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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

De Madoff a Hernández Moltó

Nunca dijeron ni pío sobre los pies de barro y las inestabilidades de ese crecimiento inflacionista, por mucho que quienes sí defendían y comprendían los libres mercados –como los economistas de la Escuela Austriaca– llevaran décadas denunciando las debilidades de un sistema que sólo forzando el lenguaje cabía calificar de liberal.

Por ello, cuando la torre de Babel crediticia construida durante un lustro por los bancos centrales y sus sucursales privadas comenzó a derrumbarse de manera acelerada, la izquierda resentida debió frotarse las manos. Ni entendían por qué no había caído antes ni entendían por qué caía ahora, pero al fin y al cabo tenían una oportunidad de oro para denunciar los excesos del "neoliberalismo salvaje" y clamar por su regulación, esto es, por convertir lo que hasta entonces había sido un cortijo de la banca en un cortijo del Estado.

Así, durante los últimos meses hemos oído hablar hasta la saciedad de los males de la desregulación, del shadow banking, de la especulación desenfrenada, de la codicia inversora, de los altísimos salarios de los directivos, del retroceso de la política y de la necesidad de regresar a un modelo de banca más "tradicional". Algo así como el mito del buen salvaje pero aplicado al sistema financiero.

Ni una palabra, claro, del monopolio que ostentan los bancos centrales para emitir la moneda de curso forzoso y orientar los tipos de interés. Ni una palabra, faltaba más, de la imposición estatal de un dinero fiduciario que arrebata a los consumidores e inversores cualquier soberanía para oponerse a los excesos del lobby financiero y de la nomenclatura estatal. Cero, se ve que no tocaba.

Pues bien, hete aquí que en España, el país en el que el resto de la comunidad internacional parece querer fijarse para conformar las nuevas regulaciones, quiebra Caja Castilla-La Mancha y el resto de nuestros patrios Montes de Piedad están al borde de su bien merecida bancarrota.

No deja de ser un mito que nuestro sistema bancario haya resistido mejor que el resto los achaques de la crisis internacional. Más que nada porque hasta ahora ya ha recibido tanto dinero público como el estadounidense (y a buen seguro obtendrá sumas superiores en el futuro gracias a ese FROB tan dócilmente apoyado por el PP).

Pero con el caso Caja Castilla-La Mancha no sólo debería derrumbarse este mito. Hay una asimetría si cabe más perversa que sugiere que el sector privado es esencialmente corrupto y el público fundamentalmente pulcro. El mercado nos arrastra hacia la competencia feroz y la ley de la selva mientras que el Estado nos empuja hacia la cooperación y las mieles de la civilización. Implícitamente se sugiere que el Estado debería sustituir al mercado y que si en vez de la avaricia privada hubiésemos gozado de la solidaridad pública, ninguno de estos desaguisados se habría producido.

Sin embargo, tan sólo es necesario observar de qué manera se han comportado las cajas de ahorro durante las recientes fluctuaciones económicas para comprender cómo sería un mundo donde la banca estuviera controlada y dirigida por políticos. El paraíso con el que sueñan Zapatero y Obama, el de la banca pública, está aquí en España: amiguismo, corrupción, inversiones suicidas y créditos alocados. "Infracciones muy graves" que demuestran que el hombre y no el mercado es el codicioso y potencialmente mancillable. La diferencia está, o debería estar, entre otros asuntos básicos en que en un mercado libre los errores se pagan con la quiebra y los fraudes con la restitución de las víctimas; en un sistema público, con rescates, opacidad y más poder regulatorio para los políticos.

A la izquierda le ha resultado muy fácil aprenderse el apellido Madoff y recitarlo cual letanía liberticida cada vez que se le oponen argumentos económicos sensatos. No deberíamos olvidar a Hernández Moltó: más que un Madoff hispano es el primer, que no el último, Madoff del impoluto y honrado sector público.

Crisis, también en la ciencia económica

El impacto de la crisis económica ha alcanzado a la propia ciencia económica. Esta idea ha servido al semanario The Economist para plantearse en tres artículos, en qué ha fallado la economía, y en concreto la macroeconomía y la teoría financiera.

Resulta muy interesante que el semanario reconozca que la teoría macroeconómica ha prestado una atención desmedida a la evolución del nivel de precios y haya prestado escasa atención (con pocas excepciones) a la burbuja financiera. Friedrich A. Hayek dijo en Precios y Producción, con esa capacidad para la predicción que le caracterizaba, que la ciencia económica iba a abandonar progresivamente al nivel de precios como elemento del análisis. Por el contrario, le ha atribuido un interés creciente, lo que ha coincidido con un creciente trasvase de los economistas desde las universidades a los bancos centrales, del que habla también la revista.

La atención excesiva a la inflación puede ser un error, sí, pero proviene de otro error más importante, el de mirar al dinero como una cantidad y no como un bien o, más bien, como una cualidad de los bienes. Hayek dijo en La Desnacionalización del Dinero que “dinero” debería referirse más a una cualidad que a un objeto. Pero, a su vez, esta falta se refiere a otra anterior y es el recurso a la macroeconomía como método, es decir, al fútil estudio de la relación cuantitativa entre grandes magnitudes. No son tal o cual teoría macroeconómica la que ha fallado, sino toda una forma de entender la economía.

Otra de las ideas que han sufrido con esta crisis es, según el semanario, la “hipótesis de la eficiencia del mercado” por lo que se refiere al de capitales. Se critica que ese mercado no se mueve perfectamente, pero lo que falla no es la concepción de que un mercado libre sea lo más eficiente socialmente, sino la idea de que el capital es una especie de entidad líquida que se mueve libre y fácilmente de un punto a otro. Por el contrario, los bienes de capital son heterogéneos y complementarios y la forma que van adquiriendo condiciona sus futuros destinos y usos.

Pero de nuevo lo que falla aquí es la aproximación macroeconómica a los fenómenos del mercado, que con su brocha gorda es incapaz de entender precisamente los procesos más importantes y significativos del desarrollo y del ciclo económico. Pero todo indica a que la atención se centrará sobre esta o aquella forma de utilizar los instrumentos de la macroeconomía, en lugar de plantearse si no habrá sido ella el verdadero error.

La fiesta de las cajas y quienes la pagamos

A diferencia de nuestro sistema de contratación laboral dual donde se encuentran los protegidos (los indefinidos) y los menos protegidos (los temporales), el sistema financiero es dual en otro sentido: por un lado están los privilegiados (los bancos) y por otro los hiper-privilegiados (las cajas de ahorro).

La estructura jurídica de las cajas de ahorros ha sido siempre una rara avis en nuestro catálogo de operadores financieros. No pertenecen a nadie, no cuentan con socios (sólo cuotapartícipes con derechos restrictivos) ni con junta de accionistas propiamente dicha. No existen verdaderas acciones que coticen en bolsa ni escrutinio, por tanto, del mercado. Las cajas pueden comprar un banco, pero no al revés porque la propiedad de aquéllas es indefinida. No reparten dividendos y pueden deducirse fiscalmente las cantidades destinadas a obras benéfico-sociales. No pagan costas judiciales y la responsabilidad de sus administradores es difusa.

En 1977 el decreto de Fuentes Quintana homologó la actividad de las cajas a la de los bancos y su radio de acción dejó de limitarse desde entonces a su mero territorio. Se profesionalizaron con notable éxito. Emularon a los privilegiados bancos en sus maneras de expandir y hacer dinero por doquier esgrimiendo la coartada de su "compromiso social", cada vez más accesorio con respecto a su actividad principal. Los más afanosos fueron La Caixa, Caja Madrid y Bancaja, por ese orden.

