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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

La falacia de la neutralidad del dinero

Los monetaristas han fracasado una vez más. La mayoría de los economistas de hoy en día, incluidos aquellos que se autodenominan falazmente liberales, desconocen el origen de la actual crisis económica y, por lo tanto, aún más su posible solución. El error radica en una teoría equivocada acerca de la auténtica relación existente entre el capital y la economía real.

El dinero no es neutral y, como consecuencia, su manipulación arbitraria por parte de los reguladores estatales (banca central) acaba mostrando sus terribles efectos tarde o temprano, tal y como acontece en la actualidad. Lo paradójico es que dicho problema ya fue diseccionado en profundidad a la luz del análisis teórico desarrollado por el principal valedor de la Escuela Austríaca de Economía, Ludwig von Mises. Sin embargo, pese al certero diagnóstico aplicado en este ámbito, la política monetaria vigente sigue bebiendo de los criterios dictados por la Escuela de Chicago, persistiendo en los mismos errores de base cometidos en el pasado.

De ahí precisamente la importancia de revivir las enseñanzas derivadas del debate teórico mantenido a lo largo de las últimas décadas por ambas corrientes acerca de la denominada "hipótesis de la neutralidad del dinero". Lo importante aquí es que un cambio en la comprensión de este fenómeno, es decir, que el dinero no es neutral a largo plazo, modificaría de forma sustancial los cimientos sobre los que se sustenta la política monetaria vigente a nivel mundial.

Los monetaristas construyen toda su teoría sobre hipotéticos modelos de equilibrio que nunca acontecen en la vida real. Su concepción cuantitativa del dinero afirma que un incremento de la oferta monetaria tan sólo se materializa en un incremento de los precios, de tal forma que sus posibles efectos adversos sobre la producción, el consumo o el empleo (variables de la economía real) siempre quedarán neutralizados a largo plazo.

Así, por ejemplo, David Hume asegura que no importa la cantidad de dinero en circulación que exista en un determinado país. Ya sea, mayor o menor, bastará para facilitar su función esencial, el intercambio de bienes. Así, si durante la noche se duplicara la cantidad de dinero que posee cada individuo, al día siguiente no habría ni más prestamistas ni variación alguna en el interés a aplicar. Es decir, a largo plazo, tal variación no modificaría en absoluto ni la actividad productiva ni la velocidad de la circulación monetaria. Según Hume, tan sólo se doblaría el nivel general de precios.

Es decir, la expansión monetaria traería como resultado una particular transición de un estado de equilibrio inicial (punto de partida) a otro estado de equilibrio a largo plazo, en donde el único efecto permanente sería un aumento correlativo de los precios.

Irving Fisher, por su parte, reconoce que puede provocar un incremento transitorio de los márgenes de ganancia de determinados productores, ya que ese dinero creado ex novo impulsa la demanda de determinados bienes y, como consecuencia, estimula una mayor oferta de esos productos. Sin embargo, la flexibilidad del mercado logra corregir a corto plazo los beneficios inflados, dando fin a la fase del boom.

De este modo, Fisher concluía que la causa de los ciclos debíamos buscarla en el aumento de la oferta monetaria no anticipada por los agentes económicos. Por ello, su diagnóstico consistía en aplicar una política monetaria que tuviera como principal objetivo mantener una inflación estable. Justifica, pues, la existencia de la banca central (planificación monetaria) y el seguimiento de un indicador que, en realidad, es muy incompleto (el índice de precios de consumo o cesta básica de la compra), para controlar los efectos de la expansión monetaria.

Por su parte, Milton Friedman, autor de referencia para los pseudoliberales del pasado siglo, llega a una conclusión similar. Los cambios monetarios afectan a la producción, pero a corto plazo (entre 5 y 10 años), mientras que dicha expansión fiduciaria se traduce en un aumento de precios a largo (décadas). De hecho, admite que las variaciones amplias en la cantidad de dinero disponible son desestabilizadoras y deben evitarse. Sin embargo, aboga por establecer una política monetaria automática: que la cantidad de dinero crezca a una tasa estable anual para impulsar el crecimiento económico. Es decir, nuevamente, intervención monetaria a través de los bancos centrales.

Todo este edificio teórico se ha derrumbado, y lo triste es que los monetaristas parecen no darse cuenta. Y eso que la solución fue explicada por Mises hace décadas en su obra Teoría del dinero y del crédito (1912). El dinero nunca puede ser neutral por definición y naturaleza. Existe y, por lo tanto, está sometido a la valoración subjetiva de los individuos. Es decir, no es algo objetivo y cuantificable.

Así, la variación en el volumen de dinero, por fuerza, distorsiona el precio relativo de los bienes. Y ello por la simple razón de que el precio de los productos nunca aumenta de forma homogénea y agregada, sino todo lo contrario. El dinero ex novo lo recibe en primer lugar un número limitado de agentes, que demandan ciertos bienes y que, por extensión, modifican la estructura de precios relativos.

Los precios nunca cambian por igual, al mismo tiempo y en la misma dirección, tal y como expone el análisis microeconómico e individualista de la economía frente a la teoría cuantitativa o agregada de la Escuela de Chicago. Y es que, los precios relativos determinan el volumen y la dirección de la producción, por lo que cualquier cambio en la cantidad de dinero acaba afectando de una u otra forma a la estructura productiva.

Esta cuestión se clarifica aún más al concluir que, aunque todo el mundo se levantara un día con x unidades más de dinero, cada individuo valorará de forma diferente (subjetiva) cada unidad adicional del mismo. De ahí que resulte falso que una duplicación del dinero en circulación reduzca a la mitad el poder adquisitivo del mismo. "Todo aumento de la oferta monetaria provocará efectos sobre la demanda y, por lo tanto, un aumento desigual en los precios de los bienes. No todas las mercancías serán demandadas en igual cantidad, ni las más intensamente demandadas serán afectadas en el mismo grado".

La manipulación arbitraria de tipos efectuada por los bancos centrales es la principal responsable de los auges y depresiones de la actividad económica. ¿Por qué? El proceso de producción tiene lugar en un marco de tiempo, en donde los empresarios efectúan sus inversiones guiados por dos elementos clave (precios y tipo de interés) para asignar los recursos de la forma más eficiente posible en las distintas etapas del proceso.

La inyección fiduciaria o la expansión del crédito, por fuerza, distorsiona ambas señales, y conduce a los agentes económicos a efectuar malas inversiones. Y es que sin tal intervención pública sobre los tipos de interés algunos procesos nunca se habrían emprendido. Es decir, tan sólo resultan rentables con tipos de interés artificialmente bajos. Además, alargan artificialmente la estructura productiva, y los agentes tienden a sobreinvertir en la producción de bienes de capital en detrimento de bienes de consumo.

