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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Rajoy no tiene una respuesta para usted

Algo digno de mención si se tiene en cuenta la ristra de mentiras y la demagogia barata a la que nos tiene acostumbrados la clase política española.

Ahora bien, dicho esto, si algo ha demostrado Rajoy es que, hoy por hoy, carece de una respuesta para usted. Es decir, de un programa de acción política capaz de afrontar con cierta solvencia la grave situación económica. Haciendo uso de un discurso tenue y ambiguo, el presidente de los populares no logró aportar ni una sola medida digna de mención para paliar la principal preocupación de los españoles: el desempleo masivo.

De hecho, Rajoy trató de evadir algunas de las preguntas clave que, a modo de puñal, fueron lanzadas por los miembros del público. "Hay que aguantar", contestó Rajoy a un camionero que no llegaba a fin de mes. Es más. En un alarde de optimismo propio del Zapatero más iluso e hipócrita, el líder del PP confió en una pronta mejoría del panorama económico nacional. Una afirmación que, sin duda, denota su ignorancia en esta materia.

Por supuesto, Rajoy no dudó en descalificar reiteradamente como ineficaces e inadecuadas las medidas aprobadas hasta el momento por el Gobierno socialista. No cabe duda de que el diagnóstico se lo han transmitido muy bien sus asesores de Génova. Una pena que malgastara casi año y medio de oposición sin abordar este tema, antes de las elecciones generales, cuando algunos ya advertían de lo que se avecinaba. El problema del PP, sin embargo, es que carece de recetas a aplicar en caso de que, finalmente, la crisis económica termine derribando al actual Ejecutivo.

Ni una sola mención a las profundas reformas estructurales que precisa el país. Ni abaratamiento del despido y de la contratación; ni rebaja sustancial de las cotizaciones sociales –¿saben ustedes cuánto pagan cada mes a la Seguridad Social?–; ni máxima flexibilización del mercado laboral; ni derogación de la nefasta negociación colectiva que imponen los sindicatos desde hace décadas en pos de la alegórica paz social… En cuanto a recortes fiscales, Rajoy tan sólo reiteró su intención de aplicar una exigua rebaja del Impuesto de Sociedades, y poco más.

¿Recetas? Miles de millones en nuevos préstamos públicos a través del Instituto de Crédito Oficial (ICO) para pymes, una actualización de módulos para los trabajadores autónomos, que tampoco precisó, y acortar a 60 días el pago de las voluminosas deudas que acumulan los ayuntamientos. ¿Y la crisis bancaria? "Confianza", mucha confianza en la solidez del Estado a la hora de garantizar los depósitos de los ahorradores.

Punto y final. Ni un palabra sobre el necesario y drástico recorte que precisa el gasto público. Nada sobre establecer rígidas limitaciones al desbocado endeudamiento en el que están incurriendo a la desesperada municipios y comunidades autónomas. Ni mu sobre la urgencia de relanzar cuando antes la energía nuclear para reducir la elevadísima dependencia energética que sufre el país, o sobre la ineludible conveniencia de incentivar el ahorro mediante la aplicación de una amnistía fiscal en toda regla.

Y eso, por citar sólo algunas de las reformas económicas que precisa España para levantar cabeza a medio plazo. Me temo que, o bien el PP conoce el castigo electoral que conlleva aplicar determinadas medidas, y por eso calla, o bien apuesta por una mimetización con el PSOE en materia económica. Algo que, sin duda, sería terrible, ya que implicaría que este país carece de alternativa política y, como consecuencia, nada o poco va a cambiar en el futuro próximo.

De hecho, por desgracia, todo apunta a esta segunda opción. El PP denunciaba esta misma semana que el PSOE había aplicado un recorte de gasto social, que apenas superaba los 60 millones de euros. ¡Terrible! Por su parte, el vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, se fustigaba esta misma mañana por la caída que estaba experimentando el precio de la vivienda. Todavía no se ha percatado de que dicho ajuste es imprescindible para la recuperación del sector del ladrillo.

Con este plantel, mal vamos. ¿Qué hará Mariano cuando el rescate financiero precise de decenas de miles de millones de euros y el país no se pueda permitir un aumento exponencial de la deuda pública? ¿Tendrá el valor y la convicción suficiente para borrar del mapa programas enteros de gasto e inversión pública que, hoy por hoy, estima imprescindibles? ¿Apostará firmemente el PP por el libre mercado, única receta viable para salir del agujero a medio plazo? Lo dudo. No obstante, la actual dirección popular se vanagloria de su perfil socialdemócrata. Rajoy vive de hazañas pasadas. Olvida que fue, sobre todo, la entrada de España en el euro y la burbuja inmobiliaria auspiciada por el crédito fácil lo que permitió registrar crecimientos anuales por encima del 3% durante más de una década –incluso gobernando el PSOE por más que le pese a don Mariano– hasta que llegó el pinchazo.

Rajoy también olvida que fue su Gobierno el que, en pleno crecimiento económico, se bajó los pantalones ante los sindicatos a la hora de aprobar una reforma laboral que ya entonces era ineludible. ¿Lo hará en plena crisis? Nuevamente, me temo que no. Rajoy carece de respuesta a la crisis.

Por suerte, la tan ansiada recuperación económica nunca llega de la mano de los políticos. Son siempre los ciudadanos quienes, gracias a su tesón, su esfuerzo, su iniciativa y su innata creatividad empresarial logran levantar un país. El resto son cuentos. El Gobierno, sea del color político que sea, tan sólo ha de interferir lo mínimo posible para que este espontáneo proceso, propio del libre mercado, acabe teniendo lugar. Así pues, ¿confianza? Sí, toda. Pero deposítenla únicamente en ustedes, no en los políticos. Sólo el individuo puede generar riqueza, el Estado tan sólo vive de ella y la reparte a su antojo entre cargos, amigos y venta de favores, siempre en beneficio propio.

Y aquí, ¿qué ha fallado?

No tenemos que irnos ni a Wall Street ni a Washington para buscar a los responsables de su caída. Basta con que nos quedemos en el escenario típicamente cervantino. Y, por desgracia, tampoco tendremos que esperar mucho tiempo a que estos desafortunados créditos a promotores sigan cobrándose la cabeza de otras cajas.

El progresivo desmoronamiento del sistema bancario español, en línea con lo ocurrido en otras partes del globo, debería servirnos como alerta y vacuna contra las interpretaciones más pueriles y sesgadas de la crisis económica. Los políticos, los de allí y los de acá, se están montando una película alternativa sobre sus causas para eximirse de responsabilidades.

No hay que ir demasiado lejos. Si usted le pregunta hoy mismo a cualquier persona de la calle por qué ha empezado esta crisis, le dirá que los malvados especuladores financieros de Wall Street (la versión sajona de los especuladores inmobiliarios españoles) invirtieron en productos muy arriesgados que han terminado siendo impagados. Y dado que esos especuladores no estaban sometidos a supervisión, es necesario que ahora nuestros políticos los regulen masivamente para impedir que vuelvan a hacerlo.

