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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

De Malthus a Malthus y tiro porque me toca

No es mi intención detenerme a señalar las fallas y deficiencias de este razonamiento, hoy blandido en diferentes versiones por los keynesianos. Baste apuntar que, como decía Stuart Mill, la demanda de trabajadores no depende de la demanda de bienes de consumo; el subconsumismo deja fuera de su ecuación la esencial influencia del ahorro y la inversión en el sistema capitalista. Menos consumo no es más pobreza, sino al contrario: más inversión y más riqueza.

Lo que sí pretendo es desarrollar uno de los comentarios al margen que realiza el profesor Cabrillo: los mismos que hace años acusaban al capitalismo de promover un consumismo desbocado e insostenible son ahora quienes lo acusan de generar un insuficiente consumo como para salir de la crisis. ¿Contradicción? No, conveniencia. Su finalidad en parte inconsciente siempre ha sido la de incrementar el poder del Estado: antes para que controlara el consumo –por ejemplo regulando la publicidad y sobre todo restringiera el uso de unos recursos naturales que iban a agotarse inminentemente–, ahora para que incremente el gasto público y fuerce aumentos salariales.

El cambio de ritmo no es casual. Existe una marcada correlación en la historia del pensamiento económico entre los períodos inflacionistas y el mileranismo ecologista y entre los períodos deflacionistas y las ideas subconsumistas. Al fin y al cabo, los malos economistas elaboran sus teorías de manera chapucera según por donde sople el viento contrario a la libertad y no tratando de comprender las esencias de la acción humana.

Probablemente el ejemplo más claro y esquizofrénico de esta correlación sea el de Thomas Malthus. El economista inglés ha pasado a la historia por su Ensayo sobre el Principio de la Población, escrito en 1798, donde pronosticaba que si la población crecía en términos geométricos y los recursos en aritméticos, pronto alcanzaríamos un estado de pobreza generalizado donde no dispondríamos de suficientes bienes de consumo para sobrevivir.

Menos conocido, sin embargo, es que Malthus escribió en 1819 sus Principios de Economía Política, cuyo mensaje más importante fue que el progreso económico se veía obstruido… por el insuficiente consumo de la población. ¿Cómo era posible que los riesgos fueran simultáneamente consumir demasiado y hacerlo demasiado poco? El pasaje de Malthus en el que intenta justificar ante David Ricardo su cambio de postua deja en evidencia su desorientación y confusión:

Me parece que Ricardo ha caído en el mismo error en el que estuve a punto de caer yo cuando, después de haber demostrado que los poderes irrestrictos de la población iban mucho más allá de los de la tierra para producir comida incluso en las condiciones más favorables posibles, hubiese considerado que la población resultaba irrelevante a menos que llevara a la tierra al colapso. Pero dicho esto, la población podría ser superflua, y muy superflua, en relación con la demanda de recursos para el consumo pese a ser deficiente, y muy deficiente, con respecto a la capacidad de la tierra para producir recursos adicionales para el consumo.

No se trata tanto de que Malthus fuera víctima de distintos Zeitgeist, sino que cayó en la trampa de una pobre observación empírica que lo llevó a teorizar sobre la marcha. Al fin y al cabo, en 1797, un año antes de que Malthus publicara sus teorías sobre la población, el Banco de Inglaterra suspendió pagos debido a que el Gobierno inglés financió desde 1793 la guerra contra la Francia revolucionaria imprimiendo billetes. Dicho de otra manera, Malthus reflexionó sobre la carestía de recursos naturales en un período inflacionista, donde todos los precios subían y donde parecía que pronto nadie podría seguir comprando nada: desde 1793 a 1800 los precios aumentaron alrededor del 70%.

De la misma manera, Malthus publicó sus teorías subconsumistas en 1820, un año después de que el Banco de Inglaterra volviera a convertir sus billetes en oro a la antigua paridad, lo que acentuó la deflación que ya había comenzado en 1815-1816 con el fin de las guerras napoleónicas y el anuncio de que se restaurarían los pagos. En otras palabras, Malthus teorizó sobre la falta de consumo en un momento en el que los precios descendían y las mercancías se acumulaban en las estanterías de los tenderos: entre 1815 y 1820 los precios cayeron más de un 40% volviendo a su nivel original.

Pero para comprobar estas marcadas oscilaciones en el pensamiento económico no hace falta irse casi 200 años atrás. Pensemos simplemente en cuál era una de las máximas preocupaciones durante la última década: el agotamiento de los recursos naturales. Hace poco más de un año todos los precios de las materias primas alcanzaron máximos históricos y los agoreros de siempre ya estaban pronosticando desabastecimientos generalizados por el planeta. Ahora, cuando sus precios han caído alrededor de un 70%, parece que el agotamiento está lejano y se exige a los poderes públicos que estimulen unos niveles de consumo que antes tildaban de insostenibles.

Lo mismo puede señalarse sobre el precio de los pisos: si hace años se pedía al Estado que forzara reducciones de precios para lograr una vivienda asequible, ahora se le exige que adopte distintas medidas, como recomprar los inmuebles a promotores y bancos, para evitar caídas tan drásticas de los precios.

La explicación a estos giros de veleta es sencilla y ya la hemos adelantado con Malthus: la fase alcista del ciclo se caracteriza por que el sistema bancario, guiado por los bancos centrales, fomenta una expansión crediticia muy por encima del volumen de ahorros reales, proceso que genera una presión excesiva sobre los bienes presentes (todo el mundo compra a crédito mercancías no producidas, por lo que suben los precios); la fase contractiva, por el contrario, se define por que todo el mundo intenta amortizar sus deudas y no toma dinero prestado para consumir: nadie compra a crédito y por tanto se amontonan una gran cantidad de stocks en los almacenes que deben ser liquidados a bajos precios.

En apariencia, pues, el problema en las fases expansivas es la exhuberancia irracional (consumimos demasiado y terminaremos con el plantea) y en las fases contractivas la excesiva frugalidad (consumimos demasiado poco y arruinaremos a los empresarios). Y, por ello, los estatistas piden primero controles malthusianos y después estímulos keynesianos.

