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Etiqueta: Fiscalidad

El rescate autonómico es un robo

El lenguaje que se usa, habitualmente, en el ámbito de la información económica está lleno de conceptos equívocos y maniqueos que sirven para adornar, manipular o tergiversar la realidad de los hechos con el fin de vender a la opinión pública una acción que, en el fondo, es injusta e ilegítima. Uno de esos términos es "rescate". A lo largo de la crisis, los estados de medio mundo han salido al "rescate" de bancos, empresas, particulares e instituciones de toda índole y condición, evitando o, al menos, posponiendo su quiebra durante algún tiempo. En España, el Gobierno de turno, primero en manos del PSOE y ahora del PP, también salió al "rescate", inyectando una gran cantidad de dinero público en las cajas de ahorros y en la Administración territorial para impedir su caída. Pero, aunque esta palabra tiene, sin duda, una acepción positiva, se trata, en realidad, de un gran robo y una profunda inmoralidad.

El Estado no rescata a nadie, sino que roba a todos (familias y empresas) para favorecer a algunos. Al escuchar ese dichoso concepto, se viene a la cabeza la imagen de un barco tirando un salvavidas a un náufrago en el medio del mar, cuando, en el fondo, debería asociarse a una comunidad de vecinos en la que los morosos contratan a un grupo de matones para que, arma en mano, extorsionen al resto de propietarios con el objetivo de sufragar los gastos del edificio, sus facturas de agua, luz y calefacción e incluso el pago del alquiler. Es evidente que si usted fuera uno de los damnificados, el "rescate" de esos vecinos morosos no sería, precisamente, plato de buen gusto, sino un puro y simple delito que habría que denunciar de inmediato ante los juzgados. Pues lo mismo sucede con las cajas, las comunidades autónomas y los ayuntamientos rescatados, solo que, en este caso, al tratarse de un robo institucionalizado a través de los impuestos, las víctimas del atropello (contribuyentes) perciben la agresión de forma más atenuada y difusa, lo cual no significa que no se produzca. Ya saben: mal de muchos, consuelo de tontos.

¿Y a cuánto asciende aquí la cantidad sustraída? Por el momento, unos 155.000 millones de euros entre 2012 y 2014, divididos de la siguiente forma: 62.800 millones a través del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA), 42.000 millones mediante el mecanismo de pago a proveedores y otros 50.000 millones inyectados a las cajas. La cifra total equivale a casi 9.000 euros por hogar. Fíjense que el coste del "rescate" autonómico (FLA) y municipal (proveedores) duplica al de las cajas de ahorros, y que, en ambos casos, además, se trata de instituciones públicas, no privadas.

Siendo esto grave, lo peor es que los políticos españoles pretenden, incluso, acentuar aún más este brutal latrocinio, ya que, por un lado, el pérfido ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, condonará el pago de intereses a las autonomías acogidas al FLA y mutualizará a partir de 2015 la deuda regional a través del Tesoro Público, de modo que todos los españoles pagarán de su bolsillo los despilfarros y excesos de las comunidades más díscolas e irresponsables, mientras que, por otro lado, la izquierda, en general, y Podemos, en particular, pretenden recuperar las ruinosas cajas de ahorros, impidiendo su privatización y creando una nueva estructura de banca pública cuyo coste sufragaríamos todos, previa extorsión estatal (impuestos). Es decir, de mal en peor.

Este tipo de estafas y tropelías nada tiene que ver con el capitalismo, sino con el socialismo de toda la vida. En el capitalismo se privatizan tanto las pérdidas como las ganancias, mientras que el socialismo socializa ambas mediante impuestos, transferencias y "rescates" públicos. La solución, por tanto, no radica en que el Estado inyecte ingentes cantidades de dinero en entidades o administraciones insolventes para evitar su quiebra, sino hacer uso de los mecanismos de mercado para corregir cuanto antes los errores cometidos de forma justa y legítima. En el caso de las cajas, posibilitando el denominado bail-in, que consiste en convertir deuda en acciones para que los acreedores sean los nuevos propietarios, asumiendo así su responsabilidad, sin necesidad de que el contribuyente aporte un solo euro; y en el caso de las comunidades autónomas y ayuntamientos, procediendo al habitual concurso de acreedores, en donde bancos y proveedores renegociarían con los políticos las deudas pendientes y, en última instancia, las administraciones tendrían que liquidar sus numerosos organismos inútiles, vender parte de sus activos y reducir su excesivo gasto para equilibrar sus cuentas y poder hacer frente a los servicios públicos esenciales.

Por desgracia, ninguna de estas dos opciones ha sido tenida en cuenta. Muy al contrario, el PP ha optado por socializar las pérdidas de las cajas y los dispendios de los políticos locales y autonómicos entre todos los españoles, diluyendo la responsabilidad de unos pocos sobre el conjunto de los contribuyentes. En definitiva, un robo y una inmoralidad.

¿Cómo sería España si Amancio Ortega no existiera?

Amancio Ortega Gaona es un tipo discreto. Para ser el hombre más rico de España, sus apariciones en público se pueden contar casi con los dedos de una mano y hasta hace unos años casi no había ni fotos suyas.

Sin embargo, ni siquiera así le ha sido posible pasar desapercibido. Y es lógico. Los 62.000 millones de dólares que Forbes le atribuye (unos 50.000 millones de euros, aunque estas cifras pueden variar ligeramente según como esté la cotización de Inditex y el tipo de cambio euro/dólar) le sitúan como la tercera o cuarta fortuna del mundo y como la primera española y europea, a una gran distancia de la segunda. Por eso, cada vez que surge el tema de la desigualdad en España, el nombre de Ortega salta a la palestra.

El último fin de semana, por ejemplo, en dos de los programas de actualidad más seguidos de nuestra televisión, Viajando con Chester y Salvados, fue motivo de conversación. En el primero, Leopoldo Martínez Pujals le decía a Risto Mejide que no habría un presidente del Gobierno mejor que el fundador de Inditex. En el segundo, uno de los invitados de Jordi Évole se preguntaba cómo habrá conseguido su fortuna Ortega y las condiciones laborales de sus empleados. En uno y otro caso, las redes sociales se llenaron de comentarios sobre el tema y muchos de ellos no eran especialmente elogiosos para el empresario gallego-leonés.

A primera vista, sorprende este nivel de críticas. Ortega nació en una familia humilde y ha labrado su prosperidad a base de trabajo duro y talento. Su visión comercial ha hecho de Inditex una de las grandes empresas textiles, y de Zara la marca española más exitosa de la historia. Por eso, es interesante preguntarse, ¿cómo sería España si Amancio Ortega no existiera o si se hubiera conformado con mantener la pequeña empresa de batas que abrió en los años 60?

¿Menos desigual?

Lo primero que hay que decir es que sería un país que ascendería en las estadísticas de igualdad. Nadie lo ha hecho hasta ahora, pero sería interesante saber cuál es el Factor Amancio en los datos sobre desigualdad en España. ¿Cambiaría mucho el índice Gini? ¿Y la relación entre los ingresos del top 1 vs el 10% inferior?

Puede parecer exagerado, pero hablamos de unas cifras excepcionales en todos los sentidos. Por ejemplo, los 50.000 millones de euros de riqueza de Amancio Ortega provocan que, estadísticamente, cada español tenga 1.000 euros de patrimonio más que si este empresario no hubiera nacido. Evidentemente, esto no nos hace más ricos, pero en las tablas así aparece.

