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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El peligro de los planes de rescate

El 2009 va a ser un reto para el marketing en buscadores, ya que en un escenario de crisis será uno de los segmentos donde muchas empresas destinarán su inversión y tendrá que dar talla ante las exigencias de resultados que se le van a pedir. En este apartado, no deben de existir muchos problemas, ya que internet es el único medio donde se puede medir de manera efectiva la inversión, para tener un control exhaustivo del presupuesto y los objetivos que se hayan planteado.

En Search Engine Land en español, una publicación especializada, hemos hablado de los "Factores relevantes en la industria del marketing en buscadores en 2008" , haciéndonos eco del especial que ha editado la revista americana Advertising Age en relación al mercado del marketing en buscadores en los EEUU. Los datos que arroja este especial son realmente interesantes, tanto para las personas que pertenezca al sector Internet como a los que están bastante alejados de él, ya que al fin y al cabo si está leyendo este artículo seguro que conoce nombres como Google o Yahoo! y que le resultará interesante conocer los números que mueve esta industria. Entre otros muchos datos en este especial, encontramos información sobre el volumen de inversión en los Estados Unidos, que ya está por encima de los 10.000 millones de dólares, una cifra que da vértigo, ya que en España toda la inversión de Internet va a sumar entorno a los 700 millones de euros en 2008, y para nuestro país sigue siendo un buen dato.

Otro dato que aporta también el especial se centra en el porcentaje de búsquedas que agrupa cada buscador: en los Estados Unidos, Google aglutina más del 63% del total, Yahoo! un 19% y MSN Live un 9%; en España Google se aproxima a un 95%.

Aunque para una gran mayoría pueda resultar desconocido, el marketing en buscadores va a cobrar una gran relevancia en el 2009 en todo el mundo, al igual que el marketing en internet. Esto supone que se acelerará la transformación que está sufriendo el mercado publicitario, donde cambian las estructuras, los profesionales y las formas en las que se venía desarrollando la publicidad. No me tengan por esos visionarios que piensan que todo va a cambiar de la noche a la mañana, pero que en el 2009 se acelerarán los cambios que estaban pendientes, de eso, no tengo ninguna duda.

Una moratoria para los bancos

Pero por si esta mascarada fuera insuficiente, el Ejecutivo parece dispuesto a echar más gasolina al fuego. Así, este lunes aprobó un plan de carencia de dos años para las hipotecas de los parados. Varios medios de comunicación se han centrado en el hecho de que quienes se acojan a esta medida tendrán que pagar una cuota hipotecaria incrementada a partir de 2011; vamos, pan para hoy y hambre para mañana. Sin embargo, el punto fundamental no es si el plan se adapta mejor o peor a las necesidades de los desempleados, porque nunca fue un plan destinado a ayudarles. La cruda realidad es que, una vez más, el Gobierno ha salido al rescate de la banca utilizando a otros colectivos como cortinas de humo.

Lo primero que debería llamar la atención es que, si este plan de renegociación masiva de las hipotecas es beneficioso para los bancos, ¿por qué no han sido ellos mismos quienes lo han propuesto, sin la intervención del Estado? Y si es perjudicial, ¿por qué apenas se han oído voces críticas? La respuesta parece ser que la carencia habría resultado nociva para los bancos si no contaba con la intervención del Estado. ¿Y cuál es esa intervención que les viene tan bien? Pues ésta: el ICO avala parte de la hipoteca de quienes se acojan al plan.

Sin la intervención del Estado, los hechos habrían discurrido del siguiente modo: Miguel se queda en el paro y no puede seguir pagando su hipoteca, el banco tiene la opción de embargarle o de renegociar las condiciones del contrato modificando el plazo. Sin embargo, ¿para qué va a cambiarle el plazo, si probablemente dentro de unos años Miguel seguirá en el paro? La opción más verosímil sería la primera: el banco se queda con una casa invendible y reconoce en sus cuentas anuales que ha perdido dinero. ¿Resultado? Miguel pierde y el banco también.

¿En qué consiste el plan del Gobierno? Si Miguel se queda en el paro y se acoge a la moratoria, su banco aceptará gustoso la carencia de la hipoteca, porque le dará igual si dentro de dos años Miguel sigue desempleado y no puede pagar. Así las cosas, le embargará la casa para cobrarse una parte de la hipoteca y el ICO le pagará la otra parte. ¿Resultado? El banco gana, y Miguel y los contribuyentes pierden.

Es cierto que la banca, en los próximos dos años, perderá parte de sus ingresos, ya que los parados que sigan el plan del Gobierno sólo desembolsarán la mitad de sus cuotas hipotecarias hasta 2011. Pero se trata de un punto mucho menos problemático para las entidades de crédito que el tener que embargar las viviendas. Primero porque, con o sin plan gubernamental, muchas de esas hipotecas habrían resultado igualmente impagadas, fruto del aumento del paro; y segundo, porque su gran quebradero de cabeza es verse obligados a reconocer que una parte sustancial de sus activos están impagados.

No olvidemos que la banca estadounidense –y parte de la europea– ha quebrado precisamente cuando ha reconocido el repunte de los impagos sobre sus activos. Y no se crea que hace falta que mucha gente deje de pagar para que los bancos entren en bancarrota: con que lo hiciera aproximadamente el 10% de los deudores sería suficiente.

