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Etiqueta: Pensamiento liberal

Balmes y el marginalismo en España

Este año se celebra el bicentenario del nacimiento de Jaime Balmes, sacerdote y filósofo catalán que también participó activamente en la discusión política durante el reinado de Isabel II. Balmes tuvo una vida breve, muriendo muy joven para nuestro tiempo (38 años). Es verdad que en su época era menos excepcional, y además se compensaría con una cierta precocidad intelectual (comenzó a estudiar Teología con 15 años) y una copiosa producción literaria: en menos de diez años redactó los libros que en sus obras completas abarcan 33 volúmenes.

De manera que voy a aprovechar esta efeméride para sintetizar una comunicación sobre Balmes que presenté el año pasado en el II Congreso de Economía Austríaca; lo que también me sirve de recordatorio para animarles a participar y/o asistir a la III Convocatoria que se celebrará el próximo mes de abril en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, “aunque sería exagerado llamar a Balmes economista”, en su artículo “la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión”. Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor “tomista” fue “capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger”.

Así que me parece interesante explicar algo más sobre esas referencias al artículo de Balmes titulado Verdadera idea del valor, que publicó en 1844, siendo que -como sabemos- los trabajos que inician el pensamiento marginalista se datan en 1854 (Gossen) o ya en 1871 (Menger-Jevons). Más allá de buscar una imposible conexión entre el político/filósofo español y estos economistas europeos, sí podemos analizar con algún detalle los orígenes de la aportación balmesiana.

Como quiera que se trata de un argumento ya bien conocido por nuestros lectores, no voy a insistir más en las importantísimas contribuciones de Marjorie Grice-Hutchinson para demostrar cómo los escolásticos españoles del XVI y XVII atisbaron una teoría del valor basada en la utilidad, la escasez y la elección subjetiva. Aquellos doctores, que escribieron al tiempo de la inflación provocada por la plata americana, se dieron cuenta de que el exceso de metal precioso disminuía su valor, encareciendo por el contrario el precio de las mercancías. De manera que tuvieron muy claro que el trabajo, como erróneamente se comenzó a pensar a partir de Adam Smith y -sobre todo- David Ricardo, tenía un peso menor en la determinación del valor de los bienes. Lo cual ratificaron definitivamente los llamados autores de la “revolución marginalista” de finales del siglo XIX; y así ha quedado asentado en la teoría económica, hasta nuestros días.

El pensamiento económico de la Escuela de Salamanca se mantuvo con fuerza en las universidades españolas hasta el siglo XVIII, cuando comenzó a declinar. Sin embargo, las doctrinas escolásticas pudieron seguir explicándose con mayor o menor continuidad a lo largo del XIX y no es de extrañar -por tanto- que Balmes conociera el pensamiento tomista en la Universidad de Cervera, donde sabemos que estudió. Por otra parte, como él mismo relata, tuvo experiencia directa de crisis económica y alteraciones en los precios durante algunos episodios de las Guerras Carlistas en Cataluña.

Leemos en su artículo que “el valor de una cosa es su utilidad. Entiendo aquí por utilidad la aptitud de la cosa para satisfacer nuestras necesidades”. Y avisa de que “en este punto, el error fundamental está en confundir el coste con el valor… ideas que a veces andan en proporción, a veces en suma discrepancia”. Pero se sorprende de que tales errores se mantengan en el ámbito intelectual, cuando el sentido común demuestra claramente la experiencia que todos tenemos de “cosas que cuestan mucho trabajo, y no valen nada”. Lo cual no se opone a que, en algunos casos, “el coste del trabajo contribuya al aumento del valor de la cosa; pero es accidental y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella”. Porque la conclusión de Balmes será que “la medida única del valor de una cosa es la utilidad que proporciona”.

No está de más, por todo ello, destacar la perspicacia de nuestro filósofo catalán, en una lógica coherencia con el pensamiento de los doctores de Salamanca. Como señalaba, por ejemplo, Luis de Molina: “Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas, sino en cuanto sirven a la utilidad humana”.

El innovador

Resulta cuanto menos chocante que la clave del éxito del innovador, sea cual sea el ámbito donde actúe, dependa de la capacidad para integrar sus aportaciones dentro del orden efectivo de que se trate. No es cuestión de ocultar la innovación, sino de adaptarla y conseguir que la mayoría de los individuos afectados, la acepten y asimilen con espontaneidad.

Enfrentado a la figura del innovador genuino, tropezamos con el rompedor, definido como aquel que pretende introducir sus personales aportaciones o variaciones dentro del orden que le antecede, pero de manera abrupta, radical y generalizada.

El innovador exitoso será quien logre incorporar el cambio de manera más efectiva y, al mismo tiempo y en cierto modo, será también aquel rompedor centrado en un estrecho ámbito de acción, conducta o valoración. En todo orden dinámico, como requisito de su eficiencia, serán bastantes los innovadores, y no tantos los rompedores indiscriminados pero exitosos. Esto no obsta a que el elitismo moral o cultural tenga también un papel relevante respecto del cambio y la adaptación social. Veamos las particularidades adoptadas por la innovación dentro de los órdenes fundamentales:

1. El innovador político postula un cambio que aparenta ser relevante, siendo ligeramente perceptible dentro del orden subyacente. Según sea una u otra la innovación principal, este tipo de innovador mantendrá inalterados el resto de factores arraigados, éticos, estéticos y morales. Por ejemplo, un hombre negro que quiera conquistar el poder dentro de una sociedad política tradicionalmente en manos de hombres blancos, deberá comportarse exactamente como uno de ellos (en gestos y maneras), manteniendo incluso un patrón de vida perfectamente asimilable al estereotipo más común entre el hombre blanco modelo. Una mujer que pretenda acceder al poder, bajo control masculino hasta ese momento, deberá mostrarse contundente en aquellas conductas, gestos y debilidades en las que pudiera achacársele cierto prejuicio y falta de idoneidad. Un homosexual, en la misma tesitura que los ejemplos anteriores, no podrá sino adaptar su conducta sentimental y de vida en pareja (con alguien de su mismo sexo, se entiende) a los patrones prototípicos, incluso esforzándose en aparentar una extrema rectitud y lealtad. Se trata de que la reacción frente al cambio, que en muchos pudiera suscitarse, quede diluida en una extraordinaria “normalidad” (lo habitual, como lo “normal”), combatiendo prejuicios o reticencias, tengan o no un fondo de verdad.

