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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El Suffolk Bank

Andrew Jackson había acabado con el Segundo Banco de los Estados Unidos, y con él se fue durante décadas la institución de un banco central en aquel País. A mediados de los años 30 del siglo XIX comienza la era de “banca libre” en aquel país. Cualquier empresario que cumpliese ciertas condiciones podía crear un banco. Pero estas instituciones tenían importantes limitaciones, como no poder abrir sucursales en otros Estados, o se les obligaba a aceptar bonos estatales como reservas. Sin llegar a ser una era de verdadera libertad económica en el ámbito monetario y crediticio, sí permitió, no obstante, una gran competencia. Ésta favoreció la creación de nuevas fórmulas bancarias. Y también limitó la capacidad de los bancos de crear inflación (es decir, de emitir billetes sin respaldo de oro o plata), ya que cualquier ciudadano podía entregar las notas en su mano y conseguir la cantidad correspondiente de oro, en forma de monedas o lingotes.

Es más, cualquier banco que acumulase las notas emitidas por una entidad distinta podría redimirlas. Una práctica muy inflacionaria ponía en riesgo la solvencia del banco y, por tanto, la continuidad del negocio. Dado que las comunicaciones eran costosas, las notas perdían valor cuanto más lejos estuviesen del banco emisor. Además, a medida que los billetes, en la incesante cadena de intercambios, se alejasen del banco que ponía su sello, toda la buena fama que pudiera tener entre su clientela se iba difuminando. Y, por supuesto, había una creciente incertidumbre respecto de la voluntad o capacidad del banco de aceptar su propio papel y entregar a cambio el dinero (oro) correspondiente. De este modo surgió una clase de comerciantes que compraban papel con descuento y lo conducían al banco emisor para reclamar la cantidad de oro correspondiente.

Boston, como floreciente ciudad comercial, contaba con numerosos bancos, que recibían notas de muchos otras entidades del resto del país. Es en ese contexto en el que adquirió un papel predominante el banco Suffolk. Aquellos country banks cuyas notas perdían valor con la distancia perdían oportunidades de negocio. Suffolk creó un sistema que podríamos llamar de compensación que aportaba seguridad a las transacciones y oportunidades de negocio. Aceptaba las notas por su valor nominal, es decir, por todo el valor de la promesa de pago, a cambio de que los bancos emisores hiciesen depósitos en Suffolk sin interés. Suffolk obtenía como beneficio el interés del préstamo de esos fondos. Y las entidades que eran clientes de Suffolk, por el coste de mantener un depósito en aquel banco, obtenían los beneficios de que sus notas resultaban mucho más líquidas, más aceptables por el mercado, y adquirían una mayor circulación. Por tanto, sus servicios como banco eran más valiosos.

El interés de los bancos por contratar el servicio de Suffolk era evidente. Pero la entidad bostoniana no podía admitir cualquier cliente. Les obligaba a mantener su solvencia. De este modo, en una cadena que va desde la conveniencia del uso de los billetes más la necesidad de que respondan a la cantidad de oro que prometen, hasta las notas del banco Suffold y las de los bancos que contratan sus servicios y de ahí a la relación entre éstas y los depósitos de las entidades, Suffolk logró que prevaleciese una inflación más moderada en su zona de influencia.

No fue una interesante experiencia pasajera, una reliquia para el divertimento de los historiadores. Duró de 1819 a 1859, cuarenta años. Según John Jay Knox, citado por Murray N. Rothbard en su libro A History of Money and Banking in the United States, la experiencia del Suffolk Bank prueba que “se puede confiar en las empresas privadas para la redención de los billetes que circulan, y puede hacerse de un modo más seguro y mucho más económico que el servicio que pudiera proveer el Gobierno”. Rothbard incluso se refiere a Suffolk Bank como un banco central privado.

Esta fórmula para crear confianza en el mercado fue seguida con éxito por otros bancos, atraídos por los enormes beneficios de Suffolk. La competencia acabó por desbordar a la entidad, que acabó por abandonar el esquema que ésta había creado. Otros bancos, no obstante, siguieron realizando la misma labor beneficiosa para la sociedad y para ellos mismos. La Guerra Civil acabó con esta experiencia, y el establecimiento del monopolio del Gobierno de la emisión en 1863 acabó con cualquier posibilidad de retomarlo después de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Es un ejemplo de cómo los resquicios de libertad respetados por el Gobierno permiten que los empresarios atiendan las necesidades sociales, incluso las más complejas, obteniendo por ello un beneficio.

El descalce de plazos y riesgos (y 2)

El descalce de plazos y riesgos y la reserva fraccionaria de los bancos no son lo mismo, ni son equivalentes, ni un caso particular uno del otro, y es un grave error confundirlos. Es posible no tener ninguno de los dos, tener reserva fraccionaria sin descalce de plazos, tener descalce de plazos sin reserva fraccionaria, o tener ambos.

Los bancos no son almacenes de dinero. Las analogías con garajes (o silos, o depósitos) en los que los clientes “depositan” coches (u otras mercancías) para su guarda y custodia son profundamente erróneas: las promesas de entrega de coches (que además no son bienes fungibles) no circulan (no sirven como medio de transporte), mientras que las promesas fiables de entrega de dinero sí circulan (sirven como medio de pago, como sustitutos o complementos monetarios); los coches no aparecen en el balance de un garaje, igual que los objetos depositados en las cajas de seguridad de los clientes no aparecen en el balance del banco.

Un préstamo no tiene por qué tener un plazo o fecha de terminación cerrado y fijado de antemano. Un depósito bancario a la vista es un préstamo cuya terminación queda abierta y a discreción del depositante: es un préstamo vigente hasta que el depositante reclame su devolución; también podría entenderse como un préstamo a muy corto plazo (segundos, minutos) con renovación automática salvo que el prestamista exprese lo contrario. Los depósitos a la vista por lo general son sólo parcialmente a la vista: suelen incluir restricciones o límites sobre las cantidades que pueden retirarse inmediatamente; para retiradas de efectivo de cantidades grandes es necesario preavisar al banco con cierto tiempo.

La reserva fraccionaria (que no es ningún privilegio estatal, ni una estafa o engaño) no causa el ciclo económico de origen financiero; ni siquiera causa necesariamente inflación. El descalce de plazos y riesgos y el deterioro de la liquidez sí que originan las expansiones crediticias insostenibles.

La reserva fraccionaria sólo tiene sentido si existen depósitos a la vista y/o billetes en el pasivo de un banco, y consiste en no tener toda la cantidad de los depósitos y billetes respaldada al cien por cien por reservas monetarias (de dinero en efectivo) en el activo; en un banco prudente el respaldo consiste en activos líquidos, que pueden venderse sin pérdida rápidamente en cualquier momento.

Un banco puede tener una reserva cien por cien de sus depósitos a la vista y billetes, pero practicar el descalce de plazos con otros elementos de su pasivo (depósitos a plazo, letras, bonos) y activo (préstamos del banco, acciones). Algunas entidades financieras no tienen depósitos a la vista (banca en la sombra, banca de inversión), por lo cual el concepto de reserva fraccionaria no tiene sentido, pero pueden practicar el descalce de plazos y riesgos (pasivo de repos a muy corto plazo, y activos a más largo plazo y con mayor riesgo).

Un banco normal tiene reserva fraccionaria: los depósitos a la vista y los billetes están respaldados por activos líquidos (si el banco es prudente), pero no en su totalidad por dinero. El banco puede no tener descalce de plazos, si sus activos se corresponden en cantidades y plazos con sus pasivos: el pasivo a la vista está respaldado por activo a la vista (préstamos a la vista cuya devolución es exigible en cualquier momento). Un banco prudente puede tener un ligero descalce de plazos si respalda sus pasivos a la vista con activos muy seguros a muy corto plazo (como las letras comerciales a muy corto plazo, reales y autoliquidables, con diferentes vencimientos); además ese descalce podría compensarse con descalces inversos en otros elementos del balance.

El banco imprudente descalza plazos y riesgos de forma masiva, con o sin reserva fraccionaria. El descalce de plazos y riesgos no es algo que la banca haya hecho siempre, o no es algo que haya hecho siempre con la misma intensidad, imprudencia e irresponsabilidad: ser un banco no implica descalzar plazos y riesgos.

