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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Ni PSOE ni PP

Las propuestas del PSOE no pueden ir más desencaminadas: si hiciéramos una lista de cosas que deben hacerse, los socialistas las habrían despreciado todas en algún momento; si, en cambio, redactáramos un listado de políticas a evitar, el Gobierno las habría seguido casi todas de manera entusiasta.

En medio de una crisis económica en la que el aparato productivo debe restructurarse tan rápido como sea posible, resulta absurdo –y suicida– que el Estado comience a intervenir masivamente en el mercado. Hay empresas que necesitan quebrar; otras que tienen que crearse y unas más que han de aguantar el tipo: por tanto, quemar grasa (malas inversiones) y fortalecer músculo (buenas inversiones).

¿Cuál es la manera más rápida para todo esto? Básicamente una crisis en forma de V, esto es, una caída de la actividad muy veloz donde se liquide todo lo que deba liquidarse –sin ir más allá– y luego recuperación igualmente acelerada. Las malas inversiones no proporcionan nada a la economía, sólo la ralentizan y la consumen; cuanto antes desaparezcan, mejor.

Por supuesto, la línea entre las malas y las buenas inversiones resulta en ocasiones extraordinariamente delgada. Si el Gobierno, por ejemplo, sube los impuestos en 20 puntos, muchas compañías que eran rentables dejarán de serlo. Pero lo contrario también es cierto: si los impuestos caen 20 puntos, muchas inversiones que no eran rentables pasarán a serlo.

Conclusión: necesitamos flexibilidad en los mercados para liquidar lo antes posible las malas inversiones, pero también un adelgazamiento del Estado que oxigene la economía y prevenga quiebras innecesarias. El PSOE, cómo no, ha seguido la senda contraria: conservar la rigidez del mercado laboral, incrementar el gasto público, subir los impuestos a las empresas rentables y rescatar a las que están en proceso de descomposición. La receta adecuada para el desastre –como el que ya padecemos– que, sin embargo, no parece que vaya a aplacar el radicalismo despilfarrador de Zapatero: cuanto peor, mejor. Cuanto mayor sea la crisis, más empecinamiento intervencionista. Así nos va.

Ahora bien, ¿cuál es la alternativa frente a la política económica del Gobierno? Solchaga solía repetir algo que era tan falso ayer como hoy: "No existe otra política económica posible". Siendo incierto, no obstante, parece que Rajoy la está haciendo verdadera. El PP no propone adelgazar el Estado, sino contener su ritmo de engorde. No pretende ponernos en forma, sino prolongar la agonía y probablemente evitar una súbita dolencia cardiovascular. Eso es todo.

Si Zapatero insistirá durante el Debate del Estado de la Nación en la necesidad de incrementar el intervencionismo estatal y de evitar la reestructuración económica, Rajoy hablará de apagar las luces para disimular los destrozos. Dará unos pocos pasitos en la buena dirección, pero sin hacer demasiado ruido, no sea que los sindicatos se enfaden y apedreen el Parlamento. El centrismo político también termina llegando a la economía y una vez ahí nos carga la factura de la incompetencia a todos.

Frente a la obcecación de unos y la indecisión de otros, conviene reiterar la única receta que de verdad puede contribuir a salir de la crisis y que ningún partido político se atreve a seguir: reducir impuestos y gasto público y liberalizar los mercados clave de la economía (laboral, energético, minorista y de transportes). A Zapatero le produce urticaria ideológica y a Rajoy un vértigo de antipatía liberal. ¿Y a los sufridos votantes y contribuyentes?

Free State Project, liberalismo en acción

Muchos liberales intentamos poner nuestro granito de arena al avance del liberalismo difundiendo sus principios pero creemos que no viviremos para ver cambios fundamentales. Tampoco estamos dispuestos a hacer sacrificios excepcionales para confrontar el statu quo. Pero hay una minoría de gente que en su afán por vivir en una sociedad libre está decida a hacer esfuerzos extraordinarios y ha decidido pasar a la acción. Este espíritu es el que anima el Free State Project en Estados Unidos.