De la anterior crisis financiera importante de finales de los años 70 y de la década de los 80 sobrevivieron casi la mitad, es decir, 45 cajas. Se llevó a cabo una purga y reestructuración de todo el sistema financiero español bajo la férrea disciplina del Banco de España respaldado por el Gobierno.

El 2 de Agosto de 1985 (un año después de la ineficaz reforma laboral que acogía a los temporales) se aprobó con premeditación y alevosía veraniega la Ley de Órganos Rectores de las Cajas de Ahorro (LORCA). Los poderes autonómicos consiguieron un triunfo político de un entonces bisoño ejecutivo socialista. Esta ley abogaba por una nueva forma de gestión colectiva de las cajas buscando una "plena democratización de sus órganos rectores",de forma que en ella pudieran expresarselos intereses genuinos de las zonas sobre las que ellas operan". Desde aquel momento todos los grupos políticos con representación parlamentaria dentro de cada Comunidad pugnaron ferozmente por hacerse con los órganos de control de las cajas de ahorros. Este abordaje público fue rubricado tanto por los respectivos estatutos de autonomía como por la jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Al convertirse de facto los partidos políticos autonómicos en los únicos definidores de los intereses de las cajas se pervirtió completamente la trayectoria de unas organizaciones más que centenarias.

La LORCA otorgó, además, competencias legislativas a las correspondientes autonomías sobre sus cajas que han ido desplegando su pertinente panoplia normativa (i.e. dotarse todas de veto ante cualquier eventual fusión). Esta ley sentó las bases de un moderno caciquismo local basado en la instrumentación espuria del ahorro, el reparto de cargos y el trato de favor a empresarios amigos.

El dominio político de las cajas se consolidó con un proceso de representación de órganos rectores que dejó a la entidad fundadora inicial (el legado histórico más interesante de las cajas) con una cuota meramente testimonial y simbólica. Primaron las cuotas de los delegados de los partidos autonómicos; tras éstas, se permitió la entrada de otros representantes minoritarios: corporaciones municipales, sindicatos, trabajadores, impositores, etcétera (el sueño de cualquier colectivista).

Así, la evolución histórica de las cajas ha permitido que su vocación asistencial dirigida inicialmente a personas con escasos recursos se haya transformado en otra de asistencia a las necesidades y a los proyectos del poder autonómico de turno. Ni siquiera el impulso de las cuotas participativas como medida de semi-privatización con motivo de la aprobación de la Ley 44/2002 de Medidas de Reforma del Sistema Financiero pudo enderezar la situación para impedir un dirigismo público tan descarado.

Aunque se aluda a la crisis económica internacional, el acusado deterioro de los balances actuales de las cajas está causado fundamentalmente por la mala gestión inducida por sus padrinos políticos. En la época de bajos tipos de interés éstos fomentaron la entusiasta orgía crediticia especialmente en el crédito promotor e hipotecario de forma imprudente, fallando toda gestión de riesgos. Es notorio comprobar que la tasa de morosidad de las cajas es netamente superior a la de los bancos; caso de que en 2010 ésta supere el 9% estaremos ante no pocos casos de insolvencia. Toda la banca está escasamente capitalizada y no tiene, por tanto, capacidad para seguir con su normal actividad. Esta es la dolorosa y patética realidad pese al alabado modelo español de reservas anticíclicas. Sólo los hogares españoles deben al conjunto del sistema financiero unos 900.000 millones de euros, aparte de los 320.000 millones que tiene prestado el sector promotor. Este boom inmobiliario es de los que hacen época. El 53% de toda esta burbuja anida, por lo demás, en las cajas de ahorro, que gestionan el 40% de todo el pasivo bancario español. Desde hace meses la patronal de cajas, la CECA, ha dejado de publicar los balances de sus entidades; ciertas cajas han hecho igual con sus préstamos impagados.

Tras el mayor concurso de acreedores de nuestra historia (Martinsa Fadesa) bancos y cajas han visto las orejas al lobo al hacerse conscientes de que su suerte estaba íntimamente ligada a la de los grandes deudores y le han echado imaginación al asunto: refinanciación de la deuda, daciones de pago, constitución de sus propias filiales inmobiliarias, presión al regulador para cambiar el cálculo de las dotaciones o para no contabilizar a precios de mercado durante los próximos años toda la basura que tienen en su inflado activo. Todos han presionado también al legislador para que acuda en su ayuda a costa de la masa desorganizada antes de que la comisaria de la competencia europea frunza el ceño.

Por su parte, las cajas están intentando hacerse con premura de toda la liquidez posible mediante la emisión de participaciones preferentes en el mercado interno o de nuevas cédulas hipotecarias en el mercado internacional, la desinversión en empresas cotizadas (el 5% de toda la bolsa española está en sus manos), la reducción de su "dividendo social" o el cierre de oficinas de su sobredimensionada red. Todo ello será insuficiente.

Pese a que el dinero mal invertido (o dilapidado) sea mucho, el Gobierno no tiene empacho alguno en socorrer a las cajas, es decir, a la casta política. El actual Ejecutivo inyectará dinero público al sector bancario (mayormente a las cajas de ahorros) con un nuevo fondo de rescate (FROB), otro más, pero esta vez con el fin de que estas entidades se fusionen o integren. Lo que debiera hacer el mercado lo costeará la política central (ni siquiera la autonómica, para más escarnio) saqueando los bolsillos de todos los contribuyentes. Con ello queda patente que los tan cacareados Fondos de Garantía de Depósito eran muy exiguos. El PP ha criticado esta ayuda pero acabó por aprobarla en el parlamento. Es probable que las uniones sean entre cajas de la misma comunidad autónoma, ya que las interregionales tendrán fuertes barreras políticas. Ningún Gobierno autonómico –independientemente de su color– estará dispuesto a perder cuota de poder sobre sus cajas refrendada en su día por la LORCA. Me temo que este fondo no servirá para un saneamiento eficaz de las cajas sino que propiciará, como mucho, fusiones artificiales sin verdadera lógica empresarial pero con mucha intención política. La ceremonia, el banquete, las copas y el viaje de bodas los apoquinará el ciudadano.

Se supone que el Banco de España (BE) cuenta con atribuciones suficientes para supervisar todas las entidades de crédito. No desea intervenir en otra caja como la manirrota CCM y quiere imponer su autoridad. Pese a lo indicado por el FROB, no estoy tan seguro que el BE tenga la última palabra. Ante un futuro conflicto entre el BE y una CC AA por un asunto de cajas ¿quién se impondrá? Nuestro ZP depende mucho más de los gobiernos autonómicos (especialmente de Cataluña y Andalucía) que del gobernador del BE para seguir en su puesto; la Escuela de Elección Pública nos da la respuesta.

El problema de las cajas no es el tamaño sino su solvencia. Se habla de que en la presente crisis sobrevivirán, como en la anterior, sólo la mitad de las existentes, esto es, unas 20 cajas aproximadamente. Curioso número; casi el de los territorios autonómicos en que está troceada nuestra nación política. Estamos en el inicio de una carrera que va desde el estado de excepción financiera hasta el apuntalamiento de los grandes campeones financieros autonómicos: los bancos públicos regionales.

España no es la respuesta

Incluso los economistas "ortodoxos", que viven bien instalados en el conformismo neoclásico, se travisten de telepredicadores para proponer todo tipo de barbaridades a la mínima ocasión: los déficits bélicos de Keynes, los helicópteros dinerarios de Friedman, la creación artificial de nuevas burbujas de Krugman o las tómbolas monetarias de Mankiw, son claros ejemplos de cómo el sinsentido prende en la academia a poco que los hechos desconcierten sus endebles modelos y teorías económicas.