En esta línea, el secretario del Tesoro de Estados Unidos lleva meses repitiendo que la culpa de la crisis radica en el llamado "shadow banking", esto es, instituciones financieras que actúan como bancos (por ejemplo, las aseguradoras tipo AIG) pero que no están sometidos a las estrictas regulaciones de los bancos. El remedio parece sencillo: que ningún agente, que ningún producto y que ningún mercado queden fuera del atento control del Estado, como ya se propuso en noviembre durante la pasada cumbre de Washington.

Pero hete aquí que en nuestro país empiezan a quebrar entidades financieras como las cajas que sí estaban supervisadas por el Banco de España (de hecho, según todos decían, "muy bien supervisadas") y que no habían prestado dinero a productos complejos que no entendían sino a actividades tan tradicionales como comprar un terreno y construir varios bloques de pisos.

No, la crisis financiera no es una crisis del "shadow banking" frente al modelo mucho más prudente y noble de la banca comercial de toda la vida. Ambos tipos de banca han quebrado conforme los Gobiernos de los distintos países han dejado de sostener artificialmente los mercados. No ayudará, por tanto, que el sistema financiero internacional adopte las pautas de un modelo español que de poco ha servido para evitar la crisis.

Valdría la pena que por una vez nuestros mandatarios practicaran un ejercicio de honradez y reconocieran su responsabilidad en esta situación: los bancos centrales expandieron el crédito de manera insostenible desde 2003, generando todo tipo de burbujas (como la inmobiliaria) y malas inversiones por la economía que ahora se están revelando y rebelando. Este lucrativo chiringuito –las entidades financieras se endeudaban a corto plazo prestando a largo y el banco central de turno les cubría el riesgo de iliquidez a costa de generar inflación– que los políticos luchan por defender –entre otras cosas, porque les permite financiar el enorme gasto público actual– y ocultar con todo tipo de diagnósticos demagógicos es el que se ha venido abajo en los campos castellanos.

Mira que eres torpe, Teddy

Hay que ver cómo pasa el tiempo y lo que cambian las cosas, sobre todo, para algunos que pese a todo insisten en negar la gravedad de la situación.

El presidente de la Confederación Española de Cajas de Ahorro (CECA) solicita abiertamente la intervención del Estado para evitar quiebras en el sector. Reforzar la solvencia de las cajas de ahorros se ha convertido, casi de la noche a la mañana, en asunto de emergencia nacional. Y es que, tal y como alerta Quintás, el coeficiente de solvencia de las cajas españolas se sitúa hoy en el 11,8%, y un ratio inferior al 8% forzaría la intervención del Banco de España.  

Y todo ello, con una tasa de morosidad oficial del 4,5% en enero, que equivale a 39.400 millones de euros en créditos de dudoso cobro. Unos 13.700 millones de euros más que la banca nacional, cuya mora se sitúa en el 3,17%. El problema es que el volumen de impagos seguirá aumentando en los próximos meses conforme el desempleo crezca, las empresas cierren y el colapso del sector inmobiliario se mantenga por resistirse al necesario ajuste de precios. 

España no sólo cuenta con hipotecas basura, sino también con cajas subprime. El sector financiero español acumulaba a mediados de 2008 cerca de 315.000 millones de euros en créditos concedidos al sector de la construcción. En los últimos 15 años, el crédito total al sector inmobiliario se ha multiplicado por más de 12, pasando de 88.500 millones de euros a 1,07 billones para la construcción y compra de inmuebles.

Las cajas de ahorros son, precisamente, las entidades más expuestas al boom del ladrillo. Más del 70% de sus créditos concedidos en 2007 se destinaron exclusivamente al mercado de la vivienda, tanto promotores como familias, frente al 50% de la banca, según advertía el pasado mayo el Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana (OCE). En total, los préstamos concedidos por bancos y cajas a dicho sector se aproximó al 60% en 2007, casi el doble que en 1992 (35%).

Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, a finales de 2006 y principios de 2007, el pastel ha quedado al descubierto. Las cajas de ahorros comienzan a padecer los primeros síntomas evidentes de insolvencia ante el incremento de la morosidad. Y es que su exposición crediticia al ladrillo multiplica por siete sus fondos propios (capital). En concreto, y tomando 2007 como base de datos, último año de la burbuja, las cajas de ahorros apenas disponían de 14 céntimos por cada euro invertido en el sector del ladrillo. Un nivel de cobertura muy inferior a la de 1993 (33 céntimos por euro).

El derrumbe del mercado de la vivienda se está traduciendo en quiebras de un gran número de inmobiliarias y constructoras, cuya actividad estaba fuertemente apalancada. Es decir, compraban suelo y levantaban pisos con dinero externo procedente de la banca, ya que la burbuja atemperó la percepción del riesgo crediticio.

Como resultado, la morosidad de los préstamos concedidos a actividades inmobiliarias se disparó hasta el 6,09% de media en 2008, multiplicando casi por doce la tasa registrada en 2007 (0,52%), según los últimos datos del Banco de España. En el caso de los bancos ascendió al 4,94%, mientras que en el de las cajas se ha disparado hasta el 7,02%.

Ahora bien, tal y como comentábamos, la fiesta acaba de empezar. Si el riesgo de insolvencia se cierne hoy sobre algunas cajas de ahorros, con una morosidad media del 4,5%, tengan ahora en cuenta los siguientes datos: la burbuja inmobiliaria en la última década ha sido una de las mayores del mundo, superior a la de Estados Unidos y a la de principios de los años 90; además, España se enfrenta a la peor recesión en décadas y, de hecho, todo indica que sufriremos una tasa de paro superior al 20% a corto plazo; por último, y como consecuencia de todo lo anterior, los impagos seguirán incrementándose.

La propia CECA estima una morosidad próxima al 6% a mediados de año, mientras que el Banco de España no descarta una tasa del 9% a finales de 2009, muy similar a la alcanzada en 1993. La diferencia es que, en la actualidad, el volumen de crédito es muy superior al de la última crisis económica. En 1993 una morosidad del 9% representaba unos 25.000 millones de euros en créditos de dudoso cobro, equivalente al 5% del PIB nacional. Hoy, asciende ya a 72.000 millones, y la tasa apenas es del 3,8%.

De elevarse al 9%, tal y como advierte el Banco de España, el volumen de créditos en riesgo de impago aumentaría hasta una cifra próxima a los 170.000 millones de euros, casi el 15% del PIB nacional. Un último dato. Muchas entidades no podrían soportar una morosidad superior al 10%. La crisis bancaria en España, aunque con retraso con respecto al resto de países, acaba de comenzar. Bienvenidos.

Krugman y su economía de los canguros keynesianos

La concesión del Premio Nobel de Economía a Paul Krugman le ha convertido en una especie de guía espiritual para gestionar la recuperación de la crisis actual. Sin embargo, dado que los conocimientos del estadounidense sobre el ciclo económico dejan bastante que desear, sus recomendaciones difícilmente serán adecuadas.

Quizá la manera más sencilla de comprobar que su perspectiva keynesiana de Krugman es del todo inútil para comprender el funcionamiento de una economía lo tenemos en el ejemplo al que tanto le gusta recurrir para explicar el ciclo económico: la cooperativa de canguros.

