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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Menos rescates y más quiebras

El pasado 19 de septiembre la SEC (Securities and Exchange Commission), equivalente a la CNMV española, prohibió tomar posiciones cortas en 799 compañías, esto es, no permitió que nadie pudiese vender y luego comprar esas empresas. Con esta acción querían evitar más caídas en la bolsa. Ni siquiera dos semanas después, el Dow Jones registró la mayor caída en puntos de su historia, casi 800, equivalentes a un 7%. Los grandes traders se dedicaron a vender futuros, comprar opciones put (opciones de venta) y adquirieron ETFs bajistas. La razón que les llevó a actuar así es bastante clara. El regulador americano, con la prohibición, admitió un serio peligro en el mercado a corto plazo por lo que muchos hicieron lo que pudieron para empezar a salir o encontrar herramientas que les permitiesen estar bajistas durante un tiempo. De hecho, pocos días después del prohibición, muchos confidenciales americanos, publicados por hedges funds, recomendaron abrir cortos del S&P 500 hasta los 1.000 puntos. En los días siguientes el S&P 500 bajó un 12% llegando a tocar los 1.100.

Aquí en España, la CNMV no prohibió las ventas al descubierto, pero sí que obligó al sector financiero a publicar los títulos en que se encontraban a la baja. Las principales posiciones cortas de los grandes hedge funds salieron en toda la prensa económica, confidenciales de Internet, foros… lo que generó de inmediato el miedo entre los accionistas y clientes de las entidades que salieron en el informe de la CNMV. ¿Algún regulador se preguntó antes de adoptar esta medida si sería más perjudicial que beneficiosa? No importaba demasiado, era una cuestión de imagen y propaganda.

A todo esto, desde ya hace una semana que se palpa en los mercados y mundo financiero de España el temor a una corrida bancaria —retirada masiva de fondos en los bancos por parte de sus clientes. En reacción, ya han salido todos los burócratas y lobbies financieros a tranquilizar a la gente, algo que también puede generar más desconfianza que seguridad.

Sigamos. Otra de las ya recurrentes acciones de salvamento son las inyecciones de liquidez, que se han vuelto a disparar en las últimas semanas dejando el mercado loco. Por ejemplo, el tipo overnight expresado en dólares —el prestado a un día para el otro— llegó a primera hora del martes de esta semana a superar el 9% cuando su nivel tendría que estar entorno al 2%. Esto ya muestra lo inestable que está el mercado en el corto plazo. Las inyecciones de liquidez fueron tan brutales ese mismo día que por la noche la rentabilidad bajó al 0,75%. Al día siguiente, miércoles, se volvió a disparar superando el 4%. ¿A esto llaman los bancos centrales estabilización de precios?

El Gobierno Zapatero hace lo mismo pero con otro sector estratégico, el inmobiliario. De momento ZP se ha lanzado a conceder financiación barata para los promotores inmobiliarios mediante préstamos del ICO. Los principales beneficiados no serán los ciudadanos, sino los propios promotores (los bancos) debido a que algunos préstamos del ICO tienen buenos márgenes bancarios, y además el propio ICO, que en el primer trimestre de 2008 tuvo un beneficio superior a los 26 millones de euros. ¿Y cómo se pagan todos estos regalos? Se calcula que para el año que viene el Gobierno tendrá que subir los impuestos del IRPF 400 euros más al hombre de la calle.

Arreglando así las cosas, más nos vale que los políticos y burócratas monetarios no hagan nada excepto dejar quebrar a las malas empresas en lugar de tener que redistribuir las pérdidas hacia el contribuyente o incluso sus hijos (recuerde: deuda pública). Señores políticos, menos rescates y más quiebras.

La fatal arrogancia del dirigismo financiero

El mundo financiero está intervenido ad nauseam. Por eso quienes atribuyen la actual crisis internacional un exceso de liberalismo derrochan fantasía. En un intento por suplantar al orden espontáneo del libre mercado se ha ido otorgando a lo largo del último siglo el privilegio de gobernar el sistema a toda una casta de funcionarios y políticos, dotándoles de amplios poderes discrecionales para, supuestamente, velar por la salud de las monedas y aminorar las crisis financieras. El mismo hecho de que se nombre a una persona para alguno de estos cargos parece insuflarle una infinita clarividencia a los ojos de la ciudadanía. Los hechos, como vamos a ver, apuntan a una realidad bien distinta.

En marzo de 2007, cuatro meses antes de que se desatara la crisis financiera internacional, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, aseguró en el Congreso de los Estados Unidos que “los problemas en los mercados subprime estaban contenidos”. Es más, se atrevió a afirmar que el aumento de las ejecuciones hipotecarias no tendría un impacto en la economía en general. Aún en mayo el gran monopolista monetario seguía en sus trece. En julio, cuando empezaba a reventar la burbuja que su institución había alentado durante años con la política de “crédito para todos” sin respaldo de ahorro real, Bernanke indicó que las pérdidas del sector hipotecario podría llegar a sumar entre 50.000 y 100.000 millones de dólares. Su nula capacidad predictiva y la de todo el servicio de estudios de la Fed volvía a quedar en evidencia en menos de dos semanas al confirmarse suspensiones de pagos en el sector hipotecario que superaban sus previsiones.

