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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

De desastre a calamidad

La ventaja que tenía Solbes es que era un tipo taciturno y desengañado. Había vivido la crisis del 93 desde la primera fila y sabía que las recetas socialistas no funcionaban salvo para hundir a España aún más en la miseria. El ex ministro no sabía qué hacer para facilitar la recuperación –y en caso de que lo supiera, Zapatero tampoco se lo habría dejado aplicar por ir en contra de la agenda socialdemócrata de expandir el Estado– pero sí sabía qué no hacer para agravarla. En cierta medida, pues, contenía la euforia despilfarradora y dirigista de Zapatero: no aceleraba la reestructuración pero no la retrasaba más.

Salgado, por el contrario, sí parece estar dispuesta a plegarse a los designios de Zapatero y a enfrentarse a la crisis desde una óptica socialista. En el traspaso de cartera, ha lanzado tres mensajes que, en realidad, son el mismo: "los bancos tienen que ayudar a familias y empresas"; "hay que cambiar el modelo económico"; "no podemos esperar a que la economía se recupere". En resumen, como ella misma señala, prepárense para un intervencionismo más descarado del Estado: "juntos podemos y juntos lo vamos a lograr".

Desde luego, el mensaje de Salgado coloca en el mismo plano sincrónico elementos que deben darse de manera diacrónica. Por decirlo de manera breve, primero deben purgarse las malas inversiones del pasado (vivienda, mueble, automóviles, restauración…) y una vez toquemos fondo, la economía comenzará a recuperarse; en ese momento, los bancos podrán comenzar a prestar dinero a familias y empresas con proyectos empresariales solventes y, gracias a la eliminación de lo malo y a la redirección hacia lo bueno, nuestro modelo productivo cambiará.

Lo que no puede pretenderse, sin embargo, es que estas tres fases de la recuperación se den a la vez o incluso de manera invertida; esto es, no podemos forzar a los bancos a que presten dinero a negocios que deben desaparecer ni podemos cambiar nuestro modelo productivo sin que esos negocios desaparezcan y surjan en el mercado nuevas oportunidades de ganancia.

Pero Salgado –y Zapatero– sí parece querer ir en esa dirección. El "no podemos esperar a que la economía se recupere" significa que el Estado no puede tolerar y esperar a que toquemos fondo y a que desaparezcan todos los sectores que deben hacerlo. Por tanto, en lugar de facilitar el ajuste, perpetuará el desajuste. ¿Cómo? Aparte de con gasto público, forzando a los bancos a que proporcionen un poco de suero crediticio a nuestras industrias comatosas. La finalidad no sería reanimarlas –algo imposible–, sino mantenerlas inertes.

Por supuesto, que tal operación pueda cobrarse la vida de los bancos es un problema menor que siempre podrán endosarle a Bush. La debilidad del sistema financiero más sólido del mundo no traería causa primero de nuestra burbuja inmobiliaria interna y luego de los malos créditos que les habrían obligado a conceder a compañías insolventes, sino de unos productos financieros estadounidenses en los que nunca invirtieron.

Pero la locura de nuestros dirigentes no debería hacernos olvidar que la mayor amenaza que tiene por delante la economía española –si exceptuamos, claro, la suspensión de pagos del Estado– es la quiebra de su sistema financiero. No es que este fenómeno requiera de la colaboración decidida del PSOE –al igual que Caja Castilla-La Mancha, nuestras entidades ya han acumulado suficientes "méritos" en sus balances para colapsar de forma autónoma–, pero los planes de Salgado para nuestra economía pueden provocar que no sólo caigan los bancos que deberían caer, sino también los que no deberían hacerlo.

Sin duda, si a destruir lo poco que queda de economía se refiere, "juntos podemos y juntos lo vamos a lograr". Los últimos diques de cordura de este Ejecutivo ya han saltado por los aires.

Un cambio para perpetuar la depresión

Es, como no podía ser menos siendo producto del endogámico mundillo del cine español, una firme creyente de que la culpa de todo la tiene internet y no la nula preocupación de los cineastas patrios –es un decir– por los gustos del público.

Sus opiniones son diáfanas. Los del cine deben "seguir peleando para que las descargas ilegales no nos hagan desaparecer". En el asunto del canon hay mucha demagogia pero porque un "ministro de Industria empatice más con un importador de tecnología que con más de ocho mil autores", no porque quienes lo cobran, como ella, digan encima que "son sólo unos céntimos". Piensa que el cine español está en una épica lucha "como la del pequeño comercio con la gran superficie". Y considera también que las subvenciones al séptimo arte son una de las partidas más pequeñas del ministerio, por lo que cabe suponer que su solución para que el cine español despegue será aumentarlos en esta época de crisis.

