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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Sexagésimo aniversario de la declaración Schuman

A las 6 de la tarde del 9 de mayo de 1950, en el Salón del Reloj del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, tuvo lugar uno de los discursos más transcendentales en la historia de la Unión Europea. Robert Schuman, ministro francés de Asuntos Exteriores, fue el encargado de leer la que sería conocida como Declaración Schuman, en la que se hacía un llamamiento a la paz mundial, a la integración europea y a su puesta en marcha mediante realizaciones concretas. Esa realización concreta se plasmaría en la puesta en común de la producción de carbón y acero y su sometimiento a una autoridad supranacional.

Apenas un año después se firmaría el Tratado de París, que daría lugar a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. La experiencia sirvió para que en 1957 se firmasen los Tratados de Roma, que darían lugar al nacimiento de la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica.

Hoy, sesenta años después, resulta casi inevitable hacerse la pregunta de si el proceso iniciado con dicha declaración ha sido positivo o no. Para ello debe analizarse el contexto histórico en la que se produjo: cinco años después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con Alemania aún ocupada, en plena Guerra Fría y mes y medio antes de que se iniciase la Guerra de Corea. En este contexto no extraña que la primera frase del discurso sea que “la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”.

En búsqueda de esta paz, se rescataron las ideas del Conde Richard Coudenhove-Kalergi sobre la integración europea como forma de evitar enfrentamientos bélicos. No obstante, y probablemente influidos por fracasos anteriores como la Unión Federal Europea, se abandona la idea de realizar una integración en todos los sentidos. Así, en el discurso se deja clara la idea de que “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas”, motivo por el que se inicia dicha integración por elementos tan concretos como el carbón y el acero. Creando un mercado único, que comenzase por estos productos, se pretendía evitar futuras tensiones bélicas.

Parece claro que el objetivo fundamental de la Declaración ha sido un éxito, al no haberse producido ningún enfrentamiento bélico entre los países integrantes de la Unión Europea (aunque, por ejemplo, los conflictos de los Balcanes haya afectado a países en aquel entonces no miembros). Por otro lado, la “fusión de los mercados” de los países que integran la UE ha sido un hecho. Basta con acudir a cualquier supermercado para poder adquirir productos de distintos países que en principio circulan por los países miembros sin ningún tipo de obstáculo. Por tanto los organismos herederos de la alta autoridad propugnada en la Declaración Schuman, parecen haber logrado evitar el nacionalismo económico de los gobiernos de los respectivos países miembros, que normalmente hubiesen recurrido a barreras arancelarias y no arancelarias, para obstaculizar la entrada de productos de países competidores.

No obstante, pese a sus innegables logros, también pesan sombras sobre la actual Unión Europea. El viejo problema de Quis custodiet ipsos custodes? sigue siendo válido. Es cierto que las autoridades supranacionales de la UE vigilan y ponen en marcha mecanismos para, por ejemplo, tratar de impedir que las autoridades nacionales recurran al establecimiento de barreras no arancelarias que limiten la libre circulación de mercancías. No obstante no existe ningún impedimento para que las autoridades comunitarias puedan establecer dichas barreras frente a terceros países, o que los requerimientos sanitarios, técnicos o medioambientales que establezcan favorezca a determinados grupos de presión, creando barreras legislativas anteriormente inexistentes y de difícil justificación.

También debe reseñarse que el procedimiento legislativo resulta complejo, lento y sometido a múltiples variantes (procedimiento legislativo ordinario o de codecisión, procedimiento legislativo especial de consulta y de dictamen conforme), lo que unido a la multiplicidad de organismos y el mecanismo de elección de los miembros, a veces elegidos por sufragio, a veces por los representantes de los países miembros, hace difícil determinar quién debe ejercer el control sobre la compleja administración europea y a quién debe rendir cuentas ésta.

El alejamiento de estos organismos de los problemas reales europeos queda patente en distintos informes y legislaciones, que centran sus esfuerzos en temas no relacionados con el mercado único, y que obstaculizan y dificultan la producción de bienes y servicios en el seno de la UE. Por otro lado, la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales en algunos campos, como los servicios, presenta obstáculos legales, por lo que la fusión de mercados, que en un principio se planteó, no se encuentra en el estado en que debiera encontrarse sesenta años después de las palabras de Schuman.

Por lo tanto, en este sexagésimo aniversario, cabe celebrar, sin duda los aspectos positivos que ha introducido la Unión Europea, pero sin olvidar las dificultades y complejidades añadidas que ha supuesto y que suponen un obstáculo para la recuperación económica.

Entre la España y la pared

Ésta ha sido la odisea de la crisis en España. Nadie la quiso ver venir aunque, al menos desde 2006, todo indicaba que la caída iba a ser durísima. Cuando la teníamos encima el Gobierno miró hacia otro lado y se centró en ganar las elecciones, las nacionales y las europeas. “¿Crisis, qué crisis?”, decía risueño López Aguilar en plena campaña haciendo un chiste con un viejo disco de Supertramp.

Como la insensatez siempre pasa factura, al final nos ha pillado el toro: negro bragado, quinientos kilos, astifino, nos ha volteado y tiene la cornamenta a dos milímetros del hígado. Si no se atienden los vencimientos de deuda que los acreedores pasarán el próximo mes de julio podremos ir despidiéndonos de la España de nunca jamás en la que llevamos sesteando década y media ad maiorem politicastri gloria. Y Zapatero lo sabe porque, al cabo, tonto no es. Salgado quizá no, pero alguien se lo habrá soplado al oído y lleva tres semanas con sesión doble de bikram yoga a 90 grados, crujir de dientes y sudores fríos. Y no porque le preocupe lo que le vaya a pasar a usted –eso jamás le ha quitado el sueño–, sino por lo que le va a pasar a ella. Sin poder no hay yoga, ni vida padre, ni cartelitos de no fumar. Sin poder no hay nada.

Podría, claro, Zapatero y su tropa seguir mandando, pero para eso tiene que pagar lo que debe, lo que irresponsablemente pidió prestado para colocar aceras donde no hacían falta, spas rurales o circuitos de motocross. Como gasta mucho más de lo que ingresa, un 11% más, tendrá que pedir de nuevo para tapar el agujero. Entonces la Bolsa gemirá, las agencias rebajarán la calificación crediticia, Público señalará al culpable y Nacho Escolar, analista financiero a ratos, echará mano de Bugs Bunny para indicarnos la causa exacta del derrumbe.