En definitiva, los efectos del ciclo económico que provocan los bancos centrales no se limitan a la enorme destrucción de riqueza que generan, sino también a la promoción de todo tipo de doctrinas acientíficas, liberticidas y pauperizadoras. Otra mancha en el historial de nuestro intervenido sistema financiero.

Los instrumentos del banco central para expandir el crédito

El sistema basado en el patrón oro impidió a los gobiernos extenderse y crecer debido a las grandes restricciones presupuestarias a las que se veían sujetos. Sin embargo, desde que el Estado expropió el oro, la inflación empezó a utilizarse como recurso de autofinanciación. De ahí que Jacques Rueff hablase de "era de la inflación".

El proceso inflacionario debe entenderse no como el aumento generalizado de precios, sino como el incremento de la cantidad de dinero en el sistema económico como consecuencia de políticas monetarias, que suele producir (aunque no siempre) un aumento de los precios porque la moneda pierde valor adquisitivo y calidad. La inflación es, por tanto, un fenómeno monetario causado por la expansión crediticia por parte de las autoridades monetarias.

Bajo el sistema de patrón oro la estabilidad del oro era tal que su valor variaba muy lentamente. Si el stock de oro se modificaba (producción nunca por encima del 4 por ciento anual), los precios relativos tendían a ajustarse a la nueva cantidad. En un sistema de Banca Central en el que se sustituye el dinero-mercancía por dinero fiat, las autoridades monetarias pueden manipular la oferta monetaria y expandir el crédito a discreción. Cuando el objetivo de las autoridades monetarias es el de introducir más dinero en circulación, se habla de política monetaria expansiva.

Dentro de las operaciones que amplían la base monetaria podemos distinguir las que son externas al banco central (autónomas) y las que son internas (controlables). Las operaciones externas serían los superávit de la balanza de pagos (sector exterior). Si hay saldo positivo en el comercio exterior porque las exportaciones superen a las importaciones, las reservas en divisas aumentarán provocando un aumento en la base monetaria.

Nos interesa resaltar y prestar más atención a las operaciones internas, ya que son las operaciones utilizadas por el banco central para controlar la base monetaria, y de esa manera influir en la oferta monetaria y expandir el crédito. Dentro de estos instrumentos de control, encontramos las siguientes:

Operaciones de mercado abierto. Son las operaciones de compra-venta que lleva a cabo el banco central con las entidades financieras en el mercado abierto para adquirir o desprenderse de títulos de deuda pública (letras, bonos y obligaciones). Si compra deuda pública, incrementará el activo en la cuenta de crédito sobre el sector público, por lo que tendrá que aumentar el pasivo monetario (creación de dinero). Las entidades financieras se desprenden de valores de renta fija por liquidez, que podrá ser utilizada para conceder más préstamos. Es la herramienta más importante de control monetario de los bancos centrales.

Préstamos a la banca. Las autoridades monetarias pueden aumentar el dinero en circulación otorgando préstamos a los bancos. El tipo de redescuento es el interés que cobra el banco central a los bancos que acuden a descontar títulos previamente descontados por ellos. Estos créditos se realizan, principalmente, a través de operaciones de mercado abierto y a través de facilidades permanentes. Las tasas de descuento que fijan los bancos centrales por realizar el redescuento resultan de gran importancia para el conjunto de la economía ya que sus cambios están relacionados directamente con la cantidad de dinero que circula en el mercado. Si reduce la tasa, hará más atractivos los préstamos bancarios en la ventanilla de descuento. Las entidades financieras solicitarán mayores importes (expandiéndose de esta forma la base monetaria) y los empresarios dispondrán más fácilmente de dinero para invertirlo en sus proyectos.

Operaciones de cambio. Cuando el banco central compra y vende activos en moneda extranjera. La compra de activos externos tiene efectos sobre la cantidad de dinero en la economía ya que aumenta la oferta de dinero.

Coeficiente de caja. El banco central decide las reservas mínimas, es decir, el mínimo de reservas que deben tener los bancos en proporción a los depósitos a la vista para poder satisfacer la demanda de efectivo por parte de los depositantes. El coeficiente de caja (o encaje bancario) indica el porcentaje de los depósitos que ha de mantenerse líquido, es decir, sin prestarse. Actualmente, éstos deben tener, al menos, un coeficiente de caja igual a un 2 por ciento de sus depósitos en el caso europeo. Si el banco central decide reducir el coeficiente de caja, estará propiciando que los bancos reserven menos dinero y presten más, con lo que la cantidad de dinero en circulación será mayor, aumentándose la oferta monetaria. Si baja el encaje se expande el crédito mediante el multiplicador monetario.

¿Bernanke contra la contracción secundaria?

Apoya su opinión en autores también austriacos de tanto renombre como Friedrich Hayek, George Selgin o Lawrence White y en menor medida en otros monetaristas como Milton Friedman y Anna Schwartz.

Ravier, sin embargo, desconfía de la magnitud del incremento en la oferta monetaria que ha llevado a cabo Ben Bernanke; en su opinión, el presidente de la Reserva Federal se ha pasado de frenada y ha "creado" más dinero del que era necesario para salvar a los bancos. Y sus dudas son más que razonables: la base monetaria (el dinero propiamente dicho) se ha duplicado en menos de un año en lo que supone, con diferencia, el mayor incremento de la historia. Tan exageradas son las estadísticas que muchos (demasiados) analistas se han lanzado a la piscina pronosticando que estas políticas nos llevarán a la hiperinflación. ¿Tiene razón mi colega Ravier o la tiene el friedmanita Bernanke? Por supuesto, mi opinión se acerca bastante más a la de Ravier, pero por motivos no del todo coincidentes a los suyos.