En fin, la quintaesencia destilada del progresismo cinematográfico. Ellos son estupendos, los demás somos malos porque no vamos a ver películas y encima las descargamos. Como si "La suerte dormida" y "Una palabra tuya" fueran los vídeos más compartidos en la redes P2P, vamos.

Zapatero ha decidido, en la sustitución que seguramente menos comentarios genere de su anunciada crisis de gobierno, sustituir a un buen representante de los artistas en gastarse nuestro dinero por uno de ellos. ¿Para qué disimular? Parece claro que la función de González Sinde en el Gobierno será acelerar la presión sobre las operadoras para que lleguen a un acuerdo "voluntario" con las entidades de gestión, pacto sobre el que corren rumores desde hace meses, y que se desvelará tan dañino para los usuarios como acompañada se sienta la SGAE por el Gobierno y desamparadas Telefónica y compañía.

Hay que tener en cuenta que ese artistazo se parecerá mucho a los acuerdos extrajudiciales que hemos visto mil veces en las películas norteamericanas, en donde el lado que debe pagar ofrece una cifra cuya cuantía depende del riesgo que perciba de perder el juicio y tener que apoquinar mucho más. Con González Sinde en el Gobierno, está claro que se impondrá entre las operadoras la percepción de que en caso de llegar a un acuerdo se hará una ley mucho más dura. Al fin y al cabo, es alguien que se quejó porque Telefónica ofreciera conexiones de 20 megas y ha considerado siempre que las compañías de telecomunicaciones se están lucrando a costa de los creadores de contenidos tan interesantes como los suyos. Así pues, Zapatero ha dejado claro que quiere acabar con el P2P esta legislatura con modos aún menos democráticos y transparentes que Sarkozy, que aprobó su ley con la presencia de sólo 16 diputados de una cámara compuesta por 577. El de la "vocación por la transparencia" prefiere no tener que pasar ninguna votación.

Ángeles González Sinde… se decía que muchos discos de rock tenían un mensaje satánico oculto que se desvelaba al escucharlos al revés. Las iniciales de la nueva ministra al revés son SGA… ¡casi!

Otra enemiga de internet en el Gobierno

Sea como fuere, lo cierto es que la crisis ha servido para derribar tres importantes mitos.

1. Las quiebras bancarias son imposibles cuando no hay patrón oro

Una de las razones más importantes por las que se abandonó el patrón oro clásico era que éste ataba las manos a los banqueros centrales y les impedía evitar quiebras generalizadas como la que tuvo lugar durante la Gran Depresión. Se pensaba que, con el dinero fiduciario, los bancos centrales siempre podrían demorar las quiebras mediante expansiones del crédito que, por su magnitud, eran inviables con el patrón oro.

Pues bien, pese a las supuestas propiedades salvíficas de las expansiones monetarias antiquiebra, lo cierto es que el sistema bancario mundial ha entrado en bancarrota. Si no hemos asistido a un concurso de acreedores a gran escala ha sido porque los Estados han recapitalizado los bancos (algo que, dicho sea de paso, también pueden hacer en un sistema de patrón oro).

Quienes pensaban que un sistema bancario insolvente puede mantenerse a flote con la actuación coordinada de los bancos centrales confundían los procesos de quiebra con los de suspensión de pagos. Cuando el valor del activo cae por debajo del del pasivo, poco importa que éste tenga líneas de crédito abundantes, como las que proporciona un banco central: la entidad en cuestión está muerta.

Habrá que buscar una excusa mejor contra el oro.

2. La crisis es fruto de la desregulación

Hoy –y en 1929– se piensa que las burbujas que han terminado estallando son consecuencia directa o indirecta de la falta de regulación del sistema financiero. Hoy –y en 1929– se propone como solución la regulación masiva.

La idea es simple: si se deja a los individuos actuar libremente, asumirán riesgos extraordinarios que terminaremos pagando todos; por consiguiente, echémonos en los brazos de la regulación y establezcamos una supervisión que impida la adopción extraordinaria de riesgos.

Problema: si la crisis del 29 dio pie a la regulación, ¿qué sentido tiene aducir que esta nueva crisis se debe a la desregulación? Básicamente, los encargados de supervisar el sistema financiero –por ejemplo, el actual secretario del Tesoro de EEUU– quieren quitarse de encima cualquier responsabilidad por negligencia, y por eso dicen que la crisis se ha gestado en ciertas áreas de la economía que escaparon a la regulación post Gran Depresión. Por tanto, basta con extender la regulación a las nuevas realidades y problema resuelto.

Problema (bis): en España hemos tenido una burbuja inmobiliaria (alimentada por el crédito bancario) mayor que la de Estados Unidos, y sin embargo nuestro sistema bancario sí está regulado y supervisado casi como se sostiene que debe estarlo el internacional. Así que no, la desregulación sólo es un problema en la medida en que permite explotar con impunidad las estrategias financieras que han dado lugar a la crisis; claro que esas estrategias seguirían siendo explotables con la montaña de regulaciones que ahora se está proponiendo.

