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Etiqueta: Pensamiento liberal

Escuela Austriaca y value investing: una hoja de ruta

Muchos seguidores de la Escuela Austriaca practican a la vez el value investing –la inversión de valor– y a su vez algunos value investors –no demasiados– son declarados seguidores de la Escuela Austriaca. La cercanía y creciente relación entre ambos enfoques puede que se deba a la marginalidad que ambas escuelas ocupan dentro de sus propias disciplinas –la economía neoclásica, por un lado, y la moderna teoría de la inversión basada en la hipótesis de los mercados eficientes, por otro–, pero también, y sobre todo, a sus cuantiosos puntos de encuentro.

La Escuela Austriaca, como el value investing, remarca que las fuerzas desequilibradoras del mercado prevalecen en el corto plazo pero tienden a ser derrotadas empresarialmente en el largo; el futuro presenta una elevada incertidumbre inerradicable pero, pese a ello, los agentes son capaces de tomar algunas decisiones consistentes intertemporalmente y de minimizar el riesgo merced a su superior conocimiento; el valor de una empresa, si bien depende de su capacidad para satisfacer a sus clientes (generación de cash flow) y de la preferencia temporal (descuento del cash flow) no es objetivable y presenta un amplio rango de indeterminación debido, precisamente, a esa incertidumbre inerradicable sobre el futuro; la rentabilidad no supone una recompensa por el riesgo, sino que pueden obtenerse altas rentabilidades asumiendo muy bajos riesgos; el mercado nunca alcanza una posición de equilibrio en el que no quepan más arbitrajes empresariales, ya que las correctas asignaciones de capital dan lugar a nuevas oportunidades de ganancia, tanto en el mercado real como en el de valores; el buen inversor no es ni quien sigue a las masas ni quien trata de automatizar una respuesta para cada estímulo cuantitativo, sino quien analiza el conjunto de la imagen y trata de comprenderla cualitativamente; las limitaciones cognitivas del inversor restringen su campo óptimo de actuación a un círculo de competencia para que el ya posea un cierto trasfondo de conocimientos; algunas empresas son capaces de obtener de manera sostenida una rentabilidad por encima de la del mercado sin que ello implique la existencia de un monopolio en perjuicio del consumidor, sino sólo la presencia de ciertos “fosos” que la blindan de la presión competitiva; el ahorro y la capitalización individual no son causas de empobrecimiento sino de exponencial enriquecimiento colectivo; el crecimiento empresarial no es intrínsecamente ni bueno ni generador de valor; las crisis económicas no son momentos para huir de un mercado en desplome autoalimentado, sino de entrar con toda la caballería; los activos presentan diversos grados de liquidez que deberán ser tenidos en cuenta para el caso de que la compañía vaya a ser liquidada; la liquidez del pasivo –en contra de lo que sostiene el Teorema de Modigliani-Miller– no es irrelevante a la hora de condicionar el desempeño de la empresa; los bancos son empresas oscuras de muy difícil y, en parte, arbitraria valoración; el marco institucional es esencial a la hora de determinar el éxito futuro de una compañía; se le concede una cada vez mayor importancia, como herramienta auxiliar, al análisis de la psicología individual y sus sesgos en la toma de decisiones, así como a la psicología de las masas (memética); y no existen “nuevas eras” que cambien las leyes económicas subyacentes, especialmente si van precedidas de una fuerte inflación crediticia.

Pese a los numerosas compatibilidades, también existen desavenencias entre ambas escuelas, en ocasiones de corte ideológico (ni Benjamin Graham ni Warren Buffett ni Martin Whitman han sido demasiado amigos de una economía muy liberalizada) y otras de corte operativo (muchos austriacos ven con desconfianza uno de los conceptos centrales del value investing como es el “valor intrínseco”). Al fin y al cabo, ni es necesario poseer un profundo conocimiento de la teoría austriaca para ser un muy buen value investor (Buffett es la prueba) ni tampoco es imprescindible estar ducho en el value investing para ser un buen economista austriaco (Mises, Hayek, Rothbard…).

Sin embargo, creo que austriacos y value investors deberán de unir –y de hecho unirán– fuerzas de cara a la próxima década; los primeros necesitan incorporar a su análisis una buena teoría sobre valoración de activos y sobre la toma de decisiones en un contexto de incertidumbre, porque en caso contrario se enrocarán en la caja negra que en muchas ocasiones puede suponer el concepto de “perspicacia empresarial”; los segundos deberán de buscar un paradigma alternativo más amigable que no los azote cada dos por tres con el  fuste de la hipótesis de los mercados eficientes, y que además enriquezca lo suficiente su comprensión de los mercados como para que su aprendizaje les sea útil y les permita obtener unos diferenciales de rentabilidad sobre sus competidores. Ahora bien, la alianza sólo fructificará si los unos y los otros dejan de lado sus fobias personales y, sobre todo, sus arquitecturas dogmáticas.

Los austriacos deben hacer su teoría más market friendly, no en el sentido de vulgarizarla para su comercialización, sino en el de mejorarla con tal de hacerla más comprensible para los operadores de mercado. La teoría austriaca se ha desarrollado en los últimos 80 años a remolque de la neoclásica y ello le ha llevado a utilizar categorías tremendamente rígidas e irreales como “el” tipo de interés –o incluso el tipo de interés natural–, cuando todos los inversores son conscientes de la existencia de una pluralidad de tipos; “el” volumen de ahorro, cuando, de la misma manera, existen ahorros a muy distintos plazos y riesgos que los hacen muy diferentes entre sí; los factores originarios de producción, clasificación del todo irrelevante e inoperativa para los empresarios; o la incapacidad para distinguir entre tasa de retorno y coste del capital, cuando ambas sólo son equivalentes en situaciones de equilibrio (una línea de investigación, por cierto, abierta por Hayek en 1939 que pocos austriacos han seguido).

Asimismo, los austriacos también han desatendido el desarrollo de herramientas teóricas que sí puedan serles de enorme utilidad a los inversores, como la determinación del valor del dinero fiduciario, el análisis de la liquidez conjunta de los agentes a partir de sus balances y estados de flujo de caja y de la influencia de la misma sobre la demanda y la oferta de crédito; el estudio de las reacciones de los diversos apalancamientos operativos y financieros en un contexto de variabilidad de tipos de interés; el desarrollo de parámetros que permitan localizar los sectores económicos concretos con mayor capacidad de revalorización a lo largo del ciclo; el análisis de la sostenibilidad de las ventajas comparativas de los agentes; la explicación de los efectos de los distintos tipos de impuestos sobre la organización empresarial, sus resultados y su coordinación social; el estudio de la interrelación entre el modelo empresarial y la estructura de los mercados con la fase de desarrollo de los productos; la teorización sobre las condiciones para la creación y transmisión de información y conocimiento relevante para el empresario, o la concreción de los límites y la eficiencia del cálculo económico atendiendo al tamaño de la compañía.

