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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

¿Por qué llaman liberalismo al “capitalismo de Estado”?

¿Cree que Vail era un liberal por ser un gran empresario? Más bien fue un precursor del capitalismo de Estado, economía del fascismo o socialismo para ricos; una ideología que años después triunfaría en la Italia de Mussolini y en los Estados Unidos de Roosevelt. Como estamos viendo estos días, los gobiernos, desde Bush hasta Zapatero, están reforzando otra vez esta unión entre el Estado y las grandes empresas con sus rescates y ayudas.

La mediocridad intelectual de muchos periodistas está confundiendo los términos, llamando liberalismo a un sistema que es en realidad su opuesto. Comprueben si no la ignorancia patente de Alfredo Abián e Iñaki Gabilondo. Estas voces, de forma populista, asocian empresarios con liberales y economía norteamericana con liberalismo. La verdad es que es difícil encontrar un empresario liberal, y más si pertenece a una gran compañía o las representa.

Por ejemplo, fíjense en Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE). El empresario se quedó a gusto diciendo que "se puede poner un paréntesis a la economía libre de mercado" para que el Estado le salve el cuello. ¿Cree que un liberal diría una salvajada así? Díaz Ferrán es una persona que ha forjado su fortuna a través del amiguismo con los políticos. En su línea, ahora busca establecer relaciones con el Gobierno actual, algo que también hizo con el Gobierno Aznar. Al igual que hiciera Vail, su interés no es que ni el mercado ni la sociedad sean libres de la coacción del Gobierno, sino forrarse a costa del pagador de impuestos.

También oímos que el cierre de algunas empresas norteamericanas y los rescates de otras son un símbolo del fracaso del liberalismo. ¿De qué liberalismo hablan? La realidad es que pocos países son tan intervencionistas como Estados Unidos en el mercado financiero. Tienen un órgano regulador por cada mercado y, a diferencia de los españoles (afortunadamente para nosotros), tienen un nivel de hiperactividad casi enfermizo.

De hecho, las operaciones financieras de los bancos quebrados fueron autorizadas por el Gobierno o incluso creadas e impulsadas por este. Fannie Mae, por ejemplo, nació por iniciativa de Franklin Delano Roosevelt durante la Gran Depresión para que no se hundiera el sector de la vivienda. Es la misma excusa que emplea ahora Zapatero para su plan de rescates y ayudas (como todos ya sabíamos, su mentalidad va 80 años atrasada). El Gobierno americano creó empresas de este tipo a través de la Government Sponsored Enterprise (GSE) cuya función es expandir el crédito hacia sectores estratégicos con precios por debajo al valor de mercado. A poco que se piense, la medida parece bastante más socialista que liberal.

Fue el GSE quien creó en Estados Unidos el mercado secundario de hipotecas, ese que ahora parece ser la raíz de todo mal. En 2001 el entonces presidente de la Congressional Budget Office, Dan L. Crippen, dijo que "la deuda y titulación de hipotecas del GSE es más valorada por los inversores que los activos similares del sector privado por la garantía que ofrece el Gobierno". La clavó. El Gobierno creó esos activos basura y gracias a esa confianza expandió este tipo de negocio a la economía mundial, que ha explotado varios años después como bombas de relojería. Sus empresas han sido las primeras en hundirse, arrastrando al resto.

Fannie y Freddie, además, tenían un trato especial: recibían líneas de financiación del Tesoro americano. ¡Fíjense qué casualidad: es lo que pide el lobby de la CEOE y Zapatero está haciendo con los créditos del ICO a los constructores! Por si aún le queda alguna duda que el sistema norteamericano no tiene nada que ver con el liberalismo, Fannie y Freddie tenían todo su negocio totalmente supervisado y regulado: volumen de préstamos, cantidades mínimas de capital, activos totales que podían adquirir, etc. ¿Un sector dominado por el Estado de esta forma se le puede llamar liberal? No es un fallo de mercado, sino de Estado y de una forma más amplia del sistema establecido: el capitalismo de Estado.

Todo este lío ideológico se debe a que mucha gente considera liberales a escuelas que realmente no lo son o fundamentan la economía en errores intelectuales básicos. De hecho, la única escuela económica que realmente ha luchado activamente contra el capitalismo de Estado es la Escuela Austriaca. Ésta considera que un sistema no se puede considerar capitalista en el momento que el Gobierno interviene en los factores productivos. Todo sistema donde el Gobierno aplica su extorsión a la economía privada es socialista en un grado u otro.

Esto no significa necesariamente que la Escuela Austriaca tenga una línea de pensamiento anarquista. Ludwing von Mises, por ejemplo, en su libro Burocracia consideraba la justicia, la seguridad nacional y ciudadana factores que estaban fuera de la capacidad de los medios de producción privados.

La solución no es que el Estado tome más fuerza de la que ya tiene, tal y como pretende el establishment empresarial y mediático. A ellos les iría bien, ya que sacarían más dinero a nuestra costa. Como hemos visto, esto es curar al borracho dándole más alcohol. La única solución es abolir el capitalismo de Estado y este socialismo para ricos. Si no hay ningún mal en que cierre la charcutería de la esquina por sus desorbitados precios, o que las tiendas de ropa realicen descuentos de hasta el 70% en sus productos, ¿por qué ha de serlo que las grandes empresas financieras e inmobiliarias lo hagan también? Evitar mediante la intervención estatal este proceso de liquidación y abaratamiento de precios nos obliga a pagar las pérdidas de las empresas "salvadas" para que sobrevivan o puedan vender sus productos y servicios más caros. Y encima es la manera perfecta de incrementar las probabilidades que en el futuro nos estalle otra crisis.

