Un keynesiano contra Keynes
De hecho, ya hemos comentado aquí que el keynesianismo está cobrando inmerecidamente nuevos bríos no sólo entre una clase política siempre ahíta de extender su intervencionismo, sino entre una desorientada Academia que parece guiarse por el principio de arrimarse al sol que más calienta en lugar de dedicarse al estudio reflexivo de la ciencia económica.
El caso conocido más reciente es el del juez Posner, quien con la fe del converso ha estado a punto de levantar con sus propias manos una estatua a Keynes frente a Wall Street. Como ya dije, no es algo que deba extrañarnos; como comentaba el austriaco Jerry O’Driscoll, si sus cándidos compañeros de universidad –los economistas de Chicago– sólo sabían acrecentar la cantidad de escombros teóricos que ha de soportar nuestra ciencia, es normal que legos en la materia como Posner se acerquen ahora a Keynes.
Ahora bien, no toda la profesión económica está degenerando a pasos agigantados. A diferencia de los propagandistas como Krugman o de los iniciados como Posner, hay keynesianos que han dedicado su vida, más que a adorar al maestro, a leerlo, estudiarlo, comprenderlo y desarrollarlo; y, vaya por dónde, han descubierto que la presente crisis no encaja demasiado bien en el marco analítico keynesiano.
Es el caso del economista sueco Axel Leijonhufvud, uno de los mayores expertos en Keynes, a quien dedicó su tesis doctoral (Sobre la teoría keynesiana y la economía de Keynes) para defenderlo de la reformulación que de su obra había perpetrado John Hicks con el modelo IS-LM.
Pues bien, ¿qué opinión tiene este analítico y sesudo keynesiano de la crisis actual? ¿Acaso considera, en la línea del neoconverso Posner o del cronista Krugman, que viene a refrendar punto por punto las teorías de su maestro? Bueno, no exactamente:
La crisis actual se ha desarrollado de una forma prácticamente opuesta a la descrita por Keynes en su Teoría general.
Sí, ha leído bien. Uno de los mayores conocedores y admiradores de la obra de Keynes reconoce que la crisis no tiene casi nada que ver con la teoría keynesiana:
¿Podemos aprender algo de Keynes que sea relevante para la crisis actual? La verdad es que no encuentro su Teoría general demasiado útil. Una vez asimilada la advertencia de que no se puede dejar que la economía real se vea influida por los tejemanejes de un casino, ¿qué nos queda?
Al fin y al cabo, Leijonhufvud recuerda que Keynes desarrolló sus teorías en un contexto bastante distinto al actual: su país, la Inglaterra de los años 20, tenía una tasa de ganancias decreciente tras la Primera Guerra Mundial y unos tipos de interés artificialmente elevados. Sin embargo, los Estados Unidos que han padecido la llamada crisis subprime han vivido una situación bastante diferente:
La Fed ha podido mantener los tipos de interés demasiado bajos durante demasiado tiempo, [generando] una burbuja de activos combinada con un deterioro general de la calidad del crédito… y esto tiene poco que ver con la narrativa keynesiana.
Entonces, si según el lumbreras de Krugman la macroeconomía neoclásica está en crisis y sólo podría ser sustituida por las historietas keynesianas pero, según Leijonhufvud, Keynes tampoco nos sirve de nada, ¿acaso no hay una teoría económica que nos permita explicar qué ha sucedido? Personalmente, ya di mi opinión: la teoría austriaca del ciclo económico encaja como un guante en los hechos que hemos vivido. ¿Pero qué opina al respecto Leijonhufvud?
Con Greenspan, la Reserva Federal (…) aplicó una política de tipos de interés artificialmente bajos. El resultado fue, desde luego, más keynesiano que monetarista, pero también más austriaco que keynesiano: no hubo inflación en términos de IPC, pero sí una enérgica inflación de activos y una muy preocupante caída en la calidad del crédito.
Ahora bien, el economista sueco tampoco abraza absolutamente las teorías austriacas, sino que se muestra favorable a combinarlas con las de otro economista estadounidense fallecido:
Lo que ha sucedido tiene bastante que ver con una variación de la teoría austriaca de la sobreinversión (o mala inversión). Pero Mises y Hayek tampoco tienen mucho que decir acerca del lado financiero de un boom causado por la sobreinversión. Para ello deberemos recurrir a Hyman Minsky.
Dicho de otra manera: el keynesiano Leijonhufvud apuesta por una combinación de las teorías austriacas con las de Minsky para explicar la crisis. Es cierto, en este sentido, que Minsky se consideraba a sí mismo un sucesor de Keynes, pero como el propio Leijonhufvud y otros economistas han puesto de manifiesto, "la hipótesis de la inestabilidad financiera de Minsky es totalmente contraria a la teoría keynesiana de que la economía gravita a un equilibrio con desempleo".
¿Por qué Leijonhufvud opta por combinar las teorías de Mises y Hayek con las de Minsky y no se queda exclusivamente con las austriacas? Por lo que se desprende de su artículo, simplemente por un problema de interpretación de la teoría austriaca: el economista sueco piensa que la teoría austriaca explica siempre las expansiones crediticias a partir de la manipulación de los tipos de interés por parte del banco central. Pero, según el propio Leijonhufvud, "los errores del banco central no explican por sí solos la expansión de los credit default swaps o de los CDO cuadrados y cubos. Todo esto encaja de manera más natural en la obra de Minsky". Sin embargo, lo cierto es que la teoría austriaca no considera que el banco central sea el único desencadenante de la expansión crediticia, sino que ésta es una consecuencia de los privilegios jurídicos de la banca para endeudarse a corto plazo e invertir a largo.
Hayek, en La teoría monetaria y el ciclo económico, o Huerta de Soto, en Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, explican cómo las expansiones crediticias son fruto de las alocadas políticas de la banca comercial, sin necesidad de incluir a un banco central. Otra cosa es que todos los austriacos estén de acuerdo, y parece ser que Leijonhufvud también, en que los bancos centrales pueden inflar todavía más el crédito de lo que ya de por sí lo habría hecho la banca. Y eso es precisamente lo que sucedió a partir de 2001.
