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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Nociones básicas de finanzas

Algunos agentes económicos disponen de un superávit de recursos (ahorro) de los cuales podrían prescindir a cambio de una compensación adecuada. Otros agentes tienen un déficit de recursos respecto a sus objetivos deseados: tienen un proyecto empresarial o una necesidad de consumo y carecen de medios para ejecutar su plan o satisfacer sus deseos. Los agentes con superávit pueden poner esos recursos en común (acciones o participaciones de una sociedad), o pueden prestárselos a los agentes con déficit (créditos, préstamos, letras, bonos, obligaciones).

Los derechos de propiedad pueden modificarse de diversas maneras: la propiedad de los bienes económicos puede transferirse de forma definitiva mediante una compraventa; el derecho de uso de los bienes puede cederse temporalmente mediante un préstamo o alquiler; y los bienes pueden ponerse en común o compartirse entre varios asociados.

Son posibles contratos de préstamo o alquiler (cesión temporal de uso), tanto de bienes (viviendas, vehículos, muebles, ropa) a cambio de dinero, como de dinero presente a cambio de promesas de entrega de dinero en el futuro. Los préstamos de dinero entre acreedor y deudor tienen cantidad (el principal), tipo de interés, plazo, riesgo, garantías (colateral) y avales; los pagos de principal e interés pueden realizarse periódicamente o al final del plazo.

Algunos contratos se utilizan para constituir sociedades o entidades jurídicas en las cuales los socios ponen en común parte de su patrimonio (en forma de dinero o en especie) para algún objetivo compartido. Las personas jurídicas son de diferentes tipos según su propósito, cómo se gobiernan, si son privadas o públicas, y cómo se relacionan con otros agentes (responsabilidad limitada o ilimitada). Una sociedad es la forma legal más genérica de representar un agente económico colectivo. En una asociación con ánimo de lucro los socios invierten dinero para obtener beneficios monetarios (dividendos o revalorización de sus participaciones).

Las finanzas se refieren a la obtención, uso y gestión del dinero y el capital (los bienes económicos insertados en un proceso productivo) por un agente económico. Una sociedad tiene unas finanzas que se representan mediante un balance contable (el valor monetario de lo que tiene o posee (el activo) y de lo que debe (el pasivo) en un instante dado), y una cuenta de resultados (ingresos y gastos de la sociedad en un periodo, con beneficios o pérdidas). El valor de activos y pasivos es un stock; los ingresos y gastos son un flujo. Balances y cuentas de resultados están relacionados: el balance contable en un instante y la cuenta de resultados del periodo subsiguiente determinan el balance contable al final de dicho periodo.

El activo contribuye a la generación de ingresos; el pasivo origina gastos. Los fondos obtenidos (pasivo) se utilizan para adquirir recursos productivos (activo). El activo está constituido por bienes, derechos sobre bienes (acciones o participaciones en otras sociedades que a su vez tienen sus propias finanzas), derechos de cobro (por préstamos realizados a otros agentes) y ciertos intangibles (derechos de uso, patentes, marca, buen nombre comercial). El pasivo expresa cómo ha conseguido una sociedad los fondos de los cuales dispone, si son aportaciones de los socios o dueños (fondos propios, pasivo no exigible), o si se trata de préstamos obtenidos de otros, deudas que han de pagarse (pasivo exigible). Una sociedad está más apalancada cuanta más deuda tenga en relación con sus fondos propios.

Los diversos componentes del activo y del pasivo tienen distintos plazos temporales, cortos o largos: algunas deudas deben pagarse en breve, otras sólo son exigibles en el futuro más lejano y una parte del capital puede no ser exigible nunca (el patrimonio o fondos propios de una sociedad); los activos pueden ser monetarios (dinero en efectivo) o transformarse en ingresos a corto plazo (capital circulante o corriente como el inventario de una tienda) o a largo plazo (capital fijo o inmovilizado como la infraestructura y la maquinaria pesada de una fábrica).

Los ingresos y los gastos pueden ser fijos (comprometidos) o variables: pueden suceder en cantidades y momentos predeterminados y conocidos (cobro o pago de alquileres, pago de salarios fijos), o indeterminados en tiempo o cantidad (ingresos por ventas, gastos inesperados).

Los activos financieros no tienen un valor o poder adquisitivo seguro predeterminado, sino que puede oscilar y depende de las condiciones de mercado en cada momento. Esto es válido no sólo para los bienes físicos y las acciones, sino también para la deuda. Los derechos de cobro se establecen con cantidades y fechas determinadas (salvo los préstamos a la vista, de cantidad dada pero plazo abierto); pero si un acreedor quiere revenderlos antes de su madurez (fecha debida de pago o tiempo hasta el pago), el tipo de interés o descuento aplicado puede ser diferente en cada instante.

Según diversas normas de contabilidad los activos pueden valorarse según su precio de adquisición (valor histórico o en libros), según el precio de mercado de operaciones equivalentes recientes (valor de mercado) o según las estimaciones de modelos económicos informatizados (valor según modelo).

Una sociedad es solvente y puede seguir funcionando si puede hacer frente a sus compromisos de pago: estos pagos puede realizarlos mediante los ingresos obtenidos por su actividad ordinaria, refinanciándose (endeudándose o ampliando capital con la emisión de más acciones) o vendiendo algún activo (cuando es solvente pero ilíquida). El fondo de maniobra de una sociedad es la diferencia entre su activo corriente (a corto plazo) y su pasivo corriente (a corto plazo): con un fondo de maniobra positivo la empresa puede obtener más dinero del que le pueden exigir en el corto plazo sin necesidad de endeudarse más o malvender activos, lo cual garantiza su solvencia. Según el balance una sociedad es solvente si su capital o patrimonio neto es positivo: el valor de su activo es mayor que el de su pasivo exigible, de modo que sus acreedores tienen garantizado el cobro de las deudas aunque la sociedad no reciba más ingresos.

Los dueños, socios o accionistas que aportan los recursos propios dirigen una sociedad; pero sus decisiones pueden verse limitadas por diversas restricciones normativas, algunas de las cuales existen para proteger a los acreedores de posibles impagos. Las leyes generales, los estatutos societarios y los diversos contratos con prestamistas, trabajadores y proveedores establecen un orden obligatorio para realizar pagos con los ingresos disponibles. El posible excedente o beneficio que quede tras realizar estos pagos puede repartirse como dividendo o reinvertirse en la sociedad.

Es posible financiar un proyecto como accionista o como prestamista (acreedor). El accionista financia a plazo indefinido o infinito (no puede exigir la devolución de su capital, sólo puede revender su acción en un mercado secundario o acordar con los demás socios la liquidación de la empresa); el prestamista financia a un plazo fijo (salvo en el caso del préstamo a la vista) tras el cual recupera los fondos prestados, aunque también puede traspasar antes de dicho plazo sus derechos de cobro en mercados secundarios.