Llegado un momento, la farsa no podrá  sostenerse ni un minuto más, será inútil tratar de dar esquinazo al cobrador del frac escondiéndose dentro de un portal. Habrá que elegir entre un dolor cierto y una muerte segura, entre suspender el gasto y suspender los pagos, entre la España y la pared. Esto no es Grecia, a Zetapé no hay quien le rescate porque la nuestra es una economía demasiado grande que arrastra una deuda acorde a su tamaño. Lo que hay que hacer lo sabemos todos, pero sólo lo puede hacer una persona que, para qué engañarnos, no infunde demasiada confianza.

¿Es el Ibex un casino?

Las personas estamos acostumbradas a razonar en términos de decisiones individuales: si alguien me lanza una piedra, es fácil asumir que quiere hacerme daño. Más complicado es extender ese mismo razonamiento a una escala social: los mercados no toman decisiones como una entidad y por tanto carece de sentido atribuirles intenciones. Al contrario, los mercados son el resultado de millones de acciones individuales descentralizadas motivadas por intereses e incentivos muy variopintos.

Los plumillas socialistas insistieron la semana pasada en que España sufría un ataque especulativo. Parecía como si un grupo de cuatro conspiradores anglosajones se hubiesen sentado en torno a una mesa para decidir hundir a nuestro país. Si la bolsa caía, si nuestra deuda se encarecía, era porque los mercados buscaban deliberadamente nuestro hundimiento; algunos incluso extendieron el disparate a señalar que estábamos ante un caso de golpismo financiero que pretendía derrocar a Zapatero.

Sin embargo, y aplicando esta misma lógica, la histórica subida del Ibex (y el estrechamiento del spread entre la deuda española y alemana) de este lunes debería estar auspiciada por un giro de 180 grados en las motivaciones de esa construcción mental que llamamos mercados: ahora, los mercados deben desear sustentar a Zapatero y a nuestra economía.

De ahí que muchos desconcertados analistas, que no se han preocupado nunca por aprender economía –en esto coinciden con ZP–, se hallen desconcertados y carguen contra el casino que suponen los mercados financieros. El mercado es irracional, dicen, porque el viernes quería cargarse a España y ahora, apenas tres días después, está dispuesto a ayudarla. ¿Qué será lo siguiente?

Tal vez, si en lugar de preocuparnos por qué quiere o dejan de querer un orden espontáneo como el mercado (que ha sido antropomorfizado por nosotros mismos para simplificarlo y encajarlo en nuestros rudimentarios esquemas mentales), nos dedicáramos a tratar de comprender qué temen, observan, conocen y desean las personas que participan en esos mercados, no sería necesario apelar a la irracionalidad ajena para esconder la ignorancia propia.

Lo que sucedió la semana pasada y lo que ocurre en esta es de tal sentido común que podremos comprender rápidamente por qué una inmensa mayoría de agentes quería desprenderse de activos españoles el viernes y ahora quiere comprarlos. Al margen de todos aquellos que tuvieran una posición abierta bajista en activos españoles –los reconocerán por que ahora mismo estarán pidiendo a la CNMV que pare la "especulación" al alza del Ibex: están perdiendo mucho dinero–, lo básico es esto: imagine que el viernes descubre de repente que los contables de una empresa de la que es propietario han falsificado las cuentas y que, lejos de ser un negocio muy rentable, tiene unas deudas inmensas que la abocan prácticamente a la quiebra. ¿Por cuánto valoraría usted esa empresa? Probablemente estaría dispuesto a venderla por una fracción del precio que usted mismo le atribuía el día anterior.

Ahora, suponga que, tras el fin de semana, el Gobierno, preocupado por la tragedia personal que supone que su compañía quiebre, la refinancia la deuda a un plazo mayor e incluso le entrega alguna suculenta subvención para reducirla. ¿Seguiría estando dispuesto a vender esa empresa por unos pocos céntimos de euro? No, porque la situación económica de su compañía ha mejorado de manera sustancial gracias a que el Estado le ha quitado el dinero a otros individuos para regalárselo a usted.

Esto es lo que ha pasado con el Ibex: los inversores tenían la semana pasada temores muy fundados de que España iba a suspender pagos. Durante un tiempo habían creído en las falsas promesas de Zapatero de que iba a solucionar el desaguisado despilfarrador que él mismo había creado y terminaron comprendiendo que este Gobierno (y la economía que cortijea) no tenía remedio, así que huían de todos los valores españoles. El lunes, sin embargo, la deuda española se convirtió en un pasivo alemán, de modo que el riesgo de suspensión de pagos se aleja, al menos, durante un tiempo pese a Zapatero. No hay nada extraño en que la semana pasada la gente quisiera vender y ahora, cambiadas las circunstancias, quiera comprar.

Sin embargo, mal haríamos en creer que nuestra bolsa ya está blindada para siempre contra espantos. Precisamente porque la viabilidad de nuestro país depende de decisiones políticas, cualquier información sobre el contenido de esas decisiones puede llevar a los inversores a cambiar las tornas. Véase: si el miércoles Zapatero anuncia una enorme subida de impuestos para reducir el déficit, es lógico que el valor de nuestras empresas (sus cotizaciones en bolsa) se reduzca; si Alemania finalmente tumba el plan de rescate, nos quedaremos sin la red que ahora ha detenido nuestra caída; y, sobre todo, si a largo plazo el Gobierno sigue sin aplicar las reformas que permitirán a nuestra economía reestructurarse y crecer (minoración del gasto y liberalización de mercados), a medio plazo la bolsa responderá a la baja, porque con el rescate sólo hemos ganado tiempo, pero no músculo.

He ahí la irracionalidad del mercado: dado que nadie conoce el futuro, los inversores toman decisiones con una información parcial y sesgada que puede verse en cada momento modificada por cualquier intervención política. Eso es la especulación: tratar de anticipar el futuro con la incompleta y subjetiva información presente. Quienes entienden esto y odian la especulación, tan sólo pueden desear dos cosas: o que los individuos no podamos ser libres para adaptarnos a lo que vamos entendiendo como futuro o, más sencillamente, que no tengamos ningún futuro.

