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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Problemas del dinero mercancía

El dinero como objeto físico es un bien duradero pero no eterno ni inmutable: puede estropearse de algún modo (gradual o abrupto), deteriorarse accidentalmente o intencionalmente, de forma honesta o fraudulenta, y perder calidad o valor, llegando incluso a desmonetizarse. La concentración de valor y la naturaleza homogénea e indistinguible de las monedas las hace especialmente vulnerables al robo. El mantenimiento de reservas monetarias tiene un coste de oportunidad importante, especialmente para los comerciantes que deben realizar grandes pagos con alta frecuencia. Además ocasionalmente puede haber escasez de dinero para las necesidades del comercio.

Los agentes económicos han generado complementos y sustitutos monetarios (fichas, papel moneda como resguardo de depósito o certificado de deuda, cuentas corrientes, cheques, billetes de banco, transferencias, recibos, pagarés, letras de cambio), sistemas y medios de pago que permiten economizar el uso del dinero mercancía y minimizar sus problemas.

Las monedas estandarizadas permiten no tener que analizar y pesar metales preciosos en cada intercambio, sino que basta con contar unidades monetarias. Cada moneda suele llevar grabada alguna imagen o texto que indican la cantidad y pureza certificada de su contenido de metal precioso (oro, plata) recién producida y la identificación del acuñador o certificador. La acuñación ha mejorado históricamente de forma progresiva conforme avanzaban las tecnologías de manipulación de los metales preciosos, produciendo monedas más resistentes, fáciles de reconocer y difíciles de manipular. Los costes de acuñación son relativamente mayores para las monedas de menor valor, lo cual puede originar problemas de escasez de cambio.

El valor nominal coincide con el valor real en una moneda nueva adecuadamente certificada. Con el uso una moneda puede desgastarse, perdiendo contenido metálico y calidad: cierta abrasión por fricción es inevitable; además son posibles diversas manipulaciones deshonestas mediante las cuales se extrae intencionalmente metal precioso de una moneda (raspar, limar o sudar la moneda, recortar los bordes, esquilado). Las técnicas más primitivas de acuñación producen monedas con bordes irregulares: la acuñación del canto permite distinguir si se ha producido algún recorte. En una moneda dañada o alterada el valor nominal no se corresponde con el real, y la diferencia puede ser despreciable o apreciable en distinto grado, dificultando el funcionamiento del patrón monetario.

Puede surgir un conflicto en un intercambio negociado a un precio determinado si el comprador intenta entregar una moneda de mala calidad y el vendedor no la acepta por su valor nominal: entonces o el comprador entrega una moneda de calidad suficiente, o se renegocia el precio, o el intercambio no se produce. Cada comprador puede intentar deshacerse primero de sus monedas de peor calidad, y cada vendedor que acepta recibir una moneda imperfecta debe considerar la posibilidad de que la misma no sea a su vez aceptada por su valor nominal cuando quiera usarla para comprar a otros. La necesidad de vender (preferencia por la liquidez, soberanía del consumidor o comprador) puede llevar a los vendedores a aceptar monedas cada vez más deterioradas mientras que se atesoran las de mejor calidad: así las monedas más gastadas tienden a desgastarse aun más con el uso. Una moneda suficientemente deteriorada puede ocasionar tantos problemas en los intercambios que merece la pena asumir los costes de su reciclaje o reacuñación, en su misma forma o en otra diferente.

Es importante distinguir el buen dinero del que no lo es. Algunas personas pueden intentar producir falsificaciones de las unidades monetarias, objetos que se parecen mucho a las monedas auténticas pero sin su mismo contenido metálico. El oro y la plata son difíciles de falsificar, pero es posible producir monedas con aleaciones impuras o piezas cuyo interior sea diferente de su cubierta exterior. También es posible declarar un valor nominal mayor que el valor real. Los gobernantes a menudo incrementan sus ingresos mediante el envilecimiento de la moneda generalmente combinado con leyes de curso legal forzoso.

Tener el dinero encima implica un riesgo de amenazas y daños físicos por un ladrón violento; es posible esconder el dinero atesorado, pero esto dificulta su uso para intercambio y posibilita el hurto si es descubierto; el transporte de grandes cantidades de dinero implica altos costes de protección. Algunos agentes económicos (joyeros, cambistas, bancos) pueden especializarse en guardar el dinero de otros. Los certificados de las cantidades depositadas para su guardia y custodia pueden intercambiarse en lugar de las monedas, con el problema de que alguien debe asumir los costes de almacenamiento y protección.

Al tener guardado el dinero de muchas personas, un banco puede servir como un sistema de pagos centralizado: en lugar de intercambiarse dinero físico, una persona ordena a su banco que transfiera una cantidad de su cuenta a la del receptor (en el mismo banco o en otro diferente), o que le entregue esa cantidad de dinero físico al presentar algún justificante; la orden puede realizarse directamente por cada comprador a su banco, o mediante la entrega de un cheque del comprador al vendedor, o mediante la presentación previa de una factura o recibo por el vendedor al banco del comprador (debiendo éste aceptar el pago). Los cheques o recibos pueden resultar impagados si el pagador no dispone de fondos en su cuenta en el momento de su presentación a cobro. Los documentos pueden ser falsificados: algunos requieren algún tipo de firma o identificación, otros son impersonales (al portador, sin identificación) y tienen los mismos riesgos de robo que las monedas.