Primero, hay demasiada mitología entre todos los analistas, especialmente entre los monetaristas, sobre la magnitud de la expansión monetaria que ha llevado a cabo la Fed. La base monetaria simplemente se ha duplicado no porque Bernanke haya puesto en funcionamiento la imprenta de dinero, sino porque los bancos privados han dejado de prestarse dinero entre sí y se lo han comenzado a prestar a la Reserva Federal (en forma de depósitos a la vista). Dicho de otra manera, en gran medida se trata de un simple efecto estadístico: antes el banco A le prestaba 100 dólares al banco B y ahora los deposita en los baúles de la Fed. Y dado que el dinero que hay en estos "baúles" integra la definición de "base monetaria", las estadísticas monetarian reflejan un incremento brutal de la cantidad de dinero.

Segundo, como consecuencia de lo anterior, el interbancario se secó literalmente (los bancos dejaron de prestarse entre sí) mientras que la Fed comenzó a nadar en una abundancia de dinero (el que los bancos privados atesoraban en sus baúles). ¿Qué debería haber hecho Bernanke en estas circunstancias? ¿Sentarse encima de esta montaña de dinero mientras una parte muy sustancial de los bancos carecía de crédito para sobrevivir? No, en efecto, Bernanke hizo grosso modo lo correcto entre octubre y diciembre del año pasado (cuestión distinta es el antes y, sobre todo, el después) cuando comenzó a prestar a corto plazo a los bancos el dinero que él también había recibido prestado a corto plazo (en forma de depósitos). Básicamente, los bancos tenían demasiado miedo para prestarse dinero entre sí, así que primero se lo prestaban a la Fed y luego la Fed se lo volvía a prestar a los bancos. De este modo evitamos una innecesaria quiebra del sistema financiero por un súbito incremento de la demanda de dinero sin envilecer la moneda.

Nada realmente extraordinario y que, por cierto, no es una aportación original de Milton Friedman. Ya durante el siglo XIX se consideraba que la función más importante de los bancos centrales consistía en actuar como prestamista de última instancia, esto es, concediendo créditos a corto plazo a los bancos en dificultades durante un pánico financiero.

El gran teórico de la banca central de finales del s. XIX, Walter Bagehot (a quien, por cierto, Bernanke ha apelado en numerosas ocasiones para justificar su política), ya defendía en su magnum opus Lombart Street que el Banco de Inglaterra debía combatir las crisis de liquidez prestando sus reservas a la banca en momentos de dificultad. Pero ya antes que Bahegot, numerosos autores habían llegado a conclusiones análogas: Henry Thornton, Thomas Tooke o Henry Dunning Macleod, por nombrar sólo algunos.

En realidad, Friedman vino a confundir a todo el mundo (confusión que todavía persiste hoy) al defender que la misión del banco central en tiempos de crisis era evitar, no la iliquidez bancaria, sino las contracciones de la oferta monetaria (especialmente en la actualidad, es posible que la oferta monetaria crezca sin proporcionar liquidez al sector financiero y viceversa, que la oferta monetaria se contraiga y sin embargo el sistema financiero no necesite liquidez).

La recomendación de Friedman no significa prácticamente nada y, desde luego, no sirve como guía de actuación para una política sensata de la banca central. No es tan importante cuánto aumentan o disminuyen magnitudes bastante arbitrarias que definen la oferta monetaria (como la M0, M1, M2, M3 o M4) cuanto qué hace con sus reservas un banco central (y esta sería mi principal discrepancia con Ravier). Y repito, en momento de crisis lo que debe hacer un banco central es prestar sus reservas a corto plazo contra activos de calidad también de corto vencimiento con el objetivo de evitar que la banca y la economía privada entren en una contracción secundaria. Como digo, esto fue lo que hizo Bernanke, mal que bien, a finales de 2008. Pero, ¿es todo lo que ha hecho?

Por desgracia, no. Desde el comienzo de 2009 el presidente de la Fed comenzó a meter la pata hasta el fondo, ya que se olvidó del sensato objetivo de prestar sus reservas a corto plazo y puso en marcha su famoso helicoptero inflacionista: la Fed comenzó a utilizar sus reservas a corto plazo para comprar alrededor de 700.000 millones de dólares de activos a largo plazo –entre ellos titulizaciones hipotecarias a 30 años de Freddie Mac y Fannie Mae y deuda pública de los déficits de Obama– para tratar de reinflar el crédito e iniciar una nueva burbuja especulativa. Esto no tiene nada que ver con evitar una contracción secundaria y todo que ver con monetizar deuda pública y jugar a lo que hace 50 años se llamó Operación Twist.

Si por algo sentenciaba que la recomendación de Milton Friedman de que hay que evitar la contracción de la oferta monetaria no sirve de nada y sólo añade confusión a unas directrices muy claras desarrolladas por los economistas del s. XIX, es porque con estas actuaciones suicidas, impropias de un banco central serio, la Fed también está evitando que se hunda la oferta monetaria y, sin embargo, está colocando en grave riesgo la viabilidad futura del dólar y de la economía.

Por consiguiente, aunque Ravier se queja de que la oferta monetaria ha aumentado demasiado, el problema real no está ahí, sino en que ha aumentado demasiado porque se ha prestado a sectores a los que nunca se debería haber prestado. Esto es, el problema está en que la Fed se ha endeudado a corto plazo para prestar masivamente a largo, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha arrastrado a la situación actual.

Pero en todo caso, sí coincido con Ravier, Hayek, Selgin, White y, por supuesto, con Huerta de Soto en que un sistema financiero que no padeciera las actuales leyes de curso forzoso y el monopolio de emisión de las autoridades monetarias sería un sistema que no generaría crisis como la que ahora padecemos.

Un fallo del Estado, no del mercado

Tales lumbreras, sin embargo, no parecen darse cuenta de que los supuestamente encargados de volvernos virtuosos por la gracia de las cadenas serían unos hombres tan corruptos como aquellos a quienes se quiere reformar. Es decir, pretendemos que estafadores y pecadores nos conduzcan por el camino de la honradez y de la virtud.

Huelga decir que el razonamiento hace aguas por todos los lados y que sustituyendo a Madoff por otro Madoff con sueldo público no solucionaremos nada. De hecho, muy probablemente lo estemos agravando. Puede que el mercado intervenido que padecemos en la actualidad haya fallado (parcialmente) a la hora de detectar el fraude, pero sin duda también lo ha hecho el Estado y todas sus agencias supervisoras.