El descalce de plazos no significa que el dinero que recibo hoy al vender algo puedo usarlo en el futuro con el mismo poder adquisitivo para comprar algo: eso es la estabilidad del valor del dinero. Sólo tiene sentido hablar de descalce de plazos y riesgos si hay un desajuste temporal y de riesgos entre un pasivo y un activo: es algo que no es exclusivo de la banca, pero es especialmente importante en ella por su rol de intermediación financiera y su nivel de apalancamiento (financiación con recursos ajenos frente a fondos propios).

Dos deudas del mismo plazo pueden tener riesgos diferentes. Pero dado un préstamo, incrementar el plazo necesariamente incrementa el riesgo: el precio (valor presente) de la deuda a más largo plazo es más sensible a cambios en los tipos de interés, es más volátil (ver matemáticas financieras para las fórmulas que relacionan tipo de interés y precio de la deuda); el futuro más lejano es más incierto; y mayor plazo implica mayor probabilidad de quiebra en algún momento.

El descalce de plazos aplana la curva de tipos y distorsiona o elimina la valiosa información que esta proporciona sobre preferencias temporales a distintos plazos y percepción del riesgo en los mercados: baja los tipos de interés a largo plazo (facilita la inversión a largo plazo pero desincentiva el ahorro a largo plazo) y sube los tipos de interés a corto plazo.

El descalce de plazos y riesgos no es la única fuente posible de problemas financieros. El riesgo de crédito (que el préstamo no se devuelva en las cantidades de principal más interés y plazos pactados) existe siempre: el banco debe examinar la solvencia del prestatario y puede equivocarse; pero si no hay descalce de plazos y riesgos y burbuja crediticia, los riesgos están en principio descorrelacionados entre sí. El descalce generalizado de plazos y riesgos incrementa el riesgo de crédito y correlaciona todos los riesgos entre sí, porque todos son resultado, al menos en parte, de la misma burbuja crediticia.

El riesgo de tipo de interés es la posibilidad de que cambios en los tipos de interés causen problemas a una entidad financiera porque reciba menos por sus activos o pague más por sus pasivos. Para un banco que descalza plazos este riesgo se reduce si en su activo el préstamo a largo plazo no es a tipo de interés fijo sino variable (se ajusta automáticamente al tipo al que se renueva la deuda a corto plazo). Pero cuando los tipos de interés ajustables sean bajos probablemente habrá una expansión crediticia, y en la crisis, cuando el tipo de interés a corto plazo se incremente, muchos prestatarios no podrán asumir los mayores pagos; además el banco puede ofrecer unos tipos iniciales especialmente bajos para atraer clientes incautos que no evalúan bien su capacidad de pagar tipos mayores en el futuro. Comprometerse a ajustar el tipo de interés no asegura que este realmente se pague: se transforma el riesgo de tipo de interés en riesgo de crédito.

Los bancos parecen crear dinero de la nada: pero los bancos no crean dinero en sentido estricto, sino sus propias promesas de entrega de dinero que suelen aceptarse como medio de pago si el banco es solvente (o si la legislación así lo decreta de forma coactiva) y por lo tanto son sustitutos o complementos monetarios; y la generación por un banco de promesas de pago no se hace de la nada, sino respaldada por algún activo (la deuda del prestatario y sus garantías).

Un banco que descalza plazos puede (y suele) conceder un préstamo sin recibir ni dar dinero, simplemente mediante apuntes contables (al menos en principio): no hace falta recibir un depósito primero y después hacer un préstamo; el banco incrementa su balance al entregar una promesa de pago a la vista al prestatario (haber en la cuenta del prestatario, pasivo del banco), y a cambio recibe unas promesas de pago futuras (debe en la cuenta del prestatario, activo del banco). No es un proceso simétrico porque los plazos de las promesas de pago son muy diferentes. El crecimiento del balance no es gratuito, ya que el banco ha reducido su liquidez y solvencia (lo cual no puede hacer de forma indefinida). La capacidad de conceder préstamos de un banco está limitada por su liquidez (menor cuanto cuanto mayor sea su descalce de plazos y riesgos) y su capitalización (a mayor apalancamiento, menor capacidad de absorber pérdidas).

Como lo normal es que quien pide un préstamo lo utilice de inmediato, el prestamista utilizará su poder de compra y transferirá ese dinero recibido (en realidad promesas de entrega de dinero) a otro agente: este puede operar con el mismo banco (y entonces el banco sólo redistribuye su pasivo), con otro banco (y entonces el banco sufrirá pérdida de reservas en la cámara de compensación interbancaria a menos que haya otras operaciones de sentido contrario), o sacando el dinero base del sistema bancario (reduciendo sus reservas globales).

El descalce de plazos no es una práctica contable: es una práctica financiera que se refleja en la contabilidad. El análisis contable tiene un problema de indeterminación de ciertos valores: algunos pasivos están determinados, se sabe cuánto se debe (salvo que se aplique algún tipo de interés variable) y cuándo; respecto a los pasivos a la vista, o en general a la deuda con opción de reclamación en cualquier momento, se sabe cuánto se debe pero no cuándo; los activos están por lo general indeterminados, ya que no se sabe con certeza si realmente se va a cobrar en plazo (riesgo de crédito) o cuánto puede obtenerse por ellos si hay que venderlos en un momento dado para obtener liquidez (riesgo de mercado).

Los bancos gestionan su pasivo y su activo y pueden protegerse mediante distintos derivados, coberturas o titulizaciones (sacando activos de su balance, traspasándoselos a otros agentes). Un banco puede conceder hipotecas y luego vender cédulas hipotecarias que invierten (aunque posiblemente no es su totalidad) el descalce de plazos previo. Los riesgos de crédito pueden reducirse mediante cláusulas restrictivas que reduzcan la exposición a riesgos del prestatario, contratos de seguros de impago, o colateral dinámico (garantías adaptables a incrementos del riesgo). Las crisis bancarias demuestran que la gestión de riesgos de los bancos puede ser muy defectuosa.

Una presunta ventaja de la deuda a corto plazo es que los acreedores pueden controlar al deudor mediante la amenaza de la no renovación de la deuda: pero si se realmente se corta la financiación el sistema se derrumba. Un banco que descalza plazos depende de forma muy sensible de que sus depositantes le renueven sistemáticamente su financiación; esto es algo imposible de garantizar con certeza y los riesgos de retirada de depósitos no son fenómenos aleatorios descorrelacionados entre sí (la desconfianza suele ser generalizada y con bucles de realimentación positiva). El descalce de plazos puede “funcionar” de forma parasitaria si el Estado protege a la banca, si ante las crisis aplica represión financiera (corralitos, vacaciones bancarias, ahorro forzado, engaños de los fondos de garantía de depósitos) o la refinancia de forma sistemática a costa de los contribuyentes (impuestos) o de los tenedores de dinero (inflación).

Un sistema complejo adaptativo evoluciona y se hace sistemáticamente resistente y robusto mediante la eliminación de fracasos parciales (quiebras empresariales que permiten aprender de los errores cometidos) y la retención de las innovaciones exitosas. Los sistemas perfectos son imposibles: la ausencia total de fallos en un sistema durante un tiempo prolongado puede deberse a su ocultación o a su incubación progresiva. Lo que desata el estallido de una burbuja crediticia es una causa próxima, pero la causa última de los problemas es la fragilidad del sistema financiero, que se destruye de forma catastrófica y sorprendente por pequeñas perturbaciones en vez de adaptarse de forma gradual y continua.

El descalce de plazos y riesgos no es un engaño socialmente beneficioso, y la opacidad bancaria no es ninguna virtud. Los bancos no son sabios benevolentes que obligan o engañan a la gente para que asuma riesgos que, aunque no quieran, les convienen: esos riesgos excesivos ni los quieren ni les convienen. Para conseguir más inversores dispuestos a asumir más riesgos no hay más que incrementar la recompensa (el tipo de interés). Existe ahorro a largo plazo (como los planes de pensiones) para proyectos a largo plazo. Financiarse con deuda no es la única opción: también existen las acciones o fondos propios.

