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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Los empresarios y las crisis

Cuando hablamos de crisis económicas solemos señalar las malas inversiones que se han llevado a cabo por parte de los empresarios. En realidad, lo característico de las crisis económicas no es el hecho de que los empresarios se equivoquen al llevar a cabo sus proyectos e inversiones (cosa que ocurre en cualquier lugar y tiempo), sino que se equivoquen todos a la vez. Es decir, que ocurran errores colectivos simultáneos. Y es precisamente esta circunstancia la que debe ser explicada por una teoría del ciclo correcta.

En este sentido, la teoría del ciclo austriaca que hemos expuesto brevemente en otro artículo, explica cómo se produce esta grave descoordinación social en ámbitos como el dinero y el crédito bancario, y cuál es el papel del empresario.

Un empresario es, en sentido amplio, todo ser humano que actúa con perspicacia (alertness, en palabras de Israel Kirzner) para descubrir y darse cuenta de las oportunidades de ganancia subjetiva que surgen en su entorno, y establece un plan de acción para aprovecharse de ellas. En sentido estricto/económico, un empresario es todo aquel que guía los procesos de producción para satisfacer las necesidades y deseos de los consumidores. Para ello, se arriesga adquiriendo factores de producción en el presente para vender los productos terminados en el futuro y obtener una ganancia.

La función empresarial tiene una capacidad coordinadora. Los empresarios se dan cuenta de la situación de desajuste o descoordinación que se da en el mercado debido a la inevitable dispersión y limitación del conocimiento de oferentes y demandantes y, movidos por la creencia subjetiva de que existe una oportunidad de beneficio empresarial, crean nueva información y la transmiten a lo largo del cuerpo social. De esta manera se coordinan los comportamientos desajustados de los individuos del mercado. De esta manera los empresarios coordinan los planes de los individuos de la sociedad.

Habiendo comentado estos puntos, debemos preguntarnos si existe alguna relación entre estos aspectos y el desencadenamiento de las crisis. La respuesta es que sí, y tiene su origen en la pretensión de los bancos centrales de fomentar un crecimiento estable y sostenido mediante la manipulación de la oferta monetaria y el tipo de interés. Al reducir los tipos de forma arbitraria, se fomenta que los bancos sean más flexibles y proclives a conceder créditos ya que se encuentran respaldados por los bancos centrales. Esta distorsión de los tipos de interés hace que los empresarios emprendan proyectos que ven rentables pero que en realidad no lo son (desplazando para ello capital y trabajo).

De esta manera se desencadena un proceso de descoordinación intertemporal, ya que el tipo de interés es un importante fenómeno de mercado que relaciona los bienes presentes con los bienes futuros y tiene un papel protagonista en los procesos empresariales de coordinación intertemporal porque regula la relación entre consumo, ahorro e inversión.

Vemos como, de esta forma, se pervierte/distorsiona el necesario ajuste de los comportamientos presentes y futuros que realiza la función empresarial en el mercado de intercambio de bienes presentes por bienes futuros, lo cual provoca una generalizada mala inversión de los recursos y factores productivos e imposibilita que se descubran las situaciones de desajuste que se dan en la sociedad.

Cabría también preguntarse si los empresarios pueden evitar participar en este proceso de descoordinación (que además puede suponer su ruina) rechazando los préstamos que reciben del sector bancario. Mi respuesta es que hay pocas posibilidades de que puedan conocer y anticiparse a las distorsiones señaladas anteriormente, ya que difícilmente podrán saber si el préstamo que se le ofrece procede de un aumento del ahorro real de la sociedad o, por el contrario, se trata de dinero inflacionario que han creado artificialmente gobiernos y bancos.

La heterogeneidad de los bienes de capital

En el artículo anterior vimos cómo el capital era el valor monetario de los factores productivos destinados a obtener un lucro monetario. Se trataba, pues, de una magnitud homogénea que sólo podía emerger en un sistema de división del trabajo basado en la propiedad privada.

El hecho de que el capital sea homogéneo, sin embargo, no significa que los bienes de capital, los activos empresariales con los que se obtiene el lucro monetario, también lo sean. Precisamente, la excesiva simplificación sobre la naturaleza de los bienes de capital es uno de los mayores defectos de la teoría neoclásica. Así, confunden el valor monetario –el capital– con el bien valorado –el bien de capital– y por ello imaginan que las cualidades del valor monetario son a su vez las del bien valorado. El trato que se les concede es el de que son completamente homogéneos y convertibles entre sí, pese a que parece bastante claro que una cafetera tiene bastante poco que ver con una locomotora. Como recuerda Peter Klein, con Samuelson y Solow se caracteriza al capital como un shmoo: un ente perfectamente elástico, modelable y sustituible sin coste alguno desde un proceso productivo a otro.

La Escuela Austriaca, sin embargo, siempre ha enfatizado la heterogeneidad e inconvertibilidad parcial de los bienes de capital. No importa únicamente cuántas máquinas, cuántas materias primas, cuántos inventarios o cuánta energía haya en un país; tan o más relevante resulta cuál sea su organización. De ahí que ya desde un comienzo Menger recordara en su artículo sobre el capital que "cada economía individual forma parte de un organismo de economías, dentro del cual el éxito de cada economía en cuestión está condicionado a la situación de las demás y de sus interrelaciones". De ahí también que Böhm-Bawerk considerara que el capital son un conjunto de bienes intermedios que van avanzando por las distintas etapas de la economía hasta convertirse en bienes de consumo. Y de ahí, en definitiva, que Hayek hablara de una "estructura productiva" para referirse a aquel conjunto de etapas sucesivas por las que van pasando los factores originarios de producción hasta madurar en bienes de consumo.

