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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El dinero mercancía

Como los servicios y la información no pueden ser dinero, sólo quedan las mercancías, los bienes físicos, las cosas materiales, como entidades monetizables fundamentales. No vale cualquier cosa: deben ser objetos fáciles de reconocer, manipular, almacenar y transportar y cuyo valor sea estable respecto a todos los posibles cambios relevantes (de persona, lugar, tiempo, cantidad y posición como comprador o vendedor).

Aunque algunas mercancías sean las que mejor cumplen alguna de esas características de forma independiente, los dineros efectivamente utilizados son las mercancías que mejor cumplen el conjunto de rasgos necesarios para satisfacer las funciones de depósito de valor (atesorar y desatesorar), medio de intercambio y unidad de cuenta. Pueden coexistir varios dineros si cada uno cumple mucho mejor alguna función: un dinero (oro) con valor muy alto para atesorar y para grandes intercambios, y otro (plata) de menor valor para los intercambios menores; un dinero como unidad de cuenta (oro), y complementos o sustitutos para los intercambios.

La facilidad de producción, manipulación, almacenamiento y transporte de un bien dependen de la tecnología y los bienes de capital disponibles en una sociedad. Conforme los grupos humanos avanzaron en su desarrollo económico los bienes monetarios fueron cambiando, desde cosas recolectadas de la naturaleza (conchas de moluscos, semillas) hacia bienes producidos con cada vez mayor grado de procesamiento (sal, metales preciosos).

Las cosas más duraderas (por su estabilidad interna y su resistencia ante perturbaciones externas) y con mayor densidad de valor por unidad de masa y volumen son más fáciles de almacenar y transportar (pero la posibilidad de robo implica costes de protección). El buen dinero debe tener unidades homogéneas persistentes, reconocibles, difíciles de falsificar, de alto valor y de una calidad uniforme (es un bien fungible, sus unidades o cantidades de sustancia son indistinguibles), y debe ser fraccionable y sumable para adaptarse a los diferentes valores de los diversos intercambios (su valor debe ser aproximadamente proporcional a su cantidad o masa, y esta debe ser ajustable a discreción). Como el ajuste y pesado de cantidades es costoso e incómodo, resulta conveniente disponer de diversas unidades estandarizadas (de composición y masa conocidas), que se puedan combinar y contar con facilidad (cabezas de distintos tipos de ganado, bolsas de sal, monedas de metales preciosos).

Los sistemas orgánicos son seres vivos caracterizados por su dinámica autónoma de organización y reproducción: son relativamente poco persistentes, complejos, internamente no homogéneos (no divisibles sin perder su naturaleza), y requieren mantenimiento; parece difícil que puedan utilizarse como dinero, pero el alimento es una necesidad humana universal y durante mucho tiempo no hubo otras alternativas. Han sido dinero algunas semillas y ciertos animales.

Las plantas no se mueven por sí mismas y suelen estropearse rápidamente al ser arrancadas: pero algunas semillas son homogéneas y persistentes. Algunos animales domesticados (ganado) se transportan e incluso buscan alimento por sí mismos con poca atención humana, sus costes de transporte y mantenimiento son relativamente pequeños; su perdurabilidad es limitada pero se reproducen a sí mismos; además son bienes de capital que generan servicios (fuerza motriz) y producen bienes regularmente y no sólo al sacrificarlos (fertilizantes, combustibles, alimentos, abrigo); para su monetización es problemático que sus unidades no sean homogéneas (diferencias entre individuos) y que no sean divisibles sin pérdida de valor (un animal es una unidad compuesta por subsistemas interdependientes).

Las cosas inorgánicas suelen ser sustancias simples (o combinaciones homogéneas de sustancias simples), persistentes y divisibles sin perder su naturaleza. Pero los gases no son apropiables con facilidad; los líquidos son difíciles de manipular (el principal, el agua, es tan abundante que su poder adquisitivo es muy bajo); las piedras o la tierra son por lo general poco valiosas o no fungibles.

Las conchas de algunos moluscos son ornamentos valiosos y bastante uniformes en unidades naturales. La sal es muy útil para la conservación de la carne y su cantidad es ajustable con precisión; protegida de la humedad es persistente de forma indefinida, pero se consume al utilizarse.

Los metales preciosos oro y plata, manipulables mediante la metalurgia, son dineros muy buenos: muy valiosos (ornamento, símbolo de estatus), persistentes, simples, ajustables a discreción en unidades persistentes de calidad y cantidad estandarizada (monedas o lingotes). Otros metales como el cobre y el hierro son menos resistentes o valiosos; el platino es demasiado escaso. Las piedras preciosas no son por lo general buenos dineros: los diamantes no son fraccionables (su valor no depende de la cantidad de sustancia sino de su estructura, y crece más que proporcionalmente con su tamaño y pureza).

La salida de la crisis

Si se analiza la actual situación económica, se puede percibir rápidamente cómo el desánimo ha cundido en muchas personas que entienden que no existe salida a la crisis económica. Examinando los datos macroeconómicos se puede llegar a la conclusión de que no existen cifras que inviten al optimismo. Tanto el desempleo como el crecimiento del PIB resultan bastante desoladores. Adicionalmente, a nivel particular, se puede comprobar cómo la adquisición de determinados bienes, como los energéticos, se está encareciendo de forma bastante apreciable, la imposición, tanto directa como indirecta, se ha elevado, cada vez se ven más carteles en locales comerciales con los letreros de “se vende”, “se alquila” o “se traspasa”, y el número de personas que acude a alimentarse a los comedores de Cáritas u otros de diversas órdenes religiosas se incrementa día a día.

