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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Los precios tienen que ajustarse

Según LHA, mis ataques estaban infundados porque el mayor peligro al que nos enfrentamos hoy no es la inflación a la que podría dar lugar la rebaja de tipos, sino la deflación que se está desatando en la economía. Asegura, además, que la experiencia histórica ha demostrado que cuando no se han bajado tipos con rapidez ante una contracción crediticia, el resultado ha sido devastador.

Sin embargo, mi argumento contra las bajadas de tipos de interés que está acometiendo Bernanke no pasa, como parece sugerir LHA, por que eleven el IPC, sino porque son inútiles y, si no lo fueran, serían contraproducentes. Efectivamente, como bien apunta mi colega, el riesgo ahora mismo no es la inflación, sino la deflación (algo que, por otro lado, ya sabían los lectores de Libertad Digital, como mínimo, desde mayo). Durante años, los bancos, instigados por Greenspan y Trichet, acometieron una enorme expansión crediticia endeudándose a corto e invirtiendo a largo. Dicho de otra manera, adquirieron con un gran apalancamiento activos con un valor cada vez más inflado.

Pero cuando los precios de las viviendas y de otros activos comenzaron a caer a mediados de 2007, los agentes económicos se vieron forzados a reducir su endeudamiento. Si yo me hipoteco esperando que el precio de un inmueble suba y, por el contrario, cae, intentaré amortizar mi deuda antes de que sea demasiado tarde. Ése es el proceso deflacionario en el que estamos ahora: todos los agentes quieren reducir su deuda y para ello liquidan sus activos. Y cuando todo el mundo quiere vender algo, su precio se hunde (deflación). Por si fuera poco, si el valor de estos activos se reduce, el valor real de mis deudas se dispara, lo que me puede abocar a la quiebra. Esto es lo que les sucede a los bancos: hasta 2006 se habían apalancado 30 veces sobre su capital y ahora el precio de sus activos se desinfla, con lo que se vuelven incapaces de hacer frente a su enorme deuda.

La receta monetarista pasa por evitar que el precio de los activos siga cayendo. Al fin y al cabo, si su precio subiera, los agentes económicos (como los bancos) no tendrían que reducir su endeudamiento, dejarían de liquidar los activos en masa y el crédito seguiría fluyendo con normalidad hacia la economía. Y una manera –dicen– de evitar que caigan los precios de los activos es abaratando el crédito tanto como sea suficiente para estimular a los bancos a que vuelvan a adquirirlos.

El problema, como digo, es que esta receta sólo puede ser estéril o contraproducente. Los monetaristas –desde Fisher a Friedman– tienen, a mi juicio, una visión muy mecanicista y reduccionista de las relaciones económicas. Para ellos, una rebaja de tipos siempre implica un aumento del crédito, esto es, suponen que en cualquier circunstancia siempre habrá unos agentes económicos dispuestos a prestar y otros dispuestos a endeudarse.

Pero en la coyuntura actual, todo el mundo está tratando de reducir se deuda a marchas forzadas, así que lo prudente no pasa por volver a apalancarse, por mucho que se abarate el crédito. Los bancos, ahora mismo, están limitando al máximo el crédito, porque apenas tienen capital para asumir nuevos impagos futuros. Por mucho que Bernanke ponga los tipos al 0%, no conseguirá ni que los bancos vuelvan a prestar ni que las familias o las empresas vuelvan a endeudarse.

Pero, ¿y si lo consiguiera? ¿No vale la pena intentarlo por si acaso? Pues no. Los precios de los activos tienen que caer a menos que queramos tener una economía moribunda y esclerotizada. Tomemos el caso de España. Las viviendas subieron tanto de precio que en 2006 era rentable construir 800.000 inmuebles anuales. Si su precio no sufre una corrección importante, la economía española seguiría produciendo 800.000 inmuebles más año tras año. ¿Acaso los españoles necesitamos ocho millones de viviendas adicionales por década? Claramente no, sobre todo teniendo el mayor déficit exterior del mundo (dicho de otra manera, si seguimos construyendo viviendas no podremos mantener nuestro nivel de vida actual). ¿Por qué subieron tanto de precio las viviendas? Porque el Banco Central Europeo estimuló una expansión crediticia en toda la zona del euro que afluyó hacia el ladrillo español y disparó sus precios muy por encima de sus fundamentales. Ahora es imprescindible que esos precios caigan para que la construcción pierda peso y lo ganen otras industrias con las que saldar nuestro déficit exterior.

Por tanto, si la política monetaria expansiva de Bernanke (o de Trichet, si le siguiera el juego) lograran evitar los ajustes de precios en los activos (como la vivienda), la estructura productiva actual, claramente insostenible, no se readaptaría para servir a las necesidades de los consumidores.

LHA alude a los casos de Japón en los 90 y de Estados Unidos en los 30 para demostrar que las políticas monetarias contractivas son catastróficas. Sin embargo, a mí me parece que reafirman mis argumentos.

A partir de enero de 1990, la bolsa de Japón comenzó a desinflarse desde su máximo de 38.922 puntos. Es cierto que durante los primeros meses, el Banco de Japón subió los tipos hasta el 6%, pero a partir de agosto de ese año los empezó a bajar de manera continuada hasta que en 1995 llegaron al 0,5%. Desde entonces, los tipos nunca han superado el 0,75%, pero esto no ha logrado que la bolsa (ni el crecimiento económico de Japón) volviera a repuntar. Hoy el Nikkei sigue estancado en torno a los 8.600 puntos. Por tanto, la bajada de tipos ha sido del todo inútil.

Ahora bien, como digo, la reducción de tipos también puede ser contraproducente. A principios de los años 20, Estados Unidos sufrió la mayor deflación de su historia. En junio de 1921, el IPC cayó un 15% en su tasa interanual (en ningún período anual de la Gran Depresión se produjo una caída tan acusada). La enérgica respuesta, sin embargo, del secretario del Tesoro, Andrew Mellon, permitió que apenas en 1922 ya se hubiese superado la crisis. ¿Qué hizo Mellon? En un año redujo los impuestos, el gasto público, la deuda pública y el número de funcionarios a la mitad. La política monetaria jugó un papel menor durante esta crisis, ya que las operaciones de mercado abierto todavía no se habían desarrollado.

