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Etiqueta: Friedrich A. Hayek

Discurso de Javier Milei en la CPAC 2024: el fracaso del modelo neoclásico

Hola a todos. Yo soy el león. Yo también los amo. Viva la libertad, carajo. Parece que lo que decían como fenómeno barrial, se agrandó un poco el barrio. En primer lugar, muchas gracias por esta invitación, En cuanto a la conferencia, del día de hoy, dado el impacto de la Conferencia en Davos, en que señalé que Occidente está en peligro, dado el avance de las ideas estatistas, hoy haré foco en los fundamentos técnicos que sostenían dichas apreciaciones políticas, en aquella conferencia. Así, haré foco sobre cómo el modelo neoclásico y su visión de los fallos del mercado son funcionales al avance del socialismo y cómo eso destruye al crecimiento económico poniendo un freno a las mejoras contra el bienestar y la lucha contra la pobreza.

En cuanto a la génesis de este problema, el problema es un problema metodológico entre modelos vs. realidad. Dado que la realidad es siempre muy compleja de analizar se analiza con modelos, pero – en términos generales – cuando el modelo no mapea con la realidad un corrige el modelo, descarta el modelo y el problema con el mundo neoclásico es que frente a este problema, que el modelo no mapea con la realidad se enojan con la realidad, llamándola fallo de mercado.

El óptimo de Pareto

El origen de este problema tiene que ver cuando se pone a estudiar las cualidad normativas del equilibrio competitivo. Es decir que, mientras que el análisis se centraba en la existencia, en la unicidad y en la estabilidad, eso no constituía un problema grave, desde el punto de vista político. Y en rigor, el problema aparece cuando ingresa el análisis normativo de la mano del análisis de Pareto. Básicamente la idea del óptimo de Pareto es que yo no puedo mejorar a alguien sin empeorar a otro. Concretamente, si estoy en una situación, donde puedo mejorar a alguien y hago una mejora para alguien, sin empeorar a otro, eso se llama mejora Paretiana. Y obviamente, cuando esas oportunidades se agotan significa que estamos en el óptimo de Pareto.

Y es ahí, donde aparecen las definiciones de fallos de mercados, que tienen distintos nombres; uno es las no convexidades, es decir la existencia de rendimientos crecientes, o para decirlo más popularmente, estructuras de mercados concentrados y monopolios. Otros casos son las externalidades: los bienes públicos en formación asimétrica y el “Dilema de los Prisioneros”. Y en realidad, todas estas definiciones tan elegantes son todos elementos que habilitan la intervención del Estado y con eso el avance de los estatistas y los socialistas.

El mercado como proceso de cooperación social

Pero para que no quede tan en abstracto voy a hacer un ejemplo aplicado: supongamos que estamos en el momento en que nos alumbrábamos con velas y todavía no había llegado Ericsson; obviamente en el momento en que aparece Ericsson con la lamparita, todos los fabricantes de velas van a la quiebra. Naturalmente si le hubiéramos prestado atención a los intervencionistas, hoy, en lugar de tener esta hermosa conferencia, con todas estas luces, seguiríamos con velas; así es como los socialistas arruinan nuestras vidas. Por suerte descartemos el óptimo de Pareto y avancemos con el progreso tecnológico. (APLAUSOS).

Entonces lo primero que tenemos que entender es qué es el mercado, tener una buena definición de lo qué es el mercado. En este sentido, el mercado es un proceso de cooperación social, donde se intercambian derechos de propiedad, voluntariamente. De hecho – dado que los intercambios son voluntarios – no es posible hablar de fallos de mercado porque nadie estaría haciendo acciones auto flagelantes. Por lo tanto, cuando definimos bien mercado todas las definiciones de intervención se derrumban.

Las instituciones del mercado

Por otra parte, también es muy importante tener bien claro cuáles son las instituciones sobre las que se construye la idea del mercado. Dos instituciones muy importantes son la propiedad privada y los mercados libres de intervención estatal, porque – básicamente – si voy a estar intercambiando derechos de propiedad quiere decir que la propiedad privada es importante. Y si los intercambios no son voluntarios, no hay lugar para la presencia intromisiva y violenta del Estado. (APLAUSOS)

En este sentido, cuando se hace un intercambio y alguien entrega un bien, a cambio de dinero, eso fija un registro histórico, llamado precio. Y ese registro histórico, denominado precio es un mecanismo de transmisión de información, que además se transforma en un mecanismo de coordinación porque hace que – algunas personas –sean oferentes y otros sean demandantes.

Y como no necesariamente la cantidad demanda coincide con la ofrecida, cuando la demanda es mayor que la oferta, los precios suben y en su caso contrario bajan. Es decir, hay un proceso de ajuste. En definitiva, la propiedad privada y los mercados libres determinan el funcionamiento del sistema de precios y eso es lo que permite hacer cálculo económico. Y esto muestra por qué el socialismo en ninguna de sus vertientes puede funcionar, en el caso más extremo porque no hay propiedad privada, por lo tanto no se pueden hacer los intercambios que requiere el mercado. Y en segundo lugar, las versiones más light que permiten la existencia del sector privado, la intromisión del Estado mete ruido en el sistema de precios, y cuanto más Estado hay, más violencia hay, más distorsión hay y peor funciona el sistema.

La libre competencia

Otra de las instituciones importantes para los mercados es lo que se llama la libre competencia, pero no en el sentido neoclásico de la competencia perfecta, sino en términos de entrada y salida. Y por otra parte hay dos instituciones que son muy importantes que son la división del trabajo y la cooperación social. La división del trabajo quién mejor la explicó fue Adam Smith: una persona sola podía producir solamente 20 alfileres, pero si se partía en quince la tarea, cada uno podía producir 5 mil alfileres, estamos hablando de 75 mil alfileres, pero cuál es el problema si no hay demanda para 75 mil alfileres, no va a haber tanta división del trabajo.

Y esto combinado con la idea de combinación social, termina siendo absolutamente destructivo para las ideas socialistas. Una es: Yo podría estar odiando a él, pero necesito que el compre mi producto, por lo tanto, inexorablemente lo tengo que dar bien. Por eso, como decía Bastiat, “Donde entra el comercio, no entran las balas”. Y promover el libre comercio es promover la paz.

Y al mismo tiempo, del mercado como proceso de cooperación social es una tremenda bomba en contra del socialismo, porque si los intercambios son libres, eso significa que las dos partes que intervienen en el intercambio, ganan los dos. Por lo tanto, no hay lugar para la teoría de la explotación, no hay lugar para la plusvalía, no hay lugar para el marxismo y el socialismo.

El empresario como benefactor social

A su vez, es importante señalar, en la lógica del mercado, que un empresario exitoso es un benefactor social. Porque en el capitalismo de libre empresa solamente es posible ser exitoso sirviendo al prójimo con bienes de mejor calidad o de mejor precio. Y si ese empresario no lo está haciendo bien, podrá aparecer otro que pueda brindar el mismo bien a un mejor precio, o el mismo precio, mejor calidad, y eso va a llevar a la quiebra a los ineficientes y va a potenciar el bienestar; Y por ende, los empresarios, son benefactores sociales porque nos brindan bienes de mejor calidad, a un mejor precio, mientras que van creando puestos de trabajo y progreso en toda la sociedad. Por lo tanto, abracemos a los empresarios que son la base de la prosperidad.

Por lo tanto, dada esta introducción, vale la pena enfrentar, ahora, dónde está el dilema neoclásico. Esto dentro de la teoría del crecimiento económico y su evidencia empírica se llama: “El palo de hockey”. Si ustedes miran la historia, desde la era cristiana hacia adelante, el PBI per cápita entre el período en entre el año 0 y el 1800, prácticamente estuvo constante.

Murray N. Rothbard

Sin embargo, desde el año 1800 hasta aquí, se multiplicó por más de 15 veces, y en ese mismo período, la población en el año 1800 era de 800 millones de seres humanos, y hoy se ha multiplicado por 10. Es decir, que aumentó la productividad per cápita y, además, el PBI aumentó cerca de 150 veces, a punto tal que estamos en el mejor momento de la historia de la humanidad. Todo esto, a pesar de la existencia del Estado. Y en este mismo periodo de tan importante crecimiento económico, la pobreza extrema pasó del 95% de la población al 5%. Sin embargo, esta presencia de rendimientos crecientes significa que hay estructuras concentradas, es decir, que hay monopolios. Entonces, la pregunta es: si se generó tanto bienestar ¿Por qué la teoría neoclásica dice que los monopolios son malos, si nos trajo tanto bienestar y tanta caída en la pobreza?

Y en realidad, como diría Murray Newton Rothbard, el inventor del anarco capitalismo, el problema es que el análisis neoclásico está mal. Supongamos que tengo 10 empresas compitiendo por hacer teléfonos celulares, y una de ellas descubre una técnica para hacer un teléfono de mejor calidad a un mejor precio, naturalmente hay 9 empresas que van a quebrar. Sin embargo, ¿Alguno de ustedes se quejaría por tener mejores teléfonos a un mejor precio? Por lo tanto, fuera la teoría neoclásica.

Los errores del análisis neoclásico

Entonces, veamos dónde están esos errores de la teoría neoclásica. En la versión más simple es porque dicen que el precio del monopolio es mayor que el de la competencia y que la cantidad producida es menor que en competencia. Sin embargo, ese análisis es errado porque tiene varios problemas; en primer lugar porque es solamente un análisis de equilibrio parcial, solo considera el equilibrio en un solo mercado, y no considera el resto de la economía. Es decir, yo tengo el monopolio sobre Javier Milei y ustedes tienen el monopolio de ustedes mismos, sobre cada uno de ustedes, y eso no tiene nada de malo, afortunadamente somos todos distintos, gracias a Dios. Es más, festejamos nuestras diferencias porque no nos gusta la uniformidad gris del socialismo.

Pero no solo está mal por ser un análisis de equilibrio parcial que no considera el resto de los mercados, sino que, además, es tan burdo que no considera los efectos futuros, es decir, el impacto en el futuro de estas estructuras de mercado. De hecho, esto me hace recordar un hermoso libro de un economista y pensador americano, Henry Hazlitt, que se llama, La economía en una lección, que decía: “La diferencia entre un buen economista y el mal economista, es que el mal economista solamente mira el mercado en un período, mientras que el buen economista mira todos los mercados y no solo el presente, sino también el futuro”.

El equilibrio general

Por lo tanto, esto estaría mostrando que el análisis tradicional del monopolio y por el cual se los regulan, es parte de un mal análisis económico. Y si, además, tomamos el rol que toman las ganancias como elemento para generar crecimiento económico, además, meterse con los beneficios implica impactar negativamente sobre el crecimiento. Entonces, la pregunta es: ¿Cuál es la verdadera respuesta, o el verdadero fundamento de este análisis? Y en realidad la respuesta no está en el análisis económico, está en la estructura matemática que usa el equilibrio general. Básicamente, tiene que ver con el análisis del óptimo de Pareto y el problema de las no convexidades en el conjunto de producción.

El óptimo de Pareto, para que el equilibrio existente sea óptimo de Pareto, tanto los consumidores como los productores deberían estar maximizando. Y el problema es que cuando tenemos rendimientos crecientes tenemos funciones de producción convexas y el problema con esas funciones es que no se puede encontrar un máximo.

Modelo neoclásico: una visión mecanicista del hombre

Naturalmente, eso es un error matemático también porque si yo tengo rendimientos crecientes puedo encontrar un máximo si utilizo todas las dotaciones de la economía y entonces ahí aparecería otro problema que me quedaría una sola empresa; pero eso que parece algo empíricamente correcto también tiene otro error conceptual porque básicamente implica desconocer la naturaleza de la firma y entre otras cosas, deja de lado el hecho de que las firmas son manejadas por seres humanos y naturalmente cuando ustedes más quieran trabajar para producir más, el costo de oportunidad del tiempo libre crece fenomenalmente.

De qué le serviría un trabajo de que le ofrezcan 12 millones de dólares al año si ustedes tuvieran que trabajar los 7 días de la semana 24 horas. Se van a chocar contra su propia humanidad. Sin embargo, el análisis neoclásico trabaja a las firmas como si fueran máquinas y no como empresas que dependen, son de los seres humanos.

Finalmente, otras de las críticas que se le hacen a los monopolios es que generan menos cantidades producidas en la economía y eso también es falso porque ese dinero que ganan los monopolistas, evidentemente lo pueden volcar al consumo y generar producción y empleo en otros lugares de la economía.

Análisis neoclásico del monopolio

Ahora vamos a hacer un par de casos que irriten más a los keynesianos. ¿Qué sucede si esas grandes ganancias las ahorramos? Ese ahorro se transforma en inversión en otras empresas y eso genera crecimiento del producto y del empleo en otros sectores. No se pierde nada. O supongamos que este monopolista es tan ambicioso que quiere invertir todo en su propia empresa. Tal que todo su ahorro se transforma en inversión. Pero esa inversión significa más capital, más productividad, mayores salarios y al mismo tiempo más producción del bien, por lo tanto baja el precio, por lo tanto mayores salarios y menores precios, por lo tanto, todo ganancia de bienestar.

Es más, entonces como ya no le podemos encontrar más ataques al monopolista, ya que si consume genera bienestar, ya que si ahorra en el sistema financiero genera bienestar y si ahorra e invierte en sí mismo también genera bienestar. Ahora pensemos que pasa si el “maldito empresario” decide enterrar ese dinero. Así nadie puede acceder a ese dinero.

¿Qué es lo que va a ocurrir? Se va reducir la cantidad de dinero en la economía y van a bajar los precios beneficiando a toda la población. Y es más, este empresario tan malo a los que más va a beneficiar son a los que menos tienen porque son lo que se benefician de la deflación. Por lo tanto, todo lo que acabamos de ver es que todos los análisis que justifican la intervención lo único que hace es crear más Estado y mayor daño a la gente.

Intervención y destrucción

Por lo tanto, para cerrar esta presentación, voy a mostrar como la intervención socialista lo que hace es destruir la economía. Y básicamente este ataque que hacen los socialistas es básicamente desde dos puntos de vista. Por un lado está la regulación de los monopolios, que al regular los monopolios quiebra el efecto de los rendimientos crecientes y hacen que las economías se estanquen. Si se regulara bajo el ideal neoclásico la cuasi renta sería cero. Y por lo tanto estaríamos en un mundo de la competencia perfecta donde no hay incentivos a crecer.

En el fondo lo que hace es abortar el proceso de destrucción creativa a la Shumpeter. Porque estos procesos de destrucción creativa parten de la idea de resolver algunos problemas de la sociedad que les permite más dinero y eso es lo que genera el progreso tecnológico y el crecimiento. Por lo tanto, si regulo los beneficios, si regulo la ganancia, el problema que voy a tener es estancamiento. Al margen de que regular precios y cantidades implica destruir el derecho de propiedad.

La situación de Argentina

De hecho, les voy a contar un caso de un país que conozco, llamado Argentina. Un país que entró al siglo XX siendo uno de los países más ricos del mundo y que sin embargo hoy está 140 en el ranking mundial, con más de 50% de pobres y más de 10% de indigentes. Y cuando uno mira la cantidad de regulaciones, uno va a entender por qué.

Dentro de nuestros equipos de gobierno, hemos descubierto, por el momento, 380 mil regulaciones que traban el funcionamiento del sistema económico. Y de hecho, nuestras dos grandes pedidos de medidas, de reformas estructurales, el DNU y la Ley de Bases, propuestas que proponen darle más libertad a los argentinos, ir hacia estructuras de mercado más competitivas y sobre todas las cosas, eliminar la corrupción de la política, nos encontramos con grandes resistencias por parte de los beneficiarios de este sistema decadente, que empobrece a los argentinos de bien en favor de la casta corrupta.

Donde la casta corrupta se compone de políticos ladrones, que ponen sus privilegios por encima del bienestar de los argentinos, por empresarios prebendarios que hacen negocios con los políticos corruptos, por medios de comunicación corruptos que están muy enojados con nosotros porque les eliminamos la pauta oficial, también por los sindicalistas que se ocupan de sus negocios en contra de la gente, y además por aquellos profesionales que son funcionales a la religión del Estado que viven de defender a estos corruptos. Por lo tanto, tomarán conciencia de la gran pelea que estamos dando. Pero no nos vamos a rendir en volver a hacer Argentina grande nuevamente.

La justicia social es violenta e injusta

La otra gran amenaza por donde atacan los socialistas y el estatismo es básicamente la discusión entre eficiencia y distribución, donde ahí se señala al capitalismo como un sistema hiper individualista y se lo compara con el altruismo socialista con el dinero ajeno. Siempre con el dinero ajeno. Y esta aberración se lleva a cabo en nombre de la justicia social, donde Friedrich A. Hayek hablaba de las palabras comadreja. Donde cada vez que le ponían un adjetivo, significaba totalmente lo opuesto. De hecho como dice el gran Jesús Huerta de Soto, la justicia social es violenta e injusta, no es ni justa ni social ni nada, es una aberración.

En primer lugar, es injusta porque implica un trato desigual frente a la ley y la redistribución que implica la justica social es robarle a uno para darle a otro. Lo que hace que la justicia social además de ser violenta sea injusta. En el mismo sentido, esto se agrava con la idea de la democracia ilimitada. Es decir, la democracia originalmente fue diseñada para respetar el derecho de las más pequeñas de las minorías, el individuo. Pero cuando ingresan las ideas socialistas e ingresa la idea de la democracia ilimitada, ingresa el populismo. Pero para que no quede en algo tan abstracto les voy a dar un ejemplo. Supongamos que se juntan cuatro lobos y una gallina. Ahora vamos votar por qué se come hoy a la noche. Se acaban de comer la gallina.

Israel Kirzner

En el fondo eso también es lo que pasa en la economía. La gallina de los huevos de oro es el segmento que genera riqueza, pero por la forma de la distribución del ingreso, el 80% de la población tiene un ingreso menor que el ingreso promedio. Y ahí es cuando aparece el político populista que dice que hay que sacarles a los ricos para darle a los pobres. No solo Venezuela, Argentina y todo el populismo latinoamericano.

Y cuando eso ocurre, se destruye los beneficios y se destruye el crecimiento económico. Si lo quieren en términos prácticos, Argentina es un país que produce alimentos para más de 400 millones de seres humanos y la presión fiscal sobre el sector productor de alimentos es del 70%. Es decir que el Estado se queda con el alimento de 280 millones de seres humanos. A pesar de ello, hay 5 millones de argentinos que no les alcanza para comer gracias al maldito Estado.

Otra parte que también discuten los socialistas y que tiene que ver con la distribución del ingreso, dicen que el sistema es injusto, hay un hermoso libro de Israel Kirzner, que se llama creatividad, capitalismo y justicia distributiva. Y ese libro parte de la hipótesis que Kirzner dice, el sistema capitalista es más productivo pero que si fuera verdaderamente injusto, no habría motivos para defenderlo.