El problema es que, tarde o temprano, esta situación se hace insostenible cuando aparece el "riesgo inflacionario". Es entonces cuando la autoridad política no puede mantener por más tiempo el interés bajo, saltando a la luz el volumen de malas inversiones efectuadas. Como resultado, los efectos de la fase expansiva se invierten y surge la recesión, el desempleo, la deflación, la restricción del crédito y la caída del consumo, entre otros. La crisis es inevitable. Tan sólo cabe prevenirla impidiendo el aumento de la oferta de dinero.

Mises demuestra que el dinero no es neutral ni a corto, ni a medio ni a largo plazo. El aumento de la oferta monetaria distorsiona por fuerza los precios relativos de los bienes y modifica la estructura productiva. ¿La solución? Abolir el sistema de banca central, abogar por la banca libre sujeta al patrón oro y aplicar un coeficiente de caja del 100%.

Como observarán, ninguna de estas medidas está encima de la mesa de los líderes gubernamentales, al menos, por el momento. Más bien, todo lo contrario. Asistimos a un nuevo auge del fracasado keynesianismo económico, lo que demuestra que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (crack del 29). Y tres (crisis del petróleo de los 70) y cuatro (crisis de los 90 en EEUU) y cinco (la burbuja de las punto com) y seis (recesión tras los atentados del 11 de Septiembre)… ¿Y siete?

¿Qué ha pasado?

Desde hace aproximadamente un año, raro es el día en que no se menciona la palabra crisis. Los tiempos de felicidad y bonanza de los años anteriores parecen definitivamente desterrados y a la mayoría de la gente le surgen tres preguntas: ¿cómo hemos entrado en crisis? ¿Cómo podemos salir de ella? ¿Y cuánto durará?

Atendiendo a los distintos medios de comunicación, las respuestas que se nos ofrecen son muy variadas e incluso incompatibles entre sí. Lo que sí se admite de forma prácticamente unánime es que existe un componente financiero en la misma, cuestión que es fácilmente verificable atendiendo a las distintas quiebras o nacionalizaciones bancarias. Todo esto ha alarmado, lógicamente, a multitud de personas que ni por asomo pensaban que la situación podía ser tan distinta en tan breve lapso de tiempo.

Para entender la crisis hay que comprender básicamente qué es el dinero. Para ello debemos atender a sus orígenes, cuando la humanidad empieza a abandonar el autoabastecimiento y comienza a comerciar. Esta nueva actividad se materializó mediante el trueque, es decir, una persona intercambiaba uno o varios bienes por otro u otros. La condición indispensable era que ambas partes quisieran los bienes ofrecidos en intercambio. Este sistema supuso un gran avance, ya que podían consumirse bienes que el individuo no produjese, pero a su vez limitaba mucho los intercambios, ya que comprador y vendedor debían disponer de bienes que mutuamente deseasen. La solución llegó con el empleo del dinero. Su concepto era muy simple: se trataba de bienes deseados por cualquiera de las partes, y que a su vez fuesen admitidos por otros posibles compradores y vendedores. Para ello se buscaron bienes fácilmente transportables y relativamente escasos, lo que condujo, finalmente, a los metales preciosos (fundamentalmente oro y plata). Al ser almacenable y no perder valor con el paso del tiempo, al papel que jugaban como elemento de intercambio se le unió otro: permitir el ahorro.

Es por ello que el dinero, desde sus inicios, fue un instrumento que servía de elemento de intercambio y ahorro, debido a su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación y a su escasez. Estas características eran, en ocasiones, olvidadas por los responsables de la acuñación de las monedas. Así, ya en el Imperio Romano, determinados emperadores trataron de crear dinero de la nada disminuyendo la proporción de metales preciosos en la moneda. La consecuencia no podía ser más catastrófica, ya que la moneda automáticamente perdía valor en la relación de intercambio con el resto de bienes y aparecía el fenómeno de la inflación, que afectaba especialmente a personas con bajo nivel de ingresos, cuya única capacidad de ahorro se encontraba en la acumulación de monedas.

Con la aparición del papel moneda el papel de los metales preciosos (fundamentalmente el oro) no se olvidó, ya que el billete se transformaba en un pagaré que podía ser cambiado por oro por su poseedor. Por tanto el dinero seguía conservando las características de almacenamiento, transporte y escasez. El problema surgió cuando el billete dejó de tener una de las características esenciales, la escasez. La emisión monopolística de moneda y billetes por parte de los bancos centrales permitió a determinados gobiernos el empleo de políticas creativas que buscaban crear dinero de la nada. La limitación existente a la hora de imprimir billetes desaparecía si éste perdía su convertibilidad. Ya la cantidad de dinero en circulación no dependía del oro almacenado, sino de la capacidad de impresión de los bancos centrales. Con un coste de emisión infinitesimal, acudir a la emisión de moneda se transformaba en una tentación demasiado fuerte para determinados gobernantes. El resultado se dejaba ver en seguida, ya que el dinero perdía valor de intercambio, por simple aplicación de las leyes de oferta y demanda. Este envilecimiento traía consigo una subida generalizada del precio monetario del resto de los bienes.

Al dejar de ser el dinero un bien escaso, los tipos de interés dejaron de fijarse por oferta y demanda. Así, si el interés inicialmente era el producto de la realización de infinidad de transacciones en las que prestamistas e inversores se intercambiaban el dinero a cambio de una remuneración libremente pactada, ahora era fijado en una mesa de despacho por los responsables de emitir la moneda. Esto conducía a desequilibrios entre la oferta de ahorro y la demanda de inversión que eran resueltos con emisiones de papel por parte de los bancos centrales. Al aumentar la cantidad de dinero en circulación éste perdía indefectiblemente su valor de intercambio, con lo que perdía su valor como elemento de ahorro. Por tanto se buscaban inversiones alternativas, que encima contaban con el inconveniente de tener unas expectativas de recuperación irreales y anormalmente altas creadas por precisamente por la abundancia de dinero barato.

Este sistema motivó que se considerase normal tener un IPC por debajo de una determinada cifra marcada como objetivo. Amén del error de cálculo cometido al identificar inflación con IPC (cuando este indicador no es más una media de aumentos de precios de determinados elementos de consumo, que se presumen se corresponde con una cesta de compra media, olvidando el otro papel esencial del dinero, el ahorro), no se podía obviar el hecho de que cualquier tasa de inflación por encima de cero supone una merma en el ahorro de los ciudadanos, especialmente de los más pobres, cuyo ahorro se fundamenta esencialmente en la acumulación de dinero.

