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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

La defensa del euro como lamento

La semana pasada, Telemadrid estrenó el documental En defensa del euro, realizado por Juan José Mercado. En él, diversos profesores universitarios como Huerta de Soto, Rodríguez Braun, Alonso Neira, Bagus y yo misma, explicábamos las razones que existen, hoy en día, para defender la moneda europea, frente a quienes pretenden que una vuelta a la peseta sería mucho más conveniente para solucionar la asfixiante situación de la economía española.

Hablo en nombre propio y sin ninguna intención de arrastrar con mi opinión a mis ilustres compañeros de reparto. No creo que quedara claro, no por obra y gracia del director, a quien le agradezco que contara conmigo y que ha hecho un impecable trabajo, sino por falta de tiempo, en qué consiste esa defensa.

Yo no soy partidaria de la centralización del poder, más bien al revés, creo que una de las claves del camino libertario es la descentralización. Es decir, que las unidades de decisión y gestión se limiten al tamaño de población mínimo más eficaz. No sé si hay que medirlo en términos de tamaño de la población, o área geográfica. Pero sí estoy convencida de que, junto con la diversidad institucional, es una de las direcciones hacia las que dirigirse. De manera que la idea de un Banco Central Europeo, o de la política fiscal comunitaria, o una autoridad europea del tipo que sea, no es, en mi opinión, la mejor apuesta.

Y, sin embargo, defiendo el euro.

Hay dos razones principales. Y las dos son lamentables, en el sentido literal del término, son más un lamento que otra cosa.

La primera razón es la certeza, demostrada desde que comenzó la crisis, de que nuestros gobernantes no van a emprender políticas monetarias sensatas, excepto si se les obliga. Quienes tienen sueños húmedos con la peseta imaginan el paraíso de la devaluación, de la máquina de hacer dinero como quien hace palomitas. En dos palabras, la ruina.

Porque, digan lo que digan, aunque no percibamos los resultados de la sobreemisión, de los manguerazos de dinero inyectado por el BCE, la bolsa de inflación se encuentra escondida bajo el manto de la burbuja de deuda. Cuando el BCE convocó la fiesta de los LTROS, no lo hizo por el bien de la ciudadanía europea, ni de esa parte que aporta (Alemania, Holanda, etc.), ni de la otra parte, que sufre la recesión cerrando empresas, en el paro y ayudados por las familias o por Cáritas. La única razón era saltarse la prohibición de dar dinero a los Estados miembros. Así, el BCE prestaba a muy bajo coste a los bancos nacionales que automáticamente compraban deuda soberana. Y de ahí, la burbuja de deuda que pagarán las futuras generaciones, quienes harán bien no mirándonos a la cara por lo que les estamos haciendo.

Imaginemos qué pasaría si se eliminan normas europeas e intermediarios.

La segunda razón, que no es sino la cara B de la primera, es que el euro es un buen "perro guardián". Al menos mientras haya países en la eurozona que se comportan y hacen esfuerzos por mantener sus finanzas en orden, estaremos a salvo. Porque tendremos a una valquiria reclamando que no se use el dinero de algunos contribuyentes europeos para financiar los desmanes ajenos. Este razonamiento, que a algunos les parece justificación suficiente para llamar nazi a Merkel, explotadores a esos países menos afectados por la recesión, y para negarse a pagar la deuda que consideran ilegítima, es el mismo razonamiento que esgrimen unas comunidades autónomas frente a otras. Y todos tan contentos. Es decir, el español entiende que su comunidad autónoma aporta más y no quiere que sus euros sirvan para financiar vicios ocultos tras EREs, pero sí le parece bien que los euros holandeses o alemanes se utilicen para financiar el gasto político de sus gobernantes, a quienes, por otro lado, detesta. Un sinsentido.

Si el sistema del euro va a servir para que los gobernantes españoles no tengan más remedio que ajustarse a las normas, incluso quienes creemos que el Banco Central Europeo es una perversión, como los demás bancos centrales, lo apoyaremos. Al menos yo. Aunque sea para evitar ese sangrado con que amenazan nuestros políticos y, todo hay que decirlo, muchos economistas afectos al "régimen" intervencionista, de derechas y de izquierdas.

Me permito recordar que los bancos centrales, en su origen, fueron una maniobra genial cuya intención era que el soberano dejara de depender de las familias de banqueros, para poder financiar sus guerras. Y que en aquellos momentos existía un ancla monetaria llamada patrón oro. Y precisamente en España las emisiones de deuda pública dieron lugar a varias bancarrotas del Estado, que no podía devolver su deuda a los ciudadanos, ni siquiera reestructurando los plazos e intereses de la deuda. Nadie puede pedir a un ciudadano que confíe en la independencia y la bondad del Banco de España visto lo sucedido en los pasados años. En cualquier caso, y no debería ser así, estamos en manos de la honestidad y coraje del gobernador del Banco de España, o del BCE de turno. Que es como jugar a la ruleta rusa quitando una sola bala al cargador.

La eliminación de los bancos centrales, la libertad monetaria y el anclaje de nuestra moneda en un activo sólido, en mi opinión, constituyen la mejor opción. Obviamente, a los políticos, no. Mientras eso siga así, espero que el euro sirva de contención a la incontinencia monetaria de nuestros gestores.

Bajar tipos no estimulará el crecimiento sano

Acostumbrados como estamos a escuchar que, si la economía embarranca, los gobiernos tienen que empujar del carro gastando más en lo que sea y que los bancos centrales tienen que tirar de él reduciendo los tipos de interés, uno entiende el regocijo que sienten muchos ante la noticia de que el BCE ha minorado sus tipos de interés un cuarto de punto hasta dejarlos en el 0,5%. Déjenme darles un baño de realismo: los tipos de interés del Banco Central de Japón llevan en el 0% desde 1999, con los magníficos resultados que todos pueden observar. Quizá convenga, antes de comenzar a tirar cohetes, explicar someramente el proceso por el que los tipos de interés del BCE podrían llegar a influir el gasto empresarial o familiar.

Los únicos beneficiarios: gobiernos y bancos

Primero, el endeudamiento privado de un país sólo puede aumentar si familias o empresas quieren endeudarse. Los empresarios comparan el tipo de interés al que pueden financiarse (ya sea a través de los bancos o del mercado de bonos) con la rentabilidad que esperan obtener invirtiendo ese capital, y si la rentabilidad corregida por el riesgo supera ese tipo de interés, entonces asumen la deuda e invierten. Las familias, por otro lado, comparan la utilidad (o el ahorro monetario) que derivan de adelantar su consumo futuro y, si esta es mayor que el tipo de interés al que pueden endeudarse, toman el crédito. Ahora bien, y precisamente por todo lo anterior, si la rentabilidad de las inversiones o la utilidad de adelantar el consumo futuro son nulas o muy inferiores al tipo de interés, no habrá nuevo gasto basado en deuda. Lección inicial: es la demanda de crédito la que mueve todos los procesos de endeudamiento. “Se puede llevar al caballo al río (ofrecer buenas condiciones crediticias), pero no se le puede obligar a beber (forzar a que tome el crédito)”.

Segundo, el tipo de interés al que pueden endeudarse familias y empresas no es, ni mucho menos, el tipo de interés que fija el BCE, sino el tipo que les ofrecen los bancos privados o los mercados de capitales. El tipo que establece un banco central es aquel al que pueden refinanciarse a corto plazo los bancos privados, pero éstos no tienen por qué transformar ese tipo al que se endeudan a corto plazo por el tipo al que ofrecen crédito a largo plazo a familias y empresas. En ocasiones, el diferencial entre ambos es muy estrecho, de modo que la transmisión de la “política monetaria” es bastante inmediata. En otras ocasiones, como la actual, el diferencial es muy amplio debido a que la debilitada posición financiera del banco y, sobre todo, el alto riesgo que implica para la banca extenderle crédito a un sector privado en plena depresión, de manera que las bajadas de tipos del BCE apenas tienen repercusión alguna sobre las tasas ofrecidas por los bancos a los agentes privados. Lección segunda: si la banca se niega a cometer la imprudencia de endeudarse a corto plazo con el BCE y prestar a largo plazo, la política monetaria del banco central a la hora de promover tipos más bajos para familias y empresas será estéril.

En España, ahora mismo, ambas restricciones se hallan plenamente operativas: ni familias y empresas encuentran abundantísimas oportunidades de ganancia como para cargar con nueva deuda sus ya saturadas espaldas, ni los todavía infracapitalizados bancos patrios tienen capacidad o voluntad de prestar a un sector privado español que sigue siendo de alto riesgo. La reducción de tipos del BCE y la promesa de una provisión ilimitada de crédito para entidades financieras hasta al menos 2014 sólo servirán, por consiguiente, para beneficiar a aquellos dos agentes a los que siempre ha privilegiado un banco central: entidades financieras y gobiernos. Las primeras verán rebajar sus costes financieros (ensanchando su cuenta de resultados con cargo al envilecimiento de la moneda europea) y los segundos experimentarán una cierta moderación de sus tipos de interés (pues los bancos privados sí están, por lo general, dispuestos a seguir extendiéndoles crédito a las condiciones algo más favorables del momento). En la medida en que, además, los Estados se tomen está relajación monetaria como un impulso a perpetuar sus desequilibrios presupuestarios (esto es, en la medida en que los gobiernos busquen endeudarse a un ritmo todavía mayor que el actual), el euro tenderá a depreciarse frente al resto de divisas, de manera que ya podemos afirmar que Draghi nos mete de lleno en la pauperizadora guerra de divisas global.

Por una nueva burbuja

Los habrá, claro, que juzguen necesario que el BCE, en lugar de prestar a los bancos para que estos, a su vez, lo hagan a familias y empresas, extienda crédito directamente al sector privado al 0,5%. De este modo, dirán, se salvará el segundo escollo para que la política monetaria del banco central funcione: la renuencia  de la banca privada a trasladar esas laxas condiciones a sus préstamos empresariales o al consumo. Lástima que el asunto no sea ni mucho menos tan sencillo. ¿Puede el BCE discriminar entre los millones de familias y empresas solventes y los millones insolventes? ¿O en cambio se propone que preste a todas ellas sin preocuparse por la morosidad? ¿Acaso no supone ello volver al modelo de las subprime, los ninja, las preferentes y demás calamidades (presta y no a quién)? ¿Socializamos las milmillonarias derivadas de esta imposible diligente gestión del BCE entre todos los europeos?