La diferencia entre Minsky y los austriacos se encontraría, por consiguiente, en que el primero piensa que el capitalismo es inherentemente inestable y que crisis como la actual tienden a reproducirse en ausencia de regulación, mientras que los austriacos sostienen que en un mercado libre –sin privilegios para la banca y con una desnacionalización monetaria– los ciclos económicos serían de muy corta duración y con efectos prácticamente imperceptibles: Minsky no se da cuenta de que, sin el apoyo estatal, las expansiones crediticias de la banca y del resto de agentes tendrían un recorrido muy breve.
En todo caso, el economista sueco reconoce que hay que tener en cuenta tanto a Hayek como a Minsky, y no se decanta por ninguno: "Ambas teorías tienen su validez; cuánta no es un tema que vayamos a dilucidar aquí". Pero lo cierto es que la descripción de la crisis que hace Leijonhufvud se acerca mucho a la que podría hacer cualquier austriaco, ya que incluso sitúa el "descalce de plazos entre activos y pasivos" como la clave para entender la expansión crediticia y la iliquidez de las entidades.
Tampoco se muestra el sueco muy entusiasta con las políticas de corte keynesiano que han aplicado los gobiernos y los bancos centrales en un momento en que los agentes económicos están sobreendeudados, y pone a Japón como referencia de sus críticas:
Japón ejecutó políticas fiscales keynesianas (…) y se dilapidaron enormes cantidades de dinero en puentes que no llevaban a ninguna parte y en proyectos que –es de esperar– estaban algo más justificados, hasta que su deuda pública creció tanto que se quedaron sin ganas de continuar. Todo para no lograr aparentemente nada. (…) La otra gran lección que debemos aprender de la experiencia japonesa es que una vez que el sistema crediticio ha quebrado, las reducciones en los tipos de interés no sirven para contrarrestar la reducción de la demanda efectiva. [Un diagnóstico, dicho sea de paso, idéntico al que algunos hicimos cuando Bernanke colocó los tipos al 0%].
En definitiva, no es que los austriacos estemos de acuerdo con todo lo que dice Leijonhuvfud, ya que al fin y al cabo sigue siendo un keynesiano –por ejemplo, sí considera que la política fiscal tiene efectos multiplicadores cuando los agentes económicos son solventes, o que el capitalismo, como decíamos, es inherentemente inestable–, pero al menos es un keynesiano que se ha dado un baño de realismo, que ha leído a otras escuelas, que sabe bastante de finanzas y que reconoce cuándo sus ideas no encajan con los acontecimientos. Es, pues, todo lo contrario a un vocero como Krugman o a un fanático como Posner, que se pone a hacer reverencias a Keynes tras haber ignorado durante 70 años su obra.
Leijohnhuvfud y los austriacos hablan más o menos el mismo lenguaje: el de una ciencia económica que debe seguir avanzando mediante la reflexión, la discusión y el contraste de opiniones fundamentadas. Gente como Krugman, Posner o la mayoría de chicaguenses está más interesada en la propaganda, en la agitación y en vivir de las rentas en sus torres de marfil que en hacer progresar la teoría económica; Leijonhuvfud y los austriacos, no. Como parece sugerirles el sueco: "La humildad ante la realidad que pretendemos analizar es también una lección que deberíamos aprender de Keynes". El problema, Leijonhvfud, es que ellos nunca han pretendido analizar la realidad.
Las burbujas de Krugman
La actual coyuntura económica da mucho de lo que escribir y discutir. Parece renacer el interés por los asuntos económicos y financieros: la crisis, el plan E, y la subida de impuestos está en la boca de todos. Se hace evidente la observación general de que cuando a uno le tocan el bolsillo, la pereza y pasividad se difuminan.
Un efecto interesante de la inesperada –para la mayoría– debacle financiera es el debate que se está levantando en torno a ella, las conversaciones que se están manteniendo públicamente entre economistas de diversas corrientes teóricas, y el descrédito parcialmente aceptado del paradigma dominante relativo a la macroeconomía, la economía monetaria y los mercados financieros. Aunque ya viene hablándose de esta cuestión desde hace tiempo –por ejemplo, el director del Observatorio de Coyuntura Económica de este Instituto ya calificó en 2007 la actual situación como "crisis económica e intelectual"–, ha sido el extenso artículo del Nobel Paul Krugman en el New York Times el que ha disparado el número de escritos, réplicas y reflexiones sobre este tema. Un ejemplo más de la vasta influencia de personajes mediáticos y controvertidos como él en el mundo intelectual y de la opinión pública.
En pocas palabras, Krugman viene a dar con un garrote en la cabeza a todos los que no comparten la doctrina del "viejo keynesianismo", muy especialmente, a monetaristas seguidores de la Escuela de Chicago, pero también a neokeynesianos, quienes, cual chico débil en el colegio se ve influido por la mala conducta de los chicos grandes y poderosos, éstos pobrecitos se vieron casi obligados a aceptar algunas de los supuestos de los otros. No sorprende que no dedique ni un solo párrafo a los autores de tradición austriaca, a quienes ridiculiza sin comprender llamándoles los "teóricos de la resaca" –en relación a la analogía ampliamente utilizada por autores y divulgadores austriacos de la borrachera-resaca con el fenómeno de auge-recesión económica.
Quizás sea más llamativa la ausencia de economistas austriacos en el apartado titulado "Nadie podría haberlo predicho…", donde dice que esta crisis fue predicha por "algunos economistas" a quienes se les ignoró, nombrando únicamente el caso de Robert Shiller de Yale. ¿Se hubiera citado a sí mismo en caso de que él sí hubiera previsto la crisis? No me extrañaría, pero el caso es que no aparece. ¿Desconoce por completo los exitosos casos de analistas austriacos que predijeron la recesión y alertaron de la burbuja? Lo dudo mucho.
Sin embargo, éstos han sido quienes más sistemáticamente han previsto lo que se avecinaba, y han sabido leer más acertadamente los acontecimientos. Por ejemplo, ahí tienen a Peter Schiff defendiendo a capa y espada la existencia de una burbuja inmobiliaria ante 1.000 agentes hipotecarios, y las nefastas consecuencias de su inevitable pinchazo. Es curioso, porque aplicando la lógica de algunas afirmaciones de Krugman, en las que critica a sus oponentes por obviar totalmente la presencia de burbujas de precios, debería alabar a los austriacos en lugar de denigrarlos, pues fueron quienes alertaron sobre las mismas.