El mercado como un proceso de descubrimiento

En ese sentido, trabaja sobre dos ideas, trabaja con el principio de apropiación de Locke, el que se lo descubre se lo queda. Si ustedes descubren algo, son los dueños de esos. Y la otra idea es la de Hayek, que es la de mercado como proceso de descubrimiento, que implica que no hay una torta para repartir, sino que esa torta se va creando cuando se va produciendo. Por lo tanto, si esa torta se va descubriendo mientras que ustedes van avanzando en el proceso productivo, por lo tanto, lo lógico es que esa torta sea apropiada por aquel que la fue descubriendo. Por lo tanto, ahora el sistema no solo que es más productivo, sino que además es el único sistema que es justo.

Y la verdad es que digamos todo esto a los socialistas los tenemos más que en jaque mate, ya les diría que… por eso les voy a dar una más, les voy a dar bis. Naturalmente cuando uno regula los monopolios, regula las empresas, lo que eran los procesos competitivos y al mismo tiempo introduce en concepto de la justicia social, evidentemente eso conduce al estancamiento.

El aborto

Y ese estancamiento dado el crecimiento de la población lleva al empobrecimiento paulatino de ese país, ¿Y cómo corrigen esto? lo corrigen con la agenda asesina del aborto. Una agenda asesina que podemos encontrar sus orígenes ya con los egipcios intentando exterminar a los judíos o con el caso de Malthus con su tratado sobre la población y la ley de hierro y salarios que promovía en control de la natalidad; o más cercano -a fines de la década del 60- el Club de Roma, donde el Club de Roma decía que como mundo se movía con energía fósiles y como esas energías no son renovables, predecían que en el año 2000 se iban a agotar esos recursos.

Y sin embargo, esa situación lo que iba a generar es que no hubiera alimentos para todos y que nos íbamos a morir y que solamente quedaríamos mil millones de personas en el planeta tierra. Y en base a eso, hoy habiéndose desclasificado los archivos de Nixon y Kissinger sabemos que propusieron esa agenda asesina del aborto; donde, por ejemplo, (INAUDIBLE) tiene más locales que McDonald´s en todo el mundo.

Julian Simon

Pero afortunadamente se equivocaron de nuevo porque hoy en mundo viven 8 mil millones de seres humanos. Sin embargo, no cesan esa agenda asesina, de hecho, el postmarxismo frente a su derrota en lo económico traslado sus batallas de lucha de clases a otros aspectos de la vida, por ejemplo, el ecologismo; donde plantea la lucha del hombre con la naturaleza, donde culpan al ser humano del calentamiento global, cuando esto ya ha pasado cuatros veces en la historia del planeta tierra y no vivía el ser humano, y donde para corregir este problema a los neomarxistas no se le ocurre otra cosa que exterminar a los humanos, si verdaderamente tuviéramos un problemas de recursos deberíamos estar esperando colonizar otros planeta, no condenarnos a la muerte.

De hecho, todos esos análisis en contra del crecimiento de la población son falsos, entonces le quiero dejar el caso de un economista muy optimista que se llamaba Julian Simon, que señalaba que el crecimiento de la población traía más progreso tecnológico, entonces, por ejemplo, señalaba que había crecimiento tecnológico impulsado por la demanda, donde básicamente al haber más personas y haber problemas de escases y demás eso afectaba al sistema de precios y generaba nuevas reformas y nuevos progresos tecnológicos para resolver dichos problemas, y por otra parte señalaba el progreso tecnológico impulsado por el lado de la oferta, donde -por ejemplo- las chances de que tenga Mozart es mucho más grande si vive 1 millón de personas que si viven 10.

Un mensaje optimista

En definitiva, el mensaje es el siguiente: no dejen avanzar al socialismo, no avalen la regulación, no avalen la idea de los fallos del mercado, no permitan el avance de la agenda asesina y no se dejen llevar por los cantos de sirena de la justicia social; yo vengo de un país que compró todas esas ideas estúpidas y de ser un país de los más ricos del mundo está en el lugar 140. Por lo tanto, no entreguen su libertad, peleen por su libertad, porque si no pelean por la libertad los van a llevar a la miseria.

Pero quiero dejarles también un mensaje de optimismo, Argentina parecía un país de ovejas condenado a la pobreza que nos marcan los socialistas y recuerdo cuando inicié mi carrera política para ser diputado Nacional dije: que yo no venía a guiar corderos, venía a despertar leones. Y fue así que cada día despertamos más leones y el mensaje de la libertad, no solo nos llevó a la presidencia a la Presidencia de la Argentina, sino que además estamos despertando a todo el mundo. Por lo tanto, no cedan frente a la lucha por la libertad, ¡viva la libertad carajo! ¡viva la libertad carajo! Muchas gracias.

Discurso pronunciado por el presidente de Argentina, Javier Milei, el 24 de febrero de 2024 en la CPAC.

Ver también

Javier Milei: la persuasión y la negociación median con el éxito. (George Youkhadar).

Los cien días de Milei (Cristóbal Matarán).

Las corridas de toros y el futuro de Argentina. (Santiago Dussan).

Las ideas importan, y mucho. (Mateo Rosales).

La hora de la verdad de Javier Milei. (Mateo Rosales).

Victoria de Milei: lo que puede aprender España. (Benjamín Santamaría).

Maradona, el asado y la libertad. (Alfredo Reguera).

Javier Milei, un libertario camino de ser presidente de Argentina. (Santiago Dussan).

Javier Milei y la bandera de libertad. (Mateo Rosales).

¿Es Milei el milagro económico que necesita Argentina? (Fernando Vicente).

Milei, la opción liberal. (Mateo Rosales).

El proyecto intelectual de Carl Menger

Carl Menger nació el 23 de febrero de 1840 en Galicia, una remota y recién adquirida provincia del Imperio de los Habsburgos. Su padre era un abogado de la nobleza y su madre procedía de una familia de comerciantes Checos. Menger estudió derecho en Praga y Viena. Tras licenciarse, trabajó durante media década como corresponsal de bolsa para un periódico gubernamental Vienés, donde observó que la evolución de los precios no guardaba relación con los costes de producción, uno de los principales principios de la entonces escuela clásica británica de pensamiento económico.

Menger, en su libro Principios de Economía, publicado en 1871, demostró que la fuerza motriz de los movimientos de precios eran los juicios de valor subjetivos de compradores y vendedores sobre la utilidad de los productos que intercambiaban, y no el coste de producción del producto. Con su libro, Menger contribuyó a una revolución marginal de la economía, que dio lugar a una nueva base para el pensamiento económico. Por esta razón, Carl Menger sigue vivo en los libros de texto sólo como uno de los fundadores del giro marginal en la ciencia económica.

En los libros de texto, lo más que se le atribuye es la fundación de la escuela austríaca de economía. Y eso que hasta mediados de la década de 1930, la Escuela Austriaca de Economía fue una de las escuelas más importantes de economía. Pero a raíz de la revolución keynesiana quedó relegada a los márgenes de la economía y ahora es una de las escuelas de economía más orientadas al mercado.

Las principales contribuciones de Carl Menger

La obra fundamental de Carl Menger fue más que una refundación de la teoría del valor. El verdadero objetivo de Menger era desarrollar una gran teoría evolucionista orgánica conservadora del desarrollo económico, en la que la determinación del valor basada en juicios de valor subjetivos individuales, la ley de la utilidad marginal y el fenómeno de la marginalidad fueran sólo uno de los bloques intermedios de construcción. De hecho, la obra de Menger es una de las grandes teorías que iluminan el curso del desarrollo social humano.

El concepto original mengeriano de evolución orgánica conservadora ha caído en el olvido. La idea de evolución orgánica pervive en gran medida como legado de Hayek, quién pertenece a la tercera generación de la escuela austriaca de economía.

La teoría evolucionista

La gran teoría evolucionista orgánica conservadora del desarrollo económico no es lo mismo que el conservadurismo político. En particular, no es idéntica a la imaginería difundida a menudo por los adversarios políticos del conservadurismo, que identifica el conservadurismo con la representación de intereses agrarios, clericales, ni a la concepción política sostenida a menudo por quienes se consideran conservadores, que identifica el conservadurismo con el modernismo y la decadencia de las grandes ciudades, con la resistencia al dominio de clase del capital y de los socialistas.

Este distanciamiento del conservadurismo político es tanto más importante cuanto que Menger evitaba tomar posiciones políticas. Casi nunca se pronunciaba sobre cuestiones políticas. Pero sus preferencias personales también muestran que no estaba interesado en una forma de conservadurismo político reformista que “parte de valores antiguos” y busca su transformación conservadora y orgánica. Nunca utilizó el conjuntivo “von” para denotar su rango nobiliario, y no aceptó el título alto-nobiliario que se le ofreció como tutor de Rodolfo, el heredero del trono.

Un período aperturista

Las ideas de Carl Menger (repito, nació en 1840), fueron concebidas en una época en la que las revoluciones de 1848 ya habían roto el dominio del conservadurismo feudal reaccionario. Habían sucumbido los ideales antiprogresistas que pretendían preservar el viejo orden aristocrático en Austria. La juventud de Menger coincidió con la era liberal conservadora del Imperio, la adopción del modelo inglés de libre comercio, industrialización y modernización.

El cambio de modelo a partir de 1848 trajo consigo un progreso sin precedentes. Abrió oportunidades hasta entonces desconocidas para el progreso individual y la movilidad social. El progreso y un pensamiento más liberal trajeron consigo una calma de reconciliación pacífica en la vida publica, cooperación y compromiso entre fuerzas anteriormente en conflicto en el imperio, uno de cuyos elementos fue la reconciliación austro-húngara de 1867. Austria también se abrió espiritualmente después de 1848, cuando se abolió la censura. Fue entonces cuando se publicó por fin en Austria el libro de Adam Smith sobre las causas del enriquecimiento de las naciones.

El libro de Adam Smith fue el primer éxito mundial que explicó y prescribió a los pensadores y políticos de la época los beneficios del libre comercio y les ayudó a comprender cómo Gran Bretaña se convirtió en el país más avanzado, más rico y la mayor potencia del mundo. Inglaterra también proporcionó una buena guía a quienes avanzaban hacia la industrialización y los mercados libres sobre cómo evitar la explosión revolucionaria al tiempo que se garantizaba la libertad económica, y cómo preservar el papel de las élites tradicionales en la sociedad y reconciliarlas con el tercer order emergente.

El conservadurismo austríaco

El pensamiento conservador austriaco, al igual que el conservadurismo inglés, no rechazaba la vía del desarrollo burgués. Bajo la influencia inglesa, el conservadurismo moderado austriaco era más equilibrado y antropológica y epistemológicamente correcto en su pensamiento sobre la libertad, la autoridad, la tradición y la razón que los pensadores de la Ilustración francesa, que se hacían ilusiones filosóficas sobre la posibilidad de una transformación social racional.
El pensamiento público conservador austriaco también era diferente del pensamiento público alemán, donde, como reacción a la Revolución Francesa y a las conquistas Napoleónicas, se hicieron dominantes el conservadurismo reaccionario y antiprogresista, por un lado, y las ideas del poder de la razón pura y del papel cuidador del Estado, por otro.

A diferencia de la filosofía alemana, el pensamiento conservador austriaco partía de la base y construía sus teorías a partir de hechos de la realidad existente. El pensamiento filosófico austriaco también se caracterizó por su visión del mundo como conocible, siguiendo a Aristóteles, y por tanto como susceptible de interpretación y de revelar sus leyes internas, en contraste con la filosofía especulativa alemana, que pretendía explicar los grandes hilos de la historia con un espíritu colectivista.

La idea de un desarrollo orgánico

La obra de Carl Menger también puede considerarse el fundamento económico de la idea conservadora del desarrollo orgánico formulada por Edmund Burke. Menger, al igual que Burke, creía en el desarrollo orgánico, en el desarrollo institucional espontáneo, y rechazaba el concepto ilustrado de formación y transformación racional del mundo. Menger creía que las instituciones se forman y cambian gracias a millones de acciones individuales. Una vez que alguien, o algunas personas, descubren una solución más eficaz, otros pueden adoptar, también puede convertirse en un patrón, y esa forma particular de comportamiento se institucionaliza.

Un elemento clave del concepto de creación de instituciones de Menger es que las instituciones surgen porque las personas cooperan y no actúan solas en el vacío. En otras palabras, Menger no negaba las entidades colectivas, las instituciones que forman una comunidad, sino que trataba de comprender su creación y transformación.

La visión del hombre

Edmund Burke y Carl Menger también comparten una concepción común del hombre: el modelo de hombre realista, basado en la experiencia empírica. Menger intentó crear una ciencia de la economía centrada en el ser humano. Karl Menger, hijo de Carl Menger, señaló en el prólogo a la segunda edición de la obra magna de su padre que, para éste, la naturaleza humana era el punto de partida de toda investigación científica teórica.

Menger consideraba al individuo como un elemento no simple; una partícula del organismo social, que puede situarse y clasificarse en una escala. No cree que esté sujeto al funcionamiento de los mecanismos económicos y sociales, a la rueda de las vastas e inmutables fuerzas intrínsecas. Menger basó su explicación económica del mundo en el hombre real, de carne y hueso. Es decir, un ser imperfecto, pero con deseos y sed de conocimiento, capaz de innovar, tal como lo conocemos de la vida cotidiana.

Para Menger, el hombre es dueño de sí mismo. Es inteligente, tiene voluntad, sabe mejor que nadie cuáles son sus propias necesidades y es capaz y está dispuesto a actuar para satisfacerlas; quiere mejorar su propia suerte. Es capaz de conocer su entorno, de aprender, de adquirir nuevos conocimientos, de descubrir y, por tanto, de mejorar su propio rumbo transformando su entorno.

Un método para la ciencia económica

Por eso, para él, el individuo es la base, la fuente y el fin de todas las instituciones sociales. A partir de esta visión del hombre construyó la cadena causal que parte del hecho de que el hombre busca la seguridad, la satisfacción de sus deseos y, al mismo tiempo, es capaz de aumentar sus conocimientos. Y muestra cómo estas dos cualidades inherentes al ser humano conducen al desarrollo de la propiedad privada, el intercambio y las cadenas de producción cada vez más largas y cortas de productores independientes, cuyo funcionamiento está condicionado al desarrollo de un intercambio basado en la economía de mercado.

La gran teoría evolucionista orgánica de Menger no es, sin embargo, idéntica al conservadurismo pragmatista de Burke, a pesar de todas las similitudes y puntos de partida comunes. Menger creía que la economía se rige por leyes que actúan a través de relaciones causales. Para Menger, la economía es una ciencia teórica cuya tarea consiste en descubrir las leyes y las relaciones causales entre los fenómenos económicos.

Un estudio formal del comportamiento de hombres reales

Menger quiso mostrar cómo la lógica de la división del trabajo y de las complejas cadenas de producción, que se desarrolla en respuesta a los deseos y necesidades humanas de conocimiento, conduce a la economía de mercado y al surgimiento de la sociedad moderna en el contexto de un desarrollo orgánico ininterrumpido. La gran teoría del evolucionismo orgánico de Carl Menger muestra el desarrollo inevitable de la economía de mercado a partir del hombre real de carne y hueso.

La principal tarea de Menger era revelar las leyes generales. Las fuerzas motrices del desarrollo económico. Cómo se desprenden estas leyes de las cualidades inherentes al ser humano. Las leyes económicas que rigen la acción económica del hombre y que, si se tienen en cuenta, servirán mejor a la seguridad, la cooperación y el consiguiente bienestar de los hombres.

El contexto de la obra de Carl Menger

El replanteamiento de la economía centrado en el ser humano de Menger, basado en una visión realista del hombre, era oportuno e importante en la década de 1870. La visión liberal y favorable a la cooperación por medio del comercio entre las naciones estaba siendo contrarrestada cada vez más, tanto en Inglaterra como sobre todo en Alemania, por tendencias que se oponían al modelo inglés de economía de libre mercado, y a la economía clásica que lo había sustentado. Quienes argumentaban contra el libre comercio explotaban la unilateralidad de la visión racionalista del hombre de los clásicos ingleses, basada en el afán de lucro, y el defecto fundamental de su teoría del valor, según la cual en el mercado se producía un intercambio de igual valor, medido por el coste de producción de los bienes.

El libro de Menger Principios de Economía Política fue publicado en 1871 cuando tenía treinta y un años. Su intención era la de restituir los fundamentos ideológicos del libre mercado, sobre una base más sólida que la que habían ofrecido los clásicos. No planteó su libro como una crítica frontal a quienes se oponían al mercado libre, sino como una defensa más fundamentada del mismo.

El papel de Adam Smith

De hecho, a quien sí critica es a Adam Smith, porque entiende que el escocés había llevado a la teoría económica por mal camino, y le había ofrecido a los críticos con una sociedad libre los instrumentos para atacarla. El principal objetivo de Carl Menger era corregir dos de los errores más importantes de la escuela Smith-Ricardiana de economía clásica: su visión unilateral y racional del hombre y su teoría del valor, según la cual el precio de los bienes en el mercado viene determinado a largo plazo por el trabajo necesario para producirlos.

Trató de refundar la economía corrigiendo la visión unilateral del hombre y la teoría errónea del valor de los economistas clásicos ingleses. Y al hacerlo, refutó tácitamente las diversas teorías económicas que limitaban el mercado y se oponían a él. Quiso refundar la economía para hacer inatacable y lógicamente irrefutable el mensaje más importante de la escuela clásica: el mercado, como mano invisible de Dios, es el mejor medio posible para que los pueblos y las naciones se enriquezcan y vivan en paz unos con otros.

Cooperación y progreso

El libre comercio permite que la cooperación a través de la división del trabajo conecte a miles de millones de personas que viven lejos unas de otras. La cooperación sin fisuras entre las personas y las comunidades humanas es un requisito previo para que la humanidad salga de un estado de barbarie y satisfaga en la mayor medida posible la necesidad de seguridad de todos y la satisfacción de sus deseos. La clave para ello, como decía Adam Smith, es nada menos que paz, impuestos bajos y justicia tolerante por parte del Estado. Y el curso natural de las cosas se encargará del resto. Pero cuando los gobiernos interfieren en la vida económica, no sólo impiden el progreso, sino que el gobierno se convierte inevitablemente en un poder tiránico opresivo y arbitrario.

Menger quería demostrar que la aparición del mercado y la producción de bienes para el mercado es una consecuencia lógica del deseo humano de conocimiento y seguridad. El libre mercado es el mejor medio posible para satisfacer los deseos de cada individuo de la forma más eficiente posible. El desarrollo del mercado es una ley general que, a través de vínculos causales, se generaliza inevitablemente, siempre que el Estado no obstruya la lógica del mercado imponiendo instituciones pragmáticas. Pues, según Menger, la intervención del Estado para restringir el mercado conduce al monopolio.

El monopolio impuesto por el Estado reduce el desarrollo económico y limita la posibilidad de que cada individuo satisfaga sus necesidades lo más plenamente posible. Se produce un deterioro del bienestar general. Un reducido grupo de empresarios que se benefician del Estado sólo prosperan a costa de todos los demás.