El Free State Project (FSP) fue fundado en 2001 con el objeto de movilizar 20.000 activistas liberales al estado de New Hampshire e inclinar la balanza electoral a favor de la reducción de la intervención pública. Todos aquellos que se unen al FSP deben firmar una declaración de intenciones por la que se comprometen a desplazarse a New Hampshire a los cinco años de haberse alcanzado los 20.000 miembros. A 10 de mayo de 2009 la cifra de firmantes es de 9276, de los cuales 704 han hecho ya las maletas y se han asentado en New Hampshire. La declaración también exige de los firmantes dedicación absoluta a la causa de una sociedad en la que el rol máximo del gobierno sea la protección de la vida, la libertad y la propiedad.

Cuando el FSP alcanzó los 5000 miembros se sometió a votación la elección del futuro estado receptor de esta migración liberal. Se hizo una pre-selección descartando estados que por sus características dificultarían la influencia política de los activistas del FSP: estados demasiado populosos (más de 1.5 millones de habitantes) o donde el gasto combinado de los partidos Demócrata y Republicano excediera el gasto nacional total del Partido Libertario. New Hampshire fue el estado escogido, seguido de cerca por Wyoming.

New Hampshire tiene una cultura bastante liberal que predispone a la población y a los políticos a los cambios que el FSP quiere introducir y una estructura política que juega a favor de sus aspiraciones. Media docena de miembros del FSP ejercen en la legislatura del estado, y varios otros legisladores son declarados simpatizantes del movimiento y atienden a sus reuniones. El ex gobernador republicano Craig Benson había apoyado públicamente al FSP en numerosas ocasiones y llegó a designar a un miembro del FSP para liderar una comisión encargada de recortar gasto público superfluo. Las bases del GOP se han mostrado receptivas al FSP y también hay simpatizantes entre los demócratas, aunque la hostilidad en este partido es mayor. Una treintena de miembros del Partido Libertario ocupa cargos públicos, el estado tiene la mayor densidad de miembros del LP de todo el país. La representatividad de la legislatura de New Hampshire (400 miembros para una población de 1.315.000 habitantes) y las pequeñas dimensiones de los distritos son una ventaja para el FSP y sus campañas. Algunos distritos pueden ganarse con solo 700 votos, y se permiten candidatos que representan a más de un partido. En New Hampshire hay un 36% de votantes registrados como independientes y las elecciones no suelen ser partidistas.

New Hampshire no tiene ningún impuesto sobre la renta a nivel estatal, ningún impuesto sobre el consumo ni ningún impuesto sobre los beneficios del capital. Tiene una de las regulaciones sobre armas menos restrictivas del país y es uno de los pocos estados que no ha aprobado leyes paternalistas obligando a los conductores a utilizar el cinturón de seguridad o el casco. El gasto público es reducido y una proporción muy pequeña de la población activa es funcionaria (12,44%). El número de familias que practica el homeschooling es considerable y creciente (en 2001 se estimó que había 3.600 homeschoolers). La Constitución de New Hampshire es de las pocas que no decreta un sistema de educación público, y la expropiación (eminent domain) para el desarrollo económico privado fue declarada anti-constitucional hace dos años.

New Hampshire está muy bien posicionado en los rankings de calidad de vida y libertad: según el Mercatus Center, New Hampshire es el estado con más libertad personal y económica de Estados Unidos (2009). CQ Press lo considera el estado más seguro, el segundo más sano y el que tiene una mayor calidad de vida (2008). Ocupa la séptima posición en el State Business Tax Climante Index (2007) y tiene la cuarta burocracia local y estatal más pequeña según el Cato Institute (2006). El Beacon Hill Institute concluyó que era el tercer estado económicamente más competitivo (2006).

El objetivo del FSP es crear una base importante de votantes liberales a través de campañas y proselitismo activo, que sus miembros obtengan cargos públicos locales y estatales (en especial en la legislatura) para influir en las leyes, y establecer vínculos o colaboraciones con miembros simpatizantes de otros partidos.

El principal problema del FSP, como destaca Patri Friedman, es que busca una repercusión a nivel estatal y local, pero la mayoría de impuestos y regulaciones se encuentran a nivel federal. Los liberales movilizados no colonizarán ningún territorio virgen sino uno bajo jurisdicción del gobierno federal (dudosamente favorable a tolerar la secesión), y para introducir reformas trabajarán dentro del sistema democrático, que tiene su propia inercia y una estructura de incentivos hostil a la aplicación de políticas liberales.