Del mismo modo, Amancio Ortega ha multiplicado su patrimonio por siete en la última década. Según Forbes, en 2004, su fortuna ascendía a unos 9.000 millones de dólares y en 2007, al comienzo de la crisis, era de 24.000 millones. Si se calculase esto en términos de renta anual, le saldría que ha ingresado unos 48.000 millones de dólares en los últimos seis años, unos 6.000 millones al año. Aunque algunas estadísticas pueden llevar a confusión, hay que recordar que nadie ha entregado ese dinero al empresario español: la mayor parte de este incremento en su riqueza se debe a la subida de las acciones de las compañías de las que es propietario.

Todo esto se olvida demasiado a menudo. Por ejemplo, según denunciaba Oxfam en su informe Acabemos con la desigualdad extrema, que tanto eco tuvo en los medios:

"[…] en el último año, las 20 personas más ricas de nuestro país incrementaron su fortuna en 15.450 millones de dólares, más de 1.760.000 dólares por hora, y poseen hoy tanto como el 30% más pobre de la población (casi 14 millones de personas).

En la escala más alta, el 1% de los más ricos de España tienen tanto como el 70% de los ciudadanos y tan sólo 3 individuos acumulan una riqueza que duplica con creces la del 20% más pobre de la población.

En su conjunto, las 20 mayores fortunas de España alcanzaron en marzo de este año una riqueza de 115.400 millones de dólares".

Y no es la primera vez en este año que la ONG lanza un estudio de este tipo. En enero ya publicaron Gobernar para las élites, con conclusiones similares. Estos informes tienen numerosos problemas metodológicos, que van desde temas básicos (como mezclar renta anual y patrimonio) hasta otros más técnicos (no es fácil medir la riqueza en términos netos, con pasivos y activos, ni ponderar cuánto valen determinados derechos como las pensiones o las rentas públicas), por eso numerosos expertos han criticado la poca fiabilidad de los mismos.

Pero en España, a la falta de precisión de Oxfam se le suma otro problema estadístico: el éxito de Amancio Ortega. La fortuna del empresario español pasó de 57.000 millones de dólares a 62.000 millones entre las listas de 2013 y 2014. Es decir, sólo el incremento de precio de las acciones de Inditex explica la tercera parte del dato, que algunos consideran escandaloso, de que "las 20 personas más ricas de España incrementaron su fortuna en 15.450 millones o 1,76 millones por hora". No son sueldos, ni retribuciones, ni rentas de ningún tipo: es un puro cálculo matemático basado en el precio de las acciones y otras inversiones.

Del mismo modo, Ortega y su exmujer Rosalía Mera poseían en 2013 más de la mitad de esos 115.400 millones de euros que "acumulan las 20 mayores fortunas de España". Es decir, si Zara no hubiera existido, las estadísticas dirían que las 20 personas más ricas de nuestro país eran la mitad de ricas de lo que son ahora.

Por lo tanto, ya no podría decirse que los 20 más ricos poseen tanto como los 14 millones de españoles más pobres. Sólo sacando a Ortega y a su familia de la foto, esa cifra se reduce aproximadamente a la mitad. Quizás alguien crea que sigue siendo muy elevada, pero el hecho que de una sola persona influya tanto debería llevar a reflexión.

Habrá quien diga que esto es como hacerse trampas al solitario y que si se quita a Ortega también habría que sacar de la cuenta a los más ricos de otros países. Pero es que el caso del empresario español es excepcional. Por ejemplo, según Forbesel alemán más rico es Michael Otto, con 17.000 millones de dólares de patrimonio. Es decir, en un país con una renta per cápita muy superior a la española y con más de 80 millones de habitantes, su Amancio particular es cuatro veces más pobre que el nuestro.

Y hay que tener en cuenta que "el 1% más rico de España atesora una renta media de 153.000 euros. No hablamos de una élite tan pudiente como la de otros países de la OCDE. Por ejemplo, el 1% más rico de España atesora el 8% de la renta nacional, mientras que en Francia, Italia y Suiza este porcentaje alcanza el 9%, 10% y 11%, respectivamente". Vivimos en un país que tiene, relativamente, pocos ricos (y los que tiene son menos ricos que los de otros países). Por eso, la presencia de Ortega sí puede distorsionar las estadísticas.

Como apuntamos anteriormente, sería curioso conocer cuál es el Factor Amancio. Es decir, ¿cómo quedaría España en desigualdad, ingresos del top 1, patrimonio de los 100 más ricos frente al 25% de la población, etc… si el fundador de Zara no hubiera nacido?

Más pobres

La intuición dice que en los parámetros más generales (tipo Gini o ratio 80/20) la ausencia de Ortega no tendría demasiada influencia, aunque sí sería enorme el efecto en algunas de las cifras que alimentan los titulares más llamativos, esos que comparan a unas pocas decenas de súper-ricos con millones de pobres. En cualquier caso, sería interesante calcularlo.

Pero todo lo anterior es estadística. Lo más importante no es si España subiría o bajaría algún puesto en el Índice Gini, sino cómo habría influido en el ciudadano de a pie que Zara nunca hubiera existido.

En este sentido, lo primero que hay que decir es que, como explica Juan Ramón Rallo, no habría ni un solo español que fuera a ser un euro más rico de lo que es ahora. Bueno, quizás algún comerciante coruñés que tuviera su boutique cerca de donde Ortega abrió su primer negocio. El resto no veríamos mejorada nuestra situación.

Es interesante apuntarlo porque siempre que se habla de lo mucho que tienen o ganan los ricos se insinúa la idea de que su dinero lo han sacado quitándoselo a los demás. Ningún ejemplo mejor que el de Zara para observar de primera mano que el comercio y la innovación empresarial no son un juego de suma cero, sino que generan riqueza para todos los involucrados.

Si acaso, el ciudadano medio sería más pobre porque tendría menos renta disponible, ya que, en vez de comprarse ropa en las tienda de Inditex, tendría que acudir a comercios de peor calidad o más caros. Esta es otra cuestión que casi nunca se apunta, ¿cuánto bienestar ha generado a sus consumidores? ¿Cuántas familias con rentas bajas pueden comprar prendas de calidad a un precio asequible?

No se acaba aquí la lista de beneficiarios de Ortega. Por ejemplo, con 40.000 trabajadores en España (casi 130.000 en todo el mundo), Inditex es uno de los mayores empleadores de nuestro país. Y eso por no hablar de los cientos de miles de empleos indirectos de sus proveedores y servicios auxiliaries.

Y lo mismo sucede con las miles de familias que confiaron en su negocio e invirtieron en acciones de Inditex en mayo de 2001, cuando salió a la Bolsa madrileña. Desde entonces, la revalorización de los títulos es superior al 550% (y eso sin contar los dividendos que haya repartido).

Por último, también sería interesante calcular cómo ha afectado elboom de Zara en las cuentas de la economía española. Si nuestro país ha tenido un problema en las últimas décadas ha sido el de la dependencia del exterior: hemos vivido a crédito, comprando siempre fuera más de lo que conseguíamos exportar. Evidentemente, Inditex ha contribuido (en una pequeña parte, eso es cierto) a que estos datos fueran un poco mejores. Sin la compañía de Arteixo, nuestras exportaciones habrían sido menores y nuestras importaciones más elevadas.

Ésta última puede parecer la razón más técnica, las demás son más palpables, pero todas ellas deberían hacer que la próxima vez que alguien vaya a hacer un comentario en Twitter sobre lo malo que es Amancio Ortega se lo pensase, al menos, dos veces.

Contra los impuestos malos

Carlos Jiménez Villarejo y Pablo Iglesias aclararon recientemente en un artículo la clave del pensamiento único a propósito de la fiscalidad: los únicos impuestos malos son los que aún no se pagan.

