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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Shocks de oferta e inflación de costes

Durante los 70 la economía internacional pasó por una crisis económica que tiró por la borda todas las predicciones keynesianas: el paro y la inflación ocurrían al mismo tiempo. Keynes había asegurado que el desempleo se debía a una insuficiente demanda agregada y que la inflación era consecuencia de un exceso de demanda agregada. Obviamente, los dos problemas no podían convivir de manera simultánea: había que elegir entre reducir el paro (y generar inflación) o reducir la inflación (e incrementar el paro), tal y como lo resumía la síntesis neokeynesiana de la curva de Phillips.

A esta simultaneidad entre desempleo e inflación se la denominó "estanflación" y supuso un desprestigio irreparable para los seguidores de Keynes. Sin embargo, la manera que tuvieron muchos de ellos de salvar los muebles fue crear dos novedosos conceptos que todavía influyen a la ciencia económica actual: los shocks de oferta y la inflación de costes.

Básicamente, los keynesianos contraargumentaron que lo sucedido durante los 70 fue una disminución de la oferta agregada, de modo que mucha gente terminó desocupada porque se destruyó producción y al mismo tiempo todo se encareció porque había menos bienes en la economía. A este encarecimiento generalizado de los productos se le denominó "inflación de costes": todos los precios se dispararon porque era más caro producirlo todo. En los 70 el principal causante de la inflación de costes fue, obviamente, el precio del petróleo.

En principio, la inflación de costes parece una excepción a la ley que establece que la inflación es, siempre y en todo momento, un fenómeno monetario. En concreto, yo mismo he defendido que deberíamos definir inflación como envilecimiento de la moneda.

Sin embargo, la inflación de costes sólo es una coartada para mantener vigentes teorías ruinosas. El término parte de una profunda incomprensión de la ley de Say, a saber, que oferta y demanda son necesariamente iguales. Si la oferta agregada se reduce (esto es, si la economía produce menos bienes) las rentas de los individuos se reducen proporcionalmente y por tanto su demanda (poder de compra) también cae en igual medida.

Por ejemplo, si un empresario gana 100.000 euros al año, su demanda será mucho mayor que si gana 60.000. Esa caída de beneficios de 40.000 euros reduce su demanda; del mismo modo, una reducción de la oferta agregada, reduce la demanda agregada. Por este motivo, cuando los bienes ofrecidos por una economía se reducen, los precios de algunos productos (aquellos cuya demanda sea más inelástica o inflexible) aumentarán, pero otros caerán (simplemente, porque no habrá demanda para ellos y tendrán que liquidarse al descuento). Incluso aquellos que equiparan inflación con un "incremento generalizado de los precios" no pueden encajar este caso en su definición.

Por supuesto, una disminución de la oferta puede dar lugar a un incremento generalizado del precio de los bienes de consumo. Si la mayoría de individuos reduce su ahorro para seguir consumiendo al mismo ritmo que antes y la oferta de estos bienes se reduce, sí es cierto que aumentarán de precio. Sin embargo, el incremento del consumo reducirá los ahorros de la sociedad y, por consiguiente, el tipo de interés subirá, lo que reducirá la demanda de otros bienes (como por ejemplo la vivienda) y hará caer su precio. De nuevo, pues, no se aprecia ningún "aumento generalizado de precios" por ningún lado.

La inflación es siempre un fenómeno monetario que nace del envilecimiento de la moneda por parte de sus emisores. En los años 70 fue, por un lado, la monetización masiva de deuda pública para financiar la guerra de Vietnam y la Great Society de Johnson y, por otro, el abandono del patrón oro; hoy en día la monetización de deuda pública para financiar la guerra de Irak y el conservadurismo compasivo de Bush unido a la política crediticia expansiva de la Fed.

La manera que tuvo de manifestarse la inflación, entonces y ahora, fue, en efecto, a través del incremento del precio de ciertas materias primas, pero ese incremento se debió, en buena medida, a la expansión crediticia. Cuando Nixon abandonó Bretton-Woods, el valor del dólar dejó de estar anclado a ningún valor real, por lo que una de las formas de tratar de conservar un valor menguante fue adquirir materias primas (en otros períodos esos nuevos fondos han afluido hacia el mercado inmobiliario o hacia la Bolsa). Este aumento de costes se trasladó progresivamente a los precios de mercado y empezó a hablarse de inflación.

Pero de nuevo, entonces y ahora, el origen de la inflación fue el envilecimiento monetario y no la escasez de materias primas. De hecho, desde que la Fed reemprendió su política monetaria expansiva bajando tipos de interés durante el pasado mes de septiembre, el precio del petróleo se ha encarecido casi un 20%, el oro un 28% y la plata y el platino un 29%. ¿Es que acaso todas estas materias primas se han vuelto escasas al mismo tiempo?

Es más, que esta "inflación de costes" tiene su origen en la expansión monetaria podemos apreciarlo claramente si medimos el precio del petróleo en términos de onzas de oro. En 1967, cuando el dólar todavía mantenía su convertibilidad con el oro a un tipo de cambio de 35 dólares = 1 onza de oro, el petróleo costaba 3,12 dólares por barril. Estos días, la onza de oro se ha situado en unos 900 dólares y el barril en 90. Dicho de otro modo, en 1967 podíamos comprar 11,2 barriles de petróleo con una onza de oro, hoy 10. O dicho en términos de dólares, el precio del petróleo ha pasado de 3,12 dólares por barril a 3,5 dólares.