En cuanto a la innovación estrictamente política, respecto de ciertas medidas o reformas sustantivas, la exigencia de un análisis de distinta naturaleza y mayor rigurosidad, excede el propósito aquí planteado, aunque permite apuntar una idea estricta: la plasmación expresa (en forma de pragmáticas y regulaciones) de cierta transformación o adaptación ante conductas, acciones o valoraciones que vengan siendo relativamente habituales en la sociedad, hará depender su éxito del acierto en la elección del momento de ser planteado ante la opinión pública, en cuyo caso, ni la más feroz discrepancia política o parcial subversión organizada, logrará frenar la articulación de lo que ya era una realidad social efectiva.

2. El innovador moral (continuando en este punto con alguna de las ideas ya expuestas), deberá tomar conciencia de que el éxito de la conducta por él alterada, o lo que es más importante, lograr la tolerancia de un número suficiente de individuos como para formar corriente de opinión, dependerá de la rectitud que demuestre en el resto de ámbitos de conducta, acción o valoración más relevantes.

3. La innovación jurisprudencial, sin cuestionar aquí la naturaleza del contenido normativo o la manera en que éste se transmita, descubra o asimile, no depende de la inmediata y expresa opinión pública (concepto equívoco y confuso como pocos), tal y como sí sucede respecto de la innovación política comentada, o casi cualquier innovación moral.

La innovación jurídica, dentro de un orden jurisdiccional dinámico y competitivo, depende de un criterio de autoridad. La autoridad se conserva hasta cierto momento, aun cuando en el discurrir del tiempo y el acontecer de los actos y decisiones, no siempre todo lo que decida quien ostente dicha autoridad, goce de la suficiente aceptación. En el orden jurídico, el trecho entre los afectados y sus magistrados, es muy superior al que existe, por ejemplo, dentro del orden político. Lo relevante será que la innovación respete el precedente sin que éste se entienda licenciosamente vulnerado. Cabe que cierto precedente sea fuertemente criticado, y que la ruptura con aquel adquiera tintes de liberación. Pero lo habitual será que el innovador jurídico, bien desde la autoridad genuina, o desde la mera influencia o el prestigio, trate de incorporar sus aportaciones concediéndoles apariencia incremental, más o menos integral, pero en ningún caso, como reintegraciones absolutas de una parcela más o menos amplia del contenido jurídico explicitado hasta la fecha. Esta afirmación colisiona con la existencia de un precedente vinculante, que se entendería dentro de sistemas jurisprudenciales consuetudinarios rígidos. La perdurabilidad del precedente dependerá, en todo caso, de su efectividad, y no tanto de su vigencia formal. Es decir, la imposición de la regla del precedente vinculante sólo contribuirá a debilitar el orden jurídico afectado.

4. La innovación dentro del mercado, adquiere matices extremadamente singulares, que lo alejan demasiado de lo que aquí se viene explicando. Aún así, no sería descabellado obtener cierta conclusión al respecto, presumiendo que las innovaciones exitosas (en bienes de consumo, por ejemplo), serán aquellas que no se planteen como un cambio radical en la forma de vida o las creencias de una comunidad.

De hecho (y esta es una máxima tradicional de la publicidad, como un coste más, incorporado a la producción de bienes), nunca se tratará de dar a conocer un producto sirviéndose de argumentos, o exhibiendo conductas, que no fueran en ese preciso instante fácilmente asimilables por el común de los individuos sobre quienes se dirija la campaña. La generalidad de las mismas condicionará el contenido del anuncio. El mercado, como sinónimo del orden social, pero cuya definición se concentra en la producción de bienes y su intercambio, también depende de que la innovación no sea sencillamente una incomprensible y radical propuesta o alternativa. Incluso la más formidable novedad, será siempre dada a conocer manteniendo una estrecha alianza con las acciones, valores o conductas generalizadas o suficientemente asumidas en el preciso instante en que se lance semejante campaña publicitaria. No se trata tanto de evaluar el producto en sí, como de entender la impronta que tendrá entre sus destinatarios su aparición en el mercado.

Obviamente, el rompedor será gratamente acogido entre aquellos que aspiren (al mismo tiempo o en exclusiva) a romper, y a aparentarlo frente al resto. Los modernos viven obsesionados por una curiosa idea de cambio, siguiendo un patrón elitista no sólo en la estética, sino también en la moral y la ética, desechando automáticamente aquello que termine por ser aceptado por el común de los mortales. El rompedor, como pose o actitud sincera, en la medida que permanezca pendiente del resto, vivirá en una perpetua huída hacia ninguna parte. Exclusivamente la permanencia dentro de una selecta minoría, convencido de que no se extienden sus hábitos y maneras, calmará su ansiosa búsqueda de innovación por innovación.

Con este comentario no pretendo despreciar el papel fundamental, muchas veces muy a su pesar, que tienen los rompedores, frente al mero innovador. Los únicos rompedores que deben preocuparnos son aquellos que pretendan valerse del poder para extender sus aspiraciones personales sobre el resto de individuos con los que compartan orden político (incluso más allá). Dentro de un orden social abierto y dinámico, conviven innovadores con rompedores introvertidos o rompedores extrovertidos (siguiendo la distinción antes explicada), sin problema alguno. Los primeros, involuntariamente, filtran sus variaciones, parcialmente por lo general, dentro de la corriente mayoritaria de individuos, creando moda incluso sin buscarlo. Los segundos, obsesionados por imponer aquellos cambios que consideran claves del progreso general, harán lo que esté en su mano, y más, para extender entre el resto de individuos (quieran o no), sus particulares poses o patrones de conducta, valoración y acción.

Europa, en la encrucijada

La zona euro, y la Unión Europea en su conjunto, se enfrentan al reto más complicado y farragoso desde la puesta en marcha de la moneda única.