El accionista participa en la empresa, es su dueño y la dirige, afronta la incertidumbre y el riesgo y asume la posibilidad de pérdidas a cambio de ganancias no garantizadas e indeterminadas; el acreedor acepta una retribución fija predeterminada con el único riesgo de las pérdidas por la posible insolvencia y disolución de la empresa. El accionista puede llegar a perder toda su inversión: una sociedad insolvente debe suspender pagos, entrar en concurso de acreedores, reorganizarse, reestructurar sus deudas (con quitas de cantidades o extensión de plazos) y continuar su actividad, o quebrar y disolverse liquidando sus activos para pagar tanto como sea posible a sus acreedores.

La agencia de calificación europea: juez y parte

Las agencias de rating reciben en estos días todo tipo de críticas. La publicación de rebajas en la evaluación de la deuda portuguesa justo antes de la oferta de deuda portuguesa y española en los mercados ha sentado fatal. De nuevo.

Casi está en la calle la pregunta airada "¿pero esta gente quiénes son?". Es generalizado el malestar en Europa.

Pero estas agencias llevan muchos años funcionando: Moody’s, por ejemplo, funciona desde el año 1909 y está presente en España desde principios de los 90. Y se nos olvida lo encantados que estábamos cuando hace diez años las calificaciones de estas agencias favorecían la efervescencia de los mercados.

Tras la crisis financiera, muchos nos quedamos perplejos por la ceguera de quienes, supuestamente, eran los vigilantes, quienes tenían que haber denunciado la toxicidad de las inversiones que desencadenaron el caos. Y fue entonces cuando también muchos nos preguntamos si había intereses creados.

Pero en general, nadie señaló con el dedo a las agencias de rating, sino que todos los dedos acusadores apuntaron a los mercados, la codicia, y casi al "lobo feroz". En realidad, quienes tenían interés en mantener el furor financiero eran los propios gobiernos, que también participaban en ellos, y quienes, además, aprovechaban el oleaje para alardear de crecimiento y aumento de la actividad económica, poniéndose una medallita en la pechera.

Ahora, cuando una palabra a destiempo puede desencadenar una escalada de los diferenciales de deuda entre las deudas de los países más quebradizos y el bono alemán a 10 años, todos miran a Moody’s, a Fitch o a S&P y reclaman que se rompa el oligopolio de las agencias de evaluación. Ahora, cuando el daño está hecho. Ahora, después de haber sacado partido de ese oligopolio hace diez años.

No seré yo quien defienda ningún oligopolio. Pero sí quiero llamar la atención sobre un hecho. Una lectura de las páginas web de agencias como Moody’s nos da un punto de vista diferente:

·Las obligaciones con la misma calificación no tienen por qué tener la misma calidad crediticia. Hay otras muchas variables que determinan la calidad del crédito.

·Como las evaluaciones estás diseñadas con el único propósito de clasificar en un ranking de acuerdo con la calidad del crédito, no deben utilizarse como única base para operaciones de inversión. Por ejemplo, no tienen valor alguno en la predicción de la dirección de tendencias futuras de los precios de mercado.

·Las evaluaciones no se construyen como recomendación sobre el atractivo de las inversiones. Las inversiones son más o menos atractivas dependiendo de un ramillete de variables que exceden la misión de las evaluaciones.

·En cuanto que las evaluaciones implican juicios acerca del futuro y dado que son utilizadas por los inversores para protegerse, se hace hincapié en contemplar el peor de los escenarios posibles en el futuro "visible".

No parece, por tanto, que estén engañando a nadie. Las mismas agencias no pretenden ser más que un termómetro que señale el peligro para que los inversores puedan cubrirse y son conscientes de sus limitaciones. ¿Entonces?

Los mismos que años atrás anunciaban en titulares la bondad de las acciones gubernamentales basándose exclusivamente en una triple A, ahora recriminan a las agencias. Cuando, en realidad, fueron ellos quienes inflaron la percepción del público respecto a los rankings de las agencias de rating.

¿Cuál es el objetivo final de este desprestigio tan hipócrita de los evaluadores?

Ser juez y parte: la creación de una agencia de rating europea para evitar que la deuda soberana de los países menos sólidos obtenga una mala calificación es falsear la realidad para que los mercados compren deuda como sea.

Es un escándalo avalado por todos los que se han tragado el anzuelo lanzado por los gobiernos afectados: no solamente los de los países al borde de la quiebra, sino también los gobiernos que tienen en su haber deuda de estos países "enfermos".

Es tan escandaloso como pedirle a los alumnos que se califiquen a sí mismos o a los delincuentes que se impongan su propia pena.

Muy a tono con el signo de los tiempos que corren.

¿Qué es una burbuja?

Con la crisis actual, parece que todo el mundo posee, a posteriori, un exquisito conocimiento acerca de las burbujas: se habla de burbuja inmobiliaria, de burbuja bursátil, de burbuja del oro… Parecería que vivimos en un mundo lleno de pompas a punto de estallar. Mas, ¿realmente sabemos definir una burbuja financiera? ¿O simplemente calificamos como tal a todo recalentón más o menos acelerado en el precio de un activo?

Para empezar, ¿en qué consiste un activo? Una definición bastante simple sería la de todo factor productivo que nos dé derecho a bienes o servicios a lo largo del tiempo. Una vivienda, por ejemplo, es un activo porque nos proporciona servicios de habitación durante toda su vida útil (servicios de habitación que podemos alquilar a otras personas a cambio de dinero); una acción es un activo porque representa una porción de la propiedad de una empresa que genera bienes que se venden en el mercado; un terreno también puede considerarse un activo en la medida en que obtengamos año a año una cosecha.

La cuestión es, ¿de qué depende el valor de todos estos activos? Muchos pensarán que los activos poseen valor por sí mismos. De hecho, esta era la idea de numerosos economistas, como los fisiócratas, los marxistas o los keynesianos, quienes elucubraban que la tierra, el trabajo o el capital poseían un valor intrínseco e independiente de casi cualquier otra consideración. Sin embargo, pensémoslo bien: si una vivienda está ruinosa y no es habitable, ¿posee algún valor? Si somos propietarios de una empresa quebrada que ha interrumpido sus operaciones, ¿serán sus acciones en algún sentido valiosas? Si nuestro terreno se ha vuelto yermo y no podemos darle ningún otro uso (ni siquiera la edificación), ¿conservará algún valor? No, claramente el valor de todos los activos depende poderosamente del valor de los bienes y servicios que sean capaces de producir en el futuro.

E insisto en el complemento temporal del enunciado: en el futuro. Pues, obviamente, no podemos esperar que una tierra que nos garantiza dos décadas de trigo a partir del año 2100 sea hoy igual de valiosa que otra que nos garantiza desde ya dos décadas de trigo. El tiempo tiene su valor: preferimos consumir antes que después, y por eso los activos que nos proporcionan antes los bienes o servicios serán más valiosos que aquellos que nos los proporcionan más tarde.