Durante los años siguientes (especialmente en 1924 y 1927), sin embargo, el gobernador de la Reserva Federal de Nueva York, Benjamin Strong, (al que Friedman tanto alaba en su Historia Monetaria de Estados Unidos y en su Libertad de Elegir) sí acometió una gran expansión del crédito, lo que condujo a Estados Unidos a la crisis bursátil y bancaria de 1929-1931. Por tanto, aquí tenemos un ejemplo de políticas monetarias expansivas efectivas pero contraproducentes. Por cierto, al contrario de lo que afirma LHA, no fue la deflación lo que nos condujo a la Segunda Guerra Mundial sino, al menos en materia económica, la planificación estatal y la destrucción del comercio internacional que se inició en 1930 con la aprobación del arancel Smoot-Hawley; como digo, la deflación de 1920-1921 fue más profunda y no dio lugar ni a quince años de depresión ni a ninguna guerra. No conviene restringir la historia económica a las interpretaciones que hizo Milton Friedman –por sugerentes que puedan ser–; otros autores, como Benjamin Anderson o Melchior Palyi, de hecho, proporcionan una imagen mucho más fidedigna de lo que sucedió en la Gran Depresión.

El artículo de LHA toca muchos otros palos que me gustaría comentar, pero esto haría mi respuesta excesivamente larga. Simplemente, quiero matizar dos puntos. El primero, es que no puede decirse que Hayek fuera un gran pensador que, no obstante, dejó desatendida la macroeconomía. De hecho, casi toda la obra económica de Hayek (Teoría Monetaria y el Ciclo Económico, Precios y Producción y La Teoría Pura del Capital) y por la que le dieron el Nobel versa sobre la macroeconomía (cómo las expansiones crediticias distorsionan la estructura de capital de la sociedad al no estar financiadas con cargo a ahorro real y esto genera el ciclo económico).

El segundo, es que me parece una visión parcial sostener, en la línea de Eichengreen y otros, que los países que abandonaron antes el patrón oro durante la Gran Depresión también iniciaron su recuperación más pronto. Desde luego, las naciones más endeudadas (como Inglaterra) experimentaron un alivio financiero al impagar sus deudas en oro, pero sólo a costa de arruinar a sus acreedores (como Francia o Alemania). Esto es, los países que abandonaron el oro medraron finiquitando el comercio internacional y agravando la crisis. No creo que sea una actitud digna de encomio; sería como decir que las familias estadounidenses que han impagado sus hipotecas subprime mejoraron su condición financiera antes que las que siguieron pagando religiosamente a los bancos o que Brasil hizo muy bien devaluando el real en 1998. Pero aquí no estamos ponderando ni el daño que los deudores subprime causaron a los bancos estadounidenses ni el que Brasil infligió a Argentina.

En definitiva, en un período de liquidación masiva de activos, bajar tipos no sirve de nada, porque los deudores insolventes no volverán a pedir prestado hasta que se desapalanquen; pero aun cuando el crédito volviera a fluir, sólo retrasaría el ajuste de precios relativos que es imprescindible en estos momentos para dar nuevos bríos a la economía (ni España ni Estados Unidos necesitan millones de viviendas nuevas cada año). En la actualidad sólo estamos pagando los excesos de la borrachera de crédito anterior, la crisis es inevitable y sólo puede aliviarse de una manera: liberalizando la economía y reduciendo el gasto públicos y los impuestos. La política monetaria no servirá para nada bueno.

España no tocará fondo en 2009

El problema es que, tal y como avanzamos en estas mismas páginas, apenas estamos padeciendo los primeros síntomas de la gran resaca. De hecho, todo apunta a que la economía nacional se enfrenta a un largo período de estancamiento económico, que podría tildarse perfectamente con el calificativo de depresión. Una posibilidad que ya baraja acertadamente el propio Banco de España.

¿Qué cabe esperar, pues, de 2009? Pese a que no soy muy partidario de lanzar previsiones a medio plazo, sí me arriesgo a afirmar que los cálculos de los supuestos expertos se quedarán nuevamente obsoletos ante la cruda realidad que se avecina en materia económica y social. Y ello, por la simple razón de que carecen de la teoría adecuada para analizar la situación (la de la Escuela Austríaca de Economía) y, como consecuencia, fallarán tanto en el diagnóstico como en las posibles soluciones a aplicar.

Puesto que, de momento, no cabe esperar ninguna reforma de calado por parte del Gobierno, España sufrirá durante el próximo año los primeros efectos plausibles y verdaderamente graves de la crisis. Olvídense de 2007 y 2008, puesto que tan sólo han sido un anticipo. Un mero aperitivo en comparación con lo que observaremos a partir de ahora.

La contracción del PIB nacional será mayúscula en 2009 y, de hecho, carecerá de precedentes. La economía registrará un decrecimiento mínimo del 3% interanual. De hecho, se trata de un cálculo muy moderado. En realidad, la falta de liberalización económica y laboral, la ausencia de rebajas impositivas y el crecimiento exponencial del gasto público amenazan con restar a la riqueza del país entre un 5% y un 7% de su producto interior bruto. Y esto, insisto, en los próximos 12 meses.

Para ello, tan sólo hay que observar el intenso deterioro que está registrando la afiliación a la Seguridad Social. En estos momentos, la destrucción de empleo neta avanza a un ritmo superior al 3% interanual, y no tiene visos de mejora. Algunos analistas sitúan dicha destrucción laboral por encima del 4,5% en el primer trimestre del año. Este indicador resulta clave a la hora de pronosticar la reducción del PIB. Además, hay que tener en cuenta que el Gobierno alemán ya reconoce que su economía caerá, como mínimo, un 4% el próximo año, y España está sin duda mucho peor que la primera potencia europea.