Conclusión

El libro de Menger forma parte de una serie de grandes exposiciones del mundo del siglo XIX que trataban de desentrañar cómo y por qué surgieron la sociedad de mercado y la sociedad industrial modernas, y de responder cuál era la mejor manera de dirigir esta sociedad insólita, nueva, en constante cambio y, por tanto, a menudo aterradora.

Menger también quería demostrar que una sociedad comercial basada en el intercambio mercantil, cuando el mercado funciona correctamente, no crea un mecanismo que conduzca al empobrecimiento de muchos y al inmenso enriquecimiento de unos pocos. Al contrario. El funcionamiento del mercado garantiza que no puedan crearse monopolios artificiales para proteger la riqueza de unos pocos e impedir el ascenso de muchos. Por esta razón, sostiene Menger, no existen contradicciones internas en la sociedad de mercado que hagan inevitable su colapso.

El mercado proporciona la forma más flexible de cooperación que puede garantizar la necesidad humana de seguridad y novedad en un mundo incierto, difícil de controlar por los individuos. En el mundo mengeriano, la fuerza motriz del desarrollo humano es la cooperación entre las personas y las comunidades humanas, no el conflicto, la lucha de clases antagónicas, como en Marx.

Ver también

¿Metodología? Hablemos de Menger. (Vicente Moreno).

La teoría de Carl Menger sobre la ganancia del empresario. (Andras Toth).

La ambivalencia de Menger sobre el ‘homo oeconomicus’. (Andras Toth).

Los límites del conocimiento y la humildad de un economista de Nobel

Por Samuel Gregg. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Hace medio siglo, un economista en gran parte olvidado recibió la inesperada noticia de que había sido galardonado con el Premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel. Friedrich Hayek también se sorprendió al ver que compartía el sexto Premio Nobel de Economía con Gunnar Myrdal. Las opiniones decididamente socialdemócratas del economista sueco no podían estar más alejadas de la visión liberal clásica de Hayek.

Sin embargo, estos dos improbables galardonados tenían algo en común. Como señalaba la Real Academia Sueca de las Ciencias en su comunicado de prensa en el que anunciaba los galardonados con el Nobel de Economía de 1974, una de las razones por las que ambos recibieron el Premio fue “su penetrante análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales”. Myrdal, por ejemplo, había escrito sobre las relaciones raciales en América desde un punto de vista interdisciplinario. Su trabajo en este campo fue citado en la sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. en el caso Brown contra el Consejo de Educación.

Hayek: A Life, 1899-1950

Como ilustran Bruce Caldwell y Hansjoerg Klausinger en Hayek: A Life, 1899-1950, Hayek había dado su propio giro extraeconómico a finales de la década de 1930, cuando el economista austriaco trató de entender por qué el mundo buscaba la salvación a través de un mayor control estatal sobre la economía y la sociedad en general. Este proceso se aceleró cuando Hayek se incorporó al Comité de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago en 1950.

Un tema común que marcó la exploración de Hayek de temas como la psicología, la ciencia política y el derecho fue la convicción de que las ciencias sociales, incluida la economía, habían tomado un rumbo equivocado cuando intentaron seguir lo más de cerca posible los métodos empleados en las ciencias naturales. Lo que Hayek llamó “cientificismo” había distorsionado la economía al centrarla en lo que es medible y observable. Si bien esto podía funcionar en las ciencias físicas, Hayek sostenía que una confianza excesiva en esta metodología estaba abocada a producir conclusiones engañosas cuando se aplicaba al tipo de interacciones y conocimientos humanos que constituyen el objeto de la economía. Es un tema sobre el que Hayek volverá continuamente, entre otras cosas porque afecta a la naturaleza de la economía y a su potencial para contribuir al bienestar humano.

“Vieja” y “nueva” economía

Friedrich Hayek no fue el único economista que lamentó el giro cientificista de la economía de posguerra tras los esfuerzos de los discípulos de Keynes por concentrar la disciplina en macroagregados cuantificables que, según creían muchos economistas de posguerra, podían proporcionarles la información que los gobiernos y los tecnócratas necesitaban para dirigir y gestionar la economía. Wilhelm Röpke, compañero de Hayek en el liberalismo de mercado, escribió largo y tendido sobre el mismo tema. En un ensayo de 1952, “Keynes y la revolución en la economía”, Röpke observó que la “nueva economía” encarnaba una lógica totalmente distinta a la de la “vieja economía” (prekeynesiana). Sin embargo, fue Hayek quien exploró más sistemáticamente los orígenes filosóficos de este cambio y sus consecuencias políticas y económicas.

La más famosa de las incursiones de Hayek en este terreno fue su artículo de 1945 en la American Economic Review The Use of Knowledge in Society. Su objetivo inmediato era la tesis de economistas de izquierdas como el socialista polaco Oskar Lange de que la planificación económica era compatible con el funcionamiento del mecanismo de los precios. En este sentido, el artículo de Hayek se inscribía en el debate sobre el cálculo socialista que se venía librando desde los años veinte.

The use of knowledge in society

Lo que diferenciaba al artículo de Hayek de 1945 era que abordaba algunas de las cuestiones epistemológicas subyacentes que impulsaban este debate: sobre todo, la perenne cuestión de lo que la razón humana puede saber realmente. En opinión de Hayek, éste era el punto decisivo que hacía de la planificación económica un ejercicio generalmente ineficaz y potencialmente peligroso.

“Hoy en día”, afirmó Hayek en 1945, “es casi una herejía sugerir que el conocimiento científico no es la suma de todos los conocimientos”. Sin embargo, subrayó, existen otros tipos de información, gran parte de la cual es específica de los individuos. Entre ellas está “el conocimiento de las circunstancias particulares de tiempo y lugar”. Hayek observó que la posesión de esta información tácita y, por lo tanto, en gran medida incalculable, da a “prácticamente cada individuo […] cierta ventaja sobre todos los demás, en el sentido de que posee una información única de la que se puede hacer un uso beneficioso, pero de la que sólo se puede hacer uso si las decisiones que dependen de ella se dejan en sus manos o se toman con su cooperación activa”.

Hacer caso omiso de todo lo importante

Esta situación también plantea importantes retos a la planificación económica pública, en la medida en que no puede seguir el ritmo de los continuos cambios e intercambios de información a los que reaccionan constantemente los individuos en el nivel micro de lo que Hayek denomina “la economía del conocimiento”. Ningún planificador puede conocer la enorme cantidad de factores cambiantes (entre los que destacan las preferencias siempre cambiantes de miles de millones de individuos que reaccionan a los interminables cambios de precios) que afectan a los precios de millones de bienes y servicios en un momento dado.

El énfasis postkeynesiano en cotejar y actuar sobre macroagregados de las limitadas formas de información que sí se prestaban a la medición desalienta positivamente a los gobiernos y tecnócratas a pensar siquiera en estas incógnitas en primer lugar. Esto está destinado a conducir a errores políticos significativos, sobre todo porque implica, como escribió Friedrich Hayek, una voluntad de “asumir el problema y hacer caso omiso de todo lo que es importante y significativo en el mundo real.”

Un tipo de reivindicación

En las tres décadas que siguieron a la publicación del ensayo de Hayek de 1945, las economías occidentales disfrutaron en general de un crecimiento económico constante, un bajo desempleo y una inflación baja. En contra de Hayek, parecía que los gobiernos ayudados por los formados en la nueva economía podían dirigir con éxito la vida económica hacia la realización de fines predeterminados muy precisos. La “vieja economía”, personificada por Hayek y algunos liberales de mercado, parecía muerta.

La confianza en estas proposiciones empezó a debilitarse a finales de los años sesenta, a medida que una economía occidental tras otra empezaba a experimentar lo que los practicantes de la “nueva economía” habían considerado un escenario improbable: un elevado desempleo acompañado de una inflación creciente. Estas circunstancias y la concesión del Premio Nobel a Hayek en 1974 hicieron que se volviera a prestar atención a la crítica del ya anciano economista a la planificación y a las ideas económicas alternativas con las que estaba asociado.

A nadie le habría sorprendido que Hayek hubiera aprovechado su discurso del Nobel para detenerse en los problemas económicos inmediatos de la década de 1970 o para hacer una retrospectiva del tipo “te lo dije”. Sin embargo, Hayek decidió profundizar en las cuestiones epistemológicas abordadas en su artículo de 1945 y en otros trabajos, sobre todo en su ensayo en tres partes “El cientificismo y el estudio de la sociedad”, publicado en Economica en 1942, 1943 y 1944. Esto es lo que hace que la conferencia de Hayek para el Premio Nobel, “La pretensión del conocimiento”, sea una de sus contribuciones intelectuales más importantes y por qué merece la pena leerla detenidamente 50 años después de que Hayek la pronunciara en Estocolmo.

La arrogancia se paga cara

Friedrich Hayek comenzó su discurso con la polémica observación de que se estaba pidiendo a los economistas que salvaran al mundo libre de la “inflación acelerada” que, insistía Hayek, había sido el resultado de políticas que “la mayoría de los economistas recomendaban e incluso instaban a los gobiernos a seguir”. Para Hayek, esto era sintomático de hasta qué punto la profesión económica había “hecho un desastre”.

Hayek sostenía que un elemento central de esta crisis económica era “la actitud ‘cientificista'” que subyacía en la economía de posguerra. Durante tres décadas, sostenía, los economistas habían insistido en que existía “una simple correlación positiva entre el empleo total y el tamaño de la demanda agregada de bienes y servicios”. Esto, añadía Hayek, llevó “a la creencia de que podemos asegurar permanentemente el pleno empleo manteniendo el gasto monetario total en un nivel adecuado”.

Medible no es sinónimo de importante

Para Hayek, sin embargo, lo importante era que debajo de esta convicción había una gran dependencia de totalidades de “datos cuantitativos”. Pero la capacidad de tales datos, según Hayek, para captar fenómenos tan complicados como la inflación y el desempleo era “necesariamente limitada”. Hay, reconocía Hayek

un gran número de hechos que no podemos medir y sobre los que, de hecho, sólo disponemos de información muy imprecisa y general. Y como los efectos de estos hechos en un caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, son simplemente ignorados por aquellos que han jurado admitir sólo lo que consideran pruebas científicas: a partir de ahí proceden alegremente sobre la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos relevantes.

Friedrich Hayek. La pretensión del conocimiento, 1974.

Dicho de otro modo: que no se pueda medir algo no significa que no exista o que no sea importante. Hayek argumentaba que calcular grandes agregados de ese número limitado de cosas que se prestan a la medición, y luego tratar de desarrollar teorías para explicar las relaciones entre tales agregados, estaba destinado a producir explicaciones para, por ejemplo, el aumento de la inflación que no prestaban suficiente atención a lo que estaba sucediendo en el nivel micro de la economía.

Sólo Dios lo conoce

Hayek ilustra este punto examinando el fenómeno de cómo se forman los precios y los salarios en una economía de mercado. “En la determinación de estos precios y salarios”, explicó Hayek, “entran los efectos de la información particular que posee cada uno de los participantes en el proceso de mercado, una suma de hechos que en su totalidad no puede ser conocida por el observador científico ni por ningún otro cerebro”. En consecuencia, los economistas no pueden saber, por sofisticado que sea el modelo econométrico, “qué estructura particular de precios y salarios igualaría en todas partes la demanda a la oferta.”

Esto no significa que Hayek pensara que utilizar las matemáticas en economía fuera una pérdida de tiempo. Esas técnicas, observaba, pueden ayudar a trazar pautas generales. Sin embargo, no pueden encapsular todo lo que determina la formación de los precios, porque ningún modelo puede captar toda la información que interviene en la formación de los precios.

Friedrich Hayek señaló que los filósofos del derecho natural del siglo XVI, como los jesuitas Luis Molina y Juan de Lugo, que estudiaron en la Universidad de Salamanca, comprendieron perfectamente este problema. Destacaron, comentó Hayek, “que lo que ellos llamaban pretium mathematicum, el precio matemático, dependía de tantas circunstancias particulares que nunca podía ser conocido por el hombre, sino que sólo lo conocía Dios.”

Sin humildad no hay libertad

Ahí radicaba la importancia normativa y política de la conferencia de Friedrich Hayek. En el fondo, era un llamamiento a los economistas para que evitaran la arrogancia fomentada por el cientificismo. No se trataba sólo de mantener la integridad de la disciplina como ciencia social. También se trataba de ser realistas sobre el poder predictivo de la economía: un realismo que debería desalentar las expectativas poco realistas de los gobiernos y los ciudadanos sobre lo que la economía, la política económica y los economistas pueden hacer.

Calibrar correctamente tales expectativas era, para Hayek, crucial por dos razones. En primer lugar, Hayek insistía: “El conflicto entre lo que en su estado de ánimo actual el público espera que la ciencia consiga para satisfacer las esperanzas populares y lo que realmente está en su mano es un asunto grave”. Las esperanzas exageradas llevan a los votantes a imaginar que los gobiernos pueden obtener resultados económicos simplemente accionando diversas palancas intervencionistas, y a los líderes políticos y tecnócratas a comportarse como si pudieran hacerlo. Esa es una receta para la decepción y, potencialmente, para profundas perturbaciones en el cuerpo político.

El “empeño fatal”

La segunda razón de la preocupación de Friedrich Hayek era, en una palabra, civilizacional. Cuando la economía y la política económica están infectadas por el virus del cientificismo, empezamos a imaginar que podemos mejorar el orden social a voluntad mediante un control descendente. Ese “empeño fatal”, como lo describió Hayek, alimentado por la negativa a reconocer “los límites insuperables de su conocimiento”, puede convertir a alguien “no sólo en un tirano sobre sus semejantes, sino que bien puede convertirlo en el destructor de una civilización que ningún cerebro ha diseñado, sino que ha crecido a partir de los esfuerzos libres de millones de individuos”.

Desde este punto de vista, la importancia de la conferencia de Hayek sobre el Nobel iba más allá de la economía. Fue más bien un llamamiento genérico a algo que parece perpetuamente en suspenso: la humildad intelectual y política. Para Hayek, el éxito de la mejora de la sociedad a través de la economía o de cualquier otra ciencia social pasaba por aceptar que existen ámbitos de la vida humana de los que, según dijo a su auditorio de suecos en 1974, “no podemos adquirir el conocimiento completo que haría posible el dominio de los acontecimientos”.

En el momento en que Friedrich Hayek pronunció estas palabras, volvían a ponerse de moda las dudas sobre la capacidad de la planificación gubernamental para dominar los asuntos económicos. A los seis años de su conferencia, Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban en el poder y prometían una ruptura decisiva con las políticas intervencionistas de la posguerra.

Friedrich Hayek: el valor de la humildad intelectual

Ese mundo parece muy distante del actual. Gran parte de la derecha se ha unido a la izquierda insistiendo en que el gobierno puede y debe ser utilizado para obtener resultados económicos muy específicos, a través de medios como los bancos centrales activistas, el proteccionismo, la política industrial y una mayor regulación. Incluso el control de los precios está siendo considerado por todo el espectro político.

La dificultad de muchas de estas políticas es que niegan la observación de Hayek de que no somos dioses ni Dios y que, por lo tanto, ni los economistas ni los funcionarios del gobierno poseen las cualidades divinas que necesitarían para superar las graves limitaciones creadas por el problema del conocimiento. Tales eran las convicciones de Friedrich Hayek a este respecto que expresó sus dudas durante su discurso en la cena del banquete del Nobel sobre la prudencia de crear un premio Nobel de economía en primer lugar. Entre otras cosas, Hayek temía que confiriera “a un individuo una autoridad que en economía ningún hombre debería poseer”.

La humildad no suele encontrarse entre quienes intentan construir el cielo en la tierra o quieren salvar el mundo mediante la tecnocracia. Sin embargo, es algo que nos mantiene en contacto con la realidad sobre la economía, la sociedad y nosotros mismos. Eso es lo que hace que el mensaje del Nobel de Hayek sobre nuestra capacidad de conocimiento sea un ejercicio tan poderoso de revelación de la verdad para todos los tiempos.

Ver también

El alfarero y el jardinedo: dos enfoques contrapuestos. (Ángel Martín Oro).

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

¿Ha quedado Hayek Obsoleto? (José Carlos Rodríguez).

La permanente relevancia de Hayek

Por Allen Mendenhall. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

Hay una tendencia a vituperar el liberalismo histórico o clásico. Un destacado crítico del liberalismo, Patrick Deneen, escribe en Regime Change que el liberalismo occidental buscaba “una nueva clase gobernante”, “una nueva élite gobernante” o “clase dirigente” que constriñera a las mayorías al tiempo que impulsaba “el progreso en un mundo en proceso de modernización”. Y añade: “La base cognitiva de la nueva clase dirigente acabaría manifestándose en un conjunto de posiciones filosóficas y políticas distintas, una visión del mundo integral cada vez más necesaria como base del orden social, político y económico” (cursiva suya).

Friedrich Hayek no encaja en esa caricatura. Tampoco sus ideas.

El liberalismo de Friedrich A. Hayek

El liberalismo de Hayek no se basa en la capacidad intelectual superior de una élite con una Weltanschauung coherente, sino en las limitaciones de la mente y la falibilidad de la razón. Desaprobó el constructivismo racional y describió los mercados como un proceso epistémico para ordenar el conocimiento distribuido que ninguna persona o grupo de personas podía poseer. En su opinión, los mercados emitían señales sobre información dispersa relativa a circunstancias locales que ningún planificador experto comprendía plena o adecuadamente.

El paradigma hayekiano no implica el gobierno de una panoplia gnóstica de élites superdotadas con planes totalizadores para las masas. Por el contrario, celebra la descentralización y la difusión del poder, así como el conocimiento cotidiano y tácito de innumerables agentes que toman decisiones ordinarias sobre sus circunstancias inmediatas.

El último hombre del liberalismo

El relato de Vikash Yadav sobre Hayek, El último hombre del liberalismo, es un correctivo bienvenido. Sólo que no llega lo suficientemente lejos como para redimir las enseñanzas seminales de Hayek porque es “principalmente una lectura detallada de Camino de servidumbre“, que incluso el autor califica de “panfleto político” más que de tomo. ¿Cuánto más gratificante habría sido este esfuerzo si se hubiera centrado en los tres volúmenes de Hayek Derecho, legislación y libertad y en los ensayos que componen Individualismo y orden económico?

Sin embargo, criticar el libro que Yadav no escribió es injusto. Es mejor centrarse en sus persuasivos argumentos a favor de la continua relevancia de Hayek y de un liberalismo revitalizado en sentido más amplio. Aquí lo consigue admirablemente.

¿Por qué Hayek mantiene su poder? En pocas palabras, porque habla de nuestra realidad actual de populismo y nacionalismo ascendentes, con economías emergentes en los países en desarrollo. Yadav invoca a Hayek para reanimar el liberalismo bien entendido. Profesor de relaciones internacionales y estudios asiáticos, advierte que “el desafío al liberalismo en el siglo XXI no vendrá del socialismo y la planificación estatal centralizada, sino de una cepa divergente del capitalismo que evolucionó en Asia Oriental”. Su nombre es capitalismo político, y prevalece en China, Vietnam y Singapur.