Por ejemplo, 100 euros hoy serán más valiosos que 100 euros dentro de un año y éstos a su vez lo serán más que 100 euros dentro de 10 años. Así, podemos preguntarnos, ¿cuántos euros estaríamos dispuestos a entregar hoy a cambio de recibir 100 euros mañana? O lo que es lo mismo, ¿por cuantos euros actuales estaríamos dispuestos a recibir a cambio de los 100 euros mañana? Si, verbigracia, nos parece bien intercambiar 90 euros de hoy por 100 euros de dentro de un año, diremos que el valor presente de esos 100 euros dentro de un año son 90 euros actuales (de hecho, esa diferencia de valor entre los bienes presentes y futuros se corresponde con el tipo de interés).

Pues bien, el valor de un activo no será más que el valor actual o presente de los bienes futuros que produce (o, por expresarlo en términos monetarios, del dinero a cambio del que se venderán esos bienes futuros). Si un activo proporciona una entrada de caja de 1.000 euros dentro de un año y otra de 2.000 dentro de dos años –siendo, por ejemplo, el valor presente de la primera suma 900 euros y el de la segunda 1.500–, el valor del activo será de 2.400 euros.

Pero valor no es igual a precio. Una cosa es el precio teórico, intrínseco o fundamental que debería exhibir un activo en función de su valor y otra el precio que realmente exhiba en el mercado. En la medida en que los bienes futuros que genere un activo, el precio al que éstos vayan a poder venderse y los tipos de interés a los que habrá que descontarlos son inciertos, su precio de mercado también lo será. Dependiendo de los dispares juicios y estimaciones que hagan los inversores, su valor estará parcialmente indeterminado y, por tanto, también lo estará el precio al que los inversores estén dispuestos a comprarlo o a venderlo.

Mas, como es sabido, en todo mercado donde existe incertidumbre tienden a hacer acto de presencia los muy denostados especuladores (otro día hablaremos de la función económica esencial que realizan… también en los mercados financieros). Los especuladores no guían sus compras o sus ventas del activo en función de su valor estimado, sino en función del precio que esperan que otros inversores o especuladores estén dispuestos a pagar a cambio del activo.

¿Qué significa todo esto? Pues que en ocasiones el precio de mercado de un activo tendrá muy poquito ver con su valor (aun estando éste parcialmente indeterminado). Cuando el precio de mercado de un activo sea superior a su valor, entonces hablaremos de burbuja financiera; esto es, burbuja es sinónimo de sobrevaloración. Por ejemplo, si el valor de una empresa, determinado por el descuento al presente del valor de los bienes futuros que generará, debiera ubicarse entre 100 y 150, pero su precio es de 5.000, entonces tenemos claramente una burbuja en la valoración de esa empresa.

Al igual que nos encontramos con burbujas podemos encontrarnos con lo que podríamos llamar anti-burbujas, esto es, con que el precio de mercado de un activo se sitúe por debajo de su valor. En tal caso, podremos comprar activos muy valiosos a precio de saldo. Es la técnica de inversión que emplea la llamada filosofía del value investing, de la que Warren Buffett es fiel seguidor.

Conviene aclarar que las subidas de precios de un activo pueden ser un síntoma de que se está gestando una burbuja, pero ni mucho menos son su elemento esencial. En ocasiones, observaremos subidas de precios que están justificadas por la mayor cantidad de bienes futuros que ese activo producirá. Por ejemplo, desde 2003 las acciones de Apple se han multiplicado por 50; al margen de que en la cotización actual pueda existir (o no) un elemento de burbuja, es evidente que gran parte de esta subida responde a que las ventas se han multiplicado por 10 y los beneficios por 200, lo que a su vez se debe a que Apple empezó a fabricar una mayor cantidad de productos que los consumidores reputaron útiles. E inversamente, podemos encontrarnos con burbujas sin que hayan subido los precios de un activo: si su valor se desploma (por ejemplo, porque los bienes futuros que puede producir han quedado súbitamente obsoletos) y su precio de mercado no hace lo propio, tendremos una sobrevalorización del activo por inercia en su precio.

Por último, son muchos quienes creen que toda burbuja tiene su origen en un crédito bancario excesivo. Lo cierto, sin embargo, es que las burbujas son fenómenos relativamente frecuentes en mercados con gran presencia de especuladores o de inversores inexpertos. Es del todo factible que un activo esté sobrevalorado aun cuando los bancos no inflen el crédito (en la bolsa, por ejemplo, ocurre a diario). Ahora bien, sí es cierto que toda expansión del crédito bancario no respaldada por ahorro provocará una burbuja financiera en alguna parte de la economía, pues esas expansiones dan lugar a auges económicos insostenibles; esto es, dan lugar a la expectativa de que la producción futura va a ser mayor de lo que en realidad llegará a ser debido al advenimiento de la crisis (y de ahí su peligrosidad: los bancos concentran su patrimonio en activos sobrevalorados que cuando pinchan contraen los medios de pago y dilapidan el capital de los ahorradores).

Por eso, si media una expansión del crédito, lo que juzgamos valoraciones prudentes de un activo podrían tornarse sobrevaloraciones cuando acaezca la crisis, revelando a posteriori la existencia de una burbuja. Y por eso también resulta en gran medida vano que las autoridades pretendan regular y controlar la recurrencia de burbujas: salvo en casos muy evidentes –y ni siquiera así: ahí están las recientes burbujas inmobiliarias que fueron negadas sistemáticamente por las autoridades–, es imposible que los políticos sepan si cada uno de los activos de la economía están sobre, infra o adecuadamente valorados. Quienes triunfan en tal actividad son ahora multimillonarios (o van camino de serlo) y su éxito deriva en gran medida de concentrarse en los sectores económicos concretos que conocen y dominan.

No hay manera de evitar que se produzcan burbujas, pues el futuro es inerradicablemente incierto; pero sí hay maneras de no incentivar su recurrencia y de no multiplicar su potencial destructor. Pero esas soluciones, como ya explicaremos, no pasan por una mayor regulación, sino por eliminar los privilegios a la banca.

Pero, ¿habría suficiente oro?

A renglón seguido, eso sí, una de las críticas más populares es que no hay suficiente oro en el planeta para acompasar el crecimiento mundial: la cantidad de dinero, se nos dice, debe crecer al mismo ritmo que la producción de bienes y servicios; eso pudo lograrse con dificultades en el s. XIX, pero sería inviable en el s. XXI.

El argumento suena verosímil, pero si lo analizamos un poco veremos que tiene poca consistencia. Es decir, la cuestión es la siguiente: ¿qué pasaría en un mundo que siguiera creciendo pero donde la cantidad de medios de pago fuese absolutamente rígida? Por claridad expositiva, podemos dividir los efectos en dos tipos: por un lado, los que atañen a los precios y la producción (aspecto real); por otro, los referidos a los tipos de interés, las deudas y la financiación empresarial (aspecto financiero).