Además, los bancos sobreviven diariamente porque son capaces de endeudarse a muy corto plazo en los mercados interbancarios. Pero esta hazaña la logran gracias a que los bancos centrales aceptan prestarles dinero contra activos de alta calidad. ¿Considera usted que un crédito impagado es un activo de alta calidad? Probablemente no, y los bancos centrales –por mucho que les pese– tampoco están autorizado sa ello. Por lo tanto, un aumento de los activos impagados a los bancos también recorta su acceso diario a la liquidez. El plan del Gobierno evita justamente estos dos problemas. Por un lado maquilla los balances de los bancos (ya que durante dos años esas hipotecas no resultarán impagadas, y a partir de 2011 el ICO respaldará parte de los impagos), y por otro les permite seguir accediendo a la liquidez del interbancario y del BCE.

Sin embargo, tampoco conviene creer que los problemas para los bancos se han terminado. Aun cuando sea uno comparativamente menor, la carencia va a incrementar sus necesidades de liquidez y su dependencia del mercado interbancario y del Banco Central. Lo primero tendería a elevar el Euribor, y lo segundo a depreciar el euro. En cualquier caso, malas noticias para los parados: hipotecas y tasas de inflación más altas.

La peor parte, con todo, se la llevarán los contribuyentes, cuando el ICO tenga que pagar las hipotecas morosas de los bancos, lo que implicará o impuestos más altos o más deuda pública (es decir, impuestos más altos en unos años). Los dos caminos para sufragar las hipotecas apuntalarán la crisis, ya que reducirán el volumen de ahorro necesario para financiar la reconversión productiva que necesita España. Pero mientras tanto los bancos y el Gobierno seguirán sobreviviendo a trancas y barrancas, vampirizando al resto de la población. Lo que se viene a llamar una plutocracia, vamos.

El Obamismo

A escasas horas para que se conozca el nuevo ocupante de la Casa Blanca, las elecciones de EEUU en 2008 quedarán registradas en la historia como una de las citas electorales más importantes en las que hayan participado los ciudadanos norteamericanos.

Y ello no sólo por el hito que podría suponer la llegada del primer hombre negro a la Presidencia del país. El éxito de uno u otro candidatos determinará en gran medida la intensidad y prolongación de la debacle económica estadounidense. El New Deal desarrollado por Roosevelt en los años 30 prolongó la Gran Depresión durante más de 10 años. La época más negra de la joven historia de la democracia de EEUU.

En la actualidad, el país se enfrenta a un reto similar. Si Alan Greenspan, como presidente de la Reserva Federal, fue el principal culpable del tsunami financiero que azota a la economía global, Barack Obama aspira a convertirse en el presidente que hundió definitivamente la economía estadounidense.

Toda su acción política se centra en incrementar el gasto público y poner en práctica una agresiva política fiscal consistente en subir impuestos a las rentas altas y a las grandes empresas, principal motor económico del país. Y ello, en un momento muy delicado para las cuentas públicas del país: la factura de los rescates financieros aprobados hasta el momento amenaza con disparara el déficit público hasta niveles desconocidos.

El Tesoro es consciente de que tendrá que multiplicar sus emisiones de deuda pública con el objetivo de sufragar la expansión casi ilimitada del gasto público. Sin embargo, otros muchos países se encuentran en la misma disyuntiva tras poner en marcha distintos planes de envergadura para tratar de apuntalar sus respectivos sistemas financieros mediante los recursos de los contribuyentes.

Tales necesidades de financiación extra por parte de los países desarrollados supondrá una presión añadida al próximo Gobierno de EEUU, ya que se verá obligado a ofrecer una mayor rentabilidad para que sus bonos gocen del suficiente atractivo, tanto para los inversores privados como públicos (otros bancos centrales).

El problema es que, lejos de apostar por el ahorro, por la contención del gasto y por la reducción fiscal, el candidato demócrata cree firmemente en la extensión del intervencionismo gubernamental para solventar todos los supuestos males que posee el mercado. El Obamismo, ese nuevo movimiento político que causa furor entre las filas progresistas de España (PSOE y PP) y Europa amenaza con convertirse en una losa insostenible sobre la espalda de los contribuyentes norteamericanos.

Buena suerte, pues, al nuevo dirigente de la Casa Blanca, ya que se enfrentará a la legislatura más compleja y difícil desde hace más de 70 años. Ahora bien, no les quepa duda de que en caso de que resulte ganador Obama su política económica para combatir la crisis será recordada bajo el siguiente lema: No, we can´t.

Amor a la ignorancia económica

Según él "los mercados han demostrado que son incapaces de autorregularse". O sus conocimientos de epistemología son escasos o tiene un curioso concepto de lo que es una demostración: del hecho de que los actuales mercados financieros tengan serios problemas deduce que un mercado libre no puede generar sus propias normas protectoras y necesita una tutela exterior.

Pero es que los mercados financieros ni son ni han sido prácticamente nunca ejemplos de libertad: están fuertemente intervenidos, presentan riesgo moral y son sistemáticamente confundidos por señales falaces emitidas por los arbitrarios designios de los banqueros centrales (determinación estatal de los tipos de interés a través de la emisión de moneda de curso legal); pero es más popular repetir tontamente el topicazo de que no están regulados, tan asumido por tantos que lo ignoran casi todo del sector bancario.

