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Etiqueta: Pensamiento liberal

Mariana y los impuestos

En estas semanas marcadas por el debate sobre la subida del IVA, no está de más que recordemos algunas ideas del pensamiento escolástico acerca de la fiscalidad y los impuestos. Sin entrar en las cuestiones actuales sobre si procede o no subir esos puntos del IVA o modificar otros impuestos, me gustaría recordar primero algunas consideraciones al respecto del P. Juan de Mariana, para añadir después un comentario más general sobre la novedosa perspectiva tributaria de los Doctores de Salamanca.

Pronto tendremos ocasión de leer la edición trilingüe del De monetae mutatione que prepara este Instituto; y que comienza en sus dos primeros capítulos explicando con firmeza que “el Rey no es dueño de los bienes particulares de sus vasallos”, por lo que, lógicamente, conforme a derecho y justicia, debe “tomar el beneplácito del pueblo para imponer en el reino nuevos tributos y pechos”. En seguida derivará su argumento hacia lo que constituyó el objetivo de ese librito: criticar la alteración monetaria que practicaba el gobierno de Felipe III por ser causa directa de subida de los precios; juzgando inmediatamente (con enorme perspicacia) que tal inflación era injusta por ser un impuesto oculto, no votado en las Cortes. Me parece de gran actualidad esta frase con la que inicia el capítulo segundo: “Algunos tienen por grande sujeción que los reyes, cuanto al poner nuevos tributos, pendan de la voluntad de sus vasallos…”. En fin, que todavía tenemos mucho que aprender de aquellos viejos maestros.

Por ejemplo, podemos descubrir que adelantaron algunos de los que consideramos principios tributarios actuales, siguiendo la clasificación de Fritz Neumark. Así lo explicaba recientemente el profesor Julio Revuelta, de la Universidad de Cantabria, en el Seminario Laureano Figuerola (URJC) del que ya les he hablado en otra ocasión. Revuelta presentó un artículo elaborado junto a Luis Perdices, buen conocedor de los salmantinos, en el que sostienen que al menos ocho de los dieciocho principios que debe cumplir un sistema tributario moderno, ya quedaron expuestos a finales del siglo XVI y comienzos del XVII.

Sabemos que, desde Adam Smith, fue habitual que en los manuales de Economía Política apareciera una parte consistente sobre Tributación. El mismo profesor de Glasgow señaló cuatro principios: economicidad, certeza, comodidad y justicia. Y con el paso del tiempo se fue alargando la lista hasta los dieciocho que recogería Neumark en sus Principios de imposición (1970). Pues bien, lo que sostiene el profesor Revuelta es que en los diversos textos de la Escuela de Salamanca al menos aparecen bien explicadas estas ocho condiciones: la suficiencia, la generalidad, la capacidad de pago (o proporcionalidad), la redistribución, el menor impacto sobre los agentes y los mercados, que favorezca el crecimiento económico, la continuidad y la economicidad en la recaudación.

No es el caso explicar pormenorizadamente todos ellos, ni señalar las citas de los autores referidos (entre los que Mariana aparece repetidamente). Pero sí me parece una confirmación más de la moderna visión económica con que los doctores de Salamanca intuyeron un orden de mercado libre, al igual que por ejemplo en su teoría sobre el precio justo, el valor de los bienes, o la paridad del poder adquisitivo de las divisas. Y todo ello manteniendo algunos principios que no iría mal recordar a muchos gobernantes actuales: que es preciso respetar un orden moral en los comportamientos privados y en la convivencia entre los hombres; y que también es preciso escuchar (más) la opinión de los ciudadanos por parte de quienes detentan el ejercicio del poder.

Liberalismo Imposible

No ya en el presente, sino desde hace al menos una centuria, puede distinguirse con cierta nitidez entre dos tipos de liberalismo: el “posible”, o ingenuo, y su antagónico, y por tanto, “imposible”, o utópico. Hay quien, con buen juicio, considera a ambos “utópicos”, dado que la ingenuidad del Liberalismo oportunista, por así decirlo, no deja de plantearse en un escenario tan inverosímil (encorsetar al Estado) como el esbozado por el liberalismo estrictamente utópico (negación de lo político). Conviene aclarar algunos aspectos sobre ambos:

Liberalismo Posible, o Ingenuo, incluso “clásico”. Es tan diverso que cualquier definición peca de imprecisión y sesgo capcioso, pero aun así lo consideraré como un movimiento estatista, si por Estado, en su sentido contemporáneo, tomamos a aquel poder unificado y racionalizado que pretende desbancar a cualquier otro poder que le sea ajeno, todo ello con la intención de garantizar el respeto de la libertad individual, la autonomía de la voluntad y la asociación civil fundada en la autoridad de la ley (Estado liberal, y no totalitario).

Estos valores, que tan antiguos nos parecen, fueron los que hicieron a la mayoría de los liberales del XIX (si no antes) apostar por la refundación del poder en base a criterios constructivistas, no obstante inspirados en la carencia de instrumentos políticos y jurídicos que garantizasen la libertad del individuo frente a las fuerzas del antiguo régimen: aristocracia, corte, clero y gremios, por ejemplo. Se trata de una concepción del Estado como translación política de la Ley igual para todos, de su autoridad y su vocación de no interferir en los fines individuales.

Sin embargo, puesto que tamaño esfuerzo es tomado en su conjunto, terminan surgiendo y triunfando valores netamente colectivistas, a modo de respaldo teórico para un entramado institucional ciertamente condenado a la restricción progresiva de la libertad individual. Se cree en la voluntad o el interés general, en el carácter liberador y equiparador de la instrucción pública, del mismo modo que se empiezan a justificar determinadas políticas públicas (A. Smith).

La ingenuidad del posibilismo se traduce, en una época más reciente, en una suerte de conservadurismo oportunista y temeroso, cautivo del Estado y el culto a la unicidad del poder (y que muchas veces bordea el autoritarismo). Queda en él algún resquicio de radicalidad económica, pero sólo alumbrado cuando el resto de facetas sociales se estiman bajo control.