Una corrida bancaria no es un ejemplo de racionalidad individual pero irracionalidad colectiva (fallo de mercado): no es una reacción histérica de los depositantes contra la cual deben ser protegidos; es una respuesta racional a la merecida pérdida de confianza en la banca (lo irracional es prestar sistemáticamente a un insolvente).

Más: Recopilación de artículos sobre dinero, crédito, banca y finanzas (actualización)

 

Un déficit fuera de control

Conforme va resultando cada vez más improbable que las Administraciones Públicas españolas cumplan con su objetivo de déficit de 2012, Cristóbal Montoro, responsable último de esa fallida política de sangrado fiscal dirigida a mantener una estructura estatal hipertrofiada, trata de quitarle hierro al asunto: nada mágico hay en la prometida cifra del 6,3% del PIB, pues lo importante es el esfuerzo asumido –por los españoles, entiéndase, no por los dispendiosos políticos que padecemos– para tratar de reducir el déficit.

Y, ciertamente, el guarismo del 6,3% no tiene nada de mágico. De hecho, el compromiso inicial de este incompetente a la par que carroñero Ejecutivo antiliberal era alcanzar un déficit del 4,5% del PIB. Luego, Rajoy elevó unilateralmente la cifra hasta el 5,8% (calificándolo con soberana bravuconería de "acto de soberanía") para a las pocas semanas rectificar con soberana falta de soberanía y "pactar" con Bruselas el 5,3%; cifra que la propia Comisión tuvo que revisar nuevamente al alza, hasta situarla en el actual objetivo del 6,3% ante la flagrante incapacidad política y económica de un Gobierno que sólo tira de aquella palanca de autodestrucción a la que debería tener prohibido recurrir: las subidas de impuestos.

Por tanto, bien mirado en menos de doce meses hemos cambiado hasta en tres ocasiones de objetivo de déficit. ¿Qué más dará otra más? Si no es el 6,3%, lo mismo vale algo así como el 7% (que, si contamos con el coste del rescate a la banca imputable a este ejercicio, se irá por encima del 8%). A estas alturas de la película, tras un primer deplorable año del zapateante Rajoy, nadie debería sorprenderse de que semejantes razonamientos pueblen la cabeza de un Gabinete obcecado con maximizar las colocaciones de deuda y las subidas de impuestos para minimizar el pinchazo de la burbuja del sector público.

Incumplir la palabra dada

Si nuestros mandatarios se preocuparan de algo más que de mantener o ampliar sus parcelas de poder y de gasto, acaso cayeran en la cuenta de que, tras haber suscrito el compromiso del déficit de 2012 en el 6,3% del PIB y de haber –supuestamente– dirigido todos sus esfuerzos a conseguirlo, el cerrar en cotas del 7% es algo peor que un fracaso: es un radical incumplimiento de la palabra dada.

Peccata minuta, dirán los trileros mayores del Reino de la picaresca, ¿qué enjundia puede tener la palabra dada? Pues, cuando se trata de recibir crédito, absolutamente toda: la oferta de crédito en una economía no viene limitada por la cantidad de dinero en circulación (de hecho, los bancos no nos prestan dinero,sino sus deudas, las cuales los agentes económicos, precisamente porque les otorgan credibilidad a las mismas, las utilizan como medios de pago), sino por la credibilidad que transmiten las familias, las empresas y los gobiernos de que serán capaces de devolver el crédito recibido a través de su producción de nueva riqueza en el futuro. Socavar el valor de la palabra dada, el valor de honrar los compromisos adquiridos, no es un problemilla menor para aquel cuya supervivencia depende de seguir recibiendo crédito: es un torpedo directo contra el madero que lo mantiene a flote. Si la recepción de crédito depende de nuestra credibilidad, huelga explicar por qué la segunda es esencial si no queremos tener serias dificultades en mantener lo primero.

En pocas palabras, la mayúscula irresponsabilidad de este Gobierno consistente en negarse a cumplir sus promesas equivale a trasladarles un mensaje muy claro a los inversores internacionales: “nuestro déficit está fuera de control; aunque nos habíamos comprometido a mantenerlo por debajo del 6,3% y aunque mes tras mes estuvimos repitiendo que sin lugar a dudas lo íbamos a alcanzar, al final nos ha sido imposible lograrlo, esto es, se nos ha ido de madre y, por muy fuerte que fuera nuestra promesa hacia ustedes, no hemos podido o no nos ha dado la gana de hacer lo suficiente para honrarla”.

Un déficit fuera de control

Tampoco hay que exagerar, pensarán algunos. Es sencillo: imaginen que este mismo debate se plantea a la hora de decidir si el Gobierno hace default o adopta hasta la última de las medidas necesarias para evitarlo. Repagar su deuda es la última y la más esencial de las promesas emitidas por este país: ¿qué nos lleva a pensar que el mismo Ejecutivo que o no puede o no quiere llegar al 6,3% de déficit sí tomaría, en cambio, las riendas para evitar la bancarrota del país? Nada: primero, porque si no puede lo menos, es dudoso que pueda lo más; segundo, y fundamental, porque ya estamos en esa situación límite cercana a la bancarrota… ¡y no las está tomando ni siquiera para alcanzar un altísimo déficit del 6,3% del PIB! (buen momento para recordar que este éste será el cuarto año de déficits públicos elevadísimos y que desde 2009 el sector público español ya ha pedido prestado a “los mercados” el modesto monto de 400.000 millones de euros). Queda claro, pues, que si España termina repagando su deuda no será gracias a la diligencia del Gobierno, sino a pesar de su deteriorada gestión, esto es, gracias al dinamismo de un sector empresarial ahora mismo muy debilitado y que los del PP sólo se han dedicado a machacar inclementemente: nuestros acreedores no pueden confiar en nuestros actuales mandatarios y ésa es una perspectiva simplemente devastadora.

La irrelevante expulsión del mercado

Luego algunos atribuirán a conspiraciones intergalácticas el que Alemania se financie casi gratis y a nosotros no nos quiera prestar casi nadie. De momento –porque la credibilidad es lo que tiene, que no es para siempre– Alemania no ha hundido su credibilidad (¿hay mucha gente que pronostique que el Gobierno teutón vaya a quebrar?) como sí lo ha hecho los catastróficos Ejecutivos españoles de Zapatero y Rajoy. Sin embargo, parece que a nuestros gobernantes esta merma de credibilidad –merma que no depende, ni mucho menos, de que venga tardía y timoratamente la agencia de calificación de turno a oficiar el levantamiento del cadáver– se la trae al pairo. ¿Cómo es posible? ¿Acaso al Gobierno no le preocupa ser expulsado de los mercados de capitales y no poder financiar sus gigantescos déficits derivados de sus monstruosas ansias de gastar mucho más de lo que ingresan?

He ahí, precisamente, el problema. Ese tan ortodoxo, germanizado y restrictivo Banco Central Europeo anunció hace apenas tres meses que adquiriría cantidades ilimitadas de la deuda pública de aquellos países que solicitaran el rescate (el famoso programa OMT). No crean que se trata de un anuncio mágico y libre de costes: en realidad, semejante ventanilla bancaria corre a cuenta del crédito y de la riqueza de Alemania. ¿O a qué atribuyen, si no, que los nuevos euros que ha ido inyectado y que seguirá inyectando el BCE en la economía no hayan sido liquidados ipso facto por sus tenedores a importantísimos descuentos (inflación y depreciación del euro)? ¿Acaso por su intensísima demanda de comprar bienes, servicios y activos en España? No lo parece, pues en tal caso esa intensísima demanda también se dejaría sentir en el mercado de deuda pública española: mejor pensado, cabrá atribuirlo al (todavía) intensísimo deseo por adquirir bienes, servicios y activos alemanes (deseo que sí se manifiesta, vaya por dónde, en la demanda de deuda pública alemana). Conceder poder de compra contra bienes alemanes a cambio de que, idealmente, los españoles produzcamos en el futuro las mercancías que serán adquiridas por los alemanes para así poder pagar nuestras deudas con el BCE, no parece la operación más lucrativa del siglo… para Alemania.