En efecto, el antiliberalismo predominante jamás presta atención a los impuestos que sí se pagan: esos gravámenes siempre están bien, y si acaso hay que aumentarlos. Pero lo terrible son los que no se pagan: y de ahí la necesidad perentoria de acabar con "los paraísos fiscales y la competencia fiscal perjudicial".

Identifican, como todo el mundo, los paraísos fiscales con el crimen, y no establecen ninguna relación entre ellos y la presión fiscal. Asimismo, no consideran en ningún caso que la recaudación pueda ser objetable, al contrario:

La comunidad internacional no puede resignarse a dejar de recaudar cada año 189.000 millones de dólares, que es el doble de lo que dedica cada año a la ayuda al desarrollo.

La conclusión de esto es patente: la pobreza mundial se podría reducir el doble de lo que se reduce hoy si esas madrigueras delictivas fueran exterminadas. Esto es insostenible, porque no es la ayuda al desarrollo lo que reduce la pobreza y, por tanto, no cabe argumentar que su mayor dotación lo haría aún más.

Si hay gente que puede no pagar impuestos, y no los paga, esto se debe sólo a la inacción y desidia de los políticos, nunca a lo que esos mismos políticos hacen:

No puede tolerarse más la permisividad de los Gobiernos con el fraude fiscal internacional en directo y gravísimo perjuicio de los ciudadanos.

Aquí tenemos el artificio ético: si alguien no paga, eso nos perjudica a todos, lo que es falso, salvo que se pueda demostrar que la reducción del llamado fraude fiscal y el consiguiente aumento de la recaudación total se traducen siempre en menos presión fiscal para cada ciudadano pagador. Como es sabido, lo cierto es lo contrario.

Podemos: mal diagnóstico, malas soluciones

La elaboración del nuevo programa económico por parte de Podemos se asienta sobre la base de un diagnóstico que, no por ampliamente extendido, resulta menos erróneo. En concreto, la explicación es la siguiente: el decrecimiento de las rentas salariales a lo largo de las últimas décadas empujó a los trabajadores a endeudarse para poder estabilizar sus niveles de consumo y bienestar; este endeudamiento fue el responsable de la burbuja inmobiliaria que terminó condenando a España a una situación de producción atrofiada y de endeudamiento hipertrofiado; una vez colapsada la burbuja, el gasto interno de España —sustentado precisamente sobre el endeudamiento burbujístico insostenible— se vino abajo, generando millones de parados que han socavado aún más la demanda agregada de la economía; a su vez, los planes de ajuste de los distintos gobiernos, inspirados en un absurdamente germano austericidio, agravaron todavía más esta contracción de la demanda interna.

Llegados aquí, el recetario keynesiano se impone casi por sentido común: si el problema es el colapso de la demanda agregada, toca aumentar salarios para que los trabajadores gasten más, toca fomentar el crédito para que las pymes vuelvan a invertir y toca incrementar el gasto público (con cargo a la deuda o a impuestos sobre unos ricos avariciosos que acaparan el dinero en lugar de ponerlo en circulación). Sucede que, como decíamos, semejante programa económico adquiere su justificación en el mentado diagnóstico inicial y ese diagnóstico inicial es del todo erróneo.

Las rentas salariales no se han reducido

El presupuesto de partida que emplea Podemos yerra: el peso de las rentas salariales dentro del PIB no ha decrecido durante los últimos años. Si las estadísticas oficiales reflejan este descenso de las rentas salariales frente a las rentas del capital es por dos motivos: uno, las rentas del capital incluyen la depreciación del stock agregado de capital, por lo que las sobreexpansiones pasadas de la inversión se traducen en mayores cuotas de depreciación presentes y, por tanto, en mayores rentas brutas del capital presentes; dos, las rentas del capital también incluyen la imputación de rentas inmobiliarias, por lo que un incremento del número de viviendas en propiedad genera un aumento contable de las rentas del capital.

En suma, lo que muestran los datos no es una expansiva pauperización de los trabajadores a manos de los capitalistas, sino el resultado de un boom crediticio dirigido a financiar un incremento de la inversión en bienes de capital y en vivienda. De hecho, los salarios reales medios subieron ligeramente entre 2001 y 2007: según la Encuesta anual de coste laboral, pasaron en términos nominales desde 16.561 euros anuales a 20.246 euros (es decir, pasaron en términos reales desde el equivalente a 20.088 euros a 20.246).

Los salarios no generan deuda ni burbujas

Con independencia de la evolución que hayan seguido los salarios, es menester aclarar que éstos no guardan relación alguna con la formación de una burbuja inmobiliaria. Acaso podría haber tenido algún sentido vincular a los bajos salarios un auge del endeudamiento destinado a estabilizar los niveles de consumo corriente: pero no lo tiene cuando la deuda se destinó predominantemente a la adquisición de vivienda. Y es que una vivienda es un bien de consumo duradero que la inmensa mayoría de ciudadanos necesita comprarse a crédito por mucho que aumenten sus salarios. ¿O acaso si los salarios reales se hubiesen incrementado un 20% al año entre 2001 y 2007 los españoles habrían dejado de hipotecarse (ya sea porque hubiesen dejado de desear viviendas o porque las hubiesen podido comprar sin necesidad de endeudarse)? No, desde luego que no: de hecho, unos salarios más altos muy probablemente habrían alimentado una burbuja inmobiliaria incluso mayor (pues los bancos podrían haber sido aún más espléndidos concediendo crédito).

Asimismo, e incluso asumiendo que los bajos salarios sí indujeran una mayor demanda de crédito por parte de los ciudadanos, si la oferta de crédito hubiese sido todo lo rígida que debería haber sido, esa mayor demanda de crédito no se habría podido materializar en una orgía de endeudamiento barato. Por consiguiente, la causa última de la expansión crediticia cabe hallarla en la endiablada organización de nuestro sistema financiero, en cuya cúspide se encuentra un monopolio estatal llamado banco central.

En cualquier caso, la génesis de nuestro boom crediticio no está vinculado a la evolución de los salarios: éstos no sólo no se redujeron sino que aumentaron ligeramente y, en todo caso, la demanda de vivienda a crédito no guarda relación con el nivel salarial. La causa de nuestro boom crediticio fue la artificial reducción de tipos de interés capitaneada desde 2001 por la Reserva Federal de EEUU y elBanco Central Europeo: fue esa manipulación deliberada de la provisión de crédito la que empujó a familias y empresas a endeudarse y a distorsionar las bases de nuestro tejido productivo.

El hundimiento de la demanda es un hundimiento de la oferta

Atribuir nuestros problemas actuales a una demanda agregada que ha colapsado como consecuencia del pinchazo de la burbuja crediticia es otro error. Superficialmente, es verdad: lo que ha sucedido es que el gasto total de la economía ha caído toda vez que la gente ha dejado de endeudarse para adquirir vivienda. Pero es necesario mirar más allá de lo superficial: la demanda total de una economía no es otra cosa que su oferta actual (cuando pagamos al contado) o su oferta futura (cuando pagamos a crédito). Es decir, para demandar algo hoy hemos de ofrecer algo hoy (pago al contado) o mañana (pago a crédito).

La economía española funcionaba hasta 2007 cebando su demanda presente con cargo a su oferta futura: a saber, gastábamos en la actualidad endeudándonos con el exterior y prometiéndole a ese exterior que amortizaríamos la deuda con una abundantísima producción futura. El problema es que cuanto más gastábamos a crédito, más distorsionábamos nuestro modelo productivo (escorándolo hacia el ladrillo burbujístico) y menos capaces íbamos siendo de amortizar nuestra deuda con una producción futura inexistente. De ahí que finalmente el flujo de endeudamiento se interrumpiera y que con esa interrupción del crédito cayera la demanda agregada: pero el flujo de endeudamiento se interrumpió por bueno motivos, esto es, por la propia insostenibilidad de nuestra oferta para amortizar nuestra creciente deuda.

