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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El Bretton Woods del siglo XXI

El papel moneda siempre tiende a su valor intrínseco: cero
Voltaire(1694-1778)

La escuela austriaca de la economía siempre ha sido inflexible en sus posicionamientos y postulados teóricos. A diferencia de la gran mayoría de escuelas económicas, no se ha dejado llevar por las modas ni por el socialismo. En el plano del dinero, los austriacos siempre hemos defendido que los ciclos se producen por constantes oleadas crecientes de liquidez que emiten los bancos centrales por medio de políticas monetarias expansivas, ajustando los tipos de interés por debajo de su tasa natural. Todo ello crea una falsa sensación de ahorro que da lugar a aumento de las inversiones.

Este proceso no se respalda en producción real, sino en inflación que lleva a un colapso del sistema. La razón impulsora del proceso radica en un fraude: creación de dinero de la nada. Expresado de otra forma, los crecimientos económicos que acaban desembocando en burbujas no se deben a un ahorro o capital de dinero físico y real acumulado, sino a la promesa que ese capital existe. El problema es que los bancos no lo tienen, ya que han sido generados de la nada por el consentimiento de los bancos centrales.

Este sistema consigue engañar los mecanismos de mercado haciendo crecer las economías muy por encima de sus posibilidades reales. El mecanismo desatado provoca inexorablemente inflaciones crediticias que se expanden por toda la economía de forma desigual, encareciendo el precio de los sectores–burbuja como si ese ahorro ficticio existiese. La debacle ocurre cuando la demanda dice “basta” debido al fuerte aumento de los precios y posteriormente se contrae. Es lo que ahora llamamos crisis de liquidez. Ese es el momento en el que la burbuja pincha.

Casi cien años después que Ludwig von Mises plasmase esta teoría, (que le permitió predecir junto con Friedrich von Hayek la debacle de 1929), ahora algunas cabezas pensantes parecen haberse dado cuenta del daño que puede llegar a hacer el sistema actual de reserva fraccionaria gubernamental basado en falsas promesas.

Desde la política, Gordon Brown, primer ministro británico, ha hecho una llamada para crear el Bretton Woods del siglo XXI. Difícilmente los poderosos decidirán volver a un sistema parcial de patrón oro como ocurrió en el Bretton Woods original o aboguen por quitarse poderes. Lo interesante es que la idea de un sistema de patrón oro, real o alternativo, se está planteando como idea más allá de la escuela austriaca. El  llamamiento más destacado ha ocurrido esta semana de la mano de Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo. Lea atentamente la nota que publicó Juan Ramón Rallo en su blog. Trichet habla de una vuelta a la disciplina monetaria de Bretton Woods (moneda convertible a oro). No es que fuese el mejor sistema precisamente, pero es un cambio de visión importante.

También, algunos analistas hablan de un decoupling progresivo del dólar a nivel internacional creando una cesta alternativa basada en materias primas de difícil convertibilidad (petróleo, uranio, etc.). No es una buena solución final ni mucho menos, pero dotaría al sistema en primera instancia de transparencia limitando los crecimientos crediticios. En definitiva, esta crisis nos ha de enseñar algunas cosas:

  1. El sistema de reserva fraccionaria gubernamental no inspira confianza y está basado en el fraude.
  2. Es un sistema que tiende totalmente a la opacidad, no es nada transparente.
  3. La fuente del crecimiento no puede ser el crédito fiduciario, sino el ahorro.
  4. La moneda ha de tener un respaldo más tangible que la promesa de una oligarquía política. El dinero ha de sustentarse en activos reales y convertibles.
  5. El dinero no es diferente a cualquier otro producto del mercado. Los monopolios por ley perjudican a una mayoría para satisfacer a una minoría. En algún punto se ha de permitir la competencia real entre monedas en un mismo espacio geográfico.
  6. Si el proteccionismo y la economía dirigida son nefastas para la comunidad, también lo es para el sector que usa como materia prima el dinero. Bancos centrales y organismos supranacionales compuestos por estados han de ser abolidos. Son parte del problema. Ellos han generado esta crisis con sus políticas de “estabilización de precios” y dinero barato.
  7. Es vital crear un sistema responsable. Los bancos centrales, como prestamistas de última instancia, y la continua intromisión de los Gobiernos diluyen toda responsabilidad hacia las empresas privadas. El sistema monetario ha de ser descentralizado y desnacionalizado. No tiene las mismas necesidades monetarias Alemania, que Grecia o España.

Curiosamente, mucha gente ya ha empezado a crear su particular patrón oro. En Alemania, Suiza, Austria y España, las reservas de oro se están agotando debido a la impresionante demanda que tienen. Como siempre, el hombre común es mil veces más sabio que toda la horda de burócratas que juegan cada día con nuestro dinero, bienestar y vidas.

El inflacionismo, causa última de la crisis

La mayoría de prestaciones suele consistir en la entrega de un bien o servicio a cambio de una contraprestación monetaria. Sin embargo, las leyes actuales en España establecen que el euro se configura como moneda de curso legal,1 esto es, cualquier deuda podrá saldarse en euros, con independencia de lo pactado.

