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Etiqueta: Población

El lenguaje económico (XLVII): Población

Fue el agudo y original Rothbard (2012: 380) quien apuntó esta idea: «Fue [Josiah Tucker] también un mercantilista típico al instar al gobierno a fomentar el aumento de la población». Hoy veremos los errores del mercantilismo demográfico, a saber, la pretensión gubernamental de controlar —incrementar, mantener o reducir— la población.

Mercantilismo demográfico

Mercantilismo e intervencionismo son sinónimos. Ambas doctrinas afirman que el gobierno debe interferir el libre comercio para beneficiar a la nación, protegiendo y/o favoreciendo específicas industrias nacionales. El mito mercantilista por excelencia es la «balanza comercial favorable»: la equivocada creencia de que una nación mejora cuando las exportaciones exceden a las importaciones. Richard Cantillon fue el primero en exponer que el aumento de dinero en un país eleva los precios internos y fomenta las importaciones, acabando de este modo con la balanza de pagos favorable (Rothbard, 2012: 401).

España vaciada

Esta expresión se refiere a aquellos territorios —municipios, pedanías, aldeas, caseríos— que van perdiendo habitantes, pudiendo llegar a un completo despoblamiento. La población en España aumenta, pero hay un trasvase poblacional del campo a la ciudad. Los motivos de esta preferencia son evidentes: el hombre obtiene ventajas de la concentración humana. Los mercantilistas demográficos, cual enemigos de la realidad, desean revertir este proceso social mediante la coacción estatal, es decir, a golpe de subsidios (vivienda, transporte, dinero). Todo ello se hará a expensas del contribuyente urbano, que verá reducido su nivel de vida. Lo que nadie puede lograr es convencer a los empresarios para que abran negocios —sucursales bancarias, farmacias, gasolineras y otros comercios— en las zonas más despobladas y sufran pérdidas.

Reto demográfico

Tenemos en España un ministerio para la transición ecológica y el reto demográfico, pero nadie nos aclara a qué «reto» (en singular) nos enfrentamos: ¿superpoblación? ¿infrapoblación?, ¿inmigración?, ¿envejecimiento?, ¿sistema de pensiones?, etc. La literatura política al respecto es un repertorio de frases huecas, mantras progresistas e imposturas diversas: riesgo demográfico, cohesión territorial, sostenibilidad ambiental, habitabilidad humana, etc. Lo único claro es la creciente diferencia poblacional entre zonas urbanas y rurales, algo que viene sucediendo desde el origen de los tiempos. El gobierno considera que este «desequilibrio» poblacional es nocivo (para la nación) en términos de equidad y de igualdad de oportunidades, pero ¿por qué motivo debería estar la población equilibrada? El hombre actúa porque está insatisfecho (Mises, 2011: 985) y se desplaza de unas zonas a otras buscando «mejores» oportunidades, si deseara tener las «mismas» oportunidades, no haría nada.

Igualdad de oportunidades: una imposibilidad

La naturaleza es diversa. Los hombres son distintos entre sí, tienen diferentes aptitudes y actitudes, viven en ambientes —geográficos, culturales, familiares— también distintos. Esta diversidad natural ofrece a las personas diferentes oportunidades, que pueden ser o no aprovechadas. Afirmar que todos «deberían tener» las mismas oportunidades es un deseo irreal y, por tanto, debe ser rechazado. Decía Ortega (1921: 127): «Toda sentencia como deben ser las cosas presupone la devota observación de la realidad». Pretender una sociedad demográficamente igualitaria, no solo es imposible, sino que supone un triple error: a) Racional: ignora la realidad y pretende suplantarla por un nirvana socialista; b) Ético: utiliza la coacción estatal para alcanzar los fines igualitarios; y c) Económico: provoca un empobrecimiento general de la sociedad.

Sobrepoblación e infrapoblación

Algunos se quejan de que hay demasiada población y otros de lo contrario. Lamentarse o criticar las diferentes densidades poblacionales es un juicio de valor porque no existe una cifra objetiva o un óptimo demográfico para cada territorio. Los ingenieros sociales son muy peligrosos, por ejemplo, el gobierno chino estableció, entre 1980 y 2015, la política el hijo único, de funestos resultados: abortos forzosos, infanticidio, desproporción entre el número de hombres y mujeres, etc. Otros gobiernos hacen lo contario y fomentan la natalidad otorgando subsidios de diversa naturaleza. En ambos casos, el gobierno altera la libertad humana para tener más o menos hijos o para cambiar el lugar de residencia.

La trampa malthusiana

Según Malthus (1846), a medida que aumenta la disponibilidad de alimentos en una sociedad, la población crece hasta agotar los excedentes, retrocediendo de nuevo a la situación inicial, ya sea por hambrunas, guerras o enfermedades. Este ciclo pesimista podría darse eventualmente en una sociedad primitiva (agraria o de cazadores-recolectores), sin embargo, en una sociedad capitalista tanto la población como su nivel de vida crecen debido al aumento del capital disponible. Solo una mayor tasa de capitalización (no la voluntad política) permite un progreso material generalizado.

Vertebrar el territorio

Se trata de una metáfora orgánica que nadie ha definido. Ortega y Gasset (1921), en la «España invertebrada», hacía alusión al problema secesionista de Cataluña y País Vasco, así como a los particularismos regionales y a la desunión social. Podemos inferir que una España «vertebrada» sería aquella donde sus gobiernos territoriales —autonomías, provincias y municipios— y sus gentes estuvieran cohesionados, unidos y cooperaran socialmente dentro de un proyecto común de convivencia. Sin embargo, es el Estado, con su manía redistributiva, el que genera tensiones entre
regiones ricas y pobres.

Bibliografía

Malthus, T. (1846). Ensayo sobre el principio de la población. Madrid: Establecimiento Literario y Tipográfico de D. Lucas González y Compañía.

Mises, L. (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Ortega, J. (1921). España invertebrada. Madrid: Calpe.

Rothbard, M. (2012). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

Soluciones Rothbardianas al problema de la natalidad

Los subsidios o incentivos económicos no contrarrestan la caída de la natalidad; las políticas públicas y los discursos políticos en favor de tener más hijos no suelen tener un efecto significativo o sostenido sobre el aumento de la natalidad. Además, los países menos ricos y en desarrollo pueden presentar una natalidad más alta que los países ricos o desarrollados. Estos hechos parecen indicar que el problema de la natalidad no es un problema económico, sino cultural, subjetivo y cognitivo (creencias).

Las asociaciones más comunes que encuentro en las personas cuando hablo del problema de la natalidad son: bajo poder adquisitivo y, a nivel cognitivo, hedonismo, miedo al compromiso, individualismo y corto plazo en los adultos jóvenes. Es decir, la mayoría de las personas me dice que cree que estamos teniendo pocos niños porque los jóvenes no tienen suficientes recursos y, aunque los tuvieran, temen al compromiso de pareja, priorizan su carrera, viajar, tener el nuevo iPhone, etc.