Así, nuestra incapacidad actual para seguir gastando a crédito deriva justamente de que no somos lo suficientemente solventes como para devolverlo: y no somos lo suficientemente solventes porque, a su vez, no somos capaces de fabricar los suficientes bienes y servicios futuros que nos permitan amortizar esa deuda.

La austeridad estatal era necesaria por el exceso de deuda

Por último, atribuir las muy moderadas reducciones del gasto público acaecidas desde 2010 a una irracional política de austeridad teutona es otro remarcable error. Evidentemente, la reducción del gasto público en un contexto de hundimiento del gasto privado a crédito tuvo a corto plazo efectos contractivos: si el Estado se endeuda para gastar, por necesidad generará algo de actividad (cuestión distinta es que esa actividad sea saludable: el gasto publico podría, por ejemplo, haber mantenido la burbuja inmobiliaria un par de años más, retrasando la necesaria destrucción de empleo asociado a su pinchazo, mas nadie habría considerado ese gasto público como saludable). Pero la clave del asunto es que no había alternativa a contraer el gasto público a partir de 2010: el tamaño del Estado de 2010 había sido sufragado hasta entonces merced a un volumen de recaudación tributaria insostenible, fruto del falaz expansionismo económico de la época de la burbuja inmobiliaria. Por fuerza debíamos —y aún debemos— redimensionar el tamaño del sector público para así adaptarlo a una etapa post-burbuja con una recaudación fiscal mucho más moderada.

La imperiosa necesidad de este ajuste fue volviéndose cada vez más acuciante conforme el volumen de deuda pública iba alcanzando cotas cada menos manejables: tan inmanejables que ahora mismo los propios economistas de Podemos reconocen que acaso no quede otro remedio que reestructurar la deuda. Pero si hoy no queda otro remedio que reestructurar la deuda es que ayer nos estábamos endeudando a un ritmo demasiado alto, por lo que no quedaba otro remedio que reducir ese excesivo ritmo de endeudamiento.

Por consiguiente, aun cuando a corto plazo los ajustes del gasto público fueran contractivos, no había alternativa salvo la que finalmente se siguió de manera fraudulenta: obviar los problemas, seguir endeudándonos y, una vez colocados los pasivos a acreedores ingenuos, amenazar con impagarles esa deuda por insostenible.

Del mal diagnóstico a la mala receta

Evidentemente, el mal diagnóstico de nuestros males va parejo a una mala prescripción de soluciones por parte de Podemos: si la causa de los problemas de España no fueron los bajos salarios, incrementar los salarios no será la solución (al contrario, hará que el desempleo se incremente todavía más); si la causa de nuestros problemas no fue el súbito e injustificado parón del crédito, arbitrar políticas que fomenten nuevas rondas de endeudamiento privado no será la solución (al contrario, agravará todavía más la insolvencia relativa de nuestras familias y empresas); si la causa de nuestros problemas no fue la insuficiencia de gasto público sino su exceso, volver a incrementarlo no será la solución: ni incrementarlo con cargo al endeudamiento público (abocaría al sector público a la quiebra) ni incrementarlo con cargo a nuevos impuestos sobre el capital (rapiñaría la materia prima necesaria para amortizar nuestra deuda y para transformar nuestro modelo productivo: el ahorro).

España no necesita políticas de demanda basadas en el sobreendeudamiento y el sobregasto público y privado, sino que requiere de una profunda reestructuración de su oferta acompañado de un desapalancamiento público y privado que refuerce la solvencia del conjunto de la economía. Para favorecer esa reestructuración productiva y ese desapalancamiento necesitamosflexibilidad por el lado de la oferta (incluyendo en materia salarial) y muy sustanciales volúmenes de ahorro —público y privado— que permitan financiar el nuevo modelo productivo y la amortización anticipada de la deuda. Nada de esto —y sí todo lo contrario— nos ofrece Podemos, como tampoco nada de ello nos ofrecieron PP y PSOE: por eso el programa de Podemos está condenado a fracasar estrepitosamente al igual que fracasaron los del PP y PSOE.

Las cuentas de ahorro libres de impuestos arrasan en Canadá

Hace cinco años el gobierno de Canadá introdujo un nuevo mecanismo fiscal enfocado a incentivar el ahorro familiar. La iniciativa recibe el nombre de TFSA, acrónimo de Tax Free Savings Accounts, que podríamos traducir como Cuentas de Ahorro Libres de Impuestos.

En apenas cinco años, las TFSA han seducido ya al 48% de los contribuyentes canadienses. A finales de 2013, los ciudadanos del país norteamericano ya habían confiado 109.000 millones de dólares de sus ahorros a este tipo de cuentas de ahorro. Esta cifra ronda el 6% del PIB, teniendo en cuenta que el tamaño de la economía canadiense está cerca de 1,8 billones de dólares.

¿En qué consisten las TFSA?

Las Cuentas de Ahorro Libres de Impuestos que tan buena acogida han tenido permiten que cada contribuyente deposite anualmente hasta 5.500 dólares. El dinero que se confía a estas cuentas queda depositado y, en adelante, puede crecer ajeno a cualquier tipo de imposición fiscal. Adicionalmente, en el momento de la retirada, el fisco se abstiene de cobrar cualquier tipo de gravamen.

Las TFSA incluyen ventajas adicionales:

  • Se puede retirar el dinero en cualquier momento sin necesidad de pagar penalización o comisión alguna.

  • El máximo de aportación anual se acumula, por lo que si un año no se hace contribución alguna pero al ejercicio siguiente se quiere aportar 11.000 dólares, la cuenta lo admite sin problema.

  • Las cuentas TFSA pueden estar invertidas en depósitos, acciones, bonos, fondos de inversión, seguros y otros tipos de productos.

¿Y en España?

De acuerdo con la reforma fiscal que ha planteado el Gobierno de Mariano Rajoy, los planes "Ahorro 5" son, en parte, una versión cañí de las TFSA canadienses. Sin embargo, este mecanismo incluye numerosas restricciones que reducen de forma considerable su utilidad y su atractivo:

  • Los Planes "Ahorro 5" se comercializan desde el ámbito de la banca y los seguros, por lo que no son una cuenta personal que, a continuación, contrata uno u otro producto.

  • La aportación anual máxima es de 5.000 euros, pero no existe la posibilidad de "arrastrar" ese derecho de un año al otro.

  • La retirada de intereses en un plazo inferior a los cinco años está sujeta a un gravamen de entre el 19% y el 23%.

  • La capacidad de elegir productos de inversión está fuertemente limitada, por lo que la rentabilidad potencial queda notablemente restringida y encorsetada.

Éxito y mejora

Solemos escuchar con frecuencia que la reforma laboral del Partido Popular fue una argucia política para favorecer a las grandes empresas. Supuestamente, la medida se adoptó con el único propósito de reducir los costes de los ajustes de plantilla de las grandes corporaciones, olvidándose de las necesidades reales que tenían las pymes españolas y que en ningún caso pasaban por una mayor flexibilidad laboral.

El discurso es especialmente recurrente entre los dirigentes de Podemos y de otros partidos satélites, los cuales buscan ofrecer una imagen de transversal moderación exonerando de sus críticas antimercado a los pequeños empresarios y concentrándolas en la intrínseca maldad de la casta corporativa. La reforma laboral es mala no porque beneficie a los empresarios, dicen, sino porque solo beneficia a la casta plutocrática.

