Juan Fernando López Aguilar, eurodiputado del PSOE, dijo en una entrevista concedida a este diario que la crisis actual «no es consecuencia de ningún accidente ni de ningún error de cálculo bienintencionado, sino de una política miserablemente antisocial». Estoy totalmente de acuerdo con estas palabras del señor López Aguilar, pues es cierto que la terrible crisis que vivimos no ha sido por un error de cálculo, sino por un problema de imposibilidad de cálculo, que sucede en los antisociales sistemas socialistas, como demostró Ludwig von Mises en 1920.
Mises explicó que en las economías socialistas planificadas centralmente, donde no existe la propiedad privada, la libertad empresarial y los precios de libre mercado, es imposible realizar el cálculo económico y están abocadas al fracaso. El origen de la crisis estuvo en uno de los mercados más intervenidos del mundo, el mercado financiero. Frente a lo que algunos creen, el sistema financiero actual nada tiene que ver con las sociedades libres o capitalistas, sino que está totalmente planificado a través de los bancos centrales.
Son estos los que tienen el monopolio del dinero y los que decidieron expandir y abaratar el crédito, creando así una burbuja financiera que distorsionó totalmente nuestras economías, como explica el economista Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana, en su libro «Una alternativa liberal para salir de la crisis». Esta burbuja de crédito barato fue la que inundó nuestra economía de dinero y la que hizo que casi todo el sector privado se lanzara a invertir y consumir endeudándose, lo que originó una burbuja productiva que hizo crecer falsamente la economía de nuestro país.
Este falso crecimiento inundó de dinero las arcas públicas, que entre 2001 y 2007 consiguieron incrementar sus ingresos en 175.000 millones de euros, y creó la burbuja pública al incrementar el gasto en 150.000 millones de euros, como hizo el Gobierno de España al que perteneció el señor López Aguilar. La burbuja financiera y la productiva han sido pinchadas, pues ya no se regalan créditos, los precios se están ajustando y la deuda privada se reduce a pasos agigantados. Sin embargo, la pública, la originada por políticos irresponsables como los que gobiernan en nuestras Islas, que se empeñan en mantener abiertas innecesarias empresas públicas que despilfarran cantidades ingentes de dinero, como Radiotelevisión Canaria, Visocan o Gesplan, entre otras, no sólo no se ha pinchado, sino que se quiere mantener a base de exprimir a impuestos a los ciudadanos.
Sin duda, esta política es «miserablemente antisocial», pues nada tiene que ver con la cooperación social que surge en las sociedades libres. Por ello, debe ser «combatida por otra política que prime el crecimiento y la creación de empleo», como aseguró en su entrevista Juan Fernando López Aguilar. Esa política no es otra que la de pinchar la burbuja pública reduciendo el gasto e incrementar la libertad de los canarios, bajando los impuestos y liberalizando los mercados para así reactivar nuestra maltrecha economía y crear empleo.
La semana pasada se ha dado una circunstancia novedosa en mi entorno económico. De entre todos los economistas que leo, a los que sigo, de los que aprendo, se han configurado "alianzas" inesperadas. José Carlos Díez y Juan Ramón Rallo, polos opuestos habitualmente, se han unido en su interpretación de los datos de nuestra economía y Daniel Lacalle se ha quedado solo con su pequeña esperanza.
No es lo mismo "de ninguna manera" que "tal vez"
Comentando en las redes sociales ambas perspectivas, Juan Carlos Urbano, siguiendo a Juan Ramón Rallo, apuntaba que, realmente, no hemos salido de la zona de riesgo porque no sabemos cuál va a ser el modelo económico de aquí a veinte años y que estamos lejos de completar las reformas necesarias para que aflore esa vía espontáneamente.
Es cierto. No solamente no hemos terminado, es que no hemos empezado algunas de las reformas necesarias, otras están, simplemente indicadas, como las operaciones matemáticas, otras a medio hacer y otras que no se llevarán a cabo del todo jamás. Todo eso es verdad.
Pero lo que leo entre líneas a alguien tan poco sospechoso de triunfalismo como Lacalle es que ya no estamos en la terrible zona de "de ninguna manera" salimos de ésta, sino que nos encontramos en un "tal vez" salgamos. Y, para mí, y para muchos españoles esa diferencia es importante.
Entiendo y comparto el miedo de Juan Ramón Rallo, amigo, vecino de columna en este periódico y director del Instituto Juan de Mariana. Es un miedo que muchos economistas tenemos… ¡incluido José Carlos Díez, aunque no siempre! Nos aterra el triunfalismo autocomplaciente, o broteverdismo, como ha bautizado Juan Ramón a ese mal.
La razón es que engancha y te traslada al peor de los escenarios, el mismo de siempre, el descuido del déficit y la negativa a persistir con unas reformas que más que necesarias son vitales.
Nadie, ni un planificador estatal, es capaz de saber por dónde va a caminar nuestra economía en veinte años. Sólo podemos poner los medios para que aflore la diversidad y los mercados se encarguen de filtrar qué sector es rentable. Claro que, seamos sensatos, eso es pedir peras al olmo. Para empezar, porque la realidad es que las empresas privilegiadas van a seguir "convenciendo" a los gobiernos para que sigan drenando recursos públicos y dirigiéndolos hacia los sectores que convengan. Y lo harán con la bendición de los ciudadanos, que apoyarán los 15-M en la Puerta del Sol de Madrid y seguirán votando privilegios.
El daño de la palabra manida
Lo cierto es que los dos gobiernos que han manejado la máquina estatal desde que empezó la crisis, el de Zapatero y el de Rajoy, han proclamado, siempre a bombo y platillo, diversas recuperaciones, salidas de la crisis, brotes verdes, fenómenos astronómicos, segundas y terceras venidas de Cristo y todo tipo de anunciaciones al más puro estilo "que viene el lobo" pero a la inversa.
El problema de esas salidas del túnel que nunca llegan y que son anunciadas periódicamente, por razones que tendrán su lógica pero no veo, es que la gente acaba invadida por el virus de la incredulidad, antesala de la apatía. Y eso sí que es más difícil de quitar que una mancha de tinta. A un pueblo azotado por la tasa más alta de paro de toda Europa desde hace años, con una destrucción empresarial sufrida desde que empezó la crisis enorme, y sin mucha esperanza, no puedes decirle "relájate que esto no duele" y endiñarle una subida de impuestos, o "ya se ha acabado lo empinado, de aquí en adelante ya todo cuesta abajo" si no es verdad. Eso es jugar con la gente. Y hacerlo veinte veces, además, es pensar que es tonta.
Los datos buenos a veces son insuficientes
Que el dato del paro no era malo, es así. Luego podemos ver exactamente la medida, la composición de la población activa, comparar con datos anteriores, y comprobar que no es para tirar cohetes. Pero no es un mal dato.