Pero el FSP también tiene aspectos positivos. Concentra los esfuerzos liberales en una estrategia plausible de acción inmediata, y si consigue reducir el intervencionismo en múltiples ámbitos New Hampshire puede ser un modelo para otros estados. Aparte de hacer posible la emulación también tiene el potencial de fomentar la competencia entre unidades políticas: si New Hampshire se convierte en un estado especialmente atractivo para las empresas o para las familias que buscan independencia y libertad personal, las legislaturas de otros estados pueden verse forzadas a rebajar su intervencionismo.

El FSP es un proyecto atrayente no solo para aquellos que quieren hacer realidad su sueño de vivir en una sociedad libre, también para todos los liberales que en nuestros esfuerzos divulgativos buscamos referentes presentes que ilustren que el liberalismo funciona. Si New Hampshire llega a reducir el peso y el alcance del sector público de forma sustancial y da buenos resultados, puede servir como ejemplo de liberalismo aplicado, cercano y claramente asociado a la influencia de las ideas liberales y sus voceros del Free State Project.

Deseémosles suerte, porque van a necesitarla.

Complacencia, paso previo a la esclavitud

Las cuentas del nacionalismo se han acabado en 30, los años que han estado apoderados del poder. La cuenta del señor don Patxi López, como se ha hecho investir presidente de la comunidad vasca, tiene apenas unas horas.

Pero el tiempo pasa, y lo llenamos permanentemente de lo que acaece, que es también lo que nos condiciona. La única teoría del capital que ha dado la ciencia económica también advierte de eso, de que la vida es un discurrir en pos de unos objetivos, y que a medida que nos acercamos a ellos, tomando las medidas que apuntan en esa dirección, se nos reducen las posibilidades de cambiar de rumbo. Nos alejamos de otros fines a medida que nos acercamos a los nuestros. No hay nada determinado, sino que al disponer las cosas para lograr el objetivo A se nos hace más costoso variar el rumbo. Eso es, precisamente, lo que le puede ocurrir a don Patxi.

Dejémonos de fusilerías cursis sobre el arco iris, que el lector odia tanto como quien le escribe. Un presidente vasco sólo tiene dos caminos que elegir: el del nogal nacionalista y el de la libertad. O se va de la mano del nacionalismo, del legal o del sincero, o se está en su contra. El nacionalismo no entiende de adversarios. Sólo se puede apaciguar a una bestia hambrienta haciendo manada con ella o dejándose devorar. Si don Patxi le mira de frente, aunque sea de reojo, estará siempre en el lado de “los otros”. Y el juego irá royendo las medias tintas.

Pues hay decisiones que se habrán de tomar de inmediato. La policía autonómica, ¿detendrá a los terroristas o no lo hará? La rebosante caja vasca, ¿derramará nuestro dinero por las organizaciones pantalla de ETA, o no lo hará? La televisión pública, ¿alimentará el relato de que los etarras “se pasan” en su ejercicio de buenos patriotas? ¿Pondrá su dardo en quienes no piensan como “un verdadero vasco”, o no lo hará? La consejería de Educación, ¿permitirá a los padres educar a sus hijos en castellano, o no lo hará?

Y cada paso que dé en contra del sendero nacionalista alimentará más su odio, y con él sus bestiales reacciones. Un nuevo andar en el camino de convertir a los vascos en ciudadanos libres y responsables y el acecho del nacionalismo será aún más sañudo. Y la parte de la sociedad que ha sido preterida, ignorada por la autonomía vasca se aferrará al nuevo Gobierno y le llamará con voz renovada, con la voz recobrada. La de las víctimas, que han sido invitadas por vez primera a la toma de posesión de un Lendakari, por ejemplo.

No nos engañemos. Zapatero, y con él una parte importante del PSE son capaces de imprimir un cambio de rumbo. Pero cada día que pase será más costoso, más difícil. La pendiente de la libertad, una vez se tome, se irá haciendo más y más pronunciada.

La pendiente

Sin embargo, convendría que no nos fijáramos tanto en las promesas explícitas que realizaba el Gobierno y sí más en los efectos inevitables, aunque menos visibles, de esas mismas promesas. Tanto The Economist como, por supuesto, los socialistas parecen asumir que el gasto público tiene efectos positivos sobre la economía: si los agentes privados no gastan, el empleo cae, por tanto, debe ser el Estado quien ocupe su lugar y despilfarre por ellos. De esta manera se pretende evitar la destrucción de muchos puestos de trabajo, que la economía se mantenga a flote y que las familias y las empresas recuperen la confianza.