Los políticos, que en última instancia beben de esas turbulentas aguas, tampoco son precisamente una excepción a esta norma. Sus medidas o bien van destinadas a recortar la libertad individual con el pretexto de la crisis o bien están lo suficientemente desenfocadas como para aparentar que todo cambia con el propósito de que, en realidad, todo siga igual.

En este último grupo se enmarca los primeros esbozos de la propuesta de Obama para reformar el sistema financiero estadounidense. Como ya hemos narrado en otras ocasiones, la explicación "oficial" sobre esta crisis es que había una parte muy significativa del sistema bancario que operaba a la sombra de las regulaciones (shadow banking) y, por este motivo, fue capaz de endeudarse muchísimo para realizar pésimas inversiones como las hipotecas subprime.

En principio, una de las medidas que baraja la Administración Obama para regular este "shadow banking" es imponer a todas las entidades financieras que ahorren en "tiempos de bonanza". Básicamente, que cuando la economía está creciendo y los bancos obtengan grandes beneficios, acumulen fondos extraordinarios para cuando lleguen las crisis y tengan que hacer frente a importantes pérdidas.

Se trata claramente de una regulación inspirada en la española y que fue ideada hace más de 15 años por el ex gobernador del Banco de España, Luis Ángel Rojo. Como ya indicamos en su momento desde el Instituto Juan de Mariana, la idea tiene cierto sentido (los actuales fondos propios de la banca son del todo punto insuficientes) pero sería un error considerarla como la solución al ciclo económico. Las crisis se producen porque el sistema bancario, comandado por el banco central, se endeuda a corto plazo e invierte a largo, lo que tiene a generar iliquidez, malas inversiones y finalmente insolvencia, como bien pone de manifiesto la Escuela Austriaca.

Obviamente, una mayor dotación de fondos propios paliará en algo la tendencia hacia la insolvencia y ulterior quiebra de los bancos y, sobre todo, limitará su capacidad de expansión crediticia. Es algo que Hayek ya explicó en la década de los 30 pero de lo que muchos siguen sin enterarse. Ahora bien, suavizar algo el ciclo no significa ni mucho menos eliminarlo, por lo que cometeríamos una grave equivocación si creyéramos que con tímidas reformas de este género podemos dar por olvidadas las causas que nos han llevado a la debacle actual. La banca y los políticos no deberían irse de rositas aprobando una regulación del todo insuficiente que dentro de diez años nos vuelva a abocar a otra crisis económica.

Y hete aquí que, en medio de esta complaciente buburja intelectual y política, el padre de este sistema regulatorio en España, el propio Luis Ángel Rojo, ha intentado rebajar las expectativas que ha generado entre la clase política: no, no evitará nuevas y recurrentes crisis. Rojo recuerda que la banca española también se ha comportado alocadamente durante todos estos años a pesar de su "acertada" regulación. Sí, así es.

Pese a que en España sólo ha quebrado formalmente Caja Castilla-La Mancha, no deberíamos olvidar dos hechos importantes: primero, nuestra muy regulada banca ha generado, gracias a su laxitud crediticia, la mayor burbuja inmobiliaria del mundo; segundo, España ha destinado tanto dinero a recapitalizar su banca como Estados Unidos (alrededor del 5% del PIB) y a la luz del FROB parece que todavía necesitará mucho más (casi el 10% del PIB).

¿Por qué entonces se carga contra la desregulación estadounidense y se aplaude al modelo español? ¿Qué crisis económica ha evitado la regulación española y su sistema de provisiones contracíclicas obligatorias? Ninguna, de hecho con mucha probabilidad nuestra crisis vaya a ser muy superior a la de Estados Unidos.

Entonces, ¿a qué viene tanta emoción y esperanzas con estas regulaciones? Todo es o ignorancia o apariencia. Hay que simular que hemos dado con la clave para contentar a las masas y para seguir conservando la parte esencial del sistema: la capacidad privilegiada de que dispone la banca para inflar artificialmente el crédito de los agentes económicos y, sobre todo, del Estado.

O no aprenden o no quieren aprender: el sistema español no sirve, que escuchen a su creador o que observen la situación económica española. Si los políticos de verdad quieren terminar con los brutales ciclos económicos característicos del siglo XX, lo tienen bastante fácil: que regresen al patrón oro, que avancen hacia la auténtica libertad bancaria y que reduzcan el peso del Estado. Tres medidas que les producen tanta urticaria como para vendernos una mercancía estropeada.

Censura contra pornografía infantil

No es por un problema puntual de misantropía, sino porque el ímpetu con que la gente te pregunta cómo van a poder escuchar a Federico (y a César y a Luis) a partir de septiembre está empezando a entrar en terrenos que ponen en peligro tu integridad personal. Dios los bendiga, claro, pero estar en El Corte Inglés rodeado por varias personas que de pronto te reconocen (en las ciudades pequeñas todos nos conocemos) y acto seguido inician un acoso circular para que confieses cómo van a poder sintonizar la nueva emisora de radio de Libertad Digital, es una situación incómoda que conviene evitar en la medida de lo posible, más que nada porque en mitad de esta crisis económica habrá quien, viendo el espectáculo de lejos, te confunda con un moroso al que sus proveedores exigen el pago de numerosos atrasos.

Los hasta hoy oyentes de la COPE (en el futuro Dios y Martínez Sistach dirán) quieren seguir escuchando a los comunicadores que han hecho de la cadena episcopal la segunda de España. Y como la primera vía para escuchar la programación de esRadio fuera de Madrid será internet, a partir de septiembre se va a producir un acceso masivo de nuevos ciudadanos a lo que se ha dado en llamar la sociedad de la información. Personas de cierta edad que jamás habían pensado adquirir un ordenador y una conexión a la red, están ya recibiendo las primeras clases de sus nietos para poder escuchar una emisora cuya presencia a través de las ondas en el lugar en el que viven no está garantizada. Los habrá que aprenderán incluso a chatear para comentar la jugada en directo con sus compañeros de dominó, porque cuando hay interés y se le coge el gustillo, las posibilidades de un medio como internet son prácticamente infinitas.

Miguel Sebastián debería dar un premio a los dueños de la COPE por haber propiciado que muchos ciudadanos que ya habían renunciado a este empeño se incorporen al mundo de las nuevas tecnologías. Y eso sin contar los benéficos efectos que para el reforzamiento de los lazos familiares supone el que abuelos y nietos compartan unas horas al día de clases particulares, impartidas por el niño al que hasta hace pocos años los primeros acompañaban de la mano a la escuela.

Si Rajoy y Zapatero pensaban que se habían quitado un supuesto problema de encima, mucho me temo que a partir de septiembre lo van a tener de nuevo pero multiplicado, porque comienza uno visitando la web de esRadio y acaba leyéndose todas las noticias y la opinión de Libertad Digital, que además coge al ladito. Una tragedia, sí, pero es que Rouco escribe recto con renglones torcidos.

PP, nido de hipócritas

Era de esperar. Aún así, ¡qué descaro! Muy poca vergüenza exhibe la cúpula del PP al aprobar dicha norma cuando hace escasamente unos días, su líder, Mariano Rajoy afirmaba que "no es la ley que hay que hacer" sino un mero "parche" de dudosa efectividad para restablecer el crédito a familias y empresas. De nada han servido tales críticas a la hora de la verdad.