El problema, claro está, es que la realidad casa mal con la ideologizada doctrina. Entre finales de 2011 y finales de 2013, la economía española perdió más de un millón de empleos, de los cuales el 60% eran contratos indefinidos y el 40% contratos temporales. Y, como podemos observar en la siguiente tabla, la mayor parte de la destrucción de empleo, tanto en términos absolutos como relativos, se concentró en las microempresas de hasta 9 trabajadores, mientras que las grandes empresas de más de 250 trabajadores fueron las que menos ocupaciones destruyeron en términos relativos. De hecho, es fácil comprobar que existe una relación inversa entre tamaño y caída de la ocupación: a mayor tamaño, menor reducción de la plantilla. 

 

       
         

Dado que la definición de pyme atañe a todas aquellas empresas con menos de 250 trabajadores, acaso convenga presentar las cifras de un modo más sintético: entre 2011 y 2013, las pymes destruyeron 830.000 empleos, esto es, el equivalente al 8,9% de todos sus puestos de trabajo; por el contrario, las grandes empresas perdieron 232.000 empleos (casi 600.000 menos), que equivalían al 4,4% de toda su plantilla. En suma: las pymes destruyeron el doble de empleo que las grandes empresas.

Los datos resultan especialmente ilustrativos en dos sentidos. Primero, y en contra del muy oficial discurso, España muy probablemente necesite de empresas de mayor tamaño: no hay motivo para enorgullecerse por el hecho de que seamos un país esencialmente de pymes (sobre todo cuando el crecimiento de éstas se halla artificialmente limitado por la legislación). Segundo, la reforma laboral ha beneficiado esencialmente a las pymes, a saber, a la parte más débil de nuestra economía y más necesitada de unos reajustes internos que la anterior normativa laboral encarecía arbitraria y absurdamente. Sin reforma laboral, el reajuste de las pymes españolas habría sido muchísimo más oneroso de lo que finalmente ha sido y muchas de ellas habrían tenido que desaparecer bajo el yugo de unos costes desproporcionados.

Quienes buscan revertir la reforma laboral y ahondar en las hiperregulaciones estatales –en lugar de profundizar en la muy necesaria liberalización de nuestra economía– no luchan contra los privilegios de la casta con el objetivo de proteger a la pyme: muy al contrario, buscar atenazar la libertad de todos los españoles para reforzar el poder omnímodo del Estado.

Eurozona: parasitismo, servidumbre, autonomía o descomposición

Con Hans-Werner Sinn llegó merecidamente la polémica: el director del centro de estudios Ifo ha colocado el dedo en la llaga al denunciar la perversa configuración hacia la que está avanzando Europa, a saber, hacia una mutualización centralizadora de la deuda combinada con una absoluta autonomía a la hora de emitir descentralizadamente esa deuda. Un canto irresistible a la irresponsabilidad más grotesca: los manirrotos Ejecutivos europeos se endeudan y los contribuyentes alemanes (y austriacos, y fineses, y holandeses) pagan con los platos rotos.

Ese es el razonable diagnóstico que, como decimos, efectúa el conocido economista alemán toda vez que Manuel Valls en Francia y Matteo Renzi en Italia acaban de anunciar que incumplirán deliberadamente sus compromisos de déficit para 2014. Normal, por tanto, que Sinn crea que ha llegado el momento de dar marcha atrás en la mutualización de la deuda europea para que cada país apechugue en solitario con ella sin trasladarle su coste a los alemanes: algo que básicamente implica cerrar el fondo de rescate intergubernamental MEDE, suspender la ventanilla de la OMT del Banco Central Europeo —con la que hace más de dos años salvó de la quiebra a España—, e incluso liquidar en oro los saldos deudores del sistema Target2 (préstenle la atención debida a este último punto: que Sinn reclame liquidar en oro los saldos deudores interbancarios de la Eurozona significa, en el fondo, que no confía en la supervivencia a medio-largo plazo del euro).

Todas ellas críticas pertinentes que ponen de manifiesto, sí, una cierta indefinición fundamental dentro la Eurozona que será preciso resolver en el futuro próximo: a saber, si retiramos los esquemas actuales de mutualización de la deuda pública a cambio de ceder soberanía fiscal o si, en cambio, mantenemos la autonomía fiscal a cambio de retirar los esquemas actuales de mutualización de la deuda. A la postre, si bien dentro de la Eurozona existen cuatro posibles opciones resultantes de combinar la posibilidad de mutualizar o no la deuda con la de centralizar la política fiscal o no hacerlo, en la práctica sólo las dos antedichas posiciones podrían llegar a ser medianamente estables. Examinémoslas brevemente.

 

Mutualización

No mutualización

Centralización fiscal

Servidumbre

Dominación

No centralización fiscal

Parasitismo

Autonomía

Parasitismo

La situación actual dentro de la Eurozona se corresponde con un parasitismo fiscal del Sur contra el Norte: los Gobiernos sureños han adquirido la potestad de emitir deuda pública nacional que, en última instancia, está siendo avalada por los países del Norte. Si el Sur no paga, el Norte lo hará: esto es, mientras que los beneficios del gasto financiado con la emisión de deuda son disfrutados íntegramente por el Sur, sus riesgos son soportados en última instancia por el Norte.

Evidentemente, Alemania, Austria, Finlandia u Holanda sólo han aceptado esta situación de parasitismo de forma temporal y con una única esperanza: que los gobiernos del Sur sean lo suficientemente disciplinados como para, durante estos años de gracia, reestructurar sus economías y comenzar a amortizar su montaña de deuda acumulada durante los años de burbuja. Dicho de otro modo, el Norte le ha regalado tiempo y financiación al Sur para que éste se sanee. 

Pero, por desgracia, lo que estos últimos años están demostrando —tal como nos barruntábamos algunos— es que la combinación de autonomía fiscal y mutualización de la deuda no funciona, ya que los Estados rescatados del Sur adquieren los muy perversos incentivos de seguir emitiendo deuda a costa de los Estados rescatadores del Norte. Lejos de comportarse responsablemente, han hecho lo que todo ser humano —y por supuesto todo político— haría al verse sometido a pésimos incentivos: comportarse irresponsablemente. Por eso, la situación terminará volviéndose insostenible tal como augura Sinn. La cuestión es hacia dónde nos dirigiremos.

Servidumbre

La servidumbre del Sur ante el Norte es la opción preferida por muchos ciudadanos españoles, quienes ingenuamente siguen viendo a las burocracias europeas como entes benevolentes que se preocuparían por el bienestar general. Por eso, no dudan en ceder autonomía presupuestaria a una superburocracia a cambio de que esa superburocracia avale nuestra deuda y nos permita seguir financiándonos asequiblemente. ¿Qué puede salir mal? Avancemos hacia la integración europea y, de paso, que los europeos nos concedan crédito barato para seguir endeudándonos sine die.

Sin embargo, no deberíamos olvidar que la centralización fiscal europea implicaría que los Presupuestos Generales del Estado para España se redactaran en Bruselas o, más exactamente, en Berlín. ¿Aceptarían impenitentemente los españoles que Alemania, Austria y Finlandia pudiesen decretar por su cuenta un recorte del 15% en las pensiones españolas? ¿O una rebaja del 20% en el gasto en educación? ¿O que el IVA se disparara al 25%? No parece que a muchos los recortes por delegación les sentaran mejor que los recortes aplicados por políticos patrios: y seamos conscientes de que, mientras perdurara nuestro déficit, los recortes aplicados por Bruselas no dejarían de sucederse (lo que hoy son recomendaciones o presiones sería ley).

