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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El gran engaño del PIB

Mucho ha tardado el banquero central en percatarse de que los gobiernos cuentan con un amplio margen para manipular a su antojo todo tipo de cifras e indicadores con el fin de ofrecer unas cuentas públicas favorables a sus intereses. La espita saltó con Grecia al descubrirse que su déficit público alcanzaba, en realidad, los dos dígitos. De hecho, aunque la última versión oficial sitúa la brecha fiscal en algo más del 13% del PIB en 2009 la revisión de los datos por parte de Eurostat amenaza con elevar esta cifra hasta el 15,6%, casi 10 puntos porcentuales más que lo reportado inicialmente por el anterior Ejecutivo heleno.

Así pues, ante tal escándalo, no es de extrañar que el Banco Central Europeo abogue ahora por implantar una nueva ley estadística para consagrar unos estándares mínimos de contabilidad a nivel comunitario. Por desgracia, Grecia no es el único país en aplicar ingeniería contable para maquillar sus cuentas. Y es que, al fin y al cabo, es el cocinero (gobierno) quien decide en la cocina. Es decir, existen múltiples formas de contabilizar los datos. Así, por ejemplo, el paro real no asciende a 4 millones de personas sino a cerca de 4,6 millones por obra y gracia del maquillaje de desempleados; la deuda pública real no es del 58% del PIB sino del 75%, si se tienen en cuenta los cerca de 166.000 millones que no incluye el procedimiento de déficit excesivo que impone Bruselas; de hecho, la deuda implícita –volumen de compromisos financieros adquiridos presentes y futuros– rozaba el 150% del PIB en 2005 tan sólo contando el gasto en pensiones públicas, según las estimaciones de la Comisión Europea.

El caso de Grecia ha destapado el gran fraude de las cuentas públicas. Y, últimamente, las dudas sobre la realidad de las cuentas nacionales se ciernen también sobre España. Algunos analistas y consultores no dudan en afirmar que el PIB español está exagerado. El problema de fondo, sin embargo, es que más allá de la habitual cocina estadística, la contabilidad nacional constituye un instrumento inútil y engañoso a la hora de medir la actividad económica de un país.

En primer lugar, cabe recordar que, originalmente, el término "estadística" deriva del propio Estado, ya que hacía referencia al análisis de datos del Estado, es decir, a la "ciencia del Estado". Fue en el siglo XIX cuando dicho concepto comenzó a emplearse para definir la recolección y clasificación de datos. Los primeros servicios de estadística nacional nacieron para elaborar censos de población y ventas de mercancías con el único fin de recaudar impuestos de una forma más eficaz. Cuanto menos curioso, ¿verdad?

En segundo lugar, el Producto Nacional Bruto (PNB) y el Producto Interior Bruto (PIB), principales indicadores estadísticos de toda economía, excluyen de su contabilidad a gran parte de los procesos de producción que se desarrollan en el país. En concreto, deja fuera a las etapas intermedias existentes en la fabricación del conjunto de bienes y servicios que llegan finalmente al consumidor. Un objeto, en principio, tan simple y rudimentario como un lápiz precisa de un gran número de etapas, en la que concluyen múltiples procesos, intermediarios y agentes, antes de que éste sea adquirido en una tienda por el consumidor –lean Yo, el lápiz, un breve texto esclarecedor-. Ni que decir tiene que esta complejidad se multiplica de forma desorbitada si en lugar de un lápiz tomamos como referencia la fabricación de un coche o de un reactor nuclear.

Dichas fases intermedias son esenciales para comprender la importancia vital del ahorro, la inversión y la preferencia temporal de los agentes (tipos de interés) dentro de una economía de mercado. Pues bien, el PIB borra de un plumazo todos estos procesos intermedios al consumo final, ya que tan sólo computa el valor agregado de la producción de bienes y servicios de consumo y bienes de capital finales que son terminados en el ejercicio, sin tener en cuenta las rentas brutas totales que se generan en todas las etapas previas. No incluye el valor de los bienes de capital circulante, los productos intermedios no duraderos o los bienes de capital no terminados o que una vez terminados pasan de una etapa a otra, etc. De este modo, el PIB ignora la dimensión temporal que existe en todo proceso productivo –por ejemplo, desde que se diseña un coche hasta que se vende pasan 5 años–, aspecto clave del capitalismo, así como el enorme esfuerzo empresarial que cada año se destina a la producción de bienes intermedios.

Y ello, bajo la excusa de evitar la "doble contabilidad", otra falacia propia de la economía imperante, ya que la mayoría de bienes intermedios fabricados en el ejercicio se venden acoplados a bienes de consumo adquiridos en ejercicios posteriores. Las cifras de PIB son, pues, engañosas desde el principio y, por lo tanto, están viciadas en origen. Y todo ello como resultado del keynesianismo dominante, tendente a sobreponderar el peso del consumo dentro de una economía –el consumo suele representar entre el 50% y el 70% del PIB, según los países-.

En este sentido, el Departamento de Comercio de los EEUU publicó un estudio en 1986 en el que ponía de relieve que el 44% de la renta bruta americana eran productos intermedios no recogidos en el PIB. El contabilizar estos bienes que se producen en las etapas intermedias del proceso productivo permitiría medir con mayor precisión los cambios que los ciclos económicos producen, no ya en el consumo, sino sobre todo en el ahorro y la inversión, así como los nefastos efectos que la expansión crediticia de los bancos centrales genera en la estructura del capital. Así pues, más allá de la cocina que efectúa cada gobierno, la tragedia es que el PIB es en sí mismo un gran engaño.

¿Necesitamos inflación?

Los primeros han visto en estos dos años cómo sus planes de estímulo fracasaban estrepitosamente: nos prometieron que todo era cuestión de impulsar la demanda agregada vía déficit y al final seguimos tan o más estancados, pero con una montaña de deuda a nuestras espaldas. Los segundos, que llevan tres años ovacionando a Bernanke por su audaz política monetaria y por haber salvado a la economía de la Gran Depresión, continúan repitiendo la misma cantinela de siempre de que es necesario generar inflación; bien está, aunque estaría mejor si nos explicaran cómo es posible que Bernanke salvara la economía en 2008 y 2009 y ahora sea necesario volver a salvarla con todo tipo de facilidades crediticias. ¿Será acaso que lo único que logró Bernanke fue retrasar el momento de la inexorable penitencia?

Ciertamente, la inflación aparece como un remedio sencillo y rápido para salir de la crisis. Al fin y al cabo, si nuestras economías padecen un exceso de deuda, nada mejor que la inflación para diluir su valor real. Si hacemos que un sueldo de 1.000 euros hoy tenga el mismo poder adquisitivo que un sueldo de 100.000 euros dentro de unos meses, entonces el problema de la deuda hipotecaria y de los promotores en España queda ipso facto solventado… al menos para los deudores, claro. Los acreedores, aquellos que adelantaron su capital esperando obtenerlo de vuelta, lo tendrán algo más complicado en esta coyuntura inflacionista.

Cuenta Hayek en La desnacionalización del dinero que durante años el apellido de Schumpeter estuvo maldito en Austria porque este célebre economista, siendo ministro de Finanzas, autorizó que las deudas contraídas en coronas antes de la hiperinflación que sufrió el país tras la Gran Guerra pudieran saldarse en las nuevas coronas cuyo valor era 15.000 veces inferior a las originales; esto es una política monetaria sensata y lo demás son tonterías. Pero si lo que queremos es expoliar a los acreedores y reducir el saldo real de las deudas, ¿por qué no premiamos a los deudores que impaguen sus deudas? ¿Por qué no celebramos que los hipotecados subprime dejaran de cumplir en 2007 con sus compromisos a millones? ¿Por qué escandalizarse de que los bancos –que son siempre acreedores netos– quebraran como consecuencia de ese impago parcial de deudas?

Es más, los inflacionistas deberían explicarnos cómo es posible que en 2008 entráramos en esta complicada depresión si por aquel entonces San Bernanke había conseguido que disfrutáramos de la inflación más elevada de los últimos 20 años. No se explica que lo que se propone ahora como definitiva panacea fuera el contexto del que ya disfrutábamos antes de quebrar Lehman Brothers y meternos a todos en el hoyo.