Ahora Krugman critica a sus contrarios como si él hubiera ganado la batalla intelectual, como si la vuelta a Keynes fuera la única salida del atolladero. Pero, ¿dónde estaba él mientras otros alertaban sobre la presencia de la burbuja inmobiliaria y sus negativos efectos futuros? Si me permiten la malicia, Krugman estaba ocupado recomendando a las altas instancias monetarias el crear una burbuja para salir de la anterior recesión.
¿Qué dijo en agosto de 2002 el reputado economista? "Para combatir esta recesión… Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq". ¿Y qué dice ahora, en 2009? Al preguntarse cómo Greenspan y Bernanke no se dieron cuenta de la burbuja inmobiliaria, responde: "Puede ser que quisieran celebrar el éxito de sacar a la economía de la recesión de 2001; reconocer que buena parte de ese éxito descansó en la creación de una monstruosa burbuja hubiera estropeado la fiesta".
Asimismo, destaca que la "teoría de los mercados eficientes –que según Krugman asegura que el precio de los activos siempre es el correcto y que no existen burbujas– jugó un papel significativo en inflar la burbuja". Permítanme añadir otro factor que ayudó a desencadenar la burbuja: el mismo Paul Krugman.
Los complementos monetarios
Fue Richard Page quien en 1826 expuso con más claridad el llamado "principio monetario", frontispicio de toda la Escuela Monetaria: "Sólo se da una situación saneada y bien regulada cuando no circula una cantidad numérica de papel superior a la que, de no existir éste, hubiese circulado de metales preciosos". Bajo estos presupuestos, parecía lógico que se mirara con desconfianza a los bancos, cuyo negocio consistía precisamente en crear "medios de pago" por encima de la cantidad de oro con la que contaban en reservas.
Frente al principio monetario fue John Fullarton quien en 1845 formuló el llamado "principio bancario" –más popularmente conocido como la ley del reflujo de Fullarton– al afirmar que: "Dado que los billetes de banco se emiten siempre como préstamos, cuando el préstamo vence se ha de devolver al banco la misma cantidad de billetes emitidos (…) El banquero sólo se ha de preocupar de que sean emitidos contra garantía de suficiente calidad y el reflujo y la emisión siempre se compensarán a largo plazo".
La escuela austriaca ha seguido de forma mayoritaria las conclusiones del principio monetario. De ahí, por ejemplo, que Mises hable de "sustitutos monetarios" para referirse a los billetes o a los depósitos bancarios: son medios de pago que se crean para cumplir las funciones que habría satisfecho el oro inmovilizado en sus reservas, pero no unas funciones nuevas y distintas a las del oro. Como mucho, si esos sustitutos monetarios tienen carácter fiduciario (no están respaldados por oro) generarán inflación, pero nunca riqueza.
Sin embargo, en mi opinión, los seguidores del principio monetario no se dan cuenta de que la única manera de saldar una deuda (esto es, de pagarla) no es sólo a través de la entrega de una cantidad de dinero, sino que, siguiendo a Henry Dunning Macleod, existen al menos tres formas adicionales:
- La condonación: El acreedor exime del cumplimiento de la obligación al deudor.
- La novación: El acreedor de una obligación acepta saldarla a través de la constitución de una nueva obligación a su favor modificando alguno de los términos de la antigua (ya sea la identidad del deudor, el contenido de la obligación o el vencimiento de la deuda).
- La compensación: El acreedor de una obligación acepta saldarla a través de la cancelación de otra obligación de la que es parte deudora.
El dinero sólo sirve para saldar las obligaciones de contenido monetario a través de su cumplimiento estricto (esto es, entregando el deudor la cantidad de dinero pactada y recibiéndola el acreedor). Pero los otros tres mecanismos son medios de pago igualmente legítimos de saldarla y que pueden arbitrarse al margen del dinero.
Proponer que una sociedad restrinja sus medios de pago al dinero supone limitar sus posibilidades de coordinación. Y no olvidemos que el dinero es sólo uno de los mecanismos con los que evolutivamente se dota un sistema económico para coordinar a sus agentes, pero no tiene por qué ser el único.
Por este motivo, los mal llamados medios de pago fiduciarios (no respaldados 100% por dinero, aunque sí por otro tipo de bienes con mayor o menor liquidez) no vienen a cumplir necesariamente las funciones que habría cumplido éste y, por ello, resulta confuso y equivocado denominarlos sustitutos monetarios. Más adecuado sería llamarlos "complementos monetarios", ya que sin ellos numerosas transacciones no llegarían a producirse.
Por ejemplo, los comerciantes acudían a las ferias medievales con su mercancía pero sin prácticamente oro. Una vez allí, se desprendían de sus mercancías girando letras y adquirían otras mercancías endosando letras (novación de la deuda). Finalmente, cuando la feria concluía, se ponían todas las letras de cambio en común y los saldos netos se pagaban en oro (compensación y posterior entrega de dinero).
Es muy probable que estos centros empresariales nunca se hubiesen desarrollado, o al menos no en toda su extensión, en caso de que los comerciantes no hubiesen podido recurrir a estos complementos monetarios. Por un lado, cada comerciante debería haber acudido a la feria con más oro del que probablemente disponía (y del que realmente necesitaba, porque su intención en la feria no era vender su mercancía, sino utilizar su mercancía como medio de pago para comprar la mercancía de otro comerciante) y, por otro, transportar semejante cantidad de oro a tan largas distancias los convertía en presa fácil de los delincuentes, con el mayor riesgo empresarial que ello suponía.
Por este motivo, creo que la adhesión de la mayoría de los austriacos al principio monetario supone un grave error que debería ir corrigiéndose con el tiempo si es que queremos favorecer el avance de la ciencia económica. Probablemente por estar preocupados por combatir las supercherías inflacionistas de John Law –según las cuales el incremento de la cantidad de dinero en una sociedad es fuente de riqueza– hayan tendido a negar prácticamente cualquier contribución de los complementos monetarios al desarrollo económico. Pero si la única función de los bancos es hacer lo que habríamos hecho sin ellos, realmente se vuelven superfluos salvo por cuestiones de seguridad y comodidad.
Es cierto que la cantidad de factores productivos o de bienes de consumo no aumenta por el hecho de que se incrementen los medios de pago. De hecho, no estoy proponiendo que aceptemos acríticamente el principio bancario, ya que los completos monetarios pueden ser fuente de nuevas coordinaciones, pero también de fuertes descoordinaciones (ciclo económico).
