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Etiqueta: Pensamiento liberal

El denostado error empresarial también existe

Cada vez que se organizan jornadas de emprendimiento con la idea, real o ficticia, de fomentar el surgimiento de empresarios, estimular la iniciativa empresarial, etc., los organizadores suelen exhibir como en un mostrador un rosario de casos exitosos, e invitan a empresarios que sí lo supieron hacer, nos cuentan cómo desarrollar una idea, cómo emplear los recursos de la mejor manera posible, cómo acertar.

Verdaderamente, resultaría muy extraño organizar un seminario o un congreso en el que los empresarios nos contaran sus fracasos, en qué metieron la pata, las circunstancias que les llevaron a tomar decisiones equivocadas. Y, sin embargo, los errores tienen un valor enorme en la toma de decisiones, también en las empresariales.

Para una persona que se dedica a rastrear en las teorías, modelos e ideas económicas ortodoxas y heterodoxas, también las que no han servido, aparentemente, para nada, no tiene nada de particular. Por supuesto, cuando se trata de transmitir a los alumnos qué justifica la existencia de una asignatura como Historia del Pensamiento Económico es vital dejar claro que los intentos por explicar el comportamiento de los agentes económicos, de las relaciones entre las variables económicas, la metodología adecuada para la ciencia económica, son todos importantes, también los intentos fallidos. Y, precisamente, esos intentos son los que deben ser desmenuzados para evitar que se conviertan en mito, como sucede con la teoría keynesiana. De ahí la importancia de libros como Los errores de la vieja economía de Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana.

En una época como la que vivimos, en la que la desconfianza en el futuro y el desaliento se van instalando en nuestros hogares, en las empresas y en la vida cotidiana, hay que desmentir que el error y el fracaso son evitables. Al revés, se trata de integrar el error como parte de la teoría económica. Y eso es una de las diferencias de la Escuela Austriaca respecto a otras corrientes de pensamiento económico.

La lectura del artículo de Juan Carlos Cachanosky, "Las decisiones empresariales y las predicciones en economía", publicado en la revista LIBERTAS en el año 2000, deja las cosas bien claras. Efectivamente, la idea de partida es que la sociedad es un sistema hipercomplejo en el que las predicciones no tienen el mismo significado ni fiabilidad que las predicciones que se realizan en las ciencias naturales. Y la economía es una ciencia social que estudia la acción humana. No solamente es imposible predecir el comportamiento humano individual, cuando se trata de un grupo de personas, la cosa se complica, y si se trata de un mercado amplio y anónimo, aún más. El conocimiento es la clave. Como Hayek nos enseñó: el problema económico de la sociedad (…) es un problema de la utilización de un conocimiento que no le está dado a nadie en su totalidad.

Por ese motivo, para que las previsiones empresariales respecto del valor de la empresa y el coste medio del capital sean las más rigurosas y el decisor maneje los datos más adecuados, es necesario que no haya una mano arbitraria que manipule las variables. Lo que no sucede en las economías intervenidas, como la nuestra. Y, además, incluso si la decisión es la correcta, el resultado, como señala Cachanosky, puede no ser exitoso.

Hay que aprender a moverse en un entorno de incertidumbre en el que se pueda aprender de las lecciones positivas y negativas. Cuando las autoridades monetarias europeas hacen test de stress de los bancos, perfilan varios escenarios. Esta estrategia pone de manifiesto que por más datos y modelos econométricos que tengamos, no se pueden poner puertas al campo. Estas herramientas son útiles si nos atenemos estrictamente a qué nos indican y si tenemos siempre muy en cuenta el componente subjetivo que hay detrás.

Pero, desgraciadamente, en nuestra sociedad nos aferramos al dedo y no miramos la luna. Es decir, mitificamos el instrumento, lo hacemos bello, estético, sofisticado, y olvidamos qué hace ahí, para qué debería servirnos. Y, lo que es peor, lo manipulamos por intereses políticos nefandos, para que sustente una decisión tomada a priori. Así, nuestros gobiernos elegidos democráticamente estimulan determinadas actividades, determinados negocios, sectores, que supuestamente van a llevar a nuestro país a la cima de Europa, nos van a hacer competitivos y exitosos y nos lo demuestran con escenarios perfectamente diseñados, contra factuales, proyecciones a futuro, y nosotros les aplaudimos. Cuando lo cierto es que no hay conocimiento superior al del mercado libre. Se trata del famoso orden espontáneo del que tanto hablamos y que tanto miedo nos da. Si dejamos que sea el conocimiento que el propio sistema social hipercomplejo el que guíe cuáles son las inversiones rentables, los negocios en los que hay oportunidades de ganancias, entonces los empresarios podrán ejercer su función descubridora de esos mercados aún no desvelados.

Probablemente, al leer estas líneas, aparezca en la mente de todos la idea de la regulación, la protección frente al abuso, etc. Efectivamente, son necesarias leyes. Pero a lo que hemos llegado es a que nos dirija el miedo. Por miedo a no tener esa protección, hemos derivado en una esclerotización de lo que fue un mercado y hoy es un híbrido planificado. Y los abusos, no solamente no se evitan, sino que han aumentado y se han estatalizado.

Volvamos a leer a Hayek.

Mimemos el beneficio empresarial

Después de más de un mes, retomo mi actividad normal en este rincón de VozPópuli. Mi primera reflexión es que han pasado muchas cosas desde entonces y, sin embargo, no ha cambiado nada. La mentalidad es la misma, tanto por parte de los ciudadanos como por parte de los encargados del chiringuito. La situación, también. Eso sí. En medio de mi silencio han pasado las fiestas navideñas. El confeti del día siguiente es sórdido. Y las felicitaciones de año nuevo con sonrisa de “aquí no pasa nada” no es que se vayan a chocar con la realidad, es que ya chocan con ella desde hace tiempo. Aunque no lo notemos.

La ilusión de la calma

Porque uno de los fenómenos que se observa al alejarse del ruedo y prestar atención a lo que se dice en la calle es que, a pesar de las huelgas, los parados y las previsiones, la gente tiene la sensación de que tan mal, tan mal, no estamos y que tampoco vamos a estar mucho peor. Esta idea es alimentada por los responsables del gobierno quienes, una vez conseguido el objetivo de driblar el rescate, esperan seguir alargando lo que tenga que venir. Y “lo que tenga que venir” nadie sabe muy bien qué es.