Que las exportaciones tiran, también es así. Que, a continuación, podemos analizar si se trata de exportaciones a nuevos clientes y nuestros demandantes natos están "enfermos" o estudiar la sostenibilidad de las mismas. Bien. Pero tampoco es un mal dato.
Que el informe de Standard & Poor’s es esperanzador, lo es. Que puede cuestionarse sus intenciones, y si los inversores deben o no hacer caso, o de hecho, van o no a hacer caso. De acuerdo. Pero el informe es positivo.
Y a partir de aquí, pensemos ¿dónde poso mi mirada? A veinte años, todo es irrelevante. A tres años, como me decía Juan Ramón Rallo, no hemos eliminado el riesgo de otro batacazo. Hay una enorme incertidumbre aún, pero ¿podemos asegurar lo contrario? pues tampoco, no podemos decir que no nos vamos a recuperar.
¿Qué significan los datos buenos? Que algo pequeñito se ha hecho bien. Y eso no implica que ya no hay que hacer nada más, ni descuidar el déficit, ni oculta otros datos que no son buenos. Pero reconozcamos al menos eso. Sin cohetes, pero mantengámonos pendientes. No nos vaya a pillar dormidos la esperanza.
¿Por qué se les ha cerrado el grifo a las familias y empresas privadas españolas? ¿Por qué no se les reconoce y se reactiva el crédito? ¿Por qué el crédito no fluye donde más se necesita? Estas son algunas de las preguntas que la sociedad se pregunta desde hace un cierto tiempo con la esperanza de que familias y empresas tengan acceso a financiación. Sin embargo, creo que no se acaban de comprender las razones por las cuales esto no ocurre.
Los tres principales motivos son los siguientes:
1) El Estado acapara el crédito del sistema. El Estado se ha convertido en el mayor prestatario de la sociedad, acaparando el crédito disponible y expulsando de esta manera al sector privado. Un efecto crowding out en toda regla que surge como consecuencia de la imposibilidad del gobierno de cuadrar sus cuentas y caer sistemáticamente en déficit. Lleva 5-6 años de pérdidas constantes y las intenta suplir emitiendo deuda y endeudándose, entre otros, con los bancos. Si las cuentas públicas estuviesen saneadas no competirían con el sector privado por el crédito.
En pocas palabras, el Estado absorbe prácticamente toda la capacidad crediticia del sistema. Por ejemplo, si un banco tiene la opción de financiarse al 1% en la ventana de liquidez del BCE y obtener un 5% comprando deuda soberana del Estado (carry trade), ¿por qué va a prestar a una pyme, con el riesgo que eso supone?
Desde hace unos 5 años la demanda de crédito del Estado ha aumentado exponencialmente. A partir 2009 el crédito concedido a las administraciones públicas ha crecido más de 60%. Sin embargo, las entidades financieras deniegan hasta un 70% de solicitudes de préstamos de empresas. Los préstamos a familias han descendido casi un 12% desde noviembre de 2008 y los préstamos a empresas han sufrido un retroceso del 17% desde abril del 2009.
2) Debe aumentar la solvencia de los demandantes. Veamos. El crédito fluye no por el deseo irrefrenable de la sociedad y de los demandantes del mismo, sino de la solvencia de éstos últimos y la capacidad del prestador. Como hemos señalado, los bancos deniegan hasta un 70% de solicitudes de préstamos a empresas.
El crédito no es un derecho. Lo sentimos. Para que los bancos le reconozcan los créditos al sector privado, éste tendrá que amortizar sus deudas y desapalancarse. ¿Cómo podemos pretender que se otorgue crédito a un prestatario que no paga (o no ha pagado todavía) sus créditos pasados?
En efecto, si se otorgase crédito a un demandante que en realidad no es solvente conseguiríamos el efecto contrario que pretendemos: transferir recursos a unos modelos de negocio que destruyen valor y que, por tanto, acabarán liquidándose aumentando la iliquidez y la insolvencia del todo el sistema.
Lo importante para los bancos no es tanto la cantidad a prestar, sino la capacidad del futuro prestatario de repagar el crédito. Crédito hay, pero para los agentes que demuestren objetivamente que pueden hacer frente a esta carga financiera en el futuro sin problemas. Por eso el crédito fluye hacia el Estado, porque se presume que es el agente con más posibilidades de devolver los préstamos. De momento…
Es indispensable que exista crecimiento empresarial, es decir, que comiencen a diseñarse planes de negocios viables, sostenibles y rentables. El Estado debería ayudar este proceso dejando de comerse el ahorro del sector privado, bajando impuestos y bajando el gasto público.
3) Las ayudas a la banca no llegarán al sector privado. A no ser que la solvencia del deudor sea excelente, las entidades financieras tienden a no soltar los fondos recibidos. La banca tiene necesidad de reestructurarse financieramente, recapitalizarse y asegurar su liquidez.
Además hay que recordar que Basilea III ha aumentado los requisitos de core capital desde un 2% a un 7% (core capital más buffers de conservación de capital y contracíclico). Lo que ha provocado que se disminuyan los activos ponderados de riesgo para alcanzarlo. Por tanto, se trata de reducir las actividades que consumen más capital (préstamos a pymes tienen una ponderación del 100%) y sustituirlas por actividades menos costosas en términos de ROE (invertir en el bund alemán no consume capital). Esta es una de las razones por la que los rescates no han logrado (ni lograrán) que el crédito fluya a raudales hacia el sector privado.
Leo en un diario local, sin ningún tipo de sorpresa, que el «Drago», una moneda de ámbito local y virtual creada hace unos meses en La Palma con el ilusorio fin de dinamizar la economía y reactivar el comercio, ha fracasado.
El dinero es un bien económico más, con la diferencia de que cumple tres funciones: medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta.
Por ello, a lo largo de la historia, los bienes económicos que se han convertido en moneda, es decir, que la sociedad, a través del mercado, ha aceptado como moneda y ningún gobierno ha impuesto, han cumplido las siguientes características: poseer un valor económico antes de convertirse en moneda, ser homogéneos y fácilmente divisibles en partes iguales, no estropearse con el paso del tiempo para permitir el atesoramiento, ser transportables, difícilmente falsificables y tener una escasez relativa controlada, para evitar lo que hacen hoy los gobiernos: inundar el mercado de billetes y de esta forma empobrecer a los ciudadanos.
Por todo ello, el oro y la plata han sido los bienes económicos que se han convertido en dinero por excelencia. El primero incluso llegó a ser el patrón o contravalor principal hasta que los gobiernos decidieron eliminarlo para poder controlar mejor a la sociedad manejando su moneda a su antojo.
