depósitos es superior en personas de rentas más bajas, la primera conclusión a la que podemos llegar es que la inflación es tanto más perjudicial cuanto menores son los ingresos de la persona.

Otro aspecto que también nos afecta es la desincentivación que puede ejercer a la hora de ahorrar, especialmente por parte de las personas con menor renta que ven como el acceso a productos con cierta garantía de cobertura frente a la inflación están fuera de su alcance. Esta falta de ahorro eleva la gravedad de una situación de crisis económica, ya que existirán personas que carecerán de fondos para acometer una emergencia.

Como hemos visto los efectos de la inflación resultan bastante graves, incluso aunque aparentemente creamos que no nos puede afectar al tener garantizados los ingresos. Especialmente preocupante es la situación para las personas con menor poder adquisitivo, para los que la inflación les puede mermar una porción considerable de sus ahorros.

Es por el motivo anterior por lo que resulta especialmente grave que determinados periodistas y políticos consideran contraproducente atacar la inflación ya que, según ellos, esta lucha perjudica el crecimiento económico. La inflación tiene un carácter indiscriminado, mermando el valor de todos los ahorros monetarios que tiene cualquier persona. Pero es precisamente a quienes carecen de otro tipo de ahorro a quienes le resulta especialmente gravosa. Por tanto la medida que más beneficia a las personas de rentas bajas no es estimular un crecimiento económico artificial mediante el envilecimiento de la moneda que estimule inversiones poco rentables, sino asegurar que el ahorro del que se dispone sea cierto y no se vea mermado.

Vuelven los inflacionistas

Dos economistas cercanos al PSOE, Miguel Sebastián y José Carlos Díez, se han unido al coro mediático que reclama al Banco Central Europeo que recorte los tipos de interés. En su opinión, la situación actual es insostenible y sólo puede aliviarse con una decidida intervención del BCE.

La popularidad que han alcanzado estos dos analistas no se compadece con la calidad de sus argumentos, ideológicamente similares a los que manejan lunáticos partidarios de la abolición del dinero como Silvio Gesell. Repasémoslos someramente.

El crédito se está contrayendo

José Carlos Díez centra sus temores en una hipotética contracción crediticia (credit crunch), que podría llevarse por delante bancos y sectores económicos enteros. En su opinión, los primeros síntomas ya comienzan a apreciarse: "Los bancos (…) han visto cómo se cerraba su acceso a los mercados de capitales, y les comienza a repuntar la morosidad".

Precisamente en su formulación del supuesto problema es donde se encuentra el mayor error de Díez. El economista jefe de Intermoney confunde los mercados monetarios (como el interbancario, donde el BCE trata de hacer notar su influencia) con los mercados de capitales, básicamente los de acciones y bonos a largo plazo.

Los mercados monetarios sirven para reasignar la liquidez en el sistema financiero, mientras que los de capitales deberían utilizarse para distribuir los ahorros entre los distintos proyectos de inversión. El problema es que las entidades de crédito, con la asistencia de los bancos centrales, utilizan los primeros para financiar inversiones en los segundos; por ejemplo, captan depósitos a la vista para invertir en bienes inmuebles (hipotecas) o en crédito empresarial.

En la medida en que los bancos centrales influyen sobre el tipo de interés (o de descuento) en los mercados monetarios, provocan una expansión del crédito en los mercados de capitales por encima del monto de los ahorros reales. De esta manera, se generaliza la creación de deuda y la demanda de activos reales y financieros, cuyo precio se dispara (como ha ocurrido con la vivienda, la bolsa o las materias primas).

Esta pirámide de mala deuda tiene que derrumbarse en algún momento, simplemente porque se ha emitido con el respaldo de unos activos sobrevalorados y con cargo a unos ahorros que no existen. La esperanza de los inflacionistas como Díez es que ese volumen de ahorros inexistente sea suplido con nuevas expansiones crediticias del Banco Central; es decir, se trata de sustituir el ahorro real por ahorro fiduciario de papel y anotaciones electrónicas.

El problema es que cuanto más crezca el crédito no respaldado, mayor será la inflación y más reacios serán los ahorradores a invertir en activos nominados en una moneda que pierde valor. Al final sólo hay dos opciones: o la concesión de crédito se cortocircuita por los inversores (en cuyo caso se produce la temida contracción) o la moneda se termina repudiando (hiperinflación).

