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Etiqueta: Public choice

‘Todo depende de los incentivos’

Dice Naomi Klein, en su libro La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, que el modelo de libre mercado propuesto por Milton Friedman y sus seguidores se consiguió establecer en muchos países no porque fuese un planteamiento que contase con el apoyo popular, sino gracias a impactos sociales ocasionados por grandes desastres que conmocionaron a la gente y que permitieron instaurar unas medidas que eran, precisamente, impopulares. Cualquiera diría que lo que Klein afirma que realizaron los friedmanitas y demás seguidores de la Escuela de Chicago es lo que han intentado algunos de nuestros políticos. Sobre todo a la vista de ciertas fotografías, retiradas después, pero que aparecieron en las redes sociales, y que permiten advertir, con claridad, las estrategias “agendistas” de ministras como la de Igualdad.

En contra de lo que pueda parecer, se me hace muy difícil, cuando la gente está, todavía, buscando a sus seres queridos y quitando escombros de las calles, utilizar lo ocurrido en Valencia para tratar de analizar qué cosas podrían cambiarse para evitar que sucesos como el ocurrido vuelvan a tener lugar, ya sea allí, o en cualquier otro sitio. Pero también creo que es una obligación moral, para aquellos que no podemos estar allí quitando barro, analizar la situación y, modestamente, tratar de influir, en la medida de nuestras posibilidades, para que la gente vea la necesidad de adoptar soluciones que en conciencia consideramos las más correcta: por el bien de los demás, y de nosotros mismos. Y para ello lo primero que tenemos que hacer es darnos cuenta de algunas falacias que damos por ciertas, más desde una suerte de fe, que desde la razón. 

Información e incentivos

Tanto el mercado privado como las estructuras políticas se enfrentan a dos grandes problemas, el de la información y los incentivos, que con detalle ha estudiado la Teoría de la elección pública, de Buchanan, entre otros. Quienes han sido seleccionados como representantes y directores de las políticas públicas deben poder conocer las necesidades y las preferencias de las personas a quienes sirven. Los políticos están a nuestro servicio, o, al menos, deberían estarlo, que no se nos olvide. Y deben proporcionar los bienes y los servicios que se deben proveer, según la organización política del país, por el Estado. Pero, además, y casi más importante, deben tener los incentivos correctos que guíen sus acciones en el sentido adecuado.

Y es que, en contra de lo que parece creer la gente, la democracia no garantiza que se vayan a obtener los resultados queridos por los ciudadanos, como por desgracia estamos viendo. Cierto es que tampoco el libre mercado es infalible y puede garantizar nada. La cuestión es determinar cuál de los dos modelos, el estatal o el privado, está mejor enfocado, en principio, para tener un mejor desempeño. Y la Teoría de la elección pública explica, creo que sin lugar a dudas, que quien mejor lo hace es el sector privado, precisamente porque en él la búsqueda de información información y los incentivos hacen que se alineen mejor los intereses de los distintos grupos sociales.

Políticos y burócratas tienen intereses propios

Pero el modelo que tenemos ahora mismo es el que es, y flaco favor nos haría, en el corto y medio plazo, preocuparnos exclusivamente de cambiar el modelo, ya que eso requiere tiempo y mucho esfuerzo. Por eso, sin perjuicio de tener en mente el objetivo a largo plazo, que instituciones como el Juan de Mariana hacen que no se olvide, conviene analizar también lo que tenemos, para tratar de mejorar, en la medida de nuestras posibilidades y hasta que no se cambie el modelo.

Autores como James Buchanan, Anthony Downs o Gordon Tullok, en su análisis económico de la política, parten de un principio claro, y que, creo, es el más realista: en la política sucede lo mismo que en el mercado, los individuos persiguen su propio interés, no el de otros. Tendemos a creer que los políticos, por el hecho de estar en el poder, dejan de ser hombres, y se convierten en una simbiosis perfecta de ángel y robot que les lleva a ser capaces de buscar, con el mayor rigor, el bien común. Y eso no es así: el político persigue, como lo hacemos los demás, su interés personal, tanto en su ámbito privado como en el público; y confiar en lo contrario es, me temo, una ingenuidad y un riesgo terrible.

Y sus intereses no son los nuestros

En efecto, tanto los políticos, como los funcionarios, persiguen sus intereses personales dentro de un marco normativo e institucional que guiará sus esfuerzos en una determinada dirección; el problema es que esta dirección no tiene por qué coincidir con el interés de los votantes. Así, el objetivo de los políticos tiende a ser siempre la reelección, y el de los funcionarios, maximizar el presupuesto sobre el que deciden y minimizar el esfuerzo que deban que realizar. Evidentemente puede haber otras motivaciones, pero la tendencia fundamental, la fuerza que tiende a galvanizarlo todo, es la que es, y no por una maldad o egoísmo especial, sino como consecuencia de la propia naturaleza humana. 

Pero es que, además, hay una preferencia natural, en el político y en cualquiera, a procurar los beneficios a corto plazo, postergando los costes al futuro. Y, encima, todos determinamos nuestros objetivos a través del tamiz de ciertas teorías (intereses, ideologías…) que llevan a que algunas de las decisiones que tomamos se adopten incluso asumiendo que los resultados van a ser negativos -en algunos aspectos- para nosotros y para los que nos rodean. Y los políticos no son diferentes.

Inundaciones en Valencia

Creo que a ninguno se le escapa, a poco que haya estado pendiente de las noticias, que los tres problemas que hemos planteado -podríamos haber hablado de otros, pero alargarían el artículo más de lo conveniente- han estado presentes en Valencia: preferencia natural a buscar resultados en el corto plazo postergando los costes al futuro (que ha llevado a utilizar los recursos, escasos por naturaleza, para obtener réditos que se manifestaban en el corto plazo, y no en un futuro lejano y que a lo mejor no llegaba: ¿para qué acometer obras costosas cuyos beneficios no va a disfrutar la gente mientras gobierna el político bajo cuya dirección se ejecutan?).

También ha estado presente que la actuación no ha estado motivada actuar no para alcanzar un mayor bienestar de la gente, sino por ideología (que ha llevado a devolver los lechos, de los ríos y los barrancos, a situación primitivas, anteriores a las acciones del hombre dirigidas a atemperar, precisamente, los rigores extremos de la naturaleza: demoliendo presas que podrían haber ayudado en Valencia, o que pueden ayudar en un futuro en otros lugares); preocuparse más por dominar el “relato” que por solucionar los problemas reales, a fin de no perder votos, suceda lo que suceda en la realidad diaria de los votantes. 

Pero los ciudadanos podemos hacer mucho. No ya solo, como está ocurriendo con las decenas de miles de voluntarios -valencianos y de otros lugares-, para paliar las consecuencias de las malas decisiones de nuestros políticos, sino también para obligarles a que alineen más sus decisiones con nuestros intereses. Y es que las acciones de los políticos, aun a pesar de los incentivos señalados, pueden cambiar.

La apatía

En efecto, dado que el objetivo de los políticos es la reelección, dependerá de la actitud de los votantes cómo intenten los políticos alcanzar su fin. Si los votantes son racionalmente apáticos, están desinformados, o se han adherido a teorías erróneas, el incentivo del político no será sacarlos de su error. Querrán ofrecerles lo que buscan. Sus esfuerzos no se destinarán a satisfacer sus necesidades, ya que ello implica grandes esfuerzos, riesgos, y que las consecuencias de sus actos se materialicen principalmente en el largo plazo. Les será más sencillo esforzarse por conocer bien las creencias de sus votantes y utilizar la retórica adecuada a fin de obtener su voto.

Es lo que haríamos la mayoría, si estuviésemos en su lugar. De ahí el interés que todos los políticos manifiestan, sean de un color u otro, por controlar la educación y los medios de comunicación, cercenando, si es necesario, la libertad de prensa.

Por el contrario, si los ciudadanos saliesen de su apatía, se obligasen a analizar las cosas en profundidad, valorasen las decisiones que se toman con objetivos a largo plazo, etc… si se hiciese todo eso, los políticos, precisamente para obtener la reelección, tendrían que cambiar su forma de actuar y los criterios que guían sus decisiones.

Información e incentivos: los votantes

Evidentemente, los mismos problemas de información e incentivos que planteamos respecto de los políticos, existen respecto de los votantes. ¿Nos compensa a cada uno de nosotros dedicarle tiempo y esfuerzo a analizar con detalle lo que hacen nuestros políticos y funcionarios, máxime cuando nuestra capacidad de influencia -un solo voto- es muy escasa? ¿No estamos también nosotros influidos por la preferencia por el corto plazo y por disfrutar lo antes posible de los beneficios de las cosas que nos afectan postergando los costes al futuro? ¿Acaso nuestro enfoque no está condicionado también por nuestras ideologías? ¿No nos preocupamos fundamentalmente de nuestro bienestar particular, importándonos poco el bien común? Es evidente que sí, pero también es evidente que si nosotros no hacemos el esfuerzo por cambiar, difícilmente lo harán quienes nos gobiernan; además de que careceremos de la autoridad moral para exigírselo. 