La búsqueda de productos de ahorro alternativos motivó el encarecimiento de éstos, que no era sino el resultado del envilecimiento de la moneda y de su pérdida como valor de referencia estable. Así, recientemente hemos podido observar cómo se produjo un crecimiento elevadísimo en la cotización de las acciones, que no guardaba relación alguna con los métodos de valoración más empleados (como, por ejemplo, el PER). Posteriormente, cuando los inversores se empezaron a preguntar masivamente si las sociedades cotizadas justificaban lo que estaban pagando por sus acciones, se produjo una baja generalizada su precio, trasladándose dichos ahorros al sector inmobiliario. El mismo fenómeno se ha producido en el sector inmobiliario con el inconveniente de tratarse de inversiones más elevadas que ha conducido a muchas personas a apalancarse a plazos elevadísimos por unas cuantías que difícilmente son asumibles en cuanto se produce la más leve minoración en los ingresos obtenidos.

Por tanto, la pérdida de las características esenciales del dinero y la manipulación de las leyes de oferta y demanda en el ahorro e inversión ha conducido a esta crisis. Este fenómeno ha sido, sin duda alguna, agravado por las prácticas bancarias de emplear masivamente el endeudamiento a corto para financiar deudas a largo plazo, y la falta de empleo de los más elementales cálculos de riesgos a la hora de evaluar las posibilidades de devolución por parte de los inversores. Así mismo, en el caso particular de España la rigidez de la oferta inmobiliaria y el hecho de que sea la base de financiación para determinadas administraciones han endurecido las consecuencias al elevar el precio de los inmuebles y dificultar su construcción y compraventa.

Por tanto la pregunta de cuánto durará la crisis dependerá de que se pretenda devolver al dinero su papel esencial, o que se siga empleando de manera creativa por parte de los bancos centrales, olvidando tanto la escasez intrínseca que le da su valor, como las leyes de oferta y demanda a la hora de fijar su retribución (interés).

La crisis según Robinson Crusoe

Tras recibir picos de hasta 20 millones, y pese a haber duplicado el número de máquinas, el proyecto ha muerto de éxito y ha decidido cerrar sus puertas hasta mediados de diciembre, momento en el que planean estar preparados para responder a las visitas.

Europeana es el resultado del ataque de cuernos que sufrieron los franceses ante la iniciativa de Google de empezar a digitalizar millones de libros procedentes de las principales bibliotecas del mundo anglosajón. En lugar de apuntarse a la iniciativa y permitir que la empresa norteamericana digitalizara los contenidos de las grandes bibliotecas europeas y los pusiera a disposición tanto del público como de las propias instituciones, decidieron que había que hacer un proyecto alternativo. El resultado: dos millones de euros al año de dinero público para sacar una web que se cae el día de su estreno.

Las autoridades públicas deberían limitarse, en lo que a internet se refiere, a respetar la libertad con que fue creada y ha crecido desde entonces y a fomentar su uso poniendo sus servicios y archivos de contenidos disponibles en la red. Al fin y al cabo, se supone que son públicos y, por tanto, propiedad de los contribuyentes, que deberían poder acceder a ellos de la manera más sencilla y barata posible. El problema es que, en general, los incentivos a los que se enfrentan funcionarios y políticos a la hora de abordar este asunto no son los correctos.

Así, el proyecto Europeana tiene un problema: que su objetivo es complacer a los políticos y no a los usuarios de la web. Cualquier sitio espera picos de actividad el día en que se presenta al público, y más si lo hace ante toda la prensa europea. Por consiguiente, gasta en infraestructura lo suficiente como para no defraudar a esos primeros usuarios atraídos por la publicidad de su lanzamiento. Muchos de ellos no volverían en cualquier caso, pero si la web no funciona, seguro que no lo hacen en su inmensa mayoría. ¿Cuál es el problema? Ninguno, al menos para los responsables de Europeana; seguirán recibiendo toneladas de dinero público y ninguna cabeza responderá del error.

Una empresa privada no podría haberse permitido un lanzamiento tan accidentado; le podría costar la viabilidad de su proyecto. Pero claro, las empresas en internet se enfrentan a las restricciones del mercado, es decir, a las impuestas en último término por los internautas. Los políticos no tienen esos problemas.

Ojo, no digo que Europeana no vaya a ser una web útil, o que no se vaya a utilizar. Tan sólo que previsiblemente será peor que proyectos privados similares y, sobre todo, mucho más caro. Especialmente porque quienes lo pagan no lo hacen voluntariamente.

El emprendimiento no causa la crisis

Según la doctrina oficial, una de las causas de la crisis económica tiene que ver con la avaricia desmedida de los bancos, por cuyas acciones una problemática local y localizada, cual eran las famosas hipotecas subprime en Estados Unidos, se ha extendido sin control por todo el sistema financiero, contaminando todo tipo de productos y entidades que eran ajenas a los manejos de aquellas arriesgadas hipotecas.

Este proceso se ha llevado a cabo mediante productos derivados de sofisticación creciente, en que de alguna forma se ocultaban los riesgos asociados a las hipotecas, para que parecieran algo que no eran, y así poder colocarlos a insospechados compradores. Es por ello por lo que ahora se aboga por incrementar el control sobre los productos financieros como algo necesario para evitar futuras crisis.

Es indiscutible que, en tal proceso de innovación, los emprendedores habrán tenido un papel destacado. Han sido los bancos más emprendedores los que originalmente han localizado esta oportunidad de negocio y se han arriesgado para ver si les salía bien. Cuando así haya sido, habrán incrementado sus beneficios por encima de lo normal, y habrán atraído la atención de nuevos agentes hacia esas prácticas, hasta llevar la tasa de beneficios otra vez a un nivel normal.

La pregunta que surge ante esta situación es inminente: entonces, ¿se equivocaron los emprendedores? ¿Sería necesario limitar la capacidad empresarial de los humanos para evitar que cosas así pasen en el futuro? ¿Por qué si lo que hacían iba a resultar en una catástrofe de estas dimensiones, ninguno era capaz de preverlo y seguían en esta línea de innovación?

La respuesta al interrogante la ofrece Kirzner en su teoría sobre la influencia de la regulación en el proceso de descubrimiento. Entre otras formas en las que la regulación altera el proceso de mercado, Kirzner habla del “wholly superfluous discovery market process” (proceso de descubrimiento del mercado completamente superfluo). Es este un proceso empresarial que se produce debido exclusivamente a la regulación, y que no se produciría sin ella.

La función empresarial llevada a cabo por los bancos para la re-colocación de sus hipotecas subprime a otros agentes es, posiblemente, uno de estos procesos superfluos, pero que sin embargo son capaces de alcanzar dimensiones brutales. Veamos a grandes rasgos, cómo se habría producido en el caso que nos ocupa, y espero que se me disculpen las incorrecciones técnicas.