El capitalismo político

El capitalismo político, dice Yadav, está “asociado a una burocracia tecnocrática eficiente, a la ausencia del Estado de Derecho y a la autonomía del Estado en asuntos de capital privado y sociedad civil”. Suele ser “el producto de una revolución comunista o de un Estado revolucionario de partido único que consiguió eliminar los impedimentos culturales precoloniales para lograr la transformación económica y la soberanía política”. Su carácter corporativista es también nacionalista, y busca erradicar la disidencia con el poder del Estado. Presenta una economía mixta, que reconoce la necesidad de los mercados para la fijación de precios y la asignación eficaz de recursos. Sin embargo, el Estado sigue siendo su centro de control y sus dirigentes gozan de un estatus de élite como tecnócratas de gestión.

En otras palabras, el capitalismo político -que Yadav considera una amenaza para el liberalismo- se parece al sistema que Deneen denomina liberalismo. Ambos no pueden estar en lo cierto. ¿Es el capitalismo político el epítome del liberalismo o su opuesto?

El Hayek de ayer sobre los problemas de hoy

Yadav aborda numerosas cuestiones relevantes para los lectores contemporáneos (por desgracia, sin spoilers): ¿Mejora la política industrial las economías en desarrollo? ¿Puede la inteligencia artificial ordenar los datos agregados para resolver el llamado “problema del conocimiento” de Hayek? ¿Requiere el progreso la estandarización obligatoria de nuevas tecnologías como los vehículos electrónicos o los paneles solares? ¿Puede florecer el Estado de Derecho en Estados político-capitalistas como China, Vietnam o Singapur? ¿Ofrece Hayek soluciones al cambio climático, un tema que no aborda?

Yadav disipa varias ideas populares erróneas. Explica por qué los países nórdicos no son socialistas, por ejemplo, y por qué el comunismo chino implica mercados y privatizaciones estratégicas. Describe el socialismo y el fascismo como derivados similares: “El control estatal de industrias clave, los límites a la obtención de ingresos, las restricciones al flujo internacional de personas y bienes y, por supuesto, una dictadura centralizada marcan el fascismo y el socialismo como consanguíneos”. Atribuye el éxito de ciertas economías de Asia Oriental, como la china o la japonesa, no a la gestión burocrática o a las empresas controladas por el Estado, sino a la renuncia táctica a tales restricciones gubernamentales. Y establece distinciones entre capitalismo político y nacional socialismo, concluyendo que ambos son antiliberales.

Un liberalismo no conservador

Tanto si lo pretendía como si no, Yadav demuestra que Hayek no encaja fácilmente en los esquemas políticos actuales. Sobre todo cuando la base republicana y los expertos conservadores se dividen en torno a la economía, en concreto la política comercial e industrial. Sin darse cuenta, Yadav proporciona munición a los críticos en algunas de sus interpretaciones del liberalismo hayekiano. “El liberalismo no es conservador”, afirma, calificándolo de “progresista” y “universal”. “Hayek”, además, según Yadav, “se eleva por encima de las preocupaciones provincianas de la civilización occidental para defender una perspectiva internacionalista”. Deneen probablemente estaría de acuerdo. Sólo que él vería en estos aspectos de Hayek síntomas de decadencia, oikofobia y desarraigo.

Las descripciones que hace Yadav de Hayek también podrían alienar a quienes se inclinan por el libertarismo puro. Celebra en Hayek lo que Murray Rothbard condenó, a saber, que “Hayek no era hostil a las regulaciones del mercado aplicadas uniformemente”. Por ejemplo, Hayek apoyaba “una forma de renta mínima para todos los ciudadanos”. Además, “Hayek admite fácilmente que el Estado podría y debería hacer más para difundir el conocimiento y ayudar a la movilidad social.” Yadav insiste, correctamente, en que “el liberalismo hayekiano no es intrínsecamente reacio a la planificación para la competencia de mercado, la regulación de la industria, una renta mínima o incluso un capitalismo popular (thatcheriano)”. Lo dice como un cumplido.

“Incluso Hayek…”

Sin embargo, en un memorándum para el fondo Volker en 1958, Rothbard se preocupaba de que los oponentes al mercado prologaran sus argumentos proclamando que “incluso Hayek cree” en tal o cual forma de intervención gubernamental. Y así ha sucedido. Presumiblemente, el atractivo para Yadav reside en la moderación de Hayek, como si le preocupara un público que pudiera tachar a Hayek de extremista o indecoroso. Casi se puede imaginar esta seguridad: “Está bien que os guste Hayek, amigos progresistas. No es uno de esos libertarios”.

Sin embargo, hay muchas cosas con las que “esos libertarios” estarían de acuerdo. Considere esta acusación: “Es hora de actualizar y revigorizar la causa del liberalismo económico y político, de desprenderse del amiguismo y de la protección estatal que desangran la economía y de enfrentarse a los retos intelectuales que emanan de todos los partidos en el horizonte”. Nótese, asimismo, su optimismo de que un “liberalismo revisado” restaure “el prestigio atribuido al individualismo como componente esencial de una gran civilización”.

El último hombre del liberalismo debería interesar a teóricos de la política, economistas, historiadores y estudiosos de las relaciones internacionales. En cuanto a la calidad de la obra de Yadav, coincido con Pete Boettke en la contraportada: “Es una obra muy original y refrescante, ya que se toma en serio a los críticos de Hayek, al tiempo que se abstiene de menospreciar a Hayek por sus supuestos pecados intelectuales”.

Hayek es una figura compleja. Un análisis cuidadoso de su obra es necesariamente complejo. Yadav aporta claridad y comprensión en torno a este intelectual a menudo incomprendido, que es demasiado importante para ser malinterpretado o tergiversado.

Ver también

¿Son peores los políticos que llegan arriba? (Fernando Herrera).

Camino de servidumbre. (José Carlos Rodríguez).

Hayek, Friedman, y la renta mínima. (Alejandro Ruiz).

El debate sobre el cálculo socialista, entonces y ahora

Por Kristian Niemieth. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Voy a hablar del llamado debate sobre el cálculo socialista, que fue uno de los principales debates dentro de la economía del siglo XX. Un debate sobre la viabilidad de las economías planificadas.

Pero antes de nada, me gustaría decir unas palabras sobre por qué esto importa hoy, porque algunos de ustedes probablemente estén pensando: “¿Por qué debería importarme lo que un puñado de blancos muertos discutían hace 100 años?”.

Cuando ‘murió’ la historia

Si es así, hace diez años, habrían tenido razón. Tras la caída del Muro de Berlín, y durante aproximadamente un cuarto de siglo, la opinión generalizada era que el debate entre capitalismo y socialismo estaba prácticamente zanjado. Cuando Francis Fukuyama hablaba del “fin de la historia”, no quería decir que ya no iba a ocurrir nada interesante. Se refería a que las grandes batallas ideológicas que habían definido los siglos XIX y XX habían terminado.

Durante un tiempo, eso pareció cierto. En las décadas de 1990 y 2000, casi todo el espectro político -incluida la izquierda política dominante- aceptaba que las economías planificadas habían fracasado en la práctica y que una economía de éxito tendría que basarse predominantemente en el mercado. El Partido Laborista británico, por ejemplo, degradó su propia ala socialista y, bajo Tony Blair, se rebautizó como un partido que se sentía cómodo con la economía de mercado.

Por supuesto, siempre hubo grandes desacuerdos sobre política económica: sobre el tamaño y el alcance adecuados del Estado, sobre los límites de los mercados, sobre cómo deben regularse los mercados, sobre qué modelo de capitalismo es el mejor. Nadie ha dicho que eso esté resuelto, ni siquiera que pueda estarlo. Pero estos son debates dentro del capitalismo, no debates sobre si deberíamos tener una economía capitalista.

“Demasiado a la izquierda”

El marxismo nunca desapareció, pero se retiró de la primera línea de los debates de política económica y se convirtió en un tema más académico. Siempre ha habido movimientos anticapitalistas importantes, pero en los años noventa, 2000 y principios de 2010, eran sobre todo eso: antimovimientos, no movimientos por una alternativa específica.

Este sentimiento del fin de la historia todavía era notable después de las elecciones generales de 2015, cuando muchos comentaristas de los medios de comunicación -incluidos comentaristas simpatizantes de Ed Miliband- argumentaron que Miliband había perdido, porque era, con razón o sin ella, visto como “demasiado de izquierdas”. No había conseguido desprenderse de su imagen de “Red Ed”.

Dos años después, esa idea fue ampliamente refutada. Si Miliband había perdido porque era “demasiado de izquierdas”, entonces, lógicamente, su sucesor Jeremy Corbyn, un autodenominado socialista que estaba muy a la izquierda de Miliband, debería haber perdido por un margen aún mayor.

Pero ocurrió exactamente lo contrario. Corbyn ganó diez puntos porcentuales en comparación con Ed Miliband, y algo así como veinte puntos porcentuales entre los votantes más jóvenes. No ganó del todo, pero es evidente que contó con el apoyo entusiasta de millones de personas.

Corbymanía

La “Corbynmanía” llevó a las empresas de sondeos a preguntar a la gente más explícitamente cuál era su posición en el debate socialismo contra capitalismo, ese debate que supuestamente se había “zanjado” con la caída del Muro de Berlín. Resultó que no se había “zanjado” en absoluto. La idea de que “ahora todos somos capitalistas” es completamente errónea. Millones de personas no lo son. Entre los jóvenes y las personas de mediana edad, al menos una mayoría relativa -y quizá incluso absoluta- prefiere el socialismo al capitalismo. Si 1990 fue “el fin de la historia”, entonces la historia debe haberse reiniciado en algún momento de la última década.

Esta es, en pocas palabras, la razón por la que el debate sobre el cálculo socialista vuelve a ser importante. No es sólo una cuestión de los años veinte, sino también de los años veinte. Por eso tiene sentido conocerlo un poco, y esto es así independientemente del lado del debate socialismo vs. capitalismo en el que te encuentres.

¿Qué es el debate sobre el cálculo socialista?

El socialismo ha tenido sus críticos desde que existe como teoría. Sin embargo, antes de 1920, esas críticas se referían más a la naturaleza humana que, estrictamente hablando, a la economía. Los críticos afirmaban que el socialismo sería inviable, porque se basa en la voluntad de las personas de trabajar por el bien común y no para sí mismas, y la mayoría de la gente sería demasiado egoísta para eso.

Pero el debate sobre el cálculo socialista no trata de eso en absoluto.

En 1920, el economista austriaco Ludwig von Mises publicó un artículo titulado Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen -El cálculo económico en la mancomunidad socialista- en el que criticaba el socialismo desde un ángulo completamente distinto. Estaba de acuerdo con los socialistas y se limitaba a asumir la cuestión de la naturaleza humana:

Aún si concedemos […] que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy […], sigue existiendo el problema de medir el resultado de la actividad económica en una mancomunidad socialista que no permite ningún cálculo económico.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Para ver lo que quería decir con eso, tenemos que dar un paso atrás.

Sin intercambio, no hay precios

Cuando decimos que una unidad de un bien, X, vale cinco veces más que una unidad de otro bien, Y, ¿qué queremos decir con eso? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo sabemos que vale cinco veces más que trece veces o tres mil veces? La respuesta es: porque ésa es la proporción en la que la gente suele estar dispuesta a intercambiar X e Y entre sí. Si a unas personas les das X y a otras Y, y les dejas que intercambien entre sí, convergerán en esa relación de intercambio de 5:1. Pero para eso, necesitas intercambiar. Pero para eso se necesita el intercambio. Si nadie intercambia nunca X e Y, no tenemos ni idea de cuál es la proporción “correcta”.

Von Mises suponía que, incluso en una economía socialista, seguiría habiendo algo así como “precios de mercado” para los bienes de consumo. Ello se debe a que suponía que existirían amplios mercados secundarios informales. Supongamos que el Estado asume que X vale tres veces más que Y, y reparte raciones de X e Y sobre esa base.

Pero es una proporción errónea, porque los consumidores valoran X cinco veces más que Y, no tres. La gente empezaría entonces a comerciar entre sí, y la proporción 5:1 sería observable en el mercado secundario. El Estado podría reaccionar y corregir la asignación primaria.

Sencillamente, imposible

Que yo sepa, eso nunca ha ocurrido. Hubo amplios mercados negros bajo el socialismo, pero no tengo constancia de que los planificadores socialistas observaran los precios de mercado en esos mercados negros y respondieran a ellos. Pero fue la suposición optimista de von Mises que una economía socialista podría, de esta manera indirecta, todavía generar algo parecido a los precios de mercado para los bienes de consumo.

Pero lo que no podría haber son precios de mercado para los bienes utilizados en la producción: factores de producción y bienes de capital. No habría precios de mercado para los distintos tipos de maquinaria, los distintos tipos de edificios industriales, los distintos tipos de materias primas, los distintos tipos de productos semiacabados, etcétera.

Si no tenemos precios de mercado para esos bienes, no podemos hacer cálculos económicos, en el sentido convencional. No podemos determinar si un método de producción es más eficaz que otro. Nos enfrentaríamos a miles de alternativas diferentes, pero no tendríamos ningún método racional para determinar cuáles son mejores y cuáles peores. La “planificación socialista” no sólo sería una mala idea. Sería literalmente imposible.

Nuevas reglas del juego

La afirmación de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo cambió las reglas del juego en varios sentidos.

En primer lugar, fue una inversión completa de lo que era una opinión muy extendida en la época: que el capitalismo era caótico (Marx y Engels habían hablado de “anarquía en la producción”), mientras que una economía socialista estaría racionalmente planificada. Au contraire, decía von Mises. Una economía capitalista puede parecer “caótica”, porque nadie la dirige en su conjunto. Pero es el único tipo de economía que nos permite comparar racionalmente los costes y los beneficios de diferentes cursos de acción. Es precisamente la economía “planificada” la que es caótica, porque hace imposible una auténtica planificación:

Tenemos el espectáculo de un orden económico socialista flotando en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico. Así, en la mancomunidad socialista, cada cambio económico se convierte en una empresa cuyo éxito no puede evaluarse de antemano ni determinarse más tarde retrospectivamente. Sólo hay tanteos en la oscuridad. El socialismo es la abolición de la economía racional.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Una estatua para Ludwig von Mises

En segundo lugar, obligó a los economistas socialistas a reflexionar más detenidamente sobre cómo debía ser, en la práctica, la “planificación económica”. Algunos socialistas trataron de rebatir los argumentos de von Mises – eso es lo que convirtió el Debate sobre el Cálculo Socialista en un debate. Oskar Lange, un economista que más tarde se convertiría en una figura importante de la República Popular Polaca, escribió en 1936, casi con toda seguridad ligeramente irónico:

Los socialistas tienen ciertamente buenas razones para estar agradecidos al profesor Mises, el gran advocatus diabol de su causa. Porque fue su poderoso desafío el que obligó a los socialistas a reconocer la importancia de un sistema adecuado de contabilidad económica para guiar la asignación de recursos en una economía socialista. […]

El mérito de haber llevado a los socialistas a abordar sistemáticamente este problema pertenece enteramente al profesor Mises. […] Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en la gran sala del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Simplemente, cambiamos de gestor

Lange creía que von Mises estaba equivocado en última instancia, y que el Estado podía fijar los precios tan bien como el mercado:

En una economía socialista […] el proceso de determinación de precios es bastante análogo al de un mercado competitivo. La Junta Central de Planificación desempeña las funciones del mercado. […] Una sustitución de las funciones del mercado por la planificación es bastante posible y viable.

Oskar Lange

Lenin: trabajadores armados

Esto puede sonar extraño, pero hasta ese momento, los socialistas nunca habían pensado realmente en cómo funcionaría, en la práctica, una economía socialista. Marx y Engels nunca se habían preocupado de ello. Incluso Lenin sólo tenía esto que decir:

Todos los ciudadanos se transforman en empleados contratados por el Estado, que consiste en los trabajadores armados. Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un “sindicato” estatal único en todo el país. Todo lo que se exige es que trabajen por igual, realicen la parte de trabajo que les corresponde y reciban el mismo salario; la contabilidad y el control necesarios para ello han sido simplificados al máximo por el capitalismo y reducidos a las operaciones extraordinariamente sencillas -que cualquier persona alfabetizada puede realizar- de supervisar y registrar, conocer las cuatro reglas de la aritmética y emitir los recibos correspondientes.

Friedrich A. Hayek

Eso es todo. Así de fácil. Sólo un poco de contabilidad y emisión de recibos, y trabajo hecho. Después de la Revolución Rusa, él -o mejor dicho, la gente lo suficientemente desafortunada como para ser sometida a ese experimento- aprendió por las malas que la economía es algo más que emitir recibos. De todos modos, esa fue la primera ronda del debate sobre el cálculo socialista. Uno de los alumnos de von Mises, el futuro Premio Nobel Friedrich August von Hayek, refinó más tarde los argumentos.

Hayek dejó más claro qué tienen los precios de mercado que los convierten en una herramienta tan vital, y por qué los precios fijados por el Estado no eran un sustituto adecuado. La idea básica es la siguiente: En una economía avanzada y compleja, dependemos de la especialización y de la división del trabajo. Nadie sabe hacerlo todo. No hay neurocirujanos que también sean grandes fontaneros, electricistas, poetas, traductores y expertos en política exterior. Pero todo el mundo sabe hacer algo. Así que todos hacemos cosas diferentes, y luego hacemos que esas diferentes piezas encajen.

División del conocimiento

Del mismo modo, las economías avanzadas y complejas se basan en una división del conocimiento. Nadie lo sabe todo sobre la economía. Nadie sabe más que una pequeña parte. Pero todos sabemos algo. Todos tenemos algún conocimiento económicamente relevante: tal vez sobre la industria en la que trabajamos, la región en la que vivimos o, si no hay nada más, todos conocemos nuestras propias preferencias mejor que nadie.

Todos aportamos conocimientos al mercado. El mercado agrega todos esos conocimientos y los difunde. Un ejemplo que Hayek utilizó fue el de una caída repentina de la oferta de estaño en algún lugar del mundo; o alternativamente, se descubre un nuevo uso industrial del estaño, lo que provoca un aumento de la demanda.

La mayoría de nosotros no tenemos ni idea de ese sector de la economía. No sabemos nada de la minería del estaño, y no tenemos ni idea de que esto haya ocurrido. Pero no necesitamos saberlo. Todo lo que tenemos que hacer es observar que los precios del estaño, y los precios de los productos que contienen estaño, han subido, y reaccionar a ello de alguna manera.