3. Todo está justificado para luchar contra la deflación

Casi todos los jerarcas consideran que el gran problema al que se enfrenta Occidente es la deflación, esto es, una fuerte contracción del crédito y de la mayoría de los precios (especialmente, de los de los activos). Por este motivo sostienen que debe hacerse cualquier cosa para evitarla, incluso utilizar herramientas que en tiempos normales resultarían del todo aberrantes.

El carácter grotesco de esta idea puede ilustrarse, por ejemplo, en la propuesta de Milton Friedman de que la Reserva Federal le diera a la máquina de imprimir billetes para arrojarlos desde helicópteros y lograr así que los precios dejaran de caer…

La experiencia islandesa y de las economías de Europa del Este nos demuestra que la deflación sólo es el mayor problema mientras no peligre el crédito del Estado. En estos países, la quiebra de facto del Estado ha hundido el valor de la divisa local (en algunos casos hasta un 40%) hasta tal punto que algunos de ellos han dejado de importar bienes. Obviamente, su problema dejó de ser la deflación y pasó a serlo una hiperinflación incipiente, como refleja la evolución de los precios en Islandia. Que ése no sea también el caso de Estados Unidos o Europa sólo se debe a que los políticos americanos y europeos no han sido aún lo suficientemente ambiciosos (léase suicidas). Pero déles tiempo…

En definitiva, ciertos economistas siguen sin entender que el origen de la crisis se encuentra en una estrategia financiera inestable (endeudarse a corto para invertir a largo) que ha sido alentada por los bancos centrales y los privilegios concursales que el Estado ha concedido a los bancos. No es, pues, culpa del patrón oro, ni de la desregulación, ni de la pasividad de los Gobiernos ante la deflación.

La solución a las crisis debe pasar no por incurrir en barbaridades ya cometidas en tiempos pasados, sino por poner fin a los privilegios del sistema bancario y por rebajar enérgicamente el peso del Estado. Pero, claro, a muchos les sale más a cuenta construir mitos interesados que renunciar a sus rentas.

Sorpresa, sorpresa

La cuestión es que la foto se ha producido y su sonrisa está plenamente justificada. Por eso, y por otras razones, sorprende la noticia que este domingo traían El País y El Mundo: llega la remodelación del Gobierno.

Sorprende porque estaba anunciada y todos los medios jugaban con una pronta crisis de Gobierno. El uso político marca que pille a la opinión publicada a contrapié, para acaparar todo el interés informativo y dar la sensación de que se retoman las riendas del Gobierno y de la dirección política del país. Y no sólo hace buenas (y malas) las quinielas, sino que, de confirmarse, la noticia se produciría en plena Semana Santa, con media España de vacaciones. Además, en dos meses hay elecciones europeas, y si como parece le salen mal al PSOE, el impulso político que pueda exprimirle al cambio de carteras quedará agotado. Y todo esto, cuando no se ha cumplido un año de Gobierno.

La impresión que daría Zapatero es que actúa forzado por las circunstancias, no que él lidera el momento político en España. Y que no puede contar con ningún fichaje "estrella"; no hay nadie de renombre que quiera prestarse a hacer pandi con Zapatero y demás. Incluso tiene que tirar de los camisas viejas, como Manuel Chaves. Este es un equipo de Cháveses y Aídos, una versión cutre de los Zidanes y Pavones que quería Florentino para el Madrid. La impresión que dará un movimiento como éste es la de un Gobierno en retirada y a la deriva.

La deriva es la de la crisis económica, con la que va a tener que lidiar, de aquí a las elecciones, Elena Salgado. Otra sorpresa. No porque no sea una mujer capaz, o por todo lo contrario, sino porque le falta el impulso político de otros para venderle al personal que el Gobierno está luchando eficazmente contra la crisis. Cierto es que necesitaría a todo un Felipe González para hacer tragar semejante sapo.

Zapatero no aguanta así tres años más. La crisis será larga, bien lo sabe el Gobierno aunque diga lo contrario, y cuando el número de parados, el de éstos que ya no cobran la prestación, el de familias ahogadas por la hipoteca, el de pequeñas empresas reducidas a la nada no deje de crecer, le resultará crecientemente difícil ganarse el apoyo de antes. En cuanto se produzca el primer dato económico medianamente positivo, convocará elecciones.

Videojuegos, parásitos y nacionalismo paleto

Hace ahora siete meses dijimos que si en España se imitaba el pésimo ejemplo de Alemania y se consideraba de forma oficial a este tipo de entretenimiento como "cultura", se abriría la puerta a las subvenciones a mansalva. Y así ha ocurrido.