No estoy diciendo, como es obvio, que la Escuela Austriaca deba pervertir sus teorías hasta el punto de que todo no economista pueda comprenderlas por entero, o que deba renunciar a ciertos caballos de batalla teóricos que no son del interés directo de la mayoría de inversores –como el regreso al patrón oro o la transición hacia órdenes policéntricos–, pero sí que debe dejar de ser tan endogámica como para que el value investor se vea forzado a iniciarse en un mundo ajeno al empresarial y a realizar un ejercicio de traducción y adaptación de la teoría recibida si quiere aplicarla al mundo real. Ésa es la tarea de los científicos sociales en economía –crear herramientas para empresarios e historiadores–, no la de los empresarios metidos con calzador a economistas.

Por fortuna, no creo que cueste demasiado esfuerzo que los austriacos cambien ligeramente de perspectiva y de vocabulario, especialmente porque el realismo metodológico está en su núcleo mengeriano y porque, a diferencia del resto de escuelas económicas, es, con diferencia, la que menos se ha alejado de ese realismo.

Por otro lado, los value investors deberán de estar dispuestos a dejar de ser una “filosofía de inversión” para convertirse en una “ciencia de la inversión”, con todo lo que ello implica: rigor en las categorías (no debería hablar de la diferencia entre valor –intrínseco– y precio cuando quieren referirse a las diferencias entre precio teórico y precio de mercado de un activo; y deberían refinar su distinción entre inversión y especulación cuando lo cierto es que toda inversión es especulativa), preocupación por que sus proposiciones sean consistentes entre sí y con el resto de leyes económicas, mayor esfuerzo por articular un conocimiento difícilmente articulable y, como consecuencia de lo anterior, un progresivo abandono de su anecdotario de experiencias personales y de estudios de caso en pos de una mayor modelización de las técnicas inversoras hasta donde sea técnicamente posible.

En definitiva, los value investors deberán aceptar “descargar” un conocimiento que hasta hoy se ha desarrollado esencialmente en torno a intuiciones y comprensiones personales del mercado, y para ello deberán formalizarlo y someterlo a los estándares del razonamiento científico. De nuevo, en este caso también soy muy optimista por tres motivos: a los value investors les interesa que sus ideas sean consistentes con el resto de leyes económicas y para ello deberán plasmarlas sobre el papel y preocuparse por compatibilizarlas; la explosión de pequeños inversores gracias a internet tenderá a generar una convergencia entre las variadas “filosofías de value investing” –tesis, antítesis y síntesis– que poco a poco irá cristalizando en proposiciones cada vez más impersonales sobre qué, cómo, cuándo, dónde y por qué funciona; y, por último, ese mismo proceso de competencia práctica y de microformalización de las distintas filosofías de value investing supondrá –ya supone– un fenómeno digno de estudio para el científico social que tratará, a su vez, de formalizar el conocimiento disperso y práctico que se vaya generando (en este sentido puede leerse el valiosísimo libro de Bruce Greenwald, Value investing: From Graham to Buffett and Beyond).

En definitiva, creo que en los próximos años la Escuela Austriaca se abrirá aún más a los empresarios e inversores y el value investing se abrirá a los teóricos económicos que tengan ojos para ver y oídos para escuchar. De ambas tendencias surgirá una alianza natural entre los dos paradigmas –que en gran medida ya se está dando hoy– y de esa alianza una fusión con enormes sinergias positivas que se convertirá en herramienta básica para cualquier empresario e historiador que quiera enfrentarse con una mínima solvencia a los complejísimos fenómenos que se dan en un mercado. Algunos intentaremos trabajar activamente en impulsar ese cambio y, de hecho, en unos meses podremos anunciar la aparición de un nuevo máster que tratará de aunar ambas perspectivas; sin duda, se trata de un viaje apasionante.

Wilhelm von Humboldt

Wilhelm y Alexander von Humbold nacieron al comienzo del último tercio del XVIII. Se formaron en el palacio familiar en Tegel y recibieron una esmerada educación por varios de los mejores instructores de Alemania. Wilhelm siguió una carrera política y diplomática que le proporcionó más decepciones que alegrías, aunque introdujo una reforma educativa que perduró más de un siglo en su país. En sus últimos años se retiró para dedicarse al estudio, principalmente de las lenguas y de los clásicos griegos. Fue un liberal eximio, una figura descollante en la Alemania de Goethe y Schelling, de quienes fue muy amigo. Y es autor de una obra que no solo mantiene su vigencia sino que merece más atención de la que ha recibido.

Su obra política fundamental es Los límites de la acción del Estado, que desde el título ya indica el objetivo de su libro. Humboldt parte de la idea kantiana de que el hombre es un fin en sí mismo, lo que deja al Estado como un medio subsidiario y a su servicio. ¿Cuáles pueden ser sus objetivos, cuáles sus límites? Nuestro autor concibe dos fines últimos por parte del Estado: el apoyo económico de los ciudadanos y la seguridad.

El primero lo rechaza de plano. Esto no se podría entender si no nos detuviésemos en su concepción del hombre, cuyo verdadero fin, “no el que le señalan las inclinaciones variables, sino el que le prescribe la eternamente inmutable razón, es la más elevada y proporcionada formación posible de sus fuerzas como un todo”. Esa “formación” es lo que Humboldt llama bildung en su idioma. Es el proceso de crecimiento personal y el cultivo del carácter que emana de ese proceso y combina la sensibilidad estética, los sentimientos y la razón. Esa formación del carácter no puede crearse sobre bases falsas, tiene que forjarse desde la experiencia tal cual se da en un entorno de naturaleza, es decir, de libertad. Por eso dice que “para esa formación, la condición primordial e inexcusable es la libertad. Pero, además de la libertad, el desarrollo de las fuerzas humanas exige otra condición, aunque estrechamente relacionada con la de la libertad: la variedad de las situaciones”.