Lo cierto es que la inflación –la dilución parcial del valor de las deudas– no soluciona los problemas reales que padecemos: un cúmulo de malas inversiones ocasionadas por la brutal y distorsionadora expansión del crédito que se vivió entre 2001 y 2007. Durante esos años ya gozamos de una cuantiosa inflación de activos y nada de ello impidió que entráramos en crisis, pues de hecho no era parte de la solución sino una exteriorización del problema; a saber, la cuestión es cómo evitamos que nuestros muy eficientes productores sigan construyendo a mansalva viviendas que nadie necesita y, en este sentido, condonar las deudas vía inflación sólo sirve para que aquellos que se equivocaron en sus inversiones –y que como consecuencia no pueden cumplir con sus obligaciones financieras– consoliden la posesión de unos recursos que deberían estar empleados en otras partes de la economía.

Y si entre 2001 y 2007 la inflación fue un desastre, también lo sería ahora en caso de que Bernanke pudiese generarla. Pero no, no puede. A menos que decida emular a Zimbabue (darle a la maquinita de imprimir billetes), la forma que tiene nuestro perverso sistema financiero de generar inflación es incrementando la cantidad de crédito en la economía y ahora mismo los agentes privados lo que desean es reducir su endeudamiento, no incrementarlo. Podrá Bernanke poner todas las facilidades por el lado de la oferta para que la gente se endeude, pero si ésta no demanda nuevo crédito –y ni lo hacen ahora ni lo harán hasta que reestructuren sus balances… reduciendo su deuda–, de nada servirá y los precios no aumentarán. El ejemplo de Japón es elocuente, pero también el de la Gran Depresión, donde ni siquiera abandonando el patrón oro los distintos países consiguieron tasas de inflación apreciables.

¿Significa esto que la política monetaria de Bernanke es inocua? No, porque para tratar de provocar inflación está generando el clima y las expectativas de que los tipos de interés se mantendrán en mínimos históricos durante mucho tiempo. Y cuando los agentes tratan de reducir su endeudamiento –como hacen y deben hacer ahora pese al brutal endeudamiento público–, los tipos de interés bajos son criminales: cuanto más bajos sean éstos, más retrasan los agentes su desapalancamiento; y cuanto más lo retrasen, más tiempo diferiremos el reajuste real que necesitamos.

Bernanke debería aprender una lección básica: se puede llevar el caballo al río, pero no se le puede forzar a beber. Como banquero central, puede tirar de las cuerdas, pero es incapaz de empujarlas. Pero en esta contraproducente carrera hacia el absurdo está sacrificando el valor futuro del dólar y, lo que es peor, los incentivos de los agentes para dar de baja sus malas inversiones, liquidar su excesiva deuda y volver a empezar a consumir e invertir desde niveles más sostenibles. Si pensamos que en 2008 sólo quebró el sistema financiero y no nuestros fantásticos sistemas productivos especializados en producir millones de carísimas viviendas y redundantes automóviles al año, es que todavía no hemos entendido nada de lo que ha sucedido.

Mr. Obama y Mr. Bernanke, por favor, dejen de obstaculizar el proceso de reorganización. No nos condenen a otra Gran Depresión. 15 años de lento ajuste son demasiados.

El pengo húngaro

Hace unos días tuve ocasión de echar un vistazo a un álbum que reunía parte de la colección numismática de un compañero de trabajo. Entre los billetes que formaban parte de la misma, pude contemplar cómo existía una sección dedicada al pengo húngaro. Esta divisa circuló en Hungría entre 1927 y 1946, y es famosa por tener el dudoso honor de haber sido testigo de la mayor inflación conocida de la historia, que llegó a ser del 4,19 x 1016%, o, dicho de otra forma, del 41.900.000.000.000.000%. 

El pengo fue una moneda que precisamente se creó con la idea de reemplazar a la corona húngara que, por aquel entonces, tenía una alta tasa de inflación. Para ponerle freno a ésta, el pengo, en su creación, estuvo ligado al oro. Aunque el banco central no tenía la obligación de convertir los pengos en oro, el hecho de que se ligase su cotización a una determinada cantidad de oro (3.800 pengos por un kilogramo de oro), y de que se obligase al banco central a adoptar un determinado porcentaje de cobertura de dichos billetes (no podían emitirse billetes nuevos si un porcentaje de ellos no estaba respaldado por divisas extranjeras o por oro), dio sus frutos. Así, el pengo pasó a ser conocido como una de las divisas más estables de la zona. No obstante, con la Gran Depresión dicha estabilidad empezó a cambiar. A partir de dicho momento, la disciplina monetaria fue abandonándose, especialmente en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial. Ya durante la guerra, el banco central pasó directamente a manos del gobierno, y la impresión de dinero se supeditó a las necesidades presupuestarias. Las monedas de plata desaparecieron de la circulación, y se imprimió dinero sin absolutamente ninguna cobertura. Tras la guerra, y con la ocupación soviética, la inflación continuó creciendo. Si en agosto de 1945 un kilogramo de pan venía a costar 6 pengos, en octubre ya valía 27, en diciembre, 550, y en junio del año siguiente, 6 billones.

Conforme fui pasando las páginas del álbum e iba viendo la evolución cronológica de los billetes y cómo éstos iban añadiendo ceros a su importe, no pude evitar imaginarme cómo debía ser la vida en un país donde los precios se llegaron a duplicar cada 15 horas y donde llegó a existir un billete de 100 trillones (1020) de pengos. Para hacerse una idea, debe tenerse en cuenta que en junio de 1946 era prácticamente imposible encontrar un pengo en circulación en la calle a partir de las dos de la tarde. El motivo no era otro sino el que los bancos cerraban a esa hora, por lo que se depositaba la totalidad del dinero en el banco, para que los intereses pagados por éstos durante la tarde y noche mitigasen el envilecimiento que la moneda iba a sufrir en dicho espacio de tiempo. Los comercios cerraban también a dicha hora, precisamente por este motivo, y cuando el gobierno les obligó a abrir, sencillamente no aceptaban pengos. Con motivo de esta hiperinflación, muchas empresas quebraron, ya que sus ingresos, cuando llegaban, no daban para pagar las materias primas y mercaderías, que habían subido de precio. Determinados bienes únicamente se comercializaban en dólares, y los dos grandes temas de conversación de la población eran la ocupación soviética y la cotización del pengo con respecto al dólar. El banco central no disponía de tiempo para cambiar el diseño de los billetes, y muchas veces, sacaba el mismo billete cambiando únicamente el color y la denominación. Cuando el pengo fue cambiando por el florín, el banco central no pudo emitirlos, sencillamente porque carecía de papel al habérselo gastado en la emisión de pengos.

Ejemplos como el del pengo húngaro deben servirnos para estar alerta sobre las terribles consecuencias y el colapso económico que pueden traer consigo políticas monetarias basadas en el envilecimiento de la moneda. Aunque pueda parecer un ejemplo lejano, el dólar zimbabuense ha experimentado una evolución muy similar en los últimos años, habiéndose producido un colapso de la economía de dicho país. De ahí que uno de los fundamentos para que pueda existir simplemente un sistema económico basado en algo más que en el trueque, es la existencia de una moneda fiable, cuyo valor no sufra deterioro considerable.

Dinero, deuda, banca y reserva fraccionaria

El dinero es aquella entidad (o entidades) que tiene unas cualidades tales que le permiten cumplir ciertas funciones que los agentes económicos valoran como útiles de forma generalizada: servir como depósito de valor estable, medio de intercambio indirecto y unidad de cuenta. Estas funciones son interdependientes pero pueden tener diferente importancia relativa.

Las diversas cosas existentes tienen diferentes cualidades objetivas que les permiten servir peor o mejor como dinero: no todo puede ser dinero, pero diversas cosas pueden tener cualidades monetarias en distintos grados (y diferentes según la función). Son o han sido dinero cosas naturales, como ciertas conchas o semillas; artificiales, como las monedas de oro o plata; o culturales, como los billetes de banco y los depósitos a la vista.