El Congreso de los Diputados ha aprobado una Proposición no de Ley presentada por el socialista Rafael Simancas (el mismo que quería que se limitara la libertad en internet para proteger a la SGAE y compañía) por la que decide crear una nueva casta de privilegiados. El texto dice que la Cámara Baja "establece [de manera que se apropia de una función que sólo corresponde a la sociedad y nunca a los políticos] que el videojuego constituye un ámbito fundamental de la creación y la industria cultural de España" e insta al Gobierno "a facilitar su acceso a todas las ayudas factibles para la promoción de su actividad, la financiación como industria cultural y la internacionalización de sus iniciativas".

Estamos ante el nacimiento de un nuevo grupo de privilegiados creadores de productos en su mayor parte de mala calidad (algo que ocurre en todos los sectores subvencionados) pero mimados desde el poder político con el dinero de los ciudadanos. Una nueva casta parasitaria que vendrá a sumarse a la existente en el cine o el teatro, entre otros ámbitos "culturales". Esto es grave, pero la proposición da para más. La exposición de motivos se resume en "pero qué maravillosos son los desarrolladores de videojuegos y sus empresas, que tenemos –en realidad, los ciudadanos con sus impuestos– que ayudarles". Pero dentro de estos lugares comunes se cuela un nacionalismo paleto y antiglobalización digno del mismísimo Hugo Chávez.

Se alude a la debilidad, supuesta o real, del sector para añadir, con un lenguaje que parece sacado de algún manual falangista, que las "grandes corporaciones extranjeras aprovechan el talento extraordinario de los creativos españoles comercializando exitosamente sus productos, sin un reconocimiento justo". Se sigue arremetiendo contra la supuesta maldad de esas multinacionales que "aprovechan las dificultades de los creativos españoles" (esto lo podrían firmar tanto "La Pasionaria" como José Antonio Primo de Rivera) para después alertar que "la financiación de la obra creativa suele ser sufragada por estas grandes empresas, que en contrapartida imponen cláusulas restrictivas en relación a la propiedad y la explotación del producto". ¿Acaso sería diferente si quien pone el dinero o consigue la subvención estuviera en Madrid, Cuenca o Barcelona? Seguro que no.

Lo único que consuela ante todo esto, aunque muy poco, es pensar que entre los ciudadanos a los que se les va a robar para pagar esas subvenciones se encuentran los directivos españoles de Amnistía Internacional, esos tipos obsesionados con aplicar la censura sobre los videojuegos.

La medicina para la crisis

En El médico a palos (Le médécin malgré lui, 1666), Molière pone en boca del matasanos las siguientes palabras

Encuentro que éste es el mejor oficio del mundo; puesto que se haga bien o se haga mal, siempre pagan de la misma forma: la cruel necesidad nunca cae sobre nuestras espaldas; y cortamos el patrón que nos place en la tela que trabajamos. (…)

 Finalmente, lo bueno de esta profesión es que entre los muertos existe la honestidad y la discreción más grande del mundo: jamás se quejan del médico que les ha matado. (III,1).

Una reflexión acerca de estas palabras me llevan a una sorprendente conclusión: estamos muertos. Nuestros gobernantes, pretendidamente conocedores de la receta para la crisis, la medicina que aliviará nuestros males, la solución a la injusticia, la mejor formación para nuestros hijos, los valores que debemos defender para que haya paz y concordia, las medidas que evitarán la extinción de la especie y el deterioro de la Madre-Gea… son, como el médico de Molière, gobernantes a palos.

Y nosotros, me temo, igual que los pacientes del leñador Sganarelle, aceptamos cualquier diagnóstico y prescripción que explique, por más excéntrico que sea el argumento, el mal que padecemos. Y ahí tenemos al presidente del Gobierno y sus ayudantes, reunidos como en las series de médicos de televisión para llegar a un diagnóstico, afirmar que a las cajas de ahorro no les pasa nada, que en este mes que empieza el empleo iba a empezar a remontar y que nos relajemos y disfrutemos que si no, duele más.

Lo que me parece terrible es que no solamente los abstencionistas (que somos la tercera fuerza política a pesar de que nos ignoren), o quienes no votaron al partido en el Gobierno no salgamos a la calle, sino que los once millones de votantes que confiaron en las palabras del siempre sonriente Zapatero, sigan creyendo a pies juntillas los camelos del PSOE sin protestar. Entendería este apoyo si el paro discriminara y azotara solamente a todos los demás, si la recesión conociera la intención de voto de sus víctimas. Pero no es así: la crisis es para todos. ¿Cómo no están quienes votaron a Zapatero a las puertas de la Moncloa reclamando? En parte porque Zapatero se nutrió de los lobbies a quienes sigue jurando que les pagará lo que se debe en esta legislatura. ¿Y la otra parte?

