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Etiqueta: Elecciones

Feijóo, la derecha Vicente

Buscar una explicación al resultado de las elecciones generales del 23J se ha convertido en el ejercicio favorito este verano de comentaristas políticos y de cualquier ciudadano mínimamente atento a la cuestión. Simplemente, porque haber apostado por el resultado que salió resultó muy rentable por lo arriesgado, pues todos los pronósticos iban en dirección muy distinta.

Siempre es más fácil a toro pasado analizar lo sucedido que preverlo anticipadamente. Pero no debería resultar tan llamativo dicho resultado inesperado si atendemos especialmente al caso del ganador que no ha ganado, el PP. Siendo más específicos, a su candidato Feijóo.

Lo imprevisto de los resultados del 23J se basó especialmente en un hecho: los resultados de las elecciones autonómicas del 28 de mayo. Y en una premisa: parecía casi imposible que en menos incluso de 2 meses la marea de derechas de mayo pudiera significativamente cambiar.

Razones para un cambio de rumbo electoral

Al intentar responder por qué se ha podido producir semejante movimiento electoral en sólo 7 semanas, hay dos cuestiones tan insoslayables como cruciales. Los candidatos y su campaña (que no son los mismos para un municipio o autonomía que para la presidencia del Gobierno), y la gestión post elecciones autonómicas de los pactos.

Hacía años, al menos desde 2011, que un candidato del PP no afrontaba unas elecciones generales con un escenario tan favorable. Feijóo pensó que sólo era cuestión de dejar pasar los días sin hacer mucho ruido. El triunfo le iba a llegar caído cual fruta madura. No había ninguna batalla especial que dar. Así que fue una campaña relajada y playera de ‘Verano Azul’ (‘que te vote Txapote’ era como una mera y graciosa boutade de las bases). Sánchez acumulaba tan enorme cúmulo de cifras económicas negativas y políticas impopulares fruto de su alianza con la extrema izquierda, que parecía innecesaria tal batalla. Y la indignación de los populares pareció centrarse casi más que en otras cosas en el fastidio para el votante de unas elecciones en verano.

Un PP socialdemócrata y aceptable para votantes del PSOE

La campaña tan discreta e incluso ausente de Feijóo (es imposible hoy no ver su ausencia a debates televisivos como un mayúsculo error) en verdad iba muy bien con su perfil. A Feijóo en alguna ocasión como jefe de la oposición se le preguntó que definiera ideológicamente a su partidoel encaje de bolillos que respondió para no mentar el término ‘derecha’ en ninguna parte debería ser motivo cuanto menos de sorpresa para cualquier votante que no se considera de izquierdas. Así, Feijóo definía al PP como ‘un partido socialdemócrata, de centro, con el que se pueden identificar socialistas templados’. Imaginémonos a un candidato del PSOE en Madrid que apele a los ‘ayusistas templados’.

Notemos, pues, la importancia de lo templado para el PP de Feijóo, que es templado porque -siempre según Feijóo- la derecha quema. Prudente porque ser de derechas es insensato. Moderado porque la derecha es extremismo. Tolerante porque la derecha es intolerancia. La falta de batalla por parte de Feijóo durante la campaña electoral dejó constataciones tan evidentes de dicha ausencia como cuando remarcó públicamente que él había votado al PSOE en 1982 y 1986 (en un par de décadas probablemente el PP ponga de candidato a las generales un votante de Sánchez). O cuando aclaró que tomaría consejo no de Aznar ni de Rajoy tan siquiera, sino de Felipe González (como si un candidato del PP en Andalucía dijera que tomaría consejo de Chaves para gobernar). En resumen, Feijóo ha sido especialista en proyectar sobre su propio partido todos los clichés y evangelio izquierdistas.

El PP, un partido de centro (en el centro del PSOE)

Ser moderado en las formas puede verse sin duda como una virtud. Pero, ¿qué significa ser ideológicamente moderado? Un partido que no es de izquierdas, ¿debe ser moderado en la defensa de la propiedad privada, moderado en la defensa de la Constitución española, moderado contra el crimen o el terrorismo? Si Tony Blair inventó eso de la tercera vía en los años 90 en la izquierda británica, parece que en España el PP está investigando en la séptima vía para refundarse en el centro, pero en el centro del PSOE.