Si partimos de que se pueden tener hijos con bajo poder adquisitivo, porque así lo demuestra la historia de la humanidad, queda claro que el factor cognitivo es determinante. ¿Por qué, cuando se compara tener hijos con otras alternativas, tener hijos pierde? Ahora bien, esto no implica que no podamos analizar cómo el factor económico y político puede moldear el elemento cognitivo y cultural en favor de la natalidad.

La política pública en detrimento de la natalidad

En Poder y Mercado, Rothbard nos enseña que el escenario de libre mercado es un contrafactual muy difícil de estimar. No sabemos qué sería de la educación, la sanidad o la seguridad si fuesen privadas; las pequeñas ofertas privadas de esos servicios dentro de un sistema público no nos sirven para hacer esas estimaciones. Por ello, preguntarnos: ¿Qué sería de la natalidad sin tanto intervencionismo? Es algo que solo podemos especular. Sin embargo, Rothbard nos enseña a usar la praxeología para describir de forma lógica cursos de acción en escenarios de mayor libertad, es decir, estimar dicho contrafactual a partir de entender las distorsiones que generan las políticas públicas sobre la economía.

El Estado de bienestar y las pensiones públicas

Rothbard nos explica cómo la intervención se caracteriza por la apropiación y redistribución de recursos ajenos, lo que lleva a conflictos entre grupos sociales. En el caso de la natalidad, es particularmente relevante el conflicto intergeneracional a corto plazo: el Estado redistribuye recursos desde la población productiva hacia la improductiva. Esta última puede incluir parásitos sociales, niños o ancianos. Por lo tanto, los sistemas públicos de pensiones y el estado de bienestar en general ponen en competencia a estos grupos por los escasos recursos extraídos de la población productiva.

Dado que los niños no votan, es evidente que los ancianos y los grupos o personas parasitarias (quienes toman más de lo que aportan al sistema) van ganando esta competencia.

Las fronteras abiertas y la flexibilidad laboral en favor de la natalidad

Las políticas migratorias y las regulaciones sobre contrataciones y despidos de los trabajadores, nacionales o internacionales, forman parte de lo que Rothbard denomina intervenciones triangulares, ya que “el invasor puede obligar o prohibir un intercambio entre un par de sujetos (…) se crea una relación hegemónica entre el invasor y un par de intercambiantes o futuros intercambiantes”. Este tipo de intervenciones restringe la asignación efectiva del capital humano, es decir, que las personas puedan ir a trabajar allí donde son más necesarias. Además, estas regulaciones, al igual que los impuestos al salario, incentivan el “hágalo usted mismo”.

Estas consecuencias desincentivan la natalidad porque la crianza de los humanos es cooperativa y se puede facilitar incorporando a más personas en la labor. La política más popular suele ser ampliar las bajas por maternidad/paternidad, pero eso solo ayuda a los padres en los primeros meses. Por el contrario, poder contratar niñeras o ayudantes del hogar, a bajos precios, de forma flexible, sean extranjeras o locales, constituye una ayuda constante durante todo el proceso de crianza.

La liberalización del suelo en favor de la natalidad

Rothbard desarrolló en detalle los mecanismos libres para la asignación de la propiedad sobre el suelo. Según él, la propiedad podría adquirirse por apropiación originaria o por transferencia legítima a través del mercado. Además, defendía que el Estado debía vender las tierras que tenía en su control o que los individuos podían apropiarse legítimamente de ellas para vivir.

Sin lugar a duda, la dominación del territorio por parte del Estado responde únicamente a su naturaleza mafiosa y confiscatoria. El Estado acapara el suelo y regula su uso, limitando artificialmente la oferta de vivienda.

La liberalización del mercado de vivienda tiene tantas consecuencias positivas que Bryan Caplan ha dedicado su último libro, “Build, Baby, Build: The Science and Ethics of Housing Regulation”, a exponer por qué esta sería una medida clave para generar una cadena de resultados positivos para la economía norteamericana. Un menor gasto en vivienda permite iniciar el proyecto familiar de forma temprana y libera una gran parte del presupuesto familiar, que puede destinarse a tener más hijos.

Además, de la combinación entre libertad de construcción, educación y contratación, podrían surgir urbanizaciones privadas con servicios de bajo costo adaptados a las familias con hijos. Estas familias, en caso de no contar con el apoyo directo de la familia extendida, necesitan recurrir diariamente a servicios como guarderías, cuidados en el hogar, transporte privado, entre otros.

Libre mercado y natalidad

Por un hecho, diría yo, de pura aversión intuitiva y deseabilidad social, hablar de la transferencia libre y voluntaria de derechos sobre la tutela de los niños es un tema excesivamente controversial, porque ya existe la transferencia pública de tutelas. Rothbard aclara que el mercado posee un humanismo elevado, lo cual se evidencia en la forma en que la mayoría de los individuos cuidan de la propiedad que han adquirido pacífica y voluntariamente.

En su famoso capítulo sobre la adopción en La ética de la libertad, Rothbard plantea que la demanda por tutelas de niños supera por mucho a la oferta. Esto es algo cierto, especialmente en el caso de niños a edad temprana y con buena calidad genética. La heterogeneidad humana es una fuente de riqueza, y algunas mujeres tienen capacidades extraordinarias para dar a luz niños sanos sin complicaciones, mientras otras enfrentan enormes dificultades. El mercado podría aprovechar las ventajas relativas de estas mujeres, permitiéndoles recibir ingresos o una compensación adecuada por sus talentos y esfuerzos, al tiempo que contribuiría a ayudar a aquellas familias con dificultades, cubriendo así la demanda excesiva existente.

Lamentablemente, debido a la controversia, los intercambios de tutela seguirán siendo monopolio estatal y solo serán sustituidos por soluciones de mercado que incorporen tecnología en el desarrollo de embriones y bebés sanos. El monopolio estatal y la imposibilidad del mercado de atender el asunto de la adopción posiblemente dejarán a los niños adoptados del futuro en una mayor vulnerabilidad.       

El egoísmo altruista en favor de la natalidad

Finalmente, creo que existe una parte de la batalla cultural que hemos perdido y que está teniendo efectos negativos sobre la natalidad. El estatismo promueve una ética fundamentada en el altruismo forzado, y para sostenerla construye la asociación: “virtuoso = todo aquello que hacemos por los demás o el bien común” y “no virtuoso = todo aquello que hacemos priorizándonos a nosotros mismos”. Es cierto que aquellos que toman en consideración a los demás pueden ser mejores agentes cooperadores, pero la ética del libre mercado nos muestra que existen muchas externalidades positivas que surgen de motivos egoístas. Una de ellas es la natalidad.

Ser padres se considera actualmente un sacrificio en toda regla, un acto de dar sin esperar nada a cambio. Las redes sociales bombardean a los padres con lecciones sobre todo aquello que deben hacer en la crianza para evitar tener un impacto negativo sobre sus hijos. Esto solo hace que la idea de tener hijos se presente como excesivamente abrumadora, costosa y poco gratificante. Es por ello que la virtud del egoísmo debe resurgir: ser padres debe basarse en motivos egoístas acerca del estatus, el placer o la trascendencia que nos da ser padres, y no en lo sacrificado que es. Las acciones egoístas se incentivan de manera más fácil y sostenida que las acciones altruistas, las cuales suelen depender de la expectativa inespecífica de retribuciones sociales.