El dinero no tiene por qué tener una aceptación universal total (aunque en la medida que la tenga será mejor dinero). Algunos dineros pueden ser de uso más generalizado, mientras que otros son propios de ámbitos más específicos (dineros locales, medios de pago aceptados en ámbitos comerciales o financieros). Un trabajador asalariado probablemente sólo tiene conocimiento de los dineros más genéricos que él mismo usa y se confundirá si cree que esos son los únicos posibles.

El dinero es una institución evolutiva, un patrón repetitivo que permite la coordinación social: cada individuo lo utiliza porque espera que los demás también lo hagan de forma recursiva, de modo que las expectativas y la confianza son esenciales. Los agentes actúan según sus creencias, que se pueden corresponder mejor o peor con la realidad: pueden equivocarse y utilizar cosas como dinero que en realidad no tienen buenas cualidades monetarias (debido a errores libres o por el intervencionismo estatal coactivo, que no puede crear el dinero pero sí puede distorsionarlo). El dinero evoluciona de forma adaptativa, diversas cosas pueden competir en sus usos monetarios. La acción empresarial y los avances tecnológicos pueden producir dineros alternativos que complementan o sustituyen a los anteriores.

El dinero es un intermediario no neutro entre lo que se oferta y lo que se demanda. Aunque los individuos no quieren el dinero por sí mismo sino por los bienes o servicios que pueden comprar con él, los intercambios indirectos mediante dinero son más eficientes que el trueque directo y tienden a sustituirlo.

Pero la evolución de los intercambios de mercado no termina con la transición del trueque al intercambio por dinero: además de bienes presentes y dinero es posible introducir promesas de entrega de bienes futuros, y más concretamente promesas de pago de dinero. La oferta y la demanda no se ajustan solamente con los bienes existentes en cada momento: es posible realizar intercambios diferidos, en los cuales algo se entrega primero a cambio de la promesa de recibir el bien correspondiente pasado un tiempo. Los intercambios diferidos requieren confianza en que serán completados, que el deudor cumplirá su obligación de pago con el acreedor (con su derecho de cobro): suelen realizarse entre agentes que interaccionan con frecuencia y han establecido buenas reputaciones de solvencia (pueden endeudarse porque tienen crédito).

Las posibilidades de intercambio comercial se amplían con la deuda y el crédito: no es necesario poseer dinero en el presente, puede ser suficiente tener una capacidad razonable de obtenerlo en el futuro. Las deudas monetarias tienen el peligro, riesgo o incertidumbre de no ser cobradas (aunque suele exigirse algún tipo de garantía, colateral o aval que evite o minimice las pérdidas); pero por otro lado algunas deudas entre distintos agentes pueden cancelarse o compensarse total o parcialmente unas con otras, economizando así en la disponibilidad y el movimiento físico o las transferencias de dinero, que se utiliza para saldar las deudas netas no compensadas.

Las deudas son en principio transferibles: es posible que un acreedor traspase a otra persona su derecho de cobro. Algunas deudas previamente generadas pueden ser aceptadas de forma generalizada como medio de pago, de modo que se convierten en complementos o sustitutos monetarios o dinero en sentido amplio: las promesas de pago de dinero mercancía (dinero en sentido estricto) circulan, se monetizan. Dinero y crédito se entremezclan, no ya sólo porque la deuda suele ser pagadera en dinero, sino porque además ciertas deudas son monetizables. Pero es necesario que el receptor de la deuda monetizada confíe en que puede cobrarla en cualquier momento si así lo desea, para lo cual necesita tener localizado al deudor y poder acceder fácilmente a él.

Son monetizables las promesas de dinero a la vista emitidas por agentes estables, fácilmente localizables, con buena reputación y que tengan relación con muchos agentes económicos: los bancos solventes y adecuadamente capitalizados cuyo pasivo a más corto plazo (billetes y depósitos a la vista) está respaldado por activos financieros muy líquidos (de valor estable, negociables o vendibles en cualquier situación sin pérdida o quebranto). Estos bancos operan con reservas fraccionarias de dinero mercancía o dinero base (dinero externo) respecto a sus billetes y depósitos a la vista (dinero interno) perfectamente legítimas (no son ningún privilegio estatal ni ninguna violación de normas éticas o de principios generales del derecho) y funcionales (no causan necesariamente descoordinaciones ni ciclos económicos).

No todos los bancos son prudentes y competentes: es posible extender el crédito en exceso (en cantidades, en riesgos o en plazos desajustados) o abusar de su monetización, especialmente por la intervención de los bancos centrales (que manipulan los tipos de interés y la cantidad de dinero base, refinancian a los bancos privados y los protegen como un oligopolio con barreras de entrada y garantías de rescate implícitas o explícitas), las garantías estatales de los depósitos y las leyes de curso legal forzoso. Una banca libre proporciona dinero estable y crédito fiable mediante la competencia entre los propios bancos que no tienen garantías de rescate y pueden quebrar, por la atención de los depositantes que vigilan con qué bancos operan y por la libre competencia entre dineros externos e internos alternativos.

Hay varios errores graves relacionados con el dinero y la deuda: creer que la deuda es el auténtico origen del dinero (no se suele especificar qué era lo que se debía y por quién); creer que cualquier o casi cualquier deuda puede utilizarse como dinero; creer que un sistema monetario puede basarse exclusivamente en deuda y en billetes de curso legal forzoso no convertibles contractualmente en cantidades fijas de dinero mercancía; creer que ninguna deuda puede utilizarse como dinero (críticos de la reserva fraccionaria).

Las reducciones de tipos de interés perpetúan las depresiones

El valor presente de un activo, determinado por el descuento de sus flujos de caja futuros, aumenta cuando los tipos de interés de mercado bajan y disminuye cuando los tipos de interés suben. Entre los activos de muchos inversores destacan de manera prominente los créditos a tipo fijo, esto es, los préstamos de dinero a distinto plazo y con una rendimiento predeterminado que han efectuado a terceros. Así pues, la rebaja de tipos de interés también aumenta el valor presente de los créditos y su aumento lo reduce.

Sin embargo, los créditos tienen la característica especial de ser, al mismo tiempo, las deudas de otros sujetos –los deudores– de modo que también podríamos decir que con las reducciones de los tipos de interés de mercado aumenta el valor presente de la deuda y que sus aumentos lo reducen. Así, por el mismo criterio –el principio de prudencia valorativa– que contablemente provisionamos las reducciones del valor de los activos, deberíamos provisionar el aumento del valor de los pasivos tan pronto como se produzca. En caso contrario, los agentes estarán actuando bajo la hipótesis de que su capitalización es mayor de la que realmente es, favoreciendo su consumo inadvertido.

En forma abreviada, ésta es una de las contribuciones claves –y también más incomprendidas– de Antal Fekete a la ciencia económica. La práctica totalidad de los economistas o desconoce la teoría o simplemente se burla de ella. No entienden de qué manera las reducciones de los tipos de interés pueden perjudicar a los deudores si estos no necesitan liquidar anticipadamente su deuda (pueden ir amortizándola de manera periódica al tipo de interés fijo que se pactó al emitirla). Los tipos de interés de mercado, sostienen, sólo son de incumbencia para los nuevos deudores, para los nuevos demandantes de crédito o, en todo caso, para los antiguos deudores que logren refinanciar sus obligaciones al nuevo bajo tipo de interés de mercado.

Pero el argumento es idéntico a si tratáramos de defender por qué el valor de los activos debe incrementarse en el balance cuando lo haya hecho en el mercado y con independencia de que hayamos realizado o no esa ganancia. Que el inversor incremente el valor contable de los activos ante disminuciones de los tipos de interés no tiene por qué perjudicarle en nada siempre que en el futuro realice el activo al menos a ese incrementado valor. Los tipos de interés de mercado, podrían decir estos mismos economistas, sólo son de incumbencia para los nuevos inversores o, en todo caso, para los antiguos inversores que logren enajenar sus activos al nuevo bajo tipo de interés de mercado.

Es obvio, sin embargo, que algo falla en ambas argumentaciones. Que el incumplimiento del principio de prudencia valorativa no tenga consecuencias negativas siempre no significa que no las tenga nunca. Precisamente de ahí la prudencia: con tal de evitar las malas consecuencias nos olvidamos de las eventuales buenas.

