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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Algo está cambiando en el mundo de las ideas

Lyndon Johnson fue el trigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos entre los años 1963-1969. A Johnson, del Partido Demócrata, le tocó gobernar en un periodo donde la izquierda era especialmente fuerte y su mandato fue acorde al momento. Johnson impulsó el socialismo en América creando varios programas estatales como la Medicare (dirigido a los mayores), Medicaid (lo mismo que la anterior pero para la gente pobre), desvió dinero estatal a la educación, la rediseñó y aplicó colosales cambios como la llamado “Guerra contra la Pobreza” o la “Gran Sociedad”.

Las nuevas medidas socialistas dividieron a los americanos. Levantaron la indignación de conservadores y liberales que vieron como el Estado de Johnson iba a agredir la libertad individual de los ciudadanos así como su bolsillo. En esta época empezaron a tomar fuerza organizaciones y revistas conservadores y liberales que intentaron plantar cara al avance socialista que parecía inevitable e inminente.

Algo similar está ocurriendo en España con el actual presidente español José Luís Rodríguez Zapatero. Su política antiterrorista, su voluntad de imponer una moral de estado a los niños, fiscalizarlo todo y a todos, prohibirlo todo, su aumento voraz del intervencionismo económico, o la continua manipulación de las instituciones son algunos ejemplos. Y eso sin mencionar su expreso respaldo a países tan poco ejemplares democráticamente como Cuba, Venezuela o Bolivia.

Desde que Zapatero llegó al poder se han creado y expandido organizaciones, asociaciones, clubs, televisiones o grupos de presión de todo tipo unidos bajo las ideologías del conservadurismo o liberalismo. Muchos de ellos, a pesar de los denostados esfuerzos del gobierno para impedir que viesen la luz.

Esto no significa que la izquierda haya muerto. Ahora es muy fuerte, pero sólo en su campo más visible. Ser de izquierdas es lo fácil hoy día, la moda, la corriente. Algunos autores ya se han empezado a dar cuenta de que el socialismo se ha vuelto un gigante con pies de barro.

El socialismo lleva 30 años sin avanzar en lo más mínimo en el campo de las ideas. No es de extrañar que personajes como Hillary Clinton reclamasen “capital intelectual nuevo” viendo el déficit que sufrían. Esta misma semana en España, un diario sensacionalista de izquierdas, aunque en un tono exagerado, también se ha lamentado del auge derechista de algunos medios y grupos de presión. Y es que las “nuevas” teorías económicas socialistas no son más que un lavado de cara de las que ya existían. Sólo hacen que rizar el rizo, siempre lo solucionan todo igual: prohibiendo, multando y subiendo los impuestos. La falta de originalidad y continuos fallos históricos y teóricos sólo les han llevado a una situación barroca y esperpéntica incapaz de generar ideas nuevas. Las nuevas teorías de la izquierda se inspiran en algo tan poco científico y subjetivo como la moral, han pasado a ser puro populismo. En este sentido, el liberalismo y el conservadurismo han representado todo lo contrario.

Traducido a la política, esto no significa que éste vaya a ser el último gobierno de Zapatero ni mucho menos de los socialistas. Cuando Johnson se retiró, gobernaron los Republicanos, Richard Nixon, y siguieron una política tanto o más socialista que el propio Johnson. De no salir Zapatero en las próximas elecciones (2008), se proclamaría presidente del gobierno Mariano Rajoy. A igual que ocurrió con Nixon después de Johnson, ya sabemos que Rajoy practicaría el mismo tipo de socialismo —si no más en algunos aspectos— que Zapatero. En cierta medida, el sinsentido de Zapatero ha sabido, sin proponérselo ni quererlo, estimular a la derecha. ¿Quién iba a decir antes de Zapatero que veríamos a grupos conservadoras en las calles manifestándose?

Ahora que este sentimiento empieza a tomar cuerpo es el momento de explotarlo al máximo porque la lucha contra la tiranía del gobierno no se hace sola, necesita varias décadas como nos enseña la historia. Es el momento de acabar con el establishment, aplastar la ideología de la barbarie socialista mediante ideas y de que el ciudadano proclame abiertamente su rebeldía ante el Estado para basar el cambio en el individualismo, el capitalismo, la libertad y el antiestatismo.

La inquisición cinematográfica

La Ley del Cine avanza irremisiblemente hasta aparecer próximamente en el BOE, generando, en medio de su tramitación, críticas por todos los lados. Los amigos de la extorsión al contribuyente, los del séptimo arte español que sólo se refieren a su país para mantener el negocio del subsidio se quejan porque no cumple con sus expectativas. Mientras tanto, las salas de cine se lanzan a la huelga como muestra de su negativa a aceptar lo inaceptable: exponer películas españolas por decreto.

Con una frase propia de dictadorzuelo de república bananera, la Ministra Clavo explicó que no tendría que promulgar esta Ley si los españoles fuéramos "a ver nuestro cine". De nuevo, un Gobierno impone lo que se debe ver, como antes hizo con el tabaco, al prohibirnos fumar porque no sabemos ser libres.

Además del cinismo moral de gobernar por nuestro bien y obligarnos a que veamos cine que no queremos ver (ni, por cierto, pagar con nuestros impuestos), lo que esconde esta decisión es un atentado al derecho de propiedad. Mejor dicho, otro más en la larga e interminable sucesión de políticas que vulneran este derecho.