Algunos intercambios no se pagan al instante: son intercambios diferidos en los cuales el vendedor concede crédito al comprador y acepta una promesa de pago en el futuro más o menos próximo. Estas promesas de pago (por el deudor) o derechos de cobro (para el acreedor) pueden ser aceptadas por terceras personas, circular y dar origen al uso de la deuda como medio de pago o dinero.

La errática política monetaria: Introducción

El dinero fiduciario no sólo genera innúmeros problemas para la estabilidad y la prosperidad de ahorradores y tenedores de moneda. Aunque pueda parecer paradójico, también añade numerosas dificultades a la labor de su emisor, los bancos centrales. Y es que estos institutos de crédito, una vez suspendida la convertibilidad de sus pasivos con respecto a sus reservas de oro, se vuelven absolutamente ciegos a la hora de gestionar el dinero fiduciario.

Exactamente, ¿cuál debe ser el criterio a seguir a la hora de determinar lo que se ha conocido como “política monetaria”? Como analizaremos próximamente, el asunto era relativamente sencillo y obvio cuando debían mantener la convertibilidad de sus pasivos con el oro: debían hacer lo posible para no poner en peligro esa convertibilidad. Mas, abandonado éste, ¿por qué deben preocuparse? ¿Qué variables son las que deben determinar sus niveles de endeudamiento o la cantidad y calidad de sus activos?

En los meses venideros dedicaremos diversos artículos a analizar los distintos criterios que se han ido propugnando para guiar la actuación de los banqueros centrales, si bien, grosso modo, ya podemos anticipar que se dividirán en dos grandes grupos: aquellos criterios que concentran su atención en minimizar el envilecimiento del dinero fiduciario (buscando estabilizar algún objetivo de nivel general de precios, de masa monetaria o de tipo de cambio) y aquellas que intentan influir en la actividad económica (dirigiendo su atención al nivel de desempleo, la evolución del PIB nominal, los tipos de interés). Asimismo encontraremos otras que, como la regla de Taylor o el sostenimiento del sistema bancario, combinan el mandato dual de preservar el valor de la moneda e impulsar la actividad económica.

Al concluir la serie comprobaremos que no existe ninguna guía infalible para la actuación de los bancos centrales en un sistema de dinero fiduciario y que, por tanto, la política monetaria, lejos de tener un carácter científico, no es más que pura superstición económica. Demostraremos que sólo la obligación de convertir las deudas del banco central en un activo que sea enormemente líquido –como es el caso del oro– permite garantizar un sistema monetario y crediticio sano que no distorsione de manera negativa ni al valor de los medios de pago ni a la actividad productiva. Pero eso será en los siguientes artículos.

La lenta agonía de los PIGS

Y es que el proyecto concebido por la UE, el BCE y el FMI para salvar a las economías más débiles parte de un grave error conceptual y estructural: no es posible solventar un problema de deuda añadiendo más deuda. Hasta el momento, las autoridades internacionales tan sólo se han dedicado a refinanciar un endeudamiento que, de partida, ya era insostenible.

Además, las medidas exigidas para que los gobiernos rescatados ajusten sus brutales agujeros presupuestarios se han centrado, por desgracia, en subir de forma generalizada los impuestos sin abordar un drástico recorte de la figura estatal. No obstante, y pese a que el rescate heleno se articuló hace casi un año, Atenas ha tenido la desfachatez de anunciar ahora un programa de privatizaciones de empresas y organismos públicos por valor de 50.000 millones de euros, equivalente a casi el 23% de su PIB. ¿Resultado? El rescate de países ha consistido en una transferencia ingente de recursos por parte de los contribuyentes de los socios comunitarios a gobiernos irresponsables para que éstos sigan manteniendo en pie sus elefantiásicas estructuras estatales sin grandes sacrificios. Y ello, con el único objetivo de salvar a los acreedores, es decir, a los bancos europeos que prestaron erróneamente dinero a estos países.

Con tales mimbres no es de extrañar el actual fiasco. Grecia cerró 2010 con un déficit público del 10,5% del PIB y una deuda superior al 140%. Además, se prevé que su nivel de endeudamiento se aproxime al 160% del PIB en 2011, mientras que en el caso irlandés dicho umbral será alcanzado en 2014. Simplemente, insostenible: imposible de devolver en ausencia de profundas reformas estructurales para impulsar el crecimiento y la aplicación de una histórica dieta a pan y agua para su sector público. El problema es que nada hace pensar que tales recetas vayan a ser asumidas por tales Estados, y mucho menos aceptadas por sus respectivos electores.

Así pues, dejando de lado el caso portugués –cuyo rescate está pendiente de aprobación definitiva, aunque muy probablemente seguirá los pasos de Grecia e Irlanda–, la temida suspensión de pagos inicia su andadura en la zona euro. Un nuevo escenario de cuya resolución dependerá, en gran medida, el futuro de la propia Unión Monetaria tal y como se ha concebido hasta ahora. Alemania parece que, al fin, rechaza seguir pagando la factura de los desmanes cometidos por otros gobiernos, abriendo así la puerta al famoso plan de "quiebra ordenada" de países antes de lo previsto inicialmente (2013).