Lo que ninguno de los dos parece plantearse –o, si se lo plantean, lo disimulan muy bien– es que el gasto público puede destruir más empleos de los que crea. Recientemente, hemos tenido noticia de dos claros ejemplos que ilustran este efecto expulsión de la riqueza privada por los dispendios públicos.

El primero fue el estudio que varios profesores de la Universidad Rey Juan Carlos, entre los que me incluyo, realizaron sobre los efectos de las energías renovables en España. En concreto, al haber orientado el sector eléctrico español hacia las energías verdes mediante la subvención pública, la economía española ha sufrido unas pérdidas que equivalen a una destrucción neta de 2,2 empleos por cada uno de los que se pretendía crear. Más gasto en energías renovables no nos proporcionó un mayor bienestar o una mayor riqueza: más bien al contrario, desvió los escasos recursos económicos desde allí donde eran más urgentemente demandados hacia donde no lo eran. Ni España ni ningún otro país pueden prosperar invirtiendo en energías caras: ¿acaso se sentiría más rico si, tal y como propone la Comisión Nacional de la Energía, la luz aumentara un 31% para sufragar el coste de las renovables?

El segundo ejemplo ha sido la restricción del crédito privado que han aplicado en general los bancos y cajas españoles para financiar las emisiones de deuda pública del Gobierno. De este modo, los agentes privados de nuestra economía, muy dependientes del crédito para mantenerse en funcionamiento, se han visto desposeídos del mismo porque Zapatero les ha regalado una lluvia de millones a los ayuntamientos para que gasten sin mesura. En otras palabras, el Plan E puede haber creado directamente 280.000 empleos, ¿pero cuántos ha destruido en otros sectores de la economía? Es más, ¿cuántos destruirá cuando deban subirse los impuestos para comenzar a amortizar las emisiones actuales de deuda?

No, el problema de la economía española no es que el Plan E haya sido demasiado pequeño, sino más bien que ha sido. Nos habría ido infinitamente mejor sin semejante agujero negro, aun cuando no hubiésemos reducido los impuestos con lo que nos habríamos ahorrado. La intervención pública en la economía –especialmente cuando va destinada a rescatar a los sectores en crisis que deberían reconvertirse– no le confiere un impulso, sino que le asesta una puñalada por la espalda.

En realidad, la solución es muy otra y también la apunta en parte The Economist: liberalización del mercado de trabajo y reducción del gasto público y de los impuestos. Pero ah, esto tendría poco que ver con la socialdemocracia y ya sabemos que nuestro presidente del Gobierno ha realizado una decidida apuesta personal (¿especulación política?) por la misma: si la socialdemocracia no nos proporciona remedio alguno, bien merece la economía colapsar. Y ya lo está haciendo.

Mejor sin planes E

¿Qué ocurriría si además el accionista y el cliente de estos servicios estuviesen cautivos (sólo pudiesen recurrir a un oferente forzoso) y nada –ni la competencia, ni la libre elección, ni la justicia– les amparasen?

El Gobierno de España está actuando de igual forma con la situación económica actual. Incapaz de luchar contra la crisis, manipula estadísticas, aumenta el gasto irresponsablemente y se dedica a poner en marcha remedios anti crisis tan útiles como las juanolas contra el cáncer. No lo hace un malvado capitalista, sino aquel que se autoproclama representante del bien común.

El Ministerio de Trabajo esconde medio millón de extranjeros que tendrían que estar en el INEM; quiere que los prejubilados no consten en las cifras del paro; contabiliza a chicos de catorce años como trabajadores… y la lista de manipulaciones sigue.

Los indicadores macroeconómicos son medios o herramientas que han de servir para identificar la realidad económica de un área geográfica determinada. Manipularlos no significa que la realidad vaya a cambiar. Si teniendo fiebre, bajamos la temperatura del termómetro antes de mirarla, esto no va a significar que estemos sanos. Negar la crisis, como hizo el Gobierno, tampoco evitó que nos metiéramos en ella. ¿Es lícito que los políticos mientan y creen una "realidad oficial" o prometan cosas falsas en su beneficio?

Un abogado español puso la actual democracia a prueba. Demandó al PSOE por incumplir su programa electoral de 2004. La conclusión del juez fue que no se puede reclamar al Gobierno ni a los partidos políticos el cumplimiento de sus programas. Esto es, pueden mentir abiertamente sin tener responsabilidad alguna, algo que, evidentemente, no se pueden permitir las empresas privadas.