La explicación es que no hay más datos negativos. No han aumentado las malas noticias y eso alimenta la esperanza de que, por lo menos, no seguimos a tumba abierta. Pero se nos olvida que esta aparente calma no indica que estemos bien. No se han solucionado los problemas que teníamos: seguimos teniendo una deuda inabordable, de la que apenas podemos pagar los intereses; seguimos siendo los campeones del paro; seguimos teniendo una actividad empresarial raquítica… Pero, como no vamos a peor, no vamos mal. Y esa es la falacia, no vamos peor aunque seguimos yendo mal.

Hay que mimar los beneficios empresariales

Uno de los puntos negros que señalan analistas como Daniel Lacalle es el deterioro de los beneficios empresariales. Y sé que suena fatal decirlo porque hay gente comiendo en centros asistenciales y familias al completo en el paro, pero los beneficios empresariales bajos nos perjudican a todos. El que la relación entre los beneficios empresariales y el coste de capital se deteriore choca con la visión generalizada transmitida a la gente de la calle por la evolución de la prima de riesgo y el índice bursátil. ¿No era que una prima de riesgo más relajada significaba que los mercados nos consideran más capaces de devolver las deudas? ¿No significa la trayectoria de la Bolsa que no estamos tan mal? ¿No están por los suelos los tipos de interés? ¿No debería verse estimulada la inversión?

Pues no. O no del todo. Resulta que lo que vemos es el resultado del más o menos hábil manejo de las autoridades de los tipos de interés y las políticas monetarias “escapistas” que consisten en monetizar la deuda, sea a las claras, o vía préstamos blandos del BCE. La intervención de los gobiernos en este sentido no hace desaparecer el riesgo crediticio como por arte de magia, los datos nos dicen que los préstamos morosos siguen subiendo, los beneficios están estancados o empeoran porque a pesar de los tejemanejes políticos la realidad se impone y la maquinaria no tira. Es decir, no se puede sacar de donde no hay. Y da lo mismo que le den una manita de pintura, que bajen tipos, que inyecten por donde sea… no da para más.

La mirada de la gente

Mientras todo esto sucede, en otro lugar de la galaxia, en la calle concretamente, se alimenta la ira contra todo lo que signifique beneficio, empresario, capital, sin saber que los iPads, las cenas de Navidad, los Roscones, los perfumes, las rebajas de Zara, las doce uvas sin pepitas, son fruto de eso… de empresarios que buscaban beneficios e invertían su capital para lograr su propio interés. Porque buscar el propio interés no implica desear o buscar el mal para los demás. Tener más no implica que los demás tengan menos. No hay una cantidad fija de bienes, de riqueza o de dinero. Así que desahogar la frustración del poder adquisitivo perdido es natural, sano y estaría muy bien si se enfocase correctamente hacia quienes tienen responsabilidad en ello.

Por ejemplo, esos gobernantes que manipulan los tipos de interés, las autoridades que aprovechan los créditos blandos del BCE para monetizar deuda, quienes siguen mareando la perdiz rescatando bancos que deberían haber cerrado hace tiempo. Lo cierto es que esos empresarios grandes o pequeños que siguen dando la batalla para mantener la empresa viva, son quienes van a generar puestos de trabajo para nuestros seis millones de parados. Y si no tienen el apoyo de todos, es decir, si no deja de ser una lacra decir “soy empresario” en este país, si no se siento uno impelido a disculparse porque su empresa va bien, o porque obtiene beneficios, o porque está invirtiendo, o porque su empresa se expande… no vamos a conseguir nada. Si cada vez que se nombra la palabra “beneficio empresarial” alguien grita “¡que pague más impuestos que para eso tiene más!”, no vamos a ninguna parte.

El Estado, como decía Juan Ramón Rallo, no son los Reyes Magos que traen a cada uno lo que sueña sin hacer nada. Tú pagas. Por eso, cuando el despilfarro es tan patético que aburre, hay que defender al que sí se gasta su dinero en desarrollar una idea, ponerla en práctica y sacar un beneficio.

La Escuela de Salamanca reloaded

Escribo este comentario con el año recién acabado, y me hace ilusión comenzar 2013 con una referencia a la Escuela de Salamanca (tomando prestado uno de los títulos de la serie Matrix). Ya tuve ocasión de explicarles que este mismo año hemos celebrado algunos centenarios: como el de Diego de Covarrubias, Fernando Vázquez de Menchaca o la publicación del Governador Christiano de Juan Márquez, circunstancias que me han permitido recordar el pensamiento de aquellos doctores contemporáneos al inspirador de nuestro Instituto Juan de Mariana.

Pues bien, añado como colofón lo siguiente: hace tres o cuatro semanas asistí a un interesante Seminario del Capítulo de Historia de AEDOS en torno a la Escuela de Salamanca, del que quería hablarles. Giraba en torno a tres Mesas Redondas para analizar la "actualidad de su pensamiento", como señalaban sus organizadores Fernando Fernández y José Andrés Gallego: "Durante muchos años, se valoró casi exclusivamente en función de sus aportaciones al futuro derecho internacional (hasta el siglo XIX, "derecho de gentes") y, en el último medio siglo, se ha llegado a concluir que, simplemente, no habían sido leídos de forma exhaustiva y se habían pasado por alto otros aspectos capitales: la recuperación de conceptos básicos de la metafísica tomista, el pensamiento económico y político, la aplicación de la antropología y de la filosofía del derecho al principio de ‘la responsabilidad de proteger’ como un aspecto de la razón natural compartida por todas las naciones…".

Así, una primera reflexión abordó el marco histórico y el ámbito conceptual: desde la clasificación de sus autores y descripción del pensamiento (Juan Belda) hasta una interesante referencia a la crisis económica actual (Francisco Gómez Camacho). Por medio, Idoya Zorroza explicó el desarrollo y objetivos del proyecto editorial sobre Pensamiento Clásico Español de la Universidad de Navarra, que incorpora bastantes obras de los maestros salmantinos.

La segunda Mesa Redonda trató de los desarrollos filosóficos, teológicos y jurídicos, a partir de una exposición sobre Antropología y Ley Natural (Francisco Carpintero). Se trataba de comparar el ideárium de Tomás de Aquino con el de la Segunda Escolástica, particularmente a partir de los jesuitas Gabriel Vázquez y Francisco Suárez. Del mismo modo se planteó una de las tensiones doctrinales en la Alta Edad Media (Mario Šilar), entre canonistas y teólogos: en ambos casos, se puede ver el conflicto como una manera de avanzar en la especulación racional.

El contrapunto a una perspectiva demasiado intelectual vino desde la experiencia americana de los dominicos (Miguel Ángel Medina): cómo las cartas llegadas del Nuevo Mundo pudieron ser el detonante de las Relecciones de Vitoria en torno al poder civil y al estatuto de los indios. También se destacaron las tempranas críticas a la esclavitud (José Carlos Martín de la Hoz). Lo que nos refirió al problema de la libertad religiosa (Gerardo del Pozo) que, siendo planteada por nuestros Doctores, debió esperar al concilio Vaticano II para su comprensión moderna.

