Ir al contenido principal

Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Dinero, finanzas y economía: (y II) la intervención estatal

El buen dinero como institución libre es sustituido por el mal dinero impuesto coactivamente por el Estado: es un proceso histórico gradual que va desde el monopolio de la acuñación de monedas de metales preciosos hasta el monopolio de emisión de billetes y monedas sin referencia ni valor real, mediante leyes de curso legal forzoso, la prohibición o desincentivación de alternativas (penalización de la posesión de metales preciosos y de su uso como medios de pago o referencia contractual), y la instauración de bancos centrales oficiales encargados de la gestión del dinero estatal.

Con un dinero oficial ya no son todos y cada uno de los ciudadanos quienes deciden constantemente de forma descentralizada, evolutiva y adaptativa qué es dinero y qué no, sino que unos pocos gobernantes imponen su elección a todos, y además suelen reservarse el derecho a producirlo en exclusiva, normalmente con costes tan bajos que ello les facilita unos ingresos considerables (señoreaje).

Los gestores estatales del dinero pueden prometer que preservarán su poder adquisitivo, pero son incompetentes para ello ya que es una tarea imposible de realizar mediante la planificación centralizada. Además los errores en la estabilización del valor del dinero no son aleatorios: la posibilidad de facilitar la financiación estatal mediante la inflación implica un sesgo sistemático hacia la pérdida de valor del dinero; la independencia de los bancos centrales a menudo no es real. La inflación además suele excusarse, o incluso falazmente justificarse, como una forma de estimular el crecimiento económico, o como un modo de evitar los presuntos graves peligros del abismo de la deflación.

La imposición de formas concretas de dinero puede aprovecharse por los Estados para obtener ingresos: el gobernante impone un dinero sobre cuya producción tiene alguna ventaja competitiva o monopolio; o el monarca recibe monedas buenas, manipula su contenido metálico quedándose con buena parte del mismo, y exige al gastarlas que circulen por su valor nominal o facial.

El Estado también puede aprovechar el intervencionismo monetario para reducir el coste de su endeudamiento (fomentando la compra de deuda estatal, lo que reduce su tipo de interés) o impagar parcialmente sus deudas de forma fraudulenta (sin reconocer el impago): la inflación reduce el valor real de las deudas, y el principal deudor suele ser el Estado, que es el agente con el poder para generarla.

Los billetes o depósitos (medios fiduciarios) que antes eran promesas de pago de los bancos centrales (o de algunos bancos privados) convertibles a la vista en cantidades específicas de oro, se transforman en billetes inconvertibles sin ninguna referencia o derecho real, entes abstractos sin posibilidad de concreción determinada, símbolos sin significado o referente estable y por lo tanto fácilmente manipulables: son las diversas divisas fiat nacionales o supranacionales, que pueden además devaluarse periódicamente según criterios políticos para impagar a los acreedores, especialmente a los extranjeros. El activo bancario que sirve como respaldo de billetes y depósitos ya no consiste en bienes privados de máxima liquidez, sino que se sustituye por la deuda estatal.

El dinero mercancía desaparece: no existe un bien con valor estable que se use como dinero, no es posible refugiarse en su posesión y atesorarlo como depósito fiable de valor. Los agentes pierden la costumbre de usar monedas de oro o plata en los intercambios (o medios de pago que se refieren a ellas), y su poder adquisitivo fluctúa dependiendo en gran medida de las manipulaciones de los bancos centrales (gestión de sus divisas y de sus grandes reservas de metales preciosos).

La depreciación sistemática del dinero estatal sólo puede afrontarse aceptando las pérdidas, gastándose el dinero, prestándoselo al Estado al comprar deuda pública, o asumiendo riesgos especulativos con posibilidad de ganancias o pérdidas (compra de materias primas, inmuebles, terrenos, activos financieros).

El Estado tiende a distorsionar el dinero en su propio beneficio para mejorar sus ingresos y su financiación. Su depreciación sistemática fomenta la función de medio de intercambio y menoscaba la de depósito de valor: así el Estado incentiva la compra de su deuda (atesorar dinero estatal en forma de billetes implica perder valor por la inflación), e intenta que los agentes privados realicen más intercambios que le generen ingresos fiscales mediante los impuestos por actividad económica (los agentes intentan defenderse de la pérdida de poder adquisitivo desprendiéndose antes del dinero).

Ciertos activos financieros presuntamente carentes de riesgo (e incluso indexados a la inflación, como la deuda estatal indexada por índices de precios), no son equivalentes al atesoramiento de dinero, ya que se trata de préstamos que el agente económico no habría realizado (o al menos no en tanta cantidad) si dispusiera de la posibilidad de recurrir a un bien real como buen dinero.

Los agentes económicos pueden intentar defenderse de la inflación considerándola en los precios que piden en los intercambios, sobre todo en las relaciones contractuales a largo plazo (salarios, deuda, diversos derivados). Pero a menudo sólo se tienen en cuenta expectativas de inflación, y el Estado puede intentar burlarlas mediante inflación por sorpresa: del dinero como referencia estable y fácilmente predecible se pasa al dinero como herramienta de desestabilización impredecible.

El Estado fomenta la confusión entre dinero (bien presente, medio de pago, nivel de precios) y financiación (coordinación intertemporal, tipos de interés). Las manipulaciones estatales del dinero y el crédito son las causantes de los ciclos económicos: los bajos tipos de interés y las diferentes garantías estatales que provocan riesgo moral fomentan la expansión desestabilizadora del crédito y el endeudamiento (tanto en cantidad como en duración). Los agentes económicos, especialmente los bancos, tienden a deteriorar sus posiciones de liquidez, endeudándose a corto plazo y prestando a largo plazo (desajuste de plazos), hasta límites insostenibles que terminan haciéndolos insolventes.

El intervencionismo estatal (monetario y otros) causa múltiples descoordinaciones en la estructura productiva de la economía, que no refleja las capacidades y preferencias de los agentes económicos: estos podrían expresar su desacuerdo con las oportunidades de compra o inversión atesorando dinero y esperando las correcciones pertinentes, pero los gobernantes intentan impedir esta posibilidad.

