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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El FMI detesta la austeridad

Desde el inicio de la crisis se ha instalado en el común de los mortales un argumento que, por más que se ha repetido, no deja de ser falaz. El Fondo Monetario Internacional (FMI), uno de los agentes públicos que conforma la temida troika -junto a la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE)-, exige "austeridad" por encima de todo a los países inmersos en graves dificultades económicas, ya sea la zona euro, Estados Unidos o Reino Unido. Ojalá fuera así, pero, por desgracia, la realidad dista mucho de tal afirmación.

El FMI fue uno de los principales defensores de los denominados y archiconocidos "planes de estímulo" tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2007. Es decir, recomendó, apoyó y presionó a los gobiernos que dirigen las economías desarrolladas para que dispararan el gasto público y así esquivar la Gran Recesión que, por entonces, afectaba a los principales países de la OCDE. Zapatero y Obama siguieron al pie de la letra dicha receta, convirtiéndose en los alumnos más aventajados del ente internacional.

Años después, tal y como se preveía, se demostró que el mal llamado "estímulo" público no sólo logró evitar la caída del PIB sino que, además, agravó la crisis de deuda que, posteriormente (2010), golpeó de lleno el seno de la zona euro. Hoy por hoy, EEUU cuenta con una deuda pública superior al 100% del PIB y un déficit fiscal de dos dígitos. La fortaleza de su economía privada, el rápido ajuste de su sector inmobiliario y el privilegio de contar con la principal impresora monetaria del mundo han logrado ocultar una incipiente crisis de deuda pública que, de seguir por esta senda, acabará también afectando a los estadounidenses.

Así pues, entre 2007 y 2010, el citado Fondo centró toda su labor de asesoramiento y monitorización en conseguir que los gobiernos aumentaran su gasto, mucho más allá del sustancial incremento que ya de por sí implicaba la activación de los denominados "estabilizadores automáticos" (prestaciones de desempleo, gasto social, etc.). ¿Austeridad? Ninguna, si por austeridad se entiende, como debe ser, gastar menos de lo que se ingresa (ahorro). Solo cuando estalló la crisis de deuda europea en 2010, el FMI cambió tímidamente su discurso, abogando entonces por sustituir los "estímulos" del pasado por programas de "consolidación fiscal" que, erróneamente, se interpretaron de forma generalizada como la necesidad de aplicar drásticos recortes públicos.

Es cierto que, desde entonces, los expertos del Fondo recomiendan reducir el abultado déficit público que presentan ciertos países, pero muchos olvidan un pequeño matiz. En primer lugar, la insistencia del FMI en que tal reducción, aunque deseable, debe alcanzarse a medio e incluso largo plazo para no dañar el crecimiento económico; y, en segundo lugar, aún más importante, que dicha consolidación en ningún caso implica acometer el necesario ajuste fiscal exclusivamente por el lado del gasto sino, más bien, combinando algunos recortes con brutales subidas de impuestos. Una vez más, España, ahora con Rajoy a la cabeza, se está convirtiendo en uno de los alumnos favoritos del FMI. No en vano, el ajuste fiscal emprendido por el PP consiste, básicamente, en estrechar la brecha del déficit combinando a partes iguales reducción de gastos y subidas tributarias. ¿Austeridad? Nuevamente… ¿Dónde?

Y ahora, dos años después, tras comprobar que los países en problemas (y rescatados) no están logrando los pretendidos objetivos de cumplimiento del déficit, lejos de corregir el desastroso enfoque teórico implementado durante la crisis (keynesianismo y monetarismo puros y duros), el Fondo acaba de dar una nueva vuelta de tuerca en la dirección equivocada a sus recomendaciones de política económica. Así, en su último informe de previsiones económicas, dedica un apartado sustancial a desmontar uno de los últimos fundamentos neoclásicos a favor de la austeridad: el "multiplicador fiscal".

Hasta ahora, el Fondo, al igual que otros muchos economistas, mantenía que el multiplicador fiscal es del 0,5%. Es decir, que por cada euro de recorte de gasto, el PIB pierde 50 céntimos en el plazo de dos años. Sin embargo, el FMI dice ahora que el efecto de la austeridad sobre el PIB es muy superior, ya que oscila entre el 0,9 y el 1,7, lo cual significa que cualquier recorte de gastos implicará caer en una espiral autodestructiva como resultado de una dramática y duradera recesión. Así pues, el último acicate al que se agarraba tenuemente el Fondo para recomendar cierta moderación en el gasto acaba de ser fagotizado por completo. No es de extrañar, pues, que el FMI insista estos últimos días en conceder más tiempo a los países insolventes del euro para cumplir con los objetivos de déficit, o bien que recomiende a Londres y Washington no pisar en ningún caso el acelerador de la austeridad pública. Por última vez… ¿Austeridad? La respuesta es evidente, pese a que la mayoría piense lo contrario. El FMI, simplemente, detesta la austeridad.

Rajoy está parado, España baja

 Me contaba un amigo brasileño que, en cierta ocasión en la que esperaba un ascensor en un hotel, al abrirse las puertas, preguntó: “¿Sube o baja?”, y el mozo le contestó: “En estos momentos, está parado”. Inevitablemente mi mente se trasladó al palacio de la Moncloa. Es la perfecta representación de Mariano Rajoy: ni sube ni baja, está parado.

Ni con Europa ni sin ella

Superando cualquier previsión, rumor y esperanza, Mariano Rajoy sigue sin pedir ni el dinero de la banca, ni el rescate de España. Yo misma era de las que pensaba que lo pediría al poco de conocer los resultados de la auditoría de Oliver Wyman. Después de la aparente celeridad en calcular, hablar, reunirse de los dos meses previos al cierre por vacaciones de agosto, el gobierno de Rajoy se hace de rogar. De repente, parece que no se entera de las condiciones que pide Europa. Debe ser el único.

A pesar de que el Memorandum de Entendimiento deja muy clarito qué se espera de España y por dónde va el sendero, Rajoy sigue sonriendo, haciendo bromas, y, permítaseme la expresión, “cabreando al personal”.  Ya tenemos en la mano el precio de Bankia y sus hermanas. Solamente queda levantar la mano. Pero Mariano sigue impasible con el brazo paralizado. ¿Razones de peso? En principio, las elecciones anticipadas en País Vasco y Galicia. Y eso es lo sangrante. El perjuicio de una pérdida del Partido Popular en alguna de esas comunidades autónomas no recaería en el monto del rescate, no afecta al agujero de las cajas, sería una pérdida de poder partidista, no es de interés nacional.