El precio de la nacionalización bancaria

El precio de la nacionalización bancaria es desorbitado, y la factura será sufragada íntegramente por los contribuyentes estadounidenses a través de sus impuestos futuros y una inflación galopante que vendrá generada por el hundimiento del dólar. Es decir, depreciación monetaria.

Primero fue Bear Stearns. La Fed auspició entonces la compra del banco de inversión por parte de JPMorgan aportando como garantía 30.000 millones de dólares para hacer frente a la exposición a la deuda estructurada de baja calidad que mantenía dicha entidad. Poco después, en julio, el Gobierno de EEUU asumió el control de IndyMac, en lo que fue calificado como el "segundo fracaso bancario más importante de la historia", según los reguladores de la Oficina de Supervisión de Entidades de Ahorro y Préstamo (OTS) de EEUU, tras la caída del Continental Illinois Bank en 1984.

En este caso, las autoridades federales asumieron el control de unos activos del todo ilíquidos por valor de 32.000 millones de dólares. Sin embargo, lo peor estaba por llegar. La reciente quiebra de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac supondrá un coste inasumible para las cuentas públicas norteamericanas. Según los cálculos del Gobierno, el auxilio a ambas entidades supondrá unos 25.000 millones de dólares a los contribuyentes.

No se dejen engañar. En realidad, el desembolso se aproximará al billón de dólares a corto plazo. Además, las principales compañías hipotecarias de EEUU acumulan una deuda superior a los 5 billones. Como resultado. El déficit público estadounidense (próximo a los 400.000 millones de dólares en 2008) corre el riesgo de triplicarse en los próximos ejercicios, al tiempo que dicho rescate multiplicará por dos el monto total de la deuda pública que ha generado el Gobierno de EEUU.

El penúltimo capítulo de la crisis de solvencia financiera lo acabamos de presenciar tras la caída de la aseguradora más importante del mundo, AIG. La factura, en este caso, asciende a 85.000 millones de dólares. Hagan ustedes mismos las cuentas. ¿Rescatará la Fed a los cientos de bancos que se verán abocados a la quiebra en EEUU? La respuesta es no. El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, anunció recientemente que las autoridades no podrían salvar a todas las víctimas bancarias que se cobrará el tsunami financiero que está en marcha.

La razón estriba en que un auxilio de tal magnitud desembocaría en una crisis sistémica de gran magnitud. Es decir, la quiebra del actual sistema monetario internacional tal y como lo conocemos hoy en día. La negativa del Gobierno a salvar de la quema a Lehman Brothers constituye la prueba.

Sin embargo, el mal ya está hecho. El hundimiento del dólar es inevitable y, como consecuencia, la viabilidad del sistema basado en la impresión de papel moneda (dinero fiduciario), sin el respaldo de un valor real como el patrón oro, está en riesgo. No será hoy ni mañana, pero será. La depreciación del billete verde, que sirve de referencia para el resto de monedas, está en marcha y la calidad de la deuda estadounidense en entredicho.

La estrategia de socializar las pérdidas bancarias no es ninguna solución, sino uno de los principales problemas a los que se enfrenta el actual mercado financiero mundial. Sí hay alternativa a la nacionalización. Tal y como exponeAlex Barron, del Agency Trading Group, "lo que ha hecho el Gobierno es un mayor acercamiento hacia el socialismo ya que ha impedido que funcione el libre mercado. Lo que necesitamos no es conservar, sino restructurar. Esto significa permitir que los inversores que asumieron el riesgo de invertir en Fannie y Freddie a cambio de una remuneración absorban las pérdidas y no los contribuyentes". Es decir, que los acreedores se conviertan en accionistas de las entidades en quiebra.

Privatizar y que el libre mercado actúe. La nacionalización es una medida socialista y, como tal, está condenada al más absoluto fracaso. Y, por cierto, la actual crisis financiera en ningún caso ha sido provocada por las políticas liberales, tal y como pretenden hacer creer los amigos del intervencionismo público. El principal culpable son los bancos centrales, instituciones socialistas por antonomasia, gracias a su intervención arbitraria en los tipos de interés. De hecho, el sector financiero y bancario es, precisamente, uno de los mercados más regulados e intervenidos del mundo, a través de innumerables leyes y normativas gubernamentales, así que, por favor, no me cuenten milongas.

Bush y Zapatero, al saqueo masivo del ciudadano

Esta rapidez de maniobra (han despertado dos años tarde) es típica de cualquier Gobierno. Todo y así, como ahora ven que el libre mercado no quiere apoyar estos sectores estratégicos, los dictadores de la producción norteamericanos y españoles han decidido que lo haga el pagador de impuestos.

¿De qué nos sirve un sector estratégico cuando sólo está generando pérdidas netas y su existencia significa que nos van a sacar más dinero de nuestro sueldo, rentas y trabajos con el único fin de mantener a personajes que han sido unos auténticos ineptos en la gestión de sus empresas? ¿Cree que estas medidas le ayudarán a usted o a su vecino para afrontar la hipoteca y escalada de precios?

Los rescates y ayudas de los burócratas norteamericanos y españoles a las empresas incompetentes incluyen cosas tan insólitas como apoyar activamente a que el precio de los inmuebles se mantenga o no baje en la medida en que debería. Obligan a pagar hipotecas y casas a gente que no disfruta de ellas vía impuestos y deuda pública y nos impiden ahorrar. Nuestro sueldo ya está gastado antes que lo percibamos a final de mes. Cuando lea su próxima nómina, puede sustituir el apartado "impuestos", por "transferencia obligatoria a un constructor y/o inquilino de VPO que jamás conocerás". Lo que le quede de salario, puede usarlo si le llega al pago de su propia hipoteca.