Bitcoin, un sistema informático monetario y de pagos abierto, descentralizado y protegido por técnicas de criptografía, está al comienzo de un largo proceso para convertirse en dinero.
Las razones de su incipiente éxito son que cualquiera puede entrar en el sistema, ver cómo funciona, comprobar que no es una estafa, que es infalsificable y que no existe ningún emisor central de dinero, pues las unidades monetarias se crean a velocidad decreciente por cualquier individuo mediante complejísimos algoritmos matemáticos, hasta alcanzar 21 millones de unidades que, a su vez, son divisibles en 100 millones.
¿Por qué el «Drago» no ha sido aceptado por la sociedad palmera; el oro y la plata sí lo fueron en el pasado; y los «bitcoins» están empezando a serlo? Es sencillo, el «Drago» no cumple algunas de las características que son fundamentales para convertirse en dinero y que el oro, la plata y los bitcoins sí tienen.
Los dragos son fácilmente falsificables por cualquier «hacker» informático y no tienen escasez relativa, pues aparentemente su creador puede ir multiplicando la moneda sin ningún tipo de límites, al contrario de lo que ocurre con el oro, la plata y los bitcoins. Además, es un sistema centralizado y cerrado que hace que la sociedad desconfíe del mismo.
Por último, curioso a la vez que sospechoso, es que para crear dos dragos hubiera que pagar un euro con la justificación de gastos y mantenimiento del sistema.
Con semejantes circunstancias y características, la noticia no es que el «Drago» haya fracasado, sino que haya habido algunos que hayan pagado por recibir apuntes informáticos sin ningún tipo de valor, infinitamente multiplicables y falsificables.
"Stimulus is a case of political patronage, corporate welfare and cronyism at their worst" – Paul Ryan
Existe un consenso –miedo me da la palabra- en el mercado de que la situación en Europa, tras los datos de Alemania y Portugal, llevará al Gobierno alemán y al Banco Central Europeo (BCE) a claudicar y aceptar nuevos estímulos. ¿Por qué?
Los pedidos industriales en Alemania han caído un 1,3% en el mes de mayo. A muchos les lleva a pensar que si a los alemanes no les va bien, nos van a abrir la chequera a nosotros. Yo lo dudo. Como decía el consejero delegado (CEO) de una de las mayores empresas alemanas en Kent hace unos días "la mejor manera de crecer es competir por méritos propios, no por intervención".
Las primas de riesgo suben y el bono portugués a diez años se dispara al 7%. ¡Viva! ¡Así relajamos nuestros ajustes!
Este es el resultado atroz de la política económica LOGSE de la Unión Europea, donde ver suspender a uno nos hace suponer que nos van a aprobar a todos. Y sinceramente, creo que se equivocan. Los que apuestan a forzar la máquina, incumplir e intentar aprovecharse de una relajación generalizada verán que no sirve. Los ajustes son ineludibles cuando hemos agotado y extenuado el sistema crediticio. Esenciales para volver a crecer y desbloquear la economía.
Es curioso, el pobre, Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, y objeto de todo tipo de ataques durante meses, se ha convertido esta semana en un santo a ojos de los que exigen más gasto, cuando dice –como ha dicho siempre, por otro lado- que mantendrá una política acomodaticia… Y que va a bajar tipos. Dado el ‘éxito incuestionable’ de las bajadas anteriores, seguimos cazando unicornios si pensamos que del 0,5% al 0% va a tener algún impacto.
Si hay algo que me parece alucinante de esta época de descontrol crediticio es que se haya convencido a la población de que las políticas de gasto y estimulo son ‘sociales’.
Total, Europa ‘solamente’ dedicó doscientos mil millones de euros –un 1,5% del PIB de la Unión Europea- en políticas de estímulo entre 2008 y 2011, y el BCE aumentó su balance en 1,5 billones de euros, para casi quebrar a varios países, incluido el nuestro, y de paso destruir cuatro millones y medio de puestos de trabajo. Eso después de la mayor expansión crediticia de su historia, entre 2000 y 2011. Ahora piden otro LTRO –inyecciones de liquidez-, pero los dos anteriores ni solucionaron el problema bancario, ni de crédito, ni redujeron el empleo. Más madera.
Muchos de estos errores vienen de glorificar el New Deal de Roosevelt como una solución, a pesar de que estudios de la UCLA y de Rothbard prueban que la política de intervención prolongó la depresión otros siete años (lean aquí). Y también es un error asumir que esta crisis es similar a la Gran Depresión, cuando nuestra época es el resultado de ese mismo gasto y exceso crediticio que hoy nos proponen como solución. No es agua al fuego, es más leña al incendio.
Los estímulos no mejoran la economía, perpetúan los modelos ineficientes, dan más recursos a los que los han malgastado –gobiernos y sectores endeudados- y dejan tras de sí el agujero de endeudamiento que paga usted, sin evitar ajustes posteriores mucho más duros. Efecto placebo. Vean Reino Unido, que acaba de tener que anunciar el despido de 140.000 empleados públicos más a pesar de imprimir, estimular y crear inflación artificial en la economía.
O Estados Unidos, el ejemplo que se supone que todos quieren seguir, pero solo para gastar y endeudarse, por supuesto. Sigue con un desempleo estancado en el 7,6% y la menor participación laboral desde 1979, lo comento en detalle en mi post La verdad sobre el mercado laboral americano. Por supuesto, en lo que no queremos copiar a Estados Unidos es en bajos impuestos a empresas y tipo máximo del 39,6%, en un gasto publico ex-Defensa del 35% del PIB, en dinamismo y liberalización de los sectores económicos y financieros. Solo en su techo de gasto. ¿Y qué les voy a contar del Reino Unido? Lo mismo. Para liberalizar y dinamizar, nada. Para endeudarse, un modelo.
Hay que copiar a los mejores en lo bueno, y superarlos, no imitar a los peores y solidarizarnos con ellos en la LOGSE económica.
Lo bueno del mantra del gasto público es que siempre se justifica con tres frases:
– "Hubiera sido peor"
– "No se ha hecho suficiente"
– "Hay que hacer mucho más"
Repetir. Por supuesto, las consecuencias las paga usted, es lo gracioso de un sistema intervenido. El que gasta mal sale beneficiado sea por falta de responsabilidad final, el Gobierno, o porque se le subvenciona si falla. Todo muy social.
Les han convencido de que el empleo se crea por intervención… olvidando que el empleo viene cuando hay condiciones económicas atractivas para invertir y renta disponible para consumir. El consumo crea empleo, no el Estado. Pero a base de subidas de impuestos y destrucción del entorno inversor, se agranda el problema. Luego se le echa la culpa al mercado y nos quedamos tan tranquilos.
