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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Macroeconomistas desorientados

El problema es que esas recomendaciones políticas normalmente son hijas de una teoría de cuya incomprensión surge, a su vez, la incomprensión de las recetas. Es lo que les pasa a De Long y a Krugman con Hayek: dado que todavía no han comprendido la explicación austriaca de los ciclos económicos, se limitan a ridiculizar los remedios que ésta propone.

Básicamente, la teoría austriaca sostiene que las manipulaciones de los tipos de interés por parte de los bancos centrales provocan expansiones crediticias que distorsionan la economía. El crédito artificialmente barato hace que muchos proyectos parezcan rentables cuando en realidad no lo son. Por eso en España llegamos a construir 800.000 viviendas anuales, y en Estados Unidos el sector financiero representó el 41% de todos los beneficios generados. Las crisis son períodos de reestructuración de desaguisados como esos: ahora, por ejemplo, no sólo hay que construir menos viviendas y reducir el tamaño de los bancos (cosa que ya está sucediendo), sino que es imprescindible redimensionar industrias relacionadas con las anteriores (las dedicadas al cemento, el mobiliario, el automóvil…) y, sobre todo, invertir para que surjan otras de nuevo cuño.

Todo esto lleva su tiempo, hay compañías que tienen que quebrar, los empresarios han de encontrar proyectos rentables y financiación, las nuevas empresas deben echar a andar. El proceso dista mucho de ser instantáneo o automático, como cualquiera que haya liquidado o montado una empresa sabe perfectamente. Ahora bien, como Krugman y De Long no lo saben y sus modelos sugieren que ese ajuste debiera producirse de inmediato, afirman, no sin cierta arrogancia, que la duración y profundidad de la crisis demuestra que la teoría austriaca del ciclo económico se equivoca. Tal vez convendría que revisaran sus hipótesis de partida: el problema no está en Hayek, sino en los modelos absurdos que manejan.

En una posición más templada se sitúa Gregory Mankiw, autor de una de las propuestas más disparatadas de los últimos meses: las tómbolas monetarias. Pocos se beneficiarán tanto como él de que no sigamos la recomendación de De Long de juzgar a los economistas por sus propuestas y no por sus teorías. En caso contrario, habría que convenir que Mankiw tiene más vocación y madera de feriante que de académico.

Desde luego, no fui el único que encontré descabellado su plan de eliminar dólares por sorteo. Otro economista, Robert Murphy, le dedicó una larga crítica en la que le tachaba de chiflado. En su respuesta a Murphy, Mankiw se distancia de la posición que adoptan Krugman y De Long con respecto a la teoría austriaca del ciclo. Admite que el análisis hayekiano es esencialmente correcto –esto es, que la economía tiene que reajustarse–, pero considera que el proceso es demasiado lento como para dejar que se produzca sin la intervención del Estado. En su opinión, dado que los precios de los productos son rígidos, una reestructuración de la economía ejecutada a través del libre mercado provocaría más víctimas de las necesarias.

Imagine una empresa de automóviles que a causa de la crisis deja de vender sus coches. Su respuesta lógica para sobrevivir debería ser bajar el precio de los vehículos para atraer a más clientes. Pero si vende más barato puede que sus beneficios desaparezcan; así que también debería reducir costes; por ejemplo, pagando salarios menores a sus trabajadores. Sin embargo, esto último no es posible, ya que los salarios se fijan por convenio, los sindicatos tienen todavía mucho poder y, en última instancia, los trabajadores no quieren afrontar recorte salarial alguno. La reestructuración, pues, se complica, y la empresa tiene que despedir a parte de la plantilla y recortar su producción: lo que podría haber sido un pequeño ajuste se convierte en un cambio brusco que casi deja más pérdidas que ganancias.

La respuesta que proponen Mankiw y otros economistas a esta situación es doble: 1) si la gente no quiere comprar automóviles, que los compre el Estado, o que éste genere incentivos para que los consumidores sigan adquiriéndolos; 2) crear inflación: si la moneda pierde valor y los salarios no suben tanto como el precio de los coches, en la práctica es como si los salarios hubiesen caído. La propuesta de las tómbolas monetarias cumplía ambos propósitos: obligaba a los consumidores a gastar su dinero y generaba inflación.

Todo esto parece que encaja bastante bien en una teoría que sólo tiene en cuenta los agregados; pero cuando tratamos de buscar su encaje en la realidad, los problemas son indudablemente mayores que las soluciones. Parece que la profesión económica sigue adoleciendo de aquel vicio tan extendido que ya descubriera Bastiat: sólo tiene en cuenta lo que se ve e ignora lo que no se ve.

Para reestructurar la economía necesitamos abundante ahorro, con el objeto de financiar las nuevas inversiones. Si los consumidores deciden ahorrar renunciando a un nuevo vehículo, no parece que sea lo más conveniente que el Estado les obligue a comprarlo y, por tanto, a recortar sus ahorros. Puede que la industria automovilística sobreviva (lo que se ve), pero sólo a costa de una reducción de la demanda (y de los créditos) en otros sectores (lo que no se ve).

Por otro lado, parte de la solución a la crisis pasa por reutilizar aquello en lo que hemos malinvertido. En España tenemos más de un millón de viviendas desocupadas. ¿Por qué no vender una parte a los extranjeros y reutilizar otra parte como oficinas, almacenes, despachos y laboratorios para las nuevas empresas? Tanto en un caso como en otro, los precios tienen que caer. Lo mismo con nuestra empresa de automóviles: para que, por ejemplo, aumente el número de taxistas es necesario que el precio de los coches se abarate y sea rentable acceder a la profesión de taxista. Si el Estado compra los coches para impedir que sus precios caigan, el sector del automóvil se salva (lo que se ve), pero los coches no se reorientan a las actividades productivas (lo que no se ve).

En cuanto a la inflación, no es un mecanismo neutral. Puede que la gente consuma más que antes, pero no de la misma forma. Dicho de otra manera: habrá industrias que tendrán que subir los salarios de sus empleados pero que no habrán visto aumentar sus ingresos, de modo que trasladaremos la crisis de unas industrias a otras. Por si fuera poco, el incremento del consumo inducido por la inflación sólo reduce, como ya hemos visto, la cantidad de ahorro disponible para extender el crédito a las nuevas empresas. Tal vez el sector del automóvil se salve porque suba más el precio de los coches que el de los salarios (lo que se ve), pero otras empresas quebrarán y otras muchas no nacerán (lo que no se ve).