Es más, si el BCE ofreciera financiación ilimitada a familias y empresas al 0,75%, ¿qué tipo de economía creen ustedes que estaríamos alumbrando? Si familias y empresas tomaran ese crédito abaratado, comenzarían a endeudarse mucho más de lo que ya lo están para ejecutar proyectos de bajísimo rendimiento. Planes de negocio con rentabilidades de apenas el 1% o el 1,5% serían aceptados e implementados. A medio plazo, viviríamos un boom crediticio artificial (una nueva burbuja de prosperidad ficticia asentada en el endeudamiento); a largo plazo, sentaríamos las bases para padecer una economía hiperapalancada y de bajísimo rendimiento: una economía moribunda y zombificada.

Pero tranquilos: nada de lo anterior pasará porque ya ha sucedido. Ya tenemos una economía hiperapalancada y de bajísimo rendimiento debido a las reducciones artificiales de tipos que propició el BCE a partir de 2002. No hay margen para reinventarnos en ese desastre.  Lo llamativo, con todo, es que los mismos que aplaudieron entonces sigan jaleando al BCE ahora para que suceda exactamente lo mismo que hace una década. Ni aprendemos ni, lo que es peor, queremos aprender. 

Bitcoin (y III)

Bitcoin (I)

Bitcoin (II)

Algunas personas están preocupadas por la posible inestabilidad o carácter de burbuja del sistema bitcoin: según ellos, como es una entidad virtual sin valor de uso, industrial o intrínseco, que ha surgido de la nada y no tiene ningún respaldo material (no es deuda sobre un activo tangible), puede fácilmente volver a la nada; puede ser una moda o un sistema frágil del cual la demanda desaparecerá de repente y colapsará su valor hasta prácticamente cero.

El valor de bitcoin podría ser una burbuja pero no tiene por qué serlo. Los que están tan seguros de que sí lo es ya disponen de medios para ponerse cortos (hacer apuestas bajistas en mercados de futuros) y hacerse muy ricos gracias a su privilegiado presunto conocimiento: el hecho de que no lo hagan tal vez muestra que les gusta hablar con rotundidad sin arriesgarse a que la realidad les demuestre que pueden estar equivocados causándoles graves pérdidas.

Si bitcoin fuera una burbuja sería muy diferente de otras y merecería un análisis propio: los estudios o ejemplos de otras burbujas tal vez no le sean aplicables. Bitcoin no es como un activo financiero del que se esperan unos rendimientos o dividendos futuros que tal vez no se materialicen, ni una mercancía ordinaria con la cual se especula (como un tulipán), y no parece una moda pasajera; tampoco es como las divisas ya establecidas que pueden oscilar al ritmo de sus economías, políticas y bancos centrales, ni como una divisa nueva impuesta por un Estado a todos sus súbditos (normalmente como sustitución de una anterior).

Bitcoin es una entidad especial, prácticamente única en la historia: un bien económico intangible sin uso previo, que surge de una invención puntual y un pequeño núcleo inicial de usuarios, y cuyo uso podría popularizarse y extenderse hasta convertirse en un dinero de alcance universal (no necesariamente el único); si esto sucede su revalorización será muy rápida y su valor actual será ridículamente bajo (calcúlese la futura valoración considerando libremente el número de usuarios potenciales y el poder adquisitivo de los saldos de tesorería deseados). Cuanto más generalizado esté su uso mayor será su demanda y su valor, pero esto no implica que si no llega a universalizarse como dinero su valor será cero o cercano a cero.

Bitcoin como idea y como sistema que la implementa tiene valor instrínseco por los servicios que presta: no es lo mismo que exista que que no exista. Si su uso se extiende y estabiliza puede llegar a convertirse en una institución, en algo que está en la mente y en la práctica habitual o acostumbrada de muchos agentes de forma común y recursiva: todos saben que los demás saben sobre la institución, y la usan de forma rutinaria y coordinada sin mucho esfuerzo y sin pensarlo demasiado. Una vez formadas, las instituciones tienen un enorme valor individual y social y pueden ser muy resistentes, presentar una fuerte inercia.

Las empresas gastan grandes cantidades de dinero en publicidad para conseguir imagen de marca (capital intangible, cognitivo) y estar presentes en las mentes y valoraciones de los individuos e influir así sobre sus acciones; las personas también intentan ser famosas y tenidas en cuenta por todos. Las instituciones consiguen esto mismo de forma espontánea y descentralizada mediante fuertes bucles de realimentación positiva, por el interés de cada uno en participar y que todos los demás también participen en ellas.

Los procesos de monetización y desmonetización de una entidad son muy diferentes. Igual que la vida surge de la no vida, pero una vez que se establece es resistente porque su característica esencial es su actividad de automantenimiento y preservación, la monetización de bitcoin y su eventual desmonetización o abandono no son procesos simétricos sino profundamente asimétricos: renunciar a usar bitcoins una vez establecidos como dinero sería abandonar una institución que funciona eficientemente y todos sus beneficios, lo cual sólo tendría sentido si existieran alternativas mejores; quien quiera reducir o terminar su participación en el sistema necesita una opción que sea mejor, y además está ofreciendo a otros la oportunidad de hacerlo a mejor precio.

Nada tiene valor intrínseco: todo valor es subjetivo, ya sea para el uso propio o para el intercambio (porque otros lo demandan). El oro y la plata tienen valor, sin necesidad de ningún tipo de consenso o contrato social o coacción estatal, porque son difíciles de conseguir y a la gente les gustan como ornamentación y símbolos fiables de estatus social, y porque una vez monetizados todos saben que son dinero para todos los demás. Los sustitutos monetarios de un mercado libre (billetes y depósitos bancarios convertibles en oro de forma segura y a la vista) tienen valor por cómo están conectados al oro y porque sirven para economizar su uso.

Los metales preciosos tienen usos industriales, pero su valor procede fundamentalmente (sobre todo y de forma más estable cuando se les permite ser dinero) de la demanda monetaria. El hecho de que tengan un valor de uso previo puede haber contribuido históricamente a que se convirtieran en dinero, pero una vez monetizados puede ser un problema si estos usos no tienen una demanda estable: las variaciones podrían alterar el valor y la cantidad en circulación del bien monetizado.

Si el oro y la plata se hubieran desmonetizado de forma libre y espontánea (algo sumamente improbable), sus poseedores habrían sufrido grandes pérdidas. La desmonetización estatal del oro no colapsó su valor sino que incluso se incrementó por la expectativa de la depreciación de los dineros fiat y la posibilidad de remonetización de los metales preciosos. Los billetes y depósitos bancarios también pueden perder valor o incluso desmonetizarse si se pierde la confianza en la solvencia de su banco emisor.

Los dineros fiat impuestos coactivamente por los estados tampoco tienen ningún valor de uso: el Estado puede sostener parte de su valor por la exigencia de su uso para el pago de impuestos, pero su utilización generalizada para otras transacciones depende sobre todo de la existencia o no de alternativas competitivas. Mediante la inflación el Estado provoca pérdidas sistemáticas a los tenedores de dinero y activos fijos, y una mala gestión monetaria y crediticia puede provocar hiperinflación y el repudio de la moneda; en bitcoin no hay organizadores tentados de emitir más moneda por su cuenta y en su propio beneficio, simplemente porque el sistema no lo permite. El colapso del Estado emisor de un dinero fiat prácticamente garantiza la pérdida total del valor del dinero respaldado por su poder coactivo; bitcoin no está basado en la coacción ni depende de una entidad central cuyo fallo lo destruya.

Además de que el colapso de bitcoin es progresivamente menos probable, conviene estimar qué pérdidas habría si sucediera: se verían afectados los saldos de tesorería (normalmente una proporción muy pequeña del patrimonio de quienes sólo quieran usarlo como medio de intercambio) y los activos fijos denominados en bitcoins. Los principales perjudicados serían los especuladores o quienes lo usaran como depósito de valor.

Una de las funciones del dinero es ser depósito de valor: ni ganarlo ni perderlo; para ganar valor u obtener beneficios hay que asumir costes, riesgo e incertidumbre (posibles pérdidas) en alguna actividad productiva. Bitcoin puede ser un depósito de valor imperfecto (ganaría valor en vez de solamente conservarlo) por la posible deflación secular una vez que se llegue a su fase estacionaria, habiendo alcanzado la cantidad máxima producible y habiéndose generalizado su uso: sin cambios en su cantidad o en su velocidad de circulación, la deflación se correspondería con el crecimiento económico.

El triunfo de bitcoin no provocaría ningún tipo de hiperdeflación catastrófica, el colapso económico o desempleo masivo. La deflación suave y predecible no implica que nadie gaste nada de su dinero, lo que sería completamente absurdo porque entonces dejaría de ser dinero; tampoco implica no gastar hoy y gastar mañana, ya que si la deflación persiste el mañana será equivalente al hoy y entonces habrá que esperar hasta pasado mañana, y así sucesivamente de forma indefinida. La deflación implica una tendencia más o menos intensa a atesorar más que a gastar y una presión bajista sobre los precios en función de las expectativas de futuro (las tendencias pasadas no tienen por qué continuar), pero esta tendencia tiene como límites la necesidad o deseo de los individuos de intercambiar en el mercado y la preferencia temporal del presente sobre el futuro: aunque los bienes vayan a abaratarse, no comprarlos ya representa asumir el coste de oportunidad de no poder disfrutarlos desde ya.

Esta deflación puede dificultar un mercado de deuda (sobre todo a más largo plazo) denominada en bitcoins: un potencial prestamista puede guardar un dinero que se aprecia (si al hacerlo no asume costes) en lugar de prestarlo; el potencial prestatario necesita obtener unos beneficios marginales del capital mayores para compensar adecuadamente al prestamista. Esto fomentaría la financiación mediante acciones (participaciones) frente a la financiación ajena con deuda denominada en bitcoins, o que la financiación se realizara mediante otro dinero de valor más estable.

Es posible tener crecimiento económico sin que crezca la base monetaria (la cantidad de dinero en sentido estricto): sería más eficiente tener un dinero de poder adquisitivo más estable, pero el crecimiento es posible si la inflación o la deflación son pequeñas y predecibles. Si la deflación fuera suficientemente problemática, la producción de más moneda con un mecanismo semejante al actual (minería para seguridad de la red) es algo que la comunidad podría aceptar de forma conjunta si se considera una buena idea: las modificaciones son posibles pero sólo triunfan si su aceptación es generalizada.

