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Etiqueta: Fiscalidad

Adios, sucesiones, adios

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, persevera en su afán de convertir a la autonomía que dirige en lugar privilegiado para el progreso económico de sus habitantes, en comparación con los oscuros presagios que anuncian cada día otras regiones españolas. Aguirre eliminará en breve –junto con la donación– otro injusto artilugio fiscal: el impuesto de sucesiones que gravaba por doble partida la prosperidad alcanzada entre generaciones de una familia durante años.

Anteriormente, para transmitir una empresa familiar y conseguir la reducción del 95% en la base imponible del impuesto de sucesiones era imprescindible, entre otras condiciones, que los herederos mantuvieran el valor de los bienes adquiridos durante los diez años siguientes al fallecimiento del titular del negocio, salvo que fallecieran antes de ese plazo.

Es decir, que lo importante nunca fue la continuidad empresarial sino quién era heredero y qué obtenía durante una década en la partición. Al impuesto de sucesiones le daba igual la suerte del emprendedor que sucedía en la firma así como el esfuerzo futuro de éste por establecer un círculo virtuoso entre empleados, clientes y proveedores. La envidia igualitaria, respecto de la herencia, no ha entendido de compromisos sino de simples posiciones de poder.

En “La Acción Humana” Mises distingue entre el impuesto neutro que sufraga los gastos de la burocracia estatal y no interfiere en el funcionamiento del mercado, y el impuesto total que grava íntegramente todo ingreso o patrimonio y desvanece la motivación individual. Mises considera los impuestos cien por cien sobre patrimonio y sucesiones como simples levas sobre el capital, incautaciones antagónicas a la idea del impuesto neutro. Los actuales impuestos hereditarios que aún subsisten no llegan a los niveles de confiscación señalados por el gran economista austriaco, pero sí han participado de la semejanza con el impuesto total en tres prejuicios de signo socialista: no proceden del trabajo personal, responden al equívoco principio de “capacidad de pago” y reverencian el principio de “justicia social”.

Es, por tanto, una buena noticia el final del impuesto de sucesiones para beneficiarios que, sin distinción, hereden una humilde cuenta corriente, un inmueble mediano o un establecimiento fabuloso. Cinco millones de personas que conviven en ese acelerado aunque secretamente admirado espacio de oportunidades que se llama Madrid despedirán con mucho gusto esa clase de arbitrario impuesto total.

El Estado es mi pastor

Cuando decía Zapatero que bajar impuestos era de izquierdas, hubo hasta quien se lo creyó. El tiempo suele dar la razón a los escépticos que no creen en conversiones paulinas. Al fin y al cabo, la izquierda tiene como fin redistribuir la renta porque considera que el capitalismo es injusto y hace que unos sean más ricos y otros más pobres. Por eso, los impuestos son el medio para el objetivo que se proponen.

Así pues, que vayan a incrementar los tipos de los impuestos especiales sobre el alcohol y el tabaco en un 10% y un 5,% respectivamente debería ser motivo de regocijo para los votantes de todos los partidos que aprecian muy mucho que el Estado esquilme a los ciudadanos para promover el bien común. También deberían estar contentos los inquisidores que pretenden obligarnos por la fuerza a ser más sanos y menos dependientes de vicios burgueses como el alcohol y el tabaco.

Con la subida de impuestos, el Gobierno estará tranquilo. Cada cerveza será más cara. Cada cigarro, un objeto de lujo. Entretanto, la gente dejará de enviciarse y se dedicará a trabajar más y a salir menos. Si todos somos más productivos y más sanos, el gasto sanitario se reducirá notablemente y claro está, habrá posibilidades de acabar con el déficit de las comunidades autónomas.

Por todo ello, tenemos que agradecer al Gobierno que se preocupe tanto por nuestro interior y por aligerar nuestros bolsillos. Al fin y al cabo, la virtud es sólo del Estado, los vicios de los ciudadanos. Sin la preocupación constante de la izquierda por utilizar al Estado para hacernos mejores personas, seríamos unos individualistas desenfrenados y nos perjudicaríamos a nosotros mismos…¿o no? Oremos juntos: “El Gobierno es nuestro pastor. Nada nos falta”. Amén.