Así pues, quédense con este dato. La recesión se llevará por delante entre un 5% y un 7% del PIB nacional en 2009, según un escenario más o menos moderado. Tal contracción se traducirá de una forma dramática en las cifras del paro. La tasa de desempleo podría ascender fácilmente al 20% a finales de año. Es decir, 1,5 millones más de parados o, lo que es lo mismo, 4,5 millones en total. Llegados a este punto, España entrará en 2010 padeciendo ya la peor crisis de su historia reciente, muy superior a la de los años 90 y 80.

Pero avancemos un poco más. La estrategia suicida de gasto público que viene siguiendo el Gobierno, bajo el vergonzoso consentimiento de la oposición (PP), provocará un desequilibrio mayúsculo de las cuentas públicas. El déficit presupuestario superará con creces el 7%, elevando la deuda pública hasta el 60% del PIB. En un escenario de estas características, el mercado de deuda español sufrirá un estrés de consecuencias dramáticas.

El Ejecutivo tendrá muy difícil colocar el volumen de papel que tiene proyectado emitir con el fin de rescatar a la banca y mantener el nivel de gasto público. La máxima calificación de la que hoy goza la deuda española (triple A) corre el riesgo real de ser degradada por las agencias de rating. Una rebaja de este tipo aumentará de forma significativa el coste de la financiación gubernamental y acrecentará las dificultades para colocar entre los inversores la nueva deuda nacional.

Es decir, las cuentas públicas avanzarán hacia el colapso. Así, de seguir por esta senda de irresponsabilidad política y económica, en ningún caso deberíamos descartar la posibilidad de que España se enfrente a una suspensión de pagos en los años venideros (2011 en adelante). Será entonces cuando, en caso de no modificar radicalmente el actual plan anticrisis, el Gobierno se verá obligado a aprobar un sustancial incremento de impuestos para amortizar deuda.

Tal decisión, lejos de ofrecer alguna solución, agravará aún más los problemas de las empresas y ciudadanos españoles. La deslocalización será el pan de cada día, al tiempo que el Ejecutivo ahuyentará con elevados tributos a los escasos inversores dispuestos a emprender alguna actividad en España. De este modo, y siempre y cuando no cambien mucho las cosas, 2009 no será, en ningún caso, el peor año de la crisis. Ni mucho menos. Tan sólo será el primero y, posiblemente, uno de los más suaves, de los ejercicios venideros que traerá consigo la depresión a la japonesa que empieza a experimentar nuestro país.

Es el momento de apostar sin complejos por la liberalización absoluta de la economía nacional; por aplicar sin miedo una reducción de los tributos y del gasto público sin precedentes, al más puro estilo de los paraísos fiscales que tanto se empeñan en atacar últimamente los ideólogos socialistas (tanto del PSOE como del PP) que, por desgracia, ocupan la mayoría parlamentaria; por flexibilizar al máximo el mercado laboral; y por incentivar el ahorro en sustitución del consumo, entre otras medidas. Sólo así España tendrá alguna posibilidad de abordar con éxito la profunda crisis monetaria y financiera internacional que tendrá lugar en los próximos meses.

Si aún piensan que soy demasiado pesimista, sigan agarrándose a los pronósticos del Gobierno y de los organismos internacionales. Depositen su confianza, si así lo desean, en aquellos que, tras el estallido de la crisis subprime en el verano de 2007, aseguraban que la hoy denominada tormenta perfecta terminaría en la primera mitad de 2008. Ninguno de sus cálculos se hará realidad pero, al menos, quizá eviten que se les atragante el polvorón durante estas navidades. Por cierto, ¡feliz 2009!

En defensa de la titulización

Titulizar un activo consiste simplemente en realizar una emisión de deuda garantizada por los flujos de caja de ese activo con el objetivo de darlo de baja del balance (en realidad, una titulización suele serlo de varios activos a la vez). Por ejemplo, si un banco ha concedido una hipoteca de 500.000 euros, la tituliza si la "vende" en el mercado en pequeñas porciones, como cinco bonos de 100.000 euros, de modo que el comprador de cada bono adquiera parecidos derechos y riesgos a los que tenía el banco frente al hipotecado. Básicamente, equivale a empaquetar un activo (hipotecas, deuda de tarjetas de crédito, préstamos empresariales, préstamos para financiar la adquisición de automóviles…) y venderlo por trozos a distintos inversores (de una forma similar a como el capital de una empresa se divide en porciones y se vende a los accionistas).

El banco se beneficia de que normalmente paga por esos bonos un tipo de interés menor al que recibe por el activo titulizado y ello sin asumir riesgos, ya que los ha traspasado enteramente a los obligacionistas (por lo general el banco suele quedarse con una porción de la hipoteca, así que no elimina del todo el riesgo). Pero además, desde un punto de vista financiero, obtiene otra ventaja y es que puede reestructurar su balance. Al titulizar un activo, el banco percibe, de repente, todo el valor nominal de ese activo. Es decir, intercambia un activo inmovilizado (como las hipotecas) por un activo líquido, como es el efectivo.

Para los inversores, las titulizaciones son atractivas, ya que generalmente se estructuran por riesgos. Es decir, hay "porciones" del activo que son más seguras que otras (lo que significa que las más arriesgadas pagarán un tipo de interés mayor); en caso de que el hipotecado deje de pagar, las menos arriesgadas son las que primero cobran. Así, la titulización permite captar cuantías de ahorro dispersas con muy distintos perfiles de riesgo, incrementando el volumen de fondos para invertir.

Pero, sobre todo, el proceso de titulización que ha explotado en la última década supuso una oportunidad de oro para asentar el sistema bancario internacional sobre fundamentos más sólidos. Recordemos que la práctica bancaria tradicional consiste en transformar o gestionar los plazos de su activo para dar salida a su exigible a corto plazo; dicho de otra manera, endeudarse a corto e invertir a largo.