Pero una estrategia así difícilmente genera líderes. Un líder se caracteriza por solidez ideológica y saber imprimir cambios en la sociedad. El rajoyismo del PP que simboliza Feijóo intenta simplemente amoldarse a la realidad que cree ver, una derecha Vicente que intenta ir donde cree que va la gente. Por eso fueron líderes natos Ronald Reagan o Thatcher, y no Ford o Major y Boris Johnson. Y por eso lo han sido o son Aznar, Aguirre o Ayuso y no Rajoy ni Feijóo.

Presidente de Galicia

En realidad, tampoco debería nada de esto sorprender del Feijóo presidenciable a nivel nacional si observamos su trayectoria como presidente de Galicia. Entre otras cosas, Feijóo ha presidido la comunidad de Galicia ganándose el voto y la simpatía nacionalistas: mostrando públicamente su cercanía ideológica con el BNG, homenajeando a iconos del nacionalismo gallego antiespañol, o afirmando que Galicia es una nación. Y éste era el candidato alternativo a un PSOE que resultaba traidor por pactar con nacionalistas.

La etapa del covid fue la mayor suspensión de libertades y derechos vivida en período democrático (nótese como al PP nacional no le ha parecido una cuestión de debate ni mínimamente tocada en campaña). En esa etapa, Feijóo, por ejemplo, estuvo en las antípodas en España de la política anti-pasaporte covid de Ayuso en Madrid. Incluso llegó a aprobar multas por no consumir un fármaco, un nivel de coacción superior incluso al visto en regiones como Cataluña.

En lo fundamental, el PP a nivel nacional ha estado desde Rajoy en este viaje para acercarse al campo de la izquierda hasta en constantes ocasiones levantar la valla que le separa de ella para impregnarse de sus ideas. Si bien hubo momentos que apuntaban en dirección opuesta, en concreto la elección de Pablo Casado en lugar de Soraya, pronto Casado acabó llevando con Egea y compañía el partido al terreno donde lo habría situado Soraya. 

Vox

La otra gran cuestión que analizar aparte del candidato popular es, claro está, la otra parte de la derecha. O al menos la única que parece reconocerse como tal. Vox, formación que surge precisamente en respuesta a ese PP rajoyista que dejó ideológicamente sin mucho (o muy poco) sostén a parte importante de sus bases.

Por un lado, está su retroceso electoral por la fuerza del ‘voto útil’ y la suma de diversos errores de la formación. Como tales, podemos fácilmente identificar la profundización en ciertos populismos antiliberales en detrimento del liberal-conservadurismo. Su postura ambivalente y difusa frente a la pérdida de libertades y derechos durante la era covid, que parte relevante de sus simpatizantes no comprenden. O la mejorable comunicación de sus posturas sobre ciertos temas. Igual que el PP, Vox no puede estar exento de autocrítica por unos resultados inferiores a los esperados, especialmente con un candidato como Feijóo enfrente, que jugaba el partido lejos de la zona de confort ideológico voxista.

La relación entre PP y Vox

En lo que atañe al período entre las autonómicas de mayo y las generales de julio, es imposible negar que la relación PP-Vox ha jugado un rol, y uno no menor. El PP en todo este asunto ha jugado a una llamativa bipolaridad. Ha llegado a pactos, pero negando a la vez la mayor. Buen ejemplo de ello resultó cuando la candidata popular de Extremadura solicitó el apoyo parlamentario de Vox sin nada a cambio.

Un buen caso comparativo es simplemente el de la relación del PSOE con su aliado natural a su izquierda frente a la relación del PP con su aliado natural a su derecha. Mientras los primeros reconocen el hecho de esta natural convergencia, el PP se resiste. Se siente incómodo, o entra en una suerte de enajenación. No es ya que el PP obviamente prefiera gobernar en solitario, es que siente que su convergencia -tal como expresó Feijóo en campaña con palabras no muy distintas- está antes con el PSOE que con Vox. Y esto es claramente anómalo.

Es un problema digno de psicoanálisis cómo el propio PP durante dos meses ha alimentado el ‘miedo a la ultraderecha’, repitiendo sobre Vox la misma caricatura hecha por la izquierda. Ha querido hacer oposición simultáneamente y con semejante intensidad al PSOE y a Vox, al partido que desea derrocar y con el que está destinado naturalmente a converger para formar eventuales mayorías. Imagínense a Sánchez alimentado un ‘que vienen los rojos’.

Engullir a Vox

Tras las elecciones generales, el PP parece abocado a definir claramente su relación cara a los electores con Vox so pena de mantenerse en esa bipolaridad. El caso de los que defienden como el presidente popular andaluz. Se ha centrado en el distanciarse y en marcar las diferencias. Creen exitosa una estrategia opuesta a la que hace el PSOE con sus socios naturales y que, sin embargo, parece haberle reportado buenos resultados.