Debido a la regulación, los bancos saben que pueden prestar una determinada cantidad de dinero en función de la liquidez de que disponen en cada momento (hablemos de un coeficiente de caja generalizado). En principio, cuando prestan dinero, por ejemplo, para una hipoteca subprime, se capacidad de préstamo se reduce. Pero si son capaces de obtener ingresos a partir de la misma, su posición de liquidez vuelve a aumentar, por lo que vuelven a poder prestar más dinero. Y un banco está en el negocio de prestar dinero, cuanto más presta, más gana.

No es de extrañar que se canalizaran ingentes esfuerzos de innovación a la recolocación de estos (y otros productos). Eventualmente, alguno de los agentes encontraría una fórmula de éxito (básicamente, algo que el regulador acepte como activo de liquidez para que puedas seguir prestando). El agente que lo encontró empezaría a obtener beneficios por encima de la media, por lo que automáticamente atraería la atención de sus competidores.

Y aquí es donde viene el aspecto probablemente más dramático de la cuestión. Los restantes competidores, lo quisieran o no, se vieron obligados a entrar en la dinámica. Aunque fueran conscientes de los riesgos de la situación, no les quedaba más remedio que seguir al pionero. En otro caso, los inversores les hubieran acusado de mala gestión, y hubieran comenzado a invertir en los otros bancos, por su mayor rentabilidad.

En otras palabras, una vez iniciado el proceso y aceptado por el regulador, era inevitable que todos los agentes del sistema financiero entraran en la misma dinámica como única forma para asegurar el sostenimiento de cada agente. ¿Cómo hubiera podido justificar el CEO ante sus accionistas una menor rentabilidad que sus competidores, simplemente por los elevados riesgos de seguir la conducta de los más rentables?

En definitiva, las fuerzas de la innovación humana son muy poderosas. Si se canalizan de forma adecuada, pueden producir beneficios incalculables en la sociedad. De la misma forma que si se hace de forma errónea, los daños pueden ser de una magnitud similar. ¿En quién confiaremos para su canalización: en el mercado o en la regulación? 

Burbujas y burbujas con expansión crediticia

Una crítica bastante habitual a la teoría de que los bajos tipos de interés generaron la burbuja inmobiliaria –como antes pudieron provocar las burbujas de las puntocom o de los junk bonds– es que nada impide que sin expansión crediticia también haya burbujas sobre el valor de los activos.

Y esto es completamente cierto. Una burbuja consiste, simplemente, en que el valor del activo se desvía de lo justificado según sus fundamentales. ¿Y cuáles son sus fundamentales? Pues básicamente el valor actual de los futuros flujos de caja libres que ese activo genere.

Por supuesto, los agentes del mercado pueden dar a los activos valoraciones del todo absurdas y, de hecho, esas valoraciones absurdas pueden realimentarse. Por ejemplo, si yo sé que Pedro está dispuesto a pagar 30 euros por una acción de Terra, yo puedo estar dispuesto a comprarla por 25 (para vendérsela a Pedro por 30), aun cuando crea que es un precio absurdo, muy desviado de sus fundamentales. Y si Pedro y yo compramos a precios inflados, otros agentes pueden creer que esa tendencia va a proseguir, comprando ellos, a su vez, a precios superiores a 30 e incitando a que otros hagan lo mismo.

Las burbujas, al final, son esquemas de compra piramidal de activos (o esquemas Ponzi, a la sazón el mismo en el que se basa el sistema público de pensiones). Cada sujeto compra sucesivamente un activo esperando que otro se subrogue en su posición pagando un precio más alto. Al final, claro, hay un último comprador que ya no encuentra un nuevo comprador para el activo inflado y se come las pérdidas: ha pagado 1000 por un activo que vale 10. El éxito para ganar en una burbuja consiste en no ser el último que vendas.

Sin embargo, hay una diferencia esencial en si la burbuja se financia sin expansión crediticia (es decir, con ahorro real) a si lo hace con expansión crediticia. En el primer caso, cada comprador adquiere el activo con su propio ahorro (o con el ahorro real que ha pedido prestado a otro), de modo que la burbuja simplemente actúa como un mecanismo redistribuidor de la renta. Las pérdidas que experimenta el último comprador son iguales a la suma de las ganancias que han obtenido los compradores anteriores. La burbuja es un juego de suma cero: de hecho, es un juego de apuestas. Consiste en pujar por que otros jugadores seguirán pujando. Nada más, ni hay creación ni destrucción de riqueza para el conjunto de la sociedad.

Las burbujas con expansión crediticia, sin embargo, se desarrollan de un modo distinto. En primer lugar, la expansión crediticia altera los valores fundamentales de los activos. Hemos dicho que el valor fundamental de un activo es el de descontar sus flujos futuros de caja libres. La reducción en los tipos de interés que promueve la expansión crediticia (arbitraje de tipos por el sistema bancario + monetización de activos ilíquidos por parte del banco central) por un lado eleva la cuantía de los flujos de caja esperados (el aumento simultáneo de consumo e inversión eleva las rentas que perciben los agentes y, por tanto, lo rendimientos esperados de todos los activos) y, por otro, reduce el tipo de interés que se aplica a su descuento (de modo que el valor presente de las rentas futuras aumenta). Dicho de otra manera, promueve un mal cálculo de los agentes y que auténticas burbujas especulativas se camuflen bajo la imagen de inversiones conservadoras (“la vivienda aun está barata, no hay nada más seguro que invertir en ella”). Y, por esta vía, distorsiona la estructura productiva (hace que el capital se destine a financiar inversiones que sólo son rentables por su valor inflado).

Y, en segundo lugar, permite que las burbujas no se financien con cargo al ahorro, sino a la expansión crediticia. Esta última consiste, básicamente, en utilizar los saldos monetarios y el ahorro bruto (donde se incluyen las cuotas de amortización del capital actual) para invertir a largo plazo o en activos muy arriesgados (como una burbuja). De esta manera, las burbujas no sólo ganan en intensidad (participan muchos más fondos en las pujas) y en duración (el ahorro real tiene un límite natural mucho más breve que crédito expandido), sino en potencial destructivo.

Las pujas sucesivas pueden estar simplemente respaldadas por el propio valor inflado del activo (por ejemplo, me hipoteco para comprar una casa que sigue subiendo de valor hasta el punto en que me rehipoteco sobre el valor incrementado para adquirir otra casa) y las pérdidas del comprador final pueden extenderse al resto de los agentes, ya que el impago de uno no sólo erosiona el ahorro del resto, sino que destruye su liquidez y su capital acumulado (al no poder amortizarlo).

La estructura productiva queda descompuesta ya que se han destruido formas de capital para crear otras que sólo eran adecuadas por su valor burbujeante. Una vez los valores de los activos vuelven a los fundamentales (pero no a los fundamentales que imperaban antes de la expansión crediticia, sino a unos peores, habida cuenta de la distorsión que se ha producido en la estructura productiva) se revela la destrucción neta de riqueza que se ha producido en la sociedad.

