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Etiqueta: Pensamiento liberal

Diego de Covarrubias

Hace algún tiempo que pensaba escribirles sobre el Centro Diego de Covarrubias, una flamante iniciativa que ha puesto en marcha el economista Vicente Boceta. Con el horizonte de referencia de otras instituciones, como el Acton Institute, reúne a empresarios, profesores de universidad, filósofos o economistas interesados en ese diálogo, supuestamente complicado desde algún punto de vista, entre la actividad económica y una concepción cristiana de la vida.

Se eligió el nombre de este ilustre canonista, doctor de la Escuela de Salamanca, arzobispo de Segovia y Presidente del Consejo de Castilla con Felipe II, por unas acertadas intuiciones que escribió sobre la teoría subjetiva del valor y el precio de los bienes. Covarrubias anticiparía algunos conceptos del liberalismo económico, como la fijación de los precios en el mercado (oferta y demanda, que los escolásticos de Salamanca llamaban atinadamente "libre concurrencia"). Era hijo del famoso arquitecto de la catedral de Toledo Alonso de Covarrubias, y precisamente estamos en la antesala de los quinientos años de su nacimiento (25 de julio de 1512).

Les animo a que visiten la página web del Centro, donde explica sus objetivos, actividades, etc. Allí pueden leer cómo "los principios e ideas liberales constituyen la base determinante para un enfoque cristiano en la solución de los retos sociales, políticos y económicos de la sociedad… El liberalismo económico está íntimamente ligado al cristianismo desde sus orígenes en los autores escolásticos de la Escuela de Salamanca y es una doctrina económica plenamente coherente con las enseñanzas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Defiende una visión de la sociedad comprometida con la libertad individual, guiada por el sistema de valores en los que se basa la civilización occidental que ha demostrado ser la más libre, próspera y justa".

Entre sus más recientes actividades está un completo Ciclo de Conferencias en la Facultad de CC. Económicas y Empresariales del CEU, en colaboración con el Círculo de Estudios Jovellanos de la Asociación Católica de Propagandistas. Lo inauguró el pasado mes de octubre la profesora Cecilia Font de Villanueva hablando sobre "El origen hispano del liberalismo económico: los escolásticos de la Escuela de Salamanca". Explicaba cómo uno de los cimientos de la tradición liberal europea debe situarse en aquellos Maestros, quienes avanzaron importantes consideraciones sobre el funcionamiento de la economía (en un entorno de libertad) a partir de algunas cuestiones morales que se suscitaron en la España del Siglo de Oro. Esta reflexión es bien conocida por los lectores del Instituto Juan de Mariana, que también recibe su nombre de otro famoso doctor de Salamanca.

Sobre aquellos escolásticos también habló en noviembre el académico Juan Velarde, considerándoles precursores de una Doctrina Social de la Iglesia que no tiene reparos en admitir el mercado como cauce legítimo (y más eficaz que otras utopías comunitaristas) del desarrollo económico. Un planteamiento que, sin embargo, es visto con alguna precaución desde otros puntos de vista; por ejemplo, el doctorando del CEU, Daniel Ballesteros Calderón, ha intervenido más recientemente en estas conferencias hablando sobre los "Beneficios, tipos de interés y especulación en el liberalismo cristiano". Sostenía que el creyente debe orientar moralmente todas sus acciones, y en esa dinámica aparece como peligrosa la acumulación de riquezas. Claro; éste es un tema complejo que no vamos a resolver aquí, y que suscitó un interesantísimo debate entre los asistentes (y, en general, siempre que se plantea esa aparente controversia entre liberalismo y cristianismo, como indicaba el Vicedecano del CEU Ángel Algarra, moderador de esta sesión).

Es cierto que la teología católica ha condenado algunas proposiciones "liberales"; pero sospecho que la cuestión aquí es precisar qué se entendía por "liberalismo" en los epígonos del siglo XIX con el Concilio Vaticano I recién clausurado. Parece evidente que la moral cristiana condena a aquellos que "depositan su confianza" en las riquezas; pero no a las riquezas mismas. Entonces, ¿dónde ponemos el límite a la posesión de bienes, a los salarios, a los beneficios? Estoy convencido de que existe un ámbito de entendimiento entre la defensa de la propiedad privada o el éxito en los negocios, y las exigencias de una actitud religiosa. En mi opinión, más que buscar límites exteriores o cálculos de cifras de lo que es ser "demasiado rico", la cuestión estriba en la conciencia personal y el uso que se hace de los bienes. En aquella España del siglo de Oro esto se resolvió con bastante naturalidad a través de las fundaciones, las obras de caridad, la institución de hospitales y colegios, etc., a cuenta de benefactores. (Y obsérvese que ése fue, en cierto sentido y con otras medidas, un cauce a los objetivos de un Estado del Bienestar, de una sociedad con preocupaciones sociales pero sin tanto control gubernamental y presupuestos manirrotos). Dicho con otras palabras: un juicio moral a la economía debe apuntar más bien al modelo antropológico en el que se sustenta; el liberalismo utilitarista es, pienso, criticable precisamente si considera al hombre como un simple "útil" de placer, ajeno a valores trascendentes o a la solidaridad fraternal con sus semejantes, dotados siempre de una dignidad personal.

Termino con ese juicio de Juan Pablo II que recordaba el profesor Velarde: "Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre»".

Hombres de poca fe

Se apagan las luces, se guarda el espumillón, volvemos al trabajo y vuelven, como las oscuras golondrinas de Bécquer, los buenos propósitos. Vamos a ser buenos, a ir al gimnasio, a ordenar la mesa, a aprender ruso… Pero nadie se llama a engaño y sabemos que son solamente eso: propósitos huérfanos de voluntad que los lleve a la práctica. No nos importa demasiado porque no afectamos a nadie y, casi sin querer, esa descripción de los propósitos de enmienda se ha convertido en parte de las fiestas navideñas, en la mayoría de los casos, sin otra intención que calmar conciencias.

