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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

¿Habríamos estado mejor sin el euro?

Hemos podido oír reiteradamente que si España no hubiese entrado en el euro la expansión crediticia que provocó el Banco Central Europeo habría tenido una incidencia mucho menor, de modo que las hipotecas habrían sido mucho más caras y la burbuja inmobiliaria, menos voluminosa. El argumento es sugerente, pero existen serias dudas para pensar que las cosas habrían discurrido de ese modo.

En primer lugar, porque Inglaterra está fuera del euro y, sin embargo, ha tenido una burbuja inmobiliaria similar a la española, que ha terminado por hacer quebrar a su sistema bancario. En segundo lugar y sobre todo, por la génesis de la propia crisis.

Recordemos que ésta surge de una estrategia financiera insostenible pero muy rentable mientras dura: endeudarse a corto plazo (pagando bajos tipos de interés) y prestar a largo (cobrando tipos altos). Se trata de un comportamiento muy imprudente, ya que los bancos tienen que refinanciar su deuda con una periodicidad casi diaria (al tiempo que sólo recuperan su inversión al cabo de los años) pero suficientemente rentable como para que todos se lancen a ella (sobre todo si el banco central es quien les va refinanciando la deuda).

Una modalidad particular de esta estrategia financiera insostenible consiste en endeudarse en países con tipos de interés bajos y prestar en aquellos donde sean altos. En la jerga financiera se la conoce como carry-trade, y muchos españoles estarán familiarizados con uno de los productos bancarios más típicos a los que da lugar, la hipoteca multidivisa. El carry-trade permite al deudor pagar tipos bajos, pero tiene el problema de que su deuda está concertada en moneda extrajera. ¿Qué significa esto? Que para pagar sus deudas debe convertir la moneda en la que ha invertido su dinero en la moneda en que tiene contraídas las deudas. El riesgo es muy grande en caso de que la moneda en la que ha invertido se deprecie, ya que entonces el coste real de la deuda se dispara.

En tiempos de expansión crediticia global y concertada, tanto los tipos de interés como los de cambio suelen exhibir una cierta estabilidad, de modo que la operación parece ser mucho menos arriesgada de lo que realmente es. Sin embargo, en tiempos de crisis y de liquidación de posiciones, el valor de las divisas (que no es más que un subproducto de la salud de su sistema bancario y de su Estado) oscila mucho, de modo que el riesgo del carry-trade aumenta y comienza a deshacerse. Pero fijémonos que para deshacer el carry-trarde hay que comprar la divisa en la que nos habíamos endeudado (de modo que su precio sube) y vender en la que habíamos invertido (con lo que su precio cae), y esto mueve a las divisas en la posición opuesta a la que necesitan quienes han realizado el carry-trade.
 

En esta crisis, de momento, ha habido dos casos muy conocidos de carry-trade fallidos. El más célebre ha sido Islandia, cuyos bancos se endeudaron en yenes japoneses (ya que los tipos de interés estaban en el 0,5%) para invertirlo en coronas islandesas o en libras británicas (cuyos tipos estaban por encima del 5%). En cuanto la corona y la libra se depreciaron frente al yen, los bancos islandeses quebraron. El Gobierno intentó rescatarlos, pero los pasivos bancarios sólo en moneda extranjera eran tan numerosos (seis veces el PIB islandés) que sólo sirvió para que también él se declarara en quiebra técnica. A partir de ahí, la corona se devaluó prácticamente un 50% frente a la mayoría de monedas (lo que todavía agravó más la situación de los bancos, endeudados en yenes y con activos en una corona por los suelos), e Islandia se vio aislada del comercio internacional: un país fundamentalmente importador que no era capaz de acceder a los recursos más básicos debido a que ningún exportador aceptaba su moneda.

El segundo ejemplo de carry-trade, que por el momento no ha desembocado en una catástrofe similar, es el de los países centroeuropeos, especialmente Hungría. Al igual que Islandia, estos países se endeudaron a los bajos tipos de interés de la Zona Euro o de Suiza. Los bancos austriacos fueron quienes les prestaron hipotecas en euros o en francos suizos a unos tipos bajos, pese a que los centroeuropeos cobraban sus salarios y rentas en sus respectivas monedas nacionales. Cuando éstas se depreciaron (especialmente frente al franco suizo, ya que el Banco Central Europeo prestó 5.000 millones de euros a Hungría), el coste de sus hipotecas se disparó, de modo que los bancos austriacos vieron repuntar sus impagos… y amenazada su supervivencia (para que nos hagamos una idea: Croacia debía a los bancos austriacos el 60% de su PIB, y Hungría y Eslovaquia el 40). La crisis cambiaria no ha llegado tan lejos como en Islandia, pero todavía representa una amenaza.

A la luz de estos antecedentes, resulta dudoso que los bancos españoles no hubiesen podido colocar igualmente sus cédulas hipotecarias de la misma manera que lo han hecho durante los años anteriores, simplemente nominándolas en euros (estrategia islandesa) o bien ofreciendo hipotecas multidivisas a los españoles (estrategia centroeuropea). En cualquiera de los dos casos, la burbuja inmobiliaria se habría reproducido de manera similar.

Pensar que en esta época de abundancia ilimitada de liquidez los inversores extranjeros habrían sido contrarios a invertir en España por estar fuera de la Zona Euro resulta poco probable: al fin y al cabo, los bancos americanos y europeos prestaron dinero a deudores subprime, esto es, potencialmente insolventes. ¿Acaso no lo habrían hecho a los españoles?