A casi nadie parece chocarle que se impongan cuotas al cine español porque la cultura está por encima de cualquier cosa; como sucediera antaño la religión, funciona como justificación última para cualquier atropello a la libertad. Sin embargo, a todos les repugnaría si el Gobierno les dijera con quien deben emparejarse, casarse o relacionarse. Al fin y al cabo, en su cuerpo manda cada cual, ¿o no?

Siendo coherentes, si somos dueños de nuestras vidas, también lo somos de lo que pensamos, por eso, la ministra lucha denodadamente contra los piratas informáticos que vulneran la propiedad intelectual. Pero la pregunta siguiente es por qué lo "intelectual" tiene validez jurídica mientras que lo material, una sala de cine, no.

La lógica no entiende de políticas o, más bien, no es de izquierdas, porque si lo fuera no haría prevalecer un derecho de propiedad sobre otro, vulnerándolo flagrantemente. Los dueños de las salas de cine deberían proyectar lo que les viniera en gana y los cineastas españoles, producir lo que decidieran pero sin que lo pagáramos los ciudadanos bajo coacción. La obsesión por fijar cuotas es propia de un Gobierno que ama tanto la libertad como los cineastas españoles el libre mercado. Lo uno no se entiende sin lo otro.

En cualquier caso, lo que está claro es que la inquisición cultural ha vuelto a resurgir. Tenemos un Gobierno reaccionario al que hemos de dar gracias por retornar a prácticas tradicionales sacrosantas y claramente higiénicas para la salud mental del país. ¿Para cuándo un nuevo NODO?

Sólo imaginarse a la Calvo, a ZP y a sus ministros hablando del país de las maravillas, debería colmarnos de alegría. Un país donde el cine se ve, porque así lo quiere el Gobierno, en contra del sentir popular, que no sabe sentir nada de lo que debe sentir, como debería cualquier pueblo progre. En ese país multicultural, reinaría la felicidad… ¿Por qué entonces, tanto ruido? ¡Alabemos la Ley del Cine y nada de The end sino Fin, que ya vale de tanta americanada!

Logros sociales

Es frecuente encontrar individuos que excusan la tiranía de determinados déspotas en base a los supuestos logros sociales que se han obtenido. Para ellos, la consecución de un bien superior justifica el avasallamiento de los ciudadanos sometidos bajo el sátrapa de turno. Así, la opresión y falta de libertades es un sacrificio menor al que se ve sometida la población en general de un país. A cambio obtendrá como recompensa unos valores superiores que sólo de este modo es posible lograr.

Este razonamiento no supone ninguna novedad. Ya antes de la Segunda Guerra Mundial era frecuente que determinados políticos europeos excusasen a Hitler por sus “excesos”, ya que había logrado grandes avances para Alemania, entre los que solían citarse fundamentalmente la red de autopistas alemanas. Según ellos, el recorte de libertades y derechos que suponía la dictadura del partido nazi eran compensados con creces por los avances sociales que lograba el Gobierno.

Toda dictadura suele encontrar su justificación moral en unos supuestos logros sociales que sólo por medio de ella se alcanzarán. No obstante, y tal y como se puede comprobar en la práctica, resulta difícil percibir las bondades de dicho bien si no se pertenece al grupo selecto destinado a guiar los destinos del nuevo orden.

Si tomamos el ejemplo original de las autopistas, a priori puede resultar difícil rebatir el hecho de que las redes existentes en Alemania e Italia antes y durante de la Segunda Guerra Mundial eran prácticamente las mejores y más extensas de Europa. Sin embargo, atendiendo a las descripciones de la época, no era extraño encontrarse con el hecho de que dichas vías tenían un tráfico inferior al de las carreteras secundarias inglesas de la época. Por tanto, gran cantidad de dinero de los contribuyentes alemanes e italianos fueron destinados a una serie de proyectos faraónicos de los cuales no se obtuvieron casi rendimiento, al apenas ser utilizados. Como resultado, el mantenimiento de dichas fantásticas redes fue recortándose, hasta el punto de que cuando Hayek escribió su Camino de Servidumbre comentaba que el mantenimiento de las autopistas se había suspendido totalmente. Si el dinero proporcionado por los impuestos para la construcción de estas obras hubiese permanecido en el bolsillo de sus ciudadanos y éstos hubiesen gozado de libertad, podrían haberlo destinado a la satisfacción de necesidades que sí les iba a interesar, en lugar de verse desperdiciados en proyectos que no les iba a reportar ningún beneficio.

La misma conclusión se puede obtener de los tiranos modernos. Los defensores de cierto dictador actual suelen centrar su enaltecimiento en el servicio sanitario que existe en el país. Así los asesinatos, robos y limitación de libertades que tiene lugar son hechos desgraciados pero que quedan relativizados por este bien común. Sin embargo este famoso modelo sanitario hace aguas por todos lados al carecer del más mínimo mantenimiento las instalaciones o carecer de medicinas. Por lo tanto todo el dinero gastado por el dictador sólo ha servido como medio de propaganda del régimen, sin que la mayoría de los ciudadanos haya percibido el más mínimo beneficio del dinero que se le ha expropiado.