El propio Madoff se sorprende de que las autoridades tardaran tanto tiempo en descubrir su engaño. Sí, finalmente, tras unos 50 años, lo detectaron, pero ¿en qué sentido cabe considerar esto un éxito? Ahora mismo habrá muchos otros estafadores sueltos a quienes las autoridades no habrán descubierto y que, gracias a esta incompetencia, podrán seguir engañando a sus clientes. ¿Es un problema del supervisado o más bien del supervisor?

Obama y el resto de socialistas han tratado de atribuir este fracaso del Estado a su supuesta falta de competencias. Olvidan que lo normal en todo proceso de crecimiento sano –esto es, aquel que no pretenda hacerse añadiendo grasa a un organismo–, es que uno vaya captando más competencias conforme acredita que ha hecho el mejor uso posible de las que ya disponía. Las empresas exitosas no son las que amplían capital para evitar la quiebra, sino las que han exprimido al máximo el capital y piden más para continuar haciendo lo propio.

Y aquí los incentivos del Estado y del mercado sí son totalmente asimétricos: si la SEC fracasa a la hora de descubrir el fraude de Enron, se aprueba la Ley Sarbanes-Oxley para que obtenga más competencias; y si con la Ley Sarbanes-Oxley tampoco es capaz de detectar a Madoff, a Stanford y tantos otros, se defiende alegando que todavía necesita más competencias. En cambio, las empresas encargadas de detectar fraudes que fracasan suelen desaparecer, como Arthur Andersen, o ser penalizadas por sus clientes a menos que asuman el coste de su error (como ha hecho el Banco Santander).

Pero es que además, no es cierto que la SEC no detectara el fraude de Madoff por falta de competencias, sino por pura incapacidad. En 1999, el inversor Harry Markopolos contactó con la SEC para advertirle sobre el fraude de Madoff y desde entonces reiteró sus acusaciones año tras año.

En 2001, Michael Ocrant publicó un informe para el fondo de inversión MAR/hedge –del que incluso se hizo eco la revista Barron’s– en el que señalaba sus dudas sobre la honorabilidad de la estrategia de Madoff. Según Ocrant, numerosos inversores en Wall Street desconfiaban de Madoff ya que habían intentado lograr sus altas rentabilidades replicando su supuesta estrategia, y ninguno lo había logrado.

Asimismo, y de manera más reciente, en diciembre de 2006, un pequeño fondo de inversión, Aksia LLC, detectó el fraude de Madoff y aconsejó a sus clientes que no invirtieran en él.

Podríamos seguir citando a personas y empresas que descubrieron el fraude de Madoff (Doug KassSociété General o Salomon Konig), pero lo esencial es que la SEC tardó diez años en darse cuenta de lo que muchos otros agentes en el sector privado ya había detectado.

Al final, la inoperancia –incluso para escuchar a los expertos del sector privado– de ese supervisor monopolístico de facto llamado SEC, ilustra aquella enseñanza hayekiana tan importante de que los sistemas sociales complejos funcionan mejor permitiendo que los agentes se coordinen haciendo uso de su conocimiento disperso que tratando de concentrar y centralizar esa información en unas pocas cabezas burocráticas.

El caso Madoff es flagrante: muchos potenciales inversores habían descubierto el fraude desde hacía al menos una década, pero el organismo encargado de perseguirlo les hizo caso omiso. Se trata de todo un fallo de un monopolio público que, para más inri, impide que el mercado desarrolle las adecuadas instituciones espontáneas que permitían responder al fraude con más agilidad y eficiencia. Entonces, llegados aquí, ¿qué ganaremos dándoles más competencias a los incompetentes?

El Gobierno, el mejor aliado de la crisis

Inconmensurable la cita de Celestino Corbacho, ministro de Trabajo:

Llegará un día que cuando el sector del automóvil se recupere y llegue a una cierta normalidad, no será razonable que de los impuestos de los ciudadanos demos una parte a otros ciudadanos para que se compren un coche.

Corbacho hizo referencia a las transferencias de capital forzosas de ciudadanos a empresas para afirmar que el nuevo subsidio de 420 euros a los parados será temporal. A propósito, cuando Keynes definió su estrategia de ingeniería social en su Teoría General, también decía lo mismo una y otra vez. Todas las medidas han de ser temporales. Nunca fue así.

Para la izquierda, los tiempos de crisis son épocas de gloria donde la miseria de los ciudadanos da pie a satisfacer a sectores estratégicos para conseguir más votos. 400 millones de euros del pagador de impuestos costará el nuevo subsidio; todo para ganar ¿cuántos votos? En otra parte ya analizamos qué repercusiones económicas conlleva alargar las prestaciones por desempleo (penalización del trabajo, destrucción de capital, parasitismo, más crisis…).

Déjenme anunciarles una cosa. El socialismo como doctrina murió a la hora y media de ponerse en marcha. No es de extrañar, es un absurdo teórico.

En todos los países fue sustituido por la tiranía de las buenas intenciones. Da igual de qué color sea el Gobierno de turno. Como expresa la cita de Corbacho todos reducen su mediocre ideología sentimental a lo mismo: transferencias de capital forzosas de una parte de la sociedad (empresas y clase media) a otra (lobbies económicos y sociales). Bien, no sólo de la sociedad. Con la globalización hemos llegado más lejos. El actual Gobierno español –que desde que se impuso nos hace pagar 355 euros más en el IRPF, y ni qué decir en multas– también considera "razonable" que nosotros, los ciudadanos, transfiramos más de 250 millones de euros, queramos o no, a países extranjeros o paguemos programas internacionales para luchar contra el paro cuando España es líder europeo en crear desempleados alcanzando cotas inauditas en paro juvenil, duplicando el de la UE.