Así llegaron las grandes inyecciones de “liquidez” durante el mes de agosto del pasado año que Bernanke presentó como la necesaria y definitiva solución a todos los males del sistema. Sin embargo, lejos de arreglarse, los problemas financieros se agravaron y desde entonces el ciudadano de a pie ve cómo el poder adquisitivo de su dinero se evapora. Pasado el verano, helicóptero Ben, como ya se le conocía popularmente por su decisión de arrojar todo el crédito que hiciera falta desde la Fed, se desdecía de todos los pronósticos anteriores y anunciaba la llegada de una crisis general. A partir de entonces y hasta finales de año sus empleados se encargaron de cavar una nueva trinchera y en enero de 2008 el presidente la inauguraba asegurando “no barajar la posibilidad de una recesión en EEUU”. A los que no confiamos en lo que cuentan los monopolistas, el anuncio nos hizo pensar que la recesión estaba al caer. Jean-Claude Trichet, por su parte, aseguró por aquellas fechas que el Banco Central Europeo que él preside ya había tomado “las decisiones que hacían falta” y descartaba una crisis inmobiliaria en Europa. Está claro que o bien las escuelas de banqueros centrales son un desastre o bien la honestidad es el valor al que menos atención prestan.

La ineficacia de las anteriores intervenciones sobre el ya de por sí intervenido mercado financiero llevaron durante las pasadas semanas a Bernanke y a Paulson a intentar calmar los mercados rescatando todo tipo de empresas poco después de haber asegurado que había que dejar caer a las instituciones financieras que quebraran. De esta manera los “sabios” dirigentes anulaban los incentivos para adoptar comportamientos prudentes en el futuro. Como era de esperar, quienes hacía unos meses no entendían que los Estados Unidos iban a entrar en una gran crisis, difícilmente iban a poder saber ahora cómo sacar al país del atolladero. En efecto, los rescates de la Reserva Federal y del Tesoro se convirtieron en los siguientes fracasos de los dirigentes del sistema financiero.

A día de hoy, los banqueros centrales siguen gozando inexplicablemente del crédito de muchos. Ahora Bernanke y Paulson intentan convencer al legislador de la necesidad de que una macro agencia estatal compre los activos bancarios de mala calidad con gigantescas emisiones de deuda pública que socializarán las pérdidas y hundirán el valor de la deuda y del dólar. Es más, quienes hace apenas unos días aseguraban que a pesar de la crisis el sistema financiero estadounidense era sólido decían esta semana a los senadores que “podemos estar literalmente a días del completo derrumbe de nuestro sistema financiero”. ¿Todavía hay alguien que crea que los planificadores pueden sustituir al complejo orden espontáneo de un mundo financiero libre?

Gobernados por inútiles

Aún en otoño del año pasado Bernanke se desgañitaba tratando de explicar que la crisis no sería importante. Pero dejemos a los norteamericanos con sus problemas y veamos qué clase de dirigentes económicos y financieros tenemos a este lado del Atlántico.

Empecemos con Almunia, quien en octubre de 2007 restó importancia a los pronósticos negativos de los pocos analistas que llevaban la contraria a los servicios de estudio de los bancos centrales, de la Comisión Europea y de los ministerios de economía. A finales de ese mismo mes, Europa Press difundía unas declaraciones del comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE en las que "descartó la posibilidad de que se pueda producir una crisis económica" en 2008. Por si no quedaba clara su posición, Almunia puntualizaba que "no se puede hablar de crisis, ya que se va a seguir creciendo" a buen ritmo. Además, profetizó que la zona euro crecería en 2008 entre el 2% y el 2,2% mientras que España lo haría a una tasa muy superior. Para terminar de meter la pata, el político socialista decidió anticipar la evolución de la inflación. Según el dirigente económico y monetario de la Unión Europea, las subidas de precios irían remitiendo en los primero meses de 2008.

Un mes más tarde el comisario Almunia insistía en la solidez de los fundamentos económicos europeos, aunque ahora lo que negaba era que fuésemos a vivir una recesión en los países de la Unión. Es más, fundamentaba sus optimistas previsiones en que disponía de "información sobre los indicadores de actividad económica que no señalan riesgos de recesión". Ahora supongo que habrá que preguntarse cómo se elabora esa información sobre la que nuestros burócratas tratan de predecir el futuro sin ningún éxito.

También a comienzos de este año el vicepresidente segundo del gobierno y ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, afirmaba que cuando la gente habla de crisis o de recesión "se está exagerando mucho". Pero si rebobinamos hasta septiembre de 2007 nos encontramos con un Solbes vaticinando el final de la escalada del Euribor y descartando una crisis hipotecaria en España. No está mal para quien habla como si estuviera por encima del bien y del mal. Claro que comparado con las idioteces que suelta su presidente en materia económica dentro y fuera de España cualquiera parece un sabio.

Pero no creamos que nuestros políticos y funcionarios son los únicos ineptos. En septiembre de 2007, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, descartaba una crisis inmobiliaria en Europa porque el mercado inmobiliario europeo, según él, no es comparable al de Estados Unidos y porque el BCE ha tomado "las decisiones que hacían falta". También la canciller alemana, Angela Merkel, se aproximó mucho al ridículo que han protagonizado Zapatero y Solbes al asegurar a finales de enero de este año que "no hay indicios ni peligro de una recesión en Alemania".