Este año, se suma a la comparsa el grupo terrorista ETA, que acaba de anunciar hace escasos minutos un alto el fuego "permanente y verificable". La reacción ante la tregua es de dolor porque no nos fiamos: por lo que tiene de propósito que todos presagiamos que no se cumplirá. Y rabiamos porque recordamos a los españoles vascos amenazados, exiliados, a los muertos de ayer y de hoy. O bien nos tapamos los ojos y pretendemos que de verdad puede no haber más muertos mañana. Y se repiten los mensajes buenistas recordando que siempre es bueno hablar, que no hay que ceder al desánimo cuando se trata de dialogar para conseguir la paz futura.

El detalle de ser un alto el fuego "verificable" tiene su guasa. Se verifica que mientras decidan que no se dispara, no van a disparar. Pero la historia es tozuda y nos muestra cuántas veces volvieron a abrir fuego porque convenía, y salieron reforzados porque habían conseguido con esa performance que el gobierno de la nación, de la mía y de la de ETA, que es la misma, bajara la testuz y negociara con terroristas. Cosa que, por otra parte, es casi una costumbre en quienes manejan nuestra barca y nuestro dinero a día de hoy.

Lo cierto es que hasta el gobierno se reafirma en que no valen los simulacros, que o hay abandono de las armas o no hay nada. En mi opinión, además de la propuesta y la reacción del gobierno, es interesante preguntarse por qué ahora, cuando están a punto de intervenir Portugal con lo que eso implica, cuando el crédito de Zapatero está bajo mínimos, cuando hasta Arenas, el campeón de los fracasos electorales, ganaría hoy al PSOE en Andalucía.

Y creo que esa palabra es la clave de nuestro camino común: el crédito. Ni ETA tiene crédito ni lo tiene el gobierno. El primer caso no es extraño, al fin y al cabo, hablamos de terroristas que juegan a ser grupo separatista para no quedar mal en la prensa internacional, pero que no pasa de ser un conjunto de asesinos que extorsionan para financiarse. Pero el segundo caso es grave y significativo. Se trata de unos supuestos representantes, que manejan las armas y el dinero de todos, con el beneplácito de once millones de españoles (y con esa legitimidad gobiernan a todos) y que nos mienten sin cesar como sistema de manipulación. No había crisis, no estuvimos en suspensión de pagos o similar en mayo (no llegamos a estarlo porque se difirió la venta de deuda), Zapatero no se presenta o sí a candidato… Aquí nunca pasa nada, pero ni Europa ni los malísimos mercados, ni los ciudadanos, ni los compañeros de partido creen ya a estos dirigentes. Han agotado el depósito de confianza de todo el mundo. Y quienes abogan con su mejor intención por un estado respetuoso, escueto y eficiente, ya no saben qué decir: son los políticos españoles, o los electores, o la idiosincrasia, o la mediocridad patria… o el chachachá.

Pero ahí no acaba el drama. A pesar de que todos hemos puesto cara de "aquí no pasa nada, comamos el turrón y las uvas", no nos creemos esta momentánea calma. Las familias y las empresas siguen sin obtener crédito por parte de los bancos. Hay orden de no conceder más allá de un volumen de dinero a crédito, lo que quiere decir que la sospecha de ser deudor de riesgo (cada vez más fácil) te quita la posibilidad de obtener dinero basándote en la confianza del acreedor. No hay expectativas de una posibilidad de mejora. La acción empresarial es complicada en esta situación.

Con esta perspectiva, ¿qué pretende decir ahora el presidente Zapatero a periodistas y demás agentes económicos y sociales que cambie la disposición de ánimo de los actores? Mañana, cuando a las 12 de la mañana se reúnan en el Palacio de la Moncloa durante la presentación del ‘Informe Económico 2010 del Presidente del Gobierno’, los empresarios y los sindicatos señalarán con el dedo lo que a cada cual le convenga y los españoles no nos creeremos ni una palabra de lo que diga ninguno de ellos.

La responsabilidad de Zapatero frente a los millones de parados, la población empobrecida, la incertidumbre enraizada en nuestros corazones, la parálisis del tejido muscular empresarial, es absoluta. Ha sido él quien ha manipulado, mentido, maquillado, con el más mezquino de los objetivos: un puñado de votos. Esperemos que nadie lo olvide cuando toque.

Sevilla recomienda más de lo mismo

…le advierte ahora a su líder del difícil momento que vivimos y le explica qué debe hacer para evitar que esto acabe mucho peor de cómo va.

La carta de Sevilla denota hasta qué punto está descolocado y perdido el socialismo nacional. Las pocas cosas con sentido que expone el ex ministro consisten en repetir dos cuestiones que ya saben todos los españoles desde hace mucho tiempo: que inicialmente se negó la crisis y que Zapatero tiene que afrontar los problemas de fondo en vez de decir que hace reformas para no hacer nada. Pero aparte de esas dos perogrulladas, hay poco rescatable del maremágnum de palabras en las que Sevilla intenta salvar desesperadamente el estado del malestar y las políticas que nos han traído a la situación actual.

Para empezar, Sevilla ve en la expansión del gasto público y el desequilibrio presupuestario de los últimos años una política que "limitó los peores efectos de la recesión". Se queda en el efecto a cortísimo plazo y exclusivamente en lo que afecta a quienes salieron beneficiados por esas políticas. Cierra en cambio sus ojos ante lo que ahora puede ver todo el mundo. Aquellas "medidas de apoyo presupuestario masivo" son las responsable de que hoy España esté al borde del abismo, de que los inversores internacionales no apuesten por la pronta recuperación de nuestra economía, de que el grifo del crédito se cerrara para miles de empresas y de que ya desde entonces muchos ciudadanos tuvieran que pagar los platos rotos de empresas y personas que se habían arriesgado más de la cuenta.

Para Sevilla, la crisis es causa de la desregulación del mercado más regulado del mundo. Me refiero, claro está, al financiero. No quiere ver que fue la política de dinero barato (orquestada por bancos centrales monopólicos y estatales) defendida por él y por toda la socialdemocracia keynesiana, la que nos condujo a la crisis. Cree que el keynesianismo y el Estado han salvado al capitalismo pero no se para a pensar por qué en los países en los que el Estado ha dado un paso atrás apretándose el cinturón y conteniendo los impuestos, la crisis ha sido mucho más suave.