Así dejamos economías exhaustas, ineficientes y sobre-endeudadas como mi queridísimo Portugal, y cuando se lleva a cabo un proceso de moderación del gasto, se nos hace creer que es un desastre. La factura, la pagarán nuestros hijos que nacen, como cada español, debiendo 20.000 euros cada uno. Muy social.
Eso, por supuesto, es por la agobiante ‘austeridad’, que ha llevado a todos los países de la Eurozona a disparar su gasto público al 49%. Austeridad.
Y no nos damos cuenta que esos estímulos han generado más problemas que ventajas. Nos han dejado la factura, en una Europa que se va a deuda sobre PIB del 100%, la ineficiencia, el coste y encima no crean empleo.
Y una vez más Portugal, aunque podría haber sido cualquier otro país, nos ha recordado lo frágiles que son las economías extremadamente endeudadas. Una moderada crisis institucional pone en jaque a todos los vasos comunicantes en Europa y su periferia. No en vano, impacta hasta a nuestra banca, que acumula 58.000 millones de euros de deuda portuguesa. El bono a diez años se dispara al 7% y el castillo de naipes europeo tambalea.
Sinceramente no sé si el Banco Central Europeo lanzará una tercera inyección de liquidez (LTRO). Creo que la gestión de Mario Draghi hasta ahora ha sido impecable, dentro del sistema económico que vivimos, y seguirá siendo prudente. Lo que si sé es que todos estos planes, todos esos estímulos que reclaman, no van a tener ningún efecto –como no lo tuvieron antes- mientras se siga aniquilando la clase media y a las empresas cercenando renta disponible y capacidad inversora a base de burocracia, intervencionismo e impuestos.
La solución que tantos reclaman mirando a EEUU o Reino Unido, incluso Japón, no está en sus políticas monetarias o en hacer olimpiadas. Está en ser como esas economías en innovación, empresas punteras que compiten y crean valor, atracción de capital, seguridad jurídica, y bajos impuestos.
Los estímulos no son un derecho, son un accesorio, un lujo que se pueden permitir las economías líderes porque, si fallan, y lo hacen, tiene mecanismos de atracción de capital y financieros para sobreponerse. Balanza financiera y libertad económica. Las economías ineficientes empeoran y se hunden más a base de estímulos de demanda interna argentinos tipo Kicillof… o España… o Portugal… Porque no cuentan con sistemas bien engrasados de atracción de capital inversor.
Me decía hace poco mi apreciado Jorge Verstrynge en Telecinco que "Estados Unidos detrae capital por la seguridad que ofrece el dólar". Nadie detrae capital si el sitio donde se encuentra ese dinero es más atractivo. Curioso que en vez de aprender y crear la seguridad y entorno inversor que genera esa ventaja, hagamos lo contrario –crear intervencionismo e inseguridad-, pero exigiendo la misma situación financiera. ¡Nos lo merecemos! Nuestro derecho a exigir deuda barata sin ofrecer confianza.
Incluso con sistemas dinámicos, abiertos y liberalizados, dichos estímulos fallan. Porque parten de un error monumental. Pensar que el Gobierno sabe invertir los recursos financieros mejor y de manera más eficiente que las empresas y familias. Si así fuera, uno de los sistemas económicos más planificados, burocráticos y estatizados de la OCDE, la Unión Europea, sería hoy un vergel de crecimiento. Pero no lo es. Repetir el 2008 no va a cambiar un modelo hipertrofiado e ineficiente. No hace falta más deuda y dar más dinero a gobiernos para repartirlo a su albedrío. Con que no se lo quiten a los ciudadanos y empresas es suficiente. Así se permite que se recupere el ahorro, y con ello el consumo.
No, señores, la prosperidad no viene del gasto y la deuda. Viene del ahorro y la inversión prudente de los excedentes. Intentar mantener un PIB artificialmente creado y el gasto que ha desencadenado es suicida.
En España estamos empezando claramente a tocar fondo. Lo muestran muchos indicadores que sigo. Debemos evitar permanecer allí por mantener unos niveles de gasto insostenibles. Europa se encamina hacia un gasto público y deuda simplemente inasumible. Si en Estados Unidos, Reino Unido o Japón han sido incapaces de reducir su endeudamiento imprimiendo moneda y aun así no han evitado recortes enormes, ¿de verdad se creen que esas medidas mejorarían la situación de Europa?
Con todos los estímulos que quieran, si hay represión financiera –bajar tipos y devaluar- añadido a altos impuestos, nos vamos a otra década perdida. Evitémoslo. Los unicornios no existen. Buen fin de semana.
“The rules enshrined in countless pages behind the Basel Capital Accords did not prevent the crisis… In effect, faith in markets has given way to faith in regulation” – David T Llewellyn
“Vamos a ser los más sanos del cementerio", decía un banquero tras escuchar las conclusiones del acuerdo europeo de esta semana.
Cuento en un capítulo de Nosotros los Mercados que, en medio de la crisis financiera, un banquero francés me comentó lo siguiente: "Al Estado no se le estudia un crédito, se le concede". Por eso no es extraño que, acostumbrados a no sufrir nunca la falta de crédito y disponer siempre de recursos financieros, gran parte de nuestros políticos europeos simplemente no entiendan que la banca no puede soplar y sorber a la vez. Es decir, reducir deuda –recapitalizarse- y dar crédito a diestro y siniestro mientras, por supuesto, les atiborran de deuda soberana.
Sin embargo, eso es exactamente lo que se le pide al sector financiero. Soplar y sorber.
Esta semana, otra resolución. Unos cientos de páginas más de reglas.
El proceso de cambios regulatorios constantes no fortalece los balances del sector financiero, sino que los debilita. Porque se torpedea el proceso de desinversiones, se introduce incertidumbre, que espanta a la demanda, y se sigue erosionando valor ahondando en la recesión.
Sí, la crisis financiera europea no es una crisis de "poca regulación" ni de sectores privados –un 50% de las entidades financieras europeas eran semi-estatales o controladas por políticos en 2006-. Miles de páginas de regulación publicadas cada año desde la creación de la Unión Europea y la Asociación Bancaria Europea (EBA).
Es una crisis de un modelo económico bancarizado -320% del PIB de la Eurozona- muy intervenido. Excesiva, compleja y burocrática regulación que ha prolongado la agonía del sector durante muchos años, en vez de facilitar las condiciones de mercado para las ampliaciones de capital y ventas de activos necesarios.
A pesar de la regulación más detallada y compleja de la OCDE, entre 2008 y 2011 Europa gastó 4,5 billones (un 37% del PIB de la Unión Europea) en ayudas a instituciones financieras, una gran parte de ellas –las cajas, por ejemplo- públicas y muy supervisadas.
Más regulación no lo va a solucionar.