¿Cómo es posible este nivel de ineptitud en personas que llegan a lo más alto de la gestión de las finanzas públicas? Personalmente no creo que todos estos políticos y altos funcionarios sean tontos de remate, aunque sí tengo el convencimiento de que son inútiles para el desempeño de las tareas que la clase política les ha asignado.

El problema es que manejan teorías totalmente inadecuadas para analizar un sistema financiero cuyo diseño institucional es, para colmo, más que deficiente. Si Trichet, Solbes, Merkel o Almunia salvan el pellejo después de sus desastrosas gestiones y sus pésimos pronósticos, bien harían en obviar los que sus aduladores servicios de estudio les cuentan y prestar más atención a lo que dicen los organismos independientes, como el Observatorio de Coyuntura Económica, que con otras teorías sí advirtieron de la gravedad de la situación y ofrecieron soluciones que no implicaban estafar de nuevo al contribuyente. A lo mejor entonces empiezan a entender dónde está el origen del problema, mejoran sus pronósticos y nos obsequian con una auténtica liberalización del sistema financiero internacional. Quién sabe, la esperanza es lo último que se pierde.

La caída de un imperio

Aunque esta visión de la larga decadencia del Imperio Romano sigue siendo la más extendida, hubo historiadores y economistas que nos dieron visiones alternativas. Éstos nos dicen que la entrada de bárbaros en las filas romanas fue en todo caso una consecuencia, pero no la razón principal.

Para el economista Ludwig von Mises, la caída del Imperio se debió a la manipulación de la moneda con el objetivo de enriquecer al Estado y un creciente número de leyes que regulaban el mercado. En La acción humana Mises apunta que: "Apelar a la coacción y compulsión para invertir la tendencia hacia la desintegración social era contraproducente ya que la descomposición [del Imperio] precisamente tenía sus orígenes en el recurso a la fuerza y la coacción. Ningún romano fue capaz de comprender que la decadencia del Imperio era consecuencia de la injerencia estatal en los precios y del envilecimiento de la moneda".

Algunas de las medidas esperpénticas que llegaron a usar los emperadores romanos fue el castigo a quien osara abandonar la ciudad, la nacionalización del comercio de grano, la regulación de los precios agrícolas y del sector naviero, el aumento y la creación de nuevos impuestos sobre todo a partir del siglo III d.C. (sobre las herencias, sobre los bienes para sufragar los gastos militares, para la creación de más espectáculos y obras públicas, para la pensión de soldados veteranos…). A esto se sumó un continuo envilecimiento de la moneda para obtener mayores beneficios de "señoraje" (diferencia entre el valor nominal de la moneda y sus costes de fabricación).

La actual crisis financiera tiene su origen en los mismos puntos. La hiperregulación que van sufriendo los países de Occidente desde hace más de 100 años y el total abandono de un sistema monetario sano y transparente como el patrón oro por otro oscuro, manipulado y fraudulento como es el sistema de reserva fraccionaria gubernamental (la privada no tiene por qué ser nociva) está dando sus frutos.

Pasados más de 1.500 años, la historia se vuelve a repetir. No es la única vez, ya ha ocurrido antes. Ahora los dirigentes americanos consideran que la actual crisis no se debe a sus políticas monetarias expansivas, barreras al libre comercio, economía dirigida, cargas impositivas o al continuo envilecimiento de su moneda con inflación crediticia. Para ellos, la solución a la crisis es más de lo mismo. Han construido un plan que si se aprueba tirará el dólar por los suelos y puede crear una inflación impresionante. El rescate se sufragará vía deuda básicamente, que significa más impuestos para el erario americano y sistemas productivos menos eficientes y rentables ya que se desvían al Estado. A esto suman una ola de leyes penalizando las libres transacciones comerciales y financieras y los nuevos soviets reguladores, que necesitarán de más dinero público.

Puede que este sea el fin de Estados Unidos como imperio, o al menos tal y como lo conocemos. Esto no es algo que se vea de forma rápida, pues requiere que pasen muchos años, pero la tendencia que están siguiendo los burócratas americanos es la misma que los emperadores y funcionarios romanos en el siglo III.

De aquí a 1.000 años, tal vez, se atribuya la decadencia del imperio americano, si es que se produce, a la inclusión de soldados extranjeros y mercenarios en su ejército, como por ejemplo los de Blackwater (muchos no son americanos). Es la explicación que ahora se da de la decadencia del Imperio Romano. Si es así, podremos afirmar que el amor del hombre por la represión política y búsqueda de soluciones donde no las hay es preocupantemente patológica. Al menos, nosotros sabremos que la única fuente de las crisis sólo se explica a través del intervencionismo económico, Gobierno omnipotente y el total desprecio hacia la libertad y propiedad privada. En pocas palabras, al triunfo del socialismo y capitalismo de Estado.

Acreedores

Son muchos los momentos a lo largo de nuestra vida en que utilizamos monedas y billetes de curso legal. Normalmente los empleamos para liquidar nuestras deudas, y, a su vez, los aceptamos cuando son los demás los que tratan de saldar las suyas. Estamos tan acostumbrados a utilizarlos que rara vez nos damos cuenta de lo que representan. Sabemos que, gracias a distintas normativas, tienen una función liberadora en el pago de deudas, aunque rara vez nos paramos a analizar los billetes en sí.