En este modelo, cada pareja miembro de la cooperativa presta sus servicios de canguro a otra pareja y a cambio de este servicio recibe un vale que le da derecho a solicitar en el futuro que otra pareja de la cooperativa cuide de sus niños (y a cambio de lo cual ésta última pareja recibirá un vale que da derecho a lo mismo).

Con este sencillo esquema, Krugman explica tanto las recesiones (por ejemplo, el pinchazo de la burbuja de las puntocom) como las depresiones deflacionarias (Japón). Recesión sería cuando el número de vales en circulación se reduce (por ejemplo, porque algunas parejas acaparan muchos vales con el objetivo de tener disponibles servicios de canguro en el futuro), de modo que cada pareja empieza a racionar el uso de los vales para ocasiones especiales (es decir, no salen tanto por las noches para no tener que gastar vales); sin embargo, si no hay parejas que gasten, el resto de parejas no podrá adquirir nuevos vales, de modo que cada vez la demanda de canguros se restringe más y, por tanto, también la oferta. La solución es simple: imprimir más vales para que se creen más oportunidades de hacer de canguro y la circulación de vales se "reactive".

Para explicar la depresión a la japonesa hay que perfilar un poco el modelo, añadiendo un mercado de crédito: se supone que cada pareja puede pedir prestados cupones a la administración de la cooperativa a cambio de que en el futuro le devuelva aun más cupones (el interés de la operación opera aquí como una sanción para penalizar el abuso del endeudamiento).

En este modelo, el problema puede surgir por la fuerte estacionalidad en la demanda de canguros: en invierno ninguna pareja quiere salir de fiesta y no necesita canguros, así que intentará construir reservas de vales para verano, cuando sí desea salir de casa. Pero si nadie quiere salir de casa, nadie podrá acumular vales (sin demanda de canguros no hay oferta ni demanda futura), con lo cual los pocos que tengan reservas de vales todavía estarán menos dispuestos a gastarlos en invierno. Ni siquiera aunque la autoridad ponga los tipos de interés a cero, las parejas demandarán vales en invierno, ya que perderían oportunidades de salir en verano. En esta situación la economía habrá caído en la "trampa de la liquidez".

La solución para Krugman vuelve a ser igualmente simple: hacer que los vales se deprecien, de modo que si no se gastan en invierno ya no sirvan en verano; y así, los vales seguirían circulando. Dicho de otra manera, la inflación es la solución para la depresión. Conclusión que haría muy feliz a Silvio Gesell.

La simplicidad del modelo no impide que para Krugman sea muy descriptivo de la realidad. En el artículo podemos leer que "cambió su vida", que "puede aprenderse más economía con él que con un año de editoriales del Wall Street Journal" e incluso que "si se lo toma en serio podría salvar el mundo".

Veamos hasta qué punto estas pomposas conclusiones tienen algo de sustancia y si logran resistir un mínimo análisis crítico de los supuestos del modelo:

  • El consumo genera la renta (inexistencia de capital): Los modelos keynesianos carecen de una buena teoría del capital –algo que el propio Keynes reconoció– ya que suelen representarlo como un fondo homogéneo que se autorreproduce y que carece de estructura alguna. Obviamente, esto es irreal, ya que los bienes de consumo no aparecen en el mercado por arte de magia, sino que son producto de toda una estructura de bienes de capital que lejos de ser amorfa, es muy compleja, heterogénea, específica y bastante indivisible, y lejos de autorreproducirse, sólo puede mantenerse a costa de unos recursos que proceden de una restricción del consumo. Dicho de otra manera, cuando vendo un coche, estoy obteniendo retribución no sólo por el "bien de consumo" coche, sino por todos los factores productivos que han ayudado a producirlo (máquinas, obreros, minas, centrales eléctricas…). El modelo de Krugman, sin embargo, supone una simplificación aun mayor que el keynesiano, ya que el capital ni siquiera existe. Cada vez que una familia consume un servicio de canguro genera automáticamente nueva renta en otras familias. La economía se reduce a un simple trueque de servicios. Pero sin capital ni inversiones no puede haber, por definición, un problema de "malas inversiones" y, por tanto, toda la cuestión del ciclo económico carece de sentido. Dicho de otra manera, Krugman pretende explicar el ciclo económico mediante una organización económica donde no puede haber ciclo económico por el motivo que exponemos a continuación.

  • Sólo existe una forma de generar riqueza: Dado que en el modelo sólo existe un bien (servicios de canguro), Krugman equipara producir ese bien con generar riqueza; así, dejar de producirlo equivale a recesión y pobreza. Esto es absurdo, ya que una sociedad donde cada pareja cuidara siempre de sus hijos sería paupérrima y una sociedad donde cada pareja nunca cuidara de sus hijos (sino de los de otra pareja) sería riquísima. En realidad, que en este modelo se presten más o menos servicios de canguros no es un asunto de malas inversiones (por ejemplo, que cada pareja haya financiado sus salidas de fiesta con la deuda y cuando llega la hora de repagar toda esa deuda deban renunciar en seco a seguir saliendo y, por tanto, a contratar canguros), sino de variabilidad de preferencias de los consumidores.

  • No existe el dinero: En puridad los vales de la cooperativa no son dinero, ya que sólo son intercambiables por un bien, a saber, los servicios de canguro. Dicho de otra manera, el tenedor de vales es un consumidor cautivo de los servicios de canguro. Sólo puede elegir si consumirlos antes o después, pero no puede forzar una reconversión de los servicios de los canguros. Por tanto, ni el consumidor es soberano, ni, de nuevo, existe un problema de malas inversiones: el oficio de canguro siempre será la especialización óptima en esta economía.

  • No existe incertidumbre asociada a los vales: Pese a que el vale sólo incorpora un derecho de cobro, Krugman asume que no conlleva ningún tipo de incertidumbre, es decir, que cualquier tenedor de un vale puede obtener en cualquier momento y lugar la cantidad de servicios de canguro que desea consumir. Obviamente esto no tiene ningún sentido, ya que tener derecho a un canguro no garantiza poder encontrar siempre a alguien que quiera prestar este servicio; especialmente si la cooperativa imprime vales por unos servicios de canguro que las parejas no han aceptado prestar. Dicho de otra manera, Krugman sostiene que si se imprimen artificialmente vales, las parejas estarán dispuestas a hacer horas extra y que, por consiguiente, los vales nunca serán impagados, ni siquiera cuando el progresivo incremento inflacionario de horas extra deje a las parejas con menor tiempo disponible para realizar otras actividades. Pero, ¿qué pasaría cuando cada día circulasen por pareja más derechos a horas de canguros que horas tiene el día?