Si el Estado cuida de la provisión de nuestro bienestar, se producirán dos efectos muy perniciosos, al entender de Wilhelm von Humboldt. Por un lado se corrompe el bildung. Lo expresa con estas palabras: “Quien es dirigido mucho y con frecuencia tiende fácilmente a sacrificar, de un modo espontáneo, lo que le queda de su independencia. Se considera libre del cuidado de dirigir sus actos, confiándolo a manos ajenas, y cree hacer bastante con esperar y seguir la dirección de los otros”. Un camino que lleva a la corrupción también de la verdadera solidaridad, que nace de los vínculos privados: “Cuanto más se encomienda uno a la ayuda tutelar del Estado, así tiende, o en mayor medida todavía, a confiar a ella la suerte de sus conciudadanos. Y esto debilita la solidaridad y frena el impulso de la ayuda mutua”.

El intento del Estado de asegurar nuestro bienestar también preocupa mucho a nuestro autor, y es que socava la natural diversidad de una sociedad libre: “La variedad que se logra por la asociación de varios individuos es precisamente el bien supremo que confiere la sociedad; y esta variedad se pierde indudablemente en la medida en que el Estado se inmiscuye. Ya no son, en realidad, miembros de una nación que viven entre sí en comunidad, sino súbditos que entran en relación con el Estado, es decir, con el espíritu que impera en su gobierno”.

Descartada cualquier actuación del Estado para asegurar nuestro bienestar, y sin recurrir para ello a ningún argumento económico, Humboldt estudia a continuación la conveniencia de que el Estado nos procure seguridad. Considera que una sociedad perfectamente libre no será capaz de proveer este bien, ni frente a las violaciones de nuestros derechos dentro de la comunidad ni frente a la injerencia de Estados extranjeros. Aquí, y siempre de un modo subsidiario, sí debe actuar el Estado.

Pero de nuevo no entenderíamos el pensamiento de Humboldt en este aspecto si no le dejásemos definir qué es para él la seguridad. “Yo considero seguros a los ciudadanos de un Estado cuando no se ven perturbados por ninguna injerencia ajena en el ejercicio de los derechos que les competen, tanto los que afectan a su persona como los que versan sobre su propiedad”. En consecuencia, “la seguridad es la certeza de la libertad concedida por la ley”. No hay oposición entre seguridad y libertad. Ambas son una y la misma cosa: el reconocimiento y la protección de nuestros derechos. Hay un paso que no da Humboldt a partir de aquí, pero que sí haremos nosotros: El Estado no puede violar nuestros derechos en nombre de la seguridad, porque lo que hace es violar nuestra seguridad en su mismo nombre.

Humboldt también atiende el problema de los crímenes sin víctima. A su entender, Si el Estado sólo puede actuar cuando se lesiona el derecho de un individuo, ha de mantenerse al margen cuando los individuos, haciendo uso de su libertad, cometan actos que puedan ser considerados inmorales o inadecuados pero no atenten contra el derecho de un tercero. Llega a decir que “incluso debería quedar impune el homicidio realizado por voluntad de la propia víctima”, aunque confiesa su temor por “el peligroso abuso a que esto podría dar pie”.

Humboldt también mostró su temor por la pretensión de los intelectuales, que pudo comprobar en París inmediatamente después de la toma de la Bastilla, de reconstruir la sociedad sobre nuevas bases, erigidas únicamente en la razón. Ya en Los límites había aclarado que “la mejor forma de exponer la intención general que preside las ideas aquí expuestas podría ser la de decir que pretenden liberar a la sociedad de todas las ataduras, pero entrelazarla, a la vez, mediante todos los vínculos posibles”. Estos vínculos voluntarios, fuertes por surgir del interés personal, pero lo suficientemente flexibles como para no atentar contra los objetivos de los hombres, forjan usos, costumbres, que se prueban una y otra vez contra la experiencia de generaciones, y emergen perfilados y refrendados con el paso del tiempo. No son el fruto de una concepción racional, aunque no están exentos de racionalidad. Y son muy superiores a lo que pueda surgir de una razón desinformada, desasida de la experiencia de una sociedad.

Es más, la legislación es más fruto de la costumbre que de la ley: “La mayoría de los resultados que hoy se atribuyen con tanta frecuencia a la sabiduría del legislador son, en realidad, simples hábitos populares, tal vez vacilantes y necesitados, por ello, de la sanción de la ley”. En la obra que escribió tras su paso por la Francia Revolucionaria incidió en los límites del racionalismo, al decir que “La razón es capaz de dar forma al material que esté ya presente, pero no tiene el poder de crear material nuevo… Las constituciones no se pueden injertar en los hombres como los brotes en los árboles”. Y, si por un lado la legislación racionalista tiene sus peligros, por el otro es menos necesaria de lo que pueda pensarse, ya que “la experiencia demuestra no pocas veces que lo que desata la ley lo ata precisamente la costumbre”. Esta fe en la capacidad de una sociedad libre de regular los buenos usos sociales es fundamental para el liberalismo.

Wilhelm von Humboldt no necesita acudir a la economía para exponer los principios más importantes de una sociedad libre. Sus ideas han sido expresadas más tarde por varios de los miembros de la escuela austríaca y por otros autores liberales. Su obra es importante y merece atención por quienes creemos en las bondades de las sociedades libres.

El malestar de marxistas y freudianos

Freud escribió poco sobre la teoría marxista. Sin embargo, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no se dejó embaucar por la misma. En sus escritos sociológicos rechazó que el hombre se hiciera naturalmente bueno en ausencia de la propiedad privada y denunció la vana esperanza en una igualitaria sociedad futura. Llegó a la conclusión de que el comunismo sería una de tantas ilusiones de la humanidad.

A pesar de este afilado análisis sobre una de las ideologías que más muertes y sufrimiento produjo en el siglo XX, no deberíamos inferir que Freud fue un apóstol de la libertad; más bien, fue todo lo contrario. Como convencido determinista, pensaba que el hombre estaba gobernado por su inconsciente. Compartió con el marxismo más cosas de lo que imaginaba.

Para marxistas y freudianos, el hombre moderno es incapaz de sentirse cómodo y arrullado en las sociedades desarrolladas. Ante un mundo industrializado y complejo, sentido como opresivo por Marx, su visión ofrecía una filosofía radical de acción para liberar al proletariado de su esclavitud. Por su parte, Freud creía que la cultura moderna incorporaba tal conjunto de inhibiciones ante las pulsiones humanas que provocaba las consabidas frustraciones por culpa de nuestro vigilante interior, el super-yo. La cultura actual se habría vuelto neurótica y el hombre debería “liberarse” de aquella situación.

La teoría marxista y el psicoanálisis fundaron dos nuevas cosmovisiones con pretensión científica. Funcionaron como infalibles máquinas de desenmascarar la conciencia social (Marx) o individual (Freud). Debido a su respectivo poder de explicación de la realidad, su atractivo fue enorme para muchas personas. Sus acólitos se sentían distintos (y superiores) de los demás. Cada una de sus vulgatas manejaba verdades a toda prueba y no probadas.