Quienes justifican esta superioridad de la tiranía por haberse beneficiado el interés general debido a unos determinados logros, suelen olvidar cuál es el objetivo fundamental de un Gobierno. Para ello, nada mejor que recordar el segundo párrafo de la declaración de independencia de los EE.UU., donde se afirma lo siguiente:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados […]

La labor fundamental del Gobierno es garantizar los derechos fundamentales del individuo, es decir, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Ningún Gobierno puede conseguir ningún fin superior a éstos, por muy loable que parezca, mucho menos si pretende lograrlo eliminándolos.

El fallo de todos los tiranos radica en la consideración del individuo como mero mecanismo que sirve para lograr otro fin, cuando es al revés, es el Gobierno el que debe estar al servicio del individuo, para que éste tenga garantizado su vida y libertad frente a otras agresiones. El individuo es el mayor bien social que tiene cualquier Gobierno, y es el que proporcionará nuevas formas de bienestar con su trabajo e inventiva, siempre que sea libre de aplicarlos. Sólo de esta forma, respetando y confiando en la ciudadanía, podrán obtener los gobiernos un fin superior, sus gobernados.

La paradoja de la democracia

Quiere explicarse la paradoja de la democracia, o cómo es posible que si el sistema responde a las valoraciones de la mayoría, lo que obtengamos sean malas políticas ungidas por el voto mayoritario. Cuestiónese a sí mismo y repita la pregunta a sus allegados: ¿Está contento con cómo funciona la política? Esa respuesta negativa ¿no es mayoritaria? ¿No es la democracia el gobierno de las mayorías?

Por ejemplo, un estudio ha calculado que de echarse abajo todas las barreras al comercio en Estados Unidos, cada ciudadano aumentaría sus ingresos por año en unos 10.000 dólares. ¿Qué lleva al proceso democrático a imponer estos costes en la sociedad?

La respuesta de Caplan es que no se produce el milagro de la agregación, o cómo del encuentro de la opinión de muchos surge, en torno a la media, una sabiduría que se acerca a la de los expertos. El sentido común, que funciona cuando los asuntos están en el ámbito privado, desaparece cuando se habla de lo de los demás. ¿No es esto lógico?

El problema es que hay poca conexión entre el voto y los intereses materiales, pero sí con las ideas sobre lo que constituye el bien común. Y, nos dice Caplan, hay en el público un sesgo de error sistemático en lo que el público opina sobre asuntos económicos, que atraen la mayor parte del mercadeo político. Hay un prejuicio contra el interés, el comercio, las empresas que se han ganado el favor mayoritario de los consumidores, lo foráneo…

Y, como dice Anthony Downs, "es irracional estar políticamente bien informado, pues el poco provecho del la información no justifica el coste en tiempo y otros recursos" de obtenerlo. Cuando actuamos sobre lo propio tenemos el conocimiento necesario y los incentivos correctos. Cuando hablamos de lo que no nos pertenece, ni sabemos, ni nos interesa enterarnos. Ya sabe: el peor de los sistemas, si excluimos todos los demás.

El problema de la política es la propia política

Podemos enfocar este tema desde una vertiente económica. Una de las herramientas que usa el Gobierno para ganar nuestra confianza es inundarnos con buenos datos económicos. Por ejemplo, esta semana hemos sabido que la Seguridad Social obtuvo un superávit superior a los 8.000 millones de euros en los cuatro primeros meses del año. También nos han dicho que somos un 18% más ricos (algunos medios han sido así de tajantes) porque nuestra renta per cápita ha pasado de 19.000 en 2004 a 23.000 euros en la actualidad.

Es evidente que nuestra percepción no es la misma. Que la Seguridad Social tenga beneficios tiene la misma importancia para nosotros como el sistema de guía de las mariposas monarca. Lo único que sabemos es que el sistema de pensiones del Estado es un desastre y que a las personas de mi edad no nos va a llegar ni dinero para pipas. Que nuestra renta per cápita aumente un 18% lo vemos como una contradicción con la realidad. No somos más ricos que antes. En realidad, y sin meternos profundamente, a ese porcentaje le hemos de restar la inflación (IPC), que según las cifras oficiales, reduciría ese 18% a un 8%. A la vez, sabemos que la medición del IPC no es más que apaño estadístico del Estado. El IPC no considera la vivienda de propiedad a la que destinamos un 40% de nuestros ingresos o no contempla adecuadamente muchos productos y servicios que consumimos.

La comunicación entre el ciudadano y el Gobierno es imposible y más teniendo en cuenta que a los mismos estímulos reaccionan de forma diferente. Esta situación no es un problema de dimensión. Por ejemplo, una empresa, por más grande que sea, siempre tiene una relación de empatía y comunicación con su cliente inmejorable: las pérdidas y ganancias. Si la empresa no gana dinero o decrece en sus resultados, es que no está entendiendo las necesidades del cliente. Si la empresa aumenta sus beneficios, sabe que va por el buen camino. Esta es la diferencia entre el sistema de información del mercado (bidireccional) y el de la burocracia (unidireccional y de mandato).