La sociedad civil está demostrando, en Valencia, que es capaz de olvidarse de los propios intereses y centrarse en solucionar también los problemas ajenos. Sólo por eso merece la pena tener esperanza y, gracias a esa esperanza, tiene más sentido hacer el esfuerzo. Sus esfuerzos no se destinarán a satisfacer sus necesidades, ya que ello implica grandes esfuerzos, riesgos, y que las consecuencias de sus actos se materialicen principalmente en el largo plazo. Les será más sencillo esforzarse por conocer bien las creencias de sus votantes y utilizar la retórica adecuada a fin de obtener su voto. Es lo que haríamos la mayoría, si estuviésemos en su lugar. De ahí el interés que todos los políticos manifiestan, sean de un color u otro, por controlar la educación y los medios de comunicación, cercenando, si es necesario, la libertad de prensa.

En el ámbito privado hay esperanza

Por el contrario, si los ciudadanos saliesen de su apatía, se obligasen a analizar las cosas en profundidad, valorasen las decisiones que se toman con objetivos a largo plazo, etc… si se hiciese todo eso, los políticos, precisamente para seguir siendo reelegidos, tendrían que cambiar su forma de actuar y los criterios que guían sus decisiones.

Evidentemente, los mismos problemas de información e incentivos que planteamos respecto de los políticos existen respecto de los votantes: ¿nos compensa a cada uno de nosotros dedicarle tiempo y esfuerzo a analizar con detalle lo que hacen nuestros políticos y funcionarios, máxime cuando nuestra capacidad de influencia -un solo voto- es muy reducida? ¿No estamos también nosotros influidos por la preferencia por el corto plazo y por disfrutar lo antes posible de los beneficios de las cosas que nos afectan postergando los costes al futuro? ¿Acaso nuestro enfoque no está condicionado también por nuestras ideologías? ¿No nos preocupamos fundamentalmente de nuestro bienestar particular, importándonos poco el bien común? Es evidente que sí, pero también es evidente que si nosotros no hacemos el esfuerzo por cambiar, difícilmente lo harán quienes nos gobiernan; además de que careceremos de la autoridad moral para exigírselo. 

La sociedad civil está demostrando, en Valencia, que es capaz de olvidarse de los propios intereses y centrarse en solucionar también los problemas ajenos. Sólo por eso merece la pena tener esperanza y, gracias a esa esperanza, tiene más sentido hacer el esfuerzo. 

Ver tanbién

Son los incentivos, estúpido. (Ignasi Boltó).

La política sin romance de Buchanan. (María Blanco).

Contra los planes de todos los gobiernos. (Jaime Juárez).

La sátira en ‘El problema de los tres cuerpos’

Hace unas semanas se estrenó en streaming la serie que da título a este artículo. Venía precedida por grandes expectativas, no en vano el libro en que se basa ha sido uno de los grandes éxitos editoriales de los últimos años en el género de ciencia ficción. Para mayor excepcionalidad, la novela es obra de un escritor chino, Liu Cixin, y no hay tantos orientales que sean Best-Seller en occidente.

El problema de los tres cuerpos es el título de la primera de las tres novelas que componen la trilogía, siendo las otras dos, El bosque oscuro y El fin de la muerte. Leí hace unos años las dos primeras, sin llegar a entusiasmarme tanto su lectura como para terminar la trilogía. Pero sí me parecieron originales, sobre toda la forma en que incorpora la mecánica cuántica y la psicología a una narración de ciencia ficción. No les dediqué una mayor reflexión: un par de novelas de ciencia ficción obra de un autor chino con algunos puntos originales.

Ha sido al ver la serie cuando mi percepción ha cambiado, yo diría que bastante. Para explicar por qué me veré obligado a desvelar algunos aspectos de la historia, por lo que el lector que no quiera sufrir spoilers debería completar la serie antes de continuar leyendo. Aviso también de que no son spoilers terribles.

Trama

El tema es poco sorprendente: unos alienígenas han descubierto la existencia de la Tierra y amenazan con hacerle una visita, primero para convivir con los terrícolas, aunque al descubrir el carácter intrínsicamente perverso de la humanidad (ironía off), deciden que nos van a aniquilar como si fuéramos cucarachas. Las buenas noticias es que la invasión no es inminente. Incluso con su tecnología, mucho más avanzada que la nuestra, el viaje a la Tierra les va a llevar 400 años. Este es el tiempo que tiene la humanidad para prepararse contra la amenaza que viene. Repito, 400 años.

Evidentemente, un tema de este calado concierne a todos los Estados de la Tierra, que rápidamente se pondrán manos a la obra para ir preparándose. Preparativos que, obvio es decirlo, dada la magnitud de la amenaza, deberán movilizar todos los recursos de nuestro planeta. Los anuncios de que en 400 años llegan los malos se extienden como la pólvora, y eso da argumentos a los Estados para legitimar la toma de medidas de excepción.

La ONU, reunida en sesión especial, y ya conocedora del punto débil que tienen los extraterrestres, deciden crear la figura de los “Vallados” (Wallfaces en la traducción inglesa). Se designan tres “Vallados” procedentes de otros tantos rincones del mundo, y su misión es desarrollar la estrategia que permita derrotar a los invasores antes de qué o cuando lleguen a la Tierra.

Una alegoría

Para tal actividad, tendrán a su disposición cualquier recurso del planeta, sus órdenes han de ser obedecidas sin discusión. Tampoco deberán justificar sus acciones, puesto que eso podría dar pistas de la estrategia a los enemigos, quienes tienen intervenidas todas las comunicaciones entre humanos. De ahí el nombre de “Vallados”, solo ellos, individualmente supongo, diseñarán y conocerán la estrategia para asegurar la supervivencia de la humanidad, y tendrán que implementarla usando cualquier recurso que precisen y sin justificarlo. Con esto concluye la primera temporada de la serie.

Supongo que llegados a este punto ya no es necesario explicar por qué he empezado a pensar que en realidad Liu Cixin está haciendo una alegoría satírica de lo que hacen nuestros Estados. Además, la sensación se intensifica al observar como a la tradicional excusa del cambio climático como la mayor amenaza para nuestro modo de vida, se están uniendo en los últimos tiempos tambores de guerra, y así tenemos a muchos políticos europeos afirmando que es necesario armarse ante una posible invasión, no sé si de Rusia o de Israel, o de alienígenas.

Este es el negocio de Estados y políticos, por supuesto, el hacernos creer que nuestra vida está amenazada y que solo ellos con sus planes y estrategias nos pueden salvar. El primer ingrediente es la amenaza. El segundo es la ignorancia y el olvido de la gente, que una y otra vez cree que el Estado les puede salvar de algo. Ahí tenemos aún reciente el trauma de cómo se nos “salvó” del COVID, solución cuyas consecuencias económicas aún no hemos empezado a vivir.

400 años de excusas

Con esta perspectiva, tener una amenaza creíble a 400 años de distancia sería el verdadero sueño dorado de un político. Cuatrocientos años de excusa para intervenir las vidas de la gente y decirles cómo tienen que hacer las cosas. Y encima, sin posibilidad de asumir responsabilidades por las consecuencias de sus regulaciones, porque ni siquiera ellos con todos los recursos a su disposición, estarían aquí cuando se materialicen los temores (si es que lo hacen).

Volviendo a la novela/serie, la solución dada por los Estados a la amenaza alienígena es completamente la esperada: poder hacer lo que les dé la gana durante 400 años sin siquiera tener que dar una mínima justificación de sus actos. Con esto se consuma ese sueño dorado de que hablaba antes, en un despertar apoteósico en que tenemos al funcionario o político convertido en verdadero dios. Imagínense a cualquier político ante esta perspectiva.

Dicen que no hay mal que cien años dure: Liu Cixin nos propone una historia en que un mal, la intervención y regulación de nuestras vidas, tiene pinta de que durará cuatrocientos. Por suerte es solo ciencia ficción.

Ver también

Los nuevo Moai. (Fernando Herrera).

Chernóbil, o la imposibilidad del socialismo. (Fernando Herrera).

De derechos a privilegios, de clase a casta

Buenos Aires es posiblemente la ciudad del mundo que más se parece a Madrid. Quien viva en la capital española se encontrará inmediatamente a gusto al llegar a Buenos Aires, como si hubiera seguido paseando por la Castellana y se hubiera encontrado un obelisco. Eso sí, habrá una cosa diferencial que le llamará la atención respecto a Madrid: la cantidad de gente que hay durmiendo en la calle.

A uno no le extraña esto en ciudades con aspecto de pobreza, pero Buenos Aires no transmite esa sensación, por lo que el contraste es mayor. Y uno se pregunta cómo es que en el paraíso de los derechos, resulta que tantísima gente no tiene literalmente dónde caerse muerta, al mismo tiempo que los porteños parecen vivir como los madrileños.

Las promesas de los políticos

La explicación hay que encontrarla en esos “derechos” que fueron dando los políticos a los ciudadanos para granjearse su afección. Y es que este es el gran afán de la mayoría de los políticos: garantizar derechos a los ciudadanos. Solo hay que oír sus discursos, especialmente de los políticos de izquierdas, para darse cuenta de que esto es lo que a ellos les parece progreso. Más derechos es mejor para nosotros, y la amenaza más temible es que si gobierna otro partido político se puedan reducir dichos derechos.