Así pues, la expansión crediticia tiende a generar burbujas, pero sobre todo tiende a amplificarlas y a modificar sus consecuencias (de juego de suma cero a juego destructivo).

La peor parte, sin embargo, sucede cuando el respaldo del dinero (es decir, del depósito de valor) depende de los activos sobre los que se practica una burbuja con expansión crediticia. En estos casos, la destrucción del valor de los activos (deflación) es previa a la destrucción del valor de las monedas (hiperinflación), a menos que haya una estabilización entre tanto.

Por tanto, tenemos tres escenarios:  a) Un sistema de patrón oro sin arbitraje de plazos: aquí sólo son posibles las burbujas basadas en el ahorro real con resultado de suma cero. b) Un sistema de patrón oro con arbitraje de plazos (s. XIX): aquí son posibles las burbujas destructivas, pero la moneda no tiene por qué sucumbir a la merma de valor de los activos. c) Un sistema de dinero fiduciario con arbitraje de plazos: Aquí son posibles las burbujas destructivas, tanto para los activos como para la moneda.

Desde 1973 estamos en este tercer escenario.

¿Inflación o deflación?

En general, se entiende que inflación equivale a subida de los precios y deflación a caída de los mismos. Personalmente, no comparto ninguna de ambas definiciones, pues confunden causas y consecuencias (la inflación provoca que suban los precios, pero no es la subida de los precios). Sin embargo, para los propósitos del presente artículo no necesito enmendarlas, no sea que algún economista ortodoxo se niegue a reflexionar por una mera cuestión nominalista.

Parece claro que durante los últimos años se ha producido una fuerte inflación que no ha sido recogida por los índices oficiales. Al fin y al cabo, el IPC sólo cuantifica las subidas de determinada cesta de bienes de consumo, lo que viene a ser como calcular la velocidad media de un vehículo teniendo en cuenta sólo sus recorridos urbanos, o como calcular la altura media de los españoles utilizando como referencia a la selección nacional de baloncesto. Existen infinidad de bienes que no se recogen en el IPC y que son tanto o más decisivos para el funcionamiento de la economía que el precio del pollo: el precio de la vivienda o la cotización de las acciones, por poner dos ejemplos.

Según el INE, entre 2000 y 2008 la inflación fue del 30% (es decir, apenas un aumento medio del 3,8% anual), cuando en ese mismo período el precio de la vivienda en propiedad creció un 144%. Por qué la cirugía estética contribuye a medir la inflación pero la vivienda en propiedad no es algo que sólo el simplismo de los ilustrados en dos tardes podrá justificar, pero en todo caso no cambia lo fundamental: quien quiera medir las subidas de precios con el IPC estará haciendo el ridículo.

¿Y por qué han subido tanto los precios en la economía (especialmente en la vivienda)? La explicación cuantitativista más sencilla es que la cantidad de dinero se ha incrementado mucho en los últimos años, lo cual, en cierta medida, es cierto: los depósitos de la banca española aumentaron un 150% entre 2000 y 2007. Sin embargo, y especialmente ahora, cabe fijarse en un criterio más cualitativo: el Banco Central Europeo y el sistema bancario en general han respaldado el dinero emitido por activos de mala calidad.

¿Por qué cree usted que las hipotecas subprime se han depreciado tanto en el último año? Pues porque ha quedado claro que su deudor no era solvente. La hipoteca subprime no es más que un crédito que tiene el banco contra el hipotecado; del mismo modo, los euros y los depósitos a la vista no son más que créditos que tienen los tenedores de euros y los depositantes frente a la banca. ¿Qué ocurriría si se descubriera que la banca no es solvente? Pues precisamente lo que ha ocurrido con las subprime: el valor de los euros y los depósitos caería, es decir, subiría mucho el precio del resto de bienes y servicios.

Esto no es nada nuevo. Uno de los casos más conocidos es el de la crisis argentina de 2001. Cuando se comprobó que los bancos no podrían desembolsar todos sus depósitos, el precio de cada peso depositado cayó a una tercera parte; es decir, que todos los precios de la economía se incrementaron en un 200% para quienes tenían su dinero depositado en el banco. Todo ello sin que la cantidad de pesos variara lo más mínimo (y la devaluación no tuvo nada que ver, como argumentan algunos, con su previa convertibilidad con el dólar: lo mismo ha sucedido recientemente en Islandia con una moneda inconvertible). Es lo que pasa cuando un pasivo –y el dinero actual es un pasivo bancario– entra en impago o en perspectiva de impago.

Pues bien, después de aumentar de manera desproporcionada los precios de determinados bienes y de que los bancos respaldaran casi todos sus activos en esos bienes inflados, la burbuja se ha pinchado. Los precios de la vivienda, de las acciones y de muchas empresas están empezando a caer, y algunos economistas están poniendo el grito en el cielo. "Hay que impedir a cualquier costa la deflación, bajando al mínimo los tipos de interés, ya que hoy no existe riesgo inflacionista", dicen.

Ciertamente, su temor no es para menos, aunque llega un poco tarde. En realidad, deberían haber colocado el grito en el cielo cuando los precios de los inmuebles se multiplicaron por 2,5. La deflación no es sino la corrección virulenta de los excesos pasados. Que no se preocuparan por la orgía inicial de créditos pero se asusten por su contracción sólo deja entrever su peligroso doble rasero: la obesidad mórbida es tan peligrosa como la delgadez extrema. Si la inflación fuese una burbuja, la deflación sería la anti-burbuja; lo malo de ésta ya lo tenía, en sentido inverso, aquélla.

Más sorprendente aún que este sesgo proinflacionista de muchos economistas es el remedio que predican. Bajar los tipos de interés en medio de una deflación no sirve absolutamente para nada, como ha comprobado trágicamente Japón, que sigue en ella 12 años después de que los colocara en el 0,5%. Aunque, por supuesto, para los cándidos macroeconomistas si la rebaja de tipos no sirve de nada, entonces debe inundarse el mercado con dinero de nueva creación: el Banco Central tiene que comprar a los bancos todos sus activos de mala calidad a cambio de dinero de nueva impresión. Se espera así que el incremento de la cantidad de dinero provoque una inflación que compense la deflación… y todos tan felices.

El problema de estos equilibrismos de agregados es que nunca bajan a tierra. Por ejemplo, en España los precios de la vivienda tienen que caer con respecto al resto de bienes porque si no los promotores seguirán construyendo 800.000 inmuebles al año. Los pisos están sobrevalorados, y deben sufrir un ajuste en sus precios antes de iniciar la recuperación.