Y, en todo caso, aunque la burbuja inmobiliaria hubiese resultado mucho menor, las ventajas de esa circunstancia probablemente se habrían visto compensadas por los inconvenientes de tener la mayor parte de nuestra deuda nominada en moneda extranjera (es decir, conservar la peseta y habernos endeudado en euros). Ahora mismo la peseta se estaría devaluando a marchas forzadas, incrementando así el coste real de nuestra deuda y arruinando toda la economía interna. Recordemos que somos un país importador y muy dependiente energéticamente; una devaluación sólo supone incrementar nuestros costes en una cuantía que no compensa un incremento transitorio de las exportaciones.

En definitiva, España ha sufrido las consecuencias del arbitraje de tipos de interés estando dentro del euro; fuera de él, probablemente deberíamos añadir a estos perjuicios el de los arbitrajes cambiarios. Un cóctel demasiado explosivo para cualquier Gobierno, y especialmente para el nuestro.

Al final, volvemos a lo mismo. Con el patrón oro todo este desaguisado no habría sucedido, ya que el metal monetario por excelencia proporciona precisamente estabilidad en la estructura de los tipos de interés y de cambio. El remedio ideal para lo que algunos llaman "la tormenta perfecta".

A un paso del colapso

A lo largo de la historia, el dinero fiduciario ha sido incapaz de actuar como una buena reserva de valor y, por eso mismo, ha tendido a desaparecer. Sólo hay una misteriosa excepción a esta regularidad empírica, un período excepcionalmente largo en el que el dinero fiduciario, sin haber conservado su valor, ha sido capaz de sobrevivir: los últimos cuarenta años.

Desde que Nixon, aconsejado por Friedman, abandonó Bretton-Woods, el sistema monetario internacional perdió su último anclaje con el oro. Empezaba la era del dinero totalmente administrado, en el que los bancos centrales abandonaban su tradicional papel de emitir moneda y redescontar el crédito comercial (el papel que les correspondía de acuerdo con el gran teórico de la banca central, Walter Bahegot) para convertirse en el soporte último de la transformación de plazos de los bancos, un prestamista de última instancia contra casi cualquier tipo de activo.

¿Por qué, entonces, el dólar y el resto de divisas siguen circulando? Básicamente porque aunque las divisas sean inconvertibles siguen estando respaldadas por los activos del sistema bancario, especialmente los del banco central. ¿Y en qué consisten estos activos del banco central? En su mayor parte, deuda pública, esto es, promesas de pago futuras por parte del Estado. Dicho de otra manera, desde 1973 el valor de nuestras monedas depende, en última instancia, del crédito (de la solvencia) del Estado. Por eso el colapso del Estado en Argentina o más recientemente en Islandia supuso, también, el colapso de sus monedas.

La existencia de este dinero fiduciario ha permitido a los bancos privados expandir hasta niveles insospechados la creación de deuda: los inversores se han estado endeudando a corto plazo para invertir en activos a largo plazo sin ningún tipo de contrapeso, como podían ser hace un siglo las retiradas de oro de los bancos. La última burbuja inmobiliaria es un claro ejemplo: los bancos se endeudaban a corto plazo con los depositantes y prestaban el dinero a 30 años en forma de hipotecas. La inversión, por tanto, ha dejado de estar respaldada por el ahorro real de una sociedad. De hecho, se ha venido a considerar "ahorro susceptible de inmovilización" cualquier punta de caja de una empresa o de una familia.

La consecuencia obvia de esta elasticidad de la inversión ha sido una considerable inflación en los precios de todos los activos. Sin ir más lejos, durante la expansión crediticia de los últimos años no ha habido activo cuyo precio no se haya disparado gracias a la demanda extraordinaria que permitían unos tipos de interés ridículamente bajos: la vivienda, las acciones, la deuda pública y privada y las materias primas duplicaron sus precios entre 2002 y 2006.

Ahora, en cambio, estamos en el proceso inverso. Una vez se ha pinchado la burbuja crediticia y los activos están cayendo de precio, todos los que se endeudaron para adquirirlos están liquidando sus inversiones y tratando de amortizar parcialmente se enorme deuda. La deflación de los precios de los activos empezó con la vivienda, siguió con la deuda privada, continuó con la bolsa y, en los últimos meses, con las materias primas. Sólo ha habido dos activos que en este proceso global de desapalancamiento no se han depreciado: la deuda pública y el oro.

A principios de 1990, John Exter, fundador del banco central de Sri Lanka, enunció una curiosa teoría conocida más tarde como "la pirámide invertida de Exter". De acuerdo con este especialista en teoría bancaria, las sociedades occidentales no estaban abocadas a la hiperinflación por haber abandonado el oro, sino a la deflación. En su opinión, conforme el crédito artificial fuera contrayéndose, los inversores irían abandonando los activos menos líquidos y tratando de adquirir los activos más líquidos; esa jerarquía, de menor a mayor liquidez, es la que quedaba plasmada en su pirámide.

Esta fuga hacia la liquidez es lo que hemos ido viviendo en los últimos trimestres. El colapso de las subprime trasladó a los inversores al siguiente escalón: la bolsa y las materias primas. De ahí que el mercado de valores estuviera subiendo hasta finales de 2007, cuando la crisis ya era más que evidente. El colapso de la bolsa desplazó a los inversores hacia las materias primas, que estuvieron repuntando hasta julio, pese a que su demanda ya se estaba reduciendo. Finalmente, el colapso de las materias primas hizo que los inversores se refugiaran en la deuda pública, cuyo precio se disparó durante el mes de septiembre hasta alcanzar rendimientos negativos.

¿Y qué queda ahora? Los Estados de medio mundo están tratando de rescatar a su sistema bancario emitiendo cantidades masivas –y en buena medida impagables– de deuda pública. Existe una más que evidente burbuja en la deuda pública que tarde o temprano tendrá que pinchar. Los precios son desproporcionadamente bajos para el volumen de deuda que están emitiendo los Estados, con el consiguiente riesgo que ello supone. Al fin y al cabo, cada vez resulta más difícil que los Gobiernos sean capaces de amortizar todas las obligaciones que han emitido sin recurrir a la impresión de nuevos billetes por parte del banco central, lo que en todo caso equivaldría a impagar la deuda mediante la disolución del valor de la moneda.

