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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

La refutación de la teoría cuantitativa (y IV)

La última de las hipótesis en las que se basa la teoría cuantitativa es la de que los aumentos en M darán lugar a incrementos automáticos y mecanicistas en los precios con independencia de cómo se haya originado y extendido ese incremento en M. La proposición puede tener dos significados: uno más restrictivo y otro más flexible. El primero se correspondería con sostener que todos los precios particulares se mueven en idéntica proporción a la variación de M; el segundo, que P (el nivel agregado de precios; una media de todos los precios de la economía) aumenta o disminuye en la misma proporción que lo hace M, lo que permite que haya precios particulares que suban o bajen siempre que la variación de la media de todos ellos sea proporcional a la de M.

La primera de estas dos interpretaciones, que coincide con la célebre hipótesis de la neutralidad del dinero, es indudablemente falsa. Como ya descubriera Richard Cantillon –de ahí el famoso Efecto Cantillon– las variaciones en los precios particulares de la economía dependen de los circuitos por los que se introduzcan los nuevos medios de pago. Con independencia de que el aumento de M proceda de un aumento de dinero (M’) o de promesas a entregar dinero (M’’), lo cierto es que los precios que con mayor intensidad y rapidez se incrementarán serán los de aquellos bienes en los que primero se gasten los nuevos medios de pago.

Y dado que al comienzo esos nuevos medios de pagos se gastarán antes de que el conjunto de precios de la economía haya aumentado, todos los agentes económicos se verán forzados o incentivados a modificar sus patrones de gasto y con ellos los patrones de producción dentro de la economía. Es decir, aunque podría resultar verosímil la afirmación de que si todos los precios (incluidas las rentas) aumentaran un 10% no se producirían cambios en los patrones de gasto y producción de la economía, en el caso de que sólo la renta monetaria de un solo agente aumenta un 10%, parece claro que sí acaecerán redistribuciones en la disposición y producción de los bienes y servicios de una economía.

En definitiva, los aumentos de M no pueden traducirse en incrementos equiproporcionales de todos los precios por el simple hecho de que el dinero y las promesas de pago entran en la economía a través de ciertos circuitos (el gasto de los productores de dinero o el gasto de los deudores que generan promesas de pago) y es a través de esos circuitos por donde se va extendiendo la inflación de precios.

Nos queda, sin embargo, valorar el realismo de la interpretación flexible de esta cuarta hipótesis de la teoría cuantitativa, a saber, que la variación de la media de los precios es proporcional a la variación de la cantidad de medios de pago. En principio, de manera aislada nada tenemos que objetar contra la misma, pues si el resto de erróneas hipótesis de la teoría cuantitativa se asumen ciertas, la interpretación flexible de esta cuarta hipótesis deviene cierta por una necesidad lógica y matemática. Es decir, si V y Q no varían ante cambios en M (es decir, si todos los medios de pago se emplean para adquirir la misma cantidad de bienes y servicios en idéntico lapso de tiempo) por fuerza la variación en la media de los precios ha de ser proporcional a la variación en la cantidad de medios de pago. Es, como ya hemos venido diciendo, una simple identidad contable que tan sólo iguala el importe de los pagos efectuados (M*V, siendo en este caso V constante) con los cobros recibidos (P*Q, siendo en este caso Q constante).

Por ejemplo, si en una economía donde cada año (V) se gastan 1.000 onzas de oro (M) en comprar un televisor y un automóvil (Q) que cuestan 200 y 800 onzas respectivamente (P), aumenta la cantidad de medios de pago a 2.000 onzas de oro y los patrones de gasto se modifican de tal forma que esa economía pasa a gastar 1.500 onzas en comprar un televisor y 500 en comprar un automóvil, tanto el índice Paasche como el índice Laspayres de precios se incrementarán en un 100%, que es justo lo que ha aumentado M (de hecho, si Q no varía ambos índices son iguales), por mucho de que el precio de los televisores haya aumentado y el de los automóviles haya caído. Estamos ante una simple identidad: si ahora gastamos 2.000 onzas en comprar los mismos bienes que antes, la suma de los precios de todos ellos será igual a 2.000 onzas (justo el doble que cuando gastábamos en esos mismos bienes 1.000 onzas).

Otra cuestión es la relevancia que esta conclusión merezca dentro del análisis económico. Al cabo, lo que guía las decisiones individuales no es el nivel agregado de precios, sino los precios relativos y como vemos los precios relativos sí pueden variar, originando cambios a medio plazo en Q y por tanto volviendo inaplicable la teoría cuantitativa como marco teórico para una economía dinámica.

Por tanto, siendo generosos podemos concluir que la teoría cuantitativa será casi siempre falsa (cuando se incumpla alguna de sus tres principales hipótesis) y en las pocas ocasiones en que resulte cierta, será irrelevante. Muy pocas nueces para todo el ruido teórico que ha generado en los últimos cien años.

Un Pacto contra el Euro

El ahora denominado "Pacto por el Euro" pretende implantar una serie de reformas estructurales en los países miembros a cambio, eso sí, de facilitar la ampliación y flexibilización de Fondo de rescate para países insolventes.