Lo que la crisis y la posterior deflación ponen de manifiesto es que ciertas estructuras productivas se sobredimensionaron frente a otras; y por tanto es hora de reconvertir y reutilizar esas estructuras sobredimensionadas (liquidándolas al descuento) para relanzar las atrofiadas (por ejemplo, la industria exportadora en España). La manera de suavizar la deflación no pasa por matar la moneda, sino por hacer afluir más ahorro que puje por los bienes de capital excedentarios.

Por supuesto, la deflación puede llevar la quiebra a la banca. Como hemos visto, nuestros depósitos están respaldados por sus activos, de modo que si éstos caen de precio, aquélla tendrá más deudas que créditos, es decir, será insolvente. Claro que si, como proponen los inflacionistas, el Banco Central compra a precios inflados los activos de la banca, el problema estará zanjado. Pero sería más honrado y simple proponer que nuestros depósitos se ajusten al valor de los activos del banco: al fin y al cabo, ¿para qué alterar el valor real de los depósitos, si puede reajustarse el nominal (Argentina hizo algo similar con respecto a los dólares)? Aunque esto último, claro, sería visto como un abierto robo, mientras que la inflación se confunde con una maldición cuasi divina.

Algunos, más que economistas, parecen trileros. Recapitalizar los bancos con dinero de nueva creación nos llevaría de la deflación a la hiperinflación, y los bancos acabarían igualmente descapitalizados (como bien se vio con los bancos alemanes que sobrevivieron a la hiperinflación de 1923 exhaustos de capital y que terminaron quebrando en 1931).

La crisis financiera es sólo el reflejo de una crisis en la economía real; por tanto, desde el momento en que los bancos centrales todavía no han aprendido a multiplicar los panes y los peces, la política monetaria no debe orientarse a parchear las caídas de precios, sino a defender el valor de las divisas. La solución necesariamente pasa por un aumento del ahorro y un ajuste de los precios relativos, y mucho me temo que el expansionismo monetario no favorece ninguna de las dos cosas. Pero bueno, qué más dará esto, cuando podemos recurrir al sota-caballo-rey de que cuando caen los precios hay que imprimir más dinero.

Hay que abolir los Bancos Centrales

En un artículo anterior comenté que una de las condiciones para un sistema monetario sano era la derogación de la legislación bancaria y la abolición inmediata de los bancos centrales. Esto suele parecer una medida sorprendente e incluso extremista, ya que casi todo el mundo parece aceptar que el Gobierno debe ostentar el monopolio de la emisión de dinero. Sin embargo, bajo mi punto de vista, esto carece de base teórica: no encuentro ninguna justificación para este monopolio.

Y es que las crisis bancarias y crisis económicas de carácter cíclico son inseparables de la manipulación monetaria como ya vimos: las políticas expansionistas dan lugar a unos tipos de interés artificialmente bajos que crean la sensación de que hay un mayor ahorro disponible, es decir, que ha habido un cambio de preferencia temporal, lo que induce a que se invierta en proyectos antieconómicos.

La idea de fondo del paradigma dominante en cuestiones monetarias que impregna y justifica la intervención en este campo es que puede existir una adecuada manipulación de la oferta monetaria y los tipos de interés que fomente un crecimiento estable y sostenido.

El problema de esta idea es no entender que el tipo de interés es claramente un fenómeno de mercado. Es un importante precio de mercado que relaciona los bienes presentes con los bienes futuros. En los procesos empresariales de coordinación intertemporal tiene un papel protagonista porque regula la relación entre consumo, ahorro e inversión.

El ajuste de los comportamientos presentes y futuros lo realiza la función empresarial en el mercado de intercambio de bienes presentes por bienes futuros. Es en este mercado en donde se fija el tipo de interés, y está constituido por toda la estructura productiva de la sociedad, en la que los ahorradores (oferentes o vendedores de bienes presentes) renuncian al consumo inmediato y ofrecen bienes presentes a los propietarios de los factores originarios de producción y bienes de capital a cambio de obtener un mayor valor de bienes en el futuro.

No importa si la autoridad monetaria decide expandir, contraer o dejar intacta la masa monetaria: cualquier decisión que tome distorsionará los precios relativos. Los dirigentes de los bancos centrales forzosamente se equivocan porque sus decisiones serán distintas de las que se hubieran adoptado en los procesos de mercado.

Además, decía Mises que ninguna ley económica es más impopular que esta: que los tipos de interés son, a largo plazo, independientes de la cantidad de dinero, porque ni siquiera la expansión de crédito más grande puede cambiar la diferencia de valoración entre bienes presentes y bienes futuros.

No se entiende como algunos liberales que se oponen a la existencia de órganos de planificación central cuyo objetivo es el de establecer los precios de distintos bienes y, sin embargo, deseen mantener los bancos centrales, que no dejan de ser órganos de planificación central que pretenden establecer tasas de interés. Hay que abolir los bancos centrales de la misma forma que se deben abolir cualquier organismo de planificación central.

Sencillamente, los tipos de interés son precios, y el mercado es el único instrumento que permite conocer cuales son las preferencias de los ahorradores y de los consumidores. Los bancos centrales han usurpado el papel del mercado en la esfera monetaria. No existe un criterio objetivo para fijar un tipo de interés. Por tanto, no se puede hablar de que los tipos sean altos o bajos porque no hay un punto de referencia que se pueda tomar para fundamentar esta afirmación. Conceptos como el “fine tuning” o la “cantidad óptima de dinero” carecen de sentido y deberían ser eliminadas de los manuales de economía.

El intervencionismo monetario no puede conseguir lo que se propone y está condenado al fracaso. No puede hacerlo porque no es teóricamente posible que los dirigentes y funcionarios de los bancos centrales dispongan de la información necesaria para dar contenido a sus mandatos. Por un lado, es lógicamente imposible debido a que la información relevante es práctica, se encuentra dispersada en la mente de todos los hombres de forma tácita y, por tanto, no es articulable. No puede ser formalizada y no se puede concebir la transmisión de esta información al órgano director. Y por otro lado, aunque fuera transmisible, el órgano de planificación central no podría asimilar e interpretar el inmenso volumen de información necesaria.

Lo único que se consigue con la existencia de los bancos centrales es provocar una generalizada mala inversión de los recursos y factores productivos e imposibilitar que se descubran las situaciones de desajuste que se dan en la sociedad. Por lo tanto, genera descoordinación y desajuste, porque los agentes actúan de manera contradictoria y sin darse cuenta de que cometen errores sistemáticos. Lo cual acabará en la falta de calidad de los bienes y servicios e incluso en problemas de escasez. Curiosamente, se utiliza esta descoordinación social para justificar ulteriores dosis de intervención.

Hayek señaló que un organismo monopolista único no puede poseer la información que permite determinar la oferta de dinero, y añadió que, “incluso si supiera lo que debe hacer en beneficio del interés general, habitualmente no estaría en disposición de actuar de ese modo”.