Ciertamente, se trata de un notable aumento del 12%, pero hay que ponerlo en perspectiva: desde 2004 los precios del petróleo con respecto al oro se han reducido desde 3,9 dólares a 3,5, una caída del 10%.

Sólo hay un caso en el que un shock de oferta podría causar inflación: cuando se produce una caída sustancial de la producción de país con una moneda fiduciaria de curso forzoso. En este caso, la divisa dejaría de cumplir buena parte de sus funciones (adquirir los bienes producidos) y podría ser repelida por sus tenedores. Pero, también en este caso, la inflación es consecuencia del intervencionismo monetario, en concreto, la imposición de un moneda con la que obligatoriamente saldar las deudas.

La inflación de costes fue sólo un camelo keynesiano para intentar mantener su posición de preeminencia intelectual. Oferta y demanda nunca pueden estar desajustadas, ya que todo bien es oferta y demanda al mismo tiempo (oferta para el vendedor y demanda para el comprador). Si ciertos bienes no se compran, sus vendedores no podrán, a su vez, comprar en el mercado, con lo que oferta y demanda se habrán reducido correlativamente.

La inflación, en cambio, es una consecuencia del envilecimiento de la moneda. Los lugares donde se manifieste tendrán mucho que ver con los bienes que primero adquieran los destinatarios de la expansión crediticia (y entre estos podrán estar las materias primas), pero no con disminuciones de oferta.

Los metomentodo de FACUA, contra Gmail

No, los de la asociación de consumidores por la prohibición del consumo de lo que no les gusta vuelven al ataque, y esta vez contra Google. En concreto, contra Gmail, al que califican de "correo espía" y al que quieren ilegalizar.

Veamos qué definen como espionaje estas histéricas: que el software de Google examine los mensajes que llegan a un usuario en busca de palabras clave que pueda emplear para mostrar anuncios personalizados a la vera del correo que estamos leyendo, para "olvidarse" inmediatamente de ese contenido. Preocuparse por esto y calificarlo además de "espionaje" demuestra una ignorancia abismal sobre el funcionamiento de la tecnología de internet. Google ya tiene que "leer" el correo (espiarlo, en jerga facuense) para poder mostrárnoslo; buscar palabras en él para mostrar anuncios, siempre y cuando no almacene los resultados de esa búsqueda, no añade ni quita nada a ese hecho. Pero no sólo Google, claro; todos los correos web tienen que hacer lo mismo.

En todo caso, aunque Google averiguara hasta la talla de calzoncillos que uso por medio de mis mensajes, eso no es de la incumbencia ni de FACUA ni de nadie si yo les he dado permiso al abrirme una cuenta en Gmail. Al parecer, para ellos "no es lícito que un usuario que recibe un mensaje sobre, por ejemplo, la muerte de un familiar o la devolución de recibos en su banco por falta de saldo, sea invadido por los anuncios funerarias o empresas que le ofertan créditos para saldar sus deudas". Traducido del progre al castellano: algo ilícito es algo que no nos gusta. Pues no te abras una cuenta en Gmail, pero déjanos a los demás.

Pero bueno, lo que pueda opinar una asociación de defensa del consumidor, de esas que afirman que defenderte consiste en prohibirte hacer lo que estimes oportuno, no debería ser tan importante. Al fin y al cabo, llevan años quejándose por lo mismo. No, el problema es que han encontrado apoyo en una declaración de la Agencia de Protección de Datos, que afirma que de acuerdo con un dictamen de un grupo de trabajo de la Unión Europa a partir de ciertos artículos de una directiva sobre protección de datos, a su vez traspuesta en la ley española sobre la materia, Google no puede examinar el correo para poner anuncios personalizados. Vamos, que han pedido ayuda al primo de Zumosol y éste ha acudido raudo y veloz.

El problema es que los artículos que cita el organismo español no permiten deducir nada, ni a favor ni en contra. Es más, el dictamen al que hacen referencia, aparte de llamar "buzonfia" al spam, que ya les vale a los traductores de la Unión Europea, no dice absolutamente nada sobre el análisis de los correos con fines publicitarios. Y los artículos de las directivas europeas que cita no prohíben dicha operación, salvo que se haga "sin el consentimiento de los usuarios interesados", que no es el caso, porque tú das permiso al abrirte una cuenta en Gmail.

Desgraciadamente, tenga o no tenga sentido lo que dice la Agencia de Protección de Datos, son el Estado, y como tal disponen de la coacción legítima para hacer avanzar sus intereses. De modo que discúlpenme si me empiezo a preocupar. Es que uso Gmail y me lo quieren cerrar.

El oro del Banco de España

Solbes lo justificaba en el Senado diciendo que el oro "ya no es rentable", porque no proporciona ninguna renta. Y Solbes es ministro ¡de Economía! El oro es dinero por excelencia, y el dinero no produce renta, pero su valor varía con el tiempo; vaya que si lo hace.