Dicho de otra forma, Bush y Zapatero han transferido el riesgo que tienen estas empresas al ciudadano. Les dan nuestro dinero para que sigan invirtiendo en cosas que ya no valoramos a los precios actuales. Y dado que nosotros, que vemos disminuir nuestro poder adquisitivo año tras año, no compramos los productos y servicios de estas empresas, ¿no será que el Gobierno está tirando nuestro dinero?

Es curioso ver a conservadores e izquierdistas a la hora de afrontar una crisis, porque los dos actúan igual. Apoyan a las grandes empresas, grupos de presión y votantes cautivos en nombre del bien común. Es el clímax del capitalismo de estado. Si aplicamos este tipo de razonamiento económico a casos históricos, nos saldrían situaciones inverosímiles. Si los romanos hubiesen aplicado este socialismo para ricos, la fabricación de cuadrigas y construcción de acueductos, aún en pleno siglo XXI, serían sectores estratégicos que hay que proteger para cuidar del bien común. Si los dictadores de la producción hacen de empresarios capitalistas orquestando la economía a su gusto con nuestro dinero, ¿cómo esperamos avanzar? ¿Vamos a estar subvencionando la construcción durante mil años? Es un camino sin salida.

Ningún Gobierno tiene ni capacidad ni interés para guiar correctamente la economía. Hemos vuelto al despotismo ilustrado, pero la máxima "todo para el pueblo, pero sin el pueblo" se ha convertido en "todo para las minorías y con el dinero del pueblo". ¿Que se queja usted? ¡Pero como se atreve, que lo hacen por su bien! ¿Es que no ve la televisión?

Quién sabe, quizá lo más sensato fuera que la gente premiara con sus libres decisiones a las empresas eficientes, útiles y que nos satisfacen con nuevos productos y servicios. Eso significaría que todos decidiríamos en qué queremos gastarnos nuestro dinero, un pecado imperdonable para los gobiernos de Bush y Zapatero. Porque si nosotros decidiésemos, ellos no podrían hacerlo por nosotros, y por lo tanto no tendrían poder sobre nuestras vidas. Esa es una idea aterradora para cualquier político. Lo peor de una crisis no son los efectos económicos, que al final acaban superándose. Lo más dañino de las crisis son los efectos que provoca el Gobierno cuando quiere solucionarla.

Crónica de una quiebra y de una nacionalización anunciadas

El motor que muestra las páginas es WebKit, desarrollado por Apple para su Safari a partir del KHTML empleado en Linux por el navegador Konqueror. Sin embargo, han desarrollado su propio intérprete Javascript, que es el lenguaje en el que se escriben las aplicaciones web, al que han llamado V8, y que es el más rápido que he probado hasta la fecha. Como resultado, Chrome arranca muy rápidamente y muestra las páginas a toda velocidad, especialmente las aplicaciones web complejas como Gmail.

Para mejorar la estabilidad, cada pestaña es un proceso separado. De hecho, si miramos el "administrador de tareas" mientras navegamos con él, podremos ver un montón de procesos "chrome.exe". De este modo, si una de ellas se cuelga, no afectará a todo el navegador y podremos cerrarla sin problemas. La contrapartida es que emplea más memoria, aunque es posible que en un uso continuado en el que abramos y cerremos un buen número de pestañas el gasto sea menor que en otros navegadores.

Por lo demás, tiene un interfaz bastante minimalista (carece de barra de menús) y muy pocas opciones, hasta el punto de carecer de un gestor de favoritos digno de tal nombre; permite importarlos y añadirlos y pare usted de contar. Pero dentro de su reducido abanico de opciones ha cogido lo mejor de cada casa. Las pestañas y ventanas nuevas se abren mostrando las opciones más habituales al empezar a navegar, al igual que Opera: nuestras páginas más habituales, el buscador o los últimos favoritos añadidos. La barra de direcciones permite buscar entre las páginas visitadas, como la de Firefox, y añade algunas mejoras como hacer búsquedas o sugerir sitios que aún no hemos visitado pero que concuerdan con lo que estamos tecleando. Dispone de un "modo de incógnito" que no guarda el historial ni deja otros rastros en el equipo, opción anunciada para Explorer 8 y que algunos han bautizado como "modo porno".

Pero repasar la lista de características oculta la pregunta que muchos nos hacemos: ¿por qué Google ha creado su propio navegador? Al fin y al cabo, es el principal patrocinador de la Fundación Mozilla, responsable de Firefox, y ha renovado recientemente su apoyo hasta el 2011. El problema es que, pese al éxito de la versión 3.0, este navegador aún no ha logrado desbancar al Internet Explorer, y sólo está erosionando poco a poco su cuota de mercado. La razón es que la mayoría de los usuarios emplean el que viene preinstalado en su ordenador y no se preocupan por cambiarlo. El volumen de usuarios que puede llegar a sumar, aunque considerable, no logrará erosionar el dominio del Internet Explorer mientras sea el navegador que la mayoría de los usuarios se encuentra cuando compra un ordenador.

Quizá hayan leído, por ejemplo a Enrique Dans, argumentar que lo que Google pretende con Chrome es "restar valor al sistema operativo", lo que traducido con el diccionario consultor-español, español-consultor, significaría lograr que al usuario le importe poco si el ordenador funciona con Windows, Linux o Mac OS X, porque sus aplicaciones están en internet. Es algo que llevo escuchando desde el lanzamiento de Netscape 4, allá por 1997, época en la que Google era un proyecto de dos doctorandos. Chrome aporta poco en ese camino, al margen de la velocidad, traer Gears instalado de serie y la posibilidad de crear iconos en el escritorio que ejecuten directamente Bloglines o Google Docs, de modo que no creo que sea eso lo que tienen en mente.