Y es que hay que ser muy ingenuo para creer que los funcionarios gubernamentales y los directivos de los bancos centrales son guardianes desinteresados de nuestro bienestar que no intentarán buscar privilegios y réditos políticos mediante el monopolio de la emisión de moneda.

En este sentido, la autoridad monetaria puede beneficiar a sectores o industrias por motivos políticos simplemente obligando a los bancos a ampliar el crédito a la vivienda o a la agricultura, por ejemplo. Otra manera de conseguir rédito político es seguir una política monetaria expansiva en los años electorales. De esta manera se consigue una reducción temporal del desempleo a muy corto plazo, que puede hacer que los votantes se decanten por el partido que está gobernando. Es lo que sucedió en la reelección de Nixon en 1972. Evidentemente a largo plazo este tipo de políticas son económicamente destructivas, pero pueden hacer que el poder político consiga su principal fin, que no es otro que perpetuarse en el poder.

Otro motivo para eliminar los bancos centrales es que no pagarán por sus errores como sí que lo haría un empresario o cualquiera de nosotros en un mercado libre. En este sentido, L. H. White comparaba su funcionamiento con el de un Imperio. La eliminación del monopolio de la emisión de dinero haría mucho más difícil el intervencionismo y control estatal de la economía.

La existencia de una sociedad libre implica necesariamente la compresión de los fenómenos monetarios. El desconocimiento teórico en este campo lleva a grandes dosis de intervencionismo y coacción estatal. De ahí que Hayek considerase que la historia es la historia de la inflación generada por los Gobiernos para su propio beneficio.

Es verdad que los fenómenos monetarios son mucho más complejos, abstractos y difíciles de entender que los de otros campos. Incluso un pensador de la talla de Hayek llegó a defender el monopolio gubernamental en materia monetaria en Los Fundamentos de la Libertad. Afortunadamente cambió su postura en su ensayo posterior La Desnacionalización del Dinero. Rectificar es de sabios, y Hayek lo era. ¿Lo seremos nosotros?

El planeta, a la espera del discursazo

El partido popular ha batallado en la medida de sus posibilidades para que Zapatero cumpla uno de sus sueños, que es algo que tenía en un sinvivir a D. Mariano, dispuesto siempre a ayudar al Gobierno de España, aunque no es seguro que el PSOE hubiera hecho lo mismo en las circunstancias contrarias. Quiero decir que no es probable que si Rajoy fuera presidente del Ejecutivo y Obama su colega norteamericano, los socialistas hubieran intercedido para que el gallego se diera un baño de grandeza rodeado por los hombres más poderosos del planeta. No por falta de ganas ni por la deslealtad con que los socialistas se han conducido siempre en cuestiones de Estado, que también (recuérdense en este punto las campañas brutales que hubo de sufrir Suárez cuando el PSOE vio posibilidades de desbancarle, o las más recientes contra Aznar a cuenta del Prestige y la Guerra del Golfo II), sino porque Barack Hussein Obama vive muy feliz sin saber quiénes son Caldera, Blanco, Pajín o Moratinos, y además, Rajoy nunca hubiera hecho una estupidez infantil que ofendiera al pueblo norteamericano y le cerrara las puertas del 1.500 de la Avenida Pensilvania, como le ha sucedido con toda justicia a Rodríguez Zapatero.

Sea como fuere, lo cierto es que Zapatero estará en la cumbre financiera y además dispondrá de siete minutos, siete, para diseccionar los males que han causado la actual crisis mundial, a saber: Reagan, Thatcher y Aznar, y no necesariamente por ese orden. Le ha faltado incluir a Juan Pablo II, que algo tuvo también que ver en las relaciones internacionales de la época, pero es que el laicismo anticatólico impide a quien lo padece el mencionar a los papas o a los curas, ni siquiera para insultarles.

Según las primeras filtraciones, por supuesto interesadas, Zapatero va a pedir más intervención pública y a poner el ejemplo español como modelo de transparencia en las relaciones financieras entre los Gobiernos y los bancos, que ya es tener humor. Y lo mejor de todo es que el tipo parece que lo va a decir completamente en serio, algo que podría tener un pase si ocurriera durante un mitin en una localidad del agro extremeño, pero de dudosa eficacia en un auditorio formado por los primeros ministros de las principales potencias del mundo.

Y por otro lado, tenemos la factura que con toda seguridad nos va a pasar Francia por cedernos una "sarkosilla" (FJL dixit). Acostumbrados desde el Siglo XVIII, con los primeros borbones, a pagar facturas al vecino del norte, la broma de Washington seguramente nos va a salir por un pico a los contribuyentes españoles. Ni siquiera sacando a hombros a Zapatero después de su discurso y nombrándole presidente del planeta Tierra amortizamos la inversión, ya lo verán. Y eso, claro, si es que la voluntad de transparencia total anunciada por ZP permite que algún día conozcamos el dato.

Confianza

Cuando uno habla con un experto en el sistema financiero y en la banca, a medida que corren los minutos tiene crecientes probabilidades de encontrarse con las varias posibilidades sobre la misma frase: “la banca se basa en la confianza”. Los políticos, lo vemos estos días en la televisión, mencionan una y otra vez la palabra cuando hablan del sistema financiero. “Podemos mantener plenamente la confianza en el sistema”. O “las medidas adoptadas por el Gobierno restablecerán la confianza en la economía”, etcétera.

Y tiene cierta lógica. Sólo que es una lógica perversa. Nosotros depositamos dinero en el banco y contamos con él con total disponibilidad. Pero el banco no lo mantiene en depósito, sino que lo presta al mercado. El cliente del banco que ha depositado su dinero cuenta con él como si estuviera todo a su disposición en cualquier momento. El empresario o inversor que ha recibido el crédito, como es evidente, cuenta con parte de ese dinero. De hecho, el banco se lo ha prestado. “Esa es la lógica del sistema”. Efectivamente, pero ¿qué recorrido tiene esa lógica?

Sin entrar en pormenores, lo que produce este hecho sencillo y a la vez complicado es que hay demasiados planes asignados al mismo dinero. “No puedes comerte la tarta y tenerla al mismo tiempo”, dicen en inglés, pero eso es exactamente lo que pasa con los depósitos prestados. Para el mismo dinero uno tiene unos determinados planes (mantenerlos como saldos disponibles en cualquier momento) y otros unos planes distintos (invertirlos). En todo ello subyace un engaño, porque los planes son incompatibles al mismo tiempo. Si se mantienen es, precisamente, porque los depositantes retiran habitualmente una parte, por lo que siempre hay otra que no retiran todos al mismo tiempo. Es aquí donde entra nuestra palabra: “confianza”.