  • El ahorro sólo puede tomar la forma de atesoramiento: En las sociedades modernas, incrementar el ahorro permite incrementar las inversiones y, por tanto, la cantidad de bienes de consumo futuros. Los factores no quedan desempleados por el hecho de ahorrar, sino que son trasladados desde unas industrias (las de consumo) a otras (las de bienes de capital). Dado que en el modelo de Krugman no existen bienes de capital, las familias sólo pueden atesorar sus vales. Y al atesorarlos necesariamente incrementan el desempleo de los factores productivos (es decir, el resto de parejas que quieren ser canguros), los cuales no tienen otro sitio donde ser ocupadas. Si el modelo admitiera la existencia de inversión, quedaría claro que si se reduce el consumo de canguros puede incrementarse la demanda de bienes de capital. Por tanto, la fuerte estacionalidad de la demanda de bienes de consumo –esto es, la preferencia por la liquidez que según Krugman provoca la crisis de Japón– sólo favorecía que durante las épocas de poca demanda, los "recursos ociosos" se invirtieran en industrias destinadas a producir más bienes de consumo para las épocas en que éstos tengan una alta demanda. Pero en este modelo esto no puede ocurrir, ya que se asume que es imposible trasladar renta del presente al futuro mediante la inversión (y el consecuente incremento de nuestras posibilidades de consumo futuro).

  • Los recursos ociosos son simplemente un problema de demanda: El corolario del punto anterior es que la actividad cae y las parejas se quedan sin prestar servicios de canguro porque la gente ahorra (es decir, atesora), de modo que basta con incentivar que vuelvan a consumir para que la actividad resurja y los recursos se vuelvan a emplear. De nuevo, dado que no hay capital ni malas inversiones, Krugman no se da cuenta de que en una economía la mayoría de los factores productivos se emplean de manera conjunta y sinérgica, de modo que la desocupación (el paro) indica la insuficiencia de bienes de capital complementarios para dar empleo a los recursos ociosos; insuficiencia que se debe a la necesidad de reconvertir las malas inversiones previas (que en este modelo, recordemos, no existen).

  • El gasto público y la inflación son suficientes: Visto lo anterior –si la actividad y el empleo son el consumo, si el dinero sólo puede emplearse o bien en el consumo de un solo bien o bien en su atesoramiento, si no existe incertidumbre alguna en el cumplimiento de las obligaciones y si los recursos productivos son perfectamente móviles en sus usos– por supuesto la resolución de las "recesiones" es evidente: basta con forzar el consumo de vales, ya sea imprimiendo mayor cantidad de ellos u obligando a que se desatesoren (con inflación o decretos de gasto obligatorio). El problema es que este modelo no tiene nada que ver con la realidad de una economía capitalista –donde hay bienes de capital y donde el problema es cómo reorientar las malas inversiones previas–, que no en vano es donde se producen los ciclos económicos.

Sin duda, un Nobel muy merecido.

¿Y si Bernanke tuviera razón?

Aunque desde luego es arriesgado efectuar este tipo de predicciones –y Bernanke no cuenta con un gran historial en este sentido, por ejemplo en 2005 aseguraba que no existía ninguna burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y que, por tanto, no se produciría ninguna crisis–, el presidente de la Reserva Federal podría estar en lo cierto, aunque por razones distintas a las que tiene en mente.

Recordemos que las crisis son la consecuencia natural a un proceso generalizado de malas inversiones inducido por los bancos centrales. Casi todos los agentes económicos han sido conducidos al error por el sistema bancario y toca reestructurar la economía. ¿Y cómo se reestructura una economía? Básicamente purgando todas las malas inversiones: con quiebras y particiones empresariales, con reducciones del tamaño de mercados enteros, con despido de factores productivos, con caídas de precios de los activos y con un incremento del ahorro. Una vez que las malas inversiones se hayan corregido, la crisis termina y se inicia la recuperación sobre una base más sólida que antes.

El problema de las crisis suele ser que la población aguante estoicamente al ver como pierde su empleo o como el valor de sus patrimonios se hunde temporalmente. En caso de impaciencia y malestar, la petición más lógica es que el Gobierno intervenga para evitar el ajuste; es decir, en lugar de un ajuste brusco para volver a crecer se opta por el estancamiento secular en la mediocridad. Japón es un ejemplo claro de que la no liquidación de las malas inversiones perpetúa la crisis.

¿Pero ha ocurrido esto en Estados Unidos? Bueno, sólo en parte. En la economía norteamericana el único mercado que estaba significativamente inflado era el inmobiliario y hasta diciembre de 2008 los precios de las viviendas ya habían caído un 30% desde su punto más alto, lo cual elimina prácticamente toda la sobrevaloración de su precio y permite dar nuevos bríos a este sector. Muchas empresas han quebrado y la economía se está reorganizando con fusiones, adquisiciones y liquidaciones de activos.

En cierto sentido puede que los políticos hayan llegado demasiado tarde para impedir el ajuste: por ejemplo, aunque se ha evitado que algunos bancos quebraran, estos se encuentran en un estado vegetal a la espera de certificar su defunción o de recapitalizarse cuando la economía se recupere, por lo que sólo en parte se ha evitado que enajenaran sus activos en el mercado. Lo mismo sucede con el milmillonario plan de Obama; los fondos públicos no empezarán a gastarse hasta bien iniciado 2010 y mientras tanto la economía continuará ajustándose. Con un poco de suerte, el mercado volverá a ir por delante de los políticos y la economía resurgirá antes de que puedan hundirla definitivamente.

Así, el profesor Jesús Huerta de Soto, uno de los pocos economistas en todo el mundo que ha sido capaz de predecir y explicar la crisis con una teoría completa sobre la misma, lleva meses pronosticando que la recesión estadounidense adoptará la forma de V, es decir, una caída muy brusca y rápida que dé paso a una pronta recuperación…. siempre y cuando, como tampoco se cansa de repetir, los políticos no metan su pata sobre las empresas e impiden su reestructuración.

De hecho, lo único que le falta a Estados Unidos para volver a crecer es un mayor desapalancamiento que incremente el peso de los fondos propios sobre la deuda acumulada; pero dado que este desapalancamiento ya se ha producido en los activos de peor calidad, el proceso que les queda por delante debería ser menos doloroso que el ya vivido.

Así pues, pese a todo, Bernanke podría estar en lo cierto, aunque ni los riesgos han desaparecido ni convendría olvidar que toda su política ha ido dirigida a evitar que se produzca ese ajuste que permitiría la recuperación que ahora predice. Al fin y al cabo, las reducciones de tipos de Bernanke iban dirigidas a evitar que los precios de la vivienda siguieran cayendo (abaratando el crédito hipotecario), aun cuando esto fuera uno de lo requisitos básicos para la recuperación. Afortunadamente, hasta ahora, su política monetaria ha sido estéril: ni ha evitado la quiebra de bancos (eso fue obra de Paulson) ni la deflación de precios de activos, y gracias a ello la recuperación está más cerca.

Otra cuestión, claro, es el caso español, donde los precios de la vivienda apenas se han corregido y donde la única reestructuración productiva tiene lugar vía destrucción de empleo. Aquí no tenemos una economía tan flexible como en Estados Unidos y eso se nota y se seguirá notando en el futuro.

Greenspan sí causó esta crisis

Básicamente, existen dos teorías para explicar la burbuja financiera que sufrieron los mercados internacionales entre 2002 y 2006. Una, la explicación de la escuela austriaca, sostiene que la Reserva Federal (y el resto de bancos centrales del mundo) manipularon artificialmente los tipos de interés a la baja (en Estados Unidos estuvieron durante un año al 1%), de modo que se invirtieron muchos más recursos de los que había disponibles merced al ahorro real. Así, se iniciaron muchas más inversiones de las que eran rentables y la cosa terminó explotando a finales de 2006.