Por si esta limitación fuera poca, el Banco Central Europeo se constituye como la única autoridad (monopolio) que puede autorizar la emisión de euros2 sin necesidad de que, además, estén respaldados por activos líquidos como el oro o las letras de cambio.

Estas disposiciones no sólo violan la autonomía de la voluntad para configurar la contraprestación monetaria, sino que, al mismo tiempo, favorecen una política de incumplimiento generalizado de las obligaciones pactadas: el inflacionismo.

El inflacionismo consiste en una política deliberada y sistemática de envilecimiento de la moneda que permite al deudor entregar un dinero de calidad inferior al que se había comprometido.

Aunque tradicionalmente el inflacionismo se ha implementado de maneras muy diversas (devaluación del contenido metálico de las monedas, impresión de nuevos billetes, devaluación del tipo de cambio…), la táctica más habitual en los últimos 40 años ha consistido en empeorar la calidad de los activos de los bancos centrales.

Las divisas son, en última instancia, pasivos del banco central (el hecho de que sean inconvertibles no modifica su naturaleza, del mismo modo que una emisión de deuda privada en suspensión de pagos no elimina su status de deuda). Como todo pasivo, su valor depende de la perspectiva de pago por parte de su emisor, lo que a su vez viene determinado por la calidad y cantidad de sus activos.

A partir del año 2001, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo propiciaron un rapidísimo envilecimiento de sus emisiones monetarias al aceptar descontar los activos de la banca comercial a unos tipos de interés ridículamente bajos (2% y 1% respectivamente). Dicho de otra manera, los bancos privados podían convertir en dólares o euros actuales el valor de sus activos (por ejemplo, préstamos hipotecarios) que viene justificado por flujos de caja futuros que todavía no se habían generado.

La consecuencia fue un crecimiento exponencial del crédito privado en forma de burbuja inmobiliaria, que provocó que los pasivos de los bancos centrales estuvieran respaldados por activos con un valor artificialmente inflado por la burbuja. Precisamente cuando esos activos han comenzado a resultar impagados (por ejemplo, las hipotecas subprime), el valor de los nuevos pasivos que respaldaban se vino abajo (reciente depreciación del dólar).

En última instancia, por tanto, la crisis económica actual es una consecuencia de la manipulación crediticia que practican unos bancos centrales monopolísticos sobre sus emisiones monetarias de curso legal.

En un sistema libre de divisas competitivas, el respaldo en oro o cualquier otro activo tangible hubiese limitado mucho antes la brutal expansión crediticia que dio lugar a las malas inversiones colectivas que ahora estamos purgando mediante la crisis.

Este artículo fue publicado originalmente en ElCato.org el 15 de octubre de 2008

Referencias:

1. “Los billetes y monedas denominados en euros serán los únicos de curso legal en el territorio nacional.”, art. 3.2 de la Ley 46/1998, de 17 de diciembre, sobre introducción del euro.

2. “El BCE tendrá el derecho exclusivo de autorizar la emisión de billetes de banco en la Comunidad. El BCE y los bancos centrales nacionales podrán emitir billetes”, art. 106 del Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea.

El rescate bancario lo pagará usted

Además, los Gobiernos se arrogan la potestad de comprar acciones de las entidades que así lo soliciten en caso de que requieran urgentemente capital para sanear sus deteriorados balances. Es decir, los contribuyentes asumirán las malas inversiones crediticias efectuadas por la banca al calor de la expansión crediticia desarrollada durante los últimos 15 años.

Pero vayamos por partes. ¿Culpables? Sí. Los bancos centrales, liderados por la Reserva Federal de EEUU (Fed) y el Banco Central Europeo (BCE), manipularon arbitrariamente los tipos de interés, situando el precio del dinero a niveles bajísimos durante un largo período de tiempo. No obstante, la masa monetaria en forma de billetes y depósitos (M3) ha registrado incrementos medios superiores al 10% anual durante los últimos años, llegando a multiplicar el volumen total de dinero que circula en el sistema.

Dicha sobredosis de liquidez se ha materializado a través de la concesión de créditos a un interés muy bajo. Este proceso, conocido en la teoría austríaca del ciclo como expansión crediticia, ha incitado a todos los agentes económicos (promotores, bancos, familias y empresas en general) a caer en grandes errores de inversión. El dinero fácil ha generado un elevado endeudamiento sin la necesidad de contar con un ahorro previo y ha atenuado en gran medida la percepción del riesgo que conlleva la realización de toda inversión o proyecto empresarial.

La abundancia de dinero es lo que ha originado las distintas burbujas, inmobiliarias, bursátiles y crediticias, que ahora están explotando a nuestro alrededor. Y es que, tarde o temprano, el mercado impone su ley, tras demostrar que la elevada rentabilidad que ofrecían ciertos negocios tan sólo era posible bajo el paraguas de la laxa política monetaria aplicada por los reguladores financieros.

El error aquí radica en que, si bien los bancos centrales tienen como principal misión controlar los precios de los bienes y servicios de consumo, no se han percatado, o no se han querido percatar, de que la inflación, en este caso, se ha materializado en una espectacular subida de precios en determinados activos, como los inmuebles o los títulos hipotecarios respaldados por éstos.