Además una base monetaria rígida, como el bitcoin, puede complementarse con sustitutos monetarios en cantidad creciente y con calidad adecuada si son deuda a muy corto plazo y muy segura (respaldada por la propia producción económica a punto de ser vendida a los consumidores finales). Bitcoin no es un sistema crediticio pero cuando se reduzca su volatilidad puede servir como base de un sistema crediticio (que de hecho ya existe) con deuda a corto plazo denominada en bitcoin: son posibles sustitutos monetarios de bitcoin, los cuales pueden utilizarse para estabilizar su valor futuro y evitar o mitigar la deflación secular.

Bitcoin es compatible con un sistema crediticio no anónimo ya que permite el anonimato pero no lo exige. Un sistema crediticio puede funcionar de forma parcialmente anónima, con mecanismos de reputación basados en identificadores o alias que no proporcionan información sobre la identidad real del agente. Además el anonimato entre acreedor y deudor no es simétrico: el acreedor necesita conocer la solvencia del potencial deudor y si es necesario localizarlo para exigirle el pago o las garantías; el deudor no siempre necesita saber quién es su acreedor (deuda al portador o negociable en mercados secundarios; cuentas numeradas en bancos que respetan el anonimato financiero), este sólo debe poder demostrar que lo es para exigir el pago.

Es posible crear nuevas monedas paralelas parecidas a bitcoin (que ya existen aunque a mucha distancia en extensión y valor de mercado), ya que es un código abierto modificable por cualquiera; pero tendrán el problema de su popularización, y en eso bitcoin les lleva una ventaja inicial difícil de recuperar debido a los mecanismos de realimentación positiva de los procesos de monetización. La creación de múltiples monedas virtuales no va a generar hiperinflación.

Bitcoin plantea interesantes retos al teorema regresivo del dinero, que afirma que un bien monetario debe antes haber sido una mercancía con una demanda no monetaria, y que para conocer el poder adquisitivo del dinero hoy recurro a su valor de ayer (y realizo alguna predicción o expectativa de su valor mañana).

El teorema regresivo no tiene por qué ser una verdad absoluta, sino una posibilidad histórica muy generalizada necesitada de interpretación. Se podría entender que los usuarios iniciales de bitcoins los adquieren como un bien de coleccionista, o como un juego, o como señales de pertenencia a un determinado grupo o movimiento, o por el deseo de participar en un proyecto innovador de repercusiones potencialmente enormes. O que el bitcoin inicial es un dinero imperfecto que gradualmente va mejorando.

El que un bien tenga una demanda no monetaria ayuda a que se monetice al tener un valor conocido y generalizado de partida. Un bien que se crea directamente para que funcione como dinero obviamente no puede tener demanda no monetaria previa, ya que antes ni siquiera existía; pero su valor puede averiguarse y estabilizarse progresivamente mediante aproximaciones sucesivas en procesos de prueba y error; esto sería muy difícil en sociedades primitivas con escasa capacidad para transmitir y procesar información, pero es más factible en sociedades modernas con gran capacidad de hacerlo.

Bitcoin (II)

Bitcoin (I)

Un sistema informático bien diseñado puede ser un buen dinero. Bitcoin tiene algunas excelentes características de buen dinero y es peor en otras en comparación con las monedas alternativas existentes: sin embargo las que tiene buenas las va a mantener porque son atributos técnicos inmutables, y en las otras probablemente sólo puede mejorar, y mucho, conforme se generalice su uso.

Los bitcoins son persistentes (mientras se conserve su información), divisibles, homogéneos, reconocibles, e infalsificables. Son muy fáciles y baratos de almacenar y transferir con alcance universal: la transacción es instantánea, pero su validación por la red lleva un breve tiempo (menor si se acepta pagar una pequeña comisión). Si se dispone de ordenador y conexión informática (algo cada vez más habitual para múltiples usos), sólo es necesario aprender a usar el sistema y gestionar su seguridad, algo que no es demasiado complicado, y los costes de transacción marginales son ínfimos.

El hecho de que bitcoin esté basado en ordenadores puede fomentar los ataques informáticos para apoderarse de las claves privadas (robar los bitcoins) y controlar capacidad de cómputo ajena para la minería (ordenadores esclavos), pero igualmente puede servir para fomentar medidas y cultura de seguridad informática. La criptografía utilizada por bitcoin es tan segura como la que utilizan bancos y estados en la actualidad, y además es adaptable a futuros incrementos de la potencia de cómputo (por ejemplo por computación cuántica).

El bitcoin no sólo es dinero (en la medida en que es usado como tal), sino que es dinero intrínsecamente conectado a una red de transacciones, es un sistema monetario y de pagos integrado: en este sentido se parece a los depósitos bancarios monetizados, pero sin ser deuda y sin los problemas de confianza asociados a los bancos. Es muy útil para micro pagos o donaciones, y para envíos de remesas o pagos entre países, porque no hay costes de transacción en forma de comisiones. El oro como dinero no tiene un sistema de pagos integrado y tiene costes considerables de almacenamiento y transporte debido a la posibilidad de su robo.

Sus características de anonimato potencial y falta de control estatal lo hacen interesante para operaciones en mercados ilegales (drogas, apuestas, juegos de azar), y como forma de evitar la fiscalidad y la represión financiera de los gobiernos: no puede ser congelado o confiscado como los fondos en la cuenta de un banco controlado en última instancia por el Estado, o como el oro en una aduana. El dinero en efectivo puede ser anónimo y no trazable, pero su uso requiere la proximidad física de los participantes en el intercambio (con la posibilidad de identificación mutua), y tiene el riesgo de su posible falsedad; cheques, transferencias bancarias, y pagos con tarjeta de crédito son muy fáciles de seguir e identificar. Algunos creen que su asociación con lo criminal y los mercados negros podría dañar la reputación de bitcoin, que sería rechazado moralmente o repudiado por la mayoría de la sociedad: pero esta usa sin demasiados problemas dinero en efectivo, que en estos aspectos es muy parecido.

Cuando su valor se estabilice o al menos sea predecible (su número intrínsecamente limitado podría provocar una suave deflación secular), podrá servir además como competencia para disciplinar a las inflacionistas divisas estatales y a los sustitutos monetarios bancarios poco fiables y desestabilizadores (depósitos a la vista de bancos con descalces de plazos y riesgos).

Bitcoin es una tecnología potencialmente disruptiva, una plataforma para la innovación que puede alterar de forma fundamental toda la oligarquía del sistema monetario y de medios de pago, volviendo obsoletas o poco competitivas las opciones existentes. El sistema realiza funciones semejantes a la gestión de cuentas corrientes, pagos, transferencias, giros y remesas de bancos, compañías de crédito y otras empresas equivalentes, todos ellos potenciales enemigos que pueden intentar frenar o destruir bitcoin si no consiguen dominarlo. Bitcoin puede suponer una amenaza para los beneficios de algunas grandes empresas y para la autoridad del Estado: por ello puede sufrir diversas agresiones como difamaciones, bulos o ataques a mercados organizados para bloquearlos y amedrentar a los usuarios actuales y potenciales; también son posibles las críticas de necios bienintencionados.

Por su naturaleza distribuida bitcoin no puede cerrarse, apagarse o bloquearse, como sí puede hacerse con un sistema centralizado con sus responsables, sus trabajadores y su localización física. El Estado puede otorgarse a sí mismo la potestad de ser emisor monopolista de dinero, pero tal vez no sea capaz de implementar en la práctica una potencial prohibición de bitcoin, la cual además implicaría publicitarlo, contribuyendo a su difusión y éxito. La prohibición de bitcoin no haría que su valor cayera necesariamente a cero: hay muchos productos ilegales, como algunas drogas, cuyo precio por el contrario es más alto por el hecho de estar prohibidas. Otras interferencias estatales son posibles, como compras y ventas masivas para desestabilizarlo, o el cierre o bloqueo de servidores privados, sitios o empresas de servicios en Internet (mercados organizados de cambio de moneda, gestores especializados de servicios adicionales para bitcoin, tiendas que los acepten como medio de pago); pero ciertas actividades pueden esconderse o replicarse con facilidad en Internet.

El poder adquisitivo de los bitcoins puede variar por diversos factores relacionados con su utilidad y escasez relativa, su oferta y su demanda en comparación con la oferta y demanda de los demás bienes, servicios y monedas: la propia cantidad de bitcoins, su velocidad de circulación, el número de agentes que los usan y aceptan como medio de pago, el volumen de intercambios (y su valor monetario) en los que intervienen, y la cantidad y calidad de los bienes y servicios por los cuales son intercambiados.

Su principal problema actual es la inestabilidad de su valor o poder adquisitivo, que lo hacen mal depósito de valor y unidad de cuenta: esta volatilidad no se debe a su oferta total, que es muy rígida y predecible, sino a cambios en su demanda, en ocasiones muy bruscos. Al ser un nuevo dinero emergente (o aspirante a dinero), está en fase experimental, de potencial monetización, de descubrimiento, de ensayos, aciertos y errores, de popularización y extensión de su uso. El poder adquisitivo de los bitcoins ha crecido fuertemente desde su comienzo, y la velocidad de su apreciación depende de la velocidad de su proceso de monetización.

Al ser algo muy nuevo e ilíquido es un activo volátil, de alto riesgo. Como cualquier innovación (el teléfono fijo, las tarjetas de crédito, la informática, los teléfonos móviles) requiere un tiempo de extensión o penetración en el mercado. Su valor cambia conforme la gente lo va conociendo, lo cual depende fuertemente de su presencia en medios de comunicación; su demanda puede tener picos puntuales por crisis monetarias, bancarias o financieras concretas; al ser su liquidez todavía pequeña, los movimientos especulativos y las compras o ventas masivas pueden tener mucha influencia sobre su valor.

Utilizar el bitcoin como medio de pago no implica usarlo como unidad de referencia ni como depósito de valor: es posible acordar precios en otros dineros de valor más estable, y el pago realizarlo con bitcoins al valor del momento del intercambio. Este triple cambio (el comprador consigue bitcoins a cambio de otro dinero, entrega los bitcoins al vendedor, el vendedor cambia los bitcoins por otra divisa) sería muy ineficiente con otros dineros clásicos, pero los bajos costes de transacción del bitcoin pueden hacerlo competitivo.

Quienes primero obtengan bitcoins pueden conseguir ganancias mayores ya que afrontan más incertidumbre respecto a su futuro. Algunos usuarios pueden también sufrir pérdidas si la extensión del bitcoin se detiene, pero es muy improbable que su valor caiga a cero y las pérdidas sean totales. Los primeros usuarios no son necesariamente simples listillos que se van a aprovechar de los incautos que lleguen después. Los creadores del sistema y protocolo bitcoin fueron una sola persona o un grupo reducido, y luego hay un pequeño núcleo de programadores actualizándolo: pero estas personas no son necesariamente quienes crearon los primeros bitcoins (ni los dueños o productores de los actuales), ni quienes se han enriquecido con su revalorización, porque son funciones independientes.