La carta tiene como principal objeto proponer cuatro medidas para devolver a España a la senda del crecimiento económico y la creación de empleo. La primera es fruto de una incomprensión total de la crisis que vivimos. Pide a Zapatero que sostenga la demanda agregada y que para lograrlo aplace hasta 2015 el compromiso de situar el déficit público en el 3%. No entiende que la penosa situación actual es el fruto de un exceso de consumo y endeudamiento privado en los años anteriores a la crisis y de un excesivo gasto público y endeudamiento del Estado en los cuatro años de crisis. Su primera solución sólo servirá para seguir expulsando empresas privadas que se encuentran sin crédito porque el Estado se queda con la mayoría del ahorro disponible. ¿O es que Sevilla piensa que el Gobierno sabe mejor que la ciudadanía qué empresas y sectores hay que salvar a base de demandar sus productos y cuáles hay que dejar caer? No se trata de que el Estado gaste para mantener demanda (por mantener demanda) sino de quitar las barreras que ahuyentan a los inversores que podrían sanear las empresas que cuentan con demanda real, al mismo tiempo que ayudaría a crear nuevas empresas y empleo.

La segunda medida consiste en reabrir el grifo del crédito, algo medianamente sensato si no fuera porque su primera medida va en la dirección opuesta. Pero Sevilla cree que el crédito se crea a voluntad y que lo único que hace falta para volver a regar la economía de crédito es "remover las cuantiosas inversiones dudosas en ladrillo y cemento". Claro que no explica cómo se remueven esas inversiones dudosas excepto insinuando que podría lograrse a través de una nacionalización de la banca privada.

La tercera medida se refiere a la competitividad. Aquí al profesor le faltan varias tardes enunciando medidas porque se queda en la rebaja de los costes laborales no salariales y en una apuesta por la energía nuclear, combinada siempre con las anticompetitivas energías renovables. La lista de motivos por los que España no es competitiva resulta casi interminable. Basta con coger los indicadores del índice de competitividad global del Foro Económico Mundial para ver que en la inmensa mayoría estamos muy por detrás de la media de los países desarrollados. En el mercado energético sólo la ignorancia puede llevarle a uno a pensar que los problemas de las renovables se pueden solucionar combinando molinos y placas con centrales nucleares. Los trabajadores españoles –así como las empresas y las familias– necesitan contar urgentemente con una energía barata que requerirá del uso de todo tipo de fuentes energéticas. El mix energético exacto que debemos tener para abaratar al máximo nuestra energía sólo se puede descubrir liberalizando de una vez por todas el mercado eléctrico y energético español. Lo que es seguro es que ese mercado reduciría drásticamente, al menos por ahora, la participación de las renovables porque son tremendamente caras y porque, entre otras muchas cosas, exigen la instalación de plantas de gas natural que quedan ociosas cuando las renovables funcionan a pleno rendimiento.

La última propuesta consiste en fortalecer la productividad mediante la reforma del sistema educativo, del sistema nacional de innovación, del mercado laboral, así como reduciendo el carbono en nuestras vidas e implantando la responsabilidad social corporativa. Sin embargo, cualquier profesor de economía debería saber que la innovación no se logra con sistemas nacionales sino con un buen tratamiento fiscal del ahorro y la inversión, que el cambio forzado de nuestro modo de vida para reducir el carbono nos hará menos eficientes y que la responsabilidad social corporativa socava la productividad de muchas empresas porque supone quitar poder a los dueños, que son quienes más interés tienen en que sus empresas sean productivas. Queda la reforma educativa pero mucho me temo que viendo por dónde va Jordi Sevilla, crea que el sistema educativo se mejora con más gasto público.

En resumen, las propuestas de Jordi Sevilla son, en general, las de un socialista que se tapa los ojos ante los desastrosos efectos de sus adoradas políticas keynesianas. En el mundo que se ve a través de sus gafas socialdemócratas, la crisis ha sido culpa del mercado, y el intervencionismo lo único que ha hecho es salvarnos de la debacle. Por eso le pide a su líder que reincida en las políticas de gasto público y desequilibrio presupuestario, aligerando esta vez un poco el peso del estatismo sobre los trabajadores. En su esquema no cabe que lo que haya que hacer sea devolver el protagonismo a la sociedad civil, dando libertad de elección a empresas, familias y trabajadores, eliminando trabas al ejercicio de la empresarialidad, reduciendo impuestos, quitando privilegios a los sindicatos y recortando drásticamente el tamaño del Estado que nos asfixia.

Para Sevilla el estatismo, en una versión ligeramente mejorada, solucionará el desastre. Ahora sabemos qué le hubiera enseñado este señor a Zapatero en dos tardes: lo principal es dirigirlo todo desde arriba y si el intervencionismo fracasa debemos intentarlo con una nueva batería de intervenciones. Más de lo mismo.

Un brindis por el gran 2010 y por un mejor 2011

Termina para el Instituto Juan de Mariana un año cargado de noticias, eventos y actividades y se abre ante nosotros un nuevo año que vamos a afrontar con la ilusión de superarnos en la defensa de la libertad individual.

Si miramos ahora a los últimos doce meses, lo primero que a muchos nos viene a la mente es la muerte de Manuel "Muso" Ayau. Con el fallecimiento de Muso, el Instituto perdió a uno de sus cuatro galardonados por una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad, a un generoso benefactor y a un amigo que siempre nos animó en nuestros proyectos. Sin embargo, por paradójico que pueda parecer, el recuerdo de su persona nos da una enorme energía y optimismo para afrontar con entusiasmo los retos que tenemos ante nosotros.