Precios y orden

Las empresas que utilizan estaño para fabricar, por ejemplo, muebles, pueden buscar algún sustituto. Los consumidores pueden cambiar a un producto alternativo que utilice menos estaño o, si eso no es posible, simplemente reducir su consumo de productos que contengan estaño. Al mismo tiempo, alguien, en algún lugar, detectará la oportunidad de obtener beneficios e intentará introducir en el mercado nuevos suministros de estaño o sustitutos cercanos.

Todos lo hacemos varias veces al día: reaccionamos a los cambios de precios, a veces de forma casi automática, normalmente sin saber qué los ha provocado. Y no necesitamos saberlo. Alguien, en algún lugar, sí lo sabe, y su conocimiento está contenido en los precios. Las condiciones económicas cambian todo el tiempo, de maneras que la mayoría de las veces ignoramos, y a través del sistema de precios, las partes relevantes de ese conocimiento se difunden por toda la economía.

Las economías planificadas no disponen de este mecanismo. Dependen de una junta de planificación para cotejar y evaluar toda la información pertinente. Hayek no fue tan lejos como von Mises: no dijo que una economía socialista fuera literalmente imposible. Sólo dijo que era una forma muy inferior de organizar una economía.

¿Es una cuestión de computación?

Hasta aquí, podría pensarse: ¿no es todo esto un problema de insuficiente capacidad de procesamiento de datos? Si es así, ¿no significa esto que el debate sobre el cálculo socialista está ya desfasado? Claro, planificar una economía requiere cantidades colosales de datos. Puede que en el antiguo bloque del Este no fuera posible recopilar, procesar y evaluar semejante volumen de datos. Pero, ¿seguiría siendo un problema hoy en día? ¿Acaso Amazon y Google no disponen ya de más información sobre sus clientes que la que jamás haya tenido cualquier consejo de planificación socialista?

Hayek no vivió para ver la era de Internet, y mucho menos el auge de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, si viviera hoy, sospecho que no se sentiría obligado a modificar mucho sus argumentos. El Debate Socialista sobre el Cálculo nunca versó principalmente sobre el procesamiento de datos en el sentido técnico.

Conocimiento tácito y no articulable

Hayek también argumentaba que gran parte del conocimiento económicamente relevante es de naturaleza tácita. El conocimiento tácito es el que poseemos, pero nos costaría articular. Para la mayoría de la gente, la gramática de su lengua materna es un conocimiento tácito. Todos podemos hablar un inglés perfecto, pero si un hablante no nativo nos preguntara “¿Por qué usaste este tiempo en vez de aquel?”, o “¿Por qué usaste esta palabra en vez de aquella?”, la mayoría de las veces, nuestra respuesta sería “No lo sé; simplemente suena bien, y la otra suena rara”.

Hay que reconocer que este es un mal ejemplo, porque si quieres puedes estudiar las reglas gramaticales de tu lengua materna. En este caso, puedes convertir el conocimiento tácito en formal.

El escritor que no sabe explicar cómo escribir

Pero a menudo no es así. La mayoría de los trabajos contienen conocimientos tácitos que se han adquirido a lo largo de los años, pero que costaría mucho articular y, por tanto, transmitir a un sucesor o a un colega. Nunca olvidaré mi decepción cuando leí el libro On Writing de Stephen King, el autor de novelas de terror. Lo leí porque pensé que podría aprender algunos trucos del maestro. No fue así. Es evidente que King es un gran escritor, pero explica fatal cómo lo hace. No sabe cómo lo hace. Es un conocimiento tácito. No puede articularlo. Pero si él no puede hacerlo, ¿quién puede?

Incluso las preferencias de los consumidores suelen ser tácitas y, por diversas razones, nuestro comportamiento de compra real suele desviarse de nuestras preferencias declaradas. El conocimiento empresarial también suele contener una gran parte tácita. Cuando se les pregunta por sus ideas de negocio, los empresarios de éxito suelen decir que tuvieron “una corazonada”, “un presentimiento” o “una intuición”.

Para ese tipo de conocimiento, no sirve de nada tener ordenadores más rápidos que puedan manejar más datos.

Prueba y error

Yendo un poco más allá del debate sobre el cálculo socialista en sentido estricto, Hayek también hizo hincapié en el papel de los procesos de ensayo y error en la vida económica. En economía, aprendemos la mayoría de las cosas a través de la experimentación y no de grandes planes. Esto es aún más evidente hoy que en la época de Hayek. Para casi todos los productos que usamos hoy en día, se pueden encontrar citas de expertos de la industria de la época de su lanzamiento, prediciendo con seguridad que el producto nunca despegaría. Las compras en línea nunca existirán. Internet nunca existirá. La televisión nunca existirá. El coche nunca existirá. Los Beatles nunca existirán. Arnold Schwarzenegger nunca triunfará como actor. Walt Disney nunca encontrará público para su excéntrica idea de un pato parlante en traje de marinero y un ratón parlante en bañador.

En retrospectiva, sería tentador burlarse de las personas que hicieron esas predicciones que envejecieron tan terriblemente, pero eso sería errar el tiro. Esas personas no eran estúpidas ni ignorantes. Es que así es la vida económica. Sabemos muy poco. Es muy poco lo que podemos planificar conscientemente. Tenemos que probar cosas, ver qué pasa y aprender haciendo.

No en una economía socialista

¿Podría una economía socialista permitir también ese tipo de experimentación? No veo cómo. Se necesita un sistema en el que la gente pueda probar ideas que, para la mayoría de los observadores, parecen inverosímiles y descabelladas. Las burocracias (o los comités democráticos) no funcionan así, ni deberían hacerlo. Un sistema en el que las personas tienen libertad para asumir riesgos debe ser un sistema en el que asuman la responsabilidad de las consecuencias. Para ello es necesaria la propiedad privada.

Yo diría que está claro, tanto desde el punto de vista teórico como histórico, qué bando ha ganado el debate sobre el cálculo socialista: el bando austriaco, el bando antisocialista. Pero yo no soy un observador neutral. Estoy firmemente en el “Equipo Austria”.

Pero también diría que, incluso si te encuentras en el bando socialista, deberías tomarte en serio el Debate sobre el Cálculo Socialista y comprometerte con la crítica austriaca. Las generaciones anteriores de socialistas ciertamente lo hicieron.

Recuerde lo que dijo Oskar Lange:

Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en el gran salón del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Oskar Lange

Me gustaría ver algo de ese espíritu en los socialistas de hoy. Me gustaría ver a un socialista actual intentar dar una respuesta meditada a los argumentos de Mises-Hayek. Me gustaría verles intentar presentar una versión del socialismo que evite esos problemas de cálculo socialista.

Los socialistas actuales no lo hacen. Se limitan a desestimar las objeciones al socialismo como “deleznables”. Disfrutan de una gran ventaja de reputación sobre sus oponentes, a saber, el hecho de que el socialismo se considera moderno y de moda, y por lo tanto, simplemente capitalizan esa ventaja, en lugar de preocuparse por los aspectos prácticos.

Convencer a los socialistas de que el socialismo es posible

Hasta cierto punto, les funciona. Sin embargo, al menos un socialista está de acuerdo conmigo en que la gente de su bando debería esforzarse un poco más. Sam Gindin, un marxista canadiense, escribe en la popular revista socialista Jacobin:

De las dos tareas centrales que exige la construcción del socialismo -convencer a una población escéptica de que una sociedad basada en la propiedad pública de los medios de producción, distribución y comunicación podría de hecho funcionar, y actuar para acabar con el dominio capitalista- la atención abrumadora […] se ha centrado en la batalla política para derrotar al capitalismo. El aspecto que podría tener la sociedad al final del arco iris […] sólo ha recibido una atención retórica o superficial.

Pero […] la afirmación arrogante de la viabilidad del socialismo ya no es suficiente. Ganar a la gente para una lucha compleja y prolongada para introducir formas profundamente nuevas de producir, vivir y relacionarse exige un compromiso mucho más profundo con la posibilidad real del socialismo. […] No basta con centrarse en llegar. Ahora es al menos igual de importante convencer a los futuros socialistas de que realmente hay un ‘ahí’ al que llegar.

Sam Gindin

Así es.

Ver también

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico. (Eduardo Blasco).

Una teoría alternativa del ciclo económico

Recientemente, en el último curso del grado de Economía en la Universidad de Cambridge, comenzamos la asignatura de teoría avanzada del ciclo económico. Se basa en comprender, estudiar y analizar matemáticamente las principales características de las diferentes teorías y modelos del ciclo económico. Sin duda, es una asignatura que me ha parecido fascinante y de gran utilidad para comprender el mundo en el que vivimos.

Tal y como nos han explicado multitud de veces, cada teoría del ciclo tiene sus fortalezas y debilidades. Y cada una es más eficiente explicando unos u otros aspectos de la economía. Es por ello por lo que un día en clase me surgió el interés en profundizar algo más en una teoría del ciclo alternativa como es la de la Escuela Austriaca. Tras haber asistido a varias conferencias en el Instituto Juan de Mariana o la URJC y, sin ni siquiera ser yo un férreo austriaco, conocía la teoría algo por encima. Sobre todo en lo relacionado con las principales variables de su modelo y algunas de sus dinámicas.

Teoría austríaca del ciclo económico

Tras profundizar algo más en ella, sin embargo, me he percatado de que, a pesar de que algunos de sus aspectos puedan resultar parcialmente desdeñables desde el punto de vista de la macroeconomía moderna, sin duda muchos otros siguen en vigor y facilitan el entendimiento de muchas de las tendencias económicas que observamos hoy. Es por ello por lo que, en la presente columna, me dispongo a dar algunas pinceladas sobre la teoría austriaca del ciclo económico.

Comenzando por sus orígenes, cabe resaltar que la teoría austriaca del ciclo tiene sus raíces en el trabajo de Böhm-Bawerk. Es uno de los primeros economistas en resaltar las intervenciones de las autoridades monetarias sobre los tipos de interés como causa principal de las recesiones. Durante las fases alcistas, la masa monetaria y el crédito creados a raíz de la liquidez adicional generada por el banco central dispararía los niveles de inversión y consumo por encima de los correspondientes a la tendencia. Ello genera, por lo tanto, una descompensación o desequilibrio entre la capacidad productiva de la economía y los planes de consumo y ahorro intertemporales de los agentes económicos. Dicho desequilibrio sería el que, tras algún tiempo, terminaría causando una recesión que corregiría los excesivos niveles de inversión y endeudamiento y volvería a situar a la economía dentro de sus capacidades productivas reales.

Implicaciones de política monetaria

Tras leer el párrafo anterior, cualquier con unas mínimas nociones de historia del pensamiento económico, habrá podido observar que el pensamiento de los austriacos difería y difiere en gran medida de lo que podríamos considerar el mainstream académico. En este caso, las diferencias son notorias, sobre todo en lo respectivo a las visiones sobre política monetaria. Esta política está en el núcleo de la teoría austriaca del ciclo.

Los austriacos, a este respecto, no solo argumentan que la intervención de los bancos centrales en la economía es la causa primaria de las recesiones, sino que defienden asimismo que las políticas monetarias expansivas (como los tipos cero o el quantitative easing), simplemente contribuyen a postergar en el tiempo los ajustes estructurales necesarios para que la economía vuelva a situarse dentro de su potencial productivo.

En la teoría austriaca, la expansión crediticia generada por el exceso de liquidez introducido en la economía por los bancos centrales durante la fase alcista del ciclo, o como política contracíclica durante una recesión, son la causa motora del desequilibrio en la asignación de recursos productivos en la economía, contribuyendo únicamente a agravar y posponer los ajustes necesarios para retornar a un punto de equilibrio dinámico.

Coordinación intertemporal

Un punto fundamental en la teoría austriaca es la relevancia que se le otorga a la coordinación intertemporal entre las decisiones de producción, ahorro y consumo, siendo (muy en la tradición de Kirzner) las decisiones empresariales agregadas las cuales determinan la asignación intertemporal de recursos productivos, incluyéndose en dichas decisiones la estructura, evolución y utilización del stock de capital disponible.

La clave se encuentra en que dichas decisiones en su conjunto han de ser consistentes intertemporalmente con los planes de consumo de los agentes para que la economía se mantenga en equilibrio en el largo plazo. Para ello, una herramienta esencial en una economía de mercado son los precios, entre los cuales se encuentran los tipos de interés, ya que estos ejercen de señal para la coordinación intertemporal del consumo y la producción, es decir, de la oferta y la demanda.

Los tipos de interés: coordinación o descoordinación

Por su parte, los tipos de interés ejercen como mecanismo de señalización principal en el mercado de fondos prestables, siendo este en el que los agentes ofrecen sus ahorros tras tomar la decisión de posponer su consumo en el tiempo (a cambio de una rentabilidad en formato de tipo de interés) y los emprendedores demandan fondos para inversión (pagando por ello un tipo de interés), generando así producción futura. El precio de equilibrio en dicho mercado sería denominado como tipo de interés natural, Wicksell dixit. En dicho punto de equilibrio, la rentabilidad total percibida por los ahorradores sería igual al incremento de producción futura, posible a raíz de un empleo productivo de dichos ahorros, canalizados a través de proyectos empresariales generadores de valor en el largo plazo.

En todo este proceso, según los austriacos, serían los bancos centrales los principales culpables de la generación de recesiones, por su manipulación de los tipos de interés. Tras una reducción artificial de los tipos de interés, el boom de crédito que se generaría no tendría su raíz en un aumento de la propensión marginal al ahorro o un incremento previo de la oferta de fondos prestables, sino a una transferencia forzada de recursos entre ahorradores e inversores, generando, además, una mayor demanda de crédito para el consumo e inflando de manera artificial la demanda agregada. Parte de dicho incremento de demanda se podría ver satisfecho por aquellas industrias con una mayor elasticidad de oferta, pero no asimismo por aquellas con mayor rigidez en los procesos productivos, lo cual terminaría destruyendo tejido productivo y descompensando la estructura de la economía, conllevando a una recesión.

Reducir la intervención

Si bien es cierto que los austriacos consideran las recesiones económicas como algo inevitable e incluso sano para la economía en un escenario de desequilibrio, también consideran que, en una fase recesiva, una pérdida de confianza inversora y reducción del flujo de crédito por expectativas negativas puede intensificar la tendencia recesiva más allá de lo necesario para la reestructuración del tejido productivo.

Es por ello por lo que algunos austriacos, como era el caso de Hayek, defendían que en un escenario así una mínima intervención en forma de políticas contracíclicas en la economía era aceptable, ya que esto evitaría lo que catalogó como contracción secundaria, escenario en el cual en plena recesión, una mayor preferencia por activos líquidos por parte de los agentes económicos conduciría a un colapso de los niveles de demanda, caída del nivel de precios, y, consecuentemente, un agravamiento de dicha recesión; tal y como ocurrió en la Gran Depresión de los años 30.

En conclusión, tal y como hemos analizado en el presente artículo, la teoría austriaca del ciclo sitúa la creación artificial de liquidez por parte de los bancos centrales como causa nuclear de las crisis económicas, al generar niveles de inversión y consumo superiores al potencial productivo real de la economía. Además, dicha teoría establece que las políticas contracíclicas por parte de los bancos centrales solo contribuyen a atrasar y agravar la recesión, al no permitir que la recesión realice los ajustes estructurales necesarios en la economía para su retorno a un equilibrio dinámico, con la única excepción de la prevención de un escenario de contracción secundaria.

La sabiduría intemporal de Adam Smith

Richard M. Ebeling. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

La principal contribución de Adam Smith a la comprensión de la economía fue, sin duda, su demostración de que, bajo un acuerdo institucional de libertad individual, derechos de propiedad e intercambio voluntario, la conducta interesada de los participantes en el mercado podía ser coherente con una mejora general de la condición humana.

La aparición de un sistema social de división del trabajo hace que los hombres sean interdependientes para cubrir las necesidades, las comodidades y los lujos de la vida. Pero en el orden de mercado libre y competitivo, cada individuo sólo puede acceder a lo que otros en la sociedad pueden suministrarle ofreciéndoles a cambio algo que valoren más que lo que se les pide a cambio.

Así, como explicó Adam Smith, como si de una “mano invisible” se tratara, cada individuo se ve guiado a aplicar sus conocimientos, capacidades y talentos de forma que sirvan a los deseos comerciales de los demás como medio para cumplir sus propios objetivos y propósitos. Además, no sólo se demuestra que la necesidad de regulación y control gubernamental de los asuntos económicos es innecesaria para la mejora de la sociedad, sino que Smith llegó a argumentar que dicha intervención gubernamental era perjudicial para los avances más exitosos en la vida material y cultural humana. (Véase mi artículo El aire de paradoja de Adam Smith).

Libertad individual y comercio entre naciones

En el centro de las críticas de Adam Smith al mercantilismo del siglo XVIII, con su presunción de la necesidad de una dirección y planificación políticas de las actividades económicas para el equilibrio y la prosperidad, estaba su insistencia en que ese paternalismo político no era necesario ni en el comercio interior ni en la compraventa de importaciones y exportaciones entre países.

Adam Smith sostenía que era superfluo y contraproducente que el gobierno intentara gestionar y dirigir la importación o exportación de bienes y servicios para mantener una supuesta balanza comercial “favorable”. Cada individuo trata de minimizar los costes en que debe incurrir para alcanzar sus objetivos y fines. Sólo fabrica en casa lo que es menos costoso de fabricar que comprar a otros. Y compra los bienes deseados a otros sólo cuando esos otros pueden proporcionárselos a un coste menor en recursos, mano de obra y tiempo, que si el individuo intentara producir esos bienes deseados mediante sus propios esfuerzos autosuficientes.

Comercio para el mutuo beneficio

Así, se compran bienes a productores de otros países sólo cuando éstos pueden ofrecerlos a un coste inferior al de fabricarlos en el propio país. Y, a su vez, uno compra esos bienes producidos en el extranjero suministrando al vendedor extranjero algún bien o servicio a un coste menor que si intentara producirlo en su propia tierra.

Cuando los gobiernos, a través de regulaciones y controles, obligan a producir en casa un producto que podría comprarse más barato en el extranjero, están desviando recursos y mano de obra escasos hacia usos despilfarradores e ineficientes. El resultado debe ser que la riqueza de esa nación -y el bienestar material de sus ciudadanos- se reduce en la medida en que deben dedicarse más recursos y mano de obra a fabricar bienes deseados de los que podrían obtenerse mediante un sistema libre de división internacional del trabajo y de intercambio pacífico y mutuamente beneficioso. Por lo tanto, es más prudente para la prosperidad de la propia nación dejar la producción y el comercio a las acciones interesadas de sus ciudadanos individuales.

Monopolio en el mercado interno

Como explicó Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776)

Otorgar el monopolio del mercado interno a los productos de la industria nacional, en cualquier arte o manufactura particular, es en cierta medida dirigir a los particulares en la forma en que deben emplear sus capitales, y debe ser, en casi todos los casos, una regulación inútil o perjudicial. Si el producto de la industria nacional puede comprarse allí tan barato como el de la industria extranjera, la regulación es evidentemente inútil. Si no se puede, por lo general debe ser perjudicial.