Para determinar su significado, deberíamos acudir al balance de la entidad que los emite, el banco central. En el balance de situación se refleja la situación patrimonial de una empresa, es decir, sus bienes, derechos y obligaciones. Éste aparece dividido en dos secciones, el activo (los bienes y derechos de los que es titular el banco emisor) y el pasivo (el origen de dicho activo). Analizándolo, podemos observar que los billetes emitidos por el banco central aparecen en el pasivo.

El pasivo, a su vez, puede considerarse de dos clases, el pasivo exigible (lo que la empresa debe a sus diversos acreedores) y el neto patrimonial (los recursos propios de la empresa, dicho de otra manera, lo que han desembolsado sus accionistas más los beneficios no repartidos). Puesto que no somos accionistas del banco central, ser tenedores de sus billetes nos transformaría en acreedores. Esta posición podría quedar más clara si acudimos a la leyenda que figuraba, por ejemplo, en los antiguos billetes de peseta, donde se podía leer “El Banco de España pagará al portador … pesetas”.

No obstante, esta posición acreedora se ve matizada por el hecho de que no puede saldarse. De un lado el banco central reconoce que el tenedor de billetes es un acreedor, pero por otro lado, si acude a él para cobrar la deuda, se encuentra con la ironía de que la legislación del país le impide cobrarla.

Si siguiésemos analizando el balance del banco central podríamos obtener otros datos de interés. Normalmente, cuando se concede un préstamo a una empresa se miran dos factores. El primero de ellos sería la capacidad de generar beneficio del prestatario, para asegurarnos de que puede devolver el préstamo, y el segundo sería su patrimonio neto, a fin de poder ejecutar el préstamo en caso de impago. Si analizamos el activo podemos mirar que la composición patrimonial del banco central es muy peculiar, al componerse en su mayoría de billetes (tanto propios como ajenos), y de préstamos concedidos a otros bancos. Apenas una leve fracción del activo se corresponde con bienes reales (fundamentalmente oro).

Por tanto, si quisiéramos cobrar nuestra deuda contra el banco, la normativa legal no lo impidiese, y éste no desease pagar, nos encontraríamos que a la hora de ejecutar el préstamo obtendríamos fundamentalmente billetes que volverían a ratificar nuestra posición acreedora. Es decir, cobraríamos nuestro pagaré con otro pagaré.

El mecanismo por el que se ha llegado a esta situación ha sido largo y gradual. En primer lugar se concedió el monopolio de emisión de monedas y billetes a un único banco bajo la tutela estatal. Posteriormente se obligó a aceptarlos como medio de pago, y, después, se negó la posibilidad de hacer efectiva la posición acreedora del poseedor del billete. Y finalmente se incrementó el número de billetes garantizados, a su vez, con más billetes, con lo que el banco central pasó a convertirse únicamente en una sofisticadísima imprenta.

Por tanto, llegamos a la poco alentadora conclusión de que un billete no es más que un pagaré, pero con las peculiaridades de que no se puede cobrar, de encontrarse respaldado por más pagarés, y con el que únicamente puedo saldar deudas propias endosándolo a otra persona.

El Supercrash del 2007

El Gobierno de EEUU se ha lanzado al rescate de la banca norteamericana, en un intento desesperado por evitar un colapso sistémico, tras aprobar la mayor intervención gubernamental en este ámbito desde el crack de 1929.

Dicha medida evidencia que las inyecciones masivas de liquidez efectuadas por los bancos centrales no han servido absolutamente de nada para salvar de la bancarrota a un sector que, debido a la arbitraria e irresponsable bajada de tipos de interés aplicada por las autoridades monetarias, se ha lanzado a la ejecución de una estrategia financiera suicida. A saber, endeudarse a corto plazo para invertir a largo en proyectos cuya rentabilidad se ha demostrado inviable. Es el caso del mercado inmobiliario e hipotecario estadounidense que, tras el pinchazo de la gran burbuja, ha terminado por depreciar y convertir en ilíquidos los activos crediticios respaldados en el ladrillo.

¿Y ahora qué? El mega-rescate gubernamental servirá de poco. Más bien resultará contraproducente, puesto que acentuará en gran medida los problemas económicos de la primera potencia mundial. El pasado miércoles los inversores de todo el mundo asistieron incrédulos a la quiebra de un modelo. El pánico se apoderó de las bolsas, tras el rescate de la aseguradora AIG y la quiebra del histórico banco de inversión Lehman Brothers.

Durante aquella jornada y la siguiente, los valores de las entidades bancarias más importantes del planeta se hundieron en bolsa hasta tal extremo que, por momentos, estuvo a punto de producirse la caída en cadena de un importante número de entidades. Ante tal amenaza, las autoridades estadounidenses se apresuraron a anunciar su plan de salvamento, cuyo objetivo consistirá en adquirir toda la deuda de baja calidad (activos ilíquidos y sobrevalorados) que se han acumulado en los balances bancarios durante los últimos años de éxtasis crediticio.