La otra explicación, blandida especialmente por los altos cargos de la Reserva Federal –como el actual presidente Ben Bernanke o el propio Alan Greenspan– es que durante ese período se produjo un "exceso de ahorro" (savings glut) por parte de las economías asiáticas que se dirigió especialmente hacia Estados Unidos. Dado que había "demasiado ahorro" y "demasiadas pocas inversiones de bajo riesgo", ese exceso de ahorro, buscando una cada vez más escasa rentabilidad, tendió a dirigirse hacia proyectos crecientemente arriesgados.

A la Reserva Federal le interesa poderosamente escudarse en esta última explicación por motivos obvios. En caso contrario, Alan Greenspan y Ben Bernanke serían dos de los principales responsables de la crítica situación actual.

En su artículo en el Wall Street Journal, Greenspan afirma que los tipos de interés que fija la Reserva Federal no están relacionados con los tipos hipotecarios y, por consiguiente, no pudieron influir en la orgía crediticia. ¿Y por qué según Alan Greenspan ambos tipos de interés están desconectados? Por dos razones: la primera, que las tasas de la Fed son generalmente a un día (overnight) mientras que las hipotecas se prestan por largos plazos (15 o 30 años); el segundo, que cuando la Reserva Federal comenzó a incrementar sus tipos de interés a mediados de 2004, los tipos de interés de las hipotecas y de la deuda a largo plazo, en lugar de aumentar en consonancia se redujeron.

Probablemente Greenspan sólo esté intentando marear la perdiz para conservar parte del prestigio que injustamente amasó durante su etapa al frente de la Fed. Dudo mucho que el ex presidente de la Reserva Federal no conozca cómo funcionan los mercados crediticios y, por tanto, ignore las críticas que voy a efectuar a sus pueriles razonamientos.

Primero, aunque los tipos de interés de la Reserva Federal sean a un día, el negocio bancario actual consiste, desgraciadamente, en endeudarse a corto plazo para invertir a largo. Dicho de otra forma, los bancos refinancian continuamente sus deudas a corto plazo a través del banco central (y el mercado interbancario que se desarrolla en su entorno) e invierten en activos que maduran a largo plazo (por ejemplo, hipotecas). De esta manera, si la Fed baja sus tipos a corto plazo, la oferta de fondos prestables a largo plazo se incrementa y, por tanto, el tipo de las hipotecas decrece en consonancia. Y ello por no hablar del número de hipotecas que se concedieron referenciadas a esos tipos de interés a corto plazo (por ejemplo, el Euribor o el Libor en Estados Unidos), esto es, de las hipotecas a tipo variable.

El segundo argumento, de bastante más enjundia, ya alcanzó cierta celebridad en 2005 bajo el nombre del "conundrum de Greenspan". En pocas palabras, pese a que la Fed aumentó los tipos a corto plazo desde mediados de 2004, los tipos a largo plazo no descendieron. El ex presidente de la Fed consideró esto un conundrum, algo así como un enigma sin solución.

Lo cierto es que en este punto no cabe responsabilizar sólo a la Fed, sino a otro organismo público, la SEC (la CNMV de Estados Unidos). En 2004, concedió una exención a cinco entidades bancarias para poder multiplicar por tres su grado de apalancamiento. Es decir, aunque la Reserva Federal comenzó tímidamente a aumentar los tipos, la oferta de fondos prestables a largo plazo siguió disparándose. ¿Se imagina qué cinco entidades fueron las beneficiarias de ese privilegio de la SEC? Bear Stearns, Lehman Brothers, Merrill Lynch, Goldman Sachs y Morgan Stanley, es decir, los cinco mayores bancos de inversión de Estados Unidos que han terminado quebrando o reconvirtiéndose. Pero además, aunque la Fed restringiera su oferta de crédito desde mediados de 2004, el Banco Central Europeo o el Banco de Japón no hicieron lo mismo hasta más tarde, de modo las entidades europeas y japonesas tenían poderosos incentivos por participar en la burbuja inmobiliaria que Greenspan había desatado dos años antes.

Mucho me temo que la credibilidad de El Maestro no sobrevivirá a la presente crisis (al igual que la de otros muchos economistas monetaristas), pero en su descargo hay que decir que Greenspan probablemente sí sabía qué estaba haciendo durante su gestión. Al fin y al cabo, se conocía bastante bien la teoría austriaca del ciclo económico. Su problema no fue tanto de ignorancia –como le sucede a Bernanke– cuanto de maldad y oportunismo.Aunque no sé si eso le deja en mejor o peor posición.

¿Y si sólo están empeorando la crisis?

Hace casi dos años que empezaron las famosas inyecciones de liquidez al sistema. Medidas a corto plazo para aliviar el mercado interbancario que, con el tiempo, se convirtieron en intervenciones rutinarias a largo plazo. A la vista está que tales acciones sólo sirvieron para alimentar a los periodistas que escribieran sobre ellas. La repercusión en la economía fue nula. El efecto sicológico no duraba ni 48 horas en las bolsas internacionales.

¿Y si estas políticas no hubieran hecho más que restar recursos del futuro para inyectarlos en el presente con un único propósito propagandístico, hasta el punto de que los propios burócratas ya dudan sobre sus efectos? Este dinero y estos créditos los vamos a tener que pagar en el futuro porque no son fruto del ahorro, sino de una imprenta que crea medios de pago virtuales y emite dinero que no existe. Estos activos e inyecciones son futura inflación.

Si inundar el mercado con fondos nacidos de la nada es la solución a todas las crisis, ¿por qué las principales bolsas han bajado alrededor de un 60% desde la debacle subprime? ¿Por qué el desempleo se acelera en todas partes? ¿Por qué sigue bajando el PIB? ¿Por qué continúan quebrando tantas empresas sin atisbos de mejora a corto, medio o largo plazo?

¿Cómo la regulación puede ser la solución a la crisis, si las principales entidades quebradas, como Freddie Mac o Fannie Mae, estaban avaladas por el Gobierno y tenían varios supervisores como la OFHEO, la HUD, la FHFA o la SEC?

¿Cómo puede el Estado inventar un nuevo sistema duradero y eficiente si la banca de inversión, principal actor de esta crisis, nació en un despacho del Gobierno americano con Roosevelt como planificador?

¿Cómo van a ser los bancos centrales los responsables de la "estabilidad de precios", cuando han sido ellos los principales impulsores del dinero barato que sólo ha generado falsas ilusiones de riqueza, mala inversión y un posterior cataclismo? ¿Es que acaso ahora la inflación crediticia crea empleo, riqueza y prosperidad? No, la inflación crediticia —nada que ver con el clásico IPC— es la continua pérdida de poder adquisitivo.

¿Qué ocurrirá cuando el Gobierno necesite cobrarse estas ayudas aumentando impuestos? Más gasto gubernamental es igual a más impuestos mañana o, si el Gobierno decide financiarlo con deuda, más impuestos para nuestros hijos, lo que aún es peor: están arruinando nuestro futuro.