Ya en horario vespertino se abordó una tercera cuestión: los desarrollos económicos y políticos. José Antonio García Durán abrió la jornada con una referencia a la banca medieval en Gonzalo de Berceo, explicando que la liberalidad y la magnanimidad permiten conformar el horizonte temporal a largo plazo. También la seguridad jurídica, la estabilidad de las leyes y el cumplimiento de los acuerdos (Victoriano Martín) facilitan el desarrollo económico: no es un disparate encontrar en Luis de Molina y otros escolásticos un antecedente de la Nueva Economía Institucional (defensora de un Estado moderado junto al respeto de los derechos de propiedad).

Este punto abrió un interesante debate en torno a los límites de la propiedad privada (qué sea la "extrema necesidad"), la obligación moral de la limosna y la definición del bien común. Francisco Carpintero precisaría al respecto los términos latinos de "propietas" (referida más bien a una cualidad) frente a "possessio" (el uso y el dominio efectivo de los bienes).

La sesión terminaba con una consideración (Francisco Baciero) sobre el paso de la filosofía política salmantina al pensamiento moderno: propone desmitificar los Tratados sobre el Gobierno Civil de Locke, argumentando un fundamento escolástico nunca reconocido por el escritor inglés. Pero hoy conocemos bien cómo John Locke manejó una edición inglesa del Tratado sobre la Ley de Francisco Suárez, seguramente en sus debates con Filmer. Asimismo, hay que tener en cuenta las citas de Suárez y Bellarmino en el Patriarca de Robert Filmer: curiosamente, criticando la postura antiabsolutista de los autores jesuitas.

En fin, además de un agradable encuentro de muchos académicos interesados en la segunda escolástica hispana, este Seminario de AEDOS nos sigue animando a profundizar en el pensamiento salmantino como una de las más consistentes raíces de la Modernidad.

2012, ¿el año de los recortes?

Dicen que el primer paso para superar un problema es reconocerlo. Aunque la afirmación puede parecer cargada de sentido común, realmente es muy difícil de asumir. En política, casi siempre, los problemas son los que crearon los demás, pero, por razones de lo más variado, cuando se accede al poder, los que eran evidentes en la oposición se asimilan o asumen. La llegada al poder de Mariano Rajoy, hace algo más de un año, llenaba de esperanza a millones de votantes y a algunos otros que, pese a no haberle votado, esperaban que, al menos en lo económico, lo hiciera mucho mejor que su antecesor, José Luis Rodríguez Zapatero.

Cuando José María Aznar llegó al poder, tomó una serie de decisiones económicas que transformaron el erial económico que había heredado de Felipe González en una economía más emprendedora y abierta, y lo hizo en relativamente poco tiempo. Al menos eso es lo que pensó mucha gente que le terminó concediendo una mayoría absoluta en la siguiente legislatura. Ese aparente acierto del pasado era posiblemente la base de la esperanza de los votantes de Rajoy: que el PP, y la derecha en general, sabe más de creación de riqueza que la izquierda, que siempre se ha centrado en el reparto de la existente. Un año después, una buena parte de esos votantes está arrepentida.

A Rajoy y a varios gobiernos regionales del PP se les acusa de recortar, de atacar el Estado de Bienestar, de atentar contra los derechos de los trabajadores públicos y de los beneficiarios de sus servicios. El término “derecho” ha surgido y surge con facilidad en las reivindicaciones de afectados, sindicatos y movimientos de la extrema izquierda que, bajo el paraguas de las revueltas y algaradas callejeras, se han hecho fuertes en las portadas de ciertos medios de comunicación y, con un impacto más limitado de lo esperado, en la calle.

Sin embargo, el año de Rajoy es posiblemente el que muchas fuerzas de la izquierda habrían firmado con los ojos cerrados si el que hubiera tomado las decisiones fuera un líder de su partido. Rajoy ha subido 27 impuestos durante el último año. Por poner tres ejemplos significativos, ha superado el límite máximo de IRPF que proponía la propia IU, ha incrementado el IVA y ha aumentado el de sociedades, impuesto muy relacionado con la maltratada actividad empresarial.

Su reforma del mal llamado mercado laboral no avanza apenas hacia una verdadera liberalización, dejando a trabajadores y empresarios atrapados en un maremágnum regulatorio que no favorece a ninguno.

La Administración sigue siendo la misma. Los tres niveles (central, autonómico y local) siguen contando con servicios duplicados, prosiguen los conflictos entre ellos, avivados por las luchas partidistas, ideológicas y, en los últimos años, con un nacionalismo desbocado, hambriento de recursos que no puede conseguir si no es a base de coacción y amenazas. El dinero que toman de los contribuyentes se gasta en asuntos que les son ajenos, despilfarrando, alimentando corruptelas que a nadie benefician, salvo a los propios corruptos. El gasto estatal se mantiene en niveles muy elevados y ni Rajoy ni las entidades locales o autonómicas parecen haber tomado medidas para que disminuya de manera significativa, ni que la deuda y el déficit retornen a cifras, al menos, asumibles por los sufridos contribuyentes. La burbuja estatal sigue existiendo y corre peligro de explotar, con efectos impredecibles.

Y mientras, el Estado clientelar, el que depende del presupuesto público, sigue incrementándose. Cada vez son más los que dependen de las administraciones estatales, no sólo los funcionarios o trabajadores públicos, incluyendo en este colectivo a los políticos electos que favorecen, en muchos casos, políticas irresponsables, sino también los que reciben (recibimos) los servicios públicos (sanidad, educación, transporte público, pensiones, prestaciones por desempleo, limpieza y mantenimiento viario, etc.) y los que perciben subvenciones o ayudas financieras de distinta naturaleza por las actividades económicas que realizan, pese a que, sin tales ayudas, sus actividades no fueran, en muchos casos, rentables: agricultores, productores de energías renovables, artistas, empresarios ligados a sectores como el inmobiliario o el desarrollo de infraestructuras urbanas, viarias o de transporte, entre otros.  

Y la situación es poco halagüeña si tenemos en cuenta que el propio Estado se ha encargado de acabar con su competencia, con las instituciones que la sociedad civil ha ido creando. Ahora que lo estatal no tiene recursos para tanto compromiso, no tenemos alternativas que nos ayuden, con el agravante de que, en el caso de España, el espíritu empresarial está muy mal considerado, a la vez que la propia naturaleza administrativa y regulatoria lo convierte en una actividad desagradable.