En lugar de reducir sus precios relativos o cambiar lo que producen, los proveedores fracasados o dueños de recursos ociosos (tanto de bienes como de servicios, entre ellos los laborales) intentan evitar o reducir sus pérdidas exigiendo al Estado que inyecte dinero a la economía, presuntamente para estimularla: en realidad estos vendedores están exigiendo al Estado que los privilegie a costa de otros vendedores y de todos los compradores (los que tienen el dinero y sufren la pérdida de su poder adquisitivo) y de los receptores de rentas fijas. Se erosionan la libre competencia y la soberanía del consumidor, y los vendedores acostumbrados a recurrir de forma exitosa a la intervención coactiva del Estado hacen rígidos sus precios: su estrategia de negociación consiste en ser inflexibles y exigir ser rescatados de sus errores.

Los agentes económicos pueden intentar defenderse de las manipulaciones estatales recurriendo a medios de pago alternativos no prohibidos: los más importantes son los depósitos bancarios, que son dinero privado (entendido en sentido extenso). Pero la referencia o base de esos depósitos sigue siendo el dinero oficial, y los bancos en realidad no son competidores contra el Estado sino sus colaboradores: a cambio de comprar su deuda (que es presuntamente segura y no incrementa los requisitos legales de capital), y de aceptar ser regulados y supervisados, los gobernantes reducen la competencia en el sector (oligopolio) y lo protegen de sus errores (garantías de refinanciación por el banco central, operaciones de rescate). Además los diferentes bancos no compiten en la calidad de sus depósitos ya que la vigilancia de los depositantes queda anulada mediante los fondos de garantía de depósitos.

La banca privada sometida a un banco central tiende a magnificar los errores del intervencionismo monetario estatal: los defectos de regulación y supervisión, inevitables por problemas de falta de información e incentivos perversos de los gobernantes, llevan a la banca a asumir riesgos excesivos, poniendo en peligro a todo el sistema económico.

La politización del dinero significa entregar un enorme poder al agente ya de por sí más poderoso, dañino, ineficiente, incompetente e ilegítimo: el Estado. Algunos colectivistas* intentan falazmente justificar simultáneamente el dinero estatal y los impuestos: según ellos el mercado libre no es capaz de generar espontáneamente un buen dinero, y la fiscalidad consigue que el medio de pago impuesto y aceptado por el Estado tenga aceptación generalizada (ya que hay que usarlo para un desembolso tan grande como el pago fiscal, tiende a usarse para todos los demás pagos); además los impuestos, los tipos de interés y la masa monetaria podrían ajustarse para promover el crecimiento y estabilizar la actividad económica.

La realidad es que los impuestos suelen ser una redistribución masiva, coactiva, inmoral e ineficiente de riqueza; el mercado genera espontáneamente buen dinero; y el Estado es sumamente incompetente en la gestión de la economía. Eventualmente las manipulaciones estatales pueden ser tan dañinas que los ciudadanos desobedecen las leyes de curso legal forzoso y repudian la moneda: el Estado no puede crear un buen dinero, pero sí puede destruirlo.

El dinero politizado supone dificultar las relaciones comerciales internacionales (costes de transacción entre divisas, riesgo de tipo de cambio) y posibilitar las guerras comerciales mediante devaluaciones: se fomenta el colectivismo violento, el enfrentamiento conflictivo de ellos contra nosotros. El poder de control de la moneda puede también facilitar la financiación de las guerras, casi nunca justificadas, evitando alternativas más adecuadas o prudentes como los impuestos o la deuda, y con el coste de dañar algo tan esencial para la economía como su patrón monetario.

Para evitar los problemas monetarios de las barreras políticas algunos colectivistas proponen un gobierno mundial del dinero: no tienen suficiente con los fracasos locales, y proponen un fracaso a escala máxima, sin posibilidad de competencia ni alternativas. Del dinero como institución descentralizada se pasaría al máximo nivel posible de socialismo y coacción monetaria.

* Teoría monetaria moderna o Modern Monetary Theory.

Dinero, finanzas y economía: (I) el mercado libre

El dinero como institución funciona mediante las decisiones libres y acopladas de grandes cantidades de agentes económicos que lo ofrecen y aceptan voluntariamente como medio de pago, lo guardan como depósito de valor y lo usan como referencia y unidad de cuenta. El dinero externo o dinero mercancía (normalmente diferentes monedas y lingotes de metales preciosos) se complementa con el dinero interno o promesas de pago de los bancos (billetes o depósitos) a muy corto plazo y con colateral muy líquido.

Cada individuo ejerce una pequeña influencia sobre el sistema monetario, controla su calidad según cómo lo usa o deja de hacerlo: qué dineros concretos acepta y cuáles no, en qué condiciones y a qué precios (o poder adquisitivo). Las monedas pueden no aceptarse por su valor nominal si su pureza o peso son diferentes de los anunciados o se sospecha alguna posible falsificación; las promesas de pago pueden rechazarse, o aceptarse solo con algún descuento, por ser poco fiables o difíciles de cobrar (pasivos de bancos con reservas insuficientes o activos poco líquidos). Los productores de los diversos dineros y medios de pago (especialmente los bancos) no los imponen de forma coactiva sino que compiten por ofrecer un bien con poder adquisitivo estable. La libre competencia tiende a expulsar y eliminar los malos dineros, y los efectos de red y realimentación positiva hacen que predominen unos pocos dineros fácilmente convertibles entre sí (monedas de acuñaciones reconocidas, billetes y depósitos de bancos fiables y convertibles en metálico a la vista). El mal dinero bancario puede hacer quebrar a sus emisores, los bancos que expanden el crédito en exceso, deterioran su liquidez, asumen demasiados riesgos, descalzan plazos y terminan siendo insolventes.

Las funciones de medio de intercambio y depósito de valor del dinero son complementarias: mientras que no se encuentra una oportunidad de compra o inversión interesante, el dinero se atesora a la espera de mejores circunstancias. Los individuos no escogen solamente entre los diversos dineros posibles: también deciden qué producir, qué vender y qué comprar, a qué precios, en qué cantidades, y en qué momento. Cuanto mayor sea la especialización y la división del trabajo más necesarios y frecuentes son los intercambios monetarios. Pero estos intercambios sólo se producen voluntariamente si ambas partes resultan a priori beneficiadas, lo que exige a los productores adaptarse permanentemente a las demandas de los consumidores.

