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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Y George Bush volvió a la Casa Blanca

No se ve tanto entusiasmo desde que llegó al poder el primer presidente demócrata, el gran Andrew Jackson, que estuvo a punto de perecer el día de su toma de posesión, arrollado por una masa entusiasta. Desde Lincoln el nuevo presidente tiene un cerco de seguridad en derredor que le protege de cualquier incidente. Los periodistas de todo el mundo, con un entusiasmo mal disimulado, dan cuenta del evento y cifran el futuro de la humanidad en frases cortas e impactantes.

Pero ninguno da con el titular del día: "Barack Obama continuará el legado de George W. Bush". Cabría pensar que los periodistas huimos de titular con obviedades, aún a costa de evitar la noticia, como sería el caso. Pero no. Me da que la noticia del día pasará desapercibida, y es precisamente ésa, que una marea de gente celebra un cambio, cuando lo que tendrá lugar es esencialmente la perfección de la esencia de la Administración Bush II: el encumbramiento del poder sin límites, la erosión de la mejor y más antigua democracia, el entierro de los Padres Fundadores y de su excelsa y frágil creación.

Su lucha contra el terrorismo le ha colocado en la posición de ser él instrumento del terrorismo. La Patriot Act le otorga el poder de espiar a ciudadanos estadounidenses sin orden judicial, basándose simplemente en la sospecha. Si el sospechoso es el ciudadano y no el poder, ¿podemos decir que vivimos en una democracia? Bush ha asentado, hasta donde ha podido, el principio de que el presidente de los Estados Unidos está por encima de las ramas legislativa y judicial. Ni siquiera la Constitución es freno para su poder, ya que como dejó claro en una "declaración firmada" aneja a la ley que le prohibía torturar a los meros sospechosos de terrorismo, "los presidentes no tienen porqué adherirse a las declaraciones de inconstitucionalidad de Congreso, o las decisiones de la Corte Suprema". Su paso por Washington ha supuesto un nuevo aldabonazo a los derechos de los Estados frente al Gobierno federal.

Obama no será distinto. Para él, la Constitución es algo vivo, cambiante, y fruto de las circunstancias del momento, como el texto de 1790 lo fue del suyo, de modo que la Constitución americana, tal como la conocemos, es papel mojado. Él se ve como un instrumento de cambio de la sociedad, igual que Bush, y el poder de Washington, la herramienta más adecuada. Eso sí, mientras Obama apuntala el edificio de poder erigido por Bush, los periodistas están preocupados por saber en qué mes cerrará Guantánamo. Con esta prensa, el nuevo Bush lo va a tener muy fácil.

Catastrofismo liberal

Tanto Rand como Hayek se equivocaron: el Estado del Bienestar es sostenible y no está claro que avancemos hacia una sociedad considerablemente más represiva. Los tiempos de la tiranía evidente han quedado atrás y ahora nos enfrentamos a un enemigo menos liberticida pero mejor camuflado y a la postre más difícil de combatir.

Escuchando las opiniones de algunos liberales, cualquiera diría que estamos a dos pasos del Gulag o del Apocalipsis. Hace poco asistía a una jornada de conferencias liberales en Londres y conversando con unos compañeros belgas, inteligentes y leídos todos, me di cuenta de que era el único del grupo que no pensaba que estábamos al borde del totalitarismo. Parecían creer a pies juntillas que la Unión Europea degeneraría en una nueva URSS en cuestión de pocas décadas, el Reino Unido caería bajo el yugo de un socialismo rancio y de oídas decían que la España de ZP acabaría convirtiéndose en poco menos que una dictadura. Es normal que luego la gente que no está ideológicamente comprometida escuche con incredulidad estas opiniones catastrofistas y concluya que los liberales vivimos en un mundo distinto al suyo.

De todos modos, ni siquiera nosotros mismos damos fe al dramatismo que predicamos. Si nos lo creyéramos estaríamos haciendo las maletas y aprendiendo inglés o chino para emigrar a América o Asia antes de que alzaran otro telón de acero. O empezaríamos a retirar capital o a transferirlo antes de la nacionalización. O estaríamos acumulando un buen arsenal, construyendo un refugio y planificando nuestra resistencia armada al totalitarismo inminente. Como mínimo estaríamos viendo las noticias todo el día, no hablaríamos de otra cosa en la mesa y viviríamos en perpetua ansiedad, pero en lugar de eso vemos el fútbol, hablamos de las próximas vacaciones y dormimos como un tronco. Podemos dejarnos llevar por el pesimismo y parafrasear a Rand y a Hayek, pero en el fondo sabemos que estamos exagerando y que las cosas no van a empeorar tanto.

Es cierto que el tamaño del Estado ha crecido mucho en el último siglo, pero lleva varias décadas medio estancado por debajo del 50% del PIB. La razón es que desde la perspectiva de quienes gobiernan y se nutren del Estado, el intervencionismo tiene rendimientos decrecientes a partir de cierto punto. El mejor Estado no es el que más poder tiene, sino el que maximiza la renta y el status de sus burócratas y cooperantes. Un gravamen del 40% sobre la renta genera más ingresos que un gravamen del 95%, que por ser tan alto desincentiva casi totalmente la creación de riqueza. Regulando la economía, el Gobierno puede ejercer poder y al mismo tiempo alardear de haber fomentado el progreso. Si nacionaliza la economía entera no hay progreso del que reclamar autoría y el poder que toca ejercer (mucho más feo) es el de la guillotina para contener a las masas furiosas.