Hay quien cree que, en realidad, el que ganara el PP o, al menos, que no sacara malos resultados, permitiría que Mariano, jefe de su tribu al fin de cuentas, exigiera el cumplimiento de los ajustes con más autoridad. Pero la realidad es que no puede permitirse ese lujo: y nosotros tampoco. No puede esperar a coger carrerilla en las elecciones autonómicas. Cada día que pasa los rescates son más onerosos.

Desde hace semanas, la prensa extranjera mira atónita a un Rajoy que sigue de perfil, sin subir ni bajar, sin negar el rescate ni pedirlo. Y, mientras tanto, sus ministros juegan a confundir a la prensa y a periodistas y ciudadanos. Luis de Guindos afirmaba la pasada semana en una conferencia en la London School of Economics que España no necesita un rescate: “En España lo que tenemos es una propuesta de intervención en el mercado secundario (de la deuda soberana) con ciertas condiciones”. Cierto, y tampoco hay rescate bancario sino una “línea de crédito muy beneficiosa”. Por formas de decir lo mismo que no quede. Y también es verdad (y no lo dice) que se está barajando asociar CDS (credit default swaps) a la deuda, que es un seguro para cubrirse frente al incumplimiento de pagos. En este caso, es la nación española (ya que se trata de deuda soberana) la que podría no pagar hasta el punto de ser necesario comprar un seguro de impago con el bono. La afirmación de De Guindos es, digámoslo suavemente, demasiado ligera. Tal vez no se haya pedido un rescate, pero a lo mejor, necesitarlo, sí lo podemos necesitar.

España, baja

Ni la socarronería tan a trasmano del presidente del gobierno al hablar de “eso que ustedes llaman rescate”, ni la seriedad de la vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría al afirmar que no pueden arriesgarse a pedir nada sin saber las condiciones aplacan la ansiedad de mercados y ciudadanía. No deja en muy buen lugar a Rajoy y su equipo una espera cuyas razones económicas reales se desconocen pero que se esconden tras varias posibles pantallas: a Merkel le conviene esperar porque tiene próximas sus elecciones, a Mariano le conviene esperar por las elecciones autonómicas o ambas cosas al tiempo. La imagen de Rajoy en el interior ya está muy tocada, pero la exterior va minándose poco a poco y a este paso, ni la capacidad ni el saber hacer en Europa de Luis de Guindos le va a salvar de la quema. No hay más que leer la prensa extranjera.

La cuestión es que ni se ha tocado un duro de los cien mil millones aprobados para la banca, ni se ha pedido la compra  de bonos soberanos, ni se ha pedido un rescate nacional. No se ha hecho nada y la factura engorda.

El plan de Bernanke: más droga para el drogadicto

Éste fue el gráfico ejemplo utilizado por el economista americano Milton Friedman en su libro Money Mischief para ilustrar los efectos de la expansión monetaria. La conclusión fue que la isla no doblaría su riqueza. Seguirían produciendo lo mismo y su capacidad de consumo e inversión serían las mismas en términos reales. El valor de la moneda simplemente pasaría a ser la mitad, haciendo que los precios suban hasta reequilibrar los precios relativos.

Ben Bernanke, actual presidente de la Reserva Federal, se ganó el apodo de ‘Helicopter Ben’ tras utilizar este ejemplo en un discurso contra la deflación en 2002. Hay que decir que desde que en 2006 ocupó su cargo se ha hecho merecedor de tal nombre: la oferta de dinero (M2) ha crecido desde los aproximadamente 6.500 billones de dólares en 2006 hasta los más de 10.000 billones en diversos planes de expansión monetaria. Y su intención es la de seguir por la misma senda. Ahora, sin ir más lejos, se ha vuelto a subir al helicóptero y ha anunciado que continuará arrojando dinero sobre la economía americana hasta que considere que está totalmente sana.

El plan recién aprobado por la Fed, bautizado como Quantitative Easing 3, no es tan simple como imprimir y arrojar dinero desde el cielo. Pero los efectos económicos son similares. Desde el punto de vista técnico, se inyecta dinero mediante la compra masiva de titulizaciones hipotecarias denominadas Mortgage-Backed Securities (MBS). Éstas no son otra cosa que bonos que se emitieron en la época de la burbuja crediticia para financiar grandes paquetes de hipotecas, liberando así los balances de los bancos. Pero no merece la pena perderse en el procedimiento técnico.

Lo que busca la Fed no es un impacto directo sobre el activo comprado, como hace el BCE al comprar deuda soberana periférica. Podría comprar deuda pública, bonos de los grandes fabricantes de automóviles o créditos a estudiantes, cosas que ya ha hecho de forma masiva. Lo que Bernanke busca es estimular el crecimiento y la creación de empleo en toda la economía, y cualquier deuda a largo plazo le sirve. Confía en este chute monetario para lograrlo.

Es cierto que una expansión monetaria provoca un efecto de euforia en el corto plazo. Volviendo al ejemplo de la isla de Friedman, los primeros individuos que recogen los billetes llovidos del cielo se ven con mayor saldo monetario y, como al principio los precios no han cambiado, ven aumentado su poder adquisitivo. Éstos se lanzan a comprar y a invertir de inmediato, y es entonces cuando empiezan a subir los precios hasta volver al equilibrio de precios relativos. Según la teoría de Friedman, este es un proceso de suma cero que enriquece a los primeros a los que llega el nuevo dinero y empobrece a los últimos en recibirlo, al tiempo que provoca un aumento generalizado de precios.

Pero el proceso tiene más inconvenientes. Los economistas de la Escuela Austriaca, como Friedrich A. Hayek, denunciaron que la subida de precios no es el peor de los efectos que provoca la expansión monetaria. En la práctica el dinero no llueve del cielo ni se gasta de manera homogénea. El dinero nuevo entra por determinados canales y afecta a unos pocos sectores en primera instancia, antes de filtrarse hacia el resto de la economía. Estos sectores sufren lo que se conoce como una burbuja: una distorsión al alza de precios relativos y rentabilidades, que generan de manera artificial un efecto llamada de la inversión privada. Es como una especie de euforia inversora en la que el tipo de interés baja, el crédito se expande y la bolsa sube.  Pero a la larga, cuando los precios relativos se reajustan, se pone de manifiesto que no hay demanda para sostener esas inversiones estimuladas artificialmente. Esos sectores afectados se tendrán que someter a una reestructuración y liquidar las malas inversiones. Este proceso suele ponerse de manifiesto en forma de recesión económica.