Ahora, el castillo crediticio se derrumba y con él los sectores que más han crecido al abrigo de la citada política monetaria, tales como la vivienda, la automoción, la bolsa, los fondos de inversión y productos derivados y, por su puesto, la banca. Como consecuencia, asistimos al actual crack. Un brusco ajuste que, a su vez, se traducirá en una intensa recesión y, posiblemente, un prolongado estancamiento económico.

Por ello, es más necesario que nunca depurar las malas inversiones y reorientar el ahorro de los ciudadanos hacia sectores de la economía más rentables y productivos. Sin embargo, la caída crediticia está tambaleando los cimientos del sistema bancario. Ante la crisis de solvencia financiera, que no sólo de liquidez, los Gobiernos se han lanzado al rescate. Primero de las entidades en quiebra y ahora del sistema en su conjunto.

En esencia, los recientes planes de nacionalización y garantía pública del mercado interbancario están trasladando al bolsillo de los contribuyentes el elevado riesgo asumido por ciertos sectores de la economía. La Espada de Damocles está ahora sobre nuestras cabezas. Las medidas aplicadas por los bancos centrales para frenar la crisis no han servido de nada, puesto que la raíz del problema no era la liquidez, y ante su incapacidad los Gobiernos (usted y yo) han tomado el relevo.

Las garantías gubernamentales se harán cargo de la abultada factura, sustituyendo el papel que, hasta ahora, correspondía a las aseguradoras de crédito privadas. En este sentido, la crisis se ha cobrado ya la insolvencia de compañías de la talla de AIG, Ambac o MBIA. Aseguradoras que, en la actualidad, están en situación de quiebra técnica. La cuestión ahora será dilucidar qué Estados se salvarán de la bancarrota.

Islandia ha sido el primer país en caer. Su Gobierno ha nacionalizado la banca del país y acaba de decretar un corralito. De hecho, ha recibido la ayuda financiera de Rusia. Pese a ello, su bolsa se ha desplomado más de un 70 por ciento y su moneda se ha depreciado en extremo. Hungría ha solicitado un crédito urgente al Fondo Monetario Internacional (FMI) y las dudas se ciernen ahora sobre algunos países del Este de Europa (Rumanía) y América Latina (Argentina), entre otros.

Y es que la deuda estatal y las divisas nacionales también cotizan en los mercados y su calidad depende de la situación económica del país, del la salud y equilibrio de las cuentas públicas y, en definitiva, de la confianza de los inversores. Muy bien, ya tenemos plan de rescate bancario. Y yo me pregunto, llegados a este punto y gastada la última bala, ¿quién nos rescatará a nosotros?

Zopa y el intervencionismo en EEUU

No obstante, casi todos los que lo han intentado apuntaron al "aplanamiento" del que hablara Thomas Friedman: en la web 2.0 podemos hacer por nosotros mismos cosas que antes requerían de una serie de intermediarios que, además, salían bastante caros los jodíos. Piensen, por ejemplo, en Bubok o Lulu, donde cualquiera puede autopublicarse un libro sin necesidad de pasar por una editorial.

Una de las actividades que más sorprende que se lleven a cabo, al menos en otros países, gracias a esa web 2.0, es el llamado P2P lending, que consiste en poner en una web a quienes tienen dinero para prestar y a quienes quieren un crédito para que lleguen a un acuerdo sin necesidad de intermediarios. Un eBay de los préstamos, por así decir. De todas las compañías dedicadas a esto (hay una española, PartiZipa, pero está limitada a la financiación de nuevas empresas), destaca por su veteranía la británica Zopa.

En estos momentos en que la práctica de los bancos de prestar a largo plazo el dinero que sus clientes depositan a corto está provocado quiebras por todo el mundo y un gasto público brutal que estaremos pagando durante décadas para evitar la desaparición del actual sistema financiero, parece que tiene sentido que quienes puedan dar un préstamo a largo plazo y quienes lo necesitan lleguen a acuerdos entre ellos de forma directa.

Estos días, los corresponsales que nada saben de economía y los periodistas progres que están encantados de haberse conocido no hacen otra cosa que echarle la culpa al capitalismo de la crisis que actualmente padecemos. En los informativos de Antena 3 –que se supone que es la única cadena de televisión nacional que no es de izquierdas–, la presentadora y el corresponsal en Estados Unidos se frotaban las manos relatando como "el país del capitalismo" se hacía europeo y copiaba las medidas de Gordon Brown. Como tantos mitos acerca del gigante norteamericano, presumir que no impone regulaciones y que las empresas operan allí sin restricciones es ridículo. Son los estadounidenses quienes aprecian más el capitalismo que los europeos y se comportan de una forma más acorde con ese sistema, más emprendedora. Eso es lo que hace de Estados Unidos un país, si se quiere, más "capitalista" que las naciones europeas. Pero en esto no tienen mucho mérito sus políticos y gobernantes. No digamos ya Bush.

De hecho, Zopa acaba de cerrar sus puertas en Estados Unidos. La razón es que no operaba allí de la misma manera que en Japón, Italia y Reino Unido, los demás países donde está presente. Debido a las exigencias regulatorias, todo el negocio debía pasar a través de una entidad financiera establecida y aprobada por las autoridades y éstas no pasan por el mejor momento, como todo el mundo sabe, así que los clientes serán recolocados en las distintas cooperativas de crédito con las que tuvo que asociarse. Así que aquello que puede hacerse en toda la reguladísima Europa no puede llevarse a cabo en los liberales y salvajemente capitalistas Estados Unidos.