Ministro Corbacho, todos esperamos el día en el que la mayoría de hombres libres no tengan que dejarse robar por la gran Mafia del Estado para contentar los intereses partidistas del Gobierno. Critican el liberalismo por ser la jungla, el caldo de cultivo de terratenientes, lobbies y monopolistas. La ley de la jungla es la tiranía de las buenas intenciones. El Estado del Bienestar es la mejor base para crear monopolios protegidos por leyes, barreras de entrada económicas y transferencias de capital del ciudadano a la oligarquía apolítica y sus amigos, ya quieran llamarse banca, sector del automóvil o ecológico. El Estado del Bienestar, su buenismo y solidaridad a punta de pistola premian al vocero, al parásito, al incompetente, al vividor de rentas gubernamentales, al sindicalista. En definitiva, al lobo vestido con piel de cordero.

Todas las medidas de este Gobierno son tan populares como directamente contraproducentes para el ciudadano. Recibir dinero gratis es bienvenido por su receptor (consumidor de impuestos), pero si castigamos a quien produce para darlo al que no produce lo único que lograremos será suicidarnos económicamente, más aún con la crisis que tenemos encima.

Rajoy necesita dos tardes

La auténtica lacra reside en la inexistencia de una alternativa política capaz de liderar los duros cambios que precisa la economía nacional para evitar que, tarde o temprano, España se argentinice.

Y es que no hay nada peor que un ignorante atrevido. Nos cuenta Mariano que "no va a intervenir ni a opinar" sobre las fusiones entre cajas de ahorros porque se considera un "liberal de verdad". Atención al dato: ¡el líder de la oposición se autoproclama liberal!

Más que desfachatez, un completo sinsentido. Y no porque Rajoy quisiera expulsar de su partido a los escasos "liberales" que militan en las filas del PP, sino por las argumentaciones que ofrece. Rajoy no se moja porque "cuanto menos intervenga la política" en el futuro de las cajas, "mejor". Como si tales entidades financieras estuvieran exentas de la influencia política. Parece que el líder popular todavía no se ha enterado de que Caja Castilla-La Mancha (CCM), la primera caja quebrada en España, estaba presidida por un ex político del PSOE, al igual que otras muchas.

Parece ignorar, además, que el sistema financiero es el sector económico más regulado e intervenido en las democracias occidentales; que las cajas de ahorros dependen, en última instancia, de los gobiernos autonómicos; olvida que el proceso de fusiones está siendo dirigido desde el Gobierno, por la propia ministra de Economía, y bajo la supervisión del Banco de España –un órgano de planificación financiera– y la burocracia de Bruselas.

¿A qué tipo de liberalismo se refiere Mariano? ¿Al mismo que le sirvió para aprobar junto al PSOE un rescate bancario (FROB) valorado inicialmente en 90.000 millones de euros? Un "liberal de verdad" abogaría por eliminar el engendro financiero-político de las cajas de ahorros, exigiría transparencia total al Gobierno en el uso de dinero público para ayudar a entidades con problemas de liquidez y apoyaría, sin miramientos, la liquidación de bancos y cajas insolventes.

Pero los ejemplos de liberalismo marianista van mucho más allá y, de hecho, encajan perfectamente en el ideario socialista más retrógrado, propio de los sindicatos. El líder del PP rechaza frontalmente, al igual que CC.OO., que los convenios colectivos fijen una rebaja mínima del 1% en los salarios, tal y como reclama la patronal empresarial. "Yo no apoyo eso", afirma como buen liberal que es.

De este modo, lo que defiende Mariano es que el paro siga creciendo. La fijación de sueldos por encima del valor de mercado genera desempleo. Rajoy desconoce que la mano de obra responde a la ley de la oferta y la demanda, al igual que todo bien y servicio.

Durante los primeros años de la Gran Depresión en EEUU el entonces presidente Hoover insistió en la necesidad imperiosa de no recortar los salarios a los trabajadores. Lo único que consiguió fue un aumento histórico del paro, hasta tasas superiores al 25%. Por si ello fuera poco, Rajoy defiende con uñas y dientes el teatrillo del "diálogo social". Ya se ha olvidado de que el actual mercado laboral español es una pesada herencia del franquismo, cuya reforma es imperiosa.

En la actualidad, el sueldo medio de los trabajadores estadounidenses acaba de registrar un descenso histórico del 5% interanual en el segundo trimestre. Claro que allí no existe tal "mesa de diálogo". Quizá por eso la productividad aumente a una tasa anualizada del 6,4%, tras al recorte de horas de trabajo en las empresas, y el paro todavía no haya alcanzado el 10%, pese a padecer la mayor recesión en décadas.

¿Liberal dice? Sería para echarse a reír a carcajada limpia si no fuera el líder de la oposición el autor de semejante insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Rajoy, el rojo, es más bien un socialista acomplejado de perfil bajo que, al igual que su compañero Zapatero, precisa, al menos, dos tardes de economía básica para saber diferenciar entre izquierda y derecha, arriba y abajo, delante y detrás… Liberal y socialista.

La velocidad del dinero, un concepto a abandonar

La velocidad del dinero es uno de los conceptos que tiene una mayor raigambre dentro de la ciencia económica. Richard Cantillon o Henry Thornton ya se referían a la "rapidez de circulación" para explicar los movimientos de los precios en función de si la "cantidad de dinero" se movía más o menos veces en una economía.

La finalidad de estos economistas al desarrollar el concepto de velocidad de circulación era, en un principio, refutar las falacias mercantilistas de que la actividad comercial de un país dependía de la cantidad de metales preciosos. Tanto Cantillon como Thornton, el primero un banquero privado, el segundo hermano del gobernador del Banco de Inglaterra, querían demostrar que un volumen minúsculo de metales preciosos permite realizar transacciones sobre un volumen enorme de mercancías si esos metales circulaban con la suficiente rapidez (lo que generalmente sólo sería posible con el incipiente sistema de crédito bancario que Cantillon y Thornton presenciaron).

Obviamente, el análisis de la velocidad de circulación del dinero también iba ligado al estudio de cómo la mayor o menor circulación (esto es, cómo la mayor o menor extensión del crédito bancario) influía a medio plazo sobre los precios.

Hasta aquí podríamos hablar de un uso legítimo y apropiado del concepto. El problema es cuando, bajo la influencia del cuantitativismo y de su mecánica ecuación, tratamos de utilizar la velocidad de circulación como un determinante del valor del dinero.