Cuando Bernanke propone estimular la economía mediante una expansión monetaria, es como tratar de curar a un drogadicto con sucesivos aumentos de su dosis habitual de droga. Tras cada inyección, a corto plazo hay una fase de euforia, pero a la larga el paciente empeora. Lo mismo pasa con la economía. Tras el estallido de la gran burbuja entre 2007 y 2008 no se ha hecho más que inyectar masivamente dinero, dificultando la reestructuración del sistema productivo y el desapalancamiento de los agentes económicos. Entorpeciendo, en definitiva, lo que necesita la economía americana para poder crecer y crear empleo de manera sostenible. Los atajos monetarios no provocarán más que recaídas en el largo plazo e inflación. No harán sino alejar el momento de la recuperación.

Lo que está claro es que Bernanke no ha lanzado este plan de estímulo en un momento cualquiera. Lo hace a mes y medio de las elecciones. Y hay dos cosas que tiene claras. La primera es que Mitt Romney, el candidato republicano, ya ha dicho que no cuenta con él en el caso de que llegue a la Casa Blanca. La segunda es que las elecciones se decidirán a favor de Obama si los votantes perciben que la economía va razonablemente bien. Así que no lo ha dudado. Ha puesto en marcha la imprenta para  que la economía llegue hiperactiva a las elecciones. Lo que no ha explicado son los efectos perversos que esta política genera en el largo plazo. No es algo que, al parecer, preocupe a ‘Helicopter Ben’. Como ya dijo Lord Keynes, mentor de su política monetaria, no hay que preocuparse por el largo plazo, pues todos estaremos muertos.

El enemigo está en casa

Uno de los grandes estragos que ha causado la burbuja crediticia es su efecto en la mentalidad de la gente. Ahora creemos que tenemos derecho a todo. Si nuestro Estado gasta el doble de lo que ingresa de forma sistemática, consideramos que tenemos un derecho innegable a que nos presten la diferencia de manera ilimitada y sin condiciones. Sin plantearnos cuándo pretendemos amortizar esa deuda, ni cómo. Y si un día resulta que no nos prestan, entonces hablamos del ataque de los mercados. Nos creemos que nuestro problema es que los malvados especuladores se han levantado con ganas de llevarnos a la bancarrota. Además creemos que aunque no nos presten al menos seguimos teniendo el derecho a que alguien nos rescate de manera gratuita. Es más, tildamos de sinvergüenza a Merkel si se le ocurre poner alguna condición a cambio de darnos el dinero de los alemanes, o de incompetente a Draghi si no imprime dinero con la suficiente velocidad. Creemos que tenemos derecho a seguir despilfarrando a costa de los demás.

Lo que pasa es que la gente tiene la costumbre de no querer regalar su dinero. Los malvados especuladores no son otra cosa que personas ahorrando para su jubilación, y su capital es escaso, no ilimitado. Los ahorradores, y quienes gestionan estos ahorros, tratan de tener cuidado sobre dónde invierten porque si la cosa sale mal se quedan sin jubilación. Cuando los terribles mercados perciben que el riesgo de una inversión es excesiva, buscan otro destino para su capital. El mecanismo es simple. Nada que ver con ataques al euro ni conspiraciones internacionales. Los ahorradores quieren volver a ver su dinero, y no se lo van a regalar al Estado español para que mantenga a toda la casta política que vive a cuerpo de rey.

Sucede que en España, cada vez más y desde prácticamente todas las zonas de espectro ideológico, hay un clamor contra un supuesto enemigo exterior. Arremeten contra los mercados, contra Merkel y contra Draghi, que lo mismo da. En la izquierda y en la derecha. Incluso en medios liberales como Libertad Digital. Dice esta semana José García Domínguez, por poner uno de muchos ejemplos, que "si el BCE se condujese no como lo que es, otro lobby al servicio de Berlín, sino como un verdadero banco central, el Reino de España retribuiría con un interés próximo al tres por ciento su deuda soberana". Son los de fuera los que nos hacen la vida imposible, vamos. Que nos tienen manía y disfrutan viéndonos sufrir.

Un Estado no quiebra porque el Banco Central no imprima lo suficientemente rápido, ni porque los alemanes no se lancen a regalar dinero sin condiciones. Quiebran por el destrozo causado por sus gobernantes sobre la economía. Y nuestro caso no es una excepción. El hecho de que el rescate termine por ser necesario e inminente sólo se debe a una cosa: que el Estado gasta mucho más de lo que ingresa. Así de sencillo. El Gobierno gasta como si estuviéramos en una burbuja, manteniendo un Estado hipertrofiado y una vasta y acomodada clase política tres veces mayor en número que, por ejemplo, la alemana, que tiene casi el doble de población. Y, a su vez, los gobernantes han optado por exprimir a base de impuestos a los ciudadanos y a las empresas para poder seguir manteniendo este despilfarro, resultando, como era de esperar, en un desplome de la actividad económica y, por tanto, de la recaudación.

Existe un método infalible para terminar de un plumazo con el problema de la deuda: el déficit cero. Y sí, se puede sin subir impuestos. Es lógico que desde el Gobierno y la clase política se insista en que es imposible, pues es a ellos a quienes afectaría. Se pueden recortar más de 120.000 millones sólo en duplicidades, empresas públicas innecesarias, cargos nombrados a dedo, asesores inútiles y despilfarros de corte político. Y sin déficit descubriríamos que el problema con los salvajes Merkel y Draghi y el temible ataque de los mercados en realidad no era tal. Se habría esfumado como lo que es, una vulgar excusa para que no nos fijemos en el problema subyacente. Nos quitaríamos la venda de los ojos y veríamos la realidad. Que el BCE tiene prestados a la economía española alrededor del 45% de nuestro PIB, más que la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra a sus respectivos países, por ejemplo. O que Merkel lleva años concediendo rescates a los manirrotos periféricos con el dinero bien ahorrado por los alemanes. Vamos, que no es que nos estén asfixiando, precisamente. Pero sin duda el Gobierno y la clase política prefiere echar las culpas a un supuesto enemigo exterior antes de admitir que el problema son ellos mismos. Como muy bien suele decir Carlos Rodríguez Braun, "el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio". Y es que los grandes enemigos de la economía española no están fuera, conspirando contra nosotros. Se sientan en el Congreso de los Diputados.