Los atesoradores de bitcoin no tienen por qué perjudicarlo, ya que están interesados en que su uso se extienda para que así se incremente su valor. Los especuladores, como en cualquier otra área de actividad económica, pueden acelerar los ajustes y suavizar las fluctuaciones al comprar cuando está barato (presionando el precio hacia arriba) y vender cuando está caro (presionando el precio hacia abajo); también pueden intentar manipular el mercado, o provocar oscilaciones según cómo cambien las expectativas sobre el futuro, pero no tienen ninguna garantía de éxito y el comportamiento histórico pasado no garantiza la evolución futura. La volatilidad tenderá a reducirse conforme el mercado de bitcoins sea más ancho y profundo (más líquido).

Otro problema actual es su relativamente escasa extensión o anchura de mercado: es importante tener en qué gastar los bitcoins, y su uso como medio de intercambio no está muy generalizado, tanto entre compradores como entre vendedores. Esto puede suponer grandes oportunidades empresariales: el bitcoin parece ir popularizándose de forma progresiva en ambos ámbitos, y ya existen negocios intermediarios que ofrecen conseguir cualquier bien o servicio (incluso el pago de algunos impuestos) a cambio de bitcoins (intermediando entre compradores que pagan en bitcoins y vendedores que prefieren cobrar en otros dineros tradicionales). Las empresas pueden ganar una ventaja competitiva si aceptan pagos con bitcoins: si algún gran comerciante lo hace el avance de bitcoin puede ser muy rápido.

¿Puede un sistema informático ser un buen dinero?

El oro fue el dinero elegido por la sociedad a través un proceso competitivo de miles de años. Las razones son de sobra conocidas: es un bien es escaso, homogéneo, fácil de dividir y de identificar, inalterable y, sobre todo, de cantidad estable. Esto hizo que los agentes económicos, de forma creciente, lo fueran demandando como medio de intercambio, hasta convertirse en el bien más líquido de la economía. El oro se convirtió en el mejor mecanismo disponible para intercambiar bienes y servicios, pues permitía comprar y vender sin apenas pérdida de valor en grandes cantidades y a cualquier público. Además, también conservaba el valor a lo largo del tiempo. El dinero mercancía, como el oro, ha sido defendido desde el punto de vista teórico como el mejor dinero posible por una gran cantidad de liberales. Desde luego funciona mejor que el dinero fiat que tenemos ahora. ¿Pero todo buen dinero tiene que ser necesariamente una mercancía?

Imaginemos algo de propiedades muy similares al oro: se puede transferir fácilmente entre personas, es homogéneo, fácil de verificar y de dividir, su cantidad es estable y no se altera con el tiempo. Es casi igual, con la excepción de que no es un bien físico. Es un sistema informático construido de tal manera que funciona virtualmente como una mercancía. En realidad no es necesario que lo imaginemos. Ya existe. Nació en el año 2009 y en las últimas fechas, a raíz de la crisis de Chipre, ha tenido un gran protagonismo mediático en los círculos económicos y financieros. El fenómeno se llama Bitcoin.

Bitcoin, como primera aproximación, funciona como un libro en Internet, en el que está anotado en todo momento a quién pertenece cada una de las unidades de una serie de fichas electrónicas transferibles de cantidad predeterminada. En él se van registrando todas las transacciones, de tal manera que siempre se verifica que cada unidad transferida corresponde a una unidad real del emisor y se registra a nombre del receptor. Ese libro no está centralizado, sino descentralizado, registrado de forma redundante en el ordenador de cada uno de los usuarios del sistema. No hay servidores centrales que se puedan atacar o alterar, ni nadie que lo gestione que pueda manipularlo. Funciona de manera autónoma. El código es abierto y público, por lo que es predecible, se sabe cómo funciona.

Además, toda la información del sistema está encriptada con tecnología criptográfica de llave pública. Esto significa que todo el sistema funciona de manera totalmente anónima y privada. Si el usuario no quiere publicar su información, no hay forma de que otras personas o gobiernos puedan saber cuántos bitcoins posee ni qué transferencias ha hecho. La cantidad total de bitcoins es fija, aunque durante un periodo inicial de transición se van poniendo en circulación de forma automática a una tasa cada vez menor hasta que la cantidad queda definitivamente fijada. Las unidades que van entrando en circulación se asignan a cualquiera que proporcione capacidad computacional al sistema para validar y registrar transacciones. En estos momentos el valor de los nuevos bitcoins que se asignan es aproximadamente igual al coste de la capacidad computacional requerida para generarlos. El proceso simula la forma en la que el oro se va extrayendo y poniendo en circulación.

Por los motivos anteriores, una gran cantidad de liberales, como Félix Moreno y Víctor Escudero, están defendiendo Bitcoin como el dinero del futuro. Las ventajas teóricas están claras. En primer lugar, la oferta monetaria no la controla el Estado ni ninguna otra entidad. Por ello no existe la posibilidad de emitir dinero nuevo con la finalidad de aumentar los ingresos del emisor, reduciendo el valor de la moneda en circulación. En teoría, si hubiera una demanda monetaria estable, cada unidad no perdería valor con el tiempo, ni se generarían las distorsiones económicas asociadas a la impresión de papel moneda. La segunda ventaja es que, al estar toda la información encriptada, los usuarios podrían escapar de las garras del Estado o de terceros con ganas de apropiarse del dinero de uno. Además, tal y como está construido es seguro y no puede atacarse ni manipularse. Pese a esto la pregunta inicial del artículo sigue siendo pertinente. ¿Realmente un sistema informático, que no deja de ser un conjunto de información organizada por un protocolo automático, puede ser desde un punto de vista teórico un buen dinero?

Para que un sistema como Bitcoin termine siendo un buen dinero tiene que superar tres barreras. La primera es que arranque. O, dicho de forma técnica, que cumpla el teorema de regresión de Mises. El teorema dice que para que un bien empiece a usarse como medio de intercambio es necesario que tenga una demanda no monetaria previa que sirva para fijar el precio inicial desde el que arrancar. Uno de los problemas de Bitcoin es que, a primera vista, parece que no cumple con el teorema de regresión. Nikolay Gertchev y Peter Surda, entre otros, tratan de solucionar esta paradoja sugiriendo que Bitcoin tenía una demanda inicial no monetaria, que era la que le daban sus primeros usuarios al considerar el proyecto una manera de manifestar su sentimiento antisistema. Lo cierto es que el hecho de que los bitcoins ya circulen como medio de intercambio quiere decir que esa demanda inicial existió. La prueba de que cumple el teorema de regresión es que Bitcoin ya se usa como medio de intercambio, aunque sea a pequeña escala.

El segundo requisito es que sea usado por el gran público. Aquí surgen más problemas. Pregunte por la calle y descubrirá lo fácil que es encontrar a gente que desconfía de un sistema como Bitcoin, por múltiples motivos. Hay uno que puede ser definitivo: el boicot del Estado. El Estado sería el gran perjudicado si la gente empezara a usar masivamente bitcoins. No sólo porque perdería su poder monetario, sino porque las transacciones serían opacas y no podría cobrar impuestos. Los defensores de Bitcoin argumentan que es imposible que un gobierno pueda destruir el sistema, al estar descentralizado y encriptado. Pero sí que puede meter miedo a la población, criminalizar a usuarios y perseguir a los proveedores de servicios. Una buena campaña del Estado puede lograr que el gran público rechace Bitcoin. Y si la gente no lo usa no puede ser un buen dinero.

Por último, muchos opinan que el sistema podría tener problemas desde el punto de vista puramente económico. En primer lugar por ser deflacionario. Esto no significa que la gente se paralice y deje de consumir, como erróneamente dice Matthew Yglesias. Pero sí podría alterar la forma de extender crédito, pues mucha gente preferiría atesorar bitcoins que prestarlos o acometer inversiones. En segundo lugar, como afirma Juan Ramón Rallo, los bitcoins carecen de una demanda no monetaria suficiente que estabilice su valor en caso de pérdida de confianza generalizada. En mi opinión este es un argumento muy convincente para recelar de que Bitcoin termine funcionando de forma masiva.

Hasta la fecha, Bitcoin ha protagonizado un gran crecimiento y ya es usado por un pequeño colectivo como medio de intercambio en Internet. Pero aún no se le puede considerar propiamente dinero. La volatilidad de su precio es buena prueba de ello. La demanda mayoritaria que tiene en la actualidad no es monetaria, sino especulativa: mucha gente compra apostando a que a largo plazo funcionará. Puede salirles mal o puede salirles bien. El tiempo dirá. Si queremos realmente averiguar si un sistema informático como Bitcoin puede ser un buen dinero o no, lo mejor es defender la libertad de competencia entre monedas. Si puede serlo se impondrá. Si no, quedará relegado. En ambos caso los ciudadanos saldríamos ganando. Pero como los políticos saldrían perdiendo, harán lo que sea para impedirlo.

Levantemos el velo bancario

En Economía se suele hablar de “velo monetario” para referirse al enmascaramiento de las transacciones reales que favorece el uso del dinero: en el fondo, como ya supo ver Say, todo intercambio se realiza entre mercancías, siendo el dinero sólo uno de los instrumentos que facilita y acelera esas transacciones reales. El velo monetario ha sido, en ocasiones, usado perversamente para encubrir redistribuciones arbitrarias de la producción aduciendo que sólo afectaban al valor de la moneda (por ejemplo, cuando se recurre a la inflación para reducir los salarios reales o para minorar el ahorro de los ciudadanos).

Jubileo

A día de hoy, sin embargo, existe otro que se está empleando con mucha más demagogia por parte de las distintas corrientes populistas: el velo bancario. Dado que padecemos una crisis provocada por el torrente de endeudamiento barato alentado por el ‘hiperprivilegiado’ sistema bancario, es lógico que buena parte de las soluciones con mayor arraigo ciudadano sea la de no pagar las deudas. Pocas cosas se antojan más sencillas que un jubileo de la deuda. Sólo hay un inconveniente: toda deuda tiene dos partes, la del deudor y ‘la del acreedor’. Las deudas (o los créditos) son la manifestación de intercambios incompletos: una parte le ha entregado bienes a la otra (acreedor), pero esa otra todavía no ha cumplido con su parte del intercambio (deudor). Un ‘simpa’ de deudas implica que el acreedor se quedará sin la contraprestación que le prometió el deudor: él habrá entregado sus bienes, pero no habrá recibido los comprometidos a cambio. Sería algo así como ir a comprar al supermercado sin pagar.