En la práctica, por tanto, es muy dudoso que la inmensa mayoría de españoles aceptara ceder el presupuesto a cambio de una financiación barata (y, mucho menos, cesión del presupuesto sin mutualización de la deuda, posición que implicaría una dominación sin contrapartidas del Norte sobre el Sur). Y además tampoco nos conviene: lejos de avanzar hacia superestructuras estatales que diluyan todavía más la autonomía individual, deberíamos avanzar hacia estructuras mucho más descentralizadas donde primaran los lazos voluntarios y el consentimiento. La Unión Europea es la antítesis de esa descentralización voluntarista y, por tanto, la servidumbre ante los Estados norteños no debería ser una opción.

Autonomía

La principal alternativa a la servidumbre es la autonomía fiscal: los presupuestos se siguen elaborando descentralizadamente en cada Estado europeo pero no hay mutualización de deuda (ni mediante el banco central ni mediante fondos estatales). Es la situación en la que nos encontrábamos hasta 2010 y a la que ahora Sinn quiere regresar. Se trata de la posición más sensata pero a su vez enormemente molesta para todos aquellos que viven del presupuesto: dado que cada palo aguanta su vela, aquellos Estados relativamente menos solventes ven cómo los tipos de interés de su deuda se disparan, de modo que sus gobernantes rápidamente se enfrentan a la disyuntiva de cuadrar sus cuentas o de quebrar.

Así, la autonomía fiscal es la única posición que incentiva la responsabilidad y disciplina a largo plazo de los gobernantes: la famosa corresponsabilidad que se reclama para las comunidades autónomas españolas que también habría que reclamar para los Estados europeos individualmente considerados. Pero responsabilidad implica aceptar e interiorizar los costes de la irresponsabilidad: a saber, la posibilidad de quebrar y de vernos privados del crédito para financiar nuestros déficits. Es ese horizonte de hecatombe económica el que en todo caso podría atar en corto a nuestros manirrotos gobernantes.

La cuestión, claro está, es si el euro será capaz de sobrevivir a un conjunto de quiebras en cadena dentro del sur europeo. Sinn asume que sí, trazando el paralelismo con las quiebras estatales acaecidas dentro de EEUU que no han supuesto mayores perjuicios. Mas existen dos diferencias básicas entre la Eurozona y EEUU: la primera es que la deuda agregada de los Estados en EEUU ni siquiera alcanza el 20% del PIB, mientras que en la Eurozona supera el 92%; la segunda, que la quiebra de algunos grandes Estados europeos —como España, Italia o Francia— sí abocaría a la bancarrota a la mayor parte de la banca europea, generando un cataclismo financiero de primer orden (que los Estados europeos tratarían de paliar imprimiendo divisa y generando inflación, para lo cual necesitarían no sólo autonomía fiscal sino también autonomía monetaria).

En suma, si bien la autonomía fiscal de los gobiernos constituye la mejor opción dentro de un saludable marco de unidad monetaria (tal como operó el patrón oro durante el siglo XIX), esta autonomía sólo funciona adecuadamente con Estados medianamente honestos y preocupados por el largo plazo y por cumplir con sus compromisos: en caso contrario, son plenamente capaces de exteriorizar los costes de sus despropósitos sobre el conjunto de la ciudadanía y de sus acreedores internacionales. Por desgracia, este tipo de gobernantes no se corresponde con ninguno que quepa encontrar en el Ejecutivo o en la oposición y por eso la autonomía fiscal, siendo la mejor opción, no está exenta de poder degenerar en un inquietante colapso financiero. 

Las amistades peligrosas: la lección de Nicolás

Francisco Nicolás Gómez-Iglesias pasaba por un chaval pepero típico. No era un ‘borjamari’ cualquiera. Tenía muy estudiado el gesto, el tono y el discurso. Mintió, estafó y se coló en los ambientes más restringidos hasta las entrañas. Se podría fabular cómo comenzó todo. Una madre de clase media trabajadora quiere que su hijo vaya con gente bien, de derechas de toda la vida y se haga un hombre de bien. Dicen las crónicas que, efectivamente ella iba enseñando las fotos del hijo con tanto personaje importante y alardeaba: “Mira con quién va mi chico”. Y se moría de orgullo viendo a Nicolás, estudiante de CUNEF, ascender en la escala social a base de su esfuerzo y el del padre, repartidor.

Somos lo que parecemos

Cuando ella misma lo llevó a FAES no estaba mintiendo: el muchacho  era un joven con inquietudes, sin problemas graves, un niño bien, que se dice. No había razón alguna para que la gente de FAES desconfiara de esa carita de ángel de quince años, de la mano de mamá. Lo de después es otra cosa. De repente Nicolás decidió aprovecharse de las circunstancias. Puedo imaginar cuántas veces le habrán dicho: “Pareces mucho mayor”, “Hablas como un viejo”, “Eres muy maduro para tu edad”. Y en un parpadeo, explotando esa falsa percepción que proyecta sobre su entorno, lía la mundial.

La medida de su éxito es la entrevista al abogado de Manos Limpias, Miguel Bernad, defendiendo que sin duda tenía el respaldo de las más altas esferas, demostrando que la parafernalia del joven dio el pego totalmente. Deducir que un señor de aspecto corpulento, con un arma reglamentaria que dice que es Supermán, es Supermán porque su relato es típico de Supermán y por el arma, es un error de bulto. ¿De verdad solamente los exagentes tienen armas reglamentarias? Porque toda la palabrería no demuestra absolutamente nada. Y como esa, cientos de falsas impresiones han sido sembradas por quien se conoce como “el pequeño Nicolás” por el famoso cuento francés.

¿Habría podido hacer lo mismo vestido con pantalones de tiro bajo, rastas, camiseta del Ché y barba de chivo de las que se llevan ahora? Seguro que no. ¿Su efecto habría sido el mismo si, por el contrario, hubiera mostrado una imagen de hipster, con gafas de pasta y aspecto de geek? Tampoco. La apariencia pepera le proporcionó un pasaporte para trepar por los altos cargos de nuestro país, los empresarios, los banqueros, y demás personajes acostumbrados a tener una imagen pública, a tener que hacerse fotos con cualquiera a riesgo de pasar por antipático. Recuerdo en estos momentos el selfie de la reina Letizia, al más puro estilo campechano, pero renovado por las nuevas tecnologías. Y veo la foto del cabezazo real de Nicolás al rey Felipe VI el día de la coronación. Yo qué quieren que les diga. Me da la risa.

La lección de Nicolás

Pero, no se crean, se me congela la sonrisa cuando veo la reacción de la sociedad ante la noticia y lo pienso más despacio. En primer lugar, en plena campaña regional y autonómica, Nicolás ha regalado una oportunidad para hacer escarnio de los tontos que se hicieron foto con él. Podría haber sido yo, cualquier periodista o conferenciante, escritores, de derechas, de izquierdas y sin etiquetar. En fin, hasta tontos reales han picado y varias veces. Recordemos que le han detenido por hacerse pasar por agente del CNI y llamar al rey Juan Carlos. Le faltó Su Santidad para tener la colección completa. Hay que reflexionar acerca de por qué se nos ha colado este chico ¿Podríamos pensar qué habría pasado si hubiera tenido un objetivo más perverso que simplemente hacerse una foto para, a continuación, estafar a un incauto?