Sin embargo, ha sido Ludwig Lachmann quien posiblemente más haya hecho por profundizar en este concepto genuinamente austriaco de la heterogeneidad de los bienes de capital. Primero en un artículo publicado en Economica, Complementarity and Substitution in the Theory of Capital (1947) y sobre todo en su posterior libro Capital and its Structure (1956), Lachmann analiza detalladamente cuáles son las propiedades que comparten los bienes y qué implicaciones tienen estas propiedades sobre una teoría económica que las ha dejado enormemente de lado. Así, siguiendo a Lachmann podemos decir que los bienes de capital son:

  • Heterogéneos: Los bienes de capital son esencialmente heterogéneos entre sí, esto es, sus características y su función económica son distintas en cada uno. No son lo mismo una oficina, un escritorio, un camión, un inventario de patatas o los conocimientos laborales aprehendidos por un trabajador. Por supuesto, habrá bienes de capital que serán iguales a otros y en ese caso sí podrá hablarse de homogeneidad (dos barriles de petróleo), pero ni el conjunto de los bienes de capital puede ser homogéneos ni, como norma general, lo serán los bienes particulares. Por ello, pese a que todos ellos están insertos dentro de un plan empresarial con el objetivo de obtener un lucro y todos ellos pueden valorarse y agruparse en términos monetarios –concediéndoles la apariencia de una falsa homogeneidad–, no deberíamos obviar las indudables implicaciones que sobre la actividad económica tienen sus diferencias.
  • Específicos: Debido a su heterogeneidad, el rango de fines que puede perseguir un bien de capital está limitado. Un bien de capital que sirviera para desempeñar cualquier función seguiría siendo, en el fondo, un bien de capital homogéneo. Dentro del rango de fines que puede lograr un bien de capital, los empresarios tratan de dirigirlos en sus planes a aquellos fines para los son más valiosos (donde su productividad marginal descontada es mayor). Cuanto más específico sea un bien de capital, más sensible será su valor a los cambios que experimente la rentabilidad esperada del proyecto que esté ayudando a lograr, debido a que menos opciones de recolocación tendrá dentro del sistema económico.
  • Complementarios: Dado que el empresario trata de dirigir un conjunto de bienes de capital heterogéneos hacia sus usos más valiosos, es lógico que busque aquellas combinaciones en las que aparezcan sinergias, esto es, aquellas estructuras de capital en las que los bienes de capital se complementen a la hora de obtener beneficios. Así, los bienes de capital podrán ser complementarios (camión y gasolina) o sustitutivos (ordenador y máquina de escribir) dentro de un plan empresarial. Normalmente, los bienes de capital complementarios proporcionarán rendimientos crecientes al empresario mientras que los bienes de capital sustitutivos, rendimientos decrecientes. Por ello, el empresario preferirá invertir buscando las complementariedades marginales dentro de su estructura productiva actual (las sinergias) que las posibles sustituciones. Aun así, también estará dispuesto a invertir en bienes sustitutivos para, por un lado, constituir reservas para sus bienes de capital complementarios (piezas de recambio) y, por otro, para sustituir a partes enteras de su plan empresarial cuando, por ejemplo, un cambio tecnológico eleve la rentabilidad de los bienes sustitutivos por encima del consumo de capital que implica la sustitución.
  • Limitadamente convertibles: Al ser heterogéneos y específicos, los bienes de capital no pueden transformarse en otros total y automáticamente. Los errores que se comentan con respecto a ellos (las malas inversiones) acarrean pérdidas irrecuperables para el empresario. Precisamente por ello, además, las estructuras entre bienes de capital complementarios tenderán a ser bastante rígidas y bastante poco flexibles; en ausencia de reservas de bienes sustitutivos, cualquier fallo en un bien de capital complementario tenderá a paralizar o a restar eficiencia al resto de la estructura, siendo complicado y costoso reconvertirla o redirigirla hacia otros usos: esto es, toda reconversión de los bienes de capital acarreará un coste que será más o menos importante según el alcance de ese cambio.
  • Limitadamente divisibles: Por último, los bienes de capital no son totalmente divisibles, sino que tienen un tamaño mínimo adecuado para poder utilizarlos. La décima parte de un automóvil no nos proporciona la décima parte de la utilidad de un automóvil, ya que no nos sirve para prácticamente nada. Debido a esta indivisibilidad, parece claro que no podremos explotar en todo momento todas las complementariedades potenciales entre los bienes de capital. A menos que alcancemos una escala mínima, ciertas inversiones que nos podrían proporcionar sinergias no serán rentables. Por ejemplo, una autopista sólo comienza a ser rentable cuando hay suficientes automóviles que pueden circular por ella; dado que no podemos construir mini autopistas para cada automóvil, sólo podremos explotar las sinergias (reducción de los costes de transporte) cuando haya una masa crítica suficiente de automóviles. Por eso Marx y Keynes se equivocaban al afirmar que la tasa de beneficios era decreciente en el capitalismo. Asumieron que todos los bienes de capital eran sustitutivos y que por tanto las nuevas inversiones siempre se colocaban en una posición inferior a las anteriores, proporcionando una menor rentabilidad. Pero lo cierto es que cuanto más ricos somos, más bienes de capital acumulamos, menos importancia van adquiriendo las indivisibilidades pasadas, más complementariedades podemos explotar gracias a ello y, a su vez, nuevas indivisibilidades potenciales aparecen con las nuevas inversiones.

El desprecio entre muchos economistas neoclásicos a estudiar las propiedades de los bienes de capital (con algunas notables excepciones, como el premio Nobel de Economía en 2009, Oliver Williamson, que remarca la heterogeneidad de los bienes de capital empresariales con su concepto de "especificidad de los activos") les llevan a incurrir en portentosos errores a la hora de prescribir políticas públicas.

Precisamente en el próximo artículo utilizaremos las definiciones que hemos elaborado de capital y de bienes de capital para trazar algunas de sus implicaciones sobre la teoría del ciclo económico en general y sobre la crisis actual en particular.

La crisis financiera llegará a España en 2010

La crisis económica comenzó en España a finales de 2006, momento en el que se inició la caída de ventas inmobiliarias y la ralentización de precios. Tras casi tres años, la recesión se ha llevado por delante 300.000 empresas y 2 millones de puestos de trabajo. El problema es que, por el momento, el necesario ajuste en el precio relativo de los inmuebles aún no se ha producido. Lo peor aún está por llegar.

El ajuste de la economía real se habrá completado cuando España deje de destruir empleo sin necesidad de ayudas públicas. Es decir, sin planes E ideados para maquillar las cifras de paro. El problema es que cuando la recesión termine es posible que España cuente con más de 5 millones de parados (una tasa superior al 25%); sin un motor de crecimiento capaz de sustituir al ladrillo el auténtico drama será como recolocar en el mercado a tanta gente.

Ahora bien, dicho esto, la economía nacional se enfrenta todavía a tres grandes crisis diferentes e interrelacionadas en los próximos años.

En primer lugar, crisis inmobiliaria. El stock de pisos nuevos a la venta se aproxima a 1,6 millones de unidades, según cálculos del propio sector inmobiliario. Una cifra que si se suma a los usados podría alcanzar los 3 millones. Disponemos de un stock de vivienda nuevas vacía de una cuantía tal, que para poder disolver esta sobre oferta con los niveles de demanda del año 2008 harían falta 7 años, por lo que el descenso de precios continuará.