De este modo, el Gobierno de EEUU ha decidido transferir las abultadas pérdidas financieras al bolsillo de los contribuyentes norteamericanos, ante la incapacidad material de la Reserva Federal (Fed) para seguir reflotando entidades en quiebra, tal y como advirtió el propio presidente de la autoridad monetaria semanas antes, Ben Bernanke.

Y es que, en realidad, el plan gubernamental se encamina hacia el rescate de la propia Reserva, puesto que su balance terminó por convertirse en un basurero de última instancia en el que depositar los deshechos financieros de las entidades crediticias desde que aconteció el estallido de la crisis subprime en el verano de 2007. Ahora serán los contribuyentes norteamericanos los obligados a asumir la pesada losa de la insolvencia bancaria.

Pues bien. El coste del aplaudido plan no alcanzará los 700.000 millones de dólares anunciados por el secretario del Tesoro y nuevo dictador financiero estadounidense, Henry Paulson. Ni mucho menos. El coste será astronómico. En realidad, estamos hablando de billones de dólares. Tan sólo el rescate de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac amenaza con triplicar a corto plazo el déficit presupuestario del país y duplicar la deuda pública. La factura del conjunto de pérdidas que ha acumulado el sistema será colosal… Inasumible para las cuentas públicas estadounidenses. El coste de las ayudas financieras anunciadas por el Gobierno hasta el momento asciende ya a 1,8 billones de dólares. Para que se hagan una idea, el déficit fiscal previsto para 2008 era de 500.000 millones.

Así, de producirse dicho mega-rescate en los términos que están siendo negociados, la economía de EEUU se verá abocada a padecer la II Gran Depresión de su historia, con los efectos colaterales que ello provocará a nivel mundial. Y es que la factura tendrá que ser sufragada por la actual generación de estadounidenses, sus hijos e, incluso, sus nietos.

El Supercrash ha dado comienzo. Las quiebras bancarias ya han tenido lugar. De hecho, el propio Gobierno ha tenido que acudir en ayuda de la mismísima Reserva Federal. Ahora tan sólo queda saber si el conjunto de la economía estadounidense, tras el decreto que pretende imponer la Administración Bush, podrá saldar la mayor deuda de su historia, empleando para ello un uso ilícito del ahorro de los ciudadanos y el beneficio de las empresas.

De no ser así (lo cual me temo), el valor del dólar, divisa de referencia internacional, se hundirá en el fango. Asistiremos entonces al nacimiento de un nuevo sistema monetario y, por lo tanto, económico a nivel global. La clave del problema aquí es que, dado que muchos ignorantes insisten en culpar al liberalismo de todos los males actuales, la ciudadanía se mostrará dispuesta a ceder mayores cuotas de poder a las autoridades gubernamentales.

Es decir, depositarán su confianza en los principales culpables de la mayor crisis del último siglo, las autoridades monetarias y políticas. El capitalismo de Estado que se pretende instaurar en estos momentos amenaza con desencadenar una mayor restricción de los derechos individuales y libertades económicas. Atentos, pues, a los que a partir de ahora se autoproclamen en salvadores y defensores de nuestros intereses, ya que serán éstos, y no otros, los responsables últimos de nuestras calamidades futuras. Lo peor está por llegar.

¿Hace falta más regulación?

Incluso entre los neoconservadores se ha extendido la explicación de que el colapso financiero se ha debido a una regulación insuficiente, tal y como demuestra la propuesta –formulada en abril– del secretario del Tesoro de EEUU, Henry Paulson, para reformar el sistema nacional de supervisión.

Los liberales, en cambio y en principio, deberíamos defender la autorregulación de los bancos y un margen de actuación aun mayor para los banqueros. "El mercado solucionará todas las dificultades". El problema de esta descripción es que es absolutamente simplista. El mercado no es más que la interacción de los distintos derechos de propiedad, y los derechos de propiedad no son más que un haz de facultades y poderes que ostenta una persona (propietario) sobre un objeto (dominio).

Sugerir que el liberalismo favorece la ausencia de regulación equivale a afirmar que defiende la indefinición de los derechos de propiedad y del mercado. La cuestión no es tanto si el derecho de propiedad debe tener algún contenido (obviamente, sí), sino de qué tipo ha de ser (lo que, a su vez, es una cuestión distinta a la de si el monopolio jurisdiccional del Estado es un requisito imprescindible para la producción de normas jurídicas). Es aquí donde el liberalismo, desde una doble perspectiva ética y económica, tiene mucho que decir.

Lo gracioso de la letanía izquierdista de que hace-falta-más-regulación es que quienes la entonan no terminan de especificar. ¿Hay que regular los tipos de interés? ¿Hay que supervisar la calidad de cada crédito bancario? ¿Hay que prohibir determinados volúmenes de endeudamiento? ¿Hay que poner límites a la exposición al riesgo de los inversores? ¿Hay que prohibirles vender al descubierto? ¿Hay que prohibir los derivados? ¿Hay que revisar las normas de contabilidad para dotar a los balances de los bancos de más fidelidad? Etcétera. Pero, sobre todo, muy pocos explican cuál sería el cometido de cada una de las regulaciones a la hora de evitar las crisis económicas.

