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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

El periodismo de calidad de El País

De entrada, el informe del FMI no llega a decir en ninguna parte que la economía financiera, por sí misma, cree o acentúe las desigualdades. El informe sólo apunta a que en el pasado, y concretamente en los reducidos escenarios estudiados y en una visión a corto plazo, los flujos de capital entrante a las economías emergentes han dilatado el gap entre ricos y pobres. Eso no significa que la "globalización financiera" por sí sola agudice los contrastes entre los diferentes estratos sociales ni mucho menos que haya más pobres que antes. De hecho, algo así no tendría que sorprender a nadie. Cualquier entrada de capital extranjero en una economía, digamos, precapitalista crea al principio una rápida reestructuración del tejido productivo, tanto comercial como financiero, que llega primero a unos y luego a otros. En la revolución industrial europea también ocurrió lo mismo y hemos ido a mejor, no a peor.

También choca del titular de El País el ataque exclusivo contra la "globalización financiera" cuando el informe del FMI especifica que han sido "los avances tecnológicos los que han hecho la mayor contribución a la desigualdad". Independientemente de que tal afirmación sea una barbaridad, el artículo del susodicho periódico casi no hace mención a ello, exceptuando dos líneas del último párrafo. La razón de que el diario omita la principal causa del gap económico-social es evidente. No es una conclusión especialmente popular, ni siquiera para el lector objetivo del rotativo. Por lo tanto, el periodista ha pensado que, no siendo algo que guste oír, es mejor no darle importancia, pese a ser para el FMI la principal causa de la desigualdad.

Instituciones burocráticas como el FMI o el Banco Mundial, que viven de nuestro dinero, se caracterizan porque siempre tienen soluciones para todo, sean buenas o malas, verdaderas o falsas. Por tanto, es fácil imaginar que también en este informe las plantean. El artículo, sin embargo, no las cuenta porque no conviene a su línea editorial. Y es que las soluciones que plantea el FMI no son, como se puede deducir de la ausencia de referencias en El País, un mayor intervencionismo o más regulaciones. De hecho, la institución advierte que las fuertes intervenciones estatales en el pasado no han hecho ningún bien.

Lo que plantea el organismo es ampliar la financiación a los pobres, más educación y una mayor liberalización que le dé protagonismo a la economía de mercado. De lo que no se da cuenta el FMI es que con esta última condición ya es suficiente, porque genera por sí misma un mejor nivel de vida que irremediablemente desemboca en un mayor bienestar material y social, y por lo tanto, garantiza el resto de mínimos que plantea el FMI. Un país no puede pasar de pobre a rico en una semana, exige pasar por todos los escenarios necesarios para no tener después abruptas roturas ni desequilibrios.

En definitiva, tenemos un informe del FMI que no hace más que decir, por un lado, cosas que ya todos los economistas sabían desde hace más de 200 años y, por otro, otras que son tan contingentes que no merecen ni la más mínima atención. Por ejemplo, en el informe, aparentemente científico, llegan a afirmar que algunos factores económicos se han producido por "buena suerte". Evidentemente, recurrir a argumentos de este calibre intelectual resta credibilidad y rigurosidad a cualquier estudio.

Pero mucho menos creíble es el  "riguroso" artículo de El País, cuyo contenido poco tiene que ver con lo que el FMI muestra realmente en su revista. En conclusión, si quiere dejar de ser otro borrego más que sólo se cree los dictados del pensamiento único será mejor que emplee este tipo de publicaciones para envolver el bocadillo del desayuno. Es para lo único que sirven.

La viabilidad de la reserva fraccionaria

La economía neoclásica asume en su práctica totalidad que la reserva fraccionaria (esto es, la obligación de los bancos de mantener en reservas sólo una parte o fracción de sus depósitos) es posible sin generar efectos perversos sobre el resto de la sociedad. La escuela austriaca, por otro lado, concluye en su mayoría que la reserva fraccionaria provoca el ciclo económico y las crisis bancarias.

El debate, en realidad, se encuentra mal enfocado. El problema no es tanto si los bancos deberían conservar en todo momento el 100% de sus depósitos en forma de reservas monetarias, sino si pueden o no incurrir en situaciones de iliquidez, es decir, situaciones donde el plazo de vencimiento de sus pasivos sea inferior al plazo de vencimiento de sus activos.

Con esto quiero decir que es posible que los bancos no mantengan el 100% de sus depósitos en forma de reservas monetarias pero que, aun así, sigan siendo líquidos. El sistema bancario sí debe sujetarse a una reserva del 100%, pero del 100% en forma de activos líquidos: oro y letras de cambio. Muchos austriacos se equivocan al restringir los activos líquidos al dinero; muchos neoclásicos yerran mucho más al considerar que la iliquidez bancaria es un problema que puede solventarse con buena planificación y con la intervención del Banco Central.

