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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Las consecuencias (geo)políticas de la crisis energética

Se viene hablando mucho últimamente de los años 70, a raíz de factores tanto económicos como políticos. Una de las correlaciones que más comúnmente se establece en los medios de comunicación es la referente a la actual crisis energética con la ocurrida durante la década de 1970, incidiendo especialmente en el descontento social surgido a raíz de la misma y sus efectos directos sobre las demandas y tendencias políticas. El shock acaecido entre 1973 y 1974, a raíz del embargo petrolero a manos de la OPEP, causó que las principales economías del mundo se paralizasen y generó enormes revueltas sociales que duraron hasta que se encontró una solución al problema. Esta vez la situación es algo distinta, ya que los problemas derivan de una transición energética con claros costes colaterales que, además, parecen no tener solución en el corto plazo. Pueden ser precisamente estos costes y, más en concreto, su distribución, lo que genere grandes consecuencias geopolíticas, pudiendo llegar incluso a variar algunas de las más importantes correlaciones de poder globales. Veamos. 

En primer lugar, es muy relevante tener en mente los costes de la transición energética si realmente queremos realizar un análisis serio sobre sus presentes y futuras consecuencias. Al respecto, el economista Jean-Pisani Ferry elaboró un valioso informe para el Peterson Institute for International Economics en el que estimaba que -acorde a los cálculos elaborados previamente por Stern y Stiglitz- la transición ecológica podría tener un efecto de pérdida de PIB potencial en la economía mundial del 3,7%. En la actualidad estamos observando que puede que dichas predicciones se queden incluso cortas, pudiendo generar una inestabilidad política dentro de los países mayor incluso que la de los años 70, ya que en este caso se trataría de factores internos (apoyo político a la transición ecológica) y no externos (embargo Opep) los que estarían causando dicha crisis energética. De hecho, si no se buscan e implementan soluciones efectivas que eviten que los costes de la transición energética recaigan en su conjunto sobre los más desfavorecidos, esto podría conllevar a dinámicas políticas que aúpen -aún más- ciertos discursos reaccionarios hoy en boga. 

Hoy por hoy parece ser que dicha solución aún no se ha encontrado. Los días 21 y 22 de octubre se reunió el Consejo Europeo para tratar con prioridad la propuesta del Gobierno de España de diseñar conjuntamente una reforma del mercado energético mayorista a nivel europeo. Algunos países como Francia, Grecia, Rumanía o la República Checa ampararon dicha petición, pero frente a la negativa de Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Luxemburgo, Estonia y los Países Bajos, no se llegó a concretar nada. Ursula von Der Leyen anunció que pronto se convocaría un Consejo formal sobre el almacenamiento de energía y las reservas estratégicas, pero parece ser que esto no va a llevar a grandes cambios en el corto o medio plazo, mientras el problema sigue creciendo. Mientras tanto, la mayoría de los gobiernos europeos insisten en tratar de paliar la crisis energética con subvenciones o tratando de recortar la factura energética vía rebajas de impuestos, lo cual no soluciona ni mínimamente el verdadero problema: la gran revalorización del gas y de los derechos de emisión de CO2. En el siguiente gráfico se puede observar la evolución del precio de los derechos de emisión de CO2 en la Eurozona desde el año 2005. 

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Mientras es probable que el precio del gas vuelva a estabilizarse una vez solventados determinados cuellos de botella relacionados con el transporte, parece que el elevado -y creciente- precio de los derechos de emisión de CO2 no se trata de un factor coyuntural. Esto puede ser una de las principales causas de que el impacto económico de la transición energética se prolongue más en el tiempo que la crisis de 1973-1974, con efectos lógicamente heterogéneos entre países, dependiendo de sus estructuras productivas y de su dependencia de unas fuentes u otras de energía. Para el caso de Europa se puede afirmar que, en cualquier caso, el efecto económico de la transición será intenso, con notables efectos sobre la inflación (como ya estamos viendo), al menos en el corto y medio plazo. Al respecto, conviene recordar que la inflación de la Eurozona solo ha superado el 4% en una ocasión previa a la actualidad, siendo esta durante la Gran Recesión. En el siguiente gráfico se puede observar la evolución de la tasa de inflación en la Eurozona desde finales de la década de los 90. 