Sí lo es, en cambio, para un hatajo de tahúres cortoplacistas que, como nuestros políticos, sólo tratan de seguir gastando lo que no tienen aún a riesgo de abocarnos, a nosotros y a nuestros acreedores, a un más doloroso impago futuro. Por eso la OMT no fue una bendición sino una plaga para la economía española: la plaga de apuntalar a un Gobierno incumplidor y kamikaze al frente de las finanzas del Reino que, además, tiene el descaro de darse palmaditas en la espalda en su primer nefasto año de gobierno.

El descalce de plazos y riesgos (1)

Los compradores quieren pagar lo menos posible y obtener la máxima cantidad y calidad, negocian tirando del precio hacia abajo. Los vendedores quieren cobrar lo máximo posible y entregar la mínima cantidad y calidad posible, negocian tirando del precio hacia arriba. Además entre ambos suele haber intermediarios, que compran a los productores (vendedores) y venden a los consumidores (compradores); puede haber varios niveles de intermediación en una estructura de producción y distribución compleja. El intermediario quiere comprar barato y vender caro con el máximo margen de beneficio posible.

Hay más intercambios (mayor actividad económica) si los intermediarios reducen su margen unitario y aceptan comprar más caro y vender más barato, pero esto desincentiva su labor (salvo que les compense una mayor rotación). Una posible solución es subvencionar a los intermediarios, pero el dinero tiene que salir de algún lado, probablemente de los bolsillos de los compradores y vendedores en su calidad de contribuyentes, o produciendo dinero (en realidad pseudodinero) a muy bajo coste (generando inflación que erosiona el poder de compra de los tenedores de dinero y activos a tipo de interés fijo).

Otra posibilidad es que los intermediarios realicen algún truco, manipulación o transformación, como un engaño sobre la calidad o seguridad de sus mercancías o servicios. El intermediario compra barato mercancía mala o insegura, y la vende cara como mercancía buena y segura. Todo el mundo parece feliz: vendedores, intermediarios, compradores, y la sociedad en su conjunto.

El problema es que el engaño no puede funcionar indefinidamente ya que eventualmente los bienes de mala calidad se muestran como lo que realmente son: se estropean, dejan de funcionar e incluso provocan accidentes y graves pérdidas. Los productores de bienes de mala calidad dejan de poder venderlos a los precios anteriores; quienes los compraron en el pasado descubren que no son tan ricos como creían; y todo el mundo odia y acusa de sus problemas a los intermediarios (estafadores, imprudentes e irresponsables).

Los bancos (y otros intermediarios financieros como la banca en la sombra) descalzan (transforman, desajustan) plazos y riesgos cuando por un lado (su pasivo) piden prestado a corto plazo y ofreciendo (presuntamente) completa seguridad a sus depositantes y demás prestamistas, y por el otro lado (su activo) prestan o invierten a más largo plazo y con más riesgo e incertidumbre.

Un prestamista (acreedor) quiere prestar con el mínimo riesgo, al mínimo plazo posible, y lo más caro posible (mayor tipo de interés); un prestatario (deudor) quiere recibir prestado pudiendo asumir riesgos, al máximo plazo posible, y lo más barato posible (menor tipo de interés). La transformación de plazos y riesgos parece contentar a todos: pero tiene un coste incomprendido por muchos, el de las crisis económicas recurrentes por descoordinación intertemporal y asunción excesiva de riesgos.

Los bancos son gestores de cobros y pagos e intermediarios financieros. Estas dos funciones son complementarias y permiten al banco aprovechar su conocimiento especializado: al tener relaciones comerciales duraderas y al conocer los ingresos y gastos y la posición financiera de un cliente, el banco puede evaluar más fácilmente su crédito y así concederle o no un préstamo. Pero estas dos funciones también pueden mezclarse de forma imprudente y destructiva, cuando el banco utiliza los saldos de tesorería de sus clientes, o su ahorro a muy corto plazo, para realizar préstamos más arriesgados y a más largo plazo.

Para realizar cobros y pagos los bancos ofrecen a sus clientes sus propios pasivos líquidos (seguros y a muy corto plazo): billetes (si pueden legalmente emitirlos y les interesa hacerlo), y depósitos en cuenta. Un banco prudente debería respaldar esos pasivos con activos de las mismas o muy semejantes características (reservas monetarias y deuda muy segura y a muy corto plazo que pueda liquidarse rápidamente en cualquier circunstancia sin pérdidas) para poder hacer frente a las eventuales retiradas de fondos de sus clientes y así ser solvente y no estar expuesto a la posibilidad de quebrar.

Como intermediarios financieros los bancos captan ahorros de muchos pequeños agentes económicos (agregación) y evalúan la solvencia de otros agentes a los cuales prestan esos mismos fondos. Prestamistas y prestatarios finales ocasionalmente podrían prescindir de intermediarios: empresas que venden sus bonos o acciones directamente a los mercados, ahorradores que los compran. Pero el banco, como cualquier intermediario, tiene conocimiento especializado que le permite por un lado asistir a los ahorradores sin esos conocimientos, y por otro internalizar los costes y beneficios de la evaluación de la solvencia de los potenciales deudores: un deudor que se evalúa a sí mismo no es fiable; un evaluador externo (agencia de calificación de riesgos) puede o no ser fiable (problemas de reputación, captura o corrupción), o proporciona un bien público por el cual le es difícil cobrar (asume el coste de investigar y pierde el control de esa información al ofrecérsela a otros).

Los bancos, como cualquier intermediario, ganan dinero porque compran barato y venden más caro: por el diferencial entre el tipo de interés que pagan a sus prestamistas y el que cobran a sus prestatarios (además de posibles comisiones). Para ser viables económicamente y dar beneficios a sus accionistas los bancos no necesitan descalzar plazos y riesgos.

Pero un banco puede caer en la tentación de intentar obtener mayores beneficios incrementando ese diferencial entre ingresos y gastos si descalza plazos y riesgos: pide prestado a corto plazo y poco riesgo (más barato) y presta a mayor plazo y con más riesgo (más caro).

Con el descalce de plazos y riesgos se expande el crédito y la economía aparenta prosperidad creciente: los bancos ganan más dinero y pueden ofrecer sus servicios a menor precio; los depositantes tienen derecho a recuperar su dinero cuando quieran con seguridad (o eso creen); los receptores de préstamos no están presionados por pagos a corto plazo y pueden embarcarse en proyectos empresariales más especulativos; la sociedad parece disponer de más ahorro e inversión sin necesidad de renunciar al consumo.

Pero el descalce de plazos y riesgos es insostenible y causa las crisis económicas. Muchos economistas (*) aseguran que la esencia de la banca es la transformación de plazos (si no lo hicieran no serían bancos sino otra cosa), que esa es su función social, la cual permite disponer de más ahorro e inversión productiva: es un error intelectual muy grave que les impide comprender los ciclos económicos de origen financiero, al no entender las componentes temporales y de riesgo del crédito (la calidad del mismo).

Como en todo timo o truco de magia, en la aparente y falaz bondad de la transformación de plazos (parece que se obtiene algo a cambio de nada) hay algo que muchos observadores no son capaces de percibir o cuya importancia ignoran: el incremento sistemático del riesgo y la descoordinación intertemporal. Todo el sistema bancario y los agentes a quienes este financia están asumiendo sistemáticamente más riesgos y extendiéndose más hacia el incierto futuro que lo que los ahorradores están dispuestos a soportar.

Mediante el descalce de plazos y riesgos los bancos no redistribuyen y gestionan los riesgos mediante leyes estadísticas de grandes números, sino que crean más riesgo, incertidumbre, fragilidad e inestabilidad, y además de forma opaca y compleja (balances incompletos o indescifrables, ingeniería financiera incomprensible). No se trata de riesgos exógenos accidentales, aislados y descorrelacionados, sino de riesgos endógenos, correlacionados (se realimentan mutuamente y tienden a manifestarse y producir efectos nocivos de forma simultánea), generados de forma sistemática, conjunta y masiva por las entidades financieras (con la inestimable ayuda del Estado).

La asunción excesiva de riesgos termina inevitablemente por pagarse en forma de crisis económicas que muestran los desajustes y descoordinaciones de la economía, tanto en el ámbito productivo real como en el ámbito monetario, crediticio y financiero. El sistema es tan frágil que termina colapsando de forma espontánea o no es capaz de resistir alguna perturbación externa.