Como resultado, la tensión se masca en el ambiente: Sarkozy, Zapatero y Barroso defienden el rescate de Grecia mediante la concesión de créditos bilaterales; la canciller alemana, Angela Merkel, rechaza frontalmente esta opción y abre la puerta al desembarco del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Atenas; una postura que no comparte su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, que apoya el rescate y la creación de un Fondo Monetario Europeo; mientras, el Banco Central Europeo se opone a la petición griega de recibir créditos blandos (a tipos de interés inferiores al mercado).

El proceso, de momento, se mantiene en stand by, pero el tiempo se agota. El Gobierno griego necesita colocar en el mercado bonos por valor de 10.000 millones de euros en las próximas semanas, y el interés de su deuda a 10 años ronda el 6,4%, el más alto desde finales de febrero. La situación se agrava y el tono de las declaraciones se dispara, hasta el punto de que Atenas tacha de "miserables" a los alemanes.

Por si ello fuera poco, también saltan chispas entre París y Berlín, los ejes de la UE, después de que el Gobierno francés denunciara la alta competitividad de la economía germana como detonante de los desequilibrios internos que vive la Unión.

Pero, ¿qué le pasa a Europa? Bruselas se encuentra en una encrucijada. El rescate griego crearía un peligroso precedente a nivel político y minaría la fortaleza del euro. Por su parte, la intervención del FMI chocaría, inevitablemente, con las competencias de Bruselas y el BCE. Por último, la expulsión o abandono del euro por parte de Grecia marcaría el principio del fin del bloque común, además de un impacto colosal en la economía griega y en la banca europea.

Sin embargo, lo más preocupante es la sombra creciente de un gobierno único, un "gobierno económico común" a nivel europeo, tal y como reclaman ahora al unísono Sarkozy y Zapatero. Con la excusa de la crisis, la elite política comunitaria aspira a acrecentar su ya de por sí elefantiásico poder. Llegado el caso, la hegemonía de Bruselas sobre los países socios acabaría por eliminar de facto la escasa soberanía política de la que gozan hoy en día los europeos. Y es que, un "gobierno económico" es la antesala de un "gobierno único europeo", que escapará por completo al control de los individuos. Huyan, como del demonio, de las "gobernanzas" en bloque, ya que la historia nos ha demostrado, una y otra vez, que a más gobierno menos libertad, y a mayor expansión geográfica menor posibilidad de escapatoria (voto con los pies).

Espero y deseo que Merkel imponga su criterio y, en caso de rescate, sea finalmente el FMI el que acuda en ayuda de los griegos, por más que les pese a Barroso y a los defensores del "gobierno mundial".

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

La escalabilidad contra la teoría del valor trabajo

La piedra angular de la teoría económica socialista consiste en que el valor de los bienes equivale en última instancia al trabajo que incorporan. Marx, uno de los grandes defensores de la teoría del valor trabajo, pensaba que si las mercancías se volvían iguales mediante el intercambio (1 ordenador =500 euros =50 copas), ello sólo podía deberse a tenían un elemento común al que eran reducibles, y ese elemento común sólo podía ser el trabajo acumulado en cada mercancía.

Al final, pues, para Marx todo podía expresarse en una misma magnitud: el trabajo, entendido como “tiempo de trabajo” y, más en concreto, como “tiempo de trabajo socialmente necesario para producir cada bien”. En este sentido, el valor de la propia fuerza laboral sería equivalente al del tiempo de trabajo necesario para producir las mercancías que necesita cada trabajador para su sustento (de ahí que cuando su jornada laboral se extiende a más horas de las necesarias y no se le remunere se produzca “la explotación”).

Por supuesto, el economista alemán olvidaba que todas las mercancías también tienen otro elemento en común aparte de haber sido producidas por el trabajo humano y es el de ser escasas con respecto a las necesidades humanas que podrían satisfacer. O dicho de otra manera, todos los bienes económicos pueden reducirse a su aptitud para facilitar la consecución de los fines del ser humano: a su utilidad.

Es ciertamente la utilidad, y en concreto la utilidad marginal (el valor del último fin que se puede lograr con una cantidad dada de mercancías), el elemento que determina el valor de los bienes, incluido el del trabajo. Los salarios dependen no del tiempo de trabajo socialmente necesario para “reproducir” a los obreros, sino del valor presente de los bienes económicos que esos trabajadores producen.

Gracias a la teoría del valor basada en la utilidad podemos dar una explicación completa de la formación de los precios y salarios sin necesidad de caer en las numerosas contradicciones  e inconsistencias en las que cae Marx.  Por ejemplo, de acuerdo con la teoría marxiana, todos los trabajos deberían tener un mismo valor, pues los medios que necesitan para sustentarse son los mismos. Sin embargo, Marx se ve forzado a distinguir entre trabajo “medio simple” y trabajo “complejo” para dar cabida a las distintas cualificaciones de los trabajadores y poder afirmar que en el trabajo complejo “entran costos de formación más altos, cuya producción consume más tiempo de trabajo y tiene por tanto un valor más elevado que el de la fuerza de trabajo simple”.

De acuerdo con Marx, los trabajadores más cualificados incorporan a las mercancías tiempo de trabajo complejo, que es varias veces más valioso que el tiempo de trabajo simple y, por tanto, deberían percibir salarios más altos.

El enfoque, no obstante, es problemático, no ya porque quede por resolver cómo definimos qué trabajos son más cualificados que otros con independencia de la utilidad de los productos que generen, sino porque no permite explicar el fenómeno de la escalabilidad.

La escalabilidad es un concepto importado de la teoría de redes que indica la capacidad que tiene un sistema para incrementar su número de usuarios sin perder calidad. Por extensión a una ocupación remunerada, la escalabilidad sería la capacidad de un trabajador para incrementar su clientela sin incurrir en horas de trabajo adicionales (o, más en general, la capacidad de una empresa para incrementar sus ventas sin asumir nuevos costes).

Como explica Nassim Taleb en El Cisne Negro, hay trabajos -como los de la prostituta, el artesano, el panadero o el médico- escasamente escalables y otros -como el del bróker, el escritor, el músico o el programador informático- muy escalables. El panadero sólo puede producir una hogaza de pan adicional si emplea su tiempo en hornearla; el bróker puede vender 100 o 100.000 acciones con el mismo esfuerzo.