Su objetivo principal consiste en "eliminar las rigideces de las economías domésticas" para evitar una nueva crisis de deuda como la actual, capaz de tambalear los cimientos mismos de la moneda única. Una finalidad que, sin duda, suena bien a priori. Sin embargo, en realidad, dicho pacto adolece de gravísimos defectos, por lo que su implementación no sólo no alcanzará los resultados esperados –incrementar la competitividad– sino que, además, causará importantes problemas.

En cuanto a las reformas pretendidas, el pacto incluye retrasar la edad de jubilación a fin de sostener el sistema público de pensiones, ligar los salarios a la productividad, flexibilizar el mercado de trabajo, fijar por mandato constitucional un nivel máximo de deuda y déficit, así como homogeneizar el Impuesto de Sociedades a nivel comunitario. Aunque algunas de estas medidas van en la buena dirección, la cuestión clave es que se trata de una mera declaración de intenciones, cuya plasmación y validez es muy incierta.

Y es que, al fin y al cabo, su aplicación real dependerá en última instancia de la voluntad particular de cada gobierno. El pacto no ha incluido un duro sistema de sanciones automáticas en caso de que algún país incumpla alguno de los puntos pactados, tal y como exigía la canciller Merkel. Es decir, los gobiernos díscolos y desobedientes seguirán sin recibir su merecido castigo.

La ausencia de sanciones invalida por completo el acuerdo, convirtiéndolo en papel mojado. No obstante, cabe recodar que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento ya fija un límite de déficit y deuda –3% y 60% del PIB, respectivamente– que es de obligado cumplimiento para todos los miembros del club euro y, pese a ello, ha sido violado en un total de 97 ocasiones hasta 2010 sin ninguna o apenas consecuencias para los incumplidores. Y eso que se trata de uno de los principios fundacionales básicos para garantizar la supervivencia del euro, así que es fácil suponer que pasará con el resto de medidas recién aprobadas, mucho menos relevantes para el funcionamiento de la Unión Monetaria, como es el caso de la flexibilización laboral o salarial. Introducir cláusulas constitucionales para limitar el gasto público sin las debidas sanciones comunitarias en nada cambia el esquema vigente.

Pero es que, además, el famoso Pacto aboga por mantener el sistema público de pensiones, que es insostenible por naturaleza tal y como acabamos de experimentar en España. De este modo, la mayoría de los europeos seguirán sin contar con la posibilidad de avanzar hacia un sistema de capitalización mucho más beneficioso para sus intereses. Por último, la armonización del Impuesto de Sociedades a nivel europeo mediante la imposición de tipos mínimos comunes a todos los estados miembros vulnera de forma explícita la soberanía fiscal de cada país, viola la siempre deseada competencia fiscal –un principio liberal básico– y perjudica en gran medida la ya de por sí débil competitividad europea, ya que dicha "armonización" maquilla de forma hipócrita una subida generalizada de impuestos para muchas empresas del continente.

Hasta aquí la primera parte del Pacto. La segunda será mucho peor tanto para los intereses de los europeos como para el futuro del euro. La ampliación y flexibilización del Fondo de Estabilidad Financiera insiste en el error de rescatar a países insolventes. En este sentido, cabe recordar que Bruselas vendió a la opinión pública que el establecimiento del Fondo serviría para calmar a los mercados y evitar el temido efecto contagio a otros países de la Unión. Hasta ahora, su fracaso ha sido rotundo. Las primas de riesgo de los países más débiles de la zona euro siguen marcando valores máximos, y tras el rescate de Grecia e Irlanda todo indica que Portugal tardará poco en caer.

Sin embargo, más allá de su probada ineficacia, mantener un Fondo de estas características implica socializar y diluir responsabilidades concretas haciendo uso del dinero de todos los contribuyentes europeos. En caso de aprobarse definitivamente en la próxima cumbre del 24 y 25 de marzo será, sin duda, uno de los grandes errores de la historia de la Unión por varias razones: porque viola los tratados fundacionales de la UE y la propia Constitución germana; porque su aplicación no resolverá la situación de los países afectados; porque, a la larga, supondrá más inflación; y, en esencia, porque incurre en el mismo y terrible "riesgo moral" propio de los rescates públicos, consistente en privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Así pues, ¿"Pacto por el Euro"? Más bien al contrario.

Dinero, unidad de cuenta y cálculo económico

Si no existiera dinero, en un sistema económico con N bienes (o servicios) intercambiables habría N(N-1)/2 precios o relaciones de intercambio posibles. Estos precios no serían completamente independientes entre sí: si el precio de un intercambio directo entre dos bienes no coincide con lo que se conseguiría con un intercambio indirecto entre esos dos mismos bienes (con uno o varios bienes diferentes como intermediarios), habría oportunidades de arbitraje para utilizar el proceso de intercambio que procurase más beneficios; las variaciones de demanda y oferta de bienes por estos mecanismos alterarían los precios relativos hasta ajustarlos de modo que solamente queden N-1 precios independientes (este proceso se verá limitado por los costes de transacción y de recopilación y procesamiento de información).

Los agentes en este sistema sin dinero pueden operar conociendo y recordando todos los precios de los intercambios que suelen realizar o computándolos a partir de un conjunto básico arbitrario (potencialmente diferente para cada agente) de precios independientes que permita generar todos los demás según sea necesario (conociendo el precio de A respecto a B y el precio de B respecto a C es posible calcular el precio de A respecto a C), o con una combinación de ambos sistemas (recordando algunos precios y calculando otros). Para un sistema complejo con un elevado número de bienes ambas opciones son problemáticas, ya sea por la cantidad de información a almacenar o por la necesidad de su procesamiento. Además estos precios de trueque directo pueden variar constantemente.