Sin IVA, por favor

Decía Sabina en una de sus canciones que le gustaban “el whisky sin soda y las noches sin boda”. A mi personalmente, me gustan las compras sin IVA y, más aún, la vida sin impuestos. Desgraciadamente, el nuestro es un mundo repleto de impuestos. Como asesor fiscal vivo de ellos, pero sería feliz si no existieran apenas tributos y me viera forzado a cambiar de trabajo. Por eso, cuando escucho cómo nuestro presidente del Gobierno decide incrementar el IVA en un 0,2% para dedicar la recaudación adicional a la ayuda al tercer mundo, no puedo dejar de preocuparme.

Aunque los impuestos no sean neutros porque afectan a la estructura de producción y gravan renta y, por tanto, capital, el impuesto que probablemente menos perjudica al mercado es el IVA. Sin embargo, al existir muchos más impuestos sobre el consumo como los impuestos especiales al alcohol, hidrocarburos, tabaco y electricidad y otros que recaen sobre la renta, cualquier incremento es una mala noticia. No obstante, es preferible que se incremente el IVA a que lo haga el IRPF porque el primero se aplica equitativamente sobre todos los ciudadanos mientras el segundo es un impuesto progresivo que penaliza el esfuerzo. Pero, en cualquier caso, la solución óptima sería acabar con los impuestos progresivamente.

En cuanto a los efectos de esta subida de los tipos del IVA (recordemos que hay tres, el 4% básicamente para el pan y otros productos de “primera necesidad”, el 7% para alimentos y otros bienes y el 16% para la mayor parte de los productos) hay que recordar que el consumidor será el único perjudicado por esta medida. Cada vez que compre, notará que paga más y que, por tanto, su poder adquisitivo mengua con el tiempo. Por eso tendrá que ajustar su cesta de la compra y sustituir todos los productos que pueda por otros más baratos pero que suplan las mismas necesidades que los que adquiría tradicionalmente. Los empresarios empezarán a apreciar que venden aún menos y que sus costes se incrementan, a pesar de que el IVA sea un impuesto deducible aunque no siempre neutro por motivos que no hay espacio para aclarar en este artículo.

Por último, hay que comentar que el fin del incremento es ejercitar el “humanitarismo con guillotina”, como decía una pensadora norteamericana. Los políticos utilizan nuestro dinero para aparecer como monjas de la caridad. Lo que ha planteado ZP no es más que un lavado de imagen y muestra una psique digna de análisis psiquiátrico. Creer que con sólo dedicar un 0,2% de las transacciones económicas a la ayuda al tercer mundo se puede acabar con el hambre, resulta tan estúpido como crear un ministerio sin competencias como el de Vivienda. El problema del tercer mundo, como explica hoy Juan Ramón Rallo en el suplemento de Ideas de Libertad, no se arregla con un “fajo de billetes” sino con derechos de propiedad, mercado y Estado de derecho.

Mientras existan demagogos que dispongan de la capacidad de establecer e incrementar los impuestos vigentes, tendremos que soportar en nuestras carnes los efectos del populismo más rastrero.

Pagando por el pecado

El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, que hizo de la bajada de impuestos su bandera y del tipo único en el IRPF su fórmula económica, ha incumplido sus promesas. Hasta cierto punto es lógico, puesto que el socialismo pretende esquilmar al ciudadano para redistribuir su dinero entre sus votantes, especialmente los más ricos (artistas e intelectuales, empresarios de los medios de comunicación, etcétera).

Se van a subir los impuestos sobre el alcohol (10%) y el tabaco (5%). Asimismo, se concede a las Autonomías la facultad de incrementar en un 2% el impuesto sobre la Electricidad. El pretexto de estas medidas no es otra que cubrir el dichoso déficit sanitario, especialmente el de Cataluña.

En primer lugar, no hay que olvidar que subir los impuestos indirectos viene a demostrar que la izquierda odia a sus votantes. Al final son los más desfavorecidos los que pagan el pato, ya que son este tipo de impuestos los que inciden en el consumo. Es más, se denominan “impuestos del pecado” (sin taxes), porque pretenden cambiar los hábitos de la gente al incidir sobre productos que se califican como “vicios”. La izquierda, tan preocupada por la libertad, quiere llevar a cabo políticas puritanas-victorianas y convertirnos en “hombres nuevos”, sin ningún tipo de vicios malsanos.