Estas ideologías iniciáticas veían ejemplos confirmadores en todas partes: el mundo estaba lleno de verificaciones de su respectiva teoría. Los incrédulos que rehusaban ver la verdad manifiesta era porque iba en contra de su interés de clase o porque se lo impedían sus propias represiones. Debían ser encarcelados (o ejecutados) o, en su caso, someterse a análisis y tratamiento. De hecho, cada fe tuvo su pléyade de disidentes y sectas.

Popper argumentó que una teoría que parece explicarlo todo, en realidad, no explica nada. Marx se las dio de científico social frente a los utópicos que le precedieron; hizo predicciones específicas, pero cuando todos y cada uno de los predichos acontecimientos no se materializaron, sus seguidores respondieron modificando la teoría, de modo que siguiese “explicando” todo lo que sucediese. Menuda ciencia.

Los freudianos, por su parte, nadaron desde el inicio a sus anchas en los mares simbólicos de la mitología (fascinante pero a la postre lesiva, según denunciaba Wittgenstein) y ni siquiera se aventuraron a lanzar una sola conjetura. Sólo funcionó en algunos casos como efecto placebo (cosa que ni siquiera ocurrió con el marxismo).

A diferencia del proceder de la verdadera ciencia, buscadora de evidencias falsadoras que revelen la necesidad de una nueva y mejor explicación de la realidad, la obsesiva y hermética interpretación de ésta por parte del materialismo dialéctico y del psicoanálisis les hace merecedores del calificativo de pseudociencias al blindar y hacer irrefutables sus proposiciones. En una reunión de especialistas con verdadera pretensión científica, la presencia de la duda y el reconocimiento de los límites del conocimiento no sólo son deseables, sino que es lo más normal de encontrar en cualquier congreso científico que se precie. Actitud completamente ausente en los seguidores de Marx y Freud.

Además, y esto fue lo más grave, sendas ideologías supusieron, desde su ámbito respectivo, un ataque frontal a aquellas instituciones exitosas (propiedad, mercado, familia o moral) creadas por el actuar humano no diseñado. Sus adeptos ofrecían una atractiva y atávica coartada para la completa ruptura de las mismas. El sacrificio, la responsabilidad y el respeto por ciertas pautas de conducta en libertad serían sustituidos por una nueva y corrosiva ética del igualitarismo y la permisividad. Cada credo cuestionaba todos los poderes salvo el suyo propio, como ayer nos recordaba K. Kraus y hoy, Th. Szasz.

Marcuse, ya en la posguerra, integró hábilmente las denuncias marxistas y freudianas del mundo moderno. Su descabellada idea de poner freno al desarrollo técnico alcanzado y de dedicar los esfuerzos a la creación del hombre nuevo en una sociedad no represiva no sería más que el ideal de la regresión a un estadio infantil e irresponsable (¿malcriado?).

En contraposición a dichos planteamientos, está la coherente obra de Hayek que, siguiendo la estela de Hume y los ilustrados escoceses, pero también la de Burke, Savigny y de Menger, nos explica que nunca sabemos por qué muchas tradiciones y ciertos códigos morales existen y evolucionaron a lo largo de los siglos, pero su importancia es decisiva para la vida en la sociedad extensa. También Oakeshott acertaba al indicar que muchas víctimas indirectas de la cultura liberal y del individualismo moderno han estado dispuestas a entregarse servilmente a cualquiera que les garantizara una mínima satisfacción. Pronto se postularían “expertos” políticos y psicoanalistas para dirigir sus vidas y traducir la voluntad del Partido o del Inconsciente.

La Sociedad Abierta y la globalización actuales exigen de nosotros un ajuste y el sometimiento a ciertas reglas de conducta que rigen necesariamente nuestro comportamiento en la Gran Sociedad; sólo así se permite la supervivencia y desarrollo de un número cada vez mayor de población y conocimiento humanos sobre la Tierra.

El porvenir de la civilización quedará seriamente amenazado si se imponen teorías desconectadas de la realidad (y no sólo en el terreno económico). Hayek, primo de Wittgenstein, calificó el siglo XX en el epígono de su obra Derecho, Legislación y Libertad como el siglo de la superstición, debiendo dicho epíteto mucho a las doctrinas de marxistas y freudianos. Mucho antes, Karl Jaspers advirtió que eran –junto al racismo– las tinieblas más extendidas que habían caído sobre la humanidad. Pese a que sus orígenes son ya centenarios, hoy perviven con fuerza en el postmodernismo.

Adiós, Obama

De ellas, una no debiera pasarnos por alto, y es que los estadounidenses han rechazado la política de Obama. El resultado tiene algo de profecía autocumplida, pues Obama, con Harry Reid y Nancy Pelosi en el Senado y la Cámara de Representantes, impulsó un cambio político acelerado en un sistema político poco proclive a los golpes de timón. Todo porque temía que lo que no consiguiese en los dos primeros años le sería complicado colocárselo al Congreso en los dos siguientes. Pero esa prisa ha precipitado, precisamente, esa derrota.

Han cambiado de signo 60 escaños de Representantes. ¿Son muchos o pocos? La media de los trasvases está en la veintena. Afinando un poco más, un politólogo ha creado un modelo para apreciar qué trasvase de escaños es previsible, en función del tipo de elección que sea (en este caso unas elecciones de mitad de mandato de primera legislatura), la ventaja del partido mayoritario (ya que cuanto mayor sea, más fácil es que pierda escaños) y la evolución económica (medida con la marcha de los ingresos semanales). Con esos datos en la mano, lo previsible es que los demócratas perdiesen 45 representantes, que pasarían a manos republicanas. Sí, ha sido una victoria histórica del Grand Old Party.

Nada más tomar posesión llegué a la convicción de que Obama no iba a ganar en 2012, y sigo aferrado a esa idea, ahora más que nunca. Y eso que en los últimos 100 años, siempre que un presidente ha perdido el Congreso a los dos años de estrenarse ha salido reelegido. El último, por cierto, Bill Clinton, después del vuelco electoral liderado por Newt Gingrich con el "Contrato con América" de 1994 y que quedó en nada dos años más tarde, lo que debe hacer pensar a los republicanos sobre qué errores cometieron entonces y no deben repetir. Según el propio Gingrich se resumen en prometer mucho y cumplir poco. Así funciona la democracia estadounidense.