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Mirando hacia la Unión Europea, en caso de que la situación continúe como en la actualidad, podríamos pasar de un escenario en el cual las demandas políticas de la ciudadanía se dirigen casi en exclusiva a los gobiernos nacionales a uno en el que el hastío de los ciudadanos y sus reclamaciones se comiencen a dirigir hacia Bruselas. Esto último generaría un innegable rechazo a la Unión Europea como proyecto político, incidiendo en mensajes euroescépticos con mucha acogida a lo largo de los últimos años. Además, dichas demandas y protestas políticas se asentarían sobre una sólida base material y objetiva, siendo esta la incapacidad de Bruselas de proponer soluciones a nivel europeo a un problema conjunto que está empobreciendo a la ciudadanía de la UE y privando de acceso a un bien básico como la energía a los ciudadanos más desfavorecidos de la Unión. 

De hecho, va en el interés de la propia UE resolver el problema del creciente precio de la energía, ya que si el discurso euroescéptico cala más hondo agarrándose a la crisis energética, en último término esto podría conducir incluso a una reversión casi total de la agenda para la transición energética, suponiendo un fracaso estrepitoso para la UE. Incluso podríamos vivir en el corto plazo escenarios de confrontación directa entre determinados gobiernos nacionales y altas esferas de la UE, al atar esta última de manos a los ejecutivos nacionales a la hora de tomar medidas para paliar el encarecimiento de la energía. Ningún gobierno nacional va a aceptar la aparición de sus Gilets Jaunes particulares sin poner todos los medios para tratar de evitarlo previamente. 

Por otro lado, dejando de lado el asunto de los derechos de emisión de CO2, hay otros factores que pueden contribuir a paliar la crisis energética o, en su defecto, a incidir en ella. Este es el caso del gasoducto Nord Stream 2, que hasta ahora Rusia ha mantenido bloqueado en Alemania hasta que considere oportuno, en base a los precios internacionales del gas y el suministro nacional. Mientras tanto, EE. UU. ha acusado a Rusia de manipular el mercado, lo cual podría llevar el debate sobre la crisis energética a una escala mayor. En dicho escenario, las principales potencias globales se verían obligadas a medir sus fuerzas y, en base al resultado de dichas disputas diplomáticas, algunas correlaciones de poder podrían verse afectadas. Por supuesto, a todo esto, no nos podemos olvidar de China, que ni siquiera ha hecho acto de presencia en la COP26, mostrando su rechazo frontal a la transición energética global, aumentando las fricciones ya existentes con las principales potencias occidentales. 

Vemos que la crisis energética toma mayor importancia de la que en un principio parecía tener. Sus repercusiones ya no se limitan únicamente al plano económico, sino que tocan de lleno la política internacional y lo referente a las relaciones comerciales y diplomáticas entre las principales potencias globales. No le quiten ojo a lo largo de los próximos meses.

Contra la demagogia energética

Desde hace ya algunos meses venimos observando en el conjunto de la UE un incremento constante de los precios de la energía, reflejados en los medios a través del notable incremento del precio de la luz y sus dañinos efectos sobre las economías familiares. Este asunto no ha sido desperdiciado por los diversos partidos políticos que componen el arco parlamentario español, lanzando cada uno sus propuestas -a cada cual más inverosímil-, con las única intención de arrimar el ascua a su sardina. Unos han vuelto con su propuesta de constituir una eléctrica pública, mientras otros reclamaban soberanía energética para España, reforzando su discurso nacionalpopulista con un nuevo toque de idiocia, simplificación y desconocimiento.