Durante el año que dejamos atrás, consolidamos nuestros principales programas académicos. Sacamos adelante la quinta universidad de verano, con una alta participación de estudiantes de 6 nacionalidades con currículum excepcionales. Realizamos un nuevo curso de formación avanzada en el Gran Hotel Bali de Benidorm. Carlos Rodríguez Braun, a quien tuvimos la suerte de tener como profesor, analizó el importante campo de la retórica económica y la defensa del liberalismo. Mantuvimos también por tercer año nuestro compromiso con la educación universitaria como institución colaboradora del Máster en Economía Austriaca, de la URJC, que está resultando ser un nuevo éxito tanto por el número de estudiantes como por la diversa procedencia de los mismos. Asimismo, celebramos nuestro III Congreso de Economía Austriaca, que en esta ocasión logró suscitar el debate en torno a una treintena de investigaciones sobre temas tan diversos como la responsabilidad social corporativa, las telecomunicaciones o la crisis económica.

Este fue sin duda el año de Carlos Alberto Montaner, nuestro Premio Juan de Mariana 2010. Durante la Cena de la Libertad se dieron cita cerca de 200 liberales para homenajear a este cubano universal cuyo recorrido supone un brillante ejemplo de cómo defender la sociedad libre en las condiciones más complicadas. Tuvimos la suerte de contar con Zoé Valdés aquel día, que acudió desde París para presentar a Carlos Alberto y celebrar el premio con los muchos liberales españoles que acudieron a la cita.

Junto a la Cena, organizamos la tercera edición de LIBERacción, la feria de libros liberales. El evento, que volvió a celebrarse en el Círculo de Bellas Artes, ofreció presentaciones de una veintena de autores y contó con gran afluencia de público. En esta edición, el tema central fue la realidad de las libertades en Cuba, pero no faltaron presentaciones sobre las causas y consecuencias de la crisis.

El tramo final del año ha venido marcado por trabajos internos con los que tratamos de prepararnos para las actividades de los próximos meses. Hemos trabajado en mejorar la web, los boletines y la comunicación del Instituto. También hemos trabajado para empezar a vender nuestros libros a través de Amazon y disponer de versión electrónica de nuestros títulos, algo que por ahora hemos podido hacer realidad con la edición electrónica de Armonías Económicas, de Bastiat.

Curiosamente, hemos vuelto a ser consultados por políticos norteamericanos. En esta ocasión ha sido desde el Caucus Hispano, formado por un extenso grupo de legisladores demócratas y republicanos, que nos pidieron que les expusiéramos nuestro punto de vista en materia de política energética.

Además, hemos continuado con nuestra labor investigadora y esta misma semana hemos publicado un informe que trata de desmontar la falacia de los bajos impuestos en España. En primer lugar, se hicieron eco de las conclusiones del informe los diarios Expansión y ABC y, durante su primer día, ha sido recogido por la gran mayoría de la prensa española. Esperamos que el estudio sirva para detener la ola de endurecimiento impositivo con la que el gobierno pretende volver al equilibrio presupuestario.

En cierto modo, 2010 fue el año de la confirmación del IJM como un think tank con presencia internacional. Diarios como el Wall Street Journal, Washington Post o San Francisco Chronicle volvieron a hacerse eco de nuestros trabajos y nuestras campañas. Nuestros trabajos empezaron a ser citados también en libros e investigaciones académicas de todo el mundo. Matt Ridley mencionó nuestro estudio sobre los empleos verdes en su último éxito, The Rational Optimist. Precisamente, la enorme cantidad de referencias en los medios de comunicación a la campaña de comunicación sobre el coste de los empleos y de la energía verde nos valió el prestigioso premio Templeton Freedom Award, otorgado por Atlas Economic Research Foundation.

Pero si 2010 ha sido un año excitante y cargado de eventos, estamos convencidos de que 2011 lo va a ser aún más. Llevamos meses preparando actividades para el próximo año. Entre las más destacables, están el relanzamiento del Observatorio de Coyuntura Económica con sus boletines periódicos, la publicación en español de Power and Market (de Murray Rothbard) o la colaboración con universidades de verano extranjeras con la vista puesta en dar más oportunidades a los jóvenes miembros del Instituto.

También estamos cargados de ilusión con la celebración de la Cena de la Libertad de 2011, de la que daremos detalles en los próximos días. Y tenemos puestas enormes esperanzas en el proyecto de la creación de una universidad online, de la que el Instituto es un importante impulsor y que esperamos que esté en marcha después del verano. Manuel Ayau alentó siempre este proyecto y confiamos que el resultado esté a la altura de sus expectativas.

Con el entusiasmo renovado con el que comenzamos el año y con tu apoyo, estamos seguros de que contribuiremos a hacer de 2011 un año lleno de éxitos para la difusión y la defensa de los principios liberales. En nombre de todos los que colaboramos con este proyecto, agradecemos enormemente tu colaboración y aprovechamos la ocasión para desearte un nuevo año rebosante de felicidad y libertad.

La fortaleza de la Sra. Darwin

Emma Wedgwood ocupó un lugar relevante en la culminación de la obra de Charles Darwin que, probablemente, no se hubiera producido sin su apoyo desde que se desposaron.

Al venir de familia acomodada, de soltera pudo realizar un tour de varios años por Europa junto a su hermana Fanny. Era una pianista aceptable y en París recibió clases de Chopin. Le encantaba todo tipo de deportes al aire libre, destacando verdaderamente en el tiro con arco. Su tímido primo Charles quedó pronto deslumbrado ante la cautivadora Emma.

En agosto de 1831, ella y su familia ayudaron a Charles Darwin a convencer al padre de éste –tío de Emma– para que levantara sus objeciones a que su hijo partiera en el Beagle. Darwin era una persona religiosa cuando empezó dicho viaje; se había graduado en teología, única titulación oficial que obtendría a lo largo de su vida. A bordo del bergantín, solía citar pasajes de la Biblia a los marineros para insuflarles ánimo. Sin embargo, después de aquel largo viaje de casi cinco años se convirtió en una persona menos religiosa.