La quiebra del crédito del Estado es el último peldaño de la pirámide de Exter; liquidar las posiciones en deuda pública y en divisa nacional (cuyo valor depende de la deuda pública) para adquirir el único activo que, como decía Henry Thornton, no es el pasivo de nadie más: el oro. Pasaríamos entonces de la actual deflación de activos a la hiperinflación de la moneda (con lo que todos los bancos quedarían descapitalizados, tal y como ocurrió en Alemania tras 1923). Gran Bretaña ya está comenzando a experimentar ese fenómeno: la libra se está desmoronando ante los temores de que el Gobierno intente rescatar al sistema bancario emitiendo más deuda pública. 

No sería el fin del mundo, ni mucho menos –la Europa continental, que no los países anglosajones, tienen amplia experiencia superando hiperinflaciones y estabilizando sus monedas–, pero sí el final del mundo financiero tal y como hoy lo conocemos.

La lección de Japón

Ignorar las enseñanzas de la historia condena al hombre a repetir, una y otra vez, los mismos errores del pasado. La mayoría de los economistas y, por supuesto, la práctica totalidad de los gobiernos fallan estrepitosamente a la hora de diagnosticar el origen de la actual crisis financiera y, por ello, desconocen igualmente la solución a aplicar. De ahí, precisamente, la importancia de revisar procesos similares como, por ejemplo, la larga depresión económica que desde hace casi dos décadas vive Japón.

Al igual que Karl Marx y John Maynard Keynes, la gran mayoría de las escuelas de pensamiento económico coinciden, de alguna u otra forma, en que el origen de los ciclos económicos, con sus correspondientes recesiones, reside en la existencia de determinados fallos dentro de la economía de mercado. Los keynesianos y monetaristas centran toda su atención en el comportamiento de la demanda agregada.

Así, tal y como explicaba Rothbard, estos autores suelen argumentar que el proceso inflacionario responde a un gasto excesivo por parte de los consumidores, mientras que la recesión se caracteriza por la falta de demanda suficiente para reactivar la economía. Y todo ello, sobre la base de una cuestión central clave: la confianza. Si los inversores y consumidores están seguros de que la economía crecerá gastarán más, y viceversa.

De este modo, casi todo se sustenta sobre las expectativas de los agentes privados, y puesto que el fallo reside en el comportamiento variable e impredecible de los individuos, los poderes públicos deben intervenir para corregir los "errores del mercado". Suena a broma, pero día sí y día también escuchamos cómo economistas y políticos repiten mecánicamente la misma sinfonía acerca de la actual crisis financiera: "es necesario restablecer la confianza en los mercados", es preciso "impulsar la demanda" para recuperar la senda de crecimiento…

¿Cómo? Puesto que el error reside en el mercado, la intervención de los poderes públicos no sólo es necesaria sino imprescindible. Por ello insisten en la necesidad de emplear de forma arbitraria y discrecional las medidas monetarias y fiscales a su alcance para reactivar nuevamente la expansión del crédito, así como el consumo y la inversión. Bajada de tipos y aumento del gasto público se convierten así en las recetas mágicas por antonomasia de los distintos gobiernos.

Por el contrario, los autores austríacos consideran que el origen de los ciclos reside en la expansión del crédito bancario sobre la base del sistema de planificación de la banca central. Es decir, la intervención del Gobierno en materia monetaria es la principal responsable de los desajustes que tienen lugar en la estructura productiva y en los precios relativos de bienes y servicios. La recesión, tarde o temprano, es inevitable. De hecho, es necesaria para corregir los excesos cometidos en la fase expansiva anterior.

El Gobierno no debe intervenir. Expandir nuevamente el crédito o acudir al rescate de sectores y empresas sobredimensionadas al calor de la expansión crediticia tan sólo agravan la agonía y retrasan el inevitable ajuste que, posteriormente, se terminará materializando en una recesión todavía mayor o, incluso, en una depresión.

Tal y como advertía Mises, "todos los intentos para salir de la crisis mediante la adopción de nuevas medidas intervencionistas son completamente equivocados. Sólo hay una forma de salir: renunciar a cualquier intento de impedir el impacto de los precios de mercado sobre la producción. Renunciar a la adopción de políticas que busquen establecer los tipos de interés, los salarios y los precios de las mercancías a unos niveles diferentes a los que fija el mercado".

Soluciones, pues, diametralmente opuestas para afrontar el mismo problema. El Gobierno de Japón optó por la primera vía. La apreciación del yen a medidos de los años 80 desencadenó un frenazo de las exportaciones y, como consecuencia, una desaceleración económica. El Gobierno intentó debilitar su moneda bajando los tipos del 5% al 2,5% entre enero de 1986 y febrero de 1987.

Tal y como explica el profesor Miguel Ángel Alonso en el número 1 de la revista Procesos de Mercado, "tras los estímulos económicos, los precios de los activos en los mercados inmobiliarios y de valores aumentaron de forma excesiva, creando una de las más grandes burbujas financieras de la historia. El Gobierno respondió con un endurecimiento de la política monetaria, elevando los tipos de interés cinco veces, llegando a un 6% entre 1989 y 1990. Después de esos aumentos el mercado se hundió".

Desde entonces, el índice Nikkei no levanta cabeza y se ha desplomado desde los 40.000 puntos que alcanzó en 1989 hasta lo 8.000 que aún refleja hoy en día. Los malos créditos acumulados por la banca durante los felices 80, así como los activos sobredimensionados de las compañías, hicieron que se disparara la morosidad y las quiebras empresariales tras el estallido de la burbuja. El Gobierno trató entonces de combatir la crisis recurriendo al rescate de la banca y los "sectores estratégicos" del país.