Liberalismo imposible, o utópico. No necesariamente anarquista, porque a pesar de la radicalidad que encarna, muchos de sus defensores asumieron acomplejados el mito del poder impersonal y unificado (confundiendo Estado con gobierno, como sucede en Mises o en Hayek, que siempre arrastró su pasado fabiano).

En su versión más extremista, se trata de un movimiento disperso e indefinido que surge de la frustración y el desencanto político. Despertando del letargo de ingenuidad en el que tan cómodos se sienten sus compañeros conservadores, los liberales utópicos creen incluso superada la etiqueta que los distingue, deseosos de marcar las diferencias y plantarle cara al socialismo en solitario. Negando lo político se alejan de un rigor intelectual que, a pesar de ello, siguen creyendo en su haber.

La utopía se basa en eso mismo: eliminar todo aquello que cuestione la razonabilidad o el consecuencialismo de sus hipótesis (la verosimilitud de una utopía depende más de lo que olvida, oculta o desprecia, que de la rigurosidad del razonamiento lógico que parece confirmar sus máximas). El sesgo político, o la subversión jurídica (creyendo ciegamente en un cierto “contractualismo individualista”), hace a este tipo de liberalismo ubicar el orden de económico, bien por encima de aquellos otros órdenes que en realidad lo preceden, o por el contrario como un todo ajeno a la realidad, ecuación perfecta de la que obtener conclusiones apodícticas (no les interesa la con-vivencia, sino exclusivamente la co-existencia social).

El liberalismo imposible es rebelde, y radical, pero también constructivista y en ocasiones altivamente necio (como todo constructivismo): no entiende el Derecho, ni lo pretende; parte de un tipo ideal de individuo, previo a lo social, ajeno a lo político e íntegro a priori en sus posibilidades de interacción. Confunden el Poder con las facultades de domino real (propiedad privada), regresando así a fases del proceso social muy superadas tras largos siglos de evolución jurídica y política, y que son parte del acervo que define a esa misma sociedad abierta que también dicen defender.El dominio competitivo (propiedad plural) no es capaz de explicarlo todo, pero sí proporciona apariencia de perfección al constructo teórico del liberalismo imposible (resolviendo la cuestión de la soberanía sin negarla por completo -como debería ser-, sino a través de un engendro sin sentido: concediéndosela al individuo).

Y dado que los dos tipos de liberalismo se hallan en la misma precariedad, a pesar de los movimientos y los esfuerzos de uno y otro por aparentar una integridad que le es imposible a ambos, permanece la encrucijada de la que no puede rehuir  quien cree en la libertad del individuo. No queda otra alternativa que recurrir a un estudio de tipo compositivo, que admita la primacía del orden jurídico y moral sobre todos los demás, que comprenda la relevancia del hecho político, de conceptos tan importantes como son el de autoridad y el de potestad, o que sepa distinguir, conociendo la naturaleza de ambos, entre Gobierno y Estado, entre lo común y la mera estructura de dominación impersonal y teleológica, sostenida sobre la moral redistributiva. La complejidad de esta disyuntiva debe motivar las más severas reflexiones, evitando dejarse llevar por la autocomplacencia del oportunista, o del radical, del utópico o del ingenuo que todos llevamos en nuestro interior con mayor o menor intensidad.

El capitalismo bien, gracias

Se arrodilló ante el demócrata Hu Hintao y nuestro monamí Sarkozy, que finalmente le coló de rondón. Y eso que la había organizado BelceBush. Aquella reunión, anegada por discursos anticapitalistas de líderes de países capitalistas, iba a ser el nuevo Bretton Woods. Sarkozy dijo que había llegado la hora de "refundar el capitalismo". Y a lo que hemos llegado es a que lo que hay que re-fundar, son los Estados, los Estados sin crédito, como el español.

La izquierda española, la que todavía se duele de la caída del muro, no tuvo pudor en sacar a la luz su rencor histórico por aquella conquista de la libertad y dijo que la crisis, recién estrenada, era la caída del muro del capitalismo. Cuando los pocos muros que se erigen en países capitalistas ¡son para evitar que lleguen en masa quienes migran hacia él como quien va a la tierra prometida! Pero ni muro ni refundación. El capitalismo bien, gracias. Está en plena purga, zafándose de todos los excesos firmados por los presidentes de los bancos centrales. El capitalismo tiende al equilibrio, y un zurriagazo en forma de liquidez y crédito sin respaldo no podía dejarle indiferente. Pero luego vuelve a su ser, liquida todos los malos proyectos y vuelve a enriquecernos a todos, incluso a los más desagradecidos.

Los inversores, que no se dejan engañar por los políticos cuando se trata de su propio dinero, desconfían de la deuda española. Ese hecho ha forzado a Zapatero, ¡a Zapatero!, a hablar a los españoles de la gravedad de la crisis y de la necesidad de hacer recortes. Tal es el poder del capitalismo para repartir buen sentido incluso a quien siente un rechazo visceral hacia la realidad, como nuestro presidente. Ya no se habla de refundar el capitalismo. Se hacen las cuentas, se calcula qué reforma, de todas las convenientes, será la que menos moleste a los electores, y adelante. Al final, lo que quedan son los excesos de la política, el gasto sin medida, y sin más sentido que la compra de votos.

Y, al final, lo que se ha colado por el sumidero de esta crisis no es el capitalismo sino el discurso de la izquierda, que ni entiende de dónde viene la crisis, ni acepta su propia responsabilidad en ella y se ve forzada a desdecirse, como Zapatero, por el peso de la realidad. En contra de lo que se dijo en su momento, esta crisis económica será una crisis, una más, de la izquierda.

Solventando la deuda con Margaret Thatcher

El pasado mes de marzo la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) otorgaba su Premio Anual de la Libertad a Margaret Thatcher (Primera Ministra británica entre 1979-1990). Un acierto, sin duda alguna. Pocas figuras del mundo político han tenido tanta trascendencia por su pensamiento y por sus hechos durante el siglo XX, con un mensaje dirigido a un destinatario global, que renunciaba al cortoplacismo, descartando deliberada y voluntariamente el relativismo como modus operandi.