Las perspectivas para los demócratas son francamente malas. En estos dos años, Obama no va a poder sacar adelante su programa, con una Casa en su contra y con el Senado con una mayoría tan exigua. Es más, los votantes han hablado contra el gasto y el déficit excesivo, y 23 senadores demócratas que se juegan su puesto en 2012 lo habrán de tener en cuenta si quieren seguir. Más a largo plazo, los republicanos han ganado 9 estados y controlan 29. El año que viene los estados tendrán que rehacer los distritos electorales, cuando tengan los datos del censo, que se renueva decenalmente. Y cada estado lo hace a mayor beneficio de su propio partido.

Hay cambios más profundos y preocupantes para los demócratas, como que las mujeres, los independientes, los católicos y los suburbios se están decantando por el partido rojo. Obama, con ese gusto de la izquierda por crear nuevas Pyongyang, ha fomentado la concentración en grandes urbes sometidas al diseño de planificadores urbanos. Pero los estadounidenses prefieren vivir en los suburbios, en casas con jardín antes de en pisos en grandes urbes. Ahí es donde está el sustrato social del Tea Party, donde se tiene más apego a los valores tradicionales, junto con quienes viven en el campo.

Pero aquí hay lecciones para todos. También para el Tea Party, que ha obtenido un resonante éxito en estas elecciones, pero que también se ha llevado unos cuantos reveses. Su discurso le ha permitido llevar al Partido Republicano a muchos votantes que se habrían quedado en casa. Pero las ideas no son suficientes; tienen que defenderlas candidatos solventes. Y toda la frescura y la espontaneidad del movimiento Tea Party ha llevado al apoyo a candidatos francamente malos, como Christine O’Donnell, Sharron Angle o Ken Buck.

Bien es cierto que no es fácil encontrar nuevos Ronald Reagan. Pero estas elecciones han llevado al Senado a Rand Paul, hijo del congresista Ron Paul, el más identificado con el Tea Party (se siente más parte del movimiento que del aparato republicano) de los nuevos senadores del GOP. No tiene la capacidad de comunicar del ex presidente, pero al menos sí tiene buenas ideas que compartir. Va a proponer una enmienda a la Constitución que obligaría a que el presupuesto no incurriese en déficit. Y propondrá que se les dé a los legisladores un día por cada 20 páginas que tengan las nuevas leyes propuestas. No es una tontería. La mayoría de las leyes que se votan, incluso las más importantes, no las leen por falta material de tiempo.

Se acabó el Obama que conocíamos. No creo que él acabe de entender lo que ha pasado. Y no creo que un hombre brillante, pero que no ha cumplido ni una legislatura en el Senado, tenga la capacidad de manejarse políticamente en un contexto complicado, como es el que le espera en los dos próximos años. Ya tiene título para su próximo libro, publicado en 2013: Yes, we could.

David Cameron: There is no alternative

El gobierno de Gordon Brown no supo afrontar la crisis económica pese a que en la Conferencia Anual de 2008, el ex Ministro de Hacienda salió ungido con la escarapela de “Mesías Salvador”. Nada de eso. Su fórmula fue un calco de la aplicada por Harold Wilson y James Callaghan en los años setenta: intervención estatal pura y dura, con la única diferencia de que las Trade Unions (sindicatos) no son tan potentes en el siglo XXI como en 1979.  Margaret Thatcher y Toni Blair las domesticaron.

Los dos años en que las medidas de Gordon Brown se aplicaron fueron desastrosos. Dejaron como bagaje un desolador “there is no money left”. Curioso paso el del político escocés por Downing Street. Tanta prisa por suplir a Blair para luego acabar de un plumazo con todo un legado, internacional, diplomático y económico. Éste último es el más preocupante y ha servido para poner de manifiesto que los tories, si tienen una característica distintiva, generación tras generación, es que son buenos gestores de la economía.

Algunos, de modo peyorativo, hablan ya de “experimento cameroniano”. ¡Qué poco conocen a los conservadores! Su trayectoria histórica, si por algo los define, es por la cautela hacia los cambios, ya sean grandes o pequeños. La huella de Edmund Burke se mantiene intacta en la filosofía del Partido. La política de wait and see no sólo la aplican cuando de la Unión Europea se trata. Es un dogma.

En efecto, como sucediera a partir de 1979 con la famosa There is no alternative (TINA) de Margaret Thatcher, ahora mismo no queda otra opción que “apretarse el cinturón”, lo que incluye recortes en todos los departamentos. George Osborne (Ministro de Economía) lo avisó en Birmingham con motivo de la Conferencia Anual. Todo el mundo lo consideró “el patito feo” del gobierno, aunque pesos pesados de política británica de los años 80, como Norman Tebbit, alabaron sus propuestas de modus operandi que ahora David Cameron ha aplicado con el objetivo de lograr, en sus propias palabras, “un nuevo dinamismo económico”.

Sin duda alguna, el Primer Ministro es un valiente. Primero, porque no dispone de un gobierno mayoritario y sus socios, los Liberales Demócratas, querrían un credo económico diferente, o por mejor decir, antagónico. Segundo, porque muchos usarán sus recortes para hacer demagogia contra él. Tercero, porque las “medidas impopulares” afectan a carteras ministeriales claves como Defensa, piedra angular en la política de seguridad británica. Esto no significa que conceptos clave (como responsabilidad) o temas centrales (como el rol de la familia) hayan desaparecido de su ideario.

En definitiva, Cameron está viviendo unos intensos primeros meses en el retorno tory al número 10 de Downing Street. Encuentro con Obama en julio, con el tema de BP por medio (y toda la demagogia con la que actuó el norteamericano); oposición al malgasto que tiene en mente la UE con sus presupuestos; petición de un reparto “más justo” de las cargas económicas a los integrantes de la OTAN; fecha de caducidad a la estancia de las tropas británicas en Afganistán…

Es muy posible que en mayo de 2008, cuando el Partido Conservador arrasó en las municipales, Cameron esperase una estadía más plácida en el gobierno. No ha sido así pero, precisamente por eso, está mostrando su valía como estadista nacional e internacional. Los conceptos grandilocuentes quedan para la política y los políticos continentales. En las Islas se opta más por el realismo, en este caso,  de tipo económico. El interés nacional es lo primero.

El cambio, también al PP

Como se veía venir, el terremoto social y de ideas que la crisis económica trajo y trae consigo se lleva por delante a una parte de la clase política española. La otra, la que anida en el Partido Popular, parece mantener el tipo e, incluso, llega a ser vista como salvadora, casi más por defectos del zapaterismo que por méritos propios. Y es esta táctica de Mariano Rajoy, que se dice “de la fruta madura”, la que, de no ser rectificada, puede llevárselo por delante a él también. ¿Por qué?