El valor del dinero, como el de cualquier otra mercancía, depende de su utilidad marginal, esto es, de la intensidad de la demanda sobre la oferta existente. En la ciencia económica actual, incluso entre muchos austriacos, se habla con soltura de "oferta monetaria" pero rara vez se menciona el término de "demanda monetaria". Lo sustancial parece ser cuántas "vueltas" da una cierta cantidad de dinero en la economía y no durante cuánto tiempo el agente económico está obteniendo utilidad de una determinada cantidad de dinero.

Y, sin embargo, lo esencial para un economista que acepte el individualismo metodológico debería ser estudiar cómo las decisiones individuales (que pueden tener muy variadas influencias) afectan a su entorno social. El estudio de la velocidad del dinero se fija en el resultado agregado de las acciones humanas, pero no es capaz de explicar cómo las acciones humanas concretas dan lugar a ese resultado agregado. Al fin y al cabo, lo agregado no es obra de nadie en particular, sino de todos en conjunto; difícilmente, pues, podremos establecer un nexo entre la acción humana individual y las "vueltas" que una determinada cantidad de dinero da en la economía. Es decir, no estamos haciendo ciencia sino metafísica.

Sin embargo, este embrollo tiene fácil solución sustituyendo las reflexiones sobre la velocidad del dinero por el análisis sobre la demanda de dinero. El gran economista inglés Edwin Cannan definió, con acierto, la demanda de dinero no como la cantidad total de transacciones en una economía sino como la demanda de dinero destinada a mantener saldos de caja. Lo explicaba lúcidamente así ya en 1921:

Debemos conceptualizar la demanda de dinero no como la cantidad total de transacciones, sino como la habilidad y el deseo de las personas para mantener saldos de caja, de la misma manera que pensamos en la demanda de casas no como el número de personas que compra y revende o arrienda y subarrienda inmuebles, sino como el número de personas que ocupan las casas. La simple actividad en el mercado inmobiliario –comprar y vender– en cierto sentido sí implica un "incremento de la demanda", pero de la misma forma en que implica un "incremento de la oferta"; ambos fenómenos se cancelan mutuamente.

Dicho de otra manera, la división que hace Keynes de tres fuentes de demanda de dinero (transacción, especulación y precaución) es parcial y errónea. Lo importante no es para qué vamos a utilizar el dinero, sino cuánto tiempo lo mantendremos en caja hasta que decidimos utilizarlo para cualquier propósito. En otro caso, como ya nos advirtió Mises, hablar de demanda de dinero no tendría ningún sentido porque el dinero siempre se encuentra en los saldos de caja de alguien.

En general, y como en cualquier otro bien, un incremento de la demanda de dinero no contrarrestada por un aumento de su oferta supondrá un incremento del valor del dinero (y por tanto una caída de los precios del resto de bienes) y viceversa. Si, por ejemplo, los consumidores aumentan sus saldos de caja para consumir en el futuro (no es necesario que sea ni para especular ni como motivo de precaución), el precio de los bienes presentes tenderá a caer y el valor de las unidades de dinero que no se retengan en los saldos de tesorería aumentará. En absoluto necesitamos, pues, la idea de velocidad del dinero.

Ahora bien, ¿significa esto que todas las reflexiones sobre la velocidad del dinero efectuadas hasta la fecha resultan inútiles y pueden desecharse en nombre de la demanda de dinero? Como suele suceder en economía, empezamos con un problema de enfoque y, a partir de ahí, las ramificaciones suelen ir degenerando, por lo que regresar al origen y separar el grano de la paja no suele estar de más.

En este caso, el economista sueco Knut Wicksell ya se dio cuenta en 1898 de la fuerte relación entre ambos conceptos al sostener que la demanda de dinero es la inversa de la velocidad del dinero. Si un euro cambia de manos cuatro veces en un año (es decir, si su velocidad es 4), entonces significa que ha estado una media de tres meses en los saldos de tesorería de alguien (es decir, su demanda monetaria es de ¼).

En realidad, por tanto, la idea de velocidad del dinero o de rapidez de circulación tal y como la pergeñaron Cantillon y Thornton sigue siendo útil para los propósitos que cumplía. Sin embargo, como he señalado, supone un serio corsé para el desarrollo de la ciencia económica (como siempre lo ha supuesto el abandono del subjetivismo y del individualismo metodológico). No en vano, quienes han estudiado el valor del dinero desde la perspectiva de su velocidad, como por ejemplo Irving Fisher, han tendido a relacionar el valor del dinero con las condiciones del sistema monetario (densidad de población, desarrollo de las comunicaciones, hábitos de la gente…), mientras que quienes han estudiado el problema desde la perspectiva de la demanda, como Charles Rist, Benjamin Anderson o el propio Cannan, han incidido más en las expectativas y en la actitud de los agentes económicos frente al entorno (expectativas de apreciación o depreciación del dinero y de las mercancías), donde también tiene cabida, pero como una influencia más, la estructura del sistema financiero que analiza Fisher.

La diferencia, por consiguiente, puede reconducirse a un cierto entendimiento, pero teniendo presente la suma importancia que tiene usarlas indistintamente. De hecho, como explicaré en un próximo artículo, esta confusión impide comprender en toda su profundidad la realidad económica, en este caso la realidad de la crisis actual. Y es que, como también concluyó Henry Hazlitt hace 41 años: "La teoría monetaria se enriquecería enormemente si el concepto de una velocidad de circulación independiente o causal fuera del todo abandonado. La perspectiva del valor y de los saldos de caja son más que suficientes para explicar todas las cuestiones que giran a su alrededor."

Abusos buenos y abusos malos según la SEC

Ha convertido en permanente una medida temporal que aprobó en otoño de 2008, prohibir las posiciones bajistas cuyo préstamo no se haya hecho efectivo en el momento de la operación. No es que prohíba directamente las posiciones cortas (bajistas en acciones), pero sí que las restringe. También ha comunicado que mantendrá esta línea en el futuro.