Si la solución a todo son más subvenciones estatales, más subsidio de desempleo, más rescates, más ayudas del Gobierno a empresas y particulares y, en definitiva, más Estado; ¿por qué es necesario trabajar? Que nos mantenga el sector público para siempre y no sólo durante las épocas de crisis.

Si el Gobierno se dedica a premiar a las malas compañías con dinero proveniente de los impuestos, ¿qué evita que el incentivo de toda empresa sea tener el peor balance posible para recibir más dinero del erario público, es decir, de usted? ¿No penalizará este intervencionismo a las buenas empresas, arrinconando así al excelente para gratificar al mediocre?

¿Quiere que los bancos, constructoras, compañías de automóviles y alimentos… funcionen como el sector del cine que menosprecia a su cliente natural (el espectador) para vivir exclusivamente de la teta estatal con un producto que nadie quiere ni está dispuesto a pagar de forma directa?

¿De verdad cree que toda esta calamidad económica se ha debido al capitalismo cuando eran los Estados y los políticos quienes dirigían la orquesta?

Los errores de Sala-i-Martin sobre el oro

En cierta medida, una crisis económica implica también una crisis de esa sabiduría convencional (todos los agentes económicos actuaban dentro de unos patrones que han degenerado en errores colectivos), por lo que no suele estar de más poner en cuarentena ciertos supuestos avances teóricos que más bien podrían ser degeneraciones generalmente aceptadas de auténticos avances anteriores.

En su grupo de Facebook, Sala-i-Martin ha colgado una crítica al patrón oro como sistema monetario. Aunque recurre a numerosos argumentos auxiliares, algunos más acertados que otros, su tesis básicamente podría resumirse en dos puntos: 1) la tecnología y las finanzas han vuelto al oro obsoleto; 2) el oro es un mal sistema de regulación de la política monetaria y fiscal.

Analicémoslos con mayor detalle.

La obsolescencia del oro

Según Sala-i-Martin, utilizar el oro como medio de cambio –tal y como, en su opinión, defienden los economistas austriacos– pudo tener cierta lógica durante los últimos 5.000 años, pero hoy el dinero electrónico permite hacer transacciones con más rapidez.

De entrada, el economista catalán recurre a una cierta deformación de las ideas ajenas, en particular de las austriacas. Puede que la teoría monetaria sea uno de los ámbitos en que los que se consideran austriacos más hayan escrito… y discrepado. Sin embargo, no creo que ninguno de ellos pretenda que todas las transacciones de una economía se lleven a cabo mediante monedas de oro. En esencia, porque esto jamás ha ocurrido en una sociedad relativamente moderna, en las que el billete y el depósito bancario sustituyeron bien pronto al metal amarillo como medio de cambio.

Lo que los austriacos proponen es que los medios de cambio sean convertibles en oro; es decir, que yo pueda acudir a la ventanilla de un banco y exigir una cantidad fija del mismo. Ahora bien, que todos los pasivos bancarios sean convertibles en oro no significa que haya que limitar la emisión de billetes a la afluencia de más oro (como ingenuamente exigía la Peel Act) para restringir rígidamente la oferta monetaria. Es un elemento de disciplina microeconómico frente a las expansiones crediticias descontroladas.

Y es que, como dice acertadamente Sala-i-Martin, el oro sería un medio de cambio bastante malo. Como él mismo destaca, ni siquiera el papel moneda es hoy un buen medio de cambio; prácticamente la totalidad de las transacciones se efectúan a través de una cámara de compensación, en las que, por ejemplo, yo pago mis deudas con mis créditos frente a otros agentes económicos. En las cámaras de compensación de todo el mundo se efectúan a diario intercambios por valor de billones de dólares sin que se mueva casi ningún billete.

Ahora bien, las cámaras de compensación son sólo medios de cambio: no me permiten conservar mi valor a lo largo del tiempo. Dicho de otra manera, el importe de los créditos y de las deudas de igual vencimiento nunca coinciden en una sociedad; tras liquidar unos y otros, queda un saldo neto (de pequeña cuantía) que sólo puede liquidarse con dinero. ¿Qué función cumple ahí el dinero? Trasladar mi consumo al futuro: dado que he aportado más valor a la sociedad (créditos) del que quiero retirar (deudas), el neto me lo guardo para orientar las líneas productivas futuras y consumir algo que sí encaja con mis preferencias (de ahí que el dinero vuelva a su tenedor soberano en el mercado).

Y aquí entramos en la función esencial del dinero, la de depósito de valor. Sala-i-Martin cree que el dinero (sea cual sea) es un mal depósito de valor, ya que el individuo puede ahorrar en activos alternativos, como los bonos, las acciones o la vivienda, que no sólo conservan el valor a largo plazo, sino que lo incrementan. Pero aquí el profesor confunde la inversión con el atesoramiento. El atesoramiento de dinero (la tesorería de las empresas o las cuentas corrientes de las familias) sirve para mantener una posición de liquidez a lo largo del tiempo; la inversión, para incrementar el capital a lo largo del tiempo, pero a costa de empeorar la posición de liquidez.

Simplemente, si tengo el dinero en caja para hacer frente a cualquier contingencia, no puedo tenerlo a la vez inmovilizado en activos que maduran a largo plazo. De hecho, esta confusión entre el vencimiento de los activos y los pasivos (lo que, en definitiva, se ha traducido en un deterioro de las posiciones de liquidez de casi toda la sociedad) es la causa de la crisis actual, que nuestro patrón de dinero fiduciario no ha hecho sino agravar.

Mal regulador de la política monetaria y fiscal

Con todo, la crítica esencial que hace Sala-i-Martin al oro es que su cantidad es arbitraria: "Nadie ha demostrado que la cantidad óptima de dinero en la economía es la cantidad de oro que resulta que existe en el planeta tierra". Aquí vuelve a confundir las funciones del dinero como depósito de valor y como medio de cambio.

En cuanto a lo primero, la cantidad absoluta de dinero en una economía es en buena medida irrelevante. Al fin y al cabo, siempre que un bien económico sea muy fraccionable (y el oro lo es), una menor cantidad de dinero siempre será susceptible de atesorar una mayor suma de valor. La propiedad que sí debe cumplir un buen depósito es que su valor sea estable, y para ello lo significativo es que su disponibilidad no sufra grandes alteraciones con el paso de los años. Y el oro también cumple esta propiedad: todo el que se ha extraído en la historia de la humanidad sigue estando sobre la faz de la tierra; por tanto, su tasa de variación anual es lo suficientemente baja (en torno al 1,5%) como para no sufrir oscilaciones súbitas.

Otra cuestión es que la cantidad de dinero sea irrelevante para cumplir su función como medio de cambio, que no lo es. En efecto, el dinero ha de facilitar los intercambios, por eso su cantidad debe ser elástica, para adaptarse, como decían en el s. XIX, a "las necesidades del comercio". Este es un punto donde admito que sí existe cierta cerrilidad en algunos economistas austriacos, que se empeñan en que la cantidad de medios de pago en la economía esté limitada por la cantidad de oro. No es una postura unánime, ni mucho menos, pero es comprensible que Sala-i-Martin identifique hoy esa idea con la escuela austriaca (pese a ir contra las ideas monetarias de su fundador, Carl Menger, y de uno de sus más importantes representantes, Friedrich Hayek).