Lo que pienso es que Google planea, cuando sea un proyecto más maduro y aceptado por los llamados early adopters, es decir, tecnófilos a los que les encantan las cosas nuevas, emplear su músculo financiero para lograr que las principales empresas de venta de ordenadores –Dell, Acer, HP, etc.–  preinstalen su Chrome. Aunque la apoya, Google no controla la Fundación Mozilla ni sus productos, y no va a gastarse un dineral en colocar Firefox en las nuevas computadoras. De hecho, pese a ser una versión beta, ya le ha abierto una puerta a Chrome que nunca le mostró al zorro de fuego: un enlace para descargarlo directamente desde su prístina página principal. Un movimiento que le ha permitido alcanzar entre un 1 por cierto de cuota de mercado en un par de días, formado en aproximadamente tres cuartas partes de usuarios de Firefox.

Si en algo todos estamos de acuerdo es que el principal objetivo de Google es reducir la amenaza que supone Microsoft en el único punto en que el gigante de las búsquedas no estaba presente: el navegador. Pero eso significa que el software al que quiere atacar es Internet Explorer, no Windows. En cualquier caso, el tiempo nos lo dirá.

El robo como garantía de éxito

Los pone bajo la tutela del Gobierno Federal: sustituye a los actuales gestores por otros designados por el Tesoro, que inyectará una cierta cantidad cada trimestre para sacar a las dos empresas adelante. Son un caso muy especial: fueron creadas por el Congreso de los Estados Unidos, pero su capital es privado.

Juntas tienen cerca de la mitad de la deuda hipotecaria viva en los Estados Unidos, un enorme globo hinchado desde hace años por la política laxa de la Reserva Federal. Yo recuerdo que del primer al último día que pasé en Nueva York veía un anuncio en la televisión en que aparecía un hombre viviendo claramente por encima de sus posibilidades. Una entidad financiera salía en su rescate, refinanciando sus deudas contra el nuevo valor, presumiblemente mayor, de su vivienda. Esta retroalimentación de crédito e inflación de los valores de la vivienda no es un cuento sin fin, sino que acaba siempre en la acumulación de malos créditos y en el colapso de las cuentas de las instituciones financieras menos cautas.

Freddie Mac y Fannie Mae, además, no tenían ningún incentivo para adoptar un comportamiento financiero razonable. Dado que todo el mundo sabía que si todo iba mal este día llegaría y el Gobierno Federal intervendría, las dos empresas podían endeudarse con un menor tipo de interés, ya que el riesgo de impago era menor. Esta diferencia le ha permitido a las dos empresas semipúblicas pero con capital privado unos beneficios fabulosos. De 1990 a 2000 su cotización en bolsa se sextuplicó.

Ahora la capacidad de hacer frente a su propia deuda está en entredicho, y los dueños de esa deuda (los bancos centrales de China, Bélgica, Japón o Luxemburgo, entre otros) no quieren dejar de cobrarla. No hay problema. Si hay que socializar las pérdidas, para eso están los contribuyentes estadounidenses, que son los que van a pagar, volis nolis, todo este desaguisado. Cuando los ingentes beneficios quedan atrás y por delante sólo aparecen impagos, pérdidas y quiebras, los que tienen bien llenos sus bolsillos no quieren responder. Que lo haga el ciudadano de a pie.

La medida se ha justificado, a los dos lados del Atlántico, diciendo que es positiva porque no se puede dejar caer a dos gigantes como estos sin hacer temblar el mercado financiero. Y la intervención pública da, al parecer, un mensaje de confianza especialmente necesario. Pero es precisamente la certeza en que los políticos cometerán el crimen de robar a los ciudadanos cuando vienen mal dadas lo que ha llevado a la actual situación. La promesa del robo es un mensaje de confianza sólo para quienes piensan en repartirse el botín.

Lo que necesitamos no es eso, sino un buen historial de quiebras sin intromisión del Gobierno hasta que quede claro a todo el mundo que latrocinios como el de Freddie Mac y Fannie Mae no se van a repetir.

Vamos a contar mentiras

Sin embargo, España se caracteriza por ser un país que, en general, muestra un escaso interés por mantenerse al tanto de la actualidad económica, tal y como reflejan los datos referidos al consumo de medios de comunicación o páginas web especializados en este ámbito, en comparación con otros países desarrollados.

Por el contrario, en general la población española todavía se informa únicamente a través de la televisión. Un medio que, salvo contadas excepciones, tan sólo suele ofrecer a sus espectadores las declaraciones de los principales partidos políticos, o las meras opiniones de periodistas afines que se dedican a repetir las directrices marcadas desde Ferraz y Génova. Pero, ¿y los análisis en profundidad?, ¿y la exposición de datos capaces de marcar tendencias y aventurar lo que se nos avecina? La mayoría los desconocen.

De ahí, precisamente, la gran irresponsabilidad que ha cometido, y sigue cometiendo, el Gobierno en su intento de ocultar a los ciudadanos la gravedad de la crisis económica que se cierne sobre nuestras cabezas. El Ejecutivo socialista es culpable de mentir a los españoles. Primero, negando la crisis, y ahora atenuando la crudeza de los datos referidos al paro, la inflación o el PIB, entre otros. O, lo que sería aún peor y más preocupante, nuestro Gobierno es del todo incompetente por ignorar la realidad de la situación, ya que una y otra vez ha fallado escandalosamente en sus previsiones macroeconómicas. Y ni siquiera se ha disculpado.