La existencia de dinero con un poder adquisitivo o valor estable minimiza estos problemas de información sobre precios relativos: los N-1 precios fundamentales a utilizar son los de todos los demás bienes respecto al dinero; la relación de intercambio entre dos bienes cualesquiera se calcula a partir de sus precios monetarios.

El dinero utilizado como unidad de cuenta común simplifica el problema de la contabilidad, del cálculo económico de los resultados de los negocios. Siempre es posible comparar el patrimonio de dos agentes económicos, por muy distinto que sea, y las variaciones del mismo, mediante los precios de todos los bienes involucrados respecto a algún otro bien arbitrario que sirva como referente de comparación o unidad de cuenta. Pero si se utilizan referencias diferentes es posible que la relación entre ambas no sea estable y estas variaciones pueden dificultar las comparaciones relativas. El dinero sirve como estándar o lenguaje universal mediante el cual expresar precios, valoraciones del patrimonio o capital y resultados de la actividad del negocio (beneficios o pérdidas).

El uso de diferentes nombres para referirse a cantidades distintas del mismo dinero mercancía (monedas) es un problema de conversión relativamente sencillo. Es mucho más problemático utilizar unidades de cuenta referidas a bienes distintos cuyo valor relativo puede cambiar.

En una economía con finanzas desarrolladas el dinero se transforma en algo progresivamente más abstracto: los agentes pueden preservar o incluso aumentar valor mediante instrumentos financieros muy seguros, y pueden utilizar complementos o sustitutos monetarios en lugar de intercambiar materialmente el dinero físico. Estos hechos pueden llevar a algunos a caer en el error de creer que el dinero puede ser cualquier cosa sin valor real decretada coactivamente por el gobierno como referencia común, que la unidad de cuenta es un estándar arbitrario (como los de las unidades de las magnitudes físicas) que puede y debe imponerse y optimizarse desde el poder político intervencionista en lugar de dejar funcionar la adaptación evolutiva institucional.

También se puede recurrir a alterar el valor del dinero para presuntamente ajustar de forma fina diversas variables macroeconómicas (más crecimiento y empleo a cambio de inflación). En realidad los tecnócratas al mando del monopolio monetario estatal fracasan sistemáticamente en sus empeños de optimizar la actividad económica, no son capaces de estabilizar adecuadamente el valor del dinero, distorsionan la unidad de cuenta, dificultan el cálculo económico y provocan ciclos recurrentes de auges y depresiones.

La existencia de múltiples divisas nacionales de curso legal forzoso, no convertibles en dinero físico a tasas fijas y de variaciones relativas arbitrarias agrava aún más el problema de encontrar unidades comunes estables a nivel universal: el problema se reduce si los ciudadanos pueden al menos escoger libremente entre estas divisas en competencia para sus transacciones comerciales.

Falta de crédito

Uno de los comentarios que más se suele repetir en tertulias de carácter político y económico es que la banca comercial está dificultando la salida a la crisis por no conceder créditos. Esta acusación suele formularse con bastante frecuencia en ámbitos como el inmobiliario, donde los vendedores culpan a las entidades de crédito de haber sido la causa de la cancelación de operaciones de compraventa al negarse a realizar un posible préstamo a un potencial comprador. También en el ámbito de la pequeña empresa suele oírse numerosas veces esta queja, cuando, por ejemplo, pólizas de crédito que antaño se renovaban sin ninguna dificultad no siguen el mismo proceso.

Las entidades de crédito obtienen una fuente considerable de sus beneficios a través de la concesión de préstamos y créditos. Por tanto, a priori, resultaría extraño que se negasen a realizar dichas actividades si no existiese algún motivo. El mercado financiero, como cualquier otro mercado, tiene su propia oferta y demanda. Por un lado, demandan dinero todo tipo de personas, sociedades e instituciones que solicitan algún tipo de crédito, préstamo o empréstito. Por otro lado, la oferta estaría formada por los propios fondos propios de estas entidades de crédito (capital y reservas) más su pasivo exigible, es decir, el dinero que a su vez solicitan prestado a ahorradores, bajo la forma de cuentas corrientes, libretas de ahorro, imposiciones a plazo fijo, y otras figuras. Dado que el sector bancario está fuertemente apalancado, los fondos ajenos son considerablemente superiores a los propios, por lo que la oferta estaría fundamentalmente representada por el ahorro.

El mercado financiero, además, presenta otra serie de peculiaridades. El primero proviene del hecho de que todas las operaciones se realizan a crédito. Es decir, mientras que si acudimos a comprar un determinado bien o servicio normalmente se puede optar por pagar al contado o a crédito, en el mercado financiero, el pago siempre se va a producir a crédito: se solicita un préstamo o un crédito que se devolverá en un determinado plazo de tiempo. Además, se da la circunstancia de que la diferencia entre los plazos de los ahorradores y los demandantes de crédito suele ser considerable. Por ejemplo, una persona que abra una cuenta corriente puede demandar la totalidad de su importe en cualquier momento, sin previo aviso. Cuestión distinta ocurre en las imposiciones a plazo fijo, donde el ahorrador se compromete a mantener su dinero inmovilizado durante un plazo de tiempo cierto. No obstante, la demanda de crédito suele tener plazos superiores. Así, una póliza de crédito de campaña puede acordarse por un plazo de seis meses, mientras que los préstamos hipotecarios pueden tener una vida de décadas.