En segundo lugar, la caída de la vivienda se traducirá en una crisis financiera de grandes dimensiones, debido a la fuerte exposición al ladrillo de bancos (50% de sus créditos) y cajas (70%). Por el momento, el sistema financiero está refinanciando el crédito incobrable que acumulan las inmobiliarias y miles de hipotecados para ocultar la creciente morosidad y evitar registrar pérdidas. Las entidades tienen orden de recapitalizar a todos sus clientes insolventes. Esto es, están concediendo nuevos créditos para que los morosos salden su deuda anterior. Es lo que se conoce como roll-over, y es justo lo que hizo Japón en la crisis de los años 90.

El pasado octubre, la tasa media de morosidad rozó el 5% pero, sin duda, seguirá creciendo. Tan sólo recordar que con una tasa de mora superior al 10% la mayoría de entidades no sobrevivirían.

El sistema financiero español cuenta con unos fondos propios de 220.000 millones de euros. Y con ese dinero tiene que hacer frente a la deuda que acumula el sector del ladrillo. ¿Cuánta? Casi el 50% del PIB, unos 470.000 millones de euros. La mayoría de este crédito resultará impagado, con lo que la banca nacional podría enfrentarse a unas pérdidas próximas a los 250.000 millones de euros, según diversas estimaciones de organismos oficiales.

El problema es que para rescatar a la banca el Gobierno tiene que acudir a la deuda pública para conseguir dinero. Y aquí es donde se encuentra la tercera pata de la crisis: la deuda pública. En los últimos 12 meses el Gobierno ha logrado colocar en el mercado más de 100.000 millones de euros en bonos a corto plazo. ¿Cómo? El BCE está financiando el déficit público español de forma indirecta. Las masivas inyecciones de liquidez a la banca europea han sido aprovechadas por las entidades nacionales para adquirir deuda pública (productos de menor riesgo) y sacar beneficio del arbitraje de tipos (piden dinero a corto plazo al BCE a un tipo de interés del 1% e invierten ese dinero en bonos con una rentabilidad del 3,5%).

De este modo, el BCE está monetizando de forma indirecta la deuda pública española. Sin embargo, una vez que el BCE relaje sus inyecciones de liquidez, el Estado va a comenzar a tener grandes dificultades para colocar su papel entre los inversores, con lo que tendrá que ofrecer una mayor rentabilidad, encareciendo aún más el coste del rescate para los contribuyentes.

Ante esta delicada situación, que no sólo vive España, sino otras grandes potencias, las elites políticas y financieras comunitarias barajan ya tres posibles escenarios:

  • Centralizar la emisión de deuda pública: en lugar de bonos nacionales, emitir bonos europeos para compensar la menor calidad de la deuda de los países más débiles.
  • La denominada "opción nuclear": expulsión o abandono del euro, con todo lo que ello implicaría (devaluación monetaria, impagos masivos de la deuda contraída en euros, ruptura de la zona euro…)
  • Que la UE acuda al rescate público de los países más débiles (incluida España), imponiendo a cambio un rígido e impopular plan de reformas estructurales y de austeridad pública, muy similar al que aplica el Fondo Monetario Internacional (FMI) a otros países cuando concede ayuda financiera.

Y dicho esto… ¿a nadie se le ha ocurrido la posibilidad de salvar a la banca por medios exclusivamente privados y de mercado? Por desgracia, esta solución liberal no cabe en la mente de la clase política.

Economistas curiosos y demagogos contra la crisis

Pero también hay cosas que se salen de ese ámbito y entran de lleno en el de los hechos. Y está fuera de toda duda que Soitu ha fracasado porque no tenían un buen plan de negocio y no lograron ingresar el suficiente dinero como para financiar el coste que suponía. Lo que hay que preguntarse, al final, es por qué un producto tan premiado internacionalmente ha resultado ser un fracaso económico de ese calibre.

Según indica la OJD, Soitu nunca llegó a alcanzar los cuatro millones de páginas vistas al mes con una plantilla de 23 personas. Por comparación, con un personal sólo ligeramente más alto, Libertad Digital lleva superando los 20 millones rutinariamente desde octubre de 2005. Sin embargo, en este negocio ni siquiera ese volumen garantiza nada por sí solo. Los grandes sitios web, tipo Google o Facebook, siempre van a pulverizar esas cifras. Lo ideal es que tus lectores sean un público interesante para la gente de marketing.

En principio, Soitu tenía eso. Era un medio hecho por y para los gafapastas, y éstos suelen tener un nivel adquisitivo más o menos alto, más que nada porque si eres pobre no te puedes permitir pagar tanta tontería. El problema es que por más que se definieran como un medio distinto y rompedor, no ofrecían nada suficientemente atractivo como para que este sector se abalanzara sobre ellos. Un buen progre tiene todas las televisiones, buena parte de los periódicos y diarios digitales y unas cadenas de radio que superan en postes a todo el universo conocido. Lo que Soitu ofrecía ya lo daban otros en buena medida; lo que lo diferenciaba no era acicate suficiente.

Ante esta situación tenían varias alternativas, no necesariamente excluyentes. Podían reducir la plantilla, admitir ciertos contenidos más populares con cierta mesura para no desvirtuar la línea elitista del medio, generar la suficiente lealtad por parte de sus usuarios para poder cobrarles… Pero no hicieron nada de esto. Tenían un millón de usuarios únicos al mes, que generaban alrededor de millón y medio de visitas y sólo entre 3 y 4 millones de páginas; eso significa que carecían de una base de lectores fieles. En general, la gente pasaba por Soitu, seguramente a través de buscadores o agregadores tipo Menéame, leía dos o tres cosas y no regresaba en un mes o dos. Para un medio pensado para generar lealtad entre su público potencial, estos datos suponen un fracaso sin paliativos. Así las cosas, es normal que BBVA se bajara del carro; no había perspectivas de que la cosa mejorara.

En otro plano, creo que el problema real de Soitu es que siempre fue un medio hecho al gusto de quienes lo hacían, no de quienes podrían llegar a leerlo. Gumersindo Lafuente debió pensar que el éxito de elmundo.es se debía a él, cuando en realidad su situación de estrellato dentro de este gremio de la web española fue debido a que estuvo al frente del diario digital gratuito con más medios de la prensa de nuestro país, sometido a unas reglas bastante estrictas. En cuanto hizo lo que quiso –y créanme que tengo anécdotas para aburrir que demuestran que Soitu era básicamente lo que él quiso, hasta extremos verdaderamente ridículos– no ha logrado remontar el vuelo. Pero no lloren por él, que seguirá siendo un gurú invitado a dar conferencias en las que nos aclarará a todos que la culpa no fue suya.