Sin embargo, tal y como expresó el propio ministro de Finanzas germano, esta opción sólo es posible si Atenas acepta la reestructuración de forma voluntaria. De ahí, precisamente, que la prensa alemana, orientada por Berlín, haya filtrado una hipotética salida del euro de los griegos en un intento por forzar su suspensión de pagos. El mensaje alemán es claro: "Hay algo peor que la quiebra". Y es que, efectivamente, la opción de abandonar al euro sería, sin duda, el peor de los mundos posibles para los helenos: corralito financiero y devaluación brutal de sus ahorros y de su escasa riqueza.

Pero el escenario del default abre también nuevas incógnitas. La principal, su coste; no sólo para los bancos extranjeros sino también para los nacionales. No obstante, la quiebra de Atenas supondría el colapso de su banca y abultadas pérdidas para los incautos particulares que confiaron en su Gobierno. Además, dado el volumen de préstamos concedido por el Banco Central Europeo (BCE) a la banca y gobierno helenos, una quita del 50% abriría en su balance un agujero próximo a los 100.000 millones de euros, con lo que también precisaría de un rescate.

Por su parte, el caso de Irlanda radica en su problema bancario. Dublín y Bruselas son ya plenamente conscientes de que el enorme volumen de activos tóxicos será imposible de digerir para las cuentas públicas con lo que, de mantenerse el actual plan, el país también se verá abocado a la bancarrota. Así pues, la lenta agonía de los PIGS continúa, ya que las medidas aprobadas sólo se centran en los efectos de la crisis de deuda sin rozar tan siquiera la raíz: el vergonzoso rescate público de la banca, el asfixiante peso estatal sobre la economía, los históricos desequilibrios presupuestarios, las subidas de impuestos, la ausencia de serios recortes públicos y la falta de inéditas reformas para impulsar el crecimiento.

La producción de dinero

El dinero es un bien duradero, no perecedero: la masa monetaria o su cantidad existente en un momento dado en una región determinada (o en posesión de una persona o grupo) está constituida por las existencias monetarias acumuladas en un momento anterior más los flujos que la incrementan o reducen durante el periodo comprendido entre ambos instantes. Flujos positivos son la producción local de nuevo dinero y la recepción de dinero del exterior; flujos negativos son las pérdidas o deterioros locales del dinero y las entregas al exterior.

El dinero no es algo dado sino que es necesario producirlo. En un mercado libre qué es dinero y quién y cómo lo produce son cuestiones relacionadas pero diferentes: qué bien se utiliza como dinero es una cuestión institucional en la cual participan todos los individuos que lo entregan y aceptan como medio de pago. La producción de bienes monetarios debe ser tal que su poder adquisitivo sea alto y estable: en un buen dinero, como el oro, la nueva producción a nivel global es relativamente pequeña en comparación con las existencias acumuladas y no sufre grandes oscilaciones; además la producción de dinero debe estar acoplada a la producción de todos los demás bienes y servicios (no ser independiente del resto de la actividad económica).

En una sociedad libre con división del trabajo todo el mundo emplea el dinero, lo ofrece y lo demanda al comprar y vender bienes y servicios: pero no todo el mundo produce dinero, y sus productores no disfrutan de ningún privilegio especial. La producción de dinero es como cualquier otra actividad empresarial privada, especializada, y en competencia, con costes e ingresos y posibilidad de beneficios o pérdidas: producir dinero no garantiza beneficios. Un agente económico decide producir el bien monetario si cree que es la alternativa más rentable dadas sus circunstancias particulares.

Poseer minas de metales preciosos no implica automáticamente su extracción efectiva, procesamiento, purificación, y producción estandarizada de lingotes o monedas: esta sólo se realiza si es rentable en función de los costes asumidos y el valor de lo producido según los precios de los factores necesarios y el poder adquisitivo del dinero. Además la rentabilidad debe compararse con la de otras oportunidades de negocio potencialmente más beneficiosas. El dinero se produce o importa según las ventajas comparativas de la producción y los costes de transacción.

Es absurdo exigir que se mantenga constante o congele la cantidad total de dinero, algo disfuncional e innecesario (aunque puede ser preferible a las fuertes oscilaciones debidas a los abusos o la incompetencia de los agentes estatales que monopolizan coactivamente su producción). El productor de nuevo dinero no comete ningún delito contra los poseedores de dinero: no les genera una externalidad negativa punible por causar una disminución del valor de cada unidad monetaria al incrementar la masa monetaria. Por el contrario, la producción de nuevo dinero acoplada a la producción de nuevos bienes y servicios sirve para mantener estable el poder adquisitivo del dinero, lo cual es su principal característica.

El valor o poder adquisitivo del dinero es el inverso del nivel general de precios, y este es el precio medio de todos aquellos bienes y servicios o derechos sobre los mismos que se intercambian por dinero en un periodo determinado: este promedio debe incluir a todos los bienes y servicios (no sólo los de consumo, también bienes de capital, y salarios) y debe considerar cuántas unidades de cada bien o servicio se intercambian (no es simplemente una media de los precios de cada clase).

La ecuación de intercambio monetario (MV=PY) representa la interdependencia entre la masa monetaria, la velocidad de circulación del dinero (número de veces que se intercambia cada unidad monetaria en un periodo de tiempo), el precio promedio y la cantidad de bienes y servicios intercambiados por dinero en un periodo de tiempo; es la identidad contable que expresa que los pagos totales en una economía son iguales a los cobros totales, que la suma de los precios de todo lo que se vende es igual a la suma de los precios de todo lo que se compra.