El rescate bancario ha sido consensuado entre ambos partidos políticos. El PP cede el bastón de mando a Salgado que, instituida en banquera central, podrá ahora reestructurar a su antojo el sobredimensionado sistema financiero español. El Gobierno dispondrá, en principio, de hasta 90.000 millones de euros (casi el 9% del PIB) para tal fin. De hecho, el FROB abre la puerta a la nacionalización bancaria en España.

En un reciente editorial, Libertad Digital resumía a la perfección la esencia del FROB:

El Gobierno podrá sustituir a los administradores y decidir sobre los procesos de fusión de las entidades y convertirá en acciones los fondos que bancos y cajas no devuelvan antes de siete años.

Su objetivo es claro:

Reestructurar el sistema bancario español a gusto del Gobierno para luego nacionalizarlo total o parcialmente […] y si el intervencionismo estatal […] ha sido una de las causas más importantes de esta crisis, no parece que la solución vaya a consistir en incrementarlo aún más. Estos planes de rescate diseñados a la medida de los burócratas no nos harán ni más prósperos ni más libres, sino todo lo contrario: más pobres y, especialmente, más sumisos.

Con su apoyo, el PP se ha convertido en cómplice y, por lo tanto, culpable de esta felonía. A saber, inyectar una ingente cantidad de dinero público para mantener en pie de forma artificial a casi una treintena de entidades, según los propios cálculos del PP, cuya gestión ha resultado ser nefasta. Las cajas de ahorros, dirigidas por ex políticos de todo color y condición, sobrevivirán gracias al dinero de los ciudadanos honrados.

Una especie de "barra libre para insolventes", tal y como acertadamente advierte Rosa Díez. ¿Dónde está la necesaria y urgente privatización de las cajas de ahorros? ¿Dónde queda la sana liquidación de entidades quebradas e innecesarias? ¿Dónde la garantía de que los recursos públicos serán gestionados eficazmente y no serán empleados para salvar a banqueros amigos y cajas al servicio de los poderes autonómicos?

Por más que busquen, no encontrarán respuesta. Sencillamente porque el FROB no contempla tales cuestiones. El plan tan sólo pretende mantener bajo estricto control a un sector, el bancario, en el que el libre mercado brilla por su ausencia. 

Valiente aportación la de los populares. Sus críticas al rescate bancario no sólo son soflamas populistas de inexistente valor, sino que constituyen una falsedad manifiesta, un intento de engaño colectivo de cara a la galería. No obstante, el PP apoyó el Plan Solbes, pese a saber que no serviría para reanimar el crédito. Poco después, abrazó el intervención de Caja Castilla-La Mancha (CCM) por parte del Banco de España. No obstante, los consejeros populares de la caja manchega dieron su visto bueno a las desastrosas inversiones llevadas durante los años del boom.

Y ahora, esto. Votos a favor de un plan repleto de incertidumbres e intervencionismo político. Y es que, al fin y al cabo, son conscientes de que algunas de sus cajas de ahorros (con domicilio social en región popular) correrán la misma suerte que CCM. Tan sólo es cuestión de tiempo. Además, al igual que el PSOE, también el PP se ha beneficiado de la condonación de créditos por parte de la banca.

El PP se ha convertido en un nido de hipócritas. De burócratas acomplejados y con escasos conocimientos económicos que, con tal de salvar la cara, son capaces de decir una cosa y, al día siguiente, hacer justamente la contraria. Los efectos del FROB serán sufragados por la ciudadanía, pero la responsabilidad de su fracaso será tan sólo de ambos partidos.

Japón, campo de pruebas comunista

Desde que ese perspicaz hijo de banquero llamado John Law observó que las economías más ricas, como su Escocia natal, eran también las que tenían más dinero en circulación, una parte de la profesión –siempre en la marginalidad hasta el advenimiento de Keynes– no dejó de buscar mecanismos para incrementar la cantidad de dinero.

El propio Law propuso emitir billetes respaldados por las tierras nacionales, sistema que en Francia tuvieron el placer de experimentar dos veces (primero bajo la dirección del propio Law y luego con los asignados revolucionarios) con idéntico resultado: hiperinflación y muerte de la moneda.

El pobre Law nunca llegó a comprender que, si bien es cierto que en las sociedades más ricas (con más ahorro) se dispone también de más crédito, lo contrario no es cierto: un mayor crédito no genera automáticamente más riqueza. Por tal confusión teórica llevada a la práctica, sus ideas sufrieron un casi completo descrédito durante generaciones (no sin una pizca de injusticia, ya que ciertas partes de su obra tenían una calidad superior a la de muchos de sus críticos).

Sí, de vez en cuando surgían ciertos lunáticos, como Proudhon o Gesell, que insistían en que nuestras sociedades eran pobres porque el crédito no era gratuito (acusación que también con cierta frecuencia se vertía sobre los avaros judíos: pensemos, por ejemplo, en el jerarca nazi Gottfried Feder, admirador de las obras de Gesell que saltó a la fama defendiendo la necesidad de romper con la esclavitud del interés: el Brechung der Zinsknechtschaft), pero nadie les hacía caso. Nadie, claro, hasta que Keynes pervirtió los términos de la economía y confirió un rango pseudocientífico a esos lunáticos. Así, a partir de Keynes, las sociedades pasaron a ser pobres (o a entrar en crisis) no por su insuficiente o inadecuada producción, sino por su insuficiente demanda.

Ante una crisis, un Estado simplemente tenía que encargarse de evitar que la demanda se redujera, y para ello debía utilizar todos los medios a su alcance, que básicamente eran dos: reducir los tipos de interés y gastar con cargo al déficit público.

Keynes prefería la segunda opción, ya que en su opinión las reducciones de tipos y, en general, las expansiones monetarias chocan con un problema serio: por muy barata que le pongas la financiación a la gente, puede haber momentos en que la gente no quiera endeudarse más. Los keynesianos llaman a esto la "trampa de la liquidez", aunque más adecuado sería denominarla la "trampa de la iliquidez": el motivo por el que la gente no quiere endeudarse más es, precisamente, que ya está hasta arriba de deudas. Si una familia no puede pagar una hipoteca, difícilmente pedirá una nueva, aunque se la ofrezcan libre de intereses.

Este devastador problema, del que no parecen ser conscientes los friedmanitas, lo ha experimentado con crudeza Japón durante más de una década (debido, precisamente, a que no permitió que se liquidaran las malas inversiones de sus bancos) y lo está sufriendo ahora Estados Unidos: aunque los tipos de interés estén al 0%, los agentes privados no incrementan su endeudamiento, esto es, no acometen nuevas inversiones.

¿Cómo estimular entonces el endeudamiento? ¿Puede haber tipos de interés negativos, esto es, tiene sentido que el deudor devuelva a su prestamista menos dinero del que recibió? Parece complicado que alguien quiera prestar dinero a tipos negativos, por una cuestión muy simple: atesorándolo obtendrá una rentabilidad superior (0%).

El establishment académico, ya atrapado en una senda de degeneración de muy difícil salida, se ha devanado los sesos tratando de estimular al prestamista para que preste su dinero a tipos negativos. El autor del manual de Economía que estudian casi todos los universitarios españoles, Gregory Mankiw, salió con la brillante idea de organizar tómbolas monetarias. Pero parece que en esta competición del disparate le ha salido un duro competidor: según el Times, el Gobierno japonés se plantea eliminar el dinero en metálico.