Por otro lado, desde el punto de vista meramente fiscal, estas subidas tienen un doble efecto recaudatorio. Como los impuestos especiales sobre el tabaco, la electricidad y el alcohol se adicionan al precio del producto y el IVA se aplica a la suma del precio y los impuestos fijados, no sólo se incrementa la recaudación en los porcentajes señalados, también el Impuesto sobre el Valor Añadido. De hecho, recientemente hemos podido saber que el incremento de precio de la gasolina ha permitido al Estado embolsarse 1.800 millones de euros adicionales por IVA e impuestos especiales. Así pues, resulta un tanto extraño que, a pesar de que el precio del petróleo sigue subiendo y, por tanto, el Gobierno vaya a recaudar más impuestos, pretenda elevar otros tributos.

Pero lo triste del caso es que no sólo hay argumentos morales y técnicos para repudiar el impuesto, también utilitaristas, ya que, como todo el mundo sabe, una de las ventajas competitivas que tiene actualmente España para atraer turismo son los bajos impuestos sobre el tabaco y el alcohol respecto de los vigentes en otros países de la Unión Europea. Los restaurantes, bares y discotecas ofrecen una serie de servicios de calidad a precios razonables en comparación con los que repercuten estados como Francia o Inglaterra. Si se incrementan estos impuestos, teniendo en cuenta que, al entrar en el euro, nuestros precios han crecido sustancialmente, el turismo se resentirá notablemente. Los hosteleros tendrán que subir sus precios, por lo que la gente consumirá menos y habrá más paro. Cabe temer que, a partir de ahora, salir por la noche vaya a convertirse en un lujo.

Financiar el gasto sanitario vía impuestos indirectos, como hemos podido comprobar, es un lamentable error. Además, intentar resucitar el ya quebrado sistema sanitario es tanto como querer revivir a un muerto. Por eso, es preferible reformar el sistema drásticamente.

Nuestra salud va en ello. Y ya se sabe que no hay nada más cierto que la muerte… y los impuestos.

Siega de impuestos en Madrid

La eliminación, a partir de enero de 2006, del Impuesto de Donaciones para las familias que viven en la Comunidad de Madrid es una buena noticia que preludia sucesivas reducciones impositivas por parte de un gobierno autónomo inspirado en los valores de la libertad, pero hostigado permanentemente por un poder central socialista nada interesado en que los contribuyentes resuelvan con espontaneidad acerca de su ahorro a lo largo de generaciones.

La noticia es muy positiva, además, para la pervivencia de los emprendimientos familiares de volumen modesto (el 80% de la red empresarial española) y originará un eco favorable de la medida en los habitantes de otras autonomías que no disfruten de esta supresión (por ejemplo, en Castilla-La Mancha seguirán pagando al fisco una cantidad media del 20% de lo donado).

Hasta ahora era más recomendable -por cuestión de bonificaciones y plusvalías- esperar una herencia que donar en vida; situación extravagante, sin duda, por lo que tiene de asumir pasivamente el fluir, adverso o no, de los acontecimientos y de menoscabo de la libre voluntad sobre los propios bienes. El intervencionismo parece considerar a la donación como capricho simulador entre rentistas, cuando nuestro liberal código civil sugiere cautelas (usufructo, reserva de disponer, condiciones resolutorias…) que el donante puede establecer para defender, por su interés, aquello que los planificadores sociales siempre aseguran vigilar: la productividad, los empleos, la continuidad de una organización razonablemente próspera en el tiempo.

En definitiva, se dona por liberalidad, por provecho o por ambos conceptos a la vez; situaciones nunca entendibles por los envidiosos igualitarios.

La próxima siega, sin olvidar el Impuesto de Sucesiones, debería a su vez acabar con el de Patrimonio (IP), que nació hace casi treinta años con afán temporal para regularizar datos cuando se introdujo el IRPF en España, y que aún permanece como injusto monolito a la doble imposición, cuando la mayoría de los países de la OCDE lo han expulsado de su ámbito. Este IP mantiene uno de los tipos impositivos más elevados del mundo (2,5%), se acerca en algunos casos a la confiscación y dificulta en gran medida la acumulación de riqueza que puede planear de modo beneficioso en nuevas oportunidades para todos. ¿Para cuándo su merecido cercenamiento?