Por tanto, las disponibilidades de crédito, en principio, dependen del ahorro existente y del plazo en que éste se haya materializado, y su coste también dependería de esos factores. También influirían otros factores como la solvencia del demandante, las garantías que pueda ofrecer o los plazos en que pretenda materializar la devolución.

Sin embargo, el sistema presenta más actores. De un lado, las instituciones financieras pueden a su vez prestar y pedir prestado dinero en el denominado mercado interbancario. Y, por otro lado, existe el banco central, que actuaría como banco de bancos, presentando una peculiaridad importante, y es que él mismo se fija su retribución unilateralmente dada su condición de monopolio. Esto tiene un efecto inmediato sobre el mercado, dado el volumen e importe de operaciones que puede realizar. Por tanto, en un mercado sin banco central, si se demanda mucho crédito, pero apenas existe ahorro, la retribución subiría hasta que más ahorradores se sintiesen motivados y más demandantes de créditos desechasen realizar las operaciones por el alto coste. En sentido contrario, si el ahorro es elevado, pero existe muy poca demanda por dicho ahorro, el interés de las operaciones irá bajando de forma que el crédito se haga más atractivo, y el ahorro baje.

Al aparecer el banco central, las reglas cambian, y ya no son los ahorradores, los demandantes de crédito y los plazos los que van a fijar el interés de las operaciones, sino que éstos se van a ver influidos en extremo por el tipo que fije el órgano correspondiente de dicho banco. Esto trae consecuencias, ya que el ahorro y la demanda de crédito se ven influidos fundamentalmente por un tercero, que no tiene que tener en cuenta las condiciones que los anteriores hubiesen pactado en un mercado libre. De hecho, durante casi una década, los bancos centrales han estado impactando en estos tipos de interés hacia la baja, sembrando las condiciones que luego dieron ocasión a la actual crisis, cuando los inversores acometieron proyectos de muy reducida rentabilidad, inducidos por su política de “dinero barato”.

Tampoco debemos olvidar el hecho de que si un banco decidiese unilateralmente y sin motivos restringir el crédito a un cliente, y que la competencia inexplicablemente siguiese sin concedérselo, éste podría acudir a otros canales, ya que la banca comercial no tiene el monopolio concesión de préstamos, cuestión que puede comprobarse en las emisiones de empréstitos que realizan con periodicidad grandes empresas e instituciones (en las que la banca no deja de ser un mero intermediario y es el cliente quien presta directamente dicho dinero al emisor). Adicionalmente, a nivel particular siempre se han producido operaciones crediticias (aunque de menor importe) entre sociedades o particulares. Por tanto, las instituciones de crédito no pueden denegar operaciones sin responder a la lógica económica de la oferta y la demanda, o a las condiciones que fijan los propios bancos centrales, que son los únicos que pueden escapar en cierta medida al libre juego de la oferta y la demanda.

Alemania vota quiebra

Su partido (CDU) ha fracasado estrepitosamente en la primera gran prueba de fuego con las urnas, ya que aún restan otras seis citas regionales en 2011 de cuyo resultado dependerá la consolidación de su liderazgo o bien la ratificación de su futura derrota electoral a nivel federal.

Se trata de un hecho relevante para determinar cómo se resolverá la crisis de deuda pública que sufre la zona euro y, por tanto, la nueva configuración de la Unión Monetaria, eje del debate político que se desarrolla en Bruselas desde hace meses. Lo importante aquí es que Merkel está siendo vapuleada por los electores pese a la buena evolución económica del país germano, con un crecimiento del 3,6% en 2010 y una tasa de paro del 7,4%, la más baja desde 1992.

¿Cómo es posible? El castigo de los alemanes no viene determinado tanto por la situación interna sino, más bien, por el desarrollo de los acontecimientos a nivel europeo. El votante medio rechaza frontalmente el rescate de países miembros –Grecia e Irlanda, por el momento– tolerado por su Gobierno. Y es que el pueblo alemán está a favor de las quiebras soberanas en el seno de la Unión. Lo cual es lógico, pues es plenamente consciente de que el coste de dichos rescates recaerá finalmente sobre su bolsillo. No obstante, una cosa es pagar la reunificación germana y otra muy distinta asumir la factura de los dispendios griegos, irlandeses, portugueses o españoles.

Merkel lo sabe, de ahí precisamente su plan de quiebra ordenada de países, pero también es consciente de que su implantación levantará ampollas entre sus colegas de la zona euro, muchos de los cuales (los países díscolos) abogan insistentemente por la creación de los ansiados eurobonos, no sólo para salvar la situación actual sino para garantizar igualmente la financiación de sus despilfarros futuros.

De ahí que, poco a poco y paso a paso, vaya cobrando fuerza la idea de combinar el denominado "Gobierno económico europeo" con el establecimiento del "mecanismo de estabilidad financiero permanente", cuyas líneas generales serán discutidas en una cumbre europea clave prevista para el próximo marzo. La aprobación de estos dos planes paralelos supondrá el mayor cambio político y económico de la Unión Europea desde la implantación del euro.