Ante este panorama hay quien se pregunta si existe salida posible a la crisis, ya que cada día ve empeorar tanto su situación personal y como la de quienes le rodean. Aunque la coyuntura invite al pesimismo, ante todo habría que recordar que ni estamos ante la primera crisis de la historia ni, tampoco, en la peor. Sin necesidad de rememorar situaciones bélicas, se puede comprobar cómo la llamada gran depresión de 1929 tuvo consecuencias más catastróficas en términos económicos y humanos y se pudo salir de ella.

Para tratar de entender cuándo vendrá el fin de la crisis, previamente deben entenderse los motivos de la misma. A lo largo de los últimos años, los bancos centrales han mantenido una política de dinero barato, reduciendo los tipos de interés con la idea de estimular la economía al facilitar el consumo y la inversión mediante la reducción de los costes de endeudamiento. Sin embargo, esta facilidad de crédito no venía respaldada por un ahorro en la misma cuantía. Los tipos de interés no se fijaban por el libre juego de la oferta de ahorro y la demanda de inversión, manteniéndose artificialmente bajos, y permitiendo plazos de endeudamiento que no se correspondían con los períodos a los que se estaba dispuesto a inmovilizar el ahorro.

Debido a esta facilidad de crédito, empresas y particulares optaron por realizar inversiones de previsible rentabilidad muy reducida, y, consecuentemente, periodos de recuperación bastante elevados. Hubo familias que para la adquisición de una vivienda decidieron endeudarse en tal cuantía que para satisfacer dichos préstamos debían destinar más de la mitad de sus ingresos durante varias décadas. Igualmente, muchas empresas debían destinar un porcentaje importante de sus ingresos para amortizar los préstamos que habían contratado para financiar sus inversiones. Cuando, como era de esperar, llegó la crisis, empezaron los problemas: ni todos los miembros de las familias trabajaban, ni ganaban lo mismo que antes, ni las ventas de las empresas se correspondían con las previsiones. Esta falta de ingresos se veía acompañada de una carga financiera que no podía reducirse igualmente, y que seguía existiendo.

Por lo tanto, la situación no podrá normalizarse hasta que empresas, gobiernos y consumidores, se adapten a la nueva situación, lo que no se realizará de manera instantánea. Pero sí que puede reducirse este periodo de adaptación si los gobiernos eliminan obstáculos para que el resto de actores pueda ajustarse. Puesto que gran parte de los consumidores tiene una renta menor y las empresas tienen menores ingresos, el factor precio se ha convertido en un elemento esencial a la hora de elegir un producto o servicio frente a otro. De ahí la importancia que puede tener que el marco normativo también se adapte, simplificándose y evitando que imponga costes excesivos ajenos a su actividad natural a las empresas o cargas burocráticas innecesarias que se tendrán su reflejo en los costes que debe soportar la empresa.

También resulta necesario que los acreedores conozcan con exactitud el importe de sus pérdidas, para que puedan tomar decisiones con el mayor grado de información posible. Si el procedimiento de cobro de una deuda se prolonga durante varios años para resultar que al final el deudor era insolvente, se ha estado empleando tiempo, dinero y esfuerzo en una labor que no conducía a nada. También si la legislación posibilita que determinadas entidades valoren parte de sus activos a precios irreales sin que los administradores incurran en responsabilidad alguna, se introducirá una desconfianza natural hacia la inversión al no conocerse la situación real.

Por último, no debe olvidarse cómo muchas de las grandes multinacionales que existen hoy en día se crearon en épocas de crisis, por lo que aun en estos tiempos siguen existiendo emprendedores. Si el marco jurídico favorece a estas personas de manera que no sean objeto de una carga burocrática, fiscal y administrativa excesiva, sobrevivirá un mayor número de empresas que gracias a la oferta de nuevos bienes y servicios, y a la demanda de trabajadores, ayudarán a acabar con la actual situación.

La ilusión del control absoluto

Tal es el popurrí ideológico que compone este Eje del Mal ideológico de Cebrián que, en coherencia, también abarcará al demócrata Bill Clinton, célebre sepulturero de la Ley Glass-Steagall que impedía la fusión entre banca comercial y banca de inversión, o a Lyndon Johnson, privatizador del gigantesco vertedero hipotecario de Fannie Mae allá por 1968.

Por las mismas, uno podría seguir desvariando y alinear la antipatía de Cebrián hacia "los excesos de lo financiero" con anarquistas como Proudhon o con nazis como Gottfried Feder –el del Manifiesto contra la usura, esa secular herramienta de explotación de las finanzas judías–, pues al cabo tan excesivo ha sido lo financiero –el codicioso Wall Street– como lo real –el humilde Main Street–. ¿O acaso las barbaridades de los especulativos bancos no han sido parangonables a las del muy palpable y tradicional ladrillo? Ni los cementerios de burbujeantes viviendas hubiesen sido posibles en ausencia del exceso de las finanzas, ni los activos de los bancos se hubieran vuelto tóxicos en ausencia de excesos de malas inversiones reales. Pero, pese a todo, el sesgo y las servidumbres ideológicas parecen determinar que se carguen las tintas contra una sola de las dos caras de esa misma moneda que son los artificiales auges o booms económicos.

Mas lo relevante del artículo de Cebrián no son las torpes culpabilidades que traza cuanto las malas y contraproducentes soluciones que propone. Siguiendo su razonamiento, si quienes han fallado han sido los reguladores por no regular lo suficiente, resultará necesario transitar hacia una nueva gobernanza global, hacia un control universal al que no se le escape nada.

El problema de semejante recetario es que resulta más fácil de enunciar que de ejecutar. Sobre el papel puede sonarles bien a algunos, pero al tocar la melodía deviene sólo un cúmulo de estridencias. A nadie se le escapa que para terminar con el hambre en el mundo no basta con desearlo por Navidad o que para alcanzar la paz mundial de nada sirve prohibir la guerra como se hiciera en el Pacto Briand-Kellogg; y por idéntico motivo, tampoco lograremos erradicar las depresiones económicas creando megaorganismos globales con la misión de censurarlas.

