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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Nuestros cuatreros también pagan a delincuentes

Recordará el lector que Hacienda ha obtenido esos datos del Gobierno alemán, el cual pagó a un delincuente que los robó del banco LGT, mostrando así su verdadera naturaleza cuatrera. Si de verdad Hacienda fuésemos todos, como durante años nos repetía machaconamente la propaganda gubernamental, los españoles nos habríamos convertido en unos tipos sin escrúpulos. El método mafioso del Gobierno de Merkel, que se salta a la torera las más básicas normas del derecho internacional, le valió un duro enfrentamiento no sólo con la familia real del principado sino con las autoridades de países como Noruega. El ministro escandinavo de Impuestos, Kristian Jensen, arremetió contra la recompensa de un delito por parte del Gobierno Merkel como medio para amedrentar a todas las familias que pensaran en poner parte de su patrimonio a salvo de los hábitos depredadores del estado germano. Gobiernos como el de Suecia se apresuraron a declarar que no usarían una lista conseguida mediante el crimen para inculpar a sus ciudadanos.

Sin embargo, el Gobierno español no le hizo ascos a los métodos gangsteriles de Merkel. Eso sí, los medios afines al Gobierno trataron de ocultar sus vergüenzas hablando de la injusticia que suponía que los grandes millonarios sacasen su dinero fuera de los países de la UE para llevarlos a "paraísos fiscales". Pero ahora fuentes de la Agencia Tributaria han afirmado que los defraudadores son "gente normal". ¿Y qué esperaban? ¿Monstruos? A lo mejor alguien creían que encontrarían grandes fortunas en esta lista. Pues no. Parece que muchos no se han enterado todavía de que los millonarios no pagan impuestos; y no es que esto me moleste especialmente. Ellos no tienen que sacar sus ahorros para escapar de las garras voraces de nuestra hacienda pública. Les basta con montar una SICAV o, si son personas sin escrúpulos, invertir en negocios desde los que succionan rentas del español de la calle: un molino eólico por aquí, unas plataneras por allá y no sólo no pagan sino que el Gobierno les pone el dinero de la gente corriente en su bolsillo.

Es precisamente la gente normal la que se ve ante un dilema moral. Dejar que el aparato estatal le quite una gran parte de lo que ha ahorrado (después de haber pagado impuestos por el mero hecho de haber generado riqueza) permaneciendo así en la legalidad, o sacar sus ahorros fuera del país convirtiéndose en un ilegal pero conservando una mayor parte de su patrimonio creado con esfuerzo, para garantizar el bienestar de su familia y su descendencia. Pocas cosas pueden ser tan inmorales como poner al Estado por encima de la familia, permaneciendo impasible mientras el aparato estatal te quita tus ahorros. Cuando la ley convierte las acciones morales en actos delictivos algo huele a podrido en la sociedad.

Afortunadamente, todavía quedan estados como Liechtenstein donde los impuestos se ponen al nivel que exigía Juan de Mariana, aquel que la gente pagaría voluntariamente.

Ulrich Beck y la crisis financiera

Según él, ante los riesgos financieros globales "entran en escena los neoliberales del núcleo duro, quienes ante el peligro se han convertido de repente desde la fe en el mercado a la fe en el Estado. Ahora rezan, mendigan y suplican para ganarse la misericordia de aquellas intervenciones del Estado y de las donaciones multimillonarias de los contribuyentes que, mientras brotaban los beneficios, consideraban obra del diablo".

El uso de la etiqueta "neoliberal" ya hace sospechar de la falta de rigor intelectual de su mensaje, que adereza con sus patéticas menciones a la fe, los rezos y la misericordia, como si estas cuestiones no pudieran conocerse sino que sólo pudiera creerse o no en ellas de forma arbitraria. Beck continúa metiendo la pata al identificar a "quienes reclaman la intervención del Estado para salvar a la economía de sí misma: son los jefes de bancos y los altos directivos de la economía mundial". ¡Estos son el núcleo duro del liberalismo! O sea que el liberalismo enseña que la economía no puede planificarse de forma centralizada (¿habrá quedado algo de Hayek en la London School of Economics?) y tenemos que tragarnos que los liberales más radicales son quienes dirigen la economía mundial: "John Lipsky, uno de los dirigentes del Fondo Monetario Internacional y reconocido fundamentalista del libre mercado" y "Josef Ackermann, jefe del Deutsche Bank". ¿Burócratas de altos vuelos de las instituciones financieras como fundamentalistas del libre mercado? ¿Qué está fumando este hombre?

No hay que ser una lumbrera para entender que a los jefes de los bancos les encantan las intervenciones del Estado que perpetúan sus privilegios en el ámbito de las finanzas, como poder cobrar intereses por préstamos creados de la nada o disfrutar de garantías institucionales frente al fracaso masivo de sus malas inversiones; y las donaciones multimillonarias rara vez son demonizadas por quienes las reciben, haya crisis o bonanza.

Según Beck, si un economista "fuera sincero, tendría que admitir dos cosas: que la historia de esta crisis es una historia del fracaso del mercado, y que en todas partes gobierna el desconcierto, o más bien la brillante ignorancia". Obviamente está proyectando psicológicamente con mucha sinceridad su propio desconcierto y su nada brillante ignorancia.