El PSOE se ha empeñado en transmitir un mensaje erróneo a la ciudadanía. Tan sólo es necesario retroceder unos meses en el tiempo, hasta justo antes de las elecciones generales, para percatarse de la gran estafa: "Aquí no pasa nada, y si pasa, no se preocupen porque saldremos de ésta en breve". Sin embargo, la realidad es, por desgracia, muy distinta. España se enfrenta a una crisis larga, dura e intensa, cuyo fin no se vislumbra a medio plazo.

De hecho, la tormenta apenas acaba de dar comienzo, y dejará tras de sí un innumerable reguero de víctimas en este país. Muchos se verán abocados al temido desempleo de larga duración, a la caída de sus inversiones, al impago de sus deudas e incluso al embargo de sus casas. No se engañen. La crisis financiera y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria afectarán con especial virulencia a España debido a su elevado endeudamiento, tanto inmobiliario como exterior. De haber sabido hace un año que esto podía suceder, ¿se habría usted arriesgado a comprar un piso cuyo precio estaba inflado?, ¿se habría gastado sus ahorros en un viaje al Caribe? En definitiva, ¿se habría usted endeudado hasta las cejas? Lo dudo.

Las mentiras del Gobierno en esta materia tienen efectos muy graves sobre la población. Sobre todo para aquellos que están menos informados. Los engaños no solucionan nada. Por ello, recomendaría a los miembros del Ejecutivo que apliquen el principal mandamiento presente en todo manual de autoayuda: reconocer el problema es el primer paso hacia su solución.

El oro, superior a sus alternativas metalicas

En los tres artículos anteriores explicamos cuáles debían ser las propiedades del dinero, por qué el oro las cumplía mejor que ningún otro material y por qué otros bienes económicos tenían defectos que los convertían en malas alternativas al oro.

En general, la mayor parte de los defectos de los bienes estudiados tenían que ver con su compleja atesorabilidad y desatesorabilidad, lo que, en principio, parece que puede solucionarse recurriendo a los metales, componentes químicos que son duraderos y transformables. Sin embargo, también el oro supera como dinero al resto de sus compañeros metálicos:

  • Hierro: Aunque fue utilizado en la Antigüedad como moneda (por ejemplo en Esparta hasta la Guerra del Peloponeso), debido a su resistencia y durabilidad, el hierro es una forma de dinero bastante mala. Cantillon ya señalaba que "no dejaría de servir como moneda a falta de objetos mejores", pero constataba que el fuego "lo consume" y que "tratándose con vinagre se deterioraba su calidad". Precisamente, las monedas espartanas de hierro estaban corroídas con vinagre para evitar que fueran fundidas para usos no monetarios, dando lugar a una galopante inflación. Además, es el cuarto elemento más abundante sobre la superficie terrestre. Basta tener presente que con un dólar pueden comprarse hoy en día aproximadamente 15 kilos de hierro en mina, lo que nos da una idea de los enormes costes de transporte y almacenamiento que tendría.

  • Cobre: El cobre fue utilizado como moneda durante las etapas iniciales de la Roma Republicana e incluso durante buena parte de la edad moderna por los países escandinavos. Sus propiedades son bastante buenas, ya que es dúctil, maleable, no tiene un punto de fusión demasiado elevado y puede fraccionarse y estamparse con facilidad. Además, su proporción stock/flujo no es demasiado elevada: a día de hoy 33, esto es, se necesitan 33 años al ritmo de producción actual para doblar la cantidad de cobre. Sin embargo, tiene algunos defectos, como su oxidación con la humedad (formando el conocido verdigris) y, sobre todo, su abundancia que eleva enormemente los costes de atesoramiento y transporte. A día de hoy, un kilo de cobre cuesta aproximadamente 10 dólares frente a un kilo de oro que cuesta 30.000 dólares (3.000 veces más). Por consiguiente, los costes de almacenamiento y transporte son mucho más altos.

  • Platino: El platino, como metal precioso, tiene propiedades muy similares al oro y de hecho muchos inversores lo consideran dinero, hasta el punto de acuñar monedas de platino. Sin embargo, su punto de fusión es mayor (1.768 grados frente a 1.064 del oro) y su ductibilidad y maleabilidad menores, lo que dificulta y encarece la manipulación del platino. Esto se refleja en los markups (margen sobre el precio mayorista) que se aplican en la acuñación de monedas. En el caso de las monedas de una décima parte de onza, en el oro pueden situarse alrededor del 20% y en el platino del 50%. Históricamente, el platino tampoco ha podido prosperar por su concentración geográfica en tres lugares concretos del planeta: en la sierra de Witwatersrand en Sudáfrica, en los montes Urales y en Montana. Si un bien no está geográficamente accesible (ya sea en términos físicos o comerciales) será muy difícil que pueda convertirse en un medio de cambio y en una reserva de valor generalizada, de modo que no habrá efectos red derivados de su uso. No en vano, el único país en el que se intentó seriamente la circulación de monedas de platino fue Rusia (y luego la URSS). Pero, sobre todo, lo que sigue impidiendo que el platino se convierta en dinero es, al contrario que en el hierro y el cobre, su enorme escasez. La producción anual es una cuarta parte la del oro y su precio el doble, lo que significa que el valor de la moneda más pequeña que se fabrica (3 gramos) supera los 250 dólares. Dicho de otra manera, necesariamente tendría que emerger una forma alternativa de dinero para transacciones de menor valor (como en su día ya realizara la plata con respecto al oro), que, en su caso, podrían ser el oro y la plata, cada uno en su ámbito.