La estructura de producción de una economía compleja tiene múltiples procesos y agentes intermedios entre los bienes finales de consumo y los factores de producción de órdenes superiores. Una estructura de producción de una economía libre tiende a reflejar las capacidades y las preferencias de los agentes económicos, no sólo en la diversidad de bienes y servicios sino especialmente en su dimensión temporal (bienes presentes o bienes futuros): los patrones de especialización e intercambio sólo son sostenibles si son compatibles con las preferencias y capacidades de los agentes para el consumo y el ahorro.

El mercado genera de forma espontánea su propia regulación descentralizada. Algunos intercambios se negocian y realizan en el presente inmediato adaptándose de forma flexible a las condiciones de la oferta y la demanda de cada momento y lugar; otras relaciones formalizadas mediante contratos garantizan ciertos precios y cantidades en algún intervalo de tiempo, reduciendo así la volatilidad y la incertidumbre. Los contratos producen reglas prácticas concretas de aplicación local que complementan a la norma básica del derecho de propiedad o principio de no agresión: las reglas más adecuadas se descubren de forma evolutiva mediante ensayos y difusión de lo exitoso.

Un individuo puede participar en un proyecto empresarial mediante la compra de acciones de una sociedad (que dan derecho al control de la misma y a posible dividendos). Los agentes (tanto individuales como colectivos) pueden prestarse dinero unos a otros a cambio de un interés, por diversos plazos de tiempo, y con diferentes garantías (avales, restricciones contractuales, colateral): el que presta realiza un gasto ahora a cambio de una promesa de ingreso futuro; el que recibe prestado recibe un ingreso ahora a cambio de una obligación de gasto o pago futuro. Los préstamos pueden realizarse directamente entre las partes o mediante la intermediación bancaria.

Cada agente económico posee un patrimonio constituido potencialmente por objetos físicos (activos inmobiliarios, vehículos, máquinas, herramientas, materias primas), dinero y activos financieros (acciones y derechos de cobro, lo que otros le deben), y además puede tener un pasivo (obligaciones de pago, lo que debe a otros). Con cada intercambio se producen ingresos (el dinero que se recibe) y gastos (el dinero que se da): el gasto de uno es el ingreso de otro. Los pagos pueden ser por realizar un trabajo (salario), por un alquiler (renta), por compraventa de bienes y servicios, por intereses de un préstamo o por dividendos de acciones.

Ingresos y gastos son flujos que se suman al patrimonio o se restan del mismo: un ingreso monetario incrementa el saldo de tesorería; el dinero puede ser gastado en bienes de consumo (perecederos o duraderos) o invertido (acciones, préstamos). Los agentes pueden mantener o modificar la distribución de su patrimonio y su posición financiera según sus circunstancias presentes y sus expectativas (confianza o desconfianza) sobre el futuro, asumiendo más o menos riesgos, reduciendo o incrementando los plazos de las deudas (como acreedores o deudores), manteniendo más o menos liquidez.

Las personas en sus decisiones económicas no tienen en cuenta solamente las condiciones presentes, que nunca se conocen en su totalidad, sino que consideran también las expectativas de cara al futuro, especulan porque no pueden predecir con certeza absoluta. Los agentes económicos, tanto individuos como colectivos, asumen empresarialmente diversos riesgos e incertidumbre al planificar la producción de bienes y servicios valiosos para los demás, y reciben premios o castigos (beneficios o pérdidas) según cómo acierten o se equivoquen.

El mercado tiende a corregirse porque quita recursos escasos a aquellos que demuestran no saber usarlos de forma eficaz y eficiente y se los entrega a quienes sí han sabido hacerlo. Los que fracasan en sus proyectos empresariales deben asumir las pérdidas, corregir su conducta, traspasar sus negocios o quebrar y liquidarlos, dejando recursos disponibles para los demás. Las equivocaciones generalizadas son raras: pueden producirse efectos de manada o imitación, optimismos contagiosos o exuberancias irracionales, pero toda transacción tiene dos partes y es posible obtener grandes beneficios apostando contra mayorías equivocadas.

Los factores de producción (trabajo, materias primas, maquinaria) no suelen estar en uso en su totalidad: por precaución es necesario mantener ciertas reservas disponibles para situaciones problemáticas (averías, cortes de suministro, incrementos de demanda). Además la constante reorganización y adaptación de la estructura de producción implica que algunos recursos deban permanecer inutilizados mientras que se liberan de proyectos productivos fracasados y se recolocan en nuevas empresas con perspectivas de beneficio. La necesidad de ajustes mayores implica más recursos desaprovechados por más tiempo.

Nosotros o ellos

No en vano, medios de comunicación y políticos suelen ser un fiel reflejo del tipo de sociedad existente en un país. La cuestión es que un mero repaso de titulares desvela con rotunda claridad que algo muy importante ha cambiado en España… ¡El Gobierno! Más concretamente su color político.

Así recogían algunos periódicos la noticia del día, referida a la exitosa subasta del Tesoro Público, tras lograr colocar en el mercado 10.000 millones de euros, el doble de lo previsto, a un coste financiero menor que en ventas equivalentes previas.

En primer lugar, los medios comúnmente asociados o más próximos al PP:

  • ABC: "Los mercados premian los ajustes de España", sobre una foto en la que llueven billetes del cielo.
  • El Mundo: "Los mercados aplauden los ajustes de Rajoy con una compra masiva de deuda".
  • La Razón: "El plan Rajoy funciona".

¿Y los de izquierdas –entiéndase PSOE–?

  • El País: "La barra libre de dinero del BCE alivia la presión sobre la deuda española".
  • Público: "La banca gana. Las entidades compran deuda española al 3,5% con dinero prestado por el BCE al 1%".

Lo relevante aquí es que los primeros no destacaron con tal rotundidad y contundencia el abrumador éxito que viene cosechando el Tesoro en las subastas de las últimas semanas, antes de que Rajoy anunciara su famoso plan de ajuste –que no es otro que subir impuestos– y, casualmente, después de que el Banco Central Europeo (BCE) reabriera su línea extraordinaria de liquidez a los bancos, mientras que los segundos obviaron, precisamente, esta última variable en las anteriores colocaciones de bonos, cuando Zapatero aún ostentaba el poder.

La clave, sin embargo, sigue siendo la misma. Es posible que el cambio de Gobierno haya podido influir algo en la percepción de los inversores hacia los bonos españoles, pero el factor fundamental sigue siendo la facilidad financiera otorgada por el organismo monetario, reabriendo así el famoso carry tradellevado a cabo en 2009 y 2010. A finales del pasado noviembre, el BCE comenzó a atragantarse con la deuda de España e Italia, desatando una creciente preocupación en los mercados que, pocos días después, fue aliviada tras anunciar que reabría el grifo de la liquidez ilimitada a tres años y a un tipo de interés del 1% (mínimo histórico). Es este nuevo balón de oxígeno a la banca, y no el ajuste de Rajoy, el que logró inflar artificialmente la subasta del Tesoro, no sólo español sino también italiano.