Los bancos acumulan, de este modo, un fondo de maniobra estructuralmente negativo (sus pasivos a largo plazo deberían financiar una porción de su activo circulante, cuando lo que sucede es que sus pasivos a corto financian casi todo su activo inmovilizado) que los aboca a la suspensión de pagos y, por la vía de la liquidación de su patrimonio, a la quiebra. Si el concurso de acreedores puede retrasarse de manera prolongada es simplemente por la existencia de bancos centrales que descuentan buena parte de los activos bancarios y favorecen una expansión crediticia que distorsiona la estructura productiva (ciclo económico) y el valor de la moneda (inflacionismo).

La titulización, como digo, supuso una oportunidad de oro porque habría permitido reestructurar el balance de los bancos y financiar todas o buena parte de sus inversiones con ahorro real (es decir, el que supone una renuncia a reutilizarse dentro del período de tiempo en que está invertido). En efecto, los bancos podrían haber titulizado sus activos a largo plazo emitiendo deuda con un vencimiento igual al del activo; de hecho, la titulización clásica consiste en encajar el plazo de ambos flujos de caja. De esta manera, los bancos habrían obtenido un activo circulante (efectivo) cuyo vencimiento pasaría a estar encajado con el de sus pasivos a corto (depósitos a la vista y otra deuda a corto) y los activos a largo plazo pasarían a estar financiados con el ahorro real que afluyera hacia las emisiones de deuda.

Es difícil que todos los procesos de titulización hubiesen concluido con éxito. Al fin y al cabo, la explosión que se ha producido en los últimos años ha estado en buena medida financiada con la expansión crediticia que llevó a cabo la banca de inversión (endeudándose a corto plazo en los mercados financieros y adquiriendo estas titulizaciones que no son más que activos a largo plazo). Sin embargo, sí habría permitido que grandes sumas de ahorro disperso afloraran en busca de las atractivas oportunidades que ofrecían estos activos, suavizando en mucho el necesario proceso de catarsis de la economía.

Ahora que la titulización está sometida a tantos ataques desde tan distintos frentes, conviene dejar claro la gran importancia que, correctamente implementada, tiene y sigue teniendo para el progreso económico (reunificación desintermediada de ahorro) y para la transición hacia un sistema financiero más estable.

Claro que este sensato propósito tuvo dos obstáculos prácticamente insalvables. El primero es que, de haberse llevado a cabo, los bancos deberían haber mantenido el circulante en caja (o en efectos comerciales a corto plazo) o bien devolverlo a sus depositantes, lo que en la práctica habría significado la disolución voluntaria del banco. Y el segundo, estrechamente relacionado con lo anterior, es que el mal uso de la titulización ofrecía oportunidades de ganancia mucho más importantes que el arbitraje de plazos tradicional. Pero de esto último nos ocuparemos en un próximo artículo.

Las recetas de Greenspan

El Maestro, como se le llamaba en los ámbitos académicos y periodísticos, fue el presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006. Su mandato estuvo marcado por utilizar la política monetaria para calentar y enfriar la economía, dependiendo de las circunstancias. Así, por ejemplo, cuando la actividad se estancaba, Greenspan bajaba los tipos de interés y cuando la inflación repuntaba en exceso, los incrementaba.

En cierta medida, sus decisiones se consideraban un ejemplo de gestión científica de la moneda y el crédito. Gracias a él, las palabras inflación y depresión parecían haberse convertido en estigmas de una economía primitiva y arcaica.

Greenspan, sin embargo, no parecía entender que mediante manipulaciones monetarias no puede crearse riqueza, como mucho puede evitarse que se destruya. Cuando la Fed bajaba los tipos de interés, estaba promoviendo una expansión artificial del crédito hacia proyectos de inversión que no eran rentables. Simplemente no podemos invertir sin haber ahorrado con anterioridad, por mucho que el banco central de turno manipule temporalmente los tipos de interés para hacernos creer que el ahorro disponible ha aumentado.

Así, después de que Greenspan provocara y pinchara la burbuja de las puntocom, Estados Unidos se vio abocado a una recesión, que no es más (como todas las recesiones) que un proceso para limpiar la economía de las malas inversiones. Algo así, salvando las distancias, como la resaca, que no es más que la exteriorización del proceso de eliminación de toxinas después de una borrachera.

El Maestro, sin embargo, no quiso afrontar este necesario proceso de ajuste (que se vio repentinamente agravado por el shock que supuso el 11 de septiembre), e inició la rebaja de tipos de interés más drástica (hasta entonces) de la historia de Estados Unidos. Así, por ejemplo, entre 2003 y 2004 mantuvo los tipos al 1%, una cifra poco más que testimonial para permitir que la pirámide de deuda sobre la que reposaba buena parte de la economía estadounidense (las familias, el Gobierno y muchas empresas) se disparara sin control. Durante años, el crédito fácil propiciado por Greenspan afluyó a todas partes: al déficit público, a los automóviles, a las adquisiciones de empresas y, sobre todo, a las viviendas.

Como en España, los bajos tipos de interés dispararon la demanda de inmuebles y, con ella, sus precios. Se genero así una burbuja que facilitó que los bancos ya no tuvieran que preocuparse por la solvencia de sus deudores, ya que si el hipotecado dejaba de pagar, siempre podían vender su vivienda a unos precios que no dejaban de aumentar. El propio Bernanke, actual presidente de la Fed, en uno de los ejercicios de miopía más notorios de la reciente historia de Estados Unidos, tranquilizó a los más suspicaces jurando en 2005 que no existía ninguna burbuja en el mercado inmobiliario. Sólo el infinito era el límite del precio de las viviendas.

Obviamente, cuando todos estos pronósticos se revelaron fallidos, los bancos, que habían prestado fondos por un importe de unas 25 veces su capital, se toparon con que estaban quebrados. Bastaba con que sus deudores no les devolvieran alrededor de un 5% de sus créditos para que tuvieran que echar el cierre a lo Lehman Brothers.