Es lo que se llama "el problema endógeno" -"endogeneity problem"– (lean el excelente análisis Regulation of European Banks and Business Models del Centre for European Policy Studies). Y es precisamente ese exceso de intervención lo que impide una solución rápida y quirúrgica a las dificultades del sector financiero. La regulación debe ser efectiva y sencilla.
Otra patada hacia delante… El acuerdo del Eurogrupo.
La resolución del Eurogrupo esta semana es otro ejemplo de dicho problema endógeno. Se ha vendido como un éxito, que recupera la solución Chipre que comentaba yo aquí en El precio de la estupidez para la resolución de problemas de capitalización de la banca.
"El triunfo del rescate interno", me decía un analista. No, no lo veo así. Porque no cierra las puertas a la intervención de los estados unilateralmente y además no permite que la banca se adelante y cree sus propios mecanismos de defensa.
Es un acuerdo que debilita, pero no elimina, la necesidad de rescates o de dinero del contribuyente.
¿Por qué?
– Al llevar a cabo constantes revisiones regulatorias –ya van más de veinte en seis años- y crear incertidumbre, el Eurogrupo no ayuda, porque los bancos no pueden llevar a cabo la limpieza de sus balances lo suficientemente rápido.
– Esa zancadilla sin mala intención –nunca la tienen- ocurre a la vez que los estados se endeudan más, tirando del balance de la propia banca, que llega a acumular hasta el 45% de la deuda soberana de cada país. Por ello, el "circulo vicioso" –palabras del BCE, no mías- de riesgo financiero-soberano se dispara.
– Los precios de los activos y de la cartera de créditos se deterioran a la vez que la situación económica empeora por las constantes subidas de impuestos y reducciones de renta disponible, creando un efecto nada sorprendente. La represión financiera empeora la mora en el sector financiero.
– Para evitar ese deterioro, se introducen nuevos tomos de cientos de páginas de regulación que vuelven a retrasar cualquier solución de mercado para la banca.
Hace ya más de seis años que la banca europea tenía que haber reducido su endeudamiento agresivamente. Según BNP, no llega al 30%.
Nuestro ministro, Luis De Guindos, tenía razón al buscar a toda costa que se protegiesen los depósitos de más de 100.000 euros y se evitasen declaraciones maximalistas de solución Chipre. Porque sabe que primero hay que atraer inversión, compradores y depósitos para que la banca pueda aumentar su capitalización y desapalancarse. Hacer lo contrario, poner encima de la mesa el palo antes que la zanahoria, lleva a nuevos shocks.
De hecho, al debilitar a una banca tocada poniendo énfasis en los riesgos para accionistas, bonistas y depositantes, pero sin haber promovido antes la recapitalización y el mecanismo de colchón, se generan aún más probabilidades de rescates con dinero público, porque corren el riesgo de que no haya suficiente dinero privado cuando se necesite, creando el efecto perverso de acelerar lo que el acuerdo busca evitar.
Los números son claros. Sin recapitalización y atraer inversión primero, la solución a lo Chipre que defiende el Eurogrupo simplemente es imposible. Porque no hay suficiente dinero entre accionistas, bonistas y depósitos mayores de 100.000 euros en caso de que un gran banco tenga dificultades. Ni de lejos, en una banca endeudada entre 25 y 40 veces.
El sistema bancario europeo tiene un volumen de activos de 26 billones de euros, de los cuales Francia es el mayor (€8,5 billones) y Alemania el segundo (€8 billones), seguido de Italia y España, con 4,1 y 3,5 billones aproximadamente.
Francia es el país donde el sector financiero ocupa mayor peso, tanto comparado con los depósitos que lo soportan, como en relación al PIB.
Y es el sistema bancario de Francia la razón por la que Europa no llega a un acuerdo de solución de mercado, no España –tercer país de Europa donde la banca tiene mayores depósitos con respecto a sus activos-.
¿Por qué? Porque Francia quiere estar en misa y repicando. Mantener el control férreo y estatizado de su sector financiero, no recapitalizarlo con ampliaciones, fusiones o inversión extranjera, y que además se lleve a cabo una unión bancaria en la que los problemas se repartan. No es el único país que quiere seguir teniendo su sector financiero "atado y controlado" pero, además, con acceso al monedero de los demás. Por eso es imposible la "recapitalización directa".
La banca europea ha sido un arma esencial de los estados para expandir artificialmente las economías más débiles y, como el instrumento ya no les sirve adecuadamente, hoy –sin pretenderlo- lo ponen en peligro sin pensar en las consecuencias. Bueno, aun peor, pensando que no va a pasar nada y que en Bruselas "generan confianza".
La cumbre de esta semana, donde se trató el espinoso asunto de las recapitalizaciones bancarias, ha sido un ejemplo más de desconocimiento absoluto de los mecanismos de riesgo a los que se enfrenta el sistema financiero después de casi seis años de pasos en falso.
– Un desconocimiento preocupante de lo que es el capital de un banco y lo rápidamente que se extingue si no se dan condiciones económicas y de mercado positivas.
– Que a pesar de la crisis de Chipre y su mala resolución, aun piensen que entre bonistas, accionistas y grandes depósitos se cubren las pérdidas.
– Pensar que la deuda soberana no sufriría un brutal shock cuando los bancos con problemas tengan que vender sus carteras.
Vasos comunicantes
Lo he dicho muchas veces, el sector financiero europeo depende peligrosamente de que la deuda estatal sea segura. Pocos bancos de la Unión Europea sobrevivirían a una quita en la deuda soberana de su país, y el impacto sobre empresas y ciudadanos sería enorme. Sin embargo, la deuda soberana no hace más que crecer en casi todos los países miembros porque se torpedea el crecimiento, el consumo y la inversión con represión financiera.
Permitir el crecimiento y abrir las puertas al capital inversor es la solución de todos estos vasos comunicantes que confluyen en el sector financiero. Atrayendo capital, creando un entorno inversor favorable, con aumento de renta disponible y crecimiento económico, la banca se recapitalizaría, sus activos recobrarían valor, empresas y familias pagarían sus deudas y todo el sistema reduciría su deuda.
Sin embargo, con represión financiera, regulación depredadora e intervencionismo, podemos acordar lo que queramos en otro comité que el agujero de la economía y de los estados endeudados, crecerá, y con ellos el agujero de la banca, en una espiral descendente, The Downward Spiral recordando a Trent Reznor.
Comentaba el lunes en una conferencia que el modelo de absorción de la banca inviable que se está llevando a cabo en España es positivo. Un modelo de reducción del sistema que se llevaría a cabo más rápida y eficientemente si en Europa se preocuparan menos de dar titulares diciendo que los contribuyentes están salvados, porque primero no es cierto y segundo es imposible de conseguir si seguimos creando una Europa intervenida y sin crecimiento.