Pero esa postura esconde un objetivo que debería resultar un tanto iluso: absorber a Vox como se hizo con Ciudadanos. Intentar comparar Ciudadanos con Vox es como querer comparar, salvando las distancias oportunas, UPyD con Podemos. En gran parte porque esa mencionada estrategia presume absorber a Vox, siendo aún mucho más (si es que se puede), “moderados”. Querer absorber lo que se te escapa por la derecha yéndote hacia la izquierda (pues eso es ir al centro para el PP), simplemente desafía las leyes no ya de la ciencia geográfica sino del sentido común.

El ayusismo

Por eso parece que una postura distinta del PP en este sentido tendrá muchas más probabilidades de éxito. El ayusismo como estrategia antes incluso que como candidato. Como sensatamente dice Hugues: “El mayor peligro que encuentra Vox es que Ayuso vaya drenando votos y, sobre todo, que su política de verso suelto construya la impresión de que hay un PP eterno, invariable, españolazo, conectado a la tradición de la derecha, como un Vox sin rarezas, sin sospecha: un PP leal a todo(patria, Rey, Cristo) pero con el sello de la modernidad y la gestión”.

Porque por mucho que nos preocupemos por el peligro de Sánchez para nuestra economía, nuestras instituciones…si la derecha no se construye y reconstruye realmente como una alternativa real de liderazgo liberal-conservador España va a estar condenada no durante cuatro años más, sino durante largas legislaturas.

Midiendo el voto económico en España: ¿el partidismo nubla la razón?

El Instituto Juan de Mariana publica el informe Midiendo el voto económico en España: ¿el partidismo nubla la razón? El estudio mide cuál es la incidencia de los factores económicos en el sentido del voto. El factor económico incide en el sentido del voto. La medida en que la economía incida en el voto es muy importante. Si el voto económico fuera determinante, los políticos le prestarían más atención. Si fuera marginal, el desempeño de la economía no estaría entre las preocupaciones de los gobiernos.

Según explica el informe, obtiene los datos de las variables sometidas a estudio a partir de las encuestas postelectorales del CIS de 2008 (2757), 2011 (2920), 2016 (3145), y 2019 (3269). La variable independiente principal es la percepción general sobre la situación económica. Finalmente, el informe hace “un ejercicio de prospectiva en el que utilizamos los barómetros fusionados del CIS desde enero a marzo de 2023 para observar la relevancia de la economía a la hora de condicionar el voto”. Así, “nuestras estimaciones indican que, entre los que votaron al PSOE en 2019, tener una valoración mala o muy mala de la situación económica reduce las probabilidades de que vuelvan a votar al PSOE en 16 puntos porcentuales”.

Puedes descargar el informe en este enlace.

El domingo no salí a votar

Otro año más, este domingo no acudí a las urnas. Quien dice urnas dice consulado, ya que la lejanía con mi país natal no me permite acercarme a un colegio electoral. La negativa de ejercer mi derecho al voto ya viene siendo costumbre, año tras año veo cómo las gráficas de las jornadas electorales se tiñen de diferentes colores, cómo los perdedores intentan disimular su derrota y cómo los ganadores sacan pecho ante su electorado. Y yo sigo sin votar. Lo que comenzó como un acto de rebeldía, hoy es un comportamiento reforzado por varios argumentos. En estas ocasiones, me repito y repito a los voceros de la tan aclamada democracia las mismas razones.

Formar parte del latrocinio

A través de las pesquisas que todo sujeto político se hace o se debería hacer, un servidor ha sacado ciertas conclusiones sobre la política y la relación que tiene uno con ella. Una de las ideas principales es que los políticos tienen demasiado poder. Con esto me refiero a la capacidad casi ilimitada que tienen los políticos para engrosar la esfera de lo público en detrimento de la esfera privada.

Es a través de los presupuestos, de las leyes y del BOE que los políticos diezman nuestra libertad, nuestro desempeño empresarial y nuestro patrimonio. Si se trata de darle el poder a un político, y las reglas del juego están hechas para no ponerle límites al electo, yo, por mi parte, no le daré las llaves del gallinero al zorro.