Acierta parcialmente al mencionar que la diversificación de riesgos crediticios para intentar reducirlos ha terminado ocultándolos y extendiéndolos, dañando gravemente la confianza. Y conoce el problema del riesgo moral, que "el convencimiento certero de que, en una crisis, el Estado al final acabará salvándoles, permite a los bancos y a las empresas financieras hacer negocios en los tiempos de bonanza sin una excesiva conciencia de los riesgos". Pero aún así sigue creyendo que el problema es el mercado libre (que en este caso claramente no existe porque la libertad y la responsabilidad son inseparables) y no hace ninguna mención a las distorsiones de los tipos de interés por los bancos centrales como causantes de los ciclos económicos. "Ahora se sabe en todas partes que ya nada funciona sin el Estado". Beck es omnipresente y sabe lo que todos saben: nada funciona sin el Estado, fascismo puro.

Se sorprende de que se hayan disuelto sistemáticamente las instituciones de Bretton-Woods. Extraña sorpresa ante lo que no ha sucedido: el FMI y el Banco Mundial siguen allí. Pero él se refiere a que "los mercados están más liberalizados y globalizados que antes, pero las instituciones globales, que controlan su actuación, tienen que aceptar drásticas pérdidas de poder". Pobrecitas las instituciones globales en vías de extinción: nosotros sin saberlo y estamos a un paso del patrón oro, de que se cierren los bancos centrales y de que la banca respete los principios fundamentales del derecho.

Como de economía y finanzas está pez, trata de ir hacia su terreno: "las crisis financieras globales tienden a generar convulsiones sociales y a desencadenar riesgos o colapsos políticos". Parece que "lo que era todavía impensable hace pocos años se perfila ahora como una posibilidad real: la ley de hierro de la globalización del libre mercado amenaza con desintegrarse, y su ideología con colapsarse"; "los políticos dan pasos en contra de la globalización"; "se ha redescubierto el proteccionismo"; "algunos reclaman nuevas instituciones supranacionales para controlar los flujos financieros globales, mientras otros abogan por sistemas de seguros supranacionales o por una renovación de las instituciones y regímenes internacionales"; "la ideología del libre mercado es un recuerdo marchito y que lo opuesto se ha hecho realidad: la politización de la economía global de libre mercado"; "se pone de manifiesto el potencial destructivo en lo social y político de los riesgos que entraña el mercado global".

Con necios actuando como profesores universitarios no es extraño que la gente culpe al mercado libre y pida ayuda a los auténticos responsables, los políticos estatistas. "En los tiempos que corren, los banqueros actúan como los abogados defensores del libre mercado. Si el castillo de naipes de la especulación amenaza con desmoronarse, los bancos centrales y los contribuyentes deben salvarlo. Al Estado sólo le queda hacer por el interés común lo que siempre le reprocharon quienes ahora lo reclaman: poner fin al fracaso del mercado mediante una regulación supranacional".

Si la gente común sabe poco de economía, aún sabe menos de finanzas. Así se explica que un sistema financiero éticamente ilegítimo basado en dinero fiduciario sin respaldo real de curso legal impuesto coactivamente por el Estado y manipulado por un Banco Central se considere un mercado libre.

¿Hacia la nacionalización de la banca?

Si hasta diciembre la Fed sólo extendía el crédito contra activos bancarios de calidad (como letras del Tesoro), desde entonces lo está prestando contra casi cualquier basura que los bancos le presenten (por ejemplo, hipotecas subprime que ni siquiera cotizan en el mercado). Por supuesto, este programa de expansión crediticia masiva tiene una consecuencia muy clara: el envilecimiento del dólar y la consecuente inflación de los precios.

¿Meterían dinero en un banco que prestara a cualquier persona, incluso a morosos recurrentes y a inversores sin solvencia alguna? Probablemente no. Todo el mundo puede entender que ese banco estaría abocado a la quiebra. Lo mismo le sucede a la Reserva Federal, cuyos activos han sufrido un enorme deterioro desde agosto de 2007, cuando estalló oficialmente la crisis financiera.

Éste es el motivo por el que la Fed, según el WSJ, tiene pensado pedir al Tesoro que emita deuda en su propio beneficio. Sí, es una subvención encubierta que recapitalizaría al banco central y, a través de él, a los bancos comerciales. Ayer mismo, el Banco de Inglaterra adoptó una medida similar: prometió canjear durante tres años sus letras del Tesoro (activos de calidad) por las hipotecas (basura) europeas de los bancos comerciales. O sea, que se comerá durante ese tiempo la deuda de mala calidad de los bancos británicos.

Así las cosas, uno sólo puede sorprenderse de que la mayoría de la profesión económica siga saludando un proceso que avanza indefectiblemente hacia la nacionalización completa del sistema bancario. Los canjes de deuda entre los bancos centrales y los comerciales son, de momento, de carácter temporal. ¿Pero es que acaso no se vislumbra en el horizonte la perennidad? De hecho, mucho me temo que, cuando la crisis se recrudezca, la nacionalización recibirá la bendición tanto de los socialistas como de los liberales de opereta que pueblan las universidades.