Los intervencionistas de ahora, más pragmáticos que los de antes, han aprendido que no hay que matar a la gallina de los huevos de oro. Como no entienden muy bien cómo pone la gallina esos huevos, a menudo escañan demasiado al animal y tiene que venir una Thatcher o un Reagan a depurar excesos. Pero estos no llevan a cabo ninguna contra-revolución, se limitan a podar un Estado del Bienestar hipertrofiado para devolverlo a sus sólidas bases.

Algunos proponen la siguiente analogía al referirse al crecimiento paulatino del Estado: si pones una rana en agua hirviendo saltará fuera de la olla enseguida, pero dicen que si la pones en agua fría y luego calientas el agua lentamente la rana no se da cuenta hasta que es demasiado tarde. Así, en lugar de imponer la dictadura proletaria de la noche a la mañana, el Estado va extendiendo lentamente sus tentáculos de forma que la población se va adaptando poco a poco y nunca percibe el abuso en su totalidad. Es cierto que por esta vía gradual el intervencionismo puede llegar más lejos, pero la comparación tiene sus límites: no somos una rana. Creo que nos daremos cuenta antes de que el agua empiece a hervir.

Hay quien considera que el catastrofismo es necesario para que la ciudadanía permanezca vigilante. Sólo si la gente se siente lo bastante amenazada e indignada se movilizará para hacer frente al intervencionismo. Si nos limitamos a acusar de "catastrofista" a todo el que grita que hay peligro caeremos en el conformismo y será más probable que la catástrofe ocurra. Más vale pecar de exagerado que de conformista. Pero la diferencia entre la exageración y la demagogia es difusa, y el drama aliena a potenciales adeptos con más sentido de la realidad.

Asumámoslo, el Estado del Bienestar no evoluciona necesariamente hacia el totalitarismo, pero no hace falta esperar a que lo haga para darle estopa. Aunque la lucha por la libertad en el contexto de una sociedad intervenida parece menos romántica que la resistencia contra la tiranía absoluta, no deja de ser una empresa meritoria, justa y necesaria.

Motivos para creer

Dijo que la crisis era un invento neocón que jamás llegaría a un país con ansias infinitas de paz, como este, y hoy hasta los artículos de gastronomía hablan de ella. Negocia con los terroristas en nombre de la paz y azuza los viejos odios en nombre del consenso. Magdalena Álvarez es la versión progresista, alternativa, de la eficacia. Y Pepe Blanco, de la honradez. Pasado por la piedra de toque de la razón, del sentido común, ¿quién puede defender a este Gobierno? Eso piensa nuestro crítico; se llevará la duda a la tumba.

Bien, puede que el Gobierno de Zapatero no sea un ejemplo muy pulcro de la lógica, el buen hacer, el buen sentido y demás. Lo que no entiende nuestro crítico es que ni lo busca, ni lo necesita. Cualquier apelación a la razón es vana. Sobra, como un índice de términos en un diccionario.

Porque la política impuesta por los socialistas y tragada por Mariano Rajoy no es la del hacer, sino la del ser. No se trata de qué o cómo haga el Gobierno tal o cual medida, sino de quiénes son ellos, quiénes son la oposición y quiénes quieren ser los votantes. La política de Zapatero es radical no porque sea extrema, sino porque ha entendido muy bien cómo funciona la democracia de masas: lo importante no es ni la lógica de las medidas ni sus resultados, sino la identidad.

El objetivo es crear identidades propias y ajenas y forzar al votante a ser de unos o de los otros. Uno no deja de ser del Betis porque pierda varios partidos seguidos. La política zapateril quiere sustituir el ciudadano informado, responsable y libre por el fan del partido, el que no le abandonará bajo ninguna circunstancia y que preferiría dejarse la vida antes de entregar su voto a la oposición.

Que en gran parte el PSOE lo ha conseguido no es una novedad. Que los nacionalistas han triunfado en sus respectivas comunidades, no se le escapa a nadie. Pero aún le queda camino por recorrer. Lo que nos quieren dar los socialistas, nos lo han dicho ellos mismos, son motivos para creer, no para penar.

El retorno del fascismo económico

Hace casi dos años, Jose Ignacio del Castillo diseccionaba en esta página las auténticas características del "fascismo", en un ejercicio de rigor intelectual muy oportuno para acotar con precisión el significado de una palabra que se ha convertido en anatema. Durante largos lustros las corrientes de pensamiento dominantes corrieron un tupido velo para soslayar que, en esencia, las políticas económicas fascistas guardaban extraordinarias semejanzas con los planes desarrollados por los gobiernos "progresistas" del presidente Roosevelt (New Deal) y los gobiernos socialdemócratas europeos de la posguerra. Reconocer esas similitudes situaría en una incómoda posición a una retórica habitual entre los socialistas de izquierda, que asimila capitalismo a fascismo sin ningún rubor.