Los grandes operadores no han prestado mucha atención a la regulación. Desde que se aprobó la normativa el año pasado, han encontrado otros métodos similares de ponerse cortos y que ya usaban, como comprar ETFs bajistas, vender futuros, comprar puts (opciones de venta), etc. Como siempre, se trata de una medida que llega tarde e ineficiente.

La opinión popular ha celebrado tal restricción porque comparte la idea de la SEC, a saber, las ventas al descubierto son operaciones desleales y hacen bajar las acciones. En realidad, prohibir las ventas al descubierto, en esencia, significa prohibir vender.

Imagínese que usted quisiera vender un inmueble de su propiedad adquirido hace un par de años. En la situación actual, si la vende al mismo precio, nadie se la va a comprar, por tanto, si le urge sacárselo de encima, tendrá que rebajar el precio. Si lo hiciese, y hubiese una SEC que regulase sus propiedades, se lo prohibiría. Razón: eso hará bajar el precio de los inmuebles del sector. ¡Claro, es que están sobrevalorados!

Las ventas al descubierto sólo facilitan que los precios vuelvan a sus precios reales. Son posiciones temporales, no crónicas. En estos casos alguien vende porque cree que el activo en cuestión bajará. Pero cuando ese actor económico cierra la posición, esto es, compra, el activo sube. Las grandes subidas de la última semana se han debido precisamente a cierre de cortos que han tenido que deshacer posiciones (comprar) a toda prisa con pérdidas.

Hace un año aproximadamente, Rusia fue más allá en la lucha contra las caídas bursátiles y decidió clausurada la bolsa cuando bajaba (no descartamos que Estados Unidos aplique la misma medida también en el futuro). Rusia llegó a mantener cerrada la bolsa durante una semana. ¿Cuál fue la consecuencia? Cuando abría, el mercado se desplomaba y el capital se iba del país. Las crisis no se arreglan con decretos ni prohibiéndolas por ley.

Tal vez la SEC tendría que haber hecho algo antes. ¿Por qué no prohibió comprar cuando había empresas que estaban cotizando a PERs de 50, 60 o 70 veces sus beneficios? ¿Por qué no puso coto a los créditos sobre acciones y a los derivados en aquel entonces?

Lo más hipócrita de este caso es que la SEC, el Gobierno americano y resto de primos hermanos de este último (Reserva Federal, Commodity Futures Trading Commission, Federal Deposit Insurance Corporation…), acusen ahora al mercado de practicar operaciones abusivas y poco transparentes (según se lee en su nota). Señores reguladores, todo lo que hicieron los hedges funds, bancos, grandes carteras, aseguradoras… estaba amparado por la ley, es decir: por ustedes.

¿Qué legitimidad tienen estas organizaciones paraestatales para hacer tales acusaciones? Ven la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio.

Cambian leyes según sople el viento. Hablan de manipular el mercado cuando el propio Gobierno americano se dedica a regalar cientos de miles de millones de dólares a bancos que tendrían que estar quebrados según las reglas del libre mercado. ¿No es esto distorsionar la trayectoria natural del mercado? ¿No es mezquino que el Gobierno robe al hombre común su dinero para dárselo a bancos con nefastos e ineptos gestores? A propósito, ¿se acuerda de que Obama se quejó de los altos bonus que cobraban los ejecutivos a cargo de las TARP? No se preocupe, ya lo ha solucionado. No hay bonus para ellos. Sólo se subirán el sueldo un 50% (Citigroup, Morgan Stanley y UBS).

¿No es una manipulación del mercado tirar por los suelos los tipos de interés para estimular el crédito? ¿No cree que una de las razones por la que se explican las fuertes subidas de la bolsa en estos meses se debe precisamente a que "los grandes", ante el escaso margen de la renta fija, huyen hacia la renta variable comprando de todo? ¿No tendría que hacer algo la SEC? ¿No estarán creando ya otra burbuja?

Los medios políticos no sólo son la fuerza, se han convertido en la moral. En los sacerdotes de la religión prohibicionista del s. XX y XXI. Para ellos, una acción no es "mala" en la medida en que sea éticamente reprobable, sino en la medida de quién la realice. Si la lleva a cabo alguien de la sociedad ha de ser prohibida. Si la realizan ellos, es lo que se ha de hacer por justicia. Su justicia, claro.

¿Existen razones para el optimismo en la actual crisis?

Pese a que durante varios meses fue común emplear la expresión “brotes verdes” para hacer referencia a un cercano fin de la crisis, conforme ha ido transcurriendo el tiempo se ha podido observar cómo su duración no será similar a una tormenta de verano, sino que, todo lo contrario, parece que se extenderá en el tiempo.

Si se analizan las distintas cifras macroeconómicas, parece no existir nada que induzca al optimismo: el producto interior bruto sigue cayendo, las cifras absolutas de desempleo superan los registros anteriores, y los procedimientos concursales son cada vez mayores.

Podríamos preguntarnos los motivos por los que, pese al transcurso del tiempo, la situación económica parece no mejorar. Para ello deberíamos buscar la respuesta en los factores que desencadenaron la actual crisis y analizarlos, viendo si han sufrido algún cambio.

Dicha búsqueda puede iniciarse en la moneda, dado el papel tan importante que ha tenido en el surgimiento de la crisis. Durante los últimos años, los bancos centrales han mantenido unos tipos de interés inferiores a los que se habría llegado aplicando el libre juego de la oferta y la demanda. Como consecuencia de lo anterior, se incrementó la demanda crediticia (para consumo e inversión) y bajó la oferta (es decir, el ahorro). Esto provocó que se acometiesen proyectos de inversión poco rentables que normalmente no se hubiesen iniciado si los tipos de interés hubiesen sido fruto del equilibrio entre oferta y demanda crediticia, entre ahorro e inversión. Si atendemos a los registros de los bancos centrales, la oferta monetaria sufrió unos incrementos muy elevados en los últimos años (alcanzando incluso los dos dígitos) convirtiéndose la moneda en un producto poco recomendable para ahorrar, ya que su valor se envilecía gracias al aumento del dinero en circulación. Esto provocó que el ahorro se canalizase en productos diferentes como las acciones y los bienes inmuebles, al ser más resistentes a la inflación. Lógicamente, ambos aumentaron sus precios, lo que a su vez motivó que más gente adquiriese dichos productos incrementando, aún más, su precio.