En cuanto a los precios, asistiríamos sin duda a una deflación secular. Conforme más produjéramos, más se abaratarían los productos en relación a la onza de oro (o a la de cualquier otro patrón monetario que fuese fijo). Mas, ¿es esto algo negativo? No necesariamente. Mucha gente teme que si los precios caen, los empresarios quebrarán y entraremos en una depresión económica en la que la producción de bienes y servicios se reducirá. Pero lo cierto es que la rentabilidad de los empresarios no depende exclusivamente de los precios de venta de sus mercancías, sino de sus precios y de sus costes (del margen de beneficios).

Si precios y costes se reducen, la producción podrá seguir su curso con normalidad. Es sencillo de comprender: si ahora mismo se dividieran todos los precios de la economía entre diez (incluyendo los de activos y pasivos), prácticamente nada cambiaría. Seguirían siendo rentables las mismas líneas productivas y la gente no vería modificadas sus costumbres de gasto.

Es verdad que si los precios, en lugar de reducirse de golpe, fueran cayendo progresivamente y a ritmos desiguales, el comportamiento de consumidores y empresarios podría tener efectos reales. Los consumidores retrasarían su consumo y los empresarios podrían encontrar que otras líneas de negocio resultan más rentables que la suya (si los precios han caído menos o los costes se han reducido más que en la suya). Pero lo mismo sucede con la inflación: los consumidores tienen incentivos a adelantar su consumo y los empresarios también pueden ver cómo sus cálculos se distorsionan (si los precios suben más o los costes se incrementan menos que en su línea productiva). Y, puestos a elegir, es preferible que los consumidores retrasen su consumo a que lo adelanten, pues la base del capitalismo y de la prosperidad es el ahorro.

En definitiva, el capitalismo con un patrón monetario rígido requeriría de unos mercados flexibles donde los precios –y los costes– pudieran ir modificándose con el transcurso del tiempo. Nada, por otro lado, que no se diera en el s. XIX y que no sea igualmente recomendable en un capitalismo con un patrón monetario más elástico; al cabo, los precios son los faros del capitalismo y nada bueno puede resultar de su manipulación.

Hay una serie de precios que, sin embargo, no es probable que fueran a modificarse ni siquiera en un mercado muy flexible. Me refiero al saldo de las deudas: si los precios caen y el saldo de los pasivos no minora, cada vez los agentes adeudan más dinero en relación con sus ingresos. El temor, en este caso, es que los individuos no tendrán ningún incentivo a endeudarse y, por tanto, no podrán hipotecarse ni para adquirir viviendas ni captar capital emitiendo bonos con el que implementar sus planes de negocios.

Esta preocupación sí es en parte comprensible, pues ciertamente una economía con una deflación persistente de precios tendería a penalizar el endeudamiento. Sin embargo, no es ni mucho menos un obstáculo insalvable para mantener altos niveles de crecimiento económico. Primero, porque al igual que hoy una parte de los tipos de interés que pagan los deudores depende de la inflación esperada (de modo que si el ahorrador desea un rentabilidad mínima del 4% y prevé que los precios suban al 1,5% anual, carga unos intereses del 5,5%), en una economía con deflación persistente los tipos de interés tenderían a incorporar la deflación esperada (de modo que si se desea una rentabilidad mínima del 4% y los precios caen al 1,5%, el tipo de interés sería del 2,5%), incluso indexando los bonos a la evolución de algún índice de precios tal como ya se hace hoy. Segundo, porque la única manera de financiar una empresa no es a través de fondos ajenos (deuda), sino también a través de fondos propios (que, entre otras remuneraciones, reparten dividendos variables en función de la caja que posee la empresa).

Una economía con deflación sería una economía donde la financiación vía fondos propios tendría un peso mucho mayor al actual y donde la deuda, si bien resultaría probablemente más barata en términos nominales, sería de bastante mayor calidad, pues los ahorradores sólo aceptarían no atesorar el dinero y prestarlo a largo plazo a cambio de riesgos que fueran muy seguros; lo cual no significa, ni mucho menos, que fuera una sociedad menos emprendedora o arriesgada, sino que el riesgo se canalizaría por su vías naturales, que no son precisamente la financiación bancaria sino las participaciones en el patrimonio neto de los fondos de venture capital o de private equity.

En conclusión, hemos visto que ni la producción ni la inversión se verían seriamente perjudicadas en un mundo donde la cantidad de medios de pago fuera absolutamente fija. Tradicionalmente se ha asociado este escenario con el patrón oro, pero sí me gustaría añadir unas líneas a este respecto. Dejando de lado que en el último siglo las existencia del metal amarillo se hayan multiplicado por siete, que el oro se convierta en el patrón monetario de una sociedad no significa ni mucho menos que sea su único medio de pago. En una economía moderna, la mayor parte de mercancías se compra vía compensación de créditos y deudas, esto es, pagando unas mercancías con otras mercancías: esa es la base del crédito circulante que proporcionan empresas y bancos a sus clientes (letras de cambio y depósitos a la vista) y que, por supuesto, jugó un papel central en el s. XIX y lo seguiría jugando en una eventual recuperación del patrón oro.

Ni siquiera hoy, en la era del dinero fiduciario, la mayor parte de las transacciones se realizan al contado: la cámara de compensación CHIPS, por ejemplo, efectúa transacciones anuales por importe de 365 billones de dólares, cuando la base monetaria del dólar (el equivalente a la cantidad de oro con la que cuenta el sistema) apenas asciende a 2,7 billones de dólares. De hecho, tampoco esta base monetaria de dólares se ha incrementado al mismo ritmo que la producción de bienes y servicios: entre 1947 y 2007, la cantidad de dólares se multiplicó por 25 mientras que el PIB nominal de EEUU (no hablemos del resto de transacciones mundiales que se efectúan con dólares) lo ha hecho por 60.

El oro no impide que toda esta superestructura de crédito –que es, en el fondo, la que compra y vende mercancías en una economía que haya desarrollado un poquito su sistema de pagos– se pueda erigir; lo que favorece es que esa superestructura sea de una calidad infinitamente mayor a la del dinero fiduciario. Pero la elasticidad de los medios de pago (que no serían ni única ni mayoritariamente monedas de oro) sigue siendo enorme; en ocasiones incluso demasiado grande para evitar la recurrencia de los ciclos económicos.

Así pues, como vemos, el patrón oro no es un buen ejemplo de patrón monetario rígido (y eso que ni siquiera hemos hablado de la posibilidad de que junto con el patrón oro convivan otros patrones monetarios, como la plata o incluso, en ciertos ámbitos reducidos, variedades de medios de pago fiduciarios, electrónicos o no) pero, aun en el caso de que lo fuera, el sistema económico podría seguir funcionando perfectamente. Las objeciones contra el patrón oro no deben buscarse en sesudos argumentos teóricos, sino en la arrogancia de los intelectuales y en los conocidos intereses del Gobierno, de la banca y de una población pródiga en exceso por abusar del endeudamiento barato.