De acuerdo a esa sistematización, un modelo económico fascista contaría con una producción y distribución de bienes planificada a través de la integración en federaciones sectoriales de productores y sindicatos de trabajadores, aunque nominalmente se mantendría la propiedad privada de los medios de producción. Un gobierno fascista recurriría a la inflación para financiar un ingente gasto público, a través de los déficit y una política monetaria expansiva y garantizar de esta manera, supuestamente, el pleno empleo. Se emprenderían políticas sociales de amplio alcance: educación, cultura y deporte públicos, fijación de salarios no referidos a la productividad, seguros sociales, etc. Y, finalmente, el sistema aspiraría a la autarquía, de suerte que el comercio internacional entre particulares dejaría paso a un militarismo expansionista para la obtención de recursos no disponibles en el interior; a una política de sustitución de importaciones o, en su defecto, de trueque, llevado a cabo directamente a nivel intergubernamental.

Pues bien, salvo el último –sin subestimar la influencia que pueden llegar a tener las ideas antiglobalizadoras durante esta depresión en ciernes– el resto de esos postulados se encuentran bastante desarrollados. Va a resultar que después del derrumbe del gigantesco gulag soviético, el fracaso inexorable de las medidas intervencionistas del Estado del bienestar da paso a las regulaciones más compulsivas de los regímenes fascistas, gracias a una casta de políticos y economistas irresponsables.

Si en lo político vemos como se despliega meticulosamente la estrategia posmoderna, los "planes de rescate" de la banca y de incremento del gasto público, acudiendo, de momento, al endeudamiento público más desbocado, albergan asombrosos paralelismos, salvadas las distancias, con las "soluciones" nazi/fascistas a la crisis del 29 del siglo pasado.

Ya Mises y Hayek enunciaron la cuestión clave: el fascismo no es sino una subespecie del socialismo. A pesar de la rivalidad entre los diversos partidos socialistas, todos coinciden en el último objetivo de sustituir la economía libre de mercado por el control totalitario del Estado. Por supuesto que los medios propuestos difieren en el grado de implacabilidad y consistencia con el que se quiere ejecutar el plan. Pero, como resumiera Mises en el prefacio de la segunda edición en alemán de Socialismo, el objetivo es que "los individuos dejan de decidir, comprando o dejando de comprar, lo que se va a producir y en qué cantidad y calidad. De ahora en adelante, el plan de excepción del Gobierno establecerá estas cuestiones. El cuidado paternal del ‘Estado del bienestar’ rebajará a las personas al estado de trabajadores fijos, obligados a cumplir las órdenes de la autoridad planificadora sin cuestionar nada".

Además de presentar análisis profundos sobre las particulares circunstancias actuales, conviene insistir en esta disyuntiva en estos convulsos tiempos que nos ha tocado vivir. Ahora que los cantos de sirena estatistas quieren presentar por enésima vez la tercera vía para salir de una crisis a la que nos han abocado largos años de intervencionismo y de expansión monetaria, no serán suficientes las voces que responsabilicen de la depresión que se nos viene encima a las baterías de medidas impulsadas por los principales gobiernos del mundo.

Es cierto, como ha recordado Jose María Marco recientemente, que "la libertad económica ha sido rara en la historia de la humanidad y siempre, desde que existe, se le han buscado recambios". Esa constatación debe servir para redoblar los esfuerzos para defenderla por su propio mérito y como parte indisociable de la libertad de los seres humanos. Aun con todo, para evitar el desastre debe informarse al gran público de quiénes se benefician de los recortes de la libertad. Al mismo tiempo, las etiquetas adormecedoras que reparte la propaganda del nuevo movimiento neosocialista quedarán descubiertas como máscaras grotescas de un baile de disfraces.

De ahí la importancia de desenmascarar a los impostores, a los que se pliegan a su papel de gerentes de corporaciones afines al Gobierno y a los administradores de bancos que medran con las decisiones discrecionales del poder político, en lugar de centrarse en su imprescindible función de mediación financiera. No es por casualidad que muchas de las coartadas intelectuales de este exacerbado intervencionismo procedan de medios de comunicación privilegiados por el Gobierno.

Se ha llegado muy lejos en las falacias contra el liberalismo y el libre mercado. Prebostes políticos que han contribuido durante largos periodos a laminar su funcionamiento, se permiten responsabilizar de todos los males presentes a un inexistente libre mercado. Como si este estado de cosas no fuera consecuencia de las interferencias coactivas en las decisiones de millones de individuos. En el clímax del dislate, y dentro de lo que parece la contribución cañí a un programa de largo alcance, los iluminados locales proponen implantar en el mundo un corporativismo culminado por un Gobierno único mundial.

¿No es esto fascismo pasado por la túrmix?

Después de Su Majestad

Es que, Majestad, resulta que no todos somos políticos, ni embajadores en Nueva York de cualquier territorio de la catetada autonómica. Ni siquiera directores de cine, o sea que lo de tirar del carro lo tenemos asumido desde que comenzamos a pagar impuestos con dieciséis años, hace ya unos cuantos.

Pero es que además, resulta que el carro nos ha pasado por encima, nos ha triturado todos los huesos y, en muchos casos, ha aplastado nuestra principal fuente de supervivencia, por lo que lo de invitarnos a ponernos de pie y uncirnos a las varas como bueyes resulta francamente, perdón, molesto.