Sin embargo, como cualquier economista sabe, y como cualquier persona que lo piense deducirá, conceder derechos no es algo gratis. Todo lo contrario: tiene costes, muchas veces escondidos, y en muchos casos elevados. Aunque suene a broma, el típico ejemplo es el derecho a tener novi@. Es evidente que la concesión de ese derecho llevaría aparejada la obligación de alguien de ejercer tal papel al respecto de quien no lo haya conseguido por sus medios y, sin embargo, lo desee.

Mi derecho, tu coste

Los derechos siempre implican obligaciones. El derecho a la educación gratuita conlleva que los maestros no puedan cobrar por sus servicios, lo que exige una nueva intervención, obligando a todo el mundo a pagar impuestos para que se pueda remunerar a los profesores.

Cuando el fenómeno se observa dinámicamente, el efecto es aún más demoledor. Dado que la concesión de derechos es insostenible económicamente, el número de beneficiarios de los mismos tiende a reducirse con el tiempo.

Por ejemplo, si se reduce regulatoriamente la jornada laboral, o se incrementa el salario mínimo, aquellos ciudadanos que tienen un contrato de trabajo quedan en mejor posición respecto a la situación previa. Pero, ¿qué ocurre con los ciudadanos que no tienen trabajo? Ese derecho incrementa las dificultades para que lo consigan, puesto que los empresarios ya sí tendrán en cuenta el nuevo coste a la hora de contratarlos. En suma, la mera concesión del derecho ha elevado las barreras entre dos “clases”: la clase de los trabajadores y la de los parados.

El punto de vista dinámico

Este es solo el efecto estático. El efecto dinámico se produce porque los empresarios que están haciéndose cargo de los derechos pasan a estar en peor situación competitiva, y, por tanto, es más fácil que su empresa quiebre ante cambios de entorno o errores de gestión. Ello hará que el número de parados tienda a incrementarse, y el número de empleados a contraerse, sin que por ello haya disminuido la barrera que ha creado el derecho entre las dos “clases”.

La tendencia es indiscutible: el número de beneficiados por los derechos se reduce cada vez de forma más acelerada, hasta el punto de que, si bien formalmente se puede hablar de “derechos”, en la práctica lo que empiezan a existir son privilegios de un número decreciente de personas, a costa del resto de la sociedad, a muchos de los cuales les empieza a tocar vivir en la calle.

La casta privilegiada, y el resto

Recapitulemos: los políticos para obtener votos otorgan derechos a los ciudadanos. Estos derechos tienen unos costes, por lo que se vuelven insostenibles, creando dos clases de ciudadanos: los que se pueden beneficiar de los derechos (los propios políticos, los funcionarios, trabajadores…) y los que no lo pueden hacer. Dinámicamente, la creación de los derechos supone la destrucción de riqueza, por lo que los medios para satisfacerlos se reducen, lo que supone un estrechamiento de la capa de población que disfruta de los derechos, en la que siempre están, eso sí, los políticos que los otorgaron.

Podemos observar entonces cómo esa clase beneficiaria de derechos poco a poco se va transformando en un grupo de selectos privilegiados, al que resulta muy difícil acceder desde el exterior. O sea, se pasa casi inevitablemente de clase con derechos, a casta con privilegios. Y, lógicamente, la casta de privilegiados hará lo imposible para mantener el status quo a costa de toda la población, en cierta forma sometida gracias a los derechos que se le han otorgado.

Nada nuevo que no haya ocurrido ya en todos los países comunistas usando la fuerza. Lo novedoso del sistema de derechos es que consigue el mismo resultado haciendo creer al ciudadano que los derechos mejoran su vida. El camino es claro: hay que abolir los derechos que nos conceden los políticos para que terminen sus privilegios, y dejen de ser una casta por encima de los demás ciudadanos.

Ver también

Derechos vs. derechos. (Carlos Rodríguez Braun).

La entelequia de los derechos colectivos. (Irune Ariño).

El lenguaje económico (XXX): fallos del mercado

¿Por qué se afirma que el mercado tiene «fallos»? Según Schumpeter, el origen reside en las exigencias del positivismo económico: «El ascenso general del rigor científico acabó por producir la sustancia, aunque no el término, de lo que hoy llamamos teoría de la competición pura o perfecta» (Schumpeter, 2012: 1059). Los economistas matemáticos se vieron obligados a trabajar con esquemas estrechos de la realidad, fácilmente manejables, hasta simplificar sus planteamientos drásticamente.

Falacia ‘nirvana’

El modelo de competencia perfecta, como ficción, no es problemático: «el sistema de investigación típico de la economía es aquél que se basa en construcciones imaginarias» (Mises, 2011: 288); tal es el caso de la economía de giro uniforme o la tan conocida ficción robinsoniana (Rothbard, 2009: 10). El argumento de los «fallos» del mercado ha sido acuñado como falacia «nirvana»: «En la práctica, quienes adoptan el punto de vista nirvana pretenden descubrir discrepancias entre lo ideal y lo real y si las discrepancias son encontradas, deducen que la realidad es ineficiente» (Demsetz, 1969: 1).

Hecha la comparación entre un mundo ideal y otro real, resulta irresistible concluir que el segundo tiene taras, que la realidad es imperfecta o que el mercado es ineficiente y posee fallos. Como afirma Coase (2011: 77): «En el fondo se precisa bien poco análisis para poner de manifiesto que un mundo ideal es mejor que un estado de laissez-faire». Veamos cómo Samuelson y Nordhaus (2006: 33-34) introducen la engañosa comparación entre lo ideal y lo real, entre el modelo de competencia perfecta y el mercado, tal cual es:

Una economía de mercado ideal es aquella en la que todos los bienes y servicios se intercambian voluntariamente por dinero a los precios de mercado. Este sistema extrae el beneficio máximo, los recursos existentes en la sociedad sin intervención del Estado. Sin embargo, en el mundo real, ninguna economía se ajusta por completo al mundo idealizado de la mano invisible que funciona sin dificultades. Más bien, todas las economías de mercado tienen imperfecciones que producen males como una contaminación excesiva, desempleo y extremos de riqueza y pobreza. Por este motivo, ningún Estado del mundo, por muy conservador que sea, mantiene sus manos alejadas de la economía (…).

Samuelson y Nordhaus (2006: 33-34)

Políticos “insensatos y presuntuosos”

Estos autores ponen en boca de Adam Smith algo que nunca afirmó, a saber, que la «mano invisible» fuera referida de algún modo a un mundo ideal. Al contrario, el escocés describe la cruda realidad: «No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio» (Smith, 2011: 46). Segundo, Smith (2011: 554) tampoco parecía tener demasiada fe en la labor beatífica del gobierno:

Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo (… ) El político que pretende dirigir a las personas privadas sobre la forma en que deben invertir sus capitales no sólo se carga a sí mismo con la preocupación más innecesaria sino que asume una autoridad que no debería ser delegada con seguridad en ninguna persona, en ningún consejo o senado, y que en ningún sitio es más peligrosa que cuando está en manos de un hombre tan insensato y presuntuoso como para fantasear que es realmente capaz de ejercerla.

Adam Smith (2011: 554)

Por un lado, resulta patente que la acción humana no es «perfecta». Por otro lado, el concepto de «eficiencia» es equívoco en el ámbito humano. Solamente el individuo está capacitado para valorar si su conducta ha sido acertada o errada, y en qué grado lo ha sido, lo que depende de factores que solamente él puede valorar (Hayek, 1945).

Pero aun admitiendo, a efectos dialécticos, que el mercado fuera ineficiente o que tuviera fallos, constituye un non sequitur afirmar que «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). La teoría económica de la Elección Pública ha puesto de manifiesto que «los fallos o costes que genera la intervención del sector público en las decisiones de los agentes económicos pueden resultar superiores a los que provoca el mercado» (Lasheras, 1999: 25).

Economía metafórica

Lamentablemente, la elección de metáforas y analogías por parte de algunos economistas no facilita el análisis racional del problema. Por ejemplo, dan a entender que el mercado es el «enfermo» y el Estado, el «médico». Incluso aceptando la dudosa tesis de que el libre mercado «infraproduce» ciertos bienes (i.e. defensa), no se sigue que el gobierno deba intervenir: «La afirmación de que el gobierno se debería involucrar en la economía privada es una conclusión moral, que solamente puede alcanzarse si existen argumentos éticos en las premisas» (Block, 1983: 3).

Los defensores del intervencionismo, al atribuir al Estado una función reparadora, tácitamente asumen una (discutible) superioridad. Para ser justos, «uno debe comparar el mercado con el Estado, no como uno desearía que el Estado se comportase en un ambiente ideal, sino como debe comportarse en el mundo real» (Hummel, 1990: 101).

Para apreciar más claramente la falacia nirvana imaginemos que un grupo de «expertos» construye un modelo de matrimonio perfecto: las aportaciones de ambos cónyuges son similares, la pareja nunca discute, el amor mutuo es idéntico y constante en todo tiempo y lugar, los esposos conocen perfectamente sus expectativas, deseos y necesidades, etc. Luego, analizamos la realidad matrimonial: infidelidad, asimetrías en el amor y en los trabajos, egoísmo, incomprensiones, riñas, etc. Por último, comparamos el matrimonio nirvana con el real y alcanzamos dos conclusiones: 1) La institución matrimonial es «imperfecta». 2) Sus «fallos» deben ser subsanados mediante la intervención del Estado. Razonando de esta manera, no hay institución humana que esté a salvo de la tiranía.