Conclusión

En conclusión, las aportaciones de Murray Rothbard nos dotan de las herramientas para determinar el tipo de regulaciones e intervenciones que tienen un mayor impacto negativo sobre la natalidad. Sin embargo, el juego real consiste en cambiar las condiciones económicas y políticas para impactar sobre las creencias o factores culturales que impactan la decisión de tener hijos. Para hacer esta decisión más atractiva, hay que promover que sea una decisión abiertamente egoísta e incentivar que tener muchos hijos vuelva a ser un señalizador de estatus, riqueza y buena vida; donde, en el cine, la publicidad y las redes sociales, resurja la imagen de hombres y mujeres que se esfuerzan por construir familias numerosas a su alrededor para ser más felices y vivir con mayor plenitud.

Ver también

Natalidad, alternativas y economía: la milonga de las guarderías. (Domingo Soriano).

De la apología de la natalidad y la libertad a la guerra cultural y la política pop. (María José Calderón).

‘Feria’ de Ana Iris Simón, y la baja natalidad. (Fernando Parrilla).

Invierno demográfico en Europa. (Francisco Moreno).

Thomas Sowell y la España de 50 millones de habitantes

El pasado mes de noviembre, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó los datos provisionales de población a 1 de octubre de este año. España cuenta ya con 49 millones de habitantes. Lo que supone un aumento de un millón de personas en dos años. Si la tendencia continúa, España alcanzará los 50 millones de habitantes en octubre de 2026. Todo un hito para nuestro país.

Yo nací en el año 81, así que la primera cifra que vi en mis libros de texto del colegio sobre la población española fue de 37 millones. En algún momento de mi adolescencia supe que habíamos superado la barrera de los 40 millones. Y más tarde, durante el fin del boom económico de la burbuja inmobiliaria, la cifra de 45 millones copó los titulares. Ya entonces muchos teníamos claro que no estábamos ante un mero incremento de población. La inmigración pasó a ser un tema importante de debate social, pero duró poco tiempo porque la burbuja estalló y con ella el flujo migratorio.

Desde entonces, 44 millones de habitantes es la cifra que ha quedado congelada en el imaginario colectivo. Han sido muchos años estancados en ese número y eso, unido a la pésima información que recibe el ciudadano medio, hace que muchas personas no conozcan la situación actual.

La España de los 50 millones es muy distinta a la España de los 40 millones que conocí en mi juventud, pero también supone un cambio importante respecto a la España de 2014. La inmigración ha pasado de ser un fenómeno social más que hay que considerar, al factor principal en los cambios sociales que se van a dar en la próxima década.

La mitad de los nacimientos son de madre española

Hay 9 millones de personas que habitan España que no han nacido en nuestro suelo. Solo el 50% de los nacimientos de niños son de madre española. Y la tendencia va a profundizar esta situación.

Así las cosas, habría que empezar a asumir la realidad y dotarnos de herramientas que nos permitan navegar en este mar. Una de estas herramientas debería ser el libro de Thomas Sowell, recientemente traducido por Deusto: Discriminación y disparidades: ¿Por qué hay personas, grupos sociales y países con mayor progreso económico que otros?

Una de las citas que se recogen al principio del séptimo capítulo refleja bastante bien la actitud con la que se debe abordar este tema:

Las cosas son como son, y sus consecuencias serán las que sean. ¿Por qué, entonces, deberíamos engañarnos a nosotros mismos?

Wiston Churchill

La inmigración hace correr ríos de tinta, pero por desgracia casi nadie atiende a la realidad, sino que repiten dogmas que les hacen sentirse bien y les unifica a sus respectivos grupos. Por suerte, la gran capacidad de análisis de Sowell nos permite centrarnos en lo importante.

España va a enfrentarse a la convivencia de diferentes grupos sociales, con culturas dispares y desigualdad económica creciente. Va a ser el caldo de cultivo de muchos conflictos si no sabemos afrontar la situación correctamente. Y hay que asumir que no vamos a ser capaces de hacerlo.

La raza no, pero la cultura sí

Por tanto, hay que agarrarse a las pocas certezas que tenemos. Y Sowell nos las da en su libro:

  • La raza de los inmigrantes no es un factor determinante en su conducta. Por suerte, España no arrastra la rémora del racismo más allá de cuatro elementos aislados, y cierta juventud a la que le gusta escandalizar a las ursulinas del sistema público soltando barbaridades.
  • La cultura de los inmigrantes sí es un factor importante en su conducta. Las sociedades prosperan o fracasan por varios factores, no por mera suerte. El capital social es tan importante o más que el económico. Como dijo Antonio Escohotado:

Un país no es rico porque tenga petróleo; un país es rico cuando tiene educación. Educación significa que, aunque tú puedas robar, no robas […] En definitiva, la riqueza es conocimiento y respeto ilimitado por los demás.

Antonio Escohotado.
  • La imagen de un grupo social se ve afectada por el comportamiento de sus elementos más conflictos. Esto siempre ha sido así, e ignorarlo no va a servir para nada.

La España de los 50 millones

Nuestros antepasados lo tenían muy presente, tal como explica Sowell:

El miedo a la regresión social debido a la llegada de miembros menos aculturados del propio grupo no era exclusivo de los afroamericanos ni de Estados Unidos. Cuando los refugiados judíos de Europa intentaron llegar a Australia después de la Segunda Guerra Mundial, la Sociedad para el Bienestar de los Judíos de Australia expresó su oposición a la admisión de «hordas» de refugiados al país, y aquellos que al final pudieron quedarse en la isla recibían unas tarjetas de esta organización en las que se leía: Los judíos como colectivo son juzgados por lo que hacen personas concretas. Tú tienes personalmente una gran responsabilidad.

Thomas Sowell
  • El Estado de bienestar y la justicia social son perjudiciales a la hora de integrar a grupos dispares en una sociedad. Los datos que da Sowell sobre la población negra en Estados Unidos antes y después de los años 60 así lo atestiguan. Su conclusión no puede ser más contundente:

Podríamos imaginar que liberar a las personas de las cargas y las presiones asociadas a tener que proporcionar continuamente alimento, vivienda y otras necesidades a sí mismas y a quienes dependen de ellas iba a liberarlas de gran parte de su ansiedad vital y les permitiría perseguir otros objetivos al tener la cabeza más tranquila. Pero lo que ha ocurrido, en realidad, entre las personas despojadas de cualquier responsabilidad personal y un verdadero propósito en sus vidas, resulta muy descorazonador, en el mejor de los casos.

Nuestro país va a pasar por unos cambios sociales que estamos lejos de imaginar. Las ideas dominantes durante este cambio serán determinantes para afrontar el desafío. De momento, podríamos conformarnos si la población empieza a ser consciente de que va a vivir en un país muy distinto al que conoció en su niñez o juventud. La España de los 50 millones ya está aquí, e ignorarla no va a servir de nada. Como ya nos advirtió Ayn Rand:

Podemos ignorar la realidad. Lo que no podemos es ignorar las consecuencias de ignorar la realidad

Ayn Rand
Ver también

Inmigración y ultraderecha. (José Carlos Rodríguez).