¿Esta especulación sí que nos gusta?

…una reducción que se ha vuelto más acusada desde este jueves, cuando el presidente del monopolio europeo sobre la emisión de dinero formalizó las condiciones del rescate a la economía española: que Rajoy suscriba un Memorándum de Entendimiento dirigido a solucionar los crecientes problemas de solvencia de nuestra economía.

Si la prima ha caído 200 puntos en mes y medio no es ni por Rajoy, ni por Zapatero ni por Rubalcaba, sino por Draghi. Mas, en puridad, Draghi todavía no ha hecho nada: sólo insinuó (hasta este jueves) o avanzó (a partir del jueves) lo que tiene pensado hacer en caso de que nuestro Gobierno pida el rescate. Pero nuestro Gobierno todavía no lo ha solicitado, de modo que apenas asistimos a una acumulación de rumores, suposiciones, creencias y apuestas sobre nuestro futuro que ni mucho menos tendría por qué llegar a materializarse en abundantes monetizaciones de deuda por parte del BCE. Esto es, apenas asistimos ante un torrente de especulaciones sobre nuestro futuro, torrente que, justamente, está provocando una reducción tan intensa de los tipos de interés de nuestra deuda.

¡La especulación! Sí, esa malévola actividad realizada por pérfidos señores con cuernos (los especuladores) que hasta hace unos días demonizábamos, o incluso proponíamos proscribir, pero que ahora recibimos entusiasmados como la bendición que nos permitirá seguir extendiendo nuestro insostenible endeudamiento durante unos meses o años más. Veremos cuánto tarda en fastidiarse está nueva bacanal burbujística, pero merece la pena constatar ese hipócrita doble discurso que caracteriza como buena la especulación que nos beneficia y como mala aquella que nos perjudica. Miope discurso que confunde las ganancias personales a corto plazo con la adecuada coordinación económica y social a largo plazo. Para los propietarios de viviendas o de acciones de Terra, los movimientos especulativos sobre los inmuebles o sobre los valores eran buenos, pese a que promovieran una pésima asignación de capital.

Lo mismo acaece ahora, cuando el BCE da más cuerda a un Gobierno manirroto para que continúe gastando muchísimo más de lo que ingresa. Si los problemas fundamentales de nuestra economía –que no son de falta de liquidez, sino de solvencia– no se solucionan –para lo que necesitamos de austeridad pública y de liberalización privada–, Draghi sólo estará dándonos cuerda para la horca.

Al final, sucede que la especulación sólo será buena en tanto anticipe correctamente el futuro y sólo será mala en tanto se equivoque. Por fortuna, los especuladores, como grupo, ganarán cuando acierten y perderán notablemente cuando se equivoquen. Con este anuncio de monetización ilimitada de deuda, el BCE sólo ha alentado una masiva especulación alcista sobre nuestra deuda. ¿Es una especulación en la dirección adecuada? Si Rajoy persiste en su torcida política a favor del Hiperestado y la microsociedad, si no da un giro copernicano a su desastrosa gestión, entonces podemos asegurar que no, que el BCE sólo está impulsando una mala especulación distorsionadora que agravará muy intensamente nuestra crisis. ¿Y va Rajoy a rectificar? ¿Por qué motivo debería hacerlo? ¿Por el Memorándum de Entendimiento que le obligarán a suscribir? ¿Ese mismo que firmó Grecia?

¿En qué consiste la expansión artificial del crédito?

Son enunciaciones simples pero ciertamente inexactas: ¿qué es una expansión artificial del crédito? ¿Y una natural? ¿Cuál es el nivel a partir del cual podemos estar seguros de que unos tipos son demasiado bajos: el 10, el 5, el 3, el 1,47%? Todo muy bonito, pero también muy inexacto. O al menos eso podría parecer de entrada: vamos a intentar demostrar que no es así.

Nuestro punto de partida debe ser la existencia de diferentes tipos de crédito a muy distintos plazos. Una persona puede prestar su capital a una semana, a 12 meses, a 10 años o a cualquier otro plazo. ¿Cuál es la diferencia, para el prestamista, entre prestar su capital a un día o a 30 años? Pues, básicamente, que en el primer caso lo recuperará en un día y, en el segundo, al cabo de 30 años. La proposición podría parecer una obviedad, pero conviene que tengamos claras sus implicaciones: la persona que ha prestado a un día volverá a ejercer su influencia sobre el mercado (a la hora de decidir qué consumir, en qué invertir, o qué no consumir o en qué no invertir) y podrá utilizar ese capital para readaptarse a cambios imprevistos de su entorno en apenas 24 horas; en cambio, quien ha extendido crédito a 30 años renuncia a su capital y a su capacidad de influir en el mercado (traspasando esa capacidad al prestatario). Fijémonos, además, en que no es lo mismo prestar el capital durante 30 años que prestarlo a 24 horas durante cada uno de los días de los próximos 30 años: en el primer caso, el prestamista no recupera el capital hasta dentro de tres décadas, mientras que en el segundo lo recupera cada día y cada día decide si desea volverlo a prestar, pudiendo en tal caso adaptarse con rapidez a los cambios imprevistos y súbitos de su entorno (si, verbigracia, el negocio de su prestatario se deteriora y su riesgo de impago aumenta, puede escoger extender crédito a otra persona distinta). Como es lógico, pues, el ahorrador exigirá tipos de interés más altos para prestar a 30 años que para prestar a un día, dado que los inconvenientes son mucho mayores.

A su vez, una persona también puede demandar crédito a una semana, a 12 meses, a 10 años o a cualquier otro plazo. ¿Cuál es la diferencia, para el prestatario, entre pedir prestado su capital a un día o hacerlo a 30 años? Pues, básicamente, que en el primer caso estará obligado a devolverlo en un día y, en el segundo, al cabo de 30 años. De nuevo, por tautológica que parezca la proposición, conviene aclarar sus implicaciones: la persona que se ha endeudado a un día apenas tendrá tiempo para recuperar ese capital tras haberlo utilizado en el mercado; la persona que se ha endeudado a 30 años, en cambio, tendrá un amplio margen para devolver el capital que ha recibido prestado rentabilizándolo y ejerciendo su influencia en el mercado. Fijémonos en que no es lo mismo tener que devolver el dinero al cabo de 30 años que estar obligado a devolverlo cada uno de los días durante los próximos 30 años: en el primer caso, el deudor tiene cintura para absorber cambios imprevistos en su entorno, mientras que en el segundo no (si un día se queda sin amasar el capital, entrará en suspensión de pagos). En consecuencia, el prestatario estará dispuesto a abonar tipos de interés más altos por recibir un crédito a 30 años que por recibirlo a un día, pues las ventajas son mucho mayores.