Bibliografía

BLOCK, W. (1983): «Public Goods and Externalities: The Case of Roads». Journal of Libertarian Studies, vol. VII, n.o 1, primavera, pp. 1-34.

COASE, R. (2011): «El Problema del Coste Social». Madrid: CIP-Ecosocial.Recuperado de <http://www.fuhem.es/media/ecosocial/File/Actualidad/2011/Coasepdf>.

DEMSETZ, H. (1969): «Information and Efficiency: Another Viewpoint». Journal of Law & Economics, vol. 12, nº 1 (april), pp. 1-22.

HAYEK, F. (1945): «El uso del conocimiento en la sociedad». Estudios Públicos. pp. 157-169. Recuperado de <http://www.hacer.org/pdf/Hayek03.pdf>.

HUMMEL, J. (1990): «National Goods versus Public Goods: Defense, Disarmament and Free Riders». Review of Austrian Economics, vol. 4, pp. 88-122.

LASHERAS, M. A. (1999): La regulación económica de los servicios públicos. Barcelona: Ariel.

MISES, L.  (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial

SAMUELSON, P. y NORDHAUS, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill (18ª ed.)

SCHUMPETER, J. (2012): Historia del Análisis Económico. Barcelona: Ariel.

SMITH, A. (2011) [1776]: La Riqueza de las Naciones. Madrid: Alianza Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXX) Los fallos del mercado

(XXIX) Gasolineras

(XXVIII) Dad al César lo que es del César

(XXVII) Humanismo

(XXVI) Publicidad (II)

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Lo que revela MrBeast de la tiranía de la mayoría

Jess Gill. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

En un vídeo reciente, MrBeast, el creador más popular de YouTube, invitaba a personas de entre 1 y 100 años a participar en una serie de juegos y actividades. Cada edad tenía un representante que debía permanecer en una caja de cristal para seguir en el juego. El objetivo era, a través de diversas tareas, eliminar progresivamente a los participantes hasta que sólo quedara una persona, que ganaría un glorioso premio de 500.000 dólares.

De la justicia al beneficio a corto plazo

En una de estas tareas, todos los participantes tenían que votar para eliminar a diez de los jugadores. Esta parte del juego ofrecía una sugerente analogía de cómo actúan los votantes en una democracia; reflejaba cómo la gente vota por sus propios intereses y forma alianzas estratégicas para hacerlo. Al principio, el voto de eliminación estaba casi dividido entre dos de los jugadores, 54 y 74. Ambos habían mentido o mostrado crueldad hacia otros jugadores en la primera ronda. Setenta y cuatro fue el que recibió la patada esa vez.

En la segunda ronda, el concursante de diez años fue expulsado. Sin embargo, el razonamiento general para su eliminación fue mucho menos noble y mucho más cínico. Un jugador dijo: “Si no voto por diez, me expulsarán a mí”; y otro comentó que “si se mantuviera todo el tiempo, podría ganar”. En sólo dos rondas, la motivación general pasó de la justicia al beneficio a corto plazo.

Una coalición de electores cincuentones

Durante el resto de la partida, los cincuentones formaron un grupo de interés que votaba al unísono para eliminar las amenazas percibidas y mantenerse a salvo unos a otros. “Los cincuentones estaban decididos a eliminar gente y eran, con diferencia, los que tenían más poder de voto”. Uniéndose, los cincuentones consiguieron eliminar sin piedad del juego a todos los septuagenarios.

Esto refleja la democracia de la vida real, en la que se da prioridad a los intereses del grupo a expensas del individuo y de la justicia universal. Como dijo Thomas Jefferson: “Una democracia no es más que el gobierno de la turba, donde el cincuenta y uno por ciento del pueblo puede quitar los derechos al otro cuarenta y nueve”.

Una guerra intergeneracional

En el vídeo de MrBeast, aunque los jugadores habían tenido la oportunidad de expulsar a quienes habían sido deshonestos o crueles, no triunfó la justicia. A pesar de su comportamiento antisocial en las partidas anteriores, 54 consiguió sobrevivir a la ronda al aliarse con los otros cincuentones. Con el fin de favorecer sus propios intereses, el grupo de los 50 estaba dispuesto a pasar por alto esto para salvar su propio pellejo. Mientras tanto, los que no hicieron nada malo fueron sacrificados, como el número 10, cuyo amigo le traicionó.

Esta guerra intergeneracional también puede producirse en democracia, especialmente cuando el gobierno puede convertirse en un arma para promover los intereses de un grupo de edad a expensas de los demás. Por ejemplo, en el Reino Unido, los jóvenes sufren políticas que favorecen los intereses a corto plazo de la generación de los “boomer”, como verse obligados a pagar impuestos elevados para sufragar la sanidad pública, las pensiones y otras prestaciones que reciben los mayores en el Reino Unido. Mientras los jóvenes tienen que hacer frente a la mayor presión fiscal que Gran Bretaña ha visto en 70 años, las pensiones estatales han aumentado un 7%.

Expolio legal

Del mismo modo, en los Estados Unidos se ha impulsado la condonación de los préstamos estudiantiles y la gratuidad de la matrícula universitaria. Se trataría de una nueva prestación masiva para los jóvenes que tendría que salir de los bolsillos de las generaciones mayores, que pagan más impuestos.

Son casos de lo que el economista francés del siglo XIX Frederic Bastiat denominó expolio legal. El Estado se ha apoderado de la riqueza de la juventud productiva y la ha redistribuido entre los mayores (y viceversa). Ambos grupos demográficos están utilizando el Estado para saquear y ambos están siendo saqueados a su vez. Los jóvenes y los mayores están extrayendo beneficios para sí mismos que el otro tendrá que pagar.

Como escribió Bastiat: “El delirio actual es un intento de enriquecer a todos a expensas de todos los demás; de universalizar el saqueo bajo la pretensión de organizarlo”.

Estado del Bienestar y guerra económica

Con el juego de suma cero de un Estado democrático del bienestar, al igual que en el juego de suma cero del MrBeast, la gente está incentivada para priorizar el interés del grupo sobre la justicia. En el juego de MrBeast, todo es por diversión, y al final todos “ganan” jugando, especialmente porque el MrBeast dio premios de consolación en metálico a muchos de los “perdedores”, si no a todos. Pero en un Estado del bienestar democrático, es más parecido a una guerra económica que a un juego.

El vídeo de MrBeast sirve como poderoso recordatorio de las trampas potenciales de la democracia cuando los prejuicios individuales, la búsqueda del beneficio personal y los intereses de grupo, y las hostilidades entre grupos suplantan los derechos del individuo.

En la vida real, deberíamos evitar los juegos de suma cero, como el Estado del bienestar, en favor de los juegos de suma positiva que fomentan, no el conflicto, sino la cooperación: como los mercados libres y las sociedades libres. La forma más justa de que los individuos promuevan sus propios intereses debería ser a través de su propio trabajo duro, no votando políticas que prioricen sus necesidades por encima de las de los demás.

Reformas profundas y difíciles, un cambio necesario

Los últimos acontecimientos electorales y las predicciones demoscópicas, nos hacen augurar que en muy poco tiempo veremos un cambio de timón en el gobierno de España. Dicho cambio no puede ser puramente estético o un simple lavado de caras. Se requieren profundas reformas, que hemos pospuesto durante demasiado tiempo por la dificultad de llevarlas a cabo, pero nuestro país ya no puede esperar más. Es de urgente necesidad poner freno y resolver algunos de los muchos problemas que sufre nuestra nación:

La deuda pública, esa terrorífica y prácticamente impagable cifra, que nos amenaza, y que acabará por aplastarnos vía intereses si no hacemos algo rápido. Algunos argumentarán que ha bajado del 120% del PIB al que llegó a marcar, hasta el 113% actual. Pero no caigan en el engaño, esto no ha ocurrido porque hayamos dejado de endeudarnos, de hecho hemos seguido haciéndolo. El motivo es que ante una alta inflación como la que vivimos, las deudas y también nuestros ahorros, pasan a valer menos. La solución es simple pero nada sencilla. Acabar con el déficit público, es decir, no gastar más de lo que se ingresa.

Reducción de la deuda

Clave para reducir nuestra deuda en el largo plazo, también será un crecimiento económico fuerte y sostenido en el tiempo. Tampoco caigamos en la trampa de mirar las previsiones actuales y concluir como han hecho algunos que “somos los que más crecemos de Europa”. No es así, rebotar no es crecer. Somos el único país de la Unión Europea que no ha recuperado el PIB que tenía en 2019, por tanto, mientras otros países en mayor o menor medida crecen, nosotros aún estamos recuperando lo perdido, no creciendo.