Sin embargo, tampoco deberíamos descartar la utilidad de los complementos monetarios por el hecho de que su emisión en apariencia no dé lugar automáticamente a más bienes consumibles o invertibles. Al fin y al cabo, la ciencia económica, decía Mises:
No trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, sobre las acciones humanas que de aquéllas se derivan. Los bienes, mercancías, la riqueza y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres (…) La producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario, es un fenómeno intelectual y espiritual.
La riqueza se crea coordinando más o mejor los planes de los agentes económicos, y no obsesionándose con aumentar la cantidad de objetos físicos. Los clásicos creían que el dinero era un velo monetario porque al final todas las mercancías se intercambian por mercancías. Hoy sabemos que una sociedad basada en el trueque no realizaría ni mucho menos las mismas transacciones que una sociedad que cuente con la institución social del dinero. Y ello con independencia de que la cantidad de objetos físicos que puedan ser consumidos o invertidos no se incrementara automáticamente con la aparición del dinero.
Si somos conscientes de ello con respecto al dinero, ¿por qué nos negamos a admitirlo para el caso de los complementos monetarios? No, la inflación no se debe a que se emitan medios de pago no respaldados por dinero, sino a que esos medios de pago pretendan sustituir el rol que debería desempeñar el ahorro a la hora de financiar la inversión a largo plazo. La emisión de complementos monetarios puede engendrar nuevas divisiones del trabajo y gracias a ellas incrementar nuestro bienestar futuro, como en el caso de las ferias medievales (ya sea en forma de más bienes y servicios o por otras vías).
Todo lo cual nos remite, otra vez, a que la reserva fraccionaria es habitualmente sólo un caso particular –aunque tal vez el más importante– de un problema mucho más amplio y complejo para explicar el ciclo económico: la iliquidez de los agentes económicos y, en especial, del sistema bancario.
Adiós a la Fed
Ron Paul es un caso para estudiarlo. Es el único congresista de los Estados Unidos que votó contra la guerra de Irak. Es el único que hace suyos, de verdad, los valores de los padres fundadores de aquel país. El país que querían los Madison, Jefferson, Washington y demás era una nación de hombres libres en Estados libres, unidos por los tenues lazos de las instituciones federales: la presidencia, el Congreso y el Tribunal Supremo.
El presidente, en concreto, tenía como principal misión hacer cumplir la Constitución y dirigir al Ejército cuando el Congreso, único que podía hacerlo, declarase al país en guerra. Ni un asomo del enjambre de agencias que rodean al presidente. Y, desde luego, no concebían la posibilidad de haber ganado una revolución republicana para erigir, andados los siglos, un nuevo Rey.
Paul ama a su país tal como se concibió. No con la tecnología del XVIII, pero sí con sus ideas. Y ha intentado acercar ese ideal a la política con el poderoso aliado de la Constitución, o lo que queda de ella. Recientemente ha pedido que se lleve a cabo la primera auditoría de la Reserva Federal, cuya política es la causa mediata de la crisis financiera que vienen aquel país y el mundo. Y ha pedido en un libro que se cierre la Fed. Su propuesta se ha colocado en el segundo libro más vendido en Amazon de no ficción.
La propuesta parece a muchos descabellada. ¿Es acaso posible? Cuando Gran Bretaña se vio atrapada entre la revalorización de su moneda y el desempleo, ciertos economistas se plantearon la posibilidad de salirse del patrón oro. Los sindicatos, estupefactos, preguntaron entonces: “Pero… ¿eso es posible?”. Estamos tan habituados a ver cómo imprimen billetes los bancos centrales, tan habituados a llamar dinero a trozos de papel, que cuesta aceptar la posibilidad de que se disuelvan los bancos centrales y no implosione el sistema y nos devuelva al trueque. Cuesta imaginarse un sistema monetario anterior a la Reserva Federal; pero esa institución no tiene ni un siglo de existencia.
El simple hecho de plantear el debate, de mostrar la posibilidad de que esta agencia, como muchas otras, puede suprimirse sin mayor riesgo y acaso con enormes beneficios, es una gran victoria.
Sí había alternativa
Se nos dijo en aquel momento, cuando las obscenas reuniones entre políticos y banqueros se extendían con sorprendente descaro por todo el orbe, que no había alternativa, que era necesario recapitalizar a la banca –a toda la banca– para evitar males mayores.
En Estados Unidos fue una mentira difícil de digerir y llegó a costarle una humillante derrota en la Cámara de Representantes a George Bush. En España coló con la habitual mansedumbre que nos caracteriza; la izquierda les regalaba carretillas de dinero a los banqueros y a sus compinches de las cajas, mientras el proletariado nacional, ése que según nuestro ínclito presidente del Gobierno no va a sufrir las consecuencias de la crisis, y la derecha, ésa que debe articular una alternativa liberal-simpática al fiasco socialdemócrata actual, se plegaban ante la "única política económica posible". Pero, ¿realmente era la única posible?
En el Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana hemos publicado un extenso análisis del derrumbe del sistema financiero internacional hace ahora un año. De él se desprende que había al menos dos alternativas al rescate del sistema financiero tras la quiebra de Lehman.
La primera, y más evidente, es no haber generado la crisis, esto es, haber eliminado todos los incentivos para que todas estas entidades se endeudaran masivamente a corto plazo con la finalidad de invertir a largo plazo. La iliquidez que arrastraban la banca, las aseguradoras y las agencias hipotecarias en su balance era de tal calibre que si acaso sorprende que no quebraran mucho antes.
Para que nos hagamos una idea, la mayoría de los bancos estaban apalancados más de 30 veces sobre su capital. Sería como si a una persona que sólo tiene en propiedad 10.000 euros, se le concediera una hipoteca de 300.000 euros. Pero el asunto era aún peor, ya que más de la mitad de ese dinero recibido a préstamo vencía a corto o a muy corto plazo; ¿se imagina que cada semana o cada día tuviera que renegociar 150.000 euros de su hipoteca? Mas los problemas no terminaban aquí: partes muy sustanciales de ese dinero se invirtieron no sólo a largo plazo, sino en activos cuyo valor estaba tremendamente inflado: como si usted hubiese utilizado los 300.000 euros para comprar un inmueble que dentro de unos años valdrá 150.000 euros.
La situación era dramática y en drama se tornó. Cuando las inversiones de Lehman comenzaron a pinchar, sus acreedores a corto plazo dejaron de renovarle los préstamos y el banco de inversión se vio obligado a echar el cierre, generando un pánico sobre el resto del sistema financiero que a punto estuvo de costarle la vida de no ser por la onerosas inyecciones estatales de dinero.