No sabemos lo que votamos

Otro de los argumentos principales que justifican mi pasividad electoral, es lo que llaman los ingleses “accountability”, la capacidad de rendir cuentas sobre un hecho determinado. Si el teatro que nos plantean parte de escoger entre diferentes listas que proponen programas electorales, el sentido común nos diría que si algún partido abogase por la disminución del tamaño del estado, ¿deberíamos votarlo no?

Pero, ¿y si ese programa electoral no fuese más que papel mojado?, ¿y si ninguno de los puntos del programa tuviese carácter vinculante y el mismo político tuviese incentivos para incumplirlos?, no tiene sentido, por ejemplo, que un socialista busque de verdad la erradicación de la pobreza, cuando su principal vivero de votos es la clase baja. Ante todas estas cuestiones no me queda más que decir que mientras que los programas no tengan algún tipo de carácter vinculante, por ahora seguiré apartado de las urnas.

Una pobre oferta electoral

Ya apartándonos de los argumentos más teóricos, una de las razones principales por la cual no voté el domingo es por la pésima cartelera política que se nos presenta. Con un sesgo intervencionista completamente viciado hacia la izquierda, donde la derecha defiende un déficit clamoroso, la izquierda “moderada” coquetea con antiguos terroristas y la nueva izquierda prologa escritos de Marx, la ventana de opciones es ya casi invisible.

La estrategia del mal menor es siempre una estrategia de perdedores, y la simple imagen de un político regocijándose gracias a uno de mis votos, me produce urticaria. Existen multitud de argumentos que defienden la posición que he tomado, como el problema de la preferencia temporal de los electos, el de las redes clientelares que dan forma a la vida política de mi país o la ley de hierro de la oligarquía.

Pero como salvavidas me guardaré el joker del voto anónimo, y si algún día decido deslizar un voto en una urna y cabalgo contradicciones, al menos siempre me quedará la tranquilidad de saber que hasta ahora nunca jamás un voto ha cambiado nada.

Algunas claves para entender la política española actual

Entrevista a Agustí Bosch, licenciado en Economía y profesor de Ciencia Política en la Universitat Autònoma de Barcelona, para conocer en mayor detalle algunas de las claves que nos permiten entender algunos de los aspectos más interesantes de la política española.

Hay una larga literatura que trata de las variables individuales y contextuales que afectan al hecho de ir a votar o no. El peso de cada una de estas variables ha ido cambiando con el tiempo, y en la actualidad parece que las variables contextuales permiten explicar mejor que las individuales algunas dinámicas de participación política y, sobre todo y más concretamente, electoral. ¿Es esto así? ¿Qué nos dice la evidencia más reciente?

Efectivamente, la literatura académica ha visto incrementar los análisis de la influencia de las variables contextuales sobre la participación electoral. Este tipo de variables estaban infraestudiadas en la tradición de estudios de encuesta y, por un mero efecto péndulo, es lógico que empiecen a ocupar la notoriedad que les corresponde. Pero yo no creo que esta “moda” sea debida a que las variables contextuales permitan explicar la participación electoral mejor que las individuales. Creo que es más bien debido a que son variables más maleables. Con esto último quiero decir que puede resultar difícil que se alteren las condiciones personales que pueden estimular la participación de un elector y que se ven reflejadas en esas variables individuales. Por ejemplo, el nivel de estudios de un adulto difícilmente cambiará entre elecciones, su clase social solo lo hará a muy largo plazo, y su género se mantendrá inalterado en la casi totalidad de electores. En cambio, sí que es realista que el contexto en que se libran las campañas electorales sea alterado, cambiante o manipulado. Por ejemplo, la coyuntura económica en que se encuentra el país es distinto en cada convocatoria electoral, el nivel de crispación mediática se puede modular, por no hablar de la gravedad de la pandemia u otras circunstancias que se ven reflejadas por las variables contextuales. La alteración de esas variables permite, a su vez, alterar el nivel de participación electoral y eso es muy relevante para una gran cantidad de personas e instituciones. En definitiva, creo que el estudio de la influencia de las variables contextuales sobre la participación electoral está de moda debido a su mayor relevancia política, no debido a su mayor capacidad explicativa.