Ante el aliento liberalizador, no extraña la causalidad entre la anunciada supresión impositiva y la noticia del Ministerio de Hacienda sobre la importante mengua en la liquidación de ingresos para Madrid. Si hay más ciudadanos que pueden liderar numerosos proyectos en un sociedad mestiza, en ocasiones superficial pero templada ideológicamente, porque les queda más dinero en su cartera y animan a otros en su empeño, esta sociedad será inaprensible para los burócratas que desconfían de la complejidad y se verán en la obligación de desarticular su laboratorio ideológico por muchos años. Con certeza, es motivo para asfixiar las finanzas y ridiculizar los valores de los protagonistas de este seísmo fiscal que sacude los sofismas tributarios dominantes.

Socialismo por la propiedad titiritera

Con la muerte de Ronald Reagan se multiplicaron las valoraciones, generalmente positivas, de la labor política de quien ha sido elegido recientemente el estadounidense más importante del siglo XX. Uno de los aspectos más sobresalientes de su ejecución fue su política fiscal. Por un lado aumentó los gastos militares para acelerar el declive económico de la URSS y precipitar su caída, y por otro redujo e hizo más sencillos los impuestos para relanzar la economía. En ambos aspectos recabó enormes éxitos. Una visión somera podría indicar que George W. Bush está reeditando la política de quien fue Presidente cuando su padre ocupaba la vicepresidencia.

Pero no es así. Es más, Bush ni siquiera llegó al poder con las pretensiones de ser un reaganita, con su propuesta del conservadurismo compasivo. Y si bien las circunstancias históricas le han convertido en un neoconservador, cuando él mismo no lo era, no ha tenido la visión o el interés por convertirse al conservadurismo de Reagan, más que en el aspecto de los impuestos. Porque por lo que al gasto se refiere, la política de George W. Bush es la más expansionista e irresponsable desde Lyndon B. Johnson. Los años fiscales 2002 a 2005 son 4 de los 10 más expansivos de los últimos 40 años. Esta política manirrota no se debe a la “guerra contra el terrorismo”. En lo que lleva firmando cheques desde el despacho oval, ha aumentado el gasto en educación en un 98,6%. En lugar de acabar, como debía haberlo hecho, con las subvenciones a la agricultura, ha aumentado las que ya había y ha creado otras nuevas. El gasto en sanidad, especialmente en el programa Medicare, ha crecido de forma notable, y eso que aún no ha entrado en vigor la socialización del pago de medicinas que ha impulsado. Hasta el momento el gasto federal se ha incrementado en estos cuatro años en un 33%, más que en los 8 años que estuvo Clinton en el poder.

En los años de su predecesor coincidieron el triunfo del “pacto con América” liderado por Newt Grinwich y que moderó el crecimiento del gasto con las reformas en el Estado Providencia promovidas por Clinton y un recorte en la fiscalidad a las ganancias de capital. Esas condiciones de moderación del gasto, leve recorte de impuestos y reforma económica fueron suficientes para mejorar la economía estadounidense y para alcanzar importantes superávit fiscales. Se llegó a decir que en poco más de una década se podría amortizar la deuda pública. Bush no solo ha impulsado las principales partidas del gasto, sino que no ha hecho un solo uso de su potestad de veto para frenar determinadas partidas de gasto. Y lo que es peor, todo ello tiene lugar con una clara mayoría republicana en ambas cámaras; toda una excepción desde que ganara por primera vez Franklin D. Roosevelt. Nada indica que Bush vaya a moderar el crecimiento del gasto público.

La otra pata de su política fiscal está siendo todo un éxito. La bajada de tipos impositivos funciona de nuevo y en lo que llevamos de año los ingresos están creciendo un 15% no a pesar, sino por causa de haber bajado los tipos y en particular de reducir la doble imposición sobre las ganancias de capital. La menor fiscalidad sobre el ahorro y las ganancias de la inversión están permitiendo un rebote de la inversión; de la creación de riqueza. Con la mayor recaudación, los enormes déficit que muchos anunciaban (y casi deseaban) para la economía estadounidense no solo no se producen, sino que las previsiones para el presente ejercicio rondan el 2,5%. Un déficit envidiable para más de un país europeo.