Desde entonces el oro se ha revaluado un 27,4% en euros, y de haber mantenido su stock el BdE, según los cálculos del Instituto Juan de Mariana, el valor de sus reservas sería hoy de 10.098 millones de euros, un 86% superior a los 5.430. Teniendo en cuenta el valor de los ingresos por sus ventas (reconocidos en 3.500 millones de euros) y el balance de su revalorización hasta el momento, (4.668 millones de euros). Unos 1.200 millones de pérdidas, que serían 1.000 si suponemos que hubiese invertido lo ingresado en bonos públicos, con una rentabilidad media del 4%.

Mas lo preocupante de las ventas de oro por el Banco de España no es sólo las pérdidas del valor de sus reservas, con ser ello importante. Una pérdida, además, que es mayor con cada día que pasa, pues hay una crisis de liquidez, un momento en el que el oro recupera plenamente todo su valor. Los expertos lo sitúan en los 1.000 dólares en breve plazo, hay quien piensa que podemos volver a los niveles de 1980 (2.200 dólares de hoy). Acaso sea más inquietante que la institución reguladora ha renunciado en gran parte a un activo esencial para afrontar crisis financieras como esta a que estamos abocados.

El oro ha sido denostado tradicionalmente por el inflacionismo; razón no le falta para temerlo. La adoración a Keynes, falso ídolo como ningún otro, ha hecho olvidar a dos generaciones de economistas qué es en verdad el amarillo metal y su función económica. En momentos de dificultad, de inflación, de crisis, reaparece con toda su fuerza; una oportunidad para redescubrirlo.

El crack de 2008

La mayoría de analistas apuntan a una caída puntal del mercado para después recuperar la tendencia alcista (la iniciada en 2003 ya se ha perdido). Los pesimistas, por llamarles de alguna forma, afirman que esta bajada sólo es la punta del iceberg, que nos esperan unos cuantos años de bolsa bajista. Será algo similar a lo que ocurrió en el periodo 2000–2003. El principal argumento de los "pesimistas" se basa en la situación económica: el hundimiento inmobiliario, la crisis crediticia, las malas perspectivas sobre la inflación o la fuerte alza en los primeros escenarios productivos, como el de las materias primas, que suelen avecinar crisis.

Hay unos cuantos puntos que chocan fuertemente con la visión de los pesimistas. Si observamos los fundamentales de la bolsa española nos llama la atención que el Ibex, por ejemplo, tenga un PER estimado para el 2008 de 10. El de 2007 es casi de 12. Si nos miramos la banca por ejemplo, el PER estimado aún es más bajo, del 8,3 (el PER, cuanto más bajo, mejor). El yield del sector bancario es muy positivo, está al 6,1%. ¿Tiene sentido un declive bursátil duradero con esta alta rentabilidad? Si sucediera, creo que sería la primera vez. Aún estamos en época de resultados empresariales en Estados Unidos y, exceptuando los bancos, las empresas están sacando buenos datos. En España se empiezan a publicar ahora y es muy pronto para decir nada, pero los resultados de las pocas compañías que los han presentado ya son positivos.

Hagamos una mirada atrás, concretamente, a las crisis del 87 y 98. Ambas crisis tienen el mismo patrón de actuación que el crack del lunes. Fuertes desplomes bursátiles y carrerones alcistas en los meses siguientes. Siguiendo a Dow, las fases alcistas tiene tienen tres fases. Una, la de inicio de tendencia alcista. Segunda, la de consolidación y la tercera, la que podríamos llamar coloquialmente especulativa, donde todo sube independientemente de la situación económica o estado financiero de las empresas. Todo sea dicho de paso, estas teorías predictivas, que no son más que meros pasatiempos para economistas curiosos, se cumplen desde que se emite papel moneda respaldado por "fino aire", principal causa de estos violentos ciclos.

Volviendo al tema. Mirándonos detalladamente la situación, no parece que hayamos llegado aún a esta tercera fase de Dow. Normalmente, en las últimas fases alcistas hay una brusca interrupción a la baja que indica el inicio de otro subciclo. El fin del ciclo alcista suele ocurrir dos años después de estas abruptas bajadas que identificamos como cracks. Podríamos estar muy bien en esta situación ahora mismo. Si es así, y a juzgar por los anteriores cracks, exceptuando el del 2001 que tiene otros tintes y ya se produjo en plena fase bajista del mercado bursátil, la bolsa española a finales de este año recuperaría los máximos y dentro de un par de años más alcanzaría nuevos máximos. A partir de entonces empezaría el ciclo bajista, algo que también viene a coincidir con la teoría de Benner (que sólo ha fallado dos veces en los últimos 100 años). ¿Significa esto que la economía para los particulares mejorará? No tiene por qué. Esta es otra guerra.

Sea cuál sea el camino que tome la bolsa, una cosa parece muy probable. Empíricamente, estas fuertes bajadas dejan al mercado tocado y le cuesta mucho recuperar la normalidad. El mes de febrero parece que se va a caracterizar por fuertes subidas y bajadas. Puede que ni siquiera hayamos visto los mínimos de la bolsa. El mes crucial será marzo. Para entonces ya veremos claro si la debacle se nos viene encima o aún podemos arañar un par de añitos más. Mientras tanto sigamos el dicho bursátil que suelen repetir los day traders en situaciones como la actual: "si no sabes qué hacer, vete a pescar".

Vuelven los 70. ¿Otra vez estanflación?