En definitiva, es cierto que, como dice Mankiw, las rigideces en los precios retrasan la recuperación y hacen más grave la crisis. Pero la alternativa no pasa por más gasto público ni por una inflación más alta. Más bien al contrario: hay que flexibilizar todos los mercados (eliminando privilegios y restricciones a la competencia) para que los precios caigan cuando antes (es decir, para evitar la inflación) y permitir que los individuos ahorren más que antes (bajando impuestos y reduciendo el gasto). Sólo así tendremos un ajuste lo más rápido posible, en el que quebrarán quienes tengan que hacerlo.

Ni la ceguera de Krugman y De Long ante las causas de las crisis ni la fe irracional de Mankiw en el intervencionismo estatal son los caminos acertados para combatir las depresiones.

Chorradas y gordas

Me ha pasado como a aquel catedrático que durante la II República aparecía a veces por la facultad de Filosofía anunciando que no podía dar clase ese día por encontrarse "transido de Kant". Yo, amigos, también estoy transido de Sinde, y perdonen el trabalenguas.

La clave del éxito de esta película es su ortodoxia respecto a los tres pilares básicos que explican el éxito rutilante de nuestro cine actual: Diálogos oligofrénicos, tetas en primer plano y drogas a mogollón. El argumento de Mentiras y gordas está a la altura de las grandes producciones cinematográficas que han hecho historia en el séptimo arte, con unos actores de personalidad arrebatadora y una trama magistral que te mantiene en vilo hasta que aparecen los títulos de crédito. Básicamente se trata de mostrarnos las apasionantes vivencias cotidianas de un puñado de fumetas analfabetos entre los que encontramos a un gay que quiere perforar a su mejor amigo, una lesbiana vergonzante intentando encontrar su identidad sexual, una gorda deprimida porque su novio quinqui la ha dejado y otras dos chicas que no hacen nada pero enseñan mucho las tetas. Para redondear el argumento, mientras la trama se va desarrollando en un intenso crescendo con giros magistrales y los espectadores se plantean incesantes preguntas cada vez más angustiosas (¿Se lo montarán estos dos en el retrete? ¿En qué serie de TV he visto yo este culo?), los protagonistas se ponen de pastillas y coca hasta las trancas.

Se ha dicho de este guión, obra de la flamante ministra de Kultur, que es el peor que jamás se ha escrito y se escribirá en la Historia del Cine. También hay quien dice que lo que pasa es que no hay guión, sino sólo un señor con una cámara filmando cretinos mientras fornican y consumen estupefacientes. No estoy de acuerdo. Aquí hay una historia muy bien trabajada y brillantemente resuelta, como lo demuestran algunos diálogos, a cuyo lado palidecen Casablanca y Blade Runner. Sólo un par de ejemplos:

– Yo no soy lesbiana.
– Yo tampoco. Yo amo a las personas. No creo en las etiquetas. Eso es producto de una educación lamentable.

¡Guau! Qué fuerte ¿no? Pero eso no es todo. Atención a la reflexión metafísica de un joven efebo respecto al papel del ser humano en la sociedad actual:

– Si no haces nada no cambiará nada.
– ¿Y tú qué haces para cambiar las cosas?
– Vivir, follar, usar condón, drogarme… Esa es mi forma de protestar.

Después de estos dos ejemplos que sobrecogen a los espíritus más cultivados ¿Seguirá algún indocumentado sosteniendo que Mentiras y gordas es la basura más fétida que jamás ha producido el ya de por sí mefítico cine español?

Por cierto, Ana Polvorosa es la única actriz que desentona en esta producción surgida del caletre de la ministra. Su dicción correcta, su rostro expresivo y su elegancia interpretativa deberían proscribirla para futuros papeles, porque si el ejemplo cunde nuestro cine puede acabar perdiendo sus señas de identidad. Afortunadamente tenemos a la coguionista de esta obra maestra como ministra de Kultur para llamar al orden a los rebeldes. Que se lo pregunten a las asociaciones de usuarios de internet.

Tómbolas monetarias

Para evitarlo proponía implantar la libremoneda, esto es, un billete que tuviera que sellarse semanalmente en la Administración, momento en el que perdería una milésima parte de su valor. Dicho de otra manera, Gesell abogaba por un dinero que se depreciara un 5,2% al año: "Debemos, pues, empeorar al dinero como mercancía, si hemos de mejorarlo como medio de cambio, y ya que los poseedores de mercancías tienen siempre apuro en el cambio, justo es que también los poseedores del medio de cambio sientan el mismo apremio". Pese a que Gesell consideraba natural su orden económico, su propuesta trastocaba las relaciones económicas más básicas y naturales, a saber, la tendencia al atesoramiento ante la incertidumbre y el sometimiento de la producción al consumo.

Treinta años después de la aparición del libro de Gesell, un economista inglés, William Hutt, sostuvo que es el consumidor quien, en un mercado libre, orienta las decisiones últimas de los capitalistas, y llamó a esta circunstancia "soberanía del consumidor". Sin embargo, el consumidor sólo es soberano en tanto su dinero no pierda valor con el paso del tiempo y, por tanto, pueda rechazar indefinidamente las mercancías que le ofrecen los empresarios: si la moneda se deprecia, tal y como proponía Gesell, tendrá que darle algún tipo de salida aun cuando sea lo último que desee hacer.

El mismo año que Hutt acuñaba el término soberanía del consumidor, el que muchos, erróneamente, consideran el mejor economista del s. XX (¡incluso de la historia!), John Maynard Keynes, publicó su obra magna, La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. ¿De qué lado creen que se puso este genial economista? ¿Defendió que los productores adaptaran sus ofertas a las necesidades de los consumidores, o, por el contrario, que éstos cayeran rendidos y desarmados ante unas mercancías sin sustancia porque el dinero les quemaba en las manos?

Como no podía ser de otro modo, Keynes se sumó de manera entusiasta al bando de Gesell, a quien consideraba un "profeta indebidamente olvidado" que había desarrollado una doctrina "sólida" del dinero. Por cierto, al respaldar las teorías inflacionistas de Gesell, Keynes lanzó una advertencia que parece estar cumpliéndose ahora: "En el futuro aprenderemos más de Gesell que de Marx".