¿Y esto qué significa? Las claves del gobierno europeo están contenidas en el famoso Pacto de Competitividad ideado por Alemania y Francia. Un proyecto que contempla algunos aspectos positivos, tales como ligar la evolución de los salarios a la productividad, y no a la inflación como sucede en España, y otros muy negativos como, por ejemplo, aplicar una presión fiscal homogénea en todos los países miembros.

A ello se sumaría, por supuesto, el endurecimiento de las sanciones para los gobiernos que incumplan los límites máximos de déficit (3% del PIB) y deuda (60%) que marca el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, tal y como defiende el propio Banco Central Europeo. ¿Funcionará? El problema es que dicho Pacto nunca se llegó a aplicar en serio: en la UE se registraron 97 casos (país/año) de déficits por encima del 3% hasta 2010, y de éstos menos de un tercio (29) coincidieron con una gran recesión interna, con lo que no habría base alguna para justificar los 68 casos restantes.

Así pues, el primer punto se resumiría en más Estado europeo y menor soberanía nacional. El segundo, el plan de quiebras, consistiría en aplicar quitas a los tenedores de deuda pública mediante el intercambio de bonos. Es decir, en lugar de los préstamos actuales, el Fondo de rescate europeo proporcionaría una especie de bonos de reemplazo, garantizados por el conjunto de la zona euro, que el gobierno en cuestión podría ofrecer a aquellos acreedores cuya deuda venza, pero sólo bajo la condición de que acepten un descuento (haircut) de entre el 20% y el 50% sobre el valor nominal. Es muy posible que en marzo se despejen muchas dudas. Por el momento, los votantes alemanes ya han dado su opinión.

Público contra las agencias de rating

El reportaje es sorprendente porque demuestra que la izquierda sigue viviendo en otro planeta, en una realidad alternativa en la que todos sus dogmas ideológicos encuentran acomodo.

Los hechos: las agencias de rating –Moody’s, Fitch y Standard and Poor’s– son un oligopolio privado construido por los Estados; muy en particular por Estados Unidos y Europa. Hasta los años 70, el mercado de estas compañías se encontraba abierto a la competencia; las diversas agencias prestaban un servicio de asesoría financiera: si una persona o una institución quería invertir en un bono de, por ejemplo, General Motors, podía acudir a alguna de las numerosas agencias y pedir su opinión, previo pago por el servicio. A partir de los años 70, Estados Unidos comenzó a exigir indirectamente que todas las emisiones llevaran asociadas una calificación especial que sólo podía ser proporcionada por aquellas agencias que contaran con una licencia emitida por la SEC (la CNMV yanqui). De este modo, las agencias con licencia se convertían en un cartel aislado del resto de potenciales competidores (empresas sin licencia) y sus clientes pasaban a ser, no los individuos o empresas que querían invertir en deuda, sino las compañías que deseaban emitirla. Posteriormente, los países europeos que suscribieron Basilea II ratificaron este cartel, pues el tratado sólo permitía a las agencias "internacionalmente reconocidas" (las tres de arriba) emitir calificaciones que el tratado reconociera como válidas.

El resultado de este blindaje es de sobras conocido: las agencias de rating han fracasado estrepitosamente durante esta crisis y, sin embargo, siguen gozando de muy buena salud. Es lo que suele suceder con los monopolios de verdad. En este caso, los clientes últimos de las agencias no son las empresas que emiten deuda, sino los reguladores; pues son ellos quienes exigen que la deuda privada se evalúe exclusivamente en esas tres agencias.

Ahora vayamos a la información de Público: según este nada tendencioso diario, estas agencias han perjudicado gravemente la economía porque al principio de la crisis inflaron artificialmente los ratings de las subprime y demás activos tóxicos pero luego, cuando los benevolentes Estados comenzaron a gastar y gastar sin freno, redujeron taimada y de nuevo artificialmente los ratings de la deuda pública, dificultando y encareciendo el endeudamiento estatal.

Si es que estas agencias son unas desagradecidas: primero los Estados les conceden un lucrativo oligopolio privado y luego los castigan rebajando falsamente su solvencia. ¿O no? Puestos a conspirar, ¿no sería más lógico pensar que debe de haber un contubernio entre estas tres empresas y los Estados que las han agraciado con numerosos privilegios para mantener artificialmente inflados sus ratings?

En cualquier caso, me temo que sólo alguien muy alejado de los mercados puede creerse que los grandes inversores deciden comprar o vender la deuda pública en función de las calificaciones de estas agencias; los ratings sólo sirven para calcular los requisitos de capital del sector financiero… y poco más (esos requisitos de capital tan dados a manipulaciones contables inducidas por los propios Estados para no reconocer que su banca está quebrada). Es un hecho constatado que primero los tipos de interés suben porque los inversores huyen en desbandada de la deuda pública y sólo bastante tiempo después y a regañadientes las agencias degradan sus calificaciones. ¿Cómo se explica si no que el tipo de interés de España se disparara durante noviembre de 2010 sin que estas agencias modificaran su rating?

Es más, ¿no habíamos quedado en que si los tipos de interés subían era por los malvados especuladores que vendían al descubierto? ¿Qué pintan ahora las agencias de rating? ¿Son condiciones necesarias para las subidas? ¿Suficientes? ¿O más bien irrelevantes? Para cierta izquierda, todos, todos son culpables salvo… ¿adivina? Sí, los propios Estados que se están endeudando de manera insostenible y que amenazan con impagar sus obligaciones.