Sólo los especuladores pueden salvarnos de Zapatero

Critica Zapatero, el de las dos tardes, que los especuladores estén actuando basándose en "pronósticos e hipótesis" y no en "datos y hechos".

Al margen de que los datos y los hechos de la economía española ya son argumento suficiente para horrorizarse –20% de paro, déficit público de 12% del PIB y sistema bancario al borde de la quiebra–, los especuladores, todo especulador, actúan siempre basándose en pronósticos, pues su cometido precisamente es el de tratar de anticipar un futuro que es incierto. Si la especulación consistiera en actuar conforme a datos objetivos que todos interpretáramos del mismo modo, simplemente no habría lugar a la especulación, pues todos tendríamos unas expectativas homogéneas sobre un futuro cierto.

Y es aquí precisamente donde los pronósticos que cabe deducir de las actuaciones de los especuladores deberían preocuparnos. Ha bastado con que el jefe parlamentario de Merkel, Volker Kauder, se mostrara favorable a dejar quebrar a los PIGS, a España, para que los especuladores rápidamente huyeran de nuestro país. Del mismo modo, a lo largo de las últimas semanas la previsión de que los alemanes aceptaran un rescate de España como lo estaban haciendo con Grecia impulsaba al alza el mercado de valores español sin que en aquel entonces nadie alzara la voz contra los pérfidos especuladores. En otras palabras, la mayoría de agentes del mercado descuenta una suspensión de pagos del Estado español en el futuro, por mucho que Zapatero lo tache de "absoluta locura"; los socialistas que ahora niegan todo riesgo son los mismos perros (con idénticos collares) sin credibilidad alguna que a comienzos de 2008 nos situaban en la Champions League de la economía mundial, se vanagloriaban de contar con el sistema bancario más sólido del mundo y nos prometían el pleno empleo antes de 2012.

Pero al cabo sólo nos queda confiar nuestra suerte a esos antipatriotas especuladores cuyo comportamiento refleja la calamidad que se nos avecina si Zapatero continúa en el poder y sigue bloqueando cualquier reforma conducente a consolidar el presupuesto y liberalizar nuestros mercados. Sólo cabe esperar que varias sesiones de batacazos en los mercados acaben por mostrar tanto a los españoles como al resto de europeos que la catástrofe es Zapatero y que si bien España no quebrará mañana, bajo su batuta no parece haber otro horizonte posible.

Si bien Rajoy ha renunciado a hacer oposición, los especuladores no parecen estar dispuestos a que Zapatero los arruine. El mayor servicio que podrían prestar a la patria, es decir, a todos y cada uno de los españoles que no abrevan en los aledaños de La Moncloa, es que terminaran forzando la renuncia del presidente del Gobierno. Porque precisamente ese es el lado fuerte de los especuladores: no necesitan que la bomba les estalle delante de sus narices para saber que va a haber una explosión; les sobra y les basta con ver la mecha encendida.

Ahora vayan y lean a los muy patriotas diarios nacionales culpar a la especulación de todos nuestros males. Los mismos que le ríen las gracias a uno de los políticos más nefastos de nuestra historia, los mismos que disculpan todas y cada uno de los atropellos, tropelías y agravios que Zapatero ha infligido y sigue infligiendo día a día a los españoles, se rasgan las vestiduras porque los inversores huyan en desbandada de nuestro país. Eso sí, no se extrañe que los dueños de esos rotativos hayan sido los primeros en expatriar los capitales. Por lo visto, son el resto de mortales los que han de sufrir estoicamente cómo el socialismo los expolia.

Cinco reflexiones sobre el 1º de Mayo

Y a la vista de las últimas declaraciones oficiales del Gobierno alemán, todo indica que, llegado el caso, Berlín no está dispuesto a extender el plan de salvamento griego a otros países de la zona euro. Lo cual, no sólo es lógico sino razonable, deseable y sano para el bolsillo de los contribuyentes germanos.

Esta negativa, sumada al riesgo real de que la tragedia griega se contagie a las economías más débiles de la Unión Monetaria –Portugal, Italia, Irlanda y España–, está provocando la huida de capitales de sus respectivos mercados de deuda pública. La cuestión es muy simple, pese a ser trágica. Tal y como señaló el ex economista del Fondo Monetario Internacional (FMI) Simon Johnson:

La pesadilla para Europa no es Grecia o Portugal sino el rendimiento de los bonos italianos y españoles. El rendimiento –tipos de interés que paga el Tesoro– de la deuda española está subiendo porque los inversores, que hasta ahora pensaban que dichos bonos eran casi tan seguros como el dinero en efectivo, están empezando a darse cuenta de que existe un riesgo razonable de que pierdan un valor considerable e, incluso, puedan llegar a una situación de default (suspensión de pagos).

España cuenta con uno de los déficits públicos y exteriores más elevados de los países ricos y las peores perspectivas económicas de la OCDE. Y ello, en un contexto en el que asistimos a una burbuja de deuda pública internacional de grandes dimensiones, ya que todos los gobiernos se han lanzado a una emisión récord de bonos para salvar a sus respectivos sistemas financieros e intentar salir, ilusoriamente, de la recesión.

El mercado está empezando a discriminar entre países solventes y menos solventes y, puesto que el Gobierno de Zapatero no ha hecho absolutamente nada para reducir la brecha fiscal y ganar competitividad liberalizando al máximo la economía, España tiene todas las papeletas para convertirse en la nueva Grecia si la política económica no registra un drástico cambio de rumbo.

La situación es de emergencia nacional. El tiempo se acaba, el iceberg asoma ya por el horizonte y el capitán del barco (Zapatero y sus secuaces) siguen en el salón de fiestas brindando con champán al ritmo de los violines mientras el Titanic se dirige de cabeza hacia el hundimiento. Y no será porque no nos lo hayan advertido. El primer toque de atención de los inversores a Moncloa se produjo el pasado febrero, que pasará a la historia como la primera semana negra de 2010 en bolsa. El segundo resonar de trompetas no será tan tibio.

Tan sólo un dato: el mercado detectó el pasado enero que Atenas estaba en quiebra técnica cuando descubrió con horror el ocultamiento de su deuda y déficit público, y en apenas tres meses su Gobierno se ha visto obligado a implorar un rescate ante la negativa del mercado internacional a seguir financiando su elefantiásica estructura pública. Veremos cuánto margen conceden a Zapatero. Lo triste, sin embargo, es que la situación podría resolverse en 24 horas. Basta con que el Ejecutivo apruebe un recorte inmediato de entre 40.000 y 50.000 millones de euros y liberalice todos los sectores productivos del país para que esos malvados especuladores que ahora venden España comiencen a comprar de nuevo bonos de Tesoro para felicidad y tranquilidad de nuestros políticos.