Al fin y al cabo, los socialistas ya se han volcado en criticar las intervenciones de la Reserva Federal sobre la sabe de que se van a socializar las pérdidas pero no los beneficios. Sin duda, están en lo cierto; y, por cierto, aquí reside la razón de que se creara la Fed: había que disponer de un prestamista de última instancia que rescatase a los bancos privados cuando éstos se desmadraran.

Ahora bien, la consigna socialista de "beneficios privados y pérdidas públicas" no aboga por que, como defendemos los liberales, los bancos sean responsables de sus obligaciones contractuales y, llegado el caso, quiebren, sino por que tanto sus pérdidas como sus ganancias sean públicas.

Hace dos semanas, Ulrich Beck escribía esto en El País:

Muchos problemas no se pueden resolver sin una acción colectiva en la que participen muchos países y grupos. Ni la más liberal de todas las economías funciona sin coordenadas macroeconómicas.

Pero que nadie piense que estas coordenadas supuestamente estabilizadoras (pero que en realidad sólo terminarán por emponzoñar la economía) les saldrán gratis a los individuos. El propio Beck recuerda que no resulta permisible que en los años de bonanza los banqueros y especuladores acumulen las ganancias y en los de vacas sea el Estado quien les saque las castañas del fuego:

Al Estado sólo le queda hacer por el interés común lo que siempre le reprocharon quienes ahora lo reclaman: poner fin al fracaso del mercado mediante una regulación supranacional.

El Gobierno, pobrecito, no tiene otra salida que salvarnos de la bancarrota. Si pudiera hablar, diría, como el Franco de Vizcaíno Casas: "No se os puede dejar solos".

Sin embargo, tampoco espero que los liberales de boquilla (los monetaristas, por ejemplo), que se pasan el día diciendo que creen en el libre mercado… supervisado por un banco central, se opongan a la nacionalización de la banca. Al fin y al cabo, existe un paso muy pequeño entre pedir que el dinero sea un monopolio público y pedir que lo sea también el crédito (sobre todo, cuando también favorecen que los bancos centrales manipulen los tipos de interés para expandir o restringir el crédito).

Esa gansada teórica suya de que la estabilidad bancaria es un "bien público" que sólo un supervisor puede manejar les abocará a clamar por la nacionalización de la deuda basura de los bancos, así como la de las propias entidades de crédito. ¿O es que acaso no han aplaudido casi sin discrepancia alguna la nacionalización del Northern Rock y de Bear Stearns? (Y sí, hablo de nacionalización, ya que la Fed es la encargada de gestionar y en su caso liquidar los activos de este último).

La conclusión lógica del monetarismo, de su adoración por el dinero fiduciario público y los bancos centrales monopolísticos, es el sometimiento total de la inversión y del crédito al Estado, esto es, el socialismo. Si los bancos centrales tienen que proteger a la banca, deberán regularla para que no cometa excesos; y si aun así los comete, deberán abortar, dirigir o racionalizar sus inversiones.

Puede que por ahora la idea de nacionalizar la banca suene a un catastrofismo sin fundamento. Sin embargo, economistas muy destacados han comenzado a reclamarla sin tapujos. Véase, por ejemplo, Nouriel Roubini, el gurú de la teoría de la contracción crediticia en EEUU, un tipo que, por lo general, realiza análisis muy correctos, sensatos y cabales:

Sólo una actuación mucho más radical del Gobierno podrá limitar el alcance del colapso financiero (…) Este plan incluye la nacionalización efectiva de las hipotecas, la nacionalización de FannieMae y Freddie Mac y el cierre o la nacionalización de los bancos y de otras instituciones financieras significativas que van a quebrar durante la actual crisis financiera (si bien se las puede volver a privatizar cuando hayan sido restructuradas).

El camino hacia la nacionalización de la banca está siendo adoquinado poco a poco desde los ambientes políticos y académicos. Se trata del ataque definitivo a nuestra libertad y de la garantía de una miseria económica estructural.

El error monetarista en torno a la Gran Depresión

Es bien sabido que los monetaristas consideran que la Gran Depresión se produjo como consecuencia de la negligente actitud de la Reserva Federal para expandir el crédito en la economía. La Fed no quiso evitar las quiebras bancarias proporcionando tanta liquidez como fuera necesaria para mantenerlos con vida, lo que dio lugar una espiral deflacionista que asoló la economía durante una década.

En el segundo boletín del Observatorio de Coyuntura Económica analizamos cómo Bernanke, un convencido antideflacionista que se cree a pies juntillas las hipótesis de Friedman y Schwartz, pretende evitar que el error de la Gran Depresión vuelva a suceder en EEUU inflando tanto el crédito como sea necesario.

Los monetaristas, sin embargo, parecen ignorar que los bancos centrales no tienen un poder absoluto para expandir el crédito en la economía. La Fed no inyecta capital en los bancos, sólo descuenta los activos bancarios y si los bancos no tienen activos que puedan ser descontados, el banco central no puede expandir el crédito. Punto final.