Si piensa que todas estas divagaciones sobre un dinero que tiene que sellarse cada semana en la Administración y perder forzosamente una milésima parte de su valor son cosa de una ciencia económica primitiva y poco desarrollada que carece de encaje en la refinada, formalizada y matematizada teoría económica moderna, se equivoca. Dos de los economistas más destacados de la actualidad –uno de ellos es el autor de la mayoría de los libros de texto de Introducción a la Economía de las facultades españolas y el otro recibió el Nobel en 2008– han resucitado esta semana las ideas de Gesell.

En un artículo en el New York Times, Greg Mankiw, presidente del consejo de asesores económicos de Bush entre 2003 y 2005 (casualmente, los años en que se gestó la crisis actual), ha relatado la brillante idea que tuvo uno de sus alumnos para salir de la recesión: en el plazo de un año, la Reserva Federal escogería al azar un número del cero al nueve y todos los billetes cuyo número de serie terminara en dicha cifra dejarían de ser dinero. ¿Qué lograríamos con esto? Pues exactamente lo mismo que pretendía Gesell, a quien Mankiw se encarga de rendir homenaje en su artículo: "Las ideas de Gesell se han vuelto de repente muy modernas".

Dado que con este esquema el 10% de los billetes en circulación se desmonetizarían, y que no sabríamos con antelación cuáles correrían tal suerte, durante el año previo al sorteo la gente y los bancos, en lugar de conservar su dinero, intentarían desprenderse de él a como diera lugar: consumiendo mucho más, por ejemplo; incluso prestándolo a unos tipos de interés negativos (así las cosas, el deudor, en lugar de pagar intereses, los cobraría).

Pero no crean que Mankiw es un loco solitario en la profesión. Pocas horas después de publicado su artículo, el Nobel de Economía de 2008, Paul Krugman, daba su bendición al fondo de la propuesta; pero consideraba que no iba a funcionar porque algunos banqueros centrales son demasiado "ortodoxos" e intentan alcanzar "sólo" una inflación anual del 2%.

Después de decir tamañas barbaridades, aún pretenden que se les tome en serio. Esto no es ciencia económica, sino más bien nigromancia. Tiramos unos daditos y a quien le toque, que lo pierde todo, con independencia de su condición, mérito y perspicacia empresarial. La ruleta rusa coactiva y nacional.

Al margen de los flagrantes problemas de implantación del disparate de Mankiw, y del ataque frontal a la soberanía de los consumidores que supone, lo cierto es que tanto él como Krugman demuestran desconocer las causas y remedios de la crisis actual. Básicamente, ésta se debe al pinchazo de una burbuja crediticia alentada por un sistema bancario privilegiado, en cuya cúspide se encuentran los bancos centrales. Esa expansión artificial del crédito permitió incrementar sustancialmente la demanda de numerosos bienes de consumo duradero o de inversión, como las viviendas y los automóviles. Con semejante incremento de la demanda, los productores de esos bienes comenzaron a incrementar su capacidad productiva (contrataron más trabajadores, adquirieron más maquinaria, construyeron naves más grandes…) para adaptarla a un crédito que parecía en permanente expansión. Pero una vez se detuvo esa expansión, por no estar basada en el ahorro real, todas las empresas ampliadas dejaron de ser rentables; por eso deben reestructurarse.

La idea de Krugman y Mankiw es que la economía no necesita ajustarse, sino sólo un empujón para que la gente vuelva a gastar y a endeudarse tanto como antes y así los stocks acumulados tengan salida. Y para incentivar el gasto y el endeudamiento creen que es necesario que salgamos de la deflación (donde el dinero va ganando valor) y entremos en inflación.

Pero tal propuesta es absurda. En plena burbuja, España, con una dependencia energética exterior brutal, producía 800.000 viviendas anuales. Teníamos muchas casas, pero no podíamos ni pagar el petróleo que consumíamos. Parece claro que la economía española necesita que su sector de la construcción se reduzca y, en cambio, se incremente la inversión en métodos para producir, ahorrar o comprar energía (por ejemplo, exportando más que ahora).

El plan de Krugman y Mankiw no pasa por sacar a la economía de la crisis, sino por perpetuar ésta evitando cualquier reestructuración de aquélla. Por eso quieren cargarse la soberanía del consumidor y obligarnos a dilapidar nuestro dinero: para que todos los empresarios que han malinvertido durante estos años puedan seguir vendiendo su mercancía averiada. No son los promotores inmobiliarios los que han de abandonar el sector y vendernos sus stocks de viviendas a precios de saldo: somos nosotros, los consumidores y los ahorradores, los que hemos de comprar sus productos so pena de vernos arruinados por un sorteo estatal.

En una cosa, sin embargo, sí tienen razón Krugman y Mankiw, aunque no por las razones que tienen en mente. Ambos sostienen que, para volver a crecer, hemos de pasar de la deflación a la inflación. Desde luego, cuando volvamos a crecer pasaremos de la deflación a la inflación, pero esto sólo será un efecto derivado de nuestro perverso sistema financiero (basado en la acumulación de deuda), y no la causa de la recuperación.

Recuperación con inflación y deuda, es decir, vuelta a empezar con el carrusel de auges artificiales y crisis, y mientras tanto, tómbolas monetarias. ¡A qué grado de ridiculez, degradación intelectual y superchería ha llegado la mayoría de los economistas!

El Estado también quiebra

De hecho, incluso Estados Unidos se ha metido de lleno en el peligroso juego del rescate público. El estallido de la crisis está siendo aprovechada por los políticos de toda índole y condición para extender sus garras bajo el argumento hipócrita y falaz de que el mercado es el culpable y de que, por lo tanto, es el momento de que los poderes públicos tomen las riendas y pongan orden a tanto despropósito.

Mentiras, mentiras y más mentiras. Y mientras los gobiernos ocultan la realidad a la ciudadanía, los rescates financieros, empresariales y económicos que hoy presenciamos allanan el camino a las miserias del mañana. Deuda pública, déficit fiscal, subida de impuestos, inflación y quiebras de países amenazan con sustituir las alertas que hoy copan los medios de comunicación. España no es ajena al creciente intervencionismo público. La implantación de un PER a nivel nacional es el siguiente objetivo que se ha marcado el Gobierno con el fin de comprar votos, tal y como adelantamos en estas páginas.