Por consiguiente, la manera más clara de haber evitado esta situación habría sido no generándola, esto es, eliminando los enormes incentivos que existen para que los bancos se endeuden a corto plazo e inviertan a largo, provocando el ciclo económico. Básicamente, como decía Alan Greenspan en sus tiempos más honestos, volver al patrón oro para evitar que los bancos centrales puedan inflar artificialmente el crédito y crear burbujas sobre todo tipo de activos.
Sin embargo, en pleno 2008 esta alternativa servía de más bien poco. La crisis estaba ahí y había que encararla de alguna manera. Los gobiernos optaron, como decía, por recapitalizar la banca para evitar que quebrara, y nos juraron que no cabía otra posibilidad. Pero mintieron.
Habría bastado con que los acreedores del sistema financiero hubiesen convertido, en el peor de los casos, el 8,5% de sus créditos en acciones para que toda –repito, toda– la banca estadounidense hubiese evitado la quiebra sin necesidad de meter un solo dólar del contribuyente. Situación bastante parecida a la española, con la salvedad de que este proceso habría implicado que los políticos renunciaran a sus chiringuitos, privatizando las cajas de ahorro.
La estrategia de convertir deuda en acciones es muy habitual en los procedimientos concursales. Aquellos acreedores que confían en la viabilidad del negocio, en lugar de liquidarlo aceptan pasar a ser sus propietarios. Lo mismo podría haberse hecho con el sistema financiero internacional: si yo hubiese prestado 100 euros por ejemplo a Citigroup, éste me debería haber devuelto 91,5 euros y los 8,5 euros restantes me los habría pagado en forma de acciones del banco; una vez evitada la quiebra, el banco habría podido volver a generar beneficios, con lo que el precio de sus acciones habría aumentado, y yo sólo tendría que haberla vendido para recuperar el monto total de mi préstamo.
De hecho, en la práctica es muy posible que hubiese hecho falta bastante menos dinero que el 8,5% de los pasivos de la banca para recapitalizarla. Al fin y al cabo, numerosos bancos llevaron a cabo importantes ampliaciones de capital que podrían haber sido incluso superiores sin la intervención pública. No en vano, por lo que ha trascendido de la reunión del 13 de octubre de 2008 entre el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y los principales bancos de Estados Unidos, la mayoría de éstos sólo aceptó el dinero público bajo amenaza del propio Paulson. Es más, el consejero delegado de uno de los mayores bancos de Estados Unidos, Wells Fargo, no ha ahorrado críticas al plan de rescate público de la banca, por considerar que redujo enormemente el margen de maniobra de las entidades para recapitalizarse en el mercado.
Desde luego, no puede decirse que el rescate público fuera un éxito. En un momento de contracción y restricción crediticia, dio paso a la emisión de cientos de miles de millones de dólares en deuda pública, lo que redujo todavía más el crédito disponible para el sector privado. Y todo para salvar sin criterio alguno a una gran cantidad de entidades con problemas, convalidando con nuestro dinero las buenas pero también las malas inversiones que hubiesen realizado.
Los políticos justificaron sus planes de rescate en la promesa de que volvería a fluir el crédito, pero éste sólo se empantanó aún más, provocando, entre otros, el derrumbe del consumo a crédito y trasladando la crisis a la economía real. Fue este fenómeno, erróneamente asociado con una crisis de demanda, el que dio alas a los demagogos keynesianos para proponer todo tipo de programas de estímulo que sólo han hecho que lastrar la recuperación y generar un endeudamiento propio de tiempos de guerra que, siendo optimistas, terminarán pagando nuestros nietos.
La mala intervención pública inicial –las expansiones crediticias de la Reserva Federal– dieron lugar a nuevas intervenciones –rescate de la banca–, que a su vez favorecieron aún más intervenciones estales –planes de estímulo keynesianos–, a cada cual peor. Había alternativas más orientadas hacia el mercado, pero ninguna de ellas se siguió. Porque para la mayoría de los políticos, de lo que se trata en esta crisis no es de recuperarnos, sino de estrangular la libertad, incrementar su poder, gastar a manos llenas, hiperregular el mercado y entonces, sólo entonces, no entorpecer la recuperación. Pero sí, el culpable de todo esto es el sistema capitalista. Qué duda cabe.
El canario en la mina de carbón
Lástima que probablemente no haya habido en el s. XX debate económico más encrespado que el de las causas de la crisis en el capitalismo.
Los economistas clásicos lo atribuían, no sin cierta razón, a la especulación desenfrenada en mercancías gracias a un crédito bancario excesivamente laxo. Los socialistas en general lo vinculaban a la anarquía productiva del capitalismo. Y los keynesianos pensaron que se debía a una intrínseca inestabilidad de los mercados financieros que terminaba provocando una crisis de demanda.
Ninguna de estas explicaciones, sin embargo, nos proporciona una auténtica y completa teoría del ciclo económico. ¿Lo sabe Obama? Lo dudo mucho. Entre otras cosas, porque estas demagógicas declaraciones se producen apenas unas semanas después de que el presidente estadounidense propusiera renovar a Ben Bernanke al frente de la Reserva Federal. Dicho de otra manera, Obama coloca al zorro al frente del gallinero y luego pretende terminar con la carnicería: adecuada postal de cuáles son sus conocimientos sobre economía y los ciclos económicos (no muy alejados a los de Zapatero, probablemente).
Los ciclos económicos, tal y como explica extensamente la Escuela Austriaca, son una consecuencia de una expansión desproporcionada del crédito bancario por encima del ahorro real de la sociedad. La inversión proviene del ahorro y el ahorro de la restricción del consumo; los bancos, sin embargo, permiten que se invierta sin que se deje de consumir, lo que eventualmente termina provocando el colapso de la pirámide de deuda que se ha construido.
¿Y cómo logran esto los bancos? Básicamente porque se endeudan a corto plazo (depósitos a la vista) e invierten a largo (hipotecas, préstamos empresariales, bonos…). Los depósitos a la vista (y la deuda a corto plazo en general) generan la ficción entre las familias de que tienen disponible su dinero y de que pueden seguir consumiendo antes de que maduren las inversiones que han realizado los bancos con su dinero. Con lo cual, durante un tiempo se invierte mucho más sin que se esté consumiendo mucho menos. Resultado: llega un momento en el que las inversiones no generan la renta suficiente como para amortizar toda la deuda viva y comienzan las liquidaciones y las reestructuraciones de las (malas) inversiones.