Pero ser gurú es relativamente fácil; ser un emprendedor con éxito es otra cosa. Me hace gracia, eso sí, que se haya escrito tanto sobre Soitu, sus intenciones y su altísima calidad, y tan poco sobre el fenómeno en el que se publican estas líneas: Libertad Digital, un medio que ha sobrevivido y ha crecido gracias a la lealtad de unos lectores que se han convertido en sus principales accionistas. Me da que haber alcanzado semejante éxito siendo un medio liberal-conservador, es decir, de derechas, no ayuda. ¡Pero imagínense si hubiésemos hecho lo mismo siendo progres! Como diría el George Clooney de Crueldad intolerable, hasta nos dedicarían un semestre en Harvard.

Asientos reservados

Hace algún tiempo en mi pueblo organizamos una reunión en un local vacío que tuvo tanto éxito que continúa de forma indefinida desde entonces. Resulta que en el local no hay sillas, que con la tecnología existente resultan ser muy resistentes (no se estropean con el uso) pero sin variedad: son bienes duraderos todos iguales (bienes fungibles, que dicen los economistas, indistinguibles unos de otros).

Recuerdo que la primera vez que estuve llevé una silla y la utilicé un rato mientras estaba sentado conversando con un amigo. Al rato me apeteció levantarme a bailar y me surgió un problema: es difícil moverse cargando todo el rato con la silla. Dejarla abandonada a su suerte no es buena idea, ya que podría haber ladrones, así que le pedí a un amigo que me la guardara hasta mi vuelta. Algo más tarde ese mismo día apareció una amiga que vino sin silla, y yo caballerosamente le presté la mía para que se sentara, por lo cual quedó muy agradecida. Pronto mi amigo se ausentó un rato y me pidió que le guardara su silla, y como yo estaba de pie le dije que si no le importaba me sentaría en ella; antes de que él volviera llegó una segunda amiga y yo, de nuevo caballeroso, le presté la silla de mi amigo, quien al volver entendió la situación y no se enfadó por ello.

Como tengo algo de perspicacia empresarial veo que hay dos diferentes oportunidades de negocio: guardar y prestar sillas, servicios para los cuales quizás la gente no siempre tenga amigos a mano. Así que al día siguiente voy con unas cuantas sillas y me instalo en una zona con dos partes diferenciadas: un servicio de custodia de sillas y un servicio de préstamo de sillas. Cobro según la cantidad de sillas y la duración del servicio, que a veces no es predeterminada (plazo fijo pactado al comienzo del servicio) sino que se extiende hasta que me pidan la silla guardada o me devuelvan la silla prestada; también puede suceder que yo decida devolver una silla guardada o reclame una silla prestada.

El negocio es rápidamente un éxito, y como trato con mucha gente y algunos no son conocidos tengo que llevar un registro básico. En el lado de la custodia de sillas le doy a cada uno un recibo por el cual me comprometo a entregar una silla ante la entrega del mismo. Algunos recibos son personalizados con el nombre del dueño de la silla, porque así aunque les robaran el papel el ladrón no podría reclamarla; aun así si se quiere que otra persona recoja la silla es posible transferir estos recibos a otra persona demostrando de algún modo en el documento que la transacción ha sido voluntaria. Por comodidad algunos recibos se hacen al portador: no importa la identidad de quien reclame la silla. En el lado del préstamo de sillas son los prestatarios quienes me dan a mí un reconocimiento de deuda por el cual se comprometen a devolverme la silla al final del tiempo pactado (o cuando yo se la reclame si es el caso).

Alguna vez me ha pasado que no me han devuelto una silla prestada: así he descubierto que los préstamos tienen riesgo, que es necesario fijarse en la fiabilidad o crédito del prestatario y ajustar mis tarifas según el riesgo de pérdida.

Normalmente tengo buen ojo para calcular cuántas sillas debo tener en el local, y si me hacen falta más puedo salir a una tienda cercana y comprar alguna más. Cuando me sobran sillas el mismo dueño de la tienda me las recompra, siempre a un precio menor al de venta por aquello de la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido: la diferencia de todos modos no es muy grande porque al ser las sillas indestructibles el mercado de sillas nuevas y de segunda mano es el mismo.

En una ocasión sucedió que se agotaron mis sillas prestables, en la tienda no tenían más y todavía había personas que querían una. Mi perspicacia empresarial me llevó a pensar que quizás hubiera gente en el local que estuviera dispuesta a prestarme sus propias sillas, que yo a su vez podría seguir prestando a otros. Me convierto así en un intermediario en el mercado del préstamo de sillas: por un lado me las prestan a mí (yo debo esas sillas, tengo una deuda frente a otros o pasivo, que dice mi contable) y por el otro yo se las presto a otros (me deben sillas, tengo un activo, otros tienen una deuda frente a mí) a un precio ligeramente superior. Mis beneficios proceden de coordinar a distintas partes que no se han dado cuenta de la situación de los demás y no saben que podrían establecer relaciones mutuamente ventajosas con ellos: mi negocio es el punto de encuentro entre quienes les sobran y les faltan sillas.

En el negocio de la intermediación del préstamo no sólo importan las cantidades, los precios y los riesgos: también son muy importantes los plazos. Gestionarlos inadecuadamente puede poner mi negocio en peligro, ya que yo podría suponer un riesgo para mis prestamistas de sillas. Si yo recibo prestada una silla durante una hora lo más prudente es prestarla durante como mucho ese mismo plazo: así cuando me la reclamen de vuelta yo la tendré disponible.

Como algunas personas no saben cuándo van a sentirse cansados y querer sus sillas de vuelta, a veces me las prestan a la vista, o sea hasta que reclamen su devolución. Para no tener problemas con los plazos yo estas sillas también las presto a la vista y las reclamo cuando me las reclaman a mí. Algunas personas se ponen un poco nerviosas y creen que podría haber conflictos de doble disponibilidad sobre estas sillas, pero yo intento explicarles la situación quitando de en medio al intermediario para ver si así lo entienden: si tú me prestas la silla hasta que me la reclames de vuelta, el hecho de que me la prestes muestra que no la estás usando, y dispondrás de nuevo de ella a partir del momento en que me la pidas; yo la utilizo y dispongo de ella hasta que me la pidas.