Todo ello debería traer aparejado un fuerte impulso al empleo. Por mucho que nos hayan intentado vender como la panacea, los últimos años del mercado de trabajo en España, la realidad es que somos el país de la zona euro con mayor porcentaje de parados. Y en cuanto a creación de empleo, sin entrar en los maquillajes de cifras, tipo fijos-discontinuos, para poder vender los datos del ministerio de trabajo. Si nos adentramos en ellos, vemos como el 55% de todo el supuesto empleo creado es público. Es decir, prácticamente no estamos creando empleo, sino que lo estamos maquillando vía dinero del contribuyente.

Las pensiones

Una de las reformas clave que no se puede postergar más, será la de nuestro inviable sistema público de pensiones. La Seguridad Social, pese a batir todos los records con unos ingresos que superaron por primera vez, el año pasado, los 200.000M de euros, terminó 2022 con un déficit, y ya van 12 años seguidos, superior a los 8.000M de euros. Cerrando el año, con una deuda total superior a 105.000M de euros. Inviable a todas luces. Solo una profunda reforma, introduciendo algún sistema, al menos mixto de cuentas nocionales, podría empezar a revertir esta situación.

Existen otros temas no tan económicos, como la unión e integridad territorial de España, la independencia del poder judicial o la seguridad en las calles que también exigen medidas rápidas y eficaces.

En definitiva, el nuevo gobierno que salga en las urnas el próximo 23J no lo tendrá nada fácil, en vista del país que va a heredar. No valdrá cualquier gobierno ni cualquier reforma. Experiencia, sacrificio y valentía serán ingredientes esenciales.

Por mi parte solo puedo dedicar palabras de ánimo. La fortuna sonríe a los audaces.

Madrid Distrito Capital

Hace unas semanas Begoña Villacís hizo unas declaraciones interesantes. Después de años donde Ciudadanos defendía una especie de jacobinismo territorial, la vicealcaldesa de Madrid propone ahora utilizar la ley de capitalidad para dotar a su ayuntamiento de más autonomía fiscal.

La ley de capitalidad es una gran desconocida para el común de los mortales. Se trata de una ley cuyo fin es dotar a las ciudades de gran población de unos órganos de gobierno más acordes a su tamaño. Así que debería llamarse ley de ciudades de alta densidad poblacional. Que no tenga ese nombre tiene su explicación, que vamos a ver más tarde.

“Madrid se va”

Las declaraciones de Villacís, que venían antecedidas de otras del propio alcalde, han provocado multitud de reacciones. De entre todas, un artículo de Hughes en La Gaceta plasma muy bien lo profundo que es este asunto. Madrid se va, se titula. Animo a leerlo completo, ya que el autor es extremadamente bueno en plasmar, en pocas líneas bien escritas, multitud de ideas interesantes y complejas.

Extraigo las que creo que son las ideas generales del artículo:

  • Madrid ha experimentado un crecimiento económico que no se ha visto con buenos ojos por las élites políticas vascas y catalanas.
  • Este crecimiento viene impulsado principalmente por una financiación exterior que puede transformar a la ciudad en un centro de negocios internacionales, lo que provocaría su desmembración del resto de España.
  • Este crecimiento podría no ser obstaculizado por las fuerzas políticas del resto del país siempre que se alcanzara un consenso territorial entre derecha e izquierda que tendría como base una España federal.

Las tres ideas, con alguna matización, me parecen que plasman bastante bien la situación actual. Vamos a intentar desarrollar cada una.

El crecimiento de Madrid

Madrid ha crecido mucho desde la transición, tanto en habitantes, como económicamente. Para muchos ha sido gracias al privilegio de ser capital del Estado. Para otros ha sido mérito de las políticas de la derecha en la Comunidad y en el ayuntamiento. Por no alargarnos demasiado, vamos a quedarnos con el consenso: el crecimiento es innegable y los gobiernos de derecha (en la Comunidad) y la capitalidad están garantizadas para los próximos años.

Así que Madrid va a seguir creciendo. Esto es bueno para todos, menos para dos grupos de personas: los que creen que la economía es un juego de suma cero y para aquellos que no quieren bonanza económica, sino desarrollar un plan político que pasa porque sus adversarios sean débiles.

El PNV

A los primeros los vamos a obviar para centrarnos en los segundos y, dentro de los segundos, vamos a hablar del PNV. El País Vasco tiene todos los ases para ganarle una partida económica a Madrid. Financiación propia e influencia decisiva en el parlamento nacional, que en última instancia maneja buena parte de la forma en la que se financia la Comunidad de Madrid. Pese a estas ventajas, no han logrado su objetivo, bien por incompetencia propia o por mérito del rival. Lo que es innegable es que han optado por la vía de elevar su apuesta apoyando al gobierno más disparatado posible a nivel nacional, al mismo tiempo que elevan críticas surrealistas sobre la fiscalidad de Madrid.

Esto no es el típico victimismo sobre el nacionalismo independentista y sus nefastas consecuencias para el conjunto del país. Es una crítica legítima a un partido que, pudiendo centrarse en el crecimiento de su territorio, lo fía todo a un privilegio estúpido que le han concedido sus adversarios, y aun así (o precisamente por eso) fracasa en ambos sentidos.

Así que cualquier intento de Madrid por modificar su política fiscal para fomentar el crecimiento va a tener la oposición de fuerzas políticas que tendrían que tener poco que decir en este asunto.

Una ley para todos, no sólo para la capital

Sobre la financiación del crecimiento de Madrid, es y seguirá siendo internacional. El Estado tiene una deuda avalada por nuestros socios europeos que nos hipoteca para varias generaciones, y el tejido empresarial español es totalmente dependiente del BOE o está intentando salir del país. Pero que sea internacional no tendría que significar mucho. La clave está en qué ideas o valores guían a la sociedad que atrae la financiación.

Me imagino que Hughes va por ahí cuando desconfía de los planes de Villacís o Ayuso. A mí me pasa lo mismo, aunque por razones algo diferentes.

Aquí volvemos al porqué del curioso nombre de la ley que se aspira a reformar. La ley de capitalidad se llama así porque es una ley ad hoc para Madrid. Si mañana, por poner un ejemplo, todo el cinturón de ciudades dormitorio de Madrid se unieran en un solo municipio que igualara a la población de la capital, no se podrían acoger a dicha ley, sino que se tendría que redactar otra que se llamará, por decir algo, ley especial del cinturón urbano de Madrid. Y es que es este uno de los cánceres que tenemos en España: hacemos una ley para cada cosa, en vez de una ley que trate a todas las cosas por igual.

Cualquier liberal está a favor de un municipio de Madrid con autonomía fiscal y financiación extranjera. Pero siempre y cuando esta autonomía pueda ser accesible al resto de municipios que cumplan los mismos requisitos, y que esa financiación extranjera no venga con privilegios que la española no disfrute. Es algo bastante básico, y la obcecación de ciertos políticos de Madrid por obviar lo evidente convierte en legítimas cualquier sospecha sobre los valores que van a primar en esas administraciones autónomas que aspiran a gobernar.

España federal

Por último, tenemos el tema de la España federal. Hay que partir de un consenso básico: el actual sistema de las autonomías no funciona. Existen muchos motivos, pero el principal es su disparatado sistema de financiación.

Si la democracia ya tiene sus limitaciones a la hora de que los ciudadanos puedan juzgar la labor de los políticos, si separas a la administración que recauda de la que gasta el sistema deja de tener sentido.

Pero esto no apoya la idea de una España federal, sino todo lo contrario. La clase política española es la que es. Podrá cambiar, siempre que la sociedad empuje en esa dirección. Cosa que ahora no ocurre. Así que cualquier reforma territorial va a ir en la misma línea que la España de las autonomías actual, llevándolas al extremo.

Riqueza y oportunidades

Después de analizar los tres puntos parece que la idea de Villacís anuncia el principio de un desastre nacional. De un Madrid que se va. Pero yo no lo creo.

Hay una ventaja de Madrid distrito capital (o cualquier grado de autonomía fiscal que pueda conseguir Madrid) que no está teniendo en cuenta Hughes: la riqueza genera oportunidades. El futuro de un Madrid financiado por venezolanos y BlackRock puede ser incierto, pero tiene más posibilidades que el de una Asturias convertida en geriátrico.

En marcha

Al final, el aumento de riqueza de un territorio se traduce en mayor capacidad económica para los millones de habitantes que lo habitan. Estos ciudadanos pueden dilapidar su fortuna en pocos años vía consumo y malas ideas, o pueden fomentar instituciones exitosas que forjen un futuro para muchas generaciones.

Ni los pesimistas conservadores, ni los optimistas liberales podemos saber qué va a pasar. Pero todos sabemos lo que ocurre cuando no te mueves. Y España lleva demasiado tiempo sin moverse económicamente. Así que quizá sea el momento de aceptar las pocas iniciativas que parecen ir en la buena dirección, aunque el camino esté lleno de incertidumbre. Al fin y al cabo, la historia nos enseña que los españoles no sabemos movernos de otra forma, y de momento todavía seguimos aquí.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXX): la banca y el estado (I)

Las turbulencias en el mundo de la banca, tanto norteamericana como europea, han demostrado una vez más los privilegios de los que disfrutan estas peculiares empresas privadas, si es que realmente merecen este nombre y no el, a mi entender, más correcto nombre de concesiones públicas o el de empresas públicas de gestión privada.

¿Por qué rescatar a los bancos?