Marina amablemente concede que no hay que "eliminar el mercado", pero "no se le puede dejar solo" porque "abandonado a su propio dinamismo se destruiría". "El poder económico, como los demás poderes, no tiene sistemas internos de frenada. Es bulímico. Por eso existen las leyes antimonopolio y de defensa de la competencia, y por esa razón se consideró que el trabajo no se podía considerar como una mercancía más". El mercado incluso podría volverse "suicida" o "asesino" "si no se somete a normas éticas".

Todas estas necedades muestran que Marina no entiende los mercados, que están basados en normas éticas fundamentales como el derecho de propiedad (dos no intercambian si uno no quiere, o principio de no agresión) y el cumplimiento estricto de los contratos libremente pactados (que pueden dar origen a tantas reglas y limitaciones adicionales como los participantes deseen).

Los falaces mitos de la necesidad de intervención sobre los mercados para evitar monopolios y garantizar la competencia se basan en teorías irreales profundamente erróneas que pueden engañar a incautos y neófitos varios pero no a economistas serios; incluir la excepcionalidad del trabajo parece señalar que uno se ha tragado todos los cuentos comunistas y sindicalistas acerca de la explotación del pobre empleado por los desaprensivos empresarios y capitalistas.

Los mercados libres son órdenes espontáneos emergentes que resultan de las interacciones entre múltiples individuos persiguiendo sus objetivos particulares dentro de un marco institucional ético y jurídico. Son órdenes limitados e imperfectos que permiten la coordinación social; no garantizan los aciertos, pero tienden a premiarlos y a castigar los errores. Son órdenes complejos adaptativos muy resistentes si se les deja funcionar, pero son sensibles a los patosos intentos de arrogantes ingenieros sociales de "regularlos" de forma coactiva desde el Gobierno. Curiosamente estos promotores de la regulación jurídica no suelen entrar en detalles acerca de cuáles deben ser los contenidos concretos de esa normativa que pretenden imponer a todos los demás ciudadanos; quizás porque ni siquiera se han molestado en pensarlo un poco en profundidad (ya lo hará algún "experto" o tecnócrata) o porque intuyen que sería posible para algún economista competente mostrar las indeseables consecuencias no intencionadas de sus propuestas; como efectivamente ya habían hecho los economistas de la escuela Austriaca con respecto a todas las intervenciones y regulaciones estatales que han sido las causas fundamentales de esta crisis.

Odio por los Estados Unidos

Contrasten esta situación con la de las carreteras, con las que a menudo se suelen comparar las redes de comunicaciones, generalmente con aviesas intenciones nacionalizadoras. Para tener permiso para circular por ellas hay que estudiarse un código específico, aprobar un examen teórico y otro práctico y así obtener una licencia que nos pueden retirar por múltiples razones.

Algunos claman de vez en cuando por implantar una suerte de carnet para navegantes de internet; unos para prohibir el acceso a quienes emplean el mejor sistema para distribuir contenidos creado hasta ahora por el hombre y otros para impedir que la gente entre en internet con pleno desconocimiento de los peligros que le acechan en semejante empresa, desde los virus hasta los correos que te animan a dar tus claves bancarias por ahí. Pero afortunadamente ni unos ni otros han triunfado en su empeño, al menos por ahora.

Sin embargo, tanto en Estados Unidos como en Europa se está avanzando en un campo de difícil vuelta atrás. Porque es muy fácil ceder libertades al poder del Estado, pero muy complicado –a veces casi imposible– volver a recuperarlas después. Se está imponiendo con poco o nulo debate la mal llamada "neutralidad de red", que es la prohibición a los propietarios de las redes de gestionarlas como mejor les parezca, obligando a "tratar por igual a todos los bits", pertenezcan éstos al último single de moda descargado de iTunes o a las instrucciones de un cirujano que está operando a través de la red a un paciente crítico. Y el lobby que está detrás pertenece al gentil Google, el del eslogan bíblico de "no hacer el mal".

El efecto perverso de esta regulación se ve con claridad al examinar el caso español. En nuestro país han invertido en las redes por las que navegamos básicamente dos compañías: Ono y Telefónica. Ambas ofrecen servicios conjuntamente con sus conexiones de datos, principalmente de televisión. De hecho, ha sido la posibilidad de ganar dinero a través de estos servicios el principal motivo por el que nuestras conexiones han ido mejorando con el tiempo. Es lo que se llama un "subsidio cruzado"; se venden varios productos juntos en un pack y algunos de ellos permiten rentabilizar el coste de los otros. El ejemplo clásico sería Las Vegas, donde antaño se podía comer extraordinariamente bien por muy poco dinero o incluso gratis, porque era un servicio que permitía atraer a más jugadores, y era el dinero que perdían en ruletas y tragaperras el que pagaba esos restaurantes. La cosa se acabó, claro, cuando la ciudad se transformó en un destino turístico familiar.

Pues bien, el principal objetivo de los defensores de los inalienables derechos de los bits es impedir que se pueda hacer lo mismo en el ámbito de las telecomunicaciones. Es decir, que las operadoras no puedan ofrecer servicios premium de mayor velocidad para ciertos contenidos, como vídeo o voz, con los que rentabilizar la inversión en nuevas redes de datos. Lo hacen, aseguran, para impedir que las empresas de telecomunicaciones tengan una ventaja "anticompetitiva" en esos aspectos. Lo que lograrán será que dejen de invertir en mejorar nuestras conexiones y ampliar el ancho de banda del que disfrutamos.