Liberales contra la inmigración. (José Carlos Rodríguez).

Inmigración, dependencia, e intereses creados. (José Antonio Baonza Díez).

Adam Smith entendió que tener más niños es una bendición

Por Nicholas Swanson. El artículo Adam Smith entendió que tener más niños es una bendición, fue publicado en CapX.

En una columna de 2022, Ezra Klein, de The New York Times, escribió sobre las innumerables personas que conoce y que rumian si tener hijos «dada la crisis climática a la que se enfrentarán… [y] sabiendo que contribuirán a la crisis climática». Los conocidos de Klein no son una anomalía. Cita datos de encuestas que sugieren que una cuarta parte de los adultos sin hijos creen que el cambio climático es una razón para evitar reproducirse. Un informe de la BBC de 2021 corrobora esta afirmación, destacando los datos de una encuesta mundial que indica que la «ansiedad climática» es una de las razones más comunes para no tener hijos.

Las personas que describe Klein me recuerdan al clérigo inglés de principios del siglo XIX Thomas R. Malthus. Malthus es famoso por dar la voz de alarma sobre la superpoblación. Aunque sus opiniones se suavizaron y matizaron con el tiempo, se le recuerda sobre todo por su primer modelo de crecimiento demográfico. Malthus afirmaba que la población aumenta geométricamente, pero las «necesidades vitales», como los alimentos, sólo aumentan aritméticamente. El resultado: el nivel de población tiende a superar el sustento material, lo que provoca hambrunas, inanición y declive demográfico. Al igual que Malthus, los antinatalistas contemporáneos creen que los seres humanos adicionales suponen una amenaza para el medio ambiente y para los seres humanos ya existentes.

Lo que estas opiniones suelen pasar por alto es una idea que el padre de la economía moderna, Adam Smith, ya comprendió en el siglo XVIII: el potencial de la innovación para superar el crecimiento de la población.

Smith y la población

Smith era optimista sobre las perspectivas de mejora tecnológica e innovación. Era partidario de la liberalización económica y parecía considerar el crecimiento demográfico como un indicador de éxito. Como ha argumentado Maria Pia Paganelli, Smith utilizó la población en «La riqueza de las naciones» como indicador de la mejora material, de forma análoga a como utilizamos ahora el producto interior bruto. Cuando Smith expuso los efectos negativos de las restricciones comerciales, señaló su tendencia a reducir la población.

Los antinatalistas del pasado y del presente han tendido a hablar como si los recursos fueran relativamente fijos. Al hacerlo, pasan por alto la posibilidad de nuevos descubrimientos y rendimientos crecientes a escala. Malthus, por ejemplo, creía que el tamaño de la población superaría la oferta de alimentos porque la tierra es limitada y la agricultura experimenta rendimientos decrecientes a escala.

Smith, por el contrario, parece haber sido de la opinión de que la productividad no se enfrentaba a un límite superior duradero, sino que podía ampliarse hacia arriba a través de la innovación y el crecimiento económico.

Era especialmente optimista sobre las perspectivas de la innovación agrícola. Smith reflexionó sobre la llegada de la patata a Europa. En comparación con el trigo, el cultivo de la patata significaba que «la misma cantidad de tierra cultivada mantendría a un número mucho mayor de personas». Smith predijo asimismo que «la población aumentaría» si el cultivo de la patata llegaba a ser al menos tan común como el del trigo. En 2011, los economistas Nathan Nunn y Nancy Qian estimaron que ‘la introducción de la patata explica entre el 25% y el 26% del aumento de la población del Viejo Mundo entre 1700 y 1900’.

La riqueza de las naciones

En La riqueza de las naciones, Smith sostenía que «la división del trabajo está limitada por la extensión del mercado» y que «la extensión del mercado [de un país]… debe ser durante mucho tiempo proporcional a la población de ese país». En otras palabras, una mayor población permite una mayor división del trabajo. Una mayor división del trabajo produce una mayor especialización junto con nuevas máquinas y nuevos métodos. La productividad aumenta. Para Smith, el ser humano no es sólo una consecuencia del crecimiento económico, sino una causa potencial.

Es cierto que un mayor número de personas incrementa la demanda de bienes y servicios, aumentando así la escasez y provocando subidas de precios. Pero Smith parece haber creído que la curva de la oferta a largo plazo se inclina hacia abajo. En presencia de la libertad y del afán de lucro, más gente crea un incentivo para nuevos descubrimientos. Veamos lo que dice Smith en La riqueza de las naciones:

El aumento de la demanda, además, aunque al principio pueda a veces elevar el precio de las mercancías, nunca deja de bajarlo a largo plazo. Estimula la producción y, por consiguiente, aumenta la competencia entre los productores, quienes, para venderse mejor unos a otros, recurren a nuevas divisiones del trabajo y a nuevas mejoras artísticas que, de otro modo, nunca se les habrían ocurrido.

Adam Smith. La riqueza de las naciones.

La fecundidad está disminuyendo

Encontrar sustitutos más eficaces y utilizar unidades cada vez más pequeñas de un recurso dado para producir mayores niveles de producción son algunos de los avances que definen los últimos 300 años. En 1700, la población mundial era de unos 600 millones de personas. Hoy somos más de diez veces esa cifra, unos 8.000 millones. Mientras tanto, disponemos de alimentos en mayor cantidad y calidad que nunca. Y, contrariamente a la creencia popular, en muchos aspectos el planeta está más limpio que nunca (por ejemplo, el saneamiento).

Adam Smith previó la capacidad dinámica de las personas libres y de los mercados libres. Y más concretamente, previó el poder del ingenio humano dentro de unos mercados liberalizados para abastecer a una población en aumento. Más seres humanos no son meros comensales, sino a la vez una invitación y un medio para elevar el nivel de vida de todos.

En un mundo en el que la fecundidad disminuye, es sorprendente que muchos sigan preocupándose por la superpoblación. Pero, como sugiere la historia de los últimos 250 años, Smith siempre tuvo razón. No tenemos por qué temer que haya demasiados seres humanos. Podemos encontrar formas de innovar, y lo hemos hecho, cuando nos enfrentamos a desafíos. Lejos de ser una maldición, «la multiplicación de las especies», como dijo Smith, es una bendición.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

300 millones. (José Carlos Rodríguez).

China da marcha atrás en la planificación demográfica

Por Peter Jacobsen. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

El siglo XX estuvo lleno de intentos de planificar la población de forma centralizada. Científicos como Paul Ehrlich y empresarios como Hugh Moore se pasaron la vida presionando directamente a políticos y ciudadanos para que abordaran el inminente espectro de la “superpoblación”. El lenguaje de los detractores de la población era a menudo dramático y a menudo incluía predicciones de muerte masiva en tan sólo unas décadas. Las predicciones nunca llegaron a cumplirse. La humanidad nunca se quedó sin alimentos -ni sin ningún otro recurso- antes del cambio de siglo.