La clarificación y la coincidencia del plazo de los préstamos facilita la coordinación entre ahorradores-prestamistas e inversores-prestatarios: ahorrar y prestar el capital a 30 años significa renunciar a consumir o invertir durante 30 años, justamente el plazo de que disfrutará el inversor que pide prestado el capital para, al cabo de 30 años, generar los suficientes bienes y servicios futuros con los que amortizar el crédito y los correspondientes intereses. En pocas palabras, el ahorrador le dice al inversor: "Dispones de 30 años para fabricar la riqueza que deberás entregarme a la finalización del préstamo", y el inversor actúa en consecuencia.

Sucede que, como hemos explicado, los tipos de interés por los créditos a largo plazo serán normalmente más elevados que los tipos de interés a corto plazo. En jerga financiera, a esta circunstancia se le conoce como curva normal de rendimientos: conforme aumenta el plazo de los préstamos, también se incrementa el tipo de interés necesario para que llegue a darse la transacción. Y aquí es donde comienzan las tentaciones problemáticas.

Si los tipos de interés a corto plazo son más bajos que los tipos de interés a largo plazo, ¿acaso no sale a cuenta tomar dinero prestado a corto plazo (pagando, por ejemplo, un tipo de interés anualizado del 2%) y prestarlo o invertirlo a largo plazo (recibiendo, por ejemplo, un tipo de interés anualizado del 8%)? Sin duda: se trata de una operación muy rentable, pero también muy peligrosa individual y socialmente. Desde un punto de vista individual, una persona que tenga que devolver cada día el capital que ha invertido y que no recuperará hasta dentro de 30 años, caerá casi seguro en suspensión de pagos. Desde un punto de vista social, si los prestamistas-ahorradores sólo renuncian a su capital durante un día (confiando en recuperar su capacidad de influencia sobre el mercado en apenas 24 horas), mientras que los prestatarios-inversores lo han inmovilizado por tres décadas (tardando 30 años en fabricar los bienes y servicios futuros necesarios para devolverles a los ahorradores su capital), es evidente que existirá una descoordinación entre unos y otros: los ahorradores habrán diseñado sus planes de actuación bajo la hipótesis de que recuperarán su capital en un día, mientras que los inversores lo habrán cristalizado durante 30 años.

Huelga decir que si los ahorradores fueran indiferentes entre recuperar su capital en un día o recuperarlo al cabo de 30 años, lo habrían prestado desde un comienzo a 30 años, pues los tipos de interés que hubiesen percibido habrían sido superiores. Además, también hay que tener presente que el problema de fondo no es que haya carestía de dinero, sino de bienes económicos: si los ahorradores desean recuperar su capital en un día para comprar comida y los inversores van a tardar 30 años en producir alimentos, los primeros se morirán de hambre por mucho dinero que imprimamos para permitir a los inversores devolver sus deudas a los ahorradores.

Llegados a este punto, ya estamos en posición de describir qué es eso de expandir el crédito o rebajar los tipos de interés de manera artificial. El crédito se expande artificialmente cuando se canaliza capital que debe devolverse a corto plazo hacia préstamos a largo plazo: no hay ahorro a largo plazo (predisposición del ahorrador a renunciar a su capital durante un largo período de tiempo) que financie los préstamos a largo plazo (la transferencia de un capital durante un largo período de tiempo). O, dicho de otra manera, los tipos de interés a largo plazo se reducirán de manera artificial no porque haya más ahorro a largo plazo, sino porque la oferta de fondos prestables a largo plazo se habrá incrementado a partir de la oferta de fondos prestables a corto plazo. Será esa distorsionada disminución de los tipos de interés y esa manipulada oferta de crédito a largo plazo lo que inducirá a los agentes económicos a sobreendeudarse y malinvertir a mucho mayor plazo del que los ahorradores están dispuestos a esperar, dando como resultado un primer período de prosperidad ficticia (crece el consumo y la inversión gracias a un crédito falsamente elevado) seguido de otro de depresión (colapso económico y financiero como consecuencia de las distorsiones acumuladas durante la prosperidad ficticia).

Los bancos son los agentes económicos que con más asiduidad recurren a este perjudicial descalce de plazos: las deudas de los bancos son depósitos a la vista (plazo de vencimiento a discreción del depositante) o a corto plazo, mientras que sus inversiones son créditos a muy largo plazo (hipotecas a 40 años, préstamos empresariales, créditos al consumo, etc.). Afortunadamente, en un mercado donde la moneda y la banca se desarrollan en libertad y sin privilegios gubernamentales, los bancos no tienen apenas margen para realizar esas peligrosas operaciones, pues tan pronto como sus acreedores dejaran de refinanciarles, caerían en suspensión de pagos. Desgraciadamente, en nuestro mercado ultraintervenido y ultraprivilegiado, una institución estatal llamada banco central tiene el monopolio de la emisión de papel moneda, lo que le permite proporcionar refinanciación barata a los bancos privados que descalzan plazos durante muy dilatados períodos de tiempo (hasta que el sobreendeudamiento y las malas inversiones sociales se saturen y colapsen) y prolongar de manera perversa la duración y devastación de los ciclos económicos.

Siempre nos quedará la imprenta

La semana horribilis de Rajoy está próxima a su culminación. Lo que empezó como un terremoto va a terminar, si la cosa no se tuerce el viernes, como un vals bailado a pasos lentos entre nuestro Gobierno y el gobernador del BCE. Todos contentos. La Bolsa sube y la prima baja, como en los buenos tiempos. Si esto sigue así habremos salido de la crisis antes de terminar el verano y podremos ponernos a levantar casas por doquier, a construir autopistas fantasma y a enchufar al presupuesto a otro millón de funcionarios, que los que hay son pocos.