Por consiguiente, los bancos pueden utilizar sus reservas para participar en el mercado monetario. Como grandes depositantes de oro, pueden descontar letras de cambio (y adquirir la diferencia entre el tanto descontado y el valor nominal) o servir como cámaras de compensación de depósitos y letras.

Esto implica que en un sistema monetario libre, los bancos podrían emitir billetes respaldados parcial o totalmente por letras de cambio, sin que cupiera considerarlos una duplicación inflacionista de la "masa monetaria".

La razón es sencilla y se la conoce como la "ley del reflujo de Fullarton". Los bancos emiten billetes respaldados por oro y letras (o sólo letras) que no son más que pasivos que ellos mismos aceptan por su valor nominal, esto es, son deudas del banco para con su tenedor que permiten saldar créditos de igual importe con el banco. El reflujo se da cuando los billetes (pasivos) emitidos por el banco fluyen hacia él para pagar las letras (activos) que había descontado previamente con esos billetes.

El proceso tiene su importancia para, por ejemplo, organizar el pago de los salarios. Un fabricante entrega a su distribuidor las mercancías y éste le entrega una letra de cambio. Sin embargo, el fabricante tiene que pagar a sus trabajadores antes de que venza la letra. Para ello tiene dos opciones: o pagar a los trabajadores con cargo a sus ahorros (con lo que dispondrá de menor capital para invertir) o bien acudir a un banco a que le descuente la letra.

El banco puede entregarle oro o bien puede adquirir la letra emitiendo billetes. El fabricante tomará esos billetes y los entregará a los trabajadores quienes, a su vez, tratarán de utilizarlos para comprar las mercancías que posee el distribuidor. El distribuidor aceptará los billetes ya que le servirán para pagar la letra descontada que se encuentra entre los activos del banco. Con el vencimiento, el banco saldará la letra con sus billetes: una vez las mercancías hayan llegado al último consumidor, letra y billetes desaparecerán de la circulación.

El sector bancario ha actuado como una gran cámara de compensación, donde las deudas y los créditos de fabricantes, distribuidores y trabajadores/consumidores se han compensado entre sí. No ha habido necesidad de movilizar el oro ni de recurrir a los ahorros: las mercancías han circulado y se han intercambiado en última instancia mediante el trueque.

Si el sistema funciona correctamente, no puede haber “pánicos bancarios”. Los pánicos se generan por dos motivos: el primero es que el sistema bancario se vuelva ilíquido (o existan sospechas de que se ha vuelto ilíquido) y los depositantes se enteren de ello, con lo que acudan en masa a retirar los depósitos. El segundo es que los depositantes acudan al banco en cuantía superior a la prevista y el banco no tenga fondos para devolverles sus depósitos (con lo que se extiende la sospecha de iliquidez).

En principio, si los bancos mantienen sus reservas en oro y letras, no hay razón para que la gente sospeche que el sistema bancario se ha vuelto ilíquido. Pero si aun así lo creyera por error y acudiera en masa a retirar sus depósitos, hay que tener presentes que las letras vencerán en oro en un plazo muy breve, por lo que con una corta espera, todos los depositantes cobrarían y el pánico se disiparía.

Además si los depositantes acuden al banco en un número superior al previsto y éste no puede pagarles en oro, siempre puede pagarles en billetes. Los depositantes podrán utilizarlos para adquirir mercancías ya que los distribuidores las aceptarán para saldar sus deudas al vencimiento.

Muchos austriacos yerran al considerar que esta modalidad de la reserva bancaria es nociva: no ha habido expansión de la estructura productiva, porque no se han trasvasado fondos desde el mercado monetario al mercado de capitales; esto es, toda la inversión sigue proviniendo de ahorros reales.

Ahora bien, este sistema sí puede funcionar mal cuando el banco emita billetes no respaldados (con lo que tendrá más deudas que créditos), descuente letras de mala calidad (gente poco solvente o mercancías poco líquidas) o alguno de los actores retenga los billetes del banco en su saldo de caja (de modo que no se produce el reflujo).

Es por ello que el oro sigue siendo el baluarte último de la liquidez de todo el sistema. Al funcionar como mecanismo para saldar los saldos acreedores netos, permite poner coto a los problemas anteriores. Cuando un banco sobreemita billetes, terminará con un saldo deudor en las cámaras de compensación que tendrá que saldar con cargo a sus reservas de oro. Lo mismo sucederá cuando descuente letras de mala calidad (una letras impagada equivale a una sobreemisión de billetes). Y cuando un actor retenga los billetes, tendrá que saldar su deuda en oro con el resto de los actores.