Como mi negocio iba tan bien eventualmente surgió la competencia. Alguno procedió de forma deshonesta, prestando las sillas que le habían entregado en custodia: cobraba por ambos lados, cuando las recibía y cuando las prestaba. Yo lo denuncié y su negocio se fue a pique al perder la confianza de la gente.

De todos modos el negocio de la custodia es muy pequeño y tiende a desaparecer: mis clientes se dan cuenta de que si me prestan sus sillas y yo a su vez las presto con prudencia pueden recuperarlas cuando quieran, o sea que es casi como si las tuvieran guardadas (con algún pequeño riesgo) y no sólo no pagan por ello sino que incluso reciben un pequeño pago a cambio. Si algún cliente no se da cuenta yo mismo se lo propongo y son pocos los que insisten en que custodie sus sillas, para lo cual suelo usar unas cajas cuyos candados guardan ellos mismos.

Normalmente mantengo sin prestar una pequeña reserva de las sillas que me prestan para poder devolverlas en seguida sin tener que ir a buscar a mis deudores. Algunos economistas (por otra parte grandes pensadores) de la Escuela Oriental (porque por lo general están bien orientados) dicen muy indignados moralmente que esa reserva fraccionaria es ilegítima, fraudulenta, que disfruto de algún privilegio legal, que no podría hacer frente a todas las reclamaciones de sillas si se presentaran a la vez, que estoy generando múltiples y conflictivos derechos de propiedad, que los préstamos sin plazo prefijado son una aberración y no sé qué horrores más de un ciclo barato en el cual la gente cree que podrá estar sentada y resulta que se queda de pie. Me parece a mí que teorizan demasiado y no entienden el negocio.

Además me sorprende que no vean que el principal problema de este negocio puede venir de los plazos descalzados. No se trata de que no lleven zapatos, sino de que yo tome prestadas sillas a corto plazo y luego las preste a largo plazo (y por lo tanto sin derecho a exigirlas por mucho tiempo): si no tengo mucho cuidado mi negocio podría quebrar si me reclamaran simultáneamente muchas sillas y yo no encontrara quien me las prestara o vendiera. Y digo que es un problema porque la tentación para caer en esta práctica es muy fuerte, ya que el precio del préstamo de sillas por unidad de tiempo es casi siempre más barato a corto plazo que a largo plazo, y algunos listillos aunque no saben las reglas de este deporte quieren arbitrar esas diferencias. Como yo soy un empresario de una madurez ajustada no cometo este error: tengo muy en cuenta la posible desconfianza de mis clientes y la competencia real o potencial de otros empresarios.

Algunos listillos granujas están intentando organizar un oligopolio de intermediarios del préstamo de sillas: quieren restringir la competencia, montar una institución coactiva y obligatoria para la producción centralizada y planificada de sillas financiadas con impuestos que les permitan desajustar sus plazos y obtener sillas baratas en caso de necesidad, y prometer sillas pero en realidad prestar taburetes. Para que la gente siga prestándoles sillas y no se asusten van a imponer un seguro obligatorio que garantice la devolución sin importar lo arriesgado que sea cada intermediario. Como consigan todo esto me temo que aunque hasta ahora han sido indestructibles las sillas van a ver muy deteriorada su calidad y se van a parecer más a los bancos de la calle. Y lo vamos a pagar muy caro.

La homogeneidad del capital

Si tuviera que señalar tres errores mayúsculos de la macroeconomía actual, me inclinaría por el dinero, el interés y el capital. Dos de los errores –el dinero y el interés– se encuentran precisamente en el título de la obra más conocida de Keynes –La Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero– y desde luego no es casualidad, porque debemos al inglés buena parte de la confusión reinante. El tercero de ellos, sin embargo, ni siquiera aparece mencionado en el título de esta obra, básicamente porque su autor, tal y como le reconoció a Hayek, ni siquiera se había planteado la importancia de contar con una teoría del capital.

Hoy la desorientación por parte de la economía ortodoxa sobre qué es y qué no es capital sigue más viva que nunca. Basta con preguntarle a cualquier licenciado para obtener tal pluralidad de respuestas como para desanimarte a emplear el concepto. Böhm Bawerk ya se quejaba en 1888 de que "nuestra ciencia no puede permitir que sus estudiantes llamen a diez o doce cosas fundamentalmente distintas por el mismo nombre". Y en la misma línea y el mismo año, Menger escribía con sorna: "Hay tantas definiciones distintas y confusas sobre qué es el capital como economistas que han escrito sobre el tema".

La macroeconomía dominante, como en tantas otras cosas, resuelve su poca claridad de ideas escondiéndose tras las matemáticas. Así, ante la pluralidad de definiciones contradictorias, basta con agruparlas todas bajo la variable K y operar con ella. No es necesario entender el proceso, sólo interpretar a gusto del cliente el resultado.

Desde luego, no es que los austriacos nos hayamos librado de este mal endémico de dar varias definiciones a la palabra capital –basta comparar a Böhm-Bawerk con Mises y a ambos con Hayek–, pero a diferencia de los neoclásicos nuestras definiciones no son disparatadas y, más importante, escogiendo las dos mejores definiciones de capital podemos terminar por acotar adecuadamente el concepto. En concreto, deberíamos combinar a Carl Menger con Ludwig Lachmann.

Aunque pocos lo conocen, entre las aportaciones seminales de Menger a la ciencia económica no sólo se encuentran el valor, el tiempo, la liquidez o las instituciones. En 1888, el padre de la Escuela Austriaca escribió un artículo esencial titulado Zur Theorie des Kapitals (Hacia la Teoría del Capital) en respuesta al profundo análisis que realiza su discípulo Böhm-Bawerk sobre el tema. El artículo, inédito en inglés, nos ha llegado sin embargo a España gracias a la traducción de Ingolf Krumm y a la insistencia de José Ignacio del Castillo.

En él, Menger no sólo critica a Böhm-Bawerk por considerar que su definición de capital no es plenamente útil para el subsiguiente desarrollo de nuestra ciencia, sino sobre todo a Adam Smith, quien conceptualizó el capital como los bienes de producción producidos para completar su teoría de la distribución de la renta (los salarios para los trabajadores; la renta de la tierra para los terratenientes; y los beneficios para los capitalistas). Sin embargo, la definición de Smith, aparte de obsesivamente versada en la naturaleza técnica de los bienes y en su derecho a una porción del producto nacional, no nos permitiría incluir en capital, por ejemplo, los salarios en I+D, los inventarios de materias primas, los pozos de petróleo no explotados; nos obligaría a incluir los factores de producción producidos erróneamente y que no sirven para nada; y sería ambigua con respecto a los gastos de formación de un trabajador, a los costes para tallar un diamante o a una excavación minera.