Es mejor no creerse los mitos sobre Estados Unidos. Ni lo que se refieren a la pobreza ni otros muchos. Tampoco estaría de más dejar de creerse que el sistema capitalista es el culpable de esta crisis. Porque el sistema financiero es, en todo el mundo, un oligopolio regulado por el Estado que trabaja con una materia prima, el dinero, que es un monopolio gestionado por los bancos centrales. Pero supongo que es mucho pedir a la casta de opinadores profesionales de este país.

La crisis se llevará al PP al garete

Se reirán unos de otros porque la autoadmiración que se profesan les impide reírse de sí mismos. Nicolas Sarkozy fue el encargado de poner orden en este tronchante encuentro en el que, sin duda alguna, Zapatero fue uno de los protagonistas. ¿Pudo algún mandatario europeo evitar reírse del presidente español en las actuales circunstancias? ¡Imposible! Las carcajadas debieron ser sonoras cuando recordaban aquello de que hablar de crisis era –en mayo de este año– "antipatriótico, inaceptable y demagógico". El mismo Zapatero que afirmaba hace semanas que los españoles estábamos en el mejor barco para sortear la crisis provocada por Bush acude ahora a París tras aprobar deprisa y corriendo un plan "no necesario" (¡sic!) para comprar activos de la banca por 50.000 millones de euros. Yo es que me parto sin necesidad de estar en París.

Pero Zapatero no fue el único payaso de la cita. Hasta allí también se desplazó Ángela Merkel. La maquinista de la locomotora europea llegó a Francia anunciando a gritos la nacionalización de la banca germana y pidiendo que se hiciera lo mismo con la europea después de haber estado proclamando durante meses que "en Alemania no había peligro de recesión". Tampoco faltó a la cita Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea. Sin él la reunión no hubiese sido ni la mitad de tronchante. Me la juego a que nadie pudo evitar recordar que bien entrado el año 2008, Barroso seguía diciendo a los ministros de Economía y Finanzas del Eurogrupo que la crisis "no tendría consecuencias drásticas para la Unión Europea".

El presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, no quiso perderse esta desternillante cumbre sin quizás darse cuenta de que él sería el principal hazmerreír de la velada. Y es que cómo no iban los invitados a recordar que a principios de año Trichet "descartaba una crisis inmobiliaria en la Unión Europea". Este señor es la monda. Cuando ya no tuvo más remedio que reconocer que la crisis nos había tocado de lleno sólo se le ocurrió culpar a los Estados Unidos.

Lo que me choca es que Sarkozy no invitara a Joaquín Almunia. Su presencia hubiese permitido risotadas espectaculares. Hubiese bastado que alguien le recordara al comisario europeo su previsión oficial de finales de diciembre del año pasado asegurando con rotundidad que "descartaba crisis económica en 2008" para que las carcajadas se escucharan por todo el Sena.

Lo grave es que estos payasos del circo político europeo, que son quienes han provocado la crisis en la que estamos a través de sus políticas y regulaciones sobre nuestro intervenido sistema financiero, sean quienes vayan a diseñar un plan de salvación. Eso ya no debería hacer gracia a nadie.

¿Maquillaje para curar la ictericia?

– Doctor, desde hace unas semanas que tengo la piel amarilla.
– A ver… Sí. Le daré algo.
– No me va a hacer pruebas, análisis… no sé, tal vez sea ictericia o algo del hígado. ¡Estoy amarillo!
– Tranquilo, no hace falta. Lo único que ha de hacer es ir a un supermercado, se compra cualquier maquillaje, se lo aplica por la piel y el amarillo ni se le verá… Problema solucionado.
– Ehhh…

Esta es más o menos la solución que han tomado los Gobiernos de occidente para tapar la crisis financiera actual. Inyecciones de dinero, rescates y otras subvenciones no son soluciones de fondo a un sistema enfermo, son parches que no curan nada y que a la larga sólo provocan su empeoramiento.

En estos días hemos oído de todo. Estamos confiando nuestro destino y bienestar material a personas que tras sus ilustres cargos sólo ocultan a alguien con una cultura económica muy decepcionadle. Es el caso de Joaquín Almunia, que ha llegado a decir que el problema de fondo de la crisis es la avaricia. Prohibamos pues trabajar más para conseguir mayor sueldo, que nos podamos comprar mejores coches o dar mejor educación a nuestros hijos. La avaricia, señor Almunia, es un factor humano que nos pide maximizar nuestro bienestar material por medio de nuestro esfuerzo. Esta es la avaricia del libre mercado. La avaricia del socialismo es la que ahora vemos: la expropiación del dinero y la producción de unos (pagadores de impuestos) para otorgarlo a otros (consumidores de impuestos). Esa es la avaricia que fomenta el Estado, la de la fuerza y violencia del políticamente débil a favor del lobby y el "capitalismo de Estado".