¿Y qué gana Google con esto? Muy fácil. Impedir que pueda innovarse dentro de las redes, donde no tienen inversiones ni control alguno, implica que todas las novedades tendrán lugar en los "bordes" de las redes, que es el lugar donde reina. Si, por ejemplo, todo el vídeo transmitido por las redes va lento, a baja resolución y se corta cada dos por tres, YouTube seguirá reinando. Si se permite que pagando un plus se pueda emitir en tiempo real y a alta resolución, Google deberá pagar u ofrecer un servicio de menor calidad. No estamos hablando, por tanto, de defender al pequeño internauta frente a la gran empresa de telecomunicaciones. Estamos hablando de ponerse del lado del gigante de internet frente a los gigantes de las redes. Y en esa pelea prefiero estar con quien no quiere meter al primo de Zumosol, el Estado, a dar los puñetazos por él.

El dinero barato es el más caro

Hace aproximadamente año y medio tuve problemas con mi vehículo y en distintas ocasiones acudí al taller para repararlo. Un conocido, enterado de mis vicisitudes, se quedó extrañado y me preguntó el motivo por el que seguía con él, ya que, según su opinión, era más práctico comprar un coche a plazos que tener que arreglarlo con tanta frecuencia. Le expliqué las estimaciones que había realizado, y que, según éstas, era superior el importe de la amortización y de la financiación de un coche nuevo que el mantenimiento del actual, que por su edad se encontraba prácticamente amortizado. Mi interlocutor atendió a mi explicación aunque no pareció muy conforme con ésta. Recientemente la misma persona me volvió a preguntar por mi coche y le dije que seguía con él, pero, que se averiaba menos, a lo que me respondió que me podía considerar afortunado, ya que no estaba el panorama para cambiar de vehículo, por mucho que hubiese que llevarlo al taller.

Resulta curioso comprobar cómo, ante la misma situación, se reacciona de manera distinta en apenas año y medio. Y es que, donde antes se veía certidumbre, ahora se ve riesgo. La mayoría de la gente creía, no hace mucho, que el futuro iba a carecer de sorpresas negativas, y que, en general, las cosas iban a transcurrir de manera similar, e incluso mejor, a como estaban ocurriendo. Por lo tanto, recurrir al endeudamiento no resultaba arriesgado, y el pago del préstamo no entrañaba problema alguno. Así, muchos buscaron financiación a periodos muy elevados, de incluso varias décadas en el caso de préstamos hipotecarios para la adquisición de inmuebles, con cuotas de amortización que suponían gran parte de los ingresos personales. Esta misma impresión también era compartida por empresarios, que acometían proyectos de inversión sin miedo al futuro, minusvalorando posibles riegos. La infravaloración del riesgo trajo consigo que se emprendiesen negocios con escasa rentabilidad, condenados al fracaso en cuanto surgiese la más mínima dificultad.

Cuando tantas personas, algunas de ellas asesoradas por equipos muy reconocidos, han infravalorado los riesgos cabe preguntar qué les ha conducido a ello. Sin duda un factor muy importante han sido los bajos costes financieros que han existido en los últimos años. Durante este periodo, obtener financiación ajena ha resultado prácticamente gratis, ya que los tipos de interés de los préstamos bordeaban la tasa oficial de inflación. Por tanto existía la percepción de que los préstamos salían prácticamente gratis. Por otro lado, la gente veía que ahorrar dinero era algo inútil, ya que los depósitos e imposiciones obtenían unos rendimientos por debajo de la inflación oficial. Ante esta pérdida de valor de los ahorros monetarios cabían dos alternativas: gastar dicho dinero antes de que se deteriorasen más, o invertirlos en productos sofisticados que aparentemente prometían mayor rentabilidad.

Por tanto nos encontrábamos ante un fenómeno aparentemente contradictorio, se ahorraba menos y se invertía más. Es decir, disminuía la oferta y aumentaba la demanda, y sin embargo, el precio que se pagaba por el dinero, es decir, el interés, seguía en niveles muy bajos. La razón era bastante sencilla, ya que los bancos centrales se encargaban de suministrar dinero abundante y barato, por lo que no ascendían los tipos de interés. Sin embargo esta sobreabundancia de dinero barato tenía sus consecuencias. De un lado la moneda se envilecía comparada con otras inversiones. Así primero se disparó el precio de las acciones y posteriormente el de los inmuebles. De otro lado el recurso a la financiación ajena se disparaba, y se acometían proyectos de cada vez rentabilidad más dudosa. Y finalmente los particulares dejaban de ahorrar ante el deterioro de su moneda por la inflación real.

Esta mezcla de factores sólo podía acabar estallando, como finalmente ha ocurrido, y tanto particulares como empresas se han encontrado con deudas muy elevadas, y graves dificultades para amortizarlas. También el sector financiero se ha encontrado con graves problemas de liquidez para asumir sus propias deudas, y con la elevación de las tasas de morosidad.