Por desgracia, España tiene graves déficits estructurales en materias muy diversas, pero por encima de todas destaca un denominador común: la profunda politización y partidismo que sufre el conjunto del país. La política levanta pasiones muy similares a las del fútbol, de forma que unos y otros militan con devoción en PP o PSOE, sin atender a más razones que a esas siglas como si de Madrid o Barça se tratara. Y ello, con independencia de las ideas o fundamentos ideológicos que profesan sus particulares formaciones, lo cual denota una profunda ausencia de reflexión y actitud crítica en la sociedad española.

Así, en los últimos días sorprende cómo tertulianos y votantes del PP defienden con ahínco la subida tributaria aprobada por Rajoy cuando hace apenas unos meses lanzaban pestes contra medidas similares adoptadas por Zapatero. Las siglas, no las ideas, gobiernan España, y esto es, sin duda, un motivo de grave preocupación. La crisis no se resolverá mediante eslóganes o pancartas sino a través de la implementación de medidas correctas. Y estas últimas sólo podrán fructificar a través del debate de las ideas no de los partidos. No es una cuestión de PP o PSOE sino de libertad o estatismo, liberalismo o colectivismo… Nosotros o ellos.

La estabilidad de la banca

Algunos críticos de la banca libre argumentan falazmente que el negocio bancario requiere supervisión y garantías estatales para evitar una presunta inestabilidad intrínseca. Según ellos la teoría de juegos muestra que respecto a los depósitos bancarios existen dos equilibrios o soluciones estratégicas posibles: uno en el que todo el mundo mantiene su dinero depositado en el banco, pensando que todos los demás van a hacer lo mismo; y otro en el cual todo el mundo corre a retirar sus depósitos de los bancos porque cada individuo cree que todos los demás van a hacerlo también (corrida bancaria), haciendo quebrar todo el sistema.

Esta última posibilidad sería un ejemplo de fallo de mercado o acción colectiva irracional que habría que evitar mediante el intervencionismo estatal, concretado en un fondo obligatorio de garantía de depósitos que presuntamente calmaría a los depositantes y evitaría el colapso del sistema bancario. Otra herramienta adicional sería un banco central dispuesto a actuar como prestamista de última instancia para bancos con problemas de financiación en el mercado.

Este pésimo argumento asume que la banca necesariamente debe descalzar plazos (recibir prestado a corto plazo y prestar a largo plazo), operar con un fondo de maniobra negativo y ser esencialmente insolvente al no poder pagar a sus acreedores si todos reclaman simultáneamente el cobro de sus deudas. Pero esto es una práctica malsana que está en la raíz de las expansiones insostenibles del crédito y los ciclos económicos, y no conviene mantenerla con presuntas garantías imposibles de cumplir sino eliminarla mediante la libertad y la competencia. En realidad es el intervencionismo estatal en materia monetaria y bancaria lo que genera un sistema financiero altamente inestable. La banca libre puede operar de forma estable con prudencia y sin descalce de plazos.

Un cliente mantiene una cuenta corriente en un banco si valora los servicios que recibe más que sus costes, teniendo en cuenta los riesgos de los posibles impagos que implica cualquier deuda. El cliente que cierra su cuenta en un banco renuncia a sus diversos servicios, fundamentalmente de cobros y pagos, los cuales deberá realizar de otra manera: en efectivo o mediante otro banco.

Un banco puede ser prudente o asumir riesgos excesivos (ser solvente o no serlo), y un cliente puede confiar en un banco o no (de forma justificada o injustificada). Un cliente que confía en un banco solvente simplemente mantiene su relación con el mismo; un cliente que deja de confiar en un banco solvente puede abandonarlo, pero entonces pierde una posibilidad de relación comercial mutuamente beneficiosa; un cliente que confía en un banco insolvente está contribuyendo a mantener un sistema financiero nocivo e inestable y está asumiendo riesgos que probablemente le supondrán alguna pérdida; un cliente que desconfía correctamente de un banco insolvente retira sus depósitos, y si muchos lo hacen así obligan al banco a corregir su conducta o quebrar.

En el extraño caso de que ocurriera un pánico contra un banco solvente, todos los depositantes podrían recuperar su dinero si así lo reclamaran: el banco podría demostrarlo haciendo públicas sus cuentas y balances, mostrando que sus activos respaldan adecuadamente a sus pasivos (con lo cual seguramente frenaría la retirada de depósitos), o simplemente haciendo frente a las reclamaciones de pago de quienes quieran liquidar sus cuentas.

Los pánicos generalizados normalmente sólo se realimentan si hay algo de verdad detrás del miedo: si un banco es insolvente, no todos los acreedores podrán recuperar todos sus préstamos, y es racional que los depositantes intenten retirar su dinero los primeros, ya que si lo consiguen lo recuperarán por completo, pero si se declara la suspensión de pagos o la quiebra seguramente deban asumir alguna espera o pérdida.

La insolvencia de un banco, o de todo un sistema bancario, no es un evento aleatorio del cual sea posible protegerse mediante algún tipo de seguro. Los fondos de garantía de depósitos son engañosos, hacen creer a los depositantes que su dinero está garantizado cuando en realidad no es así: no existen fondos ni activos suficientes en reserva, y si todos los depositantes realmente reclamaran sus deudas de un sistema insolvente, entonces los bancos quebrarían o las autoridades aplicarían diversos mecanismos de represión financiera (impagos, limitaciones de retirada de efectivo, corralitos).

Las crisis bancarias han sido más graves desde la implantación obligatoria de los fondos de garantías de depósitos: los depositantes se desentienden de su obligación de vigilar la prudencia de las entidades con las que operan, y los supervisores estatales no tienen ni la información ni los incentivos adecuados para controlar eficazmente la banca.