Hace años, pocos fueron los que alertaron del riesgo de la burbuja inmobiliaria en España. En la actualidad, las luces rojas se dirigen hacia la inviabilidad del sistema público de pensiones y la inexistencia de margen fiscal para proceder a la aprobación de nuevos planes de estímulo económico (entiéndase gasto público) que en nada servirán para sacarnos del hoyo. Una vez más, el Gobierno hace oídos sordos. Al fin y al cabo, la clase política constituye una élite parasitaria que es incapaz de ver más allá de sus narices. El cortoplacismo partidista baila al ritmo que marcan las urnas.

Sin embargo, toda esta montaña de basura demagógica y políticamente correcta no se sostiene en pie a poco que el ciudadano se interese por raspar la superficie que encubre toda esta falsedad que llena telediarios. Señores, el Estado también quiebra. Si el Ejecutivo se empeña en gobernar a golpe de emisiones de deuda del Tesoro, la propia Administración pública sucumbirá. No es algo nuevo. Apenas basta con echar un vistazo a la historia para percatarse de los riesgos a los que nos enfrentamos.

Un reciente estudio del National Bureau of Economic Research, elaborado por Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff, muestra que las crisis financieras más importantes de los últimos ocho siglos se han llevado por delante a países enteros. Es decir, las quiebras bancarias suelen derivar en suspensión de pagos por parte de Estados y elevada inflación. Un porcentaje muy elevado de países –entre el 30% y el 50% de los 66 casos examinados– no pudieron afrontar el pago de sus deudas (default) durante cinco períodos marcados por grandes crisis económicas: la guerra emprendida por Napoleón; el período que abarca desde 1820 a 1840 –aquí quebraron todos los países latinoamericanos incluidos en el estudio–; desde 1870 a 1890; la Gran Depresión (1930-1950); y la crisis de las economías emergentes de los años 80 y 90.

En la actualidad, ya ha colapsado un país de la talla de Islandia, que hasta hace apenas tres años encabezaba los índices de desarrollo de la ONU. Los países de Europa del Este se encuentran al borde de la bancarrota y algunos organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional ya ha prestado ayuda a un creciente número de países, tanto en Asia, como en Europa y América Latina.

España no es ajena a estos riesgos, al igual que Irlanda o Gran Bretaña. De hecho, España guarda ciertos paralelismos con el caso islandés, debido a su elevado endeudamiento bancario y exterior. ¿Que el Estado no puede quebrar y lo puede todo? Tan sólo un dato para aquellos que quieran ojear el trabajo de Rogoff. España ostenta el récord absoluto de suspensiones de pago de la historia. El Estado ibérico ha quebrado en 13 ocasiones. Siete durante el siglo XIX y otras seis durante los tres siglos precedentes. ¿Habrá un nuevo default en el siglo XXI? De seguir así, todo dependerá de la benevolencia de franceses y, sobre todo, alemanes. Nuestros principales acreedores. Mejor será no tentar a la suerte.

¿Crean los bancos dinero de la nada?

Una de las críticas más recurrentes que se dirige contra la banca, especialmente en esto tiempos de crisis, es que "crea dinero de la nada". Aunque la frase sea potente, ya que transmite en pocas palabras un mensaje con un poso de realidad, no es del todo correcta.

Con este artículo no pretendo exponer ninguna doctrina sistemática sobre el funcionamiento y los límites del negocio bancario; tampoco quiero exculpar a la banca de su enorme responsabilidad en la gestación de esta crisis. Me basta con clarificar el alcance que tiene la afirmación. Para ello, me centraré en comentar los dos argumentos que contiene, a saber: a) la banca crea dinero y b) lo crea de la nada.

Comenzaré por el final, ya que es la parte más sencilla. ¿Crea la banca el dinero de la nada? Dicho así parece que los bancos puedan incrementar ilimitadamente la cantidad de dinero que hay en una economía sin coste alguno. Sin embargo, deberíamos tener siempre clara cuál es la diferencia entre un banco y un falsificador. El banco reconoce el "dinero" que crea como un pasivo propio mientras que el falsificador no. En otras palabras, el banquero cada vez que crea "dinero" asume una obligación (a diferencia del falsificador, quien se desvincula de su "obra" después de utilizarla) y por tanto no crea dinero de la nada, sino a partir de las obligaciones patrimoniales que asume.

Cuáles sean el contenido y las posibilidades reales que tenga de cumplir con esas obligaciones son cuestiones distintas. Pero lo que queda claro es que ningún banquero se desentiende por completo de la gestión de su activo, ya que éste representa los medios con los que podrá (o no) cumplir con las obligaciones asumidas, es decir, el activo del banco queda sujeto a la satisfacción de su pasivo. De hecho, si los bancos crearan dinero "de la nada" sería imposible que quebraran: bastaría con que se recapitalizaran a sí mismos mediante el dinero que crean.

Ahora bien, mi crítica a la frase de marras va más allá de que el "dinero" que crean los bancos surja o no de la nada. ¿Realmente los bancos crean "dinero"? En este punto nos topamos con una cuestión terminológica que no tendría mayor importancia si no fuera porque se extraen implicaciones erróneas de la misma.

Definir el dinero es un asunto conflictivo, ya que requiere el examen y refutación de las definiciones conflictivas. Dado que no tengo espacio para ello, me limitaré a exponer mi definición: el dinero es el bien más líquido de un mercado. La liquidez, como ya expuse en otra ocasión, no es una propiedad libérrimamente subjetiva, sino que depende de elementos objetivos.

Las propiedades que determinan la liquidez de un bien también resulta aplicables a los activos financieros, pero con un matiz importante: dado que los activos financieros son siempre algún tipo de obligación (deuda), su liquidez estará limitada por la liquidez de los bienes reales disponibles para su satisfacción. Dicho de otra manera, la liquidez de los activos financieros es siempre una liquidez derivada y no originaria.

Dado que los bancos sólo crean "dinero" a través de sus pasivos (billetes y depósitos), la liquidez máxima de estos activos financieros estará restringida por la liquidez de los activos reales del banco (y de los activos reales de los deudores del banco). En la medida en que el banco no puede crear liquidez originaria (dinero), me parece forzar el lenguaje y decir que la banca tiene la capacidad de crear "dinero".