Y sobre el supuesto conflicto de intereses que detecta Público mejor no hablamos demasiado. El razonamiento es tan brillante que no merece mucho comentario: como el sector financiero es el principal cliente de las agencias de rating (son los que realizan más emisiones de deuda que requieren de calificación) y, al mismo tiempo, es el principal inversor en deuda pública, es evidente que las agencias han bajado las calificaciones de la deuda pública para que el sector financiero perciba mayores cobros en concepto de intereses. Fantástico, sólo tiene un problema: ¿en qué beneficia a los bancos que han invertido millonadas en deuda pública que los tipos de interés suban y suban hasta el punto de abocar a la quiebra a Estados como Grecia, Irlanda o puede que Portugal y España? ¿Tan tonta es la plutocracia neoliberal que gobierna el mundo?

Doce consejos clave para invertir en bolsa

Batir las rentabilidades que ofrece el mercado en bolsa a través de los diferentes índices bursátiles está tan sólo al alcance de un puñado de privilegiados, los grandes conocedores del Value Investing. A continuación, sus doce principios básicos para invertir.

1. Peter Lynch (1944), gestor de Magdellan Fund: “La renta variable es el activo más rentable a largo plazo”; “la gran ventaja de invertir en acciones, para quien acepte la incertidumbre, es la extraordinaria recompensa por tener razón”.

En los últimos 200 años, frente a una inflación media del 4%, las letras y los bonos han ofrecido una TAE del 5%, mientras que la renta variable arroja una rentabilidad media anual cercana al 10%.

2. Warren Buffett (1930), presidente de Berkshire Hathaway: “La renta variable es el activo menos arriesgado a largo plazo”; “el riesgo proviene de no saber lo que se está haciendo”.

La evolución de la renta variable está ligada al crecimiento económico y los beneficios empresariales. Por el contrario, los bonos del estado dependen de las políticas económicas que adopten los estados correspondientes, muchas veces inflacionistas y, por tanto, destructoras del valor.

3. Mario Gabelli (1942), presidente de Gamco: “Pocos gestores consiguen batir a los índices bursátiles en el largo plazo”. ¿La clave? “El conocimiento convencional sólo arroja rendimientos convencionales”.

Tan sólo el 9% de los gestores norteamericanos ha logrado batir al índice S&P 500 a lo largo de 16 años. La razón es la ausencia de disciplina y los continuos cambios de estrategia en los que incurren la mayoría de los gestores de fondos. El no mantener una misma filosofía y estrategia de inversión resulta devastador para el rendimiento a largo plazo.

4. Charlie Munger (1924), vicepresidente de Berkshire Hathaway: “Toda inversión inteligente es value investing, adquirir algo por menos de lo que vale”. Los gestores de vlue investing son los únicos que consiguen batir a la bolsa a largo plazo.

5. Friedrich A. Von Hayek (1899-1992), premio Nobel de Economía, referente de la Escuela Austríaca: “La volatilidad y la liquidez de una acción no son representativos de su riesgo”. La mayoría de modelos de inversión tan sólo miden lo que es medible “no lo que importa”.

6. John Templeton (1912-2007), fundador de Templeton Funds: “Las crisis bursátiles son inevitables y permiten una importante creación de valor”; “las cuatro palabras más peligrosas en la historia de la inversión han sido esta vez es diferente“.

7. John Neff (1931), inversor norteamericano: “Tener un mal comportamiento a corto plazo es inevitable”; “No es simpre fácil invertir en lo que no es popular, pero es la forma de obtener rendimientos sobresalientes”.

8. Jim Rogers (1942), cofundador de Quantum Fund: “No merece la pena guiaerse por las previsiones económicas”; “para tener éxito invirtiendo es necesario entrar pronto, cuando las cosas están baratas, cuando hay pánico, cuando todo el mundo está desmoralizado”.

9. Christopher H. Browne, presidente de Tweedy Browne Funds: “No invertir nunca en empresas sobrevaloradas”; “hay que buscar el valor intrínseco de la acción, de la manera que harías en cualquier otra compra”.

10. Benjamin Graham (1894-1976), precursor del value investing: “No dejar que las emociones guíen las decisiones de inversión”: “conseguir rendimientos satisfactorios es más sencillo de lo que la gente piensa. Obtener rendimientos sobresalientes es mucho más duro de lo que la gente imagina”.

11. Walter Schloss (1916), inversor estadounidense: “No intentar predecir el movimiento de la bolsa a corto plazo”; “la timidez generada por fracasos del pasado provoca que la mayoría de los inversores se pierdan los mercados alicisas más mimportantes”.

12. Francisco García Paramés (1963), director de inversiones de Bestinver: “Entender que la paciencia es la principal virtud del inversor exitoso”; “lo más fascinante del Value Investing es que el tiempo siempre juega a tu favor”.

Estos doce consejos e ideas básicas para invertir están contenidas y desarrolladas en el cuaderno 12 Principios del Value Investing, editado por Bestinver.

¿Quién crea los desequilibrios, Bernanke?

En opinión del presidente de la Fed, el déficit exterior de EEUU va de la mano del superávit exterior chino, de modo que para "enfriar" los flujos de capital desde Asia a Norteamérica habría que dejar que el mercado revaluara el yuan (restando competitividad a los chinos y minorando su superávit).