El problema que representa la escalabilidad para la teoría del valor trabajo es doble: por un lado, los salarios de aquellas personas que logren “escalar” más su trabajo serán mucho más altos que los de quienes lo logren escalar menos, sin que ello implique diferencias de cualificación. El tiempo de trabajo socialmente necesario para escribir un libro puede ser idéntico para un autor de best-sellers con escasos estudios que para un filólogo fracasado, y en cambio el primero obtendrá remuneraciones muy superiores por su trabajo que el segundo. Por otro, y sobre todo, el trabajo adicional para obtener remuneraciones adicionales en los trabajos escalables es prácticamente nulo: se genera más valor sin más tiempo de trabajo. Por ejemplo, los ingresos de un escritor que venda sus libros electrónicos por internet se incrementarán con independencia de su coste marginal de producción (y con independencia del nulo trabajo adicional necesario para producir las nuevas unidades del bien). Hay, pues, valor que no deriva del trabajo, sino sólo de la utilidad percibida por los usuarios del bien.

Que la escalabilidad de los trabajos contradiga las conclusiones más elementales de la teoría del valor trabajo también sirve para comprender por qué esta teoría pudo florecer en una época en la que la mayoría de los trabajos no eran escalables. Es más, la intuición natural del ser humano, procedente de una mente adaptada para sobrevivir en el Paleolítico, donde ningún trabajo era escalable y donde además las herramientas eran escasas, pasa obviamente por que los bienes valen el tiempo de trabajo que nos cuesta producirlos.

El mismo Adam Smith, partidario de una cierta teoría del valor trabajo, tuvo que dar cabida a la escalabilidad en La Riqueza de las Naciones dependiendo de la fase de desarrollo de la economía. Así, según Smith, “en un estadio primitivo de la sociedad que precede a la acumulación de capital y a la apropiación de la tierra, la proporción entre el trabajo necesario para producir los objetos parece ser la única circunstancia que permite alcanzar una regla que explique su intercambio”; de modo que si cuesta el doble cazar un castor que un venado, el precio del castor será el doble que el del venado.

El ejemplo de Smith es válido para una sociedad de cazadores y recolectores, donde todos cazan lo mismo con una similar destreza, donde el producto es relativamente homogéneo (carne de presa de distinta calidad) porque se emplea para el mismo fin (alimentación) y donde, por tanto, si se pretende cobrar más de dos venados por un castor resulta más económico cazar directamente el castor.

Como explica James Buchanan, en este caso “el rendimiento de la producción física y de la producción por intercambio son idénticos. El tiempo de trabajo, el patrón de medida, es el común denominador en el que se expresan los costes”. Lo cual no significa, con todo, que el valor del castor o del venado dependa del coste o del trabajo empleado en cazarlos, puesto que si la utilidad de la carne de castor disminuyera (por ejemplo, porque mueren algunos de los consumidores que la consideraban mejor que la de venado), los cazadores de castores deberán conformarse con un menor número de venados en el intercambio (hasta que parte de esos cazadores se redirija a producir venado). En el extremo, si los cazadores consideran que la carne de castor es de peor calidad que la de venado, no se cazará ningún castor, no porque sea más costoso que los venados, sino porque no son lo suficientemente útiles como para incurrir en ese coste.

Pero, junto al caso anterior, Smith también reconoce que una vez se empieza a acumular capital, los directivos de las empresas de mayor tamaño pueden obtener salarios superiores a los de las empresas de menor tamaño aun cuando su tiempo sea fundamentalmente el mismo (“aunque sus beneficios son muy diferentes, su trabajo de dirección e inspección puede ser total o casi totalmente el mismo”). Es decir, el economista escocés observa cómo en las sociedades capitalistas el fenómeno de la escalabilidad contradice los presupuestos de la teoría del valor trabajo, hasta el punto de que los salarios de dos directivos se rigen “por principios muy diferentes, y no guardan proporción con la cantidad, las condiciones de vida o el supuesto ingenio de este trabajo de inspección y dirección”.

Una mayor perspicacia de Smith debería haberlo llevado a considerar que el salario de los directivos en plantilla dependía de su capacidad para anticipar y satisfacer las necesidades de los consumidores, proporcionándoles al menor coste posible aquellos medios que necesitan y que, de hecho, cuando no estamos ante un trabajo por cuenta ajena, esas remuneraciones deberían llamarse beneficios en lugar de salarios. Pero para ello Smith debería haber contado con una teoría del valor basado en la utilidad de la que carecía.

En definitiva, la teoría del valor trabajo parece ser cierta en sociedades muy primitivas donde todos los bienes proceden del esfuerzo físico de los seres humanos y donde el único coste de oportunidad pasa por elegir las actividades en las que trabajar. Tan pronto como la escalabilidad de las actividades pasa a ser posible -esto es, tan pronto como se puede generar valor sin trabajo adicional- la teoría queda ridículamente en evidencia y sólo enormes piruetas argumentales desligadas del todo de la realidad permiten mantenerla vigente. Algunos, no obstante, siguen dispuestos a dar dobles saltos mortales en el terreno de la ciencia.

El sexenio de las ‘luses’

Este aniversario es, además, redondo. 2008 fue bisiesto, adelantando de este modo un año la coincidencia de los días del mes con los de la semana. Así, el fatídico 11-M ha vuelto a caer en jueves, el lluvioso 12-M en viernes, el miserable 13-M en sábado y la victoria electoral en domingo. Es una coincidencia que carece de importancia real pero no de cierto simbolismo que todos, aunque algunos lo nieguen, hemos sabido apreciar.

Aquellos cuatro días de marzo marcaron un punto de inflexión en la Historia de España. El gobernante electo, un culiparlante de León del que nadie tenía referencias, imprimió a partir de ese momento –y de una forma deliberada– un cambio de rumbo que hoy, un sexenio después, se verifica en casi todos los aspectos de la vida pública. Zapatero, que había sido motejado como el Sagasta de Aznar, traía un programa de metamorfosis nacional que, sin descanso y surfeando sobre la ola de demagogia que rompió frente a la sede del PP la tarde del 13-M, ha aplicado punto por punto y coma por coma.