Yo no soy ningún experto en la materia, pero a lo largo de los últimos meses he puesto algo de empeño en leer ciertos informes, artículos y documentos informativos escritos por aquellos que sí lo son. Son precisamente las conclusiones o indicios de dichos documentos lo que vengo a reseñar en este artículo.

En primer lugar, hemos de tener presente que el principal problema del aumento del precio de la energía no es por defecto el aumento del precio del consumo energético per se, sino su traslado a los precios de diferentes bienes y servicios- Ello conduce a una especie de espiral inflacionaria (la cual no estamos observando). Aún así, el traslado de precios no está produciéndose de manera lineal, aún siendo la energía un factor productivo de elevada relevancia.

Resulta normal que la ciudadanía demande soluciones rápidas y efectivas al aumento del precio de la energía. El problema real se encuentra en que este no es un asunto exclusivo de España, sino del conjunto de la UE e incluso de gran parte del mundo, ya que los precios de la gasolina, el gasóleo, el gas natural o los derechos de emisiones de CO2 no dependen del mercado español, sino de la producción y comercialización internacional.

Un informe que arroja bastante luz al respecto proviene del servicio de estudios del Banco de España. Según el informe del Banco de España, entre diciembre de 2020 y junio de 2021, el 50% del encarecimiento de la factura de la luz provendría del incremento de los precios del gas natural, mientras otro 20% habría sido directamente causado por el incremento del precio de los derechos de emisión. El precio tanto del gas como de los derechos de emisión de CO2 dependen de los mercados internacionales. En el caso de los segundos, varias directivas europeas establecen su retirada paulatina para fomentar una subasta cada vez más reducida que incentive una aceleración de la transición energética. Esto significa que tener una mayor participación de la energía renovable en el mix energético nacional supondrá cada vez un menor precio de la energía a medio y largo plazo, mientras, por ejemplo, el carbón, al emitir mucho CO2 en la producción de electricidad, será cada vez menos rentable y, por tanto, desplazado del mercado. Este hecho implica a su vez que el gas natural cobre un mayor protagonismo, ya que los picos de demanda, al no poder ser cubiertos en su totalidad con fuentes de energía renovable, requerirán del gas natural para ser cubiertos.

Llegados a este punto muchos argüirán que, aunque sea cierto que el precio de la electricidad haya aumentado a lo largo de los últimos meses, el incremento del precio de la luz ha sido muy superior en proporción. El motivo de este fenómeno se halla en la estructura de costes de los diferentes modos de producir electricidad, muy dispares entre sí. Por un lado, encontramos las energías renovables y la nuclear, cuyos costes variables de producción son minúsculos, mientras tienen que afrontar elevados costes de entrada, asumiendo una importante inversión inicial que ha de ser cubierta con ingresos futuros. Una de las razones por las cuales los costes variables de producción en estos casos son casi nulos se debe a que estas energías no generan CO2 y, por lo tanto, no pagan derechos de emisión. Mientras tanto, los costes variables si se trasladan a los costes reportados -y, por lo tanto, a los precios- en los casos del gas y el carbón, ya que estos producen CO2. Además, suelen ser los que fijan el precio mayorista de la energía en España por el (lógico) funcionamiento del sistema marginalista.

Esto último ha generado números críticas recientes al sistema marginalista. Muchas de ellas carecen de suficiente fundamento o no proponen alternativas. No se ha mencionado lo suficiente que el sistema marginalista es aquel establecido por las directivas de la Unión Europea, debido principalmente a la falta de alternativas a raíz de la elevada proporción de fuentes de producción eléctrica con reducidos o inexistentes costes variables. En algunos casos, determinadas personalidades han puesto de ejemplo a Francia para mostrar la supuesta necesidad de existencia de una empresa pública de energía en España. Es cierto que, en Francia, EDF -una eléctrica pública-, ha logrado mantener los precios de la electricidad más bajos de Europa durante todos estos meses. Lo que a muchos se les olvida comentar es que EDF es propietaria de 56 reactores nucleares, cuya producción supuso cerca del 70% del total en Francia en el año 2019. Es decir, el factor diferencial no es la titularidad de la empresa energética, sino la fuente de la energía.