Por ejemplo, ¿tiene realmente sentido limitar en abstracto la exposición al riesgo? Esta cuestión, tan simple y de respuesta en apariencia positiva, resulta muy complicada. En primer lugar, porque el riesgo es un factor bastante subjetivo: durante años las hipotecas han sido consideradas un activo poco arriesgado, porque contaban con una garantía real; en segundo, porque el problema no está en que un inversor se arriesgue mucho con su dinero, sino en cómo financia su actividad. El riesgo es un elemento esencial en el desarrollo económico, y limitarlo burocráticamente sería nocivo men extremo (¿sería necesario prohibir los fondos de capital riesgo?).

Los liberales no deben dejarse llevar por los cantos de sirena que reclaman un mayor celo regulador ni por quienes abogan ciegamente la defensa del perverso statu quo.

Lo cierto es que no necesitamos más regulación, en un sector absolutamente regulado, sino mejor regulación, lo que en la práctica implicaría, muy probablemente, la eliminación de cientos de normas superfluas, la modificación de varias de las existentes y la creación de alguna nueva.

La ética y la ciencia económica nos proporcionan las herramientas analíticas necesarias a la hora de reformar la arquitectura financiera actual. Lo esencial es volver a poner en valor la prudencia bancaria, que lleva décadas deteriorándose debido a la creencia de que liberalización equivale a imprudencia empresarial protegida por el Gobierno y el Banco Central.

La prudencia bancaria y mercantil exige, en primer término, que la estructura de inversión guarde una correspondencia con la de financiación. Esto, básicamente, significa que hay que evitar los endeudamientos a corto plazo para financiar inversiones a largo o muy arriesgadas.

Económicamente, sabemos que la crisis actual tiene su origen en este doble arbitraje de tipos de interés (endeudarse a corto e invertir a largo) y riesgos. Desde un punto de vista ético, no parece muy respetuoso con la propiedad ajena que los bancos destinen los fondos de los ciudadanos a propósitos para los que no les han sido confiados. Por ejemplo: no tiene mucho sentido que los 100.000 euros que he depositado en una entidad pero que quiero tener disponibles siempre que lo necesite (para girar cheques, realizar transferencias o pedir desembolsos) sean invertidos en un proyecto de lucha contra el cáncer que, si tiene éxito, permitirá su recuperación dentro de diez años.

En la práctica, la interdicción del arbitraje de riesgos debería pasar por varias regulaciones concretas, como el incremento de los márgenes de apalancamiento o el aumento de los fondos propios necesarios sobre el activo inmovilizado. De hecho, este último punto ilustra perfectamente por qué no es necesario más regulación, sino una de mejor calidad. La relación entre los fondos propios y el activo ya está regulada por el tratado internacional Basilea II, que estipula que los bancos cuenten con ocho céntimos de fondos propios por cada euro que hayan invertido (o, dicho de otra manera, que las inversiones no se financien, en general, con más de un 92% de deuda).

Basilea II es una regulación fallida en toda regla. Exigir un 8% de fondos propios a la hora de invertir en préstamos hipotecarios o empresariales es absolutamente insuficiente, a menos que el 92% de deuda tenga un vencimiento aún mayor que el activo. Sólo con que el banco incurra en una morosidad del 8% (muy frecuente en tiempos de crisis) tendría la quiebra asegurada.

La izquierda nos dirá que hace falta redoblar el número de tratados y controlar hasta los aspectos más concretos de cada transacción. Pero muchas de esas regulaciones están en el origen de la crisis. Por ejemplo, la Community Reinvestment Act forzó a los bancos a conceder hipotecas a los individuos más pobres de cada comunidad; les prohibía prestar sólo a personas ricas y, en definitiva, solventes. La finalidad era que todos los individuos tuvieran acceso a una vivienda, y el resultado fueron las hipotecas subprime.

Por consiguiente, lo que hace falta es sustituir las regulaciones malas por otras que tengan sentido desde un punto de vista ético y económico.

Las regulaciones que incentivan la recurrencia de las crisis económicas están en la base del sistema bancario y financiero vigente. Un sistema que ningún izquierdista quiere sustituir: en primer lugar, porque fueron ellos los que, tras décadas de propaganda y mala doctrina económica, lograron imponerlo; en segundo, porque proporciona al Estado un mecanismo sencillo y barato de expoliar al contribuyente (vía inflación), y a los bancos centrales de manipular la economía.

Si los bancos pueden incurrir en niveles brutales de apalancamiento a corto plazo sin verse abocados a una quiebra inmediata por la iliquidez de sus inversiones a largo plazo es porque pueden refinanciarse a corto pero de manera permanente en unos mercados interbancarios donde los bancos centrales intervienen casi diariamente para proporcionar liquidez (es decir, para convertir en euros presentes activos que vencen a muy largo plazo). A su vez, las intervenciones de los bancos centrales en los mercados interbancarios tienen éxito porque son emisores monopolísticos de una divisa de curso legal sobre la que no existe obligación de paridad de valor ni, mucho menos, de convertibilidad.

No voy a negar que regulaciones auxiliares como las que he descrito antes sean necesarias, pero la regulación básica que causa la crisis es ésta: un prolongado comportamiento de arbitraje de plazos y riesgos de los bancos que sólo resulta posible por la monetización de sus activos por parte de unos bancos centrales que gozan del monopolio de la emisión de una moneda de curso legal inconvertible. Añadir cientos de regulaciones (buenas, malas y regulares) y conservar este desastroso esquema financiero será del todo inútil.