En cierto sentido el gasto es el verdadero impuesto, ya que habrá de ser sufragado con mediante éstos o con deuda pública, que en última instancia también será pagada con impuestos. De modo que Bush está aumentando las necesidades de recaudación, presente o futura, de forma notable. Podrá enfrentarla por el camino de una fiscalidad más moderada y sencilla y más centrada en el consumo, que es el que está tomando. Pero todo ello tiene el peligro de que ese mismo camino hace más grande y poderoso el Estado, con todo el peligro que ello entraña y que siempre ha sabido ver el liberalismo. La combinación entre este crecimiento estatal y la interminable “guerra contra el terrorismo”, en cuyo nombre ya se ha justificado en ese país la nacionalización de la seguridad de los aeropuertos, puede resultar una amenaza más grave de la que quizás hayamos pensado. Habrá que estar vigilantes.

El impuesto contra la pobreza

Hace unos años la asociación neocomunista ATTAC comenzó a defender un impuesto sobre la especulación para dedicarlo a la ayuda al tercer mundo. En los últimos días, nos hemos enterado de que la Unión Europea se plantea implantar un impuesto sobre los billetes de avión para destinarlo a la lucha contra la pobreza en los países en vías de desarrollo.

Ante esta propuesta, algunas compañías aéreas ya han mostrado su preocupación. Easyjet ha comentado que le es insostenible la imposición de un gravamen sobre los vuelos nacionales que no hacen escala en ningún país en vías de desarrollo. Por su parte, la compañía irlandesa Ryanair ha considerado que perjudica principalmente a los consumidores.

Aunque cabe aceptar (pero nunca justificar) los impuestos en la medida en que se destinan al gasto estatal en infraestructuras o policía, lo que no resulta admisible es defender las transferencias de dinero de los más pobres de los países ricos a los más ricos de los países pobres.

Al mismo tiempo, hay que recordar que el impuesto que planean los eurócratas no sólo perjudica al consumidor, a quien le hacen pagar más por unos servicios que hasta la introducción del gravamen costaban menos sino que también tendrá repercusiones en los ingresos que obtienen las compañías aéreas. Es más que probable que la guerra de precios sólo beneficie a las grandes compañías que tendrán que “luchar” menos contra compañías que ofrecen vuelos extremadamente baratos. El resultado puede ser que las empresas pequeñas desaparezcan o que se vean obligadas a reducir el número de trabajadores en nómina.

Junto con estos efectos, cabe considerar el efecto sustitución. Habrá más de un consumidor que opte por medios de transporte más baratos ante el incremento de precios de los vuelos.

La siguiente pregunta que cabe hacerse es por qué nos quieren ofrecen un impuesto que de carácter coactivo como el mayor ejemplo de solidaridad. ¿Acaso puede ser solidario una acción en la que media la violencia? No, por supuesto. Luego, en ningún caso, cabe llamar “solidaria” a una propuesta que se impone por la fuerza. Si hay algo virtuoso, es la generosidad que demuestran las personas cuando deciden, por los motivos que sean, ayudar a un tercero. Por eso, resulta un tanto extraño que las ONGs no califiquen esta propuesta de “intrusismo profesional”.

Detrás de tanta polvareda “solidaria”, aparece el espíritu vampírico del burócrata profesional. Donde la gente ve sacrificio, esfuerzo y, en suma, espíritu emprendedor, el político sólo ve un maná de dinero que hay que agotar sea como sea. En esta ocasión, la víctima es el sector del transporte aéreo. La próxima, no lo sabe ni el Señor. Al paso que vamos, como recordaban los Beatles en “The Taxman”, el Estado acabará gravando el suelo que pisamos para que nos cueste aún más caminar.

La revolución fiscal

Las últimas declaraciones de Pedro Solbes, Ministro de Economía y Hacienda, sobre la reforma fiscal del IRPF han sido una llamada a la "línea moderada". Reducción en el número de tramos, minúscula rebaja del tipo mínimo y máximo y, por otra parte, aumento de otros impuestos. Unos cambios ridículos que siguen castigando el trabajo, ahorro, gasto e inversión de todos nosotros. El gobierno sigue creyendo que sabe mejor que nosotros cómo manejar nuestro dinero.