No son sorprendentes las conclusiones del juez ni los actos de los políticos y gobernantes. Los últimos, ordenan al primero, y a la vez, los dirigentes políticos viven en una anarquía que está por encima de cualquier ley, lo que les permite ser irresponsables con sus actos.

Lo asombroso de esta situación es la complacencia de una sociedad que, ante el deterioro de su calidad de vida con más de cuatro millones de parados, ante el desplome de la riqueza y ante la irresponsabilidad y manipulación informativa del poder, sólo sabe pedir más regulación y más fuerza para el Gobierno que para ella misma.

Si el Gobierno miente en sus estadísticas, esto es, manipula la información, ¿cómo pretendemos que cree una educación justa y neutra para nuestros hijos o se dedique a dar licencias de televisión y radio? ¿Qué le importa el bien común a un Gobierno que es capaz de crear una realidad oficial totalmente divergente a la situación real de las personas? ¿Qué sentido tiene que un charlatán y embaucador así se proclame jerarca y máximo representante de los asuntos sociales y a la vez no sea responsable de los resultados? ¿Qué ocurre cuando los sindicatos se convierten prácticamente en un ministerio más del Estado? ¿Qué legitimidad tienen para tomar nuestro dinero por la fuerza cuando no será gastado ni siquiera en las promesas que ofrecen?

Si el ciudadano no pone freno a esta vorágine gubernamental para acabar con la voluntad, bienestar y libertad del hombre, sólo estará conviertiendo su complacencia en esclavitud (estado al que llegamos hace años). Lo adelantó José Montilla. Cuando la prensa le preguntó por la alta abstención en las últimas elecciones de Cataluña, el president dijo que muchas personas no votaron "porque ya les está bien el Gobierno que hay". La indiferencia es servidumbre. Es una victoria política.

Cambiar de tirano cada cuatro años no es libertad. La libertad sólo la ofrece la acción diaria del ciudadano contra el Gobierno. En Estados Unidos, al menos, lo están intentando con las Tea Parties. Tomemos nota.

Aborto y Estado

A pesar de que disfruto y padezco con una ética, y las emociones concomitantes a ella, radicalmente contraria al aborto, pretendo no fundamentar mis razonamientos en lo que prefiero que sea, si no un resultado, sí, al menos, un argumento anexo, aunque no trivial, a mis conclusiones.

El aborto, matar niños en el vientre de la madre, puede ser estudiado, aunque no solamente, desde el punto de vista de la lógica de la acción humana. Desde ella observamos que los infanticidios, precedentes de la práctica abortista, han tenido una cierta difusión a lo largo de la historia. En muchos casos iban acompañados por las aplastantes condiciones de una economía de subsistencia que obligaban al sacrificio bien de ancianos, bien de niños. Incluso aunque unos u otros no fueran bien vistos desde la ética dominante, tal es el caso de la Europa cristiana de los siglos XVI, XVII y XVIII, la vida de éstos valía sustancialmente menos que la de un adulto productivo.

Parece claro que el menosprecio de la vida de los niños está relacionado con la incapacidad del sistema económico de dar cobijo a más población y, además, con la presencia o no de presión ideológica (religiosa, esencialmente) a favor del mantenimiento de la vida. No obstante, a pesar de que la situación actual en torno al aborto es presentada como esencialmente diferente por parte de los grupos abortistas, la carga que supone para los gastos en bienes de consumo, incluido el tiempo, parece el factor determinante que lleva a muchas mujeres a abortar. Esta propensión al corto plazo no tiene por qué estar siempre presente en la abortista, pues su entorno puede proporcionarle argumentos varios que confluyan todos en dicho inmediatismo.

En un entorno de precariedad extrema, como el supuesto en determinadas épocas, poco podía hacer la ética imperante a favor de la vida para proteger a los chicos y niños. A pesar de esa relativa mayor impotencia, la persistencia en difundir esa ética fue factor esencial para que, incrementada la producción de masas por el capitalismo nacido en la Inglaterra del siglo XVII, las consecuencias a favor de los niños se hicieran notar. Un hecho que permite valorar la importancia del factor ético-cultural es la experiencia del infanticidio y los abortos selectivos en la India yen muchas áreas en Asia oriental. El desarrollo del capitalismo y la expansión productiva aún no fue, en esas zonas, determinante a la hora de erradicar esa práctica aberrante incentivada por lo que considero un sustrato cultural preexistente poco proclive a proteger la vida infantil. La inexistencia del concepto de derecho a la vida unido a instituciones tradicionales (la dote) y decisiones del Estado (caso de China), confluyen en que esta práctica persista.