En este momento, el sistema bancario ha decidido dejar de prestar dinero por razones evidentes: buena parte de sus préstamos anteriores están o van a acabar siendo impagados, y tampoco se fían (con razón) de la solvencia de los potenciales prestatarios, cuyas garantías parecen asentarse casi en exclusiva en activos sobrevalorados (como la vivienda).

La propuesta de Díez es ineficaz y torpe. Aun cuando el BCE rebaje enérgicamente los tipos de interés, resulta improbable que los bancos vuelvan a prestarse dinero entre sí y al gran público. Por muy barato que ofrezca el BCE el dinero a los bancos, a éstos puede resultarles demasiado caro, ante el riesgo de impago total por parte de los prestatarios. En Japón los tipos llegaron a estar al 0%, sin que ello tuviera una influencia visible sobre la inversión. Si miramos más cerca de casa, hace pocas semanas el Euribor se situaba casi un punto por encima del tipo de interés fijado por el BCE. Su moderación actual sólo refleja una tensa calma, y puede volver a dispararse en cuanto regresen los impagos.

Pero es que aun cuando el BCE lograra reactivar el circuito del crédito, como pretende Díez, esto sólo sería un parche temporal que prolongaría la distorsión en los precios relativos de los activos y alargaría la posterior recesión: más activos inflados, más deuda de mala calidad, mayor contracción.

Las rebajas de tipos no causan inflación

Miguel Sebastián también se muestra partidario de rebajar los tipos; por un motivo análogo al de Díez: para solucionar los problemas de liquidez y que éstos no lleguen a afectar a la economía real.

Aparte de la deformación neoclásica de considerar el dinero como un instrumento neutral, al margen de la economía real (y es que, a los ojos de Sebastián, parece ser indiferente que una empresa que tenga que pagar a tres meses a sus proveedores disponga de abundantes saldos de caja o sólo de numerosos terrenos; ¿sabrá qué es una suspensión de pagos?), lo que nos interesa del artículo de Sebastián es su planteamiento de que las rebajas de tipos no causan inflación: según sus series de datos, la correlación entre inflación y tipos de interés es casi nula.

De nuevo comprobamos los riesgos del positivismo económico, que, como nos advirtió Hayek en su discurso de recepción del Nobel, pretende reducir los complejos fenómenos económicos a magnitudes mesurables para poder trabajar con ellos. Aquello que puede medirse existe en economía; lo que no puede medirse, por muy importante y relevante que sea, no.

La inflación es un fenómeno muy complejo que la economía neoclásica, con un reduccionismo preocupante, ha logrado equiparar al IPC. Sin embargo, el IPC sólo muestra el encarecimiento de unos bienes de consumo, cuando en la economía existen muchos otros bienes y activos. Para Sebastián y los de su ralea, los precios de la vivienda podrían multiplicarse por nueve y sin embargo no haber inflación, siempre que los precios de los bienes de consumo que han escogido arbitrariamente no cambien (situación nada hipotética, pues ha sido lo que ha ocurrido en España en los últimos años).

En la década de los 20, los precios de las acciones en EEUU se multiplicaron una media de 3,5 veces en cinco años, pero los precios de los bienes de consumo no variaron significativamente. ¿Deberíamos concluir que no hubo inflación? ¿Por qué? ¿Porque excluimos de los índices de inflación, sin motivo alguno, los activos financieros ?

Por supuesto, Miguel Sebastián tampoco apreciará en toda su magnitud la inflación que se ha derivado de las rebajas de tipos de la Fed, debido a que se ha concentrado en las materias primas: desde agosto, los precios de éstas han aumentado como media más de un 20%. ¿Acaso sostiene Sebastián que esto no es inflación simplemente porque el INE no lo considera como tal?

El mal instrumental analítico de Sebastián lo arrastra a una confusión general, ya que en otro reciente artículo se pregunta si estamos ante un shock de oferta (causado por la subida de precios de las materias primas) o de demanda (generado por la restricción del crédito). La respuesta adecuada es que el nuevo crédito ha dejado de afluir a los activos inmobiliarios sobrevalorados y se ha dirigido a las materias primas, de ahí que el crédito se restrinja para promotores y familias y la demanda (y los precios) de materias primas se dispare.