A la pobreza del análisis smithiano, Menger propone una alternativa que es precisamente la que tiene en mente todo empresario cuando toma sus decisiones: capital es el valor monetario de los factores productivos empleados para obtener un lucro monetario en el mercado. Esto es, capital es el valor de mercado de todo activo empresarial.

Dicho de otra manera, para Menger el capital no es una magnitud objetiva, sino que depende, primero, del marco institucional (el mercado y el dinero) y, segundo, de las intenciones del agente económico (obtener lucro monetario). Allí donde no existe un sistema libre de división del trabajo y donde los empresarios elaboran sus planes, los implementan, los abandonan o los adaptan en función de la rentabilidad que esperan obtener en el mercado, no existe capital. Habrá desde luego maquinaria, edificios, inventarios o patentes, pero su valor monetario a partir del cual aplicar el cálculo económico no tendrá ninguna relevancia. Por ello, los países comunistas o los del Tercer Mundo se deshacen en esfuerzos por ampliar su "capital" pero se estrellan siempre contra la misma realidad: la creación de riqueza no deriva de la acumulación de factores de producción, sino del uso que se les dé por parte de un entramado de planes empresariales en competencia.

Es esta competencia por diseñar en cada momento los mejores planes que les lleven a obtener un lucro monetario, lo que les permite hilvanar y coordinar a los distintos individuos a lo largo del tiempo en un sistema amplio de división del trabajo. Y es que el capital recoge el valor presente de todos los flujos de caja futuros que un determinado plan empresarial –en conjunción con el resto– se espera que proporcione a lo largo de vida. Aquellos planes empresariales que logren unos beneficios mayores en relación con el capital necesario para implementarlos tenderán a atraer sumas crecientes del mismo, que se retirará de aquellos sectores donde los beneficios sean relativamente menores. Es decir, gracias al capital, los capitalistas disponen de una guía sobre cómo y dónde reinvertir los rendimientos obtenidos para conservar o incrementar su riqueza futura a través de conservar o incrementar la riqueza futura del resto de agentes económicos con los que se coordinan.

De este modo, el capital se presenta como una magnitud homogénea que agrupa a todos los activos bajo una unidad común y que permite saber cuál es su valor en términos monetarios dentro del esquema de división del trabajo. Todos los proyectos devienen así directamente comparables y todos son susceptibles de perder o captar capital para contraerse o crecer. Sin esa homogeneidad del capital nos sería imposible organizar los numerosos y diversos factores productivos en planes que fueran consistentes entre sí y que no retuvieran recursos fuera de sus usos más valorados.

Ahora bien, que el capital, como magnitud monetaria, sea homogéneo no significa que su materialización física, los bienes de capital, lo sean. Precisamente, numerosos neoclásicos tienden a confundir que todo el valor del capital se exprese en una misma unidad con que todo el capital sea idéntico. Pero de este asunto, que entronca con la definición de capital de Ludwig Lachmann, nos ocuparemos en el siguiente artículo.

La alteración de la moneda

Uno de los fenómenos económicos que más atención suele recibir por parte de la prensa es el de la inflación. Aunque suele presentarse muchas veces como uno de los precios que inevitablemente hay que pagar por el desarrollo económico lo cierto es que su historia es bastante antigua. Así, ya en época del emperador Nerón se tiene constancia de su existencia.

Para hacer frente a los crecientes gastos del ejército y la administración pública, Nerón decidió alterar el contenido del denario y el áureo. Así, en el año 64 fijó el contenido de plata del denario en 3,4 gramos, frente a los 3,90 que tenía anteriormente, y el contenido del áureo bajó de 8 gramos de oro a 7,3. En lugar de financiar el aumento del gasto con un aumento de impuestos, se optó por envilecer la moneda, lo que en el fondo no deja de ser un impuesto indirecto a la moneda.

Se pudo observar cómo los precios de los bienes subieron tras dicho envilecimiento, y que irónicamente, la recaudación no aumentó especialmente. Esto fue debido a que los ciudadanos romanos prefirieron atesorar las monedas antiguas, al tener un contenido en metales preciosos superior, realizando sus pagos en las nuevas, incluidos, lógicamente, los impuestos. Este proceso de envilecimiento de la moneda fue continuando a lo largo del tiempo, y en el siglo III, el denario apenas tenía un 2% de la plata original, lo que se reflejó en los precios, que experimentaron una subida del 15.000% durante dicho siglo, llegando a pagarse parte del salario de los legionarios en especie precisamente por el poco valor de la moneda.

Para acabar con la inflación, el emperador Diocleciano intentó establecer controles de precios y en el año 301 publicó el editum de pretiis maximis fijando un precio máximo reducido para determinados bienes, previéndose, incluso, la pena capital para quien lo incumpliese. El resultado no pudo ser más desfavorable. Muchos de los bienes cuyo precio se fijó desaparecieron de los mercados oficiales, y distintas personas que se atrevieron a violar el decreto fueron ejecutadas, sin que al final los precios respondiesen a los límites fijados por Diocleciano, siendo su edicto ignorado al final de su mandato y derogado oficialmente por Constantino I.

En el siglo XX el fenómeno de la inflación fue especialmente dramático. La tasa más alta jamás conocida fue la del pengo húngaro, que llegó a alcanzar el 1,3 · 1016% mensual, duplicándose los precios cada 16 horas. En 1946 se llegó a lanzar un billete de 100 trillones (1020) de pengos, que tiene en su haber el dudoso honor ser el billete de mayor denominación de la historia.

En tiempos más recientes tenemos el ejemplo de Zimbabwe. Para financiar el programa de confiscación de tierras de Robert Mugabe, se acudió al banco central para que imprimiese un mayor número de billetes, lo que condujo a tasas de inflación cada vez mayores. Así, en noviembre de 2008 la tasa mensual se situó en el 79.600.000.000%, o dicho de otra forma, los precios se duplicaban cada 25 horas, teniendo la segunda mayor tasa de inflación conocida de la historia.

El efecto de estas altas inflaciones ha sido al final el mismo: la moneda envilecida ha acabado por no tener ningún uso, reemplazándose por algún tipo de moneda nueva (con mayor contenido de metales preciosos o de algún país extranjero donde las tasas de inflación fuesen menores), por metales preciosos, o directamente volviéndose a la economía del trueque, y, en el camino, empobreciéndose gran parte de la población.