De este modo, los ciudadanos terminarían por ser unos completos rehenes de los bancos. ¿Qué sucedería si nuestro banco fijara los tipos de interés de los depósitos a la vista en el -5%? No podríamos sacar el dinero de la entidad, sólo transferirlo a otra. El problema es que los tipos que pagarán todos los bancos estarán muy influidos por el tipo que fije el banco central correspondiente, que podrá manejar la política monetaria a su antojo. ¿Le prestaría usted su dinero a un empresario al -2% si, en caso de mantenerlo en el banco, le quitaran el 5%? Probablemente.

Es el sueño de los inflacionistas: que el dinero deje de serlo. Que la gente no pueda atesorarlo y protestar contra los empresarios ineficientes que no le ofrecen los productos que desea o contra los prestatarios torpes que no son capaces de pagarle tipos de interés más elevados por su capital. Por el mismo motivo se cargaron el patrón oro, y ahora quieren cargarse el dinero en efectivo.

Pero no nos equivoquemos: tales medidas no sólo suponen un intolerable recorte a la libertad individual, también son un camino seguro a la ruina colectiva. La crisis no se produce por insuficiencia de crédito, sino porque el crédito creció durante años muy por encima del ahorro real y ello distorsionó una estructura productiva que debe reajustarse (lo que a su vez implica una contracción del crédito). Lo que estas mentes preclaras persiguen es que la economía vuelva a crecer sin reconvertirse mediante un chute artificial de crédito. Pero el problema auténtico –una economía que no atiende a las necesidades de los consumidores– seguirá ahí. ¿Alguien cree que España volverá a crecer si los promotores obtienen financiación gratuita? No, en absoluto.

Aunque la estrategia bien puede ser otra: expropiar los ahorros de los ciudadanos imponiendo una financiación negativa para el único agente en condiciones de endeudarse, el Estado. De esta manera, el gasto público podría crecer de manera insospechada, lo que convertiría al Estado en el único consumidor e inversor de la economía.

Sí: se llama socialismo, y hacia eso quieren llevarnos muchos economistas autoproclamados "defensores del libre mercado".

Moneda de reserva mundial

Desde hace unos meses se están vienen produciendo determinadas declaraciones de las autoridades políticas chinas pidiendo la creación de una nueva moneda de reserva mundial. Puede sorprender el llamamiento, ya que oficialmente no existe ninguna moneda de reserva mundial, sino que los distintos bancos centrales han ido materializando sus reservas en los activos que han juzgado convenientes, aunque de hecho, ha sido el dólar la moneda que mayoritariamente ha venido a ocupar dicho lugar. Aunque hace ya más de un lustro que el euro comenzó su andadura como billete físico, y en sus inicios hubo quien se aventuró a protagonizar que arrebataría al dólar su papel como divisa de reserva mayoritariamente usada, lo cierto es que no cumplió con dichas expectativas, puesto que a día de hoy el dólar supone el 64% de las reservas monetarias del conjunto de los bancos centrales.

Por lo tanto, quizás sorprende el llamamiento realizado desde China para crear una nueva moneda de reserva mundial, cuando su propio banco central podría vender los dólares que actualmente tiene (y que ascienden a un 70% de sus reservas) a cambio de otra divisa que satisfaga más sus intereses. Sin embargo es posible que no desee dar dicho paso, ya que cualquier otra divisa puede tener los mismos problemas que ahora mismo percibe en los dólares.

Las razones por las que las autoridades monetarias chinas se encuentran disconformes con los dólares no son ningún secreto. En los últimos tiempos la política monetaria de la Reserva Federal Estadounidense se ha caracterizado por la bajada al máximo de los tipos de interés y por la monetización indirecta de deuda pública. Dicho de otra forma, el número de dólares puestos en circulación se va elevando cada vez más, sin que las autoridades de la Reserva Federal muestren el más mínimo signo de que van a cambiar dicha tendencia. Por lo tanto, los responsables del banco central chino creen que esa abundancia de dólares perjudicará el valor de los que ya tienen. Por pura ley de oferta y demanda, cuando la oferta de un bien aumenta, su precio disminuye, por lo que prevén que, tarde o temprano, se empobrezcan.

Si acudimos a otras monedas la situación no mejora. El Banco de Japón y el Banco de Inglaterra, parecen seguir una política similar, e incluso el mismo Banco Central Europeo se ha unido a la tendencia de monetización de la deuda. El problema es que no existen muchos proveedores de divisas a nivel mundial de entre los que se pueda elegir, al ser la emisión de moneda un monopolio estatal dentro de cada país o grupo de países.

Por tanto, las autoridades chinas parecen haberse dado cuenta de que las principales monedas existentes hoy en día presentan el mismo problema, por lo que lo mejor es crear una nueva moneda que sirva como reserva a nivel mundial. Para ello se han fijado en los derechos especiales de giro del Fondo Monetario Internacional, cambiando su composición actual (cuya cesta se basa en el dólar, euro, yen y libra esterlina) para dar cabida al yuan dentro del mismo.

La falta de confianza en el dólar no es un fenómeno nuevo. La caída del sistema establecido en Bretton Woods la provocó precisamente la emisión masiva de dólares que provocó la caída del precio de éste desde los 35 dólares la onza de oro, que establecían dichos acuerdos, hasta los 125. Los responsables de la política monetaria china, temen, por tanto, que un fenómeno similar pueda desatarse y quieren protegerse frente a dicha eventualidad, para no quedar empobrecidos si finalmente se repitiese la historia.

El problema, como se ha visto antes, es que no existen monedas que parezcan indemnes a dicha erosión de valor, ya que, aunque en diferente grado, parece haberse producido cierto consenso entre las distintas autoridades monetarias en expandir la oferta de sus respectivas divisas, lo que acabará provocando, tarde o temprano, un envilecimiento de las mismas.

La adopción de una moneda mundial, ya se base en derechos especiales de giro o en cualquier otra moneda o cesta de monedas, no va a suponer la desaparición del problema del envilecimiento de éstas, ya que el problema radica en la emisión de moneda sin contrapartida alguna, lo que inexorablemente las conduce a la pérdida de su valor.

Las autoridades chinas han acertado buscando la forma de evitar empobrecerse ante la más que previsible pérdida de valor que van a experimentar sus reservas. Sin embargo la sustitución de sus dólares por otra moneda mundial no va a evitar este empobrecimiento, salvo que abandonen la idea de buscar una divisa existente o imaginaria, y busquen activos físicos como los metales preciosos (por ejemplo el oro) que tradicionalmente se habían venido usando para este fin.

Los principales perjudicados por la impresión masiva de billetes no serían, sin embargo, las autoridades monetarias chinas, sino los propios usuarios habituales de dichos billetes, especialmente los ciudadanos más pobres. Puesto que los pequeños ahorros de estos últimos suelen estar básicamente en billetes, un envilecimiento de la moneda supone que sus ahorros valen menos, por lo cual son aún más pobres.

Por tanto, ninguna moneda, nueva o antigua, puede evitar el empobrecimiento provocado por la impresión masiva de billetes, y a la que no es inmune, ni los ciudadanos ni los propios bancos centrales extranjeros. Tan sólo una política monetaria donde los tipos de interés se fijen en función de la oferta y la demanda y la emisión de moneda se encuentre respaldada por algún tipo de activo físico como por ejemplo el oro, puede evitar este empobrecimiento, devolviendo a las divisas la confianza perdida.

El regreso de la banca pública

El nuevo regulador público, ya que en última instancia depende de la ministra Salgado, no sólo controlará hasta el extremo la gestión de las entidades intervenidas sino que, de hecho, abre la puerta a la nacionalización parcial de la banca española a medio plazo.