Primero, porque cuanto más alejemos al burócrata de la realidad más desorientado se hallará. A menos que sigamos creyendo en la hiperracionalidad del ser humano, no resulta demasiado verosímil que la persona más capacitada para saber si Caja Castilla-La Mancha está extendiendo buenos préstamos a los promotores locales sea un funcionario neoyorkino procedente de Shanghai. Cuanto más separemos la información –que en este caso es extremadamente local– de la toma de decisiones –que según Cebrián debiera darse a escala planetaria– más disfuncionalidades introducirán los burócratas en nuestras vidas.

Y segundo, porque ese espejismo de control que los mandarines del estatismo promueven, genera a su vez la falsa ilusión de seguridad. Si la solución a mis problemas pasa por que otro se ocupe de ellos, lo natural es que yo me despreocupe y me vuelva irresponsable. Como dice Nassim Taleb, en ocasiones es preferible no orientarse con ningún mapa antes que seguir las indicaciones de un mal mapa. Y, en este caso, el vademécum de la intelectualidad ingenieril sólo logra que la población viva en la misma falsa burbuja de seguridad que la ha llevado a pensar que el precio de la vivienda nunca caería, que los bancos nunca podían quebrar o que los Estados nunca suspenderían pagos.

Y si la solución a los problemas locales de información no reside en el control galáctico ni en timar a la población diciéndole que no corre ningún riesgo, ¿dónde cabe buscarlo? Pues en descentralizar el control, pero no en unos organismos nacionales o regionales que no sólo fracasaron estrepitosamente durante los últimos años, sino que se sumaron entusiastas al proceso de expansión del crédito.

La descentralización debe ser completa: liberalizar de verdad, ligar la toma de decisiones con el cambiante foco de una información –la económica, empresarial y financiera– que es muy dinámica, concreta y especializada. Los efectos de la superchería de que diez mentes son más hábiles que la inteligencia coordinada de 6.000 millones ya los padecimos con el gnosticismo marxista, el cual también juraba corregir la anarquía productiva del capitalismo sin entender que allá donde veía anarquía imperaba un orden que no era fruto del diseño de ninguna omnisciente cabeza pensante, sino del interactuar pedestre de millones de individuos.

Dicho de otra manera, para terminar con las crisis hay que restaurar el libre mercado, tanto en el ámbito financiero como en el real. Nada de eso hemos tenido en el último siglo, por cuanto gobiernos y bancos centrales han controlado el negocio de la creación de dinero, han refinanciado a los bancos ilíquidos y recapitalizado a los insolventes y han redistribuido la riqueza de manera nada estimulante desde los sectores productivos hacia los improductivos.

Si se parte de la base de que quien comete errores no puede suspender pagos o quebrar, lo natural es que éste cometa excesos. Si asumimos que esos excesos son el subproducto natural del libre mercado, y no de la intervención estatal previa, lo natural será pedir que se regulen y supervisen sus decisiones. Y si se acusa del fiasco de la regulación y de la supervisión, no a la imposibilidad cognitiva de controlarlo todo, sino al insuficiente tamaño de los órganos reguladores y supervisores, entonces lo natural será exigir todavía más poder para los sóviets. Antes de enterrar a Hayek deberíamos comenzar por entenderlo.

Que la fatal arrogancia de los intervencionistas no nos arrastre a la Cuarta –o Quinta– Gran Depresión

Servicios e información no pueden ser dinero

Un agente económico puede producir bienes o proporcionar servicios; un servicio especial consiste en generar capacidad en los agentes (en sí mismo o en otros) para producir bienes o suministrar servicios (aprendizaje personal, entrenamiento, enseñanza, creación de organizaciones coordinadas).

Los servicios son acciones que un agente realiza para su beneficio o el de otros, pero que no son cosas transferibles. La capacidad de proporcionar esos servicios en general tampoco es transferible de forma simple, directa e inmediata (enseñar a otra persona a realizar una tarea es diferente de realizar esa tarea para el otro).

El dinero sirve como medio de intercambio indirecto, depósito de valor y unidad de cuenta. Los agentes económicos intercambian mercancías (bienes) o servicios (acciones), además de promesas de entregar o proporcionar bienes o servicios. Los servicios en general no pueden funcionar como medio de intercambio indirecto, depósito de valor o unidad de cuenta: por lo tanto el dinero base debe concretarse en alguna mercancía o bien constituido por un objeto o cosa material. La información o conocimiento es un bien especial, ligado al servicio de la enseñanza y el aprendizaje, pero tampoco puede funcionar bien como dinero.

Un mismo servicio no es intercambiable de forma sucesiva entre diferentes personas, y los servicios no son almacenables para preservar valor (no acumulo valor al recibir varios cortes de pelo sucesivos). Los servicios sólo pueden intercambiarse una vez (se reciben pero el receptor no puede a su vez transferir ese mismo servicio; yo recibo un masaje pero no puedo darle a otro ese mismo masaje), no pueden acumularse e intercambiarse múltiples veces en intercambios indirectos. La recepción y la prestación del servicio por una misma persona están por lo general desconectadas: si un agente sabe prestar un servicio puede hacerlo sin necesidad de recibirlo antes, y es posible recibir un servicio sin prestarlo después.

Los servicios sólo tienen valor de uso, carecen de valor de intercambio, luego su demanda no considera intercambios subsiguientes imposibles. Los bienes constituidos por objetos físicos sí son en general mercancías transferibles en múltiples intercambios sucesivos. Los servicios proporcionados por un agente a un receptor no son por lo general transferibles de nuevo a otra persona. El trabajo en sí no es transferible a terceros, pero sí lo son los productos resultado de la aportación laboral (no puedo revender el acto de pintar mi casa y que eso resulte en otra casa pintada, pero puedo vender mi casa recién pintada).