    El platino, por consiguiente, podría utilizarse en principio como reserva de grandes cantidades de valor, para reducir los costes de atesoramiento y transporte (en el caso de operaciones para liquidar los saldos de las cámaras de compensación) con respecto al oro. Pero, dado que su producción masiva es relativamente reciente, su relación stock/flujo es del orden de 25, lo que lo hace mucho más susceptible a una caída severa de su valor si la producción se incrementara de manera sustancial. Esto no significa que en un futuro, cuando el stock de platino se haya incrementado con respecto a su flujo anual, no pueda constituirse en la reserva monetaria de alto valor de la que hablábamos, si es que sus otros inconvenientes con respecto al oro son compensados por el ahorro de almacenamiento y transporte.

  • Plata: Durante siglos la plata ha sido la hermana menor del oro, los dos metales monetarios por excelencia. Su primera aparición como dinero fue en forma de oro blanco (aleación con el oro) en Lidia, 700 años a. C. En los s. XVIII y XIX fue el patrón monetario que el mercado seleccionó en numerosos países, como EEUU, Inglaterra o China (donde todavía subsiste hoy en gran medida el patrón plata). De hecho, el oro y la plata se usaron hasta finales del siglo XIX de manera intercambiable: la plata para pequeños pagos y el oro para los grandes. Sin embargo, las normas estatales (como la Peel Act en Inglaterra y el crimen del 73 que impusieron el patrón oro o las leyes bimetálicas que infravaloraban a la plata con respecto al oro, forzando su expulsión tal y como describe la Ley de Gresham) en conjunción con las innovaciones metalúrgicas que permitieron abaratar la producción de pequeñas cantidades de oro, terminaron desmonetizando parcialmente la plata cuyo precio se hundió con respecto al oro (de valer una 1/12 parte de oro a una 1/65 en la actualidad, aun cuando en ocasiones se ha situado alrededor de 1/20 como en los años 80). En cuanto a propiedades físicas, es un poco menos maleable y dúctil que el oro, además se oxida con el ozono y se corroe con algunos ácidos y sustancias (basta que contengan azufre, como los huevos).

    Sin embargo, la plata presenta la ventaja de un menor valor unitario que, si bien eleva los costes de almacenamiento y transporte, la hace adecuada para pequeñas transacciones donde utilizar el oro puede ser prohibitivamente caro: la moneda más pequeña de la actualidad, de tres gramos de oro, tiene un valor de 90 dólares mientras que tres gramos de plata son 1,5 dólares. En un sistema monetario libre, es posible que el oro se utilizara como depósito de valor, ocasionalmente como medio de cambio (ya que las cámaras de compensación son superiores en este sentido) y que la plata se empleara, en su caso, para transacciones diarias de valor mucho más reducido. En todo caso, las reservas de oro podrían complementarse sin demasiado riesgo con las de plata (en China lo están haciendo), ya que al igual que el oro tiene un ratio stock/flujo muy elevado, superior a 70.

¿Trichet o Bernanke?

Conviene tener presente que un banco central no es más que una entidad emisora de dinero a la que se ha concedido un monopolio territorial. Ahora bien, los bancos centrales no pierden su naturaleza de entidades emisoras por el hecho de disfrutar de un monopolio: sus funciones y pautas de actuación deberían ser las mismas que si no lo ejerciera.

En este sentido, es evidente que la función casi única de un banco emisor es defender el valor de su moneda, para que sus tenedores puedan utilizarla con seguridad como medio de intercambio y depósito de valor. Para ello cuenta a largo plazo con un solo instrumento: sus activos. Cuanto mayor sea la calidad de los activos de un banco de emisión, mayor capacidad tendrá para fijar el valor de su divisa.

Lo mismo sucede con un banco central. Lo único que debería hacer es proteger la paridad adquisitiva de su divisa mediante el uso racional de sus activos. El problema es que la escuela inflacionista-keynesiano-monetarista ha terminado atribuyendo a estas entidades funciones de estabilización de la economía, como por ejemplo la manipulación del valor de la moneda para influir (de alguna forma) en el resto de la actividad productiva.

Bernanke es un caso exagerado de esta escuela: el valor del dólar le resulta prácticamente irrelevante con tal de –eso dice pretender– generar empleo, salvar bancos y restablecer el ciclo de endeudamiento de EEUU. Trichet, en cambio, es un caso atenuado: aunque su prioridad es detener la inflación (defender el valor del euro), no la persigue con demasiado ahínco (Paul Volcker colocó los tipos de interés en el 13,5% para frenar la inflación en EEUU), y no hace ascos a juguetear con un euro estabilizado (mantuvo los tipos al 2% durante dos años).

Por tanto, en principio Trichet estaría más cerca que Bernanke del buen banquero emisor. Sin embargo, uno podría plantearse si realmente es tan importante defender el valor de las divisas aun a costa de cargarse el resto de la economía. Ahora bien, pese a su aparente lógica, ésta sería una disyuntiva falaz.

Los bancos de emisión simplemente emiten un dinero que será más o menos apto para cumplir sus funciones. Puede decirse sin temor a errar que, gracias a ello, la sociedad se vuelve más productiva, pues ahonda en la acumulación de capital y en la división del trabajo. Ahora bien, en ningún caso los bancos de emisión generan riqueza adicional. La manipulación de las emisiones de dinero no crea nuevos bienes de consumo y de capital: como mucho, redistribuye los ya existentes.

La política de Bernanke consiste en tratar de que los tenedores de dólares paguen, mediante la depreciación (inflación) del billete verde, las deudas de los bancos, las aseguradoras y las agencias hipotecarias. Pero aquí no se está generando nueva riqueza ni impulsando el crecimiento: se está destruyendo riqueza en una parte de la sociedad para compensar su previa destrucción en otra; todo ello mediante el misterioso velo monetario.