Cada vez son más los que pasan del colectivo netamente contribuyente al colectivo asistido, y a ello hay que añadir una pirámide demográfica cada vez más invertida, con un paro juvenil que supera el 50%. El Estado no cuenta con suficientes ingresos para mantener esta maquinaria ineficiente y cada vez más dañina, pues cada vez somos menos los que podemos aportar dinero a las arcas de Hacienda y cada vez son mayores sus necesidades.

Y habría que recordar a los que se benefician del sistema, a los que viven del presupuesto, que el coste de sus sueldos y gabelas, sus ayudas, servicios y derechos procede en su integridad de los impuestos que pagan ciudadanos y empresas y que, si éstas son cada vez menos y cada vez hay más personas a las que asistir, menos se podrá sostener tal gasto; que las corruptelas podrán ser significativas e importantes, pero que, en ningún caso, cubren el déficit y la deuda, una deuda que se come cada año parte de ese presupuesto.

Habría que recordar a huelguistas y manifestantes del “qué hay de lo mío”, que asolan la ciudad de Madrid con sus reivindicaciones que la situación es inviable y que, les guste o no, les parezca justo o injusto, la manera en que han vivido hasta la fecha resulta insostenible y que los recortes que se proponen no son, ni de lejos, los que deberían ser; que, pese a que nos han enseñado durante décadas lo contrario, el ciudadano debe buscar satisfacer sus necesidades con lo que ingresa y que, si con ello no es suficiente, debería dar prioridad a unos gastos frente a otros, o bien centrar sus esfuerzos en encontrar más fuentes de ingresos, en vez de esperar a que alguien le solucione la vida con el dinero de otros y que sus gritos acobarden o alimenten a algún político populista.

Por último, no puedo dejar de pensar que Rajoy ha querido llegar al poder para gestionar que todo siga como está, que nada cambie de manera profunda y que, cuando la economía mejore en el exterior, reavive a la española y, de esta manera, convertirse en el salvador del Estado de Bienestar. Rajoy no quiere ver los problemas del sistema y propone malas soluciones a corto plazo, soluciones que no pretenden hacer demasiado ruido. 2012 no ha sido el año de los recortes, ha sido el año de la subida de impuestos, ha sido el año en que todo ha seguido más o menos como lo dejó el PSOE, ha sido un año más con un gasto público disparatado, ha sido el año de los manifestantes que quieren que lo poco que se recorte no les afecte a ellos sino a otros, ha sido el año en que no se ha desregulado nada importante, sino que se ha añadido un millón de páginas de nuevas normativas.

Y pese a todo, el camino es claro y está ahí para quien lo quiera ver y se atreva a desmantelar esta ineficiencia, aunque le costara el poder. Se debe hacer exactamente lo contrario de lo que se ha hecho durante los últimos ocho años. Es cuestión de dar esos pasos y ver qué pasa. El futuro no está escrito.

Carta para los Reyes Magos

QUERIDOS Reyes Magos: este año he sido muy bueno y por ello me gustaría que me hicieran un regalo. Para que entiendan lo que les voy a pedir, primero necesito explicarles las circunstancias que atraviesan las Islas en las que vivo. Si por algo se ha caracterizado Canarias es por su capacidad para la creación de riqueza, gracias principalmente a su localización estratégica, su potencial turístico y sus gentes. Sin embargo, en la actualidad existe un 33,63% de paro, es decir, 378.200 personas que no encuentran trabajo ni lo van a encontrar por culpa de nuestro presidente, Paulino. Una persona, queridas Majestades, que está empeñada en seguir dificultando con infinitas trabas a los que quieren emprender negocios que generen nuevos puestos de trabajo y en asustarles para que no abran ninguna nueva empresa con ideas, que serían tachadas como xenófobas en otros lugares, como que «el empleo debe ser para la gente de aquí».

Por si esto fuera poco, ha llevado el gasto público de Canarias en 2011 hasta los 7.014 millones de euros, un 56,15% más que en el 2003. Sin embargo, nuestro presidente, lejos de aliviar nuestros bolsillos y sacar de la quiebra a las administraciones públicas canarias, se ha empeñado en lanzarnos al abismo con nuevas subidas de impuestos, como la del IGIC, o queriendo hacer más insostenible aún nuestra economía, al pretender aumentar las deficitarias energías renovables, que han dejado en el conjunto del país la brutal deuda de más de 24.000 millones de euros, frente a facilitar las prospecciones de petróleo a 60 kilómetros de nuestras costas, que sin lugar a dudas ayudarían a mejorar la mermada economía canaria.

Por si todo esto fuera poco, en el «blog» presidencial, el señor Rivero ha llegado a defender que el problema de Canarias es el número de personas que vivimos aquí con frases como «defender, como defiendo, la articulación de mecanismos para regular el crecimiento poblacional es un ejercicio de responsabilidad tan razonable como inaplazable». De verdad, sus Majestades, estoy muy asustado, porque da la sensación de que lo que este señor pretende es echarnos de nuestra tierra, prohibir que vengan más personas a Canarias para generar riqueza e incluso prohibirnos tener más hijos, como hacen en algunas dictaduras.

Por todo ello, les pido que me traigan un nuevo presidente. Me gustaría uno radicalmente distinto al que tenemos. Alguien que quiera bajar los impuestos y no subirlos, que esté decidido a pinchar la burbuja del gasto público, que no gaste más de lo que ingrese, que facilite la creación de nuevas empresas y riqueza, eliminando el sinfín de trabas que tenemos, y, por supuesto, alguien que defienda la libertad para establecerse en Canarias.

Por un 2013 con más espacios para la libertad

Ciertamente, el año que hoy despedimos no ha sido el mejor para la libertad en España: tras 27 subidas de impuestos, varias decenas de miles de millones de euros dirigidos a "sanear" a la banca y la promesa de un rescate en ciernes por parte del BCE que permita a nuestros liberticidas mandatarios consolidar su torcido rumbo, a cualquiera se le atragantan las uvas pensando en lo que nos deparará 2013. Acaso por ello, sin embargo, sea éste un buen momento para reivindicar la labor de un cada vez más imprescindible sector privado. En medio de este ocaso de esos dioses que nunca pasaron de aprendices de brujo, de este creciente desengaño hacia la fatal arrogancia de pretender solventar los complejos problemas sociales con las torpes y coactivas herramientas del poder político y de este expansivo hartazgo por la cada vez más indisimulada voracidad de nuestras administraciones, familias, empresas y asociaciones varias deben no sólo de protegerse del pesado pie visible del Estado, sino también cobrar un mayor protagonismo en la articulación de nuestras sociedades.