Por el contrario, si el Estado no tiene dinero, sube los impuestos y se queda tan ancho. Esto nos lleva a otra característica del Estado: no tiene límite ni mesura. Expresado de otra forma, nadie lo controla, por lo que cae en demasiadas ocasiones en abusos evidentes. Veamos un pequeño ejemplo de esta semana. Un joven tendrá que pagar una multa de 180 euros, o quince días de arresto, por decir delante de unos mossos d’Esquadra "¡Viva la Guardia Civil!". Imaginemos que nosotros trabajamos en la empresa de telecomunicaciones Orange, por ejemplo. Al salir de nuestra jornada laboral alguien por la calle, un mosso, por ejemplo, nos grita: "¡Viva Vodafone!". A nadie en sus cabales se le ocurría denunciarlo por decírnoslo en un "tono despreciativo-vejatorio", como dice la sentencia. Tampoco se nos ocurre pensar que esa persona haya cometido una "falta contra el orden público". ¿Cree que si vamos a un juez ganaremos el pleito?

Simplemente es un abuso como tantos otros de la administración, que además limita nuestra libertad. ¿Es que no podemos expresar nuestra opinión en la calle? En algunas ciudades por ejemplo, es ilegal tener un aire acondicionado que se vea desde la calle. En muchas ocasiones, el ayuntamiento se lo ha retirado a mucha gente porque hace feo. Contradictoriamente, en Barcelona, sin ir más lejos, podemos ver desde la calle edificios de la administración no con uno, sino con varios motores de aire acondicionado. ¿Cree que alguna vez los retirarán?

A todo esto habría que añadir la corrupción, el altísimo nivel de tributación (nos sacan dinero por todo), las promesas incumplidas, la impunidad ante errores de nivel nacional como el caso Endesa o el continuo intervencionismo, que hacen que el Estado provoque continuamente injusticias y abusos contra personas honradas; cada vez estamos más inseguros ante la omnipotencia estatal. Qué contradicción: aquellos que nos han de proteger son nuestros peores enemigos. Los políticos son como unos vampiros que nos chupan la sangre día a día. Encima pretenden que les votemos y les consideremos superiores a nosotros.

Cuando se empezó a hacer fuerte el liberalismo en el siglo XIX, los primeros intelectuales de la época vieron esta contradicción rápidamente. Es increíble leer libros, por ejemplo, de Herber Spencer, Frédéric Bastiat o el propio Thomas Jefferson donde, hace mucho más de un siglo, ya denunciaban casos como los actuales. Algunos casos parecen calcados a los actuales. Aquellos pensadores nos dieron la respuesta a este continuo atropello de nuestras libertades y mangoneo de dinero. En palabras de Henry Thoreau: "El mejor Gobierno es el que menos gobierna… y cuando los hombres estén preparados para él, ese será el tipo de gobierno que tendrán". Ya han pasado más de 150 años, ¿no cree que ya estemos preparados para reducir drásticamente el peso del Gobierno en nuestras vidas? Haga las cuentas; peor no nos puede ir.

Ron Paul for President

Ron Paul, congresista republicano por el 14˚ distrito de Texas, recibe el mote de "Dr. No" por ser médico de profesión y votar "no" cada vez que el Congreso propone subir los impuestos, mermar los derechos civiles o hacer del ejército la policía del mundo. En palabras de William Simon, ex secretario del Tesoro, Paul es "la excepción en la mafia de los 535 del Capitolio".

Un político honesto o de principios suele ser un oxímoron, pero Ron Paul no es un político al uso. A sus 72 años, Paul es un conservador de la vieja escuela, un liberal que exige adherencia a una Constitución que, de acuerdo con el significado que le atribuyeron los Padres fundadores, no autoriza el Estado del Bienestar actual. Paul es partidario de privatizar el sistema de pensiones y abolir departamentos enteros como el de educación o el de agricultura, se opone a la implantación del carné de identidad y a la guerra contra las drogas, está a favor de la libre posesión de armas y de legalizar la prostitución, quiere eliminar el impuesto sobre la renta y la Hacienda federal, defiende el retorno al patrón oro y la moneda sana, y es un firme detractor del expansionismo militar y en general de la política exterior neoconservadora. Paul ha rechazado participar de la pensión que ofrece el Congreso a sus empleados, vota siempre en contra de los aumentos salariales para los congresistas y su oficina devuelve cada año dinero al Gobierno. Tiene una foto de Mises en la pared de su despacho, es un ávido seguidor y estudioso de la Escuela Austríaca, escribe para LewRockwell.com y acude a conferencias del Mises Institute.

Paul jamás promueve proyectos mascota que beneficien a su distrito a expensas del contribuyente. Se opone, por ejemplo, a los subsidios a la agricultura pese a que su distrito es eminentemente rural. No parece seguir el manual de supervivencia del político, y sin embargo está en su décimo mandato como representante del distrito texano. Posee una amplia base de adeptos en Texas, muchos de los cuales se sienten orgullosos de apoyar a uno de los pocos políticos íntegros y con principios que hay en Washington.

Ron Paul dio la gran sorpresa hace unos meses anunciando su candidatura a la presidencia del Gobierno federal por el Partido Republicano. Antes deberá vencer en las primarias del Partido frente a otros candidatos como John McCain o Rudy Giuliani. Sus posibilidades de ganar la nominación son prácticamente nulas; hay demasiada distancia entre sus ideas y las de las bases republicanas. Paul ha votado en contra de la Guerra de Irak y la ocupación con más coherencia que cualquier congresista demócrata, y eso suscita pocas simpatías entre unas bases mayoritariamente partidarias de las políticas de Bush. Las posiciones más liberales de Paul en lo social, como su oposición a la guerra contra las drogas, tampoco casan bien con la sensibilidad paternalista de muchos votantes republicanos. Su radicalismo en materia económica, con su continua alusión a la reducción del Estado, está más en sintonía con los instintos goldwaterianos y reaganianos del Partido así como con su retórica tradicional, pero incluso en este aspecto Paul resulta demasiado hardcore y excéntrico para algunos.