Otra vez, pongamos un ejemplo. Las personas con discapacidad visual (variable individual) votan menos que la media. Esta es una regularidad triste pero –ya que la mayor parte de personas con discapacidad visual seguirán siéndolo en las próximas elecciones–  también es una regularidad bastante inmutable. Pero lo que sí muta es el repertorio de facilidades que las instituciones ponen a disposición de las personas con discapacidad visual para que puedan votar con cierta comodidad (variable contextual). Que existan papeletas braile, que los colegios electorales sean accesibles, etc., son contextos que pueden suponer un gran incremento en la participación electoral de este colectivo. Y por tanto, son asuntos muy relevantes para ser analizados científicamente. No obstante, su impacto sobre la participación electoral de este colectivo siempre será menor que el impacto que genera su condición de personas con discapacidad visual. La variable individual explica mejor el fenómeno que analizamos como académicos (la participación electoral), pero la variable contextual es más relevante para nosotros como civilización que persigue la integración de las personas con discapacidad visual.

En un artículo académico publicado recientemente en la European Political Science Review, comenta cómo se han intercalado etapas de “izquierdización” y “derechización” del electorado español desde el gobierno de Felipe González. ¿Quiere esto decir que el electorado español está poco ideologizado y tiene poca fidelidad de partido? ¿Cree que la polarización ideológica y la polarización afectiva pueden tener algo que ver en esta fluctuación?

Esta fluctuación no es propia de países poco ideologizados o con escasa fidelidad, sino que se da de manera bastante generalizada en todo el mundo. Tampoco es especialmente propia de etapas muy polarizadas. Por el contrario, esta fluctuación se explica a través de lo que llamamos un mecanismo termostático: cuando un gobierno de izquierdas aumenta continuamente el gasto público implementando políticas de mayor intervención estatal, entonces cada vez más ciudadanos se vuelven partidarios de una disminución del gasto público y el electorado se desplaza hacia derecha. La opinión pública actúa como un termostato político que intenta parar el gasto público cuando este ha aumentado y, contrariamente, intenta generar mayor intervención estatal cuando este ha disminuido. Es decir, las políticas de izquierdas hacen que los españoles se vuelvan de derechas y las políticas de derechas hacen que los españoles se vuelvan de izquierdas.

Este “policy mood” también tiene una clara relación con los resultados electorales. Todos los vaivenes electorales estudiados (menos el del 1982) provienen de largos periodos de desplazamiento continuado del estado de ánimo político. Aznar reemplaza a Felipe González en las elecciones de 1996 después de un larguísimo desplazamiento de las preferencias políticas. Igualmente, Zapatero reemplaza Aznar en las elecciones de 2004 después de una clara izquierdización del electorado español, especialmente durante la última legislatura. Y Rajoy sustituye Zapatero en las elecciones de 2011 después del cambio más repentino en las preferencias de los españoles. En solo siete años, el desplazamiento hacia la derecha del electorado español tiene una magnitud casi comparable en toda la época González. Ciertamente, todos estos vaivenes fueron influidos por factores coyunturales, pero en todos ellos también había un efecto ideológico de fondo a largo plazo.

También es importante destacar que los sucesivos gobiernos españoles han reaccionado ante el estado de la opinión pública de manera muy diferente a como lo han hecho, por ejemplo, los gobiernos de los EE. UU. Allí, los gobiernos responden a los cambios en las preferencias políticas de los ciudadanos acomodando sus políticas a la nueva realidad de la opinión pública. En cambio, en España, los gobiernos han sido incapaces de amoldarse. O quizás no han querido hacerlo por obstinación ideológica. Esto implica que, durante largas etapas del periodo estudiado, España ha sufrido gobiernos no representativos. Y la única manera que han tenido los españoles para forzar la recuperación de la representatividad de sus gobiernos es a través de un mecanismo fuerza más traumático: forzar el reemplazo de los gobernantes en un vaivén electoral.

Centrándonos en la cuestión de las elecciones, me gustaría hacerle una pregunta más general y otra más específica y dirigida a analizar los posibles resultados del próximo 4 de mayo. En primer lugar y analizando no solo las encuestas de estas próximas elecciones sino también lo que ha sucedido en los últimos años, ¿existe un hueco para un partido de centro, o son sus votantes más proclives a quedarse en casa (son más proclives al voto dual o al abstencionismo diferencial) que el resto?

El sistema español de partidos es bastante impermeable a los partidos verdaderamente centristas. Eso pasa porque la gran mayoría de circunscripciones españolas escogen muy pocos diputados al Congreso. Si dejamos de lado las provincias de Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante y Sevilla, las demás escogen tan pocos diputados que solo llegan a obtener representación dos o tres partidos. Los partidos centristas, generalmente pequeños en toda Europa, tienen muy difícil acceder a la representación parlamentaria en circunscripciones tan pequeñas como estas. Y eso deja muy poco espacio para consolidar un partido centrista en las Cortes Generales. Las opciones de disponer de un partido centrista podrían ser mayores en las elecciones autonómicas, municipales y europeas (con circunscripciones mucho más “permisivas”) pero es muy difícil que un partido sobreviva a largo plazo en esas elecciones sin una representación sólida en el Congreso de los Diputados y sin una presencia ostensible en el conjunto de la política española.