Desde su creación hace más de siete años, el Instituto Juan de Mariana ha tenido una clara vocación de defensa y promoción de esos dos pilares de toda sociedad libre que nuestros gobernantes no cesan de querer socavar: la propiedad privada y los contratos voluntarios. Si hace siete años, cuando algunos todavía proclamaban ingenua y erróneamente que habíamos llegado al fin de la historia con el triunfo definitivo de la globalización capitalista, el Instituto resultaba enormemente necesario para impulsar una agenda realmente liberal, hoy, cuando lo que constatamos es que continuamos con la misma historia de siempre –la voraz fagocitación del mercado por un mórbido Leviatán desatado a cuenta de esa oportuna crisis gestada por la propia intervención estatal–, todavía lo es más.

Más de siete años, no obstante, dan para mucho, no ya en cuanto a actividades realizadas sino también en materia de organización interna. En este sentido, 2012 ha sido un ejercicio de cambios dentro del Instituto Juan de Mariana: su presidente y fundador, quien desde la constitución había llevado las riendas, Gabriel Calzada, se mudó a Guatemala para, durante este año que ahora entra, asumir el cargo de rector de ese faro de intelectualidad y libertad, no sólo para América Latina sino para todo Occidente, que es la Universidad Francisco Marroquín. Ha tocado, pues, reestructurar la dirección y el equipo del Instituto para tratar de mantener y, en la medida de lo posible ampliar, ese rol oxigenante que este think tank liberal juega dentro del viciado debate político español.

Por un lado, desde mediados de 2012 he tenido la satisfacción de incorporarme como director de este apasionante proyecto. Por otro, Raquel Merino, que ya ocupaba la vicepresidencia con Gabriel, continúa en su cargo, lo que nos permite seguir contando con su valiosa experiencia y profesionalidad, elementos esenciales para explicar el éxito del Instituto durante los últimos años. Y finalmente, la dirección se ha visto enormemente reforzada con la reciente entrada de dos personas que están desempeñando un extraordinario trabajo: en septiembre, se incorporó Luis Alberto Iglesias como director de Comunicación, y tan sólo un mes después lo hizo Inés Calzada como coordinadora de Proyectos. A los tres me gustaría felicitarles por el trabajo realizado y animarles a seguir por esta senda en 2013.

Al fin y al cabo, este año que está a punto de expirar no ha sido precisamente parco en actividades: Cena de la Libertad con entrega del premio a D. Mario Vargas Llosa; quinto Congreso de Economía Austriaca con unos niveles de asistencia especialmente elevados; séptima Universidad de Verano en Lanzarote con más de 60 alumnos; reanudación desde septiembre de nuestras conferencias semanales, con doce ponencias retransmitidas en su mayor parte vía streaming; centenares de artículos en prensa y de apariciones en medios de comunicación por parte de nuestros miembros; dos informes contra la asfixiante fiscalidad española; un manifiesto y una campaña (estoesunatraco.es) contra estas subidas impositivas y las mentiras con que fueron concebidas; el relanzamiento del Observatorio de Coyuntura Económica a manos de Ángel Martín Oro; una nueva edición de Liberacción, nuestra feria de libros liberales; la coorganización del I Congreso ‘Economía y libertad’ con la Universidad Católica de Ávila; o la coproducción, con Amagi Films, del afamado documental sobre la crisis ‘Fraude’. Pero habida cuenta de la delicada coyuntura por la que atraviesa la libertad en España, parece que en los próximos meses habrá que redoblar esfuerzos y hacer mucho más. A este respecto, permítanme sugerirles que estén atentos desde el primer día a las varias sorpresas que ya les tenemos preparadas.

Tal nivel de actividades, con todo, sería imposible sin la esencial contribución de nuestros miembros y benefactores, así como de nuestro equipo de colaboradores y voluntarios. A todos ellos me gustaría mostrarles el más sincero agradecimiento del Instituto Juan de Mariana por su imponderable contribución a la defensa de la libertad, así como aprovechar la ocasión para desearles un feliz y próspero 2013… a pesar del gobierno.

El miedo a la libertad (II)

El filósofo Karl Popper señalaba la perversa influencia de las ideas platónicas en su libro La Sociedad Abierta y sus enemigos (Popper, K.: 2010 [1945], pp. 247-250), porque subyacen detrás de la eterna rebelión de las ideologías “colectivistas” en contra de la libertad y la razón individuales y, entre otros motivos, porque fueron el germen del renacimiento en el siglo XIX del tribalismo romántico por medio de la obra filosófica hegeliana que enseñaba a adorar al Estado, la historia y la nación.

En su lucha contra la sociedad abierta, el platonismo de Hegel emplea expresiones categóricas y totalitarias como, por ejemplo, que: “lo Universal ha de hallarse en el Estado”“el Estado es la marcha de Dios a través del mundo”, o bien “el Estado es la Divina Idea tal como existe sobre la Tierra,…por consiguiente debemos de adorar el Estado en su carácter de manifestación de la divinidad sobre la Tierra”.

Popper señalaba cómo algunos pocos intelectuales sí advertían entonces de los peligros de las filosofías colectivistas como, Schopenhauer, cuando indicaba como “los gobiernos convierten la filosofía en un medio para servir a los intereses estatales y las personas hacen de ella una mercancía…”.

En el anterior comentario, Miedo a la Libertad (I), se señalaba cómo es importante analizar, desde el individualismo metodológico, los mecanismos psicológicos que explican la paradoja de la libertad, es decir, cómo muchos ciudadanos rehúyen su propia responsabilidad individual y se echan en brazos de la utopía que vende la casta política.

Vimos cómo el psicoanalista Erich Fromm analizó en su libro El Miedo a la Libertad los patrones de comportamiento en el nacional-socialismo. Sin embargo, también, analizó las ideas de Adolf Hitler, cuando lanzaba mensajes desde el resentimiento y el odio durante la crisis económica y financiera que desató la Gran Depresión de 1929.

La mayoría de la población de Alemania se sentía amenazada por la hiperinflación en los años 30, por la pérdida de su poder adquisitivo y por el paulatino empobrecimiento de las familias, por lo que gran parte de los alemanes se identificaron emocional y socialmente con el discurso hegeliano (totalitario y colectivista) de Hitler.

El nazismo nunca poseyó principios económicos ni políticos, sólo vendió promesas y utopías intervencionistas para alcanzar el poder, con su líder como “Mesías” y “salvador” de la crisis económica en Alemania y con los negocios de la población judía, los grandes almacenes, la banca y las naciones extranjeras como los chivos “expiatorios” a los que culpar de todos los males de Alemania.