Con todo, el fenómeno Ron Paul no ha dejado de crecer en los últimos meses. Sus declaraciones políticamente incorrectas en televisión le han valido tantas críticas como atención por parte de los medios y el público americano. Las encuestas online le dieron como vencedor en el primer debate con los demás candidatos republicanos, quedando segundo en la encuesta de Fox News en el debate que tuvo lugar días después, por encima de Giuliani y McCain. Estos datos deben cogerse con pinzas porque los liberales están sobrerrepresentados en la red y los seguidores de Paul quizás estén mejor coordinados, pero lo cierto es que su campaña está despertando interés entre las masas republicanas, crecientemente descontentas con el rumbo de su partido y la situación en Irak, y también entre los votantes demócratas que ven en Paul a un político más antiwar y pro-derechos civiles que cualquiera de sus representantes izquierdistas. Cuando preguntan a Paul si en realidad no se está presentando por la nominación del partido equivocado su respuesta parece insinuar que no es él el que se ha equivocado de partido sino los demás candidatos. El Partido Republicano, insiste Paul, ha sido históricamente el partido del Gobierno limitado y el aislacionismo militar.

Paul, que ya fue presidenciable en 1988 por el Partido Libertario, es muy admirado entre sus compatriotas liberales, aunque suscita división en dos temas: aborto e inmigración. Sus posiciones anti-abortistas, con las que coincido, chocan con las posiciones pro-choice de numerosos liberales. Su postura favorable a restringir la inmigración levanta ampollas en los liberales que defendemos la libertad de movimientos. Sea como fuere Paul es casi todo lo que un liberal puede soñar de un político. Personalmente soy escéptico con el reformismo desde dentro y bastante hostil a la participación política, pero si fuera estadounidense es probable que votara a Ron Paul. Aunque solo fuera para que cobrara celebridad, avivara el debate en las filas republicanas y siguiera divulgando su mensaje liberal en los medios. No ganará las primarias, pero al menos habrá sido una buena campaña publicitaria y nos habremos divertido en el camino.

Elecciones y libertades

La relación entre la libertad y la democracia, es sumamente compleja. Es evidente que cada vez que el pueblo vota decide quien gobierna, lo cual evita que los políticos se atornillen a sus sillones de por vida. Y esto supone, como indicó Popper, un método para cambiar de Gobierno evitando el derramamiento de sangre. No tener que aguantar a tiranos de cualquier signo, ya se llamen Franco o Castro, Hitler o Stalin, es un argumento incontestable a favor de la democracia. Pero ¿es acaso el único?

Esta pregunta nos obliga a plantear bajo qué presupuestos podemos juzgar la democracia. La premisa del liberal sería la libertad. Con la democracia, todos votan y prima la opinión de la mayoría. Si un porcentaje considerable de la población vota a un político que quiere prohibir trabajar más de 35 horas semanales, por mucho que el resto se oponga a que decidan por él cómo debe utilizar su tiempo y cuánto quiere trabajar, nada podrá hacer contra la voluntad popular. Supuestamente, los derechos individuales tendrían que ser los límites al ejercicio de la soberanía, pero estos derechos han sido constantemente restringidos y tergiversados, como cuando se constitucionaliza que el derecho de propiedad tiene un fin social o se define al Estado con adjetivos como social, o sea, socialista, es decir, contrario a los derechos individuales.

Los impuestos son otro de los asuntos donde se aprecia que la mayoría desea pagar pocos tributos pero defiende que los ricos soporten la mayor carga fiscal porque, al fin y al cabo, son los que más tienen. Por tanto, a esos se les debe exigir mucho más. Para hacernos una idea, ahora que estamos en plena campaña de la renta, recordemos que el IRPF es un impuesto progresivo que supone que un incremento de renta provoca un salto en el tipo impositivo de forma que se penaliza el esfuerzo. Luego, una vez más, la mayoría decide sobre nuestro tiempo, bien porque tenemos que trabajar más meses para el Estado o bien porque nos anima a que tengamos más ocio (para evitar que se disipe el dinero que podríamos haber cobrado por trabajar más).

Y qué decir de los servicios sociales, desde la Policía hasta la Sanidad, pasando por la educación. Se nos impone una seguridad insegura, una sanidad masificada y una educación lamentable que no prepara a los alumnos para desarrollar un trabajo. El coste es claramente brutal, no sólo en eficiencia sino también en libertades. Como decía irónicamente un economista argentino, sobre otra de las medidas propias del Estado Providencia, el "seguro de desempleo" equivale a "desempleo seguro".

Lamentablemente, no podemos escapar a esta telaraña que nos atrapa como moscas. La agonía no se percibe pues nos invade una especie de letargo en el que vivimos pensando en que este es el mejor de los mundos. Nuestro voto nunca puede contrarrestar semejante situación.