Pero los agoreros de la población sí tuvieron impacto. Gobiernos como el de Estados Unidos, a través de USAID, y organizaciones como el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades en Materia de Población (FNUAP) dedicaron amplios recursos organizativos a frenar la población mundial. Este impulso se manifestó en el primer Premio de Población de la ONU concedido a líderes de China e India en 1983. En aquel momento, ambos países habían utilizado tácticas coercitivas para frenar el crecimiento demográfico, pero uno de ellos ha quedado grabado en el espíritu de la época como el principal ejemplo de planificación demográfica: China y su infame política del hijo único.

“Nueva cultura del matrimonio y la procreación”

Hace poco más de una semana, el 30 de octubre, el líder del PCCh, Xi Jinping, admitió implícitamente que la política demográfica de China fue un gran error. 2022 fue el primer año en más de seis décadas en el que China registró un descenso de su población. Esto no es sólo un parpadeo. A menos que algo cambie, la población de China disminuirá cada vez más rápidamente en un futuro previsible.

Para combatirlo, dice Xi, “debemos cultivar activamente una nueva cultura del matrimonio y la procreación”. Aunque los líderes del PCCh nunca admitirían que las políticas demográficas del pasado fueron un error, por miedo a admitir un fracaso del difunto dictador Mao Zedong, este cambio de rumbo es lo más parecido a una admisión que se puede conseguir.

La clave de este momento, sin embargo, no es sólo el fracaso de Mao y de la política del hijo único. El fracaso reside en la idea misma de planificar centralmente una población y en todos los planificadores centrales que la promovieron a lo largo del siglo XX. Veamos por qué fracasó.

Humanidad + Creatividad > Tragedia

El llamamiento a la planificación centralizada de la población se deriva en última instancia de un único ejercicio intelectual que dice algo así. Imagina que vives cerca de un estanque que nadie posee. Cada persona que vive en el estanque se da cuenta rápidamente de que cada vez que un vecino pesca, éste recibe todo el beneficio del pez, pero todos los que viven cerca del estanque experimentan la pérdida de tener un pez menos.

Esta situación incentiva a cada persona a pescar más a menudo porque significa que cada persona reclama más peces. Este reconocimiento conduce a un círculo vicioso en el que todos se apresuran a pescar y, al hacerlo, capturan todos los peces del estanque, de modo que éste queda vacío para siempre.

Este escenario se conoce como la tragedia de los comunes. El ecologista Garrett Hardin fue el primero en formalizar esta preocupación y lo hizo en el contexto del llamado problema de población. La teoría de Hardin era que si había recursos comunes, la gente produciría hijos en exceso porque los niños recibirían todo el beneficio de los recursos comunes sin que los padres soportaran el coste.

Las justificaciones de la planificación central de la población varían con el tiempo en función del recurso común. En los años 70, a muchos les preocupaba que los alimentos (que no son realmente un recurso común en ningún sentido formal) fueran consumidos en exceso por una población creciente. Hoy, los académicos escriben artículos sobre el consumo excesivo de nuestro recurso común, el “clima”.

Julian Simon y Elinor Ostrom

Estas justificaciones han resultado ser siempre erróneas. Los economistas Julian Simon y Elinor Ostrom explicaron por qué a lo largo de sus carreras. Simon destacó cómo el crecimiento de la población aumentaba el número de personas creativas que responderían a la escasez de recursos con soluciones ingeniosas. A lo largo de su vida debatió con Hardin sobre este punto (“Is the Era of Limits Running Out?” Public Opinion, 5, febrero/marzo, 1982, pp. 48-57) y ganó una apuesta contra Paul Ehrlich demostrando que los recursos eran cada vez más abundantes.

Ostrom abordó el problema de otra manera. Destacó cómo los grupos de personas a menudo ideaban normas culturales e institucionales inteligentes que protegían los bienes comunes de la sobreexplotación, y ganó el premio Nobel de Economía por ello.

El mensaje general de ambos académicos es el mismo: la gente no está atrapada en la tragedia de los bienes comunes. Son capaces de pensar en soluciones inteligentes que ecologistas como Ehrlich y Hardin eran aparentemente incapaces de concebir. Esta incapacidad para reconocer la creatividad humana como la solución definitiva a los problemas asociados a una mayor población es la primera razón del fracaso de la planificación demográfica centralizada.

Los humanos no son moscas de la fruta

La segunda razón del fracaso de la planificación demográfica central también está relacionada con la importancia de la creatividad humana. A diferencia de los supuestos en los que se basan muchos modelos de crecimiento de la población animal, las personas son capaces de considerar y sopesar los costes y beneficios futuros de tener hijos para sí mismas.

Este problema de los planificadores de la población se viene observando desde hace mucho tiempo. En un artículo de 1932 titulado “Población y cultura”, escrito por Lyman Bryson con comentarios del economista Frank Fetter, Bryson desmonta el “enfoque biológico” por el que se trata a los humanos igual que a los animales. Los defensores de este enfoque argumentan que funcionaría si se ignorara el hecho de que los humanos responden a condiciones cambiantes. Bryson responde,

¿Y no es esa otra forma de afirmar que los datos derivados del laboratorio, de experimentos controlados con moscas de la fruta, tendrían algún significado en las interpretaciones demográficas si no fuera por la obstinada tendencia de los hombres a ser hombres y no moscas de la fruta?

El comentario de Fetter refuerza este punto:

…tenemos el espectáculo del biólogo, mal entrenado en los elementos del pensamiento en el campo social, esforzándose por reducir el complejo problema de la población humana al tamaño y contenido de una botella de gusanos en su laboratorio.

El humano es un animal inteligente

En resumen, los seres humanos no son moscas de la fruta. En general, toman decisiones inteligentes sobre cuestiones importantes como tener hijos. Eso no significa que los humanos no cometamos errores, pero tampoco somos simples siervos de nuestros impulsos. En muchos países en desarrollo, los hijos cumplen una importante función de seguridad social para los padres. Si a esto unimos la preferencia cultural masculina que excluye a muchas mujeres del mercado laboral, resulta fácil ver cómo las familias muy numerosas son una respuesta racional de los pobres en función de su situación.

Los países ricos suelen desvincular la seguridad social de los padres y sus descendientes directos. En su lugar, la generación de más edad en su conjunto se mantiene teóricamente gracias al trabajo de la generación más joven en su conjunto. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta disociación entre padres e hijos implica una disociación de incentivos. Cuando tus hijos te proporcionan directamente la seguridad social, tienes un incentivo para tener hijos. Cuando los hijos de otra persona pueden proporcionarle seguridad social, usted tiene menos incentivos para tenerlos.

La mala decisión de China

Esto no quiere decir que el sistema disociado no pueda funcionar. El país que lo utilice simplemente tiene que ser lo suficientemente rico como para hacer frente a este problema. El problema es que la planificación demográfica central ignoró por completo esta realidad. Al imponer una política artificial de un solo hijo, China redujo en millones el número de habitantes de las generaciones futuras.