En el boletín, de hecho, analizamos cómo las reducciones de tipos de interés de intervención de la Fed se han traducido, cada vez, en una menor rebaja de los tipos de interés de mercado. Los bancos siguen sin confiar entre ellos porque en su mayoría sólo poseen activos basura (por ejemplo, hipotecas subprime) que o ya han entrado o van a entrar en impago en el medio plazo. Por consiguiente, los bancos ni pueden utilizar sus activos como colateral en sus operaciones de financiación en el mercado ni se sienten capacitados para seguir prestando dinero a los inversores cuando lo necesitan para consolidar los impagos: los recortes de tipos de la Fed no se están traduciendo en una reactivación del crédito hacia los sectores productivos de la economía.

Como también analizamos en el boletín, el nuevo crédito no está afluyendo hacia las familias y las empresas, sino que los bancos deciden o bien atesorarlo para contingencias futuras, o bien adquirir materias primas o bien invertir en letras del tesoro. De hecho, nunca antes en la historia de EEUU la diferencia relativa entre el rendimiento de las letras del tesoro y el Libor ha sido tan elevada. La razón es simple: los inversores no confían en los pasivos bancarios (depósitos) pero sí en lo pasivos estatales (letras del tesoro), por lo que prefieren obtener un rendimiento mucho menor con tal de reducir el riesgo de impago.

A partir del crack del 29, la mayoría de activos de los bancos se convirtieron como ahora en activos basura. En aquel momento, la causa fue la liquidación de los préstamos a brokers para adquirir acciones a precios inflados (muchas de ellas tenían PER 70) y sobre todo la quiebra del CreditAnstalt austriaco (que dejó sin valor todos los créditos americanos contra la economía alemana); hoy la causa se encuentra en la liquidación de los préstamos para adquirir inmuebles con valores artificialmente elevados.

En estas circunstancias, por mucho que relaje sus estándares el Banco Central, no logrará reemprender la expansión crediticia. Como explica el gran Melchior Palyi en su magnum opus The Twilight of Gold: "Los monetaristas asumen que siempre existe gente solvente dispuesta a endeudarse. ¿Pero es cierto que siempre existen deudores elegibles? ¿Y qué sucede si los bancos y los potenciales deudores utilizan el nuevo crédito para amortizar sus deudas o para mejorar su posición líquida en lugar de para invertir y gastar? Esto es precisamente lo que sucedió durante la Gran Depresión."

El error monetarista consiste en estudiar los fenómenos monetarios únicamente desde el lado del pasivo bancario. Su única preocupación es la cantidad del pasivo dinerario, sin que nunca se hayan planteado la calidad de los activos que respaldan y contra los que se han emitido esos pasivos. Sin embargo, unos malos activos limitan la posibilidad de descontarlos y de prestar contra ellos; como recuerda Palyi, "la teoría cuantitativa del dinero supone una simplificación enorme (…) la cantidad de dinero es el resultado y no la causa del estado de la economía y una expansión artificial del crédito por parte del banco central durante una depresión no significa que la sociedad vaya a ser capaz de hacer uso de ese crédito adicional". O, como reza sintéticamente la famosa máxima económica, "puedes llevar al caballo hasta el río, pero no puedes hacerle beber".

A principios de los años 30 la banca norteamericana quebró de facto, aun cuando no se instó la liquidación de numerosas entidades en situación de insolvencia real. La Gran Depresión posterior no fue consecuencia de la quiebra de los bancos, sino de la deliberada política de Franklin Delano Roosevelt por recapitalizar a los bancos mediante la especulación en bonos.

La banca estadounidense adquirió deuda pública con la esperanza de que, ante rebajas en los tipos de interés, su valor actual se incrementara (reanimando la posición de su activo). Bajo el patrón oro, unos tipos de interés excesivamente bajos se traducían en un atesoramiento de oro y en un incremento de tipos. Por consiguiente, el patrón oro era el gran elemento de riesgo para la banca: si adquirían bonos y los tipos de interés subían, su activo aun se hundiría más.

Este fue el motivo principal por el que FDR confiscó el oro de los norteamericanos y penalizó su tenencia con diez años de cárcel. En ausencia del oro como reserva de valor, los inversores se refugiaron en el segundo activo más líquido: la deuda pública. El abandono del patrón oro propició una brutal especulación en este mercado (diez veces superior a la vivida en la bolsa antes del 29) que elevó el precio de los bonos y fue recapitalizando a los bancos, a costa de las empresas quienes se vieron privadas de los fondos que necesitaban para continuar sus operaciones.

En la actualidad está sucediendo algo análogo. La Reserva Federal pretende recapitalizar a los bancos trocando sus malos activos por deuda pública del Estado. Puede que los bancos no estén quebrando de iure, pero sí lo han hecho de facto, con todas las consecuencias contractivas que ello conlleva.

Esta crisis está siendo la piedra de toque contra la estrecha interpretación monetarista de que el sistema bancario estadounidense podría haberse salvado a partir del 29 con una mayor expansión crediticia por parte de la Fed. Hoy ya no contamos ni con patrón oro ni con una Fed reticente a las rebajas de tipos. Según ellos, por consiguiente, no cabe esperar una contracción crediticia que arrastre al resto de la economía a la parálisis extrema. Lástima que se estén dando de bruces con la realidad.

¿Estamos apagando el fuego con gasolina?