Algunos servicios requieren la presencia física del proveedor y contacto físico directo con la persona que los recibe o sus posesiones (arreglar un automóvil): trasladar el servicio es transportar a la persona que realiza el servicio (o a la persona u objeto que lo recibe). Los servicios relacionados con la información pueden proporcionarse de forma remota en la medida en que sólo requieran transmisión y procesamiento de información con los medios de comunicación adecuados (asesoramiento financiero, diagnóstico médico, enseñanza a distancia).

Los servicios son además difícilmente cuantificables, divisibles, fraccionables en unidades homogéneas o comparables (dependen del proveedor y de cómo se ejecutan): no sirven por lo general como unidad de cuenta.

La información es un bien especial que al ser inmaterial se proporciona como un servicio. Los servicios relacionados con el conocimiento y la información son especiales, ya que cada receptor se transforma en un portador y un transmisor en potencia: los datos pueden almacenarse e intercambiarse múltiples veces, y al transmitirse se reproducen una y otra vez generando copias de sí mismos (el maestro enseña al alumno una capacidad que él mismo no pierde; el emisor puede transmitir una información al receptor y conservar una copia).

La información o los datos se comunican y reproducen fácilmente, pueden almacenarse y transmitirse a costes relativamente bajos dependiendo de la tecnología, sobre todo en soportes externos. Algunos tipos de conocimiento son más difíciles de transferir de una persona a otra: la habilidad personal de hacer algo tiene que almacenarse en un cerebro humano de capacidad escasa, y el aprendizaje suele precisar bastante tiempo y esfuerzo.

La enseñanza consiste en facultar a otro para realizar una determinada tarea, para prestar un servicio (y posiblemente de forma recursiva para enseñar a hacerlo). Los servicios se proporcionan por encargo, no se producen y almacenan esperando a alguien interesado; pero la generación de la capacidad de prestar esos servicios sí es acumulable. El alumno atesora valor en su propia persona (capital humano) al adquirir una determinada capacidad que le permite realizar servicios específicos que puede vender en el futuro (un médico que cura pacientes enfermos, un narrador que cuenta una historia).

De la información y el conocimiento no importan sólo la cantidad sino sobre todo el contenido concreto y su relevancia o interés para las personas. Es un bien específico, no general, con oferta y demanda variables y valor muy inestable: no puede funcionar bien como dinero.

En la realidad existen cosas, acciones (procesos), energía e información. Algunos servicios especiales podrían tener ciertas características monetarias en la medida en que con la tecnología existente sean acumulables, transferibles, homogéneos y cuantificables: provisión de energía (no del material del cual extraer energía, sino la energía misma en múltiples formas), capacidad de procesamiento o transmisión de información (derechos de uso de un procesador o transmisor).

La refutación de la teoría cuantitativa (I)

En su The Theory of Prices, Arthur Marget insiste continuamente en que los economistas tienden a confundir la ecuación cuantitativa –M*V=P*Q– con la teoría cuantitativa del dinero. Si bien, como también sostiene Benjamin Anderson, la ecuación cuantitativa es una identidad contable irrefutable que tan sólo pone de manifiesto que el conjunto de los pagos realizados en una economía –M*V– es igual al conjunto de los cobros –P*Q–, la teoría cuantitativa asume la existencia de unas relaciones concretas entre las cuatro variables de la ecuación cuantitativa.

Aunque, como sucede con la teoría del capital, existen casi tantas teorías cuantitativas como economistas, Joseph Schumpeter, en su monumental Historia del análisis económico, tasaba en cuatro las proposiciones básicas que se encuentran presentes en cualquier teoría cuantitativa: a) la oferta monetaria (M) es una variable independiente de los precios (P) y del volumen de transacciones (Q); b) la velocidad del dinero (V) está determinada por factores institucionales y, o bien no varía, o bien varía muy lentamente; c) la cantidad de transacciones (Q) no depende de la oferta monetaria (M); y d) los cambios en la oferta monetaria (en M), a menos que vayan casualmente de la mano de cambios en la cantidad de transacciones (en Q), provocan variaciones mecanicistas en todos los precios de la economía, con independencia de cómo se haya producido esa variación en la oferta monetaria.

En efecto, si algo pretende probar la teoría cuantitativa es que, invariadas las restantes circunstancias, un incremento de M provocará un aumento proporcional de P, y para ello resulta necesario asumir que M es independiente de V y de Q (y V y Q de M) y que el aumento de P es una consecuencia de M y no al revés.

Pese a la popularidad lograda por la teoría cuantitativa, las cuatro hipótesis de partida son falsas. No quiero con ello negar que, en general, los aumentos de M no se traduzcan en ciertos incrementos de P –como decía Hayek, “desde un punto de vista práctico, pocas cosas podrían ser más graves que que el público dejara de creer en las proposiciones básicas de la teoría cuantitativa”–, pero en aras del rigor teórico es inadmisible que aceptemos a pies juntillas unos razonamientos muy de brocha gorda que nos ocultan las auténticas interrelaciones entre el dinero, el crédito y los bienes económicos. Por ello, en este artículo y en los siguientes, me centraré en analizar y refutar cada una de las cuatro hipótesis básicas de la teoría cuantitativa.

La primera de ellas es que M es una variable independiente de P y de Q; en otras palabras, la oferta monetaria es reputada como una variable exógena al sistema que no reacciona ni ante las variaciones del conjunto de precios ni del conjunto de transacciones económicas.