Aquellos burgueses y militares que, sin moral ni principios éticos, apoyaron las ideas, la legislación, los actos administrativos y los delitos de lesa humanidad de los nazis, lograban dinero y poder que, en condiciones normales, no podían obtener:

“Los que no llegaron a ser miembros de la organización partidaria nazi, obtuvieron los empleos quitados a los judíos y a los enemigos políticos; y en cuanto al resto, si bien no consiguió más <<pan>>. Ciertamente logró más <<circo>>. La satisfacción emocional derivada de estos espectáculos sádicos y de una ideología que le otorgaba un sentimiento de superioridad sobre todo el resto de la humanidad, era suficiente para compensar –durante un tiempo por lo menos – el hecho de que sus vidas hubiesen sido cultural y económicamente empobrecidas.” .”     (Fromm, E.: 2008 [1941], p. 214)

 En la obra de Eric Fromm se analizaba la psicología del nazismo partiendo de los textos de la obra “Mein Kampf” de Adolf Hitler (Fromm, E.: 2008 [1941], pp. 202-230) y se diseccionaba la mente de un psicópata, identificando su anhelo sádico de poder en muchas expresiones como, por ejemplo, cuando afirmaba:

 “Lo que ellas [las masas] quieren es la victoria del más fuerte y el aniquilamiento o la rendición incondicional del más débil”.

 “En verdad la idea humanitaria pacifista es quizás completamente buena siempre que el hombre de más valor haya previamente conquistado y dominado al mundo hasta el punto de haberse transformado en el único dueño del mundo”

Por otro lado, Fromm señalaba cómo el propio sádico, Hitler, explicaba el anhelo de sumisión de los individuos que concurren a un mitin de masas (o que, posteriormente, someten su personalidad al servicio de una organización totalitaria o del Estado nacional-socialista), cuando señalaba:

“El mitin de masas es necesario, al menos para que el individuo, que al adherirse a un nuevo movimiento se siente solo y puede sentirse aislado, adquiera por primera vez la visión de una comunidad más grande, es decir, de algo que en muchos produce un efecto fortificante y alentador,…él mismo deberá sucumbir a los que llamamos sugestión de masa”.

Por supuesto, Hitler mostraba claramente los objetivos nacional-socialistas de dominación de los ciudadanos mediante la educación del pueblo:

“En el Estado del pueblo la visión popular de la vida ha logrado por fin realizar esa noble era en la que los hombres ponen su cuidado no ya en la mejor crianza de perros, caballos y gatos, sino en la educación de la humanidad misma, una época en la que algunos renuncian en silencio y con plena conciencia y otros dan y se sacrifican de buen grado”.

Obviamente, el régimen nazi y Alemania se mostraban siempre como inocentes y los adversarios políticos y los países “enemigos” eran los “sádicos”. También era patente el uso del historicismo para alimentar el rencor y el odio y “guiar” los sentimientos de los ciudadanos en favor de  los dirigentes nacional-socialistas:

“Si en su desarrollo histórico el pueblo alemán hubiese disfrutado de aquella misma unidad social que caracterizó a otros pueblos, entonces el Reich alemán sería hoy, con toda probabilidad, el dueño del mundo”

En la siguiente entrega, comprobaremos cómo el “corpus” ideológico del nacional-socialismo de la Alemania de los años 30, tienen una gran similitud con las ideas centrales del nacional-separatismo.

 Como indicaba Hayek en su obra Camino de Servidumbre hasta las personas más preparadas intelectualmente sucumben ante un aparato mediático omnipresente y ante el empleo del presupuesto público del Estado al servicio de fuerzas colectivas como la “raza”, el “pueblo”, la “lengua”, la “cultura” o la “nación” superiores a otras, supuestamente más débiles:

“Ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas…

 “Todo el aparato [colectivista] para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine, se usarán exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones.”

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Oasis de riqueza o desierto protegido

De todas las cosas que he leído sobre el Hotel Oasis en las últimas semanas quizás tenga que destacar las dos boberías económicas dichas por Iñaki Ábalos Luis Enguita, ambas recogidas por un diario local.

El primero afirma que “las estrategias de mercado actuales son incapaces de entender que si esperan un poco su antigüedad no sería un lastre, sino un valor añadido" y el segundo va un poco más lejos afirmando que “la pérdida de una arquitectura como esta generará desolación y pobreza, porque no debemos olvidar que, a medida que la arquitectura se vuelve más terrible, más terrible se vuelve la vida".

Entrar a discutir si el Hotel Oasis es o no una obra de referencia del Movimiento Moderno, el cual produjo tanta buena arquitectura como daño hicieron sus ideas a las ciudades (extremo magníficamente explicado por la obra de Jane Jacobs), no tiene sentido alguno, porque está más que acreditado que lo es.

El objetivo consiste en discernir si la conservación de este edificio “generará valor añadido” como dice el señor Ábalos o, incluso, su derribo traerá “desolación y pobreza”, como señala tan a la ligera Luis Enguita.

Empecemos por lo dicho por Iñaki Ábalos: los mercados actuales, es decir las distintas personas que conforman nuestra sociedad intercambiando libremente bienes y servicios con distintas dosis de impaciencia, no entienden que conservar el edificio generará valor añadido.

El profesor Ábalos, no sólo presume que los individuos no saben lo que hacen, sino que debe desconocer que el valor de cualquier cosa es siempre subjetivo, como nos enseñó Diego de Covarrubias Leyva ya en el siglo XVI y como posteriormente desarrollaron los pensadores de la Escuela Austríaca de Economía con la Teoría Subjetiva del Valor.

Es decir, las cosas no tienen valor por sí mismas, sino porque los seres humanos lo asignan. Por ello, una misma cosa puede valer mucho para algunas personas y muy poco para otras. Por ejemplo, para algunos el Hotel Oasis puede ser una obra arquitectónica de mucho valor, pero para otros un edificio viejo sin valor alguno.

Es por ello que este edificio sólo generará valor para los distintos miembros de nuestra sociedad si éstos valoran más en el futuro disponer de él por ser histórico que en el presente disfrutar de una nueva arquitectura con actuales comodidades.

¿O es que acaso hubiera generado más valor añadido haber protegido New Amsterdam, es decir el «downtown» de New York, en vez de haber construido la actual ciudad neoyorkina o haber protegido el viejo barrio medieval que existía en la actual ampliación del Louvre que fue derruida previa magnífica documentación?

Sin duda, si se hubiera hecho, ni podíamos disfrutar del Manhattan y el París de hoy, ni miles de personas se desplazarían a visitar dichas ciudades gracias al valor añadido creado por las nuevas actuaciones generando así una gran riqueza.