Por tanto, la política de dinero barato que han practicado los principales bancos centrales va a salirnos muy cara, provocando la ruina de numerosas personas. Si éstos no hubiesen optado por mantener tasas de interés artificialmente bajas y se hubiesen preocupado por mantener el valor de su producto, es decir, la moneda, no nos encontraríamos con la crisis que actualmente afrontamos.

Sobre las crisis económicas, los planes y demás intervenciones

La verdad es que la crisis actual es dolorosa pero instructiva e interesante. Es asombroso ver que, siendo las administraciones las culpables de los orígenes de las crisis, se presentan como únicos y verdaderos salvadores; que los gobiernos de los principales países del mundo proponen medidas para solucionar la crisis que son simplemente parches para un sistema monetario que está enfermo de raíz; que el desconocimiento que tiene la opinión pública sobre las crisis económicas y las causas que las producen; y aún más, si cabe, hasta dónde puede llegar la retórica antiliberal y la indignante afinidad psicológica al intervencionismo que tiene la inmensa mayoría de los ciudadanos-contribuyentes.

Trataré de explicar brevemente qué es una depresión económica, qué efectos tienen las intervenciones, cómo evitarlas, cómo salir de ellas y el motivo por el que los planes y rescates no solucionan ninguna crisis.

Empecemos por el principio. ¿Qué es una depresión económica? Es la fase en que se reajusta la estructura productiva (conjunto de etapas en que se encuentra dividido el proceso de producción) que se ha visto distorsionada por la inflación, entendiendo ésta no como el aumento generalizado de precios, sino como el incremento de la cantidad de dinero en el sistema económico como consecuencia de políticas intervencionistas de expansión crediticia, que suele producir, aunque no siempre, un aumento de los precios porque la moneda pierde valor.

El envilecimiento de la moneda no sólo hace que ésta valga menos, sino que además distorsiona totalmente la estructura productiva. Habitualmente esto se efectúa mediante la concesión de facilidades crediticias a los bancos y reducción los tipos de interés.

Ésta es la raíz de las crisis, ya que al reducir los tipos de forma arbitraria, se fomenta que los bancos sean más flexibles y proclives a conceder créditos ya que se encuentran respaldados por los bancos centrales. Esta reducción de tipos hace que los empresarios vean como rentables negocios que en realidad no lo son. Emprenden nuevos proyectos de inversión más largos, contratando a trabajadores y comprando bienes de capital. Se les induce a actuar como si el ahorro de la sociedad se hubiese incrementado, cuando la realidad es que se trata de dinero inflacionario que han creado artificialmente gobiernos y bancos.

Evidentemente, tarde o temprano se pone de manifiesto que este aparente boom (como le gusta decir al profesor Huerta de Soto) no tiene base y se derrumba. El profesor Huerta señala tres reacciones o efectos: primero, los empresarios se dan cuenta que el precio de los factores de producción aumenta, por lo que los costes reales son bastante más elevados de lo que habían previsto; segundo, se produce un gran aumento en el precio de los bienes de consumo porque su demanda aumenta mucho y porque disminuye la oferta de esos bienes; y tercero, se da un notable aumento de los tipos de interés, ya que vuelven a su nivel anterior. Si la estructura productiva se hubiera alargado como consecuencia de un aumento del ahorro real de la sociedad no se hubieran producido estos efectos señalados, ya que en una economía de mercado la estructura productiva siempre va acoplándose al esquema que los consumidores libremente van definiendo.

Llegados a este punto, los empresarios se dan cuenta de que se han equivocado a la hora de invertir (por recibir señales falsas y no por tener un supuesto excesivo afán de ganancias, como dicen algunos). Principalmente se dan cuenta de sus malas inversiones al observar los grandes beneficios que están obteniendo las industrias de bienes de consumo. El consumo de bienes de primer orden (bienes de consumo) de la sociedad ha aumentado tanto que no se liberan los recursos necesarios para concluir esos proyectos iniciados. Concluyen, por tanto, que ha sido un error el llevar recursos productivos del consumo hacia las industrias de bienes de capital.

La depresión económica no es una crisis de exceso de inversión, sino de mala inversión. Es necesario un reajuste en la estructura productiva. Por eso se dice que las recesiones son necesarias y "sanas", porque son el comienzo de la recuperación. Se han puesto de manifiesto los errores cometidos y hay que liquidar los proyectos de inversión no rentables emprendidos y trasladar mano de obra y recursos productivos hacia sectores que los consumidores demanden más.

Sencillamente, las crisis y las depresiones económicas no se pueden evitar si se producen como consecuencia de expansiones crediticias. No "se solucionan" con planes, sino que se deben prevenir impidiendo políticas de expansión crediticia. Son las administraciones las que mantienen el actual sistema bancario, las que han enviado señales falsas a los empresarios y las que han distorsionado la estructura productiva. Es a ellas, por tanto, a las que hay que pedir responsabilidades.

Es cierto que es posible posponer el desencadenamiento de la crisis si se conceden nuevos créditos sin respaldo de ahorro real a una velocidad que no pueda ser anticipada por los agentes económicos, pero en cualquier caso, hay que tener en cuenta que la depresión es inevitable y que cuando finalmente llegue será más duradera y pronunciada. Cuanto más dinero se introduzca en el sistema, más complicado y más difícil será el reajuste necesario en la estructura productiva. Lo que significa que la sociedad se empobrece porque se está perdiendo (o infrautilizando) una parte de su capital al desviarlo a industrias y sectores menos eficientes.