Implantó la política de tipos de interés cero, vigente desde 1995 hasta la actualidad (hoy los tipos están en el 0,3%), y apostó por una política presupuestaria suicida. La deuda pública del país es la mayor de cualquier economía industrializada, superior al 150% del PIB, y tras años de déficit, el Gobierno acaba de retrasar hasta 2018 su objetivo de lograr superávit fiscal. Sobra decir que tras años de estancamiento económico, Japón acaba de entrar nuevamente en recesión. La política impidió la sana corrección del mercado, convirtiendo en una larga depresión lo que, en principio, podía haber sido una recesión intensa, pero breve, en la primera mitad de los años 90.

¿Hay que nacionalizar la banca?

El caso es que Microsoft vive su particular día de la marmota con las autoridades antimonopolio, que le acusan una y otra vez de hacer lo mismo que sus competidores y le obligan a tomar decisiones absurdas que no benefician en nada a los consumidores.

La última hazaña de los euroburrócratas, la más grande que vieron los siglos, o casi, fue condenar a Microsoft por "abuso de cuasimonopolio", que debe ser algo así como quedarse casi embarazado, y obligarle a distribuir en la Unión Europea una versión de Windows que no incluyera su reproductor multimedia Windows Media Player. Fue el celebérrimo Windows XP N, que sin duda todos ustedes tienen instalado en sus ordenadores. Ah, que no lo tienen. Ah, que nunca oyeron hablar de él. Bueno, no se preocupen: los euroburrócratas lo hicieron por su bien de todos modos. Y ni se les ocurra pensar lo contrario, que se convertirán en peligrosos anarquistas como esos que ponían bombas a comienzos del siglo XX.

Esta semana, y con unos diez años de retraso, los euroburrócratas han decidido perseguir a Microsoft por lo mismo por lo que fue investigada en Estados Unidos en 1998: incluir el navegador Internet Explorer. El problema es que ahora tiene aún mucho menos sentido que entonces. La decisión de incluir Internet Explorer 4 en Windows 98 fue muy controvertida porque muchos pensaron, con buenos argumentos, que no existían razones técnicas para ello sino comerciales: lograr arrebatarle a Netscape su por entonces mayoritaria cuota de mercado. A estas alturas, en cambio, vender un sistema operativo sin navegador (o, ya que nos ponemos, sin reproductor multimedia) es como vender un coche sin ruedas, porque junto al explorador de archivos es posiblemente la aplicación más necesaria y la que más utilizaremos en el día a día.

Ni siquiera hay que acudir a Microsoft para estar seguros de esto: basta con examinar a sus competidores. Tanto las múltiples distribuciones de Linux como Mac OS X vienen de serie con su navegador preinstalado. Como debe ser, por otro lado, porque los usuarios lo echarían en falta si no fuera así. Y es que no son éstos quienes han protestado, sino la empresa Opera. Es el cuento de siempre: se supone que los monopolios son malos para los consumidores y por eso se regulan y se coloca todo el orondo peso de la ley europea sobre ellos, pero quienes ponen el grito en el cielo son siempre aquellos competidores a los que el pueblo llano no ha otorgado su favor. Se ve que son ellos, y los euroburrócratas, los que realmente saben qué es bueno para nosotros.

No es nada nuevo, en cualquier caso. Una nota del Instituto Molinari pone de relieve que la primera gran ley antimonopolio, la Sherman Act estadounidense, promulgada a finales del siglo XIX, empleó durante los debates que precedieron su aprobación la demagogia de la defensa del consumidor, pero se creó con el objetivo de defender a competidores ineficientes frente a las empresas que mejor y más barato servían a los consumidores. Seguramente esto termine con unos cuantos millones de euros más en las arcas europeas con los que pagar a los agricultores franceses y unas cuantas cajas de Windows 7 N cogiendo polvo en las estanterías del Media Markt. ¡Qué sería de nosotros sin los euroburrócratas!

Microsoft y el día de la marmota

La revisión del cuadro macroeconómico que presentó Solbes el pasado viernes admite, al fin, que España se enfrenta a una grave, intensa y larga crisis económica. Sin embargo, se queda corto. Por desgracia, ni el Producto Interior Bruto (PIB) caerá un 1,6% en 2009 ni el aumento del paro se frenará en el 16%.

En este sentido, resulta mucho más certero el diagnóstico que acaba de emitir la prestigiosa escuela de negocios ESADE, al vaticinar una contracción mínima del 3%, una tasa de desempleo próxima al 20%, una morosidad del 9% y un déficit público superior al 7%. Cifras todas ellas cercanas a las que ya adelantamos en su día. Así pues, la claudicación de Solbes ante la evidencia, pese a resultar optimista y muy tardía, constituye un primer paso positivo y, sobre todo, ineludible para tratar de afrontar con un mínimo de garantías la cruda realidad que sufre y sufrirá este país.

El problema ahora es que el Gobierno se resiste todavía a aceptar el negro panorama que se cierne sobre la economía nacional. Y es que si el paro se dispara hasta el 20%, el drama no sólo será económico sino también social. Llegado el caso, el término crisis deberá ser sustituido por el de depresión: la tasa de desempleo en Estados Unidos se situó entre el 20% y el 25% de la población activa durante los difíciles años 30. Además, cabe recordar que la economía española es incapaz de generar empleo con un crecimiento anual inferior al 2,5% del PIB y, de momento, ningún valiente se ha atrevido a poner fecha a una recuperación de tales características. Ni siquiera para 2011.