Dado que nuestra sociedad aún no ha llegado a un punto de involución social de no retorno, esto es, dado que el ciudadano medio sigue entendiendo la necesidad de que los contratos voluntariamente suscritos se cumplan, todavía existe una razonable y generalizada oposición a que las deudas dejen de pagarse sin más; sobre todo cuando deudor y acreedor no sólo están claramente identificados, sino que, en distintos momentos de nuestra vida, cualquiera de nosotros podría ser ese deudor o ese acreedor ideales. Así, por ejemplo, los españoles siguen entendiendo la necesidad de que, en una compraventa, el comprador pague el precio y el vendedor entregue el bien; de que, en un contrato de arrendamiento, el arrendatario pague la renta mensual y el arrendador no le perturbe en su uso y disfrute del inmueble; de que, en un contrato de aseguramiento, el asegurado abone con puntualidad sus primas y el asegurador se haga cargo de la indemnización cuando acaezca el siniestro; de que, en un contrato laboral, el empleado acuda a su puesto de trabajo y el empleador le remunere con el salario, etc. No caben demasiadas dudas de que la población española no apoyaría un default generalizado en ninguna de estas deudas por parte de ninguno de los agentes.

Sin embargo, sí parece que está ganando crecientes apoyos la idea de que los ciudadanos deberían dejar de pagar sus deudas con los bancos. Al cabo, las entidades crediticias son las ‘culpables’ de la crisis y, por tanto, son ellas las que deben cargar con los costes que de ella se deriven. La propuesta no parece tener más damnificados que los propios bancos y, por tanto, resulta del todo punto incomprensible que los políticos españoles se nieguen a aprobarla, salvo por el hecho de que se hallen vendidos a los intereses oligárquicos de esas entidades financieras.

El velo bancario

Sin descartar esta última hipótesis, déjenme proceder a levantar el ya mencionado velo bancario: los bancos no son más que unas carcasas casi vacías que actúan como intermediarios financieros entre sus deudores (hipotecados, empresas que recibieron créditos del banco, consumidores que recurren a comprar con tarjeta, etc.) y sus acreedores (bonistas subordinados, bonistas senior y depositantes). Es verdad que, además, hay que incluir a los propietarios del banco (a los accionistas) en la ecuación, pero justamente en nuestras ‘súper apalancadas’ entidades financieras, la porción del banco representada por sus dueños es minúscula.

Sé que cuesta bastante de digerir, especialmente viendo el muy acaudalado nivel de vida que exhiben ciertos banqueros patrios, que los dueños de las entidades poseen una participación minúscula en el conjunto de su capital. Pero no habría que dejarse llevar por impresiones visuales a la hora de ponderar la naturaleza financiera de los bancos. Por ejemplo, vayámonos al Banco Santander: a finales de 2012, esta entidad tenía un activo (básicamente, unos créditos concedidos) de 1,27 billones de euros; ese activo sólo había sido financiado en 0,084 billones (84.000 millones de euros, equivalente al 6,7% de su activo) por sus accionistas, mientras que el resto (1,18 billones) procedía de los acreedores del banco (depósitos, préstamos de otros bancos y bonos). En otras palabras, si el Santander experimentara impagos y pérdidas superiores al 6,7% de su activo, serían los acreedores quienes comenzarían a pagar el pato (en realidad, con bastante menos, pues un banco no puede operar sin fondos propios). Como ven, pocos jubileos se pueden permitir.

Por supuesto, uno puede pensar que los depositantes serían los últimos en perder (y es cierto), pero no olvidemos que los bonistas tampoco representan necesariamente a esa vaporosa oligarquía milmillonaria que ha causado la crisis. En España, los primeros bonistas que han asumido las pérdidas de las cajas (derivadas de los impagos de sus créditos) han sido los tenedores de participaciones preferentes: en su mayoría, personas de clase media que han perdido los ahorros de toda una vida. Además, muchos ciudadanos nacionales y extranjeros tienen su patrimonio en fondos de pensiones o de inversión, que pueden estar a su vez invertidos en bonos de la banca. Por no hablar de que practicar quitas a los préstamos del interbancario, sólo traslada el agujero a los acreedores de otras entidades nacionales y extranjeras.

Con Chipre, de hecho, hemos descubierto que cuando los deudores de los bancos dejan de pagar (en este caso, el manirroto e ‘hiperendeudado’ gobierno griego) las pérdidas terminan trasladándose eventualmente a los acreedores de los bancos, incluyendo los depositantes. Es en este sentido en el que hemos de plantear el debate: los jubileos masivos de los deudores los soportarán los acreedores, y esos acreedores no son ricos multimillonarios malosos (que bien cortos de miras serían si tuvieran el grueso de su patrimonio en los bancos) sino ciudadanos de a pie que sí están invertidos en bancos. Los impagos de ayer son la ruina de los pequeños accionistas o preferentistas de hoy, y los impagos de hoy serían las quitas de los depositantes de mañana. La única alternativa a que los acreedores de los bancos sufran las pérdidas derivadas de los impagos de sus créditos sería que el contribuyente corriera con la factura del agujero, a saber, la muy vilipendiada (con razón) socialización de pérdidas.

Personalmente, he defendido sin ambages el bail-in, es decir, que las pérdidas de los bancos las asuman íntegramente sus acreedores. No soy en absoluto contrario a que éstos, incluyendo en última instancia los depositantes, asuman pérdidas una vez los accionistas lo hayan perdido todo. Tampoco veo absurdo que se estandarice un procedimiento concursal para familias insolventes. Lo único que digo es que no se puede estar en misa y repicando: uno no puede estar a favor de los impagos (“no debemos, no pagamos”) y, simultáneamente, en contra de las quitas (“las preferentes y lo de Chipre son un robo”) y de la socialización de pérdidas (“el contribuyente no tiene que soportar las pérdidas de los bancos”). Si los deudores dejan de pagar, alguien tendrá que sufrir las pérdidas y terminarán siendo los depositantes. Basta con levantar el velo bancario para descubrirlo.

Bitcoin (I)

El dinero es el bien más líquido o de valor más invariante o estable en una economía, y cumple tres funciones: medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta; estas tres funciones pueden ser más o menos separables o realizables con otros bienes sustitutos o complementarios. Para cumplir estas funciones el bien concreto que se utiliza como dinero debe tener ciertas características: persistente, fácil de almacenar y transportar (valor denso), divisible, homogéneo, reconocible, difícil de falsificar.

El dinero como institución es un patrón repetitivo de conducta interpersonal, un modo de interacción pautada que sirve como referencia estable compartida y que permite la coordinación social: los individuos usan dinero porque saben que los demás también lo hacen. La principal utilidad y fuente de valor de dinero es un intangible cognitivo colectivo: el hecho de que esté de la misma forma en las mentes de todos los miembros de una comunidad (como el lenguaje y el auténtico derecho).

Bitcoin es un sistema informático distribuido a nivel global, protegido por técnicas de criptografía, que representa un sistema monetario y de pagos. Es una base de datos descentralizada que incluye una moneda digital virtual, cuentas de usuario, y mecanismos integrados de producción y transferencia del dinero para realizar pagos y cobros. Funciona sobre ordenadores (o equivalentes como teléfonos inteligentes) conectados a Internet, con un código abierto gratuito (sin costes por patentes ni derechos de propiedad intelectual), y protocolos entre iguales (es una red en la cual en principio todos los nodos son equivalentes, sin jerarquías). El hecho de que el código sea abierto o público permite comprobar sus características: no tiene trampas o puertas de atrás, y no es ninguna estafa (un fraude piramidal). Los cambios del protocolo y el sistema sólo son posibles con el acuerdo generalizado de la comunidad de usuarios, no es algo manipulable por unos pocos.

Cada usuario tiene un monedero, bolsillo o cartera personal (o varios, si lo desea) que guarda su dinero y permite su utilización segura mediante potente criptografía de clave pública y privada (también hay empresas especializadas que ofrecen servicios de monedero a sus clientes). La clave pública es un identificador (como el nombre o dirección de usuario, pero cada monedero puede y suele tener varias), y debe ser conocida por su dueño y por quienes quieran enviar dinero a esa cuenta o dirección. La clave privada es la contraseña o clave secreta de acceso que sirve para el control exclusivo de cada dirección al firmar las transacciones. Una transacción es un envío o transferencia de valor entre dos direcciones. Los bitcoins pueden presentarse también en forma física como monedas o billetes que contienen una clave privada protegida por un sello.

Existe el riesgo de perder u olvidar las claves privadas (fallo informático, avería de la memoria donde esté almacenada), lo que implicaría en la práctica no poder acceder nunca más al dinero (como si dejara de existir); también existe el peligro de que otra persona la averigüe de algún modo (ataques informáticos, robos), lo que le daría la posibilidad de transferir los fondos a su propia cuenta. Es conveniente hacer copias de seguridad de la información (lo que no significa multiplicar la cantidad de dinero), y protegerla de accesos no deseados, ya que en este sistema cada cual es responsable de sus propios errores y descuidos, no hay nadie hay quien reclamar o denunciar. Los bitcoins también pueden desaparecer si se envían a direcciones inventadas inaccesibles.

Bitcoin no tiene ningún emisor central de dinero. Las unidades monetarias se producen o crean a una velocidad decreciente (ajustando de forma automática la dificultad de la tarea necesaria y reduciendo su recompensa) hasta alcanzar un tope máximo de 21 millones. Cada unidad es divisible en cien millones (ocho decimales, ampliable en el futuro si fuera necesario), y todas son homogéneas y fungibles. Debido al diseño lógico del sistema, es imposible falsificar bitcoins.

Se asignan inicialmente a los mineros que prestan servicios informáticos de gestión, seguridad y auditoría de la red: la minería es una función abierta (cualquiera puede ser minero) y altamente competitiva; implica asumir costes reales (procesadores, electricidad, comunicaciones), utilizar potencia de cálculo de forma muy eficiente para, mediante tareas matemáticas predefinidas (prueba de trabajo), recolectar y agrupar información de transacciones en bloques, confirmar su validez e integridad (que no haya conflictos, incoherencias o doble gasto), y actualizar la estructura de datos (la cadena de bloques) distribuida por toda la red.