Lamento decepcionar a los optimistas pero la crisis no ha acabado. El desaguisado está hecho y alguien tendrá que pagar por ello. Nuestro país colecciona desempleados y lo seguirá haciendo durante todavía mucho tiempo, el IVA subirá en septiembre, y la factura de la luz, y la del gas, y la gasolina… La deuda, es decir, la riqueza que nos trajimos del futuro pensando que alguna vez íbamos a generarla, sigue ahí, tan campante, con su rosario de ceros a la derecha. Hasta ayer parecía que iba a pagarla quien la contrajo, esto es, los Gobiernos irresponsables y los bancos que invirtieron en quimeras y se hartaron a pedir dinero fuera a corto plazo para prestarlo a largo en casa encendiendo una espiral demoniaca.

Del lunes a hoy no ha mejorado nada, de hecho ha empeorado. A muchos les ha hecho sentir que, por arte de birlibirloque, el problema se ha resuelto. No lo ha hecho, todo lo más Rajoy y sus dos tristes mariachis han ganado tiempo, que es lo peor que se le puede dar a alguien como Rajoy, dado a malgastarlo sin tomar una sola decisión, siempre con la esperanza puesta en que los problemas se arreglen solos. Draghi ha prometido lo único que puede prometer el mandamás de un banco central: poner a funcionar la imprenta, darle a la manivela para diluir la golfería en el pozo de la virtud, crear dinero de la nada que permita a políticos como los nuestros seguir viviendo por encima de sus posibilidades.

El riesgo moral de que todo termine así es inmenso. Por un lado el BCE fomenta y promociona los malos usos. ¿Qué sentido tiene el rigor presupuestario si al final viene el fabricante de billetes y cubre la diferencia? ¿Para qué ahorrar e invertir sabiamente si luego se premia a los que han derrochado?

Por otro, nos condena a padecer durante unos cuantos años más un régimen moribundo, exangüe, que ya no da más de sí porque está montado por y para la clase política, que sienta sus reales sobre una pila de deuda y sobre una presión fiscal asfixiante. ¿De verdad queremos que Draghi deprecie nuestra moneda, la que tanto nos cuesta ganar, para que los políticos españoles puedan seguir a lo suyo financiando un mostrenco insostenible? No nos engañemos, el dinero que se saque Draghi de la manga no va a ayudar a España, sino a los políticos españoles, que es algo bien distinto. Y los intereses del individuo honrado, trabajador y productivo suelen ser opuestos a los del político, que de natural es proclive a la improductividad y el enredo.

Tal vez hoy la Bolsa haya subido y lo siga haciendo mañana. Es seguro que el coste del endeudamiento (que no otra cosa es la prima de riesgo) haya bajado. Pero eso no son necesariamente buenas noticias. Lo serán cuando vengan acompañadas de un plan de ajuste en condiciones, uno que haga coincidir los gastos del Estado con sus ingresos y que incorpore una bajada de impuestos generalizada y una reestructuración de nuestro monstruoso sector público. Eso son buenas noticias, lo otro es hacerse trampas en el solitario.

¿Por qué sube la prima?

La incompetencia del PP en materia económica está siendo, simplemente, supina. Muchos aún se preguntan cómo es posible que la prima de riesgo siga un ascenso imparable si, al fin y al cabo, Rajoy y su equipo de acólitos acaban de anunciar el "mayor recorte" presupuestario de la democracia. Y la respuesta es sencilla. En primer lugar, no se trata de un "recorte" sino de un ajuste fiscal que incluye una nueva subida brutal de impuestos combinada con una reducción de gasto público, casi a partes iguales, con el fin de reducir la brecha de las cuentas públicas en cerca de 65.000 millones de euros extra en dos años y medio.

Las dudas a este respecto son evidentes: por un lado, resulta ingenuo pensar que el Estado logrará recaudar todo lo que prevé con una economía nuevamente en recesión y con los bolsillos del contribuyente medio vacíos; por otro, aun cumpliéndose las hinchadas estimaciones recaudatorias de Montoro, ajustar 65.000 millones en dos años y medio cuando el país está al mismísimo borde de la quiebra sabe a muy poco y, lo que es peor, denota la escasa voluntad del Gobierno de reducir el elefantiásico tamaño del Estado español; por último, lo más grave de dicho plan radica, sin duda, es la filosofía puramente socialista que impera en el equipo liderado por Rajoy, ya que el problema del déficit no es de falta de ingresos, tal y como asevera Hacienda, sino de exceso de gastos.

En segundo lugar, el PP, con sus continuas y sustanciales subidas fiscales, está asfixiando hasta la extenuación al sector privado, la única tabla de salvación con la que cuenta el país para volver a crear riqueza y empleo a medio y largo plazo. Dicho de otro modo, Rajoy, al igual que hizo Zapatero en su día, solo que con mayor vehemencia, está expropiando unos recursos valiosísimos a empresas y familias para seguir sosteniendo a toda costa el gasto desbocado de unas administraciones públicas que, al igual que el sector inmobiliario durante los pasados años del boom, han experimentado una histórica burbuja que, ahora, los políticos de todos los colores se resisten con uñas y dientes a pinchar.

Una de las primeras medidas aprobadas por Rajoy tras su llegada al poder fue subir el IRPF, sobre las rentas y el capital (ahorro), situando a España a la cabeza de Europa en materia de impuestos directos. Sin embargo, lejos de rectificar este sangrante sablazo a los españoles, el plan recién aprobado incluye un aumento fiscal extra sobre las rentas (IRPF), las empresas (Impuesto de Sociedades), el trabajo (cotizaciones sociales), el consumo (IVA), así como toda una retahíla de impuestos indirectos (tasas, tabaco, eléctricas…). A esto no se le llama política fiscal sino, pura y llanamente, cleptocracia. Rajoy se está cargando la economía productiva de España, enterrando cualquier atisbo de posible recuperación con su particular deriva socialista. Ésta y no otra –subir impuestos y recortar poco el gasto– fue la senda emprendida por Grecia, y ahí están los resultados.

En tercer lugar, si bien es cierto que la intervención externa de España tras la solicitud de rescate bancario ha obligado al Gobierno a reducir partidas de gasto que en ningún caso contemplaba –como la paga extra a los funcionarios, dependencia o la prestación de desempleo, entre otras–, el listado de recortes impuesto por la troika aún no ha sido adoptado en su totalidad, de modo que Rajoy ha optado por retrasar algunas de las medidas más impopulares para después del verano –pensiones o despido de empleados públicos, por ejemplo–, en una nueva prueba de irresponsabilidad política, incompetencia económica y, si cabe, incluso cobardía personal. La intervención de España por políticos extranjeros es positiva siempre y cuando el Gobierno cumpla al milímetro todas las recomendaciones tendentes a reducir el gasto y la estructura estatal, al tiempo que se resiste panza arriba a subir impuestos, tal y como acertadamente hizo Irlanda negándose a elevar su provechoso y atractivo Impuesto de Sociedades –uno de los más bajos de la OCDE–.