Europa necesita ser un centro de atracción de capital, no de susto o muerte. La banca tiene una responsabilidad incuestionable en la crisis, pero no se puede desligar el empuje y la intervención de los estados en esa expansión de crédito artificial y excesivo. No lo olvidemos. Son dos caras de la misma moneda. La solución a una década de exceso no se iba a dar en dos años, pero tampoco perpetuemos el problema eternamente. Buen fin de semana.
Sugirió Bernanke que podría comenzar a retirar sus (mal llamados) estímulos monetarios allá por las postrimerías de 2013 –fechas en las que él dejará de ser presidente de la Reserva Federal– y los mercados comenzaron a intranquilizarse. Las bolsas mundiales cayeron y los tipos de interés escalaron. Nada extraño: si la Fed es en estos momentos uno de los principales proveedores de financiación a los mercados de crédito, que vaya a interrumpir sus operaciones por fuerza se ha de dejar sentir, aunque sea un poquitín.
Mas hete aquí que uno de los consejeros de la Fed, a la sazón presidente del banco regional de Dallas, Richard Fisher, salió a la palestra a criticar a todos aquellos especuladores que se comportan cuales “cerdos salvajes” por cuanto buscan presionar al instituto emisor para que no deje de monetizar deuda pública y privada. Esto es, para que siga implementando la política monetaria expansiva que lleva cuatro años implementando y que todos los políticos europeos suspiran por que copie el Banco Central Europeo.
No seré yo, desde luego, quien defienda la labor de aquellos especuladores que se han especializado en lucrarse de las plusvalías que se derivan de las revalorizaciones de la deuda pública y privada promovidas por la Fed. Por mucho que, con toda seguridad, el mercado de renta fija estadounidense estaba condenado a experimentar un muy intenso auge tras la quiebra de Lehman Brothers, es evidente que la Fed, con su activa política de monetizaciones y de manipulación de los tipos de interés, contribuía a minimizar los riesgos asociados a especular en ese alcista mercado de renta fija. De hecho, algunos economistas, como Antal Fekete, han llegado a hablar de que la Reserva Federal proporciona unos “beneficios libres de riesgo” a los especuladores de deuda pública. Por lo que a mí respecta, si la deuda pública ya me parece un fraude, imagine cuál será mi opinión sobre las ganancias logradas mediante su manipulación por parte del monopolio estatal de la moneda.
Ahora bien, que los beneficios cosechados a cuenta de esa especulación política sean mucho menos defendibles que los logrados merced a la honrosa especulación económica, no significa que la Fed –y sus consejeros– sea el organismo más indicado para poner a caldo a esos “cerdos salvajes”. Al contrario, si hay alguien que por vergüenza debería guardar silencio y no zarandear más el avispero de su deplorable enjuague con los especuladores es, precisamente, la Reserva Federal.
El mayor especulador del mundo
De entrada, la Fed debería guardar silencio porque ha sido su heterodoxa política monetaria la que potenciado la especulación alcista en el mercado de renta fija, blindándola hasta ahora frente a cualquier riesgo. A buen seguro, muchos especuladores se habrán puesto las botas durante los últimos años (por eso, justamente, es verosímil que no quieran que se retiren los estímulos), pero lo habrán hecho porque a la Fed le interesaba que lo hicieran: su objetivo era precisamente el de arrastrar tanto capital como fuera posible hacia la deuda pública estadounidense y hacia la basurienta deuda “privada” de las quebradas y nacionalizadas Freddie Mac y Fannie Mae, de manera que todos ellos pudiesen financiarse y refinanciarse a tipos de interés de saldo. Un fiasco de política económica que abre la puerta a, digámoslo suavemente, consecuencias más que inciertas en el futuro: la Fed no sólo ha coadyuvado a que el gobierno estadounidense degradara su liquidez, sino que, sobre todo, ha degradado enormemente la suya propia (lo que amenaza con traer una alta inflación tan pronto como la economía yanqui haya terminado de purgar su mala deuda y se relance con fuerza la demanda de crédito privado).
Pero, además, existe otro motivo todavía más obsceno por el que resulta absurdo que la Fed critique a los “cerdos salvajes” de los especuladores: y es que ella misma es el mayor especulador que existe ahora mismo en el mundo (¡toma libre mercado!). Para que nos hagamos una idea, el activo de la Reserva Federal es 3,5 veces mayor al de Goldman Sachs, ese banco de inversión que a juicio de muchos controla el mundo. Por si fuera poco, la Fed obtuvo en 2012 unos beneficios antes de impuestos de 91.000 millones de dólares (no se apure, que su simbiosis con el gobierno es total: 88.000 millones los pagó en impuestos), de los cuales 13.300 millones procedieron de especular (comprar y vender) con deuda pública y privada en los mercados. Por seguir con la comparativa, los beneficios antes de impuestos de Goldman Sachs en 2012 no llegaron a los 7.500 millones, los de Bank of America no superaron los 4.200 millones y los de Morgan Stanley se quedaron en 515 millones.
Tan expuesta se halla la Reserva Federal a la renta fija estadounidense que, tan pronto como comiencen a subir los tipos de interés en el mercado, se quedará completamente vinculada a esos activos a largo plazo. Aunque son muchos quienes confían en que la Fed proceda entonces a drenar la extraordinaria liquidez que ha inyectado en los últimos años por la vía de enajenar buena parte de esos títulos de deuda, el instituto emisor se hallará maniatao: por cada punto que suban los tipos de interés en el mercado, experimentará minusvalías latentes de entre 200.000 y 300.000 millones de dólares sobre su cartera de activos, lo que prácticamente la obliga a, como ella misma ha anunciado, mantener todos sus títulos de deuda hasta vencimiento (y el vencimiento de más de la mitad de la cartera supera los 10 años).
En definitiva, existen sobrados motivos para criticar la política monetaria de la Fed antes, durante y después de la crisis, así como a todos los círculos cercanos al poder que de un modo más directo se han beneficiado de la misma. Pero, desde luego, el vértice de toda esa pirámide de intervención y especulación financiera, la Reserva Federal, no está en absoluto legitimada para calificarles de “cerdos salvajes”. A menos, claro está, que ella misma se incluya como jefa de la piara.
El Gobierno de Japón ha puesto en marcha el mayor experimento monetario de las últimas décadas dentro del grupo de los países más desarrollados del mundo. El primer ministro, Shinzo Abe, ha asestado un radical cambio de rumbo a la política económica nipona desde su llegada al poder con el objetivo de impulsar el PIB, tras casi dos décadas de estancamiento. Su programa se sustenta sobre tres ejes básicos: estímulo monetario, en forma de inyecciones masivas de liquidez por parte del Banco Central de Japón (BoJ); estímulo fiscal, es decir, más gasto público a través de ingentes programas de inversión estatal para tratar de relanzar el crecimiento; y, en última instancia, reformas estructurales destinadas a incrementar la productividad del país. Las dos primeras medidas ya han sido puestas en marcha, la tercera aún tendrá que esperar.