La sociedad española siente una profunda decepción por la gestión que los políticos hacen de lo económico. Si bien las fechorías perpetradas desde el gobierno son de juzgado de guardia, la gestión autonómica y municipal de muchos mandatarios “populares” es contradictoria y envía mensajes brumosos al electorado. Por un lado, se presenta la gestión coherente en la línea liberal más posibilista de Esperanza Aguirre y, por otro lado, la escasamente edificante actuación de Camps y Ruiz Gallardón. Pero la falta de claridad no es privativa de estos últimos ejemplos. En la cabeza, parece, es donde se encuentra el mal del PP.

La táctica de Rajoy que calificamos arriba, la de la fruta madura, dice mucho de lo poco que puede llegar a hacer este señor cuando llegue a La Moncloa. Declaró en un medio de comunicación de izquierdas que aplicará, cuando pueda hacerlo, un plan de austeridad y de reducción del Estado al estilo británico. Pero esta declaración no es creíble en absoluto. Para que lo fuera, ni los ejemplos de Camps ni de Gallardón se hubieran permitido. ¿Por qué el gobierno de la nación ha de ser austero, pero no el ayuntamiento de la capital de España, por ejemplo?

Si se quiere un cambio nacional de rumbo, que se debe querer, es preciso prepararlo desde mucho antes en la opinión pública. Sin dobleces, sin tacticismos. Lo que precisamos es modificar radicalmente el modelo de lo público para aniquilar los obstáculos que este sobredimensionamiento del Estado opone al desarrollo responsable y razonable de los ciudadanos. Transformar la caza de subvenciones y ayudas, propia del presente, en competitividad personal y económica exige bastante más que esperar a que caiga el gobierno por sí mismo. Y, dado que en España no gozamos de una tradición de movimientos populares en esa línea al modo del Tea Party norteamericano, al menos podríamos contar con líderes políticos, algunos de los cuales sí están en el PP, que lanzaran el debate a la calle. Porque si aquí no hay Tea Party, sí hay “Juan de Mariana”, “Libertad Digital” y otros medios que podrían ser de mucha ayuda para un cambio en las ideas dominantes en cuanto determinados políticos avanzaran los términos clave del mismo. Y no hay voluntad en el PP de hacer algo así.

En términos objetivos, pues, el vuelo de Rajoy es corto; es el vuelo de la gaviotilla, muy alejado del famoso “vuelo del halcón”, como se denominó al del primer Aznar, al de la oposición a González. Y este aleteo del PP solamente puede preludiar que lo que haga en el gobierno sea tímido e ineficaz, muy lejos de las necesidades de España, que, ya de partida, son mucho más acuciantes y profundas que las de la Gran Bretaña de Cameron.

Una victoria de Rajoy en 2012, con la actual tónica sin tono que lleva, le impedirá consolidar su presencia en las instituciones porque no estará a la altura de las circunstancias. De hecho, hoy mismo ya no está al nivel mínimamente exigible. Las encuestas le ciegan y pasea su sorna como si fuera sinónimo de triunfo, pero en absoluto es así.

Mentiras sobre el Tea Party

Este movimiento social va camino de determinar la forma en la que Obama pierde el control de la Cámara de Representantes de EEUU y podría incluso quitarle el dominio del Senado si en los Midterms logran movilizar a sus seguidores en los estados clave.

En España, El Mundo y El País no dejan de tergiversar y retorcer su imagen. Los corresponsales de estos diarios en EEUU nos cuentan toda clase de extrañas anécdotas intentando que el público español tome la opinión de algún seguidor desnortado por la esencia del movimiento. El truco es burdo y simple porque en un movimiento que posee más seguidores que habitantes tiene España siempre puede uno encontrar casos de personas para echar a comer a parte.

Un buen ejemplo de esto es el artículo ¿Qué es el Tea Party?, firmado por Ricard González en El Mundo (y eso que González no suele ser el más escorado de los corresponsales de este diario en EEUU). Cuando habla sobre la "ideología" de este movimiento nos dice que "es un elemento de disputa entre los analistas políticos qué etiqueta utilizar para definir este movimiento" aunque él no tiene el menor reparo en contarnos que "algunos lo catalogan de ‘extrema derecha’, otros de ‘ultraconservador’". Claro que otros muchos analistas lo catalogan de centro-derecha, otros de liberal y hay incluso quienes piensan que es una alianza que trasciende las ideologías. De hecho, las organizaciones que integran el Tea Party Movement no se reconocerían en el ultraestrecho abanico en el que los sitúa este periodista. Pero eso no importa. Lo único importante es endilgarle a este enorme fenómeno surgido libremente de la sociedad civil unos adjetivos con los que se les rechace sin siquiera analizarlos.

De hecho, si la cuestión es contar experiencias personales yo puedo contar la mía. He estado en algún mitin del Tea Party y me pareció asombrosa la cantidad y la variedad de personas con las que me encontré; tanto en lo que se refiere a ideas, a edades y a color de piel (por mucho que se empeñen aquí en acusarles de racistas, algo de lo que, por cierto, ellos se ríen). Entre el público me encontré con personas que suelen votar al Partido Demócrata y que reconocían no compartir muchas de las ideas de los presentes pero no les importaba porque saben que el movimiento es amplio y que en lo que están de acuerdo es en lo esencial, que es lo que están exigiendo a los políticos. En el resto, cada uno a lo suyo. También he tenido la oportunidad de cenar con algunos de los fundadores del movimiento y sinceramente me parecieron personas bastante equilibradas, a kilómetros de distancia de lo que nos describen en los dos diarios españoles de mayor tirada. Claro que yo no pretendo que los más de 50 millones de personas que componen este movimiento sean como las que yo he conocido. Faltaría más.

Más interesante aún fue escuchar a los mitineros, que no pedían el voto para ningún partido en concreto sino para aquellos políticos que se comprometan a defender las propuestas del movimiento. Estamos ante una significativa porción de la sociedad estadounidense que se ha cansado de dar su sufragio para que los políticos hagan lo que les dé la gana hasta las siguientes elecciones. Ahora son los ciudadanos los que dicen lo que quieren y sólo votan a un político si se compromete formalmente a seguir esos puntos.

Y es que el Tea Party tiene unos principios claros que todo el mundo puede consultar, no hace falta adivinarlos. Basta con visitar Wikipedia, la web Contract From America o el sitio de la organización Tea Party Patriots para enterarse de los principios y medidas que proponen.