Ahora, Greenspan, que algo sabe de la génesis y el desarrollo de este desastre, aparece en The Economist advirtiendo de que los bancos tienen que recapitalizarse. Y tanto, porque si las leyes tradicionales del mercado (ese que supuestamente se ha llevado hasta sus últimas consecuencias) se hubiesen aplicado con el más mínimo rigor –por ejemplo, en materia concursal– pocas entidades de crédito quedarían actualmente en pie.

El problema de esta perogrullada es que no queda muy claro cómo va a lograrse. Los bancos son los primeros que, desde hace tiempo, saben que necesitan recapitalizarse a toda costa. Por eso han estado negociando fusiones, emitiendo acciones, vendiendo activos y restringiendo el crédito. Pero el resultado ha sido insuficiente para compensar las pérdidas derivadas de los impagos y de la depreciación de sus activos.

¿Cómo lograr, por tanto, la recapitalización? Greenspan reconoce que los planes de rescate públicos no son soluciones definitivas (probablemente porque tema la quiebra el Estado), así que aboga por que los precios de la vivienda y de las cotizaciones bursátiles vuelvan a aumentar (con lo que las emisiones de acciones y de deuda serían mucho más efectivas).

Pero esto no es más que una petición de principios. ¿Cómo lograr que la vivienda y las acciones vuelvan a encarecerse? Aunque no lo especifique en su artículo, supongo que Greenspan abogará, como ha hecho su sucesor Bernanke, por bajar los tipos de interés para que el crédito vuelva a dirigirse hacia la vivienda y hacia la bolsa. Pero mucho me temo que esto sólo equivale a echar dinero bueno sobre dinero malo. Si los precios de todos los activos están cayendo, es porque todo el mundo (incluidos los bancos) están tratando de reducir su excesivo endeudamiento mediante la liquidación de sus activos. ¿Cómo podemos esperar que unos bancos sin capital y que pretenden disminuir su endeudamiento sean los impulsores de una nueva expansión del crédito, por mucho que lo abarate la Fed? De ninguna manera, y Greenspan lo sabe (o debería saberlo).

La crisis sólo terminará cuando el ahorro aumente y se dirija, en forma de inversiones, hacia la adquisición de unos activos cuyos precios se hayan abaratado lo suficiente como para volverlos atractivos y rentables (es decir, que al contrario de lo que receta Greenspan, no conviene frenar como sea todo ajuste de precios de los activos). Se trata de un proceso largo que ya lleva meses en marcha, pese al desmesurado alarmismo político sobre la parálisis e inoperancia del mercado. Sólo cabe esperar que ni que el gasto público de los Paulsons y Obamas ni las políticas monetarias suicidas de los Greenspans y Bernankes lo entorpezcan tanto como para aplazarlo sine die.

Hay que separar el trigo de la paja

No desconfío de mi banquero. Entiendo que los últimos escándalos financieros de Madoff, Lehman o Bear Stearns susciten desconfianza generalizada en los bancos y sus gestores. Sin embargo, los banqueros son como los zapateros, los vendemantas o cualquier otro profesional. Los hay buenos y malos; listos y tontos; honestos y deshonestos. Quien tenga su dinero en un banco cantonal suizo puede estar mucho más tranquilo que quien lo tenga en un banco español y quien tenga sus ahorros en ciertos bancos españoles con gestores profesionales y prudentes puede estar bastante más relajado que quien lo tenga en la mayoría de las cajas de ahorro manejadas por imprudentes e incompetentes comisarios políticos. De hecho, uno de los aspectos positivos de esta crisis es que los clientes del sector bancario podrían dejar de meter, como han hecho de unos años a esta parte, a todos los bancos en el mismo saco y empiecen a separar el trigo de la abundante paja.

En la medida que su banquero tenga bastantes fondos propios que le permitan atender a caídas en el valor de su activo, se haya dedicado a otorgar crédito a quien demostraba tenerlo, y no al primero que pasara por delante o a los designados políticamente, y haya calzado los plazos de los pagos comprometidos y los cobros esperados en lugar de coger el dinero del depositante, que lo quiere tener a la vista, para prestarlo para el desarrollo de inversiones que madurarán en muchos años, el banco que gestiona no tendría por qué tener dificultades.

En general, los escándalos y batacazos del sector bancario no se deben a que sus gestores se hayan vuelto inmorales de la noche a la mañana. Los banqueros siguen siendo los mismos que cuando meses atrás eran alabados. El problema es de diseño institucional. Se le ha dado un privilegio a la banca para coger fondos a muy corto plazo (incluso a la vista) y colocarlos en inversiones a largo plazo como las inmobiliarias aprovechándose de las diferencias de tipos en el mercado a corto plazo (más bajos) y en el mercado a largo plazo (más elevados), descalzando así los plazos. Los depositantes creen –con razón– que su dinero está en el banco, cuando la realidad es que el banquero lo ha prestado, autorizado por el legislador, a largo plazo. Por otro lado, se permite al sector que tenga apenas un 9% de fondos propios sobre el pasivo total, con lo que una caída del 9% en el valor de los activos del banco le sitúan en quiebra. Para colmo, una buena parte de los créditos son concedidos sin ton ni son debido a esa idea tan típicamente socialista según la cual todo el mundo tiene derecho a acceder al crédito. Así se crearon las hipotecas subprime mediante la Ley de Reinversión Comunitaria de Jimmy Carter.

El bancario ha sido y seguirá siendo un negocio necesario para el progreso de la sociedad. La principal función del banquero es identificar quién tiene crédito para reconocérselo. El banco sólido coloca los recursos ahorrados por unos ciudadanos (que no desean disponer a la vista) en manos de otros capaces de generar flujos que permitan pagar a tiempo los intereses necesarios para sostener ese ahorro. Lo que la banca no puede hacer, por mucho que se empeñen los políticos, es dar crédito a quien no lo tiene.