Su desenfreno legislativo, su pose de iluminado y sus enfermizas ansias por transformar una realidad que no satisfacía sus prejuicios de pequeñoburgués provinciano, nos han llevado a la situación actual, con el país cogido por alfileres y la respiración contenida por el tsunami económico que, sí o sí, nos va a arrasar en cuanto levantemos la cabeza. A excepción de los artistas de la ceja, de Teddy Bautista y de la madre de Leire Pajín, hoy nadie está a gusto en España. Los unos porque la revolución de las luces, –las luses, que diría Bibiana Aído– apadrinada por el Gobierno no ha llegado lo suficientemente lejos. Otros porque se han roto demasiados melones sin saber muy bien qué iba a hacerse después con ellos.

En el sexto año triunfal todos, menos los que chupan del bote, tienen su agravio. La izquierda porque, a pesar de todo, el capitalismo vivaquea y los socialistas, lejos de asaltar el Palacio de Invierno, se han apuntado a la juerga de vestir de Armani, volar en primera y presumir de peluco suizo. La derecha porque, avergonzada de sí misma, es objeto de mofa, befa y escarnio público. Los nacionalistas, los vascos, los catalanes y hasta los que aseguran vestidos de jotero que Castilla es más nación que nadie, siguen sin poder subirse al balcón del ayuntamiento para proclamar la independencia de su taifa. Éste es el resultado de gobernar con el estómago y no con la cabeza pensando que España, más que un grupo de individuos que se dedican a sus cosas, es una caseta de la feria de Sevilla donde, aunque se cambien los farolillos, la fiesta nunca decae.

La recesión es cosa de todos

En estos tiempos que corren, malos para la economía, malos para la universidad, malos para la ilusión, la gente hace lo que puede para encontrar balones de oxígeno emocionales que le ayuden a no desfallecer. La economía, ciencia basada en la acción humana, a veces depende de imponderables como la confianza o la esperanza. Por eso muchas personas de buena voluntad se apuntan a iniciativas que pretenden “arreglar entre todos” cuestiones que deben solucionar otros. Lo deseable es que quien la haga la pague, o al menos, que le salga caro…

Pero lo relevante cuando hay convulsiones dramáticas es ir al epicentro, al origen. Cuenta la historia que dos mujeres lavaban en el río cuando vieron un hombre que bajaba arrastrado por la corriente mientras trataba de mantenerse a flote. Las mujeres dejaron sus quehaceres y se apresuraron a socorrerle. Cuando estaban con él en la orilla, vieron un segundo hombre que bajaba arrastrado por el río igual que el primero. De nuevo, las mujeres corrieron a ayudarle. Mientras intentaban sacarle vieron un tercer hombre en las mismas circunstancias. Una de las mujeres salió del río y empezó a caminar río arriba. La otra exclamó: “¡Qué haces! ¿Por qué no me ayudas?” La respuesta fue muy clara: “Ya lo hago. Voy a ver quién les está empujando”.

En el caso de la recesión que padecemos, ir en busca de quien empuja no consiste en poner una tirita, meter el dedo en el ojo al partido del gobierno, echar la culpa a los empresarios, o a los trabajadores, o a los artistas… consiste en revisar que ideas están detrás de las acciones incorrectas.

Las ideas económicas a veces llevan directamente a la adopción de una política económica. Ésas no son realmente las más peligrosas cuando son erróneas. Encontrar el origen del error es sencillo. Pero hay teorías económicas que parecen abandonadas en la nube de la abstracción y que están reservadas para los cuatro profesores que nos dedicamos a rastrear en las ideas de otros (economistas o filósofos) que ya no están aquí: el club de los economistas muertos. Y sin embargo, ésas son las más peligrosas porque, aunque no sea evidente, a veces esas ideas permean la mente de toda una generación y se transmiten de profesores a alumnos, de padres a hijos, de legisladores a ciudadanos, sin que se note. Y no es fácil rastrear, de ese modo, “quién está empujando” río arriba.

Una de esas ideas, por ejemplo, es que la economía es un mecanismo, otra es que la riqueza es estática, como una tarta a repartir, y que si uno tiene mucho es porque se ha arrebatado parte de su porción a otro. Y así, podemos hacer una lista interminable. En muchas ocasiones otros teóricos son conscientes de estas ideas tóxicas (memes) que se atrincheran en la mente de la sociedad, y responden, argumentan, escriben, difunden otras teorías “sanas” que deberían suplantar a las tóxicas. Pero no suele suceder. Las razones son múltiples, complejas y difíciles de estudiar.

La recesión, según Jesús Huerta de Soto, es la muestra de que la crisis financiera ha pasado. Los agentes económicos empiezan a reestructurar sus gastos, sus empresas, sus necesidades, toman medidas y eso es bueno. Doloroso, por el paro, por el cierre de empresas, por el drama personal de los afectados, pero necesario. Como la resaca después de una borrachera. El cuerpo reacciona y eso está bien, pero es francamente desagradable.

Lo ideal es que las inversiones malas que se han depurado sean sustituidas por otras mejores, que las empresas no rentables que se han ido al garete sean sustituidas por otras que sí lo son, y de esta manera, que los trabajadores que han perdido su trabajo encuentren fácilmente otro. Este proceso se basa en la idea del “orden espontáneo” que vislumbró Mandeville en su teoría de las consecuencias no queridas, lo apuntó Adam Smith en su teoría armónica de la sociedad y lo explicó clara y profusamente Hayek, padre de la idea del orden espontáneo en economía.

La razón por la que no cuaja es que en nuestra sociedad sigue en vigor la perniciosa idea de que la economía es un mecanismo y que es necesario ajustarlo permanentemente. Los mecanismos automáticos que funcionen perfectamente de aquí a la eternidad simplemente no existen, antes o después se deterioran… como los mercados (si fueran mecanismos automáticos). Por eso la gente levanta sus ojos y mira a los gobiernos, a ver qué hacen.

Lo malo es cuando en vez de facilitar que la economía se reestructure, el gobierno refuerza las inversiones no rentables (el ladrillo) y no facilita que se reintegren los trabajadores parados porque no aparecen nuevas empresas. Y eso es lo que está pasando en España. Quienes podrían competir vendiendo a las empresas energía barata, como la británica CENTRICA, se van porque los privilegios de Iberdrola y Endesa impiden la entrada en el mercado de nadie más. El dinero de los ciudadanos que se debería dedicar a investigación se concede arbitrariamente a 16 centros tecnológicos afines por motivos políticos, dejando desnutridos los 73 centros restantes.