Ciertamente, España ha conocido coyunturas excepcionales en las que algunos partidos centristas han obtenido buenos resultados, pero un partido se consolida a largo plazo, no en momentos irrepetibles. Y ante la perspectiva habitual de no disfrutar de una oferta centrista de garantías, los votantes centristas han optado a menudo por quedarse en casa u optar por el mal menor.

Por otro lado, la Comunidad de Madrid tiene una ley electoral propia que establece una barrera legal del 5% para obtener representación. ¿Cómo afecta ésta en la composición de la asamblea? ¿Hace que el parlamento autonómico sea más proporcional que en otros sitios, o menos?

La ley electoral de la Comunidad de Madrid tiene dos elementos que actúan en sentido contrapuesto: la magnitud de la circunscripción y la barrera legal. La magnitud de la circunscripción es enorme (la mayor en cualquier elección que se haga en España) lo cual implica que deja entrar a muchos más partidos que los dos que aspiran a obtener la presidencia de la Comunidad. Y esa gran permisividad de la circunscripción madrileña conlleva que la proporcionalidad pueda llegar a ser máxima. Proporcionalidad máxima significa que los partidos pueden llegar a obtener un porcentaje de escaños casi idéntico a su porcentaje de votos. Curiosamente, eso no pasa nunca en el Congreso de los Diputados donde los dos partidos grandes siempre han obtenido un porcentaje de escaños mucho mayor que de votos y los partidos medianos siempre han obtenido un porcentaje de escaños mucho menor que de votos.

La barrera legal del 5% actúa como contrapeso y rectificación a esa permisividad. La lógica del 5% es que asignar un porcentaje de escaños casi idéntico a su porcentaje de votos está bien para casi todos los partidos… excepto para los muy pequeños, que fragmentan innecesariamente el sistema de partidos. Razón por la cual son excluidos del reparto.

Por tanto, respondiendo a la pregunta, el Parlamento autonómico es muy proporcional, excepto para los partidos muy pequeños. La berrera legal ciertamente restringe la proporcionalidad, pero lo hace partiendo de un nivel extremadamente alto, por lo que el resultado final no es tan perverso como en el Congreso de los Diputados.

Por último, también sobre las elecciones del próximo 4 de mayo. ¿Cree que en la Comunidad de Madrid se produce (o se puede producir) un voto dual, como el que en tiempos se daba en Catalunya o el País Vasco?

Es cierto que se puede estar produciendo un voto dual, ero más bien entre partidos algo marginales. Por ejemplo, parece evidente que los votantes de Más Madrid en las autonómicas y municipales votan a otros partidos en las elecciones generales. También puede estarse produciendo un fenómeno parecido (llamado abstención diferencial), que es lo que sucedía realmente en la Cataluña de los años ochenta y noventa según diversas investigaciones. Entonces, los votantes de CiU llegaban mucho más animados a las elecciones autonómicas (con su candidato preferido, con claras expectativas de victoria, etc) que no a las elecciones generales. Y por eso su nivel de participación electoral era máximo. Contrariamente, los votantes del PSOE llegaban con los ánimos contrarios y votaban mucho más en las generales. La abstención de unos en las autonómicas y la abstención de otros en las generales generaba una apariencia de voto dual en los resultados agregados. Pero los electores no alternaban el voto a unos y otros, simplemente se turnaban en la abstención.

Actualmente Madrid puede ser una nueva Cataluña en varios sentidos. El único que nos ocupa aquí es que los simpatizantes del PSOE han llegado tradicionalmente a las autonómicas madrileñas mucho más deprimidos de lo que llegan a las generales y, por tanto, su probabilidad de abstenerse ha sido mucho mayor. El peor resultado del PSOE en las elecciones autonómicas se explicaría porque sus simpatizantes se quedan en casa, no porque se pasen al enemigo.

Ecuador contra el autoritarismo

Tras los resultados de las elecciones generales en Ecuador, el socialismo del Siglo XXI sufrió un duro varapalo en una región marcada por la sombra de los autoritarismos. La ola populista comenzó después de que Hugo Chávez asumiera el poder a finales de los noventa y la estela autoritaria de los líderes caudillistas afines a aquél proyecto político sigue estando presente, aunque su fuerza se debilita cada vez más.