Por lo dicho, el señor Enguita también yerra en sus apreciaciones, dado que la creación de riqueza consiste principalmente o en generar valor añadido sobre las cosas que existen o en crear nuevos bienes que aporten valor.

Y para que esta creación de riqueza se produzca han de darse tres circunstancias: propiedad privada, libertad y un marco legal que respete estos dos derechos y aporte así seguridad jurídica.

Circunstancias que no se darían si se protegiera ahora el inmueble por los poderes públicos. Sin duda, la seguridad jurídica debe estar por encima de la protección de cualquier edificio e ir contra ella sí terminaría llevando a nuestra sociedad a la pobreza, pues sería imposible saber si, cuando se inicia una acción empresarial para generar riqueza, las reglas van a ser cambiadas de un día para otro desincentivando así cualquier inversión.

Si tanto el señor Ábalos como el señor Enguita, o tantos otros señores e instituciones, creen que el actual Hotel Oasis generará un mayor valor añadido en el futuro, ya están tardando en adquirirlo o en crear una fundación para recaudar dinero con el fin de comprar y protegerlo. Sin duda alguna, tendrán el éxito asegurado.

Los siete pecados capitales del político común

Soberbia. El político común es, ante todo, un soberbio, un arrogante. Sufre una irrefrenable tendencia a creerse mejor que el común de los mortales. Los de su especie creen que han recibido el mandato divino de organizar la sociedad hasta la asfixia, de regular cada aspecto de la vida privada de sus irresponsables súbditos igual que haría un padre con sus hijos. Consideran sus propios valores y preferencias superiores a las de los demás y sienten la necesidad de imponerlas por la fuerza. Pero la realidad es que el político común no sólo no es más virtuoso que el ciudadano de a pie. Es que incluso si lo fuera, jamás sería capaz de planificar de manera centralizada su pretendido nirvana social. Autores como F. A. Hayek, entre otros, ya demostraron la imposibilidad de organizar la sociedad desde arriba en libros como el titulado, no por casualidad, La fatal arrogancia.

Avaricia. El político común jamás tiene suficiente. Todo ser humano tiende a desear tener más y a ampliar su ámbito de poder. Mientras esa ambición quede limitada por el respeto a la propiedad privada del prójimo, no será tan dañina. El problema llega cuando la codicia se practica con el dinero y las vidas de los demás. Es entonces cuando todos los límites saltan por los aires. El político común no sabe de restricciones, es de naturaleza expansiva. Se dedique a lo que se dedique jamás tiene suficientes recursos. Aún no se ha dado el caso de uno que haya admitido que su actividad pública es prescindible y que por lo tanto hay que sacarla del presupuesto. Todo siempre es poco.

Envidia. Konrad Adenauer afirmó que "hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido". Un partido político es una pirámide humana en la que para ascender no hay que valer más, sino ser el primero en pisar a los demás. Hay que ganarse el favor de los de arriba y empujar a quien se interponga en el camino a la cima del partido. Los que llegan arriba, por tanto, no suelen ser los mejores, sino los más rastreros. Son los que tienen menos escrúpulos y a la vez mayor facilidad para el engaño, la intriga, la maniobra y la traición. Con el político común sucede como con el Gualterio Malatesta de Pérez-Reverte, archienemigo de Alatriste: que estaba "tan acostumbrado a matar por la espalda que cuando por azar lo hacía de frente se sumía en profundas depresiones, imaginando que perdía facultades". La envidia es el mecanismo que permite al político común prosperar en su negocio. El político leal y sincero suele quedarse por el camino.

Lujuria. En el pecado de lujuria siempre subyace el afán irreprimible de someter al prójimo. El protagonista de la saga Cincuenta sombras de Grey, contemporánea encarnación popular de la lujuria, obtiene el placer de controlar cada aspecto de la vida íntima de su esclava sexual y la castiga cuando incumple sus mandatos. La lujuria es un juego de poder, es el uso de los demás para la satisfacción de los propios deseos. En ese sentido, el político común es un lujurioso frío e implacable. Todo lo que dicen y hacen forma parte de una calculada estrategia para revestirse de legitimidad y ejercer ese lascivo control sobre la vida privada del ciudadano. La desobediencia al político jamás es lícita, sino que constituye un intolerable acto de rebeldía contra lo más profundo de la naturaleza del político. El ciudadano está para servir al gobernante, es de su propiedad. A través de ese sometimiento obtiene su placer.

Ira. La política es odio y es violencia. Para un político el adversario siempre es odioso. La primera misión del político es denunciar al partido contrario, señalar la evidencia de sus malas intenciones y lograr que el pueblo, directamente, los odie. La gente no debe votar con la cabeza, sino con las emociones, y el odio es una de las más potentes. Hay que incitar a la violencia. Cuando una mala gestión amenaza el poder del gobernante, siempre se busca algún enemigo interior o exterior para distraer. Nada mejor que sembrar un conflicto. Una de las obras más perfectas del político común es la guerra. La guerra siempre viene de una decisión política. El político común es violento, pero también es cobarde. Jamás se le encontrará en primera línea de batalla. En cuanto declaran la guerra, lo primero que hacen es enterrarse en alguna guarida subterránea, lejos del conflicto, y rodearse de seguridad. Los que mueren son siempre otros. Pero no sólo en la guerra los políticos muestran su violencia. Toda su actividad se realiza a través de mandatos coactivos. Tienen el monopolio de la violencia y están más que dispuestos a utilizarlo.

Gula. El político común es voraz. Consideran su vida muy sacrificada, y sólo mediante el lujo y el exceso pueden ir sobrellevando el mandato divino de llevar a sus súbditos por el camino de la virtud. Ya puede encontrarse la sociedad en una profunda depresión económica; ya puede estar padeciendo hambre y desempleo, que el político común no entiende de frugalidad. El político tiene una serie de necesidades básicas a pagar con fondos públicos a las que no puede renunciar: coche oficial, chófer a su servicio, asesores sin límite, interminables comilonas, tecnología punta o vicios caros. Para los de su especie es de mal gusto mirar el precio de las cosas. A los mítines políticos no se puede ir de otra manera que en jet privado a cargo de los Presupuestos. Nada tiene peor prensa en el entorno político que el término austeridad. No en vano, si hay alguien a quien el político común ha divinizado, ese es Lord Keynes. Fue el único que les contó que cuanto peor está la economía, más tienen que gastar los políticos. Normal que cuando dejan la carrera política casi siempre acaban deprimidos.