El primer síntoma importante, que ha sido el primer detonante de las bajas bursátiles europeas de esta semana, fue el índice ZEW, indicador que mide la confianza de los inversores alemanes principalmente. Según la publicación del instituto alemán, el índice ha llegado a cotas que no veíamos desde 1993. Dato pésimo. Un día después, la Reserva Federal publicaba el libro Beige, que da a conocer algunas de las condiciones económicas de los Estados Unidos. Los datos eran del mes de diciembre y no pintaban demasiado bien, ya que mostraban cierta contracción de la demanda y tensiones en la inflación subyacente, esto es, la relativa a la alimentación y la energía. El 24 de este mes se publica el índice IFO que intenta medir el “clima empresarial” alemán y no da la impresión que vaya a salir muy bien tampoco, principalmente debido a la debilidad del dólar que también nos afecta.

A todo esto, tenemos al BCE, presidido por Jean-Claude Trichet, que no sabe si mantener los tipos de interés, subirlos o bajarlos. Ahora está esperando a las subidas salariales en Alemania. Ya ve, la cuota de nuestra hipoteca depende de lo que los empresarios alemanes hagan con el sueldo de sus trabajadores.

Los ciclos se parecen a las modas, van y vienen. La gran diferencia es que las modas nos pueden gustar o no, pero no por eso nos van a arruinar. Los ciclos económicos, cuando son gestionados por los burócratas de los bancos centrales, sí. Parece que vamos de cabeza a la misma situación que ya tuvimos en los años 70, estancamiento más inflación. ¿Es que en estos 40 años los altos funcionarios del Gobierno, de los bancos centrales y entes reguladores no han aprendido nada? Evidentemente, no. Sólo han sustituido la imprenta de billetes por las subastas e inyecciones de liquidez. Constantemente, el presidente del BCE amenaza con subir tipos y lleva más de cinco meses, ¡casi medio año ya!, inyectando toneladas de dinero al merado. ¿Pero cómo se entiende tal contradicción? ¿Cómo se entiende también que la M3 aún esté creciendo a ritmo de dos dígitos y el BCE no haga absolutamente nada salvo amenazar a los empresarios para que no suban los sueldos? No se puede ser más cínico.

Entretanto, en España somos la caricatura de la crisis. Si las bolsas europeas bajan, aquí bajamos más, el número de sociedades mercantiles creadas, se desploma; la producción industrial también se hunde según los últimos datos del INE, las afiliaciones a la Seguridad Social está a niveles de 1996, los precios amenazan con dispararse aún más y la prensa internacional, con razón, nos da un hachazo día sí, día también; lo que no va muy bien para atraer inversores extranjeros.

Pero un punto de lucidez al menos. Esta semana hemos visto rejuvenecer a Alan Greenspan, antiguo presidente de la FED que vuelve a sus orígenes y ahora, que ya no depende de la gracia ni sueldo de los políticos, vuelve a defender la mejor medida anti-inflación, anti-recesión y anti-burócratas: el patrón oro. Lástima que se haya dado cuenta ahora. Demasiado tarde.

Que no hay crisis…

Como ha quedado claro en su entrevista con Pedro J. Ramírez, Zeta prosigue con su estrategia negacionista y afirma que "en absoluto" estamos inmersos en una crisis. De hecho, para 2009 espera retomar la senda de crecimiento de la que nos apartaremos en 2008. Este último ejercicio quedará como un pequeño bache sin importancia en la trayectoria meteórica de nuestra economía.

Uno sigue sorprendiéndose con la arrogancia de unos políticos que, si hace unos años reconocían en privado ser unos completos ignorantes en economía, hoy se permiten el lujo de hacer predicciones a dos años vista en medio de un clima internacional absolutamente turbulento que ni siquiera las casas de análisis fueron capaces de anticipar (en realidad, sólo quienes tenían un mínimo conocimiento de la teoría austriaca del ciclo económico, como Mike Shedlock o Christopher Mayer, previeron las desastrosas consecuencias de la política crediticia de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. Por cierto, esta misma gente no comparte la idea de que los años venideros vayan a ser una suerte de Arcadia feliz, y perdón por la redundancia).

Pero a lo mejor es que Zapatero piensa que España puede seguir creciendo y desarrollándose en medio de una crisis económica internacional gracias a la diligente gestión de su Gobierno. En cualquier caso, Z, como de costumbre, se equivoca o miente. Y no sé cuál de las dos opciones resulta más preocupante: si se equivoca, vamos a darnos de bruces con una crisis que el Ejecutivo ni ha previsto ni tratado de remediar, y si miente para ganar las elecciones es que no sabe cómo gestionar la mala coyuntura que se le viene encima, por lo que las imprescindibles reformas se quedarían en el tintero.

Los últimos datos económicos no son, desde luego, para tirar cohetes. El sector de la construcción se contrae cada vez más (en un año ha visto crecer un 20% su número de parados); los precios de las viviendas residenciales dejaron de crecer en el segundo semestre del año pasado (y Standard and Poor’s estima, de manera bastante realista, una sobrevaloración del 30%); la inflación se ha disparado hasta el 4,3% en diciembre (si bien probablemente sea muy superior); la tasa de ahorro de las familias sigue cayendo, por los altos impuestos y la subida de los tipos de interés y de los precios; la renta disponible de las empresas se redujo un 69% en el tercer trimestre de 2007; la confianza de los consumidores lleva más de seis meses consecutivos registrado mínimos históricos, uno tras otro; la tasa de morosidad de los efectos comerciales de las empresas creció en noviembre un 32% (hasta los 1.100 millones de euros, alrededor del 1% del PIB); la creación de empresas se desplomó un 16%, y el número de las que se disolvieron creció un 66%.