La Fed ha puesto desde septiembre todos sus activos (que posee para defender el valor del dólar) a disposición del sistema bancario estadounidense. Como no podía ser de otro modo, desde entonces el dólar se ha hundido, lo que ha amplificado los efectos de la subida de las materias primas. Los bancos han logrado un flotador transitorio gracias a que las empresas y las familias de EEUU han venido empobreciéndose.

Esto es una política de corto recorrido. La Fed no va a conseguir evitar una quiebra masiva de deudores, por mucho que abarate el crédito. Un activo impagado (por ejemplo, una hipoteca subprime) tiene un valor tendente a cero, por muy bajos que sean los tipos de interés. La Fed sólo hubiera podido retrasar el impago masivo prolongando la burbuja inmobiliaria, de modo que los hipotecados siguieran refinanciando sus hipotecas con unos precios siempre crecientes.

¿Alguien cree que EEUU necesitaba cada año dos millones de viviendas nuevas? Perpetuar la burbuja inmobiliaria hubiera significado, precisamente, eso. Y es que, como ya hemos indicado antes, la Fed no crea nueva riqueza, como mucho la redistribuye; en este caso, la concentra en los activos inmobiliarios a costa de no producir o invertir en otros bienes.

En cuanto a la política de Trichet, parece dirigirse, en parte, a no manipular la moneda aun cuando tengan lugar las quiebras y liquidaciones que necesita la economía. Quizá esto acelere la recesión, pero de todas formas no la puede evitar.

En España, la deuda cuya amortización dependía exclusivamente de que la burbuja inmobiliaria continuara hinchándose estaba condenada al impago, y con ese inevitable impago también estaban condenados todos los acreedores cuyo capital estuviera invertido en esa deuda. Los tipos de interés bien poco pueden hacer para solucionar esto, simplemente porque España no necesitaba 800.000 viviendas nuevas cada año.

Ahora bien, gracias a que Trichet ha refrenado sus impulsos inflacionistas, el euro no se ha depreciado tanto como el dólar, de modo que el encarecimiento de las materias primas no ha sido tan intenso. En el último año el petróleo ha subido un 100% en dólares, pero sólo un 65% en euros.

Aquellos que se quejan amargamente de que la moderación crediticia que propugna Trichet está acelerando la recesión en España olvidan que el motivo fundamental de la misma no son los tipos de intervención del BCE, sino que el fin de la burbuja inmobiliaria en nuestro país nos impide financiar las importaciones de petróleo mediante la venta de cédulas hipotecarias al extranjero, por lo que los bancos y las empresas se ven forzados a concentrar sus escasos fondos en la financiación de la compra de petróleo. Un incremento del precio del crudo aun mayor por culpa de la depreciación del euro habría agravado mucho más nuestro déficit corriente y, en correspondencia, la restricción crediticia interna necesaria para sufragarlo.

Desde luego, Trichet no es ningún adalid de la libertad monetaria, pero al menos desempeña su papel de banquero emisor monopólico con mucha más cabeza que Bernanke. En EEUU tienen una recesión inminente que se agrava por momentos y un dólar que se ha convertido en el estercolero internacional. En la Zona Euro, si bien nadie nos salvará de una recesión larga y complicada, al menos tenemos una divisa que no se deprecia a tanta velocidad.

Como dijo el lunes Jim Rogers, uno de los mejores inversores del mundo: "[El Gobierno y la Fed] están arruinando la que fue una de las economías más grandes del mundo. Bernanke y Paulson están rescatando a sus amigos de Wall Street, pero hay 300 millones de americanos que van a tener que sufragar todo esto". Elijan ustedes si, además de mancos, quieren ser cojos.

La quiebra del sistema monetario internacional

Ambas entidades acumulan una deuda directa próxima a 1,5 billones de dólares. Además, son dueñas o garantes de créditos hipotecarios de diversa índole por un valor superior a los 5 billones de dólares. La factura es, pues, enorme. El plan de rescate anunciado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, pretende inyectar inicialmente a cada entidad unos 15.000 millones de dólares.

Es más, dicho colchón financiero se verá incrementado gracias a la ampliación de las líneas de crédito público, que según se rumorea en el mercado estadounidense, podrían alcanzar los 300.000 millones de dólares para cada compañía. De este modo, la nacionalización de la deuda hipotecaria arroja un balance simplemente devastador para las cuentas públicas de la primera potencia mundial.

La inyección de recursos públicos para paliar las cuantiosas pérdidas de Fannie Mae y Freddie Mac (1,5 billones de dólares) amenaza con disparar el déficit presupuestario a corto plazo, puesto que serán los contribuyentes estadounidenses los que, en última instancia, se encargarán de pagar estas voluminosas pérdidas con sus impuestos. Además, la insolvencia de ambas entidades obligará al Tesoro a garantizar con fondos propios el montante total de la deuda contraída (más de 5 billones de dólares). Es decir, muy probablemente el Gobierno de EEUU se verá obligado a duplicar su deuda pública con el objetivo de evitar la quiebra de dichas compañías.

Como resultado, la economía estadounidense se verá amenazada por dos efectos colaterales de gran magnitud. Por un lado, el envilecimiento del dólar. La caída del billete verde tenderá a incrementarse en el futuro inmediato. Su depreciación, que podría situarse en 1,75 euros al cambio a finales de año, pone en riesgo la estabilidad misma del sistema monetario internacional. De materializarse este escenario, el dólar podría dejar de ser empleado como moneda reserva, e incluso comenzar a ser repudiado como divisa de referencia internacional. En este sentido, la OPEP amenazó recientemente con sustituir el dólar por otro tipo de divisas en la compraventa de crudo, debido precisamente a su imparable depreciación.