Otros nos dicen que los rescates son injustos pero necesarios para salvar al sistema. Presuponen que el sistema actual de reserva fraccionaria gubernamental es el adecuado, pero que la economía no se sabe adaptar a ella, por lo que necesita de bomberos gubernamentales que les vayan a apagar el fuego con nuestro dinero. Quieren mantener el mismo sistema, pero con más controles, más Estado. Llevamos cien años así y las crisis siguen igual. El dinero barato de los bancos centrales, las políticas expansionistas y la economía dirigida es lo que nos ha llevado a esta situación.

La Escuela Austriaca nos enseñó que ni la avaricia del hombre corriente ni el de las empresas son las culpables de las crisis y ciclos, sino el monopolio de la moneda y el no respaldo de esta por ningún activo real. No se puede culpar a la gente por comprar pisos cuando los bancos les ofrecían préstamos baratos. Tampoco se puede culpar a las empresas por endeudarse y tampoco se puede culpar a los bancos por tomar las toneladas de dinero que creaban los bancos centrales. Todos ellos trataban de maximizar su bienestar material confiando en un sistema que es puramente insolvente y piramidal. El problema va más allá.

La Escuela Austriaca nos dice básicamente que la moneda ha de estar ligada a la productividad y no la productividad a la expansión de la moneda barata. De usar el último principio, el neoclásico y el del establishment, lo único que tendremos son ilusiones de crecimiento que algún día u otro tendrán que pasar cuentas con la realidad.

Los economistas del establishment defienden su modelo aunque, una y otra vez, veamos inexorables y violentos ciclos junto con crisis recurrentes que siempre se producen por lo mismo: falta de dinero en el sistema, desconfianza y, en definitiva, fuertes contracciones de la demanda que obligar a reajustar los precios a una velocidad de vértigo. Estos economistas no ven la enfermedad en su modelo económico, sino en el mercado y sociedad: avaricia, consumismo, exuberancias irracionales… La solución evidente a esta postura es expandir más la dictadura de la producción con más soviets que controlen a la gente, a las empresas y una economía más dirigista.

El sistema monetario está enfermo y no se va curar con maquillaje. Si no queremos dejar que ocurra lo mismo en el futuro hemos de apostar por un sistema sano, transparente y totalmente diferente. La historia nos muestra como el patrón oro fue un sistema muy sólido y sano, pero hay otros.

En realidad, sólo es cuestión de abolir el curso legal de la moneda estatal y permitir la privatización del dinero junto a un mercado monetario y financiero no intervenido. En el peor de los casos, si falla, al menos serán estas empresas quienes tendrán que tragarse sus malas gestiones y asumir irrevocablemente las consecuencias. Nosotros al menos mantendremos los activos reales respaldados que podremos comercializar en el mercado libre. No hará falta que ningún político de turno monte circos reuniéndose con la banca, aumentando el Fondo de Garantía de Depósito como si esto fuese la solución mágica a todo o apostando por rescates totalmente opacos que nadie sabe cómo se articularán y que vamos a estar pagando durante años a un alto precio.

De no ser así, volveremos a ver esta crisis en el futuro donde los malos gestores serán los ganadores de la crisis. Tal vez la imagen que más representa el sistema neoclásico actual es la fiesta de 450.000 dólares que se han dado los directivos de AIG para celebrar el rescate a costa del contribuyente. Algo así no se ha de repetir.

La rehabilitación del oro

La superstición colectiva, espoleada por economistas como Keynes y Friedman, acusó al oro de facilitar las terribles quiebras bancarias. La historia parecía acreditar que el metal amarillo era una bárbara reliquia que sólo sobrevivía gracias a los bajos instintos del personal. Ya en el s. XIX, se decía, los efectos destructivos del oro eran suficientemente conocidos, debido a las numerosas y recurrentes quiebras de bancos.

La conclusión lógica de este desaguisado era evidente: si queríamos tener un sistema monetario y financiero estable, debíamos prescindir del oro. En su lugar, la moneda de curso legal debían ser los billetes fiduciarios que emitieran los diferentes bancos centrales, especialmente la Reserva Federal. Se suponía que expropiando a los ciudadanos la potestad para decidir qué era dinero y qué podían hacer en cada momento con él entraríamos en una nueva era de prosperidad, sin ciclos económicos y, sobre todo, sin las temidas quiebras bancarias.

Durante los 90 Japón emitió algunas señales de que el niño no era tan bonito como lo pintaban. Sí, con una moneda fiduciaria también era posible que los bancos se volvieran insolventes y que las crisis no se resolvieran con un golpe de mano del banquero central de turno.

Aquélla fue también la década de el Maestro. Greenspan encandiló al mundo con sus tejemanejes. ¿Que la economía se desaceleraba? El Maestro sólo tenía que bajar los tipos de interés, como de hecho hizo en 1991-1992 y 2001-2003. ¿Que la economía generaba burbujas inflacionistas? El Maestro sólo tenía que subir los tipos, como hizo en 1994, 1999-2000 y 2004-2005.

¿Quién podía oponerse a un manejo tan científico y exacto de los flujos monetarios y financieros? Crecimiento e inflación habían dejado de ser parámetros problemáticos con la todopoderosa sabiduría de Greenspan. Incluso el precio del oro se derrumbó en aquellos maravillosos años 90, en una aparente pleitesía al Mesías monetario. La modernidad del dinero fiduciario había terminado por triunfar sobre la antigualla del oro.