Y es que, tal y como me ha explicado hoy mismo un buen amigo que trabaja en el mercado de valores internacional:
 

lo más razonable para explicar las últimas caídas de la Bolsa en España sería la del efecto huida de los inversores extranjeros, que se viene produciendo de un modo creciente desde 2008. Parece lógico que esta huida se siga agravando, ya que España no es ni de lejos un país atractivo donde invertir teniendo en cuenta que hay economías mucho más saneadas y con perspectivas de crecimiento mucho más positivas. Esto unido a la gran incertidumbre que existe respecto al rescate de Grecia, la limitada capacidad de maniobra de la UE y la contrastada inutilidad del Gobierno de Zapatero provoca que la Bolsa española se tambalee día sí y día también.

Se puede decir más alto, pero no más claro.

¿Depende el ciclo económico de los tipos de interés nominales o de los reales?

Una de las críticas más habituales contra la teoría del ciclo económico de la Escuela Austriaca es que postula que el ritmo de expansión crediticia depende del tipo de interés nominal, cuando lo realmente importante en economía son los tipos de interés reales (tipos nominales corregidos por inflación). En otras palabras, un tipo de interés al 1%, como el que favoreció Greenspan en 2003 y 2004, puede parecer más bajo que otro del 4%, pero si en el primer caso la inflación es del 2% y en el segundo del 6%, los tipos de interés reales serán más bajos en el segundo supuesto.

La crítica parece sólida, especialmente para alguien que haya pasado por la licenciatura de Economía donde los tipos de interés nominales son un mero dato necesario para calcular los reales. Al final y al cabo, parece claro que los agentes económicos toman sus decisiones de acuerdo con los tipos de interés reales y no con los tipos de interés nominales. Y, sin embargo, no es la Escuela Austriaca quien está confusa con este tema. Para comprobarlo, vamos a plantearnos cómo influyen los tipos de interés reales sobre la demanda y la oferta de crédito (factores que conjuntamente determinan la expansión del crédito y por esta vía el ciclo).

Primero, cuando decimos que la demanda de crédito depende del tipo de interés real en realidad queremos señalar que los agentes, para calcular el coste financiero del crédito, tienen en cuenta la revalorización nominal futura que se producirá en sus fuentes de renta. En otras palabras, dado que, por ejemplo, el salario que cobra un individuo tiende a revalorizarse año tras año simplemente por la depreciación del valor de la moneda, es lógico que considere que en el futuro las unidades nominales de dinero que ingrese aumentarán, mientras que las unidades nominales de deuda que amortice se mantendrán constantes. Por tanto, descontará del tipo de interés nominal el incremento nominal que se producirá en los precios y por tanto en sus rentas.

El problema del anterior razonamiento es que, si nos fijamos, estamos asumiendo que la inflación se distribuye equiproporcionalmente entre todos los precios, incluyendo las rentas del deudor. Cuando abandonamos esta más que discutible hipótesis, no queda ni mucho menos claro que la demanda de crédito de los agentes dependa del tipo de interés real. Por ejemplo, supongamos que el precio de los bienes de consumo de una economía (para simplificar, IPC) se incrementa cada año un 10% y que, sin embargo, los salarios se mantienen constantes. Parece evidente que, en este caso, la demanda de crédito de los trabajadores no dependerá ni mucho menos del tipo de interés real pues estaría infravalorando en mucho el auténtico coste financiero que a ese trabajador le supone endeudarse.

Otro caso opuesto al anterior se da cuando las fuentes de renta de los deudores se aprecian más rápido que el IPC. En estos casos, puede parecer que los tipos reales no están excesivamente bajos, cuando en realidad sí lo están. Por ejemplo, imaginemos que los trabajadores pueden endeudarse al 1% para adquirir unas viviendas que aumentan de precio un 15% anual. En este caso, por mucho que el IPC sea del 2%, tampoco debería haber muchas dudas de que las plusvalías que les genera la adquisición de la vivienda reducen enormemente el coste del endeudamiento.

De este modo, podemos decir que la demanda de crédito depende de los tipos de interés reales, pero sólo si tenemos claro que, en una economía donde los aumentos de precios no se distribuyen equiproporcionalmente, cada individuo tendrá sus propios tipos de interés reales en función de sus fuentes de renta y de sus partidas de gasto y que todo este conjunto de tipos de interés reales tienen como centro gravitatorio los tipos de interés nominales. En ningún caso deberemos descontar el IPC de los tipos de interés nominales para hallar algo así como un “tipo de interés real de mercado” que influya sobre la demanda agregada de crédito, porque ninguna de ambas magnitudes existe más que como abstracción.

Por lo que se refiere a la oferta, ésta depende de la rentabilidad esperada del crédito, esto es, del tipo de interés nominal. El razonamiento que hemos efectuado antes con respecto a la demanda de crédito es aplicable a la oferta: el prestamista deberá descontar de esa rentabilidad el aumento esperado de precios de los bienes de consumo o de inversión que pretenda adquirir cuando se le devuelva el capital. No tendría mucho sentido prestar dinero a un año al 5% para adquirir tras su devolución unos bienes que se habrán encarecido un 10% y que ya están disponibles hoy. Si bien no podemos establecer una relación entre ofertas concretas de crédito y “tipos de interés reales de mercado”, sí podemos afirmar que cada agente, aparte del tipo de interés nominal, tiene en cuenta la depreciación del dinero con respecto a los bienes que espera adquirir y que ya podría adquirir hoy.

Sin embargo, a este análisis sobre la relación entre oferta de crédito y tipos de interés hemos de añadirle la decisiva importancia que juegan los intermediarios financieros. En una economía en la que una parte enorme del crédito a largo plazo es proporcionada por intermediarios financieros que se endeudan a corto, no puede negarse seriamente que la oferta de crédito dependa en una gran porción de los tipos de interés nominales.