Los que tienen que tirar del carro son los que lo han despeñado, puliéndose de paso todo el dinero que los ciudadanos hemos aportado todos estos años para que no se saliera del camino. Ellos, los políticos principalmente, pero también el resto de manos muertas que suponen una losa implacable sobre nuestra economía, son los que tienen que hacerse cargo de los desperfectos y apretarse el cinturón, aunque sólo sea por esta vez. No sus víctimas, que ya bastante tenemos con haber visto las ruedas pasarnos por encima.

El autónomo que el próximo miércoles, día 31, va a cerrar su negocio, o el trabajador con veinte años de experiencia que se ha quedado en el paro, no tienen por qué tener, además, complejo de culpa por no tirar del carro lo suficiente. Sobre todo cuando están viendo que el dinero de sus impuestos se desvanece en rescates financieros de malos empresarios o bajadas de impuestos a los banqueros y sus familiares hasta segundo grado, que son precisamente los mismos que les niegan el crédito con el que poder subsistir en esta situación y salvar sus negocios, su vivienda o su empleo. Este es el hecho que debiera haber suscitado una paternal amonestación del jefe del Estado, en lugar de su apelación a un esfuerzo que la gente no puede aportar ya, sencillamente porque no les queda nada con qué financiarlo.

Hay una sencilla prueba para conocer si una propuesta va a ser mala para los contribuyentes, y es observar la reacción de los políticos. Si todos aplauden, ya puede usted ir preparando el bolsillo. El PP, además de aplaudir con las orejas, está a favor de que los demás tiremos del carro al que va subida la clase política "un ciento uno por ciento". Encima horteras. Es que se le quitan a uno las ganas de tirar, oiga.

Obameando

O quizá no, quizás este relojero ("experto en medir los tiempos", le llaman) esté dando el cambio definitivo, el que le asentará como líder y nos librará de la era zapateril, con toda su intolerable cursilería.

En 2004, se disfrazó de Sarkozy antes de presentarse a las elecciones, pero se le veía su piel de cordero bajo las orejas de lobo. Ahora, ante el éxito arrollador de Barack Obama, Rajoy se presentará como un nuevo Obama. Enero nos traerá la epifanía de un nuevo Rajoy a lo Baltasar. Ahora bien, si el negro llegó a la Casa Blanca al grito de "podemos", Rajoy quiere abrir las puertas de la Moncloa con un "queremos". El gallego corre el peligro de quedarse, efectivamente, en un quiero y no puedo.

Porque a Nicolas Sarkozy y Barack Obama, a las victorias ante sus electores, les une una idea, sencilla pero efectiva, que es lo que les ha llevado al poder, y es la del cambio. En Francia, el hartazgo de la vieja política que encumbró a Eduard Balladur es el mismo que ha llevado al Elíseo a Sarkozy, mientras que John McCain no espera su entrada en el Despacho Oval sólo porque fue menos convincente que Obama en la promesa de cambiar la política de su país.

Los cambios a que apunta la información se refieren todos a las formas, como el mantra ese de escuchar al pueblo para recoger sus anhelos, y aparecer aún más dialogante. Pero las formas no van a convencer a los españoles de que él es el cambio frente a Zapatero. Ha insistido en que él gestionaría las cuentas de esta España a la deriva mejor que el PSOE, pero con eso no basta. Mariano Rajoy puede obamear todo lo que quiera, pero un cambio verdadero sólo puede llegar desde principios firmes y clara y directamente opuestos a los de Zapatero. Es decir, que el verdadero Rajoy, el que declaró su "independencia" tras las elecciones, el del consenso permanente, el de la transigencia con la destransición, tendrá que reinvertarse a sí mismo, más allá de guiños a éxitos electorales foráneos, y postularse como una verdadera alternativa al proyecto político de Zapatero. Si no lo hace, Obama no le será de ninguna ayuda.

Faroles con peligro

Ni siquiera es necesario remontarse a lo que, en materia económica, parece la prehistoria de España –esas elecciones de marzo donde el PSOE hizo campaña con la absurda promesa electoral de lograr el pleno empleo durante esta legislatura–, basta con acudir a los Presupuestos Generales del Estado –que se votan hoy– donde aparece una previsión de crecimiento del 1% y de paro del 12,5% para 2009.

Del primer pronóstico poco se puede decir, salvo que su único cometido es justificar un gasto público mucho mayor del que podemos soportar. El FMI, institución que en el último año se ha caracterizado por ser demasiado optimista en sus vaticinios, avanza que el PIB decrecerá un 0,2% el próximo año. En realidad, será mucho peor. Si la economía española se portara "tan bien" como en el tercer trimestre de este año (es decir, antes de que la actividad se contrajera tanto como para que los Gobiernos salieran a toda prisa a rescatar a los bancos, a las automovilísticas, a las pymes y a casi cualquier empresa que quedara con vida), el PIB se hundiría alrededor del 1%. Pero que las cosas se mantengan como están no lo espera nadie, ni siquiera el propio Gobierno.

El segundo pronóstico –una tasa de paro del 12,5%– simplemente ya se ha incumplido antes de comenzar 2009. Según Eurostat, en octubre de este año ya alcanzábamos el 12,8%.Vamos, que para alcanzar la cifra del Gobierno necesitaríamos que, como promete Zapatero, el año próximo estemos creando masivamente empleo. ¿Verosímil? Sólo hace falta repasar tres datos.