En este sentido, de cara al futuro, España debe plantearse cómo aumentar el suministro eléctrico a través de fuentes con mínimos costes variables -principalmente, mínima emisión de CO2- para así reducir el precio de la electricidad. Aunque una combinación de energía nuclear y renovables sería una solución quasi-óptima, esta no es una opción factible. La energía nuclear, si bien es cierto que no genera emisiones, si presenta ciertos problemas a la hora de gestionar sus residuos radiactivos. Además, el elevado tiempo que conlleva la construcción y puesta en marcha de una central nuclear no permite que esta sea una solución a corto o medio plazo para reducir el precio de la electricidad. Por lo tanto, gran parte de la solución se hallará probablemente en el progreso tecnológico que hará que las baterías de litio permitan una mayor viabilidad de la energía producida a partir de fuentes renovables.Resulta extremadamente complicado encontrar una solución a corto plazo, por lo menos desde un prisma realista. Mientras tanto, diferentes formaciones políticas siguen lanzando propuestas inviables y ridículas en lugar de proponer soluciones factibles a un asunto que es, en realidad, de trascendencia y solución supranacional.

Filomena y el precio de la energía

La ola de frío provocada por el temporal «Filomena» ha ocasionado un preocupante aumento (del 30%) en el precio de la electricidad durante el pasado mes de enero. Dadas las circunstancias —la demanda crece relativamente más que la oferta—, no podía ser de otra manera. Comencemos por analizar qué ha sucedido con la oferta. Primero, las energías renovables son intermitentes, sensibles a los cambios meteorológicos y climáticos. Por ejemplo, un panel solar cubierto de nieve no produce electricidad, la formación de hielo puede afectar al funcionamiento de las instalaciones, etc. Ello hace que la generación de electricidad, durante el temporal, se haya visto reducida. Segundo, las centrales térmicas de diésel y gas no pueden incrementar su producción al ritmo que exige la demanda. Por último, las centrales nucleares y las alimentadas con carbón, cuya fiabilidad y rendimiento son altos, han sufrido moratorias y cierres por motivos políticos, medioambientales e ideológicos. Es preciso recordar aquí que la electricidad no puede acumularse pues se produce y consume de forma simultánea. Sólo las materias primas —uranio, gas, diésel, carbón, madera— son susceptibles de ser almacenadas para atender posibles contingencias.

Analicemos ahora la demanda. La bajada de temperatura aumenta las necesidades de calefacción pues se necesitan más calorías para calentar una misma cantidad de agua o volumen de aire. Por otro lado, la electricidad es un bien poco elástico: su demanda es poco sensible al aumento del precio; es decir, los consumidores no están dispuestos a pasar frío en sus hogares, ducharse con agua fría (o hacerlo menos frecuentemente) y tampoco tienen bienes sustitutivos para producir electricidad. Sólo los hogares con calefacción de carbón y las casas de campo que queman madera pueden soslayar parcialmente un mayor gasto en electricidad. En definitiva, una ola de frío polar provoca interrupciones en la producción de electricidad (renovables) y un súbito aumento de la demanda, por tanto, el incremento del precio es inevitable.

Frente a estos hechos encontramos diversas reacciones. Unos se lamentan de que el incremento del precio de la electricidad haya sido inoportuno: «ahora, precisamente, cuando hay más necesidad». Evidentemente, todos los temporales son «inoportunos» y producen inevitablemente alteraciones en los precios de ciertos bienes; por ejemplo, en Madrid ha habido una «inoportuna» escasez de palas para quitar la nieve de las calles.