En primer lugar, el FROB pone de manifiesto que el Gobierno mintió al negar que la crisis financiera no afectaría a la solvencia misma del sistema español. Cabe recordar que hace escasos meses Zapatero se chuleaba ante sus colegas de contar con uno de los sistemas financieros "más sólidos del mundo", y se vanagloriaba de la excelente regulación y gestión de riesgos del Banco de España.

Pues bien. Ni uno ni lo otro. El propio Ejecutivo reconoce ahora en el Real Decreto que regula el nuevo fondo de rescate que algunas entidades de tamaño mediano o pequeño podrían "llegar a ver comprometida su viabilidad en los próximos meses" debido a la persistencia de los problemas de liquidez, el deterioro de activos o el aumento de la morosidad.

Es más: "Aunque es previsible que las entidades susceptibles de entrar en dificultades no tengan, individualmente por su tamaño, carácter sistémico, la consideración conjunta de sus problemas de viabilidad sí podría llegar a generar un potencial riesgo sistémico que justifica tener previstos instrumentos adicionales y la utilización de recursos públicos". Así pues, el Ejecutivo ha dado, una vez más, marcha atrás. Por otro lado, si algo ha demostrado el rescate de Caja Castilla-La Mancha es que el control del Banco de España ha fracasado, por mucho que se intente ocultar.

En segundo lugar, ante tales riesgos, el Gobierno ha optado por la "ordenación pública" del sistema. Y es que, en realidad, el Fondo se configura como un nuevo regulador financiero con plena capacidad de intervención en el sector bancario. A partir de ahora, dicho organismo, encabezado por Salgado a modo de banquera central, tendrá la última palabra en materia de fusiones, reestructuración de balances, aprobación de planes de viabilidad o inyección de recursos públicos

De hecho, será el FROB quien determine qué, cómo y cuándo se podrá declarar en quiebra una entidad. En su disposición adicional tercera, el Real Decreto establece que, en caso de intervención, "la legitimación para solicitar el concurso (de acreedores) corresponderá exclusivamente al Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria". Asimismo, ningún juzgado podrá aceptar la solicitud de concurso (antigua suspensión de pagos) si la entidad en cuestión cuenta con un plan de viabilidad aprobado por el Fondo.

Por último, más allá del coste que supondrá para los contribuyentes el rescate bancario –hasta 90.000 millones de euros, en principio–, el Gobierno tendrá voz y voto en las cajas intervenidas. De hecho, nacionalizará parcialmente entidades si en un plazo máximo de siete años éstas son incapaces de devolver las ayudas públicas concedidas. Una opción bastante probable si se tiene en cuenta el largo estancamiento económico que sufrirá el país.

Se atisba, pues, el regreso de la banca pública a España. De todos modos, no es un proceso aislado. La mayoría de los gobiernos de países desarrollados, tales como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia o Rusia han optado u optarán por participar en el capital, hasta ahora privado, de la banca. Por una vez, parece que Almunia tenía razón.

No obstante, el Banco de Pagos Internacionales (BPI) recomienda en su último informe seguir la actuación de Finlandia, Noruega y Suecia en sus crisis bancarias de finales de los años 80 y principios de los 90 debido al limitado progreso que están demostrando las medidas de rescate adoptadas hasta el momento. Es decir, nacionalizar la banca para reconocer las pérdidas reales del sector, liquidar los activos problemáticos y recapitalizar el sistema con fondos públicos.

La reestructuración de la banca nórdica llevó casi una década y se tradujo en pérdidas, aunque escasas, para los contribuyentes. El problema es que la actual crisis financiera es internacional, no local, y los excesos cometidos son muy superiores. Además, si el origen de la actual crisis estriba en la intervención monetaria y en una nefasta y excesiva regulación bancaria, ¿qué cabe esperar de una banca pública en manos del Gobierno al más puro estilo chino? Soplan malos tiempos para el libre mercado… Muy malos.

Contra Milton Friedman

No ha sido la primera crítica que hemos recibido ni, probablemente, sea la última. Thomas Kuhn ya explicó que los paradigmas asentados tienden a resistirse a morir elaborando todo tipo de argumentos autojustificativos y, en España, la idea de que las ayudas estatales a cualquier sector naciente o moribundo son positivas para la economía está ciertamente asentada. Así que no es de extrañar que, pese a la marginación inicial en España y al fuerte impacto mediático en Estados Unidos, las críticas hayan sido proporcionalmente muy superiores en nuestro país.

El texto de José María de la Viña se adhiere en cada frase a esta cultura de la subvención para favorecer el desarrollo de ciertas industrias. Considera evidente que las renovables son un negocio con un enorme potencial futuro y de ahí colige que el sector público tiene que auxiliarlas mientras sean ruinosas. Se trata de un non sequitur con diversos problemas profundos que en breve trataremos de analizar, pero sobre todo parece que sigue sin captar lo que podríamos definir como la conclusión básica del informe: las subvenciones tienen un coste de oportunidad aun cuando no podamos observar sus efectos directamente.

José María de la Viña sostiene que el Estado tiene que obligar a los sectores más productivos de la economía –a aquellos que generan los bienes que desean los consumidores a un menor precio y con mayor calidad y que pueden reinvertir sus beneficios a elevadas tasas para producir aún más riqueza– a subsidiar a los sectores que sean ruinosos por si en algún momento, y tras dilapidar miles de millones de euros, cambian las tornas y sus resultados pasan del rojo al verde. ¿Misión cumplida?

Así parecen opinar quienes, como nuestro crítico, sólo se fijan en los resultados directos de la inversión pública. Pero, ¿cuánta riqueza se habrá dejado de crear hasta entonces? Los sectores a los que se les han arrebatado parte de sus beneficios para tapar los agujeros de las renovables no habrán podido reinvertir esas sumas de dinero en seguir creciendo e incrementando nuestro bienestar. En un incierto futuro puede que tengamos una energía renovable relativamente rentable, pero lo habremos logrado a costa de castrar el desarrollo de muchas otras industrias que, entre otras cosas, deben soportar una energía cada día más cara especialmente por la fijación estatal en las renovables. ¿No nos hemos planteado que en esto que se llama “división del trabajo” tal vez salga más a cuenta producir los bienes y servicios en los que seamos más eficientes, venderlos y con las resultas comprar la energía a quienes la generan de forma más barata?

Con esto tampoco estamos sosteniendo que no deba invertirse en aquellas industrias que en un principio arrojen pérdidas. Al contrario, somos conscientes de que todas las empresas suelen atravesar una fase en la que están montando sus infraestructuras, posicionándose en el mercado, innovando y acumulando experiencia durante la cual se asumen pérdidas por unos años para obtener unos enormes beneficios en el futuro. Simplemente afirmamos que para ejecutar inversiones en las que se asume un alto riesgo para ganar dinero ya existen instrumentos suficientes en el mercado: los mercados de valores y los fondos de capital riesgo. Si alguien quiere apostar con su dinero debería ser libre de hacerlo; cosa distinta es que quiera apostar con el dinero de los demás y que, para más inri, pretenda inmunizarse de perder la apuesta volviendo a meter la mano en el bolsillo del vecino.

De la Viña niega que el mercado haya producido por sí solo muchas de las innovaciones de las que hoy nos beneficiamos todos (Internet, microondas, motores, turbinas…); lo que no cita, porque no nos han dejado saberlo, son todas las innovaciones que el mercado ha dejado de generar porque el Estado ha desviado carretillas de millones de euros o dólares hacia inversiones que luego tangencialmente y casi por casualidad, como sucedió con Internet, han alumbrado tales avances.