Por otro lado, la necesidad de abandonar estas malas normas no significa que deba ni pueda hacerse de la noche a la mañana: habrá que arbitrar transiciones lo menos severas posibles para facilitar el cambio. Pero creer que se puede parchear un sistema intrínsecamente corrupto es simplemente de locos.

Una solución peor que su problema

En realidad, los rescates de bancos no son nada excepcional. Han existido siempre por un motivo evidente: el banco es un intermediario financiero que, bien gestionado, proporciona unos servicios de enorme utilidad para la sociedad. Si un banco insolvente se adquiere a precio de saldo y posteriormente se reflota, la rentabilidad que obtenga el reflotador puede ser enorme.

Pero el rescate de un banco implica necesariamente separar el grano de la paja: hay que liquidar las malas inversiones y reducir el volumen excesivo de deuda. Hasta los comienzos del siglo XX, estas tareas las realizaban inversores privados que comprometían y arriesgaban su propio dinero en salvar al banco. Actualmente, el Estado, a través de los bancos centrales, ha nacionalizado de facto esta iniciativa. Los bancos son rescatados por funcionarios que, en todo caso, ponen en peligro el dinero del contribuyente.

El problema de estas medidas se plantea especialmente en medio de las crisis económicas. En estos casos, los balances bancarios están repletos de malas inversiones que deben ser liquidadas como condición previa a la recuperación. Si el Estado rescata indiscriminadamente a los bancos para proteger al conjunto de los depositantes, las malas inversiones no se liquidarán y la crisis se perpetuará, tal y como sucedió durante la Gran Depresión estadounidense o más recientemente en Japón. Por no hablar de la enorme corrupción pública que podría producirse a la hora de decidir qué activos se adquieren y, sobre todo, a qué precio.

El 60% de todo el crédito de los bancos y cajas españoles ha ido destinado a adquirir activos relacionados con un sector de la construcción que ha padecido la mayor burbuja de precios del mundo -una sobrevaloración cercana al 40%-. El rescate público de estas entidades implicaría que todos los españoles tendrían que asumir las brutales pérdidas derivadas del inexorable ajuste de precios. En otras palabras, durante unos lustros de estancamiento económico estaríamos trabajando únicamente para recapitalizar a los bancos.

Además, la propuesta ni siquiera resulta factible dentro del marco del euro y de la limitación del endeudamiento público por parte del Pacto de Estabilidad.

Pero, sobre todo, no tiene ningún sentido rescatar a los bancos si el actual sistema financiero, basado en el dinero fiduciario de curso forzoso gestionado por un banco central monopolístico, les incentiva a que sigan incurriendo en prácticas que los encaminan sistemáticamente hacia la insolvencia.

Así pues, se hace necesario plantearse alternativas más realistas y efectivas que la simplista intervención pública en los bancos. Primero, habría que permitir sin condicionantes ni cortapisas que otros bancos privados adquirieran y diseccionaran a las entidades insolventes. En segundo lugar, si ningún inversor privado está dispuesto a hacerse cargo de los quebrados, habría que convertir una parte de la deuda del banco en acciones que serían repartidas entre sus acreedores. Y, en tercer lugar, es hora de iniciar la sustitución del actual sistema financiero por uno basado en el patrón oro y la prudencia bancaria.

Huracán liberal en el PP

Casado ha despuntado en el Palacio Municipal de Congresos como un excelente orador y un nuevo abanderado de los principios liberales dentro de su formación política. No sólo ha logrado competir con Aguirre en cantidad de aplausos arrancados al auditorio; también ha conseguido poner al público en pie, al igual que ella, y ha sido el tema de conversación en muchos de los corrillos formados al terminar el evento.

Con un valor inusitado en los dirigentes de la organización juvenil del PP, se ha atrevido con cuestiones que muchos temen comentar y ha demostrado controlar el arte de la puesta en escena política. No ha dudado en atacar la nostalgia del 68, y se ha reclamado heredero del 89. Ha recordado al público, que se le iba entregando cada vez más según pasaban los minutos, que ese fue el año en que los jóvenes se enfrentaron a los tanques en Tiananmen y derrumbaron el muro de Berlín. Se ha mostrado como portavoz de los que "no idolatramos a asesinos como el Che Guevara" y sí "a mártires como Miguel Ángel Blanco", del que ha dicho que "es un héroe", categoría que le ha negado al "mercenario" argentino.

Casado no ha tenido contemplaciones con la izquierda, a la que ha tachado de "carca" y ha recordado que la canción que ellos entonan, La Internacional, se cantaba cuando el comunismo asesinó a cien millones de personas el siglo pasado. Pero no se ha quedado en eslóganes tan acertados como necesarios. También ha entrado en el terreno de las propuestas concretas. Ha arremetido contra el salario mínimo interprofesional, del que ha recordado que crea desempleo entre los jóvenes, ha reclamado la liberalización del suelo, cuya regulación es una de las principales causas del precio de la vivienda, y ha pedido una flexibilización del mercado del trabajo.