Pero junto a esta función limitadora de la iliquidez del sistema bancario, el oro también es la unidad en la que tanto los precios de las mercancías, los salarios y, sobre todo, el valor nominal de las letras y de los billetes se expresa. El oro es lo que permite compensar los saldos y que todo el sistema funcione.

En otras palabras, resulta erróneo pensar que puede prescindirse del oro en un sistema monetario. Sin oro las letras y los billetes sólo circularán merced al curso forzoso y los resultados serán el señoriaje inflacionista y la iliquidez de los balances bancarios como precedente de la crisis económica.

Pollos y gallinas

Aquí hay varias cuestiones básicas que merecen la pena ser recordadas. Todo el mundo quiere vender caro y comprar barato. A la gente le cuesta enormemente pujar para comprar más caro y vender más barato. No sé si será genético, cultural o el resultado de seres racionales interactuando en un entorno de escasez. Incluso me atrevería a apostar que Berenguer prefiere cobrar más que menos y pagar menos por su casa que pagar más.

La cuestión de fondo es por qué suben los precios de los alimentos básicos. Según Berenguer, podría deberse a las declaraciones de empresarios y directivos del sector alimenticio. Es lo que algunos economistas llaman actos focales. Vamos, que esas personas tratan de focalizar la atención sobre unos productos determinados para aumentar la demanda y subir el precio. Señor mío, esto es lo que tratan de hacer todos los empresarios, y con mucha razón. Pero si para subir el precio de los alimentos bastara con gritar "¡ay, cuánto me temo que tendremos que subir los precios!", viviríamos remando en el río de los lloriqueos. Si los actos focales funcionaran automáticamente, todos los empresarios los llevarían a cabo a diario. El problema sería que no todos los precios podrían aumentar. Si la gente gasta más en patatas, tendrá que gastar una porción menor de su renta en otros bienes focalizados.

Biocombustibles

Ocurre, sin embargo, que casi todos los precios suben. Unos más que otros, claro. El pollo suele ser culpado cada trimestre de provocar inflación. En realidad, las culpables son las gallinas: aquellos que quitan poder adquisitivo al dinero con el que todos salimos adelante y no se atreven a dar la cara ante la ciudadanía. Me refiero a los políticos y sus burócratas. Los precios no paran de subir porque nuestras gallinas no paran de darle vueltas a la maquinita de hacer dinero. Además, han disparado el coste de la producción alimenticia subvencionando los biocombustibles.

Bajo esas circunstancias, los empresarios hacen lo que pueden para no hundirse con el valor de la moneda envilecida y la subida artificial de los costes. El colmo de la perversión política es amenazar a los políticos por tratar de salvarse de la quema orquestada desde el Banco Central y el Ministerio de Medio Ambiente. Y tiene gracia que quienes ostentan el monopolio de decidir quién ejerce acciones monopolísticas culpabilice a los castigados empresarios del sector alimenticio. ¿Será ésta una actuación focal de Berenguer?

Ben “Helicóptero” Bernanke hace de las suyas

En 1969 se publicó un libro de Milton Friedman llamado The Optimum Quantity of Money donde el autor describe mediante un ejemplo cómo escapar a la deflación y a las trampas de liquidez. La suposición de Friedman consiste en tirar dinero desde un helicóptero para dar liquidez inmediata a individuos y empresas. El actual presidente de la FED quedó maravillado con esta suposición afirmando que "el Gobierno tiene una fantástica tecnología llamada imprenta que le permite crear tantos dólares como quiera sin coste alguno. (…) Actuando así, el Gobierno puede reducir el valor de la moneda en términos de bienes y servicios (…) creando mayor gasto, y por lo tanto, inflación positiva."

En el discurso, Bernanke menciona su admiración por el helicóptero de Friedman y a la vista queda cómo lo interpreta él: inyecciones de liquidez y bajadas de tipos, tanto en los fondos federales como en el de descuento. Este último por partida doble, ya que la primera bajada fue en agosto. Estas medidas sólo significan una cosa: más inestabilidad futura, o como diría Bernanke, más "inflación positiva". La misión de las inyecciones de liquidez, o entradas de dinero al sistema, era paliar la crisis, algo que no han conseguido. ¿La bajada de tipos servirá de algo? Pues tampoco, salvo para empeorar la situación.