Claro que, a mi juicio, la explicación que ofrece Fekete a su genial aportación está incompleta. Los tipos de interés sólo destruyen capital cuando los agentes se vean forzados o deseen amortizar anticipadamente su deuda, del mismo modo en que las depreciaciones de los activos sólo son de importancia cuando los agentes se vean forzados o deseen a liquidarlos. Por consiguiente, será necesario especificar cuáles serán esas circunstancias y si es verosímil que se den. Aquellos que conozcamos la teoría austriaca del ciclo económico, sin embargo, no lo tendremos muy difícil para identificarlas.

Durante largos períodos de tiempo, los agentes económicos van degradando su margen de crédito endeudándose a corto plazo e invirtiendo a largo. Asumen compromisos para entregar demasiado pronto más bienes futuros de los que realmente pueden llegar a producir debido a las distorsiones micro y macroeconómicas que genera su enorme apalancamiento a corto plazo. Llegado el momento del vencimiento de las deudas, pues, sólo hay dos caminos que seguir: o impagarlas o refinanciarlas. Mientras el margen de crédito de casi toda la sociedad no haya colapsado, la táctica de huir hacia adelante –ir endeudándose más y más para amortizar las deudas pasadas con incluso mayores promesas de bienes futuros– funciona. En estos casos, la relación entre progresivas reducciones de los tipos de interés y crecimiento –medido en términos de PIB– es bastante sólida: reduciendo los tipos podemos estimular la inversión y con ella el aumento de nuestras variables macro.

El problema es que, como sabemos, las distorsiones, los errores y los desajustes en la estructura productiva y en los balances privados van acumulándose con las sucesivas rebajas, hasta un punto en el que ni siquiera nuevos recortes logran estimular dosis adicionales de endeudamiento. En ese momento, la liquidación y el reajuste devienen inevitables y los agentes, en lugar de pretender sucesivos aumentos de su activo sufragados con aumentos de sus pasivos, buscan más bien lo contrario: reducir sus excesivos y desproporcionados pasivos liquidando su activo.

En este punto, las reducciones de tipos de interés –o su mantenimiento a niveles artificialmente bajos– no logran incentivar más inversión y, en cambio, sí acicatean la ralentización del ritmo de desapalancamiento, esto es, del ritmo de reajuste de los balances privados y de la estructura productiva. Si los acreedores esperan que los tipos de interés van a mantenerse bajos o descendentes durante mucho tiempo, su predisposición a revenderles sus créditos a los deudores disminuye muy notablemente. Al fin y al cabo, si los tipos de interés se mantienen bajos o decrecientes, el inversor que se desprende hoy sus créditos carece de alternativas de alto rendimiento en las que volver depositar su dinero, por lo que exigirá las correspondientes primas de valor presente a los deudores. A éstos, en cambio, les puede resultar más conveniente no amortizar anticipadamente su deuda y seguir con el esquema de pagos periódicos pactado desde un comienzo; justo lo que están haciendo hoy los bancos: atesorar dinero en lugar de destinarlo a amortizar su pasivo con coste financiero.

La destrucción de capital se consuma: dado que hasta que no se reorganice la estructura productiva no habrá nuevas oportunidades de inversión, la tesorería en la que vayan madurando los activos de los inversores apalancados será atesorada en lugar de reinvertida o empleada para amortizar anticipadamente las deudas. Debido a la estructura de tipos de interés artificialmente bajos, los agentes se ven forzados a pagar intereses sobre sus saldos de tesorería, algo totalmente absurdo pues a nadie le interesa demandar crédito para mantenerlo atesorado.

Esta adaptación de la teoría de Fekete nos permite, por un lado, comprender mejor fenómenos históricos como la Gran Depresión, caracterizada por unos tipos de interés estancados a la baja debido al abandono precipitado del patrón oro. Según Fekete, fue el abandono del oro lo que permitió mantener artificialmente reducidos los tipos de interés, retrasando tanto como fue posible el despalancamiento de la sociedad a costa de la recapitalización encubierta y sobre el papel de una banca quebrada. El mismo análisis podemos trasladarlo a la crisis japonesa de los 90 o a la Gran Recesión actual. La conclusión en todos los casos es idéntica: cuando la crisis deflacionista deviene inevitable –cuando se ha agotado el margen de crédito de la sociedad– la inflación y las reducciones de tipos de interés no son en absoluto formas de combatirla –ni siquiera de parchearla–, sino de perpetuarla.

Asimismo, la teoría de Fekete también nos permite darle la vuelta a uno de esos dogmas tan populares a los que se aferran los keynesianos: la trampa de la liquidez. De acuerdo con Keynes, cuando los tipos de interés a corto plazo ya se han reducido extraordinariamente para estimular la inversión privada, es muy complicado que reducciones adicionales conlleven nuevos incrementos de la inversión privada. Su razonamiento es en apariencia muy parecido al nuestro: si hay la más mínima expectativa de que los tipos de interés vayan a subir en el futuro, supondría un enorme error empresarial adquirir hoy unos activos que mañana van a reducirse muy sustancialmente de precio. Por ello, siempre que se esperen subidas de tipos –y cuanto más bajos estén éstos, más verosímiles y extendidas serán esas expectativas– los inversores preferirán atesorar el dinero antes que inmovilizarlo en activos a largo plazo.

Nuestra explicación, sin embargo, se diferencia en dos aspectos clave de la de Keynes. El primero es que, para el inglés, las expectativas relevantes en la trampa de la liquidez son las de los deudores –son ellos quienes se niegan a seguir endeudándose–; para nosotros son las de los acreedores: son ellos quienes exigen altos valores presentes por la deuda debido a que no esperan que los tipos aumenten en el futuro. El segundo es justo este último: Keynes considera que el signo de las expectativas que reprime el comportamiento de los agentes es el de que los tipos de interés van a subir en el futuro, mientras que para nosotros las expectativas contraproducentes son las que pronostican que los tipos de interés no van a subir en el futuro. Si se esperaran repuntes en los tipos, los acreedores podrían pactar con los deudores un precio presente por la deuda que fuera mutuamente beneficioso para ambos; si los tipos de interés se mantienen bajos, a ambas partes les interesa no amortizarla anticipadamente.

El error de Keynes fue, como es evidente, el de suponer una relación unívoca entre tipos de interés, inversión agregada y crecimiento. Si sólo podemos crecer cuando invertimos y sólo podemos invertir cuando se reducen los tipos de interés, el corolario lógico es que las expectativas de aumentos de tipos mantendrán maniatados a los demandantes de crédito y por tanto el crecimiento. Pero, gracias a la teoría austriaca del ciclo, sabemos que en ocasiones antes de volver a crecer hay que reducir la inversión agregada para reorganizar nuestra estructura productiva y los balances privados. En ese contexto –que caracteriza a las depresiones económicas– las expectativas de menores tipos de interés se traducen en un estancamiento del reajuste y, por tanto, del crecimiento futuro.

Cuanto nos quedaría por resolver es si es posible que en un mercado libre se forjen expectativas bajistas sobre los tipos que ralenticen el ritmo de desapalancamiento. Y la respuesta es que no: durante las depresiones la demanda de crédito se desploma, por lo que los tipos de interés se hunden de golpe. A partir de ese momento –y sobre todo si el público comienza a atesorar el oro fuera del sistema bancario– las expectativas son necesariamente a que los tipos de interés vayan subiendo conforme la demanda de crédito reflote y se tope con una oferta bastante rígida.

Es, por consiguiente, el sistema de dinero fiduciario con banco central el único capaz de mantener durante prolongados periodos de tiempo la expectativa de unos tipos artificialmente bajos. Sólo el banco central y el dinero fiduciario son capaces de generar ese clima al poder satisfacer la demanda de dinero mediante el incremento en su cantidad y al poder suplir la naciente demanda de crédito mediante la monetización de activos. Justamente la política monetaria que Keynes recomendaba como óptima en tiempos de depresión; justamente la política opuesta a lo que en realidad necesitan la economía y los agentes privados.