Me explico. Un intermediario financiero se endeuda para a su vez prestar. Su beneficio deriva del spread entre el tipo de interés al que se endeuda y el tipo de interés al que presta. La inflación reduce la rentabilidad de su inversión, pero también el coste de financiarse. En otras palabras, salvo por los riesgos asociados, el negocio de intermediar siempre es rentable, porque consiste en captar unos fondos de los que el agente carecía para represtarlos a un tipo de interés superior. Por ejemplo, pido prestados a un año 1.000 um al 5% y los presto también a un año al 10%. A final de año, obtendré 50 um de beneficio. Aun cuando la inflación sea del 50% para los productos que espere adquirir, he salido ganando, porque tengo 50 um más que antes, aun cuando su poder adquisitivo se haya reducido a la mitad o a la décima parte (otra cosa es que los fondos propios de los intermediarios financieros vayan erosionándose).

Obviamente, si hemos dicho que la depreciación de la moneda influye en la oferta de crédito, una depreciación mayor de la misma debería reducir el crédito que los agentes prestan a los intermediarios financieros para que estos lo reinviertan. De modo que seguiría siendo cierto que la oferta de crédito dependería de los tipos de interés nominales modificados por la inflación que afecte a cada agente.

Sin embargo, dado que los intermediarios financieros prestan a largo plazo, no a partir de sus deudas a largo plazo, sino de sus deudas a corto plazo, la influencia de la inflación se debilita muchísimo. Los agentes que prestan sus fondos a los intermediarios a un día o a un mes, salvo en el caso de hiperinflaciones, no dejan de hacerlo por la inflación, en esencia porque no quieren consumir nada hoy pero quieren mantener sus opciones abiertas para consumir en cualquier momento futuro: así, buscan activos (aparentemente) líquidos en los que mantener sus ahorros y que puedan proporcionarles una cierta rentabilidad que minore la depreciación inflacionista de la moneda. Por ello, la provisión de crédito a corto plazo a los intermediarios depende si acaso de los tipos de interés nominales a corto plazo y, como es lógico, la provisión de crédito que hagan los intermediarios a largo plazo también dependerá de los tipos de interés nominales a largo. Esto, además, es especialmente cierto cuando existe un prestamista de última instancia para los intermediarios financieros, como puede ser el banco central, que refinancia sus deudas a corto siempre que posean buen colateral descontable. Por consiguiente, la única forma en que la inflación puede entrar en los cálculos de los intermediarios financieros a la hora de decidir si proveer crédito o no hacerlo es por razones más indirectas: si la inflación puede afectar a la actividad económica y de ahí a la morosidad de sus créditos o si el banco central responderá a la inflación subiendo los tipos de interés a corto. Pero en todo caso vemos que la influencia sigue siendo escasa y que gira en torno a los tipos de interés nominales (más en concreto, al spread actual y al esperado en el futuro).

En definitiva, ni la demanda ni la oferta de crédito dependen de un inexistente “tipo de interés real de mercado”, sino del tipo de interés nominal y de una dispar evolución nominal de los ingresos y de los gastos de demandantes y oferentes de crédito. Además, en el caso de intermediarios financieros que incurran en descalce de plazos, la variable más relevante es el spread presente y futuro de tipos nominales, no reales.

Sin embargo, por encima de todo lo anterior hay un argumento esencial. La razón por la que no puede afirmarse que la expansión crediticia dependa de los tipos de interés reales es que el tipo de interés real depende del tipo de interés nominal y de la inflación de precios. Pero la inflación de precios depende de que demanda de bienes presentes supere a la oferta de bienes presentes y esto sólo podrá darse cuando el nuevo crédito (una de las partidas que compone el gasto en consumo y en inversión) no tenga su origen en ahorro voluntario (en la renuncia a controlar bienes presentes), sino en el descalce de plazos. Sólo cuando el aumento del crédito (la mayor demanda de bienes presentes por parte de algunos agentes) no vaya de la mano de un aumento del ahorro (menor consumo que equivale a mayor oferta de bienes presentes por parte de otros agentes) sino de la creación de crédito fiduciario por parte de los intermediarios financieros, la inflación de precios se desatará de manera sostenida y tendrá sentido pensar en distintos tipos de interés reales. Pero, como hemos visto, el descalce de plazos depende esencialmente de los spreads de tipos de interés nominales.

Así pues, el grado de expansión crediticia no viene determinado por los tipos de interés reales, sino en todo caso al revés: los tipos de interés reales divergirán significativamente de los nominales conforme el crédito vaya creciendo de manera desproporcionada gracias a los bajos tipos de interés nominales (en realidad, se trata de un proceso dinámico que se retroalimenta). No tiene mucho sentido fijarse históricamente en cuáles fueron los tipos de interés reales para tratar de determinar cuál fue su influencia sobre la oferta y la demanda de crédito, cuando la inflación que permite calcular los tipos de interés reales es el resultado de la oferta y la demanda de crédito.

Por consiguiente, la teoría austriaca del ciclo económico hace bien en concentrarse en los tipos de interés nominales, tanto a corto como a largo plazo, siempre teniendo en cuenta que las distintas expectativas de la inflación que engendre el aumento del crédito pueden a su vez influir sobre demandantes y oferentes. Pero son los tipos nominales los que en todo caso desencadenarán el descalce de plazos y las expansiones insostenibles del crédito que cristalizarán en forma de ciclo económico, precisamente el fenómeno que deseamos explicar.

Obama busca su chivo expiatorio

Desde hace años es un secreto a voces que las compañías financieras en general y los bancos de inversión en particular practicaban una ingeniería financiera, digamos, "curiosa" para maquillar sus cuentas y, por tanto, mentir a sus accionistas y acreedores.

Ahí está el caso de Lehman Brothers y su famoso "repo 105" por el que la futura mayor quiebra empresarial de la historia extraía de su balance alrededor de 50.000 millones de dólares en deuda pocos días antes de cerrar el ejercicio. No es que existiese una diferencia abismal entre el Lehman sin el repo 105 y el Lehman con el repo 105, pero en cualquier caso no es de recibo –ni siquiera estatutariamente– que se manipularan las cuentas.

También plantea serios problemas, cuando menos morales, que Goldman Sachs estuviera vendiendo a sus clientes unos productos financieros contra los que él mismo estaba apostando. Que la banca de inversión se postulara como una especie de asesoría para inversores chirría con el hecho de que los asesorara en contra de sus expectativas. Si bien, dicho sea a renglón seguido, a toro pasado resulta muy fácil ver en esta operación un conflicto de intereses; pero dudo de que si los inversores hubiesen ganado dinero y Goldman lo hubiese perdido, alguien hubiese protestado por algo.