Cuántos intercambios se producen depende de cuántos agentes económicos existen, cuánta división del trabajo hay (nivel de especialización o producción para intercambio frente a producción para consumo propio) y cómo de productivos sean los agentes. Una economía libre tiende hacerse más compleja y productiva, a profundizar la especialización y a generar más cantidad y variedad de bienes que se intercambian. Para mantener el poder adquisitivo del dinero con un incremento de la cantidad de intercambios es necesario que crezca la masa monetaria, la velocidad de circulación del dinero, o ambas.

Es absurdo definir la inflación como cualquier incremento de la cantidad de dinero y criticarla como algo destructivo para la economía. La definición adecuada de inflación es el incremento excesivo de la cantidad de dinero que reduce su poder adquisitivo; igualmente la deflación es el crecimiento insuficiente (o incluso disminución) de la cantidad de dinero que incrementa su poder adquisitivo.

La producción libre de dinero no es perjudicial para la economía y tiende a estabilizar su poder adquisitivo: las expectativas de incremento (disminución) del valor del dinero tienden a estimular (desincentivar) su producción respecto a los bienes y servicios con los cuales se intercambia, lo que reduce la fluctuación.

En una sociedad no libre algunos agentes especialmente poderosos pueden influir coactivamente sobre qué bien se utiliza como dinero porque tienen alguna ventaja en su producción a bajos costes y se apropian de considerables beneficios (señoreaje): los gobernantes se apropian por la fuerza de las minas de metales preciosos, monopolizan su acuñación, disminuyen el contenido metálico exigiendo el mantenimiento del valor nominal de la moneda, o emiten papel moneda e imponen leyes de curso legal forzoso.

Complaciente Europa y complaciente España

Las razones son muy sencillas y están –o debieran estar– al alcance de cualquiera: los precios de la vivienda deben reducirse aún más del doble de lo que lo han hecho hasta el momento, algo que descapitalizará aun más a las cajas y colocará a nuestro país contra las cuerdas: olvídense de los 20.000 millones de euros que tirando por lo alto estima el Gobierno que necesitará nuestro sistema financiero, la cifra final estará más próxima a los 100.000 millones.

El análisis no tiene nada de sofisticado, más bien es puro sentido común. Y eso que Munchau aun exhibe cierto optimismo cuando dice que las Administraciones Públicas, en cualquier escenario, seguirán siendo solventes. Hoy, dice, la deuda pública sobre el PIB sólo alcanza el 62% y en 2015, según Ernst & Young, ascenderá al 72%. A veces me pregunto de dónde se sacan estos cálculos: si hemos cerrado 2010 con el 62% y el cálculo más optimista del Gobierno está en que cerraremos 2011 con el 6%, ya nos vamos al 68%; si Munchau opina que necesitaremos 100.000 millones para las cajas, ya nos subimos al 78%… y eso sólo a finales de 2011… y eso sólo si cerramos los ojos a toda la deuda –en ocasiones ni siquiera emitida: proveedores– que se esconde debajo de las alfombras persas de nuestros políticos.

Ciertamente, Europa se ha puesto en modo complaciente. Pero no sólo Europa. Los analistas españoles sacan pecho diciendo que no somos ni Grecia, ni Portugal ni Irlanda por cuanto nuestro diferencial de tipos de interés con Alemania no se ha disparado durante estos días. Son los mismos que en febrero, en mayo y en noviembre del año pasado criticaban a los especulativos mercados por darnos una calificación que no merecíamos. ¿En qué quedamos? ¿Son los mercados fidedignos o no lo son? Pues, como siempre he dicho, a corto plazo no deberíamos hacerles demasiado caso: los inversores y especuladores tratan de anticipar el futuro y ese futuro es muy borroso y cambiante según los golpes de efecto de los políticos. Mas lo que en ningún caso debiéramos despreciar es el presente: ni el déficit público, ni el déficit de las pensiones, ni la sangría laboral, ni el agujero financiero, ni la rigidez de precios de los inmuebles son problemas que se estén solucionando. Más bien al contrario.

¿Que España está fuera de peligro? Por favor, háganselo mirar. Una cosa es creer que pese a los desmanes políticos no necesitaremos un rescate y otra, muy distinta, es pensar que en los últimos tres meses nos hemos convertido en Alemania por dos chapuzas de reforma mal pensadas y peor implementadas. La situación de España, por desgracia, sigue siendo crítica. Lo patriota (o no-antipatriota) no es callarlo, sino repetirlo con fuerza en los tiempos de tensa calma. Cuando llegue la tormenta ya será demasiado evidente y demasiado inútil. Y además, los complacientes de ahora se tornarán kamikazes negacionistas.

El seguro de Europa se agota

Tras el rescate de Portugal, aún por definir, ha quedado constatado con la creación del famoso Fondo de Rescate europeo ha sido un fracaso en toda regla.Y es que el citado plan ha incumplido claramente su principal objetivo, que no era otro que servir de muro de contención para evitar el temido efecto contagio de la caída de Grecia al resto de economías vulnerables de la zona euro.