En enero de 1839, una vez regresado Darwin de su periplo por el mundo y habiéndose granjeado cierta celebridad en los círculos científicos de su país, se casó con su prima carnal, un año mayor que él. Ésta había rechazado no pocas ofertas matrimoniales, incluidas varias del propio Charles. El matrimonio vivió inicialmente en Londres para trasladarse finalmente a una casa rural en el condado de Kent, en donde llevaron una vida recluida.

Emma se ocupó puntualmente de todo el personal femenino contratado en la casa y su marido, de los asuntos relacionados con el mayordomo, el jardinero, el mozo de cuadras y demás servicio masculino, así como de los pagos de sus salarios. La típica división de trabajo doméstico de una familia de próspera clase media de aquella sociedad victoriana.

Tuvieron diez hijos, de los cuales les sobrevivieron siete. Dos vástagos murieron prematuramente, pero el repentino fallecimiento por escarlatina a los diez años de su hija Anne, en 1851, fue un verdadero mazazo para el matrimonio que, además, le llevó a Darwin a perder completamente la fe en Dios. "Hemos perdido – escribió – la diversión del hogar y el consuelo de nuestra vejez. Si sólo ella supiera cuán profunda y tiernamente aún amamos y amaremos su hermoso rostro…".  Pese a todo ello, y aunque dejara de acudir a la iglesia los domingos para disgusto de su Emma, cuya fe afortunadamente la sostenía, siguió ayudando Charles a su iglesia local al reconocerle utilitariamente relevancia civil.

En una de las cartas de Darwin conservada aún en Londres se puede leer: "Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo –esté equivocado o no–, de que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente, es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos". Esa sí que era tolerancia, y de la buena, no como cierto laicismo antirreligioso hodierno, trufado de ideología sectaria.

El agnóstico observador de los seres vivos y su devota esposa, seguidora de la iglesia unitaria inglesa, discreparon en no pocas ocasiones sobre el cristianismo, pero no fue en ningún momento motivo de conflicto serio entre la pareja. Emma asistió a su esposo en la ardua redacción de sus libros y en la clasificación de sus numerosas notas, pese a no estar de acuerdo en buena parte de sus conclusiones. Valoraba la amabilidad mostrada siempre hacia ella y sus hijos por parte de su marido; la única pena que sentía era el saber que su Charles no podría acompañarle en la otra vida por culpa de su obstinado escepticismo. 

Éste, además, era un hombre quejumbroso debido a la mala salud que sufrió de adulto. A pesar de ello, recibió constante cuidado y atención por parte de su mujer. En sus notas personales, el naturalista confesaba sin ambages la superioridad de su esposa debido a sus cualidades morales y reconocía su inmensa suerte por haber compartido la vida con aquella mujer excepcional.

La Sra. Darwin sobrevivió catorce años y medio a su marido. Uno de sus bisnietos, el psicólogo Richard Darwin Keynes, miembro de la Royal Society y sobrino de un también célebre economista británico (aunque no muy jaleado por estos lares), permitió la publicación de los diarios de su enérgica bisabuela Emma. Así pudo conocerse mejor la vida doméstica de los Darwin.

Hayek vs. Keynes

Este mes de diciembre tuve la oportunidad de formar parte del Tribunal que juzgó (con la mejor calificación) la Tesis Doctoral de David Sanz Blas sobre el debate entre Hayek y Keynes; referido a las muchas reticencias del primero en torno a la General Theory de 1936, pero remontándose también a la polémica relación epistolar que se produjo en 1931 acerca del Treatise on Money del profesor británico.

Este nuevo doctor forma parte de la generación de jóvenes universitarios (no todos son economistas) que están cursando el Master en Economía de la Escuela Austríaca dirigido por Jesús Huerta de Soto en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y que poco a poco van ofreciendo al mundo académico (y a la sociedad en general) un nuevo punto de vista sobre las relaciones económicas. También merece la pena destacar la participación de bastantes miembros del Instituto Juan de Mariana en ese proyecto, que ya tiene en su haber algunos resultados destacables. Pienso por ejemplo en el informe sobre Las energías renovables y su impacto en el empleo, o en el flamante estudio sobre La falacia de los impuestos bajos en España; ambos con una más que notable repercusión mediática.

Pero volvamos a lo quería escribirles aquí: el debate Hayek vs. Keynes. Un episodio muy interesante en la historia de las ideas económicas, que generalmente se viene interpretando como una victoria del intervencionismo keynesiano. Lo cual es cierto si nos atenemos al resultado en las políticas económicas. Pero que resulta incorrecto desde el punto de vista de la argumentación lógica.

Como bien explica David Sanz en su trabajo, la crítica de Hayek a las tesis keynesianas fue demoledora y nunca respondida satisfactoriamente por el Lord inglés. Destacaba cuatro errores fundamentales de Keynes: su teoría del capital y del tiempo, su análisis monetario alejado de la realidad, su equivocado enfoque basado en agregados macroeconómicos y su peligroso énfasis en el corto plazo, que tantos males causó (y continúa ocasionando) al desarrollo de la economía.

Como consecuencia de ello, las decisiones económicas de los gobiernos (a partir de la Gran Depresión y hasta nuestra burbuja financiera) han caído también en la trampa de cuatro conclusiones erróneas que se derivan de esa falsa Teoría General: que en realidad (diría Hayek) es una teoría muy "particular", solo para condiciones de abundancia y pleno empleo; que equivoca las relaciones entre la demanda agregada y el mercado de trabajo; que lleva a esa insensatez (lo seguimos padeciendo en nuestros días) de maximizar el gasto público en tiempos de crisis (en vez de impulsar el crecimiento económico); y que sostiene una gran falacia que no conseguimos borrar de las mentes de tantísimos incautos: la de creer que el mercado no sirve para la coordinación económica, pero el Estado sí.