Hoy, en Occidente, se da, no obstante, la aparente paradoja de que la expansión productiva y los excedentes sí puede servir para erradicar toda práctica, no ya de infanticidio, objetivo éste logrado ya (salvo casos delictivos), sino de aborto y de la tendencia concomitante de la reducción de hijos por pareja. No son comparables en términos éticos ni mucho menos (serían frívolos, pues, los comentarios al respecto) pero coinciden en basarse, utilitariamente, en la escasa propensión a sacrificar los bienes presentes en la crianza de hijos. No se piensa, siquiera, en la acumulación de riqueza hoy para su incremento en manos de los descendientes porque, básicamente, no interesa al estamento político y tiende a penalizarlo.

Y aquí radica lo que creo esencia de la persistencia de opiniones favorables al aborto. Una muy importante es la generalizada elevada preferencia temporal fomentada desde los gobiernos que buscan resultados en popularidad y welfare state a corto plazo sin sacrificar, coherentemente, el alargamiento de la estructura productiva. La única manera de que los políticos obtengan el apoyo masivo es proporcionar incentivos a las masas con bienes presentes y fomentar políticas monetarias que, además, alarguen la estructura de producción. Incentivan el consumo masivo (la persistencia de la propensión existente o su incremento) con bajos tipos de interés y, a la par de este desarrollo, una cultura del placer inmediato, del culto a los deseos fugaces, de desánimo al ahorro. Las políticas monetarias laxas lo hacen innecesario.

Y fruto directo de dicha cultura es el denominado concepto de autoposesión, derecho de la madre a abortar, a pesar de que su supuesto derecho conculca el derecho a la vida de niños que no decidieron existir; un derecho, a mi juicio, superior. Si, como Hayek apunta, un sistema social y económico prevalece cuando mantiene con éxito a un determinado número de personas podemos decir que el nuestro, habida cuenta de su capacidad para integrar a población inmigrante, también sería capaz de integrar a los hijos de todos. La elevada preferencia temporal que hoy adopta el fondo de una ética social orientada a la autosatisfacción inmediata y arraigada en las intervenciones estatales, explica la persistencia aún de éticas proabortistas.

La presión sobre el estado para que, sin dejar de manipular los factores económicos y culturales, busque fomentar la natalidad como resultado de presiones éticas en esta línea o de promover el aborto fundándose igualmente en razones éticas, yerra, a mi juicio, el tiro. No se confronta directamente con todo el sustrato ético que lo sostiene y con el tipo de intervencionismo político que hace que el llamado hedonismo dominante sea un modo de sostener al estatismo más devorador. Oponerse así al aborto es peor que nadar contracorriente.

Sería más coherente luchar por la erradicación del aborto a la vez que se difunde una ética, asentada en la acción humana, que fomente el ahorro y cultivo del bienestar de los descendientes como modo de enriquecer y ampliar a la sociedad y penalice las políticas de manipulación de la preferencia temporal de la población. Sin intervencionismo estatal la población decidirá el grado de propensión al consumo que desea y los grupos éticos antiabortistas no necesitarían del Estado para difundir una ética provida acorde con las capacidades económicas de una sociedad cada vez más extensa.

Se acabó el txollo

La tragedia acaecida sobre los peneuvistas tras la toma de posesión de Francisco López como lehendakari debe estar provocándoles una sensación similar a la que experimentaba D. Sabino cuando veía a un maketo bailando con una moza del Goierri en la romería. Y es que verse desalojados del poder por unos advenedizos cuyo papel, desde la transición, se limitaba a actuar de coartada seudodemocrática de un régimen totalitario y, eventualmente, caer bajo las balas y las bombas de los "violentos", no es algo que estuviera previsto ni siquiera por los padres constitucionales, cuya visión de futuro no fue precisamente la mayor de sus virtudes.