Lo peor, sin embargo, está por llegar. A ver cómo hacen las entidades de crédito para soportar en 2008 el continuo aumento de la morosidad (que se trasladará al ámbito hipotecario y al crédito al consumo), los mayores tipos de interés de la refinanciación de sus depósitos y la caída del valor de las garantías hipotecarias. A ver cómo hacemos para financiar uno de los déficits exteriores más elevados del mundo, cuando, además, no tenemos posibilidad de devaluar la moneda. A ver cómo hace ZP para sufragar el enorme gasto público al que se ha comprometido en esta legislatura (lo ha aumentado más en cuatro años que el PP en ocho, tanto en términos relativos como absolutos), cuando la recaudación fiscal comience a menguar y los gastos en prestaciones de desempleo a subir (UBS espera que incurramos en déficit público en 2009).

Y todo ello en un contexto poco favorable, en que las pérdidas de los bancos se verán corregidas y aumentadas y las materias primas seguirán subiendo (oro, petróleo y platinio ya están en máximos históricos en términos nominales).

Por supuesto, nada de esto parece preocupar a ZP. Lo único que le preocupa es echar balones fuera. Después de negar que hubiera crisis, la consigna del PSOE parece ser atribuirla a factores exógenos al Gobierno, como la crisis de las subprime, obra de los malvados especuladores yanquis, y el incremento de precios del petróleo y los cereales, consecuencia de la mayor demanda de chinos e indios.

Pese al sesgo simplista y demagógico del análisis de los miembros del PSOE, lo cierto es que el actual ciclo económico no resulta directamente imputable al Gobierno. El principal responsable es el Banco Central Europeo, con su política crediticia, sobre el cual Zapatero puede influir bien poco. Sin embargo, sí es responsable de una política económica destinada a prolongar y agravar la crisis.

Como ya hemos dicho, el PSOE ha emprendido un brutal incremento del gasto público que obviamente se ha traducido en un sustancial aumento de la presión fiscal. En unos momentos en que la renta disponible de los individuos no es capaz de seguir el ritmo de los repuntes de los tipos de interés, la reducción de la renta disponible sólo nos acerca al colapso financiero y a la mala asignación generalizada de recursos. El INE informa de que en el tercer trimestre de 2007 la recaudación por los impuestos sobre la renta y el patrimonio, en el caso de los hogares, y del de sociedades, en el de las empresas, aumentó un 21,4% y un 44%, respectivamente. He aquí uno de los principales responsables del ahogo financiero.

Además, Zapatero tampoco ha aprovechado la legislatura para flexibilizar el mercado laboral y facilitar un rápido reajuste entre los sectores productivos. Incluso el Ministerio de Trabajo reconoce ahora que el 44% de los parados de la construcción tiene nulas opciones de recolocarse (a buen seguro, la tasa real es muy superior).

El optimismo de ZP, cuyo peor escenario es un crecimiento del 2,8% para 2008 y uno superior para 2009, contrasta con el de algunas casas de análisis de prestigio que, tras basar sus estimaciones en la situación actual (que sin duda se agravará en los próximos meses), prevén una expansión mucho menor. La OCDE y Standard and Poor’s hablan del 2,5% para 2008, y algunos economistas de Merrill Lynch hablan del 2,2%. Eso sí, para 2009 todos coinciden en un empeoramiento significativo de la situación: la Comisión Europea estima un 2,25%, Standard and Poor’s un 2% y Merrill Lynch unl 1,6%.

En todo caso, el futuro parece depender más de una preocupante evolución de las economías internacionales que de la islita española. Como decía Mises, "el Gobierno no puede enriquecer a la gente, pero sí puede empobrecerla". En el caso de ZP es exactamente así: poco puede hacer para evitar la crisis, pero está haciendo mucho por agravarla.

El dinero tiene valor aunque no circule

Leer a Benjamin Anderson es siempre un placer intelectual de primer orden para quienes nos apasiona la teoría monetaria. Cuando uno cree que ya ha exprimido todo el contenido de alguna de sus páginas de The Value of Money, siempre está a tiempo de releerla y comprobar que se había equivocado en su apreciación.

Rindo este pequeño homenaje al economista estadounidense como disculpa anticipada a fusilar uno de los numerosos ejemplos que contiene su obra. En este caso me servirá para retomar un tema que ya traté en uno de mis artículos anteriores: el valor del dinero emerge de un acuerdo común –explícito o tácito, consciente o inconsciente– por el que ese dinero circula.

Los cuantitativistas y los enemigos del oro suelen argumentar que la elección del patrón monetario es indiferente, ya que el valor del dinero puede derivarse de cualquier bien que circule. Por esto motivo, el dinero fiduciario en papel o incluso en soporte electrónico sería más conveniente que el dinero en forma de oro por los menores costes de creación, conservación y gestión.