Las crisis económicas no suceden inmediatamente, lo que las haría menos intensas: los desajustes son graduales (años), y las correcciones son bruscas (horas, días). La expansión crediticia se prolonga y tiende a ocultar los peligros y los desajustes que genera bajo una falsa apariencia de prosperidad: todos los negocios son rentables, sube la bolsa, los pisos se revalorizan, todo se vende, todo el mundo tiene trabajo. Los errores se acumulan y la burbuja se hincha gradualmente hasta que explota rápidamente y de forma catastrófica.

(*) No son solo economistas intervencionistas, como Paul Krugman (Don’t be narrow minded, If banks are outlawed only oulaws will have banks) o Bradford DeLong (The maturity transformation and liquidity transformation and safety transformation industry), quienes no entienden los problemas del descalce de plazos y riesgos. Algunos liberales (neoclásicos y austriacos) también caen en este fatal error.

No necesitamos más keynesianismo sino más capitalismo

 Un año después de la victoria del PP por mayoría absoluta en las últimas elecciones generales, lo único bueno que se puede decir es que con el PSOE estaríamos todavía peor, magro consuelo para los que confiaron en que Rajoy decía la verdad durante la campaña, cuando prometió no subir impuestos y cercenar el despilfarro autonómico. Esos eran los ejes principales de su vasto programa de reformas.

Durante estos primeros once meses de gestión, Rajoy ha hecho exactamente lo contrario de lo que aseguró que iba a hacer durante la campaña. El tío tiene agallas, porque una cosa es borrar de la agenda política parte de las promesas hechas –algo que el votante da por descontado– y otra muy distinta hacer lo contrario de lo que figuraba en el programa electoral.

esquilmar a la sociedad para salvar a la casta política, sobre todo a la autonómica, es a lo que el Gobierno de Rajoy se ha aplicado con denuedo. Para eso no hacía falta ninguna mayoría absoluta, porque el despilfarro estructural de las Administraciones Públicas es objeto del más amplio acuerdo en las Cortes. De hecho, la mayor oposición que encuentra el Gobierno en el Parlamento se produce cuando anuncia algún tímido recorte presupuestario, porque la mayoría de los diputados, en posesión de una vastísima incultura, cree que lo contrario de austeridad es crecimiento, cuando en realidad el antónimo del primero de esos términos es despilfarro.

Con un Gobierno decidido a mantener un Estado insostenible y una oposición que sale a la calle en contra del menor recorte es normal que la aceptación popular de unos y otros se mantenga en niveles paupérrimos, según rezan todas las encuestas. Aquí el único que se desgasta es el contribuyente, que ve cómo todos los partidos han decidido seguir vaciándole el bolsillo para mantener el chiringuito estatal y autonómico tal y como lo conocemos.

El PP dice que ya lo siente pero que no tiene más remedio queempobrecernos a todos; el PSOE se limita a su habitual demagogia naif y dice chorradas sobre los ricos y los bancos; los comunistas quieren implantar el modelo norcoreano y los nacionalistas, mientras sigan abiertos los canales adicionales de financiación para sus tropelías, dan la razón a todo el mundo.

Ha sido un primer año de Gobierno Rajoy muy duro, pero sólo para los contribuyentes. Lo peor es que no es previsible que en algún momento de esta legislatura le toque también apretarse el cinturón a la clase política, y menos ahora, que ya hay quien habla en el Gobierno de claros síntomas de recuperación. Al final los españoles saldremos de la crisis gravemente empobrecidos y los políticos tan sólo tendrán que lamentar el abandono transitorio de algún coche oficial. Así da gusto trabajar por el pueblo.

Tensión en la troika y la argentinización de Europa

Mientras en España estamos centrados en el terrible problema de los desahucios, con todo lo que ello implica: el aspecto legal, la solución para los que se quedan sin casa, la responsabilidad de políticos y banqueros, la de los que se metieron en hipotecas, la de los avalistas, las consecuencias de cualquier solución… mientras todo eso centra nuestra atención, la troika sufre en silencio.

Diferentes posiciones frente a Grecia

Como un matrimonio a tres bandas peleando por la educación del hijo más difícil, el Fondo Monetario Internacional, de un lado, y la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, de otro, se encuentran enfrentados por la solución que debe adoptarse ante la insolvente Grecia.

Una vez que aflora la situación griega, el default, las mentiras y todo lo demás, las instancias supranacionales, muy en su papel, y en vista de que cabía la posibilidad de que Grecia no fuera el único país en dificultades, decidieron crear una autoridad de rescate compuesta por las tres instituciones. La llamada “troika” ha sido quien ha decidido qué dinero inyectar, de dónde sacarlo, qué condiciones exigir y ha enviado a los “hombres de negro” a supervisar todo el proceso. El plan no tenía mala pinta, aunque solucionaba el problema de quienes tenían deuda griega a costa de los ciudadanos que nutren las tres instituciones. Solidaridad, lo llaman. Pero hete aquí que Grecia no reacciona y la situación empeora dramáticamente.

Tras varios rescates, planes, reuniones, comparecencias y votaciones, la troika se encuentra “stuck in the middle”, paralizada en plena ascensión a la montaña. Por un lado, no puede dar marcha atrás. Ya es mucho el dinero inyectado a Grecia. Por otro lado, seguir adelante pone en riesgo el futuro europeo. Lo que antes era una fuga localizada se ha convertido en varios países rescatados y alguno más en lista de espera. El esfuerzo realizado no permite retirarse, pero tampoco se puede avanzar.

En esa situación, la parte europea de la primera parte, ante la declaración de Grecia de que sigue sin poder pagar lo previsto ni en sus mejores sueños, opta por dar más tiempo para que recupere fuerzas, pero cobrar finalmente. Pero Lagarde, voz cantante del FMI, propone simplemente que la eurozona asuma las pérdidas griegas, que seamos realistas y demos por hecho que no nos van a pagar. Muy duro.

La lección de Hispanoamérica

La casualidad ha querido que esta semana, en medio del debate, se celebre la vigésimo segunda edición de la Cumbre Iberoamericana en Cádiz. Con poca presencia de los presidente más mediáticos (Kirschner, Castro…) y con una borrasca en lo alto, la reunión ha tratado temas relevantes de manera frívola, como siempre. Apretones de manos, sonrisas, fotos, declaraciones más o menos acertadas y un tema flotando en el aire: la crisis europea.

Ahora que parece que se mueve el suelo bajo los pies de la troika, llegan los representantes de Ecuador, Cuba y México y nos advierten: “Mucho ojo, nosotros ya padecimos al FMI”. Es un buen consejo, pero el mensaje es el opuesto al que debería ser.

La idea es que el FMI les impuso unas condiciones sangrantes, al asumirlas se frenó su crecimiento, fueron “vendidos” a las grandes multinacionales americanas y el “estado social” se vio severamente dañado. El imperialismo del capitalismo salvaje en esencia.

Nadie se pregunta la razón por la que esos gobiernos tuvieron que acudir al FMI, que fue precisamente la promesa de un paraíso inexistente en forma de “estado social”, ni explican los gobernantes de la cumbre cuál fue la responsabilidad de la corrupción política, ni hablan de la falta de exigencia de responsabilidades a los políticos corruptos. Eso sí, sacan pecho ahora que Europa, enamoriscada del mismo concepto de “estado social” ahora pasa dificultades.

La verdadera lección americana

Pero algo sí podemos aprender de América Latina. Primero, desconfiemos de los países que repiten su historia y se exponen al precipicio del crecimiento de deuda basado en el famoso slogan “unicornios para todos”. Segundo, observemos qué ha permitido que países como Chile remonten: una economía más acostumbrada a la iniciativa privada que el resto. Tercero, hacer oídos sordos a quienes se postulan como ejemplo mientras masacran a su propio pueblo. Y aquí hablo de Venezuela y Cuba, principalmente. De hecho, no sé qué lleva a seguir tratando con dictadores pseudo democráticos en lugar de, por respeto a los pueblos venezolano y cubano, no darles cancha en estas reuniones internacionales.