Pero parece ser que, en última instancia, lo único que relucía realmente era el oro. Ni se aprendieron correctamente las lecciones de la Gran Depresión ni, mucho menos, se quisieron extraer las pertinentes conclusiones del caso nipón en un momento en que EEUU estaba encandilado por el salto tecnológico de internet. No es casual que durante la actual crisis económica el precio del oro se haya disparado, hasta casi doblar el registrado en 2004.

Pocos economistas están dispuestos a prestar importancia a este hecho enormemente significativo. Si el oro dejó de ser dinero cuando Nixon cerró la ventanilla de Bretton-Woods, si el oro es una bárbara reliquia, si no tiene sentido que los bancos centrales tengan reservas del metal amarillo, ¿por qué los agentes del mercado se afanan en adquirirlo en momentos de crisis financiera? La respuesta rápida, arrogante y habitual es que se trata de un valor refugio. Pero eso no resuelve la incógnita; es más, ¿qué significa eso? Pues exactamente lo que los economistas académicos han querido negar durante décadas: que el oro ha sido y sigue siendo el dinero por excelencia de Occidente, pese a todos los infundios que se han esparcido sobre él.

Entre todos esos infundios destacaba uno que acaba de hundirse definitivamente: ése que decía que sólo el patrón oro abocaba a quiebras bancarias generalizadas. Tras las quiebras de Northern Rock, Bear Stearns, Lehman Brothers, Merrill Lynch, Wachovia o Washington Mutual, quizá debiera revisarse la idea de que el patrón oro fue el responsable de las quiebras durante la Gran Depresión.

No es cierto que la Fed fuera incapaz en 1930 de evitar el colapso de las entidades de crédito por las ataduras del metal amarillo. Nada habría cambiado en caso de que hubiera tenido libertad para expandir ilimitadamente la cantidad de dinero, ya que, al contrario de lo que dijo Bernanke en 2002, no es cierto que el Gobierno disponga de una imprenta que le permita devaluar el dólar hasta forzar la recuperación económica (a menos que equipare recuperación con hiperinflación y con la destrucción del sistema financiero).

Lo que estos economistas parecen ignorar es que los bancos centrales sólo pueden inyectar en la economía –y transitoriamente– liquidez, pero no capital: la Fed ni crea nuevos puestos de trabajo ni genera ahorro. Cuando, como sucede ahora o como ya sucedió en la Gran Depresión, los bancos se vuelven insolventes (es decir, el valor de sus activos cae por debajo del de sus pasivos), su rescate sólo puede pasar por una redistribución (voluntaria o coactiva) de la riqueza. Alguien debe destinar sus ahorros a recapitalizar el banco asumiendo las pérdidas que arroje en la actualidad.

Durante el último año, Bernanke ha actuado tal y como le hubiera gustado que actuara la Reserva Federal en 1930. Ha hundido los tipos de interés, ha inyectado tanta liquidez como le ha sido posible y ha depreciado el dólar. El fracaso de esta política ha sido patente: los bancos han seguido cayendo en cascada.

De hecho, el Plan Paulson, aprobado la semana pasada por el Congreso, supone la constatación del fracaso definitivo de la Fed. Finalmente, Bernanke ha entendido que la política monetaria no servía de nada (tampoco hubiera servido durante la Gran Depresión), ya que los bancos no necesitaban que la Fed les prestara continuamente dinero, sino que alguien invirtiera nuevo capital en ellos. Ese alguien, para Bernanke y para la burocracia estadounidense, debía ser el Tesoro de EEUU.

Así pues, el corsé del patrón oro no fue el culpable de la Gran Depresión. La Fed habría sido tan incapaz de rescatar a los bancos entonces como lo ha sido ahora. En ambos casos, la responsabilidad de las crisis radica en las malas prácticas financieras (endeudarse a corto plazo e invertir a largo) incentivadas y respaldadas por la banca central.

La virtud del patrón oro es que pone coto a las excesivas expansiones crediticias y reduce así el número y la extensión de las malas inversiones. Es un ancla que liga la economía financiera con la real y limita la formación de casinos en forma de burbujas o derivados financieros. Por eso la crisis actual amenaza ser devastadora. El destierro del oro no supuso un progreso hacia la estabilidad monetaria, sino un suicidio en toda regla de la arquitectura financiera.

Los que durante años han despreciado al oro recurriendo a argumentos pueriles deberían reflexionar sobre su responsabilidad en esta crisis y, quizá, empezar a replantearse su opinión sobre qué papel debería desempeñar el metal amarillo en el sistema monetario que, en unos años, deberá sustituir al actual.

¿Cuánto durará la crisis económica?

El declive económico comenzó a percibirse a finales de 2006, momento en el que el mercado inmobiliario nacional empezó a registrar su particular caída tras casi una década de crecimiento exacerbado (debido, entre otros motivos, a la entrada de España en el euro y la consiguiente expansión crediticia que tuvo lugar a partir de entonces).