Tal como sucederá con respecto al resto de variables, en este caso hay un claro problema inicial de indeterminación: ¿qué entendemos por M, esto es, por la oferta monetaria? En términos estrictos, podríamos entender por oferta monetaria la cantidad de dinero en una sociedad, a saber, el conjunto de los bienes presentes con una elevada liquidez (por ejemplo, el oro, la plata…), lo que la economía neoclásica llamaría la base monetaria o M0; esto excluye de la oferta monetaria a los derechos de cobro, que no son dinero sino derechos a recibir dinero (por ejemplo, los depósitos bancarios). Con estos parámetros, la hipótesis de la teoría cuantitativa sería sólo levemente incorrecta: la cantidad de bienes presentes líquidos nos vendría dada y sería bastante independiente de P y Q. Sólo deberíamos adaptar la hipótesis para contemplar que la reducción de P (de los precios de la economía) supone un incremento del poder adquisitivo de M, lo que por lo general se traducirá en un incentivo a incrementar la oferta de dinero (si el poder adquisitivo del oro aumenta, la producción minera de oro también subirá).

El problema es que si sólo incluimos la cantidad de dinero en M, el resto de corolarios de la teoría cuantitativa se cae por su propio peso. Al cabo, es evidente que sobre los precios –al menos a corto y medio plazo– no sólo influye la cantidad de dinero, sino también la cantidad (y calidad) de promesas a entregar dinero. Por consiguiente, hemos de flexibilizar lo suficiente M como para incluir todas aquellas promesas pagaderas en bienes dinerables que se empleen como medio para saldar deudas (puede haber más de un bien presente líquido que actúe como dinero). Pero en ese caso, la hipótesis de que M es independiente de P y Q deja de ser cierta.

En efecto, uno de los factores que determina el volumen de las promesas de pago de una economía es la cantidad y el precio de los bienes que pueden emplearse como colateral de esas promesas de pago. Tomemos el caso de una letra de cambio: un incremento en la cantidad o en el precio de los bienes de consumo altamente demandados permite girar nuevas letras de cambio, aumentando de ese modo la cantidad de promesas de pago y la “oferta monetaria” (M). Análogamente, un incremento de la cantidad y del precio de los inmuebles permite a los bancos dispuestos a degradar su liquidez conceder hipotecas más cuantiosas, las cuales se traducen en una mayor cantidad de depósitos a la vista para los hipotecados y, por consiguiente, en un incremento de M.

En definitiva, la teoría cuantitativa ignora que la “oferta monetaria” es un resultado endógeno del proceso económico y no un dato exógeno que nos viene dado. Su obsesión teórica es unidireccional –M empuja al alza a P–, olvidándose de los efectos boomerang que existen –P empuja al alza a M–.

Una teoría cuantitativa más realista, blindada contra estos errores de fondo, debería considerar que M se divide en dos partes: el dinero y las promesas de entregar dinero (en ciertas formulaciones de la teoría cuantitativa sí aparecen diferenciadas, nosotros las llamaremos M’ y M’’ respectivamente). A su vez, debería tener en cuenta que el dinero (M’) es en realidad un subconjunto variable de Q (aquella porción de los bienes presentes que sean además líquidos), determinado por los procesos de monetización y desmonetización (cambios en la demanda monetaria) de unos bienes económicos que a su vez pueden producirse de acuerdo con las modificaciones de su rentabilidad. Y asimismo, habría que tener en cuenta que las promesas a entregar dinero (M’’) en parte estarán compuestas por otro subconjunto variable de Q que en muchos casos minorará, para evitar dobles contabilizaciones, M’ (los bienes presentes líquidos que se utilicen como garantía o respaldo de las promesas de pago) y en parte, si los agentes no se preocupan por su liquidez, por otro conjunto tremendamente fluctuante como es la oferta de bienes futuros (Q futuro) que se emplea como garantía para las promesas de pago presentes.

Por eso mismo, además, no sólo será relevante estudiar la cantidad de M, sino también su calidad: dado que la oferta de bienes futuros es muy incierta y está muy sometida a las oscilantes expectativas de los agentes, un incremento del valor presente de esos bienes futuros (por ejemplo, vía descensos de los tipos de interés) o una mejora generalizada de las expectativas (propia de auges y burbujas) generará emisiones masivas de promesas de pago presentes contra bienes futuros (aumentos de M’’) que serán aceptadas por todos los agentes a su importe nominal; en cambio, reducciones del valor presente de los bienes futuros o empeoramientos generalizados de las expectativas limitarán la emisión y la aceptación de esas promesas (muchas de las cuales podrían dejar de circular salvo a grandes descuentos, lo que les restaría casi cualquier influencia sobre P).

En todo caso, relajando la hipótesis aquí considerada es evidente que la teoría cuantitativa queda seriamente tocada: si una variación autónoma de P puede generar una variación de M, habrá que buscar otras explicaciones para las variaciones de P más allá de los cambios en M; y si un incremento de Q puede dar lugar a un aumento de M, también es evidente que no todo aumento de M generará un alza de P. En otras palabras, la teoría cuantitativa tradicional deja de ser una teoría general capaz de explicar todas las variaciones del conjunto de precios de una economía y pasa a ser una teoría particular aplicable sólo a unas condiciones particulares y bajo unas restricciones muy concretas.

¿Por qué hay que regular los mercados financieros?

Quieren regulación y supervisión draconiana. En EEUU ya cuentan con una nueva legislación, y el resto del mundo está preparando el terreno con Basilea III (nótese que se trata ya del tercer parto regulatorio, con los nulos resultados que hoy padecemos).

¿Qué tendrán los bancos y las compañías financieras para que deban soportar una mayor regulación que el resto del sector privado? Sí, podemos decir que son empresas opacas, o sombrías, pero la duda sigue siendo razonable. ¿Qué diferencia al bancario de los demás sectores? ¿Qué le hace tan peligroso para que haya de estar tutelado por numerosos organismos públicos? Una cosa, esencialmente una: los privilegios que el Estado le ha conferido.