Los depresivos bajos tipos de interés

Su respuesta fue que los inversores esperaban en el futuro subidas en los tipos de interés y dado que cuando los tipos de interés suben el valor presente de los activos baja, todos preferían esperar para inmovilizar su dinero.

Esta teoría, conocida gracias a John Hicks como "trampa de la liquidez", sirve hoy de base para que todos los inflacionistas habidos y por haber defiendan que los bancos centrales tienen que adquirir un compromiso creíble de que no van a permitir que los tipos de interés suban en el futuro; sólo así, argumentan, los inversores se decidirán a desatesorar su dinero, incrementar su cartera de activos y volver a crear empleo.

El propio Bernanke acaba de decir que "garantizará tipos de interés excepcionalmente bajos durante un prolongado período de tiempo". Incluso se muestra dispuesto a seguir monetizando activos para que los tipos de interés a largo plazo no aumenten. Todo parece muy sensato: cuanto menores sean los tipos de interés, mayor será la inversión y por tanto el crecimiento económico. Pero no, todas estas relaciones mecanicistas constituyen en la actualidad un puro disparate. Japón lleva más de una década con tipos de interés a corto plazo al 0% y con tipos a largo al 1% y el país sigue estancado. Señores banqueros centrales, anótenselo bien claro en sus cocorotas: mantener artificialmente bajos los tipos de interés durante una crisis deflacionista no funciona.

Muchos creen, por simple relación léxica, que para combatir la deflación hay que promover la inflación. Pero no, el descabellado ejercicio equivale a tratar de curar la hipotermia incitando la fiebre. Y es que el problema de la deflación es el de cómo amortizar rápidamente un enorme volumen de deuda para así reconstruir los balances de los agentes privados y la receta de la inflación pasa por seguir expandiendo ese volumen insostenible de deuda (pues la única manera con la que se puede generar inflación es expandiendo el crédito).

Cambiemos de perspectiva. La cuestión ahora mismo no es por qué unos inversores hiperapalancados no se endeudan todavía más para seguir invirtiendo, sino por qué no reducen con mucha mayor rapidez ese extraordinario apalancamiento. Y parte de la respuesta, lamento decírselo a los inflacionistas, está en el actual clima de bajísimos tipos de interés.

Cuanto más bajan los tipos de interés más se incrementa el valor presente de las deudas con un rendimiento fijo (todas las deudas, también las concertadas a tipos variables, se reconducen al final a una deuda a tipo de interés fijo). Al fin y al cabo, si yo he adquirido deuda de una empresa que me paga unos intereses anuales del 10% durante 30 años, no querré desprenderme de ella ahora mismo, pues mis inversiones alternativas proporcionan una rentabilidad bajísima. Para que nos hagamos una idea: el precio de mercado de un bono a perpetuidad que pague 100 euros anuales se incrementará de 2.000 euros cuando los tipos están al 5% hasta 10.000 euros cuando están al 1%.

Una empresa que desee hoy reducir anticipadamente su endeudamiento y proceder a reorganizarse, deberá abonar de golpe un coste tan elevado por recomprar su deuda en los mercados que perfectamente puede preferir continuar pagando elevados intereses año a año. Fíjense en los bancos: su atesoramiento de dinero está en máximos históricos. ¿Por qué no destinan parte del mismo a amortizar parte de sus deudas? Pues porque el coste de hacerlo con los actuales tipos de interés es elevadísimo.

A menos que se formen expectativas de que los tipos de interés van a subir en el futuro, los acreedores sólo estarán dispuestos a desprenderse de sus derechos de cobro de alto rendimiento a cambio de precios gravosísimos para los deudores. Como ya viene denunciando desde hace años Antal Fekete, lo único que tendremos será un masivo consumo de capital.

Soy consciente de que al inicio de una depresión los tipos de interés se hunden en la medida en que la demanda de crédito se desploma. Pero no estamos hablando de eso, sino de que Bernanke –de la mano de los especuladores que anticipan sin grandes dificultades sus decisiones futuras– impide con su monetización de deuda pública y de titulizaciones hipotecarias que las expectativas de tipos de interés futuros sean al alza.

El presidente de la Fed debe abandonar su política de depresivos bajos tipos de interés. Ahora mismo no nos interesa que el endeudamiento crezca, sino que se reduzca, y para ello necesitamos altos tipos de interés. Deje de manipular el mercado y permita que los tipos aumenten. De lo contrario, Estados Unidos será el próximo Japón.

Trichet y el voto

El Consejo Europeo está a punto de presentar un informe con propuestas para reformar la gestión de la Unión Europea y uno de los aspectos que tratará será la gestión de la unión monetaria. Así que era lógico que el presidente del Banco Central Europeo se pronunciara sobre el asunto y diera su opinión. Lo que nadie esperaba es que fuera a irritar a los mandatarios europeos proponiendo restricciones al derecho a voto en la Unión Europea. Para Trichet el desmadre presupuestario de países como España ha sido tal que tenemos que pensar en el establecimiento de medidas drásticas si queremos evitar que se repita y termine afectando a la viabilidad del euro.

La idea que se le ha ocurrido al hombre que dirige el monopolio de la política monetaria en Europa es suspender temporalmente del derecho a voto de los países que incumplan el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. La propuesta recuerda medidas muy similares presentadas en el siglo XIX por diversos pensadores. Lo que se planteaban los agudos autores decimonónicos era cuáles eran los límites que se debían establecer al poder que otorga la democracia. Algunos de ellos se fijaron en los clubs y propusieron que sólo podían votar quienes contribuyeran a financiar la cosa pública. De lo contrario, decían, correríamos el riesgo de que quienes no ponían nada usaran el poder del voto para expoliar al resto. Con el tiempo muchos de estos autores se dieron cuenta de que el problema era más bien sobre qué se podía votar y no tanto quién podía votar.

La versión trichetiana de aquellas ideas es reservar el derecho a voto en la Unión Europea a aquellos países que contribuyan con el cumplimiento de sus compromisos financieros y retirárselo a quienes los incumplan. En cierto sentido se trata de una adaptación a los Estados de lo que en su origen fue una regla para los individuos. Los Estados que incumplen con las medidas del pacto de estabilidad estarían viviendo a costa de del resto y poniendo en riesgo su estabilidad. Lo que propone Trichet es que al menos esos países no tengan poder de decisión sobre las políticas que se adopten en el seno de la Unión mientras sigan por ese camino.

Sin embargo, si bien la medida de Trichet podría suponer cierto desincentivo para el desarrollo de políticas manirrotas, no será un obstáculo para muchos políticos deseosos de seguir una política de pan y circo. La verdadera solución al problema era haber tenido una zona europea con competencia monetaria. Ahora que estamos en el barco del euro habrá que conformarse con tomarse más en serio el Pacto de Estabilidad. La anulación del voto podría ayudar pero lo que realmente funcionaría sería que Alemania se plantara y obligara al resto de países a introducir modificaciones en sus constituciones que obliguen al cumplimiento del Pacto y que permitan la intervención de los socios sobre su política económica en caso de incumplimiento. Si Trichet se sigue asustando quizá no tarde en proponerlo.

La farsa bancaria se confirma

¡Oh sorpresa! Resulta que las entidades analizadas han ocultado a los reguladores su exposición a la deuda soberana de los países más débiles de la zona euro (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España). Es decir, han maquillado sus carteras de deuda pública con el objetivo de reflejar una solvencia superior a la real.

Tal y como publica este martes The Wall Street Journal, los bancos han excluido de su contabilidad ciertos activos (basura, cabe suponer) e, incluso, han reducido de forma artificial y maniquea sus respectivas carteras de bonos a corto, esto es, el volumen de deuda que pretendían vender.

Así, por ejemplo, las grandes entidades francesas, que representan hasta el 80% del mercado financiero galo, tan sólo declararon una exposición a la deuda española de 6.600 millones de euros cuando, en realidad, ascendía a 34.700 millones (casi cinco veces más), según los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS, el banco de bancos centrales); la griega se reduce a 11.600 millones frente a los 20.000 millones que contabiliza el BIS (el doble); mientras que apenas declararon 4.900 millones de deuda portuguesa frente a los 15.100 que poseen en realidad (el triple).