El origen de todas estas políticas inflacionarias ha sido siempre el mismo, tratar de alterar el papel principal que tiene el dinero, como elemento facilitador de la compraventa y del ahorro, supeditándolo a otras funciones, como puede ser la financiación del Estado. Aunque prácticas como la monetización directa hace tiempo que no se realizan en países occidentales, ello no significa que no existan sugerencias que pongan en peligro este papel. Así, ocasionalmente, se escuchan propuestas, consideradas como no convencionales, sobre el papel que debe jugar la moneda, como puede ser la eliminación de billetes por sorteo, la aplicación de tasas de interés negativas por parte de los bancos centrales o la creación de billetes con fecha de caducidad. Estas propuestas se han escuchado en los dos últimos años con más fuerza con el objetivo, según sus autores, de aumentar el consumo y ayudar a abandonar la crisis. Si se pusiesen en marcha tendrían efectos parecidos a los que acabaron ocasionando la hiperinflación, ya que al obviarse el papel que tiene la moneda podría acabar incluso con su uso.

Limiten a cero el tamaño del FMI

El caso de Islandia en octubre de 2008 demuestra que no todo sistema bancario puede ser rescatado, especialmente cuando su tamaño es varias veces superior al del PIB de una economía: simplemente, el Gobierno no puede captar ni vía impuestos ni vía deuda los recursos suficientes para recapitalizar a las empresas concursadas.

Por este motivo, diversos economistas están proponiendo limitar el tamaño de las empresas: que no haya ninguna demasiado grande como para que no pueda ser rescatada. En concreto, el FMI ha sugerido restringir el tamaño de los bancos, pues en la reciente crisis ha sido la bancarrota de Lehman Brothers –la mayor en la historia de Estados Unidos– la que disparó un proceso de contracción crediticia que hasta ese momento sólo se había producido de manera atemperada.

En principio, la idea puede parecer lógica: si los bancos son pequeños, no podrán hacer mucho daño. Olvidan, sin embargo, los del FMI que lo importante no es el tamaño de las empresa, sino de la industria. Hay industrias donde es más eficiente que haya muchas compañías muy pequeñas que unas pocas muy grandes –esencialmente allí donde ninguna empresa ofrece ninguna ventaja diferencial en su producto con respecto a las restantes y no existen economías de escala– y viceversa.

En el caso de los bancos, y en general en todas las industrias de red –aquellas donde todas el servicio que prestan las compañías a sus usuarios depende en buena medida de sus interrelaciones–, suelen aparecer empresas de gran tamaño que actúen como intermediarios o market makers. Cuanto mayor sea el tamaño de estas empresas, mayor capacidad poseen para coordinar a sus clientes y beneficiarles del efecto red: si un madrileño quiere sacar dinero en un cajero de Praga tendrá que acudir a un banco que esté en Madrid y en Budapest o bien a un banco praguense que esté asociado de alguna manera con uno madrileño a través de alguna compañía que proporciona esta infraestructura. Lo mismo sucede si queremos comprar acciones de compañías checas o hacer una emisión de deuda en Shangai.

Para prestar esos servicios es, pues, imprescindible que exista una red, que puede ser tanto interna a la propia empresa (el cable de Telefónica) o externa a la misma (el servicio de pago por tarjeta que ofrecen los comercios gracias a VISA). Dicho de otra manera, si el FMI impide que que sean las propias empresas las que proporcionen a sus clientes sus propias redes y que crezcan merced a ellas, tendrán que recurrir a redes externas provistas por otra empresa. No tendremos, por consiguiente, un sector financiero más pequeño, sino uno más atomizado con redes externas.

Pero poco o nada ganaremos con ello si es fruto de la imposición estatal. En Estados Unidos, el número de bancos fue históricamente muy elevado debido a las prohibiciones para abrir sucursales en otros estados. Pero ello no evitó la Gran Depresión. En 1929 el número de bancos era de alrededor de 25.000 y en 1934 apenas llegaba a a 15.000. En cambio, en 2006 el número de bancos era de 7.401 y a finales de 2008 todavía se mantenía en 7.086. En 1929 había muchos bancos muy pequeños y, por consiguiente, quebraron muchos de poco tamaño; en 2006, había pocos muy grandes y, por consiguiente, quebraron pocos de gran tamaño.

En una crisis financiera, lo que se tambalea son porciones de la industria –su tamaño relativo dentro del sistema económico–, no empresas concretas –su número absoluto. Si el FMI quiere limitar los ciclos debería preguntarse más bien por qué el conjunto del sector financiero tiende a sobredimensionarse tanto durante los booms económicos y luego se paraliza durante las crisis.

La respuesta ya la sabemos: la fuerte expansión crediticia que llevan a cabo los bancos endeudándose a corto e invirtiendo a largo les permite prestar cantidades de dinero muy por encima del ahorro real de una sociedad. Por ahí tendría más sentido la reforma: impedir que haya crédito no respaldado por ahorro. Sin duda, con esta medida el tamaño de la banca en general sería mucho menor y las crisis se reducirían a su mínima expresión. Pero ay, entonces habría que comenzar por cerrar los bancos centrales estatales y, entre ellos, el banco central de los bancos centrales: el Fondo Monetario Internacional. ¿No se preocupa esta institución por su propio tamaño y por los irresponsables préstamos que ha extendido en los últimos meses a países del todo insolventes?

El motorista de Rajoy

La única mancha en el casi impoluto expediente administrativo del famoso motorista la provocó Fraga, que, según cuenta en sus memorias, fue el único ministro cesado que obligó al motorista a que le llevara al Remitente una carta de respuesta.

Pero eso era en los tiempos bárbaros. En democracia no es ya que no dimitan los altos cargos, es que tampoco se cesa a nadie, así que el famoso motorista ahora reparte pizzas en lugar de cartas de agradecimiento y ya no está cuando se le necesita.

Todo esto tiene como consecuencia que cuando un político abandona su puesto ya no se sabe bien si dimite, le cesan, le dimiten o simplemente le sugieren que sus servicios son más valiosos en otras áreas de responsabilidad, como la asesoría personal del presidente del partido. Es el caso de Ricardo Costa, que a fecha de hoy no sabemos si dimite de forma forzosa o le cesan pero sólo un poquito.

Y el caso es que hace muy bien el secretario o ex secretario de los populares valencianos negándose a que la guillotina rajoyesca le rebane voluntariamente el pescuezo político porque, vamos a ver, si es un corrupto, lo suyo es que fuera cesado y expulsado del partido de forma fulminante, y si no lo es, no hay razón para que se le invite de forma tan indecorosa a abandonar sus responsabilidades en el PP.