Tal vez los resultados de las malas medidas del gobierno ayuden a que algunas personas se planteen quién está tirando al río la economía, y el paradigma económico cambie. De lo contrario, seremos prometeos cargando con las consecuencias de nuestras ideas tóxicas.

Churchill, Zapatero y la solidaridad cristiana

Proclama Stendhal en Rojo y negro que “la idea más útil a los tiranos es la idea de Dios”. Es evidente que el genial escritor francés se equivocaba; si hubiera vivido en el siglo XX se habría dado cuenta fácilmente de que el concepto más usado por los déspotas de toda condición ha sido el del Estado (con sus diferentes variantes colectivistas: la Nación, el Pueblo, el Proletariado, la Raza…).

Sin embargo, para los creyentes es doloroso reconocer que tiranuelos de todas las épocas se han apoyado en la idea de Dios (algunos siguen haciéndolo) para asentar su dominio y que, en algunas ocasiones, este control ha tenido el consentimiento (e incluso la colaboración) de los estamentos religiosos oficiales.

Pensaba en esta cuestión de las relaciones de la Iglesia con el poder político mientras leía la noticia de la recaudación de la casilla del 0,7% en el IRPF. Según estos datos, hasta 2006, el Gobierno destinaba 156 millones al sostenimiento de la Iglesia Católica. Hasta ese año, los españoles podían dar el 0,5% de su IRPF a este fin pero, si no se llegaba al mínimo con esta fórmula, el Estado completaba esos 156 millones. Desde el 1 de enero de 2007, la Iglesia sólo se financia con las aportaciones voluntarias de sus fieles a través de la Declaración de la Renta: este año han sumado 252 millones (y eso que la casilla aparece deshabilitada por defecto en el borrador y algunos pueden haberse olvidado de marcarla).

Es decir, que desde que el Poder Político ha dejado de velar por el mantenimiento de la Iglesia Católica, a ésta le ha ido muchísimo mejor. No creo que sea una casualidad. Como en todo mercado que se precie, la necesidad ha agudizado la virtud de la Conferencia Episcopal, que ha lanzado sucesivas campañas para convencer a sus fieles (e incluso a algunos que no lo son) de que colaboren tachando la famosa casilla.

De esta manera, en los últimos años, ha aumentado su presencia en los medios, ha mejorado su política de comunicación y han sido más palpables sus reivindicaciones (incluso algunas con las que los liberales podemos no estar de acuerdo); en general, ha crecido su importancia social. No es sólo una cuestión económica. Estoy convencido de que, cuanto más se aleje la Iglesia del Estado, más cercana estará a sus fieles y menos antipatías provocará.

Y no es únicamente un asunto que deba plantearse la Iglesia. Numerosas ONG (muchas de ellas bienintencionadas, otras son meras cazadoras de subvenciones) viven de las ayudas públicas, generando dudas sobre sus verdaderas intenciones y sometiéndose a la censura de un poder político que tiene en sus manos el control de su supervivencia.

Entre mis conocidos progresistas, es habitual la acusación de que “la Iglesia se financia con dinero público” y la exigencia de que no utilice esos fondos para organizar manifestaciones o campañas contra el Gobierno. Aunque es evidente su incoherencia (sólo les molestan las subvenciones a la Iglesia Católica, no a ninguna otra confesión, ni a sindicatos, productores de cine, ONG no cristianas o asociaciones de vecinos), no me importaría en absoluto que acabasen consiguiendo su propósito, puesto que estoy convencido de que, en un espacio corto de tiempo, sería muy beneficioso para la Iglesia a la que pertenezco.

Entre los países occidentales, EEUU es aquél en el que la fe (sea cual sea la religión que uno profese) y la idea de Dios están más presentes en el debate social. La influencia de la religión en la vida pública es mucho mayor que en los países europeos, aunque, desde un punto de vista legal, no existe ningún otro Estado con mayor separación frente a las distintas confesiones.

Precisamente porque fue un país creado por los disidentes que no queríamos en Europa, quisieron asegurarse de que ninguna religión se imponía sobre las demás; y, al consignarlo legalmente, consiguieron que sus tan queridas creencias marcasen la vida de su país con mucha más fuerza que la de cualquiera de sus vecinos. Y no es casualidad, tampoco, que también sea éste el país en el que más voluntarios y más dinero privado reciben las diferentes organizaciones de beneficencia (todas ellas, sea cual sea su objetivo, desde las parroquias hasta Greenpeace).

Por eso, mientras escribía este artículo, recordaba el Desayuno de la Oración al que acudió José Luis Rodríguez Zapatero hace unos días en Washington y me venían a la memoria unas memorables palabras de Winston Churchill para recordar la diferencia entre la solidaridad real que siempre ha estado detrás de la doctrina cristiana y aquélla, radicada en los Presupuestos Generales del Estado, de la que alardean muchos de nuestros políticos: “El socialismo de la era cristiana se basaba en la idea de que ‘todo lo mío es tuyo’; en cambio, el socialismo del señor Grayson parte de la idea de que ‘todo lo tuyo es mío”.

‘Avatar’: la verdadera historia

Realmente ha sido el éxito de estas navidades. Quién no se ha conmovido viendo en 3D las peripecias de los indígenas de Pandora, los navis, tratando de salvar su Árbol Madre de la codicia del capitalismo-imperialismo americano, siempre en busca de pueblos a los que explotar y esquilmando las materias primas de la tierra.

Una lucha desigual en la que los navis, luchando con arcos y flechas, se marcan una Intifada y, ayudados por unos dragones alados con los que tienen una relación que ya querría el cabo Rusty con Rin Tin Tin, plantan cara a los mismísimos marines. Además, hay una linda historia de amor en la cual una indígena navi, que realmente no está nada mal y encima es muy progre y liberada, le enseña al prota (un marine que ha sido enviado dentro de un cuerpo navi a espiar a su pueblo para robarles minerales) los valores de respeto a la naturaleza, sostenibilidad y solidaridad innatos en la raza navi… entre otros temas más personales.