Evidentemente no se puede esperar más de un socialista que considera que sólo él es el legítimo responsable de la distribución de la riqueza. Conceptos como “pragmatismo” y “moderación” han sido el camino de los políticos para expropiar los recursos del ciudadano en favor del estado. ¿Acaso sabe dónde van sus impuestos? ¿Estaría de acuerdo que la totalidad de sus impuestos se usen para financiar a RTVE, o sirviesen para beneficiar a aquellos que sólo viven de ayudas estatales porque no quieren trabajar, o que se usen para financiar a dictadores sudamericanos o grupos terroristas de oriente medio? Indudablemente al estado no le interesa que nosotros sepamos donde va a parar el dinero que nos han sacado; y es que el estado es la organización menos transparente que existe.

Una reforma fiscal ha de tener un único fin: liberar al hombre del yugo que inflinge el estado. Con los impuestos que recaudó el estado el año pasado sobre el tabaco, se podría haber pagado el presupuesto de defensa. No se necesita tanto para que el estado mantenga sus “servicios legítimos”, los de la fuerza. Aunque como otros autores han demostrando (Rothbard, Benson, Hoppe, Block…), incluso si privatizamos los servicios del estado, éstos pueden ser más baratos y dar un mejor servicio y variedad.

Si el estado trabajase de verdad para la gente su reforma fiscal sólo podría ser una: eliminar todos los impuestos. Cuando alguien nos quita mediante las amenazas y la coacción nuestro dinero nos está robando; da igual que pretenda ser nuestro defensor, o que diga que lo hace para nuestro bien. Los impuestos no son un acto voluntario, sino que son un acto de agresión contra la libertad individual.

Pero no podemos pretender que un político, que vive de la extorsión, sea quien acabe con un sistema que le beneficia, sino que hemos de tomar nosotros la iniciativa dejando de alimentar al tirano.

Si usted considera que pagar impuestos es injusto, no los pague. Cuando una empresa “evade” su legítimo dinero para que no sea confiscado por el estado está actuando correctamente; si alguien le ofrece un servicio o producto y le da la opción de cobrárselo con factura o sin ella, no lo dude, ¡hágalo sin factura!; tanto usted como él saldrán ganando.

No podemos esperar que los políticos realicen cambios para nuestro beneficio porque eso es una contradicción. La historia ya nos ha demostrado que ningún político, por más liberal que se haga decir, jamás ha hecho nada por nuestra libertad individual. El insumiso fiscal es un héroe al que se le tendría que hacer un monumento. El “elegido” no es ningún político, sino usted. No esperemos a que los burócratas nos liberen, empecemos nosotros antes.

Harakiri a la europea

Cada vez que los ministros de economía de la zona euro se sientan a una mesa, nuestras carteras tiemblan. Cuando se sientan para decidir cómo enterrar las condiciones del pacto que trata de limitar el gasto en el que ellos mismos incurren con cargo a nuestras temblorosas carteras al nivel de los ingresos públicos, tiembla toda la sociedad. Y eso es lo que sucede mientras escribo este artículo.

Limitar el gasto a lo que se ingresa no garantiza el crecimiento económico –imagínense unas cuentas equilibradas con unos impuestos que confiscan el 90 por ciento de la renta- pero incurrir en déficit público constituye una verdadera liposucción para las vacas de la economía. Un mayor nivel de gasto público –con o sin déficit- implica un uso de los recursos crecientemente distanciado del que les darían los consumidores: Un desequilibrio económico inducido por el afán de gastarse el dinero que previamente se les quita a los demás con la excusa de gastarlo en lo que verdaderamente les conviene. ¡Cómo si los individuos se chupasen el dedo!

El déficit público tiene que cubrirse con impuestos adicionales, inflación o deuda pública y la perspectiva de cualquiera de estas medidas deprimen la ya de por sí anémica eurozona. La primera invita a salir a por tabaco con el capital y no volver nunca a casa, la segunda distorsiona todo la estructura productiva por la descoordinación intertemporal que provoca y la redistribución forzosa de recursos que implica y, por último, el incremento de la deuda pública asfixia los proyectos empresariales privados al elevar la escasez relativa del crédito. Al mismo tiempo estas medidas hacen tambalear los fundamentos del valor del euro y, en consecuencia, el poder adquisitivo de nuestros ingresos.