La manipulación de los tipos de interés no tiene un efecto inmediato en la economía. Las consecuencias de su modificación suelen tardar en aparecer, según el escenario, más de medio año, ya que la alteración de los parámetros ahorro y gasto significa una reestructuración desigual de la estructura productiva, y esto lleva tiempo. ¿Se da cuenta ahora de la barbaridad que han hecho Bernanke & Co.? La FED ha usado una herramienta a largo plazo para poner coto a un problema en el corto plazo. Esto significa que la FED no ha hecho más que echar más leña al fuego, creando una ficción de bienestar que repercutirá negativamente en el futuro con más inflación y una economía que crecerá sin fundamentos en términos de producción real. Corremos el riesgo todos, no sólo Estados Unidos, de enfrentarnos a una crisis mayor de aquí a un año o dos.

Esta situación no es nueva. Viene repitiéndose recurrentemente desde hace décadas y a medida que avanzamos en el tiempo observamos como los ciclos cada vez son más volátiles y las crisis más cercanas entre ellas. Ideas de bombero como tirar dinero de un helicóptero, darle a la imprenta, inyectar dinero al sistema o bajar tipos por presiones políticas y mediáticas no harán que funcione mejor la economía, porque la inflación crediticia no es su motor, sino su cáncer. No se puede buscar el crecimiento continuo, entre otras razones porque es imposible; la economía se ha de adaptar a las preferencias de los actores que la componen. El sistema actual funciona al revés, con funcionarios dictándoles a qué ritmo han de bailar la música. El medio se ha confundido con el fin.

Uno de los primeros pasos para acabar con esta situación que parece no tener solución es aceptar que el sistema monetario fiduciario en el que nos encontramos –creación de dinero sin respaldo de ningún tipo– es un error teórico y práctico que tiende a ser más inestable a medida que pasa el tiempo.

Tal vez sea el momento de pensar alternativas rupturistas y que tengan un auténtico sentido económico, esto es, dinero respaldado con activos reales, ya sea un patrón oro, plata o de otro tipo, que nos prevenga de los males de un papel-dinero inflacionista sin más respaldo que las vanas promesas de un burócrata.

¿Un coeficiente de caja del 100%?

En la cuenta personal no se nota porque, en un ejercicio aceptado de contabilidad creativa, no ve que sus depósitos se esfumen, aunque estén ya comprometidos en un crédito a un tercero.

No pasa nada. No todo el mundo acude a la caja al mismo tiempo, por lo que, en realidad, esa ficción de que todos tienen sus depósitos a la vista y con total liquidez se mantiene sin ningún problema. Hasta que surge algún problema, es decir. Porque entonces lo que vemos son largas colas de clientes de la entidad yendo a la caja por su dinero. Saben, en realidad, que en la caja no hay para todos. Que su depósito a la vista estaba en realidad demasiado lejos para poder percibirlo. En una hipoteca por pagar, en la compra de maquinaria por una empresa, en las cuentas en rojo de una familia que se compra un nuevo coche… En cualquier caso no en su banco.

Y es peculiar, porque nuestro ordenamiento jurídico ve con malos ojos el préstamo de los depósitos. Con los bancos hace una excepción, pero el resto de los mortales no podemos seguir su ejemplo. A Jesús Polanco le llevaron a juicio por prestar los depósitos de los decodificadores de Canal+, aunque finalmente quedara absuelto.

Por estas y otras razones hay quien propone que se haga una clara distinción entre los préstamos y los depósitos y que estos últimos se mantengan al 100% en caja y no se presten. Y, siguiendo la misma lógica, proponen que no se pueda uno endeudar a corto plazo para prestar o invertir a largo, sino que los plazos del ahorro recibido por las entidades financieras y los préstamos que realizan casen entre sí.

Los bancos perderían la magia de crear dinero de la nada, pero no se encontrarían en situaciones como la que vive el Northern Rock. Pero ¿es necesario? ¿Tiene sentido recuperar la práctica tradicional de mantener un 100 por ciento de coeficiente de caja? El debate es relevante en tiempos de crisis.

¿Quiénes llaman justicia al dinero?

La acusación por el bando socialista de que el capitalismo (o la sociedad libre o abierta, como prefieran) subordina cualquier valor humano a lo material es absolutamente paradójica. En primer lugar porque el vacío ideológico e histórico del socialismo se cubre con retazos marxistas mal pensados. Y Marx sí era materialista, identificaba a lo económico con lo material y decía que el ser humano estaba inerme ante las inexorables fuerzas de las relaciones económicas. Ni objetivos y sueños personales, ni creatividad, ni ambición, ni esfuerzo. Todo empeño individual es vano y cuanto aporta de específicamente humano no es más que superestructura al servicio de lo material. A ese engendro ideológico y moral siguen, consciente o inconscientemente, quienes acusan al capitalismo de materialista.