Las transacciones se verifican y almacenan en el registro público compartido de forma segura porque, una vez comprobadas, su alteración deshonesta se vuelve progresivamente más difícil: para modificar un bloque hay que recalcular todos los siguientes; es imposible cambiar las transacciones comprobadas sin realizar más trabajo de cálculo que todo el resto de la red de forma conjunta. Cuanto más extendida está la red y más potencia de cálculo tiene, más difíciles son los ataques: el sistema está diseñado para que los ataques sean muy difíciles y no merezcan la pena porque protegerlo resulta más rentable. Es posible robar a usuarios o empresas individuales sin la seguridad adecuada, pero no destruir el sistema.

Un poder adquisitivo creciente de los bitcoins puede compensar el hecho de que los requisitos para su creación aumenten y la recompensa tienda a reducirse. Cuando se alcance el número máximo de bitcoins las verificaciones de las transacciones se realizarán a cambio de tarifas libres por su realización prioritaria (algo ya posible para acelerar las comprobaciones, pero potencialmente problemático en el futuro).

Es posible recibir bitcoins en una transferencia de otro usuario de la red a cambio de bienes, servicios u otras monedas (o como un regalo), de forma directa entre particulares o a través de mercados organizados o empresas especializadas. Los envíos de dinero son irreversibles, y no hay ningún organismo que regule y vigile a los participantes en el sistema, así que conviene tener cuidado en las transacciones con desconocidos porque podrían ser estafadores y no realizar la entrega de bienes acordada (o al revés, que se entreguen los bienes pero no se paguen). Ya existen sistemas de evaluación de la reputación de los usuarios de bitcoin.

Bitcoin no es moneda de curso legal: no depende de ninguna jurisdicción soberana ni se impone su uso o aceptación a nadie. Los bitcoins no son deuda definida en términos de otras entidades: no están respaldados por ningún activo, no dan derecho a exigir nada, no son pasivos de nadie; en este aspecto son como el oro (cuando se le permitía ser dinero), y no como los billetes o depósitos bancarios.

Bitcoin no tiene ninguna autoridad central monopolista productora, reguladora, controladora o supervisora en la cual los agentes deban confiar y de la cual dependan para su buen funcionamiento, lo que no es ningún fallo sino una virtud. No hay ningún riesgo de contrapartida en este sentido: no hay ningún banco central que tome medidas discrecionales sobre la cantidad de dinero, ni tampoco intermediarios como bancos que gestionan cuentas de clientes, o almacenes o transportistas de dinero, que pueden tener averías, cometer fraude, ser robados, o sus cuentas y fondos bloqueados o confiscados por el gobierno. Su estructura en red de iguales, sin puntos de fallo único cuyo mal funcionamiento dañe a todo el sistema, y sus procesos de modificación y verificación mediante consenso distribuido (por mayoría de capacidad de cómputo), lo hacen muy robusto ante fallos técnicos y de confianza.

La relación entre bitcoin y la privacidad financiera es compleja y problemática. El anonimato es potencial pero no está garantizado. El historial de todas las transacciones queda guardado permanentemente en el registro de datos y es accesible de forma pública. El sistema es anónimo porque el usuario no necesita proporcionar ningún tipo de información personal: su clave pública es una larga cadena alfanumérica (con letras y números); pero el anonimato puede perderse si esta información se divulga de algún modo (intencionalmente, como al ligarlo a una cuenta bancaria o a algún pago concreto, o por algún descuido), o mediante análisis estadísticos de la estructura y las operaciones de la red.

El hecho de que los bitcoins sean abstracciones inmateriales no hace que su valor fundamental sea nulo: que no tengan valor de uso es poco relevante si se trata de una institución sólida. Los bitcoins son valiosos y su precio no es cero porque son útiles y escasos aunque sean virtuales: otros objetos en mundos virtuales o juegos de rol en Internet también tienen precio positivo. Su comunidad de usuarios tiene un núcleo original probablemente muy fiel y comprometido, constituido por activistas tecnófilos expertos, usuarios de informática interesados en códigos abiertos y redes entre iguales, y liberales opuestos a la coacción estatal. Conforme su número de usuarios crezca bitcoin será progresivamente más valioso.

La presunción de un financiero. La arrogancia intelectual de Nassim Taleb

Todos los años, la revista mainstream The Economist publica una interesante edición analizando el año que entra. Cubre temas de la actualidad de muchos rincones del mundo, desde las economías más grandes a las más pequeñas, pasando por la política y la cultura, tocando la ciencia y tecnología. Asimismo, se efectúan análisis de empresas y sectores y abordan cuestiones financieras. Este número especial se mantiene a la venta durante varios meses, por lo que puede entenderse como un gran logro empresarial.

Desde una perspectiva de negocio, la revista es un éxito, introduciéndose en los nuevos medios de comunicación y cosechando beneficios como ninguna otra editorial tradicional. Desafortunadamente, el conocimiento de mercado que tan bien domina en sus prácticas empresariales es ignorado completamente en la gran mayoría de sus escritos. La edición actual, titulada The World in 2013, no es diferente. Las palabras del financiero Nassim N. Taleb que encontramos en sus páginas no deben pasar desapercibidas.

En libros y artículos anteriores, los ataques del Sr. Taleb a la Economía Matemática han sido duros y muy atinados (1), y así es como comienza su artículo en The Economist. Por desgracia, este buen arranque rápidamente se desvanece al venir seguido de soluciones normativas que entiende que deberían imponerse en el mercado financiero y en sus participantes. No afirma de manera tajante que el Gobierno deba imponer dichas normas, pero, una vez que opta por el empleo de términos como “to oblige (obligar)”, “Let’s ban (prohibamos)” o “should force (debería obligar)”, la mano coercitiva del Estado se convierte en la única alternativa.

Antes de dar cuenta de sus propuestas normativas, argumenta que éstas son prácticas y sólidas, y que las está seleccionando porque son a la vez sencillas y muy eficaces. Parece que el Sr. Taleb ahí se dejó llevar por la misma Pretensión del Conocimiento (2) que afecta a los financieros matemáticos que con tanta frecuencia son el foco de sus críticas.

En su propuesta inicial, escribe: “A una empresa que sea candidata a un rescate financiero por parte del gobierno no debería permitírsele pagar a sus empleados más de lo que gana un empleado público equivalente”. Está claro que esto no es algo práctico, sin complicaciones ni tampoco eficaz. ¿Quién haría la clasificación de las empresas que sean candidatas a los rescates? ¿Los Bancos Centrales? ¿Las agencias antimonopolio? ¿Cómo sería esta calificación? ¿Cómo se elegiría a los funcionarios públicos equivalentes?

En primer lugar, una solución simple, práctica, sencilla y muy eficaz sería no rescatar a nadie y a ninguna empresa. Esa es la única manera de que el dinero de los contribuyentes no sea utilizado en beneficio de burócratas y altos ejecutivos receptores de bonus, pero esa no parece ser una alternativa para el Sr. Taleb.

La expectativa de los rescates crea riesgos morales (moral hazards) que ningún conjunto de regulaciones futuras puede deshacer. No importa cuán estrictas y restrictivas sean las nuevas normas coactivas, al final, jamás serán tan eficientes como los controles naturales del mercado en una sociedad libre. Proveedores, acreedores, clientes, empleados y cualquier otra parte con intereses en la empresa realizarán sus evaluaciones de riesgo, condicionados por la ilusoria vía de escape que les ofrece la garantía de un rescate. Estructuras de incentivos que normalmente conducirían a que las partes interesadas no percibieran seguridad suficiente darán una falsa sensación de certeza que en realidad no existe.

Los empleados que buscan estabilidad laboral a largo plazo no se preocuparán por los riesgos asumidos por la empresa; al final, si la empresa quiebra, saben que siempre podrán contar con el Estado para que salve la compañía y sus puestos de trabajo. Los proveedores, al igual que los empleados, no van a tener la diligencia debida y se embarcarán con demasiada calma en arriesgados acuerdos comerciales que normalmente no establecerían. Los clientes, acreedores y cualquier otra parte involucrada en la firma también verán cómo sus elecciones se distorsionan por una visión turbia de la realidad y por las falsas garantías que surgen por la posible llegada de rescates. Por lo tanto, si los incentivos son ya terribles y desastrosos en una realidad sin listas oficiales de candidatos potenciales a ningún rescate, podemos esperar un aumento exponencial del riesgo moral habiendo una lista oficial pululando por ahí.

Le doy la razón al Sr. Taleb en que es escandaloso, ridículo y simplemente un error que los ejecutivos de las empresas que actualmente son propiedad del Estado ganen cuantiosas bonificaciones a costa de los contribuyentes norteamericanos. Pero sería aún peor ir tan lejos como pretende: tomar la decisión de crear de una lista de empresas candidatas a rescates y privarles de pagar a sus empleados de la forma que quieran.

Como resultado de dicha norma, todo se complica: el riesgo moral ya infligido al mercado por la existencia de los rescates aumenta considerablemente, se les da un enorme poder a los burócratas a cargo de las listas y se pone en jaque la libertad sin contemplaciones. En lugar de presentar una solución altamente eficaz, Nassim Nicholas Taleb propone algo muy destructivo.

La segunda de sus recomendaciones es la que más daño hace a la libertad individual. Quiere “obligar a quienes empiezan a ejercer como cargos públicos a comprometerse a no ganar nunca posteriormente en el sector privado más de una cuantía determinada; la diferencia debería ir a los contribuyentes”, y dice que esto “asegurará sinceridad en el servicio público, donde los empleados están supuestamente mal pagados porque existe una recompensa emocional por servir a la sociedad”. Leyendo estas líneas, uno podría tener la impresión de estar leyendo el manifiesto de un déspota. Para alguien que reconoce los límites de la econometría, no imponerse límites en su propia capacidad de decir cómo debe vivir la gente parece contradictorio.

¿No puede ver que con esa medida está básicamente dificultando que la gente abandone sus puestos de trabajo, o al menos a sus empleadores? ¿No puede ver que está yendo contra la libertad de los individuos de manera fuerte y voraz? ¿Cómo puede pensar que él tiene algún derecho a fijar un tope a los ingresos provenientes de los esfuerzos de otra persona?

Esta atroz recomendación no sólo destruye la libertad personal, sino que también es muy complicada de aplicar y resulta extremadamente ineficiente. ¿Quién estaría a cargo de vigilar e imponer esa regulación? ¿Cuánta gente tendría que estar trabajando para el gobierno en esta función? ¿Qué sectores e industrias serían vetados? ¿Qué pasa si un ex funcionario decide poner en marcha una empresa; esto sería legal? ¿Cualquier cargo público estaría sujeto a tales normas?