Y llegados a este punto… ¿Alguien se extraña? El engaño de los stress test era algo sabido y previsible. En estas mismas páginas (aquí y aquí) ya advertimos de que dichas pruebas ofrecerían a la opinión pública una imagen distorsionada e inflada de la solvencia real del sistema financiero europeo y, en especial, de algunos países miembros. La clave del asunto, sin embargo, no consiste en si hubo o no engaño –era evidente que lo habría, tal y como se ha confirmado– sino en si éste ha sido o no consentido deliberadamente por las autoridades públicas competentes.

En primer lugar, cabe recordar que semanas antes de la publicación de las famosas pruebas los reguladores, ésos que en teoría existen para salvaguardar los intereses de los indefensos ciudadanos, pretendían excluir de sus análisis de solvencia los cientos de miles de millones de euros de deuda pública que las grandes entidades europeas acumulan en sus balances. Curioso, ¿verdad? Resulta que en medio de una crisis de deuda pública que ha llegado a tambalear los cimientos mismos de la Unión Monetaria, los poderes públicos estaban dispuestos a esconder debajo de la alfombra dichos activos, descartando así cualquier atisbo de quiebra (default) de países y, por consiguiente, también grandes entidades.

Como es lógico, tal intención fue percibida de inmediato por los inversores como una ocultación inaceptable por lo que, finalmente, los gobiernos se vieron obligados a dar marcha atrás, aunque sólo parcialmente. Y es que si bien los stress test contemplan un cierto descuento en los bonos soberanos, éste tan sólo se aplica a la deuda pública que las entidades europeas pretenden vender a corto plazo (apenas 108.000 millones de euros en el caso de los 10 mayores bancos) y no en la que mantienen hasta su vencimiento (cerca de 400.000 millones). Es decir que, en realidad, dichas pruebas seguían descartando por completo un escenario de quiebra soberana dentro de la Unión y sus posibles efectos sobre la banca.

Y por si ello fuera poco, ahora se descubre que incluso así las entidades no han revelado la exposición real de sus carteras a corto. Y la pregunta es: ¿lo hicieron con la autorización y consentimiento de los reguladores?; ¿de verdad se han arriesgado los bancos a ocultar datos de este calibre a sus respectivos supervisores con la posible sanción que ello podría generar?; ¿quién ha intentado engañar realmente a inversores y depositantes?.. ¿bancos, gobiernos, o más bien ambos?

Ni se engañen ni se dejen engañar. Bancos centrales, bancos y gobiernos tienen intereses comunes y compartidos en este ámbito. Los stress test auspiciados bajo el control gubernamental son una farsa de principio a fin, ya que ni a unos ni a otros les interesa lo más mínimo reflejar la crisis financiera y soberana en ciernes. Uno de los problemas más graves del actual sistema bancario radica, precisamente, en la existencia de supervisores públicos y bancos centrales ideados para mentir, engañar y falsear lo que sea necesario en el momento oportuno con el fin de mantener el modelo en pie. Gobiernos y bancos centrales son los auténticos responsables de la crisis actual, al igual que lo fueron de las pasadas y lo serán de las futuras.

Y, sin embargo, todo está desembocando, poco a poco, en un mayor control gubernamental sobre un sector financiero y monetario intervenido hasta sus entrañas. Por ello, es necesario cambiar el sistema de raíz. La banca libre es la solución a los problemas de la banca central. La farsa bancaria continuará mientras siga existiendo el actual modelo.

El mito del reswitching

Una de las proposiciones más básicas de la teoría austriaca del capital es que una reducción del tipo de interés originará un alargamiento temporal de la estructura productiva. Esta conclusión deriva directamente de su concepción real del tipo de interés como la relación de intercambio entre los bienes presentes y los bienes futuros: si la utilidad de los bienes presentes se reduce con respecto a la de los bienes futuros, estaremos dispuestos a renunciar a una mayor cantidad de los primeros para incrementar la provisión de los segundos (o dicho de otra manera, el coste de oportunidad temporal de producir bienes futuros se reduce). Tipos de interés más bajos suponen una mayor disposición a esperar (a ahorrar) hasta que se produzcan los bienes futuros y por tanto más tiempo para adoptar procesos productivos que tarden más en dar sus frutos.

Una de las críticas más aparentemente devastadoras que se han dirigido contra esta concepción austriaca del capital suscrita por autores tan variopintos como Böhm-Bawerk, Jevons, Wicksell, Hayek o Fisher es la llamada paradoja del reswitching (o de la reversión de técnicas) desarrollada originalmente por Piero Sraffa. Básicamente, Sraffa sostenía que no había una relación concluyente entre los tipos de interés y la duración de los procesos productivos, de modo que una reducción del tipo de interés podría dar lugar a estructuras productivas que consumiesen menos tiempo (si es que había alguna forma de medir tal circunstancia).

Paul Samuelson sintetizó la visión sraffiana en un artículo de 1966 titulado A Summing Up, cuyo objetivo declarado era el de desmontar la teoría austriaca del capital. Desde luego, las conclusiones a las que llegó el Nobel no eran nada favorables para lo que podríamos llamar la “macroeconomía austriaca”: no había un relación clara entre tipos de interés y la duración de las técnicas productivas; unos menores tipos de interés podían disminuir la renta per capita y la dotación de capital; y, por si fuera poco, esta reducción de los tipos de interés podía no engendrarse mediante un mayor ahorro sino yendo de la mano de un incremento del consumo.

Samuelson ilustrataba la posibilidad del reswitching con el siguiente ejemplo: supongamos que tenemos dos métodos de producir una unidad de un producto (verbigracia, champán) al cabo de tres años; la primera técnica –llamémosle A– emplea en el primer año a 0 trabajadores, a 7 en el segundo y a 0 en el tercero (en el primer año crecen los viñedos en la naturaleza; en el segundo se produce brandy con ellos y en el tercero se deja fermentar en una unidad de champán); la otra –llamémosle B– usa a 2 trabajadores el primer año, a 0 en el segundo y a 6 en el tercero (2 trabajadores producen mosto el primer año, lo dejan fermentar en vino durante el segundo y 6 trabajadores dedican el vino a generar champán en el tercero). Así las cosas, ninguna de las dos técnicas es superior a la otra ante reducciones de los tipos de interés: con unos costes y precios dados, si los tipos de interés superan el 100%, la técnica A es más rentable que la técnica B; si éstos se sitúan entre el 50% y el 100%, la técnica B pasa a ser más rentable que la A; y, sin embargo, si el tipo de interés es inferior al 50%, la técnica A vuelve a ser más rentable que la B.

En definitiva: una reducción de los tipos de interés (de 150% al 75%, por ejemplo) favorecerá la transición hacia una técnica productiva (la B) menos eficiente (se emplean 8 trabajadores para fabricar una unidad de champán), pero reducciones sucesivas del tipo de interés (de 75% a 25%) volverán a llevarnos hacia la técnica productiva más eficiente (la A). Ni podemos saber cuál de las dos técnicas consume ni más tiempo ni, aunque pudiéramos saberlo, habría una relación concluyente con los tipos de interés.

O al mismo eso parecía a simple vista. Pues la realidad es más bien la contraria: el modelo de Samuelson adolece de una profunda incomprensión de la teoría austriaca del capital y de los tipos de interés.

Empecemos admitiendo uno de los problemas que sí posee la afirmación de que una estructura productiva consume más tiempo que otra: la única forma que tenemos de medir esto es estudiando cuán capital-intensiva es una estructura productiva (cuánto capital hay invertido por bien de consumo producido) pero, aún así, en muchos casos será muy difícil, si no imposible, medir esa intensividad del capital. Es cierto que en la mayoría de los casos sí podremos mensurarla sin demasiados problemas; por ejemplo, podemos emplear la rotación del capital en la economía, esto es, la ratio entre el valor monetario de los bienes de consumo finales (podemos aproximarlo por el PIB) y la suma de la dotación de capital de una economía más la inversión adicional de ese período. A mayor rotación del capital, menor intensividad del capital y viceversa. El problema de esta medida es que no resulta infalible, pues una parte de los bienes de consumo finales se “producen” fuera del mercado (por ejemplo, el tiempo libre), motivo por el que carecen de valores monetarios, y otra parte verá reducir sus precios al volverse más abundante, de modo que el gasto monetario no se incrementará por mucho que su producción se vuelva más eficiente (por eso Böhm-Bawerk buscaba una medida de productividad y de intensividad del capital en términos físicos, pero tal pretensión se me antoja problemática y escasamente realizable).