En realidad, los bancos lo que hacen es gestionar sus activos (reales y financieros) para poder satisfacer los pasivos que emiten. Que esos pasivos tengan una cierta negociabilidad (es decir, que los agentes económicos los acepten por su nominal, sin descuento) es otro fenómeno que no debe confundirse con la creación de "dinero" y que tiene su explicación en la presunta buena gestión de su liquidez que harán los bancos (lo cual les permitirá cumplir en todo momento con sus pasivos). Ésa es en última instancia la diferencia entre los pasivos de la banca y los de cualquier otra unidad económica (los primeros son muy negociables por la supuesta liquidez de su emisor y los segundos no), que no siempre ha sido tan tajante: al fin y al cabo, los pasivos de los orfebres fueron durante mucho tiempo altamente negociables y utilizados como "dinero" y en la Inglaterra de la primera mitad del s. XIX muchos pequeños comerciantes como panaderos o carniceros emitían obligaciones a la vista pagaderas en billetes del Banco de Inglaterra o en oro.

Y por ese mismo motivo, el problema de la banca no es que cree dinero de la nada, sino que asuma obligaciones que será incapaz de cumplir (incentivado por un prestamista de última instancia que en apariencia ofrece una cobertura total contra su iliquidez) y que mediante este proceso enmascare una degradación de las posiciones de liquidez de todos los agentes económicos.

Pero de esto último a "crear dinero de la nada" hay una distancia lo suficientemente grande e importante como para olvidarla.

Libertad, propiedad y reserva fraccionaria

Existe un concepto espurio de libertad que la fundamenta en la voluntad del sujeto. La falacia que subyace a ella no tiene que ver solamente con la fórmula manida de que la libertad de A acaba donde empieza la de otros sujetos sino con el hecho de que sea la voluntad el origen de su "derecho a". El límite de la libertad-voluntad no reside, más que sobre el papel, en la voluntad de otros porque es harto sabido que las limitaciones de este tipo son indefinibles y fuente de conflictos. Este falseamiento de la libertad conlleva el falseamiento de la naturaleza de la acción humana.

La libertad basada en la voluntad tiene tres consecuencias que contradicen el mismo concepto de libertad. La primera es que, para cumplir con la voluntad del sujeto, otros sujetos han de aportar forzosamente recursos. Se filtra con ello el socialismo en todas sus formas. La segunda es que la voluntad de cumplir una promesa ante otro es exigible por éste y se abre así la puerta a la semiesclavitud, si no a la esclavitud completa. Por último, se produce un fraude si se anota contra-natura el uso de una sola propiedad a multitud de sujetos diferentes. En este caso se produce un fraude masivo con lesiones a terceros.

Toda expansión bancaria de créditos es un fraude y, por tanto, una violación de los derechos de propiedad, pero puede verse como legítima si se enjuicia desde la idea de la libertad como expresión de la voluntad de las partes contratantes. Quien la ve de esta manera necesita minusvalorar, cuando no a negar, los efectos dañinos que produce.

Utilizar los depósitos bancarios como si fueran préstamos a corto plazo cuando ni siquiera lo son entra dentro de ese riesgo y son un fraude. En términos generales, la reserva fraccionaria de los depósitos a la vista es un fraude porque existe el riesgo cierto de incumplimiento del compromiso de devolución cuando todos los depositantes se presentan de manera aproximadamente simultánea. En todos estos casos, el fraude se comete porque no se consideran los derechos de propiedad como el sustento de la libertad. Los depósitos a la vista no deben ser considerados igualmente como propiedad de plena disposición y, a la vez, préstamos al banco.

Toda práctica bancaria que arriesgue de manera sistémica las propiedades es ilegítima. No existe la posibilidad, siquiera, de que el riesgo sea asumido por las partes libremente porque la certeza, sin plazo, pero certeza en suma, de que determinados efectos de la expansión perjudiquen a primeros, segundos o terceros sin identificar equivale a una lotería donde se pretenda que, además de los premios, se reintegrarán las cantidades jugadas con la esperanza no explícita de que quede un bote y de que la mayor parte de los apostantes "reinviertan" en el siguiente sorteo las cantidades jugadas y no premiadas. Un fraude puro y simple.

Por consiguiente, no se puede prometer lo que no está respaldado mediante la transferencia clara de títulos de propiedad y, para lograr esto no se puede ceder el uso de una propiedad sin establecer el reparto temporal del mismo, es decir, sin plazos, porque los derechos de propiedad se verían, se ven, así, vulnerados. En la acción humana el tiempo es un factor crucial y la apreciación subjetiva del mismo afecta al valor que cada sujeto asigna a sus propiedades. En el uso temporal de propiedades ajenas, si no se delimita el tiempo de uso y éste puede ser cero, se comete fraude.

En la práctica bancaria de reserva fraccionaria no es posible casar plazos completamente, por más que el desfase sea breve, si se consideran deudas a corto plazo a los depósitos sin plazo, ni siquiera si con ellos el banco se endeuda a corto también y solamente. Se puede argumentar que el riesgo sistémico de colapso es menor que si los plazos están descalzados, pero tal aserto oculta el hecho, consustancial a la reserva fraccionaria, de que ésta implica que el banco presta, aunque sea a corto, una cantidad nominal mucho mayor que la depositada a la vista.

El monto de préstamos que anota la banca, bajo reserva fraccionaria, tiende inexorablemente a superar el monto de los depósitos porque anotará como nuevos las cantidades que presta en un proceso que multiplica por 10, por 20 o por 50 el dinero existente reduciendo los tipos de interés y acabando, necesariamente, en quiebras y recesión. Si los bancos no expanden unilateralmente el crédito, la reserva fraccionaria no tiene ningún sentido porque es imposible que haya una demanda empresarial de dinero que, previamente a la oferta, sea detectada por los bancos. Es  falsa la idea de que es posible emitir dinero fiduciario sin producir crisis si eso responde a las "necesidades del comercio". No existe una situación previa detectable de las necesidades, y no existe modo fiable de hacer desaparecer el dinero fiduciario una vez creado.

Es la oferta de crédito bancario la que, de esa manera, incrementará la demanda del mismo y se acabará insertando en el sistema productivo provocando crisis o, cuando menos, alterando la estructura relativa de precios incrementando los de consumo. Si, por tanto, se consiente tal reserva, se comete fraude sistémico, depreciación de la propiedad dineraria, vulneración de los derechos de propiedad de terceros y restricción subsiguiente de la libertad. Incluso con una regulación estricta que evite un amplio descalce de plazos, se producirá un aumento de la oferta crediticia que estimulará la demanda expandida de ese dinero barato. El regulador, en principio mínimo, deberá intervenir más y más para intentar bien frenar, bien o subvenir la inevitable reducción bancaria de tipos y acabará regulando él mismo los tipos. Si el supuesto se produce en un entorno de banca libre no tardaría en reaparecer el banco central.