Margaret Thatcher, en defensa de la libertad, libró (y salió victoriosa) una batalla sin complejos contra su mayor enemigo durante el siglo XX: el comunismo. La defensa de la libertad y del individuo fue la parte central de su discurso. Ésa es la gran herencia que nos dejó. En consecuencia, las generaciones más jóvenes deberían saber en qué consistió su ideología, con la que primero transformó a su partido y, más tarde, a su país.

En efecto, cuando ganó las primeras elecciones (mayo de 1979), la decadencia moral, económica y política tanto británica como de Europa occidental era evidente. El “consenso de posguerra” (definido por ella en varias ocasiones como “un fraude”) era el principal causante. Éste fue creado por el gobierno laborista de Clement Attlee, aunque lo “perfeccionaron” los propios conservadores para lo cual eliminaron todo componente liberal de sus programas y aceptaron sin crítica alguna el Estado Providencia.

Las consecuencias de este proceder fueron nefastas: bancarrota a todos los niveles del Estado y de la sociedad británica. Ella misma describió así el panorama: lo que estamos viendo en Reino Unido ahora no es una crisis del capitalismo sino del socialismo. El Estado controla la economía restringiendo la libertad sin producir prosperidad. Eso es lo normal en los países comunistas. En comparación con los países comunistas, los occidentales han mostrado que la libertad funciona. Pero en Reino Unido esa libertad está siendo permanentemente amenazada y erosionada. Yo creo que la gente desea tener más libertad de elección en cada uno de los aspectos de su vida: libertad para elegir”.

Por tanto, la primera tarea que tuvo Margaret Thatcher, una vez fue elegida como líder del partido (1975), consistió en cambiar a éste. Tarea complicada y en la que contó con el apoyo doctrinal e intelectual de Keith Joseph (1918-1994). Ambos apostaron por un programa político donde había una serie de premisas innegociables: defensa del libre mercado, importancia de la elección individual y de la responsabilidad, valor de la familia y de la independencia nacional.

Por ello, lo que hizo la Dama de Hierro fue retomar ideas que su partido había defendido en el pasado y de las que se había ido distanciado debido a que el posibilismo, disfrazado de pragmatismo, se apoderó de los sucesivos ejecutivos de Winston Churchill, Anthony Eden, Harold MacMillan, Alec Douglas Home y, sobre todo, de Ted Heath, cuyo gobierno (1970-1974) supuso el principio del fin de un modo de hacer política por parte de los tories. Edward Heath tuvo la opción de cambiar el panorama político y económico británico, aplicando las recetas que luego utilizó Thatcher, pero cedió ante la presión, especialmente de los sindicatos.

La trayectoria política de Margaret Thatcher no presenta fisuras. Más allá de sus tres victorias electorales consecutivas (1979, 1983 y 1987), hay otros hechos que cobran aún mayor trascendencia. Uno de ellos, la influencia sobre su rival político, el Labour Party, quien hubo de cambiar su credo, adaptándolo al marco teórico del Tacherismo. La eliminación de la Cláusula IV fue el gran ejemplo, aunque no el único. Igualmente, durante sus años de gobierno, hubo otro fenómeno que ilustró la veracidad de las tesis manejadas por Thatcher. Nos referimos a la creación del “Essex Man”, esto es, el votante de izquierdas que dio su confianza electoral al partido conservador.

En definitiva, la palabra libertad se presta a que los políticos la empleen de un modo tan retórico, que hace su contenido vacuo. Sin embargo, Margaret Thatcher, le dio un significado real, al mismo tiempo que nos puso sobre la pista de nuevas amenazas que, enumeradas por ella hace 20 años, tienen hoy protagonismo (los Estados fallidos, el terrorismo internacional o el capitalismo de ficción). Para derrotarlas, ella nos dijo tanto lo qué no teníamos que hacer (contemporizar con el enemigo, pues es el primer paso para la derrota) como la estrategia acertada: librar la batalla de las ideas y hacerlo sin complejos, puesto que la superioridad moral de la libertad es algo incuestionable e indiscutible.

El lenguaje antiliberal

A menudo se enseña a los niños a no mentir, porque la falsedad va contra la naturaleza de la comunicación, y no se les explica mucho más acerca de la funcionalidad del lenguaje. Algunos pensadores, poco conocedores de su naturaleza evolutiva, parecen creer que el lenguaje humano sólo sirve (o sólo debería servir) para describir con precisión, claridad y concisión la realidad y compartir información de forma imparcial y desinteresada. Bastantes personas ignoran cómo el lenguaje se utiliza para la manipulación.

El lenguaje es una herramienta cognitiva que sirve para la interacción, el acoplamiento, la cohesión y la coordinación social (saber qué hacer juntos y cómo organizar las tareas). Algunas teorías evolutivas del lenguaje explican que el lenguaje puede surgir en sujetos aislados que no necesitan coordinarse con otros individuos: pero incluso entonces su utilidad es la comunicación entre diversos subsistemas de la sociedad de la mente, que no pudiendo comunicarse internamente de forma directa dentro del cerebro lo consiguen mediante un área de memoria de trabajo común o incluso saliendo al exterior mediante la expresión verbal y volviendo a entrar mediante la audición.

El lenguaje permite la transmisión racional de información objetiva, expresando hechos verdaderos acerca del mundo real, pero esa no es su única función ni su aspecto principal. El habla es una acción y también un medio para la acción: al hablar el emisor actúa sobre los receptores, influye sobre ellos, altera su estado mental, provoca emociones y cambia su conducta.

Estas interacciones y sus efectos pueden ser inconscientes o involuntarios, como cuando un miembro de un grupo percibe una amenaza, siente miedo y emite un grito que alerta y asusta a los demás, que pueden prepararse o escapar. Conforme los animales se hacen más inteligentes y conscientes perciben las relaciones entre las expresiones verbales y los efectos que producen en los demás, aprendiendo a utilizarlas en su propio beneficio (en ocasiones mediante el engaño y la distorsión de los mensajes). El hablante se transforma en un persuasor o seductor, que intenta provocar diversas acciones de sus oyentes para así utilizarlos como medios para la obtención de sus propios objetivos. Los sujetos participantes en actos comunicativos también pueden aprender a defenderse de la manipulación ajena, no creyéndose todo lo que les dicen o sospechando intereses ocultos. La existencia del lenguaje origina una carrera de armamentos evolutiva, desarrollando progresivamente mejores habilidades para su uso y para la defensa ante su abuso.