La única ventaja que, según ellos, podría poseer el oro sería que sus limitadas existencias suponen un freno para la expansión monetaria y la inflación de los bancos centrales. Sin embargo, incluso este punto podría ser replicado por un banco central independiente o sometido a ciertas restricciones (como la regla de emisión fija de Friedman) o por un banco privado que obtuviera su credibilidad de limitar su stock de dinero fiduciario.

En un artículo anterior ya critiqué la visión según la cual el dinero tenía valor porque circulaba. El dinero es un proceso de mercado que necesariamente ha de surgir sobre mercancías que con anterioridad ya tenían valor; la gente no intercambia sus bienes por nada, sino por bienes líquidos que sirven para atesorar el valor y que se demandan con independencia de su circulación futura.

Esto no significa, claro está, que los bienes líquidos no se vuelvan más valiosos cuando pasan a ser utilizados como medio de intercambio. El intercambio es una parte del proceso productivo y un bien que cumple además con esa finalidad es un bien más útil.

Sin embargo, siguiendo a Anderson, cabe imaginar un supuesto en el que un bien sea utilizado como patrón monetario, pero no como medio de cambio. Dicho de otro modo, ya probamos que el dinero sólo podía circular si antes ya poseía valor, pero además es posible que exista dinero sin que circule.

Supongamos que un banco (público o privado) emite dinero en forma de papel convertible a un tipo de cambio 1 billete=1 onza de oro, con una particularidad: los billetes no son convertibles directamente en oro, sino en plata al tipo de cambio vigente en ese momento entre el oro y la plata. Por ejemplo, si hoy el precio en oro de la plata es 1 onza de oro=10 onzas de plata y yo acudo a convertir mi billete al banco, me entregarán 10 onzas de plata. En cambio, si mañana el tipo se eleva a 1 onza de oro=20 onzas de plata, yo recibiré 20 onzas de plata.

En este supuesto, el valor del oro procedería por completo de su valor como mercancía, y no como medio de cambio, ya que ni siquiera se emplearía como tal. Sin embargo, el valor del billete sí sería completamente dependiente del valor del oro: si el oro subiera de valor, el dinero también aumentaría de valor y viceversa. Pero lo relevante es que tanto la cantidad de billetes (correctamente respaldados) como la de plata serían irrelevantes a la hora de determinar el valor del dinero y por tanto los precios.

La teoría cuantitativa del dinero quiebra una vez más en la medida en que, cuando el valor del oro crece, los precios caerían aunque no disminuyera la cantidad de billetes; y lo mismo cabe decir con respecto a la plata (más plata significaría sólo su precio caería con respecto al oro, que seguiría siendo el estándar de valor).

Es más, no se trata sólo de que la cantidad de billetes no tendría influencia sobre su propio valor (dependiente por completo del valor del oro), sino que el valor del oro (y por tanto del billete) determinaría su cantidad.

Si el oro (y por tanto los billetes) aumentara de valor, los precios del resto de bienes bajarían. Con precios más bajos, sería necesaria una menor cantidad de billetes para atender el tráfico diario de la economía, de modo que la gente los llevaría al banco para convertirlos en oro. En otras palabras, se produciría una contracción monetaria porque el oro –pese a no emplearse como medio de cambio- ha aumentado de valor.

Por supuesto se trata de un sistema monetario muy especial que acarrearía más costes que un simple papel moneda convertible en oro (sobre todo por el riesgo y costes de conversión entre el oro y la plata), pero en cualquier caso un sistema monetario posible, donde el patrón monetario tendría valor pese a no circular.

De nuevo se comprueba como la simpleza matemática de una ecuación es incapaz de describir las complejísimas interrelaciones de una economía completa con presencia de dinero, y también como la pretensión ingenieril de atribuir el valor al dinero por los pactos humanos sobre el mismo supone un error intelectual de primer orden.

Latrocinio navideño

Y es que pocas veces hemos experimentado un empobrecimiento tan rápido a la luz de los millones de bombillas y al ritmo de la música oficial que nos cuenta lo contentos que tenemos que estar a pesar de que no llegamos a fin de mes.

Hace unos días tuvimos que aguantar al Gobierno encomendándonos a comer conejo en lugar de pavo, cordero, ternera o lo que nos venga en gana. De no hacer caso al consejo, nos advierten, los consumidores seremos oficialmente declarados culpables de la inflación. ¡Qué cara más dura! No hace falta ser ministro de Economía ni catedrático en teoría de precios para saber que la inflación es un fenómeno monetario que, en vista del actual monopolio de emisión de moneda, es responsabilidad política. Si todos decidimos comer pavo, subirá el precio del pavo al tiempo que bajará el precio de muchos de los bienes que dejamos de consumir por comprar pavo. Sin embargo, aquí lo que pasa es que suben los precios de casi todo y eso no se consigue aumentando el consumo sino la velocidad a la que gira la maquinita de hacer billetes.

La clase política ha decidido envilecer nuestra moneda y robarnos poder adquisitivo sin medida por el sutil medio de la inflación. Es algo sobre lo que ya no cabe dudar a estas alturas, pero al menos se agradecería que tuvieran la decencia de no culpar a las víctimas. Si pudiera elegir entre los ladrones ilegales y estos sinvergüenzas que ocupan las altas esferas del monopolio del uso de la fuerza, creo que me quedaría con los primeros. Al menos estos no me dirán que si tengo menos capacidad de compra tras el robo es por mi culpa, ni me vendrán a decir lo que tengo que cocinar para maquillar un poco el latrocinio sufrido y la maltrecha cartera. Me roban y me dejan en paz. Eso es precisamente lo que no son capaces de hacer los gobiernos. Cuando ya te han desplumado usan parte del dinero que te han quitado en hacer propaganda de lo bien que lo han hecho.