La semana pasada tuve ocasión de ver, en un programa de televisión, las declaraciones de una persona que se había arruinado tras haber sido despedida, ya que no pudo hacer frente al préstamo que había contraído para la adquisición de su vivienda. Desafortunadamente, los casos en que una persona no puede hacer frente a los préstamos a los que se ha comprometido previamente no son infrecuentes, y casi todos conocemos algún caso de personas conocidas que han sido embargadas por falta de pago.

A esta triste situación se puede llegar de muchas maneras, pero generalmente es resultado de una valoración muy optimista que se realizó inicialmente de lo que podía deparar el futuro. Esta valoración no deja de ser un hecho subjetivo, basado en las experiencias, percepciones y conocimientos personales de cada persona. Por ello resulta extremadamente difícil averiguar los motivos por lo que dicho cálculo erró.

Tratar de generalizar a la hora de buscar el motivo por el que existen personas que tienen que afrontar una situación tan trágica resulta un tanto arriesgado. Lo que sí parece claro es que existen determinados periodos temporales en los que más personas se ven abocadas a esta triste situación, normalmente coincidiendo con la denominada parte baja del ciclo económico.

Uno de los motivos por los que se pueden realizar estas estimaciones tan alejadas de la realidad pueden deberse a que determinadas circunstancias induzcan a realizar inversiones poco rentables o a sobreestimar los ingresos que se van a obtener en un futuro. Una de las causas se puede encontrar en el interés que se cobraría por la financiación de dichos proyectos. Así, un entorno como el que llevamos viviendo hace unos años, en que el interés al que prestan el dinero los distintos bancos centrales se encuentra muy bajo, conduce a que los bancos financien los préstamos necesarios para acometer distintas inversiones a un coste muy bajo.

Estos bajos costes financieros animan a distintos emprendedores, inversores y particulares a acometer proyectos que en situaciones normales no se plantearían, dada su baja o nula rentabilidad. No obstante, la bajada estos costes estimulan el abordaje de los mismos. Desafortunadamente, los bajos tipos de interés tienen su contrapartida, el envilecimiento de la moneda. Al existir más dinero en circulación, lógicamente el valor de éste se reduce, por lo que los productos que se pretenden adquirir con ésta, se encarecen, apareciendo la inflación. Por tanto, esa bajada de tipos de interés, que presagiaba una reducción de costes del proyecto, se transforma en lo opuesto, ya que todos los demás costes se incrementan, al haberse mermado el valor de la moneda con la que se va a pagar dichos costes. Además, al valer menos la divisa, los compradores potenciales con los que pudiera contar el emprendedor ven mermada su capacidad de compra, por lo que se disminuyen, a su vez, las posibles ventas.

Por lo tanto, el efecto de las bajadas sin fundamento, de los tipos de interés por parte de los bancos centrales son tres. De un lado incentivan el acometimiento de proyectos de inversión de rentabilidad dudosa. Por otro lado, aumenta los costes a largo plazo del proyecto, al hacer aparecer la inflación. Finalmente, disminuyen los posibles ingresos que se puedan obtener, por haberse visto mermados los ingresos y ahorros que tienen los posibles compradores, precisamente por el envilecimiento de la moneda.

Toda esta situación provoca una gran inestabilidad, ya que existen gran cantidad de proyectos, de mínima rentabilidad, cuya estimación de beneficios es irreal, al estar sobrevalorados los ingresos e infravalorados los costes. Cuando finalmente se le pone fin a la inversión al descubrirse la poca, nula o negativa rentabilidad de la misma, la inestabilidad vuelve a incrementarse, ya que la liquidación de dichas inversiones provoca que se ponga fin a los contratos laborales que existían. Estos despidos traen consigo que los trabajadores, que también habían efectuado sus proyectos de inversión particulares, como la adquisición de su vivienda, se vean sin medios con los que hacer frente a los costes financieros. Como la mayoría de las empresas se ven afectadas por el mismo problema, al haber acometido también proyectos de inversión poco rentables, precisamente inducidas por las mismas causas, la búsqueda de nuevo empleo puede convertirse en una tarea ardua.

La política de tipos de intereses artificialmente bajos está provocando el empobrecimiento de gran parte de la población, al haberlos inducido a engaño al animarlos a ejecutar inversiones dudosas a la par que empobrece sus ingresos y ahorros. Por lo tanto, tratar de “reactivar” la economía bajando los tipos de interés equivale a tratar de apagar el fuego con gasolina, fuego precisamente creado al adoptarse anteriormente dicha política. La salida de la crisis no puede pasar por una expansión monetaria, sino por el aseguramiento el valor de la moneda. De esta forma no se estará engañando a la población dando a entender que tiene una riqueza que no es real.

¿Por qué se equivocaron los bancos?

La reciente propuesta del secretario del Tesoro de EEUU, Henry Paulson, para extender los poderes de la Fed a la supervisión de los mercados financieros apunta precisamente en este sentido: la crisis se ha producido por una falta de control público sobre las decisiones privadas. Si la propuesta de Paulson sale adelante, la Fed pasará a controlar no sólo los bancos comerciales, como ocurría hasta la fecha, sino los bancos de inversión y los hedge funds, entre otros operadores del mercado.