El simplismo de Bernanke es sin duda pavoroso, casi tanto como que semejante cabeza esté dirigiendo la Reserva Federal y el futuro del dólar. Como ya expliqué en otras ocasiones, los dólares que consigue China y que reinvierte en Estados Unidos no proceden de otro sitio que de la expansión crediticia que de continuo implementa el sistema bancario yanqui asistido por la Reserva Federal. Cuando los bancos generan mucho crédito, parte del mismo se filtra al extranjero –a China– para, finalmente, acabar regresando a Estados Unidos en forma de inversión extranjera.

Por supuesto, si China dejara flotar su divisa, el yuan se encarecería y una parte del crédito estadounidense que ahora se dirige a importar mercancías, se quedaría dentro del país. Pero, ¿cuál sería en tal caso la diferencia para Bernanke? ¿Qué más le da que el crédito de EEUU se vaya a China y vuelva desde allí a EEUU a que, en cambio, se quede dentro del país sin pasar por el gigante asiático? Pues parece que sí le da, porque Bernanke lo quiere es envilecer el dólar –generar inflación– y mientras los estadounidenses puedan comprar a precios fijos o decrecientes las importaciones chinas, esa inflación interna se diluye enormemente o se concentra en ciertos productos muy escasos que –como las materias primas– ni siquiera China puede fabricar a corto plazo en grandes cantidades.

Lo que teme Bernanke, pues, no es que se genere otra burbuja con el crédito artificial que él está estimulando a crear, sino que sea incapaz de provocar una intensa inflación para así diluir el valor real de las deudas y estafar a los acreedores estadounidenses (internos y externos). He ahí expuesta en toda su miseria la preocupación por el déficit exterior, el (falso) ahorro asiático y los desequilibrios internacionales.

La autocrítica del FMI

En la última comparecencia con el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, dedicó una buena parte de la rueda de prensa a destacar un informe del Fondo Monetario Internacional en el que el organismo hace autocrítica por no haber sabido identificar la naturaleza y la magnitud de la crisis económica. Zapatero resaltaba que mil doscientos economistas, entre los mejores del mundo, no fueron suficientes para adelantar al mundo lo que se venía encima. ¿Cómo criticarle a él, todavía pendiente de las dos clases que le iba a dar Jordi Sevilla, por haber fallado miserablemente, como el organismo?

Más allá de las estrategias políticas, lo cierto es que el informe tiene importancia. Estudia el Desempeño del FMI en el período previo a la crisis financiera y económica y recoge numerosas muestras de cómo falló de forma sistemática. Se dice que un economista es una persona dedicada a predecir el pasado, o a explicar mañana por qué no ocurre hoy lo que dijo ayer. Quien lo dijese puede que pensara en el Fondo Monetario Internacional. Todas las explicaciones sobre su propios fallos son razonables. Los distintos departamentos no comparten informaciones y análisis y ello dificultó “vincular los fenómenos macroeconómicos con los financieros”. Sus informes son autoreferenciados, y “rara vez se hizo referencia al trabajo de analistas externos que señalaban el aumento de los riesgos en los mercados financieros”. Los economistas veían “fuertes desincentivos para ‘decirles la verdad a los poderosos’, especialmente en los grandes países”. Cedieron a las presiones políticas de algunos gobiernos y cayeron en la autocensura.

Pero de los cuatro capítulos en que divide las razones que expone para su fracaso, el más importante es el primero: “Deficiencias analíticas”. Y señala sobre todo dos. La primera es haber caído en el “pensamiento de grupo“, que consiste en ajustar el discurso a lo que se cree que es el consenso en el ámbito en que se mueve. Ello hace caer en falta de espíritu crítico. Y la segunda la constituyen, propiamente, las “limitaciones en los enfoques analíticos”. Es decir, recurrir a ideas económicas erróneas.

Expresado de forma breve, el FMI reconoce que erró al creer que los sistemas financieros actuaban de forma eficiente y eran capaces de “redistribuir los riesgos entre los más preparados para asumirlos”. Esta crítica, que es ya un lugar común, lleva a muchos, acaso también al FMI, a considerar que aquí se produce un fallo del mercado y que, en consecuencia, hay que subsanarlo con más, o al menos mejor, regulación. Sin duda, este reconocimiento es insuficiente. La crisis no se ha producido por una mala distribución de los riesgos, sino porque la producción se ha desviado, de forma masiva, hacia sectores productivos que no eran sostenibles. La crisis es, precisamente, el mecanismo del mercado que hace aflorar toda la gigantesca descoordinación entre producción y preferencias de las personas en cuanto a consumo y ahorro.

Lo cual nos lleva a una segunda autocrítica, la asunción de que no reconoció las relaciones entre el mundo financiero y el desempeño macroeconómico, así llamado. Porque el sistema financiero es el gozne entre las decisiones sobre liquidez y ahorro y el sistema productivo. Si hubiera una correspondencia entre las decisiones de los ahorradores y los préstamos concedidos por la banca, es decir, si quedasen ajustados los plazos de ahorro con los de inversión y préstamo, no se produciría este desorden generalizado y sistemático entre ambos, aunque aún cabrían graves descoordinaciones, por el papel de los bancos centrales, que son el eje de ese gozne. Esta idea, por cierto, fue recogida en un informe del propio Fondo Monetario Internacional. Luego sí, necesitamos una mejor regulación.