Solamente hablar de esto último nos bastaría para redactar varios Comentarios. Tanto el joven doctor, como dos ilustres miembros del Tribunal (los catedráticos Rafael Rubio de Urquía y Carlos Rodríguez Braun), discutieron allí sobre las razones que llevarían a Keynes a defender esta perniciosa visión del Estado y los gobernantes como óptimos benefactores que cuidan paternalmente de los ciudadanos, manejando hábilmente una información económica supuestamente conocida y tasada. En fin, ya sea por unas graves carencias de formación económica, o por su acreditado espíritu elitista, o por una concepción bienintencionada de los gobernantes y de los funcionarios (o por todo ello junto), la cuestión es que Keynes y sus sucesores abonaron esa desconfianza schumpeteriana hacia el "capitalismo", proponiendo una cierta socialización como respuesta a las crisis que, naturalmente, conlleva el desarrollo de la economía. Y que ha venido germinando en intervencionismo y pérdida de libertad.

Comprendo que el pobre Hayek se saliera de sus casillas ante ese panorama, y pasara toda su vida refiriéndose a los muchos y graves errores del keynesianismo y de la planificación central (de izquierdas, de derechas o de centristas bienpensantes). Porque desde aquellos primeros escritos Contra Keynes y Cambridge, pasando por el Camino de servidumbre; Derecho, legislación y libertad, hasta La fatal arrogancia, vemos su gran empeño en demostrar que el mercado facilita el equilibrio económico gracias a las señales que da un sistema de precios libre; que en cualquier caso la información nunca es perfecta ni inmutable ni objetiva; o que el gran error de los economistas ha sido caer en ese cientismo que diviniza la metodología excesivamente matematizada cuando se aplica a las ciencias sociales. Algo que compartía con su buen amigo Popper, y que (añadíamos en el Tribunal referido) tiene unos antecedentes escolásticos y españoles: recordemos las reflexiones de Luis de Molina sobre la ciencia media o el mecanismo natural de formación de los precios en el mercado, sobre lo que Juan de Lugo sentenciaría: "pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum".

Richard Cantillon: Contribuciones a la teoría monetaria

La vida y obra de este francés de origen irlandés está rodeada de misterio. Nacido en 1680 y fallecido probablemente de un asesinato en 1734, llevó una vida azarosa donde destacó en sus exitosas actividades como comerciante y banquero.

Como teórico de la economía, escribió sólo una obra, el Essai sur la nature du commerce en général (Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general), publicada póstumamente en 1755, y escrita posiblemente durante los últimos años de su vida. Escribe en la época mercantilista, si bien es considerado por algunos autores como un –matizado– “anti-mercantilista”, precursor de las ideas liberales del periodo clásico.

No obstante su brevedad, es una obra donde expone sintéticamente buena parte de los principios económicos, con excepción de los tributarios. Su influencia fue muy importante en la época en la que lo escribió y se publicó, aunque años más tarde fue olvidada. Pasó alrededor de un siglo hasta que fuera redescubierta por el economista británico W. Stanley Jevons, quien calificó el Essai como “la cuna de la economía política”. De esta opinión fue también el austriaco Rothbard, quien consideró a Cantillon como el verdadero padre de la economía.

Como todo libro importante, su riqueza de detalles y matices abre la puerta a interpretaciones distintas. Así, las ideas de Cantillon han servido de inspiración a distintas corrientes de pensamiento –clásicos, neoclásicos, fisiócratas, austriacos, e incluso marxistas–, que le han tomado como uno de los precursores.

Sus contribuciones se extienden, entre otros campos, a la metodología, al comercio internacional, a la teoría del funcionamiento del mercado, la teoría del empresario como motor de los procesos económicos o la teoría del ciclo económico.

Pero “es en el área de la teoría monetaria donde su genio brilló con más plenitud”, sostienen Ekelund y Hebert en su manual clásico sobre la historia del pensamiento económico. Asimismo, Hayek dice, con relación a su teoría monetaria, que “constituye indudablemente el mayor logro de Cantillon. Por lo menos en este campo, Cantillon fue sin duda la más grande de las figuras preclásicas […] Los logros de Cantillon rivalizan con los de todos los otros pioneros de la teoría monetaria”.

Repasamos a continuación sólo algunas de las contribuciones de Cantillon a la teoría monetaria:

El origen del dinero

Aunque la teoría sobre los orígenes del dinero como un resultado espontáneo del mercado, fruto de la utilidad y necesidad de los agentes por superar los obstáculos del trueque primitivo, se atribuyen a Carl Menger (1892), Cantillon ofrece un esbozo de por qué el oro y la plata fueron finalmente seleccionados por el mercado como dinero históricamente.

Inflación, teoría cuantitativa y “efecto Cantillon”

Advierte de que la expansión monetaria o la adulteración de la moneda por parte de las autoridades conducen al aumento generalizado de los precios. Pero Cantillon va más allá de la simple y mecánica teoría cuantitativa del dinero, y realiza una descripción detallada y microeconómica de la forma en que un aumento de la cantidad de dinero afecta progresivamente a los diferentes precios. Así, la variación en la oferta monetaria genera cambios en la estructura de precios relativos –no solo modificaciones en un nivel de precios–, y por tanto, efectos reales sobre la economía, desligándose de la idea de la neutralidad del dinero. Cantillon identifica claramente a ganadores y perdedores como consecuencia de la inflación, por lo que ésta es fuente de redistribución de rentas. Estos efectos dependerán de por dónde entra el nuevo dinero en la economía, y por qué manos pasa en primer lugar.

Además, Cantillon observó dos efectos distintos que los aumentos en la oferta monetaria podían generar sobre los tipos de interés. Así, si el nuevo dinero pasaba a las manos de los prestamistas, se aumentaba la oferta de fondos prestables, lo que contribuía a reducir los tipos de interés. Pero si ese dinero era gastado, generaría un estímulo en la producción de los sectores que ven incrementada su demanda, lo que podría llevar a que los agentes aumentaran la demanda de préstamos, y ello hacer subir los tipos de interés. 

Otras aportaciones

Introduce el concepto de la velocidad de circulación del dinero, tratando sobre los factores que la determinan, y destacando su importancia en la determinación del valor del dinero.