Primero, históricamente, debido a las rigideces de nuestro mercado laboral, España necesita crecer por encima del 3% para reducir la tasa de paro. Ya hemos visto que estaremos algo lejos de esa marca.

Segundo, la actividad del sector de la construcción ha caído a niveles de 1997, momento en que ocupaba a 1,2 millones de trabajadores. Hoy sigue dando empleo –oficialmente– a 2,4 millones. A menos que en 11 años esta industria se haya vuelto tremendamente ineficiente, no parece que para realizar la misma tarea que en el 97 se necesite al doble de personal que entonces.

Tercero, ¿será que los planes de gasto público del Gobierno absorberán toda la destrucción de empleo? Bueno, según los cálculos inflados del Ejecutivo, con esa iniciativa se crearán hasta 200.000 puestos de trabajo; una cantidad de empleos que, para ponerla en perspectiva, se destruyó simplemente en un mes de 2008.

Sin embargo, toda esta retórica populista del PSOE tiene un problema más de fondo y es que han renunciado a favorecer la recuperación económica. El aumento del gasto público, vía déficit, que propone el Gobierno puede que cree algún puesto de trabajo en alguna ocupación innecesaria para los consumidores, pero a cambio destruirá muchos más empleos en otros sectores vitales de la economía y agravará la ya profunda crisis. Y es que el gasto público no es una liberalidad política que nos conceda un generosísimo Zapatero; más bien, consiste en quitarle el dinero a la gente que sabe cómo utilizarlo para crear riqueza y destinarlo a actividades mucho menos productivas.

El plan del Gobierno, por ejemplo, contempla utilizar parte de esos 8.000 millones de euros en la rehabilitación de inmuebles. ¿Alguien en su sano juicio cree que la crisis en España se ha desatado porque hemos invertido demasiado poco en construcción? Zapatero cogerá el dinero bien gestionado y lo tirará sobre el pésimamente invertido en un ejercicio típicamente redistribuidor de la renta y, por tanto, empobrecedor. Sí, creará algún puesto de trabajo superfluo, pero destruirá muchos más de los imprescindibles para crecer. Y lo que es peor, ¿qué haremos cuando se agoten esos 8.000 millones que no generan riqueza, esto es, cuando se corte el chorro de gasto público? Simplemente, los parados recolocados volverán al paro y todos los españoles estaremos aun más endeudados.

No es que el Ejecutivo pueda hacer muchas cosas para acabar con la crisis. Su margen de actuación se limita a liberalizar los mercados de factores productivos (especialmente el laboral y el energético) y a reducir enérgicamente los impuestos y el gasto público; pero aun con estas políticas, tardaríamos tiempo en salir del agujero. Ahora bien, el Gobierno sí tiene un amplio abanico de posibilidades para sepultarnos durante décadas en el estancamiento económico; basta, de hecho, con que siga actuando como lo ha hecho hasta el momento.

Somalia, ¿anarquía o caos?

Somalia no tiene un Gobierno nacional formal desde 1991. Tras la caída del dictador socialista Siad Barre las facciones rivales se enzarzaron en una guerra civil, varias zonas pasaron a ser regiones autónomas sin reconocimiento internacional y otras, como la capital Mogadiscio, fueron subdivididas y controladas informalmente por "señores de la guerra". La soberanía de Somalia es reclamada por el Gobierno Federal de Transición, formado por una variopinta coalición de señores de la guerra y líderes tribales. Este Gobierno no tiene ninguna autoridad sobre la mayoría del país y no ha sido capaz de recaudar impuestos todavía.

Somalia es reivindicado como ejemplo tanto por algunos anarco-capitalistas como por sus críticos. Para los primeros Somalia es una prueba de que el anarco-capitalismo es viable mientras que para los segundos demuestra que tiene resultados tercermundistas. Hay una tercera posibilidad y es que Somalia no sea un retrato fiel de una sociedad anarco-capitalista y no sirva como ejemplo a ninguno de los dos.

El anarco-capitalismo según sus proponentes es un sistema en el que todos los servicios son provistos por el mercado, no hay impuestos sino precios que se pagan voluntariamente, y nadie detenta el monopolio de la fuerza en un determinado territorio. Pero en muchas áreas de Somalia no hay empresas de protección compitiendo entre ellas por clientes sino señores de la guerra con monopolios locales y con capacidad para cargar ciertos tributos. En una sociedad anarco-capitalista la ley es un bien de mercado y su contenido obedece a la demanda de los consumidores. Para que el anarco-capitalismo tenga el resultado liberal que defienden sus valedores la mayoría de la población debe tener inclinaciones liberales y demandar leyes inspiradas en estos principios, y no parece que se cumpla esta premisa.