Digo, que a uno podría parecerle bien que empuraran a Goldman, uno de los pocos bancos de inversión que logró sobrevivir a la quiebra de Lehman gracias a la ayuda del Gobierno pero que casi con total seguridad habría sobrevivido también sin ella. Pero de toda esta operación se desprende ese típico tufillo populista al que es tan adicta la izquierda y que me lleva a recelar de que una agencia gubernamental como la SEC cargue contra una empresa privada como Goldman.

Porque con este golpe de propaganda no sólo se pretende redimir de sus responsabilidades a toda una clase inversora que, por lo visto, había sido capaz de amasar una fortuna suficiente como para que se la administrara Goldman Sachs pero que era tan inepta financieramente como para ignorar que no debía invertir en el infladísimo mercado inmobiliario estadounidense. Digo yo que algo de responsabilidad tendrán también aquellos que compraron ese producto financiero tan biensonante como ABACUS y que no era más que la deuda de una sociedad instrumental dedicada a asegurar que no se producirían impagos entre las hipotecas subprime. ¿Que nadie podía prever que los impagos en las hipotecas subprime iban a estallar en apenas pocos meses? Bueno, pues entonces tampoco acusemos a Goldman de saber qué iba a pasar y lucrarse con ello.

Pero, sobre todo, me preocupa esta vuelta de tuerca de la estrategia política de Obama: la crisis es culpa de la desregulación del mercado; los inversores han estado desprotegidos frente a la voracidad y a la opacidad del sector financiero; las grandes empresas intentan aprovecharse de los débiles. No, es cierto que la crisis tiene numerosos culpables, pero los más importantes se encuentran en las filas del sector público: a saber, la política monetaria expansiva de la Reserva Federal, la regulación de la SEC (que no desregulación: la SEC no dejó de regular, impuso otras regulaciones más favorables a la banca) y el gasto desbocado del Gobierno federal.

Nada de todo esto ha cambiado con Obama. La Fed sigue tomada por la misma filosofía inflacionista que nos llevó a esta crisis (Alan Bernanke o Ben Greenspan), la SEC sólo planea regular aún más y no retirar regulaciones (ahí está el absurdo caso de las agencias de calificación) y Obama ha vuelto pequeños los monstruosos déficits de Bush. Es más, los mismos altos cargos de Goldman Sachs que tan perversamente engañaron a los indefensos inversores según Obama han colonizado su secretaría del Tesoro. No se trata ya de que Henry Paulson fuera el CEO de Goldman, sino que el jefe de personal de Geithner, Mark Patterson, es un antiguo lobbysta de Goldman.

Lo siento, pero no me lo trago. Se trata de la misma operación cosmética de siempre dedicada a encumbrar la imagen de falsa bondad y ecuanimidad del Estado y de emponzoñar la del mercado, pero a su vez colocando dentro de la administración a los mismos a quienes se acusa de delincuentes. No, no es eso. Si los demócratas quieren proteger a los inversores, que acaben con los privilegios de la banca (que tome ejemplo de otro demócrata, Andrew Jackson, quien cerró el segundo banco central de EEUU), pero no nos vendan una falsa y demagógica dureza para seguir esquilmando con impuestos y regulaciones a los ciudadanos. Ni la crisis empezó porque Lehman falseara sus cuentas, ni porque Goldman siguiera estrategias financieras poco éticas. En cambio sí lo hizo porque la Fed expandió el crédito, la SEC permitió que los bancos multiplicaran su apalancamiento y el Gobierno federal gastara sín límites. No, busquen dentro de su casa y hallarán la respuesta. Claro que no les veo llevándose a usted mismos ante los tribunales.

Greenspan, el genio culpable

"…Más tarde, los oficiales de la Reserva Federal intentaron absorber el exceso de reservas y finalmente tuvieron éxito en frenar el boom. Pero ya era demasiado tarde".

Esta radiografía de la crisis, bastante atenida, no es mía. Mi única aportación a la misma ha sido escribir "mercado inmobiliario" donde antes ponía "mercado de valores". Esta sucesión de hechos, que se ajusta como un guante a la crisis que estamos padeciendo hoy, fue escrita en 1966 por Alan Greenspan y pretendía ser una síntesis de las causas de la Gran Depresión de 1929.

Lástima que Greenspan no haya recordado estas sabias palabras a la hora de analizar su actuación durante la gestación del boom inmobiliario ante el Congreso de Estados Unidos. Se proclama inocente, como cabría esperar de alguien que no tenga una marcada pulsión suicida. Su actitud es comprensible, no excusable. Al menos no desde el rigor intelectual.

Es cierto que concentrar todas las responsabilidades en un solo nombre peca de simplista. No hay un único culpable de la crisis, sino muchos, cada uno desde esfera de responsabilidades: los bancos comerciales por conceder hipotecas a 30 años mediante depósitos a muy corto plazo; los bancos de inversión por mantener merced a operaciones repo intradía carteras de negociación repletas de activos ilíquidos; la Administración republicana por gastar sin freno y engendrar unos déficits que sólo Obama ha conseguido que parezcan pequeños; las aseguradoras por olvidarse de todo principio de prudencia actuarial y emitir CDS que de ningún modo podían cumplir con sus niveles de capitalización; los reguladores por favorecer aún más el apalancamiento de la banca, por promover normativas desastrosas destinadas a inflar el precio de las viviendas y por incentivar el régimen de vivienda en propiedad entre las clases menos solventes; las agencias de rating por carecer de una teoría económica fiable que les permitiera anticipar la contracción crediticia; el Banco Central de China no por mantener tipos de cambio fijos con el dólar, como se le suele acusar, sino por respaldar sus emisiones de yuanes con activos a largo plazo nominados en dólares (otro descalce de plazos); y sí, como acusa Greenspan, Freddie Mac y Fannie Mae por aprovecharse de las garantías implícitas del Gobierno para endeudarse contra toda lógica en adquirir activos hipotecarios de altísimo riesgo.