El fallo, sin embargo, radica en la propia concepción del Fondo: por un lado, la crisis de deuda pública no es un virus que se transmite por el aire en función de la dirección arbitraria del viento sino que, muy al contrario, se trata de una enfermedad concreta y localizada que surge como resultado de diversos factores, tales como elevada deuda –pública o privada, o ambas a la vez–, falta de competitividad, estancamiento económico, paro creciente o una enorme crisis financiera. Dichas características están presentes, de una u otra forma, en Grecia, Irlanda, Portugal o España, e incluso de forma más atenuada en otros países miembros.

La cuestión es que, al igual que el cáncer, si éste no se detecta a tiempo y se trata de forma adecuada, la situación se agrava por momentos hasta el punto de tener que extirpar los órganos afectados o precisar de un complejo trasplante. En este sentido, España todavía no está fuera de riesgo ya que las recetas a aplicar no se han llevado a término de forma completa. Y ante tal escenario, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿y si cae España? El actual Fondo carece de capacidad para auxiliar al Estado español en caso de necesidad tras el desembolso realizado con Grecia, Irlanda y Portugal. Es por ello que en Bruselas y, sobre todo, en Alemania se sigan estudiando posible alternativas.

En los últimos meses, cabe destacar tres señales claras a este respecto. En primer lugar, el intento por parte de algunos países –entre ellos España– de ampliar y flexibilizar el actual Fondo puesto que, si bien está dotado con 750.000 millones de euros, en realidad apenas cuenta con una capacidad financiera de entre 250.000 y 300.000 millones, insuficiente para rescatar a España. Sin embargo, esta decisión se ha aparcado por el momento, tras varios intentos fallidos debido a las reticencias de Alemania. Así, en las cumbres europeas del pasado marzo se decidió, una vez más, posponer este tema hasta el próximo junio.

En segundo lugar, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha ido ampliando, poco a poco pero de forma constante, su capacidad financiera para conceder préstamos de emergencia a países en problemas. En la actualidad, este organismo ya cuenta con una dotación de 581.000 millones de dólares para este fin.

Por último, Berlín ya ha logrado imponer al resto de socios su particular plan de quiebra ordenada de países, si bien no entraría en vigor hasta 2013. Pero dada la sucesión de los acontecimientos es posible que su aplicación llegue antes de lo previsto. No obstante, a finales del pasado año, Merkel insistía en la necesidad de imponer cuanto antes las temidas quitas a los acreedores. Las voces en contra del rescate de países crecen sin parar dentro de Alemania, y no sólo en la población sino también entre los expertos.

De hecho, el prestigioso instituto IFO apuesta firmemente por esta salida. En un reciente informe se opone al actual sistema de rescates ilimitados y aboga por la imposición de quitas parciales (suspensión de pagos) dentro de la zona euro. "Buscamos un sistema que proteja contra la insolvencia, sin que degenere hacia un seguro a todo riesgo sin franquicia". De este modo, está claro que la paciencia de las grandes potencias europeas se agota, y ante la ineficacia de los rescates aprobados cada vez es más evidente que el seguro a todo riesgo pronto llegará a su fin.

Ya era hora

Una de las cuestiones peor entendidas en esta crisis económica es que no necesitamos más sino menos deuda. Muchos economistas siguen empeñados en huir hacia adelante como el endeudamiento en general produce un calentón económico (más inversión, más consumo, más empleo, más actividad…) infieren inmediatamente que ahora, para salir de esta crisis, también necesitamos más deuda.

Claro que… ¿cuánta más? Nuestras sociedades han acumulado en los últimos años unos pasivos equivalentes al 350% o 400% del PIB. Se trata de unas deudas que hemos de amortizar a través de nuestra producción futura. Pero, ¿producción futura de qué? Nuestras estructuras productivas están adaptadas para producir grandes cantidades de casas invendibles a unos precios que no hacen rentable su construcción. Resulta bastante evidente, pues, que con el estado actual de las cosas no podemos hacer frente a esa deuda y, de hecho, la mitad de los países del euro se encuentra al borde de la suspensión de pagos. De hecho, casi nadie niega este punto. La discusión entre los economistas se dirime en cómo hacer frente a esa suspensión: si mediante inflación, default o rescate. No discutimos el qué, sino el quién se va a comer el marrón.

La cuestión que todos deberían plantearse, sin embargo, es qué sentido tiene afirmar que necesitamos más deuda para salir de la crisis cuando, precisamente, ya no nos podemos hacer cargo de la deuda que hemos acumulado hasta el momento. A las claras está que se trata de otro sinsentido que deriva de ese mal consistente en aplicar teorías económicas elaboradas inductivamente durante épocas que nada tienen que ver con la actual: en los años 50 los agentes económicos eran enormemente solventes, hoy son terroríficamente insolventes. Un pequeño detalle que lo cambia todo y que constituye la razón básica por la que las mismas recetas –o los mismos placebos– no surtirán idénticos efectos en ambos casos.

Lo que toca ahora, sí, es amortizar deuda. Desmantelar estructuras empresariales que destruyen valor –como los promotores inmobiliarios–, vender sus factores productivos a aquellos empresarios que sepan darles un mejor uso y con las resultas de esa sana liquidación amortizar la parte de la deuda que se pueda (y la otra, lo siento, se impaga, que no otra cosa son las pérdidas empresariales).