Un banco con problemas puede intentar refinanciarse atrayendo nuevos depositantes o emitiendo deuda o acciones en los mercados de capitales, los cuales determinan si se trata de un negocio viable o si debe quebrar. Un prestamista estatal de último recurso genera riesgo moral (los bancos asumen más riesgos de los debidos al disponer de garantías implícitas o explícitas de salvamento), politiza la decisión de quién debe sobrevivir (y a qué coste), y socializa las pérdidas del negocio bancario (por los costes que le supone al banco central mantener reservas monetarias o por la inflación a la que debe recurrir en el caso de no disponer de ellas).

El Banco Central Europeo como guardián de la Constitución

En los convulsos años treinta europeos, la discusión jurídico-política entre Hans Kelsen y Carl Schmitt sustentó teóricamente muchos de los acontecimientos que se produjeron y otros, con el tiempo, se han consolidado como los tribunales constitucionales en la Europa continental. Así, la teoría de un Tribunal Constitucional como garante y guardián de la Constitución de los escritos de Kelsen se erigió como vencedora y ha quedado plasmada en muchas constituciones, desde aquella innovación de la República de Weimar hasta, por ejemplo, la Carta Magna que se dieron los españoles en 1978.

La realidad política europea pasa estos días por ese constructo supraestatal construido con burocrática parsimonia, tratado tras tratado, que hoy es la Unión Europea. En esa madeja de artículos, directivas y reglamentos se esconde el euro como una trampa que ha terminado por atrapar a los estados más derrochones e irresponsables. Como tales tratados, nunca se previó el control efectivo de su cumplimiento más allá de la buena voluntad y el compromiso de las partes. Ni siquiera el intento de imponer una Constitución europea que no era tal abandonaba la realidad de una unión de estados que ceden soberanía a instituciones oscuras con escaso control. Los ornamentos nunca faltaron en la construcción europea, pero nunca se preguntaron por la existencia de un sujeto propiamente europeo, algo como un pueblo europeo o ciudadanía a la que atribuir la soberanía y, por tanto, la toma de decisiones y el control último.

La misma pregunta que dos centroeuropeos respondieron de diferente forma podría formularse de nuevo. Décadas después de la polémica entre Kelsen y Schmitt, cabría preguntarse quién es el guardián de la Constitución de las instituciones que se levantaron bajo la coartada de una paz perpetua entre europeos que pusiera punto y final a todos los conflictos como si hubiésemos alcanzado el fin de la historia.

La crisis del euro que vivimos y la incapacidad de los estados para hacerle frente han puesto de manifiesto la falta de respuestas a esta pregunta. Tal vez no haya nada que defender pues nunca hubo una Constitución europea (no ya escrita en un solo documento sino entendida como el acervo comunitario) o, tal vez, haya llegado el momento de resolver la incógnita. De momento, la única respuesta que parecen ofrecer los mandatarios europeos es la de hacer del euro el mismísimo defensor de la Constitución.

Dejar en manos de un Banco Central el cumplimiento de los tratados, fiscalizar los presupuestos estatales e incluso dictar cambios en sus constituciones conlleva algunos peligros que difícilmente puede asimilar una visión democrática, pero son inocuos comparados al daño que puede suponer dejar en manos de unos burócratas escondidos en un despacho de Bruselas el monopolio absoluto de la moneda sin sistema de pesos y contrapesos capaz de vigilar a los vigilantes. ¿De verdad queremos que el Banco Central Europeo sea el guardián de la Constitución?

Del patrón oro al patrón euro

La Gran Depresión de los años 30 y la actual crisis financiera internacional guarda numerosas similitudes. Una de ellas, aunque con evidentes matices, es, sin duda, la existencia de un patrón monetario fijo en la zona euro, por el cual los estados miembros carecen de autonomía para poder devaluar sus divisas, eludiendo así el inevitable proceso deflacionario que conlleva el brutal proceso de desapalancamiento crediticio al que la economía está abocada.

Tras el crack del 29, la mayoría de países occidentales estaban anclados a la disciplina que imponía el entonces vigente patrón oro. Sin embargo, como de costumbre, los gobiernos se resistieron entonces a poner en marcha los duros ajustes estructurales y fiscales precisos para permitir el rápido, aunque doloroso, saneamiento de las malas inversiones acometidas durante la etapa previa de expansión crediticia. Así pues, en lugar de reducir de forma drástica el gasto público, bajar impuestos y liberalizar al máximo la economía abogaron por todo lo contrario: grandes planes de estímulo público, sustancial aumento de impuestos, mayor regulación en todos los ámbitos de la economía, control de precios y de capitales, proteccionismo comercial, rescates públicos de bancos y empresas…

Una política del todo errónea que, finalmente, obtuvo como colofón el abandono definitivo del patrón oro. Así, por poner tan sólo algunos ejemplos, Reino Unido repudió dicho anclaje monetario en septiembre de 1931, al mismo tiempo que Suecia, EEUU adoptó la decisión en abril de 1933, Bélgica en marzo de 1935, Francia en septiembre del 36 e Italia en octubre de ese mismo año. A mediados de 1937, todos estos países ya habían experimentado una devaluación de al menos el 40% respecto al metal amarillo, destacando el caso de Francia que, al producirse más tarde, sufrió de golpe un desplome del 70% en su divisa poco antes de la II Guerra Mundial.

La combinación de políticas económicas erróneas y el abandono de la ortodoxia monetaria se tradujo en una histórica depresión de la economía mundial, cuya recuperación tan sólo empezó a producirse varios años después de acabar la guerra. Hoy el patrón euro es a Europa lo que el oro a Occidente en el primer tercio del siglo XX. Y, al igual que entonces, la duda radica en saber si, finalmente, el actual patrón seguirá o no vigente al término de la crisis. Por el momento, lo cierto es que la inmensa mayoría de gobiernos están cometiendo, en mayor o menor grado, los errores propios de la Gran Depresión. La austeridad pública brilla por su ausencia en la zona euro -de reducción de impuestos mejor ni hablar-, los rescates de bancos y empresas siguen su curso y la implantación de reformas estructurales se está quedando, al menos por el momento, en una mera declaración de intenciones.

No es de extrañar que en los últimos meses el gran debate gire en torno a la ruptura o no de la moneda única. Son muchos los que abogan por abandonar el anclaje a fin de retomar por completo las riendas de la política inflacionaria vía devaluación. Sin embargo, existen dos diferencias clave respecto a los años 30: el euro es una decisión política y, como tal, su supervivencia dependerá de la voluntad de los gobiernos involucrados; además, pese a que en la práctica actúa a modo de patrón oro sobre los estados asociados, sigue siendo una moneda fiduciaria, lo cual significa que su envilecimiento dependerá de lo que decida el Banco Central Europeo (y, por tanto, Alemania).