Los agentes sociales deben resolver problemas de coordinación de sus acciones grupales y de gestión de la confianza para la cooperación. Al actuar como un todo el grupo necesita tener un objetivo común, una sintonía o coherencia que permita que los esfuerzos vayan en la misma dirección y se potencien o complementen mutuamente en lugar de interferir de forma destructiva. Esta meta puede ser propuesta por algún individuo que intenta convencer a los demás de la conveniencia o necesidad de realizar alguna acción; otras personas pueden tener otras ideas diferentes, posiblemente incompatibles, y cada uno argumenta de forma competitiva según sus preferencias y creencias.

Pero el lenguaje que manifiesta la argumentación puede ocultar los intereses reales de cada sujeto. Sea o no sincero el orador que intenta animar a una acción colectiva (su intención no declarada podría ser egoísta y no altruista como pretende), su discurso se refiere al bien común, al interés ajeno (todo es por el bien de los oyentes): habla en plurales colectivos (debemos, queremos) o con formas impersonales (hay que, es necesario). El individuo puede fracasar en su intento de motivar y coordinar la acción social, pero al menos da una buena imagen de altruista interesado en los demás, un elemento en sintonía con el grupo.

Los grupos de interés se basan en alianzas que precisan fidelidad: los miembros necesitan emitir sistemáticamente mensajes que muestren su compromiso por la causa común. El individuo habla bien de su grupo no sólo para presentarse de forma positiva al exterior sino también para manifestar su adhesión. Los miembros de un grupo hablan para animarse y apoyarse mutuamente y para desacreditar a sus enemigos. Las ideas (por ejemplo las religiones), ciertas o falsas, sensatas o absurdas, sirven como cohesionadoras de los grupos, de modo que se fomenta la expresión de las creencias comunes y se penalizan los mensajes críticos que pueden perjudicar al grupo, especialmente si son ciertos.

La hipocresía es un rasgo natural en los agentes cooperativos que compiten por el estatus social. La comunicación sirve para hacer relaciones públicas, para presentarse ante los demás como un buen cooperador y así ganar el aprecio de los otros. La competencia por el estatus lleva a llenar el lenguaje de expresiones de buenos deseos hacia los demás, como los saludos rutinarios. Muchos mensajes sólo sirven para demostrar el reconocimiento y respeto hacia el otro, y estos hábitos se dan por supuestos, de modo que quien no los practica parece no ser neutro frente a los demás sino que aparenta desinterés y provoca emociones negativas, de rechazo. Aunque a menudo se mencionen sentimientos inexistentes, al no hablar de sentimientos parece que no se tienen.

La acción colectiva, especialmente a gran escala, a menudo implica algún perjuicio para otros (una típica actuación como un todo en los grupos es la guerra), sean miembros del propio grupo o de otros grupos. Los dirigentes simplemente declaran que sus actuaciones son por el bien común (o por el bien de los más débiles y necesitados) y no aceptan los deseos de los discrepantes de no participar: tal vez les dejan hablar o incluso votar, para desahogarse de forma inofensiva, pero no les permiten no contribuir una vez que el poder, sea en forma de mayorías o de minorías bien organizadas, ha decidido (la posibilidad de salida disminuiría drásticamente el poder de la acción colectiva). El crítico de la acción grupal, sea por escrúpulos ante la agresión contra otros o por ser víctima perjudicada, corre el riesgo de ser tachado de egoísta o traidor.

El lenguaje de las ciencias sociales, la descripción objetiva de la realidad humana, especialmente de hechos que cuesta asumir, resulta a menudo impopular, y se atiende más a los demagogos que apelan a las emociones, estimulan prejuicios enraizados y realizan bonitas promesas: la expresión de la preocupación por el bienestar ajeno suele importar más que el análisis intelectual de la realidad (porque son los intereses y las emociones, y no la búsqueda de la verdad, lo que en general mueve a la gente). Un parado puede ser técnicamente un trabajador potencial sin empleo a causa del intervencionismo estatal, pero resulta más evocativo presentarlo como un drama personal de angustia, incertidumbre y necesidad de ayuda.

El liberalismo enfatiza la no agresión y exige que la cooperación sea voluntaria y descentralizada pero no anima a ninguna cooperación concreta para ningún proyecto específico: algunos necios pueden acusarlo de promover la indiferencia, de defender privilegios de los poderosos o de estar a sueldo de intereses inconfesables. Es una filosofía política realista y sincera que no intenta ganar concursos de popularidad apelando constantemente a buenos sentimientos de solidaridad que casi siempre sirven para camuflar la coacción institucional.

El liberal puede intentar contrarrestar la demagogia colectivista y las tendencias liberticidas del uso del lenguaje de diversas maneras: explorar lo que no se dice, porque se calla intencionadamente (malicia) o porque no se piensa en ello (ignorancia); investigar las consecuencias de lo que se propone; llamar la atención sobre posibles estrategias de distracción de la atención; preguntar en nombre de quién se está hablando cuando se usan formas plurales, a quién pretende representar el orador (o es que no sabe hablar en primera persona); pedir precisión y concreción para evitar las vaguedades de términos que sólo se usan por sus connotaciones positivas o negativas; llevar más allá el mensaje lanzado, enfatizándolo aun más, para comprobar que es absurdo; preguntar sobre las acciones concretas que el sujeto está realizando por los demás, el ejemplo que debería estar dando ya que muestra tantos buenos sentimientos y reclama que todos ayuden; indagar si el sujeto pretende ser un desapasionado analista científico o un activista o agitador interesado.

Turgot, el último ilustrado

"La intolerancia es como una hiedra que se enrosca en las religiones y en los estados, que los encadena y los devora”.