Los resultados en Ecuador dieron la victoria a Guillermo Lasso, el candidato liberal que se constituyó desde el 2013 en opositor al gobierno del entonces presidente Rafael Correa y a todo el eje populista que impregnaba la región bajo el ideario de un socialismo adaptado a las demandas sociales que experimentó la región desde la conquista de la democracia desde los años ochenta y la crítica al neoliberalismo.

El modelo político de Rafael Correa se caracterizó por el ejercicio de la política desde su visión maniquea como una lucha moral entre el pueblo y sus enemigos, que definió su línea de enfrentamiento con los sectores de oposición, callando y persiguiendo a las voces críticas en el afán de construir una hegemonía en torno a su simbolismo e imagen.

Sumado a ello, la crisis de representación política y del sistema de partidos que experimentan muchos países de la región fue un capitalizador de su propuesta, y su mensaje nacionalista le dio un barniz importante a las demandas de soberanía nacional creciente. Su capital político se vio fortalecido posteriormente por los ingresos que generó la industria petrolera como consecuencia de la inflación de los precios de los commodities.

En línea con su sentido caudillista, Rafael Correa eligió a Andrés Arauz como su candidato para estas elecciones y como el articulador de la propuesta “correista”. Arauz ganó en la primera vuelta de forma indiscutible muy por encima de Guillermo Lasso y del líder indígena Yaku Pérez, el opositor que quedó al margen del balotaje.

No obstante, el legado autoritario de Rafael Correa parece haber encontrado un óbice infranqueable que se convierte en la sentencia definitiva del rechazo a su modelo político y a su liderazgo obsoleto. Precisamente Guillermo Lasso representa la oposición a aquel modelo político vinculado a los autoritarismos que han imperado en la región sudamericana bajo la estela del proyecto chavista, y que en su momento supuso una ola importante para el asidero de una izquierda confundida.

El giro en la campaña de Guillermo Lasso fue determinante para la victoria del domingo. Su apertura a otros sectores sociales y el apoyo que le brindaron líderes de la oposición como Xavier Hervas, candidato de la Izquierda Democrática que quedó en cuarto lugar en la primera vuelta, o Virna Cedeño, acompañante de binomio de Yaku Pérez, sumaron el voto en torno no solo al anti-correismo, sino alrededor del cambio de paradigma imperante en Ecuador hasta hoy: una polarización política con Rafael Correa en medio y la ausencia de un proyecto que genere certidumbre a una sociedad fragmentada por las luchas sociales e indígenas y la crisis económica.

Los resultados finales en Ecuador ponen en evidencia el cansancio de los ciudadanos a un viejo modelo que ha perdido cada vez más representación, aunque cuenta aún con una parte importante de apoyo de la ciudadanía, y que se definen como la confirmación del rechazo al retorno del caudillo que gobernó Ecuador durante una década.

La certeza de la mayoría de la población a favor de Guillermo Lasso se traduce en el hastío hacia el proyecto populista y en la reafirmación de un cambio posible e inclusivo hacia un modelo liberal en un país que enfrenta grandes desafíos políticos, sociales y económicos. En ese contexto, debe primar la defensa de la libertad como valor primigenio de la democracia y en armonía entre el fortalecimiento institucional y el crecimiento económico que beneficie a todos los estratos a sociedad ecuatoriana. El gobierno de Guillermo Lasso tendrá grandes desafíos cuyos resultados podrán ser la ratificación de la necesidad de construir sociedades abiertas y libres, inclusivas y en igualdad de oportunidades, en una de las regiones donde el discurso y el mensaje liberal tienen grandes escollos.

La polarización política y el resultado catalán

En política se tienen presentes elementos que ponen de manifiesto la evidencia contrastable de hechos que expresan movimientos, cambios, resultados o nuevas pautas para la articulación de posiciones conforme el acontecer político se va desarrollando. Criterios a partir de los cuales se moldean posibles estrategias con el objetivo de alcanzar el poder o aproximarse a él.

El término polarización cobra fama a raíz de la situación que atraviesa España política y socialmente. Un término que expresa la división de la sociedad en dos polos contrapuestos, excluyentes el uno de otro, donde se produce un espacio que enfrenta dos ideas antagónicas de la realidad y en el cual los portavoces de esas fuerzas políticas que representan a un número relevante de ciudadanos son los encargados de asumir las riendas del debate y el discurso que enardece las masas y radicaliza sus emociones.