Pues se dice que el sistema funciona porque reina la confianza en él y mientras ésta predomine. En su ausencia, quien se apodera de los depositantes es el “pánico”, por lo que la labor de las autoridades financieras y económicas, bancos centrales, ministerios y demás, pasa por insuflarnos confianza. Pánico bancario y confianza en el sistema son las únicas relaciones posibles del ciclo con las llamadas “teorías psicológicas” del mismo.

Pero hay un pequeño detalle, un hecho o más bien una relación que puede parecer irrelevante, pero que lo cambia todo. Y es que los “pánicos” tienen origen precisamente en ese divorcio, ese engaño que proviene de que uno y el mismo dinero esté en la mente de unos como depositado para acudir en cualquier momento mientras otros ya lo han comprometido en proyectos a varios años vista. Con el desengaño aparece la crisis económica y el temor de los depositantes de que un día su banco le diga que no puede retirar más que una porción de su dinero. De modo que la “confianza” no es suficiente para garantizar el sistema. Es un nombre paradójico para referirse a un engaño.

Bombeando liquidez… hasta la siguiente crisis

La actual inestabilidad del sistema financiero proviene de su pecado original que consiste en endeudarse a corto para invertir a largo. El cliente cuando deja en custodia su dinero de curso legal en el banco piensa que está suscribiendo un contrato de depósito cuando lo que realmente está haciendo, sin saberlo, es darlo en préstamo al mismo que, a su vez, lo presta raudo a diversos negocios, un mecanismo propio de la banca que multiplica los riesgos empresariales. Con este fraude se logra que crezca la economía, pero se distorsiona su estructura productiva. Históricamente esta creación de dinero fiduciario por parte de los bancos comerciales pedía a gritos la existencia de un banco prestamista (central) de última instancia. Cosa que sucedió invariablemente en todos los Estados (Panamá es la excepción).

Por si fuera poco, la imprudente expansión crediticia propagada recurrentemente por los bancos centrales induce a bancos, empresas y particulares a endeudarse y colocar recursos en proyectos de todo tipo que no siempre son rentables. La función empresarial queda cegada por la abundancia de crédito barato de nueva creación y, por tanto, se invierte y se apalanca en demasía en proyectos que no cubren las necesidades más urgentemente demandadas y valoradas por la sociedad. Estas numerosas “malinversiones” en determinados activos sobrevalorados crean las conocidas burbujas que acaban explotando. Es entonces cuando se impone en momentos de marea baja un ajuste doloroso, pero inevitable en aquellos negocios que –en palabras de Warren Buffett– estaban bañándose desnudos.

Sucede que cada vez que aparece en el sistema financiero una supuesta crisis de falta de liquidez los bancos centrales acuden en su ayuda con inyecciones millonarias de dinero fiat que, además de envilecer los medios de pago vía inflación, impiden que se aplique la disciplina de mercado, es decir, la expulsión de aquellos bancos que ante la sobrevaloración de sus activos o la falta de las necesarias provisiones han consumido su capital temerariamente. Quedaría así corroborado el dicho de que si te enjuagas la boca con bastante liquidez, puedes quitarte el mal sabor de insolvencia… hasta la siguiente crisis. Un sistema financiero permanentemente socorrido por el monopolio de la autoridad monetaria hace esfumarse la línea que separa claramente la iliquidez de la insolvencia. El shock financiero de dicho sistema está asegurado en forma de bomba de relojería.

Los bancos centrales son incapaces, por el contrario, de acudir con capital proveniente del ahorro voluntario de las personas, que es lo esencial en estos casos. Lo que sí logran es que los bancos se conviertan en un cártel imprudente que actúa en un entorno libre de riesgos al contar con un prestamista (público) de última instancia que vendrá siempre a rescatarlo.

Parece, no obstante, que hemos llegado a un punto de no retorno. Viendo la situación de desplome en Wall Street tras la quiebra de Lehman Brothers y el destape de masivos instrumentos de apalancamiento, el mencionado Buffett afirmó que le parecía estar en medio de una playa de nudistas. Los interesados achacan a la avaricia y falta de transparencia del mercado las graves deficiencias surgidas en la presente crisis cuando la realidad es que los excesos descubiertos son fruto de un sistema financiero corrupto y de malas regulaciones que promueven precisamente los estímulos incorrectos.

Las sobredosis de liquidez vertida en el sistema ya no hacen nada: el mercado interbancario por el que los bancos se prestan dinero entre sí sigue sin desatascarse. Los bancos, además de no fiarse entre ellos al ignorar el nivel de insolvencia de sus homólogos, guardan su poca liquidez para hacer frente a los vencimientos de plazos de sus propias deudas.

Los actuales planes de emergencia de los Gobiernos para salvar a la desesperada el sistema financiero van a intentar rescatar a cualquier banco en apuros con dinero del contribuyente y con deuda pública. La urgencia hace tumbar las barreras del sentido común. Se acepta incluso alegremente la entrada de los Estados en el accionariado de los bancos y la vuelta del nacionalismo económico. Medidas de épocas pasadas que han mostrado su ineficacia una y otra vez están ahora en boca de todos. Puede ser peor el remedio que la enfermedad.

Si se suprimiera el dinero fiduciario de curso forzoso de monopolizada emisión por parte de los bancos centrales, si se impidiera a éstos manipular los tipos de interés artificialmente, si se aplicaran los principios de derecho en la práctica bancaria así como los de prudencia contable en la valoración de activos en los balances, si se diera libertad a los ciudadanos para decidir qué debe ser dinero y qué puede hacerse en cada momento con él, se lograría así que circulase un dinero más honesto que el actual, se entraría en una época de sano progreso, habría un deseable equilibrio entre inversión y ahorro, entre producción y masa monetaria. Se conseguiría –al fin– reducir los ciclos económicos (quiebras bancarias incluidas) tal y como ha explicado la teoría austriaca del ciclo económico de forma meridiana. También desaparecería, como por encantamiento, esa acuciante necesidad de incontrolada liquidez que padecemos desde que dejamos nuestro dinero en manos públicas.

La hegemónica corriente económica del mainstream actual no ha sabido prever ni atajar adecuadamente esta crisis financiera. Sus modelos teóricos se muestran incapaces de servirnos como herramientas para comprenderla. Han fracasado una vez más.

No hemos calibrado convenientemente las consecuencias de dar por sentado el que deba hurtarse al individuo su capacidad de elegir el patrón monetario más idóneo y el precio que debe tener el dinero en cada momento. Nuestro actual Estado-Leviatán se ha hecho con estos monopolios liberticidas (se proyecta incluso ahora fortalecerlos en la próxima cumbre de “hombres G”) que no hacen sino empobrecer y desestabilizar innecesariamente al conjunto de la sociedad civil. Es hora de empezar a cuestionarlos muy seriamente.