Pero que en algunos casos no se pueda medir con precisión la intensividad del capital no significa que una economía no pueda ser más o menos capital intensiva. Al fin y al cabo, el tiempo libre o la cultura tampoco integran el PIB de un país, pero ello no impide a la mayoría de economistas sentenciar –con bastante menos criterio– que una sociedad se enriquece cuando aumenta el PIB (aunque disminuya el tiempo el libre) y se empobrece cunado disminuye (aunque aumente el ocio). Si la economía se vuelve más capital-intensiva es simple y llanamente porque una menor propensión a consumir coloca en manos de los empresarios más tiempo y recursos para iniciar nuevos proyectos de negocio que incorporan capital; es decir, una mayor parte de nuestra renta se empleará en producir bienes de consumo futuros.

Sentado esto, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que el caso que emplea Samuelson en su artículo está viciado de raíz al limitar el número de técnicas disponibles para toda la economía a solo dos. Como recuerda Robert Murphy, los austriacos no sostienen que todas las técnicas productivas que se vuelvan viables con menores tipos de interés sean más productivas que las que eran viables a unos mayores tipos de interés, sino que es razonable suponer que siempre habrá técnicas muy productivas que no eran rentables con altos tipos de interés y que pasan a serlo con bajos tipos de interés (pensemos en los viajes espaciales, la construcción de infraestructuras, la inversión en I+D…).

Böhm-Bawerk hablaba de que ante las reducciones de los tipos de interés siempre existirían técnicas que, escogidas con inteligencia (wisely chosen), serían más productivas que las anteriores. Samuelson, después de limitar todo el arco de técnicas empresariales a solo dos, se ve forzado a reconocer, al final de su artículo, que esta intuición de Böhm-Bawerk es cierta. Dice Samuelson:

Mi sospecha es que en una economía mixta moderna tiene tantas técnicas alternativas a su alcance que puede, por decirlo de alguna manera, emplear útilmente el tiempo, pero con una tendencia a agotar los usos de igual rentabilidad para operar en una curva de rendimientos decrecientes.

Por consiguiente, en una economía moderna no tendremos dos técnicas –A y B– en alternancia, sino varios abecedarios de letras (tantas como ingeniosos sean los empresarios) que se irán ampliando conforme se reduzca el tipo de interés: en esa sopa de letras creciente, es muy probable que los empresarios encuentren técnicas al menos tan productivas como las actuales, de modo que al implementarlas la sociedad se hará un uso más intensivo y eficiente del capital en la producción de bienes y servicios.

Pero, por potente que sea esta réplica a Samuelson, no deja de ser una réplica insuficiente tanto por su carácter empírico (¿y si no hay técnicas más productivas?) cuanto, sobre todo, por no hacer justicia al verdadero análisis austriaco del capital y del interés que es el que Samuelson intenta desmontar. Me sorprende que ningún austriaco –que yo sepa– haya abordado hasta la fecha este punto, pues lo cierto es que el estadounidense sólo llega a poner en solfa la teoría austriaca del capital gracias a que emplea presupuestos keynesianos (y premarginalistas, como veremos).

Un defecto teórico muy importante de Keynes y de los keynesianos es que a la hora de determinar cuál es la eficiencia marginal del capital (lo que hoy llamamos la TIR o la rentabilidad del capital por unidad de tiempo) consideran que el valor del capital (el precio de los bienes de capital y de los salarios adelantados) está dado al margen de los tipos de interés. Es decir, equiparan el tipo de interés con el tipo de interés de los mercados crediticios (de los préstamos en dinero) dejando fuera todos los otros intercambios de bienes presentes por bienes futuros (por ejemplo, el pago de salarios a cambio de bienes de consumo futuros).

El problema es que el capital no es más que el valor presente de las rentas futuras que generará un determinado bien de capital (su productividad marginal descontada). De modo que la rentabilidad del capital tenderá a ser igual al tipo de interés en toda la economía: los sectores o mercados (incluyendo el de créditos) cuya rentabilidad supere al tipo de interés tenderán a atraer capital y aquellos en los que sea inferior tenderán a liberarlo.

Si Samuelson quiere caracterizar con las técnicas A y B a las estructuras productivas del conjunto de la economía (por ejemplo, una economía totalmente integrada y dedicada a producir champán) es absurdo sentenciar que una es más rentable que la otra a un determinado tipo de interés, pues las tasas de rentabilidad de ambas técnicas serán la misma y coincidirán con el tipo de interés del mercado de créditos, a su vez determinados ambos por la preferencia temporal de los trabajadores y del capitalista. Simplemente, dado que los salarios pueden equipararse a un préstamo a los trabajadores amortizado a través de los bienes de consumo futuros que producen, los salarios variarán hasta que su valor presente sea igual al valor presente de la mercancía producida.

Por ejemplo, si asumimos que se producen al final de tres años botellas de champán por valor de 1.000 um, con un tipo de interés en el mercado crediticio del 80%, al capitalista le es indiferente pagar salarios de 44,1 um por trabajador en la técnica A o de 44,5 en la B. En ambos casos su rentabilidad (80% anual) o su coste (171 um presentes o 1.000 um futuras) son idénticos. Es decir, con los pertinentes ajustes en los salarios ninguna técnica sería preferida a la otra: ni al 5%, ni al 20% ni al 1.000% de tipo de interés.

Lo que determinará si se escoge una u otra técnica productiva no será tanto el tipo de interés del mercado crediticio, sino la preferencia temporal del capitalista y de los trabajadores, que es la variable que determina la rentabilidad de la técnica productiva y el tipo de interés crediticio.

Planteémonos qué sucedería si los salarios se situaran por encima o por debajo de la productividad marginal descontada que a unos tipos de interés del 80% hacen rentable cualquiera de las dos técnicas productivas (es decir, si la TIR de las técnicas A y B se sitúa por debajo del 80% en el primer caso y por encima del 80% en el segundo). En el primer supuesto, el capitalista se negaría a contratar a los trabajadores para alguna de las dos técnicas, pues juzgaría que el valor temporal de los bienes presentes que adelanta sería superior al de los bienes futuros que obtiene y se dedicaría a ofrecer su capital en los mercados crediticios donde puede prestarlo a un tipo de interés del 80%. En el segundo caso, con salarios por debajo de la productividad marginal descontada, los trabajadores se negarían a trabajar, pues el valor de los bienes presentes que obtendrían sería inferior al valor presente de los bienes futuros que entregan, de modo que se endeudarían en el mercado crediticio pagando unos intereses anuales del 80% para implementar cualquiera de las dos técnicas.

Tengamos claro que si el capitalista no puede prestar o los trabajadores no pueden pedir prestado al 80% en los mercados crediticios sería simplemente porque el tipo de interés de mercado sería otro, o más alto (si es el capitalista quien se niega a prestar al 80%) o más bajo (si son los trabajadores quienes se niegan a endeudarse al 80%), y ese tipo de interés sería el que se arbitraría con la TIR (spread entre los salarios y los precios de los bienes de consumo) de las distintas técnicas productivas. O análogamente, si el capitalista no puede contratar a siete trabajadores por 44,1 um (o a ocho por 44,5) sería también porque el tipo de interés de mercado sería otro, o más alto (si es el capitalista quien se niega a adelantar salarios mayores) o más bajo (si son los trabajadores los que no aceptan salarios tan bajos).