Decía Bastiat que el Estado era una gran ficción por la cual todo el mundo trataba de vivir a costa de los demás; pero lo cierto es que lo que te da con la mano izquierda te lo quita con la derecha. Pues bien, con la banca sucede algo parecido: después de inflarla a privilegios que serían incomprensibles si la beneficiaria fuera una compañía mercantil al uso, quienes la inflaron insisten ahora en que es absolutamente necesario hipercontrolarla.

En fin: tantas prebendas se les han entregado, que los bancos han terminado por convertirse en una bomba de relojería.

Repasemos: primero se presiona a los bancos centrales para que refinancien a todos los bancos privados, es decir, también a las entidades ilíquidas e insolventes; luego, cuando los propios bancos centrales se han convertido en estercoleros incapaces de manejar sus pestilentes activos, se suspende temporal o permanentemente la convertibilidad de sus pasivos: es decir, se concede al sistema bancario el privilegio de que… ¡no pague sus deudas! Acto seguido, los papelitos impagados de los bancos centrales (y de los bancos privados) se convierten en dinero de curso forzoso, al que se protege con toda una serie de intervenciones (prohibición de la tenencia de dinero alternativo, obligatoriedad de abonar los impuestos con dinero fiduciario, sujeción del dinero alternativo al impuesto sobre las plusvalías…), y finalmente, merced a esa sustitución monetaria, los bancos privados adquieren la capacidad de incrementar su iliquidez tanto como lo deseen: los bancos centrales devienen prestamistas de última instancia que protegen al chiringuito financiero del colapso originado por su cadena de impericias.

La suerte está echada. El Estado, al proteger al sistema financiero de sus propias temeridades –diría más: al promover activamente que las cometa–, coloca el patrimonio de todos nosotros al borde del abismo. Si cae el castillo de naipes de la banca, caemos nosotros. Simplona conclusión socialista: como se trata de un sector tan sensible, y con tantas ramificaciones, no queda más que domeñarlo, esto es, someterlo a los designios del poder político.

Ya tenemos, por consiguiente, el cuadro al completo: el Estado habilita a la banca para que cometa tropelías con total impunidad y sin que afronte el riesgo de la quiebra, y luego, cuando las consecuencias toman las más espantosas de las formas, clama que el negocio bancario es harto peligroso si no se le cargan fabulosos contrapesos.

¿En qué contrapesos está pensando el Gobierno? No, desde luego, en los que mejor funcionan, aquellos que operan en el mercado libre y que taimadamente quitó de en medio. Y es que el Estado no está interesado en regresar a un modelo de banca prudente y al servicio de sus clientes; más bien pretende emplear los privilegios bancarios en provecho propio.

De hecho, es lo que está haciendo en estos mismos momentos. ¿O quiénes creen que están sufragando los descomunales déficits públicos con que los gobiernos están machacando a las generaciones venideras? Pues… la misma banca a la que presuntamente se quiere doblegar. El contubernio entre el poder público y el sector financiero no es nuevo: los políticos despilfarran, los banqueros se lucran y la sociedad paga los platos rotos. Ahora, más que nunca, si cabe.

No hay otra. Señores políticos: si de verdad quieren poner fin a los desmadres crediticios, desregulen. Pero desregulen de verdad. Es decir, liberalicen. No se enroquen en un sistema que ora promueve el crecimiento del crédito, ora nos arrastra al estancamiento.

El inicio del fin de las cajas

Y es que, con esta declaración se deja una puerta abierta a la privatización total de la entidad, saltando así una espita que hasta ahora permanecía cerrada.

Cuando PP y PSOE acordaron el pasado verano la reforma de la Ley de Órganos Rectores de Cajas de Ahorro (LORCA), la mayoría de analistas y medios de comunicación centraron su atención en las grandes líneas básicas que contenía la norma, tales como la posibilidad de emitir cuotas participativas de hasta el 50% del capital con "derechos políticos" similares a las acciones de una compañía privada, la posibilidad de integrarse en un Sistema Institucional de Protección (SIP) para facilitar la financiación en los mercados o la tan manida profesionalización de las directivas.

Sin duda, medidas todas ellas relevantes en comparación con la regulación de cajas de ahorro existente hasta entonces. Sin embargo, muy pocos destacaron el cambio más trascendental y revolucionario contenido en la reforma: la privatización total de las cajas.

La Ley permite a las cajas optar entre un abanico de cuatro figuras jurídicas, según convenga o decida cada una, con el fin de adaptarse del mejor modo posible a la crisis financiera que azota a España. Las citadas vías son: mantenerse como caja de ahorros; integrarse en un Sistema Institucional de Protección (SIP) que, en realidad, no es otra cosa que una unión de cajas; ceder su negocio financiero a un banco, pero manteniendo su condición de caja (conservando el 50% del capital); y, finalmente, transformarse en fundación.

Esta última opción es, precisamente, la que permite la privatización total de la entidad. En ese caso, la caja (que ya no sería tal) cedería todo su negocio financiero a un banco en el que participa de forma minoritaria (menos del 50% del capital). Y, según la ley, al perder el control mayoritario, la entidad estaría obligada a convertirse en una mera fundación dedicada exclusivamente a obras sociales, sin posibilidad de gestionar tan siquiera su cartera industrial.

Así pues, transformarse en fundación permite la privatización total de las cajas y su reconversión en bancos, ya que el capital privado pasaría a controlar la entidad. Hasta ahora, la necesaria reestructuración financiera se ha iniciado mediante la fusión de cajas y configuración de SIPs, de modo que el número de entidades pasará de 45 a 18. Sin embargo, esta primera ronda no ha solventado el principal problema de las cajas: la acumulación y concentración de créditos inmobiliarios de alto riesgo que, en muchos casos, nunca serán devueltos. La cuestión es que las cajas precisan captar nuevo capital para tapar tales agujeros o bien fortalecer sus balances de cara a las nuevas exigencias que impone Basilea III.