En este sentido, hace bien Trichet en comenzar a subir los tipos de interés. Al margen de esa inflación de las materias primas que está generando Bernanke y que bien debiera convertirse en la tumba del monetarismo, hay una razón de mucho peso para subirlos: los tipos bajos no sólo promueven el endeudamiento de los agentes solventes, sino que también frenan el desapalancamiento de los insolventes. Ahora somos una sociedad mayoritariamente insolvente, por lo que necesitamos de tipos de interés altos para incentivar la amortización anticipada de una deuda con la que se han financiado inversiones que nunca volverán a ser rentables (si digo "suelo", los promotores inmobiliarios –y las cajas– me entenderán).

Los tipos bajos desincentivan que los deudores a tipo variable hagan borrón y cuenta nueva con sus deudas e impide que los deudores a tipo fijo cancelen anticipadamente las suyas. Y es que a menores tipos de interés, mayor se vuelve el valor liquidativo de las deudas a tipo fijo y, por tanto, más complicada y onerosa resulta su refinanciación.

Trichet acierta en subir los tipos. Por una razón: necesitamos menos deuda. Mientras creamos que podemos construir la recuperación con un endeudamiento todavía mayor a los impagables niveles actuales, continuaremos inmersos en un estancamiento destructor como el actual: lo malo va muriendo lentamente, pero lo nueve no tiene ninguna prisa por nacer.

El dinero como institución evolutiva

El dinero es una institución abstracta que puede concretarse de diferentes maneras. Cada sociedad o sistema económico utiliza un bien específico como dinero y lo produce de algún modo. La determinación de qué bien concreto se utiliza para cumplir las funciones abstractas del dinero no necesita ningún mandato centralizado ni ningún implausible contrato o consenso social.

El dinero es una institución, un patrón repetitivo de conducta que emerge de forma evolutiva mediante la generación de alternativas, selección y generalización de lo exitoso, y rechazo y desaparición de lo fracasado: múltiples agentes participan imitándose unos a otros y ocasionalmente probando algo nuevo. El uso generalizado de un mismo bien concreto como dinero se origina por difusión espontánea sin necesidad de coordinación central: múltiples acoplamientos parciales y locales generan un orden global.

El dinero permite la coordinación social: cada agente utiliza un dinero concreto y lo acepta como medio de pago porque sabe o cree que los demás individuos con quienes se relaciona habitualmente lo han hecho, lo hacen y continuarán haciéndolo. A cada usuario de un dinero concreto le interesa que los demás agentes económicos con quienes realiza o podría realizar intercambios usen el mismo dinero. La institución del dinero se mantiene por los intereses comunes y entrelazados de todos los participantes.

El dinero es un bien red: cuantos más agentes lo empleen, más útil resulta para cada usuario (realimentación positiva reforzadora). La existencia prolongada de competencia entre dineros alternativos en un mismo grupo o zona geográfica es anómala, ya que cuanto más popular es una variante más puede incrementar su popularidad y desplazar a las demás. Dineros diferentes pueden coexistir si son complementarios (oro para mucho valor, plata para poco valor) o en regiones limítrofes.

Otras instituciones como el lenguaje o el derecho constan de múltiples elementos que pueden tener variedad geográfica y evolucionar de forma relativamente independiente: vocabulario y sintaxis de diversos idiomas o dialectos (símbolos y reglas parcialmente arbitrarias), normas concretas de diferentes tradiciones o sistemas legales. El dinero en contraste es básicamente un solo bien (o unos pocos bienes) que no se elige de forma caprichosa: las características objetivas de los bienes materiales los diferencian claramente respecto a su funcionalidad monetaria.

La existencia de un único dinero concreto completamente universal es en principio posible pero no está garantizada. El camino histórico de una institución es determinante para su desarrollo futuro. Una variante institucional (una forma concreta de dinero) tiene un alcance espacial determinado por su lugar de origen y sus posibilidades de expansión. Es posible que grupos suficientemente separados tengan dineros o monedas diferentes por su evolución histórica independiente, la debilidad de las relaciones de acoplamiento y los costes de transición entre variantes institucionales.

Un determinado bien (como un metal precioso) puede ser técnicamente el mejor dinero posible (almacenamiento, transporte, manipulación, reconocimiento), pero su implantación exitosa es problemática y depende de la resistencia de las tradiciones culturales relativas a otros dineros preexistentes y de los intereses y las fuerzas relativas de los productores y poseedores de las diferentes variantes monetarias.

Los seres humanos han convivido históricamente en diversos grupos más o menos aislados entre sí: las relaciones son más frecuentes e intensas entre individuos más próximos pertenecientes al mismo grupo. Las fronteras o límites entre grupos pueden ser más o menos difusas (zonas de transición con influencias mixtas o pertenencia a varios conjuntos) y permeables (grupos abiertos o cerrados, aislados). Algunos individuos se especializan en relaciones entre grupos alejados (aventureros, exploradores, comerciantes importadores y exportadores).

La evolución institucional es histórica y gradual: cada situación se construye mediante cambios marginales a partir de la situación anterior. Pero la velocidad de cambio no es necesariamente constante: en algunas circunstancias un sistema complejo es muy sensible a ciertos cambios internos o ambientales, mientras que en otras circunstancias un sistema puede ser muy resistente al cambio. Algunos cambios institucionales suceden en momentos críticos, transiciones, cruces de umbrales o cambios de fase: influencia cultural o invasión e imposición exógena, aislamiento de un grupo pequeño con menos resistencia al cambio, cambios tecnológicos importantes (metalurgia, imprenta).