Siguiendo con el ejemplo anterior, si los tipos de interés se encuentran en el 80% y alguno de los ocho trabajadores de esta economía no está dispuesto a trabajar por menos de 45 um, entonces es evidente que sólo una de las dos técnicas productivas será viable: la A (pues sólo habrá siete trabajadores dispuestos a ser contratados a unos salarios que compensan al capitalista por adelantar su capital). Si hubiese dos o más trabajadores que se negaran a trabajar por 44,1 um, entonces ninguna de las dos técnicas productivas sería viable, por lo que el capitalista prestaría sus ahorros en el mercado crediticio. Y si tampoco pudiera hacer esto último por no haber demanda de crédito a ese tipo de interés, entonces tendremos que concluir que el tipo de interés no es del 80%. El capitalista deberá buscar otras inversiones alternativas, menos rentables pero en las que sea necesario adelantar menos capital: por ejemplo –llamémosle técnica C– producir al cabo de tres años botellas de champán por un valor de 500 um, contratando a cuatro trabajadores en el segundo año por un salario de 50 um cada uno (es decir, en el segundo año se adelanta un capital de 200 um, lo que significaría que la TIR cae al 58%).

Creo que es fácil concluir, aun cuando no tengamos una medida objetiva de la intensividad de capital, que la técnica productiva C es menos capital-intensiva que la A o la B, pues emplea mucho menos capital en términos absolutos y también en relación con el producto final (teniendo en cuenta que parte de los trabajadores pasan a consumir “tiempo libre”, pues el coste de oportunidad de renunciar a él es mayor que la utilidad que logran del salario que se les podría pagar). En otras palabras, para que técnicas más productivas y más intensivas en capital como la A o la B pudieran iniciarse, sería necesario que el capitalista estuviera dispuesto a adelantar una mayor cantidad de capital a tipos de interés menores, es decir, que la preferencia temporal se redujera. Esto es justamente lo que sostienen los austriacos: habrá siempre proyectos muy productivos que no se podrán iniciar por ser los tipos de interés demasiado altos y que, por consiguiente, si esos tipos de interés se reducen pasarán a implementarse.

Por consiguiente, el ejemplo que ofrece Samuelson basado en productividades físicas no tiene ningún sentido (o más bien, sólo lo tendría si los salarios se mantuvieran constantes con independencia de la técnica elegida). Bajo esta perspectiva de equilibrio muy parcial, se mantienen constantes los salarios y los precios de los bienes de consumo para concentrarnos en estudiar los cambios en los tipos de interés. El problema es que en el conjunto de la economía, la relación entre los salarios presentes y los bienes de consumo futuros… ¡son los tipos de interés! La crítica del reswitching de Sraffa y Samuelson presupone que en el agregado de la economía los tipos de interés del mercado financiero pueden variar, pero que en cambio los tipos de interés de la estructura productiva (su tasa interna de retorno) se mantienen constantes.

La cuestión es si la TIR del conjunto de la economía puede, en equilibrio, estar por debajo de los tipos de interés del mercado financiero sin que haya un arbitraje entre ambas; es decir, sin que o bien se reduzcan los salarios en relación con los precios de los bienes de consumo (aumento de la TIR) o sin que los tipos de interés del mercado de crédito aumenten (otro asunto es estudiar la transición desde el desequilibrio al equilibrio). Y la respuesta es que, si no existen restricciones al arbitraje, no puede hacerlo, pues el capitalista redistribuirá el capital entre ambos mercados. Por ello, la cuestión de la elección de la técnica productiva compatible con el equilibrio intertemporal (coordinación de ahorradores y consumidores) es la misma cuestión que cómo se determinan los tipos de interés.

Es decir, al resolver cuánto capital están dispuestos a adelantar los capitalistas a la economía real se están determinando los tipos de interés por el simple spread entre precios de venta esperados y costes incurridos. Y, obviamente, los capitalistas estarán dispuestos a adelantar tanto más capital cuanto más baja sea su preferencia temporal. El reswitching simplemente no existe ni tiene ningún sentido cuando precios y costes varían.

Diré más. Los despistados han querido ver en el reswitching una refutación matemáticamente sencilla de la teoría austriaca del ciclo económico (TACE). Pero en realidad no la afecta en lo más mínimo. Aun cuando la caída de la preferencia temporal no llevara a adoptar técnicas que consumieran más tiempo, de lo que no cabe duda es de que una reducción de los tipos de interés sí tendría como consecuencia un incremento generalizado de los salarios y de otros anticipos de capital por el menor descuento de la producción futura. Sólo esta consecuencia le es suficiente a la TACE, pues unas rentas artificialmente altas promoverán un desequilibrio entre ahorro e inversión que requerirá de un reajuste real. De hecho, esto es, en el fondo, el famoso Efecto Ricardo de Hayek que, para muchos, es la esencia de la TACE.

El error de Sraffa y Samuelson parece venir de adoptar una concepción premarginalista de los precios y de los costes, donde los segundos –los salarios presentes– no son determinados por los primeros sino por la cantidad de trabajo que llevan incorporada –en realidad, es el valor presente de los precios futuros de venta lo que marca el límite máximo que puede abonarse por los salarios. Si lo pensamos, es bastante lógico que Sraffa incurriera en este error, pues el italiano trató de rehabilitar a David Ricardo –furibundo defensor de la teoría de que los precios dependen de los costes– hasta el punto de ser conocido como el fundador de la Escuela Neo-ricardiana. Pero, desde luego, este deje premarginalista no debería servirnos de excusa para rechazar la teoría más refinada dentro de la escuela del mayor y mejor exponente del marginalismo.

El legado europeo de Zapatero

El presidente español, que había soñado con la gloria del Olimpo europeo, ha cosechado duras críticas por su pésima gestión, durante estos seis meses, por parte de gran parte de la prensa europea.

La debacle comenzó antes de la presidencia. La presentación de los objetivos del Gobierno español ya merecieron duras críticas por parte de un buen número de mandatarios. Zapatero se había propuesto dictar la fórmula de la salida europea de la crisis. Su receta consistía en la aplicación del keynesianismo más rancio a euroescala y en el buenismo político combinado con el negacionismo económico que con tanto éxito ha practicado en España. Traducido al román paladino, su idea era glorificar las políticas de gasto público como solución a la crisis económica, fomentar políticas asociales y negar cualquier recaída económica. Además, pretendía exportar a toda Europa el intervencionismo energético que ha aplicado en nuestro país con desastrosas consecuencias.

Ya entonces algunos dirigentes extranjeros y medios de comunicación de gran prestigio como The Economist o Financial Times sugirieron a Zapatero que mejor buscara objetivos más modestos para la Unión y dedicara más tiempo y empeño a la resolución de la gran crisis española. Pero como para Zapatero la recuperación española era "inminente" no había motivo para escuchar aquellos consejos.

El encuentro con la realidad ha sido duro para nuestro presidente. Primero vino la crisis griega, un desastre financiero que el propio gobierno socialista griego no dudó en atribuir a un exceso de Estado; demasiado tamaño, demasiadas atribuciones y demasiado despilfarrador. Zapatero culpó a los especuladores y sacó pecho afirmando que España rescataría a Grecia junto con los países más sanos de Europa. Luego llegó el plantón de Obama, que ignoró la invitación de Zapatero para participar en su gran evento del año. Poco más tarde hizo acto de presencia el descalabro financiero español y el Ejecutivo no supo reaccionar inicialmente de otra forma que como lo hacen las mafias de las películas: amenazando con la cárcel a los inversores que huían de su política manirrota. Por aquel entonces ya había quedado claro para todos los europeos que Zapatero era algo así como la antítesis del Rey Midas: todo lo que tocaba perdía valor.

La crisis de la deuda de España y los otros PIGS que le acompañaban en su caída por el despeñadero del gasto público se ha transformado en la crisis de la deuda soberana europea. El día 7 de mayo España estuvo al borde del colapso. Desde entonces, estamos siendo rescatados por el Banco Central Europeo, que financia el gasto de Zapatero a través de la banca. Nuestros socios en el euro y nuestros acreedores se han hartado y han dejado de reírle las gracias a nuestro presidente. Por eso le llaman insistentemente para exigirle recortes del gasto público y estabilidad presupuestaria. Tienen miedo de perder todo lo que le han prestado a nuestro país o de que el euro se hunda por la irresponsabilidad presupuestaria del gobierno zapateril. El caos económico y político es el legado europeo de Zapatero. Europa le recordará por mucho tiempo.