Dinero y deuda

Un agente económico distribuye su riqueza o patrimonio entre varias categorías: bienes de consumo, bienes de capital (entendidos como herramientas que sirven para producir otros bienes o proporcionar servicios), activos o pasivos financieros (acciones u obligaciones) y dinero. Los bienes de consumo satisfacen directamente deseos humanos. Las herramientas son productivas, pueden emplearse para generar riqueza. El dinero es inerte, apenas tiene valor de uso, prácticamente sólo tiene valor de intercambio. En la medida de lo posible los agentes económicos intentan economizar en el uso de dinero manteniendo pequeños saldos de tesorería. El dinero tiene un poder adquisitivo estable, pero atesorarlo tiene un coste de oportunidad: los bienes de consumo que no se disfrutan o los posibles rendimientos de las inversiones que no se realizan. Para economizar dinero los agentes económicos pueden recurrir a sistemas de pago que no requieran de su presencia física.

El dinero es el medio de intercambio generalizado, pero esto no significa que el dinero deba estar presente de forma directa e inmediata en todos los intercambios. El trueque es siempre posible, y también se pueden intercambiar bienes y servicios no por dinero sino por promesas de pago de dinero en el futuro, o dar dinero a cambio de la promesa de entrega futura de algún bien o servicio. No todos los intercambios se completan en el momento pagando al contado: algunos intercambios son separados en el tiempo (adelantados o aplazados, diferidos), el pago definitivo no se produce en el mismo instante en que se entregan las mercancías o se proporciona el servicio. En un intervalo de tiempo pueden intercambiarse bienes sin dar o recibir dinero a cambio (se dio o recibió antes o se dará o recibirá después), y también puede intercambiarse dinero sin dar o recibir bienes a cambio (porque se dieron o recibieron antes o se darán o recibirán después). También son posibles los intercambios de dinero presente por promesas de pago de dinero en el futuro (préstamos de dinero).

Un pago por adelantado genera una deuda o compromiso de entrega de un bien o servicio: el vendedor debe el bien al comprador. Una venta con pago aplazado genera una deuda o compromiso de entrega de dinero: el comprador debe el dinero al vendedor. El acreedor tiene un derecho de cobro respecto al deudor; el deudor tiene un obligación de pago respecto al acreedor. Pero los compromisos de pago de dinero (o de bienes) no necesitan siempre cumplirse mediante la entrega efectiva de dinero (o de los bienes): a veces es posible cancelar una deuda con otra deuda de sentido contrario. El pago por adelantado es poco común y es raro poder compensar deudas de bienes o servicios específicos. La venta a crédito es muy común y al ser el dinero un instrumento utilizado de forma universal es relativamente fácil compensar unas deudas monetarias con otras.

Un vendedor puede aceptar un pago aplazado porque quiere garantizar una venta (que si no tal vez no se realizaría) y sabe (o al menos cree) que recibirá el pago en poco tiempo con gran seguridad. Algunos agentes económicos tienen riqueza o la capacidad de generarla pero ocasionalmente pueden no disponer de dinero (o pueden tener dinero pero no llevarlo consigo en el momento de la compra). Las personas compran (gastan dinero) y venden (ingresan dinero), pero la distribución temporal de sus ingresos y sus gastos monetarios puede estar descompensada: es común recibir unos pocos pagos concentrados (el salario de un trabajador, la venta de la cosecha de un agricultor) y realizar frecuentes pequeños pagos (compra diaria).

En la venta a crédito el vendedor o proveedor entrega su mercancía y el comprador reconoce una deuda pendiente de pago. La deuda es una promesa de pago de dinero que el acreedor acepta en la medida en que juzga que el deudor es solvente: es necesaria la confianza del acreedor acerca de la voluntad y la capacidad de pago del deudor; el acreedor da o reconoce crédito al deudor (estima su honradez y su capacidad económica).

La confianza en que los intercambios diferidos se completen satisfactoriamente surge de forma natural en relaciones entre agentes próximos o con contactos frecuentes, repetidos, estables: compradores habituales y tenderos; diversos eslabones de la estructura de producción, suministro y distribución mayorista o minorista. Los tenderos apuntan los pagos pendientes de sus clientes; los proveedores entregan mercancías a cambio de letras de cambio pagaderas a corto plazo.

Un comprador puede generar una nueva promesa de pago para entregársela al vendedor, pero también puede ofrecerle un derecho de cobro ya existente, una promesa de pago que le entregó un tercero: la deuda circula, se acepta como medio de pago; algunas promesas de pago de dinero se usan como dinero. Si los componentes de un grupo de agentes que comercian entre sí compran y venden por el mismo valor económico en un intervalo de tiempo, no necesitan utilizar dinero en sus intercambios si se dan cuenta de que lo que cada uno debe a los demás por sus compras queda compensado por lo que los demás le deben por sus ventas. El dinero se utiliza principalmente como unidad de cuenta y referencia, y se intercambia solamente para saldar las deudas que no puedan ser compensadas.

La deuda no sólo tiene cantidad: también tiene plazo y riesgo. No es lo mismo un derecho de cobro a corto plazo que un derecho de cobro a largo plazo. No es lo mismo un derecho de cobro contra un deudor muy solvente que contra un deudor poco solvente. Las deudas se compensan y anulan entre sí con más facilidad en la medida en que tengan plazos y riesgos semejantes. Normalmente sólo se usan como medio de pago las deudas a corto plazo y bajo riesgo, con buenas garantías, avaladas por personas fiables y respaldadas por colateral líquido (de valor estable y fácilmente realizable).

El uso de deuda como dinero puede estar inicialmente limitado a grupos pequeños con fuertes lazos internos de confianza, como los comerciantes. La banca comercial extiende esta posibilidad a una población más amplia: certifica el crédito de los agentes económicos, emite deuda propia (billetes y depósitos) que puede usarse de forma generalizada como dinero, y compensa las deudas entre sus clientes (y entre los clientes de bancos diferentes mediante las cámaras de compensación interbancaria). El dinero en sentido estricto (monedas metálicas, dinero básico) se complementa con instrumentos de pago derivados (billetes y depósitos bancarios, dinero en sentido amplio).

España sí es Grecia y no es Suecia

Grecia adeuda ahora mismo más de 350.000 millones de euros. Casi un 160% de su PIB. Y aunque la cifra tendría que dejar sin aliento a cualquiera, su mayor problema es que no puede devolver ni los intereses de esta deuda. La UE lo puede disimular tanto como quiera, y el FMI le puede “obligar” a hacer las medidas correctivas que desee, pero el país está en quiebra. La nefasta gestión de sus gobernantes y el fraude que estos cometieron (entró en la UE falseando sus cuentas entre muchas otras mentiras), han provocado que el país heleno haya entrado en un punto de no retorno.