Por si no fuera poca paradoja, resulta que quienes sí someten cualquier valor humano a lo económico son los socialistas y no, desde luego, los liberales. No tienen más que fijarse en las palabras de cualquier socialista de toda laya. En cuanto comienza hablar de justicia, de ética, comience a contar en euros o en dólares. Porque de lo que habla, invariablemente, es de economía. Desigualdades de renta o riqueza, falta de acceso de tal o cual grupo de personas a ciertos bienes o servicios, acceso común a determinados servicios (educación, vivienda, sanidad…). A veces intentan disimular diciendo que la sanidad, pongamos por caso, no es un bien económico. Pero es un servicio más y su producción y demanda están sometidos a las mismas vicisitudes de cualesquiera otros servicios. Ellos mismos comenzarán a habla de destinar… ¿adivinan qué? Toneladas de "dinero público" para la sanidad. Dinero, siempre dinero. Tan materialistas son que cuando hablan de justicia se refieren al dinero.

El liberalismo no es así en absoluto. Parte de la idea de la dignidad de la persona y de que tiene un espacio en torno a su persona que es a la vez sagrado y profundamente humano. Lo llamamos "derecho a la vida" si nos referimos a nuestra propia existencia, o "derecho de propiedad" si nos referimos a la justa adquisición de los medios para sostenerla. Cuando un liberal habla de justicia no se refiere al dinero, sino a la persona, que es el protagonista de su modo de entender la sociedad, y a sus derechos más fundamentales. Que no son, como pretenden los socialistas, estrictamente económicos.

Por si fuera todo ello poco, hay un aspecto más que demuestra el abismo ético y moral también entre el liberalismo y el socialismo. Pues, tómese "socialismo" en su acepción más amplia, esa ideología coloca al individuo, a la persona, como instrumento. Pasa de ser un fin en sí mismo a ser un medio para alcanzar… el comunismo, la "justicia social", el lebensraun. Dinero; otra vez el dinero. Y la persona y su dignidad a hacer gárgaras.

Y van por el mundo colgados de una supuesta superioridad moral. A mí, desde luego, que no me vengan con eso, porque les tengo calados.

Se acabó la fiesta

El Gobierno se empeña en ubicar los malos augurios en la precampaña electoral; los críticos son tildados de antiespañoles por desear que la bonanza se tuerza y la cena se achicharre. Más bien cabría pensar que el Gobierno está tratando de guardar el polvo bajo la alfombra y de conectar el ventilador para despejar el tufillo a socarrado y poder presentar un balance económico ante las elecciones con más maquillaje que el de Enron.

Es cierto que el mal dato del paro de agosto podría tener un carácter puramente coyuntural y que, de manera aislada, no permite concluir que los buenos tiempos hayan tocado a su fin. De hecho, erraríamos si pensáramos que, a partir de este  momento, cualquier noticia económica será mala. Los ciclos económicos son fruto de las acciones de los individuos, y por tanto tienen un cierto componente de indefinición; sabemos cuáles son sus fases, pero muchas veces es difícil señalar puntos de inflexión definitivos.

En el caso de España, parece que la construcción ha entrado definitivamente en parálisis, tras las continuadas subidas de los tipos de interés. Los españoles ya están demasiado endeudados (La Caixa calculó hace unos días que el endeudamiento de las familias representaba el 103% de su renta disponible) como para embarcarse en nuevas venturas inmobiliarias, y la escalada de los tipos no ayuda a que los individuos que aún son solventes decidan adquirir nuevas viviendas.

Y no, pese a los ignorantes que proclaman lo contrario, esto no es fenómeno patológico del capitalismo, ni de los mercados financieros. El capitalismo no es estructuralmente inestable ni engendra ciclos económicos: el intervencionismo del Estado en materia monetaria sí lo hace.

El Banco Central Europeo mantuvo durante años unos tipos de interés muy bajos (llegaron al 2%) que alentaron a miles de familias a endeudarse para adquirir una vivienda. ¿Quién iba a pensar que la época del crédito barato, de las facilidades financieras y de la liquidez a borbotones iba a terminar en algún momento? Es más, ¿qué habría cambiado si un grupo de numantinos se resistiera a endeudarse ante un panorama de tipos artificialmente bajos? El BCE los hubiera mantenido al 2% el tiempo que fuera necesario para que los conejillos picaran y se engendrara un boom.

Todo esto no hubiera sucedido en un sistema de patrón oro, donde cada banco puede emitir libremente su propio dinero. En estos casos, las reducciones de los tipos de interés que no están respaldadas por ahorros reales se traducen rápidamente en sangrías de oro para el banco que está expandiendo el crédito, por lo que la creación de mala deuda pronto tocaría a su fin.