A Europa le queda un largo recorrido hacia la salida y no es bueno hacerlo siguiendo cualquier camino. Como dice Juan Ramón Rallo en su último libro “Una alternativa liberal”, uno nos lleva hacia Suiza y otro hacia Argentina. Como en otros ámbitos, el camino fácil conduce al peor resultado, y el angosto nos lleva en la buena dirección. El mayor handicap es el sufrimiento de las personas que caen derrotados por sus malas decisiones y por los perversos incentivos ofrecidos por los gobernantes y las autoridades monetarias. Personas que sufren implacablemente los resultados y que ven que esos políticos, autoridades monetarias y banqueros privilegiados no van a responder de sus actos. Es la argentinización europea del siglo XXI.

Des-desahuciados: un caso práctico

Al socaire del suicidio de una mujer en Baracaldo por un desahucio, aunque después se ha sabido que la relación causa-efecto era meramente tangencial, el telediario de TVE entrevistó a un hombre que gracias a la histeria desatada había visto cómo su banco paralizaba en el último momento el desalojo de que iba a ser objeto.

Lo más interesante de la pieza informativa fueron las explicaciones del protagonista, un inmigrante sudamericano, acerca de su caso concreto. Así supimos todos los telespectadores que el hombre había contratado una hipoteca de 263.000 euros para comprar su vivienda, a la que no podía hacer frente en las actuales circunstancias porque tan sólo cobraba un subsidio de algo más de quinientos euros al mes.

Bien. Desconocemos las condiciones contratadas en su día con el banco, pero un préstamo hipotecario por esa cantidad a treinta años y a un tipo de interés de, pongamos, el 2,5% implica un pago mensual de algo más de mil euros durante 360 meses consecutivos. Teniendo en cuenta que los expertos recomiendan no destinar más del 40% de los ingresos familiares al pago de la vivienda, sólo alguien que contara con la seguridad de mantener unos ingresos de 2.500 euros mensuales (más las subidas del IPC) durante los próximos 30 años podría hacer frente con garantías a una carga de esa magnitud.

No parece que esa fuera la situación financiera del afectado, porque apenas hay sueldos de ese nivel en España y, además, el desarraigo geográfico hace que ni siquiera pueda contar con el apoyo de la familia en momentos de necesidad. Su imprevisión a la hora de optar por la compra de una vivienda, en lugar de contratar un alquiler más económico, es lo que le ha llevado a la situación actual, por más que los bancos antes de la crisis ofrecieran hipotecas como si fueran churros.

La demagogia de PP y PSOE a la hora de ponerse a solucionar este asunto, más allá de casos dramáticos a causa de circunstancias sobrevenidas, amenaza con castigar todavía más el bolsillo de los contribuyentes que fueron previsores y tiraron de lápiz y papel cuando evaluaron la posibilidad de invertir en una vivienda en propiedad, la decisión más importante de la vida para una persona en términos financieros. Porque es evidente que los bancos no van a asumir el coste de esos préstamos incobrables y sin posibilidad de resarcir con la recuperación del inmueble, sino que ese coste añadido se incorporará a las nuevas hipotecas que se formalicen en el futuro, a través del correspondiente incremento en las comisiones o en los tipos de interés. Si los dos grandes partidos sucumben a la histeria y extienden sus medidas contra los desahucios más allá de lo razonable, al final ocurrirá lo de siempre, que los industriosos y los previsores asumirán el coste de los errores de los que no lo son.

Lo más pintoresco de esa píldora informativa de TVE llegó al final, cuando el feliz des-desahuciado afirmó con total tranquilidad que él tenía derecho a una casa y que si le había salido muy cara en su día y ahora no podía pagar el préstamo no era culpa suya, por lo que no tenía la menor intención de "dar las gracias a nadie". Sólo faltaría.

Crisis: dinero, crédito, banca, Estado

Vivimos una crisis económica grave, caracterizada por paro, recursos desaprovechados, empobrecimiento, decrecimiento, impagos, desahucios, viviendas vacías o inacabadas, terrenos devaluados, pérdidas y quiebras empresariales, déficit público, deudas muy difíciles de pagar, falta de confianza y crédito.

Hemos llegado a esta crisis a causa de una expansión crediticia insostenible: el crédito demasiado fácil y barato, el optimismo infundado y nada realista (por exuberancia irracional, efecto manada, e incultura financiera: “el ladrillo nunca baja”; “las casas suben de precio porque la gente puede pagarlas”; “la economía va bien”; “hemos acabado con los ciclos económicos”), han originado una burbuja financiera, un endeudamiento exagerado, una prosperidad ficticia, un exceso de asunción de riesgos que ha derivado en daños inevitables.

Buscamos culpables: el mercado o el Estado; la libre competencia evolutiva entre alternativas, o la planificación coactiva centralizada.

El mercado libre no puede ser culpable porque no existe: no se respetan los derechos de propiedad ni hay libertad contractual; no se privatizan beneficios y pérdidas; abundan las regulaciones, prohibiciones, obligaciones, garantías, subvenciones, protecciones. Además el mercado no es un agente, una entidad unitaria cohesionada, sino un sistema y un proceso mediante el cual múltiples agentes intentan coordinarse, cooperar y competir. Muchos de estos actores económicos han cometido errores sistemáticos: bancos, cajas, banca en la sombra, agencias de calificación de riesgos, sector inmobiliario (constructoras, promotoras, agencias de tasación), familias, inversores, ahorradores, especuladores, trabajadores. Pero estos errores han sido fomentados y agravados por el intervencionismo estatal en los ámbitos monetario y crediticio.

El Estado es un agente poderoso y omnipresente, que interviene, dirige, regula y supervisa todos los aspectos de la economía de forma torpe y defectuosa por problemas de conocimiento e incentivos, y sus errores provocan daños generalizados. El gobierno presuntamente actúa con sabiduría, experiencia e imparcialidad, pero en realidad se equivoca sin asumir la responsabilidad y el coste de sus errores, impone reglas arbitrarias, injustificadas o disfuncionales, elimina la libre competencia evolutiva entre alternativas descentralizadas, dificulta la generación y transmisión de información, desactiva los mecanismos naturales de vigilancia, protección y generación de confianza de la sociedad, y genera riesgo moral de forma sistemática. “Papá Estado vigila, así que no te preocupes y sigue durmiendo tranquilo.”

En teoría el Estado actúa para evitar, mitigar o compensar el ciclo económico de expansión y depresión presuntamente causado por el libre mercado. En realidad es el Estado su principal causante por el envilecimiento de la moneda, la expansión insostenible del crédito y el fomento de la asunción excesiva de riesgos. Las intervenciones estatales descoordinan las estructuras productivas y financieras del sistema económico: los bancos centrales, emisores monopolistas de dinero y supervisores y protectores de la banca privada, generan inflación, desestabilizando el valor del dinero, y manipulan a la baja los tipos de interés, responsables de la coordinación intertemporal y las decisiones de consumo y ahorro; los estados ofrecen garantías explícitas o implícitas de refinanciación o rescate a ciertos agentes privilegiados, los bancos y algunos de sus acreedores, los cuales adaptan su conducta al marco legislativo asumiendo más riesgos para intentar obtener mayores beneficios, a sabiendas de que sus posibles pérdidas serán socializadas con la excusa del riesgo sistémico por ser entidades demasiado grandes e interconectadas para caer.

Para comprender los ciclos económicos es esencial entender el dinero, el crédito y la banca, y su distorsión por parte del Estado.

El dinero es el bien cuyo valor o poder adquisitivo es lo más estable o invariante posible (liquidez, para todas las personas, en todo momento y lugar, en cualquier cantidad, como comprador o vendedor). Debe ser fungible, duradero, fácilmente almacenable y transportable (alto valor por unidad de masa y volumen), reconocible, divisible, producible en unidades homogéneas, y con una baja y estable relación entre flujo y existencias. El dinero es necesario, junto a los intermediarios, para unir a vendedores y compradores de bienes y servicios en una sociedad extensa con especialización y división de trabajo.