Una vez detectados problemas de solvencia o de liquidez o de descalce de plazos de estas peculiares entidades, los gobiernos corrieron a su rescate para garantizar la solvencia de sus respectivos sistemas financieros. Da igual la forma que se haya escogido para salvarlos, sean estos programas de liquidez LTRO, de compra “voluntaria” por uno o por un pool de bancos, o fusiones con otros más solventes o nacionalización pura y dura en los casos más extremos. Lo cierto es que los estados o sus apéndices, los bancos centrales, se han apresurado a garantizar su solvencia y la continuidad de sus contratos sin grandes pérdidas para sus depositantes o para los que han adquirido alguno de sus múltiples tipos de bonos.

La gran pregunta que nos podemos hacer es porque corren a salvar a este tipo de empresas, que en teoría deberían ser como las demás, mientras abandonan a su suerte a empresas de otros sectores, a veces de dimensiones muy considerables y muchas de ellas de dañadas previamente por decisiones políticas (estoy pensando en la industria electro intensiva). Se las usa cuando conviene y luego se las abandona o se les hace abandonar por regulaciones de todo tipo.

Dar tiempo a los inversores amigos

En primer lugar, en caso de haya problemas, los responsables económicos de los distintos ejecutivos y sus delegados en los bancos centrales realizan todo tipo de declaraciones en favor de la solvencia de las entidades afectadas, mintiendo deliberadamente en muchas ocasiones, pues muchas de ellas quiebran a los pocos días y es impensable que no tuviesen información al respecto en el momento de hacer las declaraciones, con la intención de mantener la confianza de depositantes e inversores.

Si esto es para intentar mantener la confianza en el sistema o para dar tiempo a deshacer inversiones a actores bien conectados, es muy difícil de saber. Puede ser por una u otra razón o por ambas a la vez. Es una vez constatada la mala situación del banco cuando comienzan las políticas efectivas de rescate. Esta mala situación causada casi siempre por falta de solvencia, aunque sé que existe debate al respecto, pues es difícil tener problemas de solvencia si nuestros activos descalzados en el tiempo siguen conservando su valor a juicio de los inversores.

Liquidez y solvencia

Podemos no tener dinero líquido, pero si contamos con activos solventes no creo que hubiese problema en contar con financiación con su respaldo, aún fuera del sistema bancario. La falta de liquidez viene dada casi siempre por la pérdida de valor de los activos. Ocurrió con la crisis de la vivienda y puede ocurrir ahora con la de deuda pública, que en sí misma no carece de solvencia, pero sólo si esperamos al vencimiento que en ocasiones puede tardar decenios en llegar, ambas severamente afectadas en su precio y que servían de colateral a muchos créditos lo que redundó en problemas de los bancos para atender sus obligaciones.

Una vez desatado el movimiento de corrida bancaria, primero mostrando los síntomas en las bolsas y luego de forma masiva en los depositantes, los gobernantes económicos comienzan a aplicar medidas, principalmente para que no se extienda el pánico a otros bancos, menos insolventes que los quebrados pero dado el actual sistema de reserva fraccionaria también dependientes de la confianza de depositantes e inversores, y como sabemos bien, todos los bancos en este sistema son potencialmente inestables.

Fusiones ¿voluntarias?

Estas medidas dependen de la habilidad y discreción de los reguladores, así como de su evaluación de la situación económica del momento. Históricamente, se encargaba a uno o varios bancos que comprasen al banco deteriorado para restaurar la confianza. En el caso hispano de cajas de ahorros, al ser entes de economía social no cotizados, lo que se ha recomendado es que se fusionen con otra más solvente, y así se hizo en la crisis de 2007. Habría que investigar sería si el banco o la caja sanos llevan a cabo la adquisición o la fusión voluntariamente o lo hacen más o menos “orientados” por los gobernantes, bien sea con mandatos, bien sea con algún otro tipo de incentivo, sea fiscal o regulatorio.

Históricamente, las quiebras de pequeñas o medianas entidades se han resuelto de este modo. Los gobernantes, de este modo, presumían de no haber desembolsado un sólo euro en la operación. También se recurría a esta medida en tiempos de estabilidad del sistema financiero. Ha afectado sólo a una o pocas entidades mal gestionadas.

Parte del aparato económico del Estado

Cuando la crisis financiera se generaliza y afecta a varias entidades incluidas las llamadas sistémicas por su gran tamaño, las medidas cambian sustancialmente y se recurre a artillería pesada como los programas de liquidez del estilo del europeo LTRO o a la compra por el banco central de activos deteriorados de los bancos, sea deuda pública o corporativa o incluso a veces papel comercial de difícil cobro. Si todo fallase, se recurriría a la nacionalización de la entidad bancaria o a la creación de un banco malo; esto es, la adquisición por parte del estado de activos bancarios dañados a precio superior al que establece el mercado para intentar sanear sus cuentas.

Esto se conoce bien, aunque conviene recordarlo de vez en cuando por si algún lector joven no tiene memoria de lo que ocurrió en los años posteriores a 2008. La cuestión es porque se muestra tanta diligencia y se exhibe tan rica variedad de medidas de intervención con este sector y no con otros, esto es que tienen de particular los bancos con respecto a cualquier otro sector del mercado. Creo que la respuesta no puede ser otra que la de que los bancos actuales no son un sector mercantil común, sino que forman parte del aparato económico de los estados modernos, esto es: son mercado, de la misma forma que lo son por ejemplo los ferrocarriles hispanos, o sea un agente más del poder político.

Rudolf Hilferding

El debate sobre el papel de la banca en el aparato de poder es una constante desde comienzos del siglo XX cuando Rudolf Hilferding escribe su célebre El capital financiero, considerado por muchos como una de las obras cumbre del pensamiento marxista; libro en el que se establece una suerte de mitología de la banca que desde entonces ha permeado no sólo a los marxistas sino a muchas otras ideologías y se ha constituido en uno de los muchos tópicos presentes en el imaginario popular con los que los seguidores de Marx han “enriquecido” la cultura económica de nuestras poblaciones.

Además de los consabidos lugares comunes sobre clases sociales o explotación, nuestro autor considera a la banca como a un sector económico distinto de los demás y caracterizado por un desmesurado poder, no sólo sobre el resto de los sectores económicos, sino incluso sobre los propios estados. Estos serían una suerte de títeres en sus manos y no serían, parafraseando a Marx, más que un comité ejecutivo de la gran banca. El muy extendido mito de la Banca Morgan decidiendo la entrada de los Estados Unidos en la primera guerra mundial es uno de ellos, mito que con otras formas sigue a repetirse cuando hay una guerra o intervención bélica a gran escala.

Rothbard y Hoppe

Quizás quien mejor lo ha elaborado desde posiciones próximas al marxismo es Charles Wright Mills en su magistral libro La élite del poder, que suscribiría si no fuese porque a mi entender el orden de la ecuación cambia. Esto es el estado quien domina a las finanzas, porque son parte sustancial de él, y no al revés, algo difícil de ver, pues ambos sectores están tan imbricados entre sí como esos bizcochos en los que el chocolate está tan entreverado con el resto de la masa que no se pueden distinguir claramente.

Los austrolibertarios no han sido del todo ajenos a esta idea de ella banca y autores como Murray Rothbard o Hans Hermann Hoppe han dedicado sendos ensayos a esta problemática. Eso sí, no se cuentan entre los trabajos más referenciados de sus respectivas obras, quizás por su carácter que además de antiestatista es ferozmente antiimperialista.

Ambos hacen referencia a la relación simbiótica entre banca y estado en el sentido de que mutuamente se refuerzan y ambos están interesados en la pervivencia de esta relación.

La banca, cómplice del Estado

La banca financia indirectamente a los estados y es cómplice en sus políticas inflacionarias y a cambio el estado la privilegia a través de la garantía de depósitos (es la forma usada para justificar los rescates), la reserva fraccionaria (considerado delito en cualquier otro bien) o el curso forzoso (el dinero creado a través de apuntes bancarios es a efectos legales equivalentes al creado por los bancos centrales y sirve para redimir cualquier deuda, pública o privada).

En principio, para una relación del estado como monopolista de la fuerza y un ente privilegiado, pero externo a su estructura. La cuestión es, pues, dilucidar si podemos englobar a la actual banca (repito lo de actual, porque la banca en sí misma es un negocio honrado como otro cualquiera) dentro del propio estado y no fuera de él.

Dentro de la teoría del Estado

Entiendo que a día de hoy sí podemos asimilar a la banca comercial como un agente estatal. Formalmente, su propiedad es privada y sus acciones se pueden comprar y vender sus acciones en los mercados bursátiles. Pero su comportamiento y sus privilegios no son los de un ente privado cualquiera y, por tanto, debe analizarse dentro de la teoría del estado y no dentro del ámbito de la teoría monetaria o bancaria.

Creo que a los actuales responsables políticos les importa bien poco si es más conveniente la doctrina de las letras reales o la del coeficiente del cien por cien. Dispondrán de la banca a su conveniencia para financiar sus gastos, estimular la economía en periodos electorales o dar imagen de omnipotencia en caso de pandemias o catástrofes y las consecuencias en forma de inflación o depresiones las achacarán a Putin o a la ruptura de la cadena de suministros. Pero en el próximo artículo me detendré a analizar porque entiendo que es así.