En definitiva, el fundamento sólido de la libertad es, sin excepción, la propiedad, la inalienable del propio cuerpo y la de todo aquello que se adquiera legítimamente o que sea resultado del proceso empresarial, es decir, el beneficio, tras un legítimo uso de recursos propios o ajenos. Cualquier otra modalidad teórica de defensa de la libertad abre la puerta al fraude masivo, a la vulneración de los derechos de propiedad y a la pérdida de la libertad más básica, la soberanía excluyente sobre dicha propiedad.

La cumbre de los fascistas

Siendo [el fascismo] antindividualista, el proyecto fascista se expresa a través del Estado; y se articula a través del individuo en cuanto éste coincide con el Estado… Está en contra del liberalismo clásico. El liberalismo negaba al Estado en interés del individuo; el fascismo lo reafirma.

La doctrina del fascismo, 1932
Mussolini, Benito

Uno de los pilares de cualquier totalitarismo es que "el total es más que la suma de sus partes". Anula el individualismo y por tanto la libertad de decidir, escoger, emprender, innovar y actuar. El representante del conjunto –de la sociedad o del bien común– es quien decide, escoge, emprende e impone las innovaciones, delegándolas a sus grupos de confianza, y obliga al ciudadano a actuar en esa línea. Si estas agencias que ejecutan el gran plan (ya quiera llamarse Quinquenal, New Deal, Refundación del Capitalismo…) pertenecen a un partido político que prohíbe la propiedad privada, tal sistema económico se denomina comunismo. Si lo delega parcialmente a grupos políticos y empresas privadas, se le llama fascismo.

La última cumbre del G-20 ha sido la muestra del ascendente fascismo económico o capitalismo de Estado. La gran consigna ha sido: más poder y dinero para los lobbies pro-gubernamentales –como el FMI que ha recibido un billón de dólares– y para los políticos. Además, apoyo incondicional y mayor regulación para las empresas del sector financiero y una incrementada presión sobre los paraísos fiscales.

Que se pida más dinero para bancos y aseguradoras y a la vez mayor regulación sobre ellos no equivale a dar una de cal y otra de arena, sino que se traduce en fortalecer al sector con el fin de apuntalar este tipo de monopolio. ¿Por qué cree que Francisco González, presidente del BBVA, pidió más regulación sobre los bancos? ¿Por qué piensa también que lo ha pedido toda la banca en bloque? ¿Por qué cree que la bolsa se disparó ante las conclusiones del G-20?

Timothy Geithner, secretario del Tesoro americano, ha basado su famoso plan (Public-Private Investment Program) en una especie de joint venture entre Estado y las empresas privadas. Obama va a poner en funcionamiento un gran proyecto para alimentar a las compañías ecológicas, pese a lo deficitarias que serían en una situación de libre mercado. Medio mundo le va seguir. El proyecto belicista de Obama para consolidar la ocupación de Afganistán no es humanitaria ni tiene nada que ver con la seguridad nacional, sólo responde a los intereses de los grupos de presión.

La unión entre empresas y Estado siempre se le ha justificado al ciudadano apelando a un valor fuera del mercado, esto es, a razones morales y a un supuesto bienestar de la comunidad que sólo el líder es capaz de ver y orquestar. Se ha de drenar dinero del pagador de impuestos para reflotar los monopolios financieros. ¿Es que no quiere salir de la crisis? Si está en contra de tal proyecto está en contra de la humanidad. ¿Es que no quiere salvar el planeta? Si considera un robo que empresas ecológicas vivan de sus impuestos en lugar de su libre decisión de comprar sus productos o invertir en ellas, es que es un inconsciente. Los lavados de cerebro gubernamentales, también conocidos como "campañas de concienciación", le harán ver lo necesarios que son, aunque ello signifique deteriorar la economía real.

El Estado del Bienestar es una oligarquía donde el individuo, el hombre libre –usted– es sólo un engranaje más en las decisiones de unos burócratas para alimentar y enriquecer a una élite de políticos y empresas. La razón por la que no se puede negar a ello es, por una parte, que le venden el mejor producto de todos: su bienestar absoluto. Es el Paraíso Terrenal que, no obstante, nunca llega y cada vez se aleja más de nuestras vidas. El segundo argumento, más contundente, es que si se desvía del gran proyecto de la oligarquía política omitiendo sus mandatos, sus prohibiciones económicas o sociales, se convertirá automáticamente en un enemigo público y será perseguido por el bien común que representa el Estado. La cumbre del G-20 ha demostrado que el individuo es un instrumento del Estado y no al revés. Nos han convertido en sus esclavos por nuestro propio bien.

Liquidez

Durante los últimos meses la palabra liquidez parece haberse puesto de moda. Continuamente políticos, miembros de los bancos centrales y medios de comunicación la mencionan como si fuese la nueva piedra filosofal que permitirá alejar la crisis económica. Los dirigentes de los bancos centrales parecen querer emular a los alquimistas de antaño en su búsqueda de la lapis philosophorum, utilizando como componentes bajadas de tipos de interés y la impresión directa de papel-moneda para comprar deuda.

No obstante yerran en su búsqueda y en sus recetas. La solución a la crisis no la va a proporcionar los bajos tipos de interés o la mayor abundancia del papel moneda.

Durante todos estos últimos años, las entidades financieras han estado prestando el dinero que a tan bajo coste les habían proporcionado los distintos bancos centrales. Prácticamente la totalidad de los grandes bancos centrales habían bajado sus tipos de interés a importes casi desconocidos. Al tener un coste de financiación muy bajo, los bancos tomaron ingentes cantidades de dinero prestadas que a su vez suministraban a sus clientes un precio muy bajo. Innumerables proyectos de inversión que nadie se hubiese atrevido a acometer por su inexistente rentabilidad cambiaron el signo de ésta a positivo, gracias a la caída en los costes de financiación.

Sin embargo, durante todo este periodo el tipo de interés al que se cobraban los préstamos no fue real, puesto que vino marcado por una decisión unilateral de los responsables de los bancos centrales, en lugar de provenir de un punto de equilibrio entre la remuneración deseada por los ahorradores y la que estaban dispuestos a pagar los inversionistas. Por tanto, se acometieron inversiones cuya rentabilidad jamás se hubiese considerado de existir un tipo de interés real.