La máxima de todo amo de familia prudente es no intentar nunca fabricar en casa lo que le cueste más hacer que comprar. El sastre no intenta hacer sus propios zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no intenta hacer su propia ropa, sino que contrata a un sastre. El agricultor no intenta hacer ni lo uno ni lo otro, sino que emplea a esos diferentes artífices.

A todos ellos les interesa emplear toda su industria de una manera en la que tengan alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar con una parte de su producto, o lo que es lo mismo, con el precio de una parte de él, cualquier otra cosa para la que tengan ocasión.

Lo que es prudencia en la conducta de toda familia privada apenas puede ser locura en la de un gran reino. Si un país extranjero puede suministrarnos una mercancía más barata de lo que nosotros mismos podemos fabricarla, es mejor comprársela con parte del producto de nuestra propia industria, empleado de una manera en la que tengamos alguna ventaja…

Ciertamente, no se emplea con la mayor ventaja cuando se dirige hacia un objeto que puede comprar más barato de lo que puede fabricarlo (…). La industria de un país, por lo tanto, es desviada de un empleo más ventajoso a uno menos ventajoso, y el valor de cambio de su producción anual, en lugar de incrementarse, de acuerdo con la intención del legislador, debe necesariamente disminuir por cada regulación de este tipo.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La propagación de falsas nociones de conflicto entre naciones

Todo lo que era necesario, argumentaba Adam Smith, era dejar a los hombres libres para seguir sus propios intereses, y la producción y la prosperidad se producirán en las direcciones y formas más ventajosas para los miembros de la sociedad en su conjunto, ya sea que el comercio esté orientado hacia la demanda y la oferta nacional o extranjera.

¿Quiénes fueron a menudo los instigadores y los beneficiarios de las restricciones comerciales a las importaciones y de las subvenciones a las exportaciones? Adam Smith fue mordaz en sus críticas a los fabricantes, comerciantes e intereses agrícolas especiales que deseaban mantener o ganar cuota de mercado y mayores beneficios, restringiendo la libre circulación de bienes y servicios entre países a través de la acción gubernamental.

Capitalismo de amiguetes

Adam Smith advertía que los que hoy se suelen llamar “capitalistas amiguetes” acuden al gobierno en busca de favores, privilegios y protecciones frente a la competencia extranjera y nacional. Con ese fin, popularizan falacias y malentendidos sobre los beneficios mutuos del comercio entre naciones. Dijo Smith:

El comercio, que naturalmente debería ser, entre las naciones, como entre los individuos, un vínculo de unión y amistad, se ha convertido en la fuente más fértil de discordia y animosidad. La caprichosa ambición de reyes y ministros no ha sido, durante el presente siglo y el precedente, más fatal para el reposo de Europa, que los celos impertinentes de comerciantes y fabricantes.

La violencia y la injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal antiguo, para el cual, me temo, la naturaleza de los asuntos humanos apenas puede admitir remedio. Pero la rapacidad mezquina, el espíritu monopolizador de los comerciantes y fabricantes, que no son, ni deberían ser, los gobernantes de la humanidad, aunque tal vez no pueda corregirse, puede evitarse muy fácilmente que perturbe la tranquilidad de nadie más que de ellos mismos.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La prosperidad mutua de las naciones es beneficiosa para todos

Smith advirtió de los “sofismas interesados” de quienes deseaban intervenciones y protecciones anticompetitivas en el sector privado a través del poder político de los gobiernos, creando falsas nociones de que el comercio es un juego de suma cero en el que si una parte gana la otra debe haber perdido, o que las importaciones y el déficit comercial son intrínsecamente perjudiciales para el bienestar material de una nación. Había que refutar estas distorsiones y errores para que se entendiera mejor que “en todos los países siempre interesa y debe interesar a la mayor parte del pueblo comprar lo que quiera a quien lo venda más barato”.

Además, el éxito material de los socios comerciales existentes o potenciales nunca es una amenaza para el bienestar de la propia nación. Al contrario, cuanto más prósperas sean otras naciones, mayores serán las oportunidades comerciales para vender la propia producción especializada como medio para adquirir el verdadero beneficio del comercio: la obtención de importaciones que los proveedores extranjeros pueden poner a disposición a costes más bajos y mejores calidades y variedades que si uno tuviera que depender simplemente de las habilidades y recursos laborales de su propia nación. “Una nación que quisiera enriquecerse mediante el comercio exterior”, dijo Adam Smith, “es ciertamente más probable que lo haga cuando sus vecinos son todos naciones ricas, industriosas y comerciales”. Intentar empobrecer a otras naciones es una forma segura de socavar el ascenso de la propia nación hacia una mayor prosperidad.

Abolir las restricciones comerciales para la prosperidad y contra los privilegios

El mejor medio de asegurar el acceso a los beneficios del comercio internacional y de debilitar, si no eliminar por completo, la influencia de aquellos grupos de intereses privados que desean utilizar al gobierno para sus propios fines a expensas del resto de la sociedad, es abolir de la manera más expeditiva todas las barreras a la libertad de comercio entre las naciones.

Había una serie de excepciones y circunstancias en las que Adam Smith aceptaba la intervención del gobierno en las pautas del comercio. Y argumentó que cuando las industrias han estado seguras durante mucho tiempo detrás de barreras comerciales que les han proporcionado posiciones de monopolio, para evitar graves trastornos en las circunstancias económicas a los empleados en estos sectores de la economía podría ser deseable reducir las barreras comerciales gradualmente en lugar de todo a la vez.

El poder del propio interés

Pero también hizo hincapié en que, aunque la libertad de comercio se estableciera en poco tiempo, el desplazamiento incluso de un número significativo de trabajadores se remediaría pronto con empleos alternativos, ya que las ganancias económicas derivadas de poder comprar a bordo una variedad de bienes menos caros proporcionarían los medios financieros para demandar muchos bienes que antes los consumidores no podían permitirse a los precios de monopolio protegidos anteriormente. O como lo expresó Smith de forma más general

El esfuerzo natural de cada individuo por mejorar sus propias condiciones, cuando se le permite ejercerlo con libertad y seguridad, es un principio tan poderoso que por sí solo, y sin ayuda, no sólo es capaz de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstáculos impertinentes con los que la locura de las leyes humanas con demasiada frecuencia entorpece sus operaciones.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Los prejuicios del público y el poder de los intereses

A pesar de la contundencia y lo convincente de sus argumentos contra el mercantilismo, Adam Smith distaba mucho de confiar en que sus ideas y las de otros como él lograran alguna vez poner fin a esta versión dieciochesca de la planificación central y, en su lugar, instaurar un “sistema de libertad natural” con libertad de comercio.

Su pesimismo se debía, según él, a dos influencias y fuerzas de la sociedad: Los prejuicios del público, es decir, la dificultad de hacer comprender al ciudadano de a pie la lógica del mercado y los beneficios de la “mano invisible” de las consecuencias imprevistas. Y el poder de los intereses, con lo que se refería a los grupos de intereses especiales que se benefician de los privilegios y favores del gobierno, y que se resistirían a todos y cada uno de los intentos de reducir o eliminar las regulaciones y redistribuciones del gobierno que les benefician a costa de los demás.

Los prejuicios del público

En palabras del propio Adam Smith

Esperar, en efecto, que la libertad de comercio se restablezca alguna vez por completo en Gran Bretaña, es tan absurdo como esperar que se establezca en ella una Oceana o una Utopía.

No sólo los prejuicios del público, sino lo que es mucho más inconquistable, los intereses privados de muchos individuos, se oponen irresistiblemente… El miembro del parlamento, que apoya cada propuesta para fortalecer este monopolio, está seguro de adquirir no sólo la reputación de entender el comercio, sino una gran popularidad e influencia con un orden de hombres cuyo número y riqueza los hace de gran importancia.

Si se opone, por el contrario, y más aún si tiene autoridad suficiente para poder desbaratarlas, ni la más reconocida probidad, ni el más alto rango, ni el más grande servicio público, pueden protegerlo de los más infames abusos y detracciones, de los insultos personales, ni a veces del peligro real, proveniente del insolente atropello de monopolios furiosos y decepcionados.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El comercio como vía para mejorar la sociedad civil

Afortunadamente, para la mejora material y cultural del mundo, Adam Smith se equivocó en esta predicción. En el lapso de una vida, entre su muerte en 1790 y mediados de la década de 1840, Gran Bretaña abolió prácticamente todas sus restricciones al comercio interior y exterior, poniendo en su lugar un sistema de libre empresa y libre comercio. Y a través del ejemplo y el éxito de Gran Bretaña con una libertad de comercio altamente irrestricta, muchos otros países de Europa se vieron influenciados a seguir el mismo curso, si bien tal vez no tan radicalmente como en Gran Bretaña o en Estados Unidos. En otras palabras, Adam Smith había subestimado el poder de sus propias ideas.

Los beneficios del comercio y el intercambio, argumentaba Adam Smith, no eran sólo las mejoras materiales en la condición del hombre. También servía como método para civilizar a los hombres, si por civilización se entiende, al menos en parte, la cortesía y el respeto por los demás, así como la lealtad a la honradez y el cumplimiento de las promesas.

Comercio y convivencia

Cuando los hombres tratan entre sí de forma cotidiana y regular, pronto aprenden que su propio bienestar exige de ellos sensibilidad hacia aquellos con quienes comercian. Perder la confianza de los socios comerciales puede acarrear perjuicios sociales y económicos para uno mismo.

El interés propio que guía a un hombre a mostrar cortesía y consideración hacia sus clientes, bajo el temor de perder su negocio en favor de algún rival con modales o etiqueta superiores a los suyos, tiende con el tiempo a interiorizarse como “comportamiento adecuado” habituado hacia los demás en general y en la mayoría de las circunstancias. A través de este proceso, la orientación hacia el otro que el intercambio voluntario exige de cada individuo en su propio interés, si quiere alcanzar sus propios fines, fomenta la institucionalización de la conducta interpersonal que suele considerarse esencial para una sociedad bien educada y una civilización culta.

Civilización

Adam Smith explicó este importante y fortuito beneficio de la sociedad comercial en sus Lectures on Jurisprudence (1766):

Siempre que se introduce el comercio en cualquier país, la probidad y la puntualidad lo acompañan. . . Es mucho más reducible al interés propio, ese principio general que regula las acciones de todo hombre, y que lleva a los hombres a actuar de una determinada manera desde el punto de vista de la ventaja, y está tan profundamente implantado en un inglés como en un holandés.

Un comerciante teme perder su carácter, y es escrupuloso en el cumplimiento de cada compromiso. Cuando una persona hace tal vez 20 contratos en un día, no puede ganar tanto esforzándose por imponerse a sus vecinos, ya que la sola apariencia de un tramposo le haría perder.

Cuando las personas rara vez tratan entre sí, nos encontramos con que están algo dispuestas a engañar, porque pueden ganar más con un truco inteligente de lo que pueden perder por el daño que hace a su carácter. . . Dondequiera que los tratos sean frecuentes, un hombre no espera ganar tanto por un solo contrato como por la probidad y puntualidad en el conjunto, y un comerciante prudente, que es consciente de su interés real, preferiría perder lo que tiene derecho a perder antes que dar cualquier motivo de sospecha.

Cuando la mayor parte de las personas son comerciantes, siempre ponen de moda la probidad y la puntualidad, y éstas son, por tanto, las principales virtudes de una nación comercial.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El comercio y el fin del feudalismo

Adam Smith también explicó cómo la aparición espontánea del comercio y las oportunidades de intercambio entre países extranjeros y ciudades lejanas con el campo redujeron lentamente el poder de los señores feudales y los príncipes sobre quienes vivían y trabajaban en sus tierras, poniendo así en marcha los procesos que iniciaron el desarrollo de la sociedad civil con sus concepciones más modernas de los derechos individuales y el poder descentralizado.

En el entorno autosuficiente del señorío medieval, la única o principal fuente de las necesidades y lujos deseados por el señor del señorío era la producción de los habitantes de su finca y del entorno inmediato de la aldea. Los impuestos y diezmos que percibía no tenían otra salida que el empleo de los varios centenares de personas sobre las que gobernaba.

Al mismo tiempo, los gastos del Señor representaban para estos arrendatarios de sus tierras y para el artesano de la aldea prácticamente toda la demanda y los ingresos que podían obtener en cualquier momento. Así pues, su obediencia y sumisión al Señor del Señorío no sólo se basaban en su autoridad política y en la propiedad de la tierra, sino también en su total dependencia de su buena voluntad a la hora de gastar su riqueza en los bienes y servicios que producían, en parte para pagar los impuestos y diezmos que debían al Señor.

La emergencia del comercio

Pero con la aparición del comercio y el intercambio desde fuera de los confines de la propiedad del Señor, éste podía ahora adquirir los bienes deseados fuera de su propia comunidad. Esto debilitó su control de dependencia y obediencia sobre los que vivían y trabajaban en su propiedad. Al mismo tiempo, un mercado cada vez mayor fuera de la finca significaba que los artesanos del pueblo y los arrendatarios agrícolas ahora podían encontrar otros mercados para sus bienes además del Señor. Esto reducía su dependencia de la gracia y el gasto del Señor para su propia supervivencia y modesto sustento.

Adam Smith explicó que esta creciente independencia económica del Señor sirvió como elemento crucial para que la gente comenzara a sentir su libertad de su dominio sobre ellos, y a exigir libertad formal en sus relaciones con la autoridad política sin el temor, nunca más, de su dominio sobre su existencia material.

El silencioso e indiferente funcionamiento del comercio

En palabras de Adam Smith en La riqueza de las naciones:

En un país que no tiene comercio exterior, ni ninguna de las manufacturas más refinadas, un gran propietario, no teniendo nada por lo que pueda intercambiar la mayor parte del producto de sus tierras, que está por encima del mantenimiento de los cultivadores, consume la totalidad en hospitalidad rústica en casa…”.

Por lo tanto, está rodeado en todo momento de una multitud de criados y dependientes, que… alimentados enteramente por su generosidad, deben obedecerle, por la misma razón que los soldados deben obedecer al príncipe que les paga…”. Los ocupantes de la tierra dependían en todos los aspectos del gran propietario, tanto como sus criados. . . En un país donde el excedente de una gran propiedad debe ser consumido en la propiedad misma… un arrendatario… depende del propietario tanto como cualquier sirviente o criado, cualquiera que sea, y debe obedecerle con tan poca reserva….

El funcionamiento silencioso e indiferente del comercio y las manufacturas extranjeras proporcionó gradualmente a los grandes propietarios algo por lo que podían intercambiar todo el excedente de sus tierras, y podían consumirlo ellos mismos sin compartirlo ni con los arrendatarios ni con los criados.

Cuando los grandes propietarios de tierras gastaban sus rentas en mantener a sus arrendatarios y criados, cada uno de ellos mantenía enteramente a sus propios arrendatarios y criados. Pero cuando las gastan en el mantenimiento de comerciantes y artífices, pueden, todos ellos juntos, tal vez mantener un número de personas tan grande… o mayor que antes.

Cada uno de ellos, sin embargo, por separado, contribuye a menudo muy poco al mantenimiento de cualquier individuo de este gran número. Cada comerciante o artífice obtiene su subsistencia del empleo, no de uno, sino de cien o mil clientes diferentes. Por lo tanto, aunque en cierta medida está obligado con todos ellos, no depende absolutamente de ninguno.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Una revolución no diseñada

El cambio lento, pero radical, en las relaciones entre los lores y los plebeyos era un ejemplo, decía Adam Smith, de esos casos de acciones humanas que transforman la sociedad, pero que no son instancias de ningún designio humano intencional.

Una revolución de la mayor importancia para la felicidad pública fue de esta manera provocada por dos órdenes diferentes de personas, que no tenían la menor intención de servir al público.

Gratificar la vanidad más infantil fue el único motivo de los grandes propietarios. . . Por un par de hebillas de diamantes, tal vez, o algo tan frívolo e inútil, cambiaban el mantenimiento, o lo que es lo mismo, el precio del mantenimiento de mil hombres durante un año, y con ello todo el peso y la autoridad que ello les daría.

Los mercaderes y artífices, mucho menos ridículos, actuaron meramente con vistas a su propio interés, y en pos de su propio principio de mercachifles de convertir un penique dondequiera que se pudiera conseguir un penique. Ninguno de ellos tenía ni conocimiento ni previsión de la gran revolución que la insensatez de los unos y la industria de los otros estaban provocando gradualmente.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Prosperidad, independencia y libertad

John Miller, otro filósofo escocés que había sido alumno de Adam Smith en la Universidad de Glasgow, destacó cómo este cambio en las relaciones entre los señores feudales y los plebeyos fomentó el espíritu y la política de libertad y democracia en su propio libro, Orígenes de la distinción de rangos, publicado en 1779, tres años después de la aparición de La riqueza de las naciones de Smith. Explicaba Miller

“Cuanto más avanza una nación en opulencia y refinamiento, tiene ocasión de emplear a un mayor número de mercaderes, de comerciantes y de artífices; y como el pueblo inferior, en general, se hace así más independiente en sus circunstancias, comienza a ejercer esos sentimientos de libertad que son naturales a la mente del hombre…”.

Mientras que, por estas causas, la gente de bajo rango avanza gradualmente hacia un estado de independencia, la influencia derivada de la riqueza disminuye en la misma proporción…”.

“Así, mientras menos personas están bajo la necesidad de depender de él, él se hace cada día menos capaz de mantener dependientes; hasta que al final sus domésticos y sirvientes se reducen a aquellos que están meramente al servicio del lujo y la pompa, pero que no son de ninguna utilidad para apoyar a la autoridad…

No cabe duda de que estas circunstancias tienden a introducir un gobierno democrático. Puesto que las personas de rango inferior se encuentran en una situación que, en lo que respecta a la subsistencia, las hace poco dependientes de sus superiores; puesto que ningún orden de hombres continúa en posesión exclusiva de la opulencia; y puesto que todo hombre industrioso puede abrigar la esperanza de ganar una fortuna; es de esperar que las prerrogativas del monarca y de la antigua nobleza se vean gradualmente socavadas, que los privilegios del pueblo se extiendan en la misma proporción y que el poder, acompañante habitual de la riqueza, se difunda en cierta medida entre todos los miembros de la comunidad.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La contribución de Adam Smith a la causa de la libertad y la prosperidad

No se puede exagerar la importancia de Adam Smith en la formulación de las ideas y percepciones de ese “sistema de libertad natural” que ayudó a fomentar la comprensión del funcionamiento del orden de libre mercado y sus prerrequisitos institucionales de libertad individual, propiedad privada, asociación voluntaria y competencia pacífica y sin restricciones. O como dijo en 1853 el destacado economista del siglo XIX y divulgador de las ideas económicas John R. McCulloch: “Adam Smith tiene un derecho incuestionable a ser considerado el verdadero fundador del sistema moderno de Economía Política… La Riqueza de las Naciones debe situarse en el rango más alto de las obras que han contribuido a liberalizar, ilustrar y enriquecer a la humanidad”.