Ese es el título del reciente libro de la profesora Paloma de la Nuez, publicado en Unión Editorial como un largo estudio que acompaña la traducción al castellano de sus interesantes Cartas sobre la tolerancia, y que sin duda podrán encontrar en la inminente Feria del Libro liberal que organiza el Instituto Juan de Mariana, LIBERacción. También sirvió de ponencia a su autora en la pasada edición del Congreso de Economía Austriaca, así como en un más cercano Seminario de la Universidad Rey Juan Carlos. Por todo ello me ha parecido conveniente escribirles sobre este pensador.

¿Quién fue Turgot? Un escritor francés del tiempo de la Fisiocracia (siglo XVIII), funcionario del gobierno supuestamente absolutista de Luis XVI (pues la Dra. de la Nuez sostiene que el Rey apenas pudo ejercer una verdadera autoridad en medio de los intereses de políticos, nobles, burgueses o propietarios que controlaban los resortes del Antiguo Régimen). En los manuales de Historia del Pensamiento Económico se le cita como formulador de la Teoría de los Rendimientos Decrecientes de la tierra (aunque sabemos que ya antes la había prefigurado el arbitrista español Miguel Caxa de Leruela) y, sobre todo, como el ministro de finanzas que tuvo la ingenuidad de liberalizar el comercio del trigo, convencido de la candorosa hipótesis smithiana de que los precios se ajustan beneficiosamente para compradores y vendedores cuando la oferta y la demanda operan en libertad.

Pero claro, la inexorable fatalidad socializadora nos demuestra que esta utopía era imposible. Ante las medidas de Turgot, evidentemente, no pudo pasar otra cosa que subieran los precios del pan, abundara la corrupción y la especulación, y terminara todo en unas revueltas que serían el preludio de la Revolución. Poco después, Turgot también quiso desregular el mercado de trabajo que controlaban los gremios. De manera que ya pueden suponer que sería fulminantemente destituido por el pusilánime monarca francés, poco antes de subir a la guillotina (que se había ganado justamente).

Ante tales circunstancias, la autora se pregunta si habría sido posible una reforma liberal en esa Francia decadente, o ya estaba abocada al centralismo (jacobino primero y después napoleónico) como única herramienta de cambio. Es cierto que los liberales franceses han sido tal vez demasiado racionalistas para el gusto anglosajón (el propio Tocqueville lo pensaba así). En medio de un país absolutista, pero atascado por el desgobierno, a Turgot se le atribuye una frase apócrifa: “si me dejáis cinco años de despotismo prometo hacer de Francia un país libre”. Aunque sugerente, pienso que no puede aceptarse desde un planteamiento genuinamente liberal. Hay gente convencida de que el Estado es el enemigo; pero ojo: la convivencia social requiere una mínima estructura de gobierno que no debería ser incompatible con la libertad. Este Seminario del que les hablo concluía con una reflexión del profesor Victoriano Martín: Adam Smith nunca reclamaría ese despotismo, porque daba por supuesto el buen funcionamiento de las leyes y las instituciones.

En fin, ironías aparte, solo quería estimularles un poco la curiosidad para que lean más sobre este laborioso e inteligente personaje, del que Rothbard, en su manual de historia de las ideas económicas, escribió un largo capítulo titulado “La brillantez de Turgot”. Para el economista austríaco, hay varias aportaciones consistentes del escritor francés que no han sido suficientemente reconocidas: su defensa de una teoría subjetiva del valor, relegando los costes que luego enfatizaron los clásicos ingleses; una visión moderna del empresario capitalista; y una también avanzada teoría del capital e interés, muy cercana a las ideas de la preferencia temporal o de los costes de oportunidad que bastantes años después quedarían asentadas en la doctrina económica.

¡La escuela austriaca en los periódicos!

Hace unos días fue Gregory Mankiw, uno de los economistas y tomboleros más conocidos del mundo, quien se planteaba que quizá –penurias que ha de sufrir uno– no fuera tan buena idea aquello de dejar que los bancos se endeuden a corto plazo y presten a largo. Ahora, el autor de uno de los libros de macroeconomía más vendidos y estudiados en las facultades parece darse cuenta de que esa estrategia financiera, tan desestabilizadora, tan peligrosa y tan ruinosa puede que no depare demasiados beneficios. Oh, de golpe, comprendemos que ese método tan científico, exacto y respetable que emplean los economistas ortodoxos ha engañado a varias generaciones de universitarios y profesionales; lo que parecían conclusiones asentadísimas dejan de serlo de la noche a la mañana.

Bien está que Mankiw recapacite, aunque mejor hubiera estado que no ignorase La acción humana, de Ludwig von Mises, por el mero hecho de que fue publicada en 1949. Así, quizá se hubiese ahorrado –y hubiese ahorrado a tantos– años y más años de confusión, pues ya en esas páginas Mises analizaba y criticaba el descalce de plazos por el que hoy, 61 años después, Mankiw comienza a preocuparse.

Si la ciencia económica realmente existente, según dicen, es una disciplina nada sectaria, nada ideologizada y nada influida por intereses políticos y empresariales, habrá que asumir que todos los artículos académicos que se publican llevan en sí, implícita o explícitamente, lo mejor de las generaciones anteriores. Así que habrá que asumir que todo lo aprovechable de La acción humana está adecuadamente filtrado, aislado e incorporado en la corriente económica mayoritaria.

Ja.

El otro que hace unos días reivindicó algunas ideas típicamente austriacas fue el ex presidente de la Fed, Alan Greenspan. En un largo artículo con el que pretende sacudirse su más que evidente responsabilidad en la gestación del boom artificial del crédito, Greenspan concluye que los problemas de un sistema financiero aparecen cuando éste se endeuda a corto plazo e invierte a largo. Quizá a muchos les sorprenda. A mí, no tanto. Cualquiera que haya leído qué pensaba Greenspan en 1966 sobre el patrón oro podrá darse cuenta de que la teoría austriaca jamás lo abandonó: para lo bueno y para lo malo. Pues sin tales conocimientos probablemente no hubiese logrado sostener ese castillo de naipes financiero durante tanto tiempo, y la crisis actual hubiese sido mucho más liviana.

Mas no quería hablarles ni de Mankiw ni de Greenspan, sino de otros dos economistas de renombre, Martin Wolf y Paul Krugman, que también han mentado a la Escuela Austriaca en fechas recientes.