Este error en la apreciación de la rentabilidad de las inversiones no sólo afectó a empresas y particulares, sino que también fue común en las entidades financieras, al subestimar el riesgo de impago y el coste de sus servicios.

Puesto que el interés había sido irreal, el dinero empezó a perder su valor frente a otros bienes, primero frente a las acciones y posteriormente frente a los bienes inmuebles, subsistiendo el problema de no existir ahorro que respondiese frente a dichas inversiones ni en cantidad ni en el tiempo (se financiaban inversiones a largo plazo con ahorro a corto plazo).

Como era natural y al inflarse desmesuradamente los precios de los bienes de inversión, la gente empezó a preguntarse si realmente valían lo que se estaba pagando por ello, momento en que estallaron las burbujas. Así, los ciudadanos se encontraron que poseían inmuebles que valían menos de lo que debían al banco, las empresas veían bajar su cuenta de pérdidas y ganancias y observaban cómo éstas no cubrían los costes de los préstamos en que habían incurrido, y la morosidad de los clientes de los bancos aumentaba sin que el valor de sus garantías cubriera el importe de lo debido.

Los bancos centrales, en lugar de reconocer el error que han cometido durante todos estos años, han acometido una nueva huida hacia delante prestando el dinero a unos tipos de interés aún más bajos, e incluso, muchos de ellos han pasado a imprimir directamente dinero, para comprar deuda pública y privada, buscando así solucionar la actual situación económica, y reduciendo los problemas actuales a una mera falta de liquidez.

Esta huida hacia delante se convierte en un error dos motivos. En primer lugar, las instituciones de crédito están aprovechando los nuevos préstamos de los bancos centrales para fortalecer su balance, ya que ellos mismos han visto subir su morosidad, se encuentran cómo al ejecutar las garantías éstas no valen su tasación original y han prestado mucho dinero a largo plazo, con una captación realizada en el corto plazo. Por tanto el nuevo dinero no llega a los ciudadanos, supuestos destinatarios de las inyecciones de liquidez. De otro lado, al tener nuevos recursos, los bancos no se ven obligados a liquidar las malas inversiones, manteniéndolas en sus balances con un valor irreal, destinando recursos a ellas y aumentando cada vez más la cuantía que tienen en activos y acciones sobrevaloradas. Por tanto, la bajada de los tipos de interés se destina a mantener unas inversiones que no van a recuperar su valor original en un plazo elevadísimo de tiempo.

Por otro lado la compra de deuda pública y privada en que se han embarcado la Reserva Federal Estadounidense y el Banco de Inglaterra, entre otros, también demuestra ser un error, no sólo por los riesgos inherentes a toda monetización indirecta de deuda, cuyos efectos perjudiciales son sobradamente conocidos, sino porque retrasa la necesaria adaptación de las administraciones públicas de dichos países a la nueva situación y porque destina dinero a deuda privada que nadie está dispuesta a comprar, es decir, a la que procede de empresas con proyectos de rentabilidad que se han puesto en duda.

Esta crisis ha de servir para recordar a los ciudadanos, empresas, gobiernos y bancos centrales cuál es su cometido más importante. Y en el caso de los bancos centrales su cometido pasa por ser garantes del valor del dinero, lo que es incompatible con su manipulación. En el momento en que los ciudadanos vuelvan a confiar en que el valor del dinero se corresponde con su valor facial (mediante, por ejemplo, la adopción del patrón oro), en que la inflación no les expropie un porcentaje de sus ahorros todos los años, y que el coste de los préstamos se corresponde con el punto de equilibrio en que ahorradores e inversores ven satisfechos sus expectativas, se habrá dado un paso muy importante para la recuperación económica. De esta manera los ahorradores obtendrán una retribución real, obteniéndose incentivos para ahorrar, y volverá la financiación para aquellos proyectos que realmente sea rentables, produciéndose la necesaria liquidación de aquellas inversiones que no debieron acometerse, reduciéndose el riesgo y la cuantía de futuras nuevas burbujas.

Que el Señor nos proteja

Los cambios efectuados son relevantes y apuntan la estrategia que, a partir de ahora, seguirá el PSOE de cara a un posible adelanto de las elecciones generales para 2010. Una vía nada descartable si se tiene en cuenta que los socialistas carecen del apoyo de los nacionalistas del PNV, tras el acuerdo de Gobierno alcanzado entre el PSE y el PP en el País Vasco.

Zapatero es consciente de que tendrá serias dificultades a la hora de aprobar nuevos proyectos y, sobre todo, los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año. Y todo ello en un contexto en el que la dureza de la crisis ya no permite negar la evidencia, como sí sucedió en los meses previos a las elecciones de marzo de 2008. Ante esta perspectiva, el presidente ha optado por la huida hacia adelante.

Así, ha fichado a dos pesos pesados de la cúpula socialista: José Blanco, que ocupará la cartera de Fomento que tanto ansiaba para apuntarse el tanto de inaugurar la entrada del AVE en su tierra, Galicia; y Manuel Chaves, quien se encargará de negociar el sudoku de la financiación autonómica y la adopción de nuevas medidas anticrisis en colaboración con los gobiernos regionales.

Por otro lado, Zapatero prescinde, al fin, de los servicios de Solbes, a la vista de que ya había cumplido su cometido. A saber, repetir en el cargo como ministro de Economía para ofrecer así una imagen de cierta solidez y solvencia ante la crisis. Tras la victoria socialista, su deseada jubilación de oro era tan sólo cuestión de tiempo. De hecho, cabe recordar que fue Zapatero quien logró convencer a Solbes de que continuara al frente de la dirección económica uno o dos años más al término de la primera legislatura.

Salgado será su sustituta. Una elección que ha causado asombro y desconcierto entre las elites empresariales y financieras del país. Y es que muchos no entienden cómo es posible que Zapatero prescinda de perfiles técnicos y experimentados al frente de Economía, justo en el momento en el que España afronta la peor crisis del último medio siglo. La explicación, sin embargo, tiene una lectura simple y sencilla. El presidente ha configurado un Gobierno de marcado perfil político, el más sectario de los últimos años, con el firme propósito de asegurarse la victoria en las urnas en caso de elecciones anticipadas.

La orden es muy clara. Chaves, Blanco, Gabilondo, Sinde y la reubicación de Salgado –bajo la maquiavélica dirección de Rubalcaba (su protector)–, conforman un nuevo Gabinete idóneo para el desarrollo de un discurso mucho más reaccionario y de marcado perfil ideológico contra la tenue y acomplejada oposición del PP.