¿De qué manera ayudan los tan alabados planes de rescate y demás intervenciones de los gobiernos a la imprescindible reasignación de los recursos mal invertidos? Está claro que de ninguna. ¿De qué sirven entonces? De nada. Sería deseable que si el poder político no puede frenar o contener sus ansias intervencionistas para legitimarse, al menos tomase medidas en beneficio de la sociedad y no solamente de ellos. Por ejemplo, las siguientes tres medidas nos serían de gran ayuda a los ciudadanos ya que ayudarían a prevenir las crisis:

  1. Privatizar la moneda. Debe existir completa libertad de moneda para que no se pueda controlar su emisión ni su valor. Hay que privatizar el dinero y sustituirlo por su equivalente metálico en oro.
  2. Pasar a un sistema de libertad bancaria y abolir inmediatamente los bancos centrales. Debe cesar el control de los mercados financieros y bancarios.
  3. Garantizar la liquidez prohibiendo a los bancos que se endeuden a corto y presten a largo, o manteniendo un sistema bancario con un 100% de coeficiente de caja. Hay que sustituir el actual sistema de reserva fraccionaria.

En cuanto a España, es cierto que el Gobierno no es el culpable de la crisis subprime, pero podría tomar medidas positivas para aliviarla y favorecer la recuperación. Desde luego, las que está tomando no hacen sino agravar la situación.

Primero, el Gobierno debe olvidar la idea de los famosos rescates y demás planes Paulson porque la compra de activos de mala calidad no puede resolver la crisis y no tiene sentido que el contribuyente financie todos los activos basura de los bancos. Las malas inversiones deben ser liquidadas para no perpetuar la crisis indefinidamente. Estos rescates se hacen con cargo al ahorro de los contribuyentes desviándolo hacia inversiones que no tienen futuro. Hay que dejar quebrar a las empresas que se han equivocado y no privatizar las ganancias ni socializar las pérdidas.

Además, el Gobierno debe hacer que la reestructuración sea lo más rápida y menos dolorosa posible. Por lo tanto, debe flexibilizar el mercado laboral (que es muy rígido), desregular los principales sectores afectados (y todos los demás, por supuesto) y reducir la presión fiscal lo máximo posible.

¿Caerán todas estas brevas? No sé yo…

¡Es el intervencionismo, estúpido!

Sólo un ignorante pude culpar al liberalismo de los males económicos y financieros que hoy padecemos. Ni la avaricia, ni la especulación, y mucho menos la supuesta desregulación financiera, son responsables del actual supercrash. Para aquellos que realmente deseen entender la causa y origen de nuestros males presentes y futuros deben centrar su atención en dos aspectos clave cuyo desarrollo han terminado por suprimir todo atisbo de auténtico liberalismo en las finanzas mundiales.

Por un lado, el monopolio que, desde hace décadas, poseen los bancos centrales para crear dinero de la nada (es decir, emitir billetes sin la necesidad de contar con un respaldo real como el patrón oro). En este sentido, existe un vídeo explicativo, elaborado por el Ludwig von Mises Institute, que resume y explica a la perfección las graves carencias de las que adolece el sistema monetario contemporáneo.

En diversos periodos de la historia de EEUU, la Reserva Federal (Fed) ha contado con poderes excepcionales para expandir el crédito mediante diversos mecanismos, tales como la reserva fraccionaria, la adquisición de deuda pública al Gobierno norteamericano o el mantenimiento de una laxa política monetaria basada en tipos de interés excesivamente bajos.

La historia demuestra que la manipulación monetaria de los bancos centrales ha sido empleada por el poder político para la consecución de sus propios fines, como por ejemplo en la financiación de campañas bélicas o la aprobación de amplios programas de gasto público. Ésta, y no otra, es la raíz de los ciclos económicos. Y es que, tras un largo período de crecimiento basado en la concesión de crédito fácil sin contar con el respaldo de ahorro previo, surge la corrección, el necesario ajuste que, de una u otra forma, termina por imponer el mercado.

De este modo, el Gobierno y su brazo financiero (banca central) son los auténticos culpables de la recesión e, incluso, de la depresión que siempre acontece tras el pinchazo de una burbuja irreal, generada gracias al intervencionismo económico. Tal y como explica el profesor Murray N. Rothbard, la "Reserva Federal controla el sistema monetario de la nación, sin embargo no tiene que rendir cuentas a nadie".

La manipulación arbitraria llevada a cabo en este ámbito provoca una constante depreciación del dinero y del ahorro de los ciudadanos o, lo que es lo mismo, genera inflación y erosiona el poder adquisitivo. Thomas Jefferson adoptó el dólar como moneda oficial de EEUU en 1792, pero ésta contaba entonces con el respaldo del oro. Ya por entonces, los Padres Fundadores advertían de los grandes riesgos del papel moneda.

Y es que, el valor de los billetes respaldados (canjeables) por oro no puede ser manipulado para incrementar el gasto público del Gobierno. No por casualidad el presidente Abraham Lincoln se desvió de esta norma en 1862 y ordenó imprimir papel moneda inconvertible (Greenbacks) para financiar su campaña contra el Sur durante la Guerra Civil de EEUU.