En segundo lugar, hace mucha gracia. Y es cómico. Para una película de Berlanga o de Santiago Segura, es cómico. Pero como realidad en mi país, no tiene tanta gracia. La facilidad con que las apariencias mandan me asusta. Me preocupa la gracia que nos hace a todos que un joven de 20 años decida que la mejor manera de ganarse la vida es la estafa y que se aproveche sin escrúpulos de la mentalidad de su entorno. Es una muestra de la miseria moral en la que nos movemos. Deberíamos avergonzarnos pero nos partimos de risa.

En tercer lugar, lo que ha hecho Nicolás ¿no es lo que le hemos enseñado? Políticos y personajes se visten, hablan y se muestran como si fueran de ésta o aquella manera para lograr votos, permanecer en el escaño o asaltarlo (como el cielo leninista de Podemos). Su comportamiento es censurable y debe pagar por lo que ha hecho. ¿Y el resto? De rositas. Y no solamente eso. Pasarán a la historia como hitos de la modernidad política del siglo XXI. 

El inverosímil cuadro macroeconómico del Gobierno

Hace dos semanas, el Consejo de Ministros aprobó el proyecto de ley para los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para el año 2015. Como todos los PGE, éstos se basan en unas previsiones macroeconómicas que, a su vez, para elaborar unos pronósticos sobre gastos e ingresos esperados. Si el cuadro macroeconómico falla o si la traducción de ese cuadro macroeconómico en ingresos y gastos esperados se efectúa de manera incorrecta, buena parte de los PGE se convierten en papel mojado: un error que, en un país como España urgentemente necesitado de cuadrar sus cuentas para poner fin a la sangría de hiperendeudamiento público, resulta de esencial importancia.

Conviene, por tanto, repasar cuáles son los supuestos sobre los que se han elaborado las previsiones de los últimos PGE de la era Rajoy. El dato más conocido es el pronóstico de que el PIB crecerá un 2% a lo largo de 2015, frente al 1,3% esperado para 2014. Pero acaso convenga desagregar el PIB en sus componentes para estudiar la evolución de cada uno de ellos.

Consumo privado

Alrededor del 60% de la evolución del PIB depende del curso que siga el consumo del sector privado. El Gobierno estima una expansión del 2,1% del consumo privado para 2015 frente al 2% de 2014. De momento, la economía española acumula varios trimestres de crecimiento del consumo privado desde finales de 2013, pero todavía no ha crecido en ninguno de ellos por encima del 2%. Por tanto, para que la previsión del Gobierno se cumpliera sería necesario que nos mantuviéramos por encima de los ritmos máximos de crecimiento que hemos experimentado en los últimos años. 

Sucede que, de acuerdo con los datos más recientes del Banco de España, el consumo ya ha comenzado a desacelerarse en el tercer trimestre de 2014. Léase: “En el caso del consumo de las familias, los indicadores de opinión de hogares y comerciantes minoristas se situaron en el promedio de julio y agosto en un nivel algo inferior al del segundo trimestre. Entre los indicadores cuantitativos, las matriculaciones de automóviles particulares prolongaron la trayectoria de desaceleración interanual de los meses anteriores. Por su parte, la Agencia Tributaria notificó un aumento interanual de las ventas interiores de bienes y servicios de consumo de las grandes empresas (reales y corregidas de estacionalidad) del 0,7% en julio, una décima menos que en julio, y el índice de comercio al por menor sin estaciones de servicio (ajustado de efectos estacionales) reflejó una caída intermensual del 0,2%, que situó la tasa interanual en el -0,5%”.

Por tanto, si el ritmo de crecimiento del consumo hubiese tocado techo en el segundo trimestre de 2014, la previsión del aumento del consumo privado para 2015 no se alcanzaría. Por ejemplo, si el consumo privado creciera un 1,5% en lugar del 2,1% anticipado por el Gobierno (nótese que, pese a todo, seguimos colocándonos en un escenario a mi juicio demasiado optimista), el PIB de 2015 no crecería el 2%, sino el 1,65%.

Inversión

La inversión representa alrededor del 20% del PIB. El Gobierno estima que en 2015 aumentará un 4,4% frente al crecimiento del 1,5% anticipado para 2014. A la luz de la reciente evolución de la inversión agregada, necesitaríamos un muy sustancial aumento en las tasas actuales de crecimiento para alcanzar el objetivo del 4,4%: en el segundo trimestre de 2014, apenas lográbamos un crecimiento interanual del 1,4%.

Pero lo verdaderamente inquietante viene cuando desagregamos los distintos componentes de la inversión.

Por un lado, alrededor del 45% de la inversión agregada se corresponde con inversión no vinculada al ladrillo (bienes de equipo y otros activos). El Gobierno estima un crecimiento del 6% en esta partida frente al 7% anticipado para 2014, lo que nos obligaría a mantenernos en el muy alto tramo actual de crecimiento interanual. Pero, como vemos, el crecimiento interanual de la inversión en bienes de equipo y otros activos ya comenzó a desacelerarse en el segundo trimestre de 2014 y de acuerdo con el Banco de España: “La información disponible relativa a la inversión en bienes de equipo muestra una cierta moderación de la tendencia fuertemente expansiva de los últimos trimestres”.

Por otro lado, el 55% de la inversión se concentra alrededor de la construcción, a partes iguales entre la inversión residencial y la no residencial. El Gobierno anticipa un crecimiento interanual de la inversión en ladrillo del 3,1% para 2015, frente a la contracción del 3,3% de 2014. Pero actualmente la construcción está lejos de regresar a tasas de crecimiento interanual positivas, y según el Banco de España la situación no mejora: “Los indicadores más recientes referidos a la inversión en construcción apuntan también a una posible ralentización del crecimiento en el tercer trimestre del año, tras la favorable evolución en el segundo. Entre los indicadores de consumos intermedios, la producción de materiales de construcción disminuyó un 0,2 % en julio en términos intermensuales y el consumo aparente de cemento lo hizo en un 1,4 % en junio (sobre la base, en ambos casos, de las series ajustadas de estacionalidad)”.

A su vez, la inversión en construcción se subdivide, por un lado, en vivienda residencial, que incluso en el positivo segundo trimestre de 2014 seguía contrayéndose a tasas superiores al -4% y que no parece estar mejorando en el tercer trimestre de 2014. Según el Banco de España: “los visados de vivienda afianzaron en mayo la trayectoria de suave recuperación de los meses anteriores, aunque su nivel sigue siendo muy reducido”.

La otra partida de gasto incluida en la inversión en construcción incluye la vivienda no residencial y la obra pública. Esta es la única partida que el Gobierno puede controlar directamente, pero si el Ejecutivo recurriera a la obra pública para dopar los datos de crecimiento, el déficit público se descuadraría no por el lado de menores ingresos de los previstos sino de mayores gastos de los inicialmente anticipados. Por desgracia, no es nada descabellado que en año electoral las administraciones públicas recurran al populismo keynesiano para lograr algunas décimas adicionales de actividad. Tal como constata el Banco de España para la primera mitad de 2014 y tal como puede observarse en el gráfico: “El valor de la obra civil presupuestada en los contratos de licitación aumentó en torno al 70% entre enero y junio, en comparación con el mismo período de 2013”.

Añadan a todo lo anterior que el enrarecido clima actual de los mercados financieros bien podría desalentar la inversión: la percepción de incertidumbres en la economía europea que ha generado recientes caídas bursátiles podría, por las mismas razones, engendrar caídas en la formación de capital real durante los próximos trimestres.

En cualquier caso, y adoptando unas expectativas considerablemente positivas sobre nuestro futuro, si la inversión en construcción creciera al 1,5% (frente al 3,1% esperado por el Gobierno) y la inversión en bienes de equipo y otros activos se expandiera al 5% (en lugar de al 6%), el crecimiento del PIB descendería adicionalmente desde el 1,65% al 1,4%.