Durante la formación inicial de una institución pueden competir alternativas sin que ninguna tenga la ventaja de ya estar implantada. Una vez afianzadas, las implementaciones concretas de las instituciones sociales tienen una fuerte inercia, que por un lado las hace útiles (las expectativas de los agentes tienden a cumplirse) pero por otro dificulta los cambios adaptativos.

La estabilidad de las instituciones es fuerte pero no absoluta: una forma concreta relativamente peor puede ser sustituida por otra mejor si los costes de transición entre ambas no son demasiado elevados (o mantenerse en caso contrario). La adopción de una alternativa potencialmente mejor debe enfrentarse al gran coste que supone su promoción y el abandono generalizado de la anterior, considerando además el posible riesgo de fracaso de lo novedoso en comparación con la funcionalidad de lo ya conocido.

Los miembros de diferentes grupos, aunque utilicen los mismos metales preciosos (oro y plata) como dinero, pueden utilizar diferentes acuñaciones o monedas: la confianza en la certificación de la pureza y la cantidad declarada de la moneda por algún agente con buena reputación puede estar limitada a un área en la cual el prestigio del certificador es conocido; los imperativos legales tienen jurisdicción limitada (el curso legal forzoso sólo se extiende al ámbito de soberanía del gobernante).

La determinación de qué bien concreto se usa como dinero puede verse influida o distorsionada por algunos agentes especialmente poderosos que pueden imponer coactivamente su criterio o dificultar la competencia en su propio beneficio y a costa de los demás: monopolio de la producción, certificación o acuñación; exigencia del pago de impuestos en una determinada moneda; protección privilegiada de ciertos aliados productores de dinero o complementos monetarios (billetes y depósitos de bancos prestamistas del gobierno); imposición legal de algún dinero fiat con bajos costes de producción, sin valor intrínseco ni convertibilidad ni adecuado respaldo.

En una sociedad libre nadie está obligado a aceptar ningún bien concreto como dinero. En cada intercambio una parte propone y la otra acepta o no unas condiciones, entre las cuales puede figurar el medio de pago. Cada agente económico refuerza una institución mediante su uso voluntario.

¿Por qué usamos el dinero?

Nada, apenas un convidado de piedra que sí, engrasa y facilita los intercambios frente al trueque, pero poco más.

Lo cierto, sin embargo, es que el dinero es un elemento esencial dentro de nuestro sistema económico. No sólo porque actúe como medio generalizado de intercambio –que también– sino porque desempeña otras dos funciones de tanta o mayor importancia: ser un depósito de valor y una unidad de cuenta.

Empecemos por lo básico: los seres humanos tenemos problemas para coordinarnos en órdenes sociales muy extensos. Por un lado, somos productores especializados y consumidores generalistas, lo que implica que, en ausencia de dinero, sólo podríamos realizar intercambios mutuamente beneficios con aquellas personas que tuvieran lo que nosotros queremos y, al mismo tiempo, quisieran lo que nosotros tenemos. Viviríamos merced al trueque y como nuestra área de conocimiento estaría muy limitada, apenas intercambiaríamos nada. ¿Acaso conozco yo las necesidades del chino que ha fabricado el ordenador con el que estoy escribiendo este artículo? Ni siquiera sé quién es; difícil, pues, que hubiésemos podido llegar a realizar algún intercambio que nos beneficiara a ambos.

Por otro, los seres humanos también deseamos trasladar parte del valor de nuestra producción presente al futuro. Nos gusta acaparar lo que no necesitamos ahora para poderlo emplear después. El problema es que, salvo algunos bienes muy básicos, no sabemos qué vamos a necesitar o desear en el futuro (y aparte, muchas de las cosas que podamos desear se estropean o pasan de moda con el tiempo). Tampoco, ni mucho menos, sabemos qué va a necesitar o desear en el futuro la persona que pueda proporcionarnos esos ignotos bienes que nosotros necesitaremos o desearemos con el paso de los meses. Entonces, entre tanto barullo y confusión, ¿cómo preparar hoy, a partir de nuestra producción actual, la satisfacción de nuestras necesidades futuras?

Una forma es utilizando el dinero como depósito de valor, es decir, atesorándolo. Yo vendo mi producción en el presente, obtengo dinero y me lo guardo debajo del colchón consciente de que en cualquier momento futuro podré echar mano de él para comprar lo que quiera… sea esto lo que sea. La otra forma sería tratando de anticipar las necesidades futuras de los consumidores: vendo mi mercancía presente a cambio de dinero e invierto ese dinero en producir bienes futuros que les venderé a los consumidores por más dinero (el famoso D-M-D’ de Marx) y con el cual ya podré comprar cualesquiera bienes que demande en ese momento.

Mucha gente considera que atesorar dinero es una estupidez individual (renunciamos a la rentabilidad de las inversiones) y un suicidio social (si la gente atesora dinero, no se gasta y la actividad económica se contrae). Es una excusa como cualquier otra para justificar que los Gobiernos generen inflación, "incentivando" el desatesoramiento de dinero. Otro día les hablaré sobre las diferencias entre atesorar el dinero e invertirlo y sobre por qué no podemos decir que una de las dos alternativas sea siempre superior a la otra. No es un tema baladí: los errores fundamentales de keynesianos y monetaristas nacen de no entender este punto básico.