El ciclo político es parasitario

El parasitismo puede ser entendido como una estrategia para obtener recursos (ganancias) o evitar pérdidas (costes) a costa de perjudicar a otros y suele ocurrir por medio del engaño, el robo y el inquilinato. El parasitismo puede ser temporal o permanente, en cuyo caso las estrategias varían ligeramente, un parasito temporal puede ser más destructivo que un permanente porque en el segundo caso el organismo parasitado debe sobrevivir y poder continuar obteniendo recursos sobre el cuales el parasito extraiga su parte.

El parasitismo no ocurre de manera aislada por lo que muchos otros elementos influyen sobre el sostenimiento de la relación parasitaria. Por un lado, el parasito puede ejercer influencia sobre el parasitado manipulándolo para que presente cambios que favorezcan al parasito y, por otro lado, el parasitado puede desarrollar mecanismos para defenderse ante el parasito, en cuyo caso ambos organismos entrarían en una competencia o carrera armamentista.

Fenotipo extendido

Un elemento interesante en el estudio de las estrategias en el marco del «fenotípico extendido» es que los parásitos pueden tener efectos sobre los genes del parasitado de la misma manera que el ambiente puede «moldear» evolutivamente al organismo. Sin embargo, no es necesario adentrarse en los cambios evolutivos que ocurren entre generaciones para entender que una estrategia parasitaria tiene un impacto complejo en el ambiente y el organismo.

Por ejemplo, el típico parasito intestinal puede afectar negativamente la salud, el desarrollo y la escolaridad de un niño, teniendo repercusiones importantes sobre su productividad e ingresos futuro, convirtiéndose en una variable que indirectamente lo mantienen en la pobreza y viviendo bajo condiciones insalubres que favorecen la propagación de parásitos intestinales.

A partir de la interacción compleja también es posible que una relación inicialmente parasitaria se transforme en una relación simbiótica, es decir, en algún punto de la parasitación los cambios que ocurren en los organismos o el ambiente permiten que el organismo que generalmente pierde o recibe muy poco de la relación pasa a recibir mucho más, de manera que le conviene la relación porque favorece su reproducción, adaptación o supervivencia.

Simbiosis

Este hecho nos permite entender las frecuentes simbiosis (ambos se benefician) entre los grandes empresarios y el Estado. Con frecuencia el Estado parasita a las empresas pequeñas y medianas imponiendo altos impuestos, documentos, permisos, cuotas, entre otro tipo de trabas burocrática, mientras que las empresas grandes suelen llegar a excelentes acuerdos con los políticos para obtener subsidio o protección frente a la competencia extranjera, nacional o frente la pequeñas y medianas empresas. En ese caso, entre el Estado y las grandes empresas hay simbiosis y entre el Estado y los autónomos, pequeñas y medianas empresas hay una relación parasitaria.

Cuando estudiamos las relaciones humanas, solemos enfocarnos en la forma en que el parasitismo constituye un obstáculo para el buen funcionamiento de los sistemas de cooperación, reciprocidad o mutualidad, por lo tanto, suele ser necesario que se identifiquen a los parásitos y tramposos con el objetivo de aislarlos, excluirlos o controlarlos. El problema se agrava cuando las personas con estrategias parasitarias emplean mecanismos políticos complejos para evitar ser excluidos o controlados y para obtener mayor poder sobre aquellos que parasita. Esto ocurre en la política actual, la cual se ha convertido en un campo de batalla en el que los parásitos buscan ganar más y retener a los parasitados, mientras que los parasitados buscan asilarse, excluir a los parásitos o poder generar simbiosis o sinergias sociales con ellos.

El Estado: el medio para parasitar

El Estado puede ser entendido como un parásito en sí mismo. Pero a los ojos de los votantes y grupos de presión parasitarios constituye el medio para conseguir sus objetivos. Así, al distribuir recursos desde quienes aportan más valor hacia quienes aportan menos, ejerce presión sobre los más productivos, generando que:

  1. Eviten formar parte de la clase parasitada, cambiando su comportamiento, evitando emprender, obtener mayores rentas, asumir riesgo que puedan traer potenciales beneficios, etc.
  2. Abandonen la relación parasitaria. Esta situación en ocasiones se sale de control dando rumbo a la migración de los individuos más talentosos, productivos, empresariales, trabajadores, planificadores, ambiciosos y flexibles del país.

Dos estrategias

En el primer caso, cuando casi nadie quiere llevar a cabo la conducta que es parasitada, el sistema entra en crisis. En ese punto, los políticos suelen buscar nuevos culpables o chivos expiatorios, por ejemplo, parasitan brutalmente a los negocios de comida hasta llevarlos casi a su extinción y luego pasan a atacar a los negocios financiaros, vendedores de electrodomésticos, etc. Eventualmente, no queda ningún agente que pueda ser parasitado, el sistema entra en crisis.

En el segundo caso, queda en el país individuos que no son necesariamente parásitos, en cuanto a que no pretenden vivir a costa de los demás, pero que si pueden presentar características socioeconómicas e individuales particulares que influenciaron en su decisión migratoria de no salir del sistema. Los más «parasitables» han abandonado el sistema y solo quedan los menos «parasitables». Resultaría descabellado pensar que las crisis socioeconómicas como la de Venezuela o Cuba generan una emigración aleatoria de rasgos de personalidad o aptitudes, en realidad ocurre una fuga de talentos y de individuos que son más abiertos a la migración o que se sienten más presionados por el ambiente que se vive en su país.

Comienzo del ciclo político

Cuando el parasitismo ha expulsado a una porción crucial de la población o una proporción muy grande de individuos que parasitar, enfrenta su extinción temporal como estrategia. Podríamos decir que en ese punto se sincroniza el ciclo parasitario con el ciclo político, ¿cuál ciclo político? El de socialización progresiva, expansión del estado de bienestar, incremento de la carga fiscal y la hostilidad hacia las empresas, que llega a un punto de insostenibilidad y requiere de liberalizaciones radicales.

En el ciclo parasitario, el punto de quiebre ocurre cuando a las empresas e individuos más capaces los costos de permanecer en el entorno parasitario han superado los beneficios personales, sociales y económicos de permanecer en dicho entorno, por lo que deciden abandonarlo.

Gradiente de parasitismo

Con este análisis no pretendo sugerir que existen entre los ciudadanos dos clases opuestas y claramente delimitados entre parásitos y parasitados, pero sí que existe una gradiente progresiva entre quienes presentan un saldo positivo y quienes presentan un saldo negativo neto por ciertas políticas públicas y fiscales. Además, parte de las consecuencias no intencionadas de ciertas regulaciones e intervenciones económicas son los cambios en los inventivos que hacen desaparecer ciertos comportamientos dentro del grupo o cierto tipo de individuos abandonan el grupo.

Del mismo modo, cabe mencionar un último punto interesante, los países que se liberalizan radicalmente, aunque por lo general sólo pasan a permitir el capitalismo y no el libre mercado o la libertad política, se convierten en entornos de altos riesgos y beneficios potenciales que atraen a individuos con preferencia por este tipo de espacios. En ese caso, el ciclo parasitario no expulsa ni vuelve a capturar al mismo tipo de personas en un orden secuencial.

El socialismo expulsa rápidamente a los individuos más correctos, menos corruptos y oportunistas, favoreciendo a los más mafiosos o parasitarios; y la reapertura económica atrae inicialmente a los más audaces y tolerantes al riesgo y, en la medida en que se reconstruye un orden institucional seguro y confiable, puede reaparecer un mayor autocontrol, virtudes burguesas y buenas costumbres.

Un ciclo

El parasitismo social siempre existirá, pero los grupos deberán encontrar formas de lidiar con ellos o de transformar la relación en simbiosis social. Sin embargo, el Estado, que es en sí mismo un parásito y un medio para parasitar, es un agente con un poder extraordinario que limita significativamente la capacidad social de hacer frente a los parásitos. Esto provoca que la estrategia se descontrole y que el parasitado muera o se retire; que emigre. En ese momento la estrategia deja de ser viable. Así, el Estado puede pasar a parasitar a los restantes o puede producirse una crisis que provoque cambios políticos e institucionales que atraigan de nuevo a los emigrantes o que favorezca la reaparición de las conductas desfavorecidas por el parasitismo previo.

En consecuencia, analizado de este modo, el ciclo político de socialización progresiva, crisis y liberalización es el ciclo de parasitismo progresivo, descontrol (consecuencias no intencionadas y cambios extendidos en el entorno) y disminución radical o cambio de estrategia.

Poder y destructividad en el político

El analista junguiano suizo Adolf Guggenbühl-Craig escribió en 1971 un libro titulado Macht als Gefahr beim Helfer en alemán, Power in the helping professions en inglés y Poder y destructividad en psicoterapia en español. El libro tiene como objetivo alertar a los psicoterapeutas, médicos, profesores, sacerdotes, trabajadores sociales y otras profesiones de ayuda, sobre el peligro de las dinámicas de poder que se desarrollan en el ejercicio de dichas profesiones y el riesgo que corren de tornarse destructivas para sus practicantes y clientes, alumnos, pacientes, etc.