Así, el marine se encoña, digo se solidariza con la hembra navi y, aunque le cuesta adaptarse a una cultura que le es ajena y tiene verdaderos problemas con el idioma, finalmente decide traicionar a sus compatriotas (algo así como Montilla, pero con un poco más de estilo) y plantar cara a la maquinaria bélica americana.

Todo precioso. Incluso Evo Morales ha declarado sentirse identificado con los navis, lo cual no está nada mal, teniendo en cuenta que los susodichos navis son azules y miden casi tres metros, mientras que el líder indigenista bolivianos es más bien chaparro y de tez cetrina. Repito, todo precioso, pero no sucedió así.

El amigo James Cameron se ha marcado una peli que no respeta lo más mínimo qué es lo que pasó cuando los americanos llegaron a Pandora, sino que ha cocinado un refrito entre Pocahontas de Disney y las obras completas de Rosseau, con algo de Tarzán de los Monos. Eso sí, en 3D y con unos efectos especiales que te dejan boquiabierto. Pero la verdadera historia de lo que pasó en Pandora es muy diferente.

– En primer lugar, los Navis, como todos los pueblos primitivos, vivían en un estado de guerra perpetua entre clanes. La esperanza de vida era bajísima y, en general, se mataban unos a otros y practicaban el canibalismo, los sacrificios naviazos; como en todas las sociedades primitivas, la esclavitud era una práctica común. La llegada de los americanos, como la de los españoles al Imperio Azteca, prohibiendo los sacrificios a los dioses, o la de los británicos a  la India persiguiendo las cremaciones de viudas, significó el fin de dichas bárbaras prácticas.

– El supuesto equilibrio ecológico que mantenían los navis no era tal. De hecho, estaban acabando con las poblaciones de grandes animales y dragones alados, al igual que los primitivos pobladores protoindios de Norteamérica acabaron con la megafauna pleistocénica o los navegantes polinesios que arribaron a Nueva Zelanda se cepillaron a todos  los moas. La introducción por parte americana de modernas técnicas de gestión de la fauna y la aparición de ecoturistas dispuestos a dejarse unos dólares por fotografiar dichos animales, hizo que los navis se planteasen que era más rentable (y menos cansado) ser guía turístico o camarero en un lodge, que cazador con dragones alados, con lo que la presión sobre la fauna disminuyó.

– Las hembras navi no estaban lo que se dice liberadas. Al igual que en los pueblos de Nueva Guinea o en las tribus yanomami de la Amazonia, las hembras estaban claramente en una situación inferior, sin derechos, siendo propiedad de los machos y tratadas como mercancía. La mentalidad políticamente correcta de los recién llegados americanos cambió esta situación.

– Como todo pueblo sin acceso a la medicina moderna y a las prácticas higiénicas actuales, los navis eran acosados por enfermedades endémicas, parásitos internos y problemas de desarrollo debido a la malnutrición. Con la llegada de los americanos los índices sanitarios dieron un salto espectacular.

Finalmente, sí hubo descontentos, agitadores, etc., una especie de liberados sindicales, que iban por las nuevas urbanizaciones que habían surgido con piscina y televisión a las que los navis, con la pasta que habían ganado trabajando en la industria mineral, se estaban desplazando a vivir de forma masiva. Dichos elementos trataban de atizar el descontento entre la población nativa y, de paso, presionar a las autoridades coloniales USA para que les diesen una subvención.

– “¡No queremos a los americanos¡ ¡Yankees go home! ¿Qué les debemos a los americanos?”, grita el agitador

– “Las vacunas y las campañas de desparasitación”, contesta un voz tímidamente.

– “Bueno, las vacunas y las campañas de desparasitación, ¡pero nada más!”

– “Y el alcantarillado…”.

– “Han acabado con los sacrificios navianos y las guerra de clanes. Gracias a ellos, no hay malnutrición ni esclavitud”.

– “Han hecho respetar los derechos de las hembras”.

– “Tenemos casas de verdad, televisores, aire acondicionado…”.

– “Hemos aprendido inglés, podemos salir de Pandora y viajar por toda la galaxia”.

– “Vale. Pero ¿aparte de las vacunas, el alcantarillado, la casas, los derechos de las hembras, el fin de la malnutrición, la esclavitud, las guerras de clanes, los sacrificios, los televisores, el idioma inglés, etc., qué les debemos a los americanos?” (sic)(aunque creo que esta escena la he visto en alguna otra película).

Finalmente, qué pasó con los protagonistas a nivel personal. Suertes distintas. Mientras que el marine que tomó avatar de navi aprovechó sus tres metros para fichar por la NBA y que Niké lanzase unas zapatillas con su nombre (dicho sea de paso, los navis monopolizan desde entonces la posición de center en dicha liga), a la bella indígena le salió mal la jugada.

El susodicho marine la preñó, se piró a la tierra “a la francesa “ y ahora, soltera y con cuatro cachorros navi que alimentar, pues las camadas navi son múltiples, trabaja de reponedora en un Mercadona que se acaba de abrir en Pandora…

En fin, que esto es lo que realmente pasó.

Habsburg

Estas semanas atrás ha fallecido la Archiduquesa Regina, esposa de Otto de Habsburgo, el hijo del último emperador del trono Austro-Húngaro, Carlos I (1887-1922; quien ha sido recientemente considerado Beato por la Iglesia Católica  debido a sus virtudes y su preocupación por el sufrimiento de su pueblo durante la I Guerra Mundial, en la que también trató de mediar para conseguir un tratado de paz). Aunque vive todavía, Otto transfirió los derechos dinásticos a su hijo Carlos, que es actualmente el jefe de la Casa Imperial de Austria y Real de Hungría. Está casado con Francesca Thyssen-Bornemisza, hija del Barón Hans Heinrich y su segunda mujer.