El ejercicio resultará imposible para muchas de ellas si se empeñan en mantener su estatus de caja de ahorros o SIP ya que, en tal caso, el control de la entidad seguirá en manos de los políticos, lo cual desincentivará la entrada de nuevos inversores mediante la emisión de cuotas participativas. Pero si la caja se convierte en fundación, cediendo el control mayoritario al capital privado (banco), el panorama cambiaría por completo, ya que facilitaría enormemente la captación de fondos. La primera caja que opte por esta vía no sólo sentará un valioso precedente sino que, muy posiblemente, saldrá fortalecida de la crisis, marcando de paso el camino correcto al resto.

Impago de la deuda pública. Hacia la crisis monetaria.

La perspectiva de negros nubarrones que planean sobre la economía española, fruto del incremento del gasto público y el descontrol de las cuentas públicas, fue tan intensa en mayo de 2010 que la Unión Europea, enarbolando el Pacto de Estabilidad, trató de revertirla frenando en seco las pretensiones populistas del gobierno socialista. Pese a todo, el peligro ni mucho menos se ha desvanecido, como demuestra el nuevo repunte de la prima de riesgo de la deuda pública experimentada estas últimas semanas por países de los llamados PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, España), y las nuevas presiones al gobierno español para que ataje el déficit y ponga en marcha reformas estructurales.

Los tenedores de las promesas de pago del sector público son en su gran mayoría bancos comerciales, instituciones de inversión, aseguradoras y Bancos Centrales. Así pues, cualquier deterioro en la solvencia del sector público supondrá pérdidas e incluso la quiebra de estas instituciones, y la ruina de sus respectivos acreedores: depositantes, ahorradores, asegurados o tenedores de moneda, respectivamente. Veamos un poco más en detalle el desarrollo de este proceso.

  • Se produce un hundimiento del mercado (altos tipos de interés) de los bonos de deuda pública, que empiezan a reflejar la creciente prima riesgo. Las caídas en el precio de la deuda pública provocan agujeros implícitos en los balances de las instituciones financieras.
  • Estas instituciones ya vienen tocadas por la crisis de deuda privada, que ha desencadenado agujeros contables por la doble causa conjunta de morosidad y caída de los precios de los bienes reales (sector inmobiliario) que respaldaban los títulos que los representaban (préstamos).
  • La creciente falta de solvencia de este nuevo deudor –el sector público– implicará una presión adicional sobre los activos bancarios y, de su mano, la creciente inquietud de los depositantes.
  • La retirada masiva de fondos o depósitos de los bancos puede correr como la pólvora y hacerse patente la incapacidad de atender a esas promesas de pago inmediato por parte de los bancos.

En el caso que nos ocupa, España, existe una gran parte de su deuda pública en posesión de las entidades financieras privadas alemanas. No es de extrañar el resquemor del pueblo alemán hacia España, pues el impago por parte de la Administración española supondría que, con sus impuestos, habrían de realizar un esfuerzo adicional para la recapitalización de sus bancos afectados.

Pero los males no se paran aquí. El sistema monetario y cambiario, así como la estabilidad monetaria, están íntimamente vinculados con el resto del sistema financiero y con las prácticas presupuestarias del sector público.

El proceso, esquemáticamente, viene a ser el que sigue. Los operadores de los mercados empiezan a barruntarse que el Banco emisor se está viendo obligado a comprar toda esa deuda pública dudosa, en manos del sector financiero, para impedir un colapso bancario completo. Empezará a haber una huida de la moneda y una tendencia a la depreciación monetaria.

Es en esta tesitura cuando pueden aparecer los “ataques contra la moneda” o “tormentas monetarias”. Éstos tienen su origen en la crisis de deuda pública y no en ninguna extraña confabulación antipatriota. Para entenderlo, no hay que hacer más que una analogía con la relación entre los depositantes y los bancos comerciales en las crisis. En el caso de los depósitos, se manifiesta el deseo de los depositantes de convertirlos en dinero antes de que se establezca algún corralito o suspenda pagos el banquero; mientras que en el de la moneda, se trata de cambiarlo a otra moneda (o comprar bienes líquidos) antes de que su precio se hunda definitivamente. Los tenedores de la moneda emitida por ese Banco Central empezarán a temer por la capacidad de sostener el valor de una divisa cuyo respaldo (activo) tiene una composición de cada vez peor calidad.

Y es que es incompatible con el objetivo europeo de estabilidad monetaria el que los Bancos Centrales inflen sus activos con creciente deuda pública, originada por las políticas de rescate, primero, del sector privado y, posteriormente, del público. Los ataques acelerarán el proceso de huida a monedas extranjeras que ya se había iniciado, es decir, la región monetaria afectada experimentaría una fuerte fuga de capitales.

Así se explica el malestar del pueblo alemán hacia los países PIIGS. Se ven teniendo que pagar los platos rotos de la mala política crediticia y económica española, en tanto que ambas naciones comparten la misma moneda y hay un notable grado de integración económica y financiera. Si hay tormentas monetarias y se desploma el euro, no sólo los españoles –grandes culpables del desaguisado– verán languidecer su calidad de vida.

Es por eso que se oyen voces en círculos europeos que piden a gritos que si España no es capaz de reducir su déficit público, sea expulsada del euro antes de arrastrar a toda la UE.

¡Especuladores, llévense su dinero de España cuanto antes!

La situación económica europea actual es tremendamente delicada. El rescate de Grecia y la insolvencia de Irlanda han puesto de manifiesto la verdadera viabilidad de las economías periféricas, los llamados PIIGS. Portugal parece ser el siguiente en declarar su insolvencia y la situación con España es incluso más crítica, ya que la magnitud de este rescate sería difícilmente abordable por el resto de los socios europeos.