Hay toda una escuela, o al menos un conjunto de saberes e ideas económicos, que va más allá de los austríacos y que no sólo sirve para entender lo que ha ocurrido, sino que ha servido para prever la crisis, explicándose por el modo en que el sistema financiero, gravemente intervenido por los Estados, ha diseminado su semilla. Si es cierto que el FMI no ha mirado fuera para ganar en entendimiento sobre lo que estaba pasando, más lo es que ha arrinconado a esta tradición de pensamiento, con la que hubiese salido ganando de haberle prestado atención.

Ahora llega el momento de la reforma, para evitar al menos algunos de los motivos que han llevado al organismo a engañarse y engañar al mundo sobre la marcha de la economía global. Pero no podrá esquivarlos todos. Es un organismo público y está sometido a las servidumbres características de la gestión burocrática. Por eso lo mejor que puede hacer es cerrar.

España debe quebrar

Ya son bastantes los analistas que creen que España suspenderá pagos. A estas alturas, ya no parece que sea una imposibilidad metafísica caer en default. Ante esta situación, existirán tres posibles "soluciones": utilizar algún fondo de rescate, monetizar deuda o dejar quebrar al país. Yo apuesto claramente por la tercera, es decir, dejar que España quiebre.

Me explico. El Fondo de Rescate ha demostrado ser un error tanto en la práctica como en la teoría. En la práctica, sólo hace falta ver a Grecia. Se le inyectaron 110.000 millones de euros, de los cuales 80.000 millones los pagamos todos los europeos. No han servido absolutamente para nada. Un coste que no recuperaremos y que tiene un coste de oportunidad brutal. Esto ya nos lo avanzaba la teoría: si se regala dinero a un país, no tendrá ningún incentivo de realizar reformas estructurales serias. A esto hay que unirle que, en realidad, este Fondo no llegaría ni a unos 350.000 millones de euros en caso de tener que rescatar a España.

Monetizar deuda sería otro peligroso error. A pesar de que es un recurso bastante usado por muchos bancos centrales de países como EEUU, Japón y Gran Bretaña, utilizar la política monetaria no arreglará los problemas europeos. Poner la máquina de imprimir billetes del BCE en marcha (y, por tanto, crear dinero de la nada) para adquirir obligaciones de Estados y empresas en dificultad lo único que conseguirá será devaluar el euro estrepitosamente (aunque sea de forma indirecta), además de incorporar a su balance bonos de baja o nula calidad crediticia a precios sobrevalorados. Esto sin contar que vulnera los principios básicos sobre los que se ha construido la Unión Monetaria.

Finalmente nos queda la opción de dejar quebrar a España, o a cualquier país que se encuentre en situación similar. Esto es, para empezar, una medida justa. ¿Para quién? Para el resto de contribuyentes europeos, principalmente alemanes, que deberían costear el rescate multimillonario español. Y es que lo justo no es que las finanzas públicas de los países miembros de la zona euro y el FMI soporten la enorme carga, sino que el coste del rescate lo sufraguen los tenedores de la deuda del país quebrado.

La quiebra de España sería también una buena medida para desincentivar el gasto desaforado y demás malas prácticas de otros Estados de la eurozona. Los estados se darían cuenta de que pueden quebrar y que de ser así no van a ser salvados, con lo que su endeudamiento sería mucho más prudente. De hecho, conseguirían bastante menos financiación por parte de los mercados porque éstos tendrán muy en mente que los países quiebran realmente (no sólo en la teoría), y estarían muy atentos a quién prestan su preciado dinero.

Volviendo a España, su quiebra (o incluso el riesgo real de quiebra) fomentaría verdaderas y necesarias reformas estructurales. Sin embargo, si fuera rescatada se perpetuarían muchos de los problemas actuales e imposibilitaría grandes reformas. Esto es lógico, los gobiernos se resisten a llevar a cabo cambios costosos y sustanciales en el Estado del Bienestar porque les pueden suponer mucha impopularidad e incluso la pérdida de elecciones (que es lo que realmente les importa). Sólo tomarán estas medidas si no les queda más remedio, es decir, por el riesgo de quiebra del país o cuando el país ya está quebrado.

La salud económica de España no pasa simplemente por suprimir el ministerio de Igualdad y poner parches al sistema público de pensiones (que también), sino por: reducir el peso y volumen del Estado notablemente eliminando muchas de las funciones de ministerios e incluso eliminando ministerios enteros; privatizar empresas, servicios y bienes estatales para ayudar a pagar la monstruosa deuda que tiene el Estado; transformar drásticamente el mercado de trabajo; desregular, agilizar y dinamizar las actividades económicas; reducir los impuestos para dar oxígeno financiero a particulares y empresas; eliminar el Impuesto de Sociedades para fomentar la creación de empresas, evitar que desaparezcan PYMES cada día y para atraer capitales extranjeros que generen trabajo, prosperidad y riqueza; que el Estado deje de gastar y endeudarse como si no existiese un mañana, entre otras muchas cosas.

El núcleo de la cuestión es crear un país dinámico y vivo de ciudadanos emprendedores, maduros y responsables, en vez de una sociedad parasitaria e inmóvil.

Y para ello es necesario que España quiebre. Esta es la realidad. Lo siento.