En resumen, muchos más impuestos y escasos recortes constituyen una combinación explosiva que acaba deteriorando aún más la solvencia del país, lo cual se refleja en una prima de riesgo creciente. Por si fuera poco, una de las medidas estrella aprobadas igualmente por el Ejecutivo consiste en el rescate indiscriminado de CCAA quebradas a través de la creación de un nuevo Fondo de Liquidez que, como consecuencia directa e inmediata, disparará la deuda pública del Estado en otros 18.000 millones de euros, como mínimo. Y ello, bajo la simple –e ingenua– promesa de que los gobiernos regionales cumplirán con el objetivo de déficit y devolverán puntualmente el dinero que ahora adelantan, forzosamente, todos los contribuyentes del país. Un nuevo gasto, del todo innecesario y enormemente contraproducente, que, en gran medida, ha acabado por contrarrestar los positivos, aunque escasos, recortes que establece el plan de ajuste. ¿Y aún se preguntan en Moncloa por qué sube la prima de riesgo? Ver para creer.

El PP ha convertido a España en un inflamable polvorín

Siempre había creído que España podía salvarse y que su situación económica era reconducible. En parte aún lo sigo creyendo, pero cada día que pasa, cada día que el PP sigue al frente del poder tomando una tras otra las medidas de demolición descontrolada del sector privado de que tanto hace gala, la probabilidad decrece a ritmos acelerados. Al fin y al cabo, padecemos un Gobierno que en apenas seis meses ha hecho bueno al horroroso Ejecutivo de Zapatero: Rajoy y los suyos no sólo han subido todos los impuestos –IRPF, Sociedades, IVA, cotizaciones sociales y especiales– salvajemente más de lo que lo hizo Zapatero, sino que lo han hecho mostrando su lado más descarnadamente izquierdista y estatista, riéndose en todo momento de los ciudadanos, de sus electores y de los inversores de España.

El descrédito antiliberal del PP

El Ejecutivo ha consumido ya todo su crédito político. Al encadenar una mentira tras otra, otro despropósito tras otro y otro ataque a las libertades individuales y a la propiedad privada tras otro sin más criterio que el de salvar de la quema cuantos privilegios para su casta puedan, el Gobierno ha quedado desacreditado ante los ciudadanos, ante los electores y ante los inversores a los que tanto ha maltratado. Todos han descubierto ya que el PP no tiene ningún interés en reventar la burbuja del sector público y que todas las medidas en tal sentido que anuncie sólo consistirán en pura propaganda dirigida a engañar, nuevamente, a esos ciudadanos, electores e inversores.

Es posible que dentro del Gobierno exista gente que entienda la gravedad de la situación y que rechace por entero la estrategia socialista-zapaterina que Rajoy está ejecutando para sangrar a impuestos al sector privado, pero su influencia en las grandes decisiones del Ejecutivo se está dejando notar poco o nada. Bien está que dentro del Gabinete haya decorativos jarrones liberales, pero mejor estaría que esos decorativos jarrones descubrieran que Rajoy, Montoro y cuanta otra fauna socialista mora en el poder los estamparon tiempo ha contra el suelo haciéndolos añicos. Más allá de los muertos vivientes que se creen vivos murientes, este Gobierno no pasa de un caparazón relleno de bilis estatista que sólo se mantiene a flote gracias a una mayoría absoluta parlamentaria que será la última que el PP consiga en décadas.

Mas lo peor de comprobar que Rajoy y su grupo socialdemócrata son unos mandarines al servicio de sus propios privilegios no es descubrir lo que el propio Rajoy se encargó de hacer explícito en Elche hace cuatro años cuando invitó a los liberales a abandonar el partido, sino constatar que este país no tiene ninguna alternativa política dispuesta a adoptar las medidas necesarias para levantar cabeza. O dicho crudamente, la única alternativa a Rajoy es ZP-Rubalcaba y la única alternativa a ZP-Rubalcaba es Rajoy. Desazonadora evidencia que está llevando a muchos a lanzarse a los brazos del populismo comunista en un inquietante pero cada vez más fidedigno parangón del derrumbamiento heleno.

En plena escapada hacia adelante, un PP noqueado por su propia incompetencia sólo se muestra capaz de rogarle un rescate en forma de monetización masiva de deuda a Mario Draghi. Como si el Banco Central Europeo no estuviera, en estos precisos momentos, proporcionando una expansiva línea de crédito de más de 450.000 millones de euros (el 45% de nuestro PIB) a la economía española. ¿Con qué cara acusa Margallo al BCE de ser "un banco clandestino"? ¿Con qué arrestos pide el cabeza de lista de la rescatada Valencia, Esteban González Pons, que el BCE siga incrementando suicidamente su exposición a los pasivos españoles? Por esta vía, por la de echar más gasolina al incendio de un monto de deuda impagable, no conseguiremos otra cosa que comprar tiempo a un precio carísimo. Pero comprar tiempo, ¿para qué? ¿Para diferir todavía más los recortes? ¿Para retrasar un año o dos más el cumplimiento de los objetivos de déficit? ¿Para facilitar que nuestros políticos sigan dilapidando nuestro dinero a manos llenas? ¿Qué estamos esperando al patear el balón para adelante? ¿Que acaezca algún milagro que nos saque de esta situación de quiebra técnica? Nadie que no quiera ser salvado puede salvarse y este Gobierno y esta oposición claramente prefieren la suspensión de pagos antes que un severo recorte del gasto público.

Camino de una mayor servidumbre

Con la prima de riesgo a unos niveles en los que ya empieza a reflejar nuestra devastadora realidad subyacente, ¿qué nos queda? Todo apunta a que en los próximos meses comenzará a librarse una batalla campal en las calles de España para derrocar al Gobierno y repartirse las miserias del poder. No es un fenómeno novedoso, sino algo bastante recurrente en los países bananeros donde una mayoría de ciudadanos y de grupos de presión aspira a meter el cazo en el presupuesto y a vivir de él, esto es, del dinero de su vecino. Ha sucedido recientemente en Grecia, pero también sucedió en la Argentina del corralito cuando las hordas de Duhalde asaltaron los comercios bonaerenses hasta forzar la huida en helicóptero del rajoyano De la Rúa.