Pese a este notable incremento de sus competencias, el presidente de la Fed, Ben Bernanke, no está del todo satisfecho: "Se trata de un primer paso muy interesante". Atención, Bernanke advierte: ha sido el primero, pero no el último.

Existe una tendencia irrefrenable en las autoridades públicas a atribuir todos los problemas al libre mercado, sin siquiera pararse a analizar cuáles son las causas últimas de todo este marasmo.

Decía Walter Bagehot, el gran teórico de la banca central, que los bancos comerciales debían rechazar una inversión siempre que existiera "alguna duda" sobre la misma. Décadas más tarde, el padre de la inversión de valor, Benjamin Graham, desarrollaba esta misma idea y concluía que los inversores de renta fija debían depositar su dinero en aquellos activos financieros cuyo riesgo de impago fuera mínimo incluso en períodos de crisis económica. Graham quitaba importancia a que las inversiones de renta fija estuvieran respaldadas por algún tipo de garantía, como las hipotecas. Lo importante es que el deudor sea solvente y próspero, ya que las garantías frecuentemente pierden su valor durante las crisis.

Parece claro que los actuales banqueros de EEUU no atendieron a las recomendaciones de Bagehot y Graham e iniciaron una absurda orgía crediticia. Las hipotecas subprime no representaban a sus ojos un problema porque si el hipotecado dejaba de pagar, siempre podrían enajenar el inmueble; esto es, actuaron justo al revés de como aconsejaba Graham.

Pero ¿por qué los banqueros se comportaron tan imprudentemente? La responsabilidad puede buscarse en dos ámbitos: el teórico y el práctico.

La ciencia económica se ha visto contaminada durante décadas por teorías neoclásicas incompletas e irreales. Los economistas ortodoxos carecen de una teoría del dinero y del ciclo económico consistente, por lo que van dando tumbos cortoplacistas sin dirección alguna. En plena burbuja inmobiliaria, por ejemplo, se dejaron llevar por la corriente mayoritaria y predijeron que el precio de la vivienda jamás caería. David Lereah, economista jefe de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios de EEUU, predijo en 2006 que el precio de la vivienda había alcanzado un nuevo high plateau y nunca más descendería. Con estos mimbres teóricos no es de extrañar que los bancos decidieran conceder hipotecas masivamente: el cobro estaba garantizado por unos precios que no dejarían de subir.

Si la profesión económica hubiese tenido un mayor conocimiento de la teoría austriaca del ciclo económico, sus errores habrían sido mucho menores. Jesús Huerta de Soto describe como fases típicas de todo boom artificial el alza de los precios de los bienes de capital (en este caso la vivienda), la captación de trabajadores y la aparición de importantes beneficios contables en este sector. Es decir, exactamente lo que ha ocurrido en España: subida de los precios de la vivienda, beneficios extraordinarios en la construcción y contratación masiva de trabajadores en esta industria.

Pero el propio Huerta describe asimismo las fases típicas que indefectiblemente siguen al boom: caídas de precios, pérdidas extraordinarias y desempleo; esto es, lo que estamos padeciendo ahora mismo en EEUU y en España. Probablemente los bancos habrían sido menos generosos a la hora de prestar dinero a troche y moche si sus analistas hubiesen conocido la Escuela Austriaca y no se hubiesen dejado engañar por los cantos de sirena y las torres de marfil neoclásicas.

Pero la responsabilidad de la crisis no sólo recae en el ámbito teórico, también en el práctico; en concreto, en la organización de nuestro sistema monetario. Es curioso cómo políticos, reguladores y economistas se escandalizan ante el excesivo riesgo que han asumido los bancos, cuando la Reserva Federal les estuvo prestando dinero al 1% durante más de un año, sin que ningún funcionario pusiera el grito en el cielo.

Exactamente, ¿qué pretendía la Reserva Federal que hicieran los bancos comerciales con esa explosión de crédito barato creado de la nada? Cualquier proyecto que los bancos comerciales hubiesen financiado agotando los fondos que proporcionaba la Fed habría resultado igualmente catastrófico. La burbuja inmobiliaria la creó la Reserva Federal a través de los bancos comerciales, no los bancos comerciales abusando de las buenas intenciones de ésta.

Aun hoy, los mismos que critican la voraz especulación y reclaman una mayor regulación que supervise cada inversión privada se dedican a lloriquear para que el Banco Central Europeo recorte los tipos de interés, con el único objetivo de realimentar así la burbuja. Con un sistema monetario basado en el patrón oro, la expansión crediticia habría tenido mucho menos recorrido: si los bancos centrales hubiesen reducido los tipos al 1% se habrían quedado enseguida sin reservas de oro, lo que les habría obligado a subirlos.

La crisis no es consecuencia de la falta de regulación, sino de unas doctrinas económicas profundamente erróneas que han dado a luz un sistema monetario corrupto. El aumento de las regulaciones no remediará las crisis si ese sistema y esas ideas sigan en pie, pero sí recortará las libertades de todos los inversores. Como siempre, el Estado provoca las crisis económicas y sociales para luego justificar su expansión. Es hora de poner fin a esta trágica tendencia secular.