Otros, que exhiben una mayor «sensibilidad social», afirman que la electricidad es un bien de primera necesidad y que no «debería» ser considerada una mercancía más. Estos antimercado, los del eslogan «otro mundo mejor es posible», creen que las leyes económicas pueden alterarse en función de sus deseos.

Finalmente están los demagogos, colectivistas, comunistas y adictos al poder político que quieren sacar tajada de la situación y piden la nacionalización de las empresas eléctricas. Sus eslóganes favoritos son: «hay que democratizar la electricidad» o «es preciso combatir la pobreza energética» y otras sandeces por el estilo. Estos enemigos de la realidad actúan mal: unos por ignorancia, otros por ceguera ideológica y otros porque pretenden expropiar los bienes ajenos. Veamos por qué todos ellos se equivocan.

En primer lugar, aceptemos a efectos dialécticos que la electricidad —como los alimentos, el vestido o la vivienda— sea un bien de primera necesidad, sin embargo, las leyes económicas son universales (Menger, 2013: 67) y operan al margen de cualquier categoría —esencial, básico— que establezcamos. Este mismo error lo hemos visto durante la pandemia de Covid-19, cuando las autoridades cierran negocios apelando a una distinción arbitraria de actividades esenciales y no esenciales.

En segundo lugar, la economía no es una ciencia normativa, sino descriptiva; es decir, intenta explicar cómo «es» y no cómo «debería ser» la realidad. El precio de la electricidad sube en invierno por el mismo motivo que lo hace el del marisco en Navidad o el de los equipos de aire acondicionado en verano. Como digo en Hernández 2019, p 104: «Creer que determinados bienes, por relevantes que estos puedan ser, deben permanecer fuera del cálculo económico es ignorar que la acción humana no obra sobre conceptos sino sobre bienes tangibles e intangibles sobre los cuales hay que hacer elecciones».

En tercer lugar, nacionalizar las empresas que generan energía no sólo es una inmoral violación de la propiedad privada, sino que provocaría un empeoramiento de la situación. Ahí tenemos el ejemplo de Venezuela, un país con enormes reservas de petróleo y que debe importar la gasolina porque su gobierno ha arruinado a las refinerías. Nacionalizar una industria, no lo olvidemos, es pasar del capitalismo al socialismo y el resultado inevitable será una menor producción, cuando no su total colapso. La escasez será aún mayor y para colmo de males ya no será el sistema de precios quien asigne los escasos bienes disponibles, sino el autócrata o el funcionario de turno actuando de forma discrecional. Bajo el socialismo, la corrupción y la ruina están servidas.

Durante una ola de frío, la subida del precio de la electricidad es temporal (tal vez, varias semanas) e inevitable. En España, esto sólo afecta al 35% del coste final que paga el consumidor, el resto es saqueo puro y duro: a) Transporte de electricidad, cobrado por Red Eléctrica Española (REE) a precio monopólico. b) Impuesto a la electricidad (5,1127%), al que se le añade el IVA (21%, tipo más elevado). c) Amortización de la deuda del sistema eléctrico. d) Primas a las renovables, cogeneración y residuos.

En conclusión, es el Estado el que incrementa de forma abusiva el precio de la factura eléctrica. No en vano, España es el tercer país de la UE con la electricidad más cara. Son los políticos, esos que presumen de tener una mayor «sensibilidad social», quienes inflan abusivamente el precio del recibo de la luz para luego culpar al mercado de una subida circunstancial que está plenamente justificada y prevista por las leyes económicas. Reducir el precio de la energía es posible, siempre que nos opongamos al intervencionismo y al saqueo fiscal: 1) Privatizar REE para introducir competencia y abaratar los costes de transporte y distribución. 2) Liberalizar el precio de la bombona de gas butano. 3) Bajar el IVA de la electricidad al 4% (tipo superreducido). 4) Eliminar las subvenciones a las renovables. 5) Sacar de la factura eléctrica otros costes del sistema (amortizaciones e indemnizaciones).