El nacionalismo, por definición, es un régimen inasequible a la alternancia, en tanto que la aceptación de sus postulados constituye el único rasgo definitorio de la legitimidad para gobernar. Cuando la raza, la lengua, la historiografía amañada y el folcklore se sitúan como ejes de la acción política a despecho de la moderna tradición estatal de raíz democrática, el perder en unas elecciones tiene que verse forzosamente como una agresión injustificable que no puede quedar sin respuesta.

Y sin embargo nada hay más saludable para un pueblo que la renovación de su casta dirigente. En este caso, además, no porque los nuevos lo vayan a hacer mucho mejor en términos económicos o de bienestar ciudadano, sino porque es difícil que alguien lo pueda hacer peor que el PNV en materia de decoro político y libertades civiles.

La elección de López como lehendakari no va a solucionar los graves problemas a los que se enfrenta la comunidad vasca, como el resto del planeta, pero al menos va a tener la virtud de desalojar parcialmente del poder a una casta recogenueces que por primera vez en su vida va a experimentar esa sensación que los ciudadanos normales definen con el verbo "trabajar". Sólo por eso ya merece la pena el cambio. Si López tiene además la gallardía de dejar sin virtualidad el terrible vaticinio con que lo saludó en su día la madre de Joseba Pagazaurtundúa, la sensación general será muy aproximada a eso que llamamos felicidad. Con eso es suficiente.

Fuera por hereje

En cambio, los relativistas que pretenden seguir figurando en la elite partidista no tienen ningún inconveniente en decir hoy lo contrario que ayer. Es más, negarán que algún día hayan defendido algo distinto a lo que marca la ortodoxia vigente en el seno del partido. Y como son un círculo cerrado, en el que la imagen que proyectan hacia un electorado cautivo no es algo que importe demasiado, la única labor imprescindible cuando el dirigente máximo establece un cambio de rumbo es detectar a los que pretenden seguir defendiendo los valores que caracterizaron siempre a la organización, primero para intentar reconducirlos, después para aislarlos y finalmente dejarlos tirados en la cuneta, pero eso sí, sin levantar mucho ruido no sea que algún simpatizante del heresiarca decida cambiar el sentido de su voto.

El caso de Luis Herrero es interesante dada la extraordinaria popularidad del personaje, forjada tras décadas de labor diaria en la radio española. Los votantes conocen a Herrero no por aparecer en un cartel junto a Rajoy colgado de una farola (el cartel), sino por escucharle prácticamente a diario desde hace lustros, así que saben cuáles son los principios que defiende, precisamente los mismos a los que ha hecho honor en su paso por el Parlamento Europeo. Otro error de Luis Herrero, pues a Europa no se va a defender las ideas que el partido ha considerado siempre como fundacionales, sino a hacer amigos, trincar la pasta y difuminarse en los perfiles del paisaje, especialmente cuando se discuten temas candentes que afectan a la libertad de los ciudadanos.

En esos asuntos peliagudos, como el derecho a utilizar la lengua propia en todo el territorio español o la denuncia de los atropellos de la tiranía chavista, los partidos prefieren no significarse demasiado, no sea que en sus respectivos países les acusen de crispar también las instituciones europeas. Si el líder de la secta ha decidido, además, que el nacionalismo separatista es un elemento a considerar de cara a futuras alianzas estratégicas y al que, por tanto, no conviene molestar, la visión de uno de sus parlamentarios luchando con brío para que la cámara de Estrasburgo sancione políticamente los abusos de estos nuevos socios tiene que resultar forzosamente incómoda.

Por eso, cuando Rajoy dice que sólo repetirán los que han trabajado bien, Herrero debe aceptarlo como un halago merecido. Porque "trabajar bien", en la jerga partitocrática, no tiene nada que ver con la honestidad intelectual y la preocupación por atender diariamente las tareas encomendadas, sino con la unción acrítica a los nuevos postulados del comité que elabora las listas electorales. Herrero es un heterodoxo, un personaje incómodo que por fuerza tenía que salir del cotarro electoral del Neo-PP. De hecho, si Rajoy hubiera decidido mantenerle en la lista al Parlamento Europeo, muchos de los seguidores del periodista hubieran comenzado a preocuparse seriamente.