El crecimiento de la demanda de vivienda, auspiciada por las "autoridades monetarias" de corte socialista, ha provocado durante años una expansión ficticia de la economía que muchos confundieron con bienestar económico. Simplemente estábamos consumiendo las rentas de nuestro futuro; o, por decirlo en términos más coloquiales y precisos, estábamos hipotecando nuestro bienestar futuro y despilfarrando en el presente.

Ha llegado la hora de la verdad. Toca devolver las deudas, y a muchos el agua les llega al cuello. Entre ellos se cuentan los bancos, cuyas carteras de activos están compuestas en su mayor parte (alrededor del 60%) por préstamos a la construcción y sectores afines. ¿Qué harán cuando la morosidad se dispare? Sin duda, adquirirán una cuantiosa cartera de activos inmobiliarios procedentes de las garantías a los préstamos, pero no queda claro cómo lograrán convertirlos en fondos líquidos para sus depositantes sin enajenarlos con importantes descuentos.

De momento, la construcción ha dejado de tirar del carro, y ya está destruyendo empleo. El Gobierno dice que estamos ante un cambio en nuestro patrón de crecimiento y que otros sectores tomarán el relevo en la creación de riqueza. Lástima que estemos más ante un brindis al sol que ante realidades contrastadas. Los servicios y la industria llevan dejando de crear empleo desde finales de 2005; de hecho, en agosto concentraron alrededor del 60% de todo el paro.

Es verdad que si estuviéramos en una economía no intervenida la crisis de la construcción habría dado lugar a una reasignación de recursos hacia otras actividades más rentables. La construcción habría menguado para que otros se expandieran. Pero en España y en el resto del mundo este proceso se halla seriamente limitado por el intervencionismo estatal.

En primer lugar, los factores productivos (especialmente el trabajo) están rígidamente regulados, por lo que resulta muy complicada y cara su reasignación. En segundo lugar, la excesiva carga financiera que soportan las familias como consecuencia del intervencionismo monetario impide que el consumo se traslade de unos sectores a otros. Simplemente, aquéllas restringen su consumo e inversión para intentar devolver la enorme deuda que han contraído.

La labor de un Gobierno que carece de control sobre la política monetaria ante una crisis debería pasar por flexibilizar al máximo los mercados de factores y por incrementar la renta disponible de los individuos. Para lo primero sería necesario acometer una reforma laboral drástica, más allá de la fotografía corporativista a que da lugar el llamado "diálogo social"; para lo segundo, nada mejor que reducir el gasto público y rebajar los impuestos.

Tenemos un ejemplo claro: en 1920 Estados Unidos sufrió la mayor crisis de su historia. Ni siquiera el famoso crack del 29 dio lugar a una reducción mensual tan abrupta del PIB y la producción industrial. Ante esta situación, el secretario del Tesoro, Andrew Mellon, redujo el gasto desde los 6.403 millones de dólares de 1920 a los 3.373 de 1922, lo que le permitió reducir la recaudación por impuestos de 6.695 millones a 4.109 (el tipo máximo pasó del 77 al 58%; y siguió recortándolo hasta el 25% de 1925). Además, también redujo el número de funcionarios y militares, con lo que se incrementó la mano de obra disponible y se facilitó la recuperación. A mediados de 1921, el país ya había salido de la crisis.

Entre sonrisa y sonrisa, ZP pretende camelar a los españoles. En lugar de reformar el mercado laboral y bajar los impuestos de manera sustancial, ha incrementado el gasto de manera desproporcionada (baby-cheque, subida de pensiones, permisos de paternidad, servicio odontológico gratuito), con lo que limita el margen de maniobra ante la incipiente crisis.

El Estado, con su control monetario y su despilfarro de los recursos, nos ha situado en una muy difícil situación. Ojalá la próxima crisis sirva para que entendamos que ya es hora de desembarazarnos de los burócratas okupas que viven de nuestro esfuerzo y se dedican a empobrecernos y reprimirnos. Sobran los Bancos Centrales y los Presupuestos.

El oro y la soberanía del consumidor

Antes de que a ningún facineroso se le ocurriera hablar de monedas de curso legal, varios bienes han servido como dinero. Pero ninguno como la plata y especialmente el oro.

Parece que la larga relación entre el oro y el dinero se haya roto para siempre. Después de la crisis social y económica de los 30’ y de Bretton Woods parece que el oro ha quedado para la joyería. Pero no es así, sigue siendo un activo monetario de primer orden y más que lo va a ser en el inmediato futuro. Hay quien quiere exortizarlo repitiendo las palabras bárbara reliquia. Pero no resulta efectivo.