Pocos se fían ya de las finanzas de los PIIGS, en especial la de España. El tan cacareado Fondo de Rescate de 750.000 millones de euros se presenta como insuficiente para salvar la situación española. En realidad, este Fondo no llegaría ni a unos 350.000 millones de euros en caso de tener que rescatar a España.

Poco ha tardado el Ejecutivo en culpar a los especuladores de todos los males de España y en hablar del famoso “ataque especulativo”, que encarece la deuda y desestabiliza los mercados. Cualquier cosa antes que admitir su responsabilidad. Como si los problemas de España viniesen de tener unos puntitos más de deuda… En fin, que ya sabemos que para el gobierno todo aquel que compra deuda nacional es un inversor, y todo aquel que la vende o no compra es un malvado especulador que quiere hundir a España.

En realidad, sí que dependemos de los inversores/especuladores. Son los únicos que pueden salvarnos. ¿Cómo? ¿Comprando deuda nacional? No, todo lo contrario: llevándose su dinero de España inmediatamente. Cuanto más rápido, mejor. Ya tardan.

Hay dos principales motivos por los cuales esta huida de capitales sería un beneficio para todos.

El primero, porque es imprescindible dejar de financiar los despilfarros del gobierno español con cargo a nuestra riqueza. Es necesario que los inversores protejan el dinero y la riqueza de los depredadores estatales. Más adelante, cuando los tiempos les sean más propicios, podrán volverlo a traer, invirtiendo en España y enriqueciéndonos a todos. Pero ahora hay que evitar a toda costa que el gobierno siga dilapidando su riqueza para cumplir con sus objetivos partidistas, electoralistas y particulares, que no coinciden especialmente con los de los ciudadanos de a pie. En el momento en que una gran parte de inversores huya de España, al gobierno no le quedará más remedio que fomentar medidas que reviertan la situación: menos impuestos, menos burocracia, menos regulación y más seguridad jurídica.

El segundo y no menos importante motivo por el cual los especuladores deben abandonar sus inversiones en España es que de esta manera se forzaría al gobierno a realizar verdaderos cambios estructurales ante la amenaza de poder quebrar. Cambios que incluso un gobierno populista como el actual no podrá evitar. Ya hemos visto algunos de ellos, como la supresión de los ministerios de Vivienda e Igualdad. Cosa que parecía imposible estando un Ejecutivo tan marcadamente socialista como el actual en el poder. Pero no ha tenido más remedio. Y es que el actual Estado del Bienestar es insostenible. Simplemente. Sólo puede perpetuar sus crecientes funciones mediante más deuda y más afán recaudatorio… hasta la quiebra definitiva del país (ya se sabe que en algún momento las deudas se tienen que pagar con riqueza real). Así que la única salida que tendrá si no recibe financiación extra será limitar sus funciones si no quiere entrar en default.

Lamentablemente, esta parece ser la salida que nos queda a los españoles: que los inversores ayuden a que los Estados se limiten.

Terrorismo económico antipatriota

España no es Irlanda, nos dicen, y quien opine lo contrario no es más que un irresponsable propagador del terror económico y enemigo del Estado español.

Desde que comenzó la crisis hemos tenido varias escenas similares. Quizá la más sobresaliente sea la que protagonizaron miembros del Gobierno, con Zapatero a la cabeza, diciendo que aquí no nos iba a afectar la crisis subprime de los americanos. ¡Cómo nos iba a afectar, con un sistema adecuadamente regulado por las autoridades, lejos del capitalismo salvaje estadounidense!

Tras varios meses negando empecinadamente la crisis y acusando de antipatriotismo a la oposición, no hubo más remedio que decir que sí, que bueno, que estamos en crisis, pero que ésta se debía a la crisis financiera global originada en los Estados Unidos. En esos momentos había que preocuparse lo justo para aplicar algún plan de estímulo que les permitiera decir lo mucho que estaban haciendo por sostener el empleo y la actividad económica. Llevar a cabo reformas estructurales se veía como algo innecesario, ¿para qué, si contamos con un sistema que es paradigma de protección a los trabajadores y diálogo social?

Nuevamente el tiempo les quitó la razón, y se vieron obligados a anunciar medidas que fueron vendidas de ambiciosas, en un claro y firme compromiso del Gobierno de capear la situación, sin importar los costes políticos en los que se incurrieran. Se trataba de un ejercicio de responsabilidad, nos decían. La misma responsabilidad que les ha llevado a aprobar una reforma laboral muy tímida, y unos recortes del gasto que todavía están por ver.

Entretanto, se fueron sucediendo los ataques del Gobierno a la presunta conspiración de los inversores internacionales por hundir a España. Querido inversor, compre nuestra deuda pública, pero por favor, no sea tan avaricioso y especulador de venderla.

Ahora toca decir que España no tiene nada que ver con Irlanda, que nuestra situación económica está a años luz de la de los tocados PIGS. ¿No veis, panda de ignorantes especuladores, que el ratio de deuda pública respecto al PIB está en un nivel envidiable?, argumentan.

En este contexto, a quienes no comulgan con la visión oficial del Ejecutivo, se les vuelve a tildar de antipatriotas cuya máxima afición es sembrar el terror con el objetivo de hundir a España, para así quitar a Zapatero del poder. ¡Tamaño ejercicio de irresponsabilidad!, acusan.

Y uno se ve tentado a responder: ¿de qué responsabilidad están hablando, señores políticos socialistas? ¿De la responsabilidad por la que han cerrado los ojos ante una realidad más que evidente, siendo incapaces de tomar medidas duras y necesarias e implementarlas? ¿De la responsabilidad por la que han mentido constante y descaradamente a la ciudadanía?

Es la responsabilidad de los irresponsables, de aquellos que nos están abocando al borde del precipicio… como ya han hecho a lo largo de nuestra historia.