La otra parte, junto con el resto de la población, pagamos al falso médico que nos pregunta cuál es la solución, en vez de tomar las riendas y hacerse cargo de la situación. Seguimos agradeciendo con nuestro voto al matasanos que cuando todas las voces de asesores de su partido, de otros, de organismos nacionales e internacionales, de economistas de a pie y de prestigio llegan a la conclusión de que probablemente el fallo de España es la falta de reformas estructurales, en especial del mercado de trabajo, se dedica a solucionar los problemas más inmediatos y visibles a golpe de gasto.

Las reformas estructurales sirven para reforzar la solidez de las bases, de los cimientos de nuestra economía: mercado de trabajo, sistema financiero, instituciones básicas. Y lo ideal es flexibilizar el mercado de trabajo para que si vienen las vacas flacas haya rotación, los inevitables parados encuentren cuanto antes trabajo, las empresas puedan volver a crear empleos, etc. Lo deseable es que se mejore la transparencia de las instituciones, limpiando de corrupción y despilfarro sus alfombras. Eso es lo que se hace en época de bonanza para evitar problemas cuando vienen mal dadas.

Sin embargo, lo que ha hecho el Gobierno es todo lo contrario. Ha dejado que nos coma la "osteoporosis" económica, que nuestros huesos (la estructura de la economía) se debilite y ha callado voces prometiendo gastar y gastar, es decir, nos atiborra de medicamentos (muchas veces caducados y contraproducentes) para que no sintamos el dolor. "Estas son las drogas que se utilizan en las necesidades urgentes", decía el médico de Molière, engañando al padre de Lucinda.

¿Y ahora? Le queda el recurso a la cumbre del G-20 –como si fueran a hacerle los deberes–, la esperanza de que los demás tiren de nosotros y apuntarse el tanto, y que nos curemos solitos para convocar una rueda de prensa y afirmar: "Ya lo decía yo".

Tal vez sea la hora de que los "enfermos" empecemos a exigir un cambio en el cuadro médico. O la demolición del hospital.

Menos libertad contra la crisis

Dado que todos dentro del G-20 piensan volverse aún más manirrotos y depredadores con sus ciudadanos, nadie quiere sobresalir por el ala siniestra. El pacto y el diálogo les permite que los claroscuros se vuelvan monocolor: la austeridad parece haber sido la palabra proscrita en estas timbas periódicas en las que se decide la profundidad del hundimiento de las finanzas mundiales. O peor o mucho peor; nuestros políticos sólo tienen dos envites posibles.

Al margen de las desmesuras cada vez más desmesuradas de los programas de gasto público –ya vamos por cinco billones de dólares, cinco veces el PIB español–, la cumbre sí ha sido propicia para triturar los últimos resquicios de libertad que quedaban en los mercados internacionales. Aprovechando que el Támesis pasa por Londres, no sólo se ha acordado poner fin a los paraísos fiscales –traducción deliberadamente incorrecta del inglés "tax haven", es decir, "refugio fiscal"– sino también incrementar la regulación de las finanzas mundiales.

La idea es tan sencilla como errónea: la crisis económica actual se ha producido porque la pasividad pública permitió que los altos ejecutivos, movidos por su irrefrenable codicia, invirtieran en productos extremadamente arriesgados y complejos que, de manera inevitable, terminaron colapsando. Por eso, en las conclusiones de la Cumbre se ha acordado incrementar las regulaciones sobre las instituciones financieras, sobre las agencias de rating y, por primera vez, sobre los hedge funds, esos fondos de inversión privados tan demonizados durante la última década precisamente por ser de "inversión" y, sobre todo, por ser "privados".

Pero la hiperregulación no es la respuesta; de hecho, en muchos casos como en el de las agencias de rating, la auténtica desregulación debería ser el camino a seguir. Recordemos que Caja Castilla-La Mancha (y todas las que vendrán detrás) ni quebró por falta de superversión y regulación ni sus créditos impagados se debían a la codicia capitalista (salvo que ensanchemos tanto el término capitalismo como para incluir al latrocinio político).

Es cierto que las instituciones financieras sí necesitan de una mejor regulación que defienda realmente los derechos de propiedad, pero esto dista mucho de que los políticos deban y puedan meter las narices en todos los patrimonios privados. El punto de llegada debería ser una progresiva abolición de los bancos centrales y de los privilegios con los que vienen operando los bancos privados especialmente desde hace un siglo. Sin embargo, el documento de la Cumbre ni siquiera mienta a los bancos centrales –culpables últimos de la crisis– y en cambio se deshace en invectivas contra la inexistente desregulación.