Por último, en una economía de intercambio, donde cada persona produce para satisfacer las necesidades ajenas como paso previo a satisfacer las propias, debe de existir algún método para averiguar qué producciones son las más valiosas. Al cabo, las materias primas y trabajadores que yo utilizo para producir, por ejemplo, corbatas son materias primas y trabajadores que otro no podrá utilizar otra persona para producir, por ejemplo, maletines. ¿Qué les es más valioso a los consumidores? ¿Cómo comparar las manzanas-corbatas con las peras-trabajadores o con los melocotones-maletines? De nuevo, el dinero entra en acción: si reducimos todos los bienes y factores a un precio monetario que se haya determinado a través de intercambios voluntarios en el mercado, podremos calcular si los consumidores valoran más, en dinero, las corbatas que los maletines o que el resto de usos alternativos que se les podría haber dado a los trabajadores y a las materias primas. El dinero, pues, también sirve como común denominador y herramienta de cálculo para tomar decisiones empresariales.

Lejos de lo que parece transmitir la expresión clásica del "velo monetario", el dinero presta un servicio (o triple servicio) esencial e insustituible dentro de nuestras sociedades. Es el dinero, al final, lo que fuerza a los empresarios a competir para ponerse al servicio de los consumidores, lo que valida la soberanía del consumidor: si éstos no enajenan sus mercancías a cambio de dinero, se quedan atascados con ellas, lo que significa que no podrán acceder ni hoy ni mañana a las mercancías que hubiesen deseado adquirir. Por eso, Gobiernos y empresarios ineficientes llevan siglos atacando al dinero desde todos los frentes. Viva la inflación es muera el dinero y muera la división del trabajo.

De la recesión al estancamiento

Después de un invierno de mucho frío y mucha lluvia llega la primavera a los mercados, aunque por desgracia no desde un punto vista metafórico, ya que el cuadro macro de la economía española sigue sin dar motivos para el optimismo. En las últimas semanas, se han empezado a dar los datos macroeconómicos para 2010, que vienen a confirmar lo que ya se sabía: la economía española confirma su tercer ejercicio consecutivo con crecimiento negativo o próximo a cero (para 2010 el dato ha sido de un crecimiento del PIB de entre el 0,1-0,2%). Este dato se convierte en aún más "malo" cuando tenemos a toda la Zona Euro empezando a crecer a tasas medias del 1,7%, con una Alemania que tira del carro creciendo al 3,5%. Nos volvemos a quedar atrás.

Las causas del estancamiento económico son diversas y ya las hemos comentado desde esta tribuna en diversas ocasiones. En primer lugar, los planes de contención fiscal diseñados por el ejecutivo, aun yendo en la buena dirección, se quedan cortos, como lo demuestra la hipersensibilidad de los mercados financieros a cualquier desvío en las cuentas públicas o mala noticia relacionada con nuestra economía. Es necesario aliviar las necesidades de financiación del Estado de forma estructural para que las finanzas públicas sean sostenibles y creíbles, y no estemos sometidos a continuados repuntes del riesgo país, lo que encarece el endeudamiento del sector público y privado de la nación.

Relacionado con este punto, y en el centro del debate político, se encuentra la necesidad de emprender reformas estructurales de calado en el ámbito de las pensiones y los mercados de trabajo. Patronal y sindicatos parece que desde enero han emprendido un diálogo serio con la voluntad firme de llegar a acuerdos que han avanzado en la buena dirección. Sin embargo, como lo acredita nuestro anémico crecimiento y la incapacidad de nuestra economía de generar empleo (que más que generar empleo, lo destruye), se hace perentoria la necesidad de alcanzar acuerdos más agresivos, que descentralicen de forma efectiva la negociación colectiva de manera que los salarios se ajusten a los incrementos de la productividad de cada empresa. Punto fundamental para que nuestra economía recupere parte de la competitividad perdida y vuelva a generar crecimiento y empleo imprescindibles, como decíamos antes, para aliviar de forma sostenida las tensiones existentes en las finanzas públicas del Estado y Gobiernos autonómicos y regionales.

Por último, pero no menos importante, resulta apremiante completar de forma rápida la reestructuración del sistema financiero, condición previa e imprescindible para recuperar la normalización de los flujos de crédito. Se trata de depurar aquellas entidades cuyos procesos de gestión interna sean insalvables y recapitalizar las entidades resultantes. El coste de esta recapitalización recaerá inevitablemente sobre el contribuyente, así que es de esperar que el regulador ponga las salvaguardas necesarias para que dichos fondos vayan destinados a depurar los balances de activos ilíquidos (o tóxicos), dotar las provisiones necesarias, y por último sufragar las pérdidas derivadas de todo ello.

Así pues, nos espera un invierno largo en cuanto a lo económico. La economía española está en una posición de extrema fragilidad. El escenario base para 2011 es la consolidación de un escenario de crecimiento anémico (recuperación en L, que ya anticipamos a principios de 2010), pero el riesgo de una recaída (double dip) es especialmente alto para nuestra economía.