El Instituto Juan de Mariana ha publicado recientemente un informe que, cuando menos, es sugerente. Se plantea la posibilidad –real, aunque no se pensara entonces en ello– de adoptar el oro como base para la peseta en el año 1972. Desde entonces han corrido 35 años, toda una vida para quien les escribe. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiésemos confiado en el metal como moneda? Entre otras los precios serían hoy 21 veces inferiores. Una casa de 600.000 euros costaría poco menos de 30.000. Y el precio del petróleo se habría abaratado especialmente, teniendo en cuenta que su precio se fija en dólares. Una energía barata, para un país dependiente como España, hubiera venido muy bien.

Pero hemos seguido el camino inflacionista que también han transitado otros, y con un enorme coste. Hay una relación negativa a largo plazo entre inflación y crecimiento. Además la inflación afecta especialmente a las economías más modestas y hace subir los impuestos sin aumentar los tipos, simplemente haciendo parecer real una mejora en los salarios que no lo es.

Pero una de las muchas perversidades de la inflación, una de la que apenas se habla, es el modo como mina la soberanía del consumidor. Cuando uno tiene en la mano una moneda que no pierde valor con el tiempo, mantiene con ella toda su fuerza negociadora. Si, por el contrario, cada día que pasa es un nuevo sacrificio inútil ante el dios de la inflación, vale más correr a las tiendas a entregar un dinero que quema en el bolsillo y llevarse a casa, al menos, un bien real. Una moneda sana es la mejor defensa de los consumidores. Y el oro, como muestra el informe del Juan de Mariana, nos habría defendido muy bien.

Sarkozy, necio intervencionista

Para el presidente francés "el euro tiene que estar al servicio de la economía", y ahora no es así, atribuyendo a la fortaleza del euro el escaso crecimiento de la economía francesa. "Hemos hecho la segunda moneda del mundo y somos los únicos que no nos servimos de ella"; "puede que el euro esté apreciado a su justo valor, pero el problema es la competencia de las otras monedas, que el dólar, el yen o el yuán no están a su valor".

Sarkozy es tan ignorante (o tan deshonesto) en cuestiones económicas que cree (como muchos otros) que la manipulación monetaria puede mejorar la economía de su país (seguramente no conoce la teoría de los ciclos económicos debidos al intervencionismo monetario y crediticio). Cree que existe un valor "justo" de una moneda fiduciaria estatal, y que si los demás países hacen trampa devaluando las suyas nosotros los europeos tenemos que hacer lo mismo: el euro no debe servir como depósito estable y fiable de valor sino ser usado como herramienta en guerras comerciales; así las empresas europeas parecerán competitivas sin serlo realmente, y perderemos poder adquisitivo pero estaremos felices exportando mucho e importando poco, como buenos mercantilistas.

El presidente francés pretende que los tipos de interés se establezcan debatiendo (y luego imponiéndolos políticamente, claro) en lugar de dejar que surjan libre y espontáneamente en el mercado mediante las interacciones de prestamistas y prestatarios según sus capacidades de ahorrar y sus preferencias temporales. Si un banco central es auténticamente independiente, lo que debatan los políticos ha de ser completamente irrelevante: justo lo contrario de lo que pretende este megalómano. Que además es tan necio que se queja de la inflación cuando propone bajar los tipos de interés (aunque no lo menciona es obvio que no pretende subirlos) y devaluar la moneda, lo cual producirá aún más inflación.

Sarkozy reclama que la UE se blinde ante la globalización para no ser su "víctima expiatoria". Pide a las autoridades europeas "una política económica y una política industrial" ("No me da miedo la expresión", insiste). Para que ésta sea posible, reclama "la preferencia comunitaria". Según él Europa está "condenada" si renuncia a defenderse "cuando todos los demás se protegen", si impone a las empresas reglas medioambientales "cuando los demás no imponen ninguna", y si sigue abierta a productos "fabricados gracias al trabajo de los niños o presos". Asegura que Europa es la "única región del mundo donde es imposible conducir políticas industriales, comerciales o de cambio", y que así será "la presa de los depredadores del mundo entero y la víctima expiatoria de una globalización" que hace felices a quienes no tienen escrúpulos en aprovecharla para sus intereses.

Entiende la globalización no como el comercio libre y voluntario entre individuos, sino como una guerra a muerte donde los demás son los malos: depredadores, sin escrúpulos, que se aprovechan de forma egoísta y que hacen trabajar a los niños (no pueden faltar en la demagogia de un gobernante que se precie); y nosotros somos los buenos ingenuos. Europa es mucho más proteccionista que otros países o zonas comerciales, y su letargo económico se debe a la interferencia política (esa que no le asusta, qué valiente) y las regulaciones absurdas y antiliberales, pero a los políticos les sale la mentira con descaro de forma natural. El socialismo a la europea, repleto de subvencionados, protegidos y parásitos varios, sí que lo tiene bastante crudo en un mundo competitivo que quiere trabajar, comerciar y prosperar; Europa sólo está en peligro si se empeña en seguir por este camino.