En definitiva, la Cumbre ha sido un fiasco destinado a bendecir la expansión descontrolada del gasto público por parte de cada Gobierno y para avanzar hacia un sistema financiero prostrado, aún más, a los intereses del Estado. Pero precisamente por conservar la malformación básica del negocio bancario (la insostenible estrategia de endeudarse a corto plazo e invertir a largo con la asistencia inflacionaria de los bancos centrales), estas medidas sólo servirán para asfixiar nuestra libertad y bienestar y no para poner fin a las recurrentes crisis económicas.

Sólo una nota saludable parece derivarse de las conclusiones del G-20: una crítica abierta e indubitada contra el proteccionismo comercial que convertiría esta crisis en una severa depresión. Sin embargo, tantos aspavientos en la buena dirección sólo parecen ir destinados a reimplantar las barreras arancelarias al grito de "¡Libre Comercio!". ¿Cómo van estos estadistas –Zapatero, Lula, Kirchner, Brown, Obama, Sarkozy o Berlusconi– a renunciar al librecambismo después de comprometerse como se han comprometido a defenderlo con uñas y dientes? Pues haciéndolo. Obras son amores y no buenas razones; las consignas, que ya se repitieron hasta la saciedad en la Cumbre de Washington, no se han compadecido con los hechos. Y es que de Londres no ha salido una defensa real del libre comercio, sino de los intercambios controlados, subsidiados y teledirigidos por los Gobiernos a través de la burocracia internacional.

Si acaso, por consiguiente, podemos celebrar que nuestros políticos no hayan optado de manera explícita por la vía socialista revolucionaria. Pero poco a poco, crisis tras crisis, Leviatán sigue engordando.

No deberíamos depositar nuestras esperanzas en estas meriendas de contribuyentes, sino más bien en que los individuos –usted también– seamos lo suficientemente perspicaces como para salir de la crisis antes de que el G-20 nos hunda definitivamente en ella. Si esperaba algo de esta reunión, espero que sólo fueran calamidades, ya que en caso contrario habrá quedado decepcionado.

Los favores cobrados de Obama

Krugman lamenta que Timothy Geithner, secretario del Tesoro americano, esté usando las mismas recetas para esquivar la crisis que su antecesor, el republicano Henry Paulson. Para Krugman, el plan de rescates y de descomunales inyecciones de dinero al sector financiero está condenado al fracaso y no es más que "una salida fácil" a la actual situación. En realidad no es tan fácil, es la única si realmente entendemos los mecanismos por los cuales funcionan las democracias occidentales.

Krugman es una persona que no confía en la libre iniciativa del hombre y por lo tanto da total soporte a los políticos. En una reciente nota en su blog se preguntaba: "¿Quién es el Gobierno?". A lo que respondió: "Básicamente, el Gobierno somos nosotros". Si nosotros somos el Gobierno, y el Gobierno somos nosotros, ninguno de los dos puede hacer algo en contra del otro ya que eso sería como lesionarse intencionadamente o suicidarse. Algo así tiene fallos lógicos por todas partes. De hecho, contradice el principio de identidad (A=A). El Gobierno es el Gobierno y nosotros somos nosotros. Expresado de una forma no tan tautológica, el Gobierno son los medios políticos de Oppenheimer y nosotros somos los medios económicos del mismo autor. El Gobierno es lo opuesto a la libertad, al individuo y a la propiedad privada. Si algo no es el Gobierno, somos nosotros.

Lo que hace que el Gobierno no seamos nosotros es algo básico que todo economista debería saber, incluso Krugman, ya que constituye uno de los pilares de la economía. Me refiero a los incentivos.

El Gobierno no somos nosotros porque tiene diferentes incentivos a los nuestros. Uno de los más importantes es pagar deudas y favores para perpetuarse, aumentar sus beneficios y ganar poder mediante el uso de la fuerza. Las democracias actuales se mueven por la presión de las minorías gritonas y de los lobbies empresariales y sociales.

La clase izquierdista dijo que Obama no sería un presidente vendido a los lobbies porque se había financiado en gran medida de pequeñas aportaciones privadas a través de internet. Es cierto. Pero también es cierto que Obama fue el candidato que más dinero recibió de Wall Street. La bolsa siempre ha estado con él y era su candidato predilecto. Al llegar al poder, Obama vio el poder del sector financiero que no es más que un monopolio orquestado por la Reserva Federal. Las ayudas a aseguradoras, bancos y el resto del sector eran un requisito inevitable para no tener problemas.

Entre pagar los favores prestados al sector financiero o ayudar al hombre medio americano, ¿qué cree que iba a elegir Obama? Pues lo que ha escogido: inundar de dinero el mercado financiero mediante un plan sufragado por los impuestos del americano medio que le votó, del que no le votó y del que está por nacer teniendo en cuenta la deuda que está acumulando el país. Diferente forma, pero idéntico fin, tiene el capitalismo de Estado que ideó Mussolini.