El número de proyectos técnicamente posibles y de los que nos podríamos beneficiar es casi infinito. Pero precisamente porque los recursos no son infinitos y hay que economizarlos, no pueden iniciarse todos a la vez; hay que priorizar, esto es, elegir unos y descartar otros. ¿En base a qué criterios? El criterio del libre mercado es bastante claro: dedicar los recursos con un menor coste (aquellos que tienen usos alternativos poco importantes) a producir los bienes que se esperan vender a un mayor precio (aquellos relativamente más importantes para los consumidores). De este modo, las necesidades más acuciantes se van satisfaciendo con las menores renuncias posibles.

¿Qué criterio ofrece De la Viña para asignar los recursos? Realmente ninguno: propone que España se dote de “políticas de Estado (…) razonables, sensatas, coherentes, consensuadas y con un amplio horizonte temporal”. Pero esto no es más que un desiderátum sin contenido concreto alguno. Lo podríamos colocar en la misma categoría de ingenuas buenas intenciones sin más utilidad que el confortable sentimentalismo que “hay que terminar con hambre en el mundo” o “deseo la paz mundial”.

Y es así por dos motivos. El primero, suficientemente puesto de manifiesto por la Escuela de la Elección Pública, que los políticos son –siendo generosos– gente tan (poco) decente y honrada como el resto de los mortales. De la Viña, por ejemplo, se queja del cortoplacismo electoral que aqueja a las políticas públicas españolas, pero ¿por qué cree que esto puede ser de otro modo? Es más, ¿por qué cree que aun cuando se travistiera a las políticas públicas de un horizonte temporal más prolongado los políticos primarían los proyectos que consideran más provechosos para la sociedad y no los que creen más lucrativos para sí mismos (enriquecer a empresarios afines, ganarse el favor de ciertos medios de comunicación o promover proyectos que sean ideológicamente más cercanos a sus planteamientos)? Apoyar la concentración de poder en manos de los políticos deseando que nada de esto suceda pero ignorando cómo evitarlo equivale a darle carta blanca a este proceso.

El segundo motivo, más importante, es que aun cuando nuestros gobernantes fueran o pudieran ser ángeles celestiales, les resultaría complicado discriminar qué proyectos de los técnicamente posibles son más “razonables” o beneficiosos para la sociedad. Que algo sea técnicamente posible o incluso técnicamente probable no significa que sea económicamente beneficioso: podemos destinar ingentes recursos en construir un puente desde Valencia hasta Mallorca (o incluso perforando los trópicos para conectar los continentes) pero eso no tiene por qué ser lo que más necesiten los ciudadanos. Se nota que nuestro crítico es ingeniero –cree posible planificar racionalmente la sociedad– pero que no domina conceptos económicos tan fundamentales como el de coste de oportunidad, ignorancia que le conduce a confundir viabilidad técnica con viabilidad económica.

La Escuela Austriaca de Economía, sin embargo, lleva décadas insistiendo en que sin un proceso de mercado donde cada individuo valore continuamente si sus decisiones son acertadas (analizando los precios y los costes a los que se enfrenta y espera enfrentarse) e incurra en pérdidas en caso de equivocarse o disfrute de ganancias en caso de acertar, la asignación de recursos perderá cualquier racionalidad.

De la Viña sugiere que sea un “comité de expertos” quien redistribuya los recursos de toda la economía. ¿Realmente creemos que un grupo de personas –por muchos conocimientos técnicos que posean– tiene la suficiente información como para conciliar centralizadamente miles de millones planes económicos cambiantes de los individuos? Del mismo modo que se asumía la existencia de un político honrado para sortear los incentivos a la corrupción, también se asume la existencia de un político hiperracional y omnisciente, capaz de analizar los diversos escenarios futuros y su probabilidad, para sortear los problemas de información. Parece que De la Viña ha olvidado la distinción entre riesgo e incertidumbre que ya trazara Frank Knight: el riesgo permite distinguir distintos escenarios futuros y la probabilidad de cada cual; la incertidumbre ni siquiera nos permite conocer cuáles serán esos escenarios futuros.

Toda inversión pública o privada se enfrenta a una incertidumbre inerradicable; la diferencia es que la empresa privada posee incentivos e información concreta para modificar y adaptar sus planes según se vayan cumpliendo o incumpliendo sus expectativas y en el límite de su incompetencia, habrá perdido todo su dinero en una apuesta ruinosa. El Estado no sólo carece de incentivos e información concreta, sino que el único límite a su apuesta es arruinar toda la economía del país. El futuro puede que nunca llegue a ser como el Gobierno espera, pero mientras queden capitales privados que rapiñar, la apuesta podrá mantenerse (e incluso ganarse si tenemos suerte) hasta que nos despeñemos por el abismo.

Nuestro estudio va dirigido precisamente a fiscalizar la actuación del Estado, en medir y tratar de cuantificar los perjuicios que va a acarrear al resto de la economía. En el informe no entramos en el debate sobre si el enorme coste de las renovables las descarta como inversión pública a acometer; sólo decimos que si, tal y como se viene insistiendo desde el año pasado, la finalidad de estas ayudas públicas es relanzar el crecimiento económico, son un rotundo fracaso.

De la Viña desdeña el estudio, no sabemos si porque ya tiene una idea preconcebida de cómo debe ser el mundo o porque realmente se cree que los errores metodológicos que señala lo son. En este último caso, sin embargo, demostraría no haber leído con demasiada atención nuestro informe.

Primero, De la Viña critica el primer ratio (que pone en relación el subsidio público medio por trabajador en las renovables con la dotación media de capital por trabajador) gracias al cual calculamos que las renovables destruyen 2,2 empleos en la economía. El cociente le parece erróneo tanto por el numerador como por el denominador empleados.

En cuanto al numerador, afirma que se lo puede reducir al absurdo: por ejemplo, si el subsidio fuera igual a 0, no se destruirían puestos de trabajo y si fuese negativo (es decir, si la industria privada subsidiase al Estado con impuestos varios) incluso se crearían puestos de trabajo. Con las reducciones al absurdo hay que tener cuidado, ya que son un arma de doble filo que bien pueden refutar las conclusiones del rival pero que también pueden dejar a uno mismo reducido al absurdo.

Ya hemos explicado por qué las subvenciones, en tanto desvían capital desde usos productivos a usos improductivos, suponen una destrucción de riqueza; por tanto, una subvención cero, en efecto, no destruiría riqueza. Cuestión distinta es que, a pesar de ese quebranto económico, se quieran mantener esas subvenciones para alcanzar algo así como “fines espirituales más elevados”, obtener “ganancias estratégicas” o incluso producir algo que creemos necesario para la vida social pero que el mercado no ofertaría por sí mismo (los llamados bienes públicos).

Para justificar las redistribuciones de renta se puede apelar en principio a cualquiera de estos argumentos –discutibles como puedan ser en cada caso concreto– pero nosotros, como decimos, no nos hemos propuesto discutirlos en nuestro informe. Así, nos hemos limitado a analizar su rentabilidad económica, entre otras cosas porque lo que unas personas pueden considerar una energía limpia en la que vale la pena invertir por sí misma otras, incluso dentro de los ecologistas, lo pueden caracterizar como una energía que destruye el patrimonio “natural, histórico y cultural de Europa”. En este punto, pues, sólo el caso de los bienes públicos podría hacernos plantear si debe ser el Estado quien acometa o dirija las inversiones, pero no parece que la energía pueda conceptualizarse como un bien público (su consumo sí es excluible y la energía que consume una persona no puede ser consumida por otra).