Si queremos que la confianza en nuestros banqueros no dependa sólo de la observancia de las prudentes prácticas tradicionales de esta profesión, habría que cambiar el diseño institucional del sistema financiero para impedir el arbitraje ilícito de plazos, que lo que el cliente piensa que es su depósito sea invertido y que los políticos obliguen a dar crédito a quien no lo tiene. Desafortunadamente uno puede desconfiar con razonable seguridad de que los políticos hagan algo tan razonable.

¿A qué juega la Reserva Federal?

Sin embargo, el caso Madoff no tiene nada que ver con la gestación de la crisis. Se trata de un fraude típico de nuestras sociedades (de hecho, nuestro sistema de pensiones se asienta en las mismas bases), cuyas consecuencias se limitan a las pérdidas que sufren los estafados. En concreto, es un esquema de venta piramidal o Ponzi, denominado así precisamente en alusión al estafador Carlo Ponzi.

Básicamente, Madoff ofrecía rentabilidades altísimas a los inversores no porque fuera muy hábil utilizando su dinero, sino porque sufragaba esas rentabilidades con las sucesivas remesas de dinero que iban entrando en su fondo. Obviamente, cuanta más alta fuera la rentabilidad que ofreciera, más inversores se sentirían atraídos y más tiempo le duraría el chiringuito. Pero en esta crisis lo que escasea es la liquidez, así que cuando los inversores de Madoff empezaron a retirar su dinero, el fondo no tuvo más remedio que quebrar.

Desde luego, Madoff trató de forrarse a costa de los demás, y para ello no tuvo reparos en saltarse la ley y violar los derechos de propiedad. Pajín, uniendo algunos retazos de especulaciones, ha tratado de presentar esta estafa como algo inherente al capitalismo que cuando se generaliza provoca graves crisis económicas, como la actual.

En realidad, la estafa no es que sea algo inherente al capitalismo, sino a la naturaleza humana. El capitalismo no es el mejor sistema económico porque modifique la naturaleza humana, sino porque procura cauces e incentivos para favorecer la cooperación entre los individuos, y no el parasitismo. Dicho de otra manera, el capitalismo permite a la gente forrarse engañando a los demás (lo que debería dar lugar a una proceso judicial destinado a resarcir a las víctimas), pero también beneficiándolos. Difícilmente puede decirse esto mismo de la política, que es precisamente el arte de lograr que la gente haga lo que no quiere.

Pajín no sólo yerra en su diagnóstico torcido de la naturaleza inherentemente corrupta del mercado y del comercio, sino en su análisis de la crisis. Ya expliqué por qué sólo es parcialmente cierto que fuera la avaricia lo que la engendrara: ciertamente, los bancos actuaron fraudulentamente cuando se endeudaron a corto plazo y prestaron a largo. Pero lo grave en esta historia no es que haya gente que quiera enriquecerse demasiado rápido por cualquier medio, sino que el Estado estimule y espolee ese proceso corruptor, que es justo lo que se calla Pajín.

Para llevar a cabo su estafa, Madoff tuvo que esconderse del Estado y torcer la ley. Los bancos lo hicieron no ya con luz y taquígrafos, sino con la colaboración entusiasta de los bancos centrales. Recordemos simplemente que en 2003 la Fed colocó los tipos de interés al 1% para que las entidades de crédito pudieran refinanciar su deuda a unas tasas más baratas y, así, pudieran prestar todavía más dinero a un mayor número de personas y a unas condiciones más asequibles: aquí, claro, se produjeron las hipotecas subprime.

No sólo eso, el propio jefe de Pajín amenazó hace una semana a la banca española con adoptar "medidas extraordinarias" si no concedía nuevos créditos. Dicho de otra manera: en unos momentos en los que la banca está intentando reestructurar sus balances para reducir el peso de la deuda a corto plazo y casar el vencimiento de activos y pasivos, Blanco les presiona para que sigan cometiendo el fraude que está en el corazón de la crisis: la transformación de plazos o la práctica de endeudarse a corto e invertir a largo.

Desde luego, sin tener esto claro no parece aconsejable ponerse a regular masivamente el sistema financiero. Primero, porque el caso Madoff ilustra, entre otras cosas, que el supervisor es incapaz de controlar todas las operaciones que se están realizando en todos los mercados (Madoff fue inspeccionado por la SEC hace apenas un año); segundo, y sobre todo, porque no necesitamos más, sino mejor regulación, y el PSOE no parece tener claro en qué consiste esa mejor regulación.

Habrá Pozis y Madoffs en cualquier sistema financiero: la tentación de la corrupción está ahí, y ni puede eliminarse de la mente humana ni puede fiscalizarse a toda la sociedad de manera efectiva para prevenirla. Tampoco son, con todo, especialmente dañinos. Por lo general, como ya he indicado, sus víctimas no van más allá de quienes les habían confiado (directa o indirectamente) su dinero.

Sin embargo, sí podemos evitar (o minimizar extraordinariamente) los ciclos económicos que desde hace varios siglos vienen lastrando a nuestras sociedades, y cuyas consecuencias afectan –en forma de desempleo, contracción crediticia e inflación– a toda la sociedad. No es necesario tener regulaciones complejas, sino una legislación mercantil clara que proscriba la transformación de plazos, un banco central que no se dedique a promover este tipo de operaciones, sino a defender el valor de su moneda, y un Gobierno austero que no recurra al sistema bancario para financiar sus abultadísimos déficits públicos.

Madoff no ha causado la crisis

En la actualidad, Estados Unidos está experimentando un incremento, sin precedentes, de su oferta monetaria. La Reserva Federal (Fed), que preside Ben Bernanke, casi ha triplicado sus activos, es decir, los créditos concedidos al sistema bancario, en un intento desesperado por salvar de la quiebra a un importante número de entidades.