El problema que tienen los bancos es que si tienen mucha deuda a corto y muchas inversiones a largo, más pronto que tarde terminarían quebrando. Y aquí es donde entran los bancos centrales: gracias a su capacidad para crear medios de pago de curso forzoso –esto es, inflación– pueden proporcionar "liquidez" a los bancos privados que es´ten muy endeudados a corto plazo y así retrasar su quiebra. El resultado es el esperado: los bancos siguen endeudándose todavía más a corto plazo e invirtiendo a largo, distorsionando toda la economía.
Lo cierto es que las nocivas consecuencias de los bancos centrales pueden minorarse si al frente de la institución se sitúa una persona más o menos sensata y que conozca mínimamente los entresijos del negocio bancario, como Paul Volcker. Sin embargo, cuando ponemos al frente a un destemplado como Bernanke o a un Greenspan en sus años gañanes, las consecuencias pueden ser nefastas, como acabamos de comprobar: los bancos obtendrán tanta liquidez y tan barata como la necesiten para seguir inflando y distorsionando la economía.
¿Quiere terminar Obama con las burbujas? Pues que liberalice la banca y que no nos venga con la milonga de que el libre mercado genera ciclos económicos. Claro que dudo mucho de que lo haga; más bien parece que quiere llevar las burbujas a su redil. Ya sabe, cambiar para que todo siga igual.
¿Y para eso renueva a Bernanke?
Como acertadamente ha aclarado la presidenta de la comunidad de Madrid, que desde hace meses es la única política del PP que hace oposición, es el distintivo de quienes acabaron con la libertad de medio planeta y la vida de más de cien millones de seres humanos inocentes, por cierto Rubalcaba, la inmensa mayoría de ellos obreros. Conviene aclarar esta cuestión y ponerle cierto freno a la verborrea progresista, porque en caso contrario van a acabar convenciendo a las víctimas de la LOGSE de que el Gulag era un circuito de balnearios con spa en la costa siberiana para descanso y solaz de los trabajadores soviéticos.
El hecho de que los socialistas de pesebre sigan levantando el puñito al acabar sus performances proletarias, por tanto, no sólo es una patochada sarcástica, sino una ofensa a todos los seres humanos que han muerto asesinados por la ideología más nefasta que la Historia ha conocido, cuyo legado exaltan estos revolucionarios de Armani y visa oro.
Podemos entender que quieran rentabilizar las horas que han dedicado a aprenderse la letra de la internacional en el karaoke de la agrupación, pero eso no implica que los demás debamos aceptar sus gestos como una ofrenda a la libertad del género humano, sencillamente porque el socialismo es su antítesis más conseguida.
Y como la verdad es lo que más puede molestar a un progresista, los políticos del PSOE han reaccionado como doncellas ultrajadas cuando en el PP han comparado el gesto del puño en alto con el saludo fascista. En efecto, no hay apenas equivalencia, porque el socialismo internacionalista asesinó con mucha mayor eficacia y en mayor volumen que su hermano nacionalista; aproximadamente unas veinte veces más. Por tanto, equiparar a uno y otro no es una "indignidad", como sugiere Elena Valenciano. Es simplemente un error matemático.
¿Resistirá el dólar otros cuatro años de Bernanke?
Puede incluso que haya obligado a la compañía a adelantar el anuncio de esa bajada de precio para que se deje de hablar en medios y bitácoras de un asunto que ha dado pie tanto a bromas como a acusaciones muy graves. Algún responsable del fabricante de Windows en Polonia decidió que se sustituyera, programa de retoque fotográfico en ristre, a un hombre de color por otro de raza blanca en un anuncio. El problema fue que el empleado encargado de proceder a la modificación tan sólo cambió la cabeza y se olvidó de la mano. De esta manera nació un peculiar mulato, blanco de cuello para arriba y negro en las manos.
El descubrimiento de la chapuza dio pie a que alguien comparara las dos versiones del anuncio y anunciara su descubrimiento. Las ganas de reírse, especialmente fuertes en internet cuando algo tiene que ver con Microsoft, hicieron el resto. No tardaron en aparecer otros retoques en tono de humor, algunos realmente buenos. Los hay para todos los gustos, desde los protagonizados por Steve Ballmer o Bill Gates hasta aquellos que harán las delicias de los seguidores de la Guerra de la Galaxia o Star Trek, pasando por los míticos (para toda una generación) Epi y Blas. Por supuesto, no podían faltar los fans de Linux, alguno ha caído en la tentación de incluir al pingüino Tux en un anuncio de su "bestia negra".
Pero junto a la juerga llegó algo más: la grave acusación de racismo. En algunos casos se dirige tan sólo a la filial polaca. En otros, al conjunto de la multinacional. Esto último es especialmente absurdo, puesto que en el original los protagonistas son una mujer blanca y dos hombres, uno asiático y otro negro. Algo, de hecho, comprensible en una publicidad destinada a una sociedad tan multirracial como la estadounidense. Pero incluso referido al caso de Polonia, la acusación es al menos precipitada. No vamos a negar el posible racismo de quien tomó la decisión de retocar la foto, no podemos conocer los motivos que le impulsaron a hacerlo. Pero, por esta misma razón, tampoco podemos compartirla.
Puede tratarse tan sólo de que los responsables polacos de Microsoft decidieran adaptar el anuncio al público de su país. Polonia, a diferencia de Estados Unidos, no es una sociedad multiétnica. La inmensa mayoría de sus habitantes son blancos. Tal vez con esta modificación lo único que se pretendía era que el potencial comprador sintiera una mayor identificación con la imagen que si se le mostraba un entorno que no le resultaba habitual. La adaptación de las campañas publicitarias al gusto local no es una práctica para nada extraña.
Es posible también que la decisión se tomara de espaldas a Redmond. Un pecado de muchas multinacionales es pensar que lo que emana de la central sirve para todos los lugares. Y eso no es cierto, sobre todo en lo referido a publicidad. Por ese motivo en algunas de estas compañías las filiales deciden actuar por cuenta propia al ser las que conocen el mercado local. Otra cosa es que no se suela hacer con un nivel de chapuza como el alcanzado en este caso. Ese es el problema de Microsoft. Si ha habido racismo, no lo podemos saber.