Una sociedad civil domeñada

Sociedad y Estado están en los altares, respectivamente, de liberales y socialistas, lleven éstos la chaqueta que fuere. Los pensadores liberales, de los clásicos a la actualidad, han hecho expresa mención de las asociaciones intermedias, de las creaciones de la sociedad civil, a medio camino entre dos individualidades, la de la persona, fuente de todo derecho, y la del Estado. Locke, Tocqueville, Röpke… son decenas los amantes de la libertad que han prestado atención a las abigarradas creaciones de quienes formamos la sociedad, esas relaciones, esos grupos, esos modos de actuar entre sí que llamamos, para mejor poder entendernos, “sociedad civil”.

Estoy por conocer a ese liberal que defienda el individualismo como soledad, como prescripción del comportamiento. De hecho, es el pensamiento liberal el que desmiente un individualismo (por lo demás inexistente) que pretendiera separar a cada persona de su vecino. Pues precisamente lo que propone esencialmente la visión liberal de la sociedad (de la economía, si se prefiere llamar así) se resume en que la división del trabajo es más feraz que la mera suma de acciones individuales. Y esa división del trabajo consiste en producir para intercambiar, e intercambiar para producir y consumir. La división del trabajo, que es el resultado material de una sociedad libre, consiste en una compleja colaboración entre múltiples individuos. Demasiado compleja como para que ninguno de ellos esté al tanto de todos sus extremos, pero basada en relaciones lo suficientemente sencillas como para que sean fructíferas y llevaderas.

Ese entramado de comportamientos consensuados, que es la sociedad, es lo suficientemente fuerte y flexible a la vez como para tener una continuidad sin necesidad del Estado. Éste se alimenta de ella, pues por sí solo no podría. Pero siempre va un poco más allá que lo que le exigiría su mera supervivencia. Por lo que a la sociedad civil se refiere, ha intentado controlarla de múltiples maneras. La Historia ha sido profusa en los métodos más toscos y crueles. Hoy presumimos, en las democracias, de tener que estudiarnos en nuestra historia. Pero ahora el Estado, además de por pequeñas o medianas prohibiciones y controles, ha encontrado en la subvención el arma más eficaz para controlar la sociedad civil sin enfrentarse directamente a ella. Pastorearla sin sacrificarla.

Las subvenciones son un robo al común para repartir parte del botín entre grupos organizados, en función de su capacidad de influencia sobre el poder. Se ha criticado su ineficacia, sus efectos perversos, su falta de sentido económico. Pero quizá lo más grave es su sentido político, que es el de enervar a la sociedad civil, para poder domeñarla. Así vemos a grupos y asociaciones luchando por ser merecedores, antes que cualquier otro, de los graciosos favores del Estado. Una sociedad subvencionada no es ni puede ser una sociedad plenamente libre.

¡Comed Obama!

En efecto, hay pocas cosas que angustien más a los cuatro millones y medio de parados (ni que decir tiene el millón de familias sin ingresos ni subsidios) que conocer de manera exacta cuál es la idea de Pajín sobre las diferencias políticas entre Obama y George W. Bush. Gracias a ese magnífico anuncio, podemos conocer de primera mano qué es lo que el socialismo español ofrece a los ciudadanos a cambio de su voto en las europeas: diálogo, mestizaje y leña al cambio climático.

En realidad resulta lógico, dentro de lo absurdo de su trayectoria, que un PSOE abrumado por los acontecimientos reconozca con este videoclip que no tiene ni idea de lo que pasa en el mundo ni la forma de afrontar los retos que ya tenemos delante, con la recesión económica en primer lugar. El socialismo funciona de perlas cuando la caja está llena, pero cuando el dinero público se acaba es incapaz de crear ni una sola de las condiciones necesarias para permitir la prosperidad de los ciudadanos. Por eso no tiene más remedio que acudir al eslogan majadero y apelar a los sentimientos más primarios de sus votantes. Si la realidad les muestra que están provocando una catástrofe, los socialistas dejan de lado los hechos y desempolvan el breviario del buen progresista, una manera efectiva de mantener las simpatías y el voto de los que se horrorizan con la simple idea de que los demás les consideren unos retrógrados.

Un video obsequioso hasta el rubor hacia el presidente yanqui, realizado por los mismos que hasta ayer mismo encabezaban las falanges antinorteamericanas, y la acusación a Mayor Oreja de no haber hecho nada contra la ETA, son los principales argumentos con que el PSOE de Zapatero va a pedir el voto al progresismo español, esté en paro o todavía no. Y para defender ese argumentario en Europa, el hermano de Zorrocloco. Hasta el PP de Rajoy podría ganar unas elecciones absurdas como las próximas con un rival así.