Pero ya he comentado antes que no es necesario guardar un 100% de oro para garantizar la convertibilidad de los billetes y de los depósitos bancarios a la vista que sirven como medios de cambio (mucho menos aún en el caso de las cámaras de compensación). Basta con que los banqueros privados se limiten a incrementar sus pasivos a la vista en función de activos muy líquidos, como pueden ser las letras de cambio de calidad (libradas contra bienes muy altamente demandados, que van a venderse con total certeza en el mercado). Y aquí sí disponemos de una enorme literatura que, si bien no es propiamente austriaca, sí tiene enormes conexiones con ella: la escuela bancaria inglesia (James Tooke, John Fullarton y, en su órbita, Henry Dunning Macleod), la primera escuela de Chicago (Laurence Laughlin y Henry Parker Willis y, en su órbita, William Scott y Benjamin Anderson) y la escuela monetaria alemana (Heinrich Rittershausen, Ulrich von Beckerath y Walter Zander).

Por supuesto, el descuento de letras de cambio de calidad (y otros créditos a corto plazo) no proporciona una regla perfecta que garantice un incremento no inflacionario del dinero, ya que la oferta monetaria pasa a depender del buen juicio y la honradez del banquero privado, de que sólo descuente las letras de cambio de calidad con origen comercial; pero sí es una regla mucho más segura que la monetización de casi todo tipo de activos, tal y como hace hoy la Reserva Federal y los demás bancos centrales. Lo que propone Sala-i-Martin no es que la cantidad de dinero en la economía se gestione con reglas monetarias científicas (como abiertamente declara), sino que casi todos los bienes sean descontables según las circunstancias. Es decir, no propone otra cosa que aplicar al s. XXI el sistema monetario de John Law, para quien todos los bienes en una economía eran igualmente líquidos, y contra los cuales (en especial contra las tierras) podían emitirse medios de pago. No hace falta recordar cómo terminó aquello.

Por último, Sala-i-Martin considera que el patrón oro es un mal mecanismo para conducir la política fiscal, esto es, para restringir los déficits públicos de los Gobierno: "Creer que el patrón oro impide que el Gobierno imprima dinero es ¡no conocer al Gobierno!", dice. Aquí habría mucho que decir, pero en lo esencial tiene razón: no puede existir un sistema monetario público estable si su propietario y garante último, el Estado, es fiscalmente irresponsable. Y esto no sólo sucede con patrón oro, también y especialmente con un sistema fiduciario.

Aun así, la diferencia entre ambos sistemas sigue siendo notable. Bajo el patrón oro, el Gobierno no sólo posee la opción de autorrestringirse a la hora de incurrir en déficit (como sucede hoy con tantos pactos de estabilidad, crecimiento o déficit cero), sino que si quiere endeudarse masivamente tiene que suspender la convertibilidad con el oro y captar unos volúmenes de ahorro que no son tan elevados como con el dinero fiduciario (ya que es mucho más complicado para los bancos endeudarse a corto para adquirir deuda pública). En todo caso, la dependencia del sistema monetario centralizado del Gobierno no es tanto un argumento a favor de un patrón oro centralizado o de un dinero fiduciario centralizado como de la banca libre, que muy previsiblemente tomaría como base el oro.

En definitiva, las críticas de Sala-i-Martin al patrón oro son sólo caricaturas de una teoría monetaria que ya las había analizado y refutado hace 150 años. Pero, tal y como él mismo señala con sorna, será que los austriacos no creemos en la teoría económica…

¿Qué hacía Clinton en Pekín?

Tras visitar varios países en Asia y Oriente Medio, los titulares se han centrado en temas geopolíticos de mucha relevancia, tales como el conflicto entre Israel y Palestina, la guerra de Irak y Afganistán o la amenaza de un Irán nuclear.

Sin embargo, entre la avalancha de informaciones, destaca una a nivel económico cuyo resultado marcará, en gran medida, el futuro de la economía estadounidense y, por ende, del propio sistema monetario internacional vigente. ¿Qué hizo Clinton en Pekín? La respuesta a esta pregunta es clave. La secretaria de Estado viajó al gigante asiático con la misión de recaudar dinero. En concreto, instó a las autoridades chinas a seguir comprando bonos del Tesoro de Estados Unidos para apoyar al presidente Obama en su suicida política de rescates públicos, tanto a nivel financiero como económico.

El régimen de Beijing tiene la sartén por el mango. China es el principal tenedor de bonos estadounidenses del mundo. Tan sólo en 2008, incrementó sus compras de deuda pública un 46%, hasta alcanzar una cifra récord de 696.000 millones de dólares. En total, dispone de unas reservas próximas a los dos billones de dólares, casi el 29% de las existencias a nivel mundial. Sin embargo, la profunda crisis que atraviesa la economía norteamericana insta a la prudencia. Es decir, a diversificar activos e inversiones en otro tipo de divisas, más allá del billete verde.

El problema es que el Gobierno de Washington se enfrenta a la mayor necesidad de financiación exterior de su historia, unos 2,5 billones de dólares tan sólo en 2009 (y en aumento) con el fin de rescatar a su sistema financiero de la quiebra. De hecho, las ayudas aprobadas hasta el momento están debilitando a marchas forzadas la solvencia misma del Fondo de Garantía de Depósitos (FDIC) y de la propia Reserva Federal (FED), de cuya solidez depende, en última instancia, la estabilidad del dólar. Pese a ello, Obama y su equipo económico han depositado toda su confianza en el incremento exponencial de la deuda pública a fin de sostener un edificio que hace aguas.

Algunos de los cálculos que circulan por el mercado estiman que, como mínimo, China tendría que adquirir el mismo volumen de deuda estadounidense que el pasado año para que el Tesoro pueda colocar sus bonos. Sin embargo, su emisión masiva y la profunda recesión que vive la primera potencia mundial se están materializando ya en un creciente riesgo de impago (default). Los seguros que cubren las letras del Tesoro de Estados Unidos cotizan a día de hoy con una prima de riesgo cercana a los 100 puntos, casi 10 veces más que a principios de 2008. Señal inequívoca de que el coste de la financiación del Estado se encarecerá a corto plazo. Por el momento, la rentabilidad de los bonos del Tesoro a 10 años ha escalado desde el 0,44% hasta el 2,65% en lo que va de año.

Y ello, sin contar con que tales planes de estímulo y rescate no lograrán, en ningún caso, reactivar la economía del país. Más bien todo lo contrario. El descontrol del gasto gubernamental tan sólo servirá para perpetuar las malas inversiones acometidas durante los años de expansión crediticia y para disparar un déficit público récord que irá en aumento. De seguir por esta senda, al igual que sucedió con Japón durante los 90, la ansiada recuperación se retrasará durante años.

Ante tal situación, la reacción de Pekín no se ha hecho esperar. Las autoridades chinas reclaman, tanto a Europa como a Estados Unidos, que garanticen el valor de sus inversiones en el exterior. "Esperamos que los países cuyas monedas son los principales activos de nuestra reservas internacionales adopten medidas eficaces para hacer frente a la crisis financiera", según advirtió recientemente Shangpu Fang, subdirector de la Administración Estatal de Divisas del Gobierno chino. "Deben trabajar para mantener la estabilidad económica y financiera y para proteger los intereses y la confianza de los inversores".