Wolf, jefe de Opinión de Financial Times, ha escrito un artículo en que pide opiniones sobre la Escuela Austriaca. En principio, él ve con agrado algunas de sus teorías; por ejemplo, la que dice que la reserva fraccionaria tiende a generar booms crediticios que cristalizan en malas inversiones generalizadas. La exposición de Wolf es simple y muy poco matizada, pero cumple su función de transmitir la esencia sin errores. No podemos decir lo mismo cuando pasa a reflexionar sobre la parte de la teoría austriaca que no le agrada: por ejemplo, la idea de que los problemas de la crisis se solucionan dejando que todo quiebre.

Es cierto que algunos austriacos (sobre todo, en el Mises Institute) son partidarios de que, si es necesario, caiga el sistema. Por no es una postura unánime. Así, Hayek era consciente de los riesgos de la "contracción secundaria", y otros austriacos han alertado sobre los peligros de que la necesaria liquidación se transforme en una sobreliquidación. Yo mismo he sugerido alternativas al rescate público de la banca que no pasan por su quiebra.

Es una pena que Wolf no conozca demasiado bien toda esta rica tradición austriaca, aunque en su descargo reconoceré que los austriacos tampoco han hecho demasiado por darla a conocer.

Muy otro es el caso de Krugman. En el Nobel de 2008 se juntan en distintas dosis la ignorancia y la mala fe. Es difícil saber cuál de ellas prevalece, dados sus antecedentes. Pero afirmar que la teoría austriaca del ciclo económico es incapaz de explicar por qué surge desempleo durante la fase recesiva denota una nula comprensión de la misma. La heterogeneidad y la poca convertibilidad de los bienes de capital, unidas a la falta de ajuste en los precios relativos (salarios incluidos), explican la persistencia del desempleo durante una crisis. En caso contrario no sólo no habría desempleo, sino que no habría crisis. Parece mentira que haya que volver a explicar esto.

Otros economistas de media fila, como Brad Delong, ese que manipula los textos de Hoover para tergiversar a un Hayek al que, por otro lado, él mismo confiesa que no entiende, también han participado en el debate; pero sus opiniones son sólo un refrito de las de Krugman con un poco de jerga monetarista, así que tampoco merece la pena prestarle demasiada atención.

En fin, a lo que iba: periodistas y economistas, sabiéndolo o no, manipulando sus tesis o no, están empezando a conceder a la Escuela Austriaca la relevancia que merece. Probablemente no sea mérito de quienes nos consideramos austriacos –en general, somos divulgadores muy perfectibles–, sino más bien fruto de la propia tozudez de los hechos.

Y es que cuando los bancos centrales expanden el crédito a gran escala, provocan crisis descomunales, rebajan los tipos de interés sin conseguir reinflar las burbujas causantes de todos los males, y los planes de estímulo keynesianos sólo sirven para lastrar el crecimiento presente y futuro, una de dos: o empiezas a aceptar el peso de las teorías austriacas, o dejas que la ideología te ciegue. Esperemos que la gente honrada y equivocada tenga más peso que la gente deshonesta y politizada.

Propaganda de la libertad

Definirse como liberal es todo un atrevimiento cuando la doctrina oficial divide la política en categorías opuestas como izquierda y derecha donde la idea de libertad parece no tener lugar. Aún así, existen subterfugios en los que el votante puede acogerse; hay quienes se consideran liberal-progresistas frente a los que se denominan liberal-conservadores, y evitar así mayores quebraderos de cabeza. Por supuesto que en el mismo país en el que se inventó el termino “liberal” podemos encontrar una minoría excéntrica que se identifica como liberal, y podríamos entrar a desgranar variantes en una lista interminable que solo satisfaría a todos si pudiéramos encontrar tantas acepciones como visiones. Pero esta se antoja como una tarea interesante, aunque estéril en la práctica y, en concreto, en la forma de participación por antonomasia de nuestro sistema político: el voto.

Si hay un momento en la vida pública de las democracias representativas en el que se pueden encontrar algunas semejanzas con un mercado “libre” es el de la cita con las urnas. Existen otras formas de participación con las que las demandas y apoyos pueden influenciar el sistema pero éstas terminan articulándose a través del voto. El profesional de la política vende su mensaje y el votante elige entre las opciones. Mientras que los resultados son medibles y sirven para elegir representantes, formar gobiernos o refrendar decisiones; ni los costes ni los beneficios para los votantes son cuantificables por lo que la elección es emocional antes que racional.

Hoy no se pone de manifiesto la novedad del triunfo de la emotividad sobre la política, sino las consecuencias de su expansión a todos los ámbitos. Mientras esperábamos el fin de la Historia, el Estado ha crecido con las ideologías y sus raíces se entrelazan con las de la democracia evolucionado con ella. De partidos de notables pasando por partidos de masas hasta los llamados electoralistas, los votantes de cada momento histórico han sido movilizados de forma diferente pudiendo identificar intensidades de emotividad distintas. Así, el momento de mayor excitación sentimental colectiva no es el actual sino el del hombre masa orteguiano mientras que hoy aquél ha sido superado por el hombre posmoderno que certificó erróneamente la defunción de las ideologías.

La manipulación sentimental ha sido, es y será la clave de cualquier victoria electoral, pues la forma en que se concibe el mundo, el marco a través del cual pensamos, es la clave por la cual nos identificamos con unos colores políticos y no otros. Ni las razones ni los argumentos nos llevan a las urnas mientras que sí lo hacen los argumentarios y las asociaciones rápidas de ideas. Los falsos debates de los parlamentos no sirven para convencer a la tribuna contraria sino para enviar mensajes a los propios mientras que las construcciones teóricas sobre las que se asientan son elaboraciones anteriores y no se cuestionan durante los procesos electorales.

En este punto nos encontramos, hemos asumido que los antagonismos habían sido superados en una reinterpretación obscena del materialismo histórico y hemos olvidado la propaganda, el marketing de las ideas. De ahí que una idea tan atractiva como la de la libertad tenga más enemigos que defensores, no entre los profesionales de la política -interesados en su libertad y no en la nuestra- sino entre los hombres que se ven reducidos a meros ciudadanos-votantes. Por acción y omisión el debate sobre la tensión entre la libertad y las demás necesidades humanas se ha roto a favor de éstas. No lamentamos la pérdida creciente de libertades que sufrimos a cambio de la falsa protección del Estado; una falta seguridad que nos hace irresponsables e incapaces de vivir nuestras vidas sin que otros tomen nuestras decisiones.