La restauración del patrón oro en 1879 permitió la mayor etapa de crecimiento y prosperidad económica que haya vivido la mayor potencia mundial. Sin embargo, en 1913, bajo la presidencia de Wilson, nace el Sistema de la Reserva Federal. La burbuja que aconteció durante los Felices 20 fue impulsada, en gran medida, por la antigua Fed. El crack del 29 era sólo cuestión de tiempo.

Pese a ello, la banca central logró imponer desde entonces sus reglas con el apoyo de los Gobiernos para operar sin restricciones en su política monetaria. La eliminación de Bretton Woods en 1971, debido a la suspensión de pagos implícita que sufrió entonces EEUU, ha disparado la inflación casi un 300% desde entonces.

El segundo eje que permite comprender correctamente la actual debacle subyace en la estrategia de endeudarse a corto plazo e invertir a largo desarrollada hasta el extremo por la banca comercial, tal y como expone el profesor Antal Fekete. Por desgracia, ambos puntos son ignorados por la gran mayoría de analistas, economistas y, por supuesto, autoridades gubernamentales. Como resultado, estamos condenados nuevamente a repetir los errores del pasado y, por ello, a sufrir igualmente sus consecuencias. Así pues, recuerden a quién culpar cuando las dificultades económicas llamen a su puerta… ¡Es el intervencionismo!

¿Mucha avaricia y muy poca información?

Como casi todas las explicaciones, esta hipótesis izquierdista tiene un ápice de verdad que no conviene descartar por completo. Es cierto que muchos inversores, especialmente los bancos, fueron devorados por unas ansias de beneficios tan grandes que les llevaron a acometer operaciones fraudulentas: tomar los fondos a corto plazo de sus depositantes e invertirlos a largo plazo. Esta práctica no contaba con la aceptación de los depositantes, ya que creían que el banco estaba utilizando su dinero de manera prudente y que, por tanto, podrían recuperarlo sin ninguna dificultad; dicho de otro modo, también existió un problema de información por parte de los depositantes y demás acreedores a corto.

Sin embargo, tampoco conviene centrarse exclusivamente en la avaricia de los banqueros y la cándida ignorancia de los depositantes. En cierto modo, los banqueros también fueron ignorantes, al creer que siempre podrían refinanciar sus deudas a corto plazo en el mercado interbancario (debido a que desconocían la teoría austriaca del ciclo económico), y los depositantes, codiciosos, al aprovecharse de las fraudulentas operaciones bancarias para, en muchos casos, hipotecarse con unos tipos de interés reducido.

Un sistema financiero más sólido, por consiguiente, requiere de una nueva regulación que limite el arbitraje de los tipos de interés y de la difusión de las teorías de la escuela austriaca, lo que mejoraría la cultura económica de los operadores de mercado. De esta manera, los proyectos de inversión se sufragarían con cargo al ahorro real y no haciendo uso de los puntuales saldos de tesorería.

Sin embargo, este escenario horroriza a las gentes de izquierda e incluso a algún autodenominado liberal, que observan cómo el chiringuito financiero que se han montado lentamente durante todo el siglo XX se les puede venir abajo. Recordemos: en 1920 la Fed empieza a manipular los tipos de interés con las primeras operaciones de mercado abierto (algo que no tenía permitido por su ley constitutiva de 1913); durante la década de los 30 la mayoría de bancos centrales abandonan el patrón oro (lo que les permitió una mayor autonomía para manipular los tipos de interés) y el Gobierno alcanzó un tamaño hasta entonces desconocido (en buena medida, gracias a la adquisición de deuda pública por parte del sistema bancario intervenido); y en 1973 se rompe Bretton Woods, la última conexión oficial entre el dinero y el oro, lo que terminó por facilitar la expansión crediticia del sistema bancario y del endeudamiento estatal (fíjense en la evolución exponencial de ambas magnitudes desde mediados de los 70).

Los antiliberales (de izquierdas y derechas) quieren conservar todo este esquema fraudulento para seguir apropiándose del dinero de los ahorradores: tanto el Gobierno como la banca salen beneficiados. Es decir, se ha impuesto un consenso entre izquierdas y derechas para conservar la configuración básica de este sistema financiero. Y dado que este núcleo resulta intocable para unos y otros, deben recurrir a chivos expiatorios, como la codicia y la falta de transparencia, sobre los que verter su furia legisladora.

Se nos dice que esta crisis no se repetirá si se controlan los riesgos que pueden asumir los inversores (especialmente los bancos), y si se informa a los ahorradores sobre el nivel riesgo de los distintos productos financieros.

En abstracto, todo esto suena muy bien. Los problemas comienzan a surgir cuando bajamos un poco a la realidad. El riesgo es un concepto totalmente subjetivo: lo que para unos puede ser un proyecto muy arriesgado (como crear un buscador de internet en 1998), para otros puede ser un negocio claramente rentable y seguro. Del mismo modo, lo que para unos puede ser una inversión muy segura (como adquirir una vivienda en España en 2005 o meter dinero a plazo fijo en 2006), para otros puede tratarse, sin ningún género de dudas, de un brutal error de análisis sobre las condiciones de mercado.