Ahora China se enfrenta al problema de una mano de obra relativamente pequeña en comparación con una gran generación de edad avanzada. Si el país hubiera confiado en la toma de decisiones de los individuos, parece probable que la pirámide de población en China sería mucho menos problemática de lo que es.

El orden de muchos planes

El fracaso de la planificación demográfica central en China es un microcosmos de la tendencia de la planificación demográfica central a fracasar siempre. La actitud del planificador central queda bien reflejada en una cita de Mao Zedong, quien dijo,

Hay que planificar la reproducción. En mi opinión, la humanidad es completamente incapaz de autogestionarse. Tiene planes para la producción en fábricas, para producir telas, mesas y sillas, y acero, pero no hay ningún plan para producir seres humanos. Esto es anarquismo: sin gobierno, sin organización y sin reglas.

Irónicamente, esta cita de 1957 se produce sólo 8 años después de que Mao proclamara que el crecimiento de la población sería siempre una bendición para China.

El error fundamental que se comete aquí es la afirmación de que sin planificación central no hay gobierno, organización ni normas. Esto no es cierto. La mayoría de nuestras acciones e interacciones cotidianas se rigen por normas institucionales formales e informales ajenas al Estado. La ausencia de planificación central no es la ausencia de un plan. Más bien es la presencia de millones de planes creados por individuos inteligentes que saben más sobre sus situaciones de lo que jamás podría saber un planificador central.

La preeminencia del plan del dictador

Citando al economista Ludwig von Mises en su libro Socialismo:

Lo que defienden los que se llaman a sí mismos planificadores no es la sustitución de la acción planificada por el dejar hacer. Es la sustitución del plan del propio planificador por los planes de sus semejantes. El planificador es un dictador en potencia que quiere privar a todas las demás personas del poder de planificar y actuar según sus propios planes. Su único objetivo es la preeminencia absoluta y exclusiva de su propio plan.

Tal vez apoyar los planes de muchos sea una especie de anarquismo, pero es cualquier cosa menos caótico.

Contrasta con el caos de la planificación demográfica central. En los últimos 80 años China ha pasado del sentimiento pro-natal al sentimiento anti-natal, a la política anti-natal, al sentimiento pro-natal, y probablemente pronto a la política pro-natal. Con planes así, ¿quién necesita el caos?

La mejor esperanza para la humanidad en la cuestión del crecimiento demográfico es que la gente mire hacia atrás en la historia de las políticas demográficas de China y se dé cuenta de que no ha sido sólo un caso de mala suerte. Más bien, la inestabilidad demográfica es un resultado previsible de lo que ocurre cuando el gobierno se entromete en los planes de los ciudadanos.

Ver también

El sueño urbano de China. (Javier Moreno).

La gran lección económica de China. (María Blanco).

El visionario Milton Friedman y la economía de China. (Rainer Zitelmann).

¿Puede ser buena una población decreciente?

Por James Forder. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

David Miles, del Imperial College y -horror- de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, ha recibido cierta atención por un artículo académico bastante áspero en el que sugiere que el descenso de la población podría ser beneficioso. Todo lo contrario de la opinión más común de que necesitamos desesperadamente más gente o, en cualquier caso, de que necesitamos que el número de personas crezca siempre.

Este tipo de argumentos se suele esgrimir en términos de los beneficios de maximizar el número de “ideas”: cuanta más gente haya, más Einsteins. Eso, sin duda, debe ser un beneficio, se nos dice. Bueno, un puñado más de Mozart no vendría mal, pero no estoy tan seguro de que queramos que demasiada inteligencia trabaje para que la IA sea aún más inteligente.

Otro problema es que estas historias no parecen dar mucha importancia a la obviedad de que también acabaríamos teniendo más gente mala. Para mí, un Calígula en toda la historia de la humanidad es suficiente, y ¿realmente quieren estas personas maximizar el número de Lucy Letby? ¿Y qué hay de los genios malvados que inventan los esquemas ULEZ (zonas de emisiones ultrabajas), y lo que venga después?

Cortoplacismo a muy largo plazo

Pero las partes clave del documento de Miles tratan de algo diferente. Se refieren a los efectos del cambio demográfico. En efecto, se nos alimenta constantemente con la terrible historia de que simplemente debemos mantener la tasa de natalidad (o la tasa de inmigración) alta, para que los impuestos de la futura mano de obra sean suficientes para pagar la deuda pública que estamos acumulando.

Es un extraño tipo de cortoplacismo a muy largo plazo. Por supuesto, si llenamos el país de inmigrantes (que a menudo son muy trabajadores y emprendedores) durante las próximas décadas, podremos mantener el gobierno a flote. Pero, ¿quién va a pagar la deuda que sin duda se acumulará a un ritmo igual de rápido, o tal vez más rápido, en esos años? Necesitaríamos una población aún mayor, y en algún punto de ese camino el lugar se va a llenar demasiado.

El estancamiento secular de Alvin Hansen

La idea de Miles también es diferente, y tiene una relación interesante con la idea de Alvin Hansen del “estancamiento secular” de los años treinta y cuarenta. Hace unos años, Larry Summers y otros revivieron esta idea de forma bastarda. En el original, la opinión de Hansen de que el crecimiento de la población iba a ralentizarse era esencial. Significaba que en el futuro habría menos trabajadores y, por tanto, menos necesidad de bienes de equipo y similares.

Esto era una mala noticia porque, supuestamente, la necesidad de reponer y ampliar las existencias de capital era lo que proporcionaba un uso para todo el ahorro que él esperaba que los hogares estadounidenses quisieran realizar. Sin esta inversión, pensaba, el consumo de los hogares sería demasiado bajo para que todos los trabajadores dispuestos encontraran trabajo para abastecerlo.

En otras palabras, necesitábamos una población creciente para que las necesidades futuras de los trabajadores del futuro mantuvieran empleados a los trabajadores actuales en la fabricación de bienes de equipo para ellos. Pero el descenso de la población, junto con el fin del gran auge inversor de épocas algo anteriores -la construcción de los ferrocarriles, por ejemplo- y luego el fin de la Guerra, iba a privar a los trabajadores de esta oportunidad, y amenazaba un estado perpetuo de desempleo.

Miles: La conclusión contraria

Pocos pronósticos económicos de este tipo salen realmente bien a sus profetas, pero el de Hansen salió peor parado que la mayoría. El crecimiento demográfico no se ralentizó; resultó que había muchas oportunidades de inversión para sustituir a los ferrocarriles y, por supuesto, el apetito de los hogares estadounidenses por el consumo demostró ser muy fuerte. Lo que siguió fue la era del consumo conspicuo, no la del estancamiento secular.

Miles no se preocupa por la desaparición de las oportunidades de inversión, pero por lo demás sigue prácticamente la misma línea. Sin embargo, llega a la conclusión opuesta. Para él, la disminución de la población tiene la misma implicación de que necesitamos realizar menos inversiones. Podemos, si se quiere, mantener la relación capital/trabajo actual reduciendo al mismo tiempo el stock global de capital. Esto significa que se puede permitir que parte del capital existente se deprecie sin ser sustituido. Por consiguiente, como dice Miles, hay margen para el consumo adicional, y bastante. Sus estimaciones sugieren, dependiendo de los supuestos exactos, que todos podríamos estar en mejor situación en miles de libras al año, en términos de consumo, como resultado.