El día que la economía del establishment deje de soñar en oxímorons como "políticos honestos" y "gobiernos bondadosos" para centrarse en los pilares de la acción humana y sus incentivos, entonces habremos recorrido el camino más importante para acabar con toda crisis. La conclusión no puede ser otra que el mejor Gobierno es el que menos gobierna: y el que no gobierna en absoluto, es el mejor Gobierno de todos.

Constitución económica como instrumento para limitar el estatismo

Una Constitución es capaz de proporcionar prosperidad durante multitud de generaciones sólo si su articulado contiene un conjunto de normas que protejan derechos económicos fundamentales como la propiedad privada y la libertad empresarial. Desgraciadamente, no es el caso de la Constitución Española de 1978, ya que durante su negociación triunfaron la desconfianza hacia el mercado y la creencia ciega en el poder omnímodo del Estado, quedando redactados muchos artículos de un modo ambiguo que posibilita un modelo económico intervencionista, donde caben desde la búsqueda de la justicia social hasta la colectivización comunista.

1. Papel del Estado

En su célebre libro La Riqueza de las Naciones, Adam Smith limitaba las funciones del Estado a tres papeles fundamentales para garantizar la libre interacción de los ciudadanos en una sociedad civilizada: la defensa exterior, la seguridad y las infraestructuras (esenciales, entendía, para ejercer la administración de justicia).

Sin embargo, desde principios del siglo XX, el tamaño del Estado ha crecido desmesuradamente como consecuencia de la planificación por formas de racionalismo construccionista como el comunismo o el nacionalsocialismo y, en gran medida, también por la obsesiva asunción política en las democracias occidentales de un paradigma de estabilizadores e ideas keynesianas que son recomendados por supuestos gurús que ascienden a los altares culturales y alcanzan cierta notoriedad social por servir al poder público y supeditar la ciencia al estatismo, es decir, a la intervención del Estado como regulador y actor principal del orden económico.

Observando la historia económica de España, desde la Restauración hasta nuestros días, la mayoría de gobiernos han venido aplicando políticas intervencionistas que han restringido gravemente la prosperidad. Por ello, si en algún momento se iniciase la necesaria y urgente reforma de la Constitución Española de 1978, sería esencial que incluyese un conjunto de artículos que aseguren el desarrollo o Constitución Económica, impulsados por una clase política que mayoritariamente confiase en la acción humana de millones de personas, actuando libre y espontáneamente en una sociedad abierta, extensa y compleja, lo que requiere que los medios de producción sean gestionados por manos privadas.

2. Derecho de propiedad y libertad de empresa

Al analizar los requisitos básicos que debe de cumplir esa Constitución Económica para ser útil durante la evolución de una sociedad civilizada, en primer lugar, la propiedad privada (artículo 33 CE) no puede quedar sometida a la "función social", la "utilidad pública" o el "interés social" y la libertad empresarial (artículo 38 CE) tampoco puede quedar restringida por los poderes públicos en defensa de la "productividad" o, incluso, de la "planificación" del gobierno de turno. Es decir, es esencial que se protejan fuertemente el derecho de propiedad y la libertad de empresa, quedando bajo tutela de jueces independientes (artículo 53 CE) y fuera del alcance de los políticos.

3. Tamaño del Estado

Lo anterior también requiere que se limite el crecimiento desmesurado del Estado ya que su intervencionismo ocasiona un grave perjuicio a la libre interacción de las personas físicas y jurídicas.

La reducción del Estado (en sus niveles central, autonómico y local e incluso supranacional) necesita de reformas constitucionales que limiten su expansión y que, al mismo tiempo, favorezcan la existencia de un sistema legal justo, orientado a los ciudadanos de modo que las instituciones sean independientes para garantizar eficientemente los derechos inalienables a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad ante la ley.

4. Principio de consentimiento ciudadano

En ese sentido, sería útil introducir el principio del consentimiento ciudadano en las decisiones políticas que afectan al crecimiento del gasto público, mediante una propuesta de reforma del artículo 92 CE para establecer el referéndum obligatorio.

Este concepto no es baladí, ya que limitar el tamaño del Estado es esencial para que la población actúe libremente con mínima presión reguladora por parte de autoridades y funcionarios. Significa que la actuación de las diferentes Administraciones Públicas debe quedar limitada constitucionalmente, de modo que los políticos deban vencer obstáculos que les resulten electoralmente incómodos antes de poder incurrir en arbitrariedades presupuestarias, tributarias o monetarias.

Es decir, si las autoridades quieren incurrir en déficit presupuestario, desean más impuestos o pretenden incrementar el nivel de endeudamiento del Estado, deben aprobar las correspondientes leyes y, obligatoriamente, después convencer a una amplia mayoría de los ciudadanos con derecho a voto para su aprobación en referéndum.