El dinero cumple tres funciones que deben estar adecuadamente equilibradas: medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta. El intervencionismo estatal suele distorsionar la función de depósito de valor (poder no intercambiar mientras no se desee hacerlo y guardar reservas líquidas para el futuro), generando inflación, para forzar a los agentes a realizar más intercambios (aunque no sean libres y voluntarios) y así aparentar prosperidad y crecimiento (“estimular la economía”) y obtener recursos fiscales.

El dinero es una institución social, evolutiva, espontánea y adaptativa: es un patrón de conducta repetitivo, generado mediante imitación generalizada de conductas empresariales exitosas, que facilita la coordinación social. No requiere ninguna intervención estatal para su existencia.

Tener dinero o saldos de tesorería tiene el riesgo de su posible robo y el coste de oportunidad de lo que no se compra con ese dinero o los rendimientos que no se obtienen al invertirlo (en préstamos, compra de bienes de capital o acciones).

Para economizar el uso de dinero los agentes económicos pueden realizar intercambios incompletos, diferidos, a crédito: se entregan bienes o servicios presentes a cambio de promesas de entrega de dinero en el futuro; se genera una deuda entre un deudor (deber de pago) y un acreedor (derecho de cobro). El tipo de interés de la deuda depende de su plazo y riesgo: a menor plazo y riesgo, menor es el interés.

El crédito se concede en función del conocimiento y la confianza que tiene el acreedor en la solvencia (honestidad y capacidad de pago) del deudor; suele reforzarse mediante garantías como colateral y avalistas. Las deudas pueden cancelarse entre sí, pagarse a su vencimiento, renovarse, o impagarse (morosidad).

Las deudas a muy corto plazo y cuyo cobro es muy seguro pueden llegar a aceptarse como medio de pago (complementos o sustitutos monetarios): circulan, se monetizan. Los comerciantes, que interaccionaban frecuentemente y se conocían, utilizaban sus letras de cambio como sustitutos del dinero.

Los bancos extienden el uso del crédito como medio de pago a toda la sociedad al utilizar su conocimiento especializado para comprar deuda segura como activo (lo que tienes o te deben), y emitir su propio pasivo (lo que debes) convertible a la vista (billetes y depósitos) para el uso de sus clientes. Esta creación privada de medios de pago es sostenible si el activo del banco que respalda sus pasivos monetizados es seguro y a corto plazo.

Un banco puede caer en la tentación de incrementar sus beneficios descalzando plazos y riesgos y monetizando activos cada vez menos líquidos: pidiendo prestado a corto plazo (más barato) y prestando a más largo plazo o con más riesgo (más caro); así los bancos expanden el crédito, facilitan el endeudamiento insostenible propio y de otros agentes sin que haya ahorro real a los plazos correspondientes. Pero este desajuste hace que el cobro de los billetes y depósitos de ese banco sea menos seguro, que no se acepten como medio de pago (o que lo hagan con descuento), y puede ocasionar retiradas masivas de dinero por los depositantes, pudiendo hacer quebrar al banco si este no puede vender sus activos suficientemente rápido y sin excesivas pérdidas. Un banco en un mercado libre no podría descalzar plazos y riesgos impunemente y generar el ciclo económico. Pero sí puede hacerlo si está respaldado por el Estado.

No sólo los bancos pueden intentar descalzar plazos: cualquier agente puede pretender financiar proyectos largos mediante deuda a más corto plazo, confiando en que le renovarán constantemente la deuda pero arriesgándose a que le corten el grifo de la financiación y tener que liquidar su proyecto inacabado y con pérdidas. Pero el descalce de plazos de los bancos es especialmente grave porque afecta a toda la economía por su papel de intermediarios de pagos y de financiación, y por la relativa opacidad de sus actividades al interponerse entre prestamistas y prestatarios.

El Estado interviene históricamente de forma sistemática en los ámbitos monetarios y crediticios: monopoliza o certifica la acuñación de la moneda (y engaña al respecto al devaluarla); impone leyes de curso legal forzoso para impedir que prosperen dineros alternativos de mejor calidad; privilegia a algunos grandes bancos a cambio de que faciliten su financiación comprando deuda pública; nacionaliza los bancos centrales; incumple sus promesas de pago y elimina la convertibilidad de los billetes; garantiza los depósitos de todos los bancos privados a cambio de regular su actividad, y refinancia a los bancos a tipos de interés bajos mediante la creación de nuevo dinero de mala calidad (respaldado por activos poco líquidos).

Para evitar los ciclos y las crisis económicas es fundamental desnacionalizar el dinero y dejar que funcione como una institución social, permitir la competencia entre dineros alternativos, eliminar o privatizar los bancos centrales, no garantizar los depósitos de los bancos para que sus clientes se responsabilicen de comprobar su liquidez y solvencia, y permitir quebrar a los bancos y otras entidades financieras sin proteger a sus acreedores.

Marx y el fin del capitalismo

Marx, quien se consagró a desarrollar su teoría de las crisis capitalistas, era muy consciente de la existencia de ciclos comerciales. Los ciclos, por definición, implican oscilaciones ascendentes y descendentes en la economía. Es por ello que Marx podía encontrar dificultades para llegar a su objetivo último si aceptaba la recurrencia de los ciclos: a una crisis le sucederá una recuperación y posterior auge. Entonces, cómo se justifica que el colapso del capitalismo vendrá causado por sus contradicciones internas si, tras un duro invierno, sobreviene una floreciente primavera en la economía. Sencillamente, porque las crisis capitalistas (las que duran unos 10 años) se sucederían cada vez con más frecuencia, acercándonos paulatinamente al ocaso final del capitalismo, ya muera éste por inanición, ya lo haga porque surgiera una revuelta del proletariado, hastiada de la intolerable situación de precariedad.

Lo intolerable de la situación para el trabajador proletario nos lleva a su teoría de las plusvalías. Durante los auges, los empresarios obtienen cuantiosos beneficios, beneficios que, ya vimos en un anterior comentario, expropia al trabajador, quien apenas vería aumentar sus salarios. Vemos la imagen esculpida en nuestra mente de un avariento capitalista, alardeando en un exclusivo club con puro y copa en mano, mientras amasa una fortuna a costa de sus trabajadores. Películas, año tras año, se han ocupado de que la imagen no se nos vaya de la cabeza.

Qué sucede entonces cuando arrecia la crisis. Que los beneficios se colapsan y los asalariados ven resentirse sus retribuciones de manera aún más pronunciada, llegando a niveles difíciles de soportar. Sería, sin ir más lejos, lo que denuncian los sindicatos de clases en estos momentos. Los empresarios y banqueros se han llenado las manos durante el boom y ahora todos los males salpican a los pobres asalariados, que poco disfrutaron de la burbuja y mucho aguantan de la recesión.

La sucesión de ciclos de estas características, al final, llevaría a que los salarios cada vez menguaran más, lo que conduciría al alzamiento del proletariado contra los propietarios de los factores de producción.

Los ciclos comerciales se originaban con motivo de las inversiones de capital fijo. Lo que esto implicaba es que alrededor de cada 10 años (en media), se tenían que renovar los bienes de equipo al tener esa vida útil. La suya es una teoría del ciclo de reposición del capital. También, siguiendo de nuevo a clásicos como Ricardo o Stuart Mill, afirmaba que la rentabilidad marginal del capital en la economía tiende a caer (algo que también defendió posteriormente Keynes). Con el paso del tiempo y la acumulación de ciclos, cada vez habría menos oportunidades de inversión.

Marx, con todo, fue tan prolífico (y caótico) que también tuvo presente la teoría del crédito en tanto intensificaría los ciclos comerciales, siendo que un ciclo comercial se podría ver magnificado por un ciclo crediticio. No era necesario en su teoría, pero avivaría las tensiones propias de los ciclos, pues durante el boom, empresarios y trabajadores tendrían acceso al crédito y comprarían en masa recurriendo al endeudamiento, haciendo que los precios de ciertos factores o bienes subieran de precio. Cuando se da la vuelta la tendencia, el batacazo será aún mayor en tanto que la deuda tiene que devolverse.