Los escritos y pensadores están ahí, y siempre quedarán preguntas filosóficas sobre las que debatir, pero el liberalismo no puede limitarse a combatir dentro del marco que han construido sus detractores sino que tiene que bajar a la calle para reivindicarse y dejarse querer, no como un liberalismo simpático -para sus detractores, se entiende- sino como lo que es: la reivindicación del individuo y las relaciones que establece libremente.

L. M. Lachmann: elogio de la incertidumbre

Sin incertidumbre, sin la ignorancia inerradicable, consustancial a la sensación de inseguridad ante el futuro, no habría libertad. Somos libres porque somos ignorantes. El corolario de esta ignorancia es que las valoraciones son siempre subjetivas. Si no existe un canon único de valoraciones objetivo, y/o no lo conocemos, valoramos subjetivamente los objetos y las acciones a través de nuestra imaginación y conocimientos.

Como Mises afirmó, el subjetivismo valorativo es esencial en la acción humana y, según el descubrimiento de Hayek, sin obviar lo anterior, el conocimiento está disperso. Según los modernos austriacos, sólo un régimen social de libertad y propiedad privada hace posible que las valoraciones subjetivas y dispersas puedan ser conectadas por medio de la acción empresarial. Si ésta es libre puede tantear las parcelas de conocimiento para coordinar los planes individuales y producir coordinación de planes y, por consiguiente, beneficio empresarial.

No obstante es preciso contemplar esto a la luz de uno de los más oscurecidos representantes de la Escuela Austriaca, el berlinés, Ludwig M. Lachmann para contemplar una dimensión ineludible. Decía Lachmann que la condición humana establece en el individuo una subjetividad radical, y por ende una libertad según la cual no es posible asegurar que la tendencia a la coordinación de los planes fruto de la acción humana es mayor que la tendencia a la descoordinación. Según Lachmann, no es posible hablar de un cierto grado de subjetivismo, que lleva a acciones coordinadoras, ni de conocimientos dispersos coordinables crecientemente por empresarios vía precios solamente. Es precisamente lo que no se ve lo que ha de ser desvelado y si existe cambio impredecible y de ritmos variables es porque las tendencias a la descoordinación, al desorden, fruto de la acción humana son tan fuertes al menos como las que producen orden. Según Lachmann, la incertidumbre proviene del principal foco de valoraciones, que es la imaginación humana individual y que en esa imaginación inaprensible radica la esencia libre del hombre. Concluimos aquí que, restringida la imaginación y la subjetividad, la libertad se ve mermada.

Lo cierto es que podríamos estar ante un universo social tal y como Lachmann lo describe. En términos lógicos habría que aceptar que no es posible predicar un poco de subjetivismo como principio de la acción humana. Éste es o no es. Y si el ser humano es subjetivo, lo es radicalmente, tal y como Lachmann aseguró. Por consiguiente, también es radicalmente libre.

Pero, en apariencia, estamos inducidos a pensar que las sociedades, salvo momentos históricos de desorden, producen orden creciente. Somos propensos a creer que la coordinación es mayor en cantidad y frutos que la descoordinación. Y aquí está lo más relevante de todo esto. Por una parte, la subjetividad es consustancial al ser humano, es la base de su libertad y tanto aquella como ésta producen orden en la misma medida que desorden. Por otra parte, parece que la humanidad crece en número y en capacidad de coordinar a mayor número de personas.

En conclusión, no es cierto que la coordinación humana sea un fruto de la libertad realmente existente y que cuanta más libertad más orden espontáneo surgirá. La coordinación supone que una parte de las valoraciones subjetivas han sido sustituidas por las valoraciones subjetivas de otros a los que se confiere superioridad valorativa. Hay una coacción mental inducida por fantasías o por coacciones físicas que hace que la coordinación sea más posible que el desorden.

Llegados a este punto se trata solamente de establecer cuánta coacción y de qué tipo es la compatible con un régimen de libertad enraizado en la naturaleza humana. En otra ocasión propuse la autoridad religiosa moralista como alternativa a la coacción física e inmoral del Estado. Para un liberal, reactivo ante el Estado, no hay otra alternativa.

Las burbujas y las mentiras de Krugman

…y los inflacionistas pregonaban exactamente lo mismo que pregonan ahora: "Por favor, Mr. Greenspan: baje los tipos de interés y créenos una nueva burbuja con la que ir tirando".

Para que no quepa duda sobre cuáles fueron las palabras de Krugman en 2002, conviene volverlas a anotar. Decía el futuro Premio Nobel, en un artículo publicado en el New York Times:
 

Para combatir la recesión es necesario que la Fed responda con contundencia; hay que incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria, con la que reemplazar la burbuja del Nasdaq.

Tengo la impresión de que a muchos economistas les molesta que los poderes públicos les hagan escrupulosamente caso en sus recomendaciones. Quieren influir e inspirar la acción política, pero no responsabilizarse de la misma. Avalar una determinada política económica suele servir para demostrar que sus nefastas consecuencias proceden de una no menos nefasta teoría económica. Sea como fuere, la recomendación de Krugman fue diáfana: de burbuja en burbuja hasta la explosión final, cuando, naturalmente, estaremos todos muertos como intuía Keynes.

 

Como decía, al Sr. Nobel no le gusta que los fachorros, movidos por el odio hacia su conciencia progre, le recuerden una y otra vez sus palabras. Así que ha contraatacado en su blog negando que dijera lo que dijo. Su frase, asegura, estaba sacada de contexto:
 

Yo no estaba apostando por una burbuja, estaba reflexionando sobre los límites de los poderes de la Fed, señalando que lo único que podía hacer Greenspan para lograr que la economía se recuperase era crear una nueva burbuja, lo cual NO equivale a decir que eso era una buena idea.