Con una regla práctica, sólida, sencilla y muy eficaz (según sus propias palabras), el Sr. Taleb aniquila la libertad, decide (por todos nosotros) que trabajar para el gobierno es moralmente superior a trabajar en el mercado libre, establece rígidas clases sociales y sienta las bases de un gobierno aún más grande y creciente.

Comparto las preocupaciones del Sr. Taleb con respecto a la estrecha relación entre las grandes empresas de los sectores altamente regulados y las agencias reguladoras en sí. Los ejecutivos están siempre cambiando de bando, ya sea en el sector financiero, en el sector de la salud, en el sector energético o en cualquier otro mercado que soporte una gran carga regulatoria. Esto sucede mucho: pasan de las agencias a las industrias o de las industrias a las agencias. Sí, es triste, y crea un buen número de problemas para la economía, pero el problema no es que algunos individuos jueguen de esa manera. El problema es que las agencias reguladoras existen y obligan a la gente a actuar de esa manera. Contrariamente al argumento de que esos organismos están ahí para fomentar la competencia y evitar el abuso contra los consumidores, las agencias reguladoras existen para ayudar a las grandes empresas a mantener su posición en el mercado, a luchar contra la futura competencia y a dificultar la aparición de nuevos participantes en el mercado (3).

Por lo tanto, la única solución aquí no es la propuesta por el Sr. Taleb, quien básicamente pretende hacer frente a los problemas de la regulación con más regulación, sino reducir y, en última instancia, poner fin a las agencias reguladoras.

El Sr. Taleb sigue atentando contra las libertades individuales con su tercera sugerencia. Pretende decir a los agentes cómo deben regir su negocio, y una vez más se equivoca. “Deberíamos obligar a los gestores de empresas a comerse parte de las pérdidas”, es su obvia solución para poner fin en el Problema del agente-principal.

Resumiendo, su punto de vista es que los gestores que tienen su patrimonio en juego son menos propensos a emprender estrategias arriesgadas, puesto que sus beneficios y pérdidas están en sintonía con los de los inversores. Sí, esto tiene sentido a primera vista y, hasta cierto punto, esto sucede también en el mercado (los gestores tienen su capital en juego en la compañía). Aunque parezca increíble, nos encontramos con muchos más gestores de fondos de inversiones libres (industria menos regulada) que hacen de esto una parte integral de su estrategia de venta a inversores potenciales que con bancos llevándolo a cabo (industria más regulada). Una vez más, el Sr. Taleb toma el camino equivocado, no al identificar el problema, sino en su intento de imponer regulaciones ridículas que no son ni prácticas ni sencillas.

Mientras ignora las diferencias fundamentales entre inversores y gestores (4), cierra los ojos ante muchos de los posibles resultados de su perversa recomendación. Dicha imposición puede excluir la posibilidad de que alguien tenga activos y gestione patrimonio algún día o, en el mejor de los casos, hacer que sea mucho más difícil. A muchos individuos capaces simplemente se les desplazaría del mercado, sin posibilidad de trabajar en determinadas funciones, condenados a operar al margen de la ley o en campos que no se ajustan a sus capacidades. ¿Y el impacto en el número de fondos de inversión, en la calidad de los productos y en la diversidad de estrategias que existen en el mercado? ¿En algún momento se le pasó esto por la cabeza? Me pregunto cómo el Sr. Taleb se ocupará de las consecuencias no deseadas que se derivan de sus recomendaciones. ¿Más regulación?

Sin duda, el problema del agente-principal existe, pero, en lugar de intentar poner fin a éste a través de la reglamentación que propone, sería mucho más fácil tratar de entender por qué surge generalmente en grupos de empresas de sectores demasiado regulados. Tal vez sería más inteligente, menos complicado y más eficaz eliminar las regulaciones (5) que se llevan por delante aquellos controles naturales del mercado que deberían actuar para atenuar estos conflictos de intereses.

Por último, el Sr. Taleb critica con dureza el Value-at-Risk (VaR). En cuanto a sus argumentos técnicos, tengo que estar de acuerdo con lo inadecuado de esta herramienta de gestión de riesgos (6). Sin embargo, de ahí a suscribir su idea de prohibirla, hay una brecha enorme. Una vez más, dejemos que las empresas, sus directivos y sus emprendedores decidan qué métodos desean emplear en sus negocios. Si optan por adoptar una gran herramienta, el mercado libre les recompensará. Si eligen las malas (como el VaR, en nuestra compartida opinión), las fuerzas del mercado les harán fracasar y caer en el olvido.

El culpable de la utilización generalizada y sin frenos del VaR no es el mercado libre, sino las regulaciones y agencias gubernamentales que obligan a su empleo. Los Acuerdos de Basilea, los Bancos Centrales y otras agencias reguladoras exigen o hacen campaña para fomentar su uso. Deshagámonos de esas reglas draconianas, y nos desharemos de muchas herramientas malas. Deshagámonos de las regulaciones, y los incentivos perversos del riesgo moral pronto se desvanecerán. Deshagámonos de imposiciones gubernamentales, y los controles naturales del mercado serán restaurados. ¡Es así de simple!

El Sr. Taleb ha identificado correctamente algunos problemas que nos podemos encontrar ahí afuera, pero no ha podido darse cuenta de que son consecuencia de una excesiva regulación, y no deficiencias del mercado libre. Él falla al interpretar qué causó estos problemas, y yerra otra vez cuando no ve las ramificaciones de sus muy peligrosas sugerencias. Estas cuatro reglas prácticas, sólidas, sencillas y muy eficaces que, según dice, deben ser impuestas sobre todos nosotros coercitivamente no tendrían la capacidad de resolver ningún problema, pero sí tendrían el poder de hacer al gobierno más grande y más poderoso, restringir la acción humana, privar a los individuos de libertad y anular la función empresarial.

Si al menos uno de los problemas señalados por el Sr. Taleb se dejara en manos del libre mercado para que éste lo solucione, entonces 2013 será un gran año. Si alguna de sus ideas es impuesta de arriba hacia abajo, como él sugiere, entonces 2013 será un año pésimo. 


Notas:

1) Sheehan, James, “Fools Put Faith in Data Alone” http://mises.org/daily/2056;

2) “The Pretense of Knowledge” es el discurso dado por F.A. Hayek en la aceptación de su Premio Nobel de Economía http://mises.org/daily/3229;

3) Sugerencia de lecturas acerca de los efectos de las regulaciones y de las agencias reguladoras: Rockwell, Llewllyn, “Regulatory-Industrial Complex” http://mises.org/daily/5930/RegulatoryIndustrial-Complex; and Armentano, Dominck, Antitrust. The Case for Repeal:http://mises.org/document/6061/;

4) Inversores son los que asumen el riesgo y la incertidumbre del proceso de producción utilizando sus ahorros para avanzar el pago de salarios a los trabajadores -gestores incluidos – por servicios que no producen resultados hasta el futuro. En cierto sentido, los inversores, cambian bienes presentes (los salarios en este caso) por bienes futuros (el producto marginal del trabajador añadido al proceso de producción. Lecturas recomendadas que ofrecen una explicación más profunda sobre el tema son: Mises, Ludwig, La Acción Humana (capítulos 21 y 22) http://mises.org/Books/humanaction.pdf; y Rothbard, Murray, Man, Economy and State (capítulos 6 y 7) http://mises.org/Books/mespm.PDF.

5) Tanto el FDIC como la posibilidad de Rescates son buenos ejemplos de intervenciones gubernamentales dañando los controles naturales del mercado;

6- El debate de 1997 entre Philippe Jorion y Nassim Taleb es un buen resumen de los argumentos del Sr. Taleb contra la VaR: www.derivativesstrategy.com/magazine/archive/1997/0497fea2.asp. Las críticas de Murray Rothbard contra la economía matemática también se pueden aplicar al VaR: http://mises.org/daily/3638.  

Mitos sobre el Banco Central Europeo y los incentivos perversos

 “The ECB and the creditor nations cannot and will not save governments that are unwilling or unable to save themselves”. RBS

Semana de riesgo europeo renovado, tras Chipre y el Banco Central Europeo. Los riesgos sistémicos siempre se infravaloran. Ya se ven en Eslovenia, con una banca con tasa de mora del 20%. Si el país sigue en recesión y los mercados continúan débiles, necesitaría entre 9.000 y 13.000 millones de euros entre 2013 y 2015 (un 25-38% de su PIB, según JP Morgan). Si se hace un rescate similar al de Chipre, supondrá un impacto en los bancos europeos de casi 15.000 millones. Austria, Italia, Francia y Alemania serían los más afectados.

Por ello, Draghi tiene que guardar cartuchos y no se puede entregar a la máquina de imprimir aún más de lo que lo ha hecho. En el barco europeo salen agujeros por todos lados. No se puede achicar y decir al capitán que navegue a mayores profundidades a la vez.

Mario Draghi comentaba el jueves que “la política del BCE seguirá siendo acomodaticia mientras sea necesario” pero que no puede “sustituir la inacción de los gobiernos ni a bancos infracapitalizados”. ¡Qué malvado! Pues bien, los mitos más absurdos sobre el Banco Central Europeo son:

1- El Banco Central Europeo no imprime y no apoya como la Fed. El balance de la Fed es de 3,2 trillones (americanos), el del BCE es de 3,5 trillones. El BCE ha aumentado su balance en un trillón y medio de dólares en cuatro años, incluyendo 218.000 millones de compras de bonos (SMP).

 

El grafico de BNP sobre “cómo crea el BCE más dinero que la Fed a escondidas” (Bigger than QE) es extremadamente revelador, y nos muestra como los principales beneficiarios de esa política han sido Italia y España.

 

2- El Banco Central Europeo no aumenta la masa monetaria. Como comentábamos hace poco, la masa monetaria (M3) ha alcanzado máximos (9,7 trillones en enero 2013 comparado con una media de 0,33 trillones 1980-2012). Casi todo ese aumento de la masa monetaria se ha ido a una partida Credit to General GovernmentComo decían RBS y BNP, el Banco Central Europeo ha sido tan agresivo como la Fed, solo que silencioso. Y el dinero se ha quedado entre estados hipertrofiados y bancos que tienen que comprar deuda soberana. Generosidad “para permitir que ustedes ahorren”. Se me saltan las lágrimas. 

 

2- Alemania impide que España crezca porque no permite que fluya el dinero. Ya hemos visto que el dinero fluye, pero se queda en casa del Estado y los bancos. Ya hemos visto que liquidez hay, pero se usa para comprar deuda soberana. Ya hemos visto que dinero se crea, pero el coste de pedirlo prestado para empresas y familiares se ha disparado. Luego dicen que “no hay demanda”. Me parto.