Ante tantas necedades quedan en muy poco sus otras intenciones de reformas económicas como la reducción del techo del IRPF, la supresión de tasas que gravan las horas extra, la flexibilización de las 35 horas semanales, la reducción del número de funcionarios y su reivindicación de la energía nuclear como garantía de la independencia energética de Francia. Porque además anuncia que desea "constituir un gran grupo de gas y electricidad que tenga dimensión europea y del que el Estado será accionista" con la fusión entre Gaz de France y Suez, aunque esta última sociedad "tiene que especializarse en la energía", aunque eso "corresponde decidirlo a los accionistas". ¿En qué quedamos? ¿Tiene que hacerlo o pueden decidirlo sus accionistas?

Ordenándole qué hacer con su dinero

Pues que no sólo le están tomando el pelo sino que encima su poder adquisitivo se va a reducir.

Hay mucha gente a la que, cuando sucede lo mismo siendo burócratas los responsables y los ciudadanos las víctimas, les parece una cosa distinta. ¿No ha pensado nunca en la perversidad de los bancos centrales? Estas entidades paragubernamentales trabajan supuestamente para nuestro bien, pero cuando alguien cobra cantidades astronómicas de dinero proveniente de la extorsión gubernamental por "nuestro bien", ya deberíamos intuir que algo no irá bien.

Los bancos centrales, por nuestro bien, nos dictan cómo ha de ser nuestra economía y nuestro comportamiento económico diciéndonos cuándo hemos de ahorrar, cuándo hemos de gastar y cuando hemos de pasar penurias económicas. Hace lo mismo que el empresario del ejemplo anterior, pero se lo consentimos e incluso lo vemos necesario. Además, somos clientes cautivos de la moneda del banco central sin que tengamos opción alguna. En el caso del empresario hipócrita, al menos, siempre podemos cambiarnos de trabajo.

Cuando estos tecnócratas creen que ya no debemos ahorrar, imprimen dinero. Más concretamente amplían la oferta monetaria, ya que hoy día se usan sistemas más sofisticados que darle a la imprenta para hacernos vivir momentáneamente en una ilusión transitoria de riqueza. El nuevo dinero salido de la nada, alias "inflación crediticia", se expande por toda la economía aumentando el precio de los bienes y servicios de todos los escenarios productivos más que nuestras rentas, acentuando los ciclos y generando pérdidas totales en los sectores más expansivos, y por extensión, en nuestros bolsillos.

Aparte de los tecnicismos y la errónea filosofía intervencionista en la que se basa el regulador monetario, las decisiones finales no son producto de un razonamiento puramente técnico; como todo en el mundo de la política, son el resultado de presiones e intereses.

Miremos un poco atrás. Se produjeron situaciones similares a la de ahora y consiguientes bajadas de tipos de interés por sorpresa en 1991 y 1998. Entonces todo empezó en Estados Unidos también. En aquellos momentos la Reserva Federal no actuó por factores puramente técnicos, sino por presiones políticas, populistas y mediáticas. La consecuencia de esas acciones nos la encontramos, en parte, ahora. Si los bancos centrales vuelven a bajar tipos –aunque aún no lo hayan hecho siguen inyectando día a día liquidez al mercado, lo que es una medida totalmente contradictoria a sus posturas oficiales–, lo único que obtendremos será una crisis más fuerte en un futuro cercano. De hecho, la intervención de los bancos centrales en aquellos años produjo poco tiempo después derrumbes generalizados en todas las bolsas. El mercado tuvo que ajustar los estropicios que habían provocado los burócratas.

La política monetaria de los banqueros centrales no deja de ser otra muestra de mercado manipulado y economía dirigista donde todos los lobbies –como altos burócratas, políticos y grandes empresas demasiado amigas del Estado– presionan para favorecer sus propios intereses. Nada lo hacen por el bien común: eso es otro mito que aún arrastramos del siglo XX.

Los únicos responsables de la situación actual, así como de las crisis anteriores y la que van a venir, son los altos burócratas que han creado una falsa ilusión de riqueza allí donde la economía privada y las finanzas de los ciudadanos se han comportado de forma irresponsable. Esta situación de auges y crisis se va a seguir produciendo hasta que no se corte de raíz. No hay soluciones mágicas ni pragmáticas. El auténtico mal es la politización de la economía y el remedio es anular totalmente cualquier tipo de interferencia estatal o paraestatal.