Pero Somalia tampoco encaja como ejemplo de una sociedad estatista. No hay un monopolio de la fuerza sobre todo el territorio. Hay milicias locales pero su control no es del todo efectivo ni tan intrusivo. No hay regulaciones ni licencias, y los tributos que se cobran por algunos servicios son muy reducidos. Existe, además, un sistema de ley consuetudinaria tradicional denominada xeer que tiene muchas similitudes con la common law anglosajona. El antropólogo liberal Spencer MacCallum señala que en la xeer los crímenes están definidos en función de los derechos de propiedad, la justicia criminal está orientada a compensar a la víctima, y sus preceptos se oponen a cualquier forma de impuestos. Según MacCallum la xeer y su sistema de resolución de disputas (ligado a una estructura descentralizada de clanes de libre adscripción) ha permitido que sea posible la actividad económica y el desarrollo en Somalia.

Somalia parece estar a medio camino entre la anarquía y el equilibrio tenso entre diversas milicias o mini-Estados, todo ello en el contexto de una sociedad pauperizada tras décadas de socialismo duro, con fuerte conflictividad social e importante arraigo islamista. Un escenario un poco extremo para poner a prueba el anarco-capitalismo. No obstante, la realidad es menos negra de lo que asumen quienes utilizan Somalia como ariete anti-anarcocapitalista, y fuentes tan poco sospechosas de anarquismo como The Economist o el Banco Mundial se han sorprendido de los progresos de Somalia en ciertos sectores en ausencia de un Estado formal.

Peter Leeson estudia 18 indicadores sociales y económicos durante el período anterior y posterior a la caída del gobierno de Barre y concluye que los somalíes están mejor sin Estado que con Estado. Bajo el régimen de Barre la libertad de viajar estaba severamente restringida. La libertad de expresión a menudo se castigaba con la muerte. Hoy en día los somalíes son libres de viajar donde quieran (los límites los ponen los otros Estados) y aunque sigue habiendo intimidación contra periodistas por parte de los distintos grupos armados hay más libertad de expresión y más medios de comunicación privados. En el ámbito judicial, las disputas se resuelven de forma más rápida por árbitros y tribunales privados, y en ausencia de Estado no hay tanta corrupción ni presiones políticas. Bajo el gobierno de Barre la "justicia" era pura represión contra el disidente.

Leeson también compara el progreso de Somalia en su período anarquizante con el de sus vecinos estatistas, Kenya, Djibuti y Etiopía. En la mayoría de indicadores Somalia muestra mayores progresos. Ben Powell compara las condiciones de vida en Somalia con la de 42 otros países sub-saharianos antes y después de la caída del Estado central. Las condiciones de Somalia mejoraron en términos absolutos y en general han mejorado por encima de la media de los demás Estados sub-saharianos.

El sector de las telecomunicaciones de Somalia es uno de los más desarrollados de África oriental. La enérgica competencia ha reducido los precios por debajo de los niveles típicos africanos y el número de teléfonos fijos y móviles por habitante supera el de la mayoría de países. El sector aeronáutico cuenta con 15 compañías, 60 aviones y 6 destinos internacionales. En 1989 había una compañía nacional, un avión y un destino internacional. El agua, la electricidad, la educación o la sanidad están siendo provistas por empresarios. La escasez sigue siendo rampante pero la oferta de estos servicios ha aumentado y es dudoso que un Estado fuera a hacerlo mejor. En el actual contexto resulta demasiado costoso para un empresario privado invertir en carreteras y cobrar peajes, pero las autoridades municipales de Berbera-Hargeisa recaudan peajes y tampoco los invierten en el mantenimiento de las infraestructuras.

Para los estándares occidentales Somalia sigue siendo un país tercermundista, violento y repleto de miseria. Pero una crítica honesta de Somalia como ejemplo imperfecto de una sociedad sin Estado no puede reducirse a un "si tan genial es el anarco-capitalismo por qué no te vas a vivir allí". Primero porque no está claro que Somalia se ajuste a la definición de anarco-capitalismo. Y segundo, porque si se quiere evaluar un sistema político frente a otro hay que comparar su aplicación en escenarios similares (social, económica y culturalmente). Si queremos estudiar si una dieta para adelgazar es mejor que otra no es serio probarlas respectivamente en un sujeto obeso y uno flaco y luego, aunque el obeso adelgace más que el flaco, decir que la dieta del obeso no funciona porque aún está mucho más gordo que el flaco. Somalia sigue siendo muy pobre y lo seguirá siendo por todo el bagaje social, económico y cultural que arrastra. La cuestión es si Somalia está mejor sin Estado de lo que estaba con Estado. Y si en otros países, con otro bagaje histórico, también estaríamos mejor sin Estado.

Por el anarquismo artístico

Quien haya vivido la Movida Madrileña recordará la proliferación de grupos que surgían de la noche a la mañana, los que sólo conseguían grabar un disco, los eternos, los que se dedicaban a actuar en los antros de moda, los que tras muchas desavenencias se separaban para formar otros con los restos de otras bandas rotas. También recordará los estilos musicales, las tribus urbanas, los comics sin censura, las publicaciones pulp, las señoras mayores pensando que se acercaba irremediablemente el fin de la civilización, un nuevo estilo de hacer cine, una nueva forma de hacer literatura, ambas tan viejas pero a la vez tan nuevas.