Por lo que se refiere a las subvención negativa de la que habla De la Viña (del sector privado al público) parece mentira que no entienda que si las subvenciones “positivas” (del sector público al privado) destruyen riqueza es precisamente porque para financiarlas hay que detraer recursos de otros sectores de la economía mediante impuestos, sobreprecios u otras técnicas (subvenciones negativas). Si las subvenciones fueran como el maná bíblico, no destruirían riqueza, sino que sólo la agregarían; es cuando se la quitan a unos grupos productivos para dársela a otros improductivos cuando echan nuestros capitales a un pozo sin fondo. Las cifras económicas deben leerse en su contexto y eso es, de hecho, lo que nuestro crítico se niega persistentemente a hacer.

En cuanto al denominador, la otra parte del ratio que no agrada a nuestro crítico, nos reprocha que “mezclemos churras con merinas” por meter en el mismo saco la inversión poco intensiva en capital que se necesita para montar un bar con la que se requiere para poner en funcionamiento una planta renovable. En su opinión, sólo deberíamos comparar el capital medio por trabajador empleado en el sector energético tradicional con el empleado en el renovable. El problema de esta crítica es que o bien manipula lo que dice el estudio o bien denota que no lo ha comprendido.

Nosotros no hablamos de la inversión necesaria para montar una central renovable, sino del subsidio público necesario para rentabilizar los capitales privados que se han destinado a las energías renovables. Dicho de otra manera, no estamos comparando la dotación media por trabajador en el sector energético con la de otros sectores menos capital intensivos, sino el subsidio medio por trabajador necesario para que los agentes privados se decidan a invertir en esta industria.

Las industrias capital intensivas emplean a pocos trabajadores, pero a cambio generan las rentas (retribuciones al capital y a los trabajadores o reducción de los costes del resto de unidades económicas) necesarias para que los sectores más intensivos en trabajadores mejoren su productividad, esto es, contraten a más empleados y les paguen salarios mayores. Sin embargo, insistimos, las industrias renovables necesitan de más de medio millón de euros por trabajador simplemente para que los empresarios se decidan a invertir en ellas; el capital privado que finalmente decidan inmovilizar va aparte y no lo hemos incluido en nuestros cálculos, precisamente porque somos conscientes de los beneficios que sobre el resto de la economía arrojan las industrias intensivas en capital generadoras por sí solas de beneficios.

Por consiguiente, sí tiene sentido comparar el subsidio medio por trabajador en las renovables con el capital medio por trabajador en el resto de la economía, precisamente porque se está descapitalizando al resto de los sectores productivos para rentabilizar a este sector concreto.

De la Viña también critica el segundo ratio utilizado que arroja un resultado idéntico al primero. En este caso, comparamos el valor presente de subvención anual media al sector de las renovables con la productividad laboral media de la economía española. Aparte de repetir los argumentos empleados contra el primer ratio y que ya hemos analizado, De la Viña acepta el resultado pero sólo para el muy restrictivo supuesto de que el futuro de las renovables sea el peor posible. En efecto, según afirma, todo sector económico va madurando y reduciendo costes, por lo que el subsidio necesario para rentabilizar ciertas industrias será cada vez menor conforme pase el tiempo y minoren sus costes. Sólo asumiendo que las renovables no van a lograr volverse más eficientes en el futuro nuestros cálculos tendrían, por tanto, sentido.

En este punto, sin embargo, De la Viña vuelve a hacernos dudar de si se ha leído el estudio. Nuestros cálculos de coste futuro se restringen a las centrales renovables existentes a cierre de 2008; aun cuando, en efecto, las nuevas plantas puedan volverse más eficientes, desde luego las construidas hasta la fecha no lo harán. Por tanto, el coste que asumimos de las renovables no está sujeto al peor escenario futuro, sino al ya suficientemente mal escenario que nos han impuesto en el presente.

Por último, De la Viña trata de extender una sombra de dudas sobre la cifra de empleos creados por las renovables. Nosotros, siguiendo el estudio financiado por la Comisión Europea en el que participó el propio sector renovable, lo hemos cifrado en 50.200 puestos de trabajo. De la Viña lo tacha de “obsoleto”. Sin embargo, nuestro crítico no nos señala qué indicador resulta preferible; se limita a decir que como las cifras oscilan entre 50.000 y 190.000 según donde uno busque, no podemos saber con precisiones los resultados laborales de los subsidios a las renovables. ¿Y cuál es la consecuencia que extrae de esta limitación cognitiva? Que cualquier gasto público puede valer con tal de que inflemos lo suficiente la cifra de posibles resultados. ¿A qué datos actualizados deberíamos haber recurrido? ¿A los de empleos creados durante 2007 en plena burbuja renovable o a los de 2009 en pleno pinchazo de la misma y con la industria verde pidiendo aún más subvenciones para tratar de mantenerlos? Parece lógico que echemos mano de unos datos que son una estimación a largo plazo sobre el empleo sostenible dentro del sector renovable.

Y es que no resulta demasiado serio, como hacen ciertos informes en los que se escuda De la Viña, comparar la cifra de 50.200 empleos anuales equivalentes en los sectores eólico, minihidráulico y solar (aquellos para los que hemos calculado los subsidios públicos) con los más de 100.000 trabajos puntuales en todos los sectores renovables. La diferencia entre empleos anuales equivalentes y personas contratadas en el sector no es baladí y debería estar al alcance de cualquier economista: si alrededor del 66% de todo el empleo renovable se crea en la construcción, fabricación e instalación de centrales, esos puestos de trabajo sólo podrán mantenerse a lo largo de los años si, al estilo de una estructura piramidal, ejercicio tras ejercicio vamos construyendo más y más centrales. No es riguroso comparar un contrato que expira en seis meses con uno que perdura todo el año (o con sus equivalentes: por ejemplo cuatro contratos de tres meses).

Aunque precisamente por habernos metido en una estructura piramidal que necesita ir construyendo más y más centrales renovables, algunas empresas, políticos y periodistas españoles parecen estar empeñados en que Estados Unidos nos tome el testigo y se ponga a construir desenfrenadamente este tipo de equipamiento, por muy nocivo para la economía que sea. Algunos quieren mantener el pelotazo como sea y por lo visto nunca les faltan corifeos mediáticos que los apoyen en esa ruta suicida. Sin embargo, ni siquiera ese lucrativo patriotismo parece tener mucho sentido, ya que la construcción de células fotovoltaicas se está concentrando en China, cuya industria más “madura” probablemente sea cada vez más competitiva que la española.

Lo esencial, sin embargo, no son los puestos de trabajo que haya creado la energía renovable, ya que bien podríamos haber generado más empleos subvencionando sectores menos capital intensivos. Lo esencial son los más de 28.000 millones de euros que van a tener que arrebatarse al resto de la economía sólo para lograr que las renovables sean rentables. Ese es el auténtico error y perjuicio que generan: creer que tapiando las ventanas y prohibiéndonos aprovechar la luz del sol incrementaremos la riqueza nacional y el empleo en la industria de velas o bombillas. No, ningún país se vuelve más rico encareciendo el precio de su energía; incluso la propia investigación en energías renovables más eficientes se vuelve más productiva si la electricidad que utilizan los investigadores es más barata.

Si ciertos políticos y periodistas quieren promover las renovables para tener energías poco contaminantes, para ser autosuficientes o porque quieren enriquecer a determinados empresarios, que lo digan. Pero que no nos intenten engañar diciéndonos que lo hacen por nuestro propio bienestar económico. Ya que con estos incentivos la mujer del César difícilmente puede ser honrada, al menos que intente parecerlo siendo sincera.