Es decir, el futuro del euro está en manos de políticos y banqueros centrales, por lo que si quieren que sobreviva -evitando la salida de alguno de los actuales socios-, muy posiblemente, abogarán por las recetas tradicionales a los que tan habituados nos tienen los gobiernos. Esto es, monetización pura y dura, tal y como está aconteciendo desde el inicio de la crisis en Estados Unidos, Reino Unido o Japón.

Lo contrario, sería una sorpresa, agradable, pero improbable. Por todo ello, mucho me temo que en esta ocasión la excepción a esta barbarie económica instigada por los estados, como pudiera ser el caso de Reino Unido a principios del siglo XIX o los países bálticos hoy, confirmará, una vez más, la regla.

La nueva dictadura europea

Por un lado, la imposibilidad de volver a aplicar quitas soberanas como las aprobadas recientemente en el caso de Grecia. En este sentido, los líderes europeos han enfatizado que la suspensión de pagos aplicada a Atenas es "excepcional" y "única" –es decir, no volverá a pasar–, en un intento a la desesperada por tratar de tranquilizar a los inversores. Sin embargo, un anuncio de estas características, aparte de resultar poco creíble para el mercado, implica que Bruselas mantiene la firme convicción de extender su estrategia de rescates soberanos y bancarios cueste lo que cueste, con el consiguiente perjuicio para el contribuyente europeo, al tiempo que supone la rendición de Alemania a la hora de tratar de imponer su plan inicial de quiebra ordenada de países y bancos.

Asimismo, otro de los puntos destacados de la Cumbre radica en adelantar la puesta en marcha del Fondo de rescate europeo permanente (ESM por sus siglas en inglés) a 2012 cuando, inicialmente, se concebía para 2013. Y es, precisamente, esta decisión la que cobra especial relevancia dentro del citado plan de rescates indiscriminados. No en vano, ¿conocen realmente los europeos qué implica este mecanismo? Para empezar, el citado Fondo cuenta con un Tratado propio, aprobado el pasado julio, cuyas claves son las siguientes:

Artículo 8: capital social autorizado de 700.000 millones de euros.

Artículo 9: los miembros del ESM, de forma irrevocable e incondicional, se comprometen a abonar el capital que les corresponda en siete días.

Artículo 10: la junta de gobernadores del ESM tendrá autoridad para modificar el capital autorizado inicialmente y, por tanto, cambiar el artículo 8.

Artículo 27: el ESM goza de inmunidad judicial y, además, las leyes de ningún otro gobierno o parlamento se pueden aplicar sobre la organización y funcionamiento del propio Fondo, gozando así de un estatus jurídico específico y extraordinario.

Artículo 30: los gobernadores, consejeros, directores y personal del ESM serán inmunes a todo procedimiento judicial.

Así pues, el citado documento supone una profunda reforma encubierta de la zona euro y de la UE, ya que su funcionamiento podrá influir de forma sustancial en los presupuestos nacionales de los países miembros, con la consiguiente cesión implícita de soberanía. Y ello, a través de un particular cuerpo de burócratas no electo que, como gestores del ESM, gozarán de inmunidad judicial, sin necesidad de rendir cuentas ni ante los tribunales ni ante los electores.

El vídeo explicativo sobre las claves del citado Fondo, disponible también en español, ha alcanzado una gran difusión en países como Alemania y Holanda en las últimas semanas. No es de extrañar que entre los contribuyentes del norte de Europa arraigue con fuerza un creciente sentimiento antieuropeísta a la vista de cómo actúa el Gobierno de la UE: rescates indiscriminados, inmunidad judicial, cesión de soberanía presupuestaria… ¿Es ésta la nueva Europa que pretende imponer Bruselas? ¿Un ente difuso y opaco con plena capacidad para decidir el rescate de países o bancos sin necesidad de consultar previamente a los contribuyentes y sin ningún tipo de supervisión ni control?… ¿Será éste el germen de la nueva dictadura europea? Habrá que esperar a su configuración definitiva, pero sus actuales términos arrojan muchas más sombras que luces.

Los bancos centrales alimentan la crisis con caos

No hay peor información que la de los medios de comunicación masivos. Acciones así ya las han estado realizando las autoridades monetarias sin resultado alguno para los "hogares y empresas". Los bancos comerciales simplemente se dedican a devolver los fondos al Banco Central en forma de depósitos sin que lleguen al mercado doméstico.

La acción del miércoles ni siquiera tuvo nada de coordinada. Fue una iniciativa de la Reserva Federal (FED). El órgano de Bernanke ha puesto el turbo a su imprenta, y el resto de bancos centrales se dedicarán a colocar estos billetes virtuales en los bancos europeos ahogados por la deuda soberana de Europa.

¿Y por qué ahora?

Porque era ahora o nunca. La renta variable estaba alcanzando un deterioro total. Los bonos soberanos de algunos países europeos estaban en fase terminal, lo que arrastraba también a las bolsas de Estados Unidos. A un nivel más global, el diferencial del Euribor-OIS (diferencia entre la financiación a corto entre bancos fuera del canal oficial) se había disparado desde niveles de marzo de 2009. Este indicador nos informa un poco de las tensiones de liquidez, o "necesidad" de dinero de la banca. En otras palabras, se estaba gestando una debacle bíblica en los mercados a muy corto plazo. Y éstos lo estaban anunciando a gritos. La acción política solo ha empeorado el ambiente.

¿Qué fuerzas del mercado se han desatado?

Liquidez en el mercado es sinónimo de beneficios. Lo que ha hecho la FED, y de forma pasiva el resto de bancos centrales, es dirigir la economía financiera. Ha actuado de dictador de la producción. Todo el dinero "ocioso" ha visto una oportunidad de "multiplicarse" con lo que ha entrado apresuradamente en renta variable, en las divisas y materias primas. A la vez se ha retirado de la renta fija, lo que ha hundido los diferenciales soberanos de los PIIGS. Alemania ya está dando rendimientos negativos en la deuda a seis y doce meses (Suiza también está dando rentabilidades negativas en sus bonos a dos años desde hace un mes).

…Y, aparte de esto, ¿la cosa mejorará?