Los principios son tres, con lo que no hay que comerse el coco para aprendérselos: responsabilidad fiscal, mercados libres y gobierno limitado (a las competencias que se establecieron de manera expresa en la Constitución). Los puntos del contrato con los políticos son sólo diez, fundamentados en los tres principios anteriores: defender la constitucionalidad estricta de cada ley, rechazar el Cap & Trade (racionamiento con mercado de comercio de emisiones de CO2), mantener el presupuesto equilibrado, simplificar el sistema impositivo, auditar las agencias federales para velar por la constitucionalidad de sus actuaciones, limitar el crecimiento del gasto público, revocar la reforma sanitaria, reducir el intervencionismo energético, establecer una moratoria sobre las partidas presupuestarias que se conceden discrecionalmente y reducir los impuestos.

¿Ultraconservadores? ¿Extrema derecha? Más bien parece que a la izquierda más rancia le saca de sus casillas que la sociedad civil sea capaz movilizarse en torno a principios que no son los suyos. Es entonces cuando creen que está justificado tergiversar y contar cualquier tipo de mentiras.

Mariana y las Cortes de Cádiz

Como bien recordaba hace poco en este foro José Carlos Rodríguez, el pasado 24 de septiembre celebramos los doscientos años de la apertura de las Cortes de Cádiz, entonces todavía en la Isla de León (hoy, San Fernando), antes de su traslado al famoso templo gaditano de San Felipe. En medio de las conmemoraciones, con presencia de los Reyes, se citó allí el primer decreto tal y como aparece en el Diario de sesiones de las Cortes Generales y Extraordinarias, donde podemos leer algunas frases famosas como que en las Cortes “residía la soberanía”; que “convenía dividir los tres Poderes, legislativo, ejecutivo y judicial”; o que se declaraban “nulas las renuncias hechas en Bayona, no solo por la falta de libertad, sino muy principalmente por la de consentimiento de la nación”.

Estas ideas sobre una novedosa legitimidad democrática, junto a una repetida referencia a cómo en las Cortes residía la soberanía nacional, insistiendo en que “se declaraba nula la cesión de la Corona que se dice hecha a favor de Napoleón”, fueron las que finalmente se plasmarían en el famoso artículo tercero de la Constitución de 1812: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. A partir de aquí, se plantea la interesante discusión señalada arriba sobre un dudoso fundamento liberal de las Cortes, el exagerado referente a la revolución francesa o la excesiva concentración de poderes que se atribuyeron sus diputados.

Mi reflexión, sin embargo, discurre por una línea más bien de antecedentes intelectuales; y lo que sostengo es que no fueron conceptos tan novedosos para los que llevamos tiempo estudiando la obra de Juan de Mariana y tantos otros maestros de la escolástica española del Siglo de Oro. Ya hemos escrito en esta web consideraciones similares acerca de la necesidad del consentimiento popular en el gobierno político (Suárez), o de la sujeción legal que debe respetar un gobernante en su gestión económica (Mariana y la denuncia de las alteraciones monetarias). Resulta fácil encontrar ese tipo de alusiones al “asentimiento del pueblo” en muchos doctores de la Escuela de Salamanca. Lo que no significa necesariamente que estuvieran proponiendo ya en el siglo XVI una precisa teoría contractualista del poder político (o tal vez sí: aunque tampoco pretendo discutir eso ahora); pero considero que se les debe reconocer un papel cuando menos precursor en la configuración de la doctrina política en la Europa moderna.

Es por todo ello que, justamente en el discurso preliminar leído en las Cortes al presentar la comisión de Constitución el proyecto de ella (24 de diciembre de 1811), Agustín de Argüelles pueda hablar con toda normalidad de “los Marianas”, en tanto que fue un autor conocido para muchos de aquellos primeros legisladores de Cádiz.

Así que me permitiré insistir de nuevo en algunas frases de nuestro jesuita toledano que recuerdan muy directamente el lenguaje de las Cortes de Cádiz. Porque antes de su Monetae Mutatione (1609), donde escribe de pasada en los primeros capítulos sobre las limitaciones de los reyes respecto a los derechos de propiedad de sus vasallos, respecto a la imposición tributaria y, específicamente, respecto a la acuñación monetaria, diez años atrás, recuerdo, en el De Rege et Regis Institutione (1599), ya había reflexionado en varios momentos sobre la legitimidad del gobierno y sus obligaciones respecto a los súbditos.

Así, en el capítulo VIII (¿Es mayor el poder del Rey o el de la República?) plantea lo siguiente: “A mi modo de ver, puesto que el poder real, si es legítimo, ha sido creado por consentimiento de los ciudadanos…, ha de ser limitado desde un principio por leyes y estatutos a fin de que no se exceda en prejuicio de sus súbditos y degenere al fin en tiranía”. Afirmando un poco después lo que explicará con más detalle en el Monetae Mutatione: “El rey no puede imponer tributos sin el consentimiento de los pueblos”. Y se cuestiona enseguida algunas circunstancias relativas a la sucesión real (que nos recuerdan tanto las abdicaciones de Bayona) como a la obligación de atender a la opinión de los súbditos cuando se vaya a designar al heredero, respetando esa cesión ciudadana del poder: “¿Cómo podemos suponer que los ciudadanos hubiesen querido despojarse de toda su autoridad ni transferirla a otros sin restricción, sin tasa, sin medida?”. Sobre todo lo cual concluye: “A mi modo de ver no puede el príncipe oponerse a la voluntad de la multitud, ni cuando se trata de imponer tributos, ni cuando se trata de derogar leyes, ni mucho menos cuando se trata de alterar la sucesión del Reino”.

Escribo estas ideas con especial cuidado de no caer en ese anacronismo (que por cierto se ha acusado a este Instituto) de describir a Mariana como un fundador del liberalismo “hayekiano”. Bien es cierto que fueron aquellos autores austríacos los que mejor comprendieron la propuesta de un orden espontáneo en los Doctores de Salamanca. Pero la verdad es que no me importa demasiado discutir sobre si entonces ya se podría hablar de “derechos individuales” o éste es un concepto históricamente posterior. Lo que me parece verdaderamente interesante es cómo una generación de ilustres profesores hispanos defendió la libertad en unos términos que hoy todavía resultan inalcanzables para muchos ciudadanos de nuestro mundo.

La izquierda y el Tea Party

¡Cómo no rebelarse ante eso! Luego son sólo unos pocos los que se dan cuenta de que lo que está mal no es la realidad, sino ellos. Pero volvamos a las perplejidades. El Tea Party. Le encaja como un guante la mitología izquierdista, un movimiento popular espontáneo que se rebela contra las estructuras de poder establecidas. Sólo que el guante está hecho para la mano izquierda, y el té se sirve en Estados Unidos con la derecha.