Enciendes la tele o pones la radio y te tragas el anuncio del ministerio de turno dándote a entender que sin ellos serías un miserable. El otro día el ministro de Economía se jactaba de lo bien que lo ha hecho. No sé realmente a qué se refiere pero de verdad que me cuesta entenderlo. Es como si el carterista del metro me dejara en el bolsillo un tríptico contándome lo bien que lo hace y lo orgulloso que debo estar de que me haya tocado él y no la competencia.

El conejo y las propinas

Ahora bien, por muy esperpéntico que sea el argumento de Solbes, conviene no olvidar que en última instancia se basa en teorías económicas que hasta hace muy poco predominaban en la academia y que aún hoy siguen gozando de cierto predicamento. Así, en determinados ambientes keynesianos se achaca la inflación a un incremento de la demanda agregada, esto es, a que todo el mundo gasta, de repente, más. Para Solbes, comemos demasiado poco conejo y somos demasiado pródigos a la hora de dejar propinas porque aún no sabemos cuánto vale un euro.

Se trata de una explicación que no resiste el menor análisis riguroso. El euro que supuestamente doy al camarero como propina es un euro que no puedo gastar en otras cosas. Por consiguiente, si el precio del café o del pollo sube porque pagamos demasiado por ellos, el precio de aquellos bienes que ya no podremos adquirir debería bajar. Y ello aun en el caso de que gastásemos euros que pretendíamos ahorrar, ya que un menor ahorro supone una menor inversión y, por consiguiente, una menor demanda de ciertos bienes (por ejemplo, vivienda).

Estamos ante un claro ejemplo de lo que se denomina falacia de la composición: creer que lo que es cierto para elementos individuales es cierto para el conjunto de elementos. Es cierto que si la demanda de un bien aumenta, el precio del mismo tenderá a aumentar; el problema es que, a menos que seamos más ricos, no puede aumentar la demanda de todos los bienes. Pero ser más ricos implica haber producido previamente más bienes, con lo que los aumentos globales de demanda no son más que incrementos globales de oferta. No puede haber inflación por el mero hecho de que se gaste más en pollos o en propinas.

Por cierto, detengámonos un momento en la definición que se ha impuesto del término inflación: aumento generalizado de los precios, porque nos permitirá comprender mejor de qué estamos hablando. Esta definición pretende confundir las consecuencias con las causas de la inflación. La inflación es, en realidad, una pérdida de calidad de la moneda: antiguamente, los monarcas rascaban el oro de las monedas para arrebatar parte de su valor a los ciudadanos; hoy en día, los Bancos Centrales incrementan la oferta crediticia (pasivos) aun cuando los activos no han aumentado correspondientemente.

La consecuencia de que el dinero valga menos es que los bienes que pretendemos adquirir con él cuestan más. Pero la inflación no se produce cuando los precios se disparan, sino cuando se envilece el dinero.

Visto así, la responsabilidad del proceso inflacionista se traslada desde quienes suben los precios a quienes envilecen el dinero. Pero alto aquí, que estas conclusiones ya no interesan a los poderes públicos: quienes suben los precios suelen ser malvados empresarios u oscuros conspiradores especulativos; quienes gestionan el dinero y destruyen su calidad suelen ser otros burócratas.

Si los culpables son los empresarios, el político de turno tendrá una excusa adicional para intervenir en el mercado e incrementar su poder. Será menester perseguir a los avariciosos comeniños que tratan de lucrarse a costa de las masas desfavorecidas. El Estado abogará por establecer controles de precios, por sancionar lo que él entiende por acuerdos colusorios o por subvencionar líneas productivas. No en vano, durante las últimas semanas hemos sabido de peticiones para que se fijen precios máximos sobre los productos básicos, se investigue a los ruines distribuidores o se invierta en energías renovables para que no dependamos tanto del petróleo.

En cambio, si los culpables de la inflación son los burócratas estatales que gestionan con carácter monopolístico la moneda de curso forzoso, lo lógico sería pedirles que se retirasen de sus funciones y dejasen que las entidades privadas emitieran su propio dinero.

Las motivaciones e intereses que subyacen a una y otra explicación son obvias. Digamos que Solbes, cuando echa balones fuera, está protegiendo a sus colegas, aun a riesgo de caer en un espantoso ridículo.

Pero lo dicho también debe servir como un caveat ante ciertos argumentos liberales que, aun siendo inteligentes desde un punto de vista táctico, no son rigurosos. La inflación no se soluciona ni con reformas estructurales, ni con la libertad de horarios comerciales ni favoreciendo una mayor competencia. Todas estas medidas son convenientes, positivas e imprescindibles porque permiten crear más riqueza, pero no tienen nada que ver con que la moneda gane o pierda calidad, o tienen una influencia muy indirecta. La única manera de combatir la inflación es cambiar de sistema monetario y regresar al patrón oro.