Todo esto es cierto y, en cierto modo, sería injusto culpar a Greenspan por ello. Pero, y he aquí un gran pero, todos estos procesos devastadores para la economía se desarrollan en medio de una orgía crediticia que tiene su causa original en la bajísima financiación que la Reserva Federal presidida por Greenspan otorgó a los mercados financieros. En 2001 y 2002 la economía estadounidense se abocaba hacia una sana liquidación de las malas inversiones acumuladas en los años precedentes. Pero Greenspan rebajó enérgicamente los tipos de interés (más allá incluso de lo que él mismo consideraba necesario, según admitió en sus memorias) y consiguió que los bancos estadounidenses volvieran a endeudarse a corto plazo para invertir a largo.

Es inútil fijarse en agregados monetarios del todo insuficientes –como la M0, la M1 o la M2– para conocer el alcance de la intervención de Greenspan: sólo queda leer y analizar sobre los balances empresariales en el brutal apalancamiento a corto plazo en el que incurrieron bancos comerciales, los bancos de inversión, los conduits, las GSE, las aseguradoras financieras e incluso los bancos centrales extranjeros, después de las rebajas de tipos de la Fed.

Sería absurdo sostener que la Fed es capaz de estabilizar el sistema financiero e incluso promover la creación de empleo mediante su intervención continuada en los mercados de crédito a corto plazo –como sostienen muchos economistas– y al mismo tiempo exculpar a la Fed de haber tenido una muy poderosa influencia a la hora de empujar a un colosal endeudamiento a corto plazo entre los agentes. Fue la Fed quien colocó los tipos al 1%, fue la Fed la que hizo posible que los bancos encontraran rentable volver a arbitrar la curva de rendimientos (endeudarse a corto e invertir a largo), fue la Fed quien logró que reaflorar demandantes de crédito. Es decir, fue Greenspan.

Que luego el banco central no obligara a ningún banco privado a endeudarse imprudentemente a corto plazo o a prestar a deudores de alto riesgo o a acrecentar sus fondos de maniobra negativos o a mantenerse infracapitalizados o a sumarse a la especulación inmobiliaria, no quita que fuera él quien sentó las bases para que todo esto sucediera.

Si la Fed hubiese mantenido unos tipos de interés a corto plazo mucho más altos (por ejemplo del 5% o 6%) ni los bancos hubiesen podido incrementar tanto la oferta de crédito hipotecario, ni los estadounidenses menos solventes hubiesen podido demandar tanto crédito hipotecario, ni los bancos de inversión habrían estado interesados en concertar caras operaciones a corto plazo para invertir en activos de bajo rendimiento, ni el déficit comercial estadounidense hubiese sido tan cuantioso y por tanto el Banco Central de China no hubiese tenido opción a monetizar tanta deuda en dólares (el famoso ahorro asiático que no era en realidad ahorro), ni la burbuja inmobiliaria hubiese alcanzado magnitudes tales como para arramblar a las agencias de seguros, ni las agencias de rating habrían tenido opción a equivocarse tanto y tantas veces, ni Freddie Mac y Fannie Mae hubiesen podido adquirir enormes cantidades de unas titulizaciones hipotecarias de alto riesgo que simplemente no habrían existido.

Por eso Greenspan causó la crisis. No porque sea, ni mucho menos, responsabilidad exclusiva suya, sino porque fue un cooperador necesario, imprescindible, y causa eficiente de todo el proceso. Que el propio Greenspan sea un experto (digo bien) en teoría monetaria y de los ciclos económicos sólo me reafirma en esta posición. Difícilmente podría haberse hecho todo tan bien para que terminara tan mal. Bernanke muy probablemente no hubiese sido capaz sostener la burbuja tantos años y, de hecho, a las primeras de cambio le reventó. Greenspan la aguantó dos décadass. Tiene mérito, aunque sea un mérito de siniestras consecuencias.

La receta, sin embargo, ya la prescribió el propio Greenspan en 1966 y al menos en parte la reafirmó ayer. Las regulaciones en el fondo no sirven, lo que falla es el sistema: "El oro se interpone en este insidioso proceso como protector de los derechos de propiedad. Si uno entiende esto, no debería tener dificultad en comprender la causa del antagonismo frente al oro de los estatistas". Lo sabía y lo sigue sabiendo. De hecho, probablemente pasará a la historia como la persona que más hizo en la práctica por mostrar lo catastrófico del sistema monetario actual basado en un dinero fiduciario de curso forzoso emitido monopolísticamente por un banco central. Aunque él no lo quiera, aunque él lo niegue.

Grecia hace temblar al euro… y el euro a los europeos

…consistente en ampliar el capital de la banca, cambiar las reglas contables y, sobre todo, impedir el descalce de plazos. Esto es, evitar que las entidades inviertan a largo plazo –hipotecas a 30 años– haciendo uso de deuda a corto –emisión de cédulas a tres o cinco años.

Tampoco las recomendaciones que lanza al Gobierno para salir de la cuasi depresión que sufre España no van desencaminadas. Por un lado, incide en la necesidad de reducir el gasto público para cumplir con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento cuanto antes, al tiempo que apuesta por la implantación de un contrato único para abaratar el despido y, así, dinamizar el obsoleto y férreo mercado laboral.

La idea no es original. Se trata de una propuesta muy similar a la elaborada por la patronal de empresarios (CEOE) y los miembros de la Federación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA). A grandes rasgos, consiste en aplicar a los nuevos contratados una indemnización por despido creciente en función del número de años trabajados. En el primer año de contrato la compensación sería de 12 días y, a partir de ahí, iría aumentando dos días extra por cada año trabajado, hasta un máximo de 12 años.

Se trata de un avance con respecto al modelo actual, pero se queda muy lejos de la solución definitiva. Esto es, una flexibilización completa del mercado laboral, en donde empresario y trabajador pacten libremente las condiciones del contrato, así como la completa eliminación del mal llamado "diálogo social" y, por añadidura, de la nefasta política de convenios sectoriales.

Puestos a reconocer, también es digno de mención el jarro de agua fría que el organismo ha lanzado sobre las previsiones de crecimiento, paro y déficit público elaboradas por el Ministerio de Economía. Sin embargo, la gestión de Miguel Ángel Fernández Ordóñez (Mafo) al frente de la institución cuenta con muchas más sombras que luces. Y es que, a excepción del primer punto (regulación bancaria), el resto de recomendaciones y recetas anticrisis son meros brindis al sol, ya que exceden el ámbito de sus competencias.