Su problema se agrava cuando vemos el bochornoso espectáculo de sus ciudadanos. Han sido complacientes durante décadas con el sistema que ahora repudian. Creen que no estamos en crisis, sino ante un robo. Pero a un pobre no se le puede robar porque no tiene nada de valor. Grecia nunca ha sido rica, solo vivía una ilusión de riqueza fundamentado en la deuda y dinero barato a la que ahora no quiere renunciar. Tal sistema de vida es insostenible ya sea a nivel particular, empresarial o de una nación entera.

España es Grecia en este sentido. Los movimientos vistos últimamente del 15-M y Democracia Real Ya, entre otros, muestran el mismo sentir que el de los ciudadanos griegos. El victimismo, las ideas trasnochadas ligadas al hedonismo e irresponsabilidad, y los nulos conocimientos de cómo funciona nuestro sistema fundamentado en el dinero barato y el nefasto sistema de gestión centralizado llamado Estado del Bienestar, nos dan soluciones absurdas para mejorar nuestro presente y futuro.

Suecia pasó por una crisis fiscal en los años 90. Se enfrentaba a la bancarrota o a hacer algo para solucionarlo. Modificó su Estado del Bienestar con privatizaciones, liberalizó su mercado interior y adoptó un sistema donde incluyó la iniciativa privada en la sanidad (el sistema de un solo pagador) y educación (cheque escolar). Está muy lejos de ser un sistema libre, pero tales cambios permitieron al país salir de la crisis.

España se enfrenta a un futuro negro. Por una parte, tenemos a la casta política que es incapaz de tomar medidas realistas y aún piensa en comprar votos para mantener sus privilegios a costa del ciudadano. Por otra parte, tenemos movimientos civiles irresponsables que no saben muy bien lo quieren excepto pedir más socialismo y más Estado Omnipotente. A esto se ha añadido otro actor: la figura fiscalizadora de los mercados internacionales que ya no se fían de ningún país y son extremadamente cautelosos a la hora de colocar sus inversiones. Ya no les sale gratis a los Gobiernos mentir y comprar votos irresponsablemente como hacían antes, pero tampoco saben manejar la situación actual. Todos los políticos del establishment son clientes cautivos de un ciudadano socialmente mal criado y de los exigentes mercados internacionales. Evidentemente los burócratas han tomado la única solución que se podía esperar de ellos: no hacer nada y exprimir las últimas gotas de riqueza que tiene el obseso Estado del Bienestar con más impuestos, multas y creación de funcionarios.

Solo hay una solución real para evitar el desastre, y es hacer una toma de conciencia. El sistema está mal. En Suecia se dieron cuenta a tiempo y eso les salvó momentáneamente. Nuestro estilo de vida va a cambiar de una forma u otra. Téngalo por seguro. Ahora tenemos la oportunidad de decidir si queremos que cambie a peor con más intromisión estatal (estilo Democracia Real Ya y modelo griego) u otorgando más libertad a la sociedad civil con un papel más proactivo en el manejo de la economía. El camino que tomó Suecia solo ha de ser el principio de una larga carrera a la independencia y a la responsabilidad económica y personal. Nuestro bienestar es demasiado importante como para que lo manejen los gobiernos, ya sean del estilo español, griego o sueco.

La errónea regla monetaria de los índices de precios

La pauta de actuación más seguida por los bancos centrales a la hora de determinar su política monetaria es la estabilización de algún índice general de precios. Primero se define una cesta de bienes cuyo precio se pretenda monitorizar; acto seguido se establece el objetivo de fluctuación del índice de precios; y, por último, se compara la variación real del índice con el objetivo: si aumenta por encima del objetivo, se relajará el ritmo de expansión crediticia, si lo hace por debajo o incluso decrece, se intensificará.

Parece claro que el banco central que adopte semejante regla monetaria o bien considera que el objetivo último de su actividad es influir en el nivel de precios o bien asume que la evolución de ese nivel de precios es el parámetro que mejor permite regular otras variables relevantes del sistema económico, como la liquidez de la banca o la estabilidad macroeconómica.

Pero en el diseño de la regla monetaria y en la fijación de sus objetivos ya observamos sus principales defectos: el índice de precios es arbitrario (por lo general, multitud de precios, especialmente de activos, quedan fuera), la tasa de variación óptima de ese índice también es arbitraria (los hay que prefieren una ligera inflación, otros una estabilidad absoluta y algunos una cierta deflación), y la relación entre las decisiones de política monetaria y los cambios en el índice es cuando menos difusa.

Este último punto es muy probablemente el más débil de las políticas monetarias de estabilización de precios. Y lo es en un doble sentido: un índice de precios acorde al objetivo prefijado no garantiza ni la liquidez bancaria, ni la minimización de desequilibrios macroeconómicos, ni siquiera la estabilización de precios en un sentido lato (entendido como la totalidad de los precios, también de aquellos que quedan fuera del índice); una política monetaria expansiva por parte del banco central no arroja en cualquier contexto un incremento del índice de precios (si la destrucción de crédito privada en otras partes de la economía supera la creación que efectúa el banco central) al igual que una política monetaria contractiva tampoco arroja necesariamente una desaceleración del índice de precios (si la demanda privada de crédito es muy elevada y el resto del sistema bancario está en condiciones de inflarlo).

Así pues, tomar como referencia de la política monetaria un índice de precios tenderá a arrastrar al banco central a errores sistemáticos. Su política monetaria podrá ser tan expansiva como para que la liquidez bancaria se degrade de manera acelerada o como para que el precio de ciertos activos se incremente muy sustancialmente, pero si el índice de precios no supera el umbral de inflación permitida, no optará por enfriarla. Es justo lo que sucedió con la Gran Depresión y la Gran Recesión: los bancos centrales creyeron estar actuando rectamente debido a que el IPC se mantenía dentro de los límites fijados como razonables (debido a los aumentos de productividad que compensaban en parte el crédito inflacionario), pero mientras tanto se estaban gestando una enorme burbuja de activos (en la bolsa o en la vivienda, dos precios excluidos del IPC) y una inquietante degradación de la liquidez bancaria que, finalmente, colapsaron en forma de crisis.

Por supuesto, incorporar, como se estudia hacer ahora, al índice de referencia los precios de todos los activos de la economía permitiría corregir levemente las distorsiones de juicio a las que este indicador nos aboca. Pero tampoco sería la panacea: lo preocupante de las crisis no son los incrementos de precios per se, sino la formación de burbujas con base al crédito. Y para detectar una burbuja hay que ir más allá de los aumentos de precios: es pertinente recurrir al uso de distintas ratios (de manera muy primaria, la relación entre las rentas futuras y el precio presente del activo, o PER) y, sobre todo, a un juicio analítico con perspectiva empresarial; pero ninguno de estos elementos puede incluirse en un índice de precios. Ello por no hablar de la circunstancia de que no todas las burbujas vienen ocasionadas por expansiones del crédito, lo que nos podría llevar a la torpe decisión de que el banco central restrinja el crédito para tratar de calmar el apetito especulativo de algunos agentes económicos.