El sistema democrático establece un mecanismo de rotación de oligarquías que ofrecen demagogia y promesas tan vanas e imposibles, como las del PP y el PSOE en Madrid: hacer del Manzanares una playa, propuesta que recuerda a aquella con la que soñaba el socialista utópico Fourier, convertir los océanos en limonada. La idea sin duda, sería refrescante pero estúpida. Como otras tantas que los charlatanes nos han estado repitiendo. Alguna, como la que ha expresado Simancas de que si se vota al PP este partido privatizará el aire, es tan increíble como propia de quien se comió la rosquilla tonta de San Isidro.

Por otro lado, no podemos desdeñar el hecho de que la gente desconoce el funcionamiento mínimo de los impuestos, la distribución de las competencias entre las autonomías y el Gobierno central, el cupo vasco, la financiación de la sanidad y de la UE o qué son las aduanas. Es decir, la gente no invierte tiempo en controlar a los políticos que ha designado. Es más, desconoce la teoría económica básica por lo que acaba creyendo que los salarios mínimos, los controles de precios y la redistribución de la renta son los medios para alcanzar el bienestar social. Está claro que no todos pueden ser expertos en todo pero quizás tengamos cierta responsabilidad en la medida en que votamos, porque con nuestros votos podemos estar apoyando políticas dañinas para la sociedad. ¿Hasta qué punto recapacitamos? ¿Presionamos a nuestros políticos para que cejen en sus perniciosos empeños? La respuesta es un flagrante no. Ahora bien, seguro que a muchos se le ocurre que los grupos de presión son la manifestación de ese sentir. Desgraciadamente, se dedican a expandir ideas catastróficas y se esfuerzan en recabar más fondos, como sucede con los artistas, verdaderas plañideras a la caza de un canon más expoliador que cubra unas imaginarias ventas potenciales.

Si la democracia no consiste en un sistema apoyado en votantes conscientes que conocen, al menos en teoría, el funcionamiento del Gobierno y que dedican tiempo a informarse y analizar la realidad de forma sosegada, sino que más bien se dejan guiar por lo que sus padres les han dicho, lo que parece más moderno o progresista, entonces quizá lo que argumenta Bryan Caplan en su apasionante libro The myth of the rational voter sea cierto: la democracia es "un concurso de popularidad".

Probablemente este juicio sea erróneo porque hay mucha gente que se esfuerza en seguir la actualidad y estar al día de lo que pasa en el mundo, pero el peso marginal de un voto en unas elecciones es irrelevante. Deprime pensar que ningún político sea 100% liberal, aunque compre una de nuestras camisetas. Nuevamente, citando a Caplan, cabe sostener que "en elecciones con millones de votantes, los beneficios personales de aprender más sobre política son insignificantes porque un voto difícilmente cambiará el resultado. Entonces ¿por qué aprender?"

La solución a este drama sería aumentar los ámbitos en los que prime la libertad individual y no la política, es decir, que sean las personas las que puedan tomar decisiones sobre su vida, libertad y propiedad de forma que, aunque envidiemos a nuestro vecino por tener dos coches o a nuestros jefes por cobrar más que nosotros no podamos utilizar la política para satisfacer nuestra sed de venganza, haciendo que el Estado les expropie más y más. Tampoco, cabría ampararse en la democracia para censurar o para promover la virginidad, como ha hecho Bush, gastándose a tal efecto 740 millones de dólares del erario público.

Por mucho que nos repitan, la solución no pasa por más democracia sino por una mejor democracia, aquella en la que la libertad no pueda ser destruida, por nadie, sea mayoría o no. Más importante que la democracia es una Constitución mínima que impida que el Estado se expanda, lo cual, siendo realistas, podemos calificar como una utopía porque el poder tiende a crecer, como la nariz de los políticos al mentir.

Sin embargo, estamos ante otro sueño porque ¿desde cuándo alguien que recibe un subsidio por desempleo, que tiene acceso a la sanidad pública y que no paga demasiados impuestos va a renunciar a estos "derechos"? Aunque se arguya que esa persona ganaría más en un mercado libre, mucha gente no desea más que la falsa seguridad de un Estado que desde la cuna a la tumba le ha cuidado como a un indefenso bebé.

Cambiar las cosas parece tan difícil que a veces el único voto que funciona es el votar con los pies, un voto efectivo para que cuando todo lo que uno ama, como cantaba Sabina, se llena de cenizas y quepa escapar de las democracias tiránicas. Así que para quienes se quejaban de que mis postulados resultaban poco prácticos cuando aconsejaba no votar por nadie, les planteo otra solución, como es votar con los pies. Eso si, compren calzado cómodo porque no podrán dejar de moverse.

Cuenta atrás en las elecciones: comienza la campaña

Acaba de empezar la campaña electoral. Todos los políticos se apresuraron a abrir sus barracas de feria y a contarnos dos cosas: el tirón de orejas que le van a dar al contrincante y lo bien que lo van a hacer. No lo van a hacer bien, lo van a hacer mejor. Mejores transportes, mejores carreteras, mejor sanidad. Dan ganas de votarles a todos.

Gracias a los medios digitales, los candidatos juegan con nuestra intención de voto primero, para jugar con nuestro dinero después, y crean sus propios personajes virtuales, se besan a la francesa públicamente para promover la libertad lingüística, o abren blogs para preguntar al ciudadano "dime qué quieres y te diré qué prometo".