Sin duda, el Ejecutivo acabará por asumir el diagnóstico de la economía española, según la enfermedad se vaya agudizando durante los próximos meses, entrando así en la segunda fase del proceso de resolución (aceptación). Cosa bien distinta será la tercera y definitiva etapa, en la que el Gobierno deberá poner en marcha la terapia de choque correcta para superar la crisis.

Es precisamente aquí donde se desvanece toda esperanza. La política económica desarrollada hasta el momento en nada ha servido para paliar la situación. El despilfarro de recursos se ha cobrado ya una monumental factura próxima a los 50.000 millones de euros (el 5% del PIB del país), y nada hace pensar que Zapatero y su séquito de burócratas estén dispuestos a corregir la nefasta senda emprendida a base de gasto público y endeudamiento masivo, con el fin de "estimular" la economía.

De seguir por este camino, la única solución posible pasaría entonces por un cambio de Gobierno. Sin embargo, la actual cúpula del PP es incapaz de afrontar tal desafío y no lo será por un mero cambio de siglas sino por una profunda reconversión ideológica en materia económica de la que, hoy por hoy, carecen los populares que dirigen Génova.

El PP se define como un partido socialdemócrata y, como tal, abraza sin complejos la intervención pública y la política de subvenciones y prebendas. Así pues, otros serán los llamados a liderar el cambio de mentalidad que precisa esta u otra formación, como en su día aconteció en Gran Bretaña de la mano de Margaret Thatcher o en los EEUU de Ronald Reagan. Es decir, un cambio de Gobierno capaz de llevar a cabo sin dilaciones ni complejos las profundas reformas estructurales que precisa el país. Un nuevo presidente, da igual bajo qué siglas, al que no le tiemble el pulso a la hora de adoptar medidas antipopulares, pese a las amenazas de huelga general.

Un drástico cambio de timón que dirija la política presupuestaria hacia un recorte sustancial del gasto público y una rebaja histórica de la presión fiscal, con el objetivo de liberar los recursos necesarios para impulsar la inversión y el ahorro privados. Un Gobierno que abogue por la liberalización plena de un obsoleto mercado laboral, heredado del franquismo, y por la privatización de los servicios públicos. Un Consejo de Ministros que no acuda al auxilio de sectores en quiebra, como la automoción o la vivienda, y que elimine sin demora las ayudas públicas que nutren a todos aquellos que se escudan en el "interés general" para evitar la temida competencia del mercado.

Un nuevo liderazgo que no obstaculice la ineludible reforma energética y que pueda afrontar con un mínimo de solvencia los grandes desafíos bancarios y financieros en ciernes. Hoy por hoy, un cambio de siglas en Moncloa no garantiza absolutamente nada. George W. Bush, por muy republicano que sea, pasará a la historia como uno de los peores presidentes de Estados Unidos en materia económica gracias, por supuesto, a la inestimable ayuda de su antecesor en el cargo, Bill Clinton, y los generales monetarios Alan Greenspan, Ben Bernanke y Henry Paulson. Lo que realmente necesita la clase política española es un cambio de mentalidad para no caer en los mismos errores que, hace décadas, cometió Argentina, más recientemente Japón (años 90), y a partir de ahora, muy posiblemente, también Estados Unidos. ¡Despierten!

Aparecen las subprime españolas

De poco servía explicar, en aquellos momentos de borrachera generalizada, que la morosidad es muy volátil y que sube como la espuma ante los cambios negativos de ciclo. Las burbujas inducidas por la política monetaria flexible de "dinero barato" acaban en grandes reventones cuando se verifica que la gente ha invertido los recursos en sectores que no eran prioritarios para la sociedad debido, precisamente, a que los tipos de interés artificialmente reducidos por los bancos centrales inducen a pensar lo contrario. Ahí queda la historia del ladrillo español para atestiguar el desaguisado que los políticos son capaces de organizar a través de la manipulación del tipo de interés.

Cuando resultara evidente que no existían recursos reales para sostener tanta inversión en vivienda, el castillo de naipes se tambalearía. Pero a mediados de 2007, el futuro se veía más bien de color rosa. En junio el secretario general de la Asociación Española de la Banca (AEB), Pedro Pablo Villasante, afirmaba con rotundidad que la subida de los tipos de interés no tendrían gran impacto en la morosidad, que hasta marzo de ese año había alcanzado en los bancos el 0,62%, cercano al mínimo histórico. Sin embargo, con la subida de los tipos muchos negocios empezaron a ser ruinosos y la morosidad se disparó. Así, a finales de año pasado, la morosidad de los créditos alcanzó en España el 3,18%, la cifra más elevada desde hacía 11 años.

Esa media esconde una importante diferencia según se trate de bancos o cajas de ahorro. Los primeros tienen un ratio de mora del 2,6% mientras que en las segundas es del 3,6%. Así, los bancos han triplicado su tasa de morosidad mientras que las cajas la han cuadriplicado. La diferencia entre bancos y cajas es lo suficientemente significativa como para buscarle una explicación. Y resulta de perogrullo decir que la explicación se encuentra en que los créditos concedidos por las cajas fueron menos selectivos o tenían más riesgo de impago que los de la banca. Si la función principal de la banca es reconocer el crédito que tienen los particulares y las empresas para concedérselo con cargo a los ahorros de otros ciudadanos, resulta evidente que las cajas están cumpliendo peor su función que los bancos.

Detrás de estas diferencias se esconde la chapucera mano –a veces visible, otras invisible– del poder político. Si bien es cierto que todo el sector está fuertemente intervenido, lo de las cajas de ahorro es el no va más; son unas instituciones financieras que están controladas por el poder político local o regional y que utiliza su capacidad de crear crédito y concederlo a discreción para que éste mantenga el control sobre determinados sectores, para que los amigos del partido de turno expandan sus empresas o para conceder hipotecas a quienes no tienen crédito. Estas últimas son las hipotecas subprime españolas que tanto daño están haciendo a las familias y a la economía española. Cuando hace un año el presidente Rodríguez afirmaba que España se salvaría de la crisis porque no tenía hipotecas basura, hablaba desde un vertedero hipotecario creado por las cajas de ahorro.