En definitiva, la política monetaria basada en la estabilización de un índice de precios está condenada al fracaso. Primero porque, observando las variaciones del índice, no queda claro cuándo la economía realmente necesita facilitar o restringir el crédito –como ha sucedido en las grandes fases de auge artificial de un ciclo económico–; y segundo porque, una vez decidido en qué dirección queremos influir la evolución del índice, no es ni mucho menos seguro que la política monetaria del banco central vaya a conducirnos por ese camino –como ha sucedido en las grandes fases de depresión de un ciclo económico–. Al final, pues, con este tipo de regla monetaria ciega ante la realidad económica subyacente seguiremos padeciendo expansiones o contracciones crediticias excesivas.

¿Doble crisis mundial? No, la misma

En octubre de 2009 Estados Unidos salió de la recesión y los economistas del establishement afirmaron que una vez acabada la recesión, había acabado la crisis. Una bobada en toda regla.

Los economistas que dan explicaciones macroeconómicas a la evolución de un país suelen basar "su realidad" a través del crecimiento puro y duro sin prestar importancia a factores tan de base como por ejemplo el desempleo. Una encuesta realizada la semana pasada afirmaba que el 89% de los estadounidenses cree que la economía se encuentra en mal estado. ¿Se equivocan los economistas o la gente? Las recetas para la recuperación de Estados Unidos han sido más gasto, más funcionarios y más dinero en el mercado nacido de una imprenta (QE1 y QE2, a nivel más técnico). ¿El resultado? Bueno, la inyección de dinero de la Reserva Federal solo ha servido para disparar las materias primas, inanición en el tercer mundo y crear una inflación desbocada en las bolsas (en los últimos dos años el S&P y el Dow Jones se han doblado). Bernanke solo hace que calentar la próxima crisis. En Estados Unidos se está creando la figura del desempleado de larga duración. ¡Menuda salida de la crisis!

Ahora los mercados necesitan más. Más droga que les alimente. Esto es, como un yonki con el síndrome de abstinencia, piden a la Reserva Federal más dinero en el mercado con un QE3. Con el fin de los "estímulos", las bolsas de Estados Unidos no paran de bajar presionando a Bernanke para que vuelva a estimular la economía indefinidamente. Muchos analistas ya apuntan que si no hay QE3, el S&P puede llegar a los 1.000 puntos, lo que significa bajar un 20% respecto a cuotas actuales. ¿Todo el descomunal despilfarro ha servido de algo? De nada. ¿Servirá de algo repetir lo mismo? Lo empeorará todo más. La inflación de los bancos centrales no crea productividad, ni riqueza. Al revés, es el verdugo de ambas.

Es más, las cosas empeoran. Dos datos recientes. El indicador ECRI, que mide la tendencia de los ciclos americanos y que por el momento no ha fallado jamás, muestra una desaceleración de la economía. Como afirmó Lakshman Achuthan, uno de los fundadores del índice: ECRI nos dice que solo hay una tendencia, la bajada.

Está ocurriendo lo mismo con la vivienda donde las caídas desde máximos superan el 30%, pero el panorama no es bueno. Robert Schiller, co-fundador del índice del precio de la vivienda Standard & Poor’s/Case Shiller, afirma que el sector inmobiliario podría caer una media adicional del 20%; lo que sería una bajada superior a la de la Gran Depresión.

¿Y si Estados Unidos está así, cómo va Europa? Los acontecimientos europeos están más dentro del mundo de la política que del merado. No es un terreno apto para economistas ya, sino para politólogos. Después de un año, aún nadie sabe qué va a pasar con Grecia (la actual turbulencia de los mercados europeos se debe básicamente a esta cuestión). Entre la UE, Alemania y resto de países están mareando la perdiz mientras el viejo continente se va a pique. Los políticos han estado perdiendo el tiempo con recetas de gasto, ridículos recortes y aumento de la recaudación. Las medidas que preparan tampoco servirán de nada.

Este segundo semestre de año promete. Promete más incertidumbre, más pobreza y más penurias. No es tan difícil arreglarlo. Solo es cuestión de dejar a la economía civil que actúe en lugar del Gobierno. Si hubiesen dejado quebrar todos los malos bancos y disolverse las malas inversiones para dar más participación a la libre iniciativa privada restándola de la estatal, ya no hablaríamos de segundas crisis o continuación de la misma, sino de evidentes recuperaciones.

La lección británica de 1815

Al término de la guerra con Francia, tras la derrota definitiva de Bonaparte en la batalla de Waterloo en 1815, el Gobierno de Londres se encontraba en situación de quiebra técnica tras acumular una deuda pública próxima al 250% del PIB.

Durante los años de la campaña bélica, Gran Bretaña optó por abandonar el patrón oro para embarcarse, como es tradicional en estos casos, en una decidida política inflacionista mediante la expansión del crédito y un brutal incremento del gasto público a fin de poder sufragar los costes de guerra. Además, la estructura productiva del país se orientó hacia la fabricación de armamento, al tiempo que el sector agrícola (clave en esa época) vivía su particular burbuja al calor del crédito fácil y los contratos del ejército.

Pero la orgía llegó a su fin. A la expansión del crédito inflacionario propio del período bélico le siguió rápidamente otro de posguerra marcado por la recesión económica y la temida deflación –contracción monetaria y caída de precios–. El crédito total del Banco de Inglaterra cayó desde los 44,9 millones de libras el 31 de agosto de 1815 hasta los 34,4 millones en 1816, una reducción del 24%. Esta contracción monetaria provocó que muchos bancos regionales acabaran quebrando entre 1814 y 1816.

Ante tal situación, la industria y la agricultura, los sectores productivos más beneficiados por la expansión que generó el período bélico, comenzaron a demandar al Gobierno la puesta en marcha de ambiciosos planes de estímulo para frenar la depresión. Es decir, programas de gasto público recurriendo al déficit para sufragar grandes obras de infraestructura, ayudas públicas y subvenciones de toda índole. Asimismo, destacados economistas y políticos reclamaron mantener el dinero fiduciario para impulsar nuevamente la inflación y la expansión del crédito. En resumen, las típicas políticas de expansión fiscal y monetaria que hoy en día tanto defienden los keynesianos, con el objetivo de reanudar una nueva burbuja a base de más deuda (crédito).