Pereza. El esfuerzo, el mérito y el sacrificio son conceptos sobrevalorados para el político común. La lógica del funcionamiento de la política hace que tiendan a prosperar más los mediocres y perezosos. Suele decirse que en la política tiene cabida cualquier persona que no sirva para otra cosa. El político común no se esfuerza por saber porque no lo necesita. No sólo es ignorante, sino que además presume de ello. Suelen admitir en público que no saben cómo funciona la economía, que la ciencia ni les suena y que la historia les resulta un misterio. La pereza les impide enfrentarse con la verdad, concepto pavoroso que requiere esfuerzo y humildad intelectual. Prefieren el engaño, la mentira y la manipulación, que es la definición de comunicación política. El político común no debate ideas ni se somete a un debate racional. Lo evitan mediante el uso de etiquetas, clichés y eslóganes vacíos, que ahorran los costes de pensar. En resumen, el político común miente y etiqueta porque la verdad y la argumentación requieren demasiado esfuerzo. Sólo de pensarlo les da pereza. 

Si bien se han dado casos de políticos que no gobiernan sus vidas en base a estos siete pecados capitales y tratan de actuar por virtuosos principios e ideales, lo cierto es que esta rara especie no suele prosperar por la propia dinámica de la política. Estos ejemplares tan distintos al político común pronto quedan relegados o dejan la vida pública. En política no prospera la virtud. No hay más que asomarse a cualquier parlamento del mundo.

Ávila y la crisis

Como saben, acaba de celebrarse en la Universidad Católica de Ávila, y con el apoyo del Instituto Juan de Mariana, el I Congreso Economía y Libertad: La gran recesión y sus salidas. Como acto final se leyó un Manifiesto ante la crisis con varias consideraciones del tenor siguiente: "Convenimos en que la crisis que padecemos está causada por las rigideces existentes en los diferentes mercados y por una organización territorial del Estado que implica en la práctica una ruptura de la unidad de mercado". Comprenderán que parece interesante dedicarle otro Comentario a este evento, a pesar del excelente resumen de Raquel Merino y de hacerlo de una forma casi telegráfica.

No pude asistir a la primera jornada, el jueves 22, con la inauguración por parte del catedrático Victoriano Martín y dos paneles en torno a los antecedentes de la crisis y su dimensión mundial. Me quedo con una frase del profesor Martín, que escuché después en varias ocasiones: ya no basta con los recortes, sino que es preciso afrontar reformas estructurales.

Aunque no sea literal, de alguna manera recoge el espíritu del Congreso. Se trataría de reflexionar sobre las salidas a la crisis, pero con un ambicioso horizonte de cambio del paradigma. Así, Juan Ramón Rallo describía tres dimensiones en este modelo: el teórico-académico, muy cerrado en torno a sus postulados neoclásicos; el político-institucional, también encasquillado en sus intereses cortoplacistas; y el económico-productivo, actualmente colapsado por la tentación del dinero barato que ha cercenado el crecimiento basado en el ahorro; pero que, a juicio del Dr. Rallo, es el único que podría impulsar un cambio en todos los demás.

El académico Dalmacio Negro y el profesor Vicente Enciso, organizador del Congreso (con el apoyo de David Sanz), añadieron otras consideraciones sobre esta crisis de paradigma. El primero, señalando cómo el Estado ha ido cercenando los espacios de libertad del individuo, hasta el punto de encontrarnos en la etapa final de una revolución legal. Enciso, por su parte, explicaba la evolución acontecida en Suecia desde un Estado del Bienestar hacia un Estado Beneficiador, en el que cabe la provisión pública de servicios y su producción privada. Esta experiencia podría indicarnos un camino más ambicioso, pero ya necesario: el paso hacia un Estado Subsidiario, en el que incluso la provisión de los servicios puede ser privada.

También se analizó la crisis de las políticas públicas a partir de una excelente descripción del catedrático Rubio de Urquía: el modelo neoclásico opera desde un desconocimiento fatal de la cuestión. Así nunca podrán encontrarse las soluciones. Por lo que estamos sometidos a los diferentes tsunamis que explicaba el profesor José Juan Franch: tres relacionados con el sector financiero (desde las trampas del sistema de reserva fraccionaria al desatino de la inyección arbitraria de moneda en los mercados), la crisis inmobiliaria, más la ruptura del equilibrio presupuestario, de la demografía y de la ética. Franch también habló de cómo cambiar las reglas, aportando algunas soluciones como las redes sociales.

Pero además de un análisis técnico de la crisis, hubo un Panel y varias comunicaciones en torno a los problemas éticos. Así, el economista y doctor ingeniero agrónomo Vicente Boceta destacó que "lo que suele entenderse por crisis ética es la ausencia de unos valores y la puesta en práctica de otros, egoísmo, avaricia, envidia… Pero estos ‘no valores’ poco éticos e inmorales han existido siempre, desde Caín y Abel". En este sentido, añadió que "decir que por esa falta de valores existe la crisis, entonces tendríamos que estar permanentemente en crisis y eso no es así. Mi tesis es que la crisis viene por unos comportamientos poco éticos del sector político apoyados en un modelo económico perverso keynesiano, y eso conduce a que haya crisis y ahí aflora esa falta de valores, esa falta de ética", explicaba. "Es consecuencia, no causa de la crisis".

Personalmente, tuve la oportunidad de intervenir en esta Mesa Redonda junto a la profesora de la Universidad Católica de Ávila María Jesús Carravilla y mi compañero de Comentarios Francisco Capella. No descubro nada nuevo a sus lectores asiduos recordando los tres ámbitos en los que Capella basa su reflexión sobre los conceptos de ética y valores: las preferencias y gustos; las normas (que deben ser universales, simétricas y funcionales); y los hábitos de comportamiento, planteando una recuperación de esa virtud aristotélica fundamental, la prudencia. Por mi parte, indicaba la conveniencia de trabajar por una revisión de la ética personal sobre la base de unas estructuras institucionales que permitan ese fair play que exige una economía verdaderamente liberal.

La doctora María Jesús Carravilla explicaba en este mismo Panel que "se ha dado una escisión entre la ética, la política y la economía y ésa es la base de los males que estamos sufriendo". Lo que me recuerda, finalmente, las reflexiones que proponía el profesor Mario Šilar en una interesante comunicación sobre la teoría de la acción como marco epistemológico para identificar las causas morales de la crisis económica. Hay que distinguir esos tres niveles de análisis científico (el político, el moral y el económico) para encontrar las soluciones adecuadas a la crisis que se viene analizando. Por ejemplo, mediante la correcta subordinación entre estas ciencias, ya sea por razón de fin o de sujeto. Algo que la filosofía escolástica ya supo descubrir, y que no nos vendría mal recordar en estos momentos.