Pero no hay que fiarse ni de las promesas de retirar los parquímetros de Miguel Sebastián, candidato a la alcaldía de Madrid (por otro lado nos sacarán los dineros), ni del "reencuentro" con el río Manzanares (financiado por nosotros y nuestros descendientes por los siglos de los siglos) de Alberto Ruíz-Gallardón candidato por el Partido Popular al mismo ayuntamiento.

Mientras que Enrique Gil Calvo, profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, considera la abstención como una imprudente irresponsabilidad y sus consecuencias un trágico error, no parece que las demás alternativas sean satisfactorias para el interés del votante individual.

En nuestro actual sistema político, un ciudadano responsable puede votar a un partido en concreto porque comparte sus principios, porque lo hace aunque solamente sea de manera parcial o porque el modelo de sociedad ofrecido por los demás partidos le parece algo a evitar a toda costa. Pero, tal y como también señala Gil Calvo, y en esto sí estoy de acuerdo, las democracias occidentales adolecen cada vez más de una crisis de representatividad, descrédito y homogeneidad de las alternativas ofrecidas por los políticos, que le pone muy difícil las cosas al elector responsable.

¿Qué pasa si nos decidimos a renovar este sistema tan desgastado, obsoleto y generador de más mal que bien, tan restrictivo de las libertades individuales?

Dice Dennis C. Mueller en su Public Choice III que en una sociedad con un orden político cerrado, un individuo siempre está en peligro de ser explotado o tiranizado por una mayoría o una minoría de sus conciudadanos. Su capacidad de elegir, en tales situaciones, se centra en pocas opciones: confiar continuamente en la protesta (la opción voz) con la esperanza de que el resultado cambie, buscar un espacio político migrando a otro lugar (opción salida) o crear un orden nuevo mediante una revolución, es decir, un cambio brusco, no gradual. Pero esta última opción es problemática en nuestro maravilloso mundo occidental.

De acuerdo con el análisis de la Escuela de la Elección Pública la participación de la sociedad en un cambio radical es menor para altas tasas de salario y para bajas tasas de incertidumbre respecto a la renta futura. Es decir, una ciudadanía acomodada es también acomodaticia y manifiesta su desidia mirando al techo en lugar de asumir su responsabilidad, pidiendo a otro (el político de turno) que le resuelva sus problemas y quejándose después, pero sin tomar medidas directas. Vivimos demasiado bien.

¿Es más responsable mantener este sistema corrupto, desacreditado y ficticio, donde la mentira reina y los grupos de poder y los gobernantes son cómplices que atentan contra el individuo? ¿Es un trágico error no someterse a él y manifestar el desacuerdo de raíz con esta trama?

Nos esperan días de grandes palabras, grandes mentiras, grandes manipulaciones y muy poca imaginación. Está en manos de los ciudadanos negarse ser súbditos para ser tratados como vecinos. No participar, no acudir a una cita, no colaborar en lo que uno cree que es injusto es una manera de opinar y también es una opción responsable; para mí, la única opción responsable.

Política científica

El caso Gore es sólo un ejemplo llamativo de la importantísima repercusión política que tiene la ciencia. Enterrado el credo marxista (más o menos adulterado), que no la mayoría de sus invenciones antropológicas, la ciencia ha pasado a ocupar un lugar destacado en la agenda política progresista, no ya como un instrumento, si no como un fin en sí mismo. Es decir, la ciencia se ha convertido en el centro del debate más allá de las cifras que los políticos prometen destinar a su desarrollo (o florecimiento); éstos han adoptado las controversias científicas como parte de su discurso.

El cambio climático es sólo el ejemplo universal, siquiera porque está orquestado por la ONU y sus agencias diversas, pero hay otros más locales y de hondo impacto, como el de la evolución, tan de moda ahora en los Estados Unidos.

Recientemente, en un debate celebrado entre los candidatos republicanos a la presidencia del país, se preguntó a los participantes si creían o no en la evolución. Tres de los diez dijeron que no. Tal vez la pregunta apropiada hubiera sido "¿En qué consiste?", pero en este caso su relevancia moral y por lo tanto política sería nula. No se estaba evaluando los conocimientos de los candidatos sino tratando de poner en evidencia a los más reaccionarios al progreso científico, al progreso.

Recientemente el New York Times se hacía eco de un debate en el que varios intelectuales de la derecha americana trataban de dilucidar si darwinismo y conservadurismo podían ser compatibles, desarrollando sinergias con las que renovar el discurso conservador. Dejando al margen la tendenciosidad demostrada en el artículo, parece claro que el empeño no va ser fácil ya que creacionismo y el "Diseño inteligente" inclinan la balanza en el debate hacia un irracionalismo que da la ventaja, sobre este terreno, a las fuerzas progresistas, además, mayoritarias en la academia americana.

Sin embargo el empeño, aunque, como digo, difícil, es de naturaleza bien diferente al que sostienen los Gore y compañía, que como verdaderos activistas científicos, por así decir, pretenden instrumentalizar la ciencia, mientras que conservadores como Larry Arnhart quieren, creo yo, apuntalar sus idearios sobre un renovado y consistente fundamento antropológico para, de esa manera, poder construir propuestas centradas en la realidad de la naturaleza humana.