Esa puesta en escena que en primera instancia se produce en la sociedad como reflejo de una crisis real o provocada en algunos casos, trasciende ineludiblemente al ámbito político donde se encuentran otras ideas y realidades políticas, pero siempre condicionadas de alguna manera a esos dos extremos del espectro político.

Esa idea persistente se ha encarnado en un sistema que se desenvuelve en un ambiente de desgaste institucional y sobre el que rencores e ideologías trasnochadas cobran relevancia pasajera, toda vez que el discurso y las acciones son solo máscaras que disfrazan una pretensión oportunista y, probablemente, no deseada ni siquiera por una mayoría consciente de ciudadanos.

La victoria del independentismo en Cataluña el pasado domingo pone en evidencia algunos elementos relevantes para el análisis de la situación política que atraviesa España a partir de la división y fragmentación de las fuerzas políticas y el radicalismo, más allá del debate sobre la ‘libertad de decidir’ y el discurso radical y antidemocrático que encarnan los partidos que defienden el secesionismo y lo promueven.

En primer lugar, se pone en evidencia que el debate acerca del “problema catalán”, como lo describió Ortega y Gasset, ha llegado a un punto de no retorno, considerando que la política en esa región se ha convertido en una merma del orden constitucional establecido a partir de la Transición y que pone de manifiesto la ausencia de un proyecto político alternativo y fuerte que haga frente al radicalismo exacerbado por las fuerzas políticas republicanas de izquierda y, en gran medida, solapadas por la omisión de un Partido Socialista que a golpe de falaz diálogo antepone el individualismo político por encima de la alternativa constitucional-democrática.

Esa alternativa de “convivencia” a la que aludía Ortega y Gasset, haciendo referencia a que la solución pasaba por la aceptación de catalanes y no catalanes de conllevarse mutuamente, hoy es, sencillamente, imposible. El inicio de la ruptura está dado y las presiones para una ficticia gobernabilidad entre el gobierno central y el catalán forzarán, quizás, la cesión del gobierno de Sánchez a la entrega en bandeja a los pedidos de los partidos que gobernarán Cataluña. La posible y más factible conformación de gobierno catalán es obvia.

Pero los resultados de las elecciones del domingo no se traducen directamente en el hecho de que independentismo lleve a cabo su proyecto separatista, ni mucho menos. Pero es que el fondo del problema, a medio plazo, no es realmente ese. Se trata de la puesta en escena de un argumentario idóneo para su cometido y ahora, por segunda vez en menos de cinco años, amparados en la legalidad de una mayoría electoral que acude a las urnas a favor de los proyectos y discursos independentistas -cada uno con sus características- representados por una mayoría de partidos que no se enmarcan en el orden constitucional de España, como realidad y nación, esto es, Estado de derecho y soberanía nacional.

Lo cierto es que, en el análisis, cabe mencionar la gran capacidad que han tenido estos líderes y partidos independentistas para jugar con los tiempos y resistir largamente, más allá de los errores que hayan podido o no cometer los partidos de la línea constitucional. Sobre este punto podemos establecer dos conclusiones. La primera es que se repite un resultado a favor del discurso generalizado por el bloque independentista, pero con un matiz importante: la mayoría en esta ocasión le corresponde a un partido republicano de izquierda que desde 1980 no tuvo la oportunidad de presidir la Generalidad. Le tocará a Esquerra Republicana decidir la política de confrontación o diálogo con Madrid. Lo previsible es que se trate de lo primero dado que se deben a sus electores y a sus propias palabras. No podrán hacer menos.

Y, en segundo lugar, todo el trabajo desempeñado a lo largo de estos años tiene, en esencia, un resultado medible y, en este caso, favorable a la coalición independentista. Todo el espectáculo alrededor del referéndum de 2017, los políticos presos, el desorden generalizado y la victimización tienen la misión de promover un referéndum legal, aupados por Pablo Iglesias en Madrid, la teatral mesa de diálogo y la división y desorientación de los constitucionalistas derrotados en Madrid y Cataluña.

La polarización ha ayudado a profundizar el radicalismo y ese continuará siendo parte inevitable del argumentario: Cataluña contra España, independentismo frente al constitucionalismo, el referéndum del sí y el no, y el efectivo enfrentamiento del ellos contra nosotros que siempre tiene un efecto inevitable en la estabilidad democrática y en el proyecto a largo plazo de los totalitarios.