Semejante polvorín puede prender fuego en cualquier momento con un mínimo de gestión y manipulación callejera por parte de alguno de los partidos de la oposición en connivencia con los sindicatos o con cualquier otro grupo de presión que ya se haya visto afectado por los recortes o que trate de evitarlos preventivamente tomando las calzadas. El hartazgo derivado de la mezcla de una crisis económica que no se entiende con la falsa retórica de unos recortes cosméticos salvo por lo que atañe a las subidas de impuestos, con las secuelas de décadas de adoctrinamiento socialista en "derechos" irrenunciables que deben ser financiados siempre por el dinero del vecino pero jamás por el dinero propio y con el desencanto hacia los igualmente estatistas partidos mayoritarios, bien puede llevar a un descontento popular cuyo único efecto a medio y largo plazo sería acrecentar todavía más el tamaño del Estado y darle todavía más poder a políticos todavía más nefastos que los actuales.

En cierto modo, la España del PP está siendo la de un vehículo que se está estrellando contra un muro a cámara lenta. Sabemos que avanzamos hacia el siniestro pero el conductor no deja de pisar el acelerador. Certeza a la que, por cierto, también han llegado los inversores nacionales y extranjeros que están liquidando su exposición a España a marchas forzadas; motivo de fondo de que la prima de riesgo se siga disparando y de que nuestros bancos tengan cerrado su acceso al mercado interbancario.

Decía al principio que siempre creí en la capacidad de la economía española para, a trancas y barrancas, terminar recuperándose. Hay tanto gasto que recortar, tantas reformas que aprobar, tanto potencial que dejar de pisotear, que nuestro margen para recuperarnos era enorme: no se trataba de país que ya lo estuviera hacia todo bien y que, por caprichos del azar, hubiese embarrancado en una crisis monstruosa; no, éramos y somos un país que lo estaba haciendo casi todo mal y que, por tanto, podía mejorar y cambiar en múltiples campos. Ahora, empero, veo cada vez más difícil una salida que no pase o bien por una monetización masiva de deuda que no resuelva los problemas de fondo y que sólo aplace la jornada de autos; por una intervención externa que no garantiza, como en Grecia, que finalmente se adopten las medidas correctas; o por una salida del euro que les deje un agujero enorme a nuestros acreedores europeos, que empobrezca a la población española, que conceda omnímodos poderes inflacionistas a nuestros gobernantes y que termine de empujar a España por la senda de la mediocridad económica y del peronismo político. En cualquier caso, menos libertades, menos prosperidad y mucho más Estado: la tradicional realimentación positiva entre las crisis y el engorde de Leviatán. Los políticos, primero los del PSOE y luego los del PP, se han cargado el país, pero los políticos, sean de la partitocracia actual o de otra todavía peor, serán los principales beneficiarios del colapso económico. Un deprimente disparate se mire desde el ángulo en que se mire.

I Congreso de Economía y Libertad: La Gran Recesión y sus salidas

La actual crisis económica ha resquebrajado algunos de los cimientos sobre los que se asienta nuestra sociedad. En concreto, la crisis nos ha obligado a replantearnos cuál debe ser el papel del Estado y cuál es el grado de libertad económica que necesitamos para construir una sociedad próspera. Por supuesto, en este debate social ha habido respuestas de todos los colores, pero, al contrario que en otras crisis y para sorpresa de muchos liberales, una parte de la sociedad está tomando conciencia de que la salida de la crisis requiere austeridad pública, menos intervención estatal, menos impuestos y, en definitiva, más libertad económica.

Es indudable que en estos momentos pueden llegar a hacerse reformas valientes que hace unos pocos años eran políticamente inviables. En este sentido, hoy tenemos la oportunidad de refundar la sociedad en la que vivimos sobre unas bases más sólidas que permitan evitar desastres como el que estamos padeciendo. Es necesario, por tanto, organizar foros de debate para reflexionar sobre la situación en la que estamos y sobre cuál es la dirección que debemos tomar.

Este es el motivo por el que la Universidad Católica de Ávila y el Instituto Juan de Mariana celebrarán el “I Congreso de Economía y Libertad: La Gran Recesión y sus salidas” los próximos 22, 23 y 24 de noviembre en Ávila. Nuestra intención es reunir durante tres días a los mejores expertos para reflexionar sobre la Gran Recesión. Por ello, en el Congreso participarán ilustres personalidades académicas como Juan Velarde, Carlos Rodríguez Braun, Victoriano Martín, Maximino Carpio y Juan Ramón Rallo, entre otros. Asimismo, queremos elaborar un breve documento que sintetice las principales conclusiones del Congreso y, en especial, que explique cuáles son las medidas concretas que debe tomar el Gobierno para acelerar la llegada de la recuperación económica. Este documento será posteriormente facilitado a los medios de comunicación.

Como puede verse en el programa, el Congreso tendrá seis ejes temáticos o hilos conductores: en primer lugar, “antecedentes de la Gran Recesión” a través del que analizaremos cómo hemos llegado a esta situación; en segundo lugar, “crisis mundial y crisis española” donde estudiaremos la magnitud de la crisis; en tercer lugar, “crisis monetaria” donde profundizaremos en la dimensión monetaria de la crisis; en cuarto lugar, “crisis de las políticas públicas” en el que analizaremos los problemas de deuda soberana así como las políticas anti-crisis que se han aplicado; en quinto lugar, “crisis ética”, donde analizaremos las implicaciones éticas de la crisis; y, finalmente, “crisis de paradigma” donde debatiremos sobre la dirección que estamos tomando y sobre cuáles son las bases de una sociedad más libre y más próspera.

Además, queremos que en el Congreso participe toda persona interesada en presentar una breve comunicación oral de 20 minutos. Aquellos que estén interesados pueden enviar un resumen de la comunicación a lo largo del verano (julio y agosto) y seguir las normas de presentación establecidas por el Comité Científico del Congreso. Todas las comunicaciones aceptadas y presentadas serán publicadas en un Libro de Actas con su respectivo ISBN.

Por todo esto, os invitamos a todos a asistir a este Congreso, que creemos que será una oportunidad única para la reflexión y el análisis de la dramática situación que vive la economía mundial y española.

¡Os esperamos!


Para más información, https://www.ucavila.es/I_congreso_economia o directamente contactar con David Sanz (david.sanz@ucavila.es).