Por lo que ha trascendido del sumario, horrorosamente instruido por Garzón como es habitual en el personaje, a Costa sólo se le puede acusar de hortera en virtud de unas conversaciones privadas que al propio implicado le producen cierta vergüenza, como ha relatado él mismo en su comparecencia. Sin embargo, la horterez no es un delito tipificado en el código penal ni aparece incluido en el código de buenas prácticas con que todo partido adorna sus estatutos, así que, o Rajoy y Camps detallan las corruptelas cometidas por el cesante o nos tememos que a la historia de este "dimicese" le quedan varios capítulos. Sólo falta que cuando se reúna el Comité de Dirección del Partido Popular de Valencia encima no haya unanimidad sobre el futuro político de Ricardo Costa y haya que incluirlo, como última solución, en el gabinete de asesores de Mariano Rajoy. Hasta mil doscientos que tiene Gallardón aún queda sitio.

La banca con reserva fraccionaria

La banca con reserva fraccionaria de los depósitos a la vista es perfectamente legítima y compatible con el liberalismo, no es resultado de ningún privilegio legal concedido a la banca por el Estado, y no es la causante del ciclo económico. La exigencia de una reserva 100% es un grave error intelectual, una violación de la libertad contractual y un obstáculo al crecimiento económico al dificultar el crédito e impedir el desarrollo tecnológico de las finanzas.

Las equivocaciones respecto a la reserva fraccionaria son múltiples: el depósito no puede ser un préstamo; la reserva fraccionaria es una estafa; un préstamo sin plazo predeterminado es una aberración; los contratos son transferencias plenas de derechos de propiedad; los contratos de depósitos a la vista generan múltiples e incompatibles derechos de propiedad sobre los mismos bienes y además son imposibles de cumplir en su conjunto; mediante la reserva fraccionaria se produce dinero de la nada que genera inflación, distorsión crediticia y el ciclo económico; la banca libre con reserva fraccionaria es inestable.

Un problema esencial del debate sobre la reserva fraccionaria es la determinación de la esencia del contrato de depósito, qué tipo de contrato (o contratos) existe entre un banco y los clientes que realizan ingresos monetarios en sus cuentas, si le están aportando financiación (operación de pasivo del banco, le están prestando dinero al banco como intermediario financiero) o si le dan el dinero para que se lo guarde y custodie sin poder utilizarlo (banco como almacén). En la actualidad el depósito a la vista se considera legalmente como un préstamo sin plazo prefijado del depositante al banco. Se denomina a la vista porque el depositante puede reclamar la devolución de su dinero al banco en cualquier momento. Para aquellos que falazmente afirman que un préstamo sin plazo predeterminado es una aberración jurídica o ética, se podría considerar que el depósito a la vista es un préstamo con plazo muy corto (segundos o minutos, por ejemplo), pero con renovación automática.

Con la reserva fraccionaria de los depósitos a la vista no se generan dobles o múltiples derechos de propiedad sobre el dinero, los cuales generarían conflictos éticos (varias personas intentando tener control total y exclusivo sobre un bien) y problemas de descoordinación económica (creación de dinero de la nada y distorsiones sobre los tipos de interés). Este error se debe a la errónea interpretación de los contratos como transferencias plenas de títulos de propiedad (en lugar de modificadores de normas y generadores de derechos y deberes sobre acciones), y a considerar que el depositante no transfiere la propiedad sobre el dinero al banco y que el banco sí transfiere la propiedad del dinero a sus prestatarios, sin más.

La presunta paradoja o incompatibilidad se resuelve si se realiza un análisis contable del balance financiero (activo y pasivo) de los participantes en estos contratos: los depositantes, los bancos y los prestatarios. Al realizar un ingreso en su cuenta el depositante deja de ser propietario del dinero y pasa a ser dueño de un derecho de cobro a la vista: intercambia dinero por una promesa de pago de dinero ejecutable cuando lo desee según las condiciones del contrato de su cuenta bancaria (puede haber limitaciones en las cantidades que se puedan retirar en un plazo de tiempo o requisitos de preaviso para cantidades grandes). El banco a su vez presta el dinero recibido a un prestatario que recibe la propiedad del dinero pero que asume un deber de pagarlo de vuelta con intereses en algún plazo, tiene el dinero pero también una deuda que probablemente implique además alguna hipoteca o restricción legal sobre algún bien o garantía personal para asegurar el cobro del préstamo. El banco tiene en su pasivo los depósitos que sus clientes han realizado (sean a la vista o como imposiciones a plazo fijo), y en su activo los préstamos que ha concedido (y otros activos financieros que pueda haber adquirido).

La creencia de que el pago simultáneo a todos los depositantes de un banco es imposible parece basarse en creer que sólo se les puede pagar con las reservas monetarias existentes en el mismo, pero esto es totalmente falso: si el banco lo necesita puede vender sus activos a cambio de dinero, o reclamar el pago de deudas pendientes como acreedor, o puede solicitar nuevos préstamos a otros bancos o intentar atraer a otros depositantes con tipos de interés más altos. El porcentaje de reservas que un banco necesita mantener para atender a las retiradas de efectivo de sus depositantes depende de la cantidad y la frecuencia de esas retiradas y de la dificultad de captar nueva financiación en el mercado de fondos prestables.

Si todos los depositantes reclamasen todo el dinero depositado en todos los bancos, el problema surgiría si no hubiera nada de dinero fuera de los bancos, pero esto es muy improbable, y el sistema en su conjunto puede intentar captar ese dinero para efectuar los pagos reclamados (sin garantías de éxito, sobre todo durante las crisis económicas y las corridas bancarias, en las cuales la gente quiere en general retirar dinero de los bancos y no ingresarlo en ellos).

El problema esencial de un banco no es ser temporalmente ilíquido sino ser insolvente, ser incapaz de atender a todas las reclamaciones de pago que se le pueden presentar al no poder vender sus activos rápidamente a precios suficientemente altos.

Un problema esencial de la banca actual es el descalce de plazos, el desajuste de madurez entre sus créditos: los bancos toman prestado a corto plazo y prestan a largo plazo, son sistemáticamente ilíquidos, operan con fondos de maniobra negativos y dependen sistemáticamente del banco central para su financiación. El descalce de plazos permite el deterioro de las posiciones de liquidez de los bancos y es una de las causas fundamentales del ciclo económico.

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