La Fed aprieta… y ahoga

Es decir, que la buena aplicación de los principios a la actividad bancaria llevaría a que se casaran los plazos de los pasivos de los bancos (el ahorro que reciben) y sus activos (los préstamos que hacen). Pero no es eso lo que hacen. La actividad bancaria hoy está alejada de las buenas prácticas y se endeudan a corto plazo para prestar a largo plazo. Es decir, otorgan hipotecas con los depósitos a la vista de la gente. El ciudadano cree que puede sacar su dinero en cualquier momento, pero una parte está comprometido en préstamos del banco que no llegarán a madurar en dos o tres décadas. Lo hacen así porque se benefician de que lo que tienen que pagar por los depósitos es mucho menos que lo que tendrían que pagar por ahorro a largo plazo.

La principal consecuencia de esta desatención a los principios de la buena financiación es que se ponen en marcha muchos proyectos (empresas, construcciones, infraestructuras, nuevas tecnologías) que, en realidad, no cuentan con el respaldo del ahorro de los ciudadanos. No hay ahorro para todos los proyectos, por lo que muchos de ellos no llegarán a término. Es decir, que a la euforia inicial por la aparente abundancia de ahorro le sigue la crisis cuando se pone de manifiesto que se han saltado el sagrado criterio de casar los plazos. Han tomado los depósitos como si fuese ahorro y cuando llega la hora de la verdad, éste no está para completar todas las inversiones en marcha.

Ahora nos enfrentamos de nuevo a la crisis. Comenzamos a ver cómo serán las malas horas que nos aguardan: suben los precios, sube el paro, se detiene la actividad… Nos viene una buena encima y hay que atarse los machos. Podría ser una oportunidad para forzar a los bancos a que adecúen su actividad a los principios de una financiación sana y sostenible. Pero nos encontramos exactamente con todo lo contrario. La Reserva Federal, ese banco central que se creó en 1913 y que, junto con los demás, jamás debió haber visto la luz, ha reaccionado con un criterio distinto: en lugar de permitir que quiebren los bancos que más han sacrificado su solvencia por una mayor rentabilidad, que es como el mercado defiende a la sociedad, los premian manteniéndolos. Este es el plan de la Fed y del Secretario del Tesoro, Henry Paulson, recientemente anunciado.

Es decir, en lugar de atajar el origen del problema las autoridades económicas estadounidenses han preferido agravarlo, curiosamente en nombre de la lucha contra la crisis económica. Que Dios nos pille confesados.

El estallido de la burbuja

Coca Cola Light sortea un ático en Madrid a través de mensajes de texto con el teléfono móvil. La marca de ensaladas Florette se ofrece a liquidar su hipoteca si introduce en su página web los códigos de barras de un par de ensaladas César. Francisco Hernando, un conocido promotor inmobiliario, se saca otro sorteo de la manga para librar de la dolorosa hipoteca a diez afortunados compradores de sus promociones en un desangelado prado de Seseña, provincia de Toledo. La vivienda es desde hace demasiado tiempo la obsesión nacional en España. Una obsesión que, más pronto que tarde, nos va a pasar una abultadísima factura que, nos guste o no, vamos a terminar pagando todos.

Y no porque los españoles queramos tener una casa en propiedad, que eso es algo que entra dentro de lo normal, sino por los excesos que se han cometido en el último lustro en torno a este tema. Los españoles piden a los bancos hipotecas por 40 ó 50 años para adquirir pequeños apartamentos en el extrarradio de las ciudades, convencidos de que están haciendo un gran negocio y de que, en apenas unos meses, su propiedad se habrá revalorizado sustancialmente. Persuadidos de las bondades del crédito barato y casi ilimitado incluyen a veces automóviles de lujo y otras bagatelas aprovechando un tipo de interés que, hasta hace no mucho, era ridículamente bajo.

Desde 2002 la bola de nieve no ha hecho sino crecer llegando a límites demenciales. Con el ladrillo como principal activo de inversión no es descabellado decir que, en España, lo único que ha dado dinero en los últimos años han sido los inmuebles. Este sector, que es de los principales en cualquier país, se ha convertido en la columna vertebral de la economía española. Los créditos sistemáticos e indiscriminados han hecho crecer el parque de viviendas hasta el extremo de que urbanizaciones enteras están vacías porque las casas fueron compradas en su momento para invertir, es decir, para esperar y sacar mayor tajada en un mercado que se presumía eternamente alcista.

Tanto dinero ha afluido hacia la construcción y promoción de viviendas que la actividad inmobiliaria concentra una buena parte del empleo nacional; ya en la construcción, ya en la financiación o ya en la venta. Por no hablar del aporte de este sector sobre el PIB que es ya equivalente al del turismo, la mejor y más competitiva arma de la economía española desde hace décadas.

Aunque se haya negado repetidamente su alcance y hasta su mera existencia, lo cierto es que la vivienda en España ha padecido (y aún padece) una burbuja de dimensiones astronómicas. Una burbuja histórica que será recordada durante años y tal vez escriba su última página en la Historia enseñándose en las facultades de Economía.