Bibliografía
Hernández, J. (2019). Defensa y Seguridad. ¿Estatal o privada? Madrid: Unión Editorial.
Menger, C. (2013) [1871]: Principios de economía política. [Versión Kindle]. Amazon.

El coste del cuidado de la Creación

El pasado 4 de julio, como cada primer sábado de julio, se celebró el Día de las Cooperativas. En esta ocasión, el Papa Francisco publicó un tuit desde su cuenta @pontifex, poniendo sus esperanzas en las cooperativas como un instrumento que permita, en un futuro, ayudar a extender el uso de las energías verdes.

En concreto, afirma: “En algunos lugares, se están desarrollando cooperativas para explotar fuentes de energía renovables que aseguran la autosuficiencia local. Pueden marcar una verdadera diferencia en la lucha contra el cambio climático, gracias a un fuerte sentido de comunidad y un profundo amor por la tierra”.

Como señala el diario digital Vatican News, la preocupación por los problemas medioambientales del pontífice no es nueva. En la encíclica Laudatio Si’ (2015), inspirada en las palabras de San Francisco de Asís. Desde el punto de vista católico, nos corresponde el cuidado de la Creación, no como propietarios que pueden expoliarla, sino por delegación del Creador. Es, por tanto, una responsabilidad esencial.

También reconoce, en la misma encíclica, que “la reflexión debería identificar posibles escenarios futuros, porque no hay un solo camino de solución. Esto daría lugar a diversos aportes que podrían entrar en diálogo hacia respuestas integrales”. Después de recorrer múltiples aspectos de la cuestión medioambiental, también aborda el antropocentrismo y los problemas laborales.

Coincido en la importancia de abandonar el antropocentrismo y en la necesidad de que hay que contar con el ser humano, renunciando al relativismo moral. Sin embargo, el Papa Francisco es especialmente confuso cuando habla del mercado.

Por un lado, coloca en el mismo nivel la mentalidad que lleva a la explotación infantil con la mentalidad de quienes defienden las fuerzas invisibles del mercado como reguladores de la economía, asumiendo que “sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables”. Es una afirmación que no comparto porque sé que el mercado es un proceso dinámico protagonizado por la acción humana, y, aunque sus fuerzas sean invisibles, porque hablamos de necesidades, deseos, preferencias, no es un mecanismo perfecto inocuo. Nada que protagonice el ser humano es inocuo. Ni siquiera las religiones. Y sus efectos son mixtos: buenos y malos. Así es la naturaleza humana: dual e imperfecta.

Es un poco más adelante donde Francisco habla de las cooperativas, sentando las bases del mensaje de Twitter del 4 de julio.

En el capítulo V se centra en el rol de la política. “La grandeza política, afirma el pontífice, se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación”. Ojalá ese principio fuera asumido por todos los gobiernos, empezando por el español.

Sin duda, tendríamos un volumen de deuda pública mucho menor ya que, lejos de perseguir lo que Francisco denomina “inmediatismo político”, los gobernantes mirarían por el bien común de las futuras generaciones. Y continua: “En algunos lugares, se están desarrollando cooperativas para la explotación de energías renovables que permiten el autoabastecimiento local e incluso la venta de excedentes.

Este sencillo ejemplo indica que, mientras el orden mundial existente se muestra impotente para asumir responsabilidades, la instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado y una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que se deja a los hijos y a los nietos”.

Probablemente sin querer, Francisco hace un alegato a la responsabilidad individual que lleva a la cooperación voluntaria para lograr un objetivo sustentado en los valores. Pero no me engaño: la lectura completa de la encíclica permite defender esta propuesta y la contraria. Suele suceder cuando se intenta abarcar todo, agradar a todos y se te cuelan los sesgos ideológicos, en medio de todo.