El citado programa fue recibido casi de inmediato con el apoyo y aplauso unánime de muchos gobiernos desarrollados, especialmente de aquéllos que, en la actualidad, sufren los embates de la crisis, como es el caso de España o Francia. En este sentido, Mariano Rajoy ha insistido mucho, últimamente, en que Europa y el BCE deberían seguir como ejemplo la política nipona, conocida ya popularmente como Abenomics, para superar la crisis del euro. Asimismo, numerosos economistas, empezando por el Nobel Paul Krugman, no han dudado en alabar este plan de choque, recomendando su implantación en sus respectivos países. Se trata, sin duda, de todo un acontecimiento a nivel global, pero lo primero que cabe destacar es su falta de originalidad. Japón lleva 20 años aplicando esta misma receta, la del estímulo fiscal-monetario, con igual resultado, sólo que en esta ocasión Abe ha decidido elevar su apuesta a un escala hasta ahora desconocida, una especie de todo o nada, en la que Japón se jugará, nada más y nada menos, que la quiebra del país.
El nuevo gobernador del BoJ, Haruhiko Kuroda, anunció un gran plan de expansión monetaria, equivalente a casi tres veces el Quantitative Easing aplicado por la Reserva Federal de EEUU (FED) en términos relativos. Y todo ello, con la única finalidad de conseguir, al precio que sea, un crecimiento nominal del PIB. Para lograr aumentar el PIB existe, básicamente, dos vías. A saber, abrazar el capitalismo, despejando el camino a la iniciativa privada y el libre mercado, lo cual conlleva regirse por la ortodoxia fiscal y monetaria; o bien, simplemente, generar inflación. Ésta es la vía escogida por Abe.
El Gobierno nipón pretende devaluar de forma muy sustancial su moneda, disparando la impresión de billetes, para impulsar su potente industria exportadora al tiempo que encarece las importaciones. La meta es alcanzar un inflación anual del 2%. Sin embargo, más allá de las presiones deflacionarias que dificultarán la consecución de tal objetivo, como su declive demográfico o sus problemas económicos estructurales, una de las claves más importantes a tener en cuenta es su elevadísimo endeudamiento público, ya que alcanzará el 245% del PIB este ejercicio, según el FMI, con un déficit fiscal próximo al 10% en 2012.
La rentabilidad del bono japonés a 10 años lleva tiempo moviéndose en una horquilla de entre el 0,5% y el 1%. A pesar de este reducido coste financiero, gracias al elevado ahorro de los japoneses y a que más del 90% de su deuda está en manos de inversores nacionales, Tokio destina casi el 25% de sus ingresos fiscales al pago de intereses debido al enorme volumen de deuda acumulado en las últimas dos décadas de estancamiento. ¿Problema? Si dicha tasa se elevara al 2,2%, los intereses de la deuda se comerían cerca del 80% de la recaudación tributaria. Un escenario que en ningún caso se puede descartar, ya que la rentabilidad de los bonos difícilmente bajará de dicho umbral si el BoJ logra su ansiado objetivo inflacionario del 2%. Ante tal escenario, el Estado se vería obligado a disparar aún más la emisión de bonos para poder mantener en pie su castillo de naipes, refinanciando cantidades cada vez mayores de deuda a fin de evitar la suspensión de pagos.
¿Quién comprará tal volumen de bonos? Evidentemente, su banco central, que bien podría acabar acaparando la práctica totalidad de la emisión de deuda, a base de imprimir una cuantía cada vez mayor de billetes, para tratar de mantener la rentabilidad de los bonos más o menos bajo control. Así pues, Japón corre el riesgo de entrar en una devastadora espiral de monetización masiva, cuyo destino final conduciría a la bancarrota e incluso a la hiperinflación. Un Abegedón, según el banco suizo UBS, en el que, dada la insostenible tendencia de sus finanzas públicas, la deuda podría alcanzar la cota histórica del 300% del PIB, con una rentabilidad media del 5% en sus bonos a 10 años, del todo punto insostenible. Y ello, sin tener en cuenta la guerra de divisas global que se podría desatar durante todo este particular fenómeno Abenómico…
Afirma indignado el ministro de Hacienda que “España ha hecho una reducción del gasto público como nunca antes se había hecho en su historia”. Le molesta a Montoro que algunos analistas hayamos optado por no bailarle el agua y que, al contrario, critiquemos sus más de 30 subidas de impuestos en apenas doce meses. Afirma el jienense que “no es la subida de impuestos lo que ha permitido el cambio en la posición financiera de España, sino la reducción del gasto”; reducción que él mismo cifra en dos puntos del PIB, esto es, algo más de 20.000 millones de euros.
Primero, un déficit de 75.000 millones de euros sigue siendo un desequilibrio presupuestario más alto que cualquier otro alcanzado en nuestra historia anterior a la crisis. No hemos regresado a ninguna situación de normalidad en la que podamos relajarnos y olvidarnos de la necesidad de seguir recortando los gastos de un modo aún más intenso de lo que lo hemos hecho hasta ahora. Por desgracia, el Gobierno sí está decidido a dormirse en los laureles, por cuanto su objetivo de déficit para 2013 es del 6,5%, que con la desviación de rigor permanecerá anclado estructuralmente en el 7% de 2012.
Segundo, si el déficit sigue anclado en el 7% es porque el Gobierno todavía no ha empezado a recortar el gasto estructural del Estado. En 2012, los egresos conjuntos en empleo público, consumos intermedios subvenciones y transferencias sociales apenas se redujeron en 8.500 millones de euros (0,8% del PIB); fue el (muy necesario) tajo de 14.000 millones de euros a la inversión pública el que realmente concentró el grueso del ahorro estatal. Sucede que, como decíamos, nos quedan 75.000 millones de euros que recortar y ya hemos tocado hueso en materia de inversión pública. En este sentido, las dos grandes rúbricas por ajustar son empleo público y transferencias sociales (fundamentalmente, pensiones). Sería necesario minorar en 30.000 millones de euros la primera y en al menos 40.000 millones de euros la segunda, pero es más que dudoso que el PP vaya a hacerlo: en cuanto a los empleados públicos, porque los populares ya han prometido restablecer la paga extra suspendida en 2012; en cuanto a pensiones, porque el informe de los “expertos” está concebido para cuadrar las cuentas de la Seguridad Social a largo plazo (y sin recortes nominales a los pensionistas actuales), cuando nuestro problema financiero es de corto y medio plazo.