Sin duda, no seré yo quien defienda la gestión desempeñada por Solbes al frente de Economía. Su descaro a la hora de ocultar la cruda realidad a los españoles ha sido mayúsculo y no tiene perdón. Pese a todo, el ahora ex ministro ejerció, hasta cierto punto, la función de bombero en el seno del Ejecutivo.

Durante los últimos coletazos de la burbuja inmobiliaria –entre 2004 y 2006– su gestión se caracterizó por el continuismo heredado del Gobierno del PP. Pocas fueron entonces las medidas adoptadas, y su cometido se centró en mantener el siempre deseable equilibrio presupuestario. Sin embargo, tras el estallido de la crisis –finales de 2006–, comenzó el particular quebradero de cabeza para Solbes. En este sentido, cabe destacar su oposición a determinadas medidas lanzadas desde los círculos de Sebastián y Zapatero.

Pese a todo, la creciente presión política ejercida desde el seno del Ejecutivo, su falta de motivación al frente de Economía, su insidia a la hora de ocultar la realidad y, por supuesto, el creciente deterioro económico han terminado por quemar la única figura que ejercía algo de contrapeso, aunque muy limitado, a la nefasta y amplia sombra del presidente. Zapatero gozará ahora de manga ancha para ponerse manos a la obra. Bajo la dirección de Salgado y Chaves, el Ejecutivo se esforzará por combatir la crisis.

El problema es que, como todo buen liberal sabe, si no se aplican las recetas adecuadas más vale contar con un Gobierno pasivo, ineficaz e incapaz de tomar decisiones contundentes. De este modo, al menos, no agravará la situación. El nuevo Gobierno tiene un objetivo bien distinto. Todo apunta a que apostará abiertamente por mayor intervencionismo e ingente gasto público en materia económica.

Y en esto, por desgracia, Chaves es un experto. El ex presidente de la Junta de Andalucía goza de una larga experiencia en la perpetuación de depresiones económicas. La economía andaluza no merece otro calificativo. Si España fuera un país federal, Andalucía y Extremadura liderarían el ranking de paro y falta de competitividad de la UE-27. Y pese a ello, se ha mantenido en el poder. Mi temor es que Zapatero pretenda con estos cambios imitar la gestión andaluza. Es decir, comprar votos mediante la extensión del clientelismo político tirando de chequera pública. ¿Un PER a nivel nacional? Ahora sí, todo es posible.

La insolvencia no se soluciona con liquidez y nacionalizaciones

Los principales gobiernos del mundo, encabezados por EEUU, son conscientes de la magnitud de la crisis económica que sufrimos (la peor desde la Gran Depresión, según Roubini y otros analistas destacados) y buscan desesperadamente remedios con el objetivo de aplacarla. Para hacer frente a la escasez de concesión de créditos a las familias y empresas, han tomado básicamente dos medidas: seguir inyectando liquidez y nacionalizar bancos (parcial o totalmente). Pero la aplicación de estas “soluciones” no ha aliviado la crisis en absoluto.

La primera de las medidas que implementaron fue la reducción de los tipos de interés para que se produjesen nuevas expansiones crediticias en la economía y los activos de los bancos volviesen a subir de precio. Esta es, por ejemplo, la política monetaria que ha llevado a cabo la Reserva Federal, mediante inyecciones masivas de liquidez y bajando los tipos de interés casi al 0%. Sin embargo, el problema que se les presenta a los bancos no es de liquidez, sino de insolvencia. Es decir, no es que no puedan conseguir financiación para mejorar su flujo de caja, sino que el valor de sus deudas está muy por encima al valor de sus activos. En su momento, las entidades de crédito se aprovecharon de los bajos tipos de interés para adquirir deuda a corto plazo para invertir a largo (hipotecas). Ahora los bancos son insolventes porque no pueden hacer frente a sus deudas, y eso no se soluciona con liquidez, sino liquidando malas inversiones. Bajar los tipos de interés no es la solución a un problema de insolvencia, ya que un banco quebrado no va a prestar el dinero que reciba, sino intentar saldar su deuda.

Al ver que la reducción de tipos no ha sido un buen instrumento para reactivar el consumo y el crédito, la siguiente medida que están tomando los gobiernos es nacionalizar los bancos (parcial o totalmente) al ver que hay bancos en riesgo de quiebra (cientos de pequeños bancos en EEUU). Es decir, adquirir activos inflados a los bancos para que se recapitalicen y concedan prestamos. Sin embargo, esto significa no entender el motivo por el cual se ha producido esta crisis coyuntural. En efecto, los bancos centrales, al reducir los tipos de interés de forma artificial y arbitraria, fomentaron que los bancos fuesen más flexibles y proclives a conceder créditos ya que se encontraban respaldados por ellos. Esta reducción de tipos hizo que apareciesen rentables negocios que en realidad no lo eran. Se indujo a actuar como si el ahorro de la sociedad se hubiese incrementado, cuando la realidad se trata de dinero inflacionario que han creado artificialmente gobiernos y bancos. Ahora que se han puesto de manifiesto los errores cometidos, es necesario un reajuste en la estructura productiva. Hay que liquidar los proyectos de inversión no rentables emprendidos y trasladar mano de obra y recursos productivos hacia sectores que los consumidores demanden más. Y eso sólo se efectúa mediante el ahorro voluntario de la sociedad, ya que únicamente a partir del ahorro puede surgir el crédito. Cuando los estados evitan que se liquiden las malas inversiones y aprueban planes de rescate como el del presidente Obama (838.000 millones de dólares), están consumiendo este ahorro voluntario de los ciudadanos, por lo que están agravando y alargando la crisis. En el caso de EEUU, esto puede acabar con el colapso del dólar y todo el sistema monetario. Como señaló el profesor Fekete, los activos tóxicos deberían ser liquidados inmediatamente y su titulización cancelada.

Por consiguiente, los gobiernos no deben incrementar artificialmente el crédito ni adquirir los activos tóxicos de los bancos técnicamente quebrados, sino llevar a cabo políticas que favorezcan el ahorro de los ciudadanos para financiar la recuperación económica. Y esto no se consigue mediante planes de estímulo, sino dejando que los bancos insolventes quiebren, reduciendo notablemente el gasto público, dejando de emitir deuda pública, disminuyendo los impuestos, y permitiendo que los precios de los activos inflados se ajusten.