No sé si algún fanático se habrá ensartado en el anzuelo de Krugman, pero todo esto cada vez resulta más ridículo. Es a todas luces evidente que Krugman está mintiendo, y además lo está haciendo de manera descarada.
 

Si al menos se tratara de un traspié aislado, de una flor marchita en una pradera de aciertos, aún cabría pensar que esa columna la escribió su alterego neocón. Pero no. Los llamamientos de Krugman a crear una nueva burbuja inmobiliaria fueron constantes en esas fechas. Pueden encontrar una recopilación aquí; por mi parte, me permito destacar los más sangrantes.
 

En una entrevista en Die Zeit declaró:

Durante las fases de bajo crecimiento siempre hay quien dice que recortar los tipos de interés no va a servir de nada. Esta gente olvida que los bajos tipos de interés actúan de distintas maneras. Por ejemplo, ayudan a construir más viviendas, lo que expande el sector de la construcción. Más bien debemos plantearnos lo contrario: ¿por qué diantres no vamos a bajar los tipos de interés?

En otra entrevista, el 18 de junio de 2001, manifestó:

Ahora mismo, todo es posible, incluso que los consumidores contribuyan a la recuperación. ¿Recortará la Fed lo suficiente los tipos de interés? ¿Caerán bastante los tipos a largo plazo como para lograr que los consumidores se metan en el sector inmobiliario? No lo sabemos.

Ese mismo año, en un artículo publicado en el New York Times el 14 de agosto, insistía:
 

Los consumidores, que ya están ahorrando poco y endeudándose mucho, probablemente no contribuirán a la recuperación. Pero la construcción, que es muy sensible a las reducciones de los tipos de interés, sí podría hacerlo.

También en 2001, en octubre, dijo:


La política económica
debería dirigirse a estimular otro gasto que compense temporalmente la reducción de la inversión empresarial. Unos tipos de interés bajos que promuevan el gasto en construcción y otros bienes de consumo duradero son la parte principal de la respuesta. (El énfasis es mío).

Parecería difícil, más bien imposible, que ante declaraciones de este calibre Krugman siguiera negando que promovió la política monetaria que nos ha llevado a la crisis actual. Pero el Sr. Nobel está en ello: en realidad, dice, no estaba defendiendo la creación de una burbuja inmobiliaria, sino sólo la reducción de los tipos de interés. La burbuja, prosigue, fue una consecuencia indeseable de la unión de unos tipos bajos, que él sí defendía, con la desregulación financiera, que él no defendía. Dejemos que él mismo se explique:
 

¿Defendí una reducción de los tipos de interés? Sí. Desde mi punto de vista, eso no es lo que hizo mal la Fed. Necesitábamos una mejor regulación para poner coto a la burbuja, pero no una política monetaria que sacrificara el crecimiento y el empleo con tal de limitar la exuberancia irracional. Podéis estar en desacuerdo, pero eso no me convierte en alguien que promovió deliberadamente una burbuja.

Bueno, ciertamente, su defensa de las reducciones artificiales de los tipos de interés no tendría por qué convertirle en alguien que deliberadamente promovió una burbuja, pero sí en alguien que lo hizo inconscientemente, sin conocimiento de causa, sin tener la más mínima idea de cómo funcionan los mercados; lo cual, dicho sea de paso, no deja en muy buena posición a uno de los premios Nobel que más está tratando de inspirar las acciones del Estado. ¿Deberíamos, pues, dejar todo este escándalo en que Krugman es un irresponsable y un ignorante? Si no queremos hacer sangre, sí. Pero no veo ningún motivo para dejar de probar que Krugman, aparte de irresponsable e ignorante, es un mentiroso.
 

Para ello nos basta con darnos cuenta de que es imposible reconciliar estas dos afirmaciones que realiza en su último post:

Yo no promoví que la Fed creara una burbuja inmobiliaria, sino sólo que bajara los tipos de interés. 
 

Mi frase sacada de contexto era una reflexión sobre las limitaciones de los poderes de la Fed: sólo señalaba que lo único que podía hacer Greenspan para favorecer la recuperación económica era crear una burbuja.

Veamos. Según el propio Krugman, en 2001 y 2002 él estaba defendiendo las reducciones de los tipos para favorecer la recuperación; pero, según él mismo, la Fed sólo podía lograr esa recuperación generando una burbuja inmobiliaria a través de… unos tipos bajos. Si él buscaba la recuperación con unos tipos bajos y la única manera de que éstos la lograran era dando lugar a una burbuja, ¿cómo puede siquiera insinuar que no veía con buenos ojos la gestación de una burbuja en el ladrillo? ¿Acaso estaba defendiendo aquello que según él mismo Greenspan no podía hacer: bajar tipos y relanzar la economía sin generar una burbuja? No, nada de eso. Lo que sucedió fue lo que la navaja de Occam sugeriría que sucedió: Krugman aplaudió la expansión descontrolada del crédito que terminó generando la crisis presente y ahora está mintiendo de manera intencionada.
 

Alguien podría pensar que todo esto carece de importancia, que no va más allá de un episodio chusco en el que Krugman ha sido pillado con el carrito del helado y trata de defenderse como puede. Pero no creo que debamos quedarnos en la anécdota y olvidarnos de la categoría. La honestidad es una de las principales cualidades que le son exigibles a un científico. La honestidad es el primer elemento que nos permite discriminar si una teoría trata de desentrañar la verdad o si, por el contrario, es un mero subterfugio para manipular al público y al resto de la comunidad científica. La honestidad es una de las características básicas que permiten diferenciar a un científico de un propagandista, a un analista de un charlatán, a un economista de un juntaletras con pujos de ingeniero social.
 

No es irrelevante que Krugman haya sacrificado su honestidad en público. Ha mostrado que cuando le conviene está dispuesto a mentir, a tergiversar sus opiniones y a engañar a sus lectores. Cada uno de sus libros, cada una de sus columnas, cada uno de sus artículos académicos deberían ser leídos con mucha más cautela a partir de ahora. Muchos ya lo hacíamos desde hace tiempo. Otros deberían empezar a hacerlo desde ya. A menos, claro, que ellos mismos sean especímenes a lo Krugman: trileros con piel de científicos.