Y tercero, semejante ajuste no podrá venir del lado de los ingresos. Las 30 brutales subidas aprobadas por Montoro apenas han servido de nada, como él mismo reconoce con incomprensible desparpajo. Ahora mismo, no existe margen para 30 nuevas (inútiles) subidas: al contrario, si deseamos aumentar las posibilidades de que España vuelva a generar riqueza, tocará bajarlos. ¿Cómo cuadrar, entonces, el tercer mayor déficit de toda la Unión Europea? Pues sólo bajando los gastos a un nivel que Montoro y sus cuates socialdemócratas se niegan a bajar.
Pírrico e insuficiente recorte
Por poner en perspectiva el pírrico ejercicio de “austeridad” de Montoro: Letonia, país que en 2008 tenía unos problemas presupuestarios muy parecidos a los nuestros (misma presión fiscal, mismo peso del sector público sobre el PIB y mayor déficit) optó por recortar su gasto público un 20% para despejar los temores de bancarrota; le costó pero finalmente lo ha conseguido: en 2012, incluso cerró con superávit sus cuentas públicas. El gigantesco tijeretazo de Montoro en 2012 apenas fue del 4,5% del gasto total: a saber, para seguir el camino de Letonia deberíamos haber recortado los desembolsos en 90.000 millones de euros, y no en 20.000.
En suma, el ministro de Hacienda no tiene ningún motivo para sacar pecho: al contrario, tiene sobrados motivos para quedarse guarecido en casa. Lejos de solventar de verdad los problemas financieros de España, sólo ha consolidado una estructura tributaria confiscatoria, un Estado sobredimensionado y un déficit insostenible. Ese es el resultado del primer año de gobierno del PP y, según nos informan, están tan orgullosos que desean quedarse ahí tanto tiempo como los mercados financieros se lo permitan. Pero los desequilibrios fundamentales siguen sin haberse solventado y nuestro stock de deuda no para de crecer. ¿Cuánto tiempo creen que puede resistir España?
El hombre es el animal capaz de tropezar, no dos, sino dos millones de veces con la misma piedra. El laberinto del lenguaje, la mala definición de los términos (en este caso, económicos) y las medias verdades son, en gran parte, responsables de ello. La otra parte de culpa es nuestra. De las propias personas, que parece que tenemos querencia por según qué pedruscos del camino. En esta ocasión, hablo del Quantitative Easing y la inflación que no genera.
Vuelve el QE, como las oscuras golondrinas
Periódicamente, los estadounidenses alzan sus ojos y miran al máximo representante de su banco central, la Reserva Federal o FED, el señor Bernanke, para ver qué hay de lo suyo, si habrá un nuevo Quantitative Easing (QE) o no. Hace dos semanas, Bernanke desataba nuevos rumores acerca de un nuevo embiste de la FED al declarar que igual era muy pronto para retirar estímulos, no sea que se apague el Sol. Y de nuevo llueven análisis justificando la política de QE. Que no. Que no es emisión de dinero nuevo. Pero es que el dinero, los billetes… no son los únicos medios de pago.
El Estado quiere financiar el gasto que no puede asumir: emite deuda pública a largo plazo y la vende. El banco la compra en una subasta. Y, a continuación, el Estado, a través de la FED (¿en serio alguien cree que la autoridad monetaria es independiente?), compra esa deuda pública que está en el activo de los bancos, a cambio, no de dinero, sino de un depósito en el banco central. ¿Enrevesado? Pues sí, esas piruetas y otras más complejas son las que nuestros gobiernos hacen para financiarse. Hombre, lo que nos venden es que se trata de fomentar la inversión, porque las bajadas de tipos, ya ni fu ni fa. Así que, de alguna manera, los bancos ven sus tenencias de deuda pública a largo plazo disminuir y un depósito para ser utilizado en el banco central. Aunque, lo cierto es que eso permite que esos bancos respiren y sigan comprando deuda pública, que sirve para que el Estado siga gastando, y gastando mal.
Claro que, este encaje de bolillos no genera lo que conocemos estrictamente como inflación. Como decía Juan Ramón Rallo el pasado febrero: “en el fondo, igual da que sea contra billetes de nueva impresión o contra depósitos en la Fed, los dos son pasivos del banco central estadounidense que sirven como moneda de curso legal para saldar las deudas privadas nominadas en dólares”. Pero generan otras distorsiones similares porque lo que ha aumentado son los medios de pago, que son como los dioses grecorromanos que contaban, cada uno, con cien mil advocaciones. ¿Y dónde están esos medios de pago extra? Adivinen… en deuda pública, disfrazados de unicornios.
El salto intertemporal: movimiento sexy
¿Hay inflación? Tal vez, aunque no escandalosa. Es decir, desde finales de 2008, cuando se inician los Quantitive Easing, los precios han subido casi una media anual del 2,2%. No es mucho, pero el día que la economía norteamericana esté en condiciones de volver a endeudarse y los bancos empiecen a hacer uso de esos depósitos de que disponen en la FED, subirán mucho más. Bueno, hoy no será. Eso dicen los defensores del QE, del gasto y de los unicornios. Pero, no solamente el aumento de los precios es inflación. También hay que considerar el exceso de liquidez, porque la inflación es la depreciación de los medios de pago, no el aumento de los precios. Lo otro es confundir el síntoma con la enfermedad. Y en nuestro sistema, crear crédito falso es crear dinero, en el momento en que ese crédito supone un mayor poder adquisitivo. Esa es la cruda realidad. Lo demás son apaños de quienes enseñan los datos para justificar su ineptitud.
Me admira que este argumento tan egoísta para con nuestros descendientes sea defendido por los mismos que te acusan de odiar la madre Tierra por proponer competencia energética, suspender subvenciones y abrir la puerta al fracking.
Es ilustrativo compararlo con lo que ha hecho Draghi en la UE. Sí, se parece más a una ‘barra libre’, pero no va a tener ese efecto ‘huevo Kinder’, que encierra una sorpresita en su interior. En la Unión Europea, el BCE ofrecía créditos a la banca comercial a unos tipos de risa. Y la banca comercial compraba deuda soberana a sus respectivos países para que el Estado pudiera seguir gastando y, también en esta ocasión, mal. Las empresas y particulares nos quedamos a dos velas, es verdad, pero no hay traslación de efectos perversos a generaciones futuras. Eso sí, tenga claro que se la están dando con queso, porque esa financiación privilegiada para gobiernos y bancos la obtienen a su costa, es menor crédito para el ciudadano.
Yo soy de las que eliminaría los bancos centrales, lo reconozco, pero entre una cosa y otra, igual me quedo con Draghi. Y más cuando le oí decir el otro día que “no hay que gastar lo que no se tiene”. Que es una frase que debería tatuarse cada ministro de Economía español, cada vez que se incumpliera el sano equilibrio presupuestario.
Otro gallo cantaría.
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