A ello se sumó a mediados de 2007 el estallido de la crisis subprime en EEUU que, lejos de ser la causa, constituyó el primer efecto visible de la crisis financiera internacional que está teniendo lugar en estos momentos. Desde entonces, la insolvencia bancaria está provocando una falta de liquidez sin precedentes que, como consecuencia, da lugar a una fuerte restricción del crédito a familias y empresas.

La coexistencia de ambos fenómenos, independientes e interconectados al mismo tiempo, está golpeando con gran dureza la economía del país. Además, el elevado endeudamiento privado, junto al incremento de la deuda pública y el desequilibrio presupuestario que tendrá lugar en 2009 y 2010, sitúa a España en peores condiciones que el resto de países de nuestro entorno para afrontar la actual situación. Y ello, pese a que el Gobierno insista en defender unas fortalezas de las que carecemos, con un discurso basado en una confianza del todo irreal.

De este modo, la economía española apenas está experimentando el inicio de la crisis. Estamos en el comienzo, no en el final. Ignoren el mensaje engañoso del Ejecutivo afirmando que la deseada recuperación tendrá lugar a mediados de 2009 ya que, por desgracia para muchos, no será así. Hoy por hoy, la crisis económica está garantizada, como mínimo, hasta 2012. A partir de entonces todo dependerá de la salud en que se encuentre el sistema financiero internacional y de la necesaria corrección del mercado inmobiliario español.

Es decir, la crisis en España se prolongará, al menos, durante cinco años y después todo dependerá de diversos factores, tanto internos (políticas aplicadas hasta el momento) como externos (crisis financiera). El problema consiste en que el país acaba de vivir la mayor burbuja inmobiliaria de la historia, al tiempo que ha explotado la mayor burbuja crediticia internacional desde el crack de 1929. En este sentido, los datos indican que la recuperación del ladrillo, principal motor de crecimiento durante la última década, no tendrá lugar hasta que se diluya el abultado stock de viviendas existente en la actualidad, y que supera los 1,5 millones de pisos.

Si el ritmo de ventas se mantiene en las 300.000 unidades anuales, el mercado de la vivienda en España comenzaría a normalizarse dentro de 5 años. Eso sí, siempre y cuando no se construyese ni un solo edificio más. En este sentido, cabe recordar que la última crisis económica que sufrió el país se prolongó desde 1992 hasta 1997 y en parte la recuperación se debió entonces a la entrada en la UE.

Durante esos años la tasa de paro llegó a situarse muy por encima del 20 por ciento de la población activa. La gravedad de la actual situación radica en que, a pesar de que la crisis acaba de comenzar, la economía española se enfrenta ya al peor ritmo de destrucción de empleo de los últimos 30 años, al tiempo que la debacle inmobiliaria amenaza con superar el brusco ajuste de aquella etapa.

Siendo esta crisis mucho peor que la de entonces, es evidente que la particular travesía por el desierto se prolongará, como mínimo, un lustro. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta otros factores de riesgo que amenazan con prolongar la agonía. Así, la duración de la crisis financiera y la restricción del crédito, el elevado déficit exterior, la apuesta por un sistema energético insostenible centrado en el desarrollo de las energías renovables, la posibilidad real de que el ladrillo español experimente un estancamiento similar al de Japón y todo ello unido a la inexistencia de reformas estructurales de calado por parte del Gobierno para atenuar los efectos de la crisis (sobre todo en materia laboral y fiscal), pintan un escenario pesimista a medio y largo plazo.

Es decir, visto lo visto, ojalá la crisis económica en España dure tan sólo cinco años. Por desgracia, mucho me temo que serán más.

Progrefascismo

Ocurre, desde luego con la hidra fascista, ideología a la vez nueva y antigua (como todas), que vivió sus mejores días en los peores de Europa, para ser derrotada por las armas, por la política y por la historia. En su forma más pura ha quedado para satisfacer los instintos de unos cuantos inadaptados. Pero con el traje progresista (que siempre estuvo en su armario) vive una enésima juventud y en ciertos aspectos es una ideología de masas, un canon político y moral del que muy pocos se zafan. Vivimos la era del progrefascismo.

Fui injusto al llamar fascista a Zapatero. Él no es ningún ideólogo. Zapatero vadea el cenagal ideológico de la izquierda en el que flotan los cuerpos que alimentaron aquella izquierda, los más y los menos nobles, desde la fe en la capacidad transformadora de una razón sin ataduras en la historia o la naturaleza humana al comunismo o, sí, al fascismo. Zapatero se impregna de todo ello como lo hace la propia izquierda. 

El ropaje progresista le da al fascismo un aire de superioridad moral desconocido desde hace siete décadas. No me tengo que ir muy lejos, que para ello soy lector habitual de El País. El sábado publicaba un artículo titulado muy oportunamente Liberalismo, tabaquismo y democracia, pues con esta breve enumeración señalaba las tres cosas contra las que escribía Manuel Arias Maldonado. Recordaba la Ley Antitabaco para dolerse de que España, ya se sabe, es un cachondeo. Esta tierra anarquista e individualista (dicen) no respeta la autoridad. Si nos prohíbe fumar en tal o cual sitio, luego va la gente y hace cada uno de su capa un sayo y la malhadada ley se incumple sin recato. Aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío. Esto se tiene que acabar. ¿Que la ley es ineficaz por tal o cual ambigüedad? Acabemos con todas las ambigüedades: "Desde luego, este decepcionante resultado demuestra que sólo una norma que imponga sin distingos la prohibición absoluta de fumar en cualquier espacio público puede ser eficaz". Prohibición total. A la libertad, ni un resquicio por el que colarse.