Resulta poco inteligente creer que se puede expandir permanentemente el crédito no respaldado por ahorros reales y que esos nuevos fondos artificiales no van a incrementar el precio de aquello a lo que se destinen. Si los bajos tipos de interés que hemos tenido en España durante los últimos años hubiesen afluido, en lugar de al crédito hipotecario, hacia el crédito al consumo, el IPC se habría disparado (en vez de los precios de la vivienda) y sí habríamos sufrido inflación, según Sebastián. En realidad, el ex candidato a alcalde de Madrid confunde el reflejo de la inflación con su existencia.

Conclusión

No es momento de bajar los tipos de interés. Se trata de una política abocada al fracaso, como podemos constatar a la vista de la crisis actual, producto de las rebajas que la precedieron. La ideología inflacionista (ora keynesiana, ora monetarista) no es capaz de entender ni de dónde viene la inflación ni cómo repercute el crédito fiduciario en la estructura productiva.

A menos que gustemos del masoquismo, no conviene escuchar a los malos economistas que nos han llevado a la pésima situación en que nos encontramos. El alivio a la crisis no pasa por unos tipos de interés artificialmente bajos, sino por rebajar los impuestos, por liberalizar los mercados de factores y por un gradual regreso al patrón oro.

Sólo los payasos viven de sonrisas

En estas últimas semanas el presidente del Gobierno y su corte han tildado, con toda la mala baba de la que han sido capaces, de antipatriotas, irresponsables, "cenizos" y pesimistas a todo aquel que se niegue a profesar el mensaje oficial de triunfalismo económico del Gobierno.

Talante, sonrisas y buen rollo son la solución mágica a todos los males de la sociedad civil española según Zapatero. Nadie espera de un político, y menos del Gobierno, que sea profundo, meticuloso o cauto en sus acciones, decisiones ni discursos, pero el presidente del Gobierno ha llevado su enfoque electoral a una situación grotesca y kafkiana. A estas alturas, donde los datos de empleo, confianza del consumidor, producción industrial, inflación, consumo y endeudamiento de las familias se han descontrolado y auguran un futuro nada esperanzador, no tiene sentido seguir pintando un mundo que no existe y que nadie se cree.

Cuando empezaron los primeros indicios de crisis, el Gobierno apostó a la carta de que tales datos no eran más que un bache dentro de una tendencia alcista de la economía y siguieron con su habitual mensaje optimista, pero ahora ya se le ha ido de las manos. Esto es algo que suelen hacer todos los gobiernos del mundo. Por ejemplo, Estados Unidos también actuó de la misma forma ante la crisis subprime.

Todo y así, dentro de todas las barbaridades económicas que ha llevado a cabo el Gobierno Bush, algo positivo se le ha de reconocer, y es que al menos ha aceptado que están pasando por una mala situación económica y que podrían toparse con una recesión. El mensaje ya es oficial. El presidente americano, aliándose con la Reserva Federal, ha presentado un programa de choque de tipo keynesiano, que como demuestra la historia de poco les va a servir y sólo les traerá más inflación. Hemos de tener en cuenta que con la última bajada de tipos oficiales, han dejado los tipos reales en aproximadamente el -1%, el endeudamiento del país es superior al 130% del PIB y la inflación oficial ya duplica el objetivo de la propia Reserva Federal. Expresado de otra forma, se han vuelto más locos de lo que ya estaban, pero al menos son sinceros.

Aquí el presidente del Gobierno no llega ni a eso. Nos dice que todo va a pedir de boca y, a la vez, se contradice prometiendo 400 euros para aliviarnos del mal momento económico, que según él, no existe. Además, aún no sabemos si el dinero prometido será de esa cantidad ni quien lo recibirá. Al final pasará como la renta básica de emancipación, que sólo la percibirá poco más del 5% de las personas que la solicitaron.

El presidente del Gobierno tendría que darse cuenta que el único que vive de sonrisas es el payaso de McDonald’s, y que éste no es el más indicado para gobernar un país. Su estrategia electoral de sonrisas, alegría y descalificaciones para quienes no piensan como él podría tener sentido si todos nadásemos en la abundancia, pero los ciudadanos, ahora mismo, estamos en la situación completamente opuesta. El elector puede aguantar muchas cosas, pero suele castigar las mentiras descaradas. El PSOE tendría que saberlo. Una de las causas por la cual ahora gobierna fue el lema: "No nos merecemos un Gobierno que nos mienta". Aplíquenselo.