Pero no se trata aquí de hacer una crónica de sociedad, sino de explicarles por qué me ha parecido relevante escribirles sobre la dinastía Habsburgo, generalmente conocida en España como la Casa de Austria. Recordarán que se inició con el Emperador Carlos V (1517), nieto del Maximiliano de Austria; y se mantuvo hereditariamente hasta la muerte sin sucesor directo de Carlos II (1700), tras la que se instalaría la Casa de Borbón con Felipe V. Pero los Habsburgo siguieron regentando las posesiones austríacas a partir del hermano de Carlos, Fernando II, manteniendo él mismo y sus descendientes la Corona Imperial, que con los siglos devendría en el citado Imperio Austro-Húngaro. Hasta su extinción, después de la I Guerra Mundial y los tratados de París, que fueron rabiosamente hostiles contra esta dinastía al desposeerla de su territorio y dividir los reinos.

Así pues, una primera simpatía por los Habsburgo proviene de ese lejano parentesco con la Corona española. Genealógicamente, los monarcas hispanos y los emperadores austríacos casaron a sus príncipes e infantas con excesiva promiscuidad, siendo ésta la causa principal de la extinción de la rama española. Pero junto a ello, las cortes de Madrid y Viena mantuvieron una notable cercanía política, militar o cultural. Como bien ha estudiado Gabriel Calzada, hubo una trasferencia directa del pensamiento de la Escuela de Salamanca a las universidades del Imperio. De manera que no es ninguna casualidad que, al cabo de los siglos, los fundadores de la Escuela Austríaca de Economía reconozcan en los escolásticos españoles de Salamanca sus orígenes intelectuales. Como también vendrán leyendo en los artículos, conferencias o eventos que promueve el Instituto Juan de Mariana, es posible encontrar una conexión entre las explicaciones sobre el Precio Justo de los maestros salmantinos y la formulación de la teoría subjetiva del valor que enseñaron Menger y sus sucesores.

A lo que añado otra razón: y es que, al terminar los encuentros de la sociedad Mont Pelerin, Hayek y sus amigos liberales brindaban por el viejo Imperio Austro-Húngaro… Es una anécdota que me resulta cordial, aunque se la cuento de oídas. Pero la encuentro bastante verosímil; también porque la organización multicultural del Imperio, con todas sus carencias, expresaba un grado de liberalismo y descentralización muy razonable para nuestros autores; a la vez que molesta para unos países europeos cada vez más intervencionistas. Con el final del Imperio tras la I Guerra Mundial y la posterior anexión de Austria por Hitler, se dispersará por el mundo la última generación de pensadores austríacos. Aunque hacía tiempo que lo venían intuyendo: Mises transcribe en su Autobiografía la amarga queja de Carl Menger en los albores de la Gran Guerra sobre “las consecuencias que el mundo pagaría por el abandono del liberalismo y del capitalismo”.

Termino recomendándoles algunas lecturas: repasen a Stefan Zweig y El mundo de ayer (Memorias de un europeo); también a Joseph Roth, La cripta de los capuchinos y La marcha de Radetzky; y si tienen la fortuna de localizarlo, el Requiem por un imperio difunto de Fetjö. Los disfrutarán; y les darán que pensar.

El ‘impuestazo’

El sistema de la Seguridad Social –la caja única que abona las prestaciones de los jubilados presentes con el dinero de los trabajadores presentes– es un modelo de reparto o redistribución condenado a la miseria y quiebra más absoluta por una cuestión de mera aritmética poblacional. Simplemente, es insostenible, ya que el número de jubilados futuros será muy superior al de afiliados futuros. La escasa natalidad y el progresivo envejecimiento de la población causará, más temprano que tarde, un déficit estructural en la hucha de las pensiones.

Es decir, números rojos o, dicho de otro modo, lo que pagan los contribuyentes no alcanzará para mantener el actual nivel de prestaciones. Esto es un hecho, reconocido ahora por el Gobierno, pero avalado desde hace años por la mayoría de economistas y organismos internacionales. De hecho, todos los países con un sistema de reparto similar al español sufren la misma dolencia: la insostenibilidad de las pensiones públicas. Así pues, no es de extrañar que los gobiernos vecinos, desde Francia a Italia, pasando por Alemania o Reino Unido, entre otros, hayan planteado reformas similares.

Tan sólo hay dos opciones para mantener el actual modelo de reparto. En primer lugar, tal y como ha planteado el Gobierno, retrasar la edad de jubilación y ampliar el período de cálculo para recortar la cuantía a percibir. En resumen, trabajar más y cobrar menos.

Claro que también existe una segunda opción, si cabe mucho pero que la anterior. Y ésta es, precisamente, la salida que buscan los sindicatos. Aumentar los impuestos para financiar las pensiones. De este modo, una porción del coste se financiaría mediante los Presupuestos Generales del Estado.

Así, el sistema ya no sólo se sufragaría con las cotizaciones que pagan empresarios y autónomos (un impuesto sobre el trabajo) sino que, además, precisaría de nuevos y crecientes recursos públicos para mantener el actual modelo más o menos a salvo. Es decir, o bien los contribuyentes pagan muchos más impuestos o bien la Administración Pública redirige partidas presupuestarias enteras a pagar pensiones (algo que no va a suceder). De este modo, el rechazo al denominado "pensionazo" bien podría acabar con algo mucho peor, la aplicación de un "impuestazo" destinado a vaciar, aún más, el bolsillo de los contribuyentes.

El debate está mal planteado en origen. La pregunta clave no es "sí" o "no" a la reforma que plantea el Gobierno sino la valentía o no de apostar por una cambio de modelo, pasando de un sistema de reparto a un sistema de capitalización individual en el que cada trabajador pueda disfrutar en el futuro de los ahorros acumulados a lo largo de su vida laboral.

En lugar de rechazar la reforma, lo importante es abrir un debate serio sobre la posibilidad de iniciar una "transición sensata hacia el sistema de capitalización personalizada de las aportaciones de cada trabajador, con un fondo de solidaridad intrageneracional (y no intergeneracional) que cotice por quienes no puedan", tal y como plantea la Asociación para la Reforma de las Pensiones.

Un sistema de estas características no sólo garantizaría la sostenibilidad del sistema sino que, además, permitiría a los trabajadores de hoy jubilarse con una pensión digna, cuya cuantía media se situaría en 3.500 euros al mes. No apostar por este modelo condenará, sin remedio, a la miseria a los contribuyentes y jubilados del futuro.

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.