El problema no es la demanda, sino la oferta

Resulta extraño que Hansen y Miles partan de una posición aparentemente idéntica y lleguen a conclusiones opuestas. La diferencia no radica en su comprensión de la dinámica de la población o de las conexiones entre la inversión actual, el stock de capital, el empleo y la producción. Tampoco tiene nada que ver con la relación entre renta, consumo e inversión. Más bien está en sus presunciones sobre la determinación del empleo. Hansen argumentaba completamente al modo de Keynes, y suponía que sólo se podía entender el empleo entendiendo la demanda. Consideraba que los determinantes del consumo y la inversión fijaban el empleo. Miles, unos ochenta años y, al menos, una contrarrevolución antikeynesiana después, lo ve de otra manera.

El empleo viene determinado por la oferta de mano de obra. Aquellos que deseen trabajar por el salario vigente encontrarán un empleo. Lo que significa el “salario vigente” es el salario que permite encontrar un empleo a las personas que desean trabajar por él. Por lo tanto, no se plantea la preocupación de Hansen de que “no haya suficientes puestos de trabajo”. Seguramente, pero para el tipo de ciclo económico más severo, aunque todavía temporal, Miles está en lo cierto. En consecuencia, la cuestión de si nosotros y las próximas generaciones estaríamos mejor si la población disminuyera es real, y el análisis de Miles es para reflexionar detenidamente.

Ver más

El gran salto de Julian Simon. (José Carlos Rodríguez).

El gran nivelador: los cuatro jinetes del igualitarismo. (Ignacio Moncada).

Malthusianos. (Juan José Mora Villalón).

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LIX: Lecturas para el verano de 2021

Como es habitual en los meses de verano propongo una unos libros para disfrutar a la sombra, armados con lápiz y papel, de lo que entiendo son buenas lecturas. Como es habitual, no propongo lecturas ni “ligeras” ni “refrescantes”, sino libros serios en el ámbito de las ciencias sociales, para gente que ame el trabajo duro intelectual, justo en el momento en el que se le pude dedicar más tiempo que son los meses de verano.

En primer lugar me gustaría proponer un gran libro sobre población y recursos, temas que me interesan especialmente. Recomiendo en particular el libro del profesor Jesús Javier Sánchez Barricarte, El crecimiento de la población mundial: Implicaciones socioeconómicas, ecológicas y éticas, Tirant Lo Blanch , Valencia, 2008. Si bien la cuestión de los recursos ha merecido atención por parte de liberlaes y libertarios, la cuestión de la población ha sido mucho menos abordada y de ahí la pertinencia de  este trabajo. No me explico cómo no es más referenciado en nuestros ámbitos, dado su enorme interés. El estudio de la población, sus dinámicas y su relevancia económica es aquí bien abordado, muy en la línea de Julian Simon, Colin Clark o Esther Boserup, destacando las bondades del incremento de la población frente a los profestas neomalthusianos del estilo de Paul Ehrlich. Y es un tema muy pertinente que divide a la escuela austríaca, pues Mises, sin ir más lejos no era  muy partidario del incremento de la población mundial, como revela en su Acción Humana. Yo simpatizo más con las tesis del profesor Sánchez Barricarte y espero que con esta recomendación se despierte más interés entre nosotros por el tema y por la obra de este autor, que entiendo merece ser conocida y discutida.

Siempre me gusta resaltar la importancia que tiene el estudio de la historia para la adecuada comprensión de los fenómenos políticos, sociales y económicos de nuestro tiempo. De hecho buena parte de la mitología que rodea el discurso político deriva de una incorrecta compresnisón de la misma. Por ejemplo se apunta que los orígenes del capitalismo se deben a los poderes mágicos que derivan de la importación (o expolio) de unas piedras de color amarillo que, depositadas en Europa, hicieron el milagro de multiplicar varias veces su producción. O la idea de que los avances sociales y económicos de los trabajadores occidentales se debe a la lucha consciente de la clase obrera (Ojalá fuese así y con unas cuantas huelgas en Malí o el Congo esos desgraciados países  pasasen a tener el nivel de vida de los suizos). Buena parte del discurso histórico descansa en interpretaciones de este tipo que siguen condicionando el discurso actual.

Es por eso que recomeindo encarecidamente el estudio histórico a todos los interesados en nuestras teórias. Para ello nada mejor que este libro: Antonio Miguel Bernal, España, proyecto inacabado. Costes/beneficios del Imperio, Marcial Pons, 2005. Es una excelente historia económica del Imperio Hispano que deriva además de un excelente conocimiento histórico, de una buena comprensión de la teoría económica. Es muy raro ver citado a Rothbard, por ejemplo, en un estudio de este tipo pero nuestro autor lo hace (entre otros muchos autores claro está) lo que prueba que antes de embarcarse en estudios históricos ha querido entender bien fenómenos como la inflación, el comercio, la deuda pública o la intervención estatal en la moneda y el crédito. No me extraña que el libro haya sido premiado, es una excelente lectura para todos aquellos interesados en el Imperio español.

La teología no es una de las disciplinas que más se usan en nuestros ámbitos a pesar de existir todo un cuerpo teórico de teología crítica del poder estatal. Uno de estos teólogos es el anarquista cristiano William T. Cavanaugh, del que destaco uno de sus libros, El mito de la violencia religiosa, Nuevo Inicio, Granada, 2009. Es básicamente una crítica muy detallada a la idea de que las violencia padecida por Europa en la modernidad tiene una fundamentación religiosa. Nuestro autor culpa de ella sin ambages al poder político, enmascarado eso sí en causas religiosas. Es especialmente interesante como disecciona la Guerra de los 30 años, habitualmente presentada como una suerte de conflicto entre católicos y potestantes, cuando en realidad fue una lucha por la hegemonía europea entre el Imperio de los Habsburgo y sus enemigos. La prueba está en que había católicos y protestantes en ambos bandos, llegando alguno de ellos a pactar con musulmanes para desequilibrar la contienda. En conclusión un excelente trabajo de desmitificación acompañado por una muy dura crítica de la lógica estatal. Además es un texto muy útil para iniciarse en el mundo de la teología política, sobre la que algún día volveremos.

Otro libro que me gustaría mencionar es el  reciente de Andreas Malm, Capital fósil, Capitan Swing. Madrid, 2020. Supongo que podrá sorprender que situe un libro de un reputado eco-marxista en una lista de estas características, salvo que lo hiciese por su estilo literario. Es un libro marxista con buena prosa y claro en sus razonamientos, algo que por desgracia no abunda (aunque alguno hay) y dificulta el debate. Lo hago porque rara vez veo argumentos tan liberales en la pluma de un autor marxista, supongo que no de forma deliberada. Sólo Albert Otto Hirschman con sus Retóricas de la intransigencia puede  a mi entender igualarlo. Es un libro críticos con los combustibles fósiles como no puede ser menos en un ecologista marxista (para una defensa de los mismos este Instituto ha traducido el excelente libro de Alex Epstein, La cuestión moral de los combustibles fósiles).