En concreto, dicho volumen de préstamos ha pasado de los 900.000 millones de dólares a superar ampliamente los 2 billones a lo largo de las últimas semanas. Y ello, tomando como colateral créditos y bonos hipotecarios de dudosa solvencia, pese a que en teoría gozan de la máxima calificación crediticia posible (triple A).

El aumento de las líneas de crédito a la banca comercial, la compra de deuda pública por parte de la banca central y el recorte de tipos a niveles ínfimos, trae como resultado la expansión de la oferta monetaria. Esto es, crece el dinero total en circulación que opera en el sistema. La clave del problema reside en que tal incremento responde, exclusivamente, a meras decisiones políticas, bajo la excusa de combatir la crisis. No obstante, la banca central permanece incólume como uno de los grandes paradigmas de planificación socialista vigentes en el actual sistema de mercado.

Llegados a este punto, y tal y como afirmaba Ludwig von Mises:

Si no se detiene a tiempo la política perniciosa de aumentar la cantidad de dinero y los medios fiduciarios, el sistema monetario de la nación sufre un colapso general. El poder de compra de la unidad monetaria baja a tal punto que resulta nulo para cualquier propósito. Esto sucedió frecuentemente: en los Estados Unidos en 1781 con la moneda continental, en Francia en 1796, y en Alemania en 1923.

La estrategia de expansión crediticia sin límite termina por generar una espiral hiperinflacionista de efectos devastadores sobre el conjunto de la economía. Durante la Revolución Francesa aconteció un suceso de similares características. La Asamblea Nacional recién constituida decidió crear dinero (los famosos asignados) empleando como base el valor de las tierras expropiadas a la Iglesia, en sustitución del respaldo que propiciaba el oro.

Los Greenspan y Bernanke de entonces consideraban que aumentando la liquidez Francia podría salir fácilmente de la profunda recesión económica que sufría la nación, debido, en gran medida, a la Revolución que acababa de acontecer. El Gobierno del Pueblo decidió de inmediato imprimir 400 millones de livres en forma de papel moneda a un interés del 3%. Cincos meses después las imprenta de la República inyectó en el sistema otros 800 millones nuevecitos, pero esta vez a un tipo del 0%.

Las máquinas no paraban de trabajar en la creación de dinero fiduciario ex novo (sin respaldo real en oro), hasta el punto de que en menos de seis años las autoridades emitieron un total 45.000 millones de livres extra. Gran parte de este volumen fue impreso en secreto para no asustar a los ciudadanos. Dicha política provocó que el sistema saltara por los aires en 1796, ya que el valor de la moneda francesa se derrumbó por completo, dando lugar a una hiperinflación galopante. Poco después llegó Napoleón, al igual que Hitler tras la hiperinflación alemana del período de entreguerras.

Las enseñanzas de este acontecimiento, recogidas en la obra Fiat Money Inflation in France, deberían ser tenidas muy en cuenta por los Bernanke y Trichet de hoy en día. Aunque, de momento, la actual crisis económica avance sin remedio hacia la deflación (caída generalizada de precios), también en España, de segur así, a la vuelta de la esquina, el panorama podría dar la vuelta y resulta aun más desolador. Llegado el caso, no olviden señalar a los culpables. Una vez más, las autoridades políticas y los organismos monetarios centrales.

Hacia la hiperinflación

Unos líderes racistas han visto las imágenes, y en lugar de vanagloriarse de que una figura mundialmente conocida preste pública atención al tubo aborigen, se ve que no lo han didgeridoo bien y se sienten muy ofendidos, porque dicen que el instrumento es de uso exclusivo de los hombres.

Labios rojos no ofenden, diría un caballero aborigen, pero la llamada de la tribu resulta de lo menos caballerosa. La ofensa es una de las armas culturales más despreciables, más opresivas y a la vez más liberadoras. Es liberadora, porque funciona como un disolvente universal, aplicada conveniente y abundantemente sobre ciertas convenciones, cuyo peso es en ocasiones tan enorme que justifican el sometimiento de la libertad al decoro, el buen sentido, el respeto a los sentimientos ajenos y demás.

Nosotros, los descreídos herederos de Occidente, hemos anegado nuestra cultura en el aguarrás de las ofensas hasta el punto de que criticar la cultura propia se ha convertido en algo de buen tono. El insulto ha llegado a extremos abyectos y despreciables, pero ha allanado el camino a la libertad de expresión. Muchos temen que la libertad desatará ese lado deleznable que tiene la naturaleza humana y resultará en un torrente de ofensas. Yo lo veo como que esas ofensas fortalecen la libertad de expresión más incluso que el daño que le puedan infligir. El Islam necesita décadas de ofensas, muchas más de las que puedan plantearse volar por los aires, ofensas desde debajo de las piedras, hasta que pasadas dos o tres generaciones alguien pueda decir por la televisión que no cree en la Palabra de Mahoma y volver a casa con el único temor de no tener ningún incidente en la carretera.

Aquí, donde el insulto y la ofensa han hecho ya su trabajo, se está haciendo de ella un instrumento para la opresión. No se tolera ningún comportamiento que pueda ofender a los demás (excepción hecha de la Iglesia Católica), y como el sentimiento de indignación es subjetivo, cualquiera puede hacerse el ofendido y pretender así prohibir las opiniones que a uno no le gustan. El nuevo delito de homofobia, que está de camino al Parlamento, es el último ejemplo de ello. Tenemos derecho a decir y hacer lo que nos de la gana, y quien se pica… ajos come.

Hay que privatizar la moneda

Cuando explicamos los motivos por los cuales se producen las crisis económicas, aconsejamos que para prevenirlas y alcanzar un sistema monetario sano sería necesario que la abolición de los bancos centrales fuese acompañada de la privatización del dinero. Dicho de otra manera: hay que eliminar el monopolio gubernamental sobre la moneda, que es una institución vital para la vida económica ya que sin ella no habría precios y se limitarían considerablemente los intercambios.