Coincidiendo con Arnhart, aunque desde una perspectiva ideológica sustancialmente diferente, creo que la sociobiología, la moderna psicología evolucionista, es fundamental para el liberalismo del siglo XXI.

Pensemos que el propio Darwin, que era whig, como señala Hayek, se inspiró en Adam Smith, cuyas obran "marcan el nacimiento de un enfoque evolucionista, que, poco a poco, fue desplazando la estática visión aristotélica", un evolucionismo que, por lo tanto, reitera Hayek, se dio en el campo de las humanidades (moral) antes que en la propia biología.

Para terminar, recordar que von Mises afirmaba, en las primeras páginas de La acción humana, que la praxeología debe mucho al psicoanálisis. Tal vez exagero si afirmo que el sabio austriaco se hubiera hecho evolucionista sin necesidad de alterar sustancialmente sus presupuestos epistemológicos, de haber podido leer a los Leda Cosmides, John Tooby, Steven Pinker y compañía.

Una política económica liberal

Generalmente se plantea la política económica como el conjunto de saberes que, partiendo del conocimiento de la ciencia económica y de los instrumentos del Estado, ayudan a la consecución de una serie de objetivos sociales. En función de cuáles sean esos objetivos y los fines perseguidos se puede hablar, en principio, de una política económica socialista o liberal, en mayor o menor grado. De hecho, lo hacemos constantemente. Pero, así planteada, no puede haber una política económica plenamente liberal.

En primer lugar por lo que se refiere a los objetivos sociales. Generalmente están definidos como la mejora económica de ciertos grupos sociales o la prevalencia de ciertos valores morales, estéticos a veces, sobre otros. O la prestación de determinados servicios o la remoción de determinados comportamientos que se consideran negativos o antisociales. También se definen sus objetivos en términos más etéreos si se quiere, menos aprehensibles, de carácter macroeconómico.

El planteamiento de estos objetivos parte de dos errores. Uno de ellos es tan viejo como el pensar sobre cuestiones comunales o sociales, y es la idea del bien común. Los bienes tienen un valor subjetivo. Y puesto que las valoraciones personales son muy distintas y además son cambiantes, no puede haber un bien común. Literalmente, el bien común es una utopía. Cuando pronunciamos juntas las palabras "bien" y "común" sentimos una llamada atávica, impresa durante generaciones a fuego en nuestra alma, acaso en nuestros genes. Resulta duro separarse de una idea tan querida. Pero es una contradicción en los términos, tal como es la naturaleza humana, y la búsqueda de un imposible sólo puede causar decepción, desesperación y acaso melancolía.

Relacionado con este hecho está el error hayekiano, es decir, el de creer que podemos conocer o definir cuál sea ese bien común, y cuáles de los objetivos sociales que nos podamos plantear son los que más se acercan a esa quimera. Además, los políticos tienden a hacer promesas o a plantearse objetivos con un objetivo concreto (reducir la pobreza a la mitad en 15 años, crear un millón de puestos de trabajo en una legislatura, etc.). Pero los efectos concretos de unas u otras medidas dependen del comportamiento concreto de las personas sobre las que recaigan. De este modo, el que se puedan cumplir ese tipo de objetivos más concretos depende, además de que la medida adoptada acerque a ellos o sea compensada por otros factores, de circunstancias que condicionan el comportamiento concreto de las personas, parte de las cuales todavía no se han producido. Por ello insistía Hayek en que lo más que puede plantearse un político, honradamente, son objetivos generales tales como reducir la inflación, aumentar el empleo, etc., sin formular promesas más concretas.

Más adelante nos encontramos con los problemas de los medios, de las medidas concretas de política económica. La literatura sobre el tema es amplísima, y aquí el liberalismo muestra, por escoger la formulación también de Mises, que el intervencionismo provoca efectos que, o bien no son deseados por sus promotores, o bien no son previstos por éstos y son generalmente considerados negativos.

Entonces, ¿es inconcebible una política económica liberal? No, siempre que se tenga claro que toda política económica ha de tener el desmantelamiento del Estado como último objetivo. Puesto que el liberalismo confía en los procesos sociales espontáneos y ve al Estado como un órgano basado en la coerción, que no juega un papel en una sociedad basada en el contrato y el acuerdo voluntario, toda política económica ha de encaminarse a reducir su influencia, acaso hasta hacerlo desparecer.

Rothbard propone una estrategia radical, ya que reducir una medida intervencionista a la mitad supone mantener el intervencionismo, con los efectos negativos que, sabemos, creará. Como, además, hay que contar con que un sector de la población y especialmente de la política se opondrá a cualquier liberalización, lo conveniente es aceptar este inconveniente desde el comienzo y llevar los objetivos tan lejos como sea posible. Milton y Rose Friedman mostraron, además, que "la tiranía del statu quo", de los intereses creados, logra paralizar cualquier medida liberalizadora si se demora más allá de los primeros meses de Gobierno. La reforma ha de ser, pues, radical y rápida en la medida de lo posible.

No obstante, en ocasiones es imposible restablecer la plena libertad de los ciudadanos, pero sí se pueden arbitrar políticas que se acerquen suficientemente, como puede ser el cheque escolar o la municipalización de la gestión educativa. Una vez implantados, se puede proponer el siguiente paso hasta eliminar la influencia del Estado en la vida ciudadana.