¿Qué les impulsa a nuestros señores ministros a desvirtuar el pacto en torno al equilibrio presupuestario en Europa? Sobre esta cuestión sólo cabe especular. Es posible que una explicación consista en la vieja y arrogante convicción de que el dinero gastado por un gobernante obra milagros multiplicadores que no puede conseguir el gasto del mismo dinero por parte de sus legítimos propietarios. Pero es más probable que estas fábulas no tengan hoy el predicamento ni el influjo que tuvieron en el pasado y que la clave de esta defunción programada a base de flexibilización haya que buscarla en la presión por parte de los gobiernos manirrotos y poderosos para que las medidas que un día impusieron a los demás, no les sean aplicadas a ellos ahora que han convertido sus países en solares donde pocos se atreven a producir y demasiados se animan a vivir del gasto público.

Quizá a los señores ecofines les convenzan más las palabras directas de Juan de Mariana que una tonelada de razonamientos económicos: “No puede el rey gastar la hacienda que le da el reino con la libertad que el particular los frutos de su viña ó de su heredad".

Microcréditos, regulaciones y desarrollo

Una de las asociaciones más divertidas de los últimos tiempos es la Asociación de Compositores y Autores de Música. Aunque fundada en 1995, sólo en el último año ha decidido mostrarse al público como la versión radical de la SGAE y enemiga impenitente del progreso y la modernidad, es decir, de Internet. Liderada por músicos de tanto éxito, calidad y presencia activa en la escena musical actual como Caco Senante o Teo Cardalda –que levante la mano quien haya escuchado algo creado por ellos en la última década–, su discurso público se ha centrado en pretender hacer pasar a Teddy Bautista por un moderado. Es algo así como la labor que intentó hacer Michael Moore con John Kerry y, previsiblemente, con los mismos resultados: confundir los discursos de uno y otro y hacerlos parecer a ambos como el ala más izquierdista del partido demócrata.

Su último hallazgo ha sido hacer "reconocer" a Telefónica que el 80% del tráfico de las líneas ADSL consiste en intercambio de archivos. A partir de ahí llega el delirio. Puesto que ha 2.800.000 líneas instaladas y cada una cuesta unos 30 euros, Telefónica ingresa 840 millones de euros. De ahí se extrae el 80% y, de lo que nos queda, el 66’6% que correspondería a archivos musicales, de lo que nos quedan 447 millones de euros que Telefónica ingresa a costa de los sufridos músicos, frente a los 300 que factura la industria discográfica española.

El cálculo es completamente ridículo.En primer lugar porque todas las calculadoras consultadas por este reportero informan de que 2.800.000 multiplicado por 30 da un resultado de 84 millones y no 840; un extremo confirmado por el viejo método del lápiz y papel, para que nadie ose culpar de esta conclusión a dispositivos tecnológicos seguramente implicados en el robo masivo de propiedad intelectual musical. Si la cifra de 840 se refiere a facturación anual, como aseguran, entonces la cifra correcta sería de 1.008 millones, lo que demuestra que ponen tan poco cuidado en las cifras que se equivocan en su contra.

No obstante, lo realmente importante es que las cuentas de la lechera de la ACAM confunden interesadamente un coste, el mantenimiento de caudal suficiente para hacer frente a ese tráfico de intercambio de ficheros, con un ingreso, lo que pagan los usuarios por esas líneas. Es cierto que una teórica prohibición efectiva de dichos intercambios reduciría el número de líneas instaladas, pero no se puede saber en qué medida. Hasta es posible que las empresas de telecomunicaciones salieran ganando al ser menor la pérdida de ingresos por líneas contratadas que el ahorro en el mantenimiento de dicho caudal de tráfico. Porque lo que la ACAM no puede saber es el número de internautas que dejarían de pagar el ADSL por una prohibición del P2P y, de hecho, ni lo intenta. Tan sólo pretende convencer primero a los periodistas y luego a los usuarios de que ese porcentaje es del 80%.

Como campaña para intentar obligarnos a pagar un canon por el uso de Internet es un poco chapucera aunque, como los mentirosos documentales de Michael Moore, igual convencen a alguien. Lo divertido sería que los principales blancos de los ataques de esta asociación, Telefónica y la Asociación de Internautas, por otro lado enemigos casi naturales, terminaran uniéndose para hacerles frente. Pero este apéndice de la SGAE es tan poca cosa que, la verdad, dudo que ninguno de los implicados se moleste.