La argentinización de España

¿Qué significa esto? Pues básicamente que estas empresas, que influyen decisivamente en los inversores extranjeros, están dejando de fiarse de la solvencia de nuestro Estado, especialmente a raíz de las multimillonarias emisiones de deuda que las Administraciones Públicas han tenido que realizar para sufragar los planes de estímulo y los de rescate a los bancos (sí, esos mismos que según Solbes nos iban a salir gratis).

Podrá considerarse, claro, que dado que las tres agencias han fallado más que una escopeta de feria en sus intentos por pronosticar el futuro, el cambio será casi irrelevante. Pues no. Si se degradara la calificación de nuestra deuda pública las consecuencias para toda la economía serían muy desfavorables, tanto más cuanto mayor fuera la rebaja.

Recordemos lo básico: la calificación de la deuda pública (también conocido como rating soberano) trata de dar una imagen del riesgo de impago de esa deuda. A menor calificación, mayor riesgo de impago y a mayor riesgo de impago más alto será el tipo de interés que tendrá que abonar el Estado para colocar la deuda en los mercado internacionales. Dicho de otra manera, si S&P nos baja la calificación (y detrás de S&P vendrán Moody’s y Fitch), el Tesoro tendrá que pagar unos tipos de interés más altos para financiarse, con lo que nuestros impuestos futuros serán aun más elevados de lo que ya iban a serlo.

Pero además, hay otra consecuencia bastante seria para la economía española, aparte del incremento futuro de la presión fiscal. En general, el rating soberano determina la calificación máxima que pueden obtener el resto de empresas e instituciones de un país. La razón es que se considera que si el Estado es incapaz de pagar su deuda, ninguna otra entidad será capaz de hacerlo. A la hora de la verdad, esta rebaja dista de ser automática y generalizada, pero sí es cierto que el mayor riesgo de impago del Estado influye negativamente en el resto de ratings de empresas e instituciones. Por consiguiente, las grandes dificultades para acceder al crédito de bancos, empresas y administraciones públicas españolas todavía se agravarán más. El Estado no sólo dificultará la inversión privada (el componente que necesitamos para readaptar la estructura productiva a las nuevas necesidades de la economía e iniciar la recuperación) al captar con la deuda pública los recursos que, en otro caso, habrían ido a parar a las empresas, sino que además la complicará al aumentar los riesgos asociados a la deuda privada española.

Por último, la ya maltrecha liquidez de nuestros bancos y cajas recibirá un nuevo golpe (pese a la entrega de varios miles de millones de euros por parte del Gobierno), ya que en sus balances poseen alrededor de 46.000 millones de deuda pública (incluyendo la deuda autonómica y municipal) que, al ser revisada a la baja, les limitará y encarecerá su acceso a los mercados interbancarios. ¿Resultado? Una mayor restricción crediticia para la economía interna y una prolongación de la crisis.

Pero tal vez, lo peor de esta amenaza de rebaja del rating de la deuda pública española sea lo que deja entrever. Es cierto que las agencias de calificación no han dado ni una durante la última década, pero en general se han equivocado por ser demasiado "generosas". En cierta sentido, intentan evitar las degradaciones de los ratings tanto como pueden (debido a las enormes implicaciones que tienen en los diversos ámbitos financieros), por lo que cuando se lanzan a esta clase de decisiones (especialmente con los "tipos grandes") es porque ya no pueden retrasarse ni un segundo más.

Posiblemente, si las agencias de calificación no fueran un cartel semipúblico, el rating de nuestra deuda ya se habría rebajado hace tiempo. El Gobierno está metido en una política de despilfarro con la absurda pretensión de estimular "demandas agregadas" a costa de hundir las "demandas concretas" de sectores económicos enteros. Más deuda pública significa menos fondos para los inversores actuales, más impuestos futuros para los contribuyentes y, por tanto, menos consumo privado presente y futuro. Es decir, unas perspectivas más negras para la economía y, por tanto, para la solvencia del Estado.

Si la calidad de nuestra deuda sigue hundiéndose (y nada en la actitud derrochadora y manirrota del Gobierno hace prever lo contrario), nuestro flujo de financiación exterior (de la cual somos uno de los países más dependientes del mundo) podría seguir reduciéndose, empeorando la crisis y reduciendo los ingresos fiscales del Estado (aumentando, de nuevo, el riesgo de impago de la deuda).

En este sentido, puede que lo único que nos separe del drama argentino (que también pasaba por un Gobierno que gastó a más no poder y terminó impagando la deuda exterior) sea que la mayor parte de nuestra deuda está nominada en euros. Pero ¡ah!, que no sólo de planes E vive el españolito. La zona del euro también parece tener un plan C… y eso sí sería Argentina.

Gracias por estos maravillosos años…

Ya era hora. Gracias a los políticos y su infinita preocupación por el bienestar del pueblo, a su abnegación y su indudable capacidad gestora, los españoles (y los americanos y los europeos y los argentinos hace varias décadas) hemos vivido como ricos. En su conmovedor y loable afán por mejorar nuestra vida, por hacernos felices, por satisfacer nuestras necesidades, deseos y exigencias, la clase política española (y europea y americana…) no ha reparado en minucias para darnos al pueblo todo lo que nos merecemos.