Gasto público

El gasto público, en su vertiente de consumo público, copa aproximadamente el otro 20% del PIB. El Gobierno estima que durante 2015 el consumo público caerá un 1%. Al tratarse de una variable que en gran medida queda a la discreción del Ejecutivo, no vale la pena contradecirla, salvo para poner de manifiesto que, en caso de que las previsiones de crecimiento no se cumplan, muy probablemente se eche mano del consumo público para mejorar el PIB en unas décimas. Eso sí, semejante política keynesiana sólo haría que aumentar el gasto y, por tanto, volver inasequible el objetivo de déficit.

Saldo exterior

El Gobierno estima que las exportaciones crecerán un 5,2% frente al 3,6% de 2014 y que las importaciones aumentarán un 5% frente al 4,4% previsto para 2014. Es decir, tanto las exportaciones como las importaciones se expandirán, pero las primeras lo harán a mayor ritmo que las segundas. De momento, sin embargo, las importaciones llevan todo 2014 creciendo por encima de las exportaciones y no se atisba hasta el momento un cambio de tendencia. Según el Banco de España: “Las exportaciones aumentaron un 10,6% en tasa interanual, frente al avance del 1,5% en el mes de junio (…) En la vertiente importadora, los flujos comerciales experimentaron también un repunte significativo, con un avance del 14,9% (7,7% en junio)”. De hecho, las exportaciones de bienes cayeron en agosto un 5%.

El Ejecutivo cree que el mayor crecimiento interanual de las exportaciones sobre las importaciones proporcionará dos décimas de crecimiento del PIB en 2015 frente a la contracción de una décima que ocasionará el saldo exterior en 2014. Una estimación moderadamente conservadora llevaría a esperar un saldo exterior equilibrado, es decir, que ni sumara ni restara al PIB (en realidad, si se prolongan las tendencias de 2014, lo restará). En tal caso, el crecimiento del PIB descendería desde el 1,4% al 1,2%.

Conclusión

Los Presupuestos Generales del Estado de 2015 han sido elaborados a partir de un cuadro macroeconómico excesivamente optimista y excesivamente complaciente. En lugar de adoptar hipótesis más conservadoras sobre nuestro futuro (que deberían llevar a estimar un crecimiento similar al de este año) que eventualmente podrían revisarse al alza (como se ha hecho durante este año) en caso de que resultaran inadecuadamente pesimistas, el Ejecutivo ha optado por inflar desde el comienzo las previsiones de crecimiento: para llegar a crecer el 2%, todas las variables del PIB tienen que comportarse mucho mejor de lo que se han comportado en el segundo trimestre de este año (que según el Banco de España marcará, de momento, el pico de nuestro crecimiento). No es honesto ni prudente colocarse de entrada en un escenario de ensueño sobre todo cuando el contexto internacional y los últimos datos sobre nuestra economía no avalan esa inflación de optimismo.

El motivo de todo ello es claro: el Ejecutivo ha inflado sus previsiones de crecimiento para a su vez inflar sus previsiones de ingresos, de modo que el ritmo de reducción del déficit público cuadre con sus compromisos con Bruselas sin necesidad de reducir un ápice más el gasto público. Al cabo, 2015 es año electoral y lo último que desea el Partido Popular es volverse aún más impopular. Un irresponsable tacticismo electoral que recuerda demasiado al del zapaterismo como para no considerar a Rajoy un simple continuador del desastre económico que comenzara a gestar el socialista. Los españoles pagaremos cara su enloquecida ambición por mantenerse en el poder.

La trampa de Montoro: los seguros de renta vitalicia

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, se ha convertido en el gran confiscador de España. Su última hazaña carroñera ha sido la de eliminar los coeficientes de abatimiento con su reciente reforma del IRPF, lo que implicará una gigantesca mordida tributaria sobre aquellos ahorradores que vendan sus activos de muy largo plazo, incluyendo entre éstos las viviendas. Las arcas públicas están vacías debido a que el volumen de gasto prácticamente no se ha achicado durante la era Rajoy y, por tanto, sólo queda rapiñar al contribuyente, incluso llegando al extremo de expropiarle el ahorro inmovilizado en su casa.

Mas la reciente reforma del IRPF también contiene una aparentemente bondadosa provisión que permitirá a algunos ahorradores escapar de las garras del ministro de Hacienda: si el propietario de la vivienda enajenada tiene más de 65 años y los ingresos derivados de la venta del inmueble –o de cualesquiera otros activos no inmobiliarios– se reinvierte en un seguro de renta vitalicia, entonces la plusvalía cosechada quedará exenta de tributar en el IRPF (art. 38.3 de la nueva Ley de IRPF). La justificación ofrecida por Hacienda es simple: se trata de promover el ahorro de cara a la jubilación, logrando así una renta adicional que complemente las cada vez más exiguas pensiones públicas.

En apariencia, Montoro aprieta pero no ahoga: al menos en este caso ha aparcado su voracidad recaudatoria para no machacar inmisericordemente a las personas que entran en la tercera edad. Claro que uno debería preguntarse lo siguiente: si de lo que se trata es de promover el ahorro de cara a la jubilación, ¿por qué Hacienda sólo exime de tributar las plusvalías reinvertidas en seguros de renta vitalicia? ¿Por qué no concede esa misma exención cuando el capital se reinvierte en cualquier otro vehículo de ahorro? Acaso al responder semejante pregunta descubramos que la motivación esencial de Montoro no es la compasión hacia los jubilados, sino su sobradamente conocido (y sufrido) afán por apropiarse de su patrimonio. 

El de los seguros es el sector financiero que más invierte en deuda pública en términos relativos, por encima de la banca: a finales del primer trimestre de este año las aseguradoras poseían más de 87.000 millones de euros en renta fija estatal… el 70% de todos sus activos financieros (cantidad, por cierto, que se ha duplicado durante el trienio ominoso de Rajoy). Las aseguradoras necesitan contar con una cartera de activos muy seguros, con un amplio mercado secundario y con flujos de caja muy estables y previsibles: de ahí que la deuda pública sea una de sus inversiones predilectas.

En el caso de los seguros de renta vitalicia, esa vinculación con la deuda pública todavía se vuelve más intensa: los seguros de renta vitalicia son un producto financiero invertido esencialmente en deuda pública. A efectos prácticos, son una especie de imposiciones a plazo fijo que las aseguradoras inmovilizan en deuda pública: en la actualidad, un auténtico despropósito de inversión para los particulares debido a los bajísimos intereses que está abonando este activo y a los precios burbujísticos a los que cotiza (es decir, para el asegurado es ahora mismo un producto financiero de baja rentabilidad y de alto riesgo).

Por tanto, sí, Montoro ofrece una salida a los jubilados para evitar su rapiña más directa tras la supresión de los coeficientes de abatimiento, pero esa salida les conduce irremisiblemente al matadero de la (mala) inversión en deuda pública. Poco le importa a este Gobierno que sus incentivos fiscales conduzcan a los jubilados a tomar pésimas decisiones financieras (como tampoco le importó al Gobierno anterior que invirtieran masivamente en las participaciones preferentes con tal de recapitalizar de tapadillo a las cajas de ahorros). En este caso, lo esencial es que la desenfrenada avaricia del ministro de Hacienda queda colmada: ya sea con una confiscatoria recaudación –si los jubilados venden sus inversiones de muy largo plazo y no reinvierten sus ganancias en seguros de renta vitalicia– o con una mayor colocación de deuda pública burbujística –si venden sus inversiones y se acogen a los seguros de renta vitalicia–. Todo por la pasta: por la pasta del Estado.