Sin embargo, a pesar de que, en principio, la solución cooperativa para la generación de energías verdes me gusta mucho, tiene dos problemas. Primero, como sucede con las cooperativas en general, el éxito no es escalable. En la medida en que el tamaño de la cooperativa se adecue al mercado en el que impacta todo va bien. Pero requeriría la descentralización de la energía a niveles probablemente poco eficientes para ser una solución general.

En segundo lugar, solamente sería una alternativa real si estas cooperativas fueran eficientes sin tener que drenar recursos de los bolsillos de los demás ciudadanos. Es decir, si los votantes eligen representantes locales que proponen financiar estas cooperativas con impuestos locales, no tengo nada que decir. Pero, mucho me temo que se trataría de ayudas nacionales para lograr beneficios locales. Una injusticia en toda regla.

Puestos a denunciar injusticias y a reclamar responsabilidades, quisiera recomendar la lectura de dos libros para este verano. El primero, Apocalypse Never: Why Environmental Alarmism Hurts Us All, escrito por Michael Shellenberger, un reconocido medioambientalista que en el año 2008 recibió los premios Hero of the Environment y el Green Book Award.

Shellenberg presentaba hace unos días su libro afirmando: “En nombre de los ambientalistas de todas partes, me gustaría disculparme formalmente por el pánico climático que hemos creado en los últimos 30 años”. La cantidad de dinero desviado a causa de esta alarma en todo el planeta se podría haber dedicado a gastos más relevantes e inmediatos.

El segundo libro se titula False Alarm: how climate change panic cost us trillions, hurts the poor and fails to fix the planet, cuyo autor el danés Björn Lomborg insiste en el coste desorbitado de un conjunto de políticas que benefician a los políticos y algunos empresarios, pero perjudican a los ciudadanos y, especialmente, a los pobres.

No me cabe duda que, de llegar a leer estos textos, el Papa Francisco se apresuraría a denunciar semejante falta de humanidad y honestidad por parte de quienes hacen caja utilizando como pantalla algo tan sagrado como el legado del Creador, a costa, para más inri, de los recursos que podrían aliviar la pobreza de tantos.

La sostenibilidad eco es la clave del futuro

Esta mañana, un médico me contaba que el virus que provoca el covid19, al igual que todos los virus, tiene como objetivo sobrevivir. Eso implica que, imaginando que los virus tuvieran intencionalidad y emociones, al coronavirus no le interesa lo más mínimo arrasar España.

Su propio interés le lleva a no ser 100% letal, porque, en ese caso, se extinguiría. ¿De qué iba a vivir si acaba con todos los posibles huéspedes? Eso explica que los virus más exitosos (desde su particular perspectiva) son los que aprietan pero no ahogan, mutan, se vuelven menos letales pero más duraderos. Se hacen sostenibles. Y eso quiere decir que, hasta que no encontremos una vacuna y haya “historial” y experiencia en los que apoyarnos para tratarlo, estamos expuestos a sus efectos, que tampoco conocemos del todo.

Esta historia, tan real como terrible, sirve para entender perfectamente la importancia de la sostenibilidad para todos los seres vivos. También para nosotros, los seres humanos.

Los economistas educados en el largo plazo conocemos lo que implica mirar los problemas atendiendo a la sostenibilidad. Los economistas educados en el corto plazo, por el contrario, siempre van a intentar solucionar el problema aquí y ahora, sin considerar qué pasa después. Lo ideal es seguir el consejo de mi profesor de auto-escuela: “Mira cerca con un ojo y lejos con el otro”.

Sin embargo, desde que Lord Keynes afirmó que en 100 años todos estaremos muertos, cada vez más economistas se han apuntado al club de los cortoplacistas.

Tuvo que aparecer la moda ‘verde’ para concienciarnos de que hay un más allá, después del hoy, y que la economía no puede enfocarse en matar a la gallina de los huevos de oro, sino en que los huevos de oro se consuman durante el máximo tiempo posible.