Así, en primer lugar, los bancos centrales, preocupados por nuestro bienestar, nos han dado dinero barato, duros a peseta. Aquí empieza todo. Hemos podido comprarnos casas de 500.000 euros, viajar a Santo Domingo de vacaciones en vez de a Gandía, conducir impresionantes cochazos, BMWs, Audis, pantallas de plasma…

Y no sólo nos han dado duros a peseta a nosotros, sino a los gobiernos, tanto centrales como autonómicos y municipales. ¿Y los servicios sociales que gracias a este dinero regalado se nos ofrecían, se no regalaban? Educación gratuita desde el jardín de infancia a la universidad, sanidad gratuita y universal con los mejores especialistas y los mejores medios.

En cultura los españoles nos merecíamos lo mejor. Desde el más pequeño pueblo, donde gracias a subvenciones autonómicas o estatales se construía un impresionante auditorio donde se impartían clases ,por supuesto subvencionadas, para que todos los niños y adultos tuvieran la oportunidad de tocar el piano , aprender taichí o practicar capoeira, hasta en las grandes ciudades donde los alcaldes, volcados con el bienestar de su pueblo ,nos construían infraestructuras increíbles diseñadas por los más prestigiosos arquitectos , monumentos maravillosos, organizaban Expos, grandes premios de Fórmula 1, e incluso no reparaban en gastos por conseguir la organización de Olimpiadas.

El paro no era un problema. Y si alguien decidía no dar golpe, el Estado rápidamente cubría sus necesidades. Y los trabajos eran estupendos. Por supuesto, millones de funcionarios en el sector público. En el sector privado, también fuertemente subvencionado, y con un dinero regalado, hemos sido asesores financieros, constructores, pilotos, profesores de tenis, publicistas, cineastas… Los trabajos peor considerados, los más duros y peor pagados no eran para nosotros. Con el dinero que nos han regalado los bancos centrales, hemos podido disfrutar de asistentas ecuatorianas, jardineros bolivianos, camareros rumanos, jornaleros magrebíes y albañiles polacos.

Y nos han cosido zapatillas en China, montado televisores en Malasia y fabricado chips en Taiwán. Y hemos comprado petróleo con estos euros para mover nuestros cochazos, para viajar a bajo coste por todo el mundo.

Realmente han sido unos años maravillosos, una auténtica Edad de Oro; hemos vivido los mejores años de nuestras vidas. Realmente hemos disfrutado de un nivel de vida que hace años sólo estaba al alcance de los ricos. Y llevados por nuestra soberbia, por ese dinero fácil que se creaba de la nada, incluso hemos decidido que íbamos a controlar el clima que hará dentro de cien años

Pero, ¡ay!, ahora nos toca pagar la cuenta. Y no les quepa duda de que la pagaremos, con dificultades, en algunos casos con muchas dificultades, pero acabaremos pagando; si no nosotros, nuestros hijos o nuestros nietos. Y siempre podremos contar con el afán protector, desinteresado y solidario de los políticos que buscarán las mejores fórmulas para mejorar, incrementar y defender nuestro bienestar.

Recesión, ninguna novedad

De hecho, sería bueno plantearse si España no lleva ya varios años en decadencia económica; construir, por ejemplo, 800.000 viviendas en 2006 no nos hizo más ricos, sino mucho más pobres. La recesión que estamos padeciendo es sólo una consecuencia de ese despilfarro en los recursos económicos que se produjo en los últimos años. Un despertar de un sueño de abundancia y prosperidad que nunca fue real, sino una simple ilusión propiciada por la montaña de deuda que las familias y las empresas españolas han venido acumulando.

Dicho de otra manera, llevamos un lustro gastando como ricos, pero sin haber llegado a serlo. Hemos apilado cientos de miles de viviendas que creíamos un activo sólido que siempre aumentaba de valor, para descubrir que su precio dependía en última instancia de que se mantuviera una burbuja especulativa.

Sin duda, la descripción de semejante panorama abre muchas dudas sobre la conveniencia de mantener una economía de mercado: ¿Acaso la libertad de la que gozamos no nos ha abocado a esta crisis? ¿Acaso todos los agentes de la economía no se han comportado de una manera absolutamente irracional, depositando su fe en el ladrillo? Pues no. Desde luego, ésa será la conclusión a la que quieran llegar muchos intervencionistas, pero tiene poco que ver con la realidad.

Los españoles se equivocaron porque el sistema financiero los incentivó a que se equivocaran; y el sistema financiero es uno de los mercados más intervenidos, regulados y poco libres que existen. Empezando por que una autoridad central trata de orientar los tipos de interés (como si de un comité de planificación socialista se tratara) y terminando por que los bancos son unos agentes privilegiados a quienes no se aplica ni la suspensión de pagos ni el proceso de quiebra. Pero es que además, iniciada la crisis, ¿a qué hemos asistido más que a una intervención masiva y generalizada por parte del Gobierno? Difícilmente podrá culparse al libre mercado de la gravedad de una situación en la que el Estado está adquiriendo un papel preponderante, ya sea impidiendo la liberalización del mercado de trabajo, aprobando planes de estímulo económico o rescatando a empresas quebradas.

Las perspectivas para 2009 no son mucho mejores que las del 2008 que acabamos de abandonar. Especialmente, porque no parece que ninguna de las reformas que necesita la economía española vayan a implementarse; a saber, liberalizar el mercado de factores productivos y reducir los impuestos, el gasto y la deuda pública.

Nos metimos en crisis porque el sistema bancario –comandado por el Banco Central Europeo– nos arrastró a ella. Y nos perpetuaremos en la crisis porque el Gobierno camina en la dirección opuesta a la que necesitamos. Que hayamos entrado en recesión es sólo una anécdota estadística entre los problemas reales que sufre nuestra economía: unos sectores productivos completamente desequilibrados a los que el Estado les impide ajustarse.

Globalsocialismo: la gran amenaza del Estado mundial

Del Estado-nación al Estado-global ¿Es factible? Por increíble que parezca ya hay propuestas serias sobre la mesa. En la actualidad, se aboga sin tapujos por la configuración de un organismo supranacional que, dotado de las herramientas coactivas básicas propias del Estado, logre imponer la utopía que ansía todo ente político. La implantación de un Gobierno mundial. El globalsocialismo toma forma.