Al final, fiel a su naturaleza, la burbuja ha terminado por estallar. La construcción se detendrá en seco a lo largo de este año. Las promociones ya no encuentran clientela y los que se las veían felicísimas pensando en las altas rentabilidades de sus inversiones inmobiliarias se quedarán con la casa y un palmo de narices. Lo demás vendrá no mucho después. Reajuste completo de la economía, crecimiento del paro y mil problemas derivados de la morosidad. Lo que se ha dejado de hacer por la fijación con el ladrillo, es decir, el coste-oportunidad que nos ha supuesto es incalculable y, por descontado, imposible de cuantificar. Será, en cierto modo, la consecuencia necesaria e inevitable después de haber vivido peligrosamente y muy por encima de nuestras posibilidades. Una lección que nunca se termina de aprender.

La agrietada bola de cristal de Solbes

Si la bacteria se introduce en el cuerpo de un político economista el efecto suele multiplicarse y si el infectado es un ministro de Economía las alucinaciones llegan ya a un grado indescriptible.

Hace ya tiempo que a nuestro vicepresidente económico, Pedro Solbes, le infectó esta curiosa bacteria, y los síntomas que muestra son agudos. En su caso estas visiones vienen acompañadas de una arrogancia desmedida. Hace un par de semanas se le ocurrió predecir, bola en mano, la evolución del Euribor. No está claro si el cristal de su esfera sólo muestra sus deseos o también sus malas teorías, pero lo que resulta obvio es que este hombre es demasiado osado. Ni corto ni perezoso el ministro aseguró a toda España que "en las actuales circunstancias podemos pensar que el Euribor no subirá más". Quienes todavía se creen las predicciones de Solbes debieron dormir más tranquilos aquella noche.

Pero el oráculo no podía estar más equivocado. El pasado viernes el Banco Central Europeo anunció una batería de inyecciones crediticias por un montante total de 150.000 millones de euros después de que el Euribor a doce meses escalara hasta siete décimas por encima del tipo de interés de la eurozona situándose en 4,736%, el máximo del año.

Es posible que la equivocación venga de su nublada visión profética, pero es mucho más probable que el error tenga que ver con su oscura teoría económica. Solbes parece creer que el Banco Central Europeo puede determinar los tipos del mercado interbancario, aquel en el que los bancos se prestan entre ellos. Sin embargo, aunque el BCE puede influir en ellos, no tiene ninguna varita mágica que obligue a los bancos a prestar al tipo que Trichet y compañía querrían. Es la liquidez y la solvencia de cada banco lo que tiende a determinar esos tipos y eso no se modifica imprimiendo papelitos y regalando crédito con dudoso respaldo.

Solbes también recurrió hace unos meses a su agrietada bola de cristal para predecir la duración de la fuerte inflación que estamos sufriendo y comentó que duraría hasta mediados de este año. Ojalá me equivoque, pero creo que la infección que sufre este hombre es grave y ya no da pie con bola.

Ya hemos probado con el canibalismo y no funciona

Será eso, o simplemente que estoy tan habituado a las cloacas que ni mi buen daimon tiene fuerzas para apartarme de algunas de ellas. Así es la ciudad de los medios de comunicación, donde las grandes avenidas están escondidas y son las cloacas las que están sobre el firme.

El caso es que he visto la última creación de un viñetista con el alma rota en la que un oscuro personaje dice: "Si falla el capitalismo, podemos probar con el canibalismo". El capitalismo es la sociedad libre, el conjunto de instituciones basadas en una red de intercambios voluntarios, en el acuerdo entre dos o más personas. Es la sociedad kaleidoscópica, varia, libre y espontánea; es la disolución de la jerarquía y la emergencia del buen consenso, el que llega sin imposiciones.

El capitalismo es la sociedad en la que podemos decir "no" a lo que nos concierne y no deseamos. Y "sí" sólo a lo que nos concierne. Es la sociedad de la responsabilidad individual, permítanme el pleonasmo. Es la sociedad de la generosidad, porque ésta sólo puede ser voluntaria y porque el individuo, en una civilización capitalista, está permanentemente volcado hacia los demás. La persona está unida íntimamente a sus derechos, sin que le sean arrebatados en nombre de nada o de nadie. Pero, por propia voluntad y en compleja colaboración con otros, está volcada a trabajar para los demás, para muchos otros que, en su mayoría, jamás conocerá. Y vive con lo que los demás le sirven, en ese orden de cooperación humana que llamamos mercado.

¿Puede fallar algo así? No lo creo. No lo ha hecho jamás. Pero su opuesto sí lo conocemos. Es el canibalismo, sí, que muchos llaman socialismo. Es la sociedad jerárquica en la que los muchos son piezas inermes de los planes de unos pocos. En que sus voluntades están truncadas, negadas y prohibidas. El canibalismo es aquella sociedad de la Unión Soviética en que se robó a los ucranianos hasta los granos que hubiesen servido como simiente. Aquella en que los padres mandaban a sus hijos a las ciudades para volver al pueblo a encontrarse con la muerte al menos con la débil esperanza de que sus hijos, abandonados, tuviesen más suerte con ellos. "Abandonar a los hijos es un crimen", decían los carteles. "Comerse a los hijos es un crimen", recordaban otros.

Sí. Ya hemos probado el canibalismo. Y no funciona.