Guggenbühl-Craig (1992) también invita al lector de su obra a volver sobre sí mismo y examinarse porque la destructividad del poder disfrazado de benevolencia es uno de los actos psíquicos más invisibles para el ser humano.

Político: ¿profesional de la ayuda?

Para hablar de poder y destructividad en el político, lo primero es determinar si dicha función puede considerarse una “profesión de ayuda”. La respuesta más congruente con el sistema social-democrático predominante sería simplemente: no. El político que logra ejercer sus funciones se encuentra en una dinámica oscura y corrupta en donde su prioridad es la supervivencia política por encima de cualquier cosa, tendiendo al expolio y el clientelismo. Algo que no ocurre con otros profesionales cuyo ejercicio no está inmerso en juegos de suma cero, recursos públicos y cargos democráticamente electos.

Sin embargo, por un lado, el político pareciera entenderse a sí mismo como servidor público, profesional de la ayuda y la asistencia social; de forma que busca activamente el poder político para gestionarlo correctamente, como el medico que busca atender un caso para aplicar el mejor tratamiento.

Por otro lado, existe, generalmente en potencia, un ejercicio político menos contaminado de las perversiones vigentes, cuya función sería ejercer el poder y la autoridad para mediar en conflictos, dirigir y facilitar la coordinación en unidades o entornos políticos pequeños que le han sido delegados, liderar instituciones y promover la cooperación entre agentes.

Independientemente de si el político encaja en la categoría de ”profesional de la ayuda” o sólo se percibe a sí mismo como tal, comparte características con las profesiones de la ayuda, en las que se cede o redistribuye temporalmente el poder y la responsabilidad y se transmite una sensación de voluntad y espacio seguro. De este artificio o encuadre puede surgir la curación o la destrucción. Por ello, los conflictos intrapsíquicos que expone Guggenbühl-Craig (1992) están vinculados al político y su ejercicio.

El inquisidor

El primer arquetipo que podemos apreciar es el del inquisidor, aquel juez que determina qué valores desviados y busca, generalmente por la fuerza, su ajuste social. En palabras de Guggenbühl-Craig (1992)

Ser conscientes del carácter discutible de nuestros valores debería hacernos cautos sobre el obligar a los demás a adoptarlos (…) he notado una y otra vez que cuando algo debe ser impuesto por la fuerza, los motivos conscientes e inconscientes de las personas implicadas ofrecer muchos rostros. (p. 16).

Adolf Guggenbühl-Craig

La imposición de valores por la fuerza no solamente demuestra la naturaleza autoritaria de quien los impone, sino su parcialidad psíquica al hacerlo, por lo que su mayor enemigo no es quien los incumple, sino quien los cuestiona.

Los que cultivan alguna profesión de ayuda social, estos que dicen trabajar “para ayudar a la humanidad”, tienen motivos psicológicos altamente ambiguos (p. 17), por lo que deben lidiar constantemente con la contradicción interna, que en el caso del político se hace más intensa y difícil de soportar porque la expectativa social y el grosor de la máscara que llevan es mayor que la del resto de la gente.

Ejercicio del poder “basado en evidencias”

Por lo general, cuando las personas se sirven de su crueldad y están excesivamente motivados por el impulso de poder, suelen presentar sentimientos de culpabilidad, que pueden atenuar apelando a que lo hacen por el bien y la justicia (p. 18). Sin embargo, si se emplea en exceso este recurso, se alimenta una sombra[1] monstruosa de poder que finalmente les traiciona, haciéndoles tomar decisiones sumamente cuestionables, incluso desde los valores propios que defienden.  

Se podría objetar que los políticos de hoy no son como los de antes; los de hoy actúan ”basándose en la evidencia”. Algunos dirán que no nos imponen un determinado estilo de vida por arbitrariedad o por creencias personales; nos lo imponen porque la ciencia lo ha demostrado, pues se sabe objetivamente lo que es bueno y malo para el hombre. Pero si no nos dejamos engañar, nos daremos cuenta de que el conocimiento técnico sólo refina el problema del poder, pero de ninguna manera lo elimina (p. 22).

Charlatán y falso profeta

El segundo y tercer arquetipo que aparece con frecuencia es el del charlatán y falso profeta (p. 26-31). Ambos aparecen en la medicina cuando el médico sucumbe a las exigencias de su paciente y promete, engañándose a sí mismo y al paciente, una curación irreal. El inconveniente de esta dinámica en la política no son sólo los engaños y las utopías del discurso, ni la omnipotencia y el poder que se graban en el político; el problema es que se desencadena una dinámica destructiva en la que el político sobredimensiona el problema, pintándolo como más grave de lo que realmente es, para luego proponer soluciones mesiánicas y, finalmente, tras su revelarse su incompetencia, culpar a la población de su fracaso.

Un ejemplo claro de la charlatanería política se gestó a partir de que el feminismo hegemónico teorizara sobre el patriarcado definiéndolo con una imprecisión y amplitud poco operativas (u operacionalizables). Así, la academia y posteriormente la opinión pública empezaron a exigir el fin del patriarcado por medios políticos (regulaciones y políticas redistributivas). Esta tarea imposible por naturaleza[2], despierta a los charlatanes y falsos profetas que inician sus campañas y enfatizan en el problema como no habían hecho antes, haciéndolo parecer más grave que nunca y aclarando que la solución puede únicamente venir de la mano del Estado que cambiará los planes de estudio, el lenguaje, las leyes, los salarios y todo lo que esté a su alcance. Pero dicha lucha ha sido y seguirá siendo en vano, las medidas políticas aplicadas han sido inefectivas o contraproducente. A los políticos no les ha quedado más remedios que culpar a los jueces, al capitalismo, la oposición o cualquier chivo expiatorio que puedan construir.

Apaciguar las expectativas

El profesional sincero debe apaciguar las expectativas y fantasías de sus pacientes o clientes para evitar la charlatanería. No obstante, esta resolución positiva del conflicto está completamente desincentivada en la política estatal. Los falsos profetas abundan y cuando no hay exigencia sobre ellos, se encargan de construirlas. Esto se debe a que el político le conviene intentar curar falsas enfermedades sociales porque se beneficia del conflicto, la controversia y la división social, de ellas extrae más renta y entre ellas esconde mejor el delito.

El cuarto arquetipo que se manifiesta es el resultado de una escisión, nos referimos al gobernante– súbdito (médico-paciente). Debido a que nos cuesta soportar la tensión de las polaridades, preferimos erradicar las ambivalencias y hacer una división clara de las roles y responsabilidades (p. 87), esto muchas veces puede sernos parcialmente útil, por ejemplo, cuando entramos a un hospital como pacientes nos entregamos psíquicamente al rol de enfermos, hacemos todo lo que los médicos nos digan y esperamos que por mano de ellos venga la cura. Sin embargo, los profesionales de la ayuda deben poder eventualmente ´´pasarle la pelota´´ al paciente para que éste pueda hacerse cargo de su malestar.

En el caso de la política, la escisión se perpetúa cuando los gobernantes son responsables de los servicios públicos, las pensiones, la calidad de los productos y una multiplicidad de aspectos de la vida en sociedad que la ciudadanía les delega con el fin de poder desatenderlos o despreocuparse. El súbdito obediente no tiene ya ninguna responsabilidad sobre su propio bienestar, no debe preocuparse entonces por cosas como la calidad de los títulos universitarios, porque el ministerio los ha reconocido como títulos oficiales, o por los ingresos para subsistir durante su vejez, porque el Estado le “garantizará una pensión justa”.  

Con excesiva frecuencia la escisión alcanza un nivel tan extremo que el gobernante le prohíbe al súbdito responsabilizarse de las cosas que le ha delegado, penalizando el ahorro, la inversión, la gestión independiente de servicios sociales o las soluciones de mercado a los problemas sociales.

Por último, ceder el poder es condición necesaria, más no suficiente, para la destructividad. Los políticos niegan continuamente que tienen poder con frases como “el Estado somos todos”, un engaño perverso porque si todos fuéramos la mafia, la mafia no existiera. La negación del poder es correlativa con su destructividad, por ello es tan perjudicial la ilusión de que el Estado no tiene el poder. De igual forma, tampoco resulta sensato creer que acabando con el Estado acabaremos con el poder y la política. Acabando con el Estado, en el mejor de los casos, acabaremos con una forma perversa, violenta, engañosa y destructiva de ejercer el poder.

En conclusión, en el mundo actual no existe el buen político porque el buen político, como el buen profesional de la ayuda, será aquel que reconociendo su poder temporal, atienda el conflicto, malestar o desviación por el cual fue convocado y busque activamente hacerse innecesario y devolver el poder.

Bibliografía: Guggenbühl-Craig, A. (1992) Poder y destructividad en la psicoterapia. Monte Avila Editores. Caracas, Venezuela.


[1] Aspectos ocultos o inconscientes, positivos o negativos que el ego ha reprimido o nunca reconocido.

[2] Siendo el patriarcado la violencia, los celos, la propiedad, el cortejo, la jerarquía y hasta el cambio climático, acabar con él es tarea imposible, porque nunca sabríamos cuando lo hemos derrotado o porque derrotarlo significaría acabar con la humanidad.