Siempre sonrío cuando recuerdo que, en los años 60, se conocía como ‘revolución verde’ al uso extensivo de fertilizantes y componentes químicos en la agricultura, que permitieron que el campo español tuviera, al fin, un poco de oxígeno para sobrevivir mejor. Todo eso es agua pasada. Ahora la revolución verde consiste en dejar de usarlos.

Solucionar los problemas económicos del presente más inmediato es algo muy importante. Pero, no combinar esa perspectiva con la visión a largo plazo es, sin lugar a dudas, suicida.

Los fundamentos de la riqueza, aquello que permite que se genere, se van deteriorando y, cuando nos vamos a dar cuenta, nos encontramos con una estructura de la producción y un sistema económico, rígidos e inasumibles. Eso es lo que sucede en nuestro país, al menos, en parte.

El mercado de trabajo, la educación, los hábitos de consumo, de ahorro, de inversión, la cultura de la competencia, tan necesaria para salir a los mercados internacionales: todo eso está desbaratado por la aplicación sistemática de políticas económicas cortoplacistas. ¿Por qué ese afán sabiendo en lo que desemboca? Porque la inmediatez es electoralista.

Y, como sabemos, desde hace lustros vivimos en una permanente campaña electoral. De manera que las declaraciones y gestos de los diferentes partidos políticos forman parte del teatro de las próximas elecciones. Como para fiarse. Por la propia esencia de la política económica, algunas medidas del club cortoplacista no sólo no han tenido el efecto esperado, sino que han sido contraproducentes. En el mejor de los casos, han resuelto el problema pero con efectos secundarios perniciosos.

Por eso, soy una firme defensora del largo plazo. Hay que pensar en las consecuencias de nuestras acciones. En eso consiste la responsabilidad que es consustancial a la libertad. Y, si eso es cierto en el caso de los individuos, en general, ¿por qué no lo es cuando el individuo se dedica a la política económica?

La respuesta es muy obvia y muy simplona: el político tiene que pactar con contrapartes enfrentadas, y ha de contentar a todos para ser reelegido. Eso le lleva a ceder siempre en aquello que puede posponer. Es decir, en aquello que puede endilgarle al que venga.

Pero, tratemos de mirar la sostenibilidad económica en nuestros días. Hoy, leía un titular en un periódico inglés, en el que se afirmaba que se está empezando a calentar la economía europea y que, probablemente, a finales de año, la Unión Europea superará económicamente a Estados Unidos.

¿En serio alguien está mirando eso? ¿No tenemos bastante con afrontar el colapso comercial, turístico y financiero? Porque, los diferentes países afectados de nuestro entorno piden ayudas para frenar la sangría particular de cada cual, pero si, como parece que va a suceder, esas ayudas recaen en los hombros de la banca, y la banca se resiente, la financiación de nuestra actividad económica se va a ver comprometida.

No se me ocurre que nadie en su sano juicio pueda perseguir este objetivo. Y, sin embargo, los hay que reclaman exactamente eso: descargar el peso de las ayudas en la banca.

La supervivencia de nuestro club europeo implica que las ayudas otorgadas a cada país no minen la capacidad de generar riqueza de estos países, pero tampoco la de los países de donde procede el monto principal de esas ayudas.

No estamos asistiendo a una lucha de norte contra sur, ricos contra pobres, ni nada parecido. Estamos calibrando si matamos la gallina de los huevos de oro o si pensamos dos veces qué tipo de ayudas necesitamos, para que nuestra sociedad sea económicamente sostenible.

Para eso, es imprescindible un baño de responsabilidad, valentía política, y visión de futuro. Y, sobre todo, hace falta olvidarse de las próximas elecciones. La alternativa puede ser olvidarse de la Unión Europea y regresar al nacionalismo económico previo. Y eso no es bueno ni económica ni políticamente.