La política económica está en manos del Gobierno, pero lo peor de todo es que el futuro del sistema financiero también. El Banco de España es perfectamente consciente de la gravísima crisis bancaria que comienza a experimentar el país. Sin embargo, Mafo cedió en su momento a las presiones políticas y dejó bajo el mando de Salgado la necesaria reestructuración financiera.

Es el Gobierno (políticos), no el Banco de España (técnicos), el que controla en última instancia el Fondo de Rescate Bancario (FROB) y, por tanto, el máximo responsable de las fusiones y planes de saneamiento que están en marcha. De ahí, precisamente, que los gobiernos regionales hayan logrado mantener intactos sus particulares feudos y chiringuitos financieros.

Aún más grave si cabe es el silencio otorgado por Mafo a los despropósitos contables que quiere aprobar el Ejecutivo con el fin de ocultar las pérdidas bancarias el máximo tiempo posible. Además, el Banco de España prefiere ignorar el escandaloso proceso de refinanciación continua de créditos impagados (roll over) que está aplicando en masa el sistema financiero.

Por supuesto, tras el caso de Caja Castilla La Mancha (CCM), se ha cuidado y mucho de no levantar la liebre sobre la necesidad de realizar nuevas intervenciones, al tiempo que los responsables de la caja manchega siguen impunes pese a los escándalos (presuntos delitos financieros) cometidos.

Chitón. Ni una palabra altisonante sobre la crisis financiera española, no vaya a ser que se enfade Zapatero. Ni una sola mención a la privatización de cajas de ahorros o a la liquidación de entidades insolventes. Ni un mero atisbo de responsabilidad para dotar de transparencia al sistema y sacar a la luz la morosidad real que ocultan bancos y cajas. Silencio total sobre las competencias que, precisamente, tiene encomendadas.

Lanzar consejos a Zapatero lo puede hacer cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de economía. No es ningún mérito y, además, no es su función. Mafo ocupa el cargo de gobernador, pero no lo ejerce. Ya es hora de que se dedique a lo suyo y comience a ganarse el sueldo. Mejor nos iría a todos.

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

Mafo, dedícate a lo tuyo

No es lo mismo tener una hogaza de pan que tener derecho a recibir una hogaza de pan del panadero de mi vecindario; sobre todo, porque el panadero puede quebrar y, por tanto, dejarme sin mi hogaza.

Los dineros fiduciarios que los gobiernos de medio mundo nos han impuesto desde hace 40 años son, en última instancia, pasivos impagados de los bancos centrales. Aparecen en el lado de sus deudas porque es lo que son: obligaciones cuyo valor se han comprometido a estabilizar a través de la diligente gestión de su activo. Pese a la obsesión de muchos con los agregados monetarios (M1, M2, M3, M4, MZM, TMS…), lo relevante no es cuán endeudados están los bancos centrales –del mismo modo que no nos planteamos si es preocupante que una empresa abstracta tenga unas deudas de, por ejemplo, un millón de dólares–, sino cuán solventes y líquidos son: es decir, qué capacidad tienen, gracias a sus activos, no ya para amortizar su pasivos impagados, sino para defender el valor de los mismos en los mercados.

Conviene tener esto bien claro al observar lo que le está pasando estos días al euro. El Banco Central Europeo ha sido desde el inicio de la crisis una entidad mucho más diligente que la Reserva Federal en la gestión de su activo, tal y como se refleja en la importante depreciación que el billete verde ha padecido con respecto al euro durante los últimos tres años. Y, sin embargo, basta con que el nombre de Grecia aparezca en los titulares de los periódicos para que el valor de la moneda única europea se tambalee. No, no es que se tema que la cantidad de euros vaya a crecer exponencialmente, sino más bien que se sospecha que la calidad de los activos del BCE –la deuda pública de los Estados europeos– va a sufrir un revés muy importante si quiebra Grecia y hay que rescatarla (o, sobre todo, si quiebra España y se la intenta rescatar).

En cierta medida, deberíamos analizar al BCE como si fuera un banco que durante años ha saturado su patrimonio de activos subprime. Sólo que en este caso no hablaríamos de hipotecas, sino de obligaciones de Estados tan poco fiables como Grecia, Portugal o… España. Los desorbitados déficits públicos que los keynesianos gobiernos europeos se siguen empeñando en mantener sólo añaden más incertidumbre al futuro de la moneda única: cuanto menos solventes sean ciertos países, más en peligro se hallará el BCE y, por consiguiente, más se depreciará el euro frente a todo (pero especialmente, en el contexto actual de deflación, frente a otros activos que sirvan para conservar el valor).

No es que el dólar esté a salvo de este proceso, máxime con Franklin Delano Obama al frente del Gobierno y Helicóptero Bernanke comandando la Fed. Pero de momento, y pese a todo, EEUU sigue siendo más solvente que muchos países europeos; por supuesto, más que Grecia y España.

Al final, sin embargo, el problema del dólar, del euro y en general de todo tipo de dinero que consista en una promesa de pago (incluido, sí, el patrón oro, aunque en mucha menor medida, porque al menos los activos de los bancos centrales no son los pasivos de otros agentes, como el Estado) es el mismo: los ladrones y estafadores existen, y a veces llegan a dirigir bancos o gobiernos. Nos equivocaríamos si creyéramos que podemos encontrar un dinero perfecto, a prueba de bombas. Pero, aún así, cuando al menos tenemos libertad para elegir en qué divisa manejamos nuestras vidas, contamos con la opción de detectar a los estafadores y proceder en consecuencia.

Con nuestros dineros fiduciarios de curso forzoso ni siquiera nos dejan tal opción. Se saben ladrones y nos obligan a aceptar el robo velado que supone el envilecimiento de la moneda: ahí están los alemanes, soportando una moneda que se tambalea porque el BCE se ve forzado a comprar la deuda basura de Grecia; y ahí están los estadounidenses, padeciendo los dólares mientras Bernanke sigue acumulando montones de valores basura procedentes de Freddie Mac y Fannie Mae.

No es sólo que nos atraquen, es que además nos obligan a que les riamos sus tropelías. O quizá es que quedarse con las reservas de un banco central y dejar impagos por doquier no debería considerarse un robo. Pues entonces que rehabiliten moralmente a Menem, a Kirchner y a un tal Madoff…