La eterna lucha entre el individuo y el Estado (entiéndase éste por poder político) parece estar dando un nuevo giro de consecuencias imprevisibles. Durante los últimos meses, los dirigentes políticos y las instancias internacionales insisten en la necesidad de reformar el sistema financiero global, con la excusa de combatir una crisis económica que, curiosamente, ellos mismos han creado. La gran mayoría apuesta por incrementar la regulación existente. Es decir, por fortalecer aún más el papel del Estado en la economía.

Dicha iniciativa comienza a materializarse en propuestas de diversa índole que, sólo de imaginarlas, deberían desatar el terror entre los defensores de la propiedad privada y la libertad individual. Y es que la propuesta de un Gobierno mundial comienza a tomar cuerpo entre las elites políticas de nuestro tiempo, para desgracia y sorpresa de los fundadores del liberalismo.

Si la ONU, el Banco Mundial, el FMI e incluso la UE han sido objetivos frecuentes de nuestras críticas por su denigrante labor al frente de los asuntos de su competencia, imagínense por un momento la instauración de un todopoderoso aparato estatal a nivel mundial. Un auténtico monopolio en el ejercicio de la coacción política que, además, carezca de control alguno por parte de los ciudadanos de este planeta.

¿Imposible? Esto es, precisamente, lo que acaba de proponer de una forma más o menos articulada la nueva Fundación Ideas, perteneciente al PSOE y presidida por el ex ministro de Trabajo Jesús Caldera. El primer documento elaborado por esta institución aboga por crear, a nivel global, los tres pilares básicos sobre los que se sustenta el poder del Estado-nación: el control de los movimientos migratorios, la gestión y recaudación de tributos y la emisión de dinero.

Bajo el título Nuevas ideas para mejorar el funcionamiento de los mercados financieros y la economía mundial, la citada fundación propone eliminar todo atisbo de paraíso fiscal antes de 2015. Desde 2001, la OCDE y el FMI han impuesto a estos refugios duras regulaciones bajo la amenaza de sanciones para que abran sus cuentas a los inspectores de Hacienda de los países desarrollados. No es de extrañar si se tiene en cuenta que estos paraísos concentran casi una cuarta parte de la riqueza mundial.

Sin embargo, la fundación de Caldera, en cuyas filas militan economistas de primera línea, va mucho más allá:”A partir de 2015, los paraísos fiscales quedarían completamente prohibidos, y los Estados que los mantuvieran serían excluidos de todos los organismos financieros internacionales”. Para ello, “a nivel de la UE, se podría aprobar una Directiva sobre intercambio de información bancaria, suprimiendo el secreto bancario y estableciendo medidas severas de aislamiento financiero para los Estados que no quieran colaborar”.

Además, los distintos países deberían eliminar “el reconocimiento de personalidad jurídica a las sociedades constituidas en paraísos fiscales para intervenir en el tráfico mercantil; prohibir que las entidades bancarias tengan filiales o sucursales en dichos territorios; y establecer penas agravadas cuando el fraude fiscal se produzca a través de la utilización de paraísos fiscales”. Por el momento, la OCDE ya trabaja en la elaboración de una lista negra de paraísos fiscales en la que se pretende incluir a Suiza en 2009.

La citada fundación también plantea crear un Fondo Monetario Global (FMG) con más competencias que el actual FMI. En concreto, este nuevo organismo “supervisaría el comportamiento de las entidades regulatorias nacionales”, así como a las entidades financieras que superen un determinado tamaño. Además, el FMG “tendría capacidad para proponer medidas de coordinación cambiaria entre las monedas más importantes del mundo”, y se encargaría de regular a las agencias de rating, que “deberían ser públicas, independientes y globales”.

No contentos con eso, los socialistas proponen crear un “Tesoro Europeo” que permita “respuestas coordinadas ante crisis sistémicas y estímulos presupuestarios para proyectos paneuropeos”. Para ello, dicho organismo tendría que financiarse con nuevos “recursos propios” como, por ejemplo, “impuestos de sociedades comunes para las empresas de dimensión europea; el IVA armonizado o impuestos a la contaminación ambiental”. De hecho, incluso, podría emitir “deuda propia”. Una opción que ya está siendo barajada por los principales líderes de la UE.

En esta misma línea, estos supuestos expertos apoyan el nacimiento de un “Supervisor Financiero Europeo” y “aumentar la coordinación mundial entre Bancos Centrales”. Es decir, un nuevo Banco Central Mundial. Por último, estos ladrones instan a los gobiernos del mundo a establecer “suelos impositivos” a nivel mundial.

En concreto, “niveles mínimos comunes de impuestos sobre sociedades y ganancias de capital que eviten la competencia a la baja (de tributos) y garanticen niveles suficientes de recaudación (fiscal)”. Y ello, con el loable fin de “generar expansiones del gasto público mundial” frente a la crisis.

Para terminar de cerrar este círculo ideado al más puro estilo totalitario y fascista, la fundación del PSOE aboga, ni más ni menos, que por una “Organización Mundial de las Migraciones, con el propósito de ordenar y coordinar los movimientos de las personas, en su calidad de trabajadores de un mercado global”.

Todo ello daría como resultado una “gobernanza global” a medida de los políticos para controlar las “finanzas globales”. Dicho de otro modo, las elites que nos gobiernan desean fervientemente la creación de un Estado mundial para tutelar a su antojo y despótico arbitrio la globalización económica que, durante los últimos años, tantos beneficios ha propiciado a los individuos. El nuevo proyecto globalsocialista ya está en marcha… ¡Para echarse a temblar!