Analiza los efectos de una reducción temporal del tipo de interés provocado por un aumento en la cantidad de dinero, pero rechaza la concepción del interés como un fenómeno monetario, considerándolo como función de la oferta y la demanda de los fondos prestables.

Se dio cuenta de que puede tener sentido atesorar dinero por motivo precaución, “manteniendo fuera de la circulación pequeñas sumas de dinero contante, hasta que reúnen la suficiente cantidad para colocarla a interés o con beneficio”. Esto puede suceder incluso durante periodos prolongados, en el caso de “gentes avaras y medrosas que entierran y atesoran sin cesar el dinero efectivo” (Cantillon, pp. 96-97).

A pesar de la lucidez de estos aportes, que venían a mejorar la comprensión acerca de los fenómenos monetarios e introducir complementos relevantes a la “ingenua” teoría cuantitativa del dinero –en expresión de Hayek–, la línea del pensamiento macroeconómico dominante (desde Fisher a Keynes, pasando por Friedman) parece no haber absorbido suficientemente estas ideas de Cantillon, que están muy relacionadas con su enfoque microeconómico y desagregado de estos fenómenos monetarios.

Gnosticismo financiero

Poco antes escribía a su mujer, que estaba en Florida, que enviase a alguien para que se ocupase del niño, de dos años, que tras la muerte de su padre se quedó con la sola compañía del perro, sin correa. Esto pasó el sábado, cuando se cumplían dos años de que saltase el escándalo. Bernard Madoff, el genio de las finanzas que ofrecía rentabilidades fabulosas todos los años a un selectísimo club de pringaos, había creado en realidad un esquema ponzi.

Bien mirado, era todo un suicidio. La de Madoff era una estafa piramidal como cualquier otra. Él ofrecía con regularidad un retorno muy atractivo para los inversores. No le faltaba dinero si alguien decidía retirar parte de la inversión o toda ella. Pero ese dinero no provenía del rendimiento o del aumento del valor de sus inversiones, sino de los nuevos capitales a él confiados. Además, ¿quién iba a retirar nada, si Madoff parecía haber hecho añicos la idea de tener que elegir entre seguridad y rentabilidad? Pero cada nuevo cliente, cada entrada de dinero, era una exigencia de rentabilidad futura, y sólo se puede pagar con entradas mayores, con una permanente huida hacia adelante. Sólo se puede esconder el crimen haciéndolo más grande, pese a que Bernard sabía que en algún momento tendría que estallar; fue un suicidio económico desde el comienzo. Mark trabajaba en el negocio familiar. Al parecer no conocía en qué consistía el negocio de su padre, en que él mismo trabajaba, y que le compensaba con más de 16 millones de dólares al año. Llevó una vida de lujo extremo, y cuando se empezaron a cerner sobre él las responsabilidades económicas, quizá penales, acabó con su vida.

La clave para mantener este fraude son las entradas. Y se necesita una buena labor comercial para alimentarlo. La estrategia de Madoff, además de presentarse como ex presidente del Nasdaq, era hacer ver que no todo el mundo podía formar parte del escogidísimo club de inversores con que él trataba. Y todo bajo la idea de que él tenía acceso a informaciones secretas, accesibles sólo a muy pocos, y que eran la llave de la prosperidad perpetua. El gnosticismo financiero, tan falso como cualquier otro.

Porque la información relevante para cualquier inversor está ahí para que la descubra cualquiera. Y la ignorancia que tenemos sobre cuáles son las mejores inversiones no viene de que no tengamos contactos en Washington, sino de que esa información es cambiante y en su mayor parte no está ni creada, pues depende de eventos futuros. Quienes confiaron su dinero a Madoff creían que se beneficiaban de una oportunidad abierta sólo a unos privilegiados. Cuántos de ellos, como Almodóvar, no habrán criticado precisamente eso. Fueron engañados por Madoff, sí. Pero fueron engañados también por la mala literatura sobre el capitalismo, que es más generoso y ciego en las oportunidades que ofrece que lo que se cree. Hay quien ya lo sabía. Prefirieron la ciencia al gnosticismo.

David Cameron ya tiene a sus mineros particulares

Mucho se ha hablado, comentado y desmentido de los parecidos entre el actual Primer Ministro y Margaret Thatcher. Hemos de decir que no son dos figuras calcadas, como tampoco lo son la ideología conservadora que practican ni los aliados que han buscado.

Un buen ejemplo es que David Cameron no concibe una relación tan estrecha y cercana con Obama como en su día estableciera la “Dama de Hierro” con Ronald Reagan. Por su parte, aquélla no se atrevió a dar pasos tan radicales hacia la Unión Europea como los que ha efectuado el nuevo gabinete. En este escenario, David Cameron y William Hague (Ministro de Exteriores) han establecido una suerte de listado de cosas que no se harán durante su legislatura (por ejemplo, la negativa a convocar un referendo sobre el euro).

Sin embargo, existe un nexo que los une y que va más allá de la ideología. La aparición de una oposición doméstica no personificada particularmente en su rival laborista, sino en determinados espectros sociales. En el caso de Margaret Thatcher, fueron los mineros; en el de David Cameron, los estudiantes universitarios. En ambas situaciones los dos líderes han optado por no ceder. La pregunta es, en consecuencia, ¿obran, u obraron, así por dogmatismo? No. La causa es otra bien distinta y tiene que ver con una cuestión de principios e incluso de valores, de tal modo que son las razones de Estado las que justifican su proceder.

Margaret Thatcher hubo de combatir a los mineros. La pugna se prolongó durante varios años, ocupando la primera legislatura entera (1979-1983) y el inicio de la segunda. Lo fácil hubiera sido dejarse doblegar y aceptar los puntos de vista (filocomunistas) del líder de los mineros Arthur Scargill, cuyo poderío y fortaleza venían dados por la política de barra libre practicada por el laborismo de Harold Wilson y James Callagham en los setenta. Thatcher no se rindió y sí, por el contrario, acabó con el conjunto de privilegios de los que gozaba este sector, acostumbrado, como el resto del mundo sindical, a muchos derechos y pocas responsabilidades.