La Movida no fue un fenómeno novedoso; venía de Barcelona, donde había echado sus primeros brotes, y lo hacía huyendo del oficialismo y de un nacionalismo de nuevo emergente. Pero ni siquiera aquella fue una novedad, pues las décadas de los 60 y los 70 habían protagonizado movimientos parecidos en todo el mundo, en especial en el anglosajón, en la Gran Bretaña obrera y laboralista, en el Sur profundo y en el Norte noble y snob de los EEUU. Un rápido vistazo, un somero análisis de todos estos movimientos culturales y artísticos descubren una diversidad descomunal de creadores, estilos, necesidades, intereses, reivindicaciones, gustos, realidades, amores e incluso odios. Era puro caos, una especie de anarquismo artístico, una ola novedosa y antigua, destructora y creadora, todo a la vez.

Es difícil definir el concepto de arte, es demasiado subjetivo como para que haya un consenso generalizado. Es posible que sí podamos estar de acuerdo con la calidad artística de Velázquez, pero es más discutible la de Andy Warhol o la de Miró, de los que no es difícil encontrar detractores que los consideren una tomadura de pelo. Si apostamos por la crítica especializada, estamos tirando a la basura películas como Con la muerte en los talones (North by Nortwest) de Alfred Hitchcock, que no tuvo un estreno muy afortunado. Si consideramos que el éxito comercial es lo determinante ¿acaso el actual gobernador de California no tiene buena parte de sus películas entre las más exitosas del cine de todos los tiempos? ¿No son programas de televisión como Gran Hermano ejemplos de lo que la gente quiere y debe ver?

Todos y cada unos de nosotros tenemos nuestros propios intereses, gustos y necesidades culturales, intelectuales o artísticas, que serán diferentes de nuestros vecinos, amigos y familiares. Si hay un sistema lógico y coherente para permitir que los creadores entren en contacto con sus potenciales clientes es el del mercado. La proliferación artística es fruto de la libertad y la libertad es un atributo necesario en el libre mercado. Será el entorno adecuado para aquel que quiera ganarse la vida con ello, pero también lo será para el que sólo quiera expresarse sin más reivindicaciones y aspiraciones que las meramente artísticas. Pintores como Van Gogh o escritores como John Kennedy Toole sólo triunfaron después de muertos y con éxito apabullante, dadas las cifras que alcanzan los cuadros del primero y el número de libros vendidos por los herederos del segundo.

Pero el arte y la cultura en general es, además de una fuente de satisfacción personal, una enorme herramienta para los que quieren transmitir una idea, un mensaje ideológico o un credo político. Las grandes dictaduras controlan ciertos movimientos artísticos y desacreditan o persiguen los que les son peligrosos y contrarios a sus intereses o dogmas. En las democracias, el Estado tiene más dificultades para este tipo de manipulaciones, pero existen y en algunos casos de manera muy exitosa. La creación de políticas estatales que favorecen un determinado estilo en forma de subvenciones y otras ayudas no es nueva; la creación de grupos de artistas cercanos a ciertas causas sociales y políticas, tampoco. Su consecuencia directa es la aparición de parias que, de no seguir las indicaciones ideológicas, terminarán alejados de los dineros públicos que, debemos recordar, vienen de todos los contribuyentes. Las empresas, como en otros casos, acuden gustosas a estos recursos inmorales, relativamente fáciles de conseguir si se sabe pelotear bien; los grandes holdings de la comunicación buscan mantenerse cercanos al poder o al menos no enfadar al Gobierno de esos cuatro años. Las políticas estatales son elementos que desactivan la proliferación artística, que callan a aquellos que molestan, que imponen gustos, que terminan adoctrinando y que a la larga, producen un arte mediocre, homogéneo y regular.

El ciudadano es el principal perjudicado, ese ciudadano al que dicen proteger, ese ciudadano al que aseguran que de esa manera se está defendiendo su cultura, su arte y su forma de vida. El arte es básicamente anarquía y cada uno cogemos lo que nos gusta y desechamos lo que nos repele o lo que no nos llama la atención, y de ese proceso saldrán grandes bombazos comerciales, eternos movimientos artísticos, celosos defensores de la pureza artística, rompedores de la tradición establecida, puristas fanáticos, buscadores de mitos, tribus absurdas, idiotas snobs, aprovechados, y si se me apura, hasta artistas.

Necedades sobre la libertad y el Estado

"La recesión –ya no hay duda– proviene del descontrol del sistema financiero norteamericano, que se ha desenvuelto hasta ahora en un marco de desregulación prácticamente absoluta". No afirma que él no tenga dudas, sino que no las hay, o sea que nadie las tiene, con lo cual demuestra que no sigue el debate académico con ninguna profundidad; y desconoce las abundantes regulaciones (miles de páginas) sobre un sistema cuya principal materia prima, el dinero, está nacionalizada.

"La concesión irracional de hipotecas a prestatarios insolventes que eran titulizadas y entregadas al tráfico financiero contaminó todo el sistema". ¿Y quién promovió o incluso coaccionó legalmente para que se concedieran esas hipotecas? ¿Por qué no menciona la Ley de Reinversión Comunitaria? ¿Por qué crecieron tanto las titulaciones? ¿Le suenan las regulaciones sobre capital y las reglas contables de las normas de Basilea?