Esta medida, por sí misma, solo sirve para alimentar a los especuladores y aliviar temporalmente a los bancos comerciales. La FED hizo una medida similar en setiembre de 2008, y solo empeoró la situación. Puede verlo aquí: La acción de Bancos Centrales coordinados ya no funcionó en su momento. La última acción coordinada, en setiembre de este año, tampoco ha servido de nada.

El inmovilismo de la UE solo sorprende en el mismo grado al silencio de Rajoy tras ganar las elecciones. Fíjense que no han hecho nada. Los PIIGS tienen un problemón con el pago de la deuda. El famoso fondo europeo de rescate (FEEF) no cubre. Aunque cubriese, da igual. No puede rescatar a Italia y España. Estos dos países son insalvables por magnitud. Tampoco está claro que el FMI quiera rescatarlos. Aunque los mercados lo olían desde hace un año, este martes China ha confirmado que puede estar en el abismo económico y financiero rebajando el coeficiente de caja en medio punto. Los datos de China asustan. Se habla de grandes bancos que han forzado la intervención de la FED porque están sin un céntimo en sus arcas. Y otro dato que pulula, de momento sin demasiada importancia. El estúpido enfrentamiento entre Irán e Israel. De producirse un conflicto serio, el precio del petróleo puede dispararse, lo que no va a ayudar a nadie.

En el futuro inmediato, todo depende de lo que hagan las élites. La intromisión de los bancos centrales es cosmética, no arregla nada por sí mismo. Están comprando tiempo. Muchos frentes abiertos con malas perspectivas y los políticos, como siempre, incapaces de hacer nada bien.

Expresado de otra forma

El ciudadano, los especuladores, deudores, rentistas, asalariados, gobiernos… están en la UCI. El médico (banqueros centrales) no sabe cómo curarnos porque ni siquiera está en su mano hacerlo, así que nos da un placebo (QE, más imprenta, más rescates, más acciones ‘coordinadas’ de los bancos centrales…) y pese a que estamos con una fiebre alta, pone el termómetro en la nevera un par de minutos para afirmar que estamos muy bien de temperatura. La alegría del enfermo le durará solo hasta el próximo achaque. Déjeme terminar con la mejor explicación de dinero que he leído jamás, de la mano de Toni Mascaró:

El dinero sólo tiene valor cuando la riqueza ya existe. Su razón es precisamente la de representar riqueza que ya ha sido producida o se está produciendo pero que todavía no se ha consumido, es decir, bienes y servicios que podemos intercambiar por otros.

Políticos, banqueros centrales y jurasico-progres economistas que ganan millones al año como Krugman entienden el proceso al revés. Y es que más dinero, no es más riqueza, es más inflación, es más crédito y es más deuda. Si tenemos una crisis de deuda y dinero barato, la solución será erradicarla, no fomentarla.

El dinero interno bancario

Un banco puede producir dinero interno: billetes de banco y depósitos a la vista que sus clientes y otros agentes pueden utilizar como medios de pago en vez del dinero en sentido estricto (dinero externo, bien mercancía de aceptación generalizada como las monedas de oro y plata).

El dinero en sentido estricto es un activo financiero que no es pasivo de nadie más. Los complementos o sustitutos monetarios, billetes y depósitos, son pasivos emitidos por el banco, promesas de pago o deuda a la vista que dan derecho a su tenedor para reclamar el cobro de dinero mercancía en sus sucursales en cualquier momento. Un billete es un documento al portador que puede ser intercambiado o negociado sin notificarlo al banco, mientras que un depósito es un apunte contable (en la cuenta de un cliente concreto) gestionado por el propio banco, y cuya modificación o transferencia requiere algún tipo de comunicación al banco (cheque, aviso de domiciliación de recibos, solicitud de transferencia, tarjeta de débito).

Los billetes y depósitos no tienen valor en sí mismos sino que dependen de sus referentes (el dinero externo y los activos líquidos que los respaldan) y son medios fiduciarios porque se basan en la confianza de los usuarios y la reputación de los emisores: la aceptación de una promesa de pago como medio de intercambio (monetización de deuda) depende de la confianza que tenga el receptor en que esa promesa podrá ser cobrada en dinero sin pérdida o transferida a otro agente que a su vez la acepte como medio de pago por su valor nominal (sin descuento). Puede haber algún descuento por desconfianza o por costes de transacción para convertir el billete en dinero (distancia a una oficina bancaria, cada banco tiene un ámbito geográfico limitado).

El que un cliente opere con un banco demuestra que confía en él: los pagos y cobros entre clientes de un mismo banco se producen mediante entrega de billetes de ese banco o mediante transferencias contables internas. Los intercambios entre clientes de bancos distintos pueden llevarse a cabo de forma semejante si ambos bancos son fiables y se sabe que cada uno acepta las promesas de pago del otro. Estos bancos pueden utilizar cámaras de compensación para gestionar la cancelación de deudas compensables y saldar las cuentas mediante transferencias de dinero externo.

La aceptación o rechazo de promesas de pago de un banco se realiza en dos niveles: por los agentes individuales que las usan o no, y por otros bancos que llegan o no a acuerdos comerciales de mutua aceptación de sus pasivos a la vista. Estos dos niveles están conectados: a un banco no le interesa llegar a acuerdos con otro de mala reputación entre sus clientes (reales o potenciales), y los agentes individuales no aceptarán promesas de pago de otros bancos si su propio banco no les garantiza su cobro. Los billetes y depósitos de bancos menos fiables o peor asociados con otros bancos establecidos tienen más dificultades para circular a la par. Las asociaciones entre bancos establecidos pueden utilizarse para restringir la competencia y dificultar la aparición de nuevos bancos.

La confianza no es un fenómeno psicológico caprichoso o arbitrario, sino que suele estar basada en fundamentos reales. Un banco prudente y con buena reputación tiene un balance ajustado con activos que se corresponden en plazo y riesgo con sus pasivos. Para poder atender a sus obligaciones de pago de sus billetes y depósitos a la vista (pasivos de plazo cero o mínimo) un banco necesita disponer de reservas monetarias (dinero externo) y activos líquidos (seguros, a corto plazo, de valor estable, con buenas garantías o colateral y negociables con facilidad y rapidez). La distribución concreta de reservas y activos es una decisión empresarial que depende del conocimiento profesional del negocio y sus circunstancias concretas.