La cuestión es que nuestro autor intenta explicar las razones por las que han triunfado lo fósiles sobre la energía hidráulica aparentemente la favorita en los comienzos de la Revolución Industrial. A pesar de su mayor desarrollo esta contaba con un gran inconveniente, el de  que su flujo no era regular, esto es una veces había demasiada agua y otras demasiado poca. Además la localización estaba supeditada a la proximidad de una corriennte de agua, a diferencia de la combustión fósil que podía ser instalada en prácticamente cualquier lugar. Y lo más curioso de todo es que nuestro autor culpa también del fracaso hidráulico a las leyes laborales del país que comenzaron a regular tanto salarios como la duración de la jornada laboral lo que le dió la puntilla final al desarrollo de la energía hidráulica. Creo que es muy tentador extraer conclusiones que son fácilmente aplicables a las modernas políticas industriales para la transición a una economía verde. Mucho me temo que podrían acabar igual que la energía hidráulica.

Catalogar a Wilhelm Ropke no es una tarea fácil. Algunos lo sitúan como uno de los padres del moderno neoliberalismo, otros como uno de los fundadores de la escuela Ordoliberal alemana, y otros como Randall Holcombe, como un miembro algo heterodoxo de la escuela austríaca. Todos tienen bastante razón aunque ninguna del todo. Por ejemplo, Ropke comparte muchos de los elementos de análisis austríacos, pero difiere en la cuestión del monopolio, causa legítima de intervención para Ropke y en algunos aspectos de política social.

Pero Ropke en algunos aspectos va más allá que los propios austríacos; sobre todo en las cuestiones que se refieren a los valores y al orden social. A Ropke le preocupan mucho más que a la mayoría de los austríacos los valores sobre los que se debe asentar una sociedad capitalista de libre mercado. De hecho el libro  suyo que recomiendo [Wilhelm Ropke, Más allá de la oferta y la demanda, Unión editorial, Madrid, 1996] bien podría ser situado en el canon de los mejores libros conservadores de todos los tiempos. No es, como indica su título, un libro sobre fundamentos de la economía sino un hermoso tratado sobre los principios que fundan y hacen prósperos a una sociedad, y estos se fundan en valores. Para que puedan existir mercados y capitalismo dignos de tal nombre es necesario ahorro derivado de valores frugales, confianza en la palabra del otro, laboriosidad etc. Sin estos valores el sistema capitalista no sólo no puede funcionar sino que ni siquiera habría surgido y la religión juega un papel fundamental en su preservación. Su crítica a la masificación urbana y su defensa de una vida de pequeños propietarios viviendo fuera de las grandes ciudades es ya mítica y supongo que discutible. Es este a mi entender el mejor de sus libros y aunque sus razonamientos económicos se aparten algo de la doctrina austríaca es sin duda uno de los pocos trabajos en nuestra tradición que pone el foco en los valores y la forma de vida propia de una sociedad liberal en el sentido clásico de esta palabra.

Cambiando un poco de tema vamos a referirnos ahora a un libro de otro austríaco más o menos heterodoxo, Oskar Morgenstern, alumno que fue del seminario de Ludwig von Mises en Viena. Los más leídos en ciencias sociales lo identificarán, junto con John von Neumann, como uno de los padres fundadores de la moderna y matemática Teoría de Juegos, que pasa por ser uno de los principales hitos de la economía y la ciencia social formalizadas. Si nos molestamos en investigar esta teoría, como hace la profesora Amadae en su Prisoners of reason, nos sorprenderá saber que no dejaba de ser uno de los muchos desarrollos teóricos que la ciencia social norteamericana, debidamente subvencionada, dedicó al combate cultural en los tiempos de la guerra fría.

Pero Morgenstern demostró en él un muy buen conocimiento de la ciencia matemática, conocimiento que va a usar en el libro que recomendamos [Oskar Morgenstern, Sobre la exactitud de las observaciones económicas, Tecnos, Madrid, 1970] para criticar las estadísticas que usan los gobiernos para intentar regular y controlar la economía y sin las cuales no podrían ni siquiera soñar hacerlo. Morgenstern ataca la propia base de las estadísticas económicas, esto es la corrección o no de los datos sobre los que trabaja. Nuestro autor afirma que muchos de los datos con que se opera, como por ejemplo los precios usados en los índices, no son correctos y si no lo son las medidas de política que se adoptan serán equivocadas ya desde sus inicios.  El problema no estaría en el tratamiento por parte de los profesionales de los datos, sino en la propia naturaleza de los mismos que, según Morgenstern, dejarían mucho que desear. Cuando leemos o interpretamos estadísticas damos por supuesto cierto rigor y que son objetivamente verdad. De hecho las usamos en discusiones y debates como prueba irrebatible de la solidez de nuestra posición como la quintaesencia de la verdad, debido a su supuesta objetividad. Más allá de que nadie se convence o cambia de opinión por una estadística pues siempre hay una contraria para rebatir, ¿que pasaría si estas son incorrectas? Este viejo libro abre muchos debates a los que sería buena idea volver.

El otro día leí unas declaraciones de un reputado polítco de la izquierda española en la que manifestaba su satisfacción por los servicios públicos que nuestro estado prestaba, según él, de forma gratuita. El estado sería así una suerte de Santa Claus o Reyes Magos que obtendrían sus recursos de la nada y los repartirían después entre la gente de buena voluntad. Entonces antes de que el estado los suplante como ha hecho con muchas otras instituciones tradicionales creo que sería buena idea conocerlos un poco. L. Frank Baum, Vida y aventuras de santa Claus, Valdemar, Madrid, 2005 es un buen comienzo. Baum fue un experto en marketing de finales del siglo XIX (cambió los diseños de los escaparates de los grandes almacenes de la época) y escritor infantil. Es muy conocido por su libro El mago del Oz en el que en una hermosa alegoría defiende el oro frente al inflacionismo de Bryan y los populistas. El libro de Baum sobre santa Claus es un hermoso relato sobre la infancia del bonachón personaje y sobre los valores de justicia social que las hadas con las que se crió le inculcaron. La descripción nos da un Santa Claus casi predecesor de Rawls con sus criterios de equidad y justicia a la hora de repartir los regalos. No se si es una buena lectura para inculcar valores a la infancia pero si es un hermoso libro.

Como contraparte tenemos a los viejos Reyes Magos que no le ofrecen al Niño Dios devaluadas letras reales ni papel del estado sino dinero sólido y duro, en forma de oro y mercancías de gran valor fácilmente negociables en la época como incienso y mirra. Recomiendo, por tanto, un olvidado libro de un olvidado autor (uno de mis favoritos sin duda) el siempre ortodoxo católico Michel Tournier, [Michel Tournier, Gaspar, Melchor y Baltasar, Edhasa, Madrid, 1997]. En el se nos recrean viejas leyendas sobre tan maravillosos seres, en una narración de gran belleza, como todas las de este autor que animo a redescubrir o a descubrir por quienes no lo conoczcan (recomiendo especialmente su  El Rey de los alisos).

Feliz verano