Habla de un "fraude dolosamente tolerado" que "ha arruinado la confianza de los agentes económicos" y "perturbado toda la economía occidental". Si ha habido fraude y dolo, que los estafados reclamen por la vía legal, pero tendrán que demostrar que fueron engañados, lo cual quizás no sea el caso. El sistema intervencionista actual fomenta que la gente piense que el Estado está vigilando atentamente, por lo cual no hay que preocuparse demasiado. La confianza carece de bases sólidas, ya que políticos, burócratas y tecnócratas carecen del conocimiento y de los incentivos necesarios para regular de forma adecuada y respetuosa con la libertad de los ciudadanos.

Como contraste, Papell pretende que "la solvencia del sistema financiero europeo está asegurada gracias a un marco regulatorio y de supervisión estricto" y a los "Fondos de Garantía de Depósito". Claro, como todo iba bien en Europa aquí no hay habido ninguna intervención pública a favor de los bancos, ¿verdad? ¿Y sabrá este hombre lo que significa el riesgo moral que generan las garantías estatales o es que cree que no es relevante en este ámbito?

"Tal libertinaje financiero ha sido, en parte, consecuencia de las políticas neocon, proclives al total descontrol de los mercados, que por sí solos serían capaces supuestamente de autorregularse y de generar una gran riqueza, conforme a la exacerbación de la teoría clásica de la mano invisible". Un viejo truco: cuando quieras denigrar la libertad, llámala libertinaje. Papell menciona el total descontrol de los mercados como si fuera algo que hubiera ocurrido realmente, lo cual es patentemente falso; y además insinúa que los mercados libres no se autorregulan, lo cual indica que desconoce por completo qué significan el derecho de propiedad y los contratos como generadores de normas y cómo surgen de forma espontánea órdenes emergentes.

Está tan despistado que asegura que la derecha neoconservadora ha propiciado el "deslizamiento hacia el Estado mínimo en política interna". Esto es como afirmar que quien por casualidad rema hacia el oeste en una barca en el Retiro se está deslizando hacia Nueva York (los minarquistas deben de estar a punto de ver cumplidos sus ideales o carcajeándose por las esquinas ante comentarios tan ridículos).

Su crítica a los neocons es tan pobre que se limita a asegurar que eran mentirosos, fanáticos y obcecados. Bush caca, Obama bueno. "La responsabilidad del caos pertenece al modelo de capitalismo desreglamentado y basado exclusivamente en la tecnología y el espíritu empresarial que implementó Bush, desterrando no sólo por completo las viejas ideas del pacto social –el New Deal– de Roosevelt sino también los avances teóricos de Galbraith, admirador del británico Keynes". También recomienda a Stiglitz, sólo le falta Krugman para tener a todos los necios liberticidas juntos.

En realidad Bush ha hecho crecer tanto el Estado que el Partido Republicano da vergüenza ajena cuando afirma que defiende el Gobierno limitado. Ojalá la retórica de Bush se hubiera correspondido con su acción política real, pero la ideología del New Deal y el keynesianismo han estado desgraciadamente muy vivas todo este tiempo, no han resucitado ahora de repente.

"Ocioso es decir que Obama representa la racionalidad política en la gestión de la espontaneidad económica". Quizás se refiera al ocio como entretenimiento, ficción y esas cosillas; con unos toques de grandilocuencia porque "no será una revolución pero sí la supeditación de la economía al humanismo y a la política". La economía, esa ciencia o actividad inhumana… El colectivismo de la política, siempre por encima de la libertad individual.

Para Papell ha fracasado "el modelo ultraliberal" y "la experiencia acumulada en esta adversa coyuntura provocará un saludable movimiento pendular que centrará el liberalismo": para los fóbicos a la libertad, cualquier cosa que se le parezca de lejos es "ultra". Ellos son los moderados, los que por un lado reconocen sin sonrojarse que "son sobre todo los individuos libres los forjadores de su propio destino" pero que rápidamente lo estropean defendiendo vacuidades ridículas como que "el Estado debe ejercer un ineludible papel civilizador". Han leído bien, pero esto no es todo, porque insiste en la "reconstrucción de la idea del Estado como depurado y sutil instrumento civilizador que resume el concepto de lo público como construcción racional colectiva que estimula y derrama lubricante sobre las circulaciones sociales". El Estado no sólo civiliza, sino que además es sutil y depurado y demás boberías solemnes. Se queda uno pasmado ante esta filosofía política.

Parece que se trata de garantizar "sólidos servicios públicos", "igualdad de oportunidades" y "marcos regulatorios y supervisores en aquellas actividades que los requieren porque de su buen funcionamiento depende el bienestar colectivo". Con mencionar la igualdad, el bien común y el servicio público, se pretende superioridad moral, se aparenta sensatez: todo queda justificado y no hace falta analizar en profundidad qué hay detrás de tanta palabrería y demagogia.

Al menos no pretende llegar al socialismo total: "no se trata, es obvio, de suplantar al mercado ni de hacer al Estado protagonista de la iniciativa económica". ¿Cómo que es obvio? Para muchos socialdemócratas no lo es; pero aquí hay tal cacao de ideas que se pretende que la socialdemocracia y la democracia liberal son prácticamente la misma cosa. "Mercado, hasta donde sea posible; Estado, hasta donde sea necesario": lástima que Papell no sea especialmente hábil, ni en la teoría ni en la historia, al analizar las posibilidades del mercado y la necesidad del Estado.