En La riqueza de las naciones reunió muchas de las ideas sobre la naturaleza humana, el orden espontáneo, los mercados competitivos y un gobierno más limitado que habían formado parte de los temas centrales de los filósofos morales escoceses. Única en la contribución de Smith y de los escoceses en general es también la idea de que cualquier grado de libertad que se haya adquirido en Occidente no ha sido el resultado de un proceso lineal planificado a partir de algún “primer principio” articulado.

Las consecuencias no intencionadas de los acontecimientos

La libertad, tal y como hoy entendemos su significado y contenido, surgió en gran medida como consecuencia no intencionada de una serie de acontecimientos históricos únicos en determinadas partes de Europa, cuyo significado y resultado completos, los actores individuales de este drama de siglos de duración, a menudo han tenido poca o ninguna idea de las implicaciones que sus propias decisiones e interacciones estaban ayudando a provocar.

Debería hacernos apreciar los procesos históricos que han fomentado la libertad, y modestos en nuestra arrogancia demasiado frecuente de que está en manos de algunos remodelar a los hombres o rehacer la sociedad en alguna concepción enrarecida de un “mundo mejor”, todo según un diseño de ingeniería social. Hacemos más por mejorar las condiciones de la humanidad cuando permitimos que cada individuo sea libre de utilizar sus propios conocimientos y habilidades, como mejor le parezca en un entorno en el que los precios de mercado y los incentivos competitivos le orientan sobre cómo aplicarse en el sistema social de división del trabajo.

El reconocimiento de Friedrich A. Hayek

O como dijo el economista austriaco Friedrich A. Hayek con motivo del bicentenario de la publicación de La riqueza de las naciones en 1976:

El reconocimiento de que los esfuerzos de un hombre beneficiarán a más gente, y en conjunto satisfarán mayores necesidades, cuando se deje guiar por las señales abstractas de los precios en lugar de por las necesidades percibidas, y que por este método podemos superar mejor nuestra ignorancia constitucional de la mayoría de los hechos particulares, y podemos hacer el uso más completo del conocimiento de circunstancias concretas ampliamente dispersas entre millones de individuos, es el gran logro de Adam Smith.

Friedrich A. Hayek. New studies on Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas 

Una visita guiada al pensamiento liberal

Javier Fernández-Lasquetty. Publicado originalmente en Law & Liberty y en Cuadernos FAES.

Mario Vargas Llosa ha publicado un elogio razonado de la libertad bajo el paradójico título La llamada de la tribu. Como él mismo explica, ha tomado de Karl Popper la idea del espíritu tribal que está eternamente presente y que ofrece el falso orden igualitario del grupo identitario, con su jefe, su planificación y su coactividad. A cambio, eso sí, de que no haya individualidad, ni libertad, ni responsabilidad. Vargas Llosa apunta directamente al comunismo y al nacionalismo –valga la redundancia- como modernos imanes que atraen hacia esa antiquísima “tribu” contra la que se erige el individuo soberano.

Vargas Llosa

Este libro merece una expresión de gratitud hacia su autor, cubierto ya de todos los laureles literarios que existen y que él merece, empezando por los Premios Nobel y Cervantes. Este libro es el legado que Mario Vargas Llosa deja en el terreno de las ideas políticas. Uno tiene la impresión de que es una obligación autoimpuesta, como si no quisiera cerrar su bibliografía sin entregar un libro que sirva de guía de las ideas liberales, las que a él le parece que valen la pena. Para ello se sumerge en la obra de siete autores de primera fila. Entra a fondo en sus principales libros, ordena las ideas, selecciona citas, incluso traduce él mismo determinados textos. Lo que ha hecho Mario Vargas Llosa ha debido llevarle tanto trabajo que a los lectores nos lo ha puesto sencillísimo: el libro se lee con facilidad, y con la prosa extraordinaria del maestro se enuncian ideas muy complejas, que no pierden nada de su contenido original.

No son novedades el interés de Vargas Llosa por la política, ni su visión liberal. Mauricio Rojas lo ha sintetizado en Pasión por la libertad. El liberalismo integral de Mario Vargas Llosa (Gota a Gota – FAES, 2011). Ahí están sus artículos, sus comparecencias públicas, e incluso bastantes de sus novelas (Conversación en la Catedral, La fiesta del chivo, entre otras). Muchos tenemos El pez en el agua en la lista de nuestros libros favoritos, con ese relato de la campaña electoral que hizo en 1990 que es una novela trepidante, al mismo tiempo que un manual de política liberal.

Revel, Aron, Popper, Hayek…

Mario Vargas Llosa elogia continuamente la honradez intelectual de los autores a los que trata en La llamada de la tribu, por ejemplo al hablar de Jean-François Revel o de Raymond Aron. La primera honradez intelectual que debe ser aplaudida es la del propio autor. Él mismo explica en la introducción su peripecia intelectual, que se inicia en el marxismo –cuyas obras lee, a diferencia de tantos neomarxistas- pero que se aparta de él a medida que ve en la revolución cubana o en su viaje a la URSS lo que significa el socialismo real. También habla repetidamente de su decepción con Jean-Paul Sartre, de quien era devoto seguidor y de quien, sin negar su inteligencia, deja en el libro citas suficientes para comprender recordar que el padre del existencialismo defendió los campos de concentración soviéticos y negó cínicamente la evidente represión ideológica comunista.

Del rechazo a las dictaduras de cualquier signo al liberalismo pasa –él mismo lo explica- de manera lenta, avanzando como el escalador, agarrando puntos firmes para atreverse a llegar cada vez más lejos. Señala a Popper, Hayek y Berlin como “los tres pensadores modernos a los que debo más, políticamente hablando”. Pero Vargas Llosa escribe dos nombres como definitivos en su llegada al liberalismo, los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. No oculta – ¡ni tiene por qué hacerlo! – su admiración por los dos grandes políticos liberales de finales del siglo XX, decisivos en la demostración de que la libertad y la responsabilidad superan moral y materialmente al socialismo.

Una pieza maestra de una gran construcción intelectual

La delimitación del liberalismo y sus autores que Vargas Llosa hace no se adscribe ni limita a ninguna de sus escuelas. Nos presenta una big tent, un espacio amplio de pensadores que tienen como rasgo común la creencia de que el individuo está por encima del colectivo, que la responsabilidad va unida a la libertad, y que la libertad está por encima de todo. El autor peruano y español no enuncia su propia visión del liberalismo. No se identifica con el anarcocapitalismo, sino que cree que debe existir un Estado pequeño, pero fuerte y eficaz, que asegure “la libertad, el orden público, el respeto a la ley, la igualdad de oportunidades”. Es partidario de que el Estado asegure e incluso provea un sistema educativo de alto nivel a todos, pero cree que la competencia y la iniciativa privada deben ser protagonistas también en el terreno educativo. Cuando habla de igualdad de oportunidades deja claro que no la identifica con igualdad en los ingresos y en la renta, consciente de que “esto último sólo se puede obtener en una sociedad mediante (…) un sistema opresivo”.

Rechaza la identificación del liberalismo con lo que llama una “receta económica de mercados libres”, pero cree que la libertad económica es “una pieza maestra” de la doctrina liberal. Por eso reprocha repetidamente a Ortega y Gasset -a quien sin embargo incluye entre los siete pensadores a los que dedica el libro- el que tuviera un pensamiento económico tan raquítico y tan desconfiado hacia el capitalismo.

Unas ideas para los humildes

En el concepto de liberalismo de Vargas Llosa está muy presente la noción de humildad, que se traduce en el empeño en limitar el poder en lugar de aprovecharlo, y se traduce también en la humildad intelectual de no pretender tener verdades dogmáticas e inmutables.

Para el autor es esencial la idea de discusión, de debate; la posibilidad abierta siempre de la refutación, que toma de Popper, o las verdades contradictorias que lee en Isaiah Berlin. Es ese espíritu crítico el que “resquebraja los muros de la sociedad cerrada y expone al hombre a una experiencia desconocida: la responsabilidad individual”. Por eso Vargas Llosa gira siempre en torno a la idea de pluralismo, al que considera una necesidad práctica para la supervivencia de los hombres, y que en nada debe ser confundido con el relativismo, porque siguiendo a Popper “la verdad tiene un pie asentado en la realidad objetiva”.

Vargas Llosa nos habla también de los enemigos del liberalismo. El principal de ellos, el constructivismo. Es en el capítulo dedicado a Hayek en el que más rotundamente denuncia “la fatídica pretensión de querer organizar, desde un centro cualquiera de poder, la vida de la comunidad”. Con no menor severidad rechaza ese otro enemigo del liberalismo, mucho más sinuoso, que es el mercantilismo. También con Hayek y con Adam Smith coloca como opuestos al capitalismo los arreglos de ciertos empresarios y ciertos políticos para proteger a los primeros de la competencia mediante barreras, regulaciones o incentivos proteccionistas.

Siete autores

El libro de Mario Vargas Llosa destila alegría y optimismo. La libertad no conduce al caos, sino que genera ese orden espontáneo hayekiano, basado en las decisiones libres y en la responsabilidad individual. Es el individualismo lo que hace a Vargas ser optimista, a diferencia del pesimismo que le produce el hombre-masa de Ortega, igualado en un ser colectivo en el que abdica de su individualidad. La libertad es la diferencia, y es una libertad que, para el autor, no existe si no es completa: no puede haber libertad si falta la libertad política, o la económica, o la de creación y pensamiento. Por eso el libro es también un respaldo a la democracia liberal y un rechazo a cualquier forma de dictadura.

Para explicar su propio recorrido vital se apoya en siete autores, de los cuales hace un fascinante retrato personal e intelectual. Presta mucha atención a las circunstancias de sus vidas, y también a las personas de su entorno. Adam Smith en sus tertulias, en su vida universitaria, y en su amistad con David Hume. Ortega en la Europa del auge totalitario, en la guerra civil y en la posguerra. Hayek con Mises, pero sin ser igual a Mises. Popper en Nueva Zelanda, en la London School of Economics… y apartándose del atizador que agita Wittgenstein. Aron frente a todos, especialmente en esos días confusos de mayo de 1968. Isaiah Berlin en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, o en Leningrado en su noche casta y transformadora con la poetisa represaliada Anna Ajmátova. Revel, en fin, vital, jovial, sagaz y demoledor en la denuncia de los liberticidas.

Claridad y estilo

Hay en el libro una crítica recurrente a los intelectuales, lo que dice mucho de la honradez de pensamiento de Mario Vargas Llosa. Rechaza el elitismo de Ortega y, con Hayek y Popper, coincide en denunciar al intelectual constructivista, o simplemente oscurecedor y tenebrista. Adictos a ese opio de los intelectuales que valientemente denunció Raymond Aron, el escritor peruano concluye –siguiendo a Revel- que “por lo general los pueblos son mejores que la mayoría de sus intelectuales: más sensatos, más pragmáticos, más libres”.

Nos quejamos muchas veces los liberales de que nos faltan claridad, estilo y atractivo para presentar las ideas de la libertad. Al leer “La llamada de la tribu” tenemos por fin entre las manos lo que deseábamos. Sin ser perfecto, sin dejar de ser opinable –refutable, diría su admirado Popper-, lo que ha escrito Vargas Llosa merece ser leído por muchas personas de muchas generaciones. Es imposible encontrar mejor cicerone para hacer un recorrido y disfrutar de un paseo exquisito por ese jardín frondoso, variado y abierto que son las ideas de la Libertad.

Cuando Ratzinger y Hayek se conocieron

Kai Weiss. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Desde la muerte del Papa Benedicto XVI en Nochevieja, se ha escrito mucho sobre su legado. Sin duda se escribirá mucho más sobre él en las próximas décadas y siglos. Porque él, Joseph Ratzinger, fue verdaderamente un profeta de nuestro tiempo, una voz magisterial y una de las mentes más grandes de los últimos siglos.

Lo que es menos conocido de él es un encuentro que tuvo con otra gran mente del siglo XX, el Premio Nobel de 1974 Friedrich August von Hayek, en un debate poco conocido. Fue en el Salzburger Humanismusgespräche (los Debates de Humanidades de Salzburgo), en diciembre de 1976. A primera vista, parece inconcebible que Ratzinger y Hayek tuvieran mucho que decirse. Sin embargo, aquí en los debates de Salzburgo -graciosamente señalados por un querido amigo de Viena- estos dos hombres, el entonces de 77 años Hayek y el entonces joven de 49 años Ratzinger, se encontraron y debatieron. Y, de hecho, parecían llevarse bastante bien.

El papel de los intelectuales

El tema del debate era el papel y la comprensión del intelectual en nuestro mundo. ¿Están los intelectuales demasiado confiados en su capacidad para concebir nuevas ideas de supuesto progreso? ¿Ha llegado el momento de decir adiós a las ideas utópicas? Como era de esperar, teniendo en cuenta sus feroces ataques a la pretensión de conocimiento de intelectuales y científicos en los años anteriores, Hayek, que hizo los comentarios introductorios al debate, no se privó de atacar a la clase intelectual de su tiempo.

De hecho, comenzó sus comentarios de forma sombría equiparando al intelectual nada menos que con un ahorcado: “En la casa del ahorcado no se menciona la soga. Así que no se debería hablar de intelectuales en el estudio de radiodifusión. Pero son simplemente una fuerza conspicua”.

El utopismo

Para Hayek, los intelectuales no son eruditos como tales. En su lugar, son “comerciantes de ideas de segunda mano”. Suelen tener una voz desmesurada en el discurso público porque están bien considerados por otras razones distintas de las que pretenden conocer. Son capaces de divulgar conocimientos, pero suelen hacerlo con una agenda determinada o, como mínimo, sin entender lo que realmente dicen. No conocen “la ciencia” del asunto independientemente de si se trata de economía, política exterior, cuestiones sociales o quizás, cabría añadir hoy en día, salud pública. Pero se considera que merece la pena escucharles por diversas razones de prestigio.

Para Hayek, el hecho de que nuestra sociedad escuche a estos intelectuales es “un problema muy grave”. El motivo es que todo nuestro discurso público se basa en las opiniones y perspectivas de hombres que no saben de lo que hablan. Precisamente porque no lo saben, proponen visiones del mundo poco convencionales. “Se ha vuelto tan amenazador porque es [en el discurso intelectual] donde emergen las ambiciones atroces de lo que el hombre puede hacer caprichosamente de la sociedad”. Es aquí, no entre los expertos reales, donde surgen las ideas utópicas, argumenta Hayek: “la idea de que todo se puede hacer es, por supuesto, la forma moderna de utopía que persiguen sobre todo los intelectuales”.

Amenaza a la democracia

No se trata sólo de un problema de perjuicio para el discurso público; es, dice Hayek, una amenaza para la propia democracia. Porque en una democracia sin restricciones, explica, los intelectuales podrán hacer oír su voz y serán más capaces de poner en práctica sus desastrosas ideas. En una democracia sin restricciones, el gobierno y los funcionarios dependerán constantemente del apoyo de los grupos de interés dirigidos por esos mismos intelectuales que sueñan con el mundo perfecto. Y así, “el socialismo utiliza la democracia sin restricciones para sus fines”.

Esta situación, continúa Hayek, “me preocupa terriblemente, ya que desacredita tanto a la democracia, que es la única forma de gobierno que protege nuestra libertad individual, que un número cada vez mayor de hombres serios a los que atesoro se vuelven extremadamente escépticos respecto a la democracia”. Y así, Hayek exige una forma de democracia más restringida. Una democracia que esté mejor controlada por otros elementos de gobierno para limitar el poder de los grupos de interés y de la élite intelectual. De lo contrario, estaba convencido, “la democracia se destruirá a sí misma”.

La necedad

Habiendo empezado sombrío y habiendo terminado aún más sombrío, Hayek dejó la palabra a sus tres interlocutores. Huelga decir que los otros dos panelistas quedaron bastante sorprendidos por el feroz ataque de Hayek a la clase intelectual. Uno de ellos se negó abiertamente a hablar en absoluto de los comentarios de Hayek, tachándolos de meras “bromas”.

El otro vio en toda la discusión un “lloriqueo y agresividad encubiertos”, de hecho, una “denuncia” injusta. Para él, Hayek se limitaba a seguir a los marxistas en su definición del intelectual como amenaza. E incurre en un “romanticismo” al elevar a la clase obrera como ideal por encima del intelectual. Se pregunta, ¿por qué el propio Hayek no ha renunciado a su cátedra académica? ¿Por qué no, en su lugar, se ha ido a la fábrica con su amada gente corriente?

Joseph Ratzinger

Aquí es donde el prometedor Ratzinger, futuro Papa, entró en escena y defendió a Hayek, casi treinta años mayor. Argumentó que el origen de la palabra “intelectual” se ha entendido históricamente como hombres que se han ganado una reputación en un campo o actividad y ahora utilizan esta reputación en un campo -o asuntos generales- en el que saben mucho menos. Y concluyó que “me parece que el Sr. Hayek no es tan absurdo en su definición como [nuestros colegas interlocutores] lo han retratado”. Y sin embargo, aunque Ratzinger está de acuerdo con la naturaleza del intelectual, “después de todo, quiere valorar esto de forma diferente a como lo ha hecho el Sr. Hayek”.

Para Ratzinger, los peligros del intelectualismo no son razón suficiente para retirarse de él por completo. Una especialización cada vez mayor y un gobierno de los expertos, cada uno en su campo, tampoco pueden ser la solución, argumenta. Si eso ocurre, la discusión sobre la vida humana en general desaparece y se hace imposible, ya que todo se subjetiviza. Lo que el mundo necesita de nuevo con urgencia son debates sobre la objetividad del hombre, sobre la bondad objetiva de la vida humana, que debería discutirse una vez más sobre la base de la razón humana.

Intelectuales desaforados

En lugar de limitarse a aceptar las premisas de su campo, incluso los académicos tienen que estar dispuestos de nuevo a ir más allá de su campo específico y discutir los grandes temas de la verdad de la vida humana; de hecho, tienen que convertirse en intelectuales hayekianos. El teólogo puede estancarse tanto en su campo como el economista en el suyo. Y ninguno de los dos debería, desde luego, tomar los supuestos básicos de su disciplina y universalizarlos.

Por ejemplo, si la premisa del economista es la teoría del subjetivismo, el economista no debería considerar subjetiva también toda la vida humana. Todo el mundo, en cambio, está llamado -siendo valiente en la humildad de los propios límites, un rasgo con el que Hayek ciertamente podría estar de acuerdo- a discutir los temas generales de la vida humana y el fin, propósito y metas más elevados del hombre.

La actualidad de la advertencia de Hayek

Mucho podría decirse sobre este breve pero valioso diálogo entre estos dos grandes pensadores. Sin embargo, dejémoslo en unas breves notas: las observaciones de Hayek sin duda calan de manera especial en nuestra época. El economista austriaco era un gran defensor de los regímenes políticos liberales entendidos en sentido clásico. Pero vio cómo los intelectuales socialistas utilizaban esos mismos regímenes para manipularlos y derribarlos mediante grupos de presión de intereses. Hoy siguen siendo a menudo socialistas económicos, pero también han encontrado sus nuevos caprichos en el wokismo.