Ejemplo máximo de periodismo socialdemócrata. Página 4 de El País de este domingo. Nos encontramos ante una alianza entre el empuje y las ideas del Tea Party (el periodista comparte su ignorancia al respecto con sus lectores) y el dinero de Karl Rove y los neocón con el objetivo de recuperar el poder (lo que no parece sorprendente en una democracia) para, "esta vez, ejercerlo sin concesiones". Sólo que la ideología en torno al Tea Party propone restringir el poder, es decir, que nadie lo ejerza sin concesiones.

Tampoco es que sea necesario ser muy listo para saber de qué va el fenómeno. Pero el izquierdismo residual, la socialdemocracia canónica impone cortocircuitos insuperables al racioninio. No los supera ni la inteligencia más preclara. Los cortocircuitos son lo llamativo. Son los mismos desde hace décadas pero se siguen utilizando. La derecha "dura". Y ahí cabe todo. Libertarios, conservadores, fascistas… Jesús Ruiz Mantilla, por no salir del mismo diario. Para él, Esperanza Aguirre es esa derecha dura a la que le va (tiene que irle) la bronca. Los silbidos a Zapatero, vaya. Y la que apadrina al Tea Party, encastizado en Café Party. Mantilla, historiador, parte de los neocón de Bush para seguir: "los adalides de ese fenómeno ultra y facha se replegaron en el Tea Party". Y quieren "quemar a los homosexuales" y "empelar comunistas". Forges, el mayor genio español en el humor gráfico y también el más miserable, dice "allí Tea Party/Aquí te parto…". El pensamiento en mantillas de decir que la derecha "dura" es la bronca, la violencia. La derecha dura sería, en España, el sindicalismo.

Irene Lozano. "Excrecencia ultra de la derecha americana", tan sutil. Como no puede ser un movimiento popular, es la rebelión de las élites. Le pasa como a Caño, a Forges y a Mantilla. No sabe que este domingo fue el día mundial de la pobreza, pero no de la pobreza intelectual.

Liberalismo popular

Hay ideologías que requieren de una vanguardia redentora capaz de ver más allá que el conjunto de la población; una élite de mente preclara capaz de aportar y aplicar soluciones que el populacho necesita, pero en su ignorancia mediocre desconoce. No es el caso del liberalismo y la concepción del mundo que conlleva. No hay teorías ni estadísticas que puedan adelantarse ni aprehender la complejidad de las pasiones y razonamientos individuales que hacen de la acción humana un hecho inusualmente impredecible y sublime, capaz de desafiar cualquier modelo que haya previsto su comportamiento.

Desde la atalaya académica, a veces puede perderse esta perspectiva, encerrando la libertad entre los lomos de libros protegidos por gruesos muros de facultades e instituciones. El liberalismo, lejos de ser una ideología abstracta sólo accesible a una minoría elitista, es una realidad práctica participada por los individuos.

El pasado 29-S vivimos una jornada en la que la práctica popular del liberalismo prevaleció sobre el sindicalismo institucionalizado del Estado español, sin necesidad de teorías abstractas, adoctrinamiento escolar, apoyo de partidos políticos o propaganda en los medios de comunicación de masas. Todas las estimaciones y experiencias de aquella jornada indican que la huelga general tuvo un seguimiento mínimo, muy alejado del 70 por ciento anunciado por los mismos sindicatos que la habían convocado. La realidad es que, salvo en sectores como el de la Industria, el país continuó funcionando y los españoles se dedicaron a trabajar a pesar de las dificultades que encontraron.

Allí donde los sindicatos impusieron su ley del silencio sobre los transportes públicos, la gente se organizó para salir antes de casa, sorteando los posibles piquetes que intentarían impedírselo; de forma no centralizada ni organizada, compartieron medios de transporte privado o caminaron distancias agotadoras para llegar en hora a su puesto de trabajo. Quienes pudieron, trabajaron desde casa. Los pequeños comercios, indefensos frente a la acción de las hordas sindicales, llegaron a enfrentarse sin cerrar o, para no arriesgar su supervivencia, bajaron la persiana al paso del piquete -clientes en su interior incluidos- para luego volverla a subir y así poder mantener la actividad que a final de mes consigue dar de comer a sus familias. Los otrora aplaudidos sindicatos fueron abucheados por la calle, la gente trabajadora perdió el miedo y no reprimió su enfado exponiendo las vergüenzas de la casta privilegiada que vive a su costa.

En esta lucha reaccionaria de los privilegiados para mantener sus privilegios, en la que ha quedado un instrumento como la huelga, los primeros y más severamente perjudicados fueron los trabajadores humildes. Zonas calientes como Madrid, donde la repercusión mediática es mayor, sufrieron la intransigencia de piquetes que intentaron por todos los medios a su alcance impedir el legítimo derecho a trabajar, también el día de la huelga. Desde la medianoche hasta que finalizaron las manifestaciones, se bloquearon los medios de transporte para impedir que la gente pudiera llegar a sus lugares de trabajo, pero tampoco volver a sus casas. A las 2 de la madrugada, decenas de autobuses permanecían bloqueados por piquetes “informativos”; en su interior, trabajadores que terminaban su jornada a esa hora intempestiva e intentaban llegar a sus casas. Paradójicamente, quienes se autodenominan sus defensores se lo impidieron. Quienes no consiguieron llegar a sus puestos de trabajo perdieron el sueldo y su cotización a la Seguridad Social mientras que los liberados que se lo impidieron cobraron íntegramente el salario correspondiente a ese día, si acaso el único en el que trabajan. Son sólo algunos ejemplos, pero podrían desgranarse algunos más.

Los trabajadores dieron una clase práctica de liberalismo. Sin necesidad de pasar por las aulas ni tener de su parte a grupos de poder organizados, simplemente trabajando, guiándose por el sentido común y esa necesidad tan humana que es ganarse el pan con el sudor de la frente. Esa es la fuerza y la actividad que mantiene con vida a las familias y, como consecuencia, a todo un país. Sin ellos, la pirámide de privilegios que se erige sobre su esfuerzo no podría mantenerse, y el 29-S estos trabajadores sacrificados dieron la espalda a la casta organizada que vive de ellos. No fueron actos heroicos, tan solo un despertar tardío del latente emprendedor que llevamos dentro. ¿Quién dijo que el liberalismo no era atractivo ni popular?