En el caso de David Cameron son los estudiantes universitarios los que se han convertido en sus mineros particulares. Se oponen a la subida de las tasas universitarias, muchas veces empleando argumentos marxistas que apelan a los orígenes sociales del líder tory. Durante el mes de noviembre provocaron varios disturbios en Londres. Entonces, cogieron a la policía desprevenida y pudieron llegar hasta la Torre Millbank (sede del Partido Conservador en Londres).

La segunda vez, los servicios de seguridad fueron más previsores; de ahí que la ira de sus protestas se canalizara hacia el socio de la coalición de gobierno, el liberal-demócrata Nick Clegg, al que acusaron de “traidor”. Está claro que las “raíces intelectuales” de este grupo de jóvenes aspirantes a revolucionarios no se hunden en los John Locke, Adam Smith o David Ricardo. Por el contrario, sus referentes están en la izquierda más rancia (aquella que amenaza con acabar con el capitalismo), cuyo carácter destructor veneran, y que en última instancia aspira a imponer los postulados de unos pocos a la gran mayoría. Así ha sido históricamente.

Sin embargo, no tiene pintas de ceder el Primer Ministro. Las medidas de austeridad que está llevando a la práctica obedecen a la depauperada situación de la economía en Reino Unido. Asentir ante los estudiantes sería lo fácil y una reacción cortoplacista. Los buenos tories siempre han apostado tanto por el largo plazo como por buscar el interés de la mayoría aún en las situaciones más adversas. David Cameron sigue con la tradición o, como dijo recientemente William Hague, para escándalo de Ed Miliband, “mejor ser hijos de Thatcher que de Gordon Brown”.

Back in Salamanca

Este pasado mes de octubre volví a la ciudad del Tormes por varios eventos relacionados con la Escuela de Salamanca que se celebraban esos días. Y no puedo evitar, lo primero de todo, recordarles que hace justamente un año el Instituto Juan de Mariana actuó de anfitrión en un memorable encuentro del Mises Institute en el impresionante convento de los dominicos de San Esteban, completado como remate final por la entrega del premio Schlarbaum 2009 a Jesús Huerta de Soto, esta vez en el Colegio Mayor Fonseca, que fue Seminario de Irlandeses.

Ocurre que por estas fechas del otoño suele organizarse periódicamente un simposio del Instituto de Pensamiento Iberoamericano, en la Universidad Pontificia de Salamanca (y en el marco de otro edificio monumental: el antiguo colegio de la Compañía). Este año trataba sobre “El mundo iberoamericano antes y después de las Independencias”. Allí tuve la ocasión de escuchar dos interesantes ponencias: “La ideología de las Independencias”, del profesor Pena, y una reflexión en torno a Suárez y el pensamiento político ilustrado, que expuso el profesor Francisco Baciero, del que ya hemos hablado aquí, insistiendo en la modernidad de los escritos del jesuita granadino.

Miguel Anxo Pena González es un profesor de la Pontificia que publicó el año pasado un libro que les recomiendo: La Escuela de Salamanca. De la monarquía hispánica al Orbe católico. Es un ejemplo más del interés que siguen suscitando aquellos doctores salmantinos, cuyo estudio todavía cuenta con muchas posibilidades en el campo de la economía, el derecho o la política (como venimos insistiendo en estos Comentarios). El texto del profesor Pena afronta varias cuestiones de interés: describir el paradigma de la segunda escolástica y su proyección por España y Europa; analizar el impacto de la Ilustración, con las reformas de los Borbones, continuando un recorrido histórico a lo largo del siglo XIX hasta nuestros días; o detenerse en su posible influencia sobre los movimientos independentistas iberoamericanos (lo que también hemos tratado en esta columna), que fue el tema de su ponencia. Todo ello fundamentado en una consistente y actualizada bibliografía, que puede resultar de gran utilidad a los investigadores.

Y por una afortunada coincidencia, en esas mismas fechas también tuvo lugar la presentación de un texto importante de Francisco de Vitoria, fundador de la Escuela que estamos tratando aquí: sus lecciones sobre las leyes (De Legibus), que ha editado la investigadora italiana Simona Langella (junto a los profesores Barrientos y García Castilllo) en una bonita versión trilingüe, al estilo de los viejos libros renacentistas, que se me antoja como el preludio de la versión del Mutatione Monetae del Padre Mariana que prepara este Instituto en latín, inglés y español.

Hablando de aniversarios, también fue en noviembre del año pasado cuando les contaba la estancia en Madrid de Alejandro Chafuen, Presidente de la Fundación Atlas, que presentó la nueva edición en Ciudadela de su libro sobre las Raíces cristianas de la economía de libre mercado, coincidiendo con el Congreso del CEU “Católicos y vida pública”. Pues bien, en la convocatoria de este año participaba otro autor en el catálogo de esa Editorial: Samuel Gregg (La libertad en la encrucijada); que junto a Thomas Woods (La Iglesia y la economía y Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental) ofrecen al lector hispanoparlante una sugerente visión del papel de la religión y la economía en nuestra vieja Europa, que algún tiempo atrás fue cristiana. Esto me recuerda el reciente viaje a España de Benedicto XVI, quien volvió a referirse una vez más a esa cuestión; que dejo aquí presentada para que tal vez la abordemos en otro momento.

Porque quería terminar con un par de líneas sobre la ponencia de Samuel Gregg, Director de Investigación del Acton Institute (el “Acton Institute para el estudio de la religión y la libertad” es un think-tank ecuménico que busca integrar las verdades judeocristianas con los principios del libre mercado). Gregg planteaba una nueva división en la antropología: más que distinción entre “izquierdas-derechas”, habría que hablar de una antropología materialista y de otra capaz de ver más allá de las verdades empíricas. Esta segunda tendría como fundamento una visión trascendente al defender una dimensión superior de la vida humana que presupone la capacidad para conocer la verdad, la belleza y el bien. En ella estarían alineados Aristóteles, Tomás de Aquino o Tomás Moro (y añado yo, nuestros doctores de Salamanca).