Por suerte, el Gobierno de Lord Liverpool hizo caso omiso a tales exigencias. Ignoró las propuestas encaminadas a generar inflación para tratar así de evaporar la montaña de deuda que presentaban las arcas públicas. Con una deuda del 250% del PIB, al borde del colapso económico, Gran Bretaña optó por restaurar el patrón oro (1820), con la consiguiente deflación de precios, y por recortar drásticamente el gasto público.

Liverpool permitió al mercado hacer su trabajo: depurar las malas inversiones y liquidar las distorsiones de producción causadas por las descompensadas demandas del período bélico y el auge del crédito inflacionario. Dicho de otro modo, el Gobierno dejó que la necesaria recesión siguiera su curso, que el mercado corrigiera los errores del pasado para poder regresar a una sana economía de paz con bases sólidas. Todo ello hizo posible que la Revolución Industrial pudiera desarrollarse en libertad, elevando de forma general el nivel de vida de los ingleses –el despilfarro bélico tan sólo benefició a determinados sectores–. Daba comienzo la mayor etapa de crecimiento económico de la historia de Gran Bretaña.

En apenas una década, gracias a los abultados superávits presupuestarios, la carga de la deuda pública se redujo hasta niveles manejables. El resultado a largo plazo fue un siglo de estabilidad de precios y una gran prosperidad económica. En 1900 la deuda era del 30% del PIB, y la riqueza del país se había multiplicado por diez. Una valiosa lección para la actual crisis de deuda pública.

Grecia puede pagar su deuda

Así, aunque ambos procesos cuentan con claras diferencias, la cuestión es que, por primera vez en la historia de la Unión Monetaria, las autoridades internacionales ya barajan extender el vencimiento de los bonos helenos con el consiguiente perjuicio para los tenedores privados de deuda para, posteriormente, aplicar probablemente un descuento en el valor nominal de los mismos en un futuro no muy lejano, cuando los bancos (principales acreedores) dispongan de un colchón suficiente para asumir las pérdidas sin riesgo de ser arrastrados. Es decir, el tradicional proceso de quita y espera, pero al revés –primero espera y después quita–.

Al mismo tiempo, los gestores de una empresa en problemas suelen perder el control de la misma durante el transcurso del proceso para acelerar las liquidaciones y la necesaria reestructuración a fin de cumplir los compromisos de pago en la medida de lo posible sin menoscabo de la futura supervivencia de la compañía. En este sentido, Bruselas y el FMI abogan ya abiertamente por tomar el control de las cuentas públicas helenas, aunque de forma más o menos indirecta, con el objetivo de garantizar el cumplimiento de las condiciones impuestas en el rescate, lo cual implicará perder parte de su soberanía nacional. De este modo, la UE pretende evitar el peor de los escenarios: el default puro y duro de Grecia y su probable salida del euro.

Sin embargo, el haber llegado hasta aquí es responsabilidad exclusiva de Atenas. La ausencia de reformas estructurales para alentar el crecimiento y el aumento exponencial del tamaño del Estado griego durante los últimos lustros han creado el caldo de cultivo ideal para el estallido de la brutal crisis de deuda pública que ahora padece el país. El problema es que, una vez que la espita saltó por los aires, Atenas, si bien reconoció parcialmente la enfermedad, se negó a poner en marcha de inmediato el imprescindible plan de choque que requería tal situación. De hecho, mal aconsejado por los técnicos internacionales, erró de plano en el tratamiento: subió los impuestos de forma generalizada y empleó una tijera para podar ramas cuando, en realidad, precisaba de una motosierra capaz de cortar árboles e, incluso bosques enteros.

El Estado griego es, simplemente, enorme, y su peso ahoga de forma trágica la escasa capacidad productiva del país. Pero liquidar un Estado nunca ha sido tarea fácil. De hecho, los políticos prefieren declarar la bancarrota nacional (negarse a pagar lo que deben) antes de perder su poder en favor del sector privado. Cuando un Estado tiene problemas para pagar lo normal es que no pague, según ha venido demostrando la historia a lo largo de los siglos: o bien entra en suspensión de pagos o bien genera inflación a toda máquina para evaporar el valor nominal de la deuda contraída.

El caso griego es distinto: en primer lugar, si se niega a pagar de forma unilateral, saldrá del euro; en segundo lugar, al no poseer autonomía monetaria para imprimir papel a su antojo, por suerte para griegos y acreedores, Atenas no podrá optar por devaluar las deudas asociadas, y de paso toda la riqueza del país, vía inflación. En este caso, el euro funciona a modo de patrón oro, ya que impide a los políticos helenos cometer el fraude masivo de erosionar el valor de la moneda de forma ruin y maliciosa.

Aún así, Grecia no pagará todo lo que debe, de ahí el término "reestructuración suave" empleado por la elite pública europea. Y no lo hará porque, a diferencia de una empresa, liquidar un Estado conlleva un elevadísimo coste político y electoral. Por desgracia, la mayoría de la población se niega a adelgazar el elefantiásico poder político de Atenas. Muchos viven directa o indirectamente del sector público, cuyo tamaño alcanza casi el 50% del PIB.

Su Gobierno tan sólo se compromete por el momento a recortar algo más de grasa corporal (gasto público), profundizar en las reformas para potenciar el crecimiento y privatizar activos por valor de 50.000 millones de euros hasta 2015. Estas medidas no evitarán la temida reestructuración, y Bruselas y el FMI son conscientes de ello. El Gobierno griego adeuda un total de 330.000 millones de euros, equivalente al 142,8% del PIB en 2010.

Sin embargo, su plan podría ser mucho más ambicioso. Según el Banco Central Europeo (BCE), Atenas posee una enorme cartera de activos públicos, cuyo valor estimado asciende a 300.000 millones de euros, incluyendo empresas, infraestructuras, acciones, participaciones, suelo y todo tipo de bienes inmuebles. Tan sólo la agencia pública Hellenic Public Real Estate Corp. gestiona 75.000 propiedades inmobiliarias. Además, Grecia también podría vender islas, playas, oro y hasta monumentos si es necesario con tal de cumplir sus compromisos y evitar el doloroso estigma de la quiebra.

Pero ni siquiera haría falta llegar tan lejos: si Atenas redujera el peso del Estado a la mitad (unos 60.000 millones), con la consiguiente privatización de pensiones, sanidad y educación, y vendiera el 50% de sus activos públicos (otros 100.000 millones por lo bajo) su deuda quedaría reducida al 70% del PIB; ello, unido a un compromiso serio de equilibrio presupuestario (déficit cero) y a un ambicioso plan de reformas para liberalizar la economía y bajar impuestos, permitiría reducir aún más su endeudamiento a medio plazo por la vía del crecimiento económico.

Sobre el papel no parece un plan excesivamente complicado –episodios pasados demuestran que es posible–, pero resulta inviable en la práctica. Atenas lo rechazaría, los sindicatos lo impedirían, los electores lo odiarían… Grecia puede pagar, lo que pasa es que no quiere y, por lo tanto, no lo hará.