Para apuntalar esta propuesta progrefascista, el autor destapa todas las viejas esencias: la condena moral de las costumbres hedonistas de la juventud, la intolerable pretensión de anteponer la necesidad privada al interés general, la pretensión de formar parte del destino manifiesto de la historia frente a los valores "antiguos", la preeminencia de la salud y el medio ambiente, la falta de respeto a la autoridad… una gozada de artículo; no falta nada. Y en la Página cuatro de Opinión de El País.

Cuando Oriana Fallaci recogía la idea de que "hay dos tipos de fascistas: los fascistas y los antifascistas" no estaba tan desencaminada.

Las hiperinflaciones bajo el oro

Aunque suele describirse la hiperinflación como un período de crecimiento de los precios a elevadas tasas, resulta más adecuado definirla como el proceso de desmonetización de un activo por el cual deja de cumplir su función de depósito de valor.

Las enormes subidas de precios asociadas a las hiperinflaciones son sólo una consecuencia de lo anterior: los activos desmonetizados comienzan a desatesorarse masivamente y a intercambiarse por cualesquiera otros activos, especialmente aquellos que conserven mejor el valor.

La hiperinflación, por tanto, equivale a la muerte de la moneda y destruye los patrimonios de quienes tenían saldos líquidos en esa moneda. Esta muerte de la moneda se produce siempre que sus propiedades sufren una degradación tan grande como para incentivar a sus tenedores a que adquieran otros activos que cumplan mejor estas propiedades.

Una de las propiedades más importantes del dinero era su escasez relativa, esto es, que la relación entre el stock atesorado de dinero y su producción anual fuera muy alta. De este modo se evita que se produzcan grandes oscilaciones en el valor del dinero que ponga en riesgo el valor de los patrimonios de sus tenedores.

Ya vimos que el oro era uno de los activos con una proporción stock/flujo más elevada: su stock está integrado por todo el oro extraído de las minas a lo largo de la historia de la humanidad. En principio, este enorme stock ofrece garantías de que el precio del oro no se hundirá por los aumentos anuales de su oferta; sin embargo lo mismo podría decirse del papel moneda: si se limita su emisión anual a una fracción del stock existente, su precio no tendría por qué experimentar grandes variaciones.

No obstante, hay una diferencia esencial entre los incrementos de la cantidad de oro y los incrementos de cantidad de papel moneda: al menos hasta el momento, la primera tiene una vinculación mucho más directa con el proceso productivo que la segunda. La extracción de oro necesita de trabajadores, maquinaria y recursos naturales que deben sustraerse de otros procesos productivos; por el contrario, una vez se dispone del equipo para producir papel moneda, el coste de producir una unidad adicional es prácticamente cero (no digamos ya en el caso de las monedas virtuales cuya existencia depende de una anotación contable).

¿Por qué esto es importante? Básicamente porque el señoriaje (la diferencia entre el valor adicional de una unidad monetaria y su coste marginal) del papel moneda sólo se vuelve negativo sólo cuando se ha destruido el sistema monetario, mientras que bajo el patrón oro el margen de señoriaje se extingue con bastante rapidez.

El incremento sostenido de la cantidad de oro implica que los mineros tendrán que percibir mayores salarios, que la amortización de la maquinaria minera se incrementará y que tendrá que avanzarse hacia las vetas de peor calidad. El coste marginal de producir oro es creciente ante incrementos en la cantidad de oro. En última instancia, el coste de producir una nueva onza de oro será superior a la propia onza, de modo que la explotación minera se cerrará hasta que se produzca un incremento del valor del oro o una caída en los costes (por ejemplo, mediante el hallazgo de vetas más accesibles o con el descubrimiento de tecnología más productiva).

En cambio, en un sistema de papel moneda, el coste marginal de producir un nuevo billete es prácticamente cero. Pueden producirse grandes cantidades adicionales de papel moneda sin necesidad de contratar nuevos trabajadores o adquirir nuevas imprentas. El margen de señoriaje sólo desaparece cuando el valor del papel moneda se acerca a su coste marginal, es decir, cero (lo que implica la desaparición del sistema monetario). Parafraseando a Mises, el señoriaje se agota cuando el valor del billete cae por debajo del valor del papel (Todo lo dicho sobre el papel moneda puede aplicarse, corregido y aumentado, para el caso del dinero virtual).

Las hiperinflaciones bajo el patrón oro, por consiguiente, tienden a abortarse de manera endógena, con o sin la participación del emisor de moneda (al menos, con el sistema productivo actual). Por el contrario, en un régimen de papel moneda la hiperinflación sólo puede detenerse a través de un compromiso claro y creíble del emisor para defender el valor de su billete (los llamados procesos de "estabilización" monetaria).

Por este motivo, el oro es un dinero mucho más seguro frente al riesgo de desmonetización que el papel moneda o el dinero virtual siendo, en este sentido, un mejor dinero.