Con su oratoria ágil y su energía, ha sido capaz de lanzar mensajes cargados de un liberalismo indudable. Ha rechazado que los jóvenes tengan que vivir subvencionados y ha arremetido contra el control de los ciudadanos desde que nacen hasta que mueren. El líder de los jóvenes del PP madrileño ha reclamado, en definitiva, la madurez del ciudadano frente al Gobierno. El suyo ha sido un discurso en el que la idea fuerza ha sido la libertad individual frente al poder y el paternalismo del Estado.

Puede haber nacido una estrella política y un nuevo adalid del liberalismo en España. Esperemos que se mantenga fiel a los principios que ha defendido de forma tan brillante y no se amolde, como han hecho muchos de sus mayores en el PP y otros dirigentes de Nuevas Generaciones, al consenso socialdemócrata o al conservadurismo de nuevo cuño pero de viejas raíces.

Crisis de ideas

La observación de Reid, además, cuadra a la perfección con la impresión que tienen los millones de personas que asisten atónitos a un festival de intervenciones asimétricas en el que empresas como Bear Stearns son rescatadas y otras como Lehman Brothers no.

Una justificación posible al aparente doble rasero y desconcierto ante las quiebras de instituciones financieras es que las autoridades tratan de salvar a aquellas empresas con problemas de liquidez pero dejan caer a las que no son solventes. La idea no es descabellada. De hecho, antes de que la banca central se convirtiera en el monopolio que es hoy, eso es lo que hacían los banqueros privados.Sin embargo, tratar de sustituir a los banqueros que se jugaban su propio dinero por funcionarios públicos a la hora de separar la paja del trigo es una temeridad.

Ahora son Morgan Stanley, Goldman Sachs, Washington Mutual, MBIA y un largo etcétera las empresas financieras que tras endeudarse a corto para invertir a largo plazo guardan cola para suspender pagos. Lo interesante es que las primeras intervenciones se hicieron porque de lo contrario, nos decían, ocurriría lo que ha terminado ocurriendo. ¿Qué se ha conseguido entonces aparte de rebajar con porquería los activos más líquidos de la Reserva Federal y hacer pagar al ciudadano de a pie lo que tendrían que pagar a otros?

Más interesante aún es que nos deshicimos del «rígido y arcaico» patrón oro cuyo verdadero pecado era que ataba las manos de políticos y banqueros dispuestos a invertir y gastarse recursos que no tenían porque, supuestamente, no pudo evitar quiebras bancarias en el pasado. Teníamos que acceder a la utopía financiera y de acuerdo con keynesianos y monetaristas eso se conseguiría monopolizando aún más el sistema monetario y desatando a estos personajes para que pudieran invertir a largo plazo mientras se endeudaban a corto. Pues bien, el engendro de ingeniería monetaria que incita el apalancamiento de toda la estructura económica no sólo no nos trajo el paraíso a la tierra sino que lo sustituyó por una resplandeciente burbuja que ha estallado en sus manos cuando menos lo esperaban.

Después de llevar meses tratando de solucionar un problema de solvencia entregando los activos más líquidos de los bancos centrales a cambio de auténtica basura sin aparentes efectos positivos, la Fed y el Tesoro idean ahora crear un trust público que compre los activos de mala calidad de la banca, trasladando así las sospechas y la presión a la deuda pública y al dólar. El riesgo moral se disparará y muchos se quedarán sin recibir la sana lección del mercado en forma de pérdidas. Mientras Bernanke y Paulson idean desesperadamente cómo salir del lío en el que ellos mismos nos han metido -con sus intervenciones sobre los tipos de interés y sobre las quiebras empresariales- socializando las pérdidas, nosotros deberíamos reflexionar sobre cómo sustituir el diseño institucional intervencionista que nos ha llevado al borde del precipicio.

Habrá que recordar que no todas las escuelas económicas han fracasado en la predicción de la crisis. Como ya advirtiera el Banco Internacional de Pagos hace dos años, la escuela austriaca, los seguidores de Menger, Mises y Hayek, pronosticaron durante los años dulces de la pasada expansión que este sistema de dinero fiduciario con una estructura de préstamos asentada en la banca con coeficiente de reserva fraccionaria estaba distorsionando toda la estructura productiva y financiera y provocaría una gran crisis.

Según estos teóricos las inversiones hay que financiarlas con ahorro real a largo plazo y no hay panaceas que puedan eludir esa máxima. No se puede crear capital por edicto gubernamental con dinero de nueva creación sin respaldo real ofrecido a tipos de interés negativos en términos reales, ni tampoco haciendo que los picos de tesorería para atender pagos en esta o la próxima temporada sirvan como sustitutos del ahorro para las inversiones de la economía. Bien harían los fracasados expertos en revisar las políticas de inspiración keynesiana que, durante décadas, han destruido el ahorro cuando ahora vagan buscando ahorro verdadero que recapitalice a todos esos cadáveres o intentan convertir en accionistas y prestamistas forzosos a contribuyentes, sus hijos y hasta sus nietos.

Por eso no es de extrañar que los economistas austriacos nos propongan lo mismo que parece estar intentando hacer el mercado: volver a un patrón oro y evitar la práctica de endeudarse a corto plazo para invertir a largo. Así, nuestra buena salud económica no dependería de la ingeniería del rescate ni de las brillantes ideas que puedan ocurrírsele a los autoproclamados dirigentes del sistema monetario.