5. Barreras comerciales

Por otro lado, ya comprobamos como una excesiva descentralización ha generado 17 centros de decisión política regional que introducen multitud de barreras comerciales, discriminación y aplastamiento de derechos ciudadanos o, incluso, observamos cómo es preciso frenar el secesionismo totalitario (artículo 155 CE) para garantizar la vida y la libertad en municipios gobernados por nacionalistas.

Analizamos los excesos del sistema autonómico y vimos como su solución requiere la limitación de las competencias autonómicas (Título VIII CE) instaurando un sistema estanco de competencias exclusivas y excluyentes.

Sólo así será posible recuperar la libertad de mercado y la fuerza socio cultural de una sociedad abierta, por encima de la cerrazón, las arbitrariedades y los intereses de las castas políticas regionales y sus redes clientelares.

6. Estado de Derecho

Pero, sin duda, para que una Constitución Económica sea operativa deben triunfar los valores éticos y debe existir presión desde la sociedad civil ya que, de otro modo será papel mojado en manos de los políticos, dado que debe quedar protegida por un Estado de Derecho en donde exista independencia judicial respecto de los poderes ejecutivo y legislativo, para que las castas políticas respeten escrupulosamente las reglas del juego y queden sometidas al principio de legalidad.

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El equivalente moral a la guerra

No es que le falten razones. El fascismo es una cabeza de esa hidra que llamamos izquierda. Sólo tenemos que mirar al progresismo estadounidense para descubrir en él ideas plenamente fascistas, como las que acabaría incorporando Mussolini a su gran creación ideológica y política. Que Mussolini era un genio, de ello no cabe duda. Cuando le expulsaron de la III Internacional, Lenin les echó en cara lo torpes que habían sido. “Habéis expulsado al único hombre capaz de llevaros al poder”. Ahí está la historia para mostrárnoslo.

Mas no nos desviemos. Lo importante ahora es ese fascismo que, precisamente porque está políticamente muerto, vive ideológicamente entre nosotros, casi tan sano, fuerte y prometedor como las décadas aquellas de comienzos del XX en que “liberalismo” se convirtió en una palabra maldita. El fascismo ya no tiene su Mussolini, ni sus movimentos de masas henchidas de emoción al ser militarizadas. Mantiene la llama de millones de personas, oculto tras otros nombres. Cómodo en su disfraz, esperando quizás que llegue el momento en que su rostro, ahora odiado, sea otra vez aclamado por las masas.

No lo necesita. ¿Para qué, si está instalado en el despacho más poderoso que haya habido jamás sobre la Tierra? Hablaba del progresismo estadounidense. William James, oráculo de ese progresismo, veía con desconfianza a la guerra. Pero se le hinchaban las venas al ver que cuando el país está en guerra toda la sociedad actúa como un solo hombre, las individualidades se diluyen y se sustituye la desconfianza hacia el Gobierno por una renovada esperanza. La sociedad por encima del individuo, con el Gobierno como intérprete omnisciente y omnipotente de la sociedad. El profesor de Harvard había dado con la clave: necesitamos un “equivalente moral a la guerra”. Distraería a los individuos de sus miserables y egoístas cuitas. Les enlistaríamos en un Ejército civil al servicio de un Estado benevolente, justo. Los neoconservadores, no en vano proceden de la izquierda, albergan el mismo ideal. Buscan unir al pueblo en torno a grandes proyectos nacionales, con el Estado gobernando el barco… y ellos llevando el timón. Uno de ellos, Walter Berns, en su Making Patriots, propone que se instaure una “religión civil”. Adoración al Estado. Literalmente.

Hoy tenemos en la Casa Blanca a un hombre más popular que Jesucristo, al hombre más deseado sobre la vieja superficie de la Tierra, al nuevo Mesías que iniciará, él mismo nos la ha dicho, una nueva era en la que podemos depositar nuestras esperanzas. Si alguien puede iniciar una religión civil, ese es Obama. Tiene incluso a su propio Moisés en Abraham Lincoln, al que rinde culto diario. Su hombre de confianza a Ralph Emmanuel. Todavía no ha encontrado ese equivalente moral de la guerra que nos anule a cada uno de nosotros para formar, juntos, esa masa infinitamente moldeable, enormemente poderosa en manos del Estado. Pero sí ha dado con el instrumento ideal: la conscripción civil.

Sólo falta ese elemento, ese principio que nos haga arrodillarnos, negarnos, sentir vergüenza de nosotros mismos y encontrar en el propósito común esa felicidad indescriptible por el nuevo futuro que está al llegar, que casi tocamos con los dedos.

Al final va a tener razón Ayn Rand, y el egoísmo se va a convertir en el último valladar de la persona, fuente de toda moral digna de ese nombre.