Su marco teórico, a lo Sismondi (y Keynes), es el del subconsumo, aunque también es el de la sobreproducción. El auge en la producción, propiciado por la inversión en bienes de equipo y, pudiera ser, por la expansión del crédito, toca su techo en tanto que los consumidores, mayormente asalariados, no cuentan con recursos suficientes para absorber los bienes que se han sobreproducido. Hemos dicho que durante el auge apenas suben los salarios y si hay sobreproducción, no hay manera de colocar los bienes si no es a la baja en precios. Llega la crisis y, con ella, la deflación también en salarios. Dos fenómenos se refuerzan para dar la puntilla al sistema: sobreproducción y subconsumo.

Hay un error en todo ello y es no dar la importancia debida al ciclo crediticio. La Escuela Austríaca de Economía ha puesto el dedo en la llaga al sostener que éste es el culpable máximo de los ciclos (no como lo veía Marx: accesorio, aun teniendo su importancia). Para empezar, durante el boom, sí hay una tendencia a que suban los salarios o a que, aunque no lo hagan significativamente, sí se incorpore una muy importante masa de gente a la población ocupada. Esto lo hemos vivido en España con el fenómeno inmigratorio o de incorporación de jóvenes y mujeres al mundo laboral. Si hijos y esposas entran a trabajar, las rentas familiares sí crecen.

Pero además, siendo el elemento crediticio el que dispara los ciclos, durante los auges las rentas disponibles se multiplican sin parangón. El asalariado medio no está viviendo en niveles de subsistencia: se está comprando su primera vivienda o cambiando de casa, se está comprando un coche, se está yendo de vacaciones a los lugares más exóticos, va a cenar a restaurantes más caros sin reparar mucho en el precio, lleva a sus hijos a los mejores colegios, se hace la cirugía estética, deja de ir de vacaciones al "pueblo", ahora ya no toma "chatos de vino", sino que degusta el vino como un sumiller. Con todas las excepciones que haya habido en los años del auge, reconocemos estos comportamientos en muchas personas durante aquellos tiempos.

Y de dónde viene todo esto. Cómo hemos podido cambiar nuestras pautas de consumo si las rentas laborales no han subido tanto (no en la misma cuantía, desde luego). Sencillo: gracias al crédito. Crédito para comprar, crédito que contribuye a revalorizar activos y, por extensión, al crecimiento de la riqueza o patrimonios personales y crédito que ayuda a hacer sostenibles y muy rentables ciertos sectores de la economía, confiriendo aparente estabilidad laboral. El crédito nos permite comprar, nos hace más ricos y encima nos da estabilidad laboral. ¡Más madera entonces! A saber, la pelota del crédito crece cada vez más si individuos y empresas aparentan ser de lo más solventes.

La sobreproducción del boom de la que nos habla Marx, si no es por esta explicación, ¿a qué se debe? A que hay gente comprando, y mucho, y a que el empresario, en consecuencia, adapta su estructura productiva a tamaña demanda. Demanda que, ya de paso, se piensa va a crecer en progresión geométrica hasta el infinito. Pero el infinito, y eso lo vio bien Marx, no es posible. El límite lo pone nuestra capacidad de endeudamiento. Y ésta sí que no es infinita cuando la gente se pone en situación de no poder devolver la deuda hasta dentro de media vida…

Desde luego que en las crisis muchos trabajadores –como muchos empresarios, jubilados, capitalistas, etc.- lo pasan mal. Nos suben impuestos, caen las remuneraciones, se devalúan nuestros activos (vivienda, entre otros), perdemos nuestro trabajo, hay que devolver deuda y no hay manera de incrementar nuestro bienestar acudiendo al crédito. Quedaremos vacunados de estos excesos al menos un par de generaciones. El último, el de la vivienda, no ha sido un ciclo comercial más, como tampoco será el fin del capitalismo…

Draghi, el diablo

Cuando el pasado agosto el presidente del Banco Central Europeo (BCE), el italiano Mario Draghi, anunció su intención de comprar (monetizar) toda la deuda periférica que fuese necesaria con el fin de garantizar la supervivencia del euro, la mayoría de los analistas y, sobre todo, los políticos respiraron con alivio, sin saber que, en el fondo, el programa de adquisición ilimitada de bonos amenaza con rematar a la moneda única.

La principal función de la banca central, monopolista público en la emisión de dinero y en la fijación del tipo de interés, es garantizar la estabilidad de los precios y actuar como prestamista de última instancia de bancos y estados cuando tengan problemas de liquidez –no de solvencia–. Pues bien, en numerosas ocasiones el cumplimiento de ambos objetivos ha derivado en estrepitosos fracasos de terribles consecuencias. Y no hay que irse a las hiperinflaciones del pasado para demostrarlo. No en vano, la burbuja crediticia de la pasada década se gestó gracias a la artificial expansión del crédito que propiciaron tanto la Reserva Federal de EEUU (Fed) como el BCE; por cierto, estas mismas entidades están poniendo en riesgo sus propios balances al prestar dinero de forma indiscriminada a bancos y gobiernos insolventes. Y es que un banco central también puede quebrar –técnicamente hablando– si los impagos se disparan o el valor de sus activos se desploma; solo que, a diferencia de cualquier otra entidad financiera, le basta con imprimir más billetes para cubrir el agujero.

La Fed y, tras el anuncio de Draghi, el BCE están siguiendo esta última senda, con su desnortada política de masiva expansión monetaria. Y aunque han cosechado el aplauso generalizado del mundo político-económico, no todos están satisfechos con tal deriva. De hecho, el hasta hace poco todopoderoso Bundesbank está más bien aterrorizado con el plan de Draghi. Mucha atención a sus últimas alertas.

En septiembre, el presidente del banco central alemán, Jens Weidmann, no se arredró a la hora de calificar la compra de bonos públicos por parte del BCE de "trabajo del diablo". Aunque en ningún momento se refirió directamente a Draghi, su mensaje no dejaba lugar a dudas:

Si un banco central puede, potencialmente, crear una cantidad ilimitada de dinero de la nada, ¿cómo puede asegurarse de que el dinero es lo suficientemente escaso para conservar su valor? (…) Sí, esta tentación sin duda existe, y muchos en la historia han sucumbido a ella.

Weidmann recordó la escena de Fausto en que Mesfistófeles (el diablo) convence al emperador para emitir grandes cantidades de papel moneda y, así, acabar con sus problemas de financiación. La historia, claro, termina con una inflación galopante.

En su último informe mensual, el Bundesbank incide, una vez más, en esta perspectiva, tras reiterar su rechazo frontal a la compra ilimitada de deuda pública anunciada por el BCE. Un plan nocivo y contraproducente, entre otras razones, porque desincentiva el sano ajuste fiscal que necesariamente tienen que realizar los países periféricos del euro. La actual política monetaria "reduce y retrasa el proceso de ajuste" mediante la reducción de los tipos de interés y las masivas inyecciones de liquidez. Además, contradiciendo a Bruselas y a los políticos del sur de Europa, la entidad germana afirma que las elevadas primas de riesgo que presentan España e Italia reflejan la realidad, es decir, el elevado riesgo que representa el invertir en sus bonos. El execonomista del BCE Jürgen Stark es de la misma opinión. Efectivamente, las primas de riesgo de los países periféricos están "justificadas". Stark dimitió como consecuencia del anterior programa de compra de bonos del BCE, y ahora insiste en que Draghi ha cruzado varias "líneas rojas".

El discurso completo de Weidmann no tiene desperdicio. A modo de ejemplo, destaco las siguiente perlas:

Hoy en día, el dinero ya no está respaldado por ningún activo real. Los billetes son de papel impreso –y los expertos que hay entre ustedes saben que el euro está impreso en papel de algodón– y las monedas están acuñadas en metal (…) Si los alquimistas intentaron en el pasado convertir el plomo en oro, en la economía moderna el papel se ha convertido en dinero (…) En última instancia, la aceptación de esos billetes se basa en la confianza de la gente.

 (…) las interferencias gubernamentales en los bancos centrales, junto con la gran demanda de financiación por parte de los estados, a menudo ha conducido a fuertes aumentos del dinero en circulación, lo que ha provocado que [el dinero] perdiera valor a consecuencia de la inflación (…) La mejor protección contra la tentación [inflacionista] es una sociedad ilustrada y orientada a la estabilidad [monetaria].