La primera idea importante con respecto al dinero es que no son los gobiernos los que dan valor al dinero ni los que deciden qué es dinero. Señaló Menger que sólo podemos entender el origen del dinero si consideramos este procedimiento social como un resultado espontáneo, es decir, como consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales.

Y es que el dinero surge al intentar solucionar los problemas que presenta el trueque (intercambio directo). A lo largo de la historia se han utilizado muchos bienes distintos como medio de intercambio: ganado, sal, café, azúcar, esclavos, seda, entre otros. Sin embargo, finalmente se llegó en casi todas las zonas y culturas a utilizar los metales como medio de intercambio. En especial la plata y el oro. Lo cual nos demuestra que estos bienes cumplen mejor las funciones de dinero que el resto de bienes. Por tanto, es la gente, mediante un procedimiento de prueba y error, la que decide en qué bien o bienes conservar su riqueza.

De la misma forma que el lenguaje, el mercado o el derecho, la moneda debe caer dentro del concepto de orden espontáneo. La salud de la moneda sólo se consigue permitiendo emisores privados que compitan, ya que sólo de esta manera podemos descubrir empresarialmente qué dinero es más conveniente para la gente.

Los productores de dinero intentarán descubrir oportunidades de ganancia y aprovecharlas en un proceso dinámico sin fin, rivalizando unos con otros en el ofrecimiento de beneficios. Pese a que no podemos saber los resultados concretos de un mercado de dinero que evoluciona libremente, White señala algunos servicios que podrían ofrecer: convertibilidad fácil, formas y tamaños convenientes, colores atractivos, seguros contra falsificaciones y un conjunto ventajoso de valores nominales, entre otros. Evidentemente, el monopolio gubernamental de la moneda hace imposible la función y el descubrimiento empresarial que llevaría a cabo este proceso.

Las consecuencias de que se nos haya expropiado el dinero, es decir, de utilizar papel moneda no convertible en un entorno de curso forzoso, son altamente perjudiciales. Por un lado, el papel moneda inconvertible es un bien que la gente no desea por sí mismo porque no cumple la función principal del dinero: la conservación de valor. Es por ello que la gente tiene que trasladar riqueza a bienes como la propiedad inmobiliaria, las materias primas o las acciones. El papel moneda sólo se utiliza para realizar pagos.

Por otro lado, aumenta notablemente el poder y el intervencionismo de los gobiernos. Se entra (a partir de 1971) en la "era de la inflación" (Rueff), ya que los gobiernos la utilizan como recurso. Hasta que fue expropiado por el Estado, el oro impedía a los gobiernos expandir la oferta crediticia exógenamente, porque el oro no podía ser creado "de la nada". Ya no existe la preocupación de conservar las suficientes reservas metálicas para hacer frente a sus compromisos.

Sencillamente, un mercado competitivo de dinero es la mejor garantía contra la inflación. Hay que eliminar el curso forzoso legal y todas las restricciones legales sobre la moneda porque destruye el proceso de descubrimiento empresarial y limita las opciones de medios de intercambio.

Por ello, Hayek afirmó que los gobiernos han explotado sistemáticamente el monopolio de la moneda en beneficio propio y en perjuicio de la población, y añadió que "espero que no se tarde mucho en comprender que la libertad en utilizar la moneda que libremente se prefiere constituye una marca esencial de un país libre".

Madoff y el fraude de los intelectuales

Ya resuenan los rugidos de quienes hablan con peor voluntad incluso que conocimiento de los escándalos del capitalismo financiero. Madoff ha construido un enorme fraude piramidal, ese esquema con mejor presente siempre que futuro, y que hemos visto estallar en el caso Fórum-Afinsa.

El mecanismo es sencillo: se ofrecen altas rentabilidades, que se pagan no con los beneficios de inversiones exitosas, sino con las entradas de nuevo dinero procedente de inversores que están atraídos por el alto interés. Este esquema sólo puede mantenerse si sigue entrando dinero a ritmos crecientes. Como no puede hacerlo indefinidamente, antes o después tiene que estallar, y todos acaban haciéndolo.

El caso Madoff es muy aleccionador por varias razones. La primera es que la SEC examinó la empresa hace un año y no vio indicios de fraude; ha tenido que alcanzar "dimensiones épicas" para que se de cuenta. Se creó para evitar casos como éste, y no me extrañaría que alegase su propio fracaso para pedir aún más poderes de control. Fue lo que hizo con Enron.

La segunda es que todo el mundo se echa las manos a la cabeza por este fraude, y prácticamente nadie se escandaliza con otro fraude idéntico, del que somos todos víctima, y que compromete nada menos que 115.000 millones de euros: nuestra Seguridad Social. Funciona igual: paga con las nuevas entradas de dinero, y necesita cantidades crecientes para no quebrar. Además de ser un fraude, éste no sólo no lo persigue el Estado, sino que nos lo impone él mismo. Los partidos preparan una "reforma" que no es más que un recorte en las prestaciones que ronda, según parece, el 30 por ciento. La Seguridad Social sólo tiene dos salidas: ir a la quiebra o morir poco a poco, exigiendo más y pagando menos a cada "reforma".

Y la tercera, entre muchas otras posibles, es que son varios los que se prestan a denunciar el fraude Madoff pero callan ante el de la Seguridad Social. Es el caso de Emilio Ontiveros, que desde El País se ríe de "la fácil complicidad entre la codicia y la estupidez" que se da en estos casos, pero no le imagino denunciando la fácil complicidad entre la codicia del Estado y la imposición por la fuerza de un fraude como el de la SS. O que habla del "Ponzi más selecto de la historia", pero curiosamente no del más masivo. No quiero personalizarlo en este economista, pero sí señalar a una falange de intelectuales que se ven a sí mismos como críticos implacables… hasta que topan con el Estado. Ante él no es sólo que dimitan como críticos, sino que desgastan cualquier reclinatorio. En este caso, no sólo Bernie Madoff es un fraude.