La mayor o menor competencia, en realidad, sólo cambia la identidad de las víctimas, pero no acaba con el crimen. Quienes estén en posición de repercutir en sus productos la pérdida de valor del dinero trasladarán la merma a quienes no pueden hacerlo; en ausencia de competencia, los consumidores suelen sufrir buena parte de estas pérdidas.

Ahora bien, que Trichet y sus secuaces del Banco Central Europeo sean los culpables de la inflación actual no significa que el Gobierno no pueda hacer nada mejor que proponer el consumo de conejo para compensar la inflación. Dejando de lado la posibilidad de una reforma monetaria seria, que este Gobierno no tiene voluntad de plantear (tampoco tiene entidad para ello), hay que recordar que la inflación equivale a un impuesto sobre la riqueza de los individuos del que se apropian el Estado y sus grupos afines.

Se trata de una tributación adicional y confiscatoria cuya incidencia el Ejecutivo sí puede aliviar. ¿Cómo? Rebajando los impuestos. El de la renta, el de sociedades, el de hidrocarburos: no será por falta de opciones… Aunque mucho me temo que nada de esto quepa esperar de una panda de politicastros que creen que hay inflación porque los ciudadanos comen demasiado pollo y demasiado poco conejo. Si es que no se nos puede dejar solos.

Las apresuradas decisiones de la FED

La historia empezó el día anterior a la gran medida de la FED, el martes. A las 20:15, hora española, la FED tenía que pronunciarse sobre qué hacía con los tipos de interés. El mercado bursátil se esperaba un recorte de 25 puntos básicos en el tipo federal (el que comúnmente conocemos como tipo de interés oficial) y de 50 puntos básicos en el descuento (el que usa la FED con los bancos comerciales). La FED cumplió la primera parte, pero se quedó corta en la segunda, rebajó el tipo de descuento en 25 y no 50 puntos básicos. Los hombres de negocios de Wall Street han aprendido algo en este último año: eres un lobby con mucha más fuerza de la que crees, así que patalea y conseguirás lo que quieres. Dicho y hecho. El Dow Jones cayó en el primer minuto tras conocer la noticia 10 puntos, en el segundo ya eran 100, en los cinco siguientes sumó otros 100 y siguió bajando 100 puntos más hasta el cierre.

Al día siguiente salió el rumor de que la FED se había asustado por las reacciones del mercado y se planteaba hacer algo para apaciguarlo. ¿Realmente tiene algún sentido tomar alguna medida como volver a bajar el tipo de descuento por una rabieta de la bolsa? La decisión de Ben "Helicóptero" Bernanke fue peor que una bajada de urgencia del tipo de descuento. Coordinó apresuradamente a otros bancos centrales para hacer un plan de intervención durante lo que queda de año y parte del siguiente. Las últimas actuaciones de la FED, como las inyecciones de liquidez, no han servido de nada, ni tampoco parece que este plan vaya a cosechar mayores éxitos. Pero parémonos un rato: ¿qué tiene que ver la bolsa con el dolido sector crediticio? En realidad, poco. El único sector relacionado con el mundo del crédito es el propio sector del crédito y la bolsa no es su termómetro. Ésta se mueve por perspectivas macroeconómicas –ahora difusas, aunque en muchas ocasiones tampoco coinciden–, por su competencia –los tipos de interés– y por los beneficios empresariales, en los que la FED no puede intervenir. Si el sector del automóvil va mal, por más que la FED baje tipos no logrará que se vendan más coches norteamericanos.

¿Y por qué la FED sólo reacciona ante violentos movimientos de las bolsas y no, por ejemplo, por el continuo derrumbe que ha tenido el dólar estos meses, que sería más lógico? Este año 2008 es época de elecciones en Estados Unidos y los estadounidenses son muy sensibles a los movimientos de las bolsas porque tienen una cultura financiera mucho más desarrollada que la nuestra. Si la bolsa baja, el elector se disgustará, con razón o sin ella, con el Gobierno. Bernanke fue elegido por Bush y su séquito. En definitiva, el presidente de la FED hará todo lo posible para que la bolsa empiece el año subiendo y se mantenga así hasta las elecciones. De hecho, estadísticamente, en las épocas de elecciones la bolsa norteamericana casi siempre tiene fuertes subidas. No es casualidad.

Bernanke ha montado este número para salvarse a él mismo. La economía americana no entrará en recesión por bajar o no un cuartillo (25 puntos básicos) en un índice tan poco común como el de descuento. La situación de ahora no es diferente a la de hace una semana. ¿Por qué la FED no dijo nada entonces y ahora se lanza de cuernos dentro del mercado? Porque durante la semana pasada el Dow Jones subía y ahora ha bajado con mucha fuerza, especialmente el martes.

La economía mundial ahora mismo la está dirigiendo un funcionario apodado "helicóptero" que está en la otra parte del mundo y es capaz de remover todos los mercados para salvar su puesto. Mientras que Estados Unidos se muestra considerablemente liberal con temas como el del empleo, y les va mucho mejor que a nosotros, está por otra parte acentuando acciones terriblemente proteccionistas y oscuras en el mundo financiero, como por ejemplo ocultar las mediciones del agregado M3 o involucrarse cada vez más en los mercados desde hace ya varios años. Uno de los principios del liberalismo es que la producción esté en manos privadas y no en las de unos oligarcas políticos, y el dinero no es una excepción a esta regla.