Las consecuencias del abuso del concepto de velocidad del dinero
En mi último artículo reflexioné sobre los problemas que, desde un punto de vista teórico, planteaba el concepto de "velocidad del dinero" frente al de "demanda de dinero". La discusión dista de ser un asunto meramente académico y sin relevancia práctica, ya que de hecho es fuente de numeroso errores analíticos.
El más llamativo probablemente haya tenido lugar en el último año. Desde mediados de septiembre de 2008, la base monetaria de Estados Unidos empieza a aumentar de manera desproporcionada: sólo en tres meses, pasó de 873.000 millones de dólares a 1.671.000 millones. O, por decirlo de otra manera, en Estados Unidos la cantidad de dinero aumentó en un trimestre más que en toda su historia.
No fueron pocos los autores, dentro y fuera de la Escuela Austriaca, que echando mano de la rudimentaria ecuación cuantitativa del dinero predijeron que el país se abocaba a la hiperinflación. ¿Qué si no cabía esperar del hecho de que la cantidad de dinero se duplicara mientras que la cantidad de bienes incluso se redujera debido a la recesión?
Pero, para sorpresa de muchos, Estados Unidos no entró en hiperinflación, sino en deflación. Para una profesión económica que se enorgullece de haber elevado nuestra ciencia a la categoría de las naturales gracias a la adopción a machamartillo del positivismo, debería haber bastado este caso histórico para echar por la borda cualquier credibilidad de la ecuación cuantitativa. Pero como todo misticismo, la ecuación cuantitativa también cuenta con su cláusula de salvaguarda que le sirve para resguardar los muebles siempre que la realidad no encaje con el modelo: Estados Unidos se salvó de la hiperinflación porque, si bien la cantidad de dinero se disparó, la velocidad del mismo se desplomó aún en mayor medida. Así pues, cuando la velocidad vuelva a incrementarse, no sé sabe muy bien a causa de qué, tal vez sí nos enfrentemos a un proceso hiperinflacionario.
El problema de este tipo de razonamientos, como digo, es que por utilizar malos conceptos teóricos llegan a conclusiones que dejan bastante que desear y, sobre todo, que contribuyen a alejar el foco de atención de donde resulta realmente relevante. De hecho, basta que dejemos de pensar en términos de velocidad de dinero y pasemos a hacerlo en términos de demanda de dinero, para que comencemos a ver las cosas con mucha más claridad y lógica.
Tras la quiebra de Lehman Brothers, la incertidumbre sobre el sistema financiero se dispara y todos los agentes económicos, incluidos los bancos, incrementan su atesoramiento, esto es, aumentan su demanda de dinero. En el caso de los bancos, esto se traduce en que dejan de prestar sus fondos en el mercado interbancario y, en cambio, comienzan a depositarlos en el que es su banco: la Reserva Federal.
Como consecuencia de ello, entre el 15 de septiembre y el 29 de diciembre de 2008, los depósitos de los bancos privados en la Reserva Federal se incrementan desde apenas 8.000 millones de dólares a 784.000 millones.
Pues bien, se da la circunstancia de que la definición de base monetaria es "dinero en circulación + depósitos de los bancos en la Reserva Federal", por lo que el brutal incremento de la demanda de dinero se convierte, por efecto estadístico, en el descomunal aumento de la base monetaria que comentábamos antes.
Como explicamos en el anterior artículo, un incremento en la demanda de dinero provocará un aumento de su valor y, por tanto, una caída del precio de los bienes y servicios, esto es, justo la deflación que hemos vivido a partir de septiembre. Dado que los agentes económicos dejan de gastar y prestar su dinero, los empresarios tienen que vender más barata su mercancía y, si quiebran, enajenar al descuento sus activos.
Ésta es toda la explicación que requiere la misteriosa expansión de la base monetaria que ha provocado deflación y no hiperinflación para sorpresa de muchos cuantitativistas: en realidad no se trataba de un aumento de la oferta de dinero, sino de su demanda. Y es que la cantidad total de dinero no aumentó y, en cambio, sí se atesoraron grandes cantidades.
Se me podrá objetar que en el artículo anterior dejé claro que, siguiendo a Wicksell, la demanda de dinero no es más que la inversa de la velocidad del dinero y que, por tanto, el análisis neoclásico de que la velocidad monetaria se ha derrumbado al tiempo que aumentaba la base monetaria sigue siendo válido correctamente entendido.
Mucho me temo, sin embargo, que la mayoría de quienes recurren a ese análisis no saben de lo que hablan. Por ejemplo, Xavier Sala-i-Martin declara textualmente en la entrevista de Público que "la Fed se ha dedicado a imprimir dinero como loca", cuando eso es simplemente falso. La Reserva Federal no ha impreso prácticamente nada, sino que se ha limitado a actuar como receptora del dinero que los bancos sacaban del interbancario y le depositaban en sus cuentas.
Es más, la idea de que por un lado ha aumentado la oferta monetaria y, por otro, ha caído la velocidad (es decir, ha aumentado la demanda de dinero), como si ambos hechos se hubiesen producido independientemente, es un tanto esquizofrénica, porque en realidad ambos hechos son el mismo: los pasivos de la Fed han aumentado porque ha caído la velocidad del dinero. No se trata, pues, de que una providencial caída en la velocidad del dinero nos haya librado de la hiperinflación: básicamente porque sin esa caída en la velocidad del dinero (aumento en su demanda) nunca se habría producido ese asombroso incremento de la base monetaria.
Y por si fueran pocos todos estos defectos analíticos –que mezclan la inexactitud teórica con la propaganda económica–, su efecto más nocivo ha sido el de desviar el debate del punto en el que debería haberse centrado: qué ha hecho la Reserva Federal con el casi un billón de depósitos que ha recibido de la banca. Todos los economistas se han escandalizado del notable incremento de los pasivos de la Reserva Federal y casi ninguno ha dedicado medio minuto a analizar qué ha pasado con sus activos, cuando ésa es la clave del asunto.
En general, y por resumirlo mucho, la Reserva Federal ha evitado una contracción secundaria pero también ha incentivado la creación de un nuevo descalce de plazos al adquirir un billón de bonos hipotecarios que vencen a 30 años.