Ante esta situación, muchos de los aliados políticos de Hayek, dice, dieron la espalda por completo a las perspectivas de regímenes políticos libres. Se sintieron tan alienados por el sistema que perdieron toda esperanza en él. ¿Le suena familiar?

La advertencia de Ratzinger

Y, sin embargo, Ratzinger nos recuerda -y debería recordárselo a los hayekianos y a todos los que pertenecen a la tradición liberal clásica- que quizá el verdadero problema es que en Occidente hemos descuidado los debates sobre los bienes más elevados, sobre lo que constituye una vida humana (objetivamente) buena (y que hay múltiples formas objetivamente malas de vivir una vida humana).

Esta fue una de las grandes lecciones de la obra de Ratzinger: que incluso cuando intentamos encontrar formas buenas y sostenibles de alcanzar la prosperidad, nunca podemos perder de vista la propia “ecología humana”. Nunca podemos olvidar que “también el hombre tiene una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo” (aunque no haga daño a nadie manipulándola). Ratzinger advierte, podríamos deducir de sus comentarios: para defender un régimen político libre, hay que hablar de lo que hace al ser humano capaz de ser libre, de lo que hace que la vida humana sea verdaderamente bella y excelente. Descuidar esto podría conducir precisamente al colapso que observa Hayek.

Tenemos aquí, pues, poco menos que los debates que mantienen hoy conservadores y liberales clásicos, y por tanto también una oportunidad de aprender de estas grandes mentes, ambas por derecho propio. De hecho, al tener en cuenta tanto las profundas ideas del realismo de Hayek sobre lo que la política puede hacer (o, quizá más a menudo, lo que no puede hacer) con las magníficas consideraciones de Ratzinger sobre la vida humana, podríamos obtener una perspectiva totalmente nueva de nuestro mundo actual.

La vida de un viejo whig impenitente

Samuel Gregg. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

Una característica definitoria del siglo XX fue el desplazamiento de la economía de la periferia de la vida académica al centro del discurso político. Esta evolución fue personificada por el economista más famoso del siglo XX, John Maynard Keynes. Acontecimientos como la Gran Depresión contribuyeron al ascenso a la fama de Keynes, pero también lo hizo la fuerza de las ideas económicas a medida que los gobiernos trataban de hacer frente a problemas como el desempleo masivo y la inflación galopante, a menudo en un contexto de radicalización política.

Parte del atractivo de Keynes era su promesa de que los gobiernos podrían gestionar las economías capitalistas mediante una combinación de políticas macroeconómicas e intervenciones oportunas. Sin embargo, bajo el programa de Keynes había otra serie de preocupaciones. Keynes siempre se consideró un liberal y un defensor de la civilización liberal frente a socialistas, nacionalistas y fascistas. Una convicción similar impulsaba al hombre cuyas ideas llegaron a simbolizar la oposición a Keynes y a la revolución keynesiana en economía.

Se han escrito varias biografías de Friedrich August von Hayek (1899-1991). Hasta ahora, ninguna se había acercado a la biografía en tres volúmenes de Robert Skidelsky sobre Keynes. La publicación de Hayek: A Life, 1899-1950 (2022), de la que son coautores dos distinguidos historiadores del pensamiento económico, Bruce Caldwell y Hansjoerg Klausinger, rectifica esa situación. Como escribe el propio Skidelsky: “Este es el Hayek definitivo para nuestros tiempos”.

Aunque Caldwell y Klausinger admiran a Hayek, su biografía -la primera de una obra proyectada en dos volúmenes- no es una hagiografía. El Hayek que se desprende de este texto es en cierto modo un solitario encantador que mantenía las distancias consigo mismo, salvo con un pequeño número de personas. Según su hija Christine, Hayek era bastante despistado como padre y marido. También cometió errores en su vida profesional y personal, a menudo por malinterpretar situaciones y personas. Sin embargo, también nos encontramos con un hombre cuya profunda curiosidad por el mundo iba acompañada de un valor y una integridad intelectual considerables.

La plenitud de la imagen que Caldwell y Klausinger ofrecen de la vida y las ideas de Hayek se debe en gran medida a su exhaustivo estudio de las fuentes primarias. Es difícil exagerar lo impresionante que resulta. Las fuentes incluyen extensas entrevistas con el propio Hayek y con su hijo y su hija, así como muchas fuentes de archivo hasta ahora no examinadas, correspondencia personal, familiar y profesional, revistas, diarios, tarjetas de notas, listas de lectura y documentos inéditos. Este material se ha cruzado cuidadosamente para acercarse lo más posible a la verdad sobre el hombre. Este proceso, afirman Caldwell y Klausinger, puede “parecer una pedantería, pero tal cuidado es particularmente importante cuando el tema de uno es alguien como Friedrich Hayek, que fue, es y seguirá siendo una figura controvertida”.

Traumas vieneses

La controversia va siempre unida a la complejidad. En el caso de Hayek, se debe en parte a sus orígenes sociales en la Viena finisecular de clase media alta, entonces capital del multiétnico Imperio de los Habsburgo. Su padre, August von Hayek, y su madre, Felicitas von Juraschek, procedían de la baja nobleza y compartían formación académica. Agnósticos en cuestiones religiosas, los padres de Hayek habían crecido en la estela del “imperio liberal”: un periodo de las décadas de 1860 y 1870 durante el cual los reinos de Habsburgo experimentaron reformas dirigidas por políticos liberales de habla alemana.

La liberalización había llegado a su fin en la década de 1890. Para entonces, el imperio bullía de tensiones económicas, políticas, sociales, étnicas y religiosas. Su minoría alemana dominante se sentía cada vez más asediada por húngaros, checos y polacos. En Viena, era la creciente importancia de los judíos en la vida política, económica y académica, lo que molestaba a muchos alemanes étnicos.

El auge de las expresiones raciales del antisemitismo afectó a muchas familias alemanas vienesas. Entre ellas se encontraban el padre, la madre y al menos uno de los tres hermanos de Hayek. Su padre, médico y botánico aficionado, se unió a una organización médica alemana que estaba “comprometida con ‘la defensa de los médicos no judíos contra los judíos'”. Uno de sus hermanos, Heinz, se unió a las SA (la organización paramilitar del partido nazi) en 1933 y se afilió al partido nazi en 1938. Un “antisemitismo tácito”, observó Hayek retrospectivamente, estaba presente en el hogar familiar. El propio Hayek, demuestran Caldwell y Klausinger, rechazó sistemáticamente estas asociaciones. Tras un coqueteo con el socialismo a su regreso de la guerra en 1918, Hayek mantuvo sus opiniones liberales clásicas y no abrazó posiciones antisemitas ni etnonacionalistas. Eso provocó crecientes tensiones con su madre y su hermano a lo largo de la década de 1930, a la luz del apoyo de éstos a los nacionalistas de extrema derecha y luego al régimen nazi tras el Anschluss de marzo de 1938.

Para entonces, Hayek vivía en Gran Bretaña y era una de las estrellas de la London School of Economics, para la que había sido reclutado por el entonces principal crítico económico de Keynes, Lionel Robbins. Pero Austria seguía siendo un punto de referencia constante para Hayek. Allí había encontrado muchas de las ideas fundamentales que le guiarían, los lugares donde se sentía en paz y la mujer que sería el amor de su vida.

El rompecabezas

Esto, sin embargo, es adelantarse a los acontecimientos. Dividida en seis partes, la biografía de Caldwell y Klausinger lleva al lector a través de la historia familiar, la infancia y la escolarización de Hayek (era un estudiante brillante pero perezoso), su servicio en la guerra, sus estudios en la Universidad de Viena en los años veinte y su posterior formación como economista, su eventual traslado a Inglaterra, sus batallas intelectuales con Keynes a lo largo de los años treinta y la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Concluye con su traslado a Estados Unidos tras un complicado divorcio, un triste asunto en el que Hayek no aparece bajo una luz favorable.

A medida que Caldwell y Klausinger recorren las décadas, nos llevan a través de las convulsiones políticas y económicas del periodo y de las reacciones de Hayek a lo que estaba ocurriendo en Occidente. Desde el punto de vista intelectual, sugieren que Hayek era un “rompecabezas”, “alguien que volvía y repensaba una serie de afirmaciones, añadiendo nuevas ideas por el camino”.

Según ellos, el motivo principal fue que Hayek no dejaba de enfrentarse a los “mismos argumentos de siempre” sobre política y economía. Por profundas y amplias que fueran las pruebas que ilustraban, por ejemplo, las locuras de una amplia intervención económica gubernamental, Hayek descubrió que la realidad era -y es- que siempre habrá gente que quiera creer que, por ejemplo, la política industrial funcionará de algún modo si se dan las condiciones adecuadas o si se les pone al mando. El destino de los liberales de mercado, al parecer, es ilustrar las falacias de tales esquemas y soportar el oprobio que ello conlleva.

Keynes como Némesis

Hayek se encontró en este papel más o menos desde el momento en que fue invitado a dar una conferencia en la LSE. “Me siento como una Casandra”, dijo a Robbins en 1931. Aunque gran parte de su trabajo se centraba en la teoría de los precios y del capital, Hayek había sido traído a Inglaterra para combatir la creciente influencia de Keynes entre los economistas. Caldwell y Klausinger señalan que, curiosamente, Keynes y Hayek eran bastante parecidos. Ambos pertenecían más o menos a la misma clase social, estaban dotados académicamente, eran productos de sus respectivos medios intelectuales (Cambridge y Viena), agnósticos, religiosos e inclinados a recordar la Gran Bretaña de finales del siglo XIX como una edad de oro liberal. Incluso compartían intereses intelectuales ajenos a la economía, como la historia de las ideas. Estas cosas, además de un grado de tolerancia menos evidente en la vida académica contemporánea, explican las buenas relaciones entre los dos hombres, a pesar de sus formas de pensar a menudo diferentes.

Ahí radica uno de los temas más importantes que se desprenden del estudio de Caldwell y Klausinger sobre la vida de Hayek. Más allá de los tecnicismos de sus disputas, que comenzaron con la enérgica crítica de Hayek al Tratado sobre el dinero (1930) de Keynes, las disputas más profundas entre los dos hombres giraron en torno a dos cuestiones.

Una era sobre la propia economía. Puede que Keynes y Hayek discutieran sobre temas tan especializados como el tipo de interés natural, pero lo que realmente estaba en juego era la ambición emergente de Keynes de replantear la economía de modo que la “acción” teórica, por así decirlo, se alejara de un enfoque centrado en los precios y en el reajuste constante de los factores de producción y distribución en respuesta al funcionamiento de los precios libres, y se dirigiera hacia un método de pensamiento en agregados: una teoría general por la que la atención se dirigiera principalmente hacia una anticipación constante de una deficiencia en la demanda global que la política económica gubernamental debe estar dispuesta a rectificar para preservar el pleno empleo. La segunda disputa se refería al liberalismo del siglo XX. A pesar de toda su admiración por la Inglaterra liberal del siglo XIX, ni Hayek ni Keynes veían posibilidad alguna de volver a esa época. El liberalismo, creían ambos, debía replantearse a la luz de los desafíos del siglo XX.

Ambas cuestiones estaban, como muestran Caldwell y Klausinger, interrelacionadas, y convergieron gradualmente en el papel del gobierno en la economía. La tendencia de Keynes a cambiar de opinión en muchas cuestiones políticas complicó el debate. Esto convirtió a Keynes en un blanco móvil para Hayek. Otro problema era que Hayek seguía comprometido con la importancia de desarrollar una teoría económica sólida, especialmente como forma de contrarrestar a los maniáticos y a quienes pretendían hacer mucho daño en nombre de la conveniencia. En cambio, Keynes se centraba más en los retos políticos inmediatos. Ambas perspectivas desempeñan un papel en el pensamiento económico, pero de la exposición de Caldwell y Klausinger se desprende claramente que, en ciertos aspectos, Hayek y Keynes acabaron hablando más de la cuenta.

Camino de servidumbre

El gran misterio del enfrentamiento Keynes-Hayek es por qué Hayek nunca escribió una crítica de la Teoría General de Keynes. Esto es tanto más desconcertante cuanto que, en 1936, Hayek y Robbins estaban perdiendo su guerra contra Keynes. La continua huida de economistas y estudiantes de economía hacia Keynes y su revolución económica dejó cada vez más abandonados a los liberales de mercado.

Las explicaciones de Hayek sobre esta laguna en su vida posterior fueron un tanto poco convincentes. Iban desde el cansancio de las interminables disputas hasta su temor a que Keynes volviera a cambiar de opinión. Caldwell y Klausinger especulan con que Hayek vaciló porque A.C. Pigou -heredero del gran economista de Cambridge Alfred Marshall y principal representante de la economía clásica atacada por la Teoría General de Keynes- escribió una crítica tan devastadora e “inusualmente desenfrenada” del libro en Economica que Hayek “no quería dar la impresión de estar atacando”. No todo el mundo lo encontrará convincente. Pero sea cual sea la verdad, la decisión de Hayek de no reseñar el libro, afirman Caldwell y Klausinger, “fue, como mínimo, un error de cálculo”.

Por aquel entonces, Hayek estaba inmerso en la redacción de un tomo muy técnico, La teoría pura del capital (1941), en el que trataba de desarrollar una explicación más exhaustiva de la estructura del capital de una economía. Puede que Hayek fuera reacio a distraerse de ello metiéndose en otro combate de boxeo con Keynes. Pero Caldwell y Klausinger muestran que el propio Hayek se estaba alejando simultáneamente de la economía técnica. Al igual que otros destacados liberales clásicos de la década de 1930 -Wilhelm Röpke, Walter Eucken, Jacques Rueff, etc.-, Hayek se sentía atraído por la exploración de las raíces más profundas del colapso de la civilización liberal en el siglo XX. Hayek creía que esa autopsia era un requisito previo para revivir un liberalismo preparado para el siglo XX.

Aquí radican las raíces del libro más famoso de Hayek, Camino de servidumbre (1944). El texto surgió de una investigación mucho más amplia de Hayek sobre el auge de las ideas colectivistas y el atractivo de la planificación gubernamental. Debía adoptar la forma de una obra en dos volúmenes titulada “El abuso y la decadencia de la razón”. Este proyecto nunca llegó a completarse. No obstante, dio frutos considerables. Desde la devastadora crítica de Hayek al cientificismo hasta su evaluación, en gran medida negativa, de John Stuart Mill. También incluyó el artículo seminal de Hayek en la American Economic Review “The Use of Knowledge in Society” (1945).

Pero Camino de servidumbre fue el producto más famoso de este proyecto, y Caldwell y Klausinger nos adentran en los detalles más sutiles de su composición, publicación y secuelas. Aunque concebido y presentado como un libro de política popular, Camino de servidumbre era también una obra de economía política en la medida en que aunaba la economía con la historia y la filosofía para explicar cómo la planificación económica puede llevar a una nación a la servidumbre. En este sentido, el libro subraya el desacuerdo de Hayek con la dirección de la investigación económica de posguerra, que ya estaba siendo impulsada por las matemáticas y los modelos por los keynesianos y otros con un grave caso de envidia de la ciencia.

Viaje a América

La popularidad de Camino de servidumbre en Estados Unidos superó con creces su acogida en Gran Bretaña. “Prácticamente”, escribió Hayek más tarde, “todos los contactos que me llevaron a visitas posteriores y que finalmente hicieron posible mi traslado a Chicago se hicieron” durante un viaje a Estados Unidos en 1945 para promocionar Camino de servidumbre. Pero el libro resultó ventajoso para Hayek de otras dos maneras. En primer lugar, contribuyó a crear el impulso necesario para que Hayek consiguiera financiación estadounidense para la primera reunión de lo que llegó a llamarse la Sociedad Mont Pèlerin: un grupo internacional de pensadores liberales clásicos que sentaría las bases de una oposición a largo plazo contra el keynesianismo y la planificación económica.

América, sin embargo, resultó tener otro significado para Hayek. Aquí llegamos a lo que Caldwell y Klausinger denominan la mayor crisis de la vida de Hayek. Nunca antes se había contado la historia completa.

Caldwell y Klausinger cuentan que a principios de los años veinte Hayek se enamoró de una prima lejana, Helene (“Lenerl”) Bitterlich. En virtud de varios factores, como unas intenciones insuficientemente declaradas, la desconfianza natural de Hayek y malentendidos mutuos, ella acabó casándose con otro. Hayek se casó entonces con Helena (“Hella”) von Fritsch y tuvo dos hijos. Sin embargo, nunca superó su gran amor. A principios de los años 30, él y Lenerl decidieron que algún día estarían juntos. Hella, comprensiblemente, se mostró contrariada y se negó a acceder a la petición de divorcio de Hayek. Entonces llegó la guerra. Fritz estaba en Londres. Lenerl se quedó en Viena.

Después de la guerra, Hayek buscó activamente el divorcio de su mujer. Hella, sin embargo, no tenía intención de seguirle el juego. Los detalles de los acontecimientos posteriores son dolorosos de leer. Cuando Hayek abandonó el hogar familiar el 28 de diciembre de 1949, Hella se dirigió a su hija y “le dijo simplemente: ‘No va a volver'”. El resultado final fue una despedida profundamente enconada, la dimisión de Hayek de la LSE, complicadas negociaciones financieras y procedimientos legales en Arkansas de divorcio rápido. Lionel Robbins estaba tan horrorizado por el trato que Hayek daba a su mujer que puso fin a su amistad. Finalmente, Hayek consiguió un puesto en la Universidad de Chicago (aunque, como dato revelador, en el Comité de Pensamiento Social y no en el departamento de economía) y se trasladó a Estados Unidos con Lenerl.

Hayek terminó así la primera mitad de su vida casado con la mujer que amaba, pero alejado de viejos amigos, viviendo en un país donde nunca se sentiría a gusto, en la penuria económica, cada vez más olvidado como economista y en desacuerdo con la dirección que estaba tomando la economía como disciplina. El tipo de economía que perseguía Hayek, que se basaba en argumentos en prosa, era considerado anticuado por la mayoría de los economistas, para quienes la modelización matemática se convirtió en un artículo de fe que el propio Keynes nunca habría abrazado. A la larga, se llegaría a una situación en la que era más importante para las carreras de los economistas producir modelos econométricos elegantes y cargados de fórmulas que resultaron ser totalmente erróneos en sus predicciones que argumentos escritos sobre la lógica de las relaciones económicas que, aunque menos cargados matemáticamente, tenían mucho mejor poder predictivo.

La pizarra para Hayek, concluyen Caldwell y Klausinger, había sido así borrada, aunque dolorosamente. No auguraba un futuro prominente para Hayek. La historia de cómo no fue así se contará en el próximo volumen. Si está tan bien escrito e investigado como el primero, aprenderemos aún más sobre una de las mentes económicas y pensadores liberales clásicos más importantes del siglo XX.