Si se analizaba, por ejemplo, el periodo de retorno de inversión de los bienes inmuebles al ponerse en alquiler, el plazo iba creciendo cada vez más en el tiempo, sin que este hecho condujese a la moderación o bajada en los precios, precisamente, por dicha sobreabundancia de dinero. La única forma de rentabilizar ese ahorro inmobiliario era encontrar a otra persona que comprase el bien más caro. Por tanto, se produjo una pirámide, actualmente conocida como la burbuja inmobiliaria. En algún momento esto debía acabar, ya que los préstamos para la adquisición de vivienda cada vez se firmaban con plazos mayores y la cuota de amortización cada vez ocupaba un porcentaje mayor de la renta familiar. Finalmente el número de inmuebles adquiridos disminuyó, estallando la crisis.

Si se realiza el análisis de estos factores una vez llegada a la crisis se puede observar cómo no se ha realizado la corrección de muchos de ellos. La política expansiva del crédito llevada a cabo en las últimas décadas por los bancos centrales no sólo no se ha corregido, sino que se ha incrementado, realizándose inyecciones monetarias masivas. Adicionalmente se han adaptado lo que han venido en denominar medidas no convencionales, como la compra directa de deuda pública y privada, e incluso un banco central ha llegado a adoptar de tasas de interés negativas. Esto ha provocado que los bancos no se hayan visto obligado a liquidar las malas inversiones, que han acabado en sus manos, bien por ejecución de las garantías, bien por compra directa de los mismos para evitar la insolvencia directa del cliente. Por tanto nos encontramos con el hecho de que ni se ha corregido la política monetaria expansiva, ni se han liquidado las malas inversiones, ni, consecuentemente, el precio de los bienes inmuebles se hayan reducido considerablemente pese a caer la demanda y pese a no venderse dichos bienes.

Por otro lado, sí que se puede observar cómo, por el lado privado, sí que se están adoptando medidas para afrontar la crisis. La tasa de ahorro familiar se está incrementando, y la valoración que realizan los bancos del riesgo de impago de sus clientes ha adquirido mayor importancia, con lo que la concesión de créditos ha disminuido e incluso se ha congelado en algunos casos. También, el mundo empresarial ha congelado la inversión en nuevos proyectos hasta que se produzca la corrección de los valores inmobiliarios y pueda obtener rentabilidad en éstos.

Aunque el comportamiento de algunos agentes privados sea el adecuado para afrontar la crisis, la política de los bancos centrales parece haberse enfocado en corregir los síntomas y no las causas que la han provocado. Precisamente dicha política fue la que condujo a la situación actual, cuando se trató de corregir los síntomas de la llamada crisis de las punto com en lugar de atajar la enfermedad. Así, se recomendó bajar los tipos de interés para crear una burbuja inmobiliaria cuyas consecuencias hoy padecemos. Pese a ello, no deja de llamar la atención cómo, en el mundo académico, suelen oírse críticas centradas en el comportamiento de los agentes privados, sobre todo en esa mayor tasa de ahorro y en la mayor evaluación de riesgos que están realizando la banca privada a la hora de realizar los préstamos, pidiendo medidas que incrementen el consumo en detrimento del ahorro y que obliguen a los bancos a realizar una mayor concesión de créditos para estimular el consumo. De hecho se han llegado a formular teorías tan sorprendentes como la creación de dinero con fecha de caducidad, o la eliminación de billetes por sorteo, a fin de aumentar la velocidad de circulación del dinero, y por tanto, el consumo. Quizás quienes formulan dichas teorías han olvidado la reciente historia de Zimbabwe y las consecuencias tan funestas que tiene la manipulación del dinero, y de cómo se puede llegar a su total desaparición, y a la pobreza absoluta.

Por tanto, es el comportamiento de los bancos centrales y el seguimiento de algunas recomendaciones académicas, que parece haber cautivado a algún político y periodista, quienes están retrasando la salida de esta crisis. Por el contrario, el ciudadano parece haberla entendido mejor y es quien, al final, conseguirá vencerla. Eso sí, a un mayor coste por los obstáculos que les están obligando a hacer frente.

Las renovables no crean riqueza, por mucho que os empeñéis

Le faltó añadir la coletilla "valga la redundancia" y el resultado hubiera sido como para recoger firmas, pero Aguirre tiene muy buen corazón y no suele excederse con el adversario excepto cuando acude a los micrófonos de la SER, y ello por estrictas razones de legítima defensa como es bien sabido.

Es dudoso que el presidente del Gobierno haya interpretado esa serie de adjetivos como una ofensa, pues, en efecto, sus prioridades políticas son las mismas que los sindicalistas, su ideología retrógrada y su conducta con los otros "agentes sociales" más propia de un piquetero.

En realidad, lo que hizo Esperanza Aguirre fue definir al personaje con tres simples trazos con los que todos deberíamos estar de acuerdo, comenzando por los empresarios del sindicalismo y sus liberados (de trabajar) gracias al dinero ajeno, y terminando por el propio Zapatero, pues el mayor mérito que puede recibir un líder identificado con un lobby y una causa es que el adversario político dé por sentada esa feliz conjunción.

Con pañuelo rojo en las fiestas mineras o su corbata de diseño en La Moncloa bramando contra la patronal, el comportamiento de Zapatero es exactamente el descrito por la presidenta madrileña, a mayor gloria del movimiento sindicalista español, felizmente anclado en el siglo XIX. Para Zapatero, como para la mayoría de los camaradas sindicalistas, el capitalismo es el culpable de todos los males planetarios, los empresarios unos egoístas sin escrúpulos que roban el fruto del trabajo de las clases proletarias y el Estado el bien supremo cuya principal misión es trincar dinero de los bolsillos decentes para dar subsidios a sus votantes cautivos.

Cuentan las crónicas que Zapatero aceptó las excusas presentadas por Aguirre en un tono de gran cordialidad. No podía ser de otra forma; no había nada que perdonar.