Por otro lado, la nacionalización de toda la deuda bancaria de mala calidad sitúa al borde del abismo las ya de por sí deterioradas finanzas públicas de EEUU. El incremento del déficit fiscal, unido a un aumento desproporcionado de la deuda pública estadounidense conllevará, inevitablemente, la degradación crediticia de los bonos del Tesoro. En la actualidad, la deuda de EEUU cuenta con la máxima calificación de riesgo (rating). Sin embargo, tales desequilibrios presupuestarios, de constatarse, asestarán un duro golpe a la credibilidad y solvencia de la deuda norteamericana. Como consecuencia, la economía estadounidense contaría con dificultades añadidas a la hora de poder obtener financiación exterior para afrontar su abultado déficit.

EEUU ha optado por el peor remedio, la socialización de pérdidas, para tratar de curar una grave enfermedad, la burbuja crediticia. A lo largo de los últimos años, la política de bajos tipos de interés puesta en práctica por los bancos centrales ha impulsado la creación de una abultada deuda de mala calidad a través de la expansión del crédito sin la necesaria existencia de ahorro previo.

Ahora, los excesos cometidos están siendo purgados. Sin embargo, tratar de sostener artificialmente todo este conjunto de malas inversiones a través de fondos públicos no sólo no logrará solucionar absolutamente nada (los proyectos insolventes seguirán siendo insolventes), sino que, además, agravará en gran medida los efectos de la crisis económica. Incremento de la inflación, abultado déficit presupuestarios y, sobre todo, la intensa depreciación del dólar serán los daños colaterales de la decisión de Paulson.

Más allá de la inmoralidad que supone, en sí misma, la redistribución de las pérdidas empresariales entre todos los ciudadanos, la política económica aplicada hasta el momento por la Reserva Federal (FED) y el Ejecutivo estadounidense implica, en última instancia, poner en jaque la estabilidad del sistema monetario internacional. Y es que, si el dólar cae, el sistema simplemente se derrumba.

Ciudadanos como marionetas

Para MAFO y amigos, cuando la inflación tiene un buen comportamiento, entonces es un logro de los banqueros centrales, pero cuando se dispara buscan el primer chivo expiatorio y le cuelgan el muerto. Todo socialista sabe que las empresas son malas, por lo tanto, ¿quién va a dudar de que las empresas privadas son las responsables del continuo aumento de la inflación?

Los bancos centrales, mediante su política monetaria expansiva de dinero fácil o barato nos han conducido a la situación actual. Durante años se han dedicado a emitir dinero en todas sus formas (efectivo, depósitos…) diciendo que tal acción, además de empujar la economía, servía también para la estabilidad de precios. Han creando más oferta monetaria de la que la demanda puede absorber. En consecuencia, el único resorte para nivelar tan fuertes tensiones sólo puede ser el aumento de precios, es decir, inflación crediticia que a larga dispara al alza la estructura relativa de precios.

Antes, cuando alguien se dedicaba a fabricar más dinero del que tenía respaldado en metal se le llamaba falsificador, envilecedor de la moneda. Hoy día las cosas son algo diferentes, pero las consecuencias son las mismas. Si el banco central se pasa en la creación de dinero, el nivel de producción no podrá absorberlo y esto generará subidas de precios. Los mayores falsificadores de dinero y principales causantes de la escalada del crudo y de las materias primas y del deterioro de las mal llamadas economías productiva y financiera son los bancos centrales. Ellos poseen el monopolio de la emisión del dinero y son los garantes únicos de la estabilidad de precios. Por tanto, no tiene sentido criminalizar a otro por haber realizado mal su trabajo. Echar las culpas a las empresas (BdE) o a los asalariados (Banco Central Europeo) tiene tanto sentido como si la policía excusase el aumento de la criminalidad aludiendo a series de televisión como CSI. A propósito, los policías ingleses ya usaron tan lamentable estrategia para justificar su incompetencia. ¿Qué será lo siguiente? ¿Quizá culpar a los blogs de criminalística, a los libros, a programas como Caso Abierto y a las conferencias sobre la resolución de crímenes?

¿Es que nadie se ha cuestionado las pésimas políticas monetarias de los bancos centrales y la existencia de estos monstruos burocráticos? Sin ir más lejos, el pasado jueves Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, dijo que había un potente aumento crediticio y que por eso subía los tipos. ¿Y a quién sorprende algo así cuando ha sido precisamente él quien no ha parado de hacer inyecciones de liquidez y ha permitido que la M3 sigua subiendo a ritmo de dos dígitos? El Banco Central Europeo tendría que haber atajado esta situación hace años. Ahora, aplica una tímida política monetaria restrictiva a medio plazo, mientras que en el corto plazo (resulta difícil llamar cortoplacista a algo que se lleva haciendo desde hace más de un año) se está mostrando totalmente expansivo. ¿No son más bien estos experimentos contradictorios los que desestabilizan el mercado?

Esta irresponsabilidad e hipocresía nos lleva a lo más indignante. ¿Se ha dado cuenta de que estos funcionarios del banco central siempre aplican el viejo lema de "todo para el pueblo pero sin el pueblo"? Exigen a empresas que congelen salarios, deciden cuándo hemos de ahorrar y gastar manipulando el dinero según sus estadísticas e intervienen arbitrariamente para socorrer a algunas empresas a costa del resto de la sociedad. Sin embargo, los resultados están a la vista. ¿Nadie nos pregunta a nosotros? Los políticos y prensa se recrean diciéndonos que vivimos en el periodo de mayor libertad de la historia, pero ¿qué clase de libertad es esta que va encarrilada en los deseos de una minoría política que condiciona nuestras vidas creando crisis periódicas de las que, además, nos culpan a empresarios, trabajadores y consumidores? El despotismo no funcionó en el pasado ni funcionará ahora. Somos algo más que marionetas del Poder.