El sistema bancario puede estar parcialmente jerarquizado y centralizado: además de aceptarse o no sus respectivas promesas de pago, los bancos pueden tener diversas relaciones entre sí, por ejemplo prestándose dinero unos a otros; un banco puede utilizar como activo el pasivo de otro banco (billetes o depósitos); no todos los bancos emiten sus propios billetes, y los bancos locales más pequeños pueden operar con los billetes de otros bancos más grandes y globales; algunos bancos pueden especializarse en prestar a otros bancos o custodiar sus reservas de liquidez (son bancos de bancos, unos bancos tienen cuentas abiertas en otros bancos).

Destruyendo los mercados bursátiles (y II)

En el artículo del mes pasado se explicaba el importante papel que desempeñan los mercados bursátiles en una economía compleja. Se puede resumir en que permiten canalizar los ahorros hacia aquellas actividades que demanda más la sociedad, esto es, que más necesita. Y ello es así porque dotan de liquidez a unos activos, los activos industriales de la estructura productiva y aumentan así su atractivo para todos los inversores.

Decíamos, pues, que el papel fundamental de las Bolsas es el de discriminar sectores y empresas alineados con las preferencias presentes y futuras de la gente, de aquellas que no lo están. En caso de que no sean capaces de cumplirlo de forma satisfactoria, se pone en riesgo la afluencia de los recursos a los sitios donde son más valorados. En suma, nuestra sociedad necesita que las Bolsas funcionen y lo hagan bien.

La cuestión es que desde el comienzo de la crisis, las Bolsas parecen haber perdido esta capacidad de discriminar. Todos los sectores y empresas suben y bajan simultáneamente ante los acontecimientos que se suceden. Son rarísimas las excepciones, y muy limitadas en el tiempo. Y, sin embargo, si se reflexiona sobre ello, lo normal sería que las expectativas sobre cada sector y empresa fueran distintas, y no similares. Lo normal es que en cada sesión bursátil unas empresas bajaran y otras subieran, no que todas se movieran en el mismo sentido.

Por ser más preciso, en un mercado libre, sí es posible imaginar acontecimientos que podrían afectar en el mismo sentido a todos los valores y sectores cotizados. Por ejemplo, el terremoto de Japón posiblemente redujera el valor de todas las empresas japonesas. Pero son claramente acontecimientos excepcionales.

En cambio, si el mercado está intervenido mediante un monopolio legal de emisión fiduciaria, las probabilidades de que el emisor no se discipline y se genere un ciclo económico según la teoría económica austriaca son muy elevadas. Si se produce, entonces sí tiene sentido una subida o una reducción generalizada del precio de las acciones, en las respectivas fases expansivas y recesivas del ciclo. En la expansión de la burbuja, la gente piensa que todos los sectores económicos tienen un gran futuro; cuando explota, la gente no discrimina tampoco, y como hay "crisis" a todas las empresas les va a ir mal.

Así pues, se puede atribuir una variación generalizada de los valores bursátiles a lo que eufemísticamente se llama "política monetaria". Lo que pasa, por tanto, es que en la fase expansiva la inyección de nuevo dinero es en parte dirigida a las Bolsas (¿qué mejor sitio para que el primer receptor del dinero invierta?) y por eso suben todos los títulos; en la fase recesiva, y al cesar el flujo de dinero, se tiene que corregir el precio excesivo para ajustarlo al valor que tenían los títulos, y que no varió como consecuencia de la inyección de dinero.

Pues bien, los sobresaltos bursátiles a los que empezamos a acostumbrarnos parecen tener también relación con este tipo de actuaciones gubernamentales. ¿Cómo puede ser que un día los inversores lo vean todo color de rosa, y al día siguiente todo terriblemente oscuro? No tiene demasiado sentido.

Alguien argumentaría diciendo que lo ven todo rosa cuando los gobiernos anuncian nuevas medidas para salir de la crisis; pero al poco tiempo se dan cuenta de que esas medidas no van a funcionar, y vuelve a caer la Bolsa. Francamente, no creo que ningún analista financiero serio piense de verdad a estas alturas de la película que esas medidas, como creaciones de fondos diversos, ampliaciones de líneas de crédito o bajadas del tipo de interés, son la solución a los problemas económicos, aunque sea por unas horas.

Creo que la realidad es mucho más prosaica: los vaivenes violentos de las Bolsas se deben simplemente a las inyecciones monetarias que los gobiernos anuncian un día sí y otro también. Y eso es todo. Solo hay que ver las Bolsas el día que se espera una decisión gubernamental: los índices parecen muertos, inciertos hacia dónde dirigirse. Hasta que se anuncian las nuevas medidas, momento en que el patrón es muy sencillo: si se va a dar más dinero público a los bancos o los Estados, las Bolsas suben, y si no, bajan. Y así sigue: mientras algún banco central mete dinero al sistema, sigue la subida; en cuanto cesa la inyección, trastazo al canto.

Por ello, ahora mismo, las Bolsas han dejado de cumplir su importante misión social. Los inversores (sean quienes sean) no están pendientes de si un sector o una empresa tiene futuro. Lo único que les preocupa es en qué momento se inyectará más dinero al sistema. Lo que antes era un "ruido" en el comportamiento de cada valor (la intervención del gobierno), ahora parece corromper completamente la señal, hasta el punto que los desempeños concretos de cada empresa no afectan al valor bursátil. En otras palabras, da igual lo que haga la empresa, su valor bursátil está más afectado por lo que los economistas típicos llaman variables macroeconómicas.

En estas condiciones, ¿dónde están los incentivos para que las empresas cotizadas mejoren su desempeño? La Bolsa no va a recoger sus iniciativas. O, si lo hacen, quedarán completamente ocultas tras los efectos de la última decisión de Angela Merkel, Obama, o Draghi.

Y, si miramos desde la perspectiva de los inversores, ¿merece la pena hacer el esfuerzo que exige discriminar entre empresas? Si la situación de crisis prosigue en el tiempo y las variaciones en Bolsa se deben a los bandazos imprevisibles de los gobiernos, ¿tendrá sentido aplicar el "value investing"? Más aún, si los valores de los títulos dependen solo de dichas voluntades políticas, como digo imprevisibles, ¿qué inversor se atreverá a invertir en Bolsa a menos que tenga información privilegiada sobre lo que va a hacer el político?

En resumen, se trata de otra pincelada más, oscura también, al panorama económico que nos deja esta recesión. Sus consecuencias, imprevisibles, pero seguro que nefastas para los individuos.