Toque de atención nada desdeñable, sobre todo, si se tiene en cuenta que Beijing aspira a convertir el yuan en una moneda de referencia y reserva internacional, en línea con el dólar. En Rusia y los países del Golfo sucede, curiosamente, algo similar. El monopolio que ha vivido el dólar durante los últimos 40 años está en entredicho. Las bases del actual sistema monetario se tambalean y su caída pintará un escenario totalmente nuevo. Si algo está claro es que nada será igual tras esta crisis. De seguir así, Bye, bye dólar, hello ¿…?

Mugabe y Keynes, únicos culpables de la hiperinflación de Zimbabwe

De todos es conocido que Zimbabwe lleva toda esta década sufriendo una grave crisis económica. Con el dictador socialista octogenario Robert Mugabe en el poder desde la independencia del país en 1980, ha estado sumergida en una hiperinflación desde 2007. El que fuera uno de los países más ricos y prósperos del continente africano (no en vano se le denominó "el granero de África") vio como su inflación se situaba en agosto a unos ¡230 millones por ciento! Un euro se cambiaba por 66.000 dólares zimbabwenses. La tasa de desempleo ya es superior al 90% y la moneda ha perdido totalmente su valor. Actualmente la oficina estatal de estadísticas ya ha dejado de publicar las cifras de inflación (por orden del Gobierno), pero hay estimaciones que la sitúan en torno a billones por ciento. Parece claro que pasa por una de las hiperinflaciones más duras de la historia.

Esta espiral hiperinflacionaria fue iniciada y liderada por Mugabe cuando comenzó a implementar políticas inflacionistas, es decir, obligar al Banco de Reserva de Zimbabwe (RBZ) a incrementar la cantidad de dinero en el sistema económico para comprar la deuda emitida por su Gobierno, lo que provocó una imparable subida de precios debido a la progresiva pérdida de valor de la moneda.

Los gobiernos utilizan la inflación para financiarse y poder realizar sus proyectos sin aumentar los impuestos (éstos son impopulares a partir de un cierto punto). En la Alemania de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, se recurrió a la inflación para financiar los enormes gastos bélicos. En el caso de Zimbabwe, se ordenó la impresión de billetes ex novo por parte del Banco de Reserva para financiar el gran déficit fiscal ocasionado por las nacionalizaciones de explotaciones agrarias en el año 2000.

El Gobierno empezó a apoderarse de las explotaciones agrícolas de los blancos (fuente de desarrollo del país) para entregárselas a los negros, argumentando que de esta forma la producción y la riqueza aumentarían notablemente, además de mejorar la situación de los negros después de haber sido explotados por los blancos durante tanto tiempo.

La realidad es que lo único que ha conseguido Mugabe ha sido generar la primera hiperinflación del siglo XXI, dejar sin trabajo a casi toda la población y causar hambrunas y miseria. Ha quebrado la economía del país, ya que la producción del sector agrícola se ha derrumbado y los inversores extranjeros se han retirado completamente. Todo ello ha terminado hundiendo el ingreso tributario del gobierno provocando un enorme déficit fiscal. El gobierno reconoció hace más de un año que el déficit fiscal equivalía por aquel entonces al 40-45% del PIB.

Lenin dijo: "¿Queréis destruir una nación? Primero destruid su moneda". Eso es exactamente lo que habrá pensado Mugabe. Su Gobierno socialista creó ese dinero nuevo para que fuese gastado y utilizado en unos determinados bienes y servicios, que aumentaron de precio antes que los demás. Esto significa que no todo el mundo se beneficia por igual de esas impresiones de dinero, porque cuando el dinero entra en la economía, hay unos agentes que lo reciben primero y se benefician de él (grupos privilegiados y otros amigos del gobierno), gastándolo y consumiendo esos determinados bienes y servicios antes de que su efecto se refleje en los precios. La inflación afecta a la población de manera diferente.

Los habitantes zimbabwenses creyeron en un primer momento que la subida de precios de ciertos bienes iba a ser pasajera y que después de un cierto tiempo los precios descenderían a su nivel anterior. Pero llegó un momento en que se dieron cuenta que no se iba a regresar al escenario preinflacionario, es decir, que los precios seguirían siendo mayores mañana que hoy. ¿Qué hace la gente en estas circunstancias? Deshacerse de sus saldos de caja comprando bienes (¡incluso aunque no los necesiten!) porque los billetes quedan obsoletos rapidísimamente. Como los precios varían incluso a lo largo del día, corren a hacer colas en los bancos para retirar su dinero antes de que pierda todavía más valor. Los ciudadanos huyen del dinero y buscan sustituirlo por otros activos que conserven mejor el valor (principal función del dinero), comprando cualquier activo que pueda salvaguardar el valor de su riqueza. No es casualidad que se haya extendido el uso del oro, el dinero por excelencia.

El gobierno siguió gastando y el RBZ financiaba los gastos imprimiendo el dinero, pero la inflación nunca puede seguir indefinidamente. Tiene un límite: la muerte de la moneda. No importa si Gideon Gono (presidente del RBZ) sigue introduciendo más dinero, si sigue quitando 10 ceros a la moneda o si pone en circulación nuevas denominaciones de billetes para frenar la falta de liquidez. Finalmente la demanda de saldos de caja cayó hasta cero.

Que los ciudadanos pierdan todo el valor de su riqueza sólo parece preocuparle a Mugabe por una sencilla razón: pierde fuentes de financiación. En efecto, cuando el dólar zimbabwense colapsa, ya no puede ser utilizado como moneda de curso legal, por lo que ya no se puede exprimir más la imprenta. Pero tampoco puede recaudar más impuestos ni expropiar más tierras y bienes. ¿Cuál es la solución que ha tomado? Introducir una nueva moneda, es decir, permitir que los comercios acepten divisas extranjeras como forma de pago (la mayoría pone sus precios en dólares estadounidenses). Esta es la única manera que podrá seguir financiándose.

La verdad es que dos cosas parecen claras: que el ex-guerrillero no está dispuesto a dejar el poder en absoluto (después de casi 30 años), y que la culpa de la catástrofe que viven los zimbabwenses es sólo suya y de las políticas socialistas basadas en teorías keynesianas que aplicó su gobierno.

Y es que esta hiperinflación es fruto de seguir aplicando las mismas recetas keynesianas que han fracasado una y otra vez, es decir, políticas monetarias inflacionarias con la falsa creencia de que hay que incrementar la cantidad de dinero y el gasto público para que el desempleo desaparezca y la demanda aumente. Son estas recetas y no otras, las que han derrumbado la economía del país causando la escasez de alimentos, medicinas, divisas y combustibles; son éstas recetas, las que han provocado que la esperanza de vida haya caído hasta los 36 años y la tasa de mortalidad para los niños de hasta cinco años se haya disparado al 65% desde 1990; y son éstas recetas, las que han forzado a millones de zimbabwenses a emigrar. En definitiva: son éstas recetas y no otras, las que han convertido a "la joya" de África en una verdadera pesadilla.