Por consiguiente, restringir el riesgo que pueden asumir los inversores es muy delicado. ¿Se imaginan que en 1998 el Estado hubiera impedido a Sergey Brin y a Larry Page que crearan Google (o que alguien les prestara dinero para crearlo) aduciendo que se trataba de un proyecto excesivamente arriesgado? A menos que el supervisor público se convierta en un comité de planificación central, se me antoja complicado que pueda desempeñar esta tarea.

Y, en cualquier caso, me parece que será imposible que tenga éxito en sus estimaciones de riesgo: a partir de 2004, por ejemplo, los distintos Estados han ido incorporando en sus ordenamientos el Tratado de Basilea II, por el que se regula el sector bancario. Este tratado consideraba –y se trata sólo de uno de sus errores– las hipotecas residenciales uno de los activos menos arriesgados para los bancos. ¡En plena burbuja hipotecaria mundial, los Gobiernos sancionaban que las hipotecas no eran una inversión arriesgada!

Por otro lado, y por los mismos motivos, pretender informar a los ahorradores sobre el riesgo exacto que están asumiendo no deja de ser un objetivo irrealizable. Exactamente, ¿quién medirá y cuantificará ese riesgo? ¿Los bancos que están quebrando gracias a sus exitosas inversiones? ¿Las agencias de rating que en 2005 y 2006 dijeron que la mayoría de los activos que están siendo impagados eran de máxima seguridad? ¿Los bancos centrales, que no sólo crearon la burbuja actual, sino que esperaban que nunca tuviera fin? ¿Los Gobiernos, que se sumaron al carro de una falsa prosperidad y declaraban unidos, en 2007, que no había crisis seria alguna en el horizonte? ¿Acaso no es evidente que si los ahorradores hubieran seguido –más de lo que lo hicieron– las indicaciones de todos estos organismos, el batacazo actual sería aun mayor?

La codicia y la ignorancia parcial de los seres humanos no pueden eliminarse, ya que son parte de su naturaleza. Lo que sí puede y debe hacerse es corregir las regulaciones que conviertan esa codicia y esa ignorancia en los engranajes centrales del sistema financiero. Dicho de otra manera, no podemos evitar que los seres humanos vayan a equivocarse, pero sí podemos dejar de empujarles e incentivarles a que se equivoquen de manera recurrente y generalizada (lo que constituye el típico ciclo económico). Para ello sobran las regulaciones inútiles que pretendan fiscalizar y cuantificar los riesgos concretos, individuales y personales, y se necesitan otras que proscriban estrategias financieras insostenibles y fraudulentas, a saber, endeudarse a corto e invertir a largo.

Las cinco Rumasas de Zapatero

Los socialistas, a base de hacer del reparto el centro de su discurso, lo han convertido, en un ejercicio sublime de coherencia política, en el núcleo de su política. Eso sí, un reparto de los pobres a los ricos (y a ellos), del ciudadano de a pie al conectado políticamente (y a ellos) y de todos a las regiones y grupos que les apoyan políticamente. Y a ellos, naturalmente.

Rumasa, se dijo entonces, vivía una situación al borde de la quiebra, con relaciones incestuosas entre bancos y grupos empresariales. Lo más que hubiese sucedido es que sus bancos quebrarían y se tendrían que cerrar varias de sus empresas, con lo que una parte de los más de 60.000 puestos de trabajo que antes había creado Rumasa se destruirían. Y todo lo que hubiese ocurrido de haberle abandonado a su suerte es que los activos de las empresas en quiebra serían absorbidos por otras mejor gestionadas. Y parte del empleo que se destruyese se incorporaría de nuevo a empresas económicamente más sanas y con más futuro. Fue lo que acabó sucediendo, pero con el socialismo, es decir, la corrupción, de por medio. Gustavo Cisneros, el amigo de González, compró Galerías Preciados por 200 millones de pesetas y la revendió a los tres meses por 30.000 millones.

Toda la operación costó a los contribuyentes un billón de pesetas. ¿Cuánto es eso? 6.000 millones de euros. El Gobierno Zapatero ha recurrido, como González con Rumasa, a la fórmula del Decreto Ley para poner en marcha un plan de 30.000 a 50.000 millones de euros (de cinco a ocho veces el coste de Rumasa) para sacar a los bancos de una situación complicada que se han buscado ellos. Cinco Rumasas en una operación que no pasa por el robo y el reparto, que eso lo entiende todo el mundo, sino entre otras cosas por la compra de activos bancarios a precios que sólo los expertos sabrían valorar. ¿Qué banquero español venderá al Gobierno un activo por un precio que sea el de mercado o menos? ¿Qué banquero no le colocará al Estado un activo degradado a precios de oro, si le dejan?

Como ha señalado el Instituto Juan de Mariana, "al fin y al cabo, el Gobierno y la Dirección General del Tesoro deberán decidir qué empresas deberán reflotarse y qué compañías tendrán que quebrar. Esto constituye el caldo de cultivo perfecto para el amiguismo, la corrupción y la redistribución masiva de la renta". Sólo que estamos hablando de unos volúmenes de renta y riqueza desconocidos. Son de tal medida, que el PP sólo puede tomar dos posturas: jugársela a enfrentarse al poder y estar permanentemente vigilante, o participar del reparto. Mariano Rajoy, en su último encuentro con Zapatero, seguro que se mantuvo firme en la primera opción.