Ahí precisamente reside la dificultad y los riesgos de futuro, aunque sólo algunos economistas de la Fed –que sí saben qué están haciendo– parecen darse cuenta. Cuando los bancos privados quieran disminuir su demanda de dinero (desatesorarlo) para volverlo a prestar al sector privado, la Fed tendrá que liquidar esos bonos hipotecarios al descuento, lo que sí supondrá un incremento de la oferta monetaria y una disolución del valor del dólar.
En definitiva, vemos como el uso de malas teorías económicas –en este caso sobre la demanda y el valor del diner–, no sólo nos lleva a malinterpretar la realidad, sino a desviar la atención de las cuestiones realmente clave. Por eso el monetarismo ha sido y seguirá siendo uno de los principales responsables de la crisis actual; una crisis no sólo económica sino también intelectual.
Una recompensa a la mala gestión
No es que quiera simplificar el cometido de un banquero central aunque, como ya expliqué, Bernanke debería haberse limitado a lo que prescribió Walter Bagehot en su famoso tratado Lombart Street:
La mejor manera en la que el banco de banco –que posee la custodia de las reservas de todos los bancos– puede gestionar una crisis de confianza es prestando sin límites. El instinto inicial de todo el mundo es el contrario. Que si existe una gran demanda del bien que tu quieres preservar, hay que atesorarlo (…) Pero todo banquero sabe que este no es un buen mecanismo para calmar el pánico (…). Quienes tienen el dinero en efectivo deben estar preparados no para utilizarlo no para satisfacer sus obligaciones, sino las obligaciones de los demás. Han de prestar dinero a los mercaderes, a los pequeños banqueros, a ese y a aquel hombre… siempre que aporten buen colateral.
Subrayo deliberadamente las últimas cinco palabras porque son la clave para delimitar el error de Bernanke. Básicamente, pensemos en un pánico bancario como un escenario en el que cada individuo está ansioso por retirar su dinero del banco no porque necesite el efectivo, sino porque el resto de personas –que tampoco lo necesitan– están acudiendo a retirarlo y teme que no haya suficiente para todos y que, por tanto, los demás sean más veloces y se queden con su porción.
Se trata, pues, de un problema de coordinación entre los agentes: nadie sacaría el dinero del banco si nadie más lo hiciera, pero como todos lo hacen, todos se ven forzados a hacerlo. En Teoría de Juegos se diría que nos encontramos ante un dilema del prisionero donde la acción individual provoca consecuencias colectivas desastrosas (la destrucción de grandes cantidades de unidades de negocio sin motivo alguno).
Por fortuna, los mercados suelen desarrollar mecanismos que coordinen a los agentes y prevengan estos resultados desastrosos. En nuestras sociedades, ese mecanismo de coordinación está monopolizado por los llamados bancos centrales, encargados de gestionar de manera centralizada estos pánicos bancarios. No es una situación agradable ni óptima, pero es la que tenemos y padecemos y, por tanto, la que hemos de analizar. Una resignación que también se manifestaba en el texto de Bagehot:
Habría fracasado en mi objetivo si no hubiese mostrado que un sistema que confíe todas las reservas a un solo banco es anómalo, peligroso y trae nefastas consecuencias no del todo percibidas. (…) Estamos tan acostumbrados a un sistema bancario que dependa de un solo banco, que difícilmente podemos concebir otro. Pero un sistema natural –el que habría emergido sin la intervención del Gobierno– es el de muchos bancos que no se diferencien mucho de tamaño. (…) ¿Me convierte eso en revolucionario? ¿Propongo abandonar el sistema del monopolio de reservas y pasar a uno de reservas competitivas? Simplemente no, sería demasiado ingenuo por mi parte.
Así pues, y admitiendo que vivimos en uno de los peores sistemas financieros posibles, ¿qué política debe implementar un banquero central ante una crisis de confianza en la banca? Pues prestar sus reservas de manera ilimitada… siempre que exista buen colateral; esto es en el lenguaje inglés del s. XIX, activos que vayan a cobrarse sin incertidumbre y a corto plazo.
Cualquier otro préstado ilimitado por parte del banco central será un mecanismo de "ahorro forzoso" que confundirá salir de una crisis de liquidez con evitar un conjunto de necesarias quiebras empresariales (en este caso de la banca). Es decir, un mecanismo para que la ciudadanía subsidie a la banca vía inflación.
Dentro de esas directrices y siendo conscientes de las muy importantes diferencias entre el sistema bancario que estudiaba Bagehot y el actual, las decisiones que tomó Bernanke durante el cuarto trimestre de 2008 fueron bastante sensatas. En concreto, conforme se acumulaban las reservas de la banca privada en sus baúles, comenzó a descontar efectos comerciales a corto plazo de las empresas (en un programa que se denominó Commercial Paper Funding Facility) y al resto de la banca comercial (en otro programa denominado Term Auction Facility). Dos medidas, como digo, bastante acertadas que no suponían tensiones inflacionistas –como demuestra el hecho de que casi todas las empresas y bancos a las que prestó dinero ya lo han devuelto– y que permitían a la economía disipar el pánico sin bancarrotas innecesarias.
El problema es que a partir de 2009 Bernanke comenzó a prestar, no a corto plazo, sino por períodos de tiempo muy prolongados. Así, inició un programa para adquirir hipotecas a 30 años por importe de un billón de dólares y otro para comprar masivamente la deuda pública que emitía Obama para financiar sus planes keynesianos de estímulo.
Con ellos, Bernanke está poniendo en muy serio peligro la salud de la economía estadounidense y la estabilidad de su moneda. Y todo sin que fuera en absoluto necesario para resolver el pánico de confianza.
Tengamos presente que, siendo optimistas, la Fed no recuperará hasta dentro de 30 años el dinero que ha destindo a comprar hipotecas a valores muy inflados y que había recibido como depósito a la vista por parte de los bancos privados. En el momento en que estos bancos privados quieran retirar sus fondos de la Fed (y previsiblemente lo querrán antes de 30 años), al banco central no le quedará más remedio que, como ya reconocen sus propios directivos, vender a muy bajo precio las hipotecas y diluir el valor del dólar. El billete verde, por consiguiente, podría sufrir un pánico de confianza de la misma manera en que lo ha sufrido hoy el sistema bancario privado.
Y si estos son los méritos de Bernanke, ¿por qué Obama decide ahora renovarlo al frente de la Fed? Pues simplemente porque ha actuado muy lealmente a la hora de colocar las ingentes cantidades de deuda pública que ha emitido la nueva Administración con tal de expandir el poder del Estado. Roma no pagaba a traidores, Washington sí.