Ese problema de transmisión de liquidez a la economía es culpa de los estados miembros que la administran, no de Alemania, o del Bundesbank, que tiene dos tercios de su balance expuesto al BCE, por lo cual poco interés tiene en que vaya mal la cosa… Pero tampoco van a mantener una situación insostenible sin reformas. Recordemos las palabras de un eurodiputado finlandés: “que yo le haya prestado a un amigo mil euros y se lo gaste en fiestas no significa ni que no me los deba ni que tenga que prestarle mil más”.

Por eso las palabras de Draghi del jueves son tan reveladoras.

Hay que cortar los incentivos perversos de unos países que, en el club donde todos suspenden, juegan a forzar la máquina y esperar a ser sistémicos para que se les recate y continúen sin reformar, tirando de la chequera de los demás. La de unos países, los del Norte que han sufrido ajustes muy duros y cuyo endeudamiento tampoco es bajo. Con deuda/PIB del 90% y sus propios problemas bancarios, redoblar la apuesta “a la española” es suicida.

Partimos de una percepción de Alemania como estado riquísimo nadando en dinero que, no solo es falsa al ver su estructura financiera, sino social.

Alemania, por el lado financiero cuenta con un sector financiero endeudado en unas 45 veces su capital (common equity) y ya no puede tomar más riesgo periférico. Sobre todo porque ya aceptaron nuestra apuesta de “estimulo” con resultados desastrosos tanto para España como para el riesgo europeo.

Por el lado social, no puede permitirse políticas inflacionistas tras décadas de aceptar ajustes de renta disponible, millones de mini-jobs y recortes de salarios por el bien común.

En términos sencillos, la construcción de la nueva Europa no se puede hacer repitiendo los mismos errores de gasto de 2007-2010 ni desde el endeudamiento, porque el efecto dominó del riesgo sistémico hace que los bancos y estados prestadores se queden sin capital ante cualquier problema.

Los estados europeos están llevando una carrera suicida contra sus propios pueblos. La pirámide de deuda y la aceleración de la misma de todos los países no es sostenible y eso lo sabe el BCE y Alemania. Y deberíamos saberlo los de los derechos adquiridos y la patada hacia delante.

Ya lo comentaba en el artículo Al día siguiente del rescate, default interno. Una vez que el 90% de la deuda viva del país esté en manos domésticas, el problema de nuestra imprudencia será solo nuestro. Porque el 97% del fondo de pensiones está invertido en deuda soberana, el 80% de la seguridad social, muchísimas aseguradoras. ¿Quieren copiar a Japón y llegar al 200% de deuda sobre PIB? Asuman el riesgo como los japoneses…

No, nuestros problemas no son culpa de Alemania ni del BCE. Es culpa de cómo se reparte y vertebra esa liquidez. Los incentivos perversos aparecen de nuevo. Cuanta más liquidez, más se agrava el agujero de deuda, más se tarda en llevar a cabo las reformas necesarias… Y ya sabemos, el que parte, reparte y se lleva la mejor parte.

Por supuesto, los bancos centrales no quiebran. Imprimamos. Solo que el balance del BCE lo paga usted con impuestos, inflación… y más recortes cuando, como en Reino Unido tras la locura de Gordon Brown, como en España tras los planes contracíclicos, se agranda el agujero.

Es precisamente la burbuja de gasto estatal y los planes contracíclicos, financiando al Estado de manera privilegiada e incentivando “inversiones” en sectores de baja productividad extremadamente caras, los que explican gran parte del diferencial de la periferia con respecto a los países del Norte.

 

La barra libre de dinero no soluciona problemas de modelos caros y de baja productividad.

Mantenemos el mito de que el dinero fácil y el Banco Central Europeo es la solución a todo. Debe ser porque después de poner 44.000 millones en comprar bonos del estado y 230.000 millones para sostener a nuestro sistema financiero nos parece poco.

El jueves asistí a la presentación Spain, a land of opportunities del consejo Empresarial para la Competitividad. Tiene sus voluntarismos y predicciones optimistas, pero es una excelente iniciativa. Ese documento muestra tres realidades:

1- Que los sectores de alta productividad han crecido y se han desarrollado durante la crisis de manera ejemplar sin casi crédito adicional.

2- Que a pesar de un euro “fuerte” exportamos más.

3- Que el error más grave de la crisis española fue redoblar la apuesta burbujera con políticas “contracíclicas”, que han agrandado el agujero y reprimido a los sectores sanos con subidas de impuestos, y que el crédito lo acaparan las administraciones públicas.

Sin embargo, aun oigo cosas como “el hecho de que las políticas contracíclicas no hayan funcionado en el pasado no invalida que se deban volver a aplicar”. No, claro. Ya subiremos los impuestos. En un país que multiplicó por dos su deuda pública para generar cero puestos de trabajo, unas infraestructuras inútiles que cuestan cientos de millones en mantenimiento anual y un déficit que hoy es imposible de contener. Repetir.

También en España se repite que el coste de financiar a empresas mejoraría si nos inundaran de liquidez. ¿Más? Curioso, porque el diferencial medio al que se financian las empresas ha subido de 300 puntos hasta 550 puntos básicos precisamente durante la barra libre de liquidez del BCE. Un problema de fallo en transmisión de liquidez Estado-banca-empresa no se soluciona ni con otro banco ni con más liquidez. Se soluciona con mercado libre y financiación privada. La ilusión monetaria nos lleva a pensar que echando agua al vaso de leche tendremos más leche.

El mito de que hay que gastar cuando hay contracción y que el ahorro ocurre cuando crecemos no funciona cuando hemos traspasado el umbral de saturación de deuda, y en mucho.

Además, oh sorpresa, cuando crecemos el estado tampoco ahorra. Gasta más. Como les mostraba en mi artículo ¿Y si Alemania nos cierra el grifo?, dicho proceso lleva a repetir los incentivos perversos, que no solo retrasan la recuperación, sino que nos hace aún más arriesgados como inversión, porque luego suben los impuestos.

Si quieren imitar a Japón o EEUU, no se consigue imprimiendo. Se consigue haciendo Apples y Mitsubishis, no ciudades fantasma y aeropuertos.

Podemos salir de la crisis desapalancándonos. Pero será desde la financiación privada, atrayendo capital, dejando a las Pymes crecer, cortando gasto político y reconstruyendo la clase media aumentando su renta disponible. Reduciendo el peso del Estado sin hundir servicios esenciales, que permite bajar impuestos y reactivar el consumo. Buen fin de semana.

Chipre es el modelo

Tras años de irresponsabilidad y graves equivocaciones, las autoridades comunitarias parecen al fin enmendar el despropósito que se esconde bajo lemas tales como "demasiado grande para caer" (too big to fail) o "no había más remedio", frases manidas que, a modo de excusa, han empleado políticos de todos los colores y países para defender el rescate de la banca con el dinero de los contribuyentes, como si otra opción no fuera posible.

Hasta ahora, Europa se ha enfrentado a la crisis financiera socializando las pérdidas de bancos y cajas entre toda la población mediante los injustos, inmorales y contraproducentes rescates públicos (bail-out). Sin embargo, dado el monumental fiasco que está causando esta práctica en las finanzas de los estados afectados, el Eurogrupo y la propia Comisión Europea pretenden imprimir un giro radical a esta estrategia, permitiendo que los futuros saneamientos financieros se efectúen a través de rescates privados (bail-in). Este método, en el que los acreedores –no los contribuyentes– son los encargados de recapitalizar la entidad quebrada mediante la conversión de deuda en acciones, fue aplicado en Dinamarca en 2011 y, más recientemente, en España y enChipre.

La novedad en el caso de Chipre radica en que, por primera vez en la historia del euro, los tenedores de deuda sénior y los depositantes no garantizados (con cuentas de más de 100.000 euros) han sufrido quitas, lo que ha evitado que los contribuyentes europeos, incluidos los españoles, pierdan dinero a pesar de no tener responsabilidad alguna en la insolvencia de los grandes bancos chipriotas. Lo mejor de todo, si cabe, es que Bruselas no concibe dicho rescate privado como un caso único y excepcional, sino que está dispuesto a emplearlo como referente. El presidente del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem, no lo pudo decir más claro:

Si hay algún riesgo para un banco, nuestra primera pregunta debería ser: OK, ¿qué van a hacer al respecto los que están en el banco? ¿Qué pueden hacer para recapitalizarse? Si el banco no puede hacerlo, entonces hablaremos con los accionistas y los tenedores de bonos y les pediremos que contribuyan para recapitalizar la entidad; y, de ser necesario, se lo pediremos a los depositantes de fondos no asegurados.

La idea, por tanto, consiste en descargar la factura de los rescates bancarios de los hombros del sufrido contribuyente para trasladarla a sus auténticos y únicos responsables, los accionistas y acreedores de las entidades en problemas, según el orden de prelación establecido, tal y como acontece con el resto de sociedades mercantiles cuando se inicia un concurso de acreedores. Si se hubiera apostado por la conversión de deuda en acciones desde el estallido de la crisis financiera, las arcas públicas europeas se habrían ahorrado cerca de 1,4 billones de euros entre recapitalizaciones directas y compra de activos tóxicos, con lo que la colosal crisis de deuda que registra hoy la Zona Euro sería mucho menor. De hecho, la aplicación del bail-in habría evitado la caída de Lehman Brothers e incluso la necesidad de que España pidiera dinero a la UE para salvar a las cajas nacionalizadas.

Muchos dirán que aplicar quitas a los depósitos es un robo. Sin embargo, quienes argumentan de tal modo desconocen cómo funciona el sistema financiero contemporáneo, ya que no comprenden que los depósitos –y las cuentas corrientes– son, en realidad, una deuda del banco, lo cual convierte al depositante en un acreedor de facto de la entidad. Esto no significa que todos los depósitos estén en riesgo a partir de ahora, ni mucho menos, ni que el bail-in parcial y arbitrario que está aplicando la troika sea la fórmula idónea, sino que el rescate privado, correctamente entendido, es la solución justa y moral a la crisis financiera porque privatiza las pérdidas. No en vano el capitalismo consiste, precisamente, en la privatización de pérdidas y ganancias, no en la socialización de ambas. De hecho, el bail-in implica despojar a la banca de uno de sus numerosos privilegios estatales, el del rescate indiscriminado con dinero público. Si a esto se añadiera, además, el cambio del actual modelo por un sistema financiero y monetario completamente libres, los graves problemas estructurales que presenta la banca